Capitulo catorce

Bella POV

Ese fue el peor día de mi vida, cuando la noche se me echó encima ya no sabía cuántas horas había pasado llorando, acurrucada entre las sábanas que olían como Edward… Rose aporreó la puerta de mi habitación durante unos minutos, pero al no obtener ningún tipo de respuesta por mi parte optó por irse y dejarme sola… mejor, no me apetecía verla, ni a ella ni a Alice. Me sentía traicionada por ellas, ambas sabían que Edward iba a dejarme y dejaron que fuese a mi casa a decirme toda esa sarta de mentiras. Dejaron que fuese a hundirme y luego querían que fuese con ellas de compras como si no pasase nada.

Cuando la noche se me echó encima apenas pude pegar ojo. Cada vez que lo hacía la imagen de los ojos de Edward aparecía ante ellos, esos ojos fríos y vacíos que me helaban la sangre en las venas. Y cuando me quedaba dormida por unos minutos era todavía peor… las pesadillas se sucedían en las que no dejaba de oír sus palabras "Lo siento si te di falsas esperanzas" "No había funcionado". Me despertaba gritando entre lágrimas con el cuerpo cubierto por un sudor frío.

Cuando las primeras luces del alba se colaron por la ventana me quedé mirando al cielo, ese cielo de Forks que estaba siempre oculto, ese que no tenía estrellas, ni sol, ni luna… en ese cielo en el que las nubes, la lluvia y la nieve era lo único que se podía ver. No podía seguir aquí… necesitaba un cambio, no podía segrí durmiendo en esa cama que olía a él, no podía pasear por esas calles por las que caminaba él… no podía seguir viendo las mismas caras que lo conocían a él.

Con una nueva decisión rondando en mi mente me puse en pie y me dirigí hacia el baño, me miré en el espejo y casi me asusté de mi propia imagen. Tenía unas tremendas ojeras pegadas bajo mis ojos, ojos que estaban completamente rojos de tanto llorar. Mi pelo era una maraña sin forma y sin brillo. Con una mueca de disgusto me di la vuelta y me metí en la ducha todavía con la ropa puesta. Abrí el agua y mientras esta se deslizaba por mi piel fui quitándome prenda a prenda… quería borrar su olor, su rastro… no quería que nada me lo recordase, quería hacer como si nada de esto hubiese ocurrido. Olvidar esas dos últimas semanas de mi vida.

Después de una larga ducha y con ropa limpia mi aspecto en el espejo era algo más presentable. Mis ojeras todavía estaba ahí, pero mis ojos no estaban tan irritados, aunque mi piel parecía más blanca que nunca. Salí de mi casa con una caja de cartón completamente decidida. Entré en el volvo y el olor de Edward me golpeó… nuevas lágrimas acudieron a mis ojos pero con un esfuerzo casi sobrehumano conseguí tragarlas. Entré en el volvo con un nudo en la garganta y sin detenerme mucho en lo que hacía metí todo lo que había en él dentro de la caja. No miraba lo que guardaba, solo quería recuperar mis cosas.

Después de dejar el volvo completamente vacío fui a casa de Charlie, era algo temprano pero esperaba que Jake estuviese despierto. Entré sin llamar, la puerta estaba abierta. Al entrar Sue estaba dándole su desayudo a Seth, que me miró con una sonrisa, intenté devolvérsela pero solo pude dibujar una mueca extraña con mis labios. Jake bajaba por las escaleras y me miró ceñudo. Me acerqué a él titubeante y con la mirada baja.

– Jake… necesito que me hagas un favor –susurré.

– ¿Es que no tienes a Cullen para que te haga los favores? –preguntó con ironía.

Sentí como mi cuerpo se estremecía al oír pronunciar su apellido. Volví a tragarme las lágrimas que se asomaban a mis ojos y levanté la vista.

– ¿Puedes ir a Port Ángeles y vender mi coche? –pregunté olvidando su pregunta.

Me miró confuso.

– No van a darte mucho por ese viejo cacharro.

– No hablo del Chevy… quiero vender el volvo –me miró con los ojos extremadamente abierto y la boca entreabierta–, también necesito un coche nuevo… nada volvos y si puedes evitarlo que no sea plateado.

– ¿Por qué? –preguntó algo desafiante.

– No quiero ese coche… no es por ningún motivo especial.

Le extendí las llaves y salí de allí rumbo a mi apartamento de nuevo.

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Cerca de la medianoche miré mi apartamento completamente vacío. Suspiré y cogí la última caja que quedaba cerca de la puerta, precisamente era la caja que tenía todo lo que había dentro del volvo. Bajé en el ascensor y al salir al exterior, Jake me esperaba apoyado en mi nuevo coche, un Toyota Corolla rojo sangre. Suspiré en cuanto lo ví y metí la caja en el asiento trasero.

– ¿Estás segura de esto?–preguntó en un susurro.

– Sí Jake, lo necesito.

– ¿Sabes que puedo buscar a Cullen y partirle la cara? –su voz era dura y sombría.

– No es necesario… no me voy por él, ya se ha ido, así que no es por eso.

– Está bien… ven aquí pulga, deja que abrace a mi hermanita antes de perderla de vista –dijo abriéndome los brazos.

Me tiré a su cuello y él envolvió mi pequeño cuerpo con sus grandes brazos, siempre me sentía como una niña pequeña cuan él hacía eso, pero también me hacía sentir protegida.

– ¿Quieres que me vaya contigo? –me preguntó al oído.

– No es necesario –contesté mientras me alejaba de él–, quédate aquí y cuida a

Lizzie.

Abrí la puerta de mi nuevo coche y volví a dedicarle una mirada… quería llevarme un último recuerdo de Forks, algo bueno que me animase a volver algún día.

– ¡Bella!

Esa voz me heló la sangre de nuevo, me quedé paralizada sujetándome a la puerta para no caerme. Emmett caminó hacia donde me encontraba y se paró delante de mí.

– ¿Qué haces? –preguntó viendo las cajas en el asiento trasero.

– Me voy –contesté con un hilo de voz.

– ¿A dónde?

– No importa a donde –dije negando con la cabeza.

Nos quedamos mirándonos el uno al otro durante unos minutos, ninguno de los dos dijo una sola palabra durante ese tiempo. Mientras la miraba notaba que en su interior se estaba llevando a cabo una lucha, sabía que quería hacer algo pero no se decidía a hacerlo…

– Bella… –susurró– Tengo que decirte algo.

– Si es sobre él, no quiero saber nada Emmett… entiéndelo.

– Sí que es sobre Edward, pero…

Me encogí al oír su nombre… cerré los ojos y puse una mueca de dolor.

– Emmett… –dije casi sin voz– no quiero saber nada… por favor.

– Pero entiéndeme Bella, si supieses porque se ha ido las cosas cambiarían.

– No Emmett… por favor –supliqué mirándolo a los ojos.

Al menos dime a dónde vas –me pidió.

– Al este.

– ¿no vas a decirme nada más? –preguntó sorprendido.

– Emmett… dile a los Cu… –tragué en seco– a los Cullen que lo siento mucho por no haberme despedido, a Alice y Rosalie que no me llamen, necesito un tiempo para mí sola.

– Bella… no puedes irte ahora… Edward está solucionando todo y podréis…

– Me da igual lo que esté solucionando Edward… –le corté.

– Le dije que tenía que explicarte… si tú lo supieses las cosas serían más fáciles –dijo casi para sí mismo.

– ¿saber el qué?

– El motivo por que te dijo lo que te dijo, Bella él no ha…

– No Emmett, olvídalo ¿sí? Ya todo está como debe estar –volví a cortarle.

Me puse de puntillas y besé su mejilla.

– Cuídale… no tenía muy buena cara cuando se fue –le pedí en un susurro.

Sin darle tiempo a contestar me metí en el coche y salí de allí a toda velocidad. Estaba luchando contra el nudo de mi garganta, contra las lágrimas que se agolpaban en mis ojos, con el dolor del pecho que palpitaba lacerante abriendo una herida que me partía en dos. A la salida de Forks tuve que detener el coche en el arcén y apagar el motor porque ya no pude detener más las lágrimas.

.

Conduje durante varios días… nunca había hecho un viaje tan largo yo sola, pero la soledad me ayudó a ver las cosas desde otro perspectiva. Había sido solo algo que duró dos semanas, la distancia me ayudaba a darme cuenta de muchas cosas, es obvio que Edward no sintiese lo mismo que yo, él era una súper estrella, podría tener a cualquier chica a sus pies, no se iba a conformar conmigo cuando la mismísima Tanya Denali iba tras él. Era totalmente lógico que me dejase por ella, o por cualquier otra.

Yo no pertenecía a su mundo y por mucho que me esforzase no podría hacerlo nunca. Él era demasiado para alguien como yo. Pero el haber reconocido todo eso no ayudaba a que la herida de mi pecho fuese menor, todo lo contrario. Mis sentimientos por él no habían cambiado, es más, parecía que lo amaba más todavía, era la perfección personificada, sería imposible que no sintiese por él lo que estaba sintiendo.

Me detuve delante del edificio que pronto sería mi nuevo hogar. Era un pequeño departamento en el centro de Nueva York. Era de mi tía Carmen, la hermana de mi madre, todavía no sé porque lo conservaba, y mucho menos porque me había dado un juego de llaves el día que cumplí los dieciocho. Ahora agradecía que lo hubiese hecho, me venía muy bien en ese momento. Estaba cerca del campus… había pedido el traslado de universidad, en unos días empezada el nuevo curso y yo estrenaba universidad, compañeros, cuidad y departamento… en fin una nueva vida. En las que esperaba que Edward Cullen no tuviese ni un solo espacio para seguir atormentándome.

Bajé del coche y cogí un par de ajas y subí a mi apartamento, al abrir la puerta un olor a cerrado y a humedad me golpeó en la cara. Estaba anocheciendo, el apartamento estaba amueblado y con electrodomésticos, mi prima Irina pasaba aquí algunos fines de semana al año y mis tíos siempre lo tenían a punto por si a caso. Caminé por el pequeño apartamento en silencio, encendiendo todas las luces a mi paso y oyendo el eco de mis propias pisadas. Todo estaba cubierto por una pequeña capa de polvo, pero era más de lo que podía pedir. Después de unos cuantos viajes acabé por vaciar el coche de mis cosas y todas descansaban amontonadas en el salón. Quité una sábana blanca que cubría el sofá y me dejé caer en él pesadamente… habían sido unos días muy largos y llenos de emociones, tenía el cansancio acumulado del viaje y la mala noche que pasé en Forks antes de irme. Así que, mis ojos poco a poco se cerraron y me quedé completamente dormida

Días después ya estaba completamente instalada. Había limpiado todo por completo y llenado la nevera. Descubrí que podría ir caminando la universidad porque solo estaba a dos manzanas. Sólo necesitaba un trabajo para poder mantenerme y pagar las facturas, algo a medio tiempo que me permitiese estudiar.

Como cada mañana me desperté algo temprano y me di una ducha rápida. Me vestí con lo primero que encontré en el armario, no me gustaba preocuparme por que me ponía, me recordaba a Alice. Mire mi reflejo en el espejo y mi aspecto había cambiado muy poco en los últimos días. Mi pelo continuaba sin brillo y mis ojeras parecían haberse vuelto permanentes, además que mi piel continuaba siendo demasiado pálida.

Bajé las escaleras con cuidado, solo vivía en un segundo piso y no eran muchos. Me metí en una cafetería que había visto el día anterior cuando fui a hacer la compra. La campanita de puerta sonó con despreocupación y el calor del acogedor local me recibió sin problemas. Entré y me senté en una de las dos mesas que quedaban bacías, justo al lado de la ventana. Una camarera de ojos verdes y pelo cobrizo se acercó para preguntar mi orden. Sin saber muy bien porque el ver esos ojos me transportó de nuevo a Forks, a los brazos de Edward… me estremecí alejando ese pensamiento e intenté darle a esa chica mi mejor sonrisa. Pedí un café con leche y azúcar y ella desapareció tras la barra.

Unos minutos después, demasiados quizá, la chica apareció con mi café y una sonrisa de disculpa.

Siento el retraso, estamos faltos de personal – me dijo sin borrar su sonrisa.

– No pasa nada –susurré.

Se dio la vuelta para irse de nuevo cuando mis neuronas hicieron click.

– ¡Espera! –La llamé– ¿Necesitáis una camarera? –pregunté esperanzada.

– La verdad es que sí –dijo algo avergonzada– ¿conoces a alguien a quien pudiese interesarle?

– Sí… yo estoy interesada –dije con una pequeña sonrisa, la primera desde que me fui de Forks.

– ¿tienes experiencia? –preguntó con su cara iluminada.

– Sí, he trabajado unos meses.

– ¡Perfecto! –gritó dando saltitos.

Su comportamiento me recordó mucho a Alice, e inevitablemente tuve que sonreír ante eso.

– Ven mañana a hablar con el jefe, te harán una prueba durante un par de días, y si vas bien no creo que tenga problemas en contratarte –explicó de nuevo.

Se alejó unos pasos y luego se dio la vuelta.

– Por cierto… ¿cómo te llamas? –preguntó con su perfecta sonrisa.

– Isabella… Bella –contesté.

– Yo soy Vanessa… Nessa –sonrió.

Sonreí de vuelta pero no pude evitar que un poco de miedo se instalase en mi pecho, las cosas estaban saliendo demasiado bien.