Capitulo dieciséis

Bella POV

Mi primer día de universidad había llegado, estaba algo nerviosa por todos los cambios a los que me había puesto. Me desperté temprano y después de una larga ducha bajé corriendo para desayunar en la cafetería. Entré por la puerta con una medio sonrisa y Nessa me devolvió otra de oreja a oreja, era una chica muy alegre, siempre estaba sonriendo o haciendo bromas. Me recordaba mucho a los Cullen era cariñosa como Esme, alegre como Alice, paciente como Carlisle y lo peor… tenía los ojos y el pelo de Edward. En algún momento de unas de mis largas noches de insomnio me llegué a preguntar si sería alguna hermana secreta o prima lejana, pero con la luz del amanecer eses estúpidos pensamientos se alejaban así como mis pesadillas.

– ¡Buenos días Bella! –Canturreó Nessa– te he dejado el café en tu mesa.

Sonreí agradeciéndole y me senté en "mi" mesa… era la mesa que había ocupado el primer día. Estaba junto a una ventana, me gustaba sentarme allí y ver a la gente paseando por las aceras. En mis momentos buenos, esos en los que todo lo que había dejado atrás se alejaba de mi mente, disfrutaba de una taza de café humeante o de un delicioso chocolate caliente mientras veía como los transeúntes se recolocaban sus abrigos calados de frío. En los malos, cuando echaba de menos a todos, pero sobre todo cuando Edward era mi único pensamiento, simplemente miraba con melancolía y me preguntaba si todas esas personas que paseaban por la calle, serían felices, tendría una familia o alguien a quien amar…

Nessa parecía una buena chica, en mis momentos buenos hacía bromas constantemente y me arrancaba alguna que otra sonrisa sincera y en los malos simplemente me dejaba mi espacio, se alejaba y me dejaba disfrutar de mis pensamientos en soledad. Hacía solo una semana que nos conocíamos, una semana que habíamos empezado a trabajar juntas y ya parecía conocerme muy bien. Aunque nunca preguntó que me había pasado, yo sabía que ella intuía algo, era muy perceptiva pero demasiado buena para preguntar.

También llevaba una semana trabajando en esa cafetería, Ben el dueño era un chico maravilloso, tenía solo unos cinco años más que yo y era muy amable. Estaba casado con Ángela, una chica que tenía solo un par de años menos que él, era tímida y muy introvertida, pero se veía en sus ojos que era una buena chica. Estaban embarazados, esperaban un niño para un par de meses después, y cada vez que veía a Ángela cruzar la puerta de la cafetería mi cara se iluminaba con una radiante sonrisa. Me recordaba mucho a Seth, a quien echaba terriblemente de menos, y verla con su barriguita prominente me hacía recordar a cuando ayudaba a Sue en su complicado embarazo.

Empezaba mi turno después de las clases en la universidad, la verdad es que ese trabajo me había venido como caído del cielo. Agradecía mucho que las cosas fueran tan rodadas. Tenía un lugar al que escapar y en la universidad no me pusieron ningún problema para hacer el traslado de mi expediente. Y al día siguiente de llegar ya había encontrado un trabajo y tres personas en las que parecía que podía confiar.

Después de tomar mi café y un par de muffins que Nessa me había puesto en un platito me despedí de ella con la mano y me encaminé a mi primer día de universidad. Fui andando porque solo estaba a cuatro manzanas y así también ejercitaba un poco las piernas. Cuando llegué me asusté un poco, no había ido por allí para nada y cuando ví ese enorme edificio me sentí un poco intimidada. Además estaba completamente rodeado de gente, que pasaba a toda velocidad sin percatarse de mi presencia.

Algo cohibida fui caminando hacia la puerta principal, esperaba encontrar un plano o algo que me ayudase a encontrar las oficinas para pedir mis horarios y preguntar donde estaban mis clases. En cuanto crucé la puerta un enorme cartel me decía que las oficinas estaban por un pasillo a la izquierda. Después de hablar con una amable señora de unos cincuenta años que me ayudó en todo lo que pudo al saber que yo era de Washington igual que ella.

Me encaminé a mi primera clase, estaba en el ala oeste del edificio y no tardé mucho en llegar. Entré en aquella enorme aula, estaba acostumbrando a la universidad de Seattle, no era muy pequeña pero Nueva York eran palabras mayores. Me sentía pequeña e insegura rodeada de tantas personas desconocidas. Con paso vacilante me senté en una de las primeras filas, ya que las últimas estaban prácticamente ocupadas.

No tardó en aparecer un hombre bajito y rechoncho con cuerpo de barrilete y cara redonda, su cabeza estaba completamente desprovista de cabello y unos lentes redondos que recordaban a los de Santa Claus adornaban sus penetrantes ojos grises. Se presentó como el Sr. Banner, y aunque su aspecto era el de un abuelito dulce y cariñosos su voz afilada y desdeñosa demostraba que bajo esa apariencia solo había un hombre amargado y cansado de vivir.

– ¿Señorita Swan? –preguntó de repente.

Yo me tensé al oír pronunciar mi apellido y me puse en pie tímidamente. Él me miró de arriba abajo y puso una mueca de disgusto, yo contuve las ganas de sacarme un zapato y tirárselo a la cabeza… ¿qué se creía?

– Es nuestra única alumna nueva este semestre… necesito que me traiga un relato de cincuenta páginas para mañana para comprobar su nivel –continuó ladrando con su voz estridente.

Asentí y volví a sentarme poniendo cara de fastidio… intentaba imaginar de donde sacar una historia o tiempo para poder escribirla… recordé que por casualidad en mi laptop todavía estaba aquella historia que Edward me había ayudado a escribir una de las noches que pasó conmigo. Me estremecí al recordar esos momentos, me había obligado a mí misma a no pensar en él más de lo necesario e imprescindible, pero siempre aparecía en mi cabeza de un modo u otro.

– No te preocupes– susurró una voz dulce a mi derecha– es un hueso, pero con el tiempo se ablanda. Siempre está así a principios de semestre.

Miré a la dueña de esa voz y me encontré con dos ojos dorados muy tiernos, pero al continuar viajando por su rostro vi varios piercings adornándolo, además de unos labios pintados de rojo sangre. Seguí mirando a mi compañera de silla y ví que su pelo negro era lacio y caía aproximadamente hasta la mitad de su espalda. Sus ropas eran rojas y negras con lazos y volantes.

– Me llamo Charlotte –dijo con una sonrisa.

Yo sonreí de vuelta casi inconscientemente, esa chica me había dado muy buena espina en tan solo un par de segundos.

– Yo soy Bella –contesté tomando su mano extendida.

La clase continuó sin problemas, Charlotte era una chica dulce y tierna, nada que ver con su imagen. Hablamos durante la mayor parte de la clase, ya que el tema que se estaba debatiendo yo ya lo había dado en Seattle. Me hablo de su novio Peter y un poco sobre su vida. Fue divertido compartir tiempo con ella.

La mañana fue pasando entre clase y clase, cuando me quise dar cuenta ya erala hora del almuerzo. Fui de nuevo hasta la cafetería donde una muy sonriente Nessa me esperaba con un sándwich vegetal y una coca–cola en mi mesa. Le sonreí y besé su mejilla en agradecimiento. Me senté y devoré en sándwich en cuestión de segundos y me bebí la coca–cola en solo dos tragos. Me puse el delantal negro que cubría mis caderas y me dispuse a ayudar a Nessa en nuestro trabajo.

La tarde fue pasando poco a poco, entre cliente y cliente y café y café. El estar ocupada me ayudaba a tener mi mente alejada de todo lo que me hacía daño. No quería pensar en Edward, no quería pensar en los abrazos de Esme que tanto echaba de menos, pero sobre todo no quería pensar en Rosalie y en Alice, ni en las cincuenta llamadas perdidas que encontraba en mi móvil cuando llegaba a casa, ni es lo que las echaba de menos… pero me sentía demasiado herida con ellas, sobre todo con Rose. Aquel día se presentó en mi apartamento con una frialdad muy impropia de ella, actuaba como si que Edward me hubiese dejado fuese algo bueno y no todo lo contrario. Fingía que mi dolor no existía y que lo mejor era salir de compras y olvidarse de todo…

Suspiré y alejé ese pensamientos de nuevo de mi cabeza… debía centrarme en enjuagar esos vasos antes de que uno se me resbalase de las manos e hiciese algo que acabase conmigo en urgencias. Nessie me miraba desde el otro lado del local con el ceño fruncido, sabía que cada día tenía más ganas de preguntar que era lo que me estaba atormentando. Estaba segura de que pronto esa pregunta saldría de sus labios y yo tendría que contarle algo… peor no estaba segura de si decirle la verdad era lo más apropiado.

Ángela llegó una hora antes de cerrar, con su prominente barriguita arrancándome una sonrisa. Me acerqué a ella de inmediato y acaricié su abdomen sobre su grueso suéter blanco, su bebé me saludó con una débil patadita que hizo que mi sonrisa se ensanchase. Ángela se sentó en una mesa y dejó un montón de papeles a su lado, me pidió un café mientras ojeaba una revista.

Hice el café lo mejor que pude, todavía no había entablado una fuerte amistad con la cafetera industrial que ellos tenía allí, era un modelo mucho más avanzado del que había en la pequeña cafetería de Forks en la trabajaba antes, y a mí todas esas cosas tecnológicas se me resistían un poco.

Me acerqué a Ángela para darle su café y ella y Nessa suspiraban mirando la revista embobadas.

– Es guapísimo… me encantaría conocerlo –decía Ángela.

– Tú tienes a Ben… déjanoslo a las solteras… ¿a que sí Bella? –preguntó Nessa sonriendo.

– ¿De quién habláis? –pregunté.

– Edward Cullen –dijeron las dos a coro.

El color abandonó mi cara y con manos temblorosas dejé el café sobre la mesa.

– ¿No te parece guapísimo? Esos labios tienen que ser tan dulces y suaves… –decía Nessa con voz soñadora.

Tragué en seco y me abracé el pecho intentando que la herida no se abriese de nuevo. Vaya que esos labios eran suaves… yo los había probado y eran mejor que cualquier manjar que pudieses comer.

– ¿Estás bien? –preguntó Ángela.

Asentí con la cabeza incapaz de hablar. Me senté en una silla a su lado mirando al suelo, obligándome a mi misma a no volver la mirada y verse esa revista, no podría soportar ver su imagen, no... me volvería loca.

– Mira Bella, en esta foto sale guapísimo… –dijo Nessa extendiendo la revista frente a mi cara.

Y no pude evitar mirar, mi lado masoquista salió a flote y caí. La respiración se me congeló en la garganta y unas lágrimas que quemaban como el mismo fuego descendieron por mis mejillas. No era solo que Edward estuviese más que guapo en esa foto, tampoco es que esa sonrisa torcida que me arrancaba suspiros estuviese dibujada en sus labios, tampoco que su pelo estuviese igual de revuelto que siempre… es que a su derecha estaba Tanya… sonriendo, feliz y en el titular ponía en letras grandes que estaban esperando su primer hijo.

No es casualidad, mi vista se encargo de demostrar que yo en tu vida no tengo lugar.

Me mataste la ilusión con solo una mirada Que me castiga.

Acabaste con mi amor y tú no sabes nada.

No te imaginas que, te vi en aquél lugar tratando de besar a la que con quien hoy si quieres

te puedes quedar (Georgina, Con solo una mirada)

Sentí como la herida de mi pecho se abría hasta límites insospechados, me tragué los sollozos a duras penas e inconscientemente mi dedo índice trazó la línea de sus labios, mientras una de mis lágrimas humedecía el papel a la altura del pecho de Edward… mi mirada estaba clavada en sus ojos, en esas dos esmeraldas que inundaban mis sueños y ahora también mis pesadillas. Algo no andaba bien, no brillaban, estaban vacíos y tristes como la última vez que los vi. Ese no era el Edward Cullen del que yo me había enamorado, era otra persona. No era la imagen de felicidad que ambos querían mostrar…

Oía un murmullo lejano, tardé en darme cuenta de que Ángela y Nessa permanecían a mi lado, ambas me estaban preguntando que me pasaba con una expresión preocupada. Suspiré, intenté tragarme las lágrimas, dejar el dolor en lo más profundo de mi corazón, ya habría tiempo de llorar cuando estuviese sola en mi cama. Aparté la revista de un manotazo y me puse en pie, mis piernas temblaban, temía por mi equilibrio, mis rodillas parecían de gelatina. Pero no podía seguir sentada en esa mesa con la posibilidad de poder volver a ver esa imagen.

Mi pies se enredaron y trastabillé un par de veces, cuando ya solo me faltaban dos pasos para llegar a la barra tropecé de verdad y cerré mis ojos esperando el fuerte golpe contra el suelo… pero no llegó, en sus lugar sentí unas fuertes manos rodeando mi cintura, abrí mis ojos y me encontré de frente con otros dos ojos negros que me miraban fijamente. Parpadeé y tragué en seco.

– ¿Estás bien? –preguntó con su dulce voz.