La mesa se encontraba en silencio y Raivis no se atrevió a romperlo. Jugando con su cena, siguió meditando lo que llevaba maquinando toda la tarde, hasta que al final se decidió.
— Moze me ha invitado a pasar la noche en su casa este viernes.
— Creía que después de la que montasteis la última vez su madre ya no quería que os reunierais—sonrió su madre con un poco de malicia.
— ¡Ya te dije que lo de las bromas telefónicas fue cosa de Raulo y Valter!—repuso Raivis, ofendido por que le hubieran incluido en ese plural.
Toris rió entre dientes e hizo un comentario en voz baja que Raivis sofocó con un tosco "cállate".
— Bueno, de acuerdo, puedes ir, pero espero que os comportéis. Y eso sí que te incluye a ti—dijo su madre.
— ¿Tú también tienes algo que decir, Eduard?
Eduard alzó la vista del plato para mirar a su padre.
— ¿Hm?
— Algo estás rumiando en esa cabecita tuya—le dijo el señor Neikus.
— No, no es nada.
Llamaron a la puerta. El señor Neikus no insistió y se levantó para abrir.
Encontró afuera a una muchacha con cuerpo bonito y ojos aún más bonitos y pelo rubio larguísimo que lo obsequió con una sonrisita pícara.
— Uh, ¿buenas noches?—la saludó el señor Neikus.
— Hola, ¿está Toris en casa?
— Sí, sí que está...¡Toris! ¡Ven un momento! Pase.
— No, muchas gracias, solo será un momento.
Toris se levantó de la mesa y fue a la entrada, donde se detuvo de sopetón al ver quién lo esperaba en la puerta.
Polonia se inclinó a un lado para mirar a Toris con una sonrisa ensanchada.
— Hola. ¿Interrumpo algo?
— La cena.
Toris miró de reojo a su padre y él, con una expresión que le hizo pensar que se había hecho una idea equivocada acerca de esa visita, hizo mutis. Una vez se hubo ido su padre, Toris se acercó a Polonia, controlando el volumen de su voz.
— ¿Qué estás haciendo aquí?
— Quería saber qué tal estabas—Polonia husmeó el interior de la casa—. Qué bien huele. ¿Lasaña?
— Estoy igual que esta mañana. No deberías estar aquí. No te he dicho en ningún momento dónde vivía, ¿me has estado siguiendo?
— No pongas esa cara de lerdo, ni que hubiera matado a alguien. Oye, pues no está mal, la casa. No es un palacio, pero es mejor que un nicho.
Aunque, desde luego, Toris no lo había invitado a entrar, Polonia lo hizo de todas formas.
— ¡Me has estado siguiendo!—exclamó Toris.
— ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a llamar a la policía?—se volvió Polonia hacia él con una sonrisita que podría haber derretido a más de un chico...quizás incluso a Toris, en otras circunstancias.
— Pues...¡Posiblemente!—respondió él.
Polonia rió.
— Ay, Liet, pones unas caras cuando te azoras...
— Ya te lo dije, yo no soy Liet. Te estás equivocando completamente.
— ¡Toris!—lo llamó su madre desde el salón—. ¿Por qué no le dices a tu amiga que se siente con nostros a cenar?
— ¡No, mamá, ya se iba!—respondió Toris mientras agarraba a Polonia para arrastrarlo hacia la puerta—. ¡Y no es mi amiga!
— Sí que lo soy—sonrió Polonia, dejándose conducir sin resistencia—. Lo que pasa es que aún no lo recuerdas.
— ¿Por eso estás aquí? ¿Para recordármelo?
— Las veces que hagan falta.
— Pues te voy a ahorrar la molestia: estoy convencido al cien por cien de que no te he visto en mi vida.
— En esta no, pero en la anterior sí. Son muchos siglos juntos. Algún recuerdo tienes que guardar en esa pequeña alma tuya.
— ¡Je! ¿Siglos, dices? Te veo muy bien para tener siglos.
— ¿Qué puedo decir? Trato de cuidarme. Y ya sabes, para las naciones el tiempo pasa de otra forma.
Se quedaron mirando en silencio antes de que Polonia se diera la vuelta para marcharse por iniciativa propia.
— Hay muchas cosas de las que deberías acordarte. Ya veo que no confías en mí...Pero yo no pienso irme de aquí sin ti. Cuanto antes abras tu mente, mejor.
Antes de llegar a la acera, volvió a darse la vuelta, con su larga trenza haciendo un movimiento que a muchos les habría parecido sensual, y acercó las manos a su boca para usarlas de amplificador, para que a Toris le llegaran mejor sus últimas palabras:
— ¡Lublin! ¡1569!
Tras lo cual caminó con la tranquilidad de quien ya ha resuelto todos sus asuntos y no tiene nada más que hacer hasta perderse en la oscuridad de la noche. Toris lo vio marchar calle abajo, tras lo cual, sacudiendo la cabeza, cerró la puerta y se reunió con su familia.
— Míralo, el seductor. Vienen las chicas a visitarlo a casa—comentó Raivis, devolviéndosela por el comentario que había hecho anteriormente.
— Cállate, enano—le espetó Toris mientras se volvía a sentar.
— ¿Quién era? No me suena—preguntó su padre.
«Una loca», estuvo a punto de decir, pero cambió su respuesta:
— Una compañera de clase.
Aquella noche, sin embargo, estuvo a punto de contarle a sus hermanos la verdad. Todo aquello de que aquella chica decía ser Polonia, y él supuestamente se llamaba Liet antes, algo que ocurrió que implicaba espíritus y naciones...Llegó a abrir la boca, no muy seguro de cómo comenzar. Pero terminó tumbándose en la cama sin decir nada.
Raivis, en el móvil, parecía estar escuchando música, cuando en realidad tenía una ventana abierta con fotografías del país vecino, Letonia, aquel gran desconocido para él hasta ese día en que un desconocido insistió en que era su nación. Tenía que ir allí, tenía que saber si en aquel lugar encontraba algo que le hiciera recordar, porque tenía una sensación en el pecho que le hacía pensar que Sealand decía la verdad, que todo aquel relato fantástico tenía sentido. Lamentaba tener que mentirles a sus hermanos, a quienes nunca les habría ocultado algo tan grave, pero es que si se lo decía pensarían que estaba loco por irse de viaje con unos perfectos desconocidos y creerse toda aquella historia tan absurda.
Eduard estaba demasiado absorto con su portátil como para prestar atención a las caras reveladoras de sus hermanos.
«Almuerzo en la pradera. Verano. Finlandia.»
Esas eran las tres palabras escritas en la página por la que tenía abierto el libro sobre su regazo. Esto lo pudo leer también. Qué extraño...gracias al programa musical que se había descargado para saber cómo sonaban las canciones que contenía el libro, aquellas palabras tenían sentido para él. Vinieron imágenes a su cabeza, tan débiles que no podía decir qué eran, pero consiguieron erizarle el vello de los brazos.
— Ed—lo llamó Raivis.
— ¿Hm?
— Que voy a apagar la luz.
— Ah, vale.
Aunque no tenía sueño, apagó el portátil, se quitó las gafas y se metió en la cama.
No supo cuándo cayó en los brazos de Morfeo. Simplemente se encontró en una pradera muy verde, repleta de flores amarillas, bajo un sol cálido, tremendamente agradable.
Se abrió paso entre la hierba alta, hacia la única figura humana que encontró allí.
«¿Hola?»
La personita se encontraba recogiendo flores, tantas como podía. Cuando Eduard se acercó, se dio la vuelta. Se trataba de un niño de unos diez años, con el pelo rubio platino y ojos violetas, muy grandes y vivarachos.
«Moi! Tú eres como yo, ¿no es cierto?» el niño se acercó a él y se lo quedó mirando con una sonrisa. «¡Qué alegría, encontrar a alguien más! Me llamo Suomi, pero tú me puedes llamar Finlandia. ¿Quieres recoger flores conmigo? Son para mi aya.»
«¿Finlandia?»
El niñito rió, y una voz habló, una que no pertenecía a él.
¿Es que no te acuerdas?
«Acordarme...¿de qué?»
La luz del sol parecía intensificarse. Hubo un momento en que Eduard tuvo que cerrar los ojos, porque el resplandor lo cegó. Cuando pudo volver a ver, se encontró en una sala palaciega, con espejos cubriendo las paredes, rodeado de gente vestida con trajes elegantes de una época lejana, y frente a él estaba el mismo niño, pero mucho más mayor, ahora de su misma estatura. Pero era él. Conservaba la misma sonrisa inocente.
«¿Qué ocurre, Estonia? ¡Ni que hubieras visto un fantasma!»
«¡Yo a ti te conozco!»
«¡Pues claro, tonto! ¡Los amigos de verdad no se olvidan nunca!»
no se olvidan nunca...no se olvidan nunca...
El eco permaneció cuando una ráfaga de nieve barrió el salón de baile. Eduard se cubrió con los brazos y cuando los retiró, vio que Finlandia seguía frente a él, pero ya no sonreía. Su ropa también había cambiado: de vestir con elegancia, había pasado a llevar un uniforme azul claro y a llevar un rifle en las manos. Su gesto era compungido, tenso.
«¡No voy a dejar que te lleven! ¡Ni Alemania, ni Rusia, ni nadie!»
Y, de nuevo, aquella voz.
¿Vas a olvidar lo que te hizo?
Finlandia se alarmó, ahogó una exclamación. Apuntó con su rifle a algo que se encontraba detrás de Eduard y disparó. Eduard quiso darse la vuelta, pero el mundo sufrió una sacudida violenta y se encontró mareado, tendido en el suelo.
Lo siguiente que vio fue una figura humana corpulenta que lo miraba desde arriba.
«Has venido...Demasiado tarde, pero has venido...»
La figura era demasiado borrosa, pero pudo ver cómo se llevaba las manos a la cabeza y miraba a todas partes, desesperada por alguna razón. Vio algo que la hizo desaparecer a toda prisa. Un montón más la reemplazaron. Rostros difuminados, agitados. Uno de ellos era el de Finlandia. Compungido, se tambaleó, cubriéndose la boca con las manos, mientras gruesas lágrimas caían de sus ojos.
«...No puedes haberte ido...¡Dime que no es verdad...!»
«¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí! ¡Finlandia!»
Quiso alargar la mano hacia él, pero no era capaz de moverse. En cambio, sintió que una mano se cernía sobre él, envuelta en una luz verdosa.
Eduard abrió los ojos con el corazón latiéndole desbocado. Se incorporó para posar una mano sobre su pecho y mirar a su alrededor. La luz del día entraba en el dormitorio, revelando que Toris ya se había levantado y Raivis luchaba contra la comodidad de su cama.
— Buenos días— saludó. Cosa inútil, porque de Raivis solo recibió un gruñido.
Se vistió y bajó a desayunar.
— Buenos días—lo saludó su madre—. ¿Y tu hermano?
— Aún sobado—respondió Eduard, sentándose tras prepararse un café.
— Este chico...
— ¿Ya estás más tranquilo?—preguntó su padre sin levantar la vista del móvil, leyendo las noticias como cada mañana.
— ¿Yo? ¿Por qué dices eso?—Eduard lo miró con el ceño fruncido.
— Esta noche no has hecho más que gritar.
— Y eso que te he dado con la almohada—asintió Toris antes de darle un mordisco a un bollo de chocolate.
— Y...¿qué gritaba?—preguntó Eduard.
— No sé, cosas sin sentido.
¿Finlandia, por ejemplo? Eduard trató de concentrarse en lo que tenía que hacer aquel día, pero pasó todo el día pensando en aquellos ojos violetas, ese rostro pálido.
Finlandia...
Aquel era otro nombre en el que Raivis pensó en cuanto abrió los ojos aquel día.
— ¡Vamos, Raivis! ¡Que vas a llegar tarde otra vez!
Una de las primeras cosas que hizo al levantarse fue mirar su móvil. Entre los mensajes de sus amigos y las redes sociales en las que estaba, encontró un mensaje entrante de Sealand.
«Este viernes tenemos viaje, ¡no lo olvides! ;-P»
Lo eliminó para deshacerse de toda prueba de su crimen. No se creía lo que estaba a punto de hacer, pero...Las naciones existían. Existían y aquellas que habían sido exterminadas por los humanos veinte años atrás eran idénticas a él y sus hermanos. Que le asparan, si se trataba solo de una coincidencia. Tenía muchas preguntas en la cabeza y si no hacía aquel viaje, por mucho que fuera una locura, lo lamentaría durante el resto de su vida.
En cuanto a Toris, aquella noche apenas había pegado ojo, pero no tenía nada que reprocharle a Eduard. Cuando su hermano comenzó a gemir en sueños él ya estaba con los ojos abiertos como un búho. Seguro que se debía a esa loca que se hacía llamar Polonia. Porque era una loca, no cabía la menor duda. Las naciones existieron una vez, de acuerdo, pero estaban todos muertos, Polonia incluido, y él estaba muy seguro de que no era Lituania. La idea en sí misma era absurda. Él era Toris Neikus, un chico del montón, y estaba convencido de que nada más. Quizás debía cortarse el pelo, o dejárselo más largo. Le gustaba así, con esa longitud precisa, pero al menos dejarían de confundirlo con una nación extinta.
Aunque se resistió, aquella mañana en que debido a la ausencia de un profesor tenía casi dos horas libres para estudiar en la biblioteca se hizo con un ordenador e hizo una búsqueda. "Lublin 1569".
«La Unión de Lublin, creada en 1569, vinculó al Reino de Polonia y al Gran Ducado de Lituania en lo que se dio a llamar la Mancomunidad de las Dos Naciones, caracterizada por un único monarca, un parlamento común y una sola moneda. La Unión de Lublin es un caso excepcional de integración democrática de dos países que se tradujo en una coexistencia pacífica e integradora de gente con distintos trasfondos étnicos y religiosos.»
— Bueno, tampoco fue tan idílico...—murmuró Toris.
Y frunció el ceño como reacción a su propio comentario. Cerró la pestaña y volvió a explorar el catálogo en línea de su universidad para buscar los libros que necesitaba para su trabajo.
Ina había estado pensando en ello durante días, y no veía la ocasión de compartir con Vika sus conclusiones. En cuanto las dos chicas volvieron a verse, Ina le soltó a su amiga la bomba sin ningún tipo de reparo:
— ¿A ti no te huele a chamusquina lo del otro día en la terraza?
Vika la miró sin comprender.
— ¿Quieres decir lo de la chica que se confundió?
— Bueno, chica, lo que se dice chica...Pero sí, a eso me refiero.
— Toris ya le aclaró que se equivocaba de persona.
— Pues que sepas que me volví a encontrar con esa tía y me pidió que le dijera dónde encontrarlo.
— Ah, ¿sí?
— Sí, me dijo que tenía un asunto súper-secreto con él. Vika, cariño, siento tener que decírtelo, pero creo que Toris te está poniendo los cuernos.
Vika pestañeó abrumada.
— ¡Pero Ina!
— ¡Es verdad! ¿No te parece raro? Ella erre que erre con que lo conocía y él, que no, que no. Luego ella se presenta y me pide que le dé sus señas, de un motel, y que le diga que es una vieja amistad, "de las que no se olvidan nunca". ¡Chica! ¡Blanco y en botella! Y ¿sabes lo que me dijo Alex el otro día? Que se encontró una rubita despampanante hablando con él en la facultad. Le pedí que me la describiera, porque mi olfato me decía que aquello no olía bien, y me dio su vivo retrato. ¡Toris la conoce y se está haciendo el loco! ¡Se ven a escondidas!
— ...Toris nunca haría eso. Tiene que ser un error.
— Yo solo te digo que a partir de ahora deberías tener los ojos muy abiertos. Eres mi amiga y no quiero que te tomen por idiota. Toris es un chico muy mono. Tanto que podría tener a cualquier chica que deseara.
Ina pasó a prestar atención exclusivamente a su móvil, ya que había sembrado aquella terrible semilla en el corazón de Vika. Ella se había quedado tranquila mientras que Vika pasó a sentir que algo iba muy, muy mal. Las viejas dudas volvieron a aflorar. Demasiado empollona para tener novio, demasiado gordita para que ningún chico se fijara en ella, demasiado tímida para llamar la atención de nadie...
No, se dijo. Toris no era así. No sería capaz de hacer una canallada semejante. Él la quería.
...Pero solo lo sabía porque se lo había dicho. ¿Cómo sabía que era verdad?
¿Quién era esa rubia que había aparecido de repente?
