No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (Saga de Los Carpatianos). Yo solo me divierto un poco.

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La tormenta se trasladó del mar en la oscuridad creciente, soplando rápida y furiosa sobre el canal y Nueva Orleáns. Era salvaje e indomable, encapotando de golpe con lluvia las calles con tal fuerza que se encharcaron con una profundidad de centímetros inmediatamente, las alcantarillas de la ciudad eran incapaces de soportar tanta carga. Los relámpagos rayaban y atronaban por el cielo y danzaban en el aire, mostrando la cruda magnificencia de la naturaleza. El trueno estalló ruidosamente, tambores llenando el cielo, liberándose para sacudir los mismos cimientos de los edificios.

Jasper recorrió la casa descalzo, repentinamente preocupado por Alice. Estaba fuera en el patio, sola, callada, sin compartir sus pensamientos con él. Había fundido su mente con la de ella dos veces desde que se levantaron, y ambas veces había estado confusa, triste, caótica. Se había retirado para darle espacio. Ella deseaba algo que sabía nunca sería capaz de darle: la libertad de unirse a él en sus batallas. La idea de Alice en cualquier tipo de peligro le robaba el mismo aire que respiraba. Jasper estaba perdido. Todo su conocimiento, todo su poder, y era incapaz de decirle lo mejor que hacer por ella.

Alice había vagado silenciosamente fuera al patio cuando el viento se había levantado, observando las nubes oscuras, arremolinándose, y bullendo contra el cielo nocturno, anunciando el próximo vendaval. El cielo se había abierto, rociando la tierra. Alice simplemente se acurrucó en una silla y observó con ojos sombríos.

Jasper se detuvo en el umbral abierto, sus ojos como mercurio fundido, vigilante y cuidadoso. Ella estaba mirando hacia arriba hacia los danzantes látigos de luz, sin preocuparse por los tres centímetros de agua encharcados en el patio, de que su largo pelo estuviera mojado y la fina camisa que vestía pegada a ella como una segunda piel. Estaba tan hermosa, que le robó el aliento. Alrededor de ella la naturaleza estaba en erupción, salvaje e indomable. En medio de todo, ella estaba sentada como si perteneciera a allí. La seda blanca de la camisa, empapada por la lluvia, se transparentaba, aferrándose a sus pechos altos y firmes haciendo que pareciera una ofrenda pagana.

Estaba embebida en sus pensamientos, muy lejos. Jasper tocó su mente porque necesitaba el contacto. Parecía tan distante, y no podía soportar más la separación. A pesar de su apariencia exterior de serenidad, la mente de ella era tan salvaje como la tormenta. Estaba sobrevolando la tierra, ya no anclada por la piel y huesos. La furia del vendaval estaba en ella, turbulenta, indomable. No podía encontrar condena en ella por sus fallos, ni reproches de dolor en ella. Había solo la feroz necesidad de encontrar una forma de entender y aceptar las cosas que no podía cambiar. Sentía las limitaciones de su propia juventud y falta de experiencia. Estaba particularmente apenada por haberle colocado inadvertidamente en peligro por no tener el conocimiento para escudar su presencia de sus enemigos. Jasper casi gimió en alto. No se la merecía; nunca lo haría. Alice giró la cabeza lentamente hacia él, sus ojos azules eran oscuros por la fiereza de la tormenta que hervía en sus profundidades. Él pudo sentir entonces el calor y el deseo. La rugiente tormenta. Se movía a través de su sangre del mismo modo que se movía a través del cielo nocturno. Clamaba a algo primitivo y salvaje en él. Sintió a la bestia rugir, el deseo que le inundaba. Los ojos plateados relucieron rojos en la oscura noche, feroces, más animal que hombre. Jasper nunca olvidaría ese momento. Ni un siglo, ni en una eternidad. La noche les pertenecía. A pesar de todo lo que había entre ellos, no había nada que pudiera mantenerlos separados. Se pertenecía. Se necesitaban el uno al otro. Corazones y mentes, cuerpos y almas. Los árboles se balanceaban con el viento; las plantas casi se inclinaban por la mitad bajo el asalto. La humedad era alta, el aire estaba cargado de electricidad arqueándose y estallando. Dentados rayos de calor blanco golpearon el suelo, sacudiendo la tierra. Un relámpago golpeó el lateral de un edificio unos pocos bloques más lejos, carbonizando las paredes y enviando ladrillos que se derramaron por la acera y la calle. Explotó una cabina telefónica cercana en una lluvia de feroces chispas.

Alice de pie en el patio, el relámpago se arqueó cruzando el cielo sobre ella, el viento le arremolinó el pelo alrededor, la lluvia empapó su cuerpo, y levantó los brazos para abrazar el poder crudo de la naturaleza. Su piel era cremosa, perfecta, húmeda. La camisa de seda se aferraba a su torso y enfatizó la rosa oscura de sus pezones erectos e invitadores. Sus piernas estaban desnudas y delgadas, y el oscuro triángulo de rizos entre sus piernas le hacía señas, convocándole misteriosamente. Su largo pelo, suelto en el viento, estaba húmedo como la misma noche.

Jasper fue hacia ella porque tenía que hacerlo; no tenía otra elección. Nada, ningún obstáculo podía haberlo apartado de su lado. Sus brazos se extendieron y la arrastraron hacia él, su boca se encontró con la de ella con la feroz intensidad de la tormenta.

No podía encontrar las palabras, no tenía palabras que ofrecerle, sólo esto, su feroz necesidad de mostrarle lo que era. De entregarse a ella. Su vida. Todo.

La deseaba justo así. Húmeda y salvaje, con el relámpago estallando en el cielo y chamuscando su sangre. Su boca tomó la de ella, alimentándose vorazmente, devorando, reclamándola para sí mismo, marcando a fuego su boca y su piel. El fuego corrió a través del cuello de ella mientras la besaba, la acariciaba con su lengua, mientras sus dientes se hundían profundamente. El placer y el dolor la sacudió, reduciéndola a un salvaje éxtasis, pidiendo, siempre pidiendo más.

Tomó su sangre, el dulce y ardiente fluido que le llenó mientras se saciaba, mientras saboreaba su misma esencia. Mientras se alimentaba de su melosa especia, sus manos apartaron los bordes de la camisa a un lado para poder acunar la plenitud de sus senos, rebelando su cuerpo, su suavidad. Tan perfecta. Podía sentir lo que ella deseaba en su mente... el deseo salvaje, la necesidad de igualar la furia de la tormenta, la necesidad de sentirse viva en medio de toda la violencia que los rodeaba. El deseo de ella era el suyo. Acarició con su lengua las heridas para que su boca pudiera vagar hacia abajo por su garganta, dejando fuego a su estela. Encontró sus pechos a través de la fina y empapada transparencia de su camisa y los succionó salvajemente, un frenético frenesí de lujuria y amor. Sus manos encontraron el trasero desnudo de ella arrastrándola contra su rabioso cuerpo. La necesidad supero si sentido común; sus colmillos surgieron y se clavaron en la cremosa hinchazón de su pecho, haciéndola fluir en él como néctar.

Alice acunó su cabeza con un brazo, con la otra exploró su cuerpo, deliberadamente a un ritmo febril. La tormenta estallaba alrededor de ellos, a través de ellos, acumulándose en sus cuerpos, exigiendo alivio. Se alimentó como era su derecho, sus manos la reclamaban, deslizándose hacia abajo hasta su húmedo, ardiente y pulsante centro. Sus dedos sondearon, acariciaron, tentaron, fastidiaron. La combinación de su boca alimentándose y los dedos acariciando la condujo a la locura, tanto que se movió contra su mano, desesperado buscando alivio.

Los gritos roncos de Alice se perdieron entre el crujido del trueno mientras su cuerpo ondeaba de vida y exigía más de él. Jasper alzó la cabeza y observó con ojos hambrientos el fino sendero del rojo con la lluvia en el cuerpo de ella. Acarició con su lengua su pecho, después siguió el sendero goteante de rubí hasta su estómago, hasta que la encontró húmeda y preparada, gritando mientras se fragmentaba bajo su ataque. Un relámpago centelleó y estalló, un látigo de calor que pareció azotarlos con su furia, parecía danzar a través de sus cuerpos, alimentando su tormento en ellos, alrededor de ellos.

Jasper la empujó hacia atrás hasta que estuvo contra la verja de hierro del árbol. Sus manos la giraron, con lo que su pecho estaba entre los barrotes y ella tenía el metal como soporte, sus puños se apretaron cuando él alzó sus caderas. Las palmas de las manos de él recorrieron y la acariciaron, la suavidad de ella lo volvía loco de deseo. Presionó contra su trasero con su propio cuerpo rugiente, su dura longitud se inflamaba más y más. Nunca había necesitado más nada. Alice hizo un ruido, un pequeño lamento en su garganta. La suave súplica acabó con su poco control, y se sumergió en su vaina de ardiente terciopelo. Se oyó a si mismo gemir de placer, el viento tomó el sonido, arrancándolo de las profundidades de su ser, y enviándolo fuera a la turbulenta noche. Sus manos sostenían las caderas de ella mientras se enterraba más y más profundo, duro y rápido, tan salvaje como el viento batiente. Su espalda, tan larga y perfecta, se estiró delante de él, e inclinó la cabeza para lamer allí las gotas de agua. Era pequeña, tan delicada, aunque fuerte y tan salvaje como cualquier cosa que la naturaleza pudiera conjurar. El insaciable calor del ritual Cárpato estaba en ellos, pero su corazón estaba atrapado para siempre, pero tan salvaje como era, igualaba su ternura.

Sintió la debilidad de ella, un vértigo momentáneo. Supo instantáneamente que estaba mal, aunque intentaba ocultarlo. Había tomado mucha sangre. Sin consentimiento, sin comentarios, la había drenado. Su pequeño lamento desamparado satisfizo su ego masculino y la llevó cruzando el patio hacia una tumbona. Se colocó sobre los cojines húmedos, la puso sobre él, para que lo montara. Alice gritó mientras bajaba su cuerpo ferozmente despierto sobre él. La llenaba completamente, una fricción ardientemente blanca, firme y erótica. Jasper la cogió por la nuca, empujándole la cabeza hacia su pecho.

Te alimentarás ahora.

Ella era algo salvaje, su cuerpo se movía frenéticamente sobre el de él, tomando su control de hierro y reduciéndolo a cenizas. Sus manos midieron la cintura de ella, y se permitió a sí misma la lujuria de sábanas de seda, el relámpago estalló a través de su propio cuerpo, las llamas lo consumieron. Sus manos se movieron hacia arriba por la perfecta línea de su espalda, encontrando su pelo, y empujando su cabeza hacia él.

Necesito esto de ti. Necesito que me tomes en tu cuerpo.

Apretó los dientes contra el placer que amenazaba con volverle loco. Su orden fue en realidad una súplica y Alice se inclinó hacia adelante, su cuerpo montando el de él, su lengua lamió las gotas de agua sobre el pecho de él una vez, dos. El cuerpo de él se tensó mientras el fuego relampagueaba a través de él, dolor y placer mezclados en la misma sensación. Los dientes de ella les unieron como lo hacía su cuerpo.

Cuerpo y alma. Dios, la amaba, se sentía entero, completo con ella. El terrible vacío, el negro abismo, era empujado a un lado todo el tiempo por la belleza de su espíritu, de su alma.

Susurró palabras ancestrales de amor entre los dientes apretados, inundándola, llenando su corazón como llenaba su cuerpo. Cuando llegó la explosión, fue tan turbulenta como los relámpagos, tan ruidosa como el estruendo del trueno, tan salvaje como los vientos que atravesaban la noche. Se aferraron el uno al otro, exhaustos, saciados, intimidados por la belleza del acto, la belleza de la tormenta. Aunque mientras se sentaban juntos soldados, la cabeza de ella sobre su martilleante corazón, sus brazos apretados alrededor de ella, el viento empezó a morir, la naturaleza alivio su frenética fuerza mientras sus corazones lentamente volvían al ritmo normal.

Jasper besó sus sienes, la línea de su mejilla, acariciando con su boca la comisura de su boca, mordisqueando hacia abajo hacia su barbilla.

- Eres mi mundo, Alice. Debes saberlo.

Ella se abrazó a él, sorprendida por la intensidad y fuerza de su deseo el uno por el otro.

- Si esta cosa entre nosotros crece más fuerte a lo largo de los años, ninguno de nosotros vivirá mucho.

Jasper rió suavemente.

- Podrías tener razón, chérie. Eres una mujer peligrosa.

Fluyó de la tumbona, todavía sujetándola apretado contra él, y se deslizó por el patio hasta el interior de la casa. La ducha caliente sobre sus cuerpos después de la lluvia fría, pero permanecieron allí algún tiempo, demasiado cansados para moverse. Alice agradeció que la sujetara entre sus brazas, temerosa de que sus piernas nunca pudieran sostenerla de nuevo.

Jasper secó su cuerpo delgado con una toalla antes de ondear una mano para vestirse a sí mismo. Alice estaba vagando por la casa de vuelta a la cocina, con sólo otra de las camisas de él cubriéndola. Su piel desnuda mostraba marcas que no habían estado allí antes, y la siguió, maldiciendo su propia rudeza. Había dejado su marca deliberadamente en el pecho de ella, la marca de su posesión, pero las débiles marcas por otra parte necesitaban ser sanadas.

Alice rió suavemente.

- No estoy herida en ninguna parte, compañero. Lo adoro, y lo sabes.

- Puedo hacerte el amor sin dejarte marcas. - Corrigió él.

Ella recogió un montón de papeles y los examinó, después los dejó caer sobre el mostrador.

- Si alguna vez me haces daño, Jasper, te lo prometo, te lo diré inmediatamente.

Sintió el retorno de su inquietud.

- ¿Qué es?

- Hagamos algo, Jasper. Algo que no tenga nada que ver con la caza. Algo diferente. Algo turístico.

- Las calles estarán inundadas esta noche. - Señaló él.

Ella se encogió de hombros.

- Lo sé. Estuve mirando algunos folletos antes, sobre todas las atracciones turísticas de aquí. - Dijo Alice indiferentemente.

Jasper levantó la mirada alerta ante el cuidadosamente calculado desinterés de su voz.

- ¿Ninguno de ellos te pareció atrayente?

Ella se encogió de hombros muy casualmente.

- La mayoría de los más interesantes son de excursiones diurnas. Como los del bayou. Hay uno en el que puedes ir con alguien que se crió en el bayou. - Se encogió de hombros. - Me gustaría aprender historia local. No me importaría hacer un tour por el bayou con alguien que creció allí.

- ¿Tienes un folleto a mano? - Preguntó.

- No es importante. - Dijo Alice con un pequeño suspiro.

Tirando el puñado de panfletos sobre la mesa, y recogiendo su cepillo para el pelo. Jasper se lo sacó de la mano.

- Si quieres un tour apropiado por el bayou, Alice, entonces iremos.

- Me gustaría hacerlo. - Admitió Alice con una ligera sonrisa. - Es la clase de diversión para hacer preguntas y aprender cosas nuevas.

- Apuesto a que eres muy buena en eso. - Le respondió él, lentamente pasó el cepillo a través de la negra azulada longitud de su pelo. Se movía con vida propia, negándose a ser domado. Lo recogió entre sus manos sólo para sentir lo suave y sedosa que era. Sobre el hombro de ella, su pálida mirada descansó en el folleto que ella había puesto a un lado. Si Alice quería un tour, movería cielo y tierra para conseguirle uno. - No vamos a estar siempre cazando vampiros y asesinos mortales que persiguen a nuestra gente. - Empezó diplomáticamente.

- Lo sé. Nos siguen a donde quiera que vayamos. - Estuvo de acuerdo ella.

Se entretuvo en un enredo en su espeso pelo.

- Cuando por primera voz propusiste venir a Nueva Orleáns, teníamos la esperanza de que los miembros de la sociedad nos siguieran y dejaran a Felix y su gente en paz. ¿No es eso lo que querías?

- No particularmente. - Admitió ella con un brillo en sus ojos azules. - Estaba solo intentando conseguir que viviéramos aquí. Ya sabes, la clásica luna de miel. Una dulce esposa joven enseñando al cascarrabias viejo y marchito como divertirse. Esa clase de cosas.

- ¿Cascarrabias viejo y marchito? - Repitió él atónito. - La parte de viejo puedo aceptarla, incluso lo de cascarrabias. Pero definitivamente no estoy marchito. - Como castigo le tiró del pelo.

- ¡Ay! - Se giró y le miró indignada. - Marchito parece encajar. Ya sabes, mago, marchito.

Jasper aplastó la cara contra su pelo para esconder la súbita emoción que lo sobrecogía. La fragancia de flores y el aire fresco lo rodeó. Esto era lo que había buscado todos esos largos siglos. Diversión. La sensación de pertenecer a alguien. Alguien con quien compartir la risa, bromear y haciendo incluso en los momentos difícil la vida hermosa. Ella era tan parte de él, no podía volver de nuevo a una existencia yerma. Nunca elegiría permanecer en el mundo sin ella.

- ¿Crees que soy demasiado viejo, Alice? - Preguntó suavemente, tomando mechones de su pelo con la boca.

Tan suave. Tanto como la seda, pero incluso mejor.

- No viejo, Jasper. - Le corrigió gentilmente. - Sólo desfasado. Tienes tendencia a creer que las mujeres deberían siempre hacer lo que se les dice.

Se encontró a si mismo riendo.

- No es eso lo que haces tú.

Ella inclinó la cabeza hacia atrás, una indirecta nada sutil para que siguiera cepillando.

- Desearía que entendieras que no puedo quedarme y mirar como alguien te hace daño por mi causa.

El suspiró audiblemente y permaneció en silencio hasta que pasaran varios latidos de corazón antes de replicar.

- Nunca te debí haber llevado conmigo colocándote en semejante posición, ma chérie. Me disculpo por eso.

- Quiero discutir eso. - Insistió ella, apretando los puños.

Él puso a un lado la delgada camisa, inclinó la cabeza, y tocó con la boca su piel desnuda. La sensación fue tan íntima como el pecado.

- No puede haber discusión. Lo dejamos claro anoche. No lo haré, ni siquiera por ti. Debes entender quién soy. Estás en mí, como yo estoy en ti. Sabes cómo me siento. No puedo hacer otra cosa que protegerte. Eso es quien soy.

- ¿Tienes que ser tan inflexible sobre esto, Jasper? - Se quejó Alice.

Pero tenía razón; ya sabía la respuesta. Era imposible estar en su cabeza y no sentir su implacable resolución.

- La tormenta está pasando. ¿Quieres ir al bayou esta noche? - Preguntó suavemente, separando su pelo diestramente y empezando a peinarlo en una gruesa trenza. Amaba la sensación de las manos de él en su pelo, sus dedos masajeándole el cuero cabelludo, apretándole gentilmente en la larga y gruesa trenza.

Extendió una mano para colocar la palma sobre su hombro desnudo, el punto exacto donde los labios de él la habían tocado.

- Me encantaría ir al bayou contigo.

Él le sonrió, sus ojos plateados parecían mercurio fundido.

- Podemos observar la fauna salvaje para variar. Nada de vampiros.

- No tipos raros de ninguna sociedad. - Añadió ella.

- Ni mortales que necesiten ser rescatados. - Dijo Jasper con intensa satisfacción. - Vístete.

- Estás siempre sacándome la ropa, y después me dices que me vista de nuevo. - Se quejó Alice con su exasperante sonrisa, esa pequeña y sexy que lo volvía loco.

Le dio la vuelta para que le enfrentara, cogió la pechera de su camisa, y tiró de los bordes abiertos para cubrir su cuerpo tentador.

- ¿No puedes esperar que te vista yo mismo, verdad? - Preguntó, inclinándose para acariciarle los labios con los suyos.

Ya sentía su corazón saltar en respuesta. O quizás era el corazón de él. Era casi imposible decir la diferencia ya. A Alice le tomó solo unos momentos estar preparada. Cogidos de la mano, caminaron por el patio. La lluvia no era ahora más que llovizna, pero el agua tenía todavía centímetros de profundidad sobre los azulejos.

Jasper se llevó la mano de ella a su boca.

- Nunca veré este sitio del mismo modo, ma petite. - Dijo suavemente.

Su voz susurró sobre la piel de ella, negro terciopelo que se deslizaba sobre su cuerpo y rezumaba en su mente. Su voz era pureza en sí misma, tan hermosa que nadie podía resistirlo, y menos que nadie ella. Alice se encontró ruborizándose, el color salvaje se arrastró hacia arriba por su cara.

La risa de él fue suave y ronca. Su cuerpo ya estaba empezando a cambiar de forma mientras se lanzaba por el cielo. Alice observó con orgullo como su cuerpo encogía y plumas iridiscentes cubrían la forma de raptor. Era hermoso, con agudos ojos, como navajas de afeitar, garras, un cuerpo poderoso. Ella no tenía tanta experiencia para cambiar en medio del aire, pero mantuvo la imagen que tenía en su mente y sintió el peculiar estiramiento de huesos y músculos que anunciaban el cambio.

Las sensaciones eran completamente diferentes. Como la noche que había corrido libre con el lobo, Alice ahora tenía las sensaciones de un pájaro de presa. Su visión era aguda y clara, sus ojos enormemente abiertos. Desplegó sus alas experimentando, después las batió en la ligera llovizna. Eran mucho más grandes de lo que había esperado. La deleitaba, y las batió con más fuerza para poder crear un viento, causando olas en el agua estancada en el patio.

¿Te diviertes? La voz de Jasper contenía un dejo de risa.

Esto es genial, compañero, respondió ella.

Rápidamente batió las alas elevándose en el aire. La luminosa neblina estaba ya pasando por encima. El aire era cálido y pesado con la promesa de humedad, pero se elevó algo, rebelando su habilidad para hacerlo. El cuerpo más grande y fuerte se dejó caer sobre el de ella, cercano y protector, guiándola en dirección al bayou. Aunque volaban alto, los agudos ojos del raptor podían distinguir los más pequeños movimientos de abajo. Los detalles eran vívidos y claros. Incluso los colores eran diferentes. Visión de infrarrojos, censores de calor... Alice no estaba segura que es lo que era exactamente, pero la forma en que percibía el mundo era una experiencia única y diferente.

Se zambulló bajo Jasper y voló lejos de él, girando de lado y dando vueltas sobre él. En su mente podía oírle maldecir. Como siempre sonaba arrogante, elegante, del Viejo Mundo, completamente dictador. Riendo, cogió una ráfaga de aire caliente y lo tomó para sobrevolar el río. El macho se dejó caer para cubrirla con sus enormes alas.

¡Aguafiestas! lo acusó ella, su toque en la mente de él un susurro de luminosidad, una invitación a unirse a su diversión.

Estás en un gran lío, ma femme. Sabía que la amenaza estaba vacía cuando la hizo; le daría el mundo. ¿Pero por qué tenía que hacer semejantes diabluras todo el tiempo? Alguien que elige vivir contigo tendría que tener sentido de la aventura, ¿no crees?

Su suave risa jugó sobre la piel de él como música, como la gentil brisa soplando desde las montañas de su tierra natal.

Incluso dentro del cuerpo de pájaro, volvió a la vida el deseo y el hambre surgiendo para convertirse en una parte de él. Implacable. Exigente. Salvaje en su intensidad. Era más que simple lujuria. Más que hambre. Más que deseo. Era todo eso mezclado junto con una ternura que nunca había concebido que pudiera sentir. Cuando más rebelde era ella, cuando más desafiante, era cuando su corazón se derretía.

Lo que creo es sería mejor que hicieras las cosas de la forma en que yo quiero que se hagan. Cambiar de forma no es cosa simple.

Todo el mundo lo hace, objetó ella, lanzándose lejos bajo él.

El macho raptor se lanzó tras ella, llegando rápido y directo como una flecha, cayendo hacia ella desde el cielo nocturno. Alice, dentro del cuerpo de la hembra, dio un pequeño chillido de miedo, y corazón martilleó ante el inesperado ataque. Salió un graznido extraño, sobresaltándola tanto que por un momento olvido lo que estaba haciendo casi volviendo a cambiar de forma a su propio cuerpo.

¡Alice!

Su voz fue una suave orden, hipnótica, imposible de ignorar o desafiar. Mantuvo la visión del pájaro en la mente de ella, fundiendo su mente completamente con la de ella para que fueran una. El pájaro de presa macho una vez más voló cubriendo el pequeño cuerpo de la hembra, guiándola sobre la ciudad y el canal hacia el oscuro bayou.

Es culpa tuya por asustarme, proclamó ella.

Bajo ellos casi todo estaba cubierto por cipreses que surgían del agua. Densas cañas se elevaban del pantano. El bayou bullía de vida, con el sonido de insectos, pájaros y ranas. Las tortugas compartían los troncos caídos y podridos con jóvenes caimanes y las serpientes se deslizaban, saciadas y soñolientas, a lo largo de las ramas. El pájaro macho instigó a la hembra, y volaron sobre la hermosa noche un rato, observando la escena viva cambiante bajo ellos.

Jasper envió una llamada a la noche, buscando al único que cumpliría el deseo de Alice. Quería un guía, uno que hubiera nacido y se hubiera criado en la zona y que pudiera responder a todas sus preguntas. Un bote se movió a través de las aguas en respuesta a su convocatoria. Había sido particularmente firme en su orden, urgiendo al hombre a responder inmediatamente.

Aterriza en la roca de abajo, Alice, y cambia de forma mientras lo haces. Mantendré la imagen contigo. Durante un momento ella tuvo miedo. La roca no era particularmente grande, y el pantano era traicionero. Confía en mí, ma petite. Nunca permitiría que nada te ocurriera, la tranquilizó suavemente.

Podía sentir su confort y sus fuertes brazos alrededor de ella, incluso en la forma de un pájaro. La extensión de los poderes de Jasper siempre la dejaba atónita. Ciertamente era legendario. Todos los Cárpatos hablaban de él en susurros. Había creído que era poderoso, pero no había concebido las cosas de las que era capaz. Sentía un inesperado orgullo por él y asombro de que pudiera desear a alguien tan inexperto en las costumbres de los Cárpatos, en lo esencial de su entrenamiento, como lo era ella.

Te enseñaré todo lo que necesitas saber, chérie, y disfrutaré enseñándote, le susurró él suavemente en su cabeza.

Podía sentir el fuego instantáneamente moviéndose a través de su sangre ante el susurro de su voz.

Las garras del pequeño pájaro apuntaron hacia abajo y buscaron asidero en el canto rodado mientras su esbelta forma brillaba en el aire húmedo. Mientras se solidificaba, el pájaro de presa macho encontró un pequeño parche de tierra que estaba cerca para aterrizar. Se deslizó fácilmente sobre los dos pies, su forma musculosa empequeñeciendo la de Alice. Podía oír el firme zumbido del motor de un bote mientras se acercaba hacia ellos.

Riendo, Alice saltó de su precaria posición en el canto rodado a la seguridad de los brazos de Jasper. El la cogió, aplastándola contra su pecho, pero con júbilo y alegría, apresurándose a través de sus venas. Sentir de nuevo estaba más allá de su compresión, pero sentirse así, tener tanta alegría en él, era totalmente increíble.

Le susurró en la lengua ancestral, palabras de amor y compromiso que no encontraba forma de expresar en ninguna otra lengua. Ella era más de lo que nunca sabría para él; era su vida, el mismo aire que respiraba.

Te preocupas por las cosas más ridículas, le dijo gruñonamente, enterrando la cara sólo un momento contra su cuello, inhalando su esencia.

- ¿Lo hago? - Preguntó ella en voz alta, los ojos danzaban hacia él. - Tú eres el que siempre se preocupa de que vaya a hacer algo salvaje.

- Haces cosas salvajes. - Respondió complacientemente. - Nunca sé lo que vas a hacer el momento siguiente. Es bueno que resida en tu mente, ma petite, o tendría que ser encerrado en el manicomio más cercano.

Sus labios le acariciaron la barbilla, acariciando a lo largo de su mandíbula, después mordisqueando invitadoramente hacia la comisura de su boca.

- Creo que deberías estar encerrado. Eres positivamente letal para las mujeres.

- No para las mujeres, sólo para ti. - Jasper detuvo su boca provocadora con la suya, tomando posesión de ella a pesar del hecho de que el bote estaba casi junto a ellos.

Estaba desvalido en la red de su hechizo. Era mágica, hermosa, fascinante. Su risa burbujeó de nuevo, sus puños de apretaron en la camisa de él.

- Tenemos compañía, compañero. Presumo que enviaste a por él.

- Tú y tus ideas. - Gruñó, deslizándose por la esponjosa superficie hacia el bote.

El capitán del barco no pareció notar que los pies de Jasper nunca acababan de tocar el pantano. Sus ojos estaban sobre Alice con genuino espanto.

- Es la maga, Alice Cullen. -dijo- He estado en tres de sus shows. Volé todo el camino hasta Nueva York para verla el año pasado, a Denver hace unos pocos meses, y a San Francisco este mes. No puedo creer que sea realmente usted.

- Eso es un cumplido. - Alice lanzó su famosa sonrisa, la que hacía que aparecieran esas curiosas estrellas plateadas en el centro de sus ojos. - ¿Viajo todo ese camino sólo para verme? Me halaga.

- ¿Cómo hace eso? ¿Desaparecer como lo hace en medio de la niebla? Estaba tan cerca del escenario como podía, y todavía no puedo imaginar como lo hace. - Dijo, inclinándose hacia adelante, extendiendo su mano. - Soy Beau LaRue. Nací y me crie justo aquí en el bayou. Es un privilegio conocerla, Señorita Cullen.

Alice deslizó su mano dentro de la del capitán, un breve toque sólo mientras Jasper le ponía los pies firmemente sobre el suelo del bote. Estaba ya empujándola de vuelta entre sus brazos mientras lo hacía, sacándola con éxito de las garras del capitán.

- Soy Jasper. - Dijo a su manera suave y gentil, con esa voz que esclavizaba y cautivaba. La que ronroneaba en amenaza. - Soy el marido de Alice.

Beau LaRue había conocido sólo a otro hombre tan peligroso como este en su vida. Por coincidencia había sido también de noche en el bayou. El poder y el peligro se aferraban a Jasper como una segunda piel. Sus inusuales ojos pálidos eran hipnotizadores, su voz hipnótica. Beau sonrió. Había pasado la mayor parte de su vida en estas aguas, había encontrado de todo desde caimanes hasta contrabandistas. La vida era siempre buena en el bayou, impredecible y estimulante.

- Escogieron una noche interesante para su visita. - Dijo alegremente.

La tormenta ya había pasado, pero el humor del agua era peligroso esta noche. Sobre los bancos alrededor de ellos, los caimanes, normalmente calmados y tranquilos, tomando el sol a la luz del día, estaban bramando con desafío o se deslizaban silenciosamente en el agua para cazar una presa. Los blancos dientes de Jasper relampaguearon en respuesta. Era parte de la noche, las criaturas le conocían, la inquieta e indomable tierra igualaba su hambrienta alma.

Beau le miró observando bajo la quietud absoluta que le marcaba como un peligroso depredador, los ojos implacables moviéndose constantemente, sin perderse nada. El cuerpo poderoso y bien musculoso estaba engañosamente relajado pero preparado para todo. La cara, ásperamente sensual, hermosamente cruel, estaba tallada por penalidades y conocimientos, riesgo y peligro.

Jasper permaneció en la sombra, pero la plateada amenaza de su mirada brilló con una extraña luz iridiscente en la oscura noche. Beau tomó la oportunidad de estudiar a Alice. De cerca era todo lo que había sido sobre el escenario, incluso más. Etérea, misteriosa, sexy. El mismo material del que estaban hechas las fantasías de los hombres. Su cara era perfecta, iluminada por la alegría, sus ojos claros, como hermosas estrellas azules de zafiro. Su risa era musical y contagiosa. Era pequeña e inocente al lado del depredador en su bote. Tocaba el brazo de Jasper, señalando algo en el terraplén, su cuerpo rozaba el de él ligeramente, y cada vez que ocurría, esos ojos pálidos se caldeaban hasta parecer mercurio fundido y acariciaban la cara de ella íntima y hambrientos.

Beau empezó a contestar las preguntas de ella, explicándolo todo sobre su juventud, su padre poniendo trampas por comida y pieles, como él y su hermano recogían musgo de los árboles para su madre y hermanas que lo secaban y colocaban como relleno en sus colchones. Se encontró a si mismo contándole toda clase de recuerdos de su niñez, cosas que no sabía siquiera que recordaba. Ella esperaba por cada una de sus palabras, haciéndole sentir como si fuera el único hombre sobre el planeta... hasta que Jasper se revolvió, una simple sugerencia de músculos ondeando, pero lo suficiente como para recordar a Beau que estaba bien protegida.

Les llevó a todos sus lugares favoritos, los más hermosos y exóticos lugares que conocía. Jasper hizo preguntas también, sobre hierbas y artes de sanación naturales del bayou. Beau encontró la voz imposible de resistir, como terciopelo, con un mágico poder negro que podría escuchar para siempre.

- Oí a algunos hombres en un restaurante hablando de una leyenda del bayou. - Dijo Alice repentinamente.

Se inclinó sobre el lateral del bote, ofreciéndole una intrigante visión de sus apretados vaqueros. Se aferraban adorablemente a cada curva.

Jasper se movió, con una fluidez en su cuerpo, deslizándose silenciosamente, y su gran forma estaba cubriendo la de Alice, bloqueando la incitante vista al capitán. Jasper se inclinó hacia ella, sus brazos bajando a ambos lados de la baranda para encerrarla contra él.

Lo estás haciendo de nuevo.

Sus palabras rozaron suavemente en la mente de ella, así como su cálido aliento fastidió los mechones de cabellos en su nuca. Alice se inclinó hacia atrás contra él, fijando su trasero en la cuna de sus caderas. Era feliz, libre del opresivo peso de la caza, de la muerte y la violencia. Estaban sólo ellos dos.

Tres, le recordó él, sus dientes rasparon el sensible pulso de ella.

Podía sentir la oleada de respuesta en la sangre de ella, la lava fundida extendiéndose en la de él.

Mi madre piensa que mi padre es un hombre de las cavernas. Estoy empezando a pensar que tú podrías darle lecciones.

Pequeña cosita irrespetuosa.

- ¿Qué leyenda? Hay tantas. - Dijo Beau.

- Sobre un viejo caimán que finge esperar para comer perros de caza y niños pequeños. - Dijo Alice.

Jasper tiró de su larga trenza para que inclinara la cabeza hacia atrás. Su boca rozó la línea de la garganta de ella.

Yo podría ser un caimán hambriento, ofreció suavemente.

- El viejo. - Dijo Beau. - Todo el mundo adora esa historia. Ha estado rondando cien años o más, y la cosa crece con cada anécdota. - Se detuvo durante un momento, maniobrando con destreza a lo largo de un nudo en el canal. Los cipreses se inclinaban hacia abajo, pareciendo macabras figuras de palo vestidos con largas cuerdas de musgo colgante. Ocasionalmente podías oírse salpicaduras como si una serpiente cayendo al agua. - Dicen que el viejo hombre caimán ha vivido siempre. Es enorme ahora, más gordo con cada muerte y más taimado e inteligente que ningún otro en el bayou. Reclama su territorio, y los otros caimanes le dan un amplio margen. Dicen que mata a cualquier caimán lo suficientemente estúpido como para vagar por su territorio, joven o viejo por igual, macho o hembra. Han desaparecido tramperos de cuando en cuando y el viejo hombre caimán consigue la fama. - Beau dejó que el bote se detuviera, para que se mecieran gentilmente en el agua. - Es divertido que haya preguntado por esa historia en particular. El hombre que me dio las entradas por su actuación estaba muy interesado en ese caimán. Solíamos salir por aquí de noche juntos, recogiendo hierbas y cortezas de árbol y hurgábamos por los alrededores buscando al monstruo. Nunca lo encontramos, sin embargo.

- ¿Quién le dio entradas para el show de Alice? - Preguntó Jasper suavemente, ya conociendo la respuesta.

- Un hombre llamado Cudmore, Dimitri Cudmore. Su familia ha estado en Nueva Orleáns casi desde la primera fundación. Le conocí hace años. Somos buenos amigos. - Sonrió atractivamente. - a pesar de que en realidad es italiano.

Jasper arqueó las cejas. Dimitri había nacido y se había criado en las Montañas de los Cárpatos. No era más italiano de lo que Jasper era francés. Dimitri había pasado un tiempo considerable en Italia, como Jasper en Francia, pero ambos eran Cárpatos a pesar de todo.

- Conozco a Dimitri. - Ofreció Jasper, sus dientes blancos relucieron en la oscuridad.

El agua golpeó el bote, produciendo un peculiar ruido de palmoteo. El balanceo era más calmante y pacífico que perturbador. Beau pareció pagado de sí mismo.

- Pensé que lo conocería. Ambos tienen conexión con Alice, ambos hacen las mismas preguntas sobre medicina natural, y ambos parecen malditamente intimidantes.

- Yo soy más agradable que él. - Dijo Jasper, serio. La cabeza de Alice rozó su pecho. Su risa fue dulce música en el sofocante calor del pantano. - Así que nunca encontraron al caimán. ¿Es verdad que come perros grandes?

- Bueno, de hecho, un gran número de perros de caza se han perdido en el bayou a lo largo de un sendero en particular. Es en el supuesto territorio del viejo hombre caimán. Un par de cazadores dijeron que le vieron tendido a la espera de los perros. No pudieron atraparlo, sin embargo. Ninguno puede. Ha estado por los alrededores tanto tiempo que conoce todos los caminos del bayou. Una pequeña advertencia y se va. - El capitán frunció la frente como si estuviera dándole vueltas.

- Está hablando como si creyera que es real. - Señaló Jasper gentilmente. - Aunque dice que usted y Dimitri no lo encontraron. Dimitri es un cazador sin igual. Si existiera tal criatura, la encontraría. - Ya estaba leyendo la mente del capitán, cebándolo.

A su lado, Alice se revolvió como para contradecir su declaración, pero Jasper la silenció levantando la palma de una mano.

- Dimitri sabía que estaba aquí. Lo sentía.

- Pero usted lo vio. - Jasper empujó al hombre un poco más fuerte, repentinamente interesado en esta bestia que podía sobrevivir cuando muchos otros no podían.

Beau miró alrededor al canal, incómodo en la oscuridad de la noche. Era supersticioso, y había visto cosas, cosas inexplicables, no le gustaba hablar de ellas sin la luz del sol.

- Quizás si he visto al hombre viejo. - Admitió en voz baja. - Pero fuera de aquí, si admites tal cosa, los recién llegados creen que estás loco.

- Cuéntenos sobre eso. - Le urgió Jasper, su voz aterciopelada e hipnotizadora, imposible resistirse.

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¡Hola, hola! Ando perdida últimamente jajaja lo se, mil gracias por la paciencia! Al menos hoy tengo chance de dormir un poco tarde y aproveché para subir un cap. Subiré el siguiente en cuanto me sea posible.

Supongo que hace unas semanas vieron mi nuevo proyecto "A Peephole", espero que le den un buen recibimiento jeje lo empezaré a subir en cuanto terminemos esta historia (lo que no falta mucho, algunos caps más), así que espero que estén pendientes.

También me han pedido historias de otras ships jaja así que pronto prepararé una historia Rosalie-Emmett, un pedido especial que me pidieron jeje Tendrán noticias mías.

En fin! No olviden dejar un lindo comentario si es gustó (o uno feo si no les gustó jaja).

¡Nos leemos pronto!