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CAPITULO 120

SELINSGROVE, PENSILVANIA

—Estás ¿qué?

A Anny se le escurrió el montón de platos que llevaba. Por suerte fueron a parar a la encimera. Se quedó mirando boquiabierta a su amiga.

Albert rodeaba los hombros de su esposa con el brazo. Estaban de pie, en medio de la cocina de los Clark. Anthiny, Patty y Quinn estaban sentados en los taburetes, mientras William y Aaron hablaban cerca de los fogones.

—Estoy embarazada —repitió Candy, con la mirada clavada en su amiga y cuñada.

En la habitación se hizo el silencio.

—Pe… pero no sabía que lo estuvierais intentando —balbuceó Anny—. Pensaba que queríais esperar.

—Las noticias fueron inesperadas, pero bienvenidas —dijo Albert, dándole un beso a Candy en la sien.

—Son espléndidas noticias, Candy. ¿Para cuándo lo esperas?—intervino Patty.

—Para septiembre. —Posó la mano en su vientre ligeramente curvado—. Anoche se lo contamos a mi padre, a Diane y al tío Jack.

—Creo que esto se merece unos puros. Estoy muy orgulloso de los dos. —William le estrechó la mano a Albert y le dio unas palmadas en la espalda antes de besar a Candy en la mejilla—. Será divertido tener otro bebé correteando por aquí. Quinn y Roby tendrán otro amiguito para jugar.

—Exacto. —Patty fue la siguiente en abrazar a Candy, seguida de Anthony.

Candy miró a Anny, insegura.

—¿Anny?

—Yo… —Cerró la boca de golpe. Parecía estar a punto de echarse a llorar.

Aaron le rodeó los hombros con un brazo y le susurró algo al oído.

—Me alegro por ti —logró decir finalmente Anny. Al cabo de un momento, abrazó a Candy y a Albert a la vez—. De verdad. Me alegro por los dos.

A Candy los ojos empezaron a llenársele de lágrimas.

—Creo que deberíamos dejar a las chicas a solas un momento. ¿No dan ningún partido en la tele? —Con el pulgar, Aaron señaló el salón, donde estaba el gran televisor de plasma.

Patty, Quinn y los hombres se retiraron rápidamente, dejando a las dos cuñadas solas.

—¡Menuda sorpresa! —Anny se sentó en uno de los taburetes—. ¿Fue un accidente?

Candy se mordió el labio.

—Albert no quiere que usemos la palabra «accidente». No quiere que el bebé crezca pensando que no era deseado.

—¡Claro que no! —exclamó Anny, horrorizada—. Ni se me había ocurrido verlo así. Lo siento.

—Pero… ejem… es evidente que fue algo inesperado, porque teníamos previsto esperar.

Su cuñada la miró fijamente.

—Menudo susto, ¿no? ¿Estás bien?

—Al principio no, pero Albert se ha portado maravillosamente. Está encantado y es difícil no contagiarse de su entusiasmo.

»Rebecca se ha instalado en casa y nos ayudará con el bebé. Cogeré una baja parcial por maternidad y Albert hará lo mismo.

Albert reprimió la risa mientras apoyaba un antebrazo en la encimera.

—¿Mi hermano cogerá una baja por maternidad? Lo creeré cuando lo vea.

—Bueno, de hecho es por paternidad. Puede hacerlo y quiere hacerlo. También podría tomarse un año sabático, pero se lo guarda para más adelante. —Se sentó a la izquierda de su amiga—. Habíamos pensado que podríamos venir a pasar una temporada aquí cuando nazca el bebé.

—A papá le encantaría —dijo Anny, emocionada—. ¿Se lo habéis dicho ya?

Candy negó con la cabeza.

—Esperábamos a daros la noticia a todos. —Mirando hacia el salón, añadió—: Probablemente Albert se lo esté pidiendo ahora.

—Papá le dirá que sí. ¿Vendrá Rebecca también?

—No lo había pensado. Supongo que sería ridículo que tres personas se ocuparan de un bebé.

Rachel se la quedó mirando.

—No tienes mucha experiencia en bebés, ¿no? Te irá muy bien que Rebecca se ocupe de la casa y cocine para todos. —Se miró las uñas—. Y podrás quejarte con Diane de lo duro que es ser madre. Nosotros vendremos a pasar los fines de semana. El bebé crecerá rodeado de su familia.

—Sí, ésa era la idea. Siento que haya llegado en este momento. Sé que vosotros lo estáis intentando y me siento tan…

—No —la interrumpió Anny con una sonrisa forzada—. Me alegro por ti. Y voy a ser la mejor tía del mundo. Espero que algún día tú puedas ser la tía de mis hijos.

—Yo también. —Candy sonrió, pero por dentro se le retorcieron las entrañas sintiendo el dolor de su amiga.

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Esa noche, de pie en medio del antiguo dormitorio de su esposa, que seguía decorado con los trofeos y premios de su infancia, Aaron abrazaba a Anny, que lloraba entre sus brazos. Se sentía impotente.

—Anny —susurró, acariciándole la espalda.

—Es tan injusto —logró decir ella, agarrándole la camisa con fuerza—. ¡Ni siquiera lo querían! Candy quería esperar a acabar los estudios. No me lo puedo creer.

Su marido no sabía qué decir. Cuando Candy anunció la buena noticia había sentido una punzada de envidia, pero no era nada parecido a lo que sentía Anny. Tras un año tratando de quedarse embarazada, estaba al borde de la depresión.

No quería que se obsesionara con las injusticias de la vida ni otras cuestiones existenciales de difícil respuesta.

—Sé que estás disgustada, pero tienes que calmarte un poco.

—Quiero a mi madre. —Apoyó la cabeza en el hombro de Aaron—. Ella sabría qué hacer.

—Sabes que adoraba a Pauna, pero ni siquiera ella podía hacer milagros.

—Pero me daría consejos. Y no volveré a verla nunca. —Una nueva tanda de sollozos se escaparon del pecho de la joven.

—Sabes que eso no es verdad —susurró él, acariciándole la espalda una vez más—. Ha sido una sorpresa, pero tenemos que superarlo. La gente va a seguir teniendo niños. ¿No querrás que esto se interponga en tu amistad con Candy?

—No lo hará.

—Buena chica. Así que nada de lágrimas mañana. —Se apartó un poco y la miró preocupado.

—Puedo hacerlo. Antes me he ganado un Oscar. Me habría echado a llorar en cuanto lo han anunciado.

—No quiero que actúes, Anny. Quiero verte bien porque estés bien.

—Pero es que no estoy bien —replicó ella, sentándose en el borde de la cama.

—También quería hablarte de eso. —Aaron se sentó a su lado—. En vez de centrarnos tanto en lo que no tenemos, me gustaría que empezáramos a valorar lo que tenemos. Tenemos trabajo, una bonita casa, tenemos…

—Tenemos tratamientos de fertilidad que no están funcionando.—Anny maldijo entre dientes.

—Hay otras opciones; ya lo hemos hablado.

—No quiero rendirme todavía.

—No hace falta que nos rindamos, pero podríamos tomarnos un descanso para relajarnos un poco.

—¿Un descanso? —Ella lo miró con curiosidad.

—Dejemos el tratamiento y olvidémonos de tener niños por una temporada.

Anny se cruzó de brazos.

—No.

Él le cogió una mano.

—Creo que la presión te está afectando.

—Puedo soportarlo.

—No, cariño, no puedes. Te conozco bien y por eso te digo que necesitas un descanso. Los dos lo necesitamos.

—El tratamiento de fertilidad dura un año. No podemos parar ahora. —La barbilla de Anny empezó a temblar.

—Sí podemos. —Aaron le rozó los labios con los suyos—. Iremos al médico cuando volvamos a Filadelfia. Y luego nos tomaremos unas largas vacaciones. Albert me dijo que nos dejan su casa de Italia. Necesitamos un descanso para volver a ser una pareja normal.

—¿Y si esto no es temporal? ¿Y si nunca podemos…?

—Si fuera así, buscaríamos otras alternativas. —La abrazó—. Y tengamos o no un bebé, nos tenemos el uno al otro. Algo es algo, ¿no crees?

Ella asintió.

—Tenemos que cuidarnos el uno al otro. Y si permito que sigas por este camino, no te estaré cuidando como te mereces.

—Me siento una fracasada.

—No lo eres —susurró él—. Eres la mujer más increíble que he conocido. Me encantaría formar una familia contigo, pero no a cualquier precio. Si tengo que verte sufrir así, paso. Lo siento, pero así no quiero hijos.

Ella lo miró sorprendida.

—Pensaba que era importante para ti.

—Lo es, pero tú lo eres más. Tú eres lo más importante y siempre lo serás. —Le apretó el hombro—. Quiero recuperar a la mujer con la que me casé. Una vez que lo hayamos conseguido, podemos volver a hablar de niños si quieres. ¿De acuerdo?

Anny permaneció en silencio mientras asimilaba lo que Aaron le estaba proponiendo. De pronto, sintió como si le hubieran quitado un gran peso de encima. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía respirar libremente.

—De acuerdo.

—Te quiero —musitó él, abrazándola.

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Al otro extremo del pasillo, Candy apoyó la cadera en la encimera del lavabo mientras observaba a su marido lavarse los dientes.

—Tu padre está orgulloso de nosotros porque vamos a tener un bebé.

Él asintió sin dejar de cepillarse los dientes.

—Eso quiere decir que está orgulloso de que hayamos practicado sexo y de que me hayas fecundado. ¿Crees que hacen camisetas que expresen esos sentimientos?

Albert se atragantó y escupió en el lavabo.

—¿Estás bien? —preguntó ella, solícita, dándole unos golpecitos en la espalda—. ¿Puedes hablar?

Respondió volviendo a escupir antes de echarse a reír a carcajadas.

—¿Camisetas? —repitió, apoyándose en el mármol—. ¿De dónde sacas estas ideas?

—No lo digo yo, ha sido tu padre. Creo que nadie me había dicho antes que estaba orgulloso de mí por haberme acostado con alguien. Mi padre dijo que se alegraba, no que estuviera orgulloso.

Albert dejó el cepillo en el soporte.

—Yo también lo estoy.

Se miraron en silencio.

—Sí que lo estás. —Candy sonrió—. El tío Jack pareció alegrarse pero estaba muy raro.

—¿Qué dijo?

—No es tanto por lo que dijo. Me felicitó, pero no dejó pasar la oportunidad para darme un sermón.

Albert alzó las cejas.

—¿Sobre qué?

—Sobre la necesidad de protegerme, a mí y al bebé. Le aseguré que estábamos perfectamente, pero entonces me preguntó qué hacías tú para protegernos.

—¿Y qué le dijiste?

—Que estabas pendiente de todo lo que necesitaba y me acompañabas a todas las visitas con el médico. Él murmuró que no era suficiente.

Albert frunció el cejo.

—¿Le dijiste algo más?

—Le pregunté qué le preocupaba, pero entonces se cerró en banda. ¿Crees que puede tener algo que ver con Neall y Natalie?

—Lo dudo. Si hubiera alguna novedad, nos habría avisado.

—Supongo —admitió Candy, sacudiendo la cabeza—. Me prometió que nos protegería a distancia y yo le dije que se lo agradecía. Ha sido una conversación muy extraña.

—Tu tío Jack es una persona peculiar. Tal vez quiera darle una paliza a Greg Matthews para asegurarse de que te dé una baja por maternidad.

—El profesor Matthews ya la ha autorizado. No necesito la ayuda del tío Jack para eso. —Con una sonrisa, Candy salió del cuarto de baño.

Se acercó a la ventana y contempló el cielo sin estrellas.

Albert vio su cuerpo silueteado bajo la tela del camisón antiguo de hilo blanco: las largas piernas, las caderas y su culo redondeado.

Apagó la luz y se plantó tras ella. Le apartó el pelo de la nuca con sus hábiles dedos.

—La conversación con mi hermana no ha debido de ser fácil.

Aunque pensaba que se lo tomaría peor.

Entrelazó los dedos con los de ella y apoyó las manos unidas de ambos encima de donde crecía su bebé.

—Aaron y Anny llevan tanto tiempo intentándolo y ahora llegamos nosotros y ¡boom! ¡Sorpresa: estamos embarazados!

Albert se echó a reír y le apoyó la barbilla en el hombro.

—No fue exactamente así. Hubo intervención divina.

—¿De verdad lo crees?

—¿Tú no? —Albert se tensó.

—Sí, lo creo, pero me siento culpable. Me parece injusto —susurró Candy.

—Tal vez deberíamos esforzarnos más en apoyarlos. Esto tiene que ser muy duro para ellos. —Besándole la nuca, él la abrazó con más fuerza—. ¿Le has contado alguna vez a Anny cómo nos conocimos?

—No. Era un recuerdo demasiado precioso y, a la vez, demasiado doloroso.

—¿Y ahora?

—Tampoco. Me gusta que sea nuestro secreto. Tu familia es genial, pero no creo que lo entendieran. Y mi padre te perseguiría con una escopeta.

—Ya veo.

Albert le acarició la nuca suavemente hasta que ella se encogió.

—Lo siento —murmuró él—. Me había olvidado de la cicatriz.

—No pasa nada. Me has pillado por sorpresa.

Volvió a acariciarle la nuca, esa vez con cuidado de evitar la cicatriz causada por su madre.

—Sharon era una buena madre a veces, cuando no bebía y no había ningún hombre en casa. —Candy tragó saliva con dificultad—. Me llevaba al zoo o hacíamos picnics. Me dejaba ponerme su ropa y me peinaba. Me lo pasaba muy bien.

Él dejó de acariciarla y permaneció unos instantes en silencio.

—Yo también tengo algunos buenos recuerdos de mi madre. Siento que Sharon te hiciera daño. Ojalá pudiera borrar esas cosas de tu vida.

—No entiendo por qué se molestaba en ser amable a veces si luego siempre volvía a maltratarme.

Él volvió a acariciarle el pelo.

—Yo sí que lo entiendo. Es típico de los maltratadores. Tratan mal a sus víctimas, pero siempre alternan esos maltratos con períodos de amabilidad. Así la víctima se queda a su lado, esperando a que vuelva esa amabilidad. Pero cuando lo hace, dura poco. Sé lo que se siente. Por desgracia.

Candy se volvió hacia él.

—Hemos superado muchas cosas.

—Sí.

—Lo que pasó con Neall ya no me atormenta. Siento que hemos pasado página.

Él maldijo entre dientes.

—Ese hijo de puta tiene suerte de que su poderosa familia lo proteja. Todavía tengo ganas de darle una buena lección. Y a su novia también. A tu tío Jack no le hizo gracia que los dejáramos escapar tan fácilmente.

Candy le puso una mano en el pecho.

—Todo eso está superado. Neall va a casarse y Jack dijo que Natalie se ha ido a vivir a California.

—Cuanto más lejos, mejor.

—No sé si seré una buena madre, pero, desde luego, sé lo que no tengo que hacer.

Albert le acarició el vientre por encima del camisón.

—Para ser una buena madre hay que ser buena persona. Y tú eres la mejor persona que conozco. —La besó con delicadeza—. Al estar aquí, en esta casa, recuerdo cómo era la vida con mis padres. Podemos tener un hogar como el suyo, lleno de amor y alegría. Dios ha sido espléndido con nosotros. Nos ha llenado de amor y bendiciones —dijo con un hilo de voz.

—Me alegro mucho de no haber tenido que pasar por esto sola.

—Yo también.

Cogiéndola de la mano, Albert la llevó a la cama.

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DURHAM, CAROLINA DEL NORTE

April Hudson entró en su bloque de pisos un lunes por la tarde y se detuvo a recoger el correo. Acababa de regresar de un fin de semana romántico en los Hamptons con su prometido, Daniel Talbot.

Suspiró al acordarse de él. Era alto, moreno y muy guapo. Era listo y pertenecía a una buena familia. Y las cosas que le hacía…

Los Hamptons eran un lugar con un gran valor sentimental para los dos. Era donde ella le había entregado su virginidad y donde él le había pedido que se casaran.

(No el mismo fin de semana, se entiende).

Mientras revisaba el correo, su mente era un feliz remolino de planes de boda y de recuerdos del fin de semana. Neall la había tratado muy bien. Y ya no se sentía culpable por acostarse con él, porque iban a casarse. Se despertaría a su lado cada mañana, para siempre.

(Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se fijó en el ex marine de Filadelfia que estaba sentado en un coche oscuro al otro lado de la calle, observándola mientras recogía las cartas.

Desde luego, no tenía ni idea de que el ex militar se estaba asegurando de que nadie perjudicara a su sobrina ni al hijo que ésta iba a tener).

Al fondo del buzón encontró un sobre manila. Llevaba su nombre, pero no dirección, ni sello, ni remitente. Sorprendida, entró en el ascensor para subir a su piso. Una vez allá, cerró la puerta, soltó el equipaje y se dejó caer en el sofá de un salto.

Abrió el sobre y se sorprendió al ver que contenía un montón de fotos de gran tamaño, en blanco y negro. Todas estaban fechadas el 27 de septiembre de 2011.

Empezó a notar un extraño zumbido en los oídos, así como el ruido de las llaves, que se le habían caído al suelo.

En las fotos se veían dos cuerpos entrelazados en una cama. La identidad del hombre era inconfundible. Era el cuerpo de Neall, sus posturas, su técnica.

Pero la mujer que estaba con él no parecía una mujer. Era muy joven, más bien parecía una adolescente.

Y las cosas que estaban haciendo…

April se cubrió la cara con las manos mientras un grito angustiado escapaba de sus labios.

CONTINUARA