Lituania echó un vistazo afuera antes de cerrar bien la puerta y poner en marcha el tocadiscos. Elvis comenzó a cantar, eso sí, bajito, por si acaso Rusia estaba al acecho. Estonia sacó la botella de vodka de debajo de la cama y los paquetes que habían guardado con celo.

— Feliz cumpleaños, Letonia.

— Feliz cumpleaños.

El de Lituania era muy pequeño. Cuando lo abrió, Letonia vio que eso se debía a que era un colgante de ámbar con forma de lágrima.

— Lo he hecho yo mismo en mi tiempo libre. Es ámbar de nuestra tierra. Para que tengas algo de allí y no te sientas tan lejos de casa.

— ¡Vaya, gracias!—sonrió Letonia, poniéndoselo de inmediato—. La verdad es que me vendrá de perlas: cuando estoy nervioso necesito tener algo en las manos...Oye, me gusta cómo te queda la melena.

— ¿No te ha reprendido Rusia por ese cambio de imagen?—preguntó Estonia, limpiándose la boca con el dorso de la mano después de dar un trago a la botella. No solía beber mucho pero, qué demonios, era una ocasión especial.

— Lo he llevado así toda la vida—contestó Lituania, toqueteándose el pelo—. Durante el Medievo me lo trenzaba y todo. A Rusia no le importa. Está tan enfrascado en su carrera espacial contra América que podría presentarme a trabajar vestido de payaso y no se daría cuenta.

— Si está distraído, mejor para nosotros—Letonia abrió el regalo de Estonia y él se lo explicó—. Un jersey bien calentito.

— Muchas gracias, Estonia—le dijo Letonia.

Dejó los regalos encima de su cama y sacó de debajo de la almohada una chocolatina.

— Sé que no es mucho, pero al menos podemos darnos un capricho.

Una tableta para tres no daba para mucho, pero era chocolate del bueno, de modo que fue un auténtico placer. ¿Cuándo fue la última vez que probaron el chocolate? Debió de haber sido hacía décadas, pues por un momento no hablaron, se dedicaron a degustar con gran gusto el chocolate.

— Cuando esto termine tenemos que irnos de picnic. Conozco un lugar muy soleado—comentó Estonia.

«Eso si esto termina alguna vez», pensó Letonia, pero calló. No era de recibo arruinar el buen ambiente. Era su cumpleaños. Quería tener aunque fuera una sola noche tranquila.

Además, mayores imperios habían caído, ¿no? La Unión Soviética también caería, tarde o temprano.

— Yo digo que nos larguemos, que saltemos las vallas y nos larguemos al Oeste—dijo el menor—. Total, Rusia ya nos hace la vida imposible.

Lituania rió.

— Conforme—dijo, llevándose la botella de vodka a los labios.