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CAPITULO 121

WASHINGTON, D. C.

Esa tarde, Daniel Talbot llamó a la puerta de la oficina de su padre en la casa familiar de Georgetown. Thomas, el director de campaña de su padre, lo había ido a buscar y le había ordenado que volviera a casa inmediatamente.

No tenía ni idea de qué podía ser tan urgente. Aquella mañana se había despedido de April tras pasar un fin de semana tranquilo pero muy activo sexualmente. El fin de semana siguiente tenía previsto sorprenderla volando a Durham. Pronto acabaría el semestre y la ayudaría a trasladar sus cosas y su vida al apartamento de Washington, a su lado, donde tenía que estar.

—Adelante —dijo el senador.

Neall abrió la puerta y se acercó a la silla situada frente al escritorio de su padre.

—No te molestes en sentarte. Esto no nos llevará mucho tiempo—lo interrumpió el hombre, malhumorado y seco como siempre—. ¿Has visto esto? —Dejó caer un montón de fotografías, que se desparramaron por la mesa.

Neall miró la foto que le quedaba más cerca. Cogiéndola, la examinó y palideció inmediatamente.

—¿Y bien? ¿Las habías visto antes? —repitió su padre, iracundo, elevando el tono de voz y dando un sonoro puñetazo en la mesa.

—No. —Neall volvió a dejar la foto en la mesa, lentamente, mientras un escalofrío de miedo le recorría la espalda.

—Eres tú, ¿no?

—Ah…

—¡No me mientas! ¿Eres tú?

—Sí. —Neall sintió una opresión en el pecho que le dificultaba respirar.

—¿Sacaste tú las fotos?

—No, papá, te lo juro. No tengo ni idea de quién las hizo.

Su padre maldijo en voz alta.

—Éstas son copias. ¿Tienes idea de cómo han llegado a mis manos?

Él negó con la cabeza.

—Me las ha dado el senador Hudson. Alguien le envió los originales a tu novia. Ella se lo contó a su padre, quien hizo copias y me las envió.

La opresión del pecho de Neall empeoró.

—¿April las ha visto?

—Sí. Se puso histérica. Su madre ha tenido que ir a Durham para estar con ella. Ha tenido que llevarla al hospital.

—¿A qué hospital? ¿Cómo se encuentra?

—¡Céntrate en el problema, chico, por el amor de Dios! ¿Tienes idea de lo que esto significa para la campaña?

Neall apretó los puños.

—¿No puedes olvidarte de la campaña ni por un minuto? ¿Sabes si April hizo alguna tontería? ¿En qué hospital está?

—Tenemos suerte de que los Hudson no estén interesados en hacernos chantaje. Lo único que quieren es que te alejes de su hija y la dejes en paz. La boda se ha cancelado, obviamente. Mañana harán el anuncio oficial.

Neall se sacó el móvil del bolsillo y marcó una tecla. Se llevó el teléfono al oído, pero poco después un mensaje grabado le hizo saber que ese número ya no estaba en servicio.

—Papá, puedo explicarlo. Déjame que hable con April. No es lo que ella piensa.

—¡Ni se te ocurra! —bramó su padre—. Thomas ha reconocido a la chica que sale en las fotos. Era una becaria que aún estaba en el instituto y que hizo prácticas en mi oficina. ¿Es que no te das cuenta del daño que has causado? ¿Cómo has podido ser tan imbécil?

—Pero de esto hace un año. La fecha está mal. Te juro que a April le he sido fiel. La amo.

—¿La amas? —se burló su padre—. Pero no dejaste a tu puta pelirroja.

Neall dio un paso adelante.

—No es verdad. Rompí con ella. Lo digo en serio, papá. April es distinta a las demás.

El senador movió la mano en el aire como si estuviera espantando una mosca.

—Es demasiado tarde. Ella ya no quiere saber nada de ti. Y no me extraña. La chica de las fotos tenía diecisiete años y trabajaba para mí. Te acostaste con ella y la incitaste a beber y a consumir drogas. ¡Y todo está registrado en esas jodidas fotos! —Barrió la superficie de la mesa con el brazo, lanzándolo todo por los aires: fotos, bolígrafos y papeles.

—Papá, te juro que puedo arreglarlo. Déjame hablar con April.

—No. —El senador se levantó, fulminando a su hijo con la mirada—. Los Hudson quieren que la dejes en paz y eso es exactamente lo que vas a hacer.

—Pero, papá, yo…

—¡Haz lo que te mandan por una vez en la vida! —vociferó el hombre.

Neall agarró un jinete de bronce que había sobre la mesa y lo lanzó contra la pared.

—¡Eres tú el que nunca me escuchas! —exclamó—. Te pasas la puta vida gritando y dando órdenes, pero nunca escuchas. Así que jódete. Que se joda la campaña y la familia. Lo único que me ha importado en la vida es April y no pienso perderla.

Con esas palabras, salió del despacho dando un portazo.

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Sentado en la comisaría de Durham, Nrall pensaba que era una amarga ironía.

(Ya que, a diferencia de Albert, Neall no conocía el auténtico significado de la palabra «ironía»).

Había intentado hablar con April en repetidas ocasiones, pero sin éxito. Le había enviado flores y cartas, pero se las habían devuelto todas sin abrir. Le escribió emails, pero ella le bloqueó el acceso a su cuenta.

Luego probó a esperarla a la puerta de su casa, pero lo único que consiguió fue que lo arrestaran. Ahora estaba sentado en una comisaría de policía, esperando enterarse de si habían interpuesto cargos contra él. No tenía abogado y sabía que esta vez no podía contar con la ayuda de su padre.

Su último arresto —tras el asalto a Candy— había sido merecido.

La furia se había adueñado de él y había querido hacerla sufrir. Pero con April había actuado movido por el amor. Su única esperanza en esos momentos era aceptar el arresto y declararse culpable. Tal vez más adelante pudiese arreglar las cosas. Tal vez April o su madre, que era una mujer amable y compasiva, le concedieran cinco minutos para explicarse.

No sabía quién le había hecho esas fotos. No le había contado a Natalie ese encuentro, aunque ella había estado en esa habitación de hotel otras veces. Tal vez había contratado a alguien para que lo espiara.

Pero estaba convencido de que había sido Natalie la que se las había enviado a April. Era la única que ganaba algo rompiendo el compromiso de Neall. De un solo golpe, lo había perjudicado a él, a April y a la campaña de su padre. Y la conocía. Era una zorra vengativa, muy capaz de hacer algo así.

Así que, mientras esperaba a que pasara el tiempo para volver a acercarse a April y hacer las paces con ella, le haría una visita a Natalie en Sacramento.

Con estas ideas en la cabeza, Neall esperaba que le comunicaran su destino legal. No tenía ni idea de que Jack White estaba sentado en su oscuro Oldsmobile a la puerta de la comisaría, pensando en su sobrina embarazada y sonriendo.

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CAMBRIDGE, MASSACHUSETTS

Cuando Candy dejó por fin de sufrir mareos matutinos, desarrolló una extraña obsesión con la comida tailandesa. Su restaurante tailandés favorito estaba cerca de su antiguo apartamento en Cambridge. Insistía en que la comida de ese restaurante era la única que calmaba sus antojos, así que Albert o Rebecca se aseguraban de encargar comida para llevar casi a diario.

A juzgar por la dieta de su esposa, Albert empezó a sospechar que el setenta y cinco por ciento de su masa corporal (y de la del bebé) estaban compuestas por rollitos de primavera. Así que dejaron de referirse a él (o ella) como Ralph. Albert, Rebecca y, poco después, Candy empezaron a llamarlo Rollito de primavera.

A finales de abril, los Ardley volvieron al hospital Mount Auburn para una nueva ecografía. Esperaban poder saber el sexo del bebé.

—Rollito de primavera es un niño —susurró Candy, tratando de ignorar las molestias que le provocaba la vejiga, que estaba a punto de explotar.

—No —replicó Albert con una sonrisa—. Confía en mí. Conozco bien a las mujeres y este bebé es niña, no me cabe duda.

Ella no pudo evitar echarse a reír.

Cuando la técnica que iba a realizarle la ecografía dijo su nombre, Candy apretó la mano de su marido antes de seguirla a la sala de ultrasonidos, sola.

(A esas alturas Albert ya sabía que no servía de nada discutir con el personal del hospital).

—¿Quiere saber el sexo del bebé? —le preguntó la mujer, dejando una batita sobre la camilla.

—Oh, sí, desde luego. Estamos deseando saberlo.

—Por supuesto. La dejo un momento para que se cambie. En seguida vuelvo. Me llamo Amelia. —Y con una sonrisa, salió para que Candy se cambiara.

Minutos después, su redondeado vientre estaba cubierto por un gel pegajoso. Cuando la pantalla empezó a ofrecer imágenes, Candy no podía apartar los ojos. Éstas cambiaban rápidamente y lo único que distinguía con claridad era la cabeza o el cuerpo. El pobre Rollito de primavera parecía un extraterrestre.

—Tenemos suerte —dijo Amelia, tocando varios botones para capturar imágenes—. El bebé está bien colocado y podemos echarle un buen vistazo.

Candy suspiró aliviada. Estaba muy nerviosa.

—Tomaré unas cuantas imágenes más y luego avisaremos a su marido, ¿de acuerdo?

—Gracias.

Poco después, la mujer fue en busca de Albert. Cuando entró en la habitación, se acercó rápidamente a Candy, le cogió la mano y se la llevó a los labios.

—¿Y bien? —preguntó, volviéndose hacia la técnica, que se había vuelto a sentar frente a la pantalla.

—El bebé se está desarrollando correctamente. Todo está bien—respondió ella, señalando la pantalla—. Felicidades, van a tener una niña.

Una amplia sonrisa de felicidad apareció en la cara de Albert.

Los ojos de Candy se llenaron de lágrimas y se cubrió la boca con la mano como si estuviera muy sorprendida.

—Te lo dije, mamá. Conozco a las mujeres —bromeó él, dándole un beso en la mejilla.

—Vamos a tener una niña —repitió Candy.

—¿Te parece bien? —preguntó Albert, preocupado.

—Me parece perfecto —susurró ella.

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Albert hizo copias de las ecografías y las enmarcó, pero resistió la tentación de colocarlas fuera de la intimidad del dormitorio y del estudio.

—Ahora que sabemos que Rollito de primavera es una niña, podríamos empezar a prepararle la habitación —comentó una tarde mientras iban en el Volvo un sábado de mayo—. También tendríamos que hablar del nombre.

—Me parece bien.

—¿Por qué no piensas en lo que quieres y vamos de compras?

Candy se volvió hacia él.

—¿Ahora?

—No, ahora vamos a comer, como te he prometido, pero luego podríamos empezar a mirar cosas para la habitación. Algo que sea bonito pero funcional. Cómodo para ti y para ella, pero no demasiado infantil.

—Es un bebé, Albert. Sus cosas van a ser infantiles.

—Ya sabes a qué me refiero. Quiero que sea elegante, que no parezca un jardín de infancia.

—¡Madre mía! —Candy disimuló la risa mientras se imaginaba qué iba a diseñar el Profesor para su hija.

(Se imaginó algo en madera oscura y cuero color chocolate, con cortinas y cojines llenos de rombos).

Albert se aclaró la garganta.

—He estado mirando algunas cosas por Internet.

—¿Ah, sí? ¿En qué página web? ¿La de Restoration Hardware?

—Claro que no —respondió él, ofendido—. Las cosas que venden no son adecuadas para la habitación de un bebé.

—Entonces, ¿en dónde?

Él le dirigió una mirada triunfal.

—En Pottery Barn Kids.

Candy gruñó.

—Nos hemos convertido en yuppies.

Albert la miró fingiendo horrorizarse.

—¿Por qué lo dices?

—Vamos en un Volvo y estamos hablando de comprar los muebles en el Pottery Barn.

—Para empezar, los Volvo son unos coches muy seguros y mucho más bonitos que los monovolúmenes. Y los muebles de Pottery Barn resulta que son funcionales y atractivos al mismo tiempo. Me gustaría llevarte a una tienda y así lo compruebas con tus propios ojos.

—Mientras me lleves a tomar comida tailandesa antes, no hay problema.

Esta vez fue Albert quien puso los ojos en blanco.

—De acuerdo, pero pediremos que nos la pongan para llevar y nos la tomaremos en el parque. Y yo me pediré comida hindú. Si vuelvo a ver un plato de Pad Thai en mi vida, no respondo de mis actos.

Candy se echó a reír a carcajadas.

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Esa noche, tarde, Albert se dirigió al dormitorio tras haber pasado un buen rato anotando cosas que iban a necesitar para la habitación de la niña. Algunas formarían parte de la lista de regalos del bebé. No habían pensado hacer una lista de ésas, y al principio a Albert le extrañó mucho la idea, pero finalmente accedieron por la insistencia de sus hermanas (Rosmary y Anny) y de Diane, Cecilia y Katherine.

(Se había disgustado un poco al enterarse de que la lista de regalos de Pottery Barn Kids no incluía libros infantiles en italiano ni en yidish).

Al pasar junto a la cama, camino del cuarto de baño, se fijó en que los pies de Candy le asomaban por debajo del edredón. El resto del cuerpo lo tenía bien tapado.

Sonriendo, tiró del edredón para tapárselos.

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MAYO DE 2012

SACRAMENTO, CALIFORNIA

Natalie Lundy estaba especialmente animada ese día. La noticia de la ruptura entre Neall y April era de dominio público. La familia de Neall le había dado la espalda y la campaña del senador Talbot había quedado muy tocada.

En resumen, ya no había motivo para poner su nuevo trabajo en peligro yendo a hablar con los periódicos sensacionalistas.

Alguien se le había adelantado. Probablemente una ex amante celosa o un rival político del padre de Neall.

Por suerte para ella, Natalie no conocía los planes de venganza de Neall. Ni que éste había abandonado dichos planes cuando April decidió no presentar cargos contra él. Le llegaron rumores de que Neall estaba tratando de reconquistar a April, pero nadie creía que fuera a conseguirlo.

Y, desde luego, ni Natalie ni Neall sospechaban que Jack White estuviera detrás de sus problemas, lo que permitía al ex marine dormir tranquilo por las noches, sabiendo que había hecho lo necesario para proteger a su sobrina embarazada.

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JULIO DE 2012

BOSTON, MASSACHUSETTS

—No acabo de estar convencida. —Candy titubeó antes de entrar a la tienda de Agent Provocateur, de la calle Newsbury.

—¿Por qué no? —Albert le dio la mano.

—Porque no es una tienda premamá. No tendrán nada que me vaya bien —respondió, ruborizándose.

—Ya he hablado con Pamela. Nos está esperando. —Con una sonrisa, Albert añadió—: De hecho, le he encargado ya algunas cosas.

Candy reconoció el nombre de la encargada, ya que se habían visto antes. A Albert no le daba vergüenza comprar ropa interior femenina. Al contrario, le gustaba elegirla personalmente, al menos para ocasiones especiales.

Y aquélla era una ocasión especial. A medida que el embarazo avanzaba, Candy se sentía cada vez más incómoda durmiendo desnuda. Y como ninguna de sus prendas de lencería sexy le iba bien, había empezado a dormir con pantalones de yoga y camisetas amplias. A él no le hizo ninguna gracia el cambio.

Por eso había tomado cartas en el asunto.

Pamela les dispensó una calurosa acogida y los llevó a un cambiador amplio y privado, donde ya los esperaba una hilera de camisones, batas y ropa interior.

—Llamadme si necesitáis algo —les dijo, señalando el teléfono interno que había sobre una mesita, antes de dejarlos a solas.

Candy acarició la gasa negra transparente de un picardías, mientras Albert la observaba como si fuera un gato contemplando a un ratón.

—No puedo hacerlo —dijo ella, mirando hacia el gran espejo triple con hostilidad.

—¿Por qué no? Estamos solos. Mira, Pamela nos ha preparado unas bebidas. —Albert puso unos cuantos cubitos en un vaso y los cubrió de gingerale.

Candy aceptó la bebida, agradecida.

—No tengo un buen día. Parezco una vaca.

—No pareces una vaca —repuso él con decisión—. Estás embarazada. Y eres preciosa.

Ella bajó la vista.

—No quiero mirarme en ese enorme espejo. Pareceré un autobús visto desde tres ángulos.

—Qué tontería. —Le quitó la bebida de la mano y la dejó en la mesita—. Quítate la ropa.

—¿Qué?

—He dicho que te quites la ropa.

Ella dio un paso atrás.

—No puedo.

—Confía en mí —susurró Albert, acercándose.

Candy alzó la cara hacia él. La miraba con dulzura, pero con una gran determinación.

—¿Quieres hacerme llorar?

Albert se tensó.

—No. Estoy tratando de que te veas con mis ojos.—Inmediatamente después, le hizo un gesto con el dedo para que se acercara y ella obedeció.

Sujetándola por los hombros, le dio un beso en la frente.

—Elige algo que te guste y pruébatelo. Me sentaré aquí, de espaldas, mientras te lo pones. Si no te gusta nada de lo que hay aquí, iremos a otro sitio.

Candy se apoyó en su pecho y él le acarició los costados arriba y abajo.

Suspirando, se resignó y llevó algunos modelos a la pared del fondo, donde había varios colgadores.

Sonriendo, Albert se sentó en el sillón de piel colocado a poca distancia de los espejos, pero lo hizo de lado, dándole la espalda a su esposa para no disgustarla.

Se sirvió un vaso de Perrier y echó un vistazo a algunas de las prendas. Conociendo a Candy, no había pedido nada exageradamente provocativo, como camisones que no cubrieran los pechos, por ejemplo. Se trataba de conseguir que ella volviera a sentirse sexy y recuperara la confianza, no que se sintiera aún peor.

Aunque si de él dependiera habría elegido algunas cosas que sobrepasarían los límites de su esposa, no quería incomodarla ni disgustarla. Se suponía que tenía que ser una tarde de compras divertida y, si había suerte, excitante.

—Me aprieta un poco —se quejó ella.

—Se supone que van un poco apretados. Ven aquí para que pueda verte. —Albert clavó la vista en el espejo y contuvo el aliento.

—Creo que necesito una talla más.

—No lo creo. Le di tus medidas a Pamela.

—¿Hiciste qué? —exclamó ella—. Pero si estoy enorme…

—Candice —dijo él, en tono autoritario—. Ven aquí.

Ella respiró entrecortadamente y se acercó a los espejos.

El corazón de Albert se aceleró al verla.

Llevaba un picardías modelo Syble, de gasa negra adornada con pequeñas flores rosas bordadas. Se había dejado puestas las bragas de embarazada negras, pero se había puesto también unas medias asimismo negras con costura en la parte de atrás.

—Impresionante.

Candy se había detenido frente al espejo, con la mano sobre el vientre, entre las dos alas del picardías. Luego se volvió lentamente para verse por detrás.

—Estás perfecta.

Los ojos de ella buscaron los de Albert en el espejo.

Él no pudo permanecer quieto. Se levantó y se situó a su espalda, resistiendo el impulso de acariciarla. Sabía que si la tocaba, acabarían haciendo el amor en el sillón y la tarde de compras se habría acabado casi antes de empezar. Tenía que aguantar un poco, por muy tentadora que estuviera.

—¿Qué te parece? —le preguntó a ella, con voz ronca.

—Me gusta, aunque sigo pensando que me aprieta un poco. —Tiró de las cintas, dejando un poco más al descubierto sus crecidos pechos.

Albert se los cubrió con las manos y apretó con delicadeza.

—Te queda como un guante. Tienes un cuerpo precioso.

La mirada de Candy se iluminó.

—¿Lo crees de verdad?

—Por supuesto. —Le acarició los pechos por encima de la tela, deslizando los pulgares por los sensibles pezones.

Candy abrió un poco la boca al notar las sensaciones que le provocaban sus dedos mientras la devoraba con la mirada. Su marido estaba excitado y no lo ocultaba. Al contrario. Estaba tratando de seducirla.

Albert le echó el pelo a un lado y le pegó los labios a la oreja.

—Piensa en cómo te sentirás cuando te lo quite.

Y olvidándose de todo, le besó el cuello, sacando un poco la lengua para probar el sabor de su piel.

—Hace mucho calor aquí, ¿no crees? —Candy se apoyó en él, cerrando los ojos.

—Y sólo acabamos de empezar. —Albert se pegó a su espalda para que notara su prominente erección—. Creo que estamos de acuerdo en que este modelo nos lo llevamos. Ahora, pruébate otro.

Ella se volvió para besarlo y le enredó los dedos en el pelo. Y siguió besándolo hasta que casi se olvidaron de qué habían ido a hacer allí.

Albert se acercó a la mesita y levantó el auricular del teléfono.

—¿Pamela? Vamos a necesitar más hielo.

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AGOSTO DE 2012

CERCA DE BURLINGTON, VERMONT

A lo largo del invierno, Archie cada vez pasó más tiempo con Allison. Iban a cenar y al cine. Flirteaban a través de emails y mensajes de texto. Y en la granja de los Norris nunca faltaba el café de Dunkin' Donuts ni las galletas caseras.

De hecho, su amistad con Ali (porque seguía llamándola así) se había convertido en algo muy importante para él. Siempre esperaba con ganas volver a verla el fin de semana. Y aunque su relación física no había ido más allá de unos cuantos besos castos, su conexión era cada vez mayor.

Ambos se llevaron una enorme alegría cuando en marzo le ofrecieron a Archie una plaza de profesor auxiliar en el Departamento de Lengua Inglesa del Saint Michael's College. No perdió tiempo discutiendo el salario, un menor número de clases o cosas parecidas. Se limitó a aceptarlo. Encantado.

Le escribió un email a Candy contándole las novedades laborales y, de este modo, reanudaron su amistosa correspondencia ocasional. La sorpresa de Archie fue cuando menos mayúscula cuando en abril recibió un correo suyo en el que le comunicaba que estaba embarazada.

Como llevaban varios meses sin hablar, no se atrevió a preguntarle sobre su cambio de opinión respecto al embarazo. No quería disgustarla. Su amistad era demasiado valiosa para él. Y, además, no podía olvidar que Albert iba a revisar su tesina, así que se limitó a escribirle un mensaje de felicitación y a prometerle que le enviaría un regalo al bebé desde Vermont.

En junio había defendido la tesina con éxito y se había graduado por la Universidad de Toronto y a finales de agosto trasladó sus libros a su nueva oficina del campus del St. Michael's College.

Era feliz. Podría vivir en casa mientras ahorraba para la entrada de una vivienda propia. Ayudaría en la granja cuando pudiera, aunque los nuevos empleados parecían tenerlo todo bajo control. Y la salud de su padre había mejorado notablemente.

Mientras desembalaba sus libros en la oficina, encontró las figuras de Dante y Beatriz. Se dio cuenta de que la empresa que las fabricaba había ignorado sus repetidas peticiones de que crearan una figura de Virgilio.

(Su respuesta siempre era la misma: que Virgilio no era un héroe. Pero todo el mundo necesita un poco de acción de vez en cuando).

Mientras colocaba a Dante y Beatriz sobre el escritorio, alguien llamó a la puerta.

—Adelante —dijo por encima del hombro—. Está abierto.

—Hola.

Cuando Archie apartó la vista de Dante y Beatriz y se volvió, Allison estaba en el umbral.

En ese instante, a pesar de que la había visto mil veces y de que la conocía desde hacía años, se dio cuenta de lo bonita que era. La cara, el pelo, los ojos… Era hermosa.

—He pensado que quizá te encontraría aquí y que tal vez necesitaras ayuda.

—No hay que hacer gran cosa. Sólo estaba colocando los libros.—Dejó la caja vacía en el suelo.

Los ojos de ella perdieron su brillo.

—Oh, bueno. No quería molestarte. Te dejo con tus cosas.

Cuando se volvió para irse, a Archie el alma se le cayó a los pies.

—Espera.

Se levantó, se acercó a ella y le cogió la mano.

—Me alegro de verte.

Allison le sonrió.

—Me alegro de que me veas.

—Has estado fuera dos semanas.

—Mi hermana necesitaba ayuda con los niños. Sólo tenía previsto estar allí una semana, pero ya sabes cómo son estas cosas.—Levantó la mano para apartarle el pelo de la frente—. Te he echado de menos. Contaba los días.

—Yo también te he echado de menos. Mucho.

Se quedaron mirándose en silencio lo que pareció una eternidad, hasta que Archie recuperó el habla:

—Iba a tomarme un descanso. ¿Te apetece ir a tomar pizza al American Flatbread?

—Me encantaría. —Allison hizo ademán de ir a salir del despacho, pero Archie le tiró de la mano:

Ella le dirigió una mirada confusa.

—Jazmin —susurró él, acariciándole los nudillos con sus dedos encallecidos por el trabajo.

—¿Qué?

—Nuestra primera vez. Tu piel olía a Jazmin.

Dos manchas de rubor colorearon las mejillas de la chica.

—Pensaba que no te acordabas.

Él la miró fijamente.

—¿Cómo podría olvidarlo? Cada vez que huelo esa fragancia, pienso en ti.

—Ya no uso fragancia de Jazmin. Me cansé.

Él le colocó la mano en la mejilla.

Allison se apoyó en ella y cerró los ojos.

—¿Volverías a usarla para mí?

Ella abrió los ojos y lo miró solemne.

—Sólo si vas en serio.

—Voy en serio —la tranquilizó, dejando que leyera sus sentimientos en su mirada.

—Entonces sí.

Acercándose, Allison lo besó.

Archie cerró la puerta con un suave empujón y la abrazó.

CONTINUARA