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CAPITULL 119

31 DE ENERO DE 2012

CAMBRIDGE, MASSACHUSETTS

La profesora Picton estaba en la sala de conferencias de Harvard, contemplando a la multitud con sus ojos de color gris azulado.

Acababa de pronunciar una conferencia, media hora después de que el profesor Jeremy Martin diera la suya. Había respondido ya a las preguntas de los asistentes y el profesor Greg Matthews le había hecho entrega de un pisapapeles muy elegante de parte del Departamento de Lenguas Románicas.

Aún no había tenido oportunidad de saludar a los Ardley y estaba impaciente por hacerlo. La habían invitado a cenar a su casa para que pudiera escapar de los experimentos culinarios de Greg.

—¡Ah, ahí estáis! —El nítido acento británico de la profesora Picton destacó sobre el murmullo de la docena de conversaciones de su alrededor.

Rápidamente, bajó por el pasillo hasta el lugar donde Candy permanecía sentada, mientras Albert, a su lado, se había levantado para hablar con la supervisora de Candy, la profesora Marinelli.

—Katherine —la saludó él diplomáticamente, antes de darle un beso en la mejilla.

—Albert, Candice, me alegro de veros. —Volviéndose hacia la profesora Marinelli, añadió—: Cecilia, es un placer, como siempre.

—Lo mismo digo. —Las dos mujeres se abrazaron.

—¿Y bien? ¿Has hablado ya con Jeremy, Albert? —preguntó Katherine, como siempre yendo directa al grano.

—No.

—Creo que ya es hora de que enterréis el hacha de guerra, ¿no?

Cecilia miró a sus colegas y se despidió educadamente, dirigiéndose a una zona menos conflictiva de la sala.

—Yo no tengo ningún problema con Jeremy. —Albert sonaba ofendido—. Es él el que tiene el problema conmigo.

Katherine abrió mucho los ojos.

—En ese caso, no te importará que lo traiga aquí.

Y dicho esto, se acercó a Jeremy Martin con decisión y empezó a hablar con él.

Candy contemplaba la escena sin saber qué pasaría. Era evidente que el profesor Martin no tenía ganas de hablar con Albert. Vio cómo miraba en dirección a éste, se volvía hacia Katherine y negaba con la cabeza enérgicamente.

La profesora pareció reprenderlo y poco después ambos se acercaron a ellos.

—Allá vamos —anunció Candy, cogiendo a su marido de la mano.

—Ardley—dijo el profesor Martin, tenso.

—Jeremy.

Katherine miró a uno y a otro y frunció el cejo.

—Venga, ¿a qué esperáis? Daos las manos.

Albert soltó a Candy para ofrecerle la mano a su antiguo amigo.

—Por si sirve de algo, Jeremy, lo siento.

Candy miró a su esposo sorprendida.

Al profesor Martin también parecieron pillarlo por sorpresa las disculpas de Albert. Cambiando el peso de pie, paseó la mirada entre éste y Candy.

—Creo que tengo que felicitaros. Os casasteis el año pasado, ¿no?

—Así es —respondió ella—. Gracias, profesor Martin.

—Llámame Jeremy.

—Sé que estamos en deuda contigo. Nunca lo olvidaré —confesó Albert, bajando la voz.

Jeremy dio un paso atrás.

—Éste no es el momento ni el lugar.

—Pues salgamos a hablar al vestíbulo. Venga, Jeremy, fuimos amigos durante años. Sólo trato de disculparme.

El otro hizo una mueca.

—De acuerdo. Señoras, si nos disculpan… —Con una inclinación de cabeza en dirección a Katherine y a Candy, siguió a Albert pasillo abajo.

—Parece que no ha ido mal. —Candy se volvió hacia Katherine.

—Ya veremos. Si vuelven sin haber derramado sangre, te daré la razón. —Con los ojos brillantes, añadió traviesa—: ¿Vamos a espiarlos desde la puerta?

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Aquella noche durante la cena, Albert y Candy no hicieron ningún comentario sobre el embarazo. Seguían decididos a no hacerlo público hasta que estuviera en el segundo trimestre.

(Sin embargo, todo el mundo pudo fijarse en el Volvo todoterreno que Albert acababa de comprar y que había dejado aparcado en la acera, a la vista de todos. Era fácil sacar conclusiones).

No obstante, mientras Albert estaba en la cocina preparando café, Katherine volvió sus astutos ojos hacia Candy dando unos golpecitos en el mantel con un dedo.

—Estás en estado.

—¿Qué? —Ella dejó el vaso en la mesa para que no se le derramara el agua.

—Es obvio. No tomas vino ni café. Y tu solícito esposo se deshace en atenciones y te trata como si fueras de porcelana, aunque al mismo tiempo no puede ocultar el orgullo masculino cargado de testosterona que le sale por las orejas. No podéis engañarme.

—Profesora Picton, yo…

—Te he dicho que me llames Katherine.

—Katherine, aún no estoy de mucho tiempo. No se lo hemos dicho a nadie, ni siquiera a la familia. Estamos esperando a cumplir los tres meses.

—Haces bien. Y en el departamento no tengas prisa por contarlo. Cuanto más tarde lo digas, mejor. —Katherine bebió el vino a sorbitos, perdida en sus pensamientos.

—Tengo miedo de decirlo.

La profesora dejó la copa en la mesa.

—¿Por qué, si puede saberse?

Candy se llevó la mano al vientre.

—Por varias razones. Tengo miedo de que piensen que no me tomo los estudios en serio. Tengo miedo de que Cecilia se desentienda de mí.

—Qué tontería. Cecilia tiene tres hijos. Dos de ellos nacieron mientras era estudiante en Pisa. Siguiente pregunta.

Candy la miró con la boca abierta.

—No tenía ni idea.

—La conozco desde hace años. Es una madre trabajadora que trata de sacar tiempo para estar con su familia. Por eso pasan los veranos en Italia, para que los niños puedan estar con sus abuelos. Siguiente problema.

—Ejem, tengo miedo de que me quiten la beca de investigación.

—Las universidades han cambiado mucho últimamente. Hay normas que impiden que los departamentos tomen ese tipo de medidas. Tienes derecho a coger una baja por maternidad. De hecho, si no me equivoco, Harvard tiene un comité de igualdad que velará porque recibas un trato justo. Aunque tu departamento estuviera dirigido por un idiota, que no es el caso, tendría que seguir la normativa. Siguiente problema.

—No quiero pedir la baja por maternidad, pero mi ginecóloga dice que debo estar de baja seis semanas tras el nacimiento del bebé. Tengo miedo de perder el semestre.

—¿No quieres pedir la baja por maternidad? ¿Estás loca?

Cuando Candy empezó a protestar, Katherine levantó una mano arrugada.

—Puede que yo sea una solterona, pero te puedo decir sin temor a equivocarme, que si no te coges la baja no estarás a la altura ni en los estudios ni con tu bebé. Tienes derecho a esa baja y deberías aprovecharla.

—¿No les sentará mal en el departamento?

—Puede que alguno de los viejos fósiles proteste, pero si cuentas con el apoyo de tu supervisora, ¿qué más te da? Te aconsejo que hables con Cecilia y le pidas asesoramiento. Ella sabrá lo que tienes que hacer. No permitas que los misóginos te coloquen en una situación imposible.

Pensativa, Katherine se golpeó la barbilla con un dedo.

—Siempre estoy dispuesta a echar una mano para luchar contra las injusticias. Si alguien trata de perjudicarte, se las verá conmigo. De hecho, estoy tentada de aceptar la oferta de Greg Matthews de unirme al departamento, sólo para asegurarme de que nadie te ataca.

Candy se quedó boquiabierta.

—¿De verdad?

—He decidido vender la casa de Toronto. Me han ofrecido renovar el contrato con All Souls, en Oxford, pero la verdad es que allí sólo hay unos cuantos tipos a los que tolero lo suficiente como para tomarme una taza de té con ellos. Y eso hace que las comidas se hayan vuelto muy desagradables.

—Sería maravilloso tenerte en Harvard.

—Sí, cada vez me apetece más —admitió Katherine con los ojos brillantes—. Aquí es donde está la acción. Además, Greg se ofreció a encargarse de mi biblioteca personalmente. Me tienta mucho aceptar sólo por verlo empaquetar mis libros uno a uno.

Candy se echó a reír al imaginarse al distinguido profesor Matthews trasladando la gran biblioteca privada de la profesora Picton con sus propias manos.

—Me alegro mucho de que Albert y tú vayáis a tener un hijo. Me traslade o no, espero que me dejéis ser la vieja y excéntrica madrina que le compra regalos extravagantes y le deja comer cosas que no le convienen.

—Nada me gustaría más. —Candy apretó la mano de Katherine justo cuando Albert volvía con el café.

Él se quedó mirando la escena.

—¿Qué pasa?

La profesora alzó la copa de vino en dirección a él.

—Le estaba diciendo a Candice que acepto el honor de ser la madrina del bebé.

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Al acostarse, Candy le preguntó a Albert cómo había ido la conversación con el profesor Martin.

Él se quedó mirando el techo.

—Mejor de lo que esperaba, aunque dudo que llegue a perdonarme nunca del todo.

Ella le apoyó la cabeza en el pecho.

—Lo siento.

—Cree que le di una puñalada por la espalda, tanto a él como al departamento. Aunque parece que haberme casado contigo ha hecho que mejore su opinión de mí. Tal vez cuando se entere de que estamos embarazados, se calmará un poco más.

—¿Cómo te sientes?

Se encogió de hombros.

—Era mi amigo. Siento que nos hayamos distanciado, pero no puedo arrepentirme de lo que hice. Volvería a hacerlo.

Candy suspiró.

—Bueno, el día también ha tenido sus cosas buenas. Me ha gustado ver la reacción de mis compañeras cuando has aparecido.

Los labios de Albert esbozaron una sonrisa.

—¿Ah, sí? ¿Cómo han reaccionado?

Ella se tumbó boca abajo.

—Como si nunca hubieran visto a un profesor que estuviera bueno. La verdad es que estabas impresionante, con el jersey de cuello alto.

—El jersey de cuello alto siempre tiene ese efecto en la gente.

—No, era por el hombre que había debajo. Me he sentido muy orgullosa. —Jugueteó con el borde de la sábana—. Aunque todavía circulan rumores.

—¿Qué rumores? —Albert se incorporó un poco para no perder el contacto visual.

—Zsuzsa me ha dicho que hay rumores de que estoy en Harvard gracias a ti.

—Cabrones. Es culpa de Eliza.

—No del todo. Tomamos decisiones y ahora debemos asumir las consecuencias.

—Lo que pasó en realidad y lo que se cuenta no tienen nada que ver.

—Tienes razón. Te interesará saber que ahora mismo corren más rumores sobre Eliza que sobre nosotros.

Albert la miró con curiosidad, pero también con cautela.

—¿Sobre Eliza? ¿Por qué?

—Sean, uno de mis compañeros, tiene un amigo en Columbia. Éste le contó que la habían echado de la universidad. Ningún profesor ha querido examinarla.

Albert alzó las cejas.

—¿De verdad? Cuando estuve en Nueva York, Lucia mencionó que Katherine se había quejado de la actitud de Eliza en Oxford. Pero dudo que su expulsión tenga nada que ver con nosotros. Lucia también comentó que su trabajo no estaba a la altura.

—Puede que no se llevara bien con los especialistas en Dante de ese departamento. Éstos pueden ser muy susceptibles —bromeó Candy, guiñándole un ojo.

—No sé a qué te refieres —replicó él, haciéndose el digno.

—Sean también dice que Eliza seguirá sus estudios en Ginebra.

—En Ginebra no hay Departamento de Italiano. Forman parte de un consorcio.

—Eso es lo que dicen los rumores.

Albert negó con la cabeza.

—Si se hubiera centrado en sus estudios y no se hubiera obsesionado conmigo, probablemente seguiría en Toronto. Sus trabajos iniciales eran buenos. Pero se distrajo con tantas maquinaciones y su rendimiento bajó.

»Y luego cometió el error garrafal de enfrentarse a Katherine. A Lucia eso no le gustó nada.

—¿Por qué?

—Katherine es una de las principales figuras en su campo. Si alguien quiere publicar sobre Dante, o pedir una opinión autorizada, acude a ella. Si respeta tu trabajo, lo dice, pero si no lo hace, también lo dice. Nadie quiere enemistarse con ella por si algún día necesitan su aprobación. Y eso incluye a Lucia y a todos los profesores de su departamento.

Candy frunció los labios.

—No quería destrozarle la vida a Eliza. Sólo quería que nos dejara en paz.

—No lo hiciste tú; se lo ha hecho ella sola. Tuvo varias oportunidades para rehacer su vida y no las aprovechó. Nadie la obligó a ir a Oxford a boicotear tu conferencia. Y que su trabajo en Columbia fuera mediocre no es culpa de nadie más que de ella.

—Supongo que tienes razón. —Candy apoyó la cabeza en la almohada—. El mundo académico es muy extraño.

—Sí, se parece a Marte, pero con más sexo.

Ella se echó a reír.

—Me alegro de gustarle a Katherine. No me quiero ni imaginar lo que debe de ser tenerla como enemiga.

—Yo tampoco. En cualquier caso, hablaré con Greg Matthews y le pediré que acalle los rumores sobre nosotros.

—Si tienes que pedírselo como un favor especial, no lo hagas. Prefiero que lo guardes para otra cosa.

—¿Para qué?

—Katherine cree que debo pedir la baja por maternidad. Me ha aconsejado que lo hable con Cecilia.

Albert le acarició las cejas con los dedos.

—¿Y tú qué quieres hacer?

—Tengo que hablar con Cecilia, pero quería esperar a estar de más de tres meses. La mayoría de los abort… —Al ver la mirada de Albert, no pudo acabar de pronunciar la palabra—. La mayor parte de los problemas tienen lugar durante el primer trimestre.

—Si quieres coger la baja por maternidad, hazlo. Si no quieres, no la pidas. Yo la pediré igualmente. Y tras la baja por paternidad, puedo tomarme el año sabático que me deben. Podría estar en casa con el bebé casi dos años.

—¿No hay ninguna norma que prohíba pedir la baja y tomarse el año sabático tan seguidos?

—Es posible. —Albert le acarició la parte baja de la espalda—. Pero en mi contrato especifiqué que quería tomarme el año sabático dentro de dos años. Fue parte de las condiciones que exigí.

—No quiero que malgastes tu año sabático así —murmuró Candy.

Él le apoyó la mano justo antes de llegar al culo.

—Pasar tiempo con el bebé no es malgastarlo.

—Pero no podrás acabar el libro.

—Ya buscaré la manera. Pero aunque no diera con ella, valdría la pena. Habla con Cecilia —añadió—, a ver qué dice. En cualquier caso, no te preocupes. Te hice unas promesas y voy a cumplirlas.

Candy sonrió.

—Por eso mismo no estoy histérica.

Él la miró fijamente.

—Bien.

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ABRIL DE 2012

—Y bien, Candice. ¿Qué puedo hacer por ti? —Cecilia Marinelli hizo pasar a su alumna al despacho, señalando una cómoda silla cercana al escritorio.

La profesora, que no llegaba al metro cincuenta, tenía una melenita oscura y ojos azules, era originaria de Pisa y hablaba inglés con un fuerte acento.

—He venido a pedirte consejo. —Candy empezó a retorcerse las manos.

—Tú dirás. —Cecilia le dirigió una mirada de ánimo.

—Ejem, voy a tener un bebé.

—¡Felicidades! Eso son buenas noticias, ¿no? —le preguntó en italiano, con una amplia sonrisa.

Candy también se pasó al italiano para responder:

—Sí, muy buenas, pero… daré a luz en septiembre, justo al principio del semestre.

La profesora se encogió de hombros.

—Pues pides la baja y vuelves el año que viene.

—No quiero quedarme atrás en los estudios, así que he decidido no coger la baja.

La profesora Marinelli negó con la cabeza.

—No es muy buena idea. En el tercer año tienes que empezar tu actividad como docente, aparte del curso de lingüística y de otra clase. Y a final del curso tienes los exámenes generales.

»Si el bebé nace en septiembre, las prácticas docentes y las clases tendrían que atrasarse hasta enero. Y se te juntarían con los exámenes generales. Sería demasiado —le dijo Cecilia con amabilidad.

—No me había dado cuenta.

—Haz lo que quieras, pero yo te aseguro que me cogería la baja.

—¿De verdad?

La profesora se echó hacia atrás en la silla.

—Serían demasiadas cosas juntas en un solo curso. Tus compañeros tendrían ventaja en los exámenes. No puedes permitírtelo.

»Lo más justo es que te tomes dos semestres de baja; un curso entero. Luego, al volver, haces las prácticas como docente en el primer semestre y los exámenes generales en septiembre del año siguiente.

»Irás un curso por detrás de los demás, pero no te bajará la media de notas. Además, eres muy buena estudiante. Podrías recuperar esa diferencia cuando escribas la tesis. En todo caso, es mejor ir un año por detrás que darte cuenta a medio curso de que no llegas a todo.

A Candy se le cayó el alma a los pies cuando todos sus planes se hicieron añicos. Empezó a buscar soluciones desesperadamente.

—¿No hay cursos en verano?

Cecilia se dio cuenta de su reacción y volvió a cambiar al inglés para responderle:

—No, lo siento.

Candy se estaba retorciendo las manos sobre el regazo.

—Es que Albert pensaba pedir la baja por paternidad para que no tuviera que pedirla yo.

—¿Albert con un bebé? —Cecilia empezó a reír y a murmurar en italiano.

(Al parecer, la idea de que el Profesor cuidara a un bebé le resultaba muy divertida. En eso no estaba sola).

—No me lo esperaba. Pero eso demuestra que será un buen padre, ¿no crees? Está muy bien que esté dispuesto a ayudar, pero eso no soluciona los problemas que pueden surgir. No es realista pensar que podrás tener el bebé en octubre y volver a clase al día siguiente. Dios no lo quiera, pero pueden surgir todo tipo de complicaciones tanto antes como después del parto.

Ella se encogió al oírlo.

—Tampoco había pensado en eso.

Cecilia sonrió, paciente.

—Precisamente por eso tenemos asesoras, para dar consejos. Personalmente te recomiendo que pidas la baja. No perderás la plaza ni la beca de estudios.

»Si quieres, puedo darte una lista de lecturas para que vayas avanzando en la propuesta de disertación doctoral en tus ratos libres. También podrías adelantar en los otros idiomas, aunque tampoco deberíamos ser demasiado ambiciosas.

»Y hay otra cosa, pero debes prometerme que lo mantendrás en secreto. El profesor Matthews está esperando para hacer el anuncio formal. —Volvió a pasarse al italiano, como si ese idioma les diera más privacidad.

—Por supuesto —replicó Candy, mirando a su tutora con interés.

—La profesora Picton ha decidido venir a Harvard.

—¿De verdad? Es fantástico. —A Candy le dio un vuelco de alegría el corazón—. Pero yo pensaba que la plaza fija en estudios sobre Dante te la habían dado a ti.

—Así es. Tiene contrato firmado en Oxford por un curso más. Llegará aquí en septiembre del año que viene, justo cuando tú te reincorpores a las clases. No puedo hablar por ella, pero tengo la sensación de que estaría encantada de ser una de las lectoras de tu tesis. Eso sería muy bueno para ti.

Candy sonrió mientras mentalmente hacía planes a toda velocidad.

—Bien —concluyó Cecilia, volviendo a cambiar de idioma—. No te digo que ser madre y estudiante a la vez vaya a ser fácil, pero puedes hacerlo. Por favor, felicita a Albert de mi parte. Me alegro mucho por los dos.

Ella le dio las gracias y salió del despacho.

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Cuando llegó a casa a la hora de cenar, Albert estaba sentado en un taburete en la isla central de la cocina, leyendo atentamente el periódico.

Al verla, lo soltó inmediatamente.

—Hola, preciosa. ¿Cómo ha ido el día?

—No ha ido mal del todo —respondió ella, dejando el maletín en el suelo y sentándose a su lado.

—¿Qué pasa? —preguntó él, sujetándola por la nuca con suavidad y acercándola para besarla—. ¿Te encuentras mal?

—No. Tengo noticias buenas y malas.

La expresión de Albery se ensombreció.

—Empieza por las malas.

—La profesora Marinelli cree que debo pedir la baja por maternidad.

—¿Por qué piensa eso?

—Como el bebé nacerá en septiembre, no cree que pueda seguir el programa del primer semestre. Y tal como está distribuido el programa general, sería demasiado exigente tratar de juntarlo todo en el segundo semestre. Por eso me recomienda que me salte un año entero.

Albert se frotó la barbilla.

—Había olvidado lo exigente que es el tercer año. ¿Qué piensas hacer?

—¿Qué puedo hacer? Tendré que pedir la baja por maternidad.—Apoyó los codos en la encimera.

—Candy, puedes hacer lo que quieras. Si quieres volver a las clases después del parto, ya buscaremos la manera de hacerlo funcionar. No hace falta que te matricules en todas las asignaturas hasta que te pongas al día.

—A los profesores no les gusta que los alumnos se apunten a unas asignaturas y a otras no.

—No, no les gusta, pero estoy seguro de que en este caso lo permitirían.

—Pero luego tendría que ponerme al día de las que me faltan y preparar los exámenes generales al mismo tiempo.

—Es verdad, pero si es lo que quieres hacer, buscaremos la manera. Que a Cecilia le parezca difícil no quiere decir que no sea posible. Sabes que te ayudaré en todo lo que haga falta. Lo lograré, te lo prometo.

Candy se volvió hacia él. Su mirada era franca y llena de calidez.

—¿Tú lo lograrás?

—Lo lograremos. Pero no tengas miedo. No pienso decirte lo que tienes que hacer. La decisión es tuya. Tú decide y yo hablaré con Greg si hace falta.

—No, ya hablaré yo con él. Pero…

—¿Qué?

—Aún no te he contado las buenas noticias. Cecilia me ha confirmado que Katherine vendrá a Harvard.

—¿Qué? —Albert se quedó tan sorprendido como ella—. La semana pasada me envió un email y no me dijo nada.

—Al parecer, seguirá en Oxford un año más, pero luego vendrá como profesora visitante. Ésa es otra de las razones por las que Cecilia me ha recomendado esperar. Katherine llegará cuando acabe mi baja.

—Es genial.

—Lo es, pero… —Candy negó con la cabeza—. No quiero pedir la baja por maternidad, pero tengo miedo de suspender los exámenes generales si no lo hago.

—No suspenderás.

—Pero no estaré en plena forma.

—Pues tendrás que recuperarla. Rebecca y yo estaremos aquí defendiendo el fuerte. Tú podrás estudiar para los exámenes y hacer lo que tengas que hacer.

—Es que también querré hacer de madre —susurró—. No quiero ignorar al bebé.

—Estoy seguro de que encontraremos el punto de equilibrio. —Le dio un beso en la cabeza antes de dirigirse a la nevera. Sacó una botella de gingerale y se lo sirvió en un vaso con hielo—. No hace falta que tomes una decisión ahora. Puedes matricularte y si luego ves que no puedes, lo dejas para el año que viene.

—No quiero matricularme y luego dejar el curso a medias. Ni quiero arriesgarme a suspender los exámenes. —Volviéndose hacia él con expresión preocupada, añadió—: No quiero ser una madre que nunca está en casa, como Sharon.

—No serás como ella. —Albert bajó la vista hacia la encimera de mármol y dibujó encima con el dedo.

—La verdad es que no sé qué haremos cuando llegue el bebé. Lo único que tengo claro es que pediré la baja.

—Cecilia me dijo que podría darme una lista de lecturas para ir preparando la disertación doctoral. Podría avanzar por ahí durante la baja. O dedicarme a los otros idiomas.

Albert levantó la cabeza.

—Estoy seguro de que el bebé estará encantado de aprender más sobre Dante y también de poder decir palabrotas en más idiomas aparte del alemán.

Candy se echó a reír y lo abrazó por la cintura.

—No quiero perderme los primeros meses contigo y nuestro hijo. A saber qué travesuras haríais en mi ausencia.

—Oh, te aseguro que muchas. —Le guiñó un ojo—. Y hay una elevada probabilidad de que también hubiera diabluras y mucha jarana. Regularmente.

—¿Y si el bebé o tú me necesitáis?

La expresión de él se volvió solemne.

—Por supuesto que te necesitaremos. Pero si no estás, nos espabilaremos igualmente. —Le acarició la mejilla con suavidad con el dorso de los dedos—. Si coges la baja, podríamos pasar una temporada en Umbría.

—¿De verdad?

—O en Oxford, París o Barcelona. Donde tú quieras.

—¿En Selinsgrove?

Albert se echó hacia atrás.

—¿De todas las ciudades del mundo, tú quieres ir a Selinsgrove?

—Es donde está tu familia. Y la mía. Me gustaría estar cerca de Diane. Puede darme consejos y podemos quedar para que los niños jueguen.

—O podríamos hablar con ella por videoconferencia desde Europa.

—El huerto está allí.

Albert le recorrió el labio inferior con el pulgar y suspiró.

—Sí, el huerto está allí.

—Probaré a matricularme para el curso que viene y si no me veo capaz de volver a clase después de que nazca el bebé, dejaré las clases. Cogeré la baja y me dedicaré a preparar los exámenes generales desde casa. Así no iré tan atrasada.

—Me parece un buen plan. Para entonces, Katherine ya estará aquí.

—Me gustaría que el bebé naciera en el hospital Mount Auburn. Después ya decidiremos adónde queremos ir. No me apetece meter a un niño tan pequeño en un vuelo transatlántico.

—Hum, no había pensado en ello.

Candy se rodeó la cintura con las manos.

—Hay muchas cosas en las que no hemos pensado.

—Ah, pero tengo un libro. —Albert alargó el brazo para hacerse con el ejemplar de Qué esperar cuando estás esperando que tenía cerca.

—Marca la parte en que hablan de vuelos transatlánticos y de escribir un libro sobre la idea de infierno de Dante mientras se cuida de un bebé. Luego la leeré.

—Muy graciosa, señora Ardley. —Volvió a dejar el libro.

Candy se acercó a él hasta que quedaron pegados.

—Aunque si fuéramos a Europa, podríamos visitar algún museo.

—No lo dudes.

—Y podríamos bailar el tango vertical contra alguna pared.

—Si queremos volver a bailar el tango en un museo, tendríamos que llevarnos a Rebecca con nosotros —le recordó él, presionándole la boca abierta contra el cuello.

—Los museos ya no son tan complacientes como antes.

Albert la miró con los ojos brillantes.

—Excepto nuestra última visita a los Uffizi.

Candy se ruborizó.

—Eso es lo que quiero para nuestro próximo aniversario.

—¿Qué? ¿Un museo? —Albert sonrió irónico.

—No, un tango contra la pared.

—¿Quieres que vayamos al Louvre la próxima vez?

Ella sintió que se encendía por dentro.

—Suena prometedor.

Él le acarició el cuello con los labios.

—Tenemos un montón de cosas buenas y prometedoras por delante, señora Ardley. Pero creo que ahora mismo lo que deberíamos hacer es leer ese libro.

CONTINUARA