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Día -23
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Estaba demasiado torpe ese día, soltando suspiros cada dos pasos y pateando o golpeando cualquier cosa inocente que se le atravesara. Kushina se acercó a él con cautela y deteniéndolo le dio un coscorrón en la cabeza. Mitad cariñoso, mitad llamado de atención. —¡Ten más cuidado o te vas a rebanar una pierna!
Le quito de las manos el arma con la que daba golpes sin reparo contra unos troncos, que se suponía debían ser leña, pero ahora solo parecían astillas. Naruto pestañó, como saliendo de un trance y se centró en lo que decía su mamá; miró alrededor, todo estaba hecho un desastre.
—¿Vas a decirle a tu madre que te pasa?
—No pasa nada. —Susurró con desgano.
—¿Nada?... —Meditó ella. —Nada, siempre. Es. Algo.
El rubio se encogió de hombros.
—Veamos… ¿Sasuke te ha retado en una nueva hazaña? —Enumeró con su dedo índice.
Naruto negó.
—¿Jiraya se ha escudado en ti de nuevo para justificar que espía a señoras? —Siguió enumerando con el dedo medio.
Naruto negó otra vez.
Kushina alargo la mano para acariciar la cabellera rubia. —¿Te he dicho hoy lo mucho que te pareces a tu padre?
Naruto pestaño por el brinco de tema y sonrió enternecido. —Si mamá… —pero siempre era agradable escucharlo, no pensaba quejarse.
—Eres idéntico a él. —Dijo, repitiéndose. —Cuando te vi por primera vez, debo aceptar que agradecí ver su imagen en ti, porque así podía sentir que él seguía aquí… con nosotros.
Naruto sonrió con tristeza. Nunca conoció a su papá, más que por fotos. Un accidente se lo había llevado de sus vidas antes de que él alcanzara a verlo al menos una vez.
Los ojos de Kushina se velaron un poco tristes, pero cuando sonrió y lo miro de vuelta encontró en ellos el mismo brillo amoroso de siempre.
—¿Qué paso? —Preguntó en ese tono calmo con el que siempre conseguía que la lengua del rubio se soltara y le hablara de sus sentimientos, miedos y frustraciones. La voz que conseguía escarbar en lo más hondo de su ser.
—No sé.
Kushina lo miro con paciencia. Sabiendo que ese «no sé» era parte de la respuesta y no una evasión. Obviamente estaba confundido, tratando de comprenderlo o aceptarlo.
La expresión de Naruto se contrajo; intentado ordenar la lluvia de ideas de la que era presa su mente. —Ma… ¿alguna vez has sentido que tienes algo… ¡sabes que prácticamente es tuyo!, pero no puedes… no sabes cómo tomarlo?
El brillo de los ojos femeninos se intensifico. —Todos sentimos eso alguna vez. Estoy segura. —Dijo con voz de sabelotodo.
Naruto negó con pesar. —Bueno… eso es lo que paso.
Kushina aguardo en silencio.
—Sentí que… Yo creía… Pensé que tenía algo y casi lo toqué… Un poco. ¡Algo así! Pero no pude… no me decidí a tomarlo. Y puede ser que ahora, alguien más lo haya agarrado y ¿sabes qué? ¡Es mi culpa por ser tan cobarde!
A pesar de sus buenas intenciones Kushina no pudo evitar soltar una risita burlona. —¿Y ese algo tiene de casualidad ojos grises y cabello negro?
—¡Mamá! —Se quejo el rubio abochornado.
—¡Ay mi bebe! —Continuo en tono de broma. Queriendo sacar a de su hijo ese semblante de tristeza.
El rostro del rubio se cubrió de rojo. Algo demasiado ajeno a su personalidad.
—Tu y yo nos parecemos demasiado. —La risa que acompaño esa declaración, le dejo claro a Naruto que su mamá encontraba muy gracioso aquello.
Poco a poco la risa menguo, aunque la sonrisa aún se asomaba en los labios de su madre.
Naruto la amaba sobre todas las cosas, pero había ocasiones, como esa en las que en serio lamentaba ser tan boca floja y débil ante ella y no poder evitar soltarle lo que le pasaba por la cabeza sin más.
Mirando su desasosiego, ella tomo su mano para acercarlo a un par de troncos que seguían casi completos para que se sentaran.
—Acabas de decir que soy como papá, además lo he visto en las fotos. —Refunfuño él.
—Sí, físicamente eres su viva imagen. Pero en lo que se refiere a lo que no se puede ver, lamento decir que eres igualito a mi… —Se detuvo mirándolo y sonriendo con dulzura. —Sí, —asintió—, heredaste mi confusión, mi inestabilidad, mi indecisión… hum en general todo el caos que se forma en tu cabeza cuando del género opuesto se refiere. —Soltó sin más.
Como si quisiera demostrar que era verdad Naruto la observo confundido.
Kushina suspiró. —Necesitas a alguien como tu padre que te calme y te explique todo con manzanas.
—¡Oye! —Se quejó, tampoco era tan tonto.
Kushina tomo la cara de su hijo entre sus manos, llenándola de besos, mientras el reída avergonzado y… feliz, la verdad, muy, muy feliz. Su mamá era una burlona de primera, pero hablar con ella era un antídoto para la tristeza. —Naruto. —Se detuvo, con su rostro aun entre sus manos. —Tu eres mi bebe. Y yo siempre voy a querer lo mejor para ti. Pero prométeme una cosa.
El rubio asintió.
—No la lastimes.
Estuvo a punto de preguntar a que se refería, pero la ternura que vio en sus ojos lo detuvo. —No quiero lastimarla. —Respondió algo confundido. Confundido porque la respuesta a esa pregunta le había llegado como un palpito. Como una punzada más bien; que lo hacía reconocer que lo último que quería era lastimarla.
—Entonces… ¿tú crees que, ella…? Porque ese tipo que vino a buscarla… —Comenzó a balbucear.
Kushina le sonrió, mientras detenía sus palabras con un dedo. —Podría decirte tantas cosas… —suspiró soñadora, —pero si te fijas en la forma en la que te mira, ya deberías saberlo todo.
Un calorcito se alojó en su pecho al rememorar aquellas perlitas brillantes. —Mamá… Necesito ir a Konoha. —Sentencio. —¡Hoy!
Despertó sobresaltado, con la sensación de que ese hueco que ya era una constante en su pecho crecía al recordar aquellas palabras: otra promesa que no había cumplido.
Con pesar se estiró en el asiento del autobús y miro por la ventana.
El paisaje había cambiado completamente. Ya no estaba en Konoha. No. Los árboles bordeando la carretera pareciendo infinitos se lo confirmaron.
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—Entonces… ¿Estás seguro de que está bien? ¿Seguro, seguro?
—¡Que el poder de la juventud explote Naruto!
Seguido de aquella afirmación su jefe solamente corto la comunicación. Might Guy era definitivamente un buen hombre, extraño, sí. Pero bueno. No cualquiera se tomaría de manera tan tranquila su ausencia en el trabajo cuando poco más de un par de semanas atrás había regresado de vacaciones.
Guardo el teléfono en el bolsillo de su pantalón y miro su alrededor. En verdad estaba ahí. No estaba seguro de haber hecho lo correcto, pero ya estaba hecho. Había vuelto a El Remolino.
Por varios minutos, no se movió de su ubicación. Estaba demasiado consciente de que había hecho esa llamada desde la estación para volver inmediatamente en caso de que Guy no lo tomara bien. Y para ese momento no sabía si la suerte estaba de su lado o no, pero por lo visto, ya no tenía más pretextos. Tenía que terminar ese viaje.
Con pasos dubitativos emprendió el camino a través de la vereda que tantas veces había recorrido antes. Intentando no pensar particularmente en la última, aunque sin conseguirlo realmente.
Era en extremo complicado evitar pensarlo, incluso tenía escalofríos por la sensación que le provocaba estar ahí de nuevo, aunque sintiéndose completamente contrario a aquel día.
Suspiro. Ese día se había sentido invencible, ¡magnifico! Estaba fascinado por todo lo acontecido durante la noche. Las imágenes; Hinata en ese bonito vestido de seda color uva. Su expresión al verlo. —Tenía que reconocer que se sintió un poco fastidiado cuando la encontró con ese tipo, pero— cuando ella reparo en él… Esa visión le daba vueltas y vueltas en la cabeza, como si de a poco estuviera haciendo un nido en su interior.
Por primera vez sentía… se sentía… ¡así!, no encontraba palabras para expresarlo. No podía dejar de examinar todas y cada una de las cosas que habían hablado y hecho durante la noche con absoluta satisfacción.
Estaba tan encantado que en el trayecto de regreso abordo de aquel autobús, le pasaron desapercibidos algunos detalles de la carretera e incluso pudo ignorar la pequeña preocupación que se generó en su interior cuando al estar frente a su casa descubrió numerosas ramas de árboles ensombreciendo la fachada de la misma.
Su conciencia quiso advertirle algo, pero él no estaba listo para escucharla…
Sacudió su cabeza para alejar aquellos recuerdos, o al menos mantenerlos a raya.
Había caminado medio kilómetro y ya podía ver la finca. Su finca. Miró con añoranza los arcos en punta y los grandes accesos libres de estilo Tudor que tanto se había empeñado en conseguir su mamá.
Aún era temprano para sentir el calor del sol en todo su apogeo, pero en su corazón, Naruto reconoció aquel instante como su momento favorito del día. Adoraba las mañanas en esa casa, el sol se asomaba en la boca de todas las ventanas superiores, calentando las habitaciones y llenándolas de luz.
Intentó caminar los pasos que hacían falta hasta estar frente a la entrada con falsa decisión, deteniéndose en cuando su mirada se detuvo en la ventana de la habitación de su madre con la nostalgia oprimiéndole el corazón.
Podía con facilidad mirarla ahí gritándole alguna cosa cuando salía a tropel en las mañanas o riendo a carcajadas como en aquellas noches estrelladas en las que se sentaba con la madre de Hinata justo ahí, mientras él y sus amigos —y a veces también Hinata y Hanabi— observaban el cielo acostados en el pasto.
Si cerraba los ojos aun podía regodeándose con el calor de su risa.
—¿Recordando los buenos tiempos?
Giro en redondo para encontrarse frente a frente con ni más ni menos que su padrino. —No del todo. —Acepto.
Jiraya lo miro por un momento, contendiendo las ganas de estrecharlo con un fuerte abrazo. Largos años habían pasado desde la última vez que había visto a ese muchacho, ya no era un jovencito de 17, pero ese tono triste y distraído continuaba en él.
—… ¿Qué haces aquí? —Un segundo después de soltar esa pregunta, —incluso mientras la hacía—. Ya se había arrepentido de hacerla. —Quiero decir…
—De todo… —Respondió Jiraya deteniéndolo. Había entendido su pregunta y no se la tomaba a mal.
—Lo siento, creo que… esperaba que estuvieras aquí. —Confesó el rubio. Y era verdad, de hecho, fue en ese momento en que entendió el buen estado el que se encontraba su casa.
Jiraya sonrió, no tenía mucha idea de cómo actuar o que decir. Seguro era algo tonto invitarlo a pasar a su propia casa. Además, algo le decía que Naruto entraría en cuando estuviera listo. Y por muy difícil que fuera para él no debía interponerse.
Aclarándose la garganta, llamo la atención de Naruto. —He terminado de hacer los pendientes… —Hizo una pausa. —Pero eres bienvenido en mi casa a medio día si quieres comer muchacho. —El tono incomodo poco a poco fue dando paso a el tono jocoso que tanto recordaba el rubio. —O a cenar… —Agrego rápidamente. Intentando dejar claro que él estaba ahí. Intentando infundiré seguridad. —O mañana, claro…
Podía sentir, casi tocar, la fragilidad con que el rubio contenía sus emociones, y deseó poder hacer algo más que estar allí de pie como un testigo silencioso. Lo último que quería era que pasaran otros 7 años sin ver a su ahijado.
Un asentimiento rápido fue todo lo que obtuvo por respuesta.
—Bien. Emmh me ha dado gusto verte… Que volvieras... —Carraspeo, cuando su voz se volvió aguda. —Hasta después.
Naruto miro en su dirección hasta que desapareció del camino, reprimiendo su voz para pedirle que se quedara.
En cuanto se supo solo de nuevo, regresó toda su atención a aquella casa. Buscando en su interior o en el exterior o —la verdad sea dicha— donde fuera, un impulso para entrar, pero este no le llegaba. ¿Cómo podría, si ella no iba a estar ahí?
Giro sobre sus talones, aún era temprano. Podía volver más tarde, la casa no iba a ir a ningún lado.
Se detuvo en el segundo paso. ¿Qué esperaba? ¿Que el dolor fuera menos en la noche? ¡Eso no iba a pasar! Además, siempre había sabido que alguna vez tendría que regresar a esa casa, y probablemente era de los más acertado que fuera justo en ese momento sintiéndose como se sentía; con la cola entre las patas. Regreso y se forzó a alcanzar la perilla de la puerta.
Con nerviosismo la giró, pero la puerta no cedió. Soltó el aire que había retenido. Lo había olvidado… Miro los girasoles de su madre; las muchas macetas que bordeaban la entrada, hasta detenerse en una. Se inclinó, la levantó y sí, ahí estaba la llave. Como si el tiempo no hubiera pasado por ella.
Con decisión, y tal vez más fuerza de la requerida, abrió la puerta y entro a la casa… El olor a antaño de los muebles fue lo primero que le dio la bienvenida. Caminó de un lado a otro por recibidor, mirando las sábanas que cubrían los muebles. Su colocación no había cambiado ni en lo más mínimo.
De hecho —podían llamarlo loco en ese momento—, tenía la sensación de que sus muebles intentaban llenar los espacios que él y su madre habían dejado vacíos.
Miro el reloj que Kushina había colocado en el pilar frontal, justamente para evitar que él saliera con alguna puntada cuando se le hacía tarde para llegar a casa.
Casi eran las 10 de la mañana cuando entró por la puerta.
Notando lo cruel de la hora se atrevió a dar un par de pasos más dentro, observando con atención el recibidor.
No le sorprendió encontrar a Karin dentro, que ella estuviera en su casa era muy común, lo que le pareció extraño fue que su madre no fuera quien lo recibiera. —¿Y mi mam…?
—¡Primo! ¿Ya desayunaste? —Pregunto interrumpiéndolo y sin responder su pregunta.
¿Era su imaginación o Karin se veía exageradamente entusiasta esa mañana? Cuando quería era muy agradable, pero en ese momento parecía haber excedido su dosis de cafeína.
La pelirroja se encargó de llenar todos los huecos posibles de conversación y de alimentarlo con decenas de hot cakes.
Quince minutos más tarde la puerta de la entrada sonó. Un extraño silencio puso fin a la animada charla de su prima, que se apresuró a abrir con nerviosismo. Para de inmediato empezar a hablar atropelladamente en cuanto vislumbro al recién llegado.
—¡Gaara! qué bueno que estés aquí. —Saludó. —Estábamos desayunando. ¿Por qué no nos acompañas? ¿Te gusta el chocolate? Hoy hace mucho frio.
—Eh… —Su amigo pareció confundido.
—¿Sabías Naruto, que los hermanos de Gaara van a hacer un teatro titiritero para la estancia infantil? Me lo dijo Kankuro en la semana.
—Yo. Eh… —Este asintió efusivamente, después de dar un salto. —¡Si!… Si, ya tienen todo armado…
Si Naruto no hubiese sabido de antemano la personalidad seria de su amigo, habría jurado que Karin le había asestado un pisotón. Sin embargo, descarto la idea inmediatamente al escuchar el animado intercambio de palabras entre los pelirrojos. ¿Animado? Reparo de pronto en esa discrepancia. Sí, animado. Demasiado animado.
En medio de su análisis, o antes de considerarlo un análisis en sí, Sasuke e Itachi hicieron su aparición también.
Guiados por Karin, los hermanos Uchiha se unieron a la conversación. Lo que los llevo de nuevo a ese parloteo intenso, que poco a poco se había vuelto algo inaguantable para el rubio.
Por primera vez en su vida deseaba estar solo. Quería a sus amigos, pero ese día solo tenía ganas de sentarse en paz y saborear la felicidad que aun sentía en su interior por haber pasado la noche bailando, riendo, platicando y… ¡Y todas esas voces tenían el efecto de distraerlo!
De pronto cayo en cuenta. Lo estaban distrayendo. ¿Pero por qué?
Presto mayor atención a lo que ocurría en su cocina. Aquella conversación se sentía forzada. Lo sabía porque su prima por nada del mundo se interesaría en la estancia infantil o en Kankuro, que era su ex. Y la sonrisa de Gaara era… Pero ¿qué estaba diciendo? ¡Gaara estaba sonriendo! Desde ahí ya era raro. Además, perseguía a Karin en la conversación, como si la más mínima pausa pudiera provocar un desastre. Y los Uchihas…
Los observo, intentando encontrar algo, cualquier cosa que los delatara, pero ambos hermanos parecían tan impasibles como siempre. Sin embargo, la semilla de la duda ya había germinado en su interior y él necesitaba respuestas. —Sasuke, hay algo que te quiero mostrar en mi habitación.
—¡Estamos desayunando! —Brincó su prima. —Y Gaara nos está contando lo de las marionetas y el teatro.
Garaa escucho aquello como una orden y empezó a relatar el tema desde el principio una vez más.
Naruto miro a Sasuke con insistencia, antes de que Karin se interpusiera entre ellos. —¿Qué está pasando? ¿Por qué están todos aquí? —Preguntó exasperado. Con voz suficientemente alta para que lo pudieran escuchar todos.
Ya había llegado a su límite; sus actitudes lo estaban asustando. No era momento para sutilezas, si algo estaba ocurriendo debía saberlo ¡ya!
—No me crean tan estúpido como para no darme cuenta de que todos están muy raros.
Su comentario logro que la conversación imparable se detuviera, las cuidadosas sonrisas se esfumaron de golpe y ese presentimiento que ya lo había tocado antes lo dejo sin respiración.
Sasuke miró con inquietud a Karin. El movimiento fue sutil, pero Naruto noto claramente la manera en la que ella negaba en respuesta.
En un par de pasos se acercó hasta ellos —: Sé que pasa algo y que están intentando ocultármelo. Dime qué es. —Termino dirigiéndose a su amigo. Sabía que sus ojos negros no podían mentir.
—Venimos a acompañarte, no queríamos que estuvieras solo.
Naruto lo miró confundido e inmediatamente giró hacia el grupo entero. —¿Por qué no querían que estuviera solo?
Un destello de dolor brillo en las pupilas oscuras de Itachi.
—¿Tiene algo que ver con Hinata? —Preguntó. Tal vez sus amigos pensaron que las cosas no le iban a salir bien.
Le basto con ver la angustia en el rostro de Karin para entender que no estaban ahí intentando sanar un posible corazón roto. La preocupación que había ignorado más temprano estalló. Dejó al grupo de lado y se alejó de la cocina.
—¡¿Dónde está mi mamá?!
La puerta sonó otra vez. Ahora fue Naruto el que corrió a abrirla. —¿Ero Sennin? —Susurro.
—¿Qué pasa? —Pregunto más que asustado ahora por el semblante de su padrino.
Por primera vez en su vida su cara reflejaba los largos años que habían transcurrido por él, se veía cansado y… desolado.
—Naruto... —Empezó, colocando sus brazos en los hombros del rubio, este coloco sus propias manos encima de las del mayor, con fuerza. Creyendo que si lo soltaba su vida se iría flotando.
—¿Dónde está mi mamá? —Le interrumpió. —¿Tú sabes?
Una lagrima resbalo suave por la mejilla del anciano. Era la primera vez que Naruto veía llorar a su padrino.
Aflojo el agarre que tenía sobre sus manos. Decidido a escapar de lo que sea que el anciano le iba a decir.
—Hijo….
Los labios del menor se apretaron y contra su voluntad sus ojos se inundaron de lágrimas. —No. —Negó. —No.
El rostro del anciano se contorsiono en una mueca amarga.
—Mi mamá está bien. —Afirmó Naruto. —¿Verdad? ¡Mi mamá está bien! —Volvió a decir, más fuerte ahora. Rogándole con la mirada que le diera una esperanza, implorando que le indicara con una simple seña que todo estaba bien. Pero el anciano desvió la mirada negando con un gesto de tristeza.
Carraspeo y reforzó el agarre en los hombros del rubio. —En el camino de regreso de Konoha tu madre tuvo un accidente.
El rubio negó con intensidad, rechazando las palabras del mayor.
—La tormenta derribo un árbol… Tú… tú mamá lo quiso esquivar, pero no lo consiguió del todo…
Jiraya continúo hablando, cada palabra rasgaba su garganta del esfuerzo, sin embargo no importaba, porque Naruto ya no lo estaba escuchando.
—… Todo fue demasiado rápido. Lo siento hijo.
—¡No! —Exploto Naruto al fin. —¡No! —volvió a gritar, empujando a todo mundo, abriéndose paso hasta llegar a al exterior. Necesitaba llegar a donde estuviera su mamá. —Déjenme pasar, quítense.
—Naruto, tranquilízate. —dijo alguien. El rubio no pudo identificar quien. Se concentro en quitar a todo mundo de su camino. Eso no era verdad, no era verdad, no era verdad… No podía ser verdad.
—¡Déjenme en paz!
Necesitaba encontrar a su mamá. Abrazarla y decirle cuanto la amaba, mientras ella le juraba que todo iba a estar bien.
Su espalda chocó contra un muro, evitando que terminara en el suelo. Aquel día fue...
No tenía palabras que describieran lo aterrado, imponente, repulsivo, destruido, diminuto… que se sintió. Su vida paso a máxima velocidad ante sus ojos, castigándolo y haciéndole ver que todo era su culpa.
La mujer que le había regalado la vida; quien lo rescato de pesadillas y ahuyento a los monstros bajo su cama, la que sonreía siempre al verlo y que solo esperaba que la abrazara fuertemente, la que lo había mirado amorosa el día anterior y lo había llevado hasta Konoha especialmente entusiasmada… La mujer que quería más que a su vida misma… su mamá… había muerto.
Y… ¡todo el tiempo que había pasado sin saberlo! Sin saber que ella lo necesitaba, que estaba mal, que…
No resistió un segundo más dentro de esa casa, con pasos grandes se dirigió a la puerta para salir de ahí, dejando un portazo detrás de él. Pero sin poder librarse de esos pensamientos.
Solo podía pensar en su mamá, e imaginar a los paramédicos sacándola del automóvil, subiéndola a la camilla, inmovilizándola, cubriendo su estómago tratando de que no perdiera más sangre. Con ella asustada y blanca como papel, o posiblemente inconsciente. No lo sabía, pues había ahogado la mayor parte de aquella historia tan aterradora con la que su padrino se había presentado en su casa. Sin embargo, no había podido evitar leer el certificado de defunción.
Con pesar caminó por el pueblo, observando a la gente en su trabajo, escuchando las risas de niños e intentando devolver las sonrisas a extraños. Y de pronto sus esfuerzos por no pensar mucho en nada, fueron recompensados, o tal vez todo era gracias al aire puro de El Remolino, porque de alguna manera su mente empezó a limpiarse, al menos de los recuerdos malos.
Había olvidado cuanto amaba ese lugar. El clima era perfecto, el aire era dulce, y la gente muy amable. No podía dar un paso sin que alguna persona le saludara o sonriera. Era todo muy diferente a Konoha; que a pesar de ser un sitio lleno de comodidades, no dejaba de ser una metrópoli llena de smog y caras hurañas.
Sus pies lo llevaron a través de haciendas y pequeñas casitas, a lo largo de las veredas llenas de colores y olores que en su corazón resultaban entrañables. Comió en la plaza, comida típica y deliciosa. Descansó en pequeños valles, y esquivó cualquier camino con el más leve tinte de recuerdo.
Se sentía ligero, notó. Y atesoró esos momentos de paz, intentando saturar sus pulmones de todo el aire limpio que pudiera y de esa emoción tranquila. Sin embargo, los caminos teñidos de recuerdos aparecieron de repente sin que los pudiera esquivar. El Remolino no era suficientemente grande.
Aquella casa había cambiado muy poco; una mezcla de castillo y enorme cabaña de troncos. Muy masculina, a decir verdad. Lo que tenía lógica siendo que solo un par de chicos habían vivido ahí por mucho tiempo. Pero ahora, la puerta se veía colorida y hogareña.
Naruto no tenía intención de tocar y mucho menos de entrar, sin embargo, sí que deseaba de alguna manera, ver que todos estaban bien.
Una chiquilla salió corriendo por la puerta antes de que tuviera oportunidad de retirarse de ahí. Apenas notó sus facciones; cabello negro, ojos rojos y brillantes, cuando la puerta se volvió a abrir, revelando a un hombre alto de cabello negro.
Los pasos de aquel sujeto se detuvieron en cuanto lo noto. —¿Naruto? —Preguntó como si no creyera lo que sus ojos veían.
Un grito hizo que ambos desviaran su mirada. —¡Itachi, más vale que vengan ahora mismo a cenar!
El rubio se encogió en sí mismo cuando reconoció la voz de su prima. Se había congelado, no sabía para donde mirar o por qué camino seguir.
Y fue a peor cuando justamente la pelirroja, asomo su cara por la puerta. —¿Itachi? ¿Es que no me has escuchado? Te digo que consientes demasiado a… ¡Naruto? —Se interrumpió, en cuanto su mirada se detuvo en el rubio. —Estás… aquí. Que… ¡Qué alegría verte! —Su voz estaba llena de emoción, apenas podía contenerse.
Naruto la miro sorprendido. No esperaba ver a su prima y menos que ésta casi llorara de alegría por verlo.
La última vez que habían hablado, él no había sido la mejor persona. Karin se había convertido en el blanco de su furia. Y si era sincero aun sentía un atisbo de esa misma rabia. Entendía que no conocía todos los pormenores de lo que había ocurrido con su mamá, pero si ella le hubiera dicho desde el segundo uno en que lo vio, lo que había ocurrido, tal vez él la habría visto por última vez, tal vez, tal vez… Tal vez… Bueno, realmente no tenia idea de si eso hubiera hecho alguna diferencia o no. Y… ¡Eso no era lo importante!
Sin embargo, por mucho que ella hubiera repetido y explicado mil veces que su intención no había sido lastimarlo, las cosas para él no fueron diferentes.
Aunque reconocía —en ese momento—, que lamentaba haberle portado como lo hizo. De hecho, la extrañaba. Extrañaba todo lo que había dejado atrás.
—Estábamos por cenar, ¿quieres acompañarnos? —Preguntó nerviosa.
—Eh, yo… Sólo vine a… —¿Cómo podía ser tan malo inventando cosas?
—Estoy seguro de que le encantaría cenar con nosotros. ¿Cierto, Dobe?
Un pequeño peso se desprendió de la gigantesca roca que habitaba sobre sus hombros, en cuanto sintió la palmada de Sasuke en su espalda y miro la sonrisa de Itachi. ¡Por sorprendente que pareciera, era bienvenido ahí! —Si… Me encantaría de cenar con ustedes.
La casa de los Uchiha no había cambiado en nada por dentro. Tal vez los electrodomésticos, pero de ahí en fuera todo seguía siendo igual. Claro que la atención de Naruto no estaba exactamente en los muebles o electrodomésticos, sino más bien, en las personas con las que estaba comiendo.
Sabía, porque incluso había recibido la invitación para la boda, que Karin e Itachi llevaban casados cuatro años, su pequeña niña; Mikoto, tenía tres.
Nunca antes los había visto juntos, su relación se había dado después de que el dejara ese lugar. Pero al ver la relación entre ellos se sintió gratamente sorprendido. A simple vista parecía que eran incapaces de dejar de discutir. De hecho, lo eran. El ruido en aquella mesa era atronador, la voz de Karin nunca había sido suave. Pero los gritos dejaban de parecer agresivos en cuento uno notaba que el problema era que Itachi, era un pelele con su hija.
La consentía descaradamente.
Sasuke se unía de vez en cuando jugando y sonriendo. Sorprendiendo y asustando a Naruto por su actitud. Mikoto, los tenía en la palma de su mano, comprendió.
De vez en cuando Itachi se defendía diciendo que él solo pretendía que tuvieran una balanza, porque la mala influencia de Sasuke —que en realidad ya no vivía en aquella casa— provocaba en Karin demasiada seriedad. Pero lo cierto era que Itachi era incapaz de negarle nada a su niña. Por lo que toda la disciplina recaía en su prima.
Sin embargo, a pesar de los gritos y quejas, Naruto no pudo evitar reparar en las miradas cariñosas después de los regaños fingidos.
Sentado en medio de todo ese amor, un nudo apretó su estómago. Se sentía enormemente conmovido, tanto que temió ponerse a llorar enfrente de ellos. Esa felicidad doméstica era lo que él quería. Era lo que él había perdido.
La puerta de la cocina se abrió de golpe en el mismo instante en que se planteó escapar de ahí. Eso basto para detener su huida. Una Sakura agotada entró desprendiéndose de su chaqueta y hablando distraídamente.
Sonrió en cuanto lo noto en la mesa, como si fuera de lo más normal mirarlo ahí. Saludo con un gesto a Karin e Itachi, abrazo a Mikoto ¡beso a Sasuke! —¡Sasuke y Sakura seguían juntos?—
Se acerco y lo saludo a él —Vaya que has cambiado Naruto; hasta pareces un hombre de bien. —Se burlo, revolviendo su cabello corto.
La parte de él que quería marcharse empezó a perder la batalla contra la parte que deseaba quedarse para descubrir que más se había perdido durante todos esos años.
Naruto sonrió en respuesta y de ahí en más, el resto de la velada, todos se aseguraron de tener una conversación amena, cuidado las preguntas incomodas y los silencios prolongados.
Naruto notaba su tirantez, la entendía de hecho, lo trataban como a un bebe con el que no podían decir maldiciones o utilizar palabras muy elaboradas, o tal vez su buen comportamiento se debía a la pequeña Mikoto y él se empeñaba en ver moros con tranchetes.
—¿Te sirvo más Naruto? —Pregunto su prima, inclinando hacia el la bandeja de mariscos y verduras fritas.
El rubio asintió efusivamente; la comida estaba deliciosa. —Si, creo que son los mejores mariscos que he probado en mucho tiempo. —Agrego, zampándose un par de bocados. Estaba llenísimo, pero en ese momento le daba igual.
—Gracias. —Soltó Itachi, revelando que era el cocinero.
Karin sonrió con simpatía. —No dejes que se te suba a la cabeza ahora. —Le dio un leve empujón con el brazo a su marido, jugando. Completamente feliz de mirar a su primo conviviendo con ellos.
—Tampoco exageres… —Soltó Sakura, en plan juguetón, burlándose de su cuñado. —Además, según recuerdo Hinata es una gran cocinera. ¿Cómo está, por cierto?
Su espalda se puso rígida en ese instante y estuvo a punto de ahogarse con el pan. Incluso Mikoto supo que alguien había metido la pata.
Con reticencia dirigió su mirada a la pelirrosa, que aguardaba ansiosa su respuesta—. Este… bien... Bien, supongo… En realidad, no lo sé. —Termino bruscamente, recordando que el día anterior la había visto muy bien acompañada.
La cara de Sakura le regreso un puchero de confusión, pues no entendía que había dicho para que el semblante del rubio se volviera tan pálido y su tono tan áspero, así, de repente. De hecho, nadie lo entendía.
—Vives… vives con los Hyuuga… —Explico dubitativa, mirando a Sasuke como si le preguntara; ¿verdad?
—Eh, no —respondo lacónico.
Sasuke le dirigió una mirada recriminatoria, poniendo fin a sus respuestas desdeñosas. No era culpa de ellos no saber nada de su vida.
El rubio pareció entender, bajo la mirada y contemplo el plato casi vacío que tenía enfrente, de pronto la comida ya no tenía tan buen sabor. Se removió incómodo antes de agregar. —Escribe para "Algarada", la revista litería.
—Oh… —Murmuro Sakura, sin saber cómo seguir.
—Si. Oh. —Parecía que su tiempo ahí se había terminado.
Aclarando su garganta alejo su plato y se levantó. —Bueno, creo que debería retirarme. Es algo tarde y aún no he… Tengo… Tengo que hacer algunas cosas.
Todos asintieron mirando su semblante taciturno.
—¿Vas a quedarte por un tiempo? —Detuvo su ida Karin, apretando bajo la mesa la mano de Itachi, disimulando su ansiedad.
Asintiendo, Naruto desvió la mirada. —Si. —Suspiro. —Unos cuantos días. Nos vemos. —Murmuró, levantando su mando en despedida y dando la vuelta. —Gracias por la comida.
—Te acompaño a la puerta. —Sasuke lo alcanzo en cuanto cruzaba el umbral de la cocina.
—No… no es neces…
Sasuke lo tomo del hombro y lo empujó hacia afuera, dejándole claro, que no era una sugerencia.
Caminaron los pasos necesarios hasta atravesar la puerta en silencio.
Ya en el exterior y con la certeza de no ser escuchados por nadie más, el moreno apretó el agarre que tenía sobre el hombro del rubio un poco, deteniendo sus pasos. —Entonces, ¿… de que estás huyendo? —Reprimió a tiempo la primera palabra que pensó para aquella pregunta: "ahora".
Naruto lo miro con molestia, incluso un poco sorprendido, como si le hubiera soltado un derechazo sin darle oportunidad de ponerse en guardia. —Es bueno verte también. —Espetó.
—¡Por favor! —Respondió sin ocultar su condescendencia, entrecerrando sus ojos oscuros en su dirección. —Te conozco desde que eras un bebe en pañales, no te puedes ocultar de mí.
—¿Tengo que recordarte que tú también eras un bebe en pañales en ese tiempo?
—No, no tienes. Porque nada tiene que ver. Lo que dije fue que nadie te conoce más que yo. Tu y yo compartimos todo antes de que te fueras. —Su voz grave no tenía ni pizca de reproche. En aquel tiempo todos habían entendido que el rubio necesitaba espacio, un lugar en el que pudiera respirar tranquilo, y sabían que, si ese lugar existía, definitivamente era a lado de Hinata, nadie más tenía el poder que tenía la Hyuuga sobre él.
Con una mueca Naruto acepto que el "Teme" tenía razón, pero antes muerto que decírselo. —No sabes de lo que estás hablando.
Sasuke sonrió al notar como acusaba el golpe de verdad, provocando que Naruto desviara la vista. No necesitaba que el Uchiha hablara para saber que más tenía en la punta de la lengua; "Que divertido". El Uchiha se creía superior a todo.
Volcando los ojos el moreno soltó su hombro. Lo conocía, lo que le había dicho era verdad; sabía que estaba mal. No por haber vuelto, no por estar ahí de nuevo en un lugar que le recordaba lo que había perdido. Era otra cosa. Se veía incluso más destruido que en aquellos días. Pero por muy divertido que le pareciera molestarlo o saberse conocedor de la verdad, sabía que esa no era la mejor manera de sacarle información al rubio. —Nos vemos mañana. —Soltó en tono petulante. No le estaba preguntando, solo le avisaba.
Naruto le regreso la mirada con desafío. ¿Eso sonaba como una orden? —Hump… ¡claro! —Respondió sarcástico.
Sasuke lo miro mientras se alejaba. Ese rubio necesitaba que le plantaran cara con urgencia. Y él estaba determinado a hacerlo.
Naruto camino por veinte minutos sin rumbo fijo, intentando librarse de lo que sea que se había apoderado de él en la casa de sus amigos. ¡Bendita Sakura y su bocota!
Se sentía agotado, pero aún no quería ir a su casa. Por lo que forzó su cuerpo para caminar un rato más.
Cuando lo noto, se encontraba en la ruta que conducía a los Rostros de Roca. Él llamaba así a una serie de montañas con perfiles de piedra, en las que cada vez, dependiendo del tiempo o de las sombras, imaginaba rostros. Además, era un sitio tan elevado que su casa se podía ver desde ahí, al igual que casi todo El Remolino.
En el pasado había sido su lugar favorito. Lo había descubierto con su mamá… bueno, ahora que lo pensaba seguramente su mamá ya conocía ese lugar; había crecido en El Remolino, sería lógico, pero en ese tiempo lo dejo creer que él lo había descubierto a su lado.
A su mamá le fascinaba la manera en que los árboles se las ingeniaban para crecer en los lugares más inauditos, y casi siempre lo documentaba con su cámara fotográfica.
Recordó una de las veces que había recorrido aquella senda. Tenía unos 9 o 10 años, estaba cerca de atardecer y su madre había dicho de manera casual que ese era el sitio ideal para una cita romántica. Él había arrugado la nariz en desagrado ante la idea. ¡Ese era el lugar de ellos dos! Aunque, hubo una ocasión… Esa ocasión en particular en la que imagino que Hinata y él estarían ahí en su siguiente visita; había visualizado como la guiaría por esos caminos angostos y que pasarían todo el día platicando y besándose.
Sin darse cuenta sonrío. Había sido una idea muy cursi.
Camino un poco más, desviándose. No tenía intención de caminar a las montañas rocosas en ese momento, cuando se sentía tan magullado. Suficiente tenía con tener que llegar a su casa.
Receloso ingreso a la gran mole oscura en la que su casa se había convertido, en busca del interruptor, pero al accionarlo este no proporciono luz.
Metió la mano a su bolsillo y saco su teléfono celular. Soltó un gruñido al notar que estaba por quedarse sin batería; se conformó pensando que al menos podría utilizar la lampara para llegar a la parte trasera y así verificar los fusibles.
Hizo en silencio su recorrido, sintiendo que los retratos cuchicheaban a su alrededor, como si se murmuraban unos a otros que él había regresado después de salir corriendo como perrito asustado unas horas antes.
Solucionado el problema de la luz, y tratando de ignorar ese delirio de persecución entro al baño. Dudaba muchísimo que la casa tuviera gas por lo que una ducha fría era lo único a lo que podía aspirar. Al terminar, camino a su antigua habitación. Ahí todo estaba indemne. Hasta esa camisa que había dejado recargada en el respaldo de la silla frente a su escritorio.
La tomo, sacudiéndola un poco. Siete años habían dejado una gran cantidad de polvo sobre ella, la dejó donde mismo y abrió su ropero, esquivando estratégicamente esos "secretos olvidados"; fotos, objetos y recuerdos, que cohabitaban con su vieja ropa,
De niño había tenido la manía de coleccionar las pertenencias de la familia Uzumaki a través de los años. —Según la tradición, el primogénito heredaba aquella casa y los terrenos colindantes—. Sombreros, muñecas, ropa, cartas, fotos… Cada objeto hallado había sido un tesoro para él.
Cuando encontraba algo "nuevo" llenaba de preguntas su mente, ¿cómo?, ¿por qué?, ¿dónde? Y siempre investigaba hasta las últimas consecuencias. Sonrió con tristeza, qué lejos estaban esos días.
Intentando no detenerse en —para variar — más recuerdos, tomo una playera y un pantalón deportivo al azar. Se los puso y corroboró su semblante frente al espejo. Su ropa le quedaba que daba risa; sus pantalones no alcanzaban a cubrir sus tobillos y la playera estaba algo justa en el pecho y los hombros. El tiempo de verdad había pasado.
Suspirando se recostó en la cama sintiéndose ¿la verdad?; un intruso.
El silencio en aquella habitación lo llenaba de ansiedad; sentía que las paredes se revelaban en su contra y se cerraban sobre él, además el polvo en el aire le picaba la nariz.
Intentando deshacerse de esa sensación asfixiante se aproximó a la ventana, pero eso no ayudo. Desde su habitación podía ver la manera en la que las sombras de los árboles se alargaban por el jardín, hasta llegar a su casa, convirtiendo en una mancha cada objeto que decoraba las paredes.
Entrecerró las cortinas y recostándose otra vez, trató de no pensar en todas esas sombras invadiendo su casa. Cerró los ojos para evitar mirar el recorrido de las paredes en su dirección y se concentró al máximo para no escuchar los crujidos de la casa en general; ¡parecía que esa construcción nunca se había acomodado! Pero apenas esquivaba esos sonidos, reparaba en los otros; sombras murmurantes, el penar del viento…
Atormentado salió de la habitación, caminó por la planta baja e intento no detenerse en cada recuerdo agónico de aquella casa. Pero era imposible.
¿Cómo podría no hacerlo?
¿Cómo podría evitar pensar en su mamá?
En su cariño, en sus besos y abrazos, en sus juegos, e incluso en sus regaños. Sus reprimendas vacilantes; tratando de ser estricta cuando hacia alguna travesura, o las tardes que pasaban juntos viendo películas, sentados en ese sillón que le quedaba justo de frente, cuando ella acariciaba su cabello hasta recostarlo en su regazo.
—Mira nada más que guapo estás, apenas puedo creer que seas el mismo niño que llegaba todo enlodado después de correr bajo la lluvia, ya creciste, ya no eres mi bebe.
—El tiempo pasa señora… —Le había contestado con un tonito burlón.
—Lo sé, —respondió ella meditando. —y lamento eso cada vez que reparo en que ya no puedo mecerte entre mis brazos, o levantarte encima de mi cabeza. Ya no eres un niñito.
Un nudo apretó la garganta del rubio cuando la escuchó hablar así, su mamá no era de diálogos cursis, era directa y efusiva. Pero a veces cuando posiblemente estaba en esos días del mes, su corazón le ganaba.
—Pero también me alegra verte así: sano, brillante, lleno de futuro… Ya tienes 16 años, —Remarco sus palabras con sus gestos, abriendo grandes los ojos. —Cuando te tuve en mis brazos por primera vez comprendí realmente lo que significaba tener miedo. Lo que era la fragilidad, la incertidumbre… Pero también, en el instante en que tu manita rodeo mi dedo conocí la felicidad absoluta —Levanto su índice derecho, como recordando la sensación. —Aun lo recuerdo como si hubiera sido ayer, pero no, no fue ayer y el futuro viene corriendo hacia nosotros y… Cuando seas mayor y quieras cumplir tus sueños lejos de mí…
—Mamá… —Quiso detenerla.
—No me malentiendas, —Lo detuvo ella. —No deseo por nada del mundo que algo te impida seguir tus sueños, ni siquiera yo. Por el contrario, adoro verte crecer, tener objetivos y lograr lo que deseas. Me encanta cada vez que veo que te esfuerzas por algo y lo llevas a cabo. Y me emociona que cuando algo no sale como esperabas, buscas la manera de seguir adelante y conseguirlo de todos modos. Esa parte de ti, es de la que más estoy orgullosa.
Naruto sonrió. Eso, lo había sacado de ella.
—Amo verte hoy convertido en quién eres. Un chico capaz de alcanzar la estrella más brillante.
No se contuvo más, antes de que su madre se soltara a llorar o peor aún; lo hiciera llorar a él, la rodeo con sus brazos con fuerza. Kushina, lo recibió gustosa besando su frente. —Señora llorona… —Murmuro contra su pelo, sosteniéndola fuerte para que no lo pudiera golpear por llamarla así.
Naruto miro por largo rato ese sillón. El sillón que los había cobijado aquella tarde de pelis. Y deseo haber podido detener el tiempo en ese instante. Justamente ese. Y así poder mirar a su madre radiante para siempre. Tener la seguridad de que cada momento de su vida iba a estar con ella.
El viento hizo crujir de nuevo la casa y susurrar a las sombras y él no pudo soportarlo más. Salió de la casa.
Se sentó en las escaleras del pórtico, inhalando con desesperación el aire libre de polvo. Miro el cielo y perdió su mente contemplando las estrellas parecer infinitas a la distancia, hasta que sin darse cuenta por fin se quedó dormido.
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Hinata busco a Ino en su habitación al regresar de casa de sus padres, se sentía como un toro a mitad de una faena; confundida, triste, furiosa. Acribillada a diestra y siniestra por esas lidiadoras que solo la metían en trampas.
Sin embargo, la valiente rubia fingió estar dormida, por lo que a Hinata no le quedo de otra más que guardar sus réplicas para el lunes por la noche cuando al llegar del trabajar escucho el toqueteo de sus uñas en la puerta de su habitación.
Espero el segundo par de golpes y abrió con desgano. La rubia la miraba expectante, delatando así un poco de la culpa que sentía. —¡Buenas nocheeees! —Canturreo.
Hinata la miro interrogante no porque cuestionara su presencia sino porque dudaba que se sintiera culpable de verdad.
—¿Por qué me miras así?
—Intento averiguar si llevas a Toneri en alguno de tus bolsillos. —Respondió intentando ser mordaz y haciéndose a un lado para dejarle el paso libre.
—Eso quiere decir que ¿estás enfada por lo de ayer?
Hinata se dejó caer en la cama, librándose de las zapatillas. —No sé si enfadada es la palabra correcta. Molesta, sí. Traicionada, también.
La rubia pareció encogerse en sí misma. —Lo siento. Se que fue una encerrona y que no estuvo bien. Pero de verdad creía que hacía algo bueno.
—¿Desde cuándo es algo bueno organizarme una cita con Toneri?
—¡Oh vamos! Toneri es un buen tipo. Es muuuy guapo —enumero, asintiendo con su cabeza. —Puede que sea algo superficial…
Hinata solo la miro.
—Okey sí, es bastanteaste superficial y piensa demasiado en sí mismo, pero eso bien podría ser una cualidad y no un defecto ¿no?
Hinata entrecerró los ojos, Ino alababa el amor propio por encima de cualquier cosa. Pero existía una diferencia entre amor propio y frivolidad.
—Ha estado cachetenado las banquetas por ti desde siempre. —Agrego.
—Y sabes tan bien como yo la razón. Para él solo soy la constitución de un "decreto divino". —Hizo las comillas con sus dedos. —Es lo suficientemente snob para considerar que debe tener una chica Byakugan para que su linaje sea impoluto.
—Si eso fuera verdad estaría sobre un hueso menos duro de roer como Hanabi, ¡ella ya no es una niña!
La mirada de Hinata se intensifico.
—¡Okey! Hanabi no es lo que se dice un hueso menos duro de roer. —Soltó una carcajada nerviosa. —Vale. —Rindiéndose se dejó caer en la cama, a lado de ella. —¿Qué es lo que quieres que te diga?
Hinata la miro con duda, esperando ver la trampa de aquella pregunta.
—No. De verdad, dímelo y te lo voy a decir.
Hinata la abrazo, intentando no reír con su cara de "me rindo". —Eres mi mejor amiga.
—Eres mi mejor amiga. —Repitió Ino.
Hinata le dio un leve empujón y la miro con enojo fingido.
—Vale, ya me callo.
—Eres mi mejor amiga, —volvió a decir Hinata. —Te quiero. Y agradezco mucho, que te preocupes por mí, pero hay cosas que simplemente no pueden forzarse.
—Solo quería que dejaras de pensar en… aquel. No sé. Creo que al menos deberías darte una oportunidad de sentir algo por alguien más.
Hinata rodo los ojos. ¿Qué le iba a contar a ella? —No era que lo hubiera intentado realmente alguna vez. Nunca había podido; pero— cada chico que conocía acababa siendo comparado con su rubio, y eso dejaba sin ni siquiera una oportunidad a cualquiera.
—Toneri es un buen tipo, podría funcionar.
Hinata la miro con horror.
—¿Qué?, ¿cómo puedes decir que algo no te gusta sin haberlo probado? Si lo pruebas puede que acabes descubriendo algo rico. —Las cejas rubias se movieron sugestivas.
Hinata la golpeo con su almohada. —¡Ino! —Gimió. —Deja de intentar emparejarme con Toneri. ¿De acuerdo?
—Pero Hina, piénsalo un poco ¿Qué tal que sale bien? ¿Qué tal que Toneri resulta ser lo mejor que podría pasarte en toda la vida? Nunca podrás averiguarlo sino lo intentas. —Agregó, a pesar de saber que Hinata contaba con una venita obstinada en lo que ese rubio atolondrado respectaba.
—¿Y qué tal que no? Y solo termino lastimando a Toneri y perdiendo el tiempo.
—¡Aja! —Exclamo triunfal. —Acabas de aceptar que el Otsutsuki no es simple imagen.
Hinata la reprendió con su mirada. —Déjalo ya. No va a pasar. No tiene sentido que sigas.
—Hmp. —Refunfuño.
Hinata empujo su muslo con el pie desnudo, mirando directamente sus ojos azules. —Promételo.
Ino se mantuvo firme.
—¡Promételo! —Repitió Hinata.
Después de una pequeña competencia de miradas la rubia cedió. —De acuerdo. —Respondió a regañadientes. —Nada de Toneri. —Suspirando volvió a preguntar. —¿Tan mal estuvo la comida?
Hinata hizo una mueca de desagrado. —Fue horrible. No sé qué me dio más pena, si Toneri por no darse cuenta de mi frustración al encontrarlo allí, o Naruto cuando me vio llegando con él al cumpleaños de Hanabi… ¡Justo después de que me dijera que Toneri era quien me convenia!
Las cejas de Ino se levantaron. No se esperaba que su amiga se encontrara con ese rubio. Pero dejo ese tema de lado para poner atención a lo verdaderamente importante. ¡Era la primera vez que Hinata soltaba algo de ese secreto viaje que hasta la fecha mantenía en el mutismo! Mutismo que la estaba volviendo loca.
—¿Eso dijo?
Sus ojos grises se colmaron de lágrimas y el temblor de su mentón no la dejo responder.
Ino hizo una mueca y desvió el tema —contra su voluntad— antes de que cayera una sola de ellas. —Bueno, esa medallita no es mía. Pensé que no ibas a ir a casa de tus padres.
Hinata aferró la misma almohada con la que minutos antes la había golpeado, estrujándola como si fuera la culpable de sus desgracias. —¡Hanabi!
—Hay que ver la mente maquiavélica de tu hermanita ¿eh?
—¡Juraba que se habían unido!
—Pues ya viste que no.
Un resoplido fue el único indicio de repuesta de Hinata.
—¿Y qué paso?
—Nada. —Suspiró. —Él solo… Se fue. —Rememoro un momento ese instante; si las miradas mataran, Toneri habría terminado desangrándose en el suelo. La conmoción que le provoco encontrarlo ahí, no le había permitido interpretar aquello hasta ahora. De principio pensó que era ella a quien miraba así, pero no, fue a Toneri, estaba segura de eso.
Ino la contemplo unos segundos, ensimismada en sus recuerdos, sus perlitas eran la ventana de su alma, no podía disimular, aunque quisiera lo triste que se sentía. Así que decidió arrancarla de ese lugar oscuro, —si tú me has sacado una promesa, me parece justo que tú también me prometas algo.
La mirada perlada se detuvo en ella, esperando.
—Déjalo ir.
El suspiro de Hinata le indico que pedirle aquello era una pérdida de tiempo, pero Ino no se amaino.
—Tienes que seguir con tu vida…
Con una sonrisa triste, la Hyuuga detuvo su discurso. Adoraba a Ino, era en verdad su mejor amiga, pero esa rubia necesitaba entender que las cosas no eran ni por asomo fáciles en ese caso. —Dejarlo ir no quiere decir que deje de tener sentimientos por él Ino. Él ha estado en mi vida, en mí, demasiado tiempo, —dijo, señalando su pecho. —Es esencial para mí. Como si formara parte de mi ADN.
Ino la miro con aburrimiento.
—Sí, —Asintió Hinata, esquivando la censura de la rubia. —Tengo el cabello negro, los ojos grises y siempre tendré a Naruto en mi corazón.
—¡Dios! ¿Es que tú te escuchas? —Ino se levantó de un tirón. —Mejor duerme ya, que la desvelada empieza a pegarte… —Corrió hacia la puerta en cuanto vio a Hinata empuñar la almohada nuevamente. —Descansa… —Murmuro con voz tierna, —¡cursilona! —Gritó, antes de cerrar la puerta, evitando que la almohada que Hinata había arrojado contra ella la golpeara por segunda vez en la noche.
—¡Te quiero! —Escuchó que gritaba a la distancia.
—Lo sé. —Murmuro para sí Hinata, mientras se acurrucaba en la cama y perdía la vista en el cielo nocturno que le permitía ver la ventana de su habitación.
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