El viaje era de cuatro horas y Sealand, aunque fuera una nación, no dejaba de ser un niño como cualquier otro. Como se aburrió pronto incluso de darle conversación a Raivis, se dedicó a espiarlo por encima del hombro mientras miraba la pantalla de su móvil.

— Tienes muchas fotos de Nueva York, ¿recuerdas haber estado allí para las conferencias?

— No.

— Entonces, ¿por qué tienes tantas? ¿Has ido hace poco?

— Me gustaría ir algún día con mis hermanos. Llevamos tres años ahorrando.

— Pues sí que podéis ir ahorrando: es carísimo. Yo he estado, porque me he colado en reuniones de la ONU alguna vez, y no es para tanto, te lo aseguro.

— Bueno, pues nosotros queremos ir allí.

— ¿Por qué ese sitio en concreto? ¿Por qué es tan importante?

Raivis apagó la pantalla del móvil y suspiró.

— Un amigo de mi hermano Toris...Hace tres años su hermano pequeño de ocho años murió de leucemia. Lo pasó tan mal que sigue yendo al psicólogo. Afectó incluso a Toris. Nos pusimos a hablar sobre el tema...nos dimos cuenta de que si nos pasara algo así a nosotros...si...de repente a uno de nosotros le sacaran alguna cosa...si tuviera algún accidente...no queremos quedarnos con cosas pendientes, por hacer juntos, por decir, como le pasó al amigo. Queremos ir allí para pasar los mejores días de nuestras vidas y hacernos un tatuaje para no olvidar que pase lo que pase, estamos juntos.

Se hizo un silencio largo en el coche. Al principio Raivis sintió que había dicho algo realmente estúpido, hasta que le pareció notar que era más bien de tristeza. Finlandia, en el asiento del copiloto, se inclinó a un lado hasta que su cabeza tocó el cristal de la ventanilla. Incluso Sealand pareció perder su exceso de energía por un momento.

— ...Debimos haber hecho eso tú y yo...

Sin embargo, él recuperó la sonrisa pronto y le dio un codazo amistoso a Raivis.

— Pero estás aquí de nuevo y podemos ir a sitios y hacernos tatus y todo eso.

Al cabo de alrededor de un cuarto de hora cruzaron la frontera.

— Ya estás en casa—le dijo Sealand—. ¿Notas algo?

— ¿Qué debería notar?—preguntó Raivis.

— Como que estás en el mejor lugar del mundo, en casa.

— ...No...Tan solo...

— ¿Qué?

— No sé, como un escalofrío.

— Eso es bueno.

Pero Raivis no estaba muy seguro de que fuera una sensación sobrenatural, sino un cierto sentimiento de anticipación, el salir de su país por primera vez, adentrarse en un terreno desconocido. Miraba los árboles de los bosques al pasar y se decía que en algún lugar, en aquel pedazo de tierra, podía estar esperándolo algo grande...

Hicieron una parada poco después en un bar de carretera, donde comieron. Raivis pudo comprobar que aunque eran personas muy distintas entre sí, daban completamente el pego como familia. Incluso le había parecido que Suecia trataba a Finlandia como si realmente se creyera que fuera su esposo. Hablando de Suecia, era realmente un hombre parco en palabras. A pesar de que no había hecho nada que lo hubiera puesto contra él, parecía permanentemente frío, incluso fingiendo ser un buen marido. Sin embargo, terminó por ver que no había ninguna inquina personal, era simplemente su carácter. Era imposible para Raivis saber qué pensaba de todo aquello, pues no abrió la boca en ningún momento salvo para contestar con monosílabos a las preguntas que se le hacían ni su cara reflejaba ningún sentimiento en absoluto. En cuanto a Ladonia, tampoco era muy hablador, pero únicamente en presencia de Raivis, como si no le cayera bien, no confiara en él o aún estuviera decidiendo qué pensar de él.

— ¿Puedo preguntarte algo?

Mientras Suecia acompañaba a sus falsos hijos a por un helado que se les antojó, Finlandia salió con Raivis a la puerta del local, con los brazos cruzados.

— Tu hermano...Estonia...Quiero decir, el de las gafas...

— ¿Eduard?

— ¿Así se llama ahora? ¿Eduard? ...¿Cómo está?

— Bien, supongo...Está a poco de entrar en la universidad, pero sus notas más bajas son notables, así que le irá bien.

— Vaya...

— ...¿Lo conocías?—preguntó Raivis.

— Éramos amigos desde hace mucho tiempo...siglos...

— ¿Cómo era antes? Cuando era Estonia.

— Pues...—Finlandia esbozó una sonrisa—. Era listo y muy discreto. Recuerdo cuando tocaba el piano y cantaba en las fiestas. Tenía un don para hacerte sentir en casa...

Raivis sonrió.

— Nunca le he visto tocar, pero...Si es así, entonces no ha cambiado mucho.

Aquello hizo ensancharse la sonrisa de Finlandia, pero en sus ojos le pareció ver una cierta melancolía.

— Tú sí que has cambiado. Antes eras muy diferente—le dijo.

— Sí, he estado investigando. Letonia parecía un chico muy tímido.

— Sí, me temo que es el efecto de...

Finlandia calló y Raivis no tuvo tiempo de pedirle que se explicara antes de que Suecia, Sealand y Ladonia se reunieran con ellos.

— Te he traído uno de fresa. Era el sabor que te gustaba—le dijo Sealand, tendiéndole un cono.

A Raivis la verdad era que le gustaba más la vainilla, pero ya que se había tomado aquella molestia lo aceptó, dio las gracias y se lo comió sin rechistar.

Horas después, llegaron a Riga. Buscaron aparcamiento y deambularon por la ciudad a pie, callejando por las calles.

— ¿Te viene algo?—preguntó Sealand a Raivis.

— Sssh. Dale tiempo—le dijo Finlandia.

Aquellas calles adoquinadas, la gente que iba metida en sus asuntos sin meterse con nadie ni tampoco preocuparse por los demás, los edificios estéticamente agradables...En muchos edificios había unas decoraciones que llamaron tanto la atención de Raivis que sacó varias fotos con el móvil.

— Art nouveau—dijo Ladonia, entendido en el tema del arte.

— Hay más de 750. Por eso se conoce a Riga como la ciudad de las mil caras—explicó Finlandia.

— Pero esa estatua de ahí...—señaló Raivis—. Ese es Lenin, ¿no?

— Sí, por supuesto. La influencia de Rusia.

Sí, se veía que Riga era una mezcla de estilos. Era una lástima no saber letón, para averiguar qué significaban algunos monumentos.

Tras una larga caminata llegaron a aquella estatua que Raivis había visto en el folleto que le había dado Sealand días antes, de una mujer con los brazos extendidos hacia el cielo, sosteniendo una estrella.

— Tu estatua de la libertad—le dijo él, posando una mano sobre su hombro.

— Irónico—comentó Ladonia en voz baja.

— ¿Por qué?—Raivis volvió la cabeza hacia él.

— Bueno, se construyó en 1935—contestó Sealand—. Poco después Rusia te llevó consigo. No fuiste cien por cien independiente hasta 1991.

— ...¿Tan tarde?—murmuró Raivis.

— Ten en cuenta que este territorio es bastante estratégico. Rusia lo sabía. Alemania y Prusia lo sabían. Polonia lo sabía. El señor Suecia, aquí presente, también.

Raivis se quedó mirando a Suecia.

— Yo...¿te pertenecí?

— Parte yo, parte Polonia—aclaró Suecia.

— ...¿Cómo 'en parte'?

Suecia se encogió de hombros, dejando a Raivis con la duda de cómo eso era posible. Pero ahora comprendía la mezcla de estilos.

— Mira...

El grupo se detuvo en la parte más antigua de la ciudad, frente a una casa unifamiliar...O, más bien, un edificio mugriento, con una selva por jardín, ventanas sin un solo cristal intacto y techo medio caído

— Esa era tu casa...—señaló Sealand.

Tras comprobar que no había moros en la costa, forzó la valla oxidada y se coló, haciendo un gesto a Raivis para que lo siguiera.

— Tened cuidado—les dijo Finlandia. Por precaución no entraron todos, los demás se quedaron afuera vigilando por si ocurría cualquier eventualidad.

Raivis se abrió paso entre un jardín que tras veinte años sin cuidados se había convertido en un mar de hierbajos y un vertedero (tropezó con varias botellas y latas) hasta la entrada, que Sealand abrió con solo un empujón.

— ¿Lo notas? Aquí vivías tú—dijo Sealand, viendo la expresión en su rostro cuando se adentraron.

En realidad, era la humedad, que era tan fuerte que Raivis sentía que le cerraba los bronquios. Era una casa pequeña, pero otrora tuvo que ser muy agradable. Eso creía porque se fijó en cómo Sealand deambulaba por ella apenado al ver el papel de las paredes lleno de moho, lleno de agujeros, el suelo levantado, las pruebas repartidas por toda la casa de que allí había entrado gente a drogarse y a hacer salvajadas. Por las paredes había mensajes realmente inquietantes. «Letonia se la chupa al diablo en el infierno», «Descansa en pis», «Dibuja un círculo, es tu tumba», escritos en inglés.

— ...Salvajes...Mira lo que le han hecho a tu casa...

Raivis se volvió hacia Sealand, el cual tenía los ojos brillantes. Se sintió incluso mal por no sentir realmente nada.

Pero algo llamó su atención. En un rincón, en lo que parecía ser el salón de estar, había algo que alguien había dejado abandonado en un rincón, pasado por alto durante el saqueo y el destrozo de la casa tras la muerte de Letonia. Era un pequeño colgante de ámbar con forma de lágrima. A pesar del estado de la casa, éste se conservaba tan solo un poco sucio. Lo tomó en sus manos y lo acarició con la punta de los dedos.

— Lo que le pasó a esta casa es como lo que te hicieron a ti—continuó Sealand.

Raivis se guardó el colgante en el bolsillo mientras caminaba hacia él.

— ...A tu memoria, quiero decir. Al principio tu presi te mencionaba todo el tiempo, decía que había que ser fuertes por ti, que tenían que seguir tu ejemplo de valentía, que cuidaría de tu legado, pero ha pasado el tiempo y han dejado que todo se pudra...Mira esto...Es lo que le pasa a tu país, Letonia...La gente ya no baila, ni celebra nada ni se ríe. Están todo el día con los móviles, no se acuerdan de sus tradiciones, creen que son cosas tontas y desfasadas, no conocen a sus vecinos, les da igual. Les da igual todo. Por eso los jefes de tu casa ya no se molestan en hacer lo que tú habrías hecho...Es así aquí, en Lituania y en Estonia. Y en todas partes...A veces oigo hablar a papá y mamá. A sus gobiernos ya les da igual dónde y cómo están. Ya ni se acuerdan de que una vez fueron alguien importante...Desde que os mataron...Han dejado que todo lo que os importaba muriera...

Sacudiendo la cabeza, Sealand se volvió hacia él.

— ¿Tienes algo?

— No sé...No estoy muy seguro...

— Sé de algo que no puede fallar. Vamos a la catedral.

Salieron de allí con el mismo cuidado con el que entraron, pues el edificio parecía amenazar con caer sobre sus cabezas a cualquier paso en falso. Salieron de allí, pero antes Raivis volvió la cabeza para observar lo que una vez fue el refugio de Letonia, ahora convertido en cualquier cosa menos un hogar.


— Anda, sed buenos chicos y venid a ayudarme.

El señor Neikus esperó a que Eduard y Toris salieran a ayudarlo a descargar la compra del coche. Entre tanto se fijó en que el señor Braginksy volvía a casa. Y lo más curioso de todo: acompañado de dos jovencitas morenas.

— Buenas tardes, vecino—lo saludó—. Qué bien acompañado te veo.

— Estas son mis hijas, Natalia y Yekaterina, que han venido a verme—contestó él con una sonrisa tímida.

— Mucho gusto, señoritas. Qué cosas, tantos años al lado y no sabía que tuvieras hijas.

— Se quedaron en Rusia cuando me vine aquí.

Por fin salieron Toris y Eduard y algo extraño sucedió cuando el primero posó los ojos en su vecino y las muchachas. Al encontrar su mirada a la más joven, sus pupilas se dilataron y sintió que su corazón daba un vuelco. Ella se lo quedó mirando muy fijamente, con una expresión inescrutable, quizás de sorpresa o gran curiosidad, y Toris se sintió repentinamente vergonzoso. Eduard le tuvo que dar un codazo para que lo ayudara con unas bolsas especialmente pesadas.

— Que tienes novia—le recordó.

— ¿Qué dices?—Toris frunció el ceño.

Pero aun así no podía dejar de mirarla. Parecía que el sentimiento era mutuo, porque ella se lo quedó mirando también. Es más, parecía que ambos habían atraído la atención de las muchachas, pues la mayor también se fijó en ellos dos y parecía estupefacta.

— Habéis ligado, ¿eh?—les sonrió su padre—. Aprovecha, Eduard.

— ¿Qué dices, papá?—se sonrojó Eduard. Las dos eran muy guapas, sí, pero ni en un millón de años se le habría pasado por la cabeza decirles nada, y menos siendo hijas del señor Braginsky.

En cuanto a él, no tardó en fijarse tampoco de la forma en que sus hijas miraban a los dos muchachos y se apresuró a decirle adiós a los vecinos y las empujó con suavidad hacia la casa, mientras ellas despertaban de su estupor.

Fue entonces cuando la señora Neikus apareció, caminando acalorada como si viniera de correr la maratón y no de trabajar.

— ¡Tomas! ¡Raivis!

— ¿Qué pasa con Raivis?—preguntó el señor Neikus, dejando a un lado lo que estaba haciendo.

— ¡Me he encontrado a la señora Bukelskis en la calle! ¡Hemos estado hablando y me ha dicho que su hijo no ha dado ninguna pijamada! ¡Nos ha mentido!

Se volvió hacia sus hijos mayores.

— ¿Vosotros sabíais algo?

Toris y Eduard lo negaron todo, por supuesto. Estaban tan sorprendidos como ellos. La señora Neikus sacó su móvil y comenzó a llamar.

— Este chico se la ha cargado...Me va a oír...

Toris y Eduard siguieron cargando la compra con cautela. En la cocina, se detuvieron a hablar.

— ¿Qué se le habrá pasado por la cabeza a Raivis para mentir a papá y mamá?—preguntó Toris.

Se cruzó de brazos, mirando por la ventana mientras sus padres hablaban de qué harían cuando Raivis diera señales de vida.

— Lo peor es que nos ha mentido a nosotros.

— Más le vale tener un buen motivo—dijo Eduard, apoyándose en la encimera—. No es que esté enfadado, sino...preocupado. Raivis nunca ha hecho algo así. ¿Por qué iba a hacerlo?

— Ya...

Eduard se acercó a su hermano y notó adónde se dirigían sus ojos.

— Son monas, ¿verdad?

Estaba mirando hacia la casa del vecino.

Toris volvió la cabeza hacia él y frunció el ceño.

— Tengo ojos en la cara, ¿vale? No es un crimen mirar...—lleno de vergüenza, se alejó de la ventana y trató de concentrarse en su hermano perdido.


Había algo más en el aire que el olor que despedía el samovar. Un silencio que estropeaba la placidez en el salón.

— No tendríais que haberos arriesgado, viniendo aquí.

— ...Esos chicos, los de al lado...Son...idénticos a...

El señor Braginsky sacudió la cabeza.

— ¿Qué está pasando?—insistió la joven de mayor estatura, con las manos sobre el regazo.

— Nada—los ojos del señor Braginsky se clavaron en ella—. No pasa absolutamente nada.

Era evidente que ocurría algo más de lo que él no quería hablar, de modo que Natalia hizo todo lo posible por cambiar de tema, posando una mano sobre la de él.

— Hace veinte años que no te vemos, hermano. Te echábamos de menos.


«República de Letonia. República de Lituania. República de Estonia. ?-20XX. "La libertad nunca es dada; se gana" (A. Philip Randolph)»

La placa se encontraba en la nave principal de la catedral, y sin embargo parecía tan discreta. Años atrás, cuando el recuerdo de la matanza era reciente y quedaban aún naciones, la placa tenía flores y cintas de colores alrededor. Ahora estaba desnuda, y parecía que no se le había sacado brillo en años. La tocó con la punta de los dedos y nadie le llamó la atención por ello.

Ahí, en un pequeño cajetín, estaban los pocos restos de tres naciones...Naciones de carne y hueso...Él, en otro tiempo, en otro lugar...

Ahora sí que sintió algo, un escalofrío por la espalda.

— ...Debió de ser horrible...De algo tan grande...que quedara solamente esto...

Ninguno de sus acompañantes habló. A una distancia prudencial, simplemente lo miraron, graves, sin duda reviviendo el día en que los restos fueron depositados ahí, en una ceremonia solemne. Ahora era un pequeño detalle que la mayoría de los turistas pasaba por alto y se llevaba si acaso una foto, sin comprender realmente su significado.

Letonia había pasado de mano en mano desde que nació. Siempre había una nación más grande interesada en controlar su terreno y explotar sus recursos. Y para cuando comenzaba a saborear la libertad...esto. Y no fue una muerte agradable.

El corazón de Raivis comenzó a golpear con fuerza su pecho. Una vida dura y una muerte atroz.

— ¿Lo ves, Letonia? Estás ahí—habló Sealand.

Era feliz. Se sentía bien. Era su propio dueño, podía hacer lo que quisiera, tenía derechos. Y entonces llegó aquella gente, que creía que era un monstruo. Fue perseguido como un animal. Acorralado...

—Eso eres tú.

Vivió con miedo toda su vida y murió aterrado. ¿Cómo? ¿Derretido? ¿Quemado? ¿Destrozado? Fuera como fuera, terminó su vida de una forma atroz.

Y a nadie le importó de veras.

— ¡N-NO!

No poca gente volvió la cabeza al oír aquel grito que hizo eco. Raivis apartó la mano de la placa como si quemara.

— ¡Pero Letonia!—dijo Sealand.

— ¡Yo no soy Letonia! ¡Yo no soy Letonia! ¡Yo no soy Letonia!

Sealand retrocedió estupefacto.

— ¡Todo esto es demasiado horrible! ¡Tanta guerra, vivir como un esclavo durante siglos y cuando por sin se consigue la libertad vienen unos locos y...! ¡No quiero oír más! ¡Solo de escucharlo me pone los pelos de punta! ¡Letonia tuvo una vida horrible y murió como un perro! ¿Por qué tenéis que remover el pasado? ¿Por qué no dejáis que descanse en paz de una vez? ¡Yo no soy él! ¡Ahora tengo muy claro que yo no tengo nada que ver con ese pobre desgraciado! ¡No quiero tener nada que ver con toda esta mierda! ¡Quiero irme a casa! ¡Llevadme de vuelta!

— ¡Pero Letonia!—chilló Sealand—. ¡Esta era tu vida! ¡Sé que no fue bonita, pero era tuya! ¡Tienes que volver!

— ¡Sealand!—lo acalló Finlandia.

— Sealand, ya basta—dijo Suecia.

— ¡No! ¡Tiene que recordar!

— Esto ha sido un error. Lo lamento de veras—dijo Finlandia a Raivis—. Suecia...Volvamos a casa.

— ¡Un poco más, por favor! ¡Dejadme probar una cosa más!—exclamó él.

— No, Sealand. Se acabó. No es Letonia—atajó Suecia.

— Pero...

— No es Letonia.

Sealand por fin calló y bajó la cabeza. Parecía estar a punto de llorar. Igual que Raivis. Salieron de la catedral ignorando las miradas de reprobación de turistas y personal, que no aprobaban los gritos que habían dado en lugar sagrado.

El viaje de vuelta, ya de noche, fue un tanto deprimente. Se hizo eterno. Nadie habló. Raivis se mantuvo en un rincón, acurrucado, evitando todo contacto. Cuando por fin llegaron a la ciudad, Raivis por fin rompió el silencio:

— Dejadme aquí.

Era más de medianoche. Su casa quedaba a media hora. Pero no quería pasar ni un minuto más en aquella compañía. Suecia obedeció y detuvo el coche. Raivis, sin mirar a nadie ni decir nada más, se bajó del coche y se perdió en la noche. Sealand se lo quedó mirando mientras se alejaba.

— ...¿Me...me he equivocado? ¿No era Letonia?

— Ya te lo dijimos—dijo Ladonia, un tanto irritado por aquel viaje en vano.

Los cuatro emprendieron el camino de vuelta a casa, sintiendo que habían perdido el tiempo y quizás algo más. Sabían que presentarse en Lituania para el vigésimo aniversario de la muerte de sus amigos iba a dejarlos con mal sabor de boca, pero esto...esto era mucho peor. Desearon no haber coincidido con aquellos muchachos. El dolor no habría sido tan fuerte...


— ¡¿Dónde demonios te habías metido?!

Toris y Eduard se habían acostado, pero no saber dónde estaba su hermano pequeño les impedía dormir. De modo que cuando su madre, que esperaba en el salón a que volviera Raivis, lo vio entrar a hurtadillas, oyeron perfectamente la tormenta. Su padre bajó las escaleras y se unió al vapuleo.

— ¡Nos has mentido! ¡No sabes lo preocupados que hemos estado!

Se quedaron a la escucha, hasta que se hizo el silencio y se oyeron pasos subiendo las escaleras y la puerta se abrió.

Nada más entrar, Raivis se desvistió de mala gana y habló sin mirarlos:

— No me echéis la bronca vosotros también, ¿vale?

Se acostó, tapándose hasta las orejas y de espaldas a sus hermanos, como protegiéndose de su juicio. Sin embargo, Toris y Eduard se acercaron.

— Raivis...—le dijo Toris.

— Dejadme en paz—la voz de Raivis sonó temblorosa y el bulto se encogió aún más.

Toris volvió la cabeza hacia Eduard y él le aconsejó con un gesto que no insistiera.