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CAPITULO 122
9 DE SEPTIEMBRE DE 2012
CAMBRIDGE, MASSACHUSETTS
Un gemido sordo salió del cuarto de baño.
Albert abrió los ojos, confuso. Por un momento no supo dónde estaba. Al oír un nuevo gemido, se levantó y fue tropezando en la oscuridad hasta la puerta del baño.
—Cariño, ¿estás bien?
Abrió la puerta y se encontró a Candy doblaba, agarrándose con tanta fuerza a la encimera del lavabo que tenía los nudillos blancos. Estaba respirando profundamente.
—¿Quieres que llame a Rebecca? —Albert se volvió, dispuesto a echar a correr escaleras abajo.
—No, llama al hospital.
—¿Y qué les digo?
—Que creo que estoy de parto.
Él se asustó. Empezó a hacerle preguntas a toda velocidad, mientras buscaba las gafas y el móvil en el dormitorio para llamar al Servicio de Maternidad del hospital Mount Auburn.
—¿Has roto aguas? —le preguntó poco después, siguiendo las instrucciones de una enfermera.
—No. Tu tarima sigue intacta.
—Muy graciosa, Candy. ¿Ha empezado el parto?
—Eso creo. Las contracciones son fuertes y regulares —respondió, tratando de respirar hondo y de relajarse, tal como había practicado con su profesora de yoga, que le había asegurado que funcionaría..
(Estaba empezando a plantearse pedirle que le devolviera el dinero).
—¿Cada cuántos minutos tienes contracciones?
—Cada seis —respondió ella, molesta.
Estaba tratando de concentrarse en la respiración y las constantes preguntas de Albert (por mucho que lo amara) no la estaban ayudando.
—La enfermera dice que debemos ir al hospital inmediatamente. Ya tengo tu bolsa y la canastilla del bebé. ¿Estás lista? —preguntó Albert, tratando de aparentar calma y acariciándole la espalda por encima de la amplia camiseta.
—Sí, vamos. —Enderezándose, miró a su esposo de arriba abajo—. No puedes ir así.
—¿Por qué no? —se sorprendió él, peinándose un poco con los dedos para que pareciera que había dormido toda la noche.
Luego se pasó los dedos por la cara—. Ahora no tengo tiempo de afeitarme.
—Mírate.
Albert se miró en el espejo. Para su sorpresa y disgusto, se dio cuenta de que iba sólo con ropa interior, con unos bóxers descarados que llevaban impresa la frase «Los medievalistas lo hacen en la (era de la) Oscuridad» en letras fosforescentes.
—Mierda. Dame un minuto.
Candy lo siguió bamboleándose, sin poder aguantarse la risa.
—A Anthony le gustará saber que su regalo de Navidad nos ha acompañado al hospital. Al menos, si se va la luz, podremos encontrarte. Sólo tendrás que bajarte los pantalones.
—Estás muy chistosa hoy, señora Ardley.
Ella siguió riéndose. Ese faux pas estilístico le parecía de lo más gracioso.
Durante las dos últimas semanas, había dejado de usar la lencería que habían comprado en Agent Provocateur con la excusa de que no la abrigaba lo necesario. Albert había replicado que los pantalones de yoga y las camisetas eran un agravio a su atractivo sexual y le había sugerido que se arrimara a él si tenía frío. Pero Candy había preferido abrazarse a su almohada corporal.
—Esos bóxers medievales son un agravio a tu atractivo sexual—lo provocó, sujetándose el vientre mientras se reía a carcajadas.
Él la fulminó con la mirada mientras se ponía una camisa y unos vaqueros. Luego la sujetó por el codo y se pusieron en marcha. Al pasar frente al cuarto del bebé, tuvieron que detenerse por una nueva contracción.
Albert encendió la lámpara de la habitación, un candelabro blanco y rosa, para verle la cara.
—¿Duele mucho?
—Sí. —Candy trató de distraerse apoyándose en el marco de la puerta y mirando la habitación.
Ella se habría conformado con comprar los muebles y los accesorios para la niña en Target, pero Albert había insistido en que fueran de Pottery Barn.
(Entre paréntesis, debe destacarse que Candy siempre se refería a Pottery Barn como Protestant Barn, ya que le parecía que todos sus muebles eran el vivo retrato de la cultura WASP o, lo que es lo mismo, la cultura blanca, anglosajona y protestante. Los muebles le parecían preciosos, pero demasiado caros).
Entre los que compraron y los generosos regalos de sus parientes y amigos, habían convertido una de las habitaciones de invitados en una tranquila habitación infantil. Candy había elegido el verde salvia como tono para las paredes y el blanco para la ebanistería y las molduras del techo. Una original alfombra con flores en rosa, amarillo y verde pastel cubría la tarima de roble.
—Es mi habitación favorita del mundo entero —susurró, mirando las calcomanías de Winnie the Pooh que habían pegado en la cuna y el cambiador a la espera de que unos curiosos ojitos las miraran.
—La está esperando. —Albert sonrió—. Está esperando a nuestro Rollito de primavera.
Cuando la contracción hubo pasado, él le dio la mano, la ayudó a bajar la escalera y a subir al Volvo, donde Albert ya había hecho instalar una sillita de bebé. Antes de ponerse en marcha, le envió un SMS a Rebecca, poniéndola al corriente y asegurándole que se mantendría en contacto.
Poco después llegaron al Bain Birthing Center, la sección de maternidad del hospital Mount Auburn. Una vez que estuvieron instalados en su habitación, Albert se obligó a adoptar una actitud tranquila. No quería que Candy notara lo nervioso que estaba ni los miedos que le atenazaban las entrañas.
Pero ella lo sabía igualmente. Conocía sus temores y por eso le apretó la mano y le dijo que la niña y ella estarían bien.
Durante la exploración, Albert no le soltó la mano. La obstetra de guardia les dijo que Rollito de primavera venía atravesada y que esperaba que cambiara de postura cuando llegara el momento de salir.
La enfermera Tracy se encargó de distraer a Albert, que estaba a punto de pedir una explicación detallada de la posición atravesada, enseñándole a leer el monitor para que pudiera avisar a Candy de cuándo la contracción llegaba a su pico y cuándo estaba a punto de acabar.
Ella agradeció que lo entretuvieran, pero eso no impidió que él buscara en el iPhone información sobre la postura atravesada y el modo de afrontarla.
(Debe señalarse que, a esas alturas, Candy deseó que se hubiera dejado el dichoso trasto en casa).
Por suerte, la medicación para el dolor que le habían dado le permitió adormecerse.
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—¿Candy?
Cuando abrió los ojos, vio a su marido inclinado sobre ella, mirándolo con expresión preocupada.
Ella le dirigió una sonrisa débil que casi le partió el corazón.
—Te estabas quejando.
—Debía de estar soñando.
Levantó la mano y él se la cogió, llevándosela a los labios para besarla.
—Mis anillos —musitó ella, señalando el anillo de boda de Albert—. ¿Los he perdido?
Él le acarició los dedos desnudos.
—Te los quitaste hace meses, ¿recuerdas? Se te hinchaban los dedos y tenías miedo de no poder quitártelos más adelante. Te los colgaste de la cadena que te regalé hace un año en el huerto de manzanos.
Ella se llevó la mano al cuello.
—Lo había olvidado. La guardé en el joyero anoche.
—Tuviste una premonición. Rollito de primavera ya casi está aquí.
Candy cerró los ojos.
—Pensaba que no iba a haber nada más sacrificado y absorbente que el programa de estudios de Harvard. Pero me equivocaba.
A Albert se le hizo un nudo en el estómago.
—Dentro de nada podrás volver a la universidad. Rebecca y yo te ayudaremos.
Candy hizo un ruido aprobatorio con la boca cerrada.
—Ya sé que era demasiado pronto para tener un hijo —le susurró él al oído—. Lo siento.
—Ya lo hemos hablado. A veces las sorpresas son lo mejor.
—Haré lo que haga falta para compensártelo.
—Tener una hija contigo no es ningún problema. Excepto por el dolor —hizo una mueca.
Albert le pegó los labios a la frente.
—He llamado a mi padre. Le he pedido que avise a tu padre y a Diane. No creo que puedan venir con Roby, pero William se ofrecerá a traerlos.
Ella asintió, pero no abrió los ojos.
—Bien —dijo.
Mientras Candy echaba otro sueñecito, la obstetra trató de tranquilizar a Albert explicándole que era bastante habitual que el bebé se atravesara. A veces se colocaba bien por sus propios medios; otras veces había que ayudarlo. No tenía de qué preocuparse.
Él agradeció mucho las explicaciones de la doctora, pero siguió intranquilo. Sacó fuerzas pensando en el futuro que lo esperaba. Pronto conocería a su hija y podría empezar a ser padre.
Mientras Candy yacía en la cama del hospital, medio dormida y soñando, Albert recorría la habitación de un lado a otro. Se la veía tan pequeña en la enorme cama de hospital… tan frágil.
Tan joven.
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—¿Candy? —Albert le apretaba la mano cada vez que empezaba una contracción, con la vista clavada en el monitor para poder anunciarle cuando ésta comenzaba a disminuir. Luego le acariciaba los nudillos o la frente.
—Lo estás haciendo muy bien.
Albert no. Estaba desaliñado y nervioso y cuando tenía un poco de tiempo para pensar en ello, se sentía extremadamente preocupado. A pesar de que estaban en un hospital con una excelente reputación en Boston, rodeados de un excelente personal sanitario, estaba aterrorizado.
Sin embargo, se cuidaba de mantener sus miedos en secreto, rezando en silencio para que Candy y Rollito de primavera estuvieran bien.
Poco antes de las nueve de la noche, Candy empezó a tener fiebre. A aquella hora, la doctora Rubio ya estaba al cargo. La examinó y ordenó que le suministraran un antibiótico por el gota a gota.
Albert se mordió el labio mientras observaba a la enfermera colgar una nueva bolsa al lado de los demás fluidos que entraban lentamente en el brazo de su esposa.
La doctora Rubio rompió la bolsa del líquido amniótico y animó a Candy a que empezara a empujar. La anestesia epidural le quitaba parte del dolor, pero no del todo, aún tenía sensibilidad en la mitad inferior del cuerpo.
La enfermera Susan le sostenía una de las piernas mientras Albert le aguantaba la otra. Candy apretaba con todas sus fuerzas y, aunque la doctora Rubio y él la animaban a seguir, lo cierto era que no pasaba nada. Finalmente, la obstetra reconoció lo que Albert llevaba rato temiéndose. Rollito de primavera seguía atravesada y estaba situada demasiado arriba como para poder sacarla con fórceps.
Candy gruñó débilmente al oír las noticias, dejándose caer en la cama, exhausta.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Albert.
La doctora Rubio frunció los labios.
—Significa que hemos de hacer una cesárea de urgencia. El ritmo cardíaco del bebé empieza a acelerarse y su esposa tiene fiebre, lo que indica que probablemente haya infección. Voy a avisar al equipo quirúrgico. Hemos de operar cuanto antes.
—Me parece bien. Lo que haga falta —dijo Candy.
Estaba cansada, muy cansada. La idea de acabar el parto, del modo que fuera, le resultaba muy agradable.
—¿Está segura? —preguntó Albert, apretando la mano de su esposa con fuerza.
—La verdad es que no tenemos más opciones, señor Ardley. El bebé no puede nacer en esa postura. —La voz de la doctora Rubio era firme.
—Ya le he dicho que es profesor Ardley —saltó él, hecho un manojo de nervios.
—Cariño, relájate. Todo va a salir bien. —Candy sonrió débilmente y cerró los ojos, animándose mentalmente para resistir la siguiente oleada de dolor que le recorrería el cuerpo.
Él le dio un casto beso y le murmuró una disculpa justo antes de que la habitación se convirtiera en un hervidero de actividad. El anestesista llegó y le hizo una serie de preguntas. La enfermera le pidió a Albert que la acompañara para ponerse ropa quirúrgica.
Él no quería separarse de Candy ni un segundo. Llevaba horas a su lado, dándole a chupar trocitos de hielo y apretándole la mano. Pero si quería entrar con ella en el quirófano, tenía que ponerse ropa estéril.
Antes de que se marchara, Candy alargó la mano hacia él. Albert se la cogió y le besó la palma.
—No me arrepiento —susurró.
Él se echó un poco hacia atrás para mirarla. La medicación parecía estarla afectando.
—¿De qué no te arrepientes, querida?
—De haberme quedado embarazada. Cuando todo esto haya acabado, tendremos a nuestra hija. Seremos una familia. Para siempre.
Albert le dirigió una sonrisa forzada y la besó en la frente.
—Te veré en seguida. Sé fuerte.
Ella le devolvió la sonrisa antes de volver a cerrar los ojos, respirando hondo para resistir la siguiente contracción.
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En su ausencia, Candy cerró los ojos y se concentró en respirar hasta que estuvo en el quirófano y la doctora Rubio empezó a tocar el área que habían desinfectado para la incisión.
—Lo he notado —dijo Candy, claramente alarmada.
—¿Notas una presión?
—No. He notado cómo me pellizcaba la piel.
Albert estaba sentado junto a ella, por encima de la pantalla de tela que le tapaba la visión de la mitad inferior de su cuerpo.
—¿Te duele?
—No —respondió Candy, asustada—, pero aún siento el dolor. Tengo miedo de notar la incisión.
La doctora Rubio repitió la prueba, pellizcándole la piel varias veces. Ella insistía, cada vez más aterrorizada, en que notaba todos los pellizcos.
—Tenemos que dormirla —anunció el anestesista, moviéndose rápidamente para preparar una anestesia general.
—Es duro para el bebé. Dale otra cosa —protestó la doctora Rubio.
—No puedo darle nada más. Lleva una epidural y un calmante. Voy a dormirla.
Candy levantó la vista hacia los amables ojos del médico anestesista.
—Lo siento —se disculpó.
Él le dio unas palmaditas en el hombro.
—Cariño, no lo hagas. Esto es el pan de cada día. Tú sólo trata de relajarte.
Mientras el equipo se movía rápidamente de un lado a otro preparándolo todo, Albert no paraba de hacer preguntas.
Candy le apretó la mano, como pidiéndole que no perdiera los nervios. Necesitaba que no perdiera el control. Necesitaba que cuidara de ella mientras estuviera anestesiada.
Apenas se daba cuenta de lo que los médicos estaban haciendo, ni de las instrucciones del anestesista. Lo último que oyó antes de sumirse en la oscuridad fue la voz de Albert asegurándole que estaría a su lado hasta que se despertara.
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—¡Joder! —La doctora Rubio dio una serie de instrucciones que el equipo se apresuró a cumplir.
—¿Qué pasa? —Albert agarró la mano de Candy con más fuerza.
La mujer lo señaló con la cabeza, sin mirarlo.
—Sacad al marido de aquí.
—¿Cómo? —Albert se puso de pie de un salto—. ¿Qué está pasando?
—He dicho que lo saquéis de aquí —le gritó la doctora Rubio a una de las enfermeras—. Y que baje el cirujano de guardia. Inmediatamente.
Ésta se lo llevó hacia la puerta.
—¿Qué está pasando? ¡Díganme que está pasando! —exclamó con impotencia.
Nadie le respondió.
La enfermera le tiró del brazo.
Albert volvió a mirar a Candy. Tenía los ojos cerrados, la cara muy pálida, el cuerpo inmóvil.
Parecía que estuviera muerta.
—¿Se pondrá bien?
La enfermera lo llevó hasta la sala de espera de la zona quirúrgica.
—Alguien saldrá pronto a hablar con usted. —Asintiendo con la cabeza para darle ánimos, volvió al quirófano.
Él se dejó caer en una silla, con la mente funcionándole a toda velocidad. No encontraba respuestas. Habían estado preparándose para hacer la cesárea cuando de pronto…
Se quitó la mascarilla de la cara.
Sintió que el pánico le recorría las venas. Sólo veía el rostro de Candy y sus brazos extendidos, como si estuviera en una cruz.
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Albert soñó que iba caminando por el bosque de detrás de la casa de Selinsgrove. Había recorrido ese camino mil veces. Podía recorrerlo de noche sin perderse, pero era de día.
Al acercarse al bosque, oyó que una voz lo llamaba. Se volvió y vio a Pauna llamándolo desde el porche.
—Vuelve.
Él negó con la cabeza y señaló hacia el huerto de manzanos.
—Tengo que ir a buscarla. La he perdido.
—No la has perdido —replicó Pauna, con una sonrisa paciente.
—Sí. Se ha ido. —El corazón de Albert se aceleró.
—No, no se ha ido. Vuelve a casa.
—Luego volveré, pero tengo que encontrarla. —Albert examinó los árboles antes de entrar en el bosque por si la veía, pero no había ni rastro de ella.
Aceleró el paso hasta echarse a correr. Las ramas se rompían tras arañarle la cara o la ropa. Al llegar al claro se dejó caer de rodillas y apoyó las manos en el suelo. Examinó el claro rápidamente y soltó un grito angustiado al darse cuenta de que Candy no estaba allí.
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—No me puedo creer que la hayamos perdido —dijo una voz.
—Yo tampoco. Dos cesáreas de emergencia a la vez. Al menos sólo hemos perdido a una —suspiró otra voz—. Odio las noches como ésta.
—Yo también. Gracias a Dios que ya se ha acabado la guardia.
Albert tardó unos minutos en abrir los ojos. ¿Lo había soñado?
Se frotó la barbilla. No lo sabía. Estaba con Candy en el huerto y de repente había oído hablar a las enfermeras.
Notó un zumbido en la cabeza al recordar a Candy en la mesa de operaciones, pálida e inmóvil.
Las enfermeras tenían que estar hablando de ella.
«No me puedo creer que la hayamos perdido».
Luchó por contener un sollozo al oír pasos que se acercaban. Tenía la mirada clavada en el suelo, por lo que lo primero que vio fueron un par de zapatos muy feos. Sabía que era de lo más inadecuado, pero no pudo evitar pensar que eran gruesos y poco favorecedores. Parecía que estuvieran hechos de madera.
«Qué manera de malgastar unos buenos pies».
Levantó la cabeza.
La enfermera, a la que no había visto antes, le dirigió una sonrisa tensa.
—Soy Angie, señor Ardley. ¿Le gustaría conocer a su hija?
Asintiendo con la cabeza, se levantó con dificultad.
—Siento que haya tenido que estar aquí tanto rato. Alguien debería haber venido a buscarlo antes, pero la guardia ha sido muy movida y acabamos de hacer el cambio de turno.
Angie lo guió hasta una habitación cercana, donde había una cunita. Otra enfermera estaba escribiendo en un historial médico.
Albert se acercó a la cuna transparente y miró.
Un pequeño fardo blanco yacía inmóvil. Al fijarse, vio una cara rojiza y una mata de pelo rubio casi blanco medio cubierta por un gorrito lila.
—Tiene pelo.
Angie estaba a su lado.
—Sí, mucho pelo. Ha pesado casi cuatro kilos y mide cuarenta y ocho centímetros. Es un bebé muy hermoso.
Angie la cogió en brazos y la acunó.
—Le daremos una pulsera como la que lleva ella para que sepamos que es suya.
La otra enfermera le colocó a Albert una pulsera de plástico blanco en la muñeca.
—¿Le gustaría sostenerla?
Él asintió, secándose el sudor frío de las palmas en la ropa verde de quirófano.
Angie le colocó el bebé en los brazos con mucha delicadeza. Inmediatamente, la niña abrió los ojos, que eran grandes y de color azul claros, y lo miró.
Cuando sus miradas se cruzaron, Albert sintió que el mundo dejaba de girar.
Luego ella bostezó, abriendo mucho su diminuta boca rosada y volvió a cerrar los ojos.
—Es preciosa —susurró.
—Sí, lo es. Y está sana. El parto ha sido complicado, pero está bien. Aunque ahora tenga la cara un poco hinchada, es normal. Se le pasará pronto.
Albert levantó el brazo hasta que tuvo a la niña a escasos centímetros de la cara.
—Hola, Rollito de primavera. Soy tu papá y llevo mucho tiempo deseando conocerte. Te quiero mucho.
La abrazó y escuchó su delicada respiración, notando el latido de su diminuto corazón a través de la ropa que la cubría.
—¿Y mi esposa? —preguntó Albert con la voz rota, sin molestarse en secarse las lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
Las enfermeras se miraron.
—¿La doctora Rubio aún no ha hablado con usted? —preguntó Angie.
Él abrazó a su hija con fuerza y negó con la cabeza.
Angie se volvió hacia la otra enfermera, que tenía el cejo fruncido.
—Ya debería haberlo hecho. Lo siento. Todos han estado muy ocupados y acabamos de hacer el cambio de turno, pero igualmente… —Señalando una silla cercana, añadió—: ¿Por qué no se sienta con su hija? Iré a buscar a la doctora.
Albert se sentó con la pequeña pegada al corazón.
Las caras de las enfermeras lo decían todo.
No habría una feliz reunión.
Nunca vería a Candy sosteniendo a la niña en brazos.
La había perdido. Igual que Dante perdió a Beatriz, había perdido a su amada.
—Te he fallado —murmuró.
Abrazando a la niña con más fuerza, Albert lloró.
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Sentado con Rollito de primavera en brazos, Albert perdió la noción del tiempo. Por su mente le pasaban imágenes sueltas. Se vio entrando en casa con la pequeña en brazos. Dándole el biberón de madrugada. Volviendo por el pasillo hacia el dormitorio de matrimonio.
Solo. Tan solo…
Había amado a una sola mujer en su vida. Al principio, su amor había sido un amor pagano. La había idolatrado y adorado.
Luego había admitido que había cosas más importantes que lo que él sentía: la felicidad de Candy, por ejemplo.
Recordó las últimas palabras que le había dicho: «No me arrepiento de haberme quedado embarazada».
Ahora sí se arrepentiría. Eso le había arrebatado la vida.
Los hombros le temblaron por los sollozos.
Su preciosa y dulce Candice…
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Aunque tenía el móvil en el bolsillo, no le apetecía hablar con nadie. Había recibido mensajes de Anny y William diciendo que estaban en camino. Rebecca estaba en casa, preparando las cosas para el bebé y los invitados. Rosmary le había enviado un mensaje diciéndole que había encargado flores y globos, que iban ya camino del hospital.
No se veía con fuerzas para comunicarles que Candy los había dejado.
Contempló la carita de su hija, preguntándose cómo iba a criarla él solo. Había tenido plena confianza en que Candy sabría lo que había que hacer. Y ahora, por culpa de su egoísmo, su esposa ya no estaba.
Perdido en sus pensamientos, no se dio cuenta de que alguien entraba en la habitación. Una vez más, sus ojos se encontraron con un par de zapatos muy feos, de aspecto resistente.
—Profesor Ardley.
Al reconocer la voz de la doctora Rubio, alzó la cabeza.
Parecía agotada.
—Siento mucho lo sucedido. Hemos tenido varias emergencias a la vez y no he podido salir hasta ahora. Siento haber tardado…
—¿Puedo verla? —la interrumpió Albert.
—Por supuesto, pero tengo que explicarle lo sucedido. Su esposa…
Albert no podía soportarlo. El dolor lo atenazaba. Todas las conversaciones que había mantenido con Candy sobre el tema de tener hijos volvían a su mente para martirizarlo.
Todo era culpa suya. La había convencido de tener un bebé y la había dejado embarazada cuando ella aún no estaba preparada.
Él era el único responsable. Él había plantado la semilla en su vientre y, al hacerlo, la había matado.
Bajó la cabeza, abatido.
—Profesor Ardley.
La doctora Rubio se acercó.
—Profesor Ardley, ¿se encuentra bien? —le preguntó, antes de murmurar unas palabras en español.
—¿Puedo verla? —repitió Albert.
—Por supuesto. —La doctora señaló hacia la puerta—. Siento que no vinieran a buscarlo antes, pero el personal no daba abasto.
Albert se levantó lentamente y se dirigió a la puerta sin soltar a la niña.
La doctora Rubio le pidió que la dejara en la cuna con ruedas y luego la empujó hacia el pasillo.
Mientras las seguía, Albert se sacó del bolsillo el pañuelo con sus iniciales bordadas que le había regalado Candy un día, porque sí.
Ella era así, de alma y corazón generosos. Ojalá se hubiera puesto la estrella de David que ella le había regalado por su aniversario.
Le habría servido de consuelo.
Atravesó una serie de estancias tras la doctora, hasta que llegaron a una gran sala con varias camas.
—Aquí está.
Albert se detuvo en seco.
Candy estaba en una de las camas de hospital. Una enfermera se inclinaba sobre ella para ponerle una inyección.
Vio que movía las piernas debajo de la sábana. La oyó quejarse. Parpadeó rápidamente. ¿Sería un espejismo provocado por las lágrimas? Se tambaleó.
—¿Profesor Ardley? —La doctora Rubio lo sujetó por el codo—. ¿Se encuentra bien? —Llamó a la enfermera y le pidió que acercara una silla a la cabecera de la cama de Candy. Lo ayudaron a sentarse y luego dejaron la cunita a su lado.
Alguien le dio un vaso de agua. Él se lo quedó mirando como si no supiera qué hacer.
La voz de la doctora Rubio, que hasta ese momento le había llegado muy apagada y confusa, de pronto le sonó clara.
—Como le he dicho, su esposa ha perdido mucha sangre. Hemos tenido que hacerle una transfusión. Al hacerle la incisión para la cesárea, por desgracia me he encontrado con uno de los fibromas y ha sangrado mucho. Tras la cesárea ha habido que hacerle cirugía reparadora. Por eso la intervención se ha alargado tanto.
—¿Fibroma? —repitió Albert, llevándose una mano a la boca.
—Uno de los fibromas estaba adherido al útero, justo en el lugar donde hemos hecho la incisión. Hemos detenido la hemorragia y la hemos suturado, pero eso ha hecho que la cesárea fuera más complicada de lo habitual. Por suerte, el doctor Manganiello, el cirujano de guardia, estaba aquí. Su esposa se pondrá bien—concluyó, apoyándole una mano en el hombro—. No parece que el útero haya quedado dañado.
»Pronto se despertará, pero estará atontada. Le he pautado medicación para controlar el dolor. Mañana pasaré a visitarla. Felicidades por el nacimiento de su hija. Es una niña preciosa. —Y con una sonrisa de despedida, la mujer se marchó.
Albert miró a Candy y comprobó que le había vuelto el color a las mejillas. Estaba durmiendo.
—¿Señor Ardley? —le preguntó una enfermera al ver que estaba llorando—. ¿Puedo traerle algo?
Él negó con la cabeza, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Pensaba que había muerto.
—¿Qué? —preguntó ella, bruscamente.
—Nadie me dijo nada. Parecía muerta la última vez que la vi. Pensé…
La enfermera se acercó, mirándolo horrorizada.
—Lo siento mucho. Alguien del turno de noche debió salir a explicarle lo que estaba pasando. Ha habido otra cesárea de emergencia al mismo tiempo que la de su mujer. Han salvado a la paciente, pero no han podido salvar a la niña.
Albert miró a la enfermera.
—Pero eso no es excusa —siguió diciendo ella en voz baja—. Alguien debió salir a decirle que su esposa estaba bien. Llevo trabajando aquí diez años y por suerte hemos perdido a muy pocas madres. Pero cuando ocurre, se abre una investigación inmediata y todo el mundo queda destrozado.
Albert estaba a punto de preguntarle a qué cantidad se refería al decir «muy pocas» cuando oyó que Candy gruñía. Dejó el vaso de agua y se levantó.
—¿Candy?
Ella parpadeó y abrió un poco los ojos. Lo miró un instante, pero en seguida volvió a cerrarlos.
—Nuestra hija está aquí. Es preciosa.
No se movió, pero unos minutos después volvió a quejarse.
—Me duele —susurró.
—Aguanta. Voy a buscar a alguien. —Albert llamó a una enfermera.
Después de que ésta hubiera ajustado el gota a gota, él sacó a la niña de la cunita.
—Querida, te presento a tu hija. Es preciosa. Y tiene pelo. —La incorporó un poco para que Candy pudiera verla.
Ella abrió los ojos, pero su mirada parecía desenfocada. Volvió a cerrarlos en seguida.
Albert apretó al bebé contra su pecho.
—Cariño, ¿me oyes?
—Su esposa tardará un rato en despertarse del todo, no se preocupe. —La voz de la enfermera lo sacó de sus pensamientos,
lo que fue de agradecer ya que Albert había empezado a preguntarse si a Candy no le había gustado la niña.
Devolvió a la pequeña a la cuna y se sentó con la mirada clavada en su esposa. No pensaba volver a perderla de vista nunca más.
Le llegó el tono de aviso de un par de mensajes de texto que había recibido. Uno era de William y Anny diciéndole que llegarían pronto. Rob y Diane les mandaban felicitaciones y todo su amor.
Y Katherine Picton insistía en su petición de que la hicieran madrina. Le ofreció un valioso ejemplar de La Vita Nuova de Dante como aliciente adicional.
Albert sacó varias fotos de Rollito de primavera con el iPhone y las envió por email a todo el mundo, incluida Rosmary. A Katherine le dijo que no necesitaban ningún incentivo. Estarían encantados de que fuera la madrina.
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—¿Tiene pelo? —Cuando Candy se despertó finalmente, lo primero en lo que se fijó fue en los mechones dorados que asomaban bajo el gorrito lila.
—Sí, mucho pelo. Creo que es más claro que el tuyo. —Con una sonrisa, Albert le depositó a la niña sobre el pecho.
Candy desenvolvió al bebé y se abrió el camisón, para quedar piel contra piel con su hija.
Albert nunca había visto una imagen tan increíble.
—Es preciosa —susurró ella.
—Como su madre —apuntó él.
Candy le dio suaves besitos en la cabeza.
—No lo creo. Tiene tu cara.
Albert se echó a reír.
—Si tú lo dices… Yo no le encuentro el parecido, aunque parece que tiene los ojos del mismo color que los míos. Tiene unos ojazos enormes, pero no le gusta mucho abrirlos.
Candy le examinó la carita antes de abrazarla con fuerza.
—¿Te duele?
Ella hizo una mueca.
—Me siento como si me hubieran partido en dos con una sierra.
—Sí, algo así te hicieron.
Ella lo miró curiosa.
—No, querida, no miré. —Albert le besó la cabeza—. Deberíamos decidir qué nombre vamos a ponerle. A sus abuelos no les va a hacer gracia que la llamemos Rollito de primavera. Y Katherine me ha escrito diciéndome que deberíamos llamarla como ella.
—Habíamos hablado de Clare o Pauna.
Albert se lo planteó.
—Clare me gusta, pero como rezamos ante la tumba de san Francisco para pedirle un hijo, tal vez deberíamos llamarla Frances.
—Santa Clara era amiga de san Francisco, así que Clare le gustará. Pauna podría ser su segundo nombre.
—Pauna —repitió, emocionado.
—¿Qué te parece Clare Pauna Hope? Es la culminación de tantas esperanzas, de tanta gracia concedida…
—Clare Pauna Hope Ardley. Es perfecto. —Candy suspiró y le dio un beso a Clare en su diminuta mejilla.
—Es perfecta. —Él le dio un beso a cada una y las estrechó entre sus brazos.
—Mis niñas… Mis dulces niñas…
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Candy dormía profundamente, respirando hondo y totalmente inmóvil. La enfermera le dijo a Albert que dejara a la niña en la cunita y durmiera un rato, pero él se negó. Sostenía a su hija en brazos como si temiera que alguien fuera a arrebatársela.
Los párpados le pesaban, así que se reclinó en la butaca junto a la cama de Candy, con la pequeña sobre el pecho. Ella se acomodó. Parecía satisfecha, con la mejilla pegada a él y el diminuto culito en pompa.
—Fe, esperanza y caridad —murmuró—, pero la mayor de todas ellas no es la caridad.
—¿Cómo dices? —Candy se volvió hacia él.
Albert sonrió.
—No quería despertarte.
Candy trató de mover las piernas, aguantándose la cicatriz del vientre.
—El dolor vuelve a apretar. Me debe de tocar una inyección pronto. —Miró cómo la niña descansaba tan tranquila sobre el pecho de él.
—Eres un padrazo, papi.
—Eso espero. Al menos, me esforzaré para llegar a serlo.
—No lo sabía —susurró Candy, con los ojos completamente inundados de lágrimas.
—No sabías ¿qué?
—No sabía que era posible querer tanto a una persona que no eres tú.
Albert le acarició la cabecita a Clare.
—Yo tampoco lo sabía. —Reconoció, dándole un dulce beso—. Justo estaba discutiendo con san Pablo —añadió luego.
—¿Ah, sí? ¿Sobre qué? —preguntó ella, sonriendo.
—Le he dicho que la mayor de las virtudes no es la caridad, es la esperanza.
»Descubrí la caridad gracias a William y a Pauna, pero también gracias a ti. Reconozco que me ayudó a superar días muy duros. Y cuando estuve en Asís, descubrí la fe.
»Pero sin la esperanza hoy no estaría aquí. Me habría quitado la vida. Sin la intervención divina en forma de una adolescente en el huerto de Pensilvania ahora estaría en el infierno, y no sentado a tu lado con nuestra hija en brazos.
—Albert —susurró Candy, que de repente sintió que volvía a tener lágrimas en los ojos.
—La caridad es una gran virtud y la fe también, pero la esperanza es la más importante para mí.
»La esperanza es esto —dijo, señalando a la niñita acurrucada contra su pecho, envuelta en ropas blancas y cubierta con un diminuto gorrito de lana.
Albert elevó una espontánea y sentida oración de gracias. En esa habitación tenía tantas riquezas, que se sentía abrumado. Tenía una esposa bonita e inteligente, con un corazón grande y generoso, y tenía una preciosa hija.
—Ésta es la culminación de todas mis esperanzas, Albert. —Candy alargó el brazo y él le enlazó el dedo meñique con el suyo—. Es mi final feliz.
El futuro de Albert se presentaba lleno de esperanza. Vio ante él una casa en la que resonaban las risas infantiles y el sonido de piececitos corriendo escaleras arriba y abajo. Vio a Clare con un hermano y una hermana; uno adoptado, el otro no.
Vio bautizos y primeras comuniones, con su familia sentada en el mismo banco de la iglesia, misa tras misa, año tras año. Vio rodillas peladas, primeros días de colegio, fiestas de promoción, fiestas de graduación, corazones rotos y lágrimas de felicidad. Vio la alegría de llevar a sus hijos a Italia, de presentarles a Dante, a Botticelli, a san Francisco.
Se vio llevando a Clare al altar y sosteniendo a sus nietos en brazos.
Se vio envejeciendo junto a su amada Candy, paseando con ella de la mano por el huerto de manzanos.
—Ahí aparece mi bendición —murmuró, dándole la mano a su esposa y acariciando la espalda de Clare Pauna Hope, que dormía plácidamente sobre su pecho.
FIN?
Hoooooola 5 capitulos en uno, espero que les halla gustado este lindo final del tercer libro, ahora comienzo con la cuarta novela, La promesa de Gabriel, esta es la signosis:
Retomándolo desde la Redención de Albert, la Promesa de Albert sigue al Profesor Albert Ardley y a su esposa, Candy, durante su primer año de paternidad con su hija recién nacida, Clare.
Mientras se encontraba de licencia por paternidad desde su puesto de profesor en la Universidad de Boston, Albert recibe una invitación inesperada para un profesorado, como invitado de prestigio en Escocia. Es un sueño hecho realidad, pero él decide ocultarle la invitación a Candy, preocupado por la tensión que su ausencia puede generarle a su esposa, que ya ha sacrificado un semestre completo de estudios de posgrado por su permiso de maternidad.
Pero Candy tiene sus propios secretos, también. Después de que las complicaciones relacionadas con su cesárea de emergencia le obligaran a retrasar aún más sus estudios en Harvard, Candy desarrolla síntomas extraños que no puede explicar. A medida que su condición continúa empeorando, se da cuenta de que tendrá que decírselo a Albert antes de que abandone el país, aunque sabe que pondrá en peligro sus ambiciones y su reputación profesional, que aún no se ha recuperado del escándalo causado por su relación en la universidad de Toronto.
Pero cuando Candy y Clare son amenazadas por una fuerza siniestra conectada con el pasado de Albert, Candy descubre exactamente hasta dónde está dispuesto ir Albert para cumplir todas sus promesas.
CONTINUARA..
