Capitulo doce

Edward POV

Todavía me costaba pensar que todo es no había sido producto de mi imaginación, si no fuese porque tenía a Bella a mi lado completamente desnuda no lo hubiese creído. Pero allí estaba, acurrucada en mi pecho, con su pelo revuelto y las mejillas sonrosadas… a mi mente volvieron los acontecimientos de esa noche. Me costaba pensar que la Bella que bailaba conmigo mientras se sonrojaba era la misma que hace unos minutos me había cabalgado como toda una experta. Me gustó ver ese lado salvaje en ella, poder compartir un momento así con ella… pero quería más, necesitaba más. Una sola noche me había puesto la miel en los labios, yo necesitaba más de Bella. Y con esos pensamientos me quedé dormido mientras mis brazos la rodeaban.

Cuando me desperté el sol ya había salido, las cortinas estaban cerradas pero algún travieso rayo de sol todavía podía colarse entre ellas iluminando tenuemente la estancia. Estaba algo desubicado, pero cuando vi el vestido de Bella sobre una silla todos los recuerdos de la noche anterior inundaron mi mente. Una sonrisa de idiota se me pegó a la cara y me giré para ver a mi Bella. Cuando lo hice solo me encontré con una cama vacía, me senté y comencé a mirar en todas direcciones buscando algún indicio de donde podría estar, pero no tuve tiempo de imaginar mucho porque enseguida cruzó la puerta y a mí se me cortó la respiración.

Sólo llevaba puesta mi camisa de la noche anterior dejando completamente visibles sus interminables piernas, su pelo suelto caía desordenado en sus hombros, y una perfecta sonrisa acompañada de un leve sonrojo iluminaba su rostro.

– Buenos días –susurró acercándose a la cama–, traigo el desayuno.

Reparé en una pequeña bandeja que traía en sus manos y la ayudé a sentarse a mi lado para que no le cayese nada. Comenzamos a comer en silencio, nos dedicábamos miradas y sonrisas cómplices, adoraba ver como Bella se sonrojaba cuando la pillaba mirándome. Cuando acabamos de desayunar dejé la bandeja sobre la mesita de noche y atraje a Bella hacia mi cuerpo para abrazarla, correspondió a mi abrazo y apoyó la cabeza en mi pecho. Ahí era donde quería estar. Mis brazos parecían tener la longitud justa para envolverla, era como si ese hubiese sido siempre su lugar…

– No quiero que esto quede aquí –ese pensamiento en voz alta abandonó mis labios involuntariamente.

En seguida me arrepentí de haberlo dicho cuando sentí como ella se tensaba entre mis brazos. Alzó la cabeza y nuestras miradas se enlazaron durante unos minutos.

– ¿Qué quieres decir? –susurró.

Acerqué mi rostro al suyo y la besé… estaba desde que me había despertado con ganas de hacerlo y no pude reprimirlas más, la atracción a su cuerpo era más fuerte que yo. Ella me devolvió e beso, intenté mostrarle en él todo lo que me hacía sentir, lo loco que me volvía con sus caricias. El beso se acabó antes de lo que me hubiese gustado, pero ambos necesitábamos respirar. Apoyé mi frente en la suya y dejamos que nuestras respiraciones se normalizaron en completo silencio.

– Me gustas… –dije por fin– me gustas mucho Bella, y no me gustaría desperdiciar la oportunidad de intentar algo.

Se alejó un poco de mí y me miró evaluándome. Supongo que no sería fácil de creer, hacía solo unos días que nos conocíamos, podía parecer apresurado pero era lo que de verdad sentía en ese momento.

– Tú también me gustas –susurró Bella bajando la mirada y sonrojándose de nuevo.

Mi mano se alzó involuntariamente y acarició su mejilla completamente roja, el calor que desprendía su cuerpo era exquisito. Acerqué su rostro al mío y la besé, pero fue un beso diferente, en este ambos teníamos la seguridad de que el otro sentía lo mismo, y eso se notaba. Nuestros labios se amoldaron uno al otro a la perfección, sus manos se aferraron a mi pelo y las mías a su cintura atrayéndola más hacia mí. Mi lengua rozó la suave piel de sus labios y ella los entreabrió dándome paso. Me encantaban los besos con Bella, hacía solo unas horas que los había probado por primera vez, pero ya me había vuelto adicto a ellos. El sabor de su boca era tan dulce y embriagante que mi cuerpo pedía más y más. Nos separamos después de unos segundos y Bella enterró su nariz en mi cuello, haciéndome cosquillas al respirar.

– ¿Entonces que dices? –le pregunté.

– ¿Sobre qué?

– ¿Lo intentamos?

Se apartó para volver a mirarme a los ojos, brillaban con luz propia y estaba sonriendo. La adoré más por eso, por esa mirada tan dulce y tierna que me entregó, en sus ojos no podía ocultar nada. Como predije el primer día, eran tan expresivos que podías ver claramente lo que pasaba por su cabeza. Me revolví un poco para estar más cómodo y la atraje más hacia mí sin que nuestros ojos perdiesen contacto.

– Sólo quiero que nos conozcamos, ver si funcionaría un "nosotros", no te pido más – le aclaré.

Su ceño se frunció y yo sonreí.

– Se lo que estás pensando, yo también lo he hecho y ya tengo la solución.

– ¿Y que se supone que estoy pensando súper estrella? –preguntó sonriendo.

En otra persona me habría molestado lo de "súper estrella" pero sé que ella solo lo hacía para molestarme.

– En mi trabajo súper periodista –bromeé yo también– luego me tienes que explicar que hacías en esa rueda de prensa.

Enrojeció de repente y bajó la mirada avergonzada…

– Eso en otro momento –susurró–, ahora dime lo que habías pensado sobre tu trabajo.

– Hace tiempo que quiero tomarme un descanso y dedicarme a otras cosas… en un par de semanas acabaré mis proyectos pactados y después quería pasar una temporada con mis padres.

– ¿Vas a quedarte en Forks? –preguntó sorprendida.

– Sí… así que, señorita súper periodista… ¿qué contesta a mi pregunta? –dije antes de deslizar mi nariz por su cuello, allí donde más olía a fresas y yo me volvía más loco.

– ¿A que... pregunta exac…exactamente? –dijo jadeando.

– ¿Te gustaría ser mi novia? –susurré en su oído.

Se estremeció entre mis brazos y yo sonreí…

– Claro que sí, señor súper estrella –musitó.

La atraje de nuevo hacia mí chocando sus labios con los míos, pero ese beso era diferente, en este había más pasión y ¿por qué no decirlo? También más propiedad, ahora era mi novia… solo mía. Bella se separó y me miró sonriendo y algo avergonzada.

– Anoche llamó Emmett –susurró–. Cuando no contestamos… dejó un mensaje en el contestador. Estaba preocupado porque no volvías a casa… llamó a tu móvil y no contestabas y como vio que yo tampoco lo hacía se ha hecho sus propias teorías de lo que estaba pasando.

Ahora el que se ruborizó fui yo… iba a matar a Emmett.

– ¿Qué ha dicho exactamente? –pregunté.

– No ha sido nada… olvídalo.

– Bella… –la inste.

Suspiró y se puso de un tono de rojo en el que nunca la había visto, reprimí una sonrisa para no hacerla sentirse peor.

– Nos recomendó que usásemos protección, que no creía a tus padres les hiciese muy felices tener nietos tan pronto –dijo con hilo de voz mientras miraba sus manos.

Abracé a Bella de nuevo y enterré mi nariz en su pelo… tenía que olvidar las tonterías de Emmett… me quería quedar así para siempre.

Bella POV

Después de esa pequeña conversación en el que el arrebol subió a mis mejillas de todos los colores posibles nos dimos una ducha rápida y nos fuimos a su casa. Durante el trayecto en coche, Edward sujetó mi mano y me dedicaba miradas de reojo. No me molestaba el sentirme observada por él, era todo lo contrario, me sentía más importante para que nunca.

Cuando llegamos a la mansión Cullen, una muy entusiasmada Alice nos esperaba dando botes en el sofá de la sala. En cuanto cruzamos la puerta, se abalanzó sobre nosotros y comenzó a felicitarnos.

– ¡Vamos Bella! –Dijo tirando de mí– ¡Tienes que contarnos todo a Rose y a mí!

Edward rodeó mi cintura con un brazo y pegó mi espalda a su pecho, nunca me había sentido tan protegida como en ese momento.

– No me la vas robar –dijo Edward mirándola fijamente–, Ya tendréis tiempo de hacer cosas de chicas cuando me vaya.

Alice le devolvió la mirada con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Pero después de unos segundos su semblante serio fue sustituido por una deslumbrante sonrisa.

– Está bien –dijo con tranquilidad–. Pero me debes una tarde de compras cuando este se vaya.

– ¡No! –grité–. Y tú no vas a obligarme, enana endemoniada.

– Claro que vendrás… no querrás que el álbum de fotos de nuestra última fiesta de pijamas llegue a manos indeseadas –me amenazó sonriendo.

Palidecí al instante y mi barbilla comenzó a temblar de frustración. Edward comenzó a reír a mi espalda y yo le di un codazo en las costillas provocando que gimiera de dolor.

– Tú te callas, señor súper estrella –susurré.

– ¡Os dejo solos parejita! –Canturreó Alice dirigiéndose hacia las escaleras– Me voy con Rose a Port Ángeles.

– Alice –la llamó Edward con los ojos entrecerrados– ¿tú no deberías de tener resaca o algo así?

Alice se detuvo y giró hacia nosotros con su mejor cara de enferma.

– ¡Oh sí! –Dijo sujetándose la cabeza teatralmente– me tomaré un calmante y luego saldré con Rose a tomar un poco el aire.

– ¿Tomar el aire en un centro comercial? –pregunté yo alzando una ceja.

Alice se quedó unos minutos en silencio completamente inmóvil en mitad del salón.

– ¡Está bien! –gritó alzando los brazos– Es que sois tan lentos… ¡tenía que hacer algo! Daros un empujoncito al menos… ¿a que seguro que ahora me lo agradecéis?

– Alice… –gruñimos Edward y yo a la vez.

Pero la pequeña demonio ya había subido las escaleras y cerrado la puerta de su habitación.

.

Los siguientes dos días Edward y yo pasábamos casi todo el día juntos, durante el día estábamos en casa de sus padres y durante las noches íbamos a mi apartamento a alargarlas lo máximo posible. Ambos sabíamos que tenía que viajar en solo unos días, y por eso intentábamos apurar cada segundo que teníamos juntos.

Paseábamos por el parque, nos sentábamos en cualquier banco mientras jugábamos con Seth. Parecía como si el tiempo se detuviese cuando estábamos juntos. Pero inevitablemente no lo hacía, el reloj continuaba haciendo avanzar sus manecillas acercando así el momento de la despedida. Una tarde decidimos ir todos a Por Ángeles a ver una película al cine. Emmett fue con una gorra y un cómico bigote pelirrojo que se le descolgaba continuamente, fue blanco de las burlas de Rose durante toda la tarde, e incluso cuando fuimos a cenar a un burguer casi se lo traga mientras lo masticaba junto con su hamburguesa. Edward iba con su inconfundible gorra y sus gafas de sol… que más que pasar desapercibido solo llamaba la atención, era como ponerse un cartel en la frente que dijese "Soy Edward Cullen, pídanme autógrafos". Pero a mí no me molestaba que las chicas lo parasen, me sentía orgullosa de que él tuviese éxito en su trabajo, él era feliz así y yo era feliz viéndolo sonreír.

Rose ya se había mudado a mi apartamento, aunque la mayor parte del día también la pasaba en casa de los Cullen haciendo planes maquiavélicos con Alice y Emmett. Parecía que su único cometido de esos días era avergonzarnos a Edward y a mí, cosa que conseguían muy a menudo.

Faltaban solo tres días para que Edward cogiese un avión rumbo a Los Ángeles. Nos quedaban sólo dos noches para estar juntos… y la pasada la habíamos aprovechado al máximo, la caja de condones que me había regalado Alice se nos había quedado pequeña y tuvimos que ir a una farmacia para abastecernos. Esa mañana, Alice llamó a Edward demasiado temprano, yo estaba medio adormilada mientras hablaban y apenas escuché nada de su conversación. Solo fui consciente de un beso de Edward en mi frente y de una promesa en la que me decía que volvería. Me desperté pasadas las doce del medio día, desayuné algo rápido y me di una ducha. Cuando acabé me senté en el sofá y me quedé mirando a la televisión apagada fijamente.

Los minutos pasaban y Edward no daba señales de vida, lo llamé varias veces pero no contestaba el teléfono, y Alice y Rose tampoco lo hacían. Estaba preocupada, eso no era normal, nos quedaban solo dos días juntos y él mismo me había dicho la noche anterior que no quería desperdiciar ni un solo segundo. Sabía que algo andaba mal, no sabía exactamente el qué pero algo no era como se esperaba.

Encendí la televisión totalmente nerviosa, estaba sin volumen pero eso no fue lo que me impactó. Allí en la televisión había una foto de Edward y mía en la puerta del cine, estábamos abrazados y sonriendo. Al ver esa foto algo se rompió en mi pecho, estoy segura de que incluso podía haber oído el característico crack. Edward parecía una divinidad en esa foto, era guapo, atlético… incluso con esas ropas desgarbadas y unas gafas ocultando su rostro parecía un dios bajado del mismo paraíso. Yo solo era una más a su lado, no era fea, pero no destacaba en aquella imagen, podían haber puesto un florero a su lado que llamaría más la atención que yo.

Parecía un programa de esos de cotilleo, no podía escuchar lo que decían pero tampoco podía si quiera pulsar el botón del volumen porque estaba paralizada. Y me entró el pánico… Edward y yo nunca habíamos hablado de qué hacer si algo como eso llegase a pasar… ¿y ahora qué? ¿Edward reconocería que estamos juntos? ¿Haría como si no pasase nada y todo seguiría según lo planeado? ¿Y si…? ¡No! Me negaba a pensar algo así… Edward quería intentarlo conmigo, no me dejaría por algo como eso… ¿cierto?

El timbre sonó y con movimientos autómatas le levanté del sofá y llegué a la puerta. La abrí casi sin fuerzas y cuando vi quien estaba al otro lado mi mundo se iluminó de nuevo. Me tiré a sus brazos y lo abracé con fuerza… habían sido solo unos minutos en los que había dudado pero me sentía mal por ello, Edward no era así…

Lo besé con ansias y él me devolvió el beso mientras me pegaba contra la pared y presionaba mi cuerpo contra el suyo. Nunca un beso con Edward había sido tan pasional, pero aunque no conocía esa faceta de él me encantaba ser yo la que lo despertaba de ese modo. Me abrazó durante unos segundos son la nariz pegada a mi cuello. Sus brazos me estrechaban con tanta fuerza que casi me faltaba el aire.

Se alejó un poco y cuando nuestros ojos se cruzaron mi mundo se derrumbó… estaban vacíos, fríos, distantes…

– Lo siento… –dijo extendiéndome las llaves del volvo–, gracias por dejármelo, como te prometí el depósito de combustible está lleno.

Sonrió con dificultad, pero esa sonrisa no llego a sus ojos. Yo no era capaz de moverme, estaba totalmente paralizada mirando sus ojos, perdiéndome en ese mar verde que ya no era cálido ni tierno. Parecía un bosque oscuro y lúgubre.

– Se ha adelantado mi viaje… nos vemos Bella –dijo con voz neutra.

– ¿Ya te vas? –pregunté con un hilo de voz.

– Sí, es lo mejor…

– ¿Volverás? –pregunté con una única esperanza de que no fuese lo que yo estaba pensando.

Negó con la cabeza y sentí como el mundo temblaba bajo mis pies.

– Lo siento si te di falsas esperanzas… no era mi intención hacerte daño –extendió su mano y acarició mi mejilla.

Mis ojos comenzaron a desbordarse y las traicioneras lágrimas comenzaron a descender por mis mejillas.

– No habría funcionado –susurró mirando al suelo con la mandíbula apretada– Adiós Isabella.

Y sin más dio media vuelta y desapareció. Me quedé paralizada en el umbral de la puerta, con las llaves del volvo todavía en mis manos… temblando, dejando que las lágrimas inundasen mis mejillas muriendo luego en el suelo. Senti como mi corazón se iba rompiendo pedazo a pedazo. Muriendo lentamente y en silencio.

No sé cuánto tiempo estuve así hasta que llego Rose y me llevó a empujones hasta el interior de la casa. Me preparó un té caliente y me sentó en el sofá pasando una manta por mis hombros. Todo eso en silencio, sin pronunciar una sola palabra que rompiese la burbuja de angustia que había creado a mí alrededor.

– ¿Cómo estás? –preguntó en un susurro sentándose a mi lado y tomando mis manos entre las suyas.

– Se ha ido –musité mirando un punto fijo en la pared.

– Bella… lo siento mucho. Alice me ha dicho que mañana podemos ir con ella hasta Seattle, te sentará bien cambiar de aires.

– Se ha ido –volví a decir.

– Lo sé Bella, pero tienes que…

– ¡No! –La corté gritando– ¡Se ha ido, Rose!

– Lo sé cariño, pero…

– ¡Tú lo sabías! Sabias que se iba a ir y dejaste que viniese a romperme en mil pedazos –la acusé.

– Lo siento –dijo bajando la mirada.

– ¡Tú y Alice lo sabíais y aun así dejasteis que viniese! –volví a gritar.

– El quería hacerlo… era lo justo.

– ¿Justo? –Grité mientras nuevas lágrimas ahora de furia ardían en mis mejillas– ¿te parece justo que haya jugado conmigo?

– No ha sido así Bella... se ha ido porque quería…

– ¡No! Ya sé porque se ha ido, no hace falta que me repitas lo evidente –dije exasperada.

– Bella, escúchame, no estás entendiendo nada –decía intentando detenerme.

– No quiero hablar más de esto Rose, solo quiero estar sola.

Me puse en pie y me dirigí a mi habitación, cerré la puerta de un portazo y me dejé caer sobre la cama. Los sollozos se abrieron paso en mi pecho partiéndome en dos. No entendía porque me había hecho tanto daño su partida, no era solo el pensar que había jugado conmigo, había algo más, una soledad que me estaba volviendo loca. Enterré mi cara en la almohada y grité con todas mis fuerzas, desgarrando mi garganta en el proceso. Cuando cogí aire de nuevo el olor de Edward impregnado en las sábanas inundó mis pulmones. Me hice un ovillo y me tapé con ellas dejando que su esencia me envolviese, dejando que mi piel intentase volver a oler como él de nuevo… y entonces con el último crack de mi corazón me di cuenta de lo más importante, de porque Edward me había matado en vida con su partida: estaba enamorada de él. Había sido solo en unos días, pero se había colado en mi corazón y había gravado su nombre a fuego en él haciendo que le perteneciese irrevocablemente.