Capitulo once

Bella abrió los ojos lentamente y nuestras miradas se cruzaron. No sé que fue lo que pasó exactamente después, de lo siguiente que fui consciente fue de sus labios, dulces, suaves, delicados… moviéndose lentamente con los míos. De sus manos aferradas a mi pelo mientas las mías envolvían su cintura. De su cuerpo acoplándose perfectamente contra el mío. Eso era el cielo, o el infierno, realmente no me importaba, solo quería que ese momento durase eternamente.

Me separé de Bella para que ambos pudiésemos respirar… estaba ruborizada y sus labios estaban rojos e hinchados, me pareció la imagen más bella y erótica que pude haber visto nunca. Sus ojos estaban oscurecidos por el deseo y su rostro poco a poco se fue acercando de nuevo al mío. Sus labios me rozaron de nuevo, pero este beso era diferente, podía percibir la necesidad y el deseo que destilaba por cada uno de sus poros. Nuestras bocas bailaban acompasadas y al mismo ritmo.

Yo me volvía loco entre todas las sensaciones que me rodeaban. Por un lado sus besos me estaba volviendo loco, su lengua y la mía batallaban incansablemente entre gemidos y suspiros. Después estaban mis manos en su cintura, una de ellas ascendió lentamente hasta perderse en su pelo con mis dedos se enredados en él, la otra mano descendió por sus caderas y ahora estaba acariciando su muslo por debajo del vestido. Y por último su olor, ese olor a freses que me aturdía por completo, que hacía salir mis instintos más primarios.

Mis labios descendieron lentamente de sus labios a su cuello, allí el olor era más fuerte, más intoxicante. Mis labios saboreaban cada centímetro cuadrado de piel, mis dientes rozaban con ansias su delicada piel. Me estaba volviendo loco… esa era la única razón por la que me estaba imaginando esto, porque eso tenía que ser, un sueño. Nada de eso podía estar pasando en realidad.

– Edward –susurró Bella.

Su voz me hizo despertar de mi aturdimiento y me alejé un poco de ella para mirarla a los ojos. Me suplicó con su mirada que continuase, y yo quería hacerlo… ¡vaya que si quería! El bulto en mi entrepierna no hacía más que confirmar que solo deseaba estar con ella de ese modo hasta el fin de mis días.

– Bella… yo… yo no… –balbuceé.

Quería darle a escoger, no quería dar por hecho que ella estaba dispuesta a todo igual que yo, necesitaba oír de sus propios labios que también quería eso. Ella cerró los ojos y suspiró. Dio dos paso atrás soltándose de mi agarré y pasó una mano por su pelo con nerviosismo.

– Entiendo –musitó– no te preocupes… no tienes que decir nada. Buenas noches.

– Bella –la llamé– ¿qué es lo que entiendes?

– No tienes que explicarme nada –volvió a decir– entiendo que no quieras estar conmigo de ese modo.

Yo parpadeé intentando asimilar sus palabras… ¿qué? Me acerqué de nuevo a ella y la envolví con mis brazos, me sentí completo en cuanto sentí como me devolvía el abrazo, como cada curva de su cuerpo se amoldaba al mío en el acto.

– Me estás volviendo loco –susurré en su oído.

Sentí como se estremecía entre mis brazos, alcé su rostro sujetando su barbilla con una de mis manos y nuestros ojos se enlazaron. Pude ver en ellos todo lo que necesitaba, todo eso que estaba buscando sin saber que en realidad buscaba algo. Acerqué de nuevo mi boca a la suya y el beso que había comenzado tierno y dulce se estaba volviendo salvaje y necesitado. Alcé Bella y ella envolvió mi cintura con sus piernas. Nuestros sexos se rozaron levemente y ambos gemimos ante ese contacto.

Bella POV

Ni en mis mejores sueños húmedos había imaginado algo semejante. Estaba con Edward, besándonos en mi salón, yo estaba envolviéndolo con mis piernas y él estaba bajando el cierre de mi vestido.

– Bella –gruñó separándose ligeramente.

– Al final del pasillo a la derecha –dije entre jadeos.

Caminó despacio conmigo a cuestas lo largo del pasillo, pateó la puerta y después me tiró sobre la cama quedando él sobre mí. Con toda la rapidez de la que fui capaz llevé mis manos a los botones de su camisa y comencé a desabrocharlos con premura, quería sentir su piel contra la mía… cuando por fin esa molesta prenda dejó de cubrir su cuerpo Edward rodó dejándome a mí sobre él, subió mi vestido y me lo quitó por la cabeza dejándome ante él solo con mi pequeña ropa interior. "¡Gracias por tu regalo Alice!" Grité mentalmente al ver como los ojos de Edward parecían salirse de sus orbitas mientras miraba mis pechos tapados con ese pequeño sostén.

Y a mi mente vinieron de repente aquellas palabras que dijo cuando me lo regaló:

"Es mi regalo… –susurró– aunque eso solo el billete… el viaje debes emprenderlo tú." Maldita enana… tenía todo planeado la muy… Edward mordisqueó mi cuello haciendo que gimiese y dejase los pensamientos homicidas hacia Alice a un lado, ya habría tiempo de pensar en eso.

Mis manos comenzaron a deslizarse por su perfecto pecho… cuando me fijé en sus pequeños pezones mordí mi labio inferior imaginándome como pasaría mi lengua por ellos… "¡Bella!" gritó mi conciencia "Esto no es tu imaginación… puedes hacerle todo lo que se te ocurra" Una enorme sonrisa se extendió por mi rostro cuando me di cuenta de eso… tenía a Edward en mi cama, prácticamente desnudos completamente mi merced… para mí solita.

Me lancé en picado a por sus labios, mientras sus manos forcejeaban con el cierre de mi sostén… no tardó en deshacerse de él y mientras mis labios ahora marcaban su cuello como de mi propiedad las suyas acariciaban mis pechos pellizcando levemente mis pezones.

Volvió a hacernos girar, y esta vez yo quedé tendida en la cama con Edward entre mis piernas. Mis manos se deslizaron por su pecho de nuevo, llegando a su estómago y bajando hasta el cierre de su pantalón, que enseguida estaba desabrochado y en cualquier parte indefinida de mi habitación.

Las manos de Edward se deslizaban ávidas por mi cuerpo, no sabía exactamente donde estaban porque cuando estaba procesando las sensaciones que me provocaba con una caricia ya comenzaba a sentir otra. Sus labios descendieron por mi cuello, por mi clavícula y acabaron en mis pechos… los apretó suavemente con sus manos mientras besaba delicadamente alrededor de mi pezón, y cuando estaba a punto de metérselo en la boca el teléfono comenzó a sonar. Me tensé y Edward se detuvo durante unos segundos. Me miró a los ojos y sin más continuó con sus besos y caricias.

El teléfono continuaba sonando, me estaba poniendo nerviosa, no sería capaz de concentrarme mientras ese molesto sonido estuviese de fondo. Me removí intranquila.

– No contestes –dijo con voz amortiguada mientras besaba mis pechos.

– Edward… –me quejé.

– Déjalo que suene –subió hasta mis labios y los devoró con ansias.

– Puede ser importante.

– Olvida el maldito teléfono –dijo mordiendo mi cuello.

– Edward tengo que… –mi voz se cortó en el momento que uno de sus dedos se clavó en mi sexo.

Cogí una gran bocanada de aire y cerré los ojos con fuerza. Edward movía su dedo en mi interior mientras sus labios devoraban con ansias mis pechos. Dejé de oír el teléfono y el resto del mundo desapareció para mí, ya podía estar ardiendo mi casa o estallar la tercera guerra mundial que yo me quedaría con Edward en esa cama sin importarme nada más.

Apartó su mano con brusquedad de mi sexo y en seguida me sentí vacía, abrí los ojos y él me miraba con una expresión extraña, como culpabilidad.

– No tengo condones –susurró avergonzado.

Yo no contesté, solo sonreí y extendí mi mano cogiendo una caja en mi mesita de noche. Ahora agradecía que Alice estuviese siempre buscándome citas a ciegas que acaban mal… sino no tendría esa caja completa allí guardada. Se la mostré y una radiante sonrisa surcó sus labios. Me la quitó de las manos y la metió bajo la almohada, sin previo aviso se posicionó entre mis piernas y atacó mi cuello sin piedad. Besaba, succionaba y mordía… yo me sentía desfallecer entre sus brazos, las sensaciones eran tantas y me llevaban tan al límite que tenía que aferrarme a las sabanas para no salir volando de la cama.

Edward besó mis pechos, bajó por mi abdomen y llegó al elástico de las diminutas braguitas… las bajó un poco con los dientes y besó allí donde debería estar mi bello púbico… ese que Alice se encargó de arrancar días atrás. Llevó sus manos a mis caderas y bajó suavemente mi ropa interior, cuando fijó la mirada en mi sexo, jadeo involuntariamente. Acarició mis muslos sin quitar la vista de él, y sus caricias fueron ascendiendo poco a poco hasta llegar a mis ingles… jadeé y gemí cuando uno de sus dedos rozó los labios de mi sexo. Y cuando se introdujo en mi interior sin preámbulos ni piedad, un grito ahogado abandonó mi garganta.

– Eres perfecta –susurró con su rostro a centímetros de mi centro.

Deslizó su cálida y húmeda lengua con extrema suavidad, deleitándome con las miles de sensaciones que enviaba a través de mis terminaciones nerviosas. Su lengua se abría paso entre mis labios poco a poco cuando llegó clítoris sentí que me moría, nunca había experimentado nada así. No era inexperta en el sexo, pero algo así era totalmente nuevo para mí, el estar con Edward multiplicaba por mil todas las emociones.

– No puedo más –dijo poniéndose en pie y rebuscando bajo la almohada.

Sabiendo lo que buscaba yo misma saqué un condón de la caja y le quité el envoltorio. Me puse de rodillas frente a Edward que ya se había quitado sus bóxers y tenía su miembro completamente erguido reclamando mi atención. Le puse el condón sin dejar de acariciar su pene ni de morder su cuello, y me encantaba la sensación de sentir como se estremecía por mis caricias.

Hice que se sentase al borde de la cama y me senté a horcajadas sobre él. Edward me miraba con sus ojos completamente nublados por el deseo, y yo solo anhelaba el momento de sentirlo dentro de mí. No alargué mucho más la tortura. Agarré su miembro con mi mano y lo guié hasta mi entrada, Edward siseó entre dientes cuando lo froté contra mi clítoris, y yo no pude evitar cerrar los ojos y disfrutar al máximo de esa sensación.

Dejé el miembro de Edward justo al borde, no necesitaba más que un poco de presión con mi cuerpo para que me llenase por completo.

– Bella… –jadeó contra mis labios–. No me tortures más.

– ¿Qué quieres Edward? –le pregunté en un susurro.

– Sabes lo que quiero… por favor –suplicó.

– Dime lo quieres y yo lo haré.

– Clávate –susurró.

Y yo obedecí, dejé que mi cuerpo cayese de golpe contra su miembro haciendo que este se metiese por completo dentro de mí. Ambos jadeamos y sus brazos automáticamente fueron directos a mis caderas. Me quedé inmóvil unos instantes, dejando que mi cuerpo se acoplase por completo a la intromisión de aquel intruso. Comencé un movimiento lento y suave de vaivén, Edward intentaba acelerar el ritmo moviendo mis caderas, pero yo no se lo permitía. Quería alargar el momento lo máximo posible.

– Eres malvada… no me tortures –dijo clavando su oscuros ojos verdes en los míos.

Aceleré el ritmo, y Edward apretó mis caderas con un poco más de fuerza.

– ¿Así? ¿Es esto lo que querías? –pregunté en su oído.

Solo gruñó en respuesta y lo que hizo a continuación me cogió por sorpresa. Me alzó sin salir de mi interior y nos volteó quedando sobre mí. Mis manos se aferraron con fuerza a su espalda y Edward comenzó a bombear en mi cuerpo frenéticamente.

– Esto es lo que quería –gruñó en mi oído.

Con cada envestida de su cuerpo, mi clítoris rozaba contra su pubis haciendo que las mariposas de mi estómago girasen a una velocidad de vértigo. En cada embestida me sentía más cerca del final. Edward unió sus labios a los míos en un beso urgente, ansioso, su lengua irrumpió en mi boca batallando con la mía en una pelea sin ganadores. Mis manos se deslizaban por su espalda delineando todos sus perfectos músculos, y la suyas continuaban aferradas a mis caderas haciendo cada embestida más profunda que la anterior si eso era posible.

– Edward –jadeé unos segundos que liberó mi boca.

– Vente conmigo Bella –susurró en mi oído.

El golpe de su aliento en mi cuello empapado de sudor, envió un latigazo de deseo a través de mi espalda, y con solo una envestida más comencé a tocar el cielo con la punta de mis dedos. Las ondas de placer se liberaron por mi cuerpo haciendo que mis uñas se enterrasen en los hombros de Edward. El gruñó con fuerza antes de morder mi cuello y comenzar a temblar.

Segundos después ambos estábamos jadeando buscando el aire que escaseaba en nuestros pulmones. Edward descansaba sin fuerzas sobre mi cuerpo, y yo yacía desmadejada bajo él. Comenzó a repartir besos por mi cuello y mis hombros y nos tapó a ambos delicadamente con las mantas. Me atrajo hacia su cuerpo y yo apoyé mi cabeza en su pecho suspirando completamente satisfecha.

– Ha sido una noche maravillosa, ahora descansa mi Bella… –susurró antes de besar mi pelo.

Sonreí y besé su pecho un par de veces antes de dejarme llevar completamente por la inconsciencia.