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Antes del alba
Kenma x Akira
Disclaimer: personajes no son míos
XI
Kei dejó la capital para volver a vivir en la casa paterna y, de una vez por todas, sanarse. Cuando lo vi, me pareció que iba en buen camino, y me embargó una genuina alegría ajena al verlo más repuesto. Todavía, se notaba, que cargaba un gran peso a su espalda. Pero ya no temía en pedir ayuda, ni en sentarse un momento a reposar y recuperar energías.
Luego de visitar la tumba de Yamaguchi regresamos a la casa paterna de los Tsukishima. Era la segunda vez que ponía un pie en aquella casa, y seguía sobrecogiéndome, por su inmensidad. Esa misma casa en Tokio costaría un dineral. No eran solo los metros construidos, que también. Eran sus dos patios, por delante y por detrás, en perfecto estado, donde se erigían con elegancia árboles enormes y añosos cuyas ramas sobresalían de los muros. Aunque la construcción era de estilo japonés, los shoji no eran de papel, sino unos modernos y termolaminados que trataban de evocar la arquitectura de antaño. El engawa era una maravilla arquitectónica, y debía ser exquisito para escapar del calor del verano, porque le llegaba el frescor de una enorme higuera plantada justo delante de ella.
La primera vez que entré en aquella casa, Kei todavía era novio de Kuroo y a Yamaguchi le quedaban días de vida. Un extraño escalofrío me recorrió el cuerpo al subir los escalones, uno en uno, y recordar la espalda de Yamaguchi delante de mí, guiándome el camino hasta la habitación de Kei.
No recuerdo de qué me hablaría aquella vez. Era una persona con buena disposición, seguidor de películas overseas y ávido lector de comics de superhéroes. Su sinceridad era real; su sonrisa, una sorpresa. No éramos personas especialmente cercanas, pero las veces que nos veíamos, pensaba: «¡Qué agradable sujeto!». Nunca se lo dije. Es imposible saber cuándo nos abandonará una persona, y hasta que no se van, no pensamos en todas aquellas cosas que se pudieron haber dicho.
La espalda de Kei era más estrecha que la de Yamaguchi. Se detuvo en el marco de la puerta de su habitación, que le llegaba a la altura de su oreja. Sentí la sombra de la incertidumbre sobre mí.
—Te quiero Kei —se me escapó de los labios. No me sentí avergonzado por decirlo, y decidí empoderarse de aquel sentimiento—. Es cierto, y lo repito: te quiero muchísimo.
Mi declaración lo tomo desprevenido. Su frente adquirió un tono granate muy intenso.
—Sabes que no soporto las muestras de afecto y se te ocurre decirme una tontería de ese tamaño.
—Porque te quiero. Es que jamás te lo digo, y no puede ser eso.
Quise agregar de que a Kuro nunca se lo dije, pero las palabras murieron en mis labios y al final escapó un suspiro de ellos. Kei dibujó una sonrisa. Se hizo a un lado para dejarme paso a su dormitorio.
Era una habitación con piso de tatami y un gran ventanal. Las repisas, que tiempo atrás soportaron sus mangas, estaban vacías y libres de polvo, y sobre su mesita de noche se alineaban los frasquitos de los antidepresivos más sus vitaminas. También había un paquete de tabaco y papelillos; el cenicero reposaba sobre el alféizar de la ventana abierta, sin cenizas ni colillas, completamente limpio. Se sentía el calor húmedo de agosto. Pensé que lo primero que haría Kei sería liarse un par, pero en lugar de ello encendió el computador.
—Enséñame ese videojuego tuyo… A menos que sea uno de citas. Si es un juego de citas, no me interesa para nada.
De la bandolera saqué un cd. Kei desactivó los auriculares, encendió la barra de sonido, y luego desplegó un piso que cedió para mí. No corrió a buscar cigarros en ningún momento.
—Háblame de tu famoso demo. Nunca me has querido contar de tu proyecto.
Me quedé callado. En realidad, siempre había querido hablarle, a él y a Kuroo, de aquel proyecto. Solo que ellos estaban preocupados de otras cosas, y me pareció una frivolidad de mi parte.
Mi demo era un videojuego en primera persona construido a modo de RPG de aventura. Era una idea que venía desarrollando desde preparatoria. Por entonces me acosaba un sueño recurrente, en que me perdía en una ciudad en forma de laberinto, atestada de personas. Al principio la pesadilla me agobiaba, porque yo debía llegar a un determinado lugar, y siempre que creía ir en la dirección correcta, descubría que había estado caminando en círculos. O que, a pocos metros de llegar a mi destino, una turba de gente me hacía retroceder hasta el punto de partida. Esa multitud de gente acrecentaba mi sentimiento de fobia social, y aquellas noches despertaba bañado en sudor.
Cierta vez, de alguna manera, al hallarme en aquella ciudad de pesadilla, tomé consciencia de mí mismo y caí en cuenta de que se trataba de otro sueño más. Me dije «no de nuevo» y traté de soportarlo lo mejor que pude. Había soñado tantas veces con aquel lugar, que se podía decir que lo conocía de memoria, y consciente de que no era el mundo real, me empoderé de la ciudad: ya no podía dañarme más. No me era posible cambiar el laberinto, y seguía albergando la sensación de que debía hallar algo aunque no sabía qué. Pero ya no podía perderme en aquel lugar. Podía dejar marcas en las puertas a modo de referencia, podía entrar a las construcciones que quería arguyendo de que yo era el arquitecto de la ciudad (psicológicamente hablando lo era), y podía hacer las cosas más descabelladas, las más imposibles en el mundo real. Así, mientras exploraba mi ciudad, me dedicaba a pasear caminando boca abajo como si la gravedad no existiese, atravesaba paredes cual fantasma, o llamaba a un pterodáctilo mascota para sobrevolar la ciudad, a quién bauticé Agallas, en honor a mi amigo Tora, fanático de aquella palabra.
Cuando se lo comenté a Kuroo, dijo que era lo más raro que había hecho en mi vida, y eso era ya mucho decir considerando lo raro que era yo de natural. Le repliqué que no. Si había un epítome de normalidad, ese sin dudas era yo. Insistió que sí. Me dio muchos argumentos de por qué yo era el perfecto caso de persona excéntrica y extravagante. Enojado, decidí contarle mi sueño a Tora.
Pero Tora tenía el cerebro de un molusco, y salvo el detalle del nombre de mi mascota Pterodáctilo (coincidiendo conmigo de que Agallas era un nombre que le iba como anillo al dedo a cualquier reptil alado) no entendió de qué le hablaba. Fastidiado con todo el puto mundo, le dibujé un garabato de mi ciudad laberinto en mi croquera. Fukunaga, que también estaba allí, quedó muy sorprendido, y quiso saber más de aquella ciudad. Empezó a hacer pregunta tras pregunta, pero yo no tenía todas las respuestas. ¿Por qué no tenía todas las respuestas? Una cosa llevó a otra, y junto a Fukunaga acabamos creando una historia onírica muy compleja, llena de escenarios, de personajes, y mucha aventura de por medio. Dibujé los distintos escenarios en mi croquera, y con el tiempo se agregaron pasadizos secretos, artefactos, explosivos, y monstruos tan descabellados como loquísimos. Después de vóleibol, o a veces antes de las prácticas, los dos sacábamos nuestras croqueras y compartíamos nuevas ideas. Kuroo rodaba los ojos. Tora seguía sin entender la historia y yo ya no se la explicaba.
—Tienes que escribir esta novela —le pedí a Fukunaga, después de la ceremonia de graduación—, solo tú puedes hacerlo. He leído las cosas que has escrito y sé que tienes la habilidad para lograrlo.
—No —negó, muy categórico—, este no es mi género, además la idea es prácticamente tuya. De escribirlo, quedaría introspectivo y nada visual y perdería toda su esencia. Es una historia de croquera. Debería ser película. Quizá un anime. No, no me lo pidas. Debería ser un videojuego.
Yo por entonces confiaba que lo mío era el servicio social, aún así continué dibujando en mi croquera. Cuando le confesé a Fukunaga que dejaría la carrera, me dijo:
—Eso está bien. ¿Ahora llevarás a cabo tu sueño?
Quizá con «sueño» quería decir que elegiría esta vez una carrera afín a mí. Yo interpreté «sueño» como «sueño»: el proyecto guardado en las hojas de la croquera.
—Sí, tienes razón. Llevaré cabo el sueño. Lo haré real.
La ciudad laberinto era uno de los tantos escenarios del videojuego que provisoriamente intitulé Pesadilla Onírica. Al tratarse de un demo, solo era un esbozo de lo que podía llegar a ser. La trama era la siguiente: una nueva tecnología permitía a psicólogos ingresar en el subconsciente de sus pacientes para intervenir activamente en sus sueños, logrando así erradicar fobias, modificar la personalidad, y superar traumas del pasado. El señor F. necesitaba curarse de sus crisis de pánico que iban en aumento y que podían acarrearle problemas en el trabajo. El juego consistía en ingresar a los sueños del señor F. y encontrar pistas sobre el origen de su neurosis, sin sobrepasar un determinado intervalo de tiempo. A medida que se avanza en la aventura y los sueños cambiaban, el jugador aprendía habilidades útiles para etapas venideras, y según los resultados obtenidos, se abrían nuevas rutas, con distintos finales.
Para efectos del demo, diseñé una introducción donde se explicaba quién era el señor F. y esta nueva tecnología que permitía ingresar a los sueños. El primer nivel del sueño abría en un ambiente o escenario que llamé bosque orgánico: una especie de bosque, donde en lugar de árboles se elevaban glándulas viscosas similares a alveolos, pegajosas y palpitantes, recorridos por ventosidades e invadidos por enredaderas negras que percibían los movimientos a su alrededor. Era una imagen visual muy grotesca, y al mismo tiempo, muy bella, por los detalles en ella.
La primera misión consistía en encontrar al señor F. en aquella pesadilla corporal. El rostro del señor F. aparecía y reaparecía en los troncos blancos de los alveolos, pero las enredaderas trataban de atacar al jugador. Aparecían además todo tipo de alimañas que buscaban maneras de interferir, de restar tiempo, y de causar tal daño hasta hacerte despertar, y por tanto, perder la misión.
Luego de encontrar y rescatar al señor F. en el rango de tiempo establecido, el escenario cambiaba a un salón de té de proporciones gigantescas, con terrones de azúcar del tamaño de personas, y personas con tamaño de edificios, quienes producían corrientes de aire al hablar, terremotos al caminar e inundaciones cada vez que derramaban sus tazas de té. En los distintos tazones y vasos del tamaño de piscinas, se reflejaban los rostros de personas de la vida del señor F. El señor F., no se sabía por qué razón, buscaba a su hermana. Había que encontrar la taza donde se reflejaba el rostro de aquella persona.
Al conseguir hallar la taza correcta, con todas las dificultades que proponía el nivel, uno debía sumergirse en ella, para pasar al siguiente escenario: un mundo submarino. Hasta allí llegaba el demo, pero mi idea era luego expandirlo y convertirlo en un proyecto. A medida que se avanzaba en la historia se descubrirían los principios de una conspiración, y que la neurosis se le había trasplantado al señor F. para lograr destituirlo de su puesto de trabajo —era el presidente de una corporación farmacéutica—, pero algo saldría mal, la conspiración asesinaría al señor F. estando en su tratamiento de sueño, y su pesadilla onírica acabaría desbordando el mundo del subconsciente para infiltrarse en la realidad. Tenía diseñado muchos escenarios, entre ellos un laberinto de espejos (que daba la sensación de ser un juego en segunda persona), un mundo de gravedad invertida, un carnaval atestado de gente, una fosa submarina en la que no se veía nada, una guerra de comida, y por supuesto, la ciudad laberinto. El orden de los sueños se vería alterado dependiendo de las rutas elegidas, y había una ruta en que el señor F no moría pero quedaba en un estado de coma donde todo el sueño se volvía en un enemigo que trataba de destruir al jugador. En fin, una idea loquísima.
—Después que termines de jugar te explicaré bien en qué consiste, y tú me dirás si vale o no.
Kei era un buen gamer que hace tiempo no tomaba el teclado. Tras la introducción del demo, me miró consternado.
—Kenma, ¿tú hiciste estas gráficas?
—Si te mueves un poco a la derecha, te llegará el sol en el rostro.
—Si alguna vez dudé de tus habilidades artísticas, te pido perdón de rodillas. ¿Cuánto tiempo te llevó hacer esto?
—Un año de ojeras perpetuas, más o menos.
—Sí, ya me acuerdo. Estabas un poco zombie ¿no? Yo también estaba zombie esa temporada.
Como se le acabó el límite de tiempo antes de hallar al señor F., Kei volvió a intentarlo. No fumó en ningún momento.
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El plan era pasar la noche en casa de los Tsukishima y al día siguiente regresar a Tokio. Akira se presentaría en el teatro y, si no me aparecía, presentía que nuestras dos semanas de romance serían archivadas para siempre. Siendo honesto, no quería eso. Solo que no sabía cómo disculparme. Trataba de no obsesionarme ni pensar en ello. Lo resolvería en su debido tiempo.
No consideré adecuado hablarle a Kei de mi relación con Akira. No por pudor. Simplemente, sentía que no correspondía. Kei estaba dejando atrás su pasado con Kuro, estaba superando la pérdida de Yamaguchi, y yo no podía tener tan poco criterio como para endilgarle mis asuntos. Durante la cena con sus padres, Akira me envió un mensaje, y luego otro, y otro más. Dejé mi teléfono en silencio y me disculpé. Usé el comodín Taketora y dije que era culpa de mi amigo más primitivo, que necesitaba una ayuda en su computadora. Me levanté de la mesa y salí al engawa.
Akira (19:18): Ya lo sé, ha sido toda mi culpa.
Akira (19:18): Te extraño, ¿dónde estás?
Akira (19:18): Te extraño, ¿vendrás hoy? ¿Irás mañana al teatro?
Akira (19:19): Te extraño. Veámonos hoy y mañana.
Akira (19:19): Te extraño.
Lo llamé. Corté antes que diera tono y regresé a la mesa.
En la noche, con el futón de visita desplegado junto a la cama, Kei encendió el primer cigarro de todo el día. Me dijo:
—Se supone que lo dejaré en tres meses. Me he impuesto una cuota de tres cigarrillos diarios, y luego serán dos, y luego solo uno. Ha sido bastante bueno para mis finanzas. ¿Quieres uno?
—Por favor.
Lo escuchaba hablar. Encendí el cigarro que me hubo regalado y me senté junto a él y la ventana.
—Sigues en contacto con Kunimi, ¿cierto?
Y luego añadió:
—¿Te gusta?
—¿Qué? ¿De dónde sacas esa idea?
—Por favor, no te burles de mi inteligencia. Podré haber reprobado todas las asignaturas de mi carrera, pero no te burles de mi inteligencia.
—¿Viste en mi teléfono, cierto?
—No fue a propósito. Tu teléfono no dejaba de zumbar durante la cena. No sé por qué sigues en contacto con Kunimi, francamente.
Mi sonrojo lo dijo todo. Traté de huir a su mirada. Kei conocía mi expediente romántico, que era igual a cero. Entonces comprendí que no era por consideración a Kei que no quería hablarle de Kunimi. Era por compasión hacia mí mismo.
—¿Y bien? ¿Ustedes están o no están?
Asentí apenas. Kei chasqueó la lengua.
—Siempre lo mismo con Kunimi, no puede conformarse con nada. Ya tiene novio, ¿sabías?
—¿Cómo?
—Te lo dije, estoy seguro que te lo dije.
—No me lo dijiste. ¿Cuándo?
—Cuando te confié que engañaría a Kuroo-san con Kunimi, y te pedí que le hicieras llegar el rumor.
Me quedé de hielo. No me acordaba. Pero aún de ser así, no parecía cierto. Habían pasado dos semanas de relación entre Kunimi y yo sin indicios de una tercera persona entre ambos. No es posible para mí equivocarme tanto.
—Seguro terminó con esa persona.
—No lo creo. Kunimi nunca termina con esa persona.
—¿Quién?
—Se llama Hanamaki.
—¿Quién? —insistí.
—Es un chico un poco mayor que Kunimi, cuya familia entera está dedicada a la promoción de la música. Su padre es profesor de conservatorio y además director de la orquesta juvenil de Sendai, y su madre fundó una empresa disquera y organiza constantemente eventos y cosas de ese tipo. Entiendo que Hanamaki es musicólogo o algo así. Gracias a la familia Hanamaki que Kunimi obtuvo una beca para el conservatorio, y luego la beca para especializarse en el extranjero. Muchas audiciones también las ha obtenido de esa manera. No dudo de su talento, pero estar con Hanamaki le ha reportado sus beneficios.
Me quedé callado. Preguntar «¿Quién?» por tercera vez no aclararía nada.
Hanamaki. Conocía ese nombre, lo tenía anotado en el celular. En esa conversación tan extensa que nos mandamos por mensajes, la noche que Kei volvió a Sendai, Akira lo había mencionado como parte de una obligación sin importancia. En su momento releí tantas veces aquella conversación que podía recordar ese nombre, aparentemente sin importancia.
Busqué el mensaje en mi teléfono, pero al abrir la aplicación, vi nuevos mensajes de Akira.
Akira (19:20): Por favor, ¿vas a evadirme todo el día?
Akira (19:45): Está bien, iré a tu casa
Akira (19:46): Iré a buscarte, no te enojes conmigo.
Kenma (22:22): fantasma, ni siquiera sabes donde vivo.
Miré a Kei.
—Bueno, quizá sí que rompieron esta vez…
Sentía una presión en mi garganta. Busqué «Hanamaki» en la conversación con Akira. Me arrojó dos resultados.
Regresaré a Tokio. Me alojaré en una habitación que han gestionado para mí, en una residencia de músicos, porque se me hace terrible eso de seguir abusando del sofá de Hanamaki y no tener dónde ensayar. Supongo que cenaré con Hanamaki una última vez, lo invitaré a una cafetería francesa como agradecimiento.
Me gustaba eso de «Última vez». Me dije que sí, que definitivamente habían terminado Kunimi y ese tal Hanamaki. Pero no sabía por qué, algo me angustiaba. Recordé aquellas palabras de Kuro cuando decía que el amor era un problema. Jamás había desconfiado de Akira y me sentía fatal.
Kenma (22:23): ¿me has dicho toda la verdad?
Me sentía un miserable. Un ingenuo. Un estúpido, un miserable y un ingenuo.
Kenma (22:24): no me escribas más.
Mi teléfono volvió a sonar. Una llamada entrante de Akira. Tsukishima contestó en altavoz. Me indicó silencio.
—Qué hiciste ahora, Kunimi.
—Tú no eres Kenma… ¿Tsukishima? ¿Eres tú, Tsukishima? No me digas, ¡Regresaste a Tokio!
—No, no. Sigo en Miyagi, Kenma vino de visita. Cosa que por cierto tú no has hecho. Qué fue lo que le hiciste, Kunimi.
—¡Nada! ¡Lo prometo! ¿Está Kenma allí? Déjame hablar con Kenma.
Negué con la cabeza. Tsukishima me dejó sus papelinas, desconectó el manos libres, y salió de la habitación junto a mi teléfono. Terminé de liarme un segundo cigarrillo y lo iba a encender. Me pudo la curiosidad. Entreabrí con cuidado la puerta de la habitación de Kei. Estaba sentado en la escalera, con mi celular en su oreja. Sin embargo, se alcanzaba a oír parte de lo que decía Kunimi. Estaba gritando.
—¿Le hablaste de Hanamaki-san? ¡Por qué!
—Tenía que decírselo, ¿lo entiendes? Kenma nunca ha estado antes en una relación, y tú eres especialista en destruir corazones.
—¿Por qué tienes que hablar así de mí?
—Oye, lo digo en serio. Kenma también es mi amigo. Como se te ocurra dejarlo depresivo, te mato.
Lo que le respondió Kunimi ya no lo alcancé a oír. Tras un momento de silencio, Kei continuó de la siguiente manera:
—¿Es eso cierto o es otra de tus excusas?
Y luego:
—Si realmente te gusta Kenma y te gusta Hanamaki-san, ambos deberían saber de la existencia del otro.
Y tras una gran pausa:
—Por supuesto que Hanamaki-san no quiere saber más de tus otros chicos, si cada vez que se ha enterado no ha sido por ti, y lo ha descubierto de la peor manera. ¿Acaso le has dicho todo lo que a mí me has dicho?
—Yo no me meto en tus relaciones, así que tú no te metas en las mías.
—Pero sí te metiste, ¿te acuerdas? Y ahora Kuroo-san se fue a la China. ¿Sabes qué te digo? No te mereces a Kenma.
Junté la puerta y encendí mi cigarro.
Entonces era cierto, Kunimi-san salía con otra persona. Carajos. Habíamos pasado dos semanas y en todo ese tiempo estuvo también con otra persona. ¿Por qué no me dijo? Porque esperaba primero acostarse conmigo para saber si yo le gustaba lo suficiente. O esperaba acostarse conmigo para terminar y quedarse con ese otro infeliz de Hanamaki.
Kei regresó a la habitación con dos tazas de chocolate. Me entregó una y dejó la suya en el alfeizar. Dijo que si quería criticar a Kunimi, que me oía encantado. Me regresó el teléfono.
—Honestamente, preferiría ver una película. Una horrible, llena de sangre y de sesos.
Vimos una película bizarra que se llamaba Braindead. Jamás había visto tanta cantidad de sangre falsa. Me dijo Kei que, de hecho, esa película tenía el record de mayor cantidad de sangre falsa empleada en una película. Me sentí afortunado de tener a Kei de amigo.
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Antes de abordar mi tren, Kei quiso decirme unas últimas palabras.
—Hay besos que no significan nada. Alguno de nosotros tenemos ese mal hábito, y es bueno que lo sepas. Kunimi nunca es muy insistente en sus relaciones, por eso me sorprende tu caso. —luego añadió—: ¿Hablarás con él?
—No lo sé. ¿Debería?
—Con una respuesta te ahorrarías varias horas de especulación. Es mejor para la mente dejar las cosas claras.
Supuse que decía eso por Kuro.
—¿Tú qué harías?
—Yo escucharía todo lo que tenga que decirme. Luego, le daría la paliza más brutal del mundo. Le quebraría su estúpida nariz, le dejaría un ojo morado. Mira que hacerte esto a ti… Pero, aunque no lo creas, Kunimi es una buena persona. Su problema es el opuesto al tuyo. Su problema es que no deja de enamorarse. Todos sufrimos por cosas totalmente distintas.
Abordé el tren. Me sentía con ganas de patear traseros.
Notas: Lo sé, es uno de esos capítulos de transición que son una molestia leer y escribir, pero que tienen forzosamente que leerse y escribirse o los capítulos esenciales no dejarían su impronta.
Espero que todos estén bien por el covid, tomando las medidas pertinentes y sin dejarse llevar por la psicosis. A mí estas situaciones me producen mucha ansiedad, pero escribir me ha ayudado un poco a disiparla.
Apreciación #11: es imposible que la suite karelia no me recuerde al fútbol chileno, o que el 2do movimiento del concierto 21 de mozart no vaticine chubascos a media tarde. A veces la asociación de la música con una imagen tan concreta desvirtúa su verdadero significado.
