Con mucho amor, el último capítulo de mi Dreamland :'D

Disfruten de más de 6000 palabras de puro amor entre estos chicos preciosos.


CAPÍTULO 15. LOS SUEÑOS QUE CUMPLIMOS

Se había sentado en el sofá de la sala tras tomar un baño, con el cabello aun algo húmedo y únicamente vestido con los pantalones del pijama. La televisión encendida, era lo único que iluminaba la habitación, junto con la escasa luz que se colaba desde la cocina. De ese modo pasaron las horas, sin que la llegada de la madrugada pareciera tener efecto en su cuerpo, aunque poco a poco terminó recostado en los cojines, con un brazo detrás de su cabeza mientras miraba el techo, al menos tanto como sus cansados ojos pudieron soportar. No poder dormir no significaba que su cuerpo no muriera por hacerlo, por ello, al menos hasta que Izaya hacia aparición, se limitaba a mantenerse quieto, esperando poder tomar al menos una pequeña siesta. Vagamente se preguntaba si el pelinegro ya se había dado cuenta de aquel detalle, o si a él no le pasaba lo mismo… Aunque, según tenía entendido, Izaya siempre había tenido problemas para dormir, o al menos eso había escuchado una vez de parte de Shinra, aunque no podría estar seguro de si era cierto o no, sobre todo esos últimos días.

Cansado, dejo que sus parpados se deslizaran sobre sus ojos, sintiendo estos escocer un poco por el esfuerzo de mantenerlos atentos en las figuras irregulares del techo. Puede que su cansancio fuera su propia culpa. La noche anterior Izaya ya le esperaba en casa cuando llegó a esta, lo había visto acostado en su cama, aparentemente tranquilo… tanto que no quiso arruinar su sueño y optó por simplemente recostarse a su lado, sin tocarlo a pesar de que era justo lo que deseaba.

Bufando, desechó aquella escena de su cabeza. Izaya seguro lo habría apuñado si lo molestaba estando tan tranquilo, o quién sabía. Muchas cosas habían cambiado entre ellos; tanto como para que no estuviera seguro de qué esperar de ambos. Si se atreviera a ir más allá… si fuera más directo, ¿Cómo reaccionaría Izaya?

Temía arruinar las cosas por su manera de ser. Siempre había sido impulsivo, eso nadie podía negarlo.

Repasando en su cabeza un montón de escenarios aleatorios, no se dio cuenta del momento en el que cayó en un sueño superficial, lo suficientemente bueno como para que su cuerpo se relajara por al menos un rato, justo cuando el protagonista de sus inquietudes llegó a casa.

Sus cejas se movieron en un gesto que no delataba una emoción en particular; sintió sus músculos tensarse, y su consciencia volver a la realidad en el mismo momento en el que llegó a su olfato el característico aroma del menor, aunque no parecía ser reciente… ¿Cuánto tiempo había dormido? ¿Hace cuánto había llegado?

Por algún motivo evitó moverse, esperando en su lugar para confirmar que se trataba del menor, intentando escuchar sus pasos sobre el suelo para saber en dónde se encontraba. El aire era ligeramente húmedo, frio, olía a comida… ¿la cocina? Aunque no escuchaba nada venir de allá. ¿La habitación?

Por supuesto, estaba adivinando, porque nunca era capaz de escuchar los pasos de ese hombre, por más silencioso que fuera el lugar, o aunque fueran las únicas personas en el piso. Izaya tenía una agilidad envidiable… De no ser por su buen olfato, ni siquiera podría darse cuenta de su presencia, tal como en ese momento, en el que, solo hasta que sintió movimiento sobre el sofá y su aroma se intensifico, pudo saber que se había acercado, que lo tenía justo a un lado.

Esforzándose por mantener su respiración regular, esperó a que el menor dijera algo, que lo moviera para "despertarlo", pero tal cosa no sucedió. Sorpresivamente, tras lo que parecieron largos minutos en donde no hubo ruido alguno de parte del menor, sintió las manos de este apoyarse sobre su pecho, para, en un ágil y rápido movimiento, acabar por acomodarse encima de él con una pierna a cada lado de su cadera. El sofá no era lo suficientemente grande como para que dos personas durmieran juntas, pero jamás pensó que Izaya haría algo así, apoyarse por completo sobre su cuerpo de una manera que se le antojaba demasiado sugerente, cercana, sobre todo sí movía sus manos con tortuosa lentitud por su pecho, pasando por sus hombros hasta llegar a su cabello.

Si hacía algo como aquello, ¿cómo podía esperar que no deseara más cercanía…?

Shizu-chan –Izaya susurró su nombre, de manera increíblemente suave, como si más que querer despertarlo solo deseara decirlo.

Automáticamente se mordió la lengua, justo cuando, muy lentamente, el informante se agachó de a poco, con la destreza de un depredador, hasta juntar sus labios con los suyos en un pequeño toque, mientras sus manos se deslizaban nuevamente abajo, acariciando la piel desnuda que tenía a su disposición, siempre pasando justo por encima de la cicatriz en su pecho, aquella que, extrañamente, era la única que parecía perduraría por siempre, como un recordatorio de su primer encuentro, de aquella chispa que les unió hacía unos años.

Un suspiró escapó de su boca, abriendo mínimamente los ojos, mirando entre pestañas al informante, quien con movimientos lentos se quitaba la cazadora, dejándola sobre el respaldo. Izaya no se había dado cuenta de que estaba despierto, pues contrarió a él, ahora era quien mantenía los ojos cerrados, usando sus manos para orientarse sobre su cuerpo.

Desde esa posición admiró más conscientemente al menor, su silueta, su rostro que, aunque sereno, mostraba un pequeño sonrojo en sus mejillas, con ambas cejas ligeramente fruncidas; después pasó a sus labios, que mantenía entreabiertos, húmedos y rojizos, como si de una invitación se tratara conforme sus manos recorrían la piel desnuda de su pecho, apenas usando las yemas de sus dedos para presionar muy mínimamente sobre aquellas zonas que llamaban su atención, bajando poco a poco por las líneas de su bíceps, palpando sus costados hasta detenerse unos segundos en los huesos de su cadera, casi al borde del pantalón.

Durante aquel recorrido que realizaba el menor, sus ojos no dejaron de observar sus expresiones. Izaya parecía debatir algo en su cabeza, y él hubiera dado lo que fuera por saber qué pensaba ese hombre… sobre todo cuando sus propios instintos le hicieron descender en la observación que hacía sobre su cuerpo, donde al no tener puesta aquella cazadora que siempre usaba, podía apreciar mejor su figura; aún con la playera, era posible diferenciar la silueta de su torso, y la estrecha cintura, como una curva algo pronunciada que se hacía justo antes de llegar a la cadera, haciendo esta aún más notoria. Y sus piernas, esas que tenía lado a lado de su cuerpo; tanto correr y saltar por todos lados como una pulga, hacían de aquellas extremidades algo único, aun ocultas por el pantalón, pues incluso sin tocarlas, era fácil notar lo torneadas que eran, firmes y fuertes.

Inevitablemente tragó algo de saliva. ¿Izaya le estaba poniendo a prueba? ¿Era eso?

Si esa pulga debía de saber algo, algo más que obvio en todo ese tiempo que llevaban de conocerse, y que seguro todos sabían, era que Shizuo Heiwajima no era un hombre con autocontrol, en cualquiera de los casos que pudiera imaginar, incluyendo ese; así que, provocarlo de aquel modo era…

Moviendo sus manos, ahora algo temblorosas por la ansiedad que el momento generaba en sus agarrotados músculos, acercó estas a las piernas que sospechaba se convertirían en su adicción, sujetando sus muslos con algo de fuerza, comprobando la firmeza de estos. En ese momento su respiración se cortó, junto con la Izaya, quien por fin abrió los ojos, mirándole desde su posición, aquella que le hacía ver tan jodidamente bien, con destellos en rojo reflejándose en sus pupilas, combinando perfectamente con el tinte de sus labios.

Pensó en decir algo, calmar los desbocados latidos de su corazón, arreglar un poco aquella imagen de hombre desesperado que seguro el menor ya debía tener de él, pero antes de tener la oportunidad de ello, Izaya se agachó, como un dios benevolente, callando su fútil intento con un beso completamente diferente a los que solía darle; más intenso, profundo, aunque nada indeseable.

Era extraño que Izaya se comportara de aquel modo; que tomara tal iniciativa para algo tan…tan físico, algo que lejos estaba de asemejarse a las batallas que en antaño solía llevarlos a acabar con fracturas o diversos cortes en la piel. Esa era otra clase de batalla, una que también parecía buscar cierto dominio, pero con fines muy distintos a los acostumbrados. Y sobraba decir quien iba ganando el pequeño encuentro, aunque no por decisión propia; era más bien el hecho de que aún no supiera cuánto le estaba permitido hacer, porque Izaya no tenía idea de lo que su postura y actitud provocaban… y él estaba cansado de controlarse.

No pudo resistirlo más.

Si algo tenían ambos hombres en común, era sin duda el instinto de competitividad mutua cuando del contrario se trataba, de modo que, mandando al diablo cualquier cuestionamiento en su cabeza, Shizuo decidió dejar de fingir un autocontrol que no tenía, moviendo también sus labios contra los del menor, rápidamente metiendo al juego su lengua, que gustosa disfrutó del sabor de los cálidos belfos hasta hacer presión en la delgada línea que formaban, hasta pasar a la boca del menor, recorriendo cada espacio a su disposición con hambre.

Probablemente, Izaya jamás podría entender cuánto lo deseaba, lo mucho que le atraía cada parte de él, su aroma, su figura, el calor de su cuerpo en contraste con la frialdad de sus manos. Pero él se esforzaría por reiterárselo tanto como fuera necesario, adorando cada parte de él tal como en esos momentos.

—¿…Dónde estabas? – cuestionó cuando ambos se separaron para poder respirar, aunque ello no impidió que bajara a depositar acalorados besos en el cuello del contrario, solo entonces encargándose de subir un poco su playera, para tener mayor acceso a su pecho. El aroma se intensifico —Tomaste un baño.

—Fui a mi departamento… ah~ Mis hermanas… me estaban buscando… –por fin escuchó su voz, de manera algo más clara a pesar de los jadeos que lo obligaban a tomar aire con prisa, abrazándole por el cuello para mantenerlo pegado a su piel, marcándolo con sus besos y mordidas.

Haciendo un vago sonido de entendimiento, Shizuo llevó sus manos a retirar la hebilla de su cinturón, deteniéndose cuando accidentalmente rompió esta. La risa de Izaya no tardó en hacerse escuchar, al mismo tiempo que sacaba una de sus navajas de quien sabía dónde, para cortar la correa por uno de los costados, dejando que ambos objetos cayeran al suelo.

—Eso me lo vas a pagar.

Sin dar respuesta, el rubio siguió con lo suyo, degustado ahora uno de los sensibles botones rosados, chupando de estos con avidez, alternando con su mano para no perder el estímulo, obteniendo como respuesta diversas exclamaciones de gozo. La ropa comenzaba a estorbar demasiado.

—Ngh… Pensé… que no querrías hacer al-algo como esto –la voz del pelinegro se escuchó lejana, delatando un gemido cuando las manos del mayor se colaron debajo del pantalón, apretando su trasero con más deseo del que pensó posible que podría llegar a contener en su interior.

—¿Por qué no querría hacerlo? Si supieras lo que me he contenido estos días… –no tuvo vergüenza en confesar algo así, al menos no en ese momento, en el que las dudas comenzaban a aclararse y sus manos buscaban retirar la prenda superior del menor, quería verlo desnudo –¿También lo estabas pensando?

Inesperadamente, las manos de Izaya –que antes se encontraban apretando la piel de sus hombros, acariciando aquella zona cercana a su cuello– bajaron de manera rápida para tomar las orillas de la prenda que con algo de prisa intentaba retirar, justo cuando su boca repartía besos en la zona de su clavícula. Extrañado, levantó la mirada para ver el rostro del menor, pero la oscuridad y la manera en la que este lo mantenía a un lado dificultaba bastante las cosas.

Por un momento quiso preguntar, cambiar su pregunta, y no por un "¿qué pasa?", como seguro alguien más haría. Al menos en su caso, él sabía exactamente lo que pasaba. Lo que él quería preguntar era "¿en qué estás pensando?", porque daría lo que fuera para saberlo, aunque muy en el fondo podía intuirlo. Siendo así, optó por cambiar de escenario, sujetando con maestría las piernas del menor para llevarlo consigo a la habitación, donde la suave luz de la lampara sobre la cómoda daba un ambiente más íntimo.

—¿Qué haces…? –cuestionó Izaya, quien durante el caminó se había abrazado a su cuello, manteniendo el mentón apoyado sobre su hombro. Parecía tranquilo, pero solo él podría darse cuenta de que aquella postura era también perfecta para ocultar su rostro, y que ese era justo el objetivo del chico entre sus brazos–La sala estaba bien, pensé que estabas cómodo allá…

—En la sala no puedo verte bien, Pulga.

Dicho y hecho, se dejó caer de frente a la cama, amortiguando el golpe con sus manos para que Izaya no tuviera que cargar con todo su peso. De ese modo tuvo plena visión de su rostro, pudo ver la manera asimétrica en la que solía fruncir el ceño cuando aparentaba estar molesto, pero eran justamente sus labios los que revelaban su nerviosismo. Su pulgar delineó aquel que, insistentemente, Izaya apretaba entre sus dientes.

—No te haré daño; nunca más. Déjame verte…

Como si aquellas palabras hubieran sido lo que el menor necesitaba escuchar, fue el mismísimo Izaya quien, en un movimiento, tomó los bordes de la playera, llevando esta arriba hasta quitársela por completo, arrojándola a un lado antes de, en un movimiento rápido, llevar sus brazos a atraerlo por el cuello, para que volviera a besarlo. Su cuerpo se retorció sobre la cama, sintiendo las manos del rubio sobre sus costados, regalando firmes caricias de arriba abajo, poniendo especial atención a sus pezones cuando sus pulgares pasaban por encima de estos. En respuesta, el pelinegro soltó un pequeño gemido, abriendo un poco más las piernas para hacer menor la distancia entre sus cuerpos.

—Está duro… – no fue una pregunta; aun sin mirarlo, podía sentir la virilidad del rubio contra su pelvis, a pesar de que ambos continuaban con sus prendas inferiores. Pero no era el único, y eso quedó más que claro cuando el mayor pasó a sujetarlo por la cadera, para pegarlo más hacia si, obteniendo con ello que su voz se elevara en un pequeño gemido ahogado. Sus piernas se tensaron en respuesta al estímulo, aunque este lejos estaba de ser suficiente para complacer a ambos.

—Tu también.

Izaya hubiera jurado haber visto una sonrisa dibujarse en los labios de su Bestia, pero las manos de este encargándose de bajarle los pantalones y la ropa inferior en un movimiento rápido, bastó para que mirara abajo con un jadeo escapando de su boca, sujetando sus brazos con el rostro completamente rojo y la respiración cada vez más agitada. El alivió de verse libre de las apretadas prendas fue momentáneo, pues entre los nervios y la excitación, Shizuo fue rápido, botando las prendas al suelo y tomando su pene con una mano, estimulándolo con caricias suaves pero precisas que se encargó de repartir en un constante sube y baja, deteniéndose cada tanto en la punta para estimular aquella parte sensible con pequeños frotes nada desagradables.

Un coro de exclamaciones llenó la habitación a pesar de que el informante se esforzaba por mantener una mano sobre su boca, en un intento por mantener a raya su voz, aunque Shizuo no se lo dejaba fácil, pues, aprovechando su nula resistencia, se levantó un poco, para alcanzar a hundirse en su cuello, repartiendo mordidas con total libertad, procurando ser lo suficientemente cuidadoso como para no hacerle sangrar. Shizuo sabía de lo que era capaz, justo por ello se concentraba en mantener su fuerza controlada, aunque no podía decir lo mismo de su instinto. Por otro lado, y habiendo dado el tiempo suficiente para que el menor se sintiera con mayor seguridad, por fin se dirigió a donde desde hace un rato había deseado.

Repartiendo besos por todo el camino, se detuvo un momento en el hombro del pelinegro, quien algo extrañado observaba sus acciones. Shizuo vio claramente la manera en la que sus pupilas, envueltas en rojo bermellón, se dilataron, y eso fue justo cuando le tomó por una de las marcadas muñecas, llevando esta arriba para poder seguir su camino, acariciando la piel de su brazo en todo el transcurso, hasta dar con el primer pliegue, ahí donde los profundos cortes eran más recientes y la piel mostraba una mayor cantidad de viejas cicatrices.

Shizuo se aseguró de dejar un beso por cada herida, descendiendo más y más hasta terminar en su muñeca, lugar donde, con un prolongado suspiró, miro los acuosos ojos del hombre en su cama, solo entonces diciendo algo.

—Jamás volverás a estar solo, Izaya –comentó de manera sencilla, frotando su nariz en aquella zona, yendo enfrente para dejar un rápido beso en sus labios, haciendo lo mismo en ambas mejillas. Por supuesto, también se encargó de darle el mismo trato al otro lado.

Para ese momento, los ojos del pelinegro estaban ya empañados con lágrimas, producto del estimulo que el mayor generaba en su cuerpo, y de la manera tan… inesperada pero efectiva en la que lo hacía sentir perfecto, a pesar de las marcas que cada uno de sus errores había pintado en su cuerpo a través de los años.

A Izaya le gustaba la manera en la que El Hombre más Fuerte de Ikebukuro lo tocaba, la cercanía de su piel y la sorprendente amabilidad con la que se movía, tanteando terreno, aunque él más que nadie podría saber que la naturaleza de Shizuo era todo lo opuesto, y era justamente eso lo que le hacía sentirse algo enternecido por sus cuidados. No tenía por qué estar a la defensiva, estaba a salvo.

Más seguro de lo que ambos hubieran creado posible, el informante hizo gala de su magnífica flexibilidad, arreglándoselas para bajar el pantalón del rubio con ayuda de sus pies, dejándolo en igualdad de condiciones, completamente desnudo y erecto contra sus muslos. De ningún modo pudo evitar perder el aliento al ver semejante cuadro. Shizuo era delgado, a pesar de su increíble fuerza no era un hombre de exorbitante musculatura, aunque claro que la tenía, tenía el cuerpo perfecto, no podría describirlo de otro modo, abdomen marcado, brazos firmes, piernas fuertes, y ¿para qué negarlo?, un miembro digno de la fama que poseía.

Un extenso sonrojo se adueñó de su rostro, al mismo tiempo que, con una extraña pero adorable combinación de timidez y atrevimiento, llevó una mano a tocar la virilidad de su compañero, temblando al sentir el aliento de este escapar contra su pecho en algo similar a un gruñido, previo a sentir una profunda mordida alrededor de su ya enrojecido pezón.

—¡No muerdas…! –"regañó", conteniendo un gritillo cuando, a pesar de sus quejas, el mayor pasó al otro lado, para dar el mismo trato a su abandonado botoncillo.

Su mano dudo por breves segundos sobre el pene de su atacante, hasta poco a poco recuperar algo de seguridad, comenzando un suave vaivén a todo lo largo, consiguiendo con ello que el cuerpo del rubio se pegara un poco más a él, de modo que ambas erecciones se juntaran. Una de las manos de Shizuo se unió a su labor, atrapando ambos miembros para estimularlos a la par.

La espalda de Izaya se curvó de manera pronunciada; se mordió los labios, aferrándose a las sabanas; sus ojos apenas podían mantenerse abiertos, empañados y anhelantes. En su cabeza, la semilla de la duda le hizo comparar esa grata experiencia con aquella que por años lo había perseguido, torturando sus noches y volviéndolo alguien con múltiples complejos por sentirse superior. Era la misma posición, lo tocaban con el mismo deseo carnal en lugares donde nadie debería hacerlo si él no quería, fuera niño o adulto… En otra ocasión, en otro momento, detestaría esa clase de contacto, que alguien mirara su cuerpo desnudo, que lo tocara con tanta libertad.

Pero se trataba de Shizuo, y él deseaba que fuera Shizuo quien lo tomara de ese modo, que lo reclamara por fin, después de tantos años.

—Shizu-chan, Shizzy… –lo llamó aun con varios gemidos atorados en su garganta, y la sensación enloquecedora de aquel suave cosquilleo en su vientre, producto del caliente estimulo en su zona baja – Hazlo, quiero que lo hagas… Está bien, tócame, ¡mhn!

Shizuo nunca hubiera podido imaginar que escuchar al pelinegro pidiendo por él, prácticamente rogando porque fuera a más, podrían hacerle desesperar a tal grado, moviéndole con increíble seguridad a tomar una de las piernas del chico, empujando esta arriba, fácilmente acomodando la otra sobre uno de sus hombros. Izaya se sintió terriblemente expuesto, avergonzado; ambas eran sensaciones nuevas para él, tan raras, pero de algún modo satisfactorias, sobre todo cuando, sin ser consciente del momento en el qué el rubio se hizo de una crema antes puesta en el buró, empapó abundantemente sus dedos, llevando estos directamente abajo, acariciando superficialmente su línea, antes de acercarlos peligrosamente a su entrada. Un fuerte escalofrió recorrió su columna vertebral, causando cosquillas en su nuca al sentirlos frotar sobre aquella sensible zona.

Para Shizuo era desconcertante aquella linda coloración rosada en el anillo del informante, contrastaba con sus dedos y la blanca esencia que serviría como lubricante. No era nada desagradable a pesar de tratarse de un hombre. A Shizuo le parecía una vista bastante sexy, sobre todo al ver más arriba, pasando por la erección ya bastante húmeda de su pareja, y su rostro, que intentaba ocultar con ayuda de sus brazos.

—Me estás succionando… ¿Ansioso por tenerme dentro? –todo decoro se había ido de él, incluso los ojos, antes de un tono ámbar, similar a la miel, parecían más oscuros, llenos de deseo y pasión que casi parecía desbordarse, aunque entre tales emociones también se encontraba presente el inmenso cariño que había aprendido a reconocer cada vez que tenía a Izaya enfrente.

Riendo quedamente por la manera en la que Izaya mordió su labio inferior, demasiado apenado como para responder algo más que profundos jadeos y gemidos, el ex barman dejo que uno de sus dedos se deslizara adentro, sin pausas innecesarias; no quería lastimarlo, pero tampoco podría aguantar mucho tiempo, necesitaba reclamar a Izaya como suyo.

Estaba apretado, pero toda la estimulación previa había ayudado, y con ayuda de la crema era relativamente fácil mover su digito dentro y fuera, buscando amoldar las suaves paredes, preparándolo para cuando, en un atrevimiento, hizo entrar su dedo medió, ganándose una exclamación con todo su nombre por lo alto al forzar un poco la entrada, apenas dando algo de tiempo antes de comenzar a mover ambos dígitos a la par

—Relájate –alcanzó a pedir, abusando de la flexibilidad del menor al inclinarse enfrente para besar sus labios, evadiendo los brazos que mantenía insistentemente sobre sus ojos.

—…Se…Se si-siente extraño.

Izaya no decía mucho, pero su cuerpo no mentía, pues, aunque intentaba esconderlo, este vibraba ante cada uno de los calientes toques, anhelando mucho más de que le era ofrecido. Sus labios no rechazaban los dulces y embriagantes besos, y se esforzaba por mantener las piernas arriba, a pesar del insistente instinto de cerrarlas. Shizuo se dio cuenta de ello, así como del pequeño conflicto del menor por ser visto en tal estado, de modo que, sacando un momento sus dedos, se las arregló para acomodar al pelinegro de lado en la cama, con sus piernas apenas flexionadas y su trasero completamente a la vista, húmedo por la crema y el pre-semen de ambos. Era una vista maravillosa, sobre todo porque en esa posición Izaya por fin le miró, aferrado a las sabanas con una de sus manos, con claros planes de quejarse por la repentina acción, aunque ni siquiera tuvo tiempo para hacerlo, pues en un arrebato, el rubio metió ambos dedos nuevamente, asegurándose de hacerlos llegar tan profundo como el largo de ambos le permitía.

Un fuerte gemido se dejó escuchar, todo el cuerpo de Izaya se tensionó, aferrando a las sabanas y con ambos pies estirándose. Había dado justo en el punto que buscaba.

Shizuo repitió la misma acción, acariciando cada una de las húmedas y esponjosas paredes, hasta obtener el mismo resultado cuando dio una vez más contra su próstata. A partir de ese momento, dirigió cada uno de los toques a aquel lugar, obteniendo las más perfectas que podía imaginar.

—¡PARA...! –jadeó el informante a duras penas, sin aliento y encogiéndose sobre sí mismo con el sudor perlando su frente y su boca abierta para intentar llevar algo de aire a sus pulmones. Ambos dedos alternaban entre el masaje a su próstata y el trabajo de abrirse una y otra vez en su interior, buscando dilatar mejor su entrada —Shizu… ¡ah! ¡V-voy a… correrme! ¡Deja de… to-tocar…e-ese lugar!

Apiadándose un poco del pobre estado de su Pulga, aunque nada lo haría más feliz que ver de primera mano el orgasmo de este, el rubio hizo retroceder sus dedos, apenas lo necesario como para evitar seguir estimulando aquella zona erógena, al mismo tiempo que metía un tercer dedo, haciendo un movimiento circular para asegurarse de que el espacio sería suficiente para su miembro. Solo de imaginarse en su interior sentía su miembro endurecerse aún más, si es que eso era posible.

Aprovechando la buena disponibilidad que tenía del cuerpo del menor en aquella postura, atrapó el miembro de este, colocando su pulgar en la punta al presentir el clímax de este. Izaya se quejó, pero no hizo nada para intentar que lo soltara, probablemente sabiendo lo que pasaría si lo hacía, y por un demonio, quería correrse con Shizuo adentro, no antes.

—Ma-Maldición…. Shizuo, ¡ah…! ¡Ha-hazlo ya!

Su pedido fue una orden que el rubio no dudo ni un segundo en acatar, sacando abruptamente los dedos de su interior, ganándose un gruñido –muy adorable a su parecer– en el proceso, aunque no perdió tiempo en desesperar aún más al contrario, pues haciendo uso de su fuerza, rodeo su cintura con un brazo, levantando al menudo chico por esta hasta acomodarlo de rodillas en la cama. Su mano libre se apoyó en la pálida espalda para hacer que mantuviera el pecho contra el colchón, de modo que su trasero quedara al aire, mostrándole aquel rosado y húmedo lugar del que tanto deseaba apropiarse en esos momentos.

Por su parte, y a pesar de la sorpresa de verse tan abruptamente en esa postura, Izaya no demoró en acomodarse mejor, jalando una de las blancas almohadas para abrazarse a esta, manteniendo el rostro ladeado para mirar al ex barman a través de las pequeñas lagrimas de placer que se habían atrevido a manchar sus pestañas. La imagen del rubio aferrado a su cadera, mostrando aquel torso desnudo que tanto le encantaba y una expresión tan…fiera, le pareció algo tan obsceno, tan sensual como para hacer que curveara un poco más la cintura, plantando mejor sus piernas para recibir a su Bestia adentro.

Shizuo no desaprovecho semejante invitación, usando una de sus manos para tomar su palpitante erección, frotándola un poco para esparcir su humedad y el resto de la crema en sus manos, lubricando tan bien como podía. Ni siquiera le pasó por la cabeza la idea de buscar un condón, y seguro que a Izaya tampoco; sea porque estaban demasiado perdidos en el placer o porque confiaban plenamente en el contrario.

Algo le decía que ambas opciones eran posibles, pero no se detuvo a considerarlo mientras frotaba su miembro de arriba abajo a lo largo de la línea entre los redondos y firmes glúteos. No tuvo reparo en manosear a su antojo ambos pedazos de carne, al tiempo que daba pequeñas embestidas contra el tembloroso anillo, que parecía rogar por él, aunque nada lejos de la verdad se encontraba al pensar aquello, pues fue Izaya quien se lo confirmó al empujar atrás su cadera, movido por el instinto y la excitación del momento. Ambos estaban en un punto de no retorno.

Incapaz de esperar por más tiempo, el rubio sujetó con mayor firmeza la cadera del menor, seguramente dejando la marca de sus dedos. Su pene presionó con firmeza sobre su entrada, con un gutural gemido saliendo de su boca cuando, dando un empujón, logró meter la acampanada cabeza. Estaba tan caliente adentro, húmedo y apretado… se ajustaba perfectamente a él entre deliciosas contracciones que le instaron a moverse de a poco, empujando su cadera con un gritillo del menor de fondo conforme penetraba su interior, hasta estar completamente adentro. Solo en ese momento se detuvo, descansando su frente contra la espalda de su Pulga, dando profundas bocanadas de aire en un intento por mantener la calma, dejando que Izaya se acostumbrara a su tamaño entre agitadas respiraciones y varios gemidos de por medio, delatando que no era nada sencillo.

Y es que, a pesar de la preparación previa, era la primera vez del menor, y aunque –fuera por orgullo y propia personalidad de este– parecía esforzarse por soportarlo, no lo dejaría sufrir mientras el gozaba de aquel acto. Así, una de sus manos tomó la virilidad del chico para continuar con el estimulo en esta, frenando y oprimiendo un poco cada tanto para retrasar su orgasmo. Su otra mano la uso sobre el lampiño y lechoso pecho, frotando y dando pequeños apretones a los ya algo hinchados botoncillos de carne, logrando con ello que el menor soltara algunas maldiciones combinadas con su nombre, donde claramente predominaba el placer sobre el dolor. Para ese momento su interior parecía más relajado sobre su miembro, aunque las contracciones continuaban, haciéndole imposible ignorar su instinto por más tiempo. Izaya parecía darse cuenta de ello.

—Esta bien… Shizuo, p-puedes moverte, se… ¡mhn! Se siente mejor….

Ni lento ni perezoso, el ex barman dejo una mordida sobre el hombro del menor, antes de acomodarse nuevamente, sujetando su cintura al tiempo que salía poco a poco de su interior, llegando casi a la punta cuando. Izaya gimoteó ante cada centímetro liberado, antes de que, con algo más de velocidad y fuerza, Shizuo volviera adentro, haciéndole gritar con voz temblorosa, irregular, y con el placer poco a poco haciéndose de terreno.

El rubio repitió la misma acción, cada vez con mayor fuerza y constancia, hasta que las suaves paredes se hubieron acoplado mejor a su alrededor, regalándole tímidos apretones cada vez que volvía adentró y se quedaba ahí por breves segundos.

—Estas listo… –indicó con una sonrisa de lado que al informante se le antojo increíblemente sexy.

Shizuo plantó mejor sus piernas, jalando de la cadera del menor para dar inició a las verdaderas embestidas; su pelvis fue en contra de los movimientos del menor, creando un sonido de cacheteo casi perverso, poco a poco aumentando la velocidad, y con ello, los gemidos dentro de la habitación.

En respuesta, Izaya desahogaba cada sensación contra la almohada a la que con todas sus fuerzas se aferraba, en un vago intento por evitar que su voz se alzara demasiado, aunque a Shizuo no parecía importarle en lo más mínimo que alguien los escuchara, porque, ¿quién podría creer que eran ellos quienes en esos momentos unían sus cuerpos en tal acto de amor y placer? Que la Bestia de Ikebukuro había hecho un desastre en el cuerpo del peligroso informante, sometiéndolo en su cama, al mismo tiempo convirtiéndose él en su esclavo; porque que no quedara duda, Shizuo solo haría lo que Izaya pidiera y deseara, todo con tal de verlo feliz y a su lado.

¿Había combinación más perfecta y peligrosa que ellos dos?

La respuesta era obvia, así que pobre de aquel que intentara volver a separarlos, que intentara herirlos.

Un gemido agudo resonó en las cuatro paredes de la habitación; los músculos se marcaron en los blancos brazos del menor, en contraste con su rostro rojo y descompuesto en una mueca de gozo y debilidad. Sus piernas fallaron, victimas del adormecimiento que causó aquel golpe que dio directo contra su próstata en una de las firmes estocadas del rubio, quien hábilmente se apresuró a sujetarlo para no dejarlo caer, continuando de ese modo con las violentas embestidas, todas y cada una de ellas dirigidas hacia aquel infernal lugar que hacía temblar su cuerpo entero.

—¡SHI-SHIZUO! –gritó con más fuerza que antes, casi amenazando con desgarrar sus cuerdas vocales cuando el rubio se aseguró de atender también su dura virilidad, presagiando el final de ambos –¡Vo-voy a…! Es- ¡Ngh...! demasiado, no puedo… ¡más!

El rubio bombeó su miembro al ritmo de las brutales estocadas, sin evitar dar una sonora palmada en el trasero del menor, amando aquella vista de su pene entre las pálidas mejillas, entrando y saliendo entre húmedos ruidos, tan deleitables al oído que no dudo en ir más allá, con sus bolas golpeando enfrente casi al mismo tiempo que su pelvis. No tardaría mucho en correrse, e Izaya tampoco, de modo que, con una palmada más, obteniendo con ella un grito agudo de satisfacción de parte del contrario, se recostó sobre su espalda, besando con dedicación la piel de sus hombros.

Izaya gimoteó con fuerza, incapaz de contener su orgasmo por más tiempo al sentir el calor de Shizuo contra su piel, y su pene entrando tanto como su longitud le permitía. Se corrió de golpe, con un chillido saliendo de lo más hondo de su garganta y su espalda haciendo una curvatura antes de caer rendido contra las húmedas sabanas, gimiendo bajito y disfrutando de los estragos de su clímax con los jadeos de Shizuo detrás de su oído.

Una de las grandes manos se apoyó sobre la suya, entrelazando sus dedos, mientras la otra se encargaba de empujar enfrente una de sus piernas, cambiando el ángulo para entrar con mayor facilidad. Sus paredes resintieron el movimiento, apretándose sobre el miembro del rubio con temblorosas contracciones, succionándolo. Izaya también supo lo que pasaría; no se quejó, mucho menos intentó evitarlo. Quería sentir al rubio correrse en su interior, llenarlo completamente de él como si de esa forma pudiera marcarlo como suyo.

Shizuo no tardó casi nada en terminar, hundiéndose una ultima vez hasta el fondo, pegando a Izaya en la cama sin soltar su mano, mientras la otra lo sujetaba por la cintura, presionando sus dedos con un fuerte gruñido escapando de lo más profundo de su pecho, diciendo el nombre del menor conforme liberaba su semilla en el apretado interior. Su cadera dio solo unos cuantos movimientos más, hasta quedarse completamente quieto, respirando agitado sobre la cabellera oscura, disfrutando del profundo aroma. Aroma a noche; no sabía si existía eso, pero era a lo que Izaya olía, le gustaba, siempre le gustó… era relajante, le hacía sentir en casa y a salvo.

Se quedaron de ese modo por varios minutos, Shizuo usando un brazo para evitar poner todo su peso sobre el menor, aunque tampoco era como que debiera preocuparse, o eso pensaba Izaya, no tenía problema con soportarlo, no era débil y, por otro lado, le gustaba sentir esa calidez que le brindaba el cuerpo del rubio, sentir sus labios presionando sobre la piel de su espalda, y sus manos regalando suaves caricias sobre aquellas zonas enrojecidas de su piel. Aunque aún era extraño… sentirlo adentro, poco a poco volviéndose flácido; le hacia sentir apenado, aunque era lógico, era la primera vez que se encontraban así… aunque no le importaría repetirlo en otro momento…

Riendo quedamente por el hilo de pensamientos en su cabeza, notó a Shizuo moverse, saliendo de su interior provocando que se le escapara un pequeño jadeo. Dolía un poco, pero era soportable, la peor parte era mover su cadera. La próxima vez lo harían de frente, o al menos intentaría mejorar la postura, para intentar que fuera más fácil…

Ayudándose de sus brazos, se dio la vuelta en la cama, quedando de frente con un silencioso quejido, sin oponerse cuando Shizuo se acomodó entre sus piernas, buscando sus labios. De algún modo, esa personalidad dominante del mayor era… sexy; Shizuo solía ser más bien tímido en muchos aspectos, reservado. Realmente no había esperado esa clase de actitud en la cama, no había estado nada mal, sino todo lo contrario.

Disfrutando del suave y húmedo contacto entre sus labios, acarició con cuidado los fuertes brazos a cada lado de su cabeza, sintiendo los ojos pesados y algo húmedo escurriendo entre sus glúteos… No podría haberse sentido más avergonzado que en esos momentos, sobre todo cuando Shizuo pareció notar su incomodidad.

—Esta bien, es mi culpa; ¿quieres que prepare la bañera? –cuestionó, pasando una mano por su cabello en un gestó apenado, arrepentido. Ese era el Shizuo que conocía, el mismo que dejaba su propia sombrilla para proteger a los perritos de la calle y sonreía cuando veía a los niños jugar en el parque.

—Sí, es tu culpa, Bestia –aceptó, sonriendo con diversión, pasando a rodear el cuello del rubio al tiempo que sus piernas hacían lo mismo sobre su cadera, para que volviera a recostarse sobre él –Me has dejado agotado, tengo sueño, ¿te harás responsable?

Con aquella pregunta sonando bastante divertida y dramática en sus labios, besó el cuello de su bestia, sintiendo las manos de este detrás de su espalda, acomodándose para, de un solo movimiento, darle la vuelta, invirtiendo posiciones. Izaya era orgulloso, eso bien lo sabía el ex barman, pero debía aceptar que la diferencia entre sus cuerpos era notable, y a la larga le incomodaría, mientras que en aquella postura podrían dormir mucho mejor.

—Completamente.

Con aquella simple frase, y un beso dejado sobre los labios del menor, pese a la mirada de reproche de parte de este, cubrió ambos cuerpos con una de las sabanas, dedicándose a regalar suaves toques con sus dedos sobre la cintura de su pareja. Así debía ser, tenía todo lo que necesitaba entre sus brazos, aquello que tanto había soñado, y siempre tuvo enfrente… persiguiéndolo por cada una de las calles de Ikebukuro, hasta llegar a ese punto en sus vidas.

Ahora solo le quedaba algo más que necesitaba saber…aunque, tan inesperado como solo Izaya podía ser, fue este quien se le adelanto a pedir aquello que él tanto deseaba…

—Shizu-chan, vive conmigo.

FIN


No saben lo feliz que me siento de terminar con este fic. Me trae bastante nostalgia mirar atrás y saber que pude terminarlo a pesar de todo lo que ha pasado por acá, jajaja.

Les ofrezco una enorme disculpa por todas las demoras, y espero de todo corazón que esta pequeña y sencilla historia les haya gustado al menos un poquito, y que, más allá del BL, les haya dejado algo más. Aprendamos de nuestro pasado, por más que duela, siempre nos trae una enseñanza; que sirva para impulsarnos a seguir adelante y superarnos a nosotros mismos. Nunca teman buscar su propia felicidad.

Espero volvamos a leernos pronto; les mando un enorme abrazo virtual, deseando que todas y todos se encuentre bien en casa.

Con amor, Dessaya.