Capitulo dieciocho

Bella POV

Mi pies se enredaron y trastabillé un par de veces, cuando ya solo me faltaban dos pasos para llegar a la barra tropecé de verdad y cerré mis ojos esperando el fuerte golpe contra el suelo… pero no llegó, en su lugar sentí unas fuertes manos rodeando mi cintura, abrí mis ojos y me encontré de frente con otros dos ojos negros que me miraban fijamente. Parpadeé y tragué en seco.

¿Estás bien? –preguntó con su dulce voz.

Solo pude asentir, incapaz de hablar perdida en la profundidad de esos ojos. Vi una chispa de alegría en ellos, como si algo le resultase gracioso. En cuanto sentí que mi cuerpo estaba completamente vertical al suelo me alejé dos pasos de él y lo miré a la cara. Su pelo rubio ceniza estaba sujeto en una coleta a la altura de su nuca, sus cejas pobladas enmarcaban sus negros ojos. Sus labios, gruesos y rellenos estaba sonriendo ligeramente y sus facciones eran casi perfectas. Era un hombre, sí un hombre, pasaba de los treinta y posiblemente estuviese cerca de los cuarenta, era atractivo, tenía un "algo" que llamaba mi atención, aunque distaba muchísimo de la perfección de Edward.

– ¿Seguro que estás bien? –volvió a preguntar.

– Sí… –musité– gracias.

Me quedé mirando su cara… sin entender muy bien porque, había algo en él que me era muy familiar, como si hubiese visto ese rostro en algún otro lugar. Él me devolvía la mirada sonriendo, como si algo le resultase gracioso.

– ¿Nos hemos visto antes? –le pregunté confundida.

– Creo que nos hemos visto esta mañana, Señorita Swan –contestó todavía con esa sonrisa en sus labios.

Yo parpadeé sorprendida, no recordaba el momento exacto en el que ví a ese hombre, pero estaba segura de que lo había hecho en algún momento. Él sonrió todavía más al ver que no hablaba, se sentó en un taburete frente a la barra y me miró fijamente.

– Nos hemos visto en la universidad… soy el ayudante del Señor Banner –dijo.

Sonreí, ahora lo recordaba, apenas le había prestado atención porque me había pasado la clase entera charlando con Charlotte, pero recordaba vagamente a su ayudante siempre en un segundo plano.

– Y… –dudé– ¿cuál es tu nombre? –pregunté avergonzada por no haberle reconocido en un primer momento.

– Soy James… James Cam.

Sonreí satisfecha y tomé la mano que me tendía, no sé exactamente que esperaba, pero no sentí absolutamente nada cuando nuestras manos hicieron contacto. Me pidió un café y mientras se lo servía Nessa se acercó y se detuvo a mi espalda.

– ¿Te encuentras mejor? –susurró en mi oído.

– Sí, no te preocupes, muchas gracias Ness –le susurré de vuelta.

Me devolvió una mirada preocupada, no podía engañarla, esa chica parecía tener un sexto sentido para saber cuando no me encontraba bien. Y aunque sus labios permanecían cerrados sabía que por dentro se moría de ganas por preguntar y saber lo que estaba pasando.

Ángela también tenía una mirada suspicaz y no me quitaba el ojo de encima… ¡vaya cruz me había tocado con esas dos! En este momento de mi vida no necesitaba amigas preocupadas, solo alguien con quien olvidar todo lo que había dejado atrás. Agradecía que estuviesen a mi lado, pero no necesitaba revivir todo de nuevo, no en ese momento. Suspiré y miré a James a los ojos, me devolvió la mirada y sonrió.

– Y dime… señorita Swan, ¿Qué hace una chica como tú, en Nueva york? –preguntó.

Dudé la respuesta durante unos segundos, no iba a decirle la verdad pero tampoco me apetecía mentirle. Lo mejor sería obviar el tema, cambiar el rumbo de la conversación hacia otros terrenos menos pantanosos.

– Necesitaba un cambio de aires –susurré desviando la mirada.

Me miró enarcando una ceja, y soltó una risa floja.

– ¿Y qué te ha hecho Edward Cullen para que hayas reaccionado así al ver su foto? – preguntó de repente.

Yo alcé la mirada de golpe y lo miré asustada, ¿cuánto tiempo llevaba ese hombre allí, y hasta dónde había visto? Pude ver como Ángela y Nessa también me miraban esperando la respuesta. Tragué en seco y miré mis manos retorciéndose una contra la otra con evidente nerviosismo.

– Nada importante –murmuré.

Nessa ayudó a Ángela a levantarse y ella fue caminando hasta "mi" mesa junto a la ventana, se sentó en la silla de enfrente a la que yo solía utilizar normalmente, e hizo un movimiento con su mano para que me acercase a hablar con ella. Mis mejillas se tiñeron de rojo y baje la mirada avergonzada. Yo no necesitaba una charla de mujer a mujer, solo quería la soledad de mi apartamento y el calor de mis sábanas vacías. Me disculpé con James y fui caminando lentamente hasta donde me esperaba Ángela.

– ¿Puedes sentarte? –preguntó con voz dulce.

Sólo me senté sin contestar nada. Ella se mantuvo en silencio durante unos segundos, o quizás fueron minutos, yo no era consciente del tiempo ya que mi mirada estaba perdida de nuevo en la ventana observando a los desconocidos como tantas otras veces. Sentía la mirada de Ángela sobre mí, también la Nessa e incluso la de James. Ángela suspiró y acarició su prominente vientre con la ternura brillando en sus ojos.

– ¿Sabes que no tienes que contarme nada que no quieras? –preguntó en un susurro.

Yo asentí levemente con la cabeza.

– Pero me gustaría saber que es lo que te pasa para poder ayudarte –continuó.

La miré a los ojos y solo pude ver una sincera preocupación en ellos.

– No es nada importante Ang, todo está bien –contesté monótonamente.

– Esa mentira no te la crees ni tú –espetó–, si no quieres contármelo o no te sientes con fuerzas lo entiendo. Pero no me mientas Bella, cuando viste esa foto pasó algo, eso no puedes negarlo.

Nessa estaba ahora tras la barra y rebuscaba algo entre un montón de revistas viejas con el ceño fruncido. James la miraba con curiosidad, a la vez que lanzaba alguna que otra mirada furtiva hacia nuestra dirección.

– Bella –me llamó de nuevo Ángela–, ¿puedo ayudarte en algo?

Negué con la cabeza.

– He venido para olvidar… hablar de ello no me hace bien –murmuré.

– ¿Estás segura de eso? Estás sola en una cuidad nueva y enorme comparada con Seattle… todos necesitamos a alguien con quien hablar para alejar nuestros fantasmas.

– No…

Bella –me cortó– no me des escusas… sólo quiero que sepas que estaré aquí cuando me necesites.

– Gracias Ang… te lo agradezco de verdad –dije extendiendo mi mano y tomando la suya.

– No me lo agradezcas… solo recuérdalo, ¿ok?

Asentí y le sonreí. Era increíble como en solo unos pocos días, tanto Ángela como Nessa, se habían convertido en dos fuertes pilares en mi vida. Sólo imaginarme sin ellas era suficiente para verme perdida. Había encontrado un nuevo hogar en Nueva York, y volver a Forks se me hacía casi impensable en ese momento.

Nessa jadeó sorprendida mientras miraba con los ojos muy abiertos una revista que tenía entre sus manos. James arrancó la revista de sus manos y también la miró sorprendido. Yo no sabía lo que estaba pasando, así como Ángela, ambas mirábamos sin entender a que venían esas caras…

– Oh dios mío... –susurró Nessa – Oh dios mío...

Volvió a quitarle la revista a James y vino corriendo hasta donde estábamos sentadas Ángela y yo. Le tendió la revista a ella con manos temblorosas, Ángela abrió los ojos desmesuradamente cuando vio también la imagen. Ambas me miraron sin creerse lo que estaban viendo, yo ya estaba un poco cansada de tanta miradita sin saber el por que de todo eso. Le arranqué la revista a Ángela de las manos y miré lo que era tan sorprendente para todos. Mi cara perdió todo el color de nuevo cuando ví aquella foto, sentí como mi corazón se partía en pedacitos una vez más… era la foto que no habían hecho a los dos en la cola del cine.

La miré durante unos segundos, aunque podían haber sido minutos ya que todo a mí alrededor desapareció de repente. Edward estaba sonriendo y tenía uno de sus brazos sobre mis hombros, atrayéndome hacia su cuerpo, en esa foto sus ojos brillaban, ese sí era el verdadero Edward, el chico del que me había enamorado. Sus ojos verdes como el fondo del mar, profundos, vivos… no como en la otra junto a Tanya que estaban apagados y casi sin vida. Sentí las lágrimas de nuevo rodando por mis mejillas, ¿cómo podía dolerme tanto? Lo conocí solo durante dos semanas, sí, fue una relación muy intensa, en solo unos días conectamos de un modo inexplicable… lo normal habría sido que se quedase en eso, en una simple conexión, pero no, mi estúpido corazón tubo que enamorarse perdidamente y ahora estaba pagando las consecuencias.

Y ahora estaba a kilómetros de mi casa, en una ciudad que no conocía. Me había cambiado de universidad, había dejado a mi familia y a mis amigos atrás. Había actuado como una cobarde… había huido de los problemas en lugar de enfrentarlos. Pero no podía volver… ya me había hecho mi huequecito en ese lugar, Ángela y Nessa me estaban ayudando a dejar todo atrás. Exceptuando los momentos "revista" como este en el que me hacían replantearme si había actuado bien marchándome.

Bella… –me llamó Ángela.

Alcé la mirada quitándola a regañadientes de la imagen de Edward, no dijo nada, pero podía leer las preguntas en sus ojos. Sabía que no era solo la curiosidad por saber que había pasado, era preocupación sincera. Ángela tenía un alma y una mente tan puras que se veía a simple vista. Así como Nessa, era una niña que se hacía querer solo a los dos minutos de conocerla. Ambas me miraban preocupadas, esperando una reacción por mi parte.

Parpadeé un par de veces, intentado eliminas completamente de mi mente los recuerdos perturbadores sobre Edward. Miré a mí alrededor y la cafetería estaba vacía, James se había ido y no había ningún nuevo cliente. Suspiré y miré a mis dos nuevas amigas.

– Sólo estuvimos juntos una semana –susurré– después me dejó sin más… ahora sé que Tanya estaba embarazada y supongo que ese sería el motivo.

Se quedaron en silencio, se miraron a los ojos y parecía que tenían una conversación privada. Me sentí un poco excluida, pero yo era la nueva, la extraña, la última adquisición de las tres mosqueteras.

– ¿Tú estás bien? –preguntó Ángela con prudencia.

– ¿A ti te parece que estoy bien? –negué con la cabeza y bajé la mirada a mis manos cruzadas en mi regazo.

– ¿Cómo os conocisteis? –preguntó ahora Nessa.

Un latigazo de culpabilidad me azotó el pecho cuando recordé a Alice… ahora que sabía que Tanya estaba esperando un hijo de Edward las cosas cambiaban un poco, ella continuaba siendo culpable de haber dejado a su hermano partirme el alma en dos. Pero ahora sabía que había un motivo de peso por el cual Edward me había dejado.

Como si la estuviese llamando con el pensamiento mi teléfono comenzó a vibrar en mi bolsillo, al cogerlo vi que era Alice y mis manos temblaron levemente.

– Creo que deberías contestar –susurró Ángela.

Alcé la mirada y la vi sonriendo, pulsé el botón de descolgar y me llevé el teléfono al oído.

– ¿Bella? –Preguntó la voz de Alice con un deje de preocupación– ¿Bella, estás ahí?

Sentí como si me estuviesen estrujando en corazón, e involuntariamente un sollozo abandonó mi pecho.

¡Oh Dios mío Bella! –Lloriqueó Alice–. Seguro que ya has visto esa revista, lo voy a matar. Yo no sabía que iba a hacer eso, no le hubiese dejado que lo hiciera. Bella, créeme por favor.

– Alice –sollocé de nuevo.

– No llores Bella, no te preocupes que voy a matarlo con mis propias manos –su dulce voz sonaba intimidante–. ¿Cómo estás? Que pregunta más estúpida… ¿cómo vas a estar? Si me dices dónde estás iré a verte, no puedes estar sola en un momento como este. Por favor Bella…

– Alice… estoy bien –conseguí pronunciar–. No estoy sola, no te preocupes.

– ¿Quién está contigo? ¿Rose te ha encontrado? –preguntó atropelladamente.

– No, no he visto a Rosalie, y por favor, si hablas con ella dile que no quiero verla – dije algo resentida.

– Le diré, no te preocupes –susurró–. Pero por favor Bella… tienes que volver. No te imaginas como te echamos de menos.

– Algún día volveré… pero ahora no tengo fuerzas…

– ¿quieres saber a verdad? Nos pidió que te contásemos todo –dijo con prudencia.

– ¿Ahora quiere contarme todo? –Pregunté con rabia– Tenia que habérmelo dicho cuando fue a hablar conmigo, no esperar a que saliese publicado y no poder hacerlo él personalmente.

– YA sé que es un cobarde Bella, pero Rose le aconsejó y se dejó llevar.

Me quedé helada cuando Alice dijo que había sido idea de Rosalie… nunca habría pensado algo así de ella. ¿Cómo había sido capaz de decirle algo así a Edward? ¿Ella se llamaba "mi amiga" cuando me había hecho tanto daño? No había sido ella directamente pero había colaborado de manera activa en ello. Y Edward… no era mucho mejor. Se dejó manipular por ella para hacerme daño, con o sin intención pero había sido así.

– Alice… debo colgar, estoy en el trabajo –murmuré.

– ¿Dónde trabajas? He ido a tu facultad pero no te he visto… ¿Ya no estás en Seattle? Bella necesito verte… no te imaginas lo que te echo de menos.

– Me he ido de Seattle... pero ya hablaremos, no me llames, ya lo haré yo cuando me vea con fuerzas –le pedí.

Como quieras –musitó–, solo recuerda que te quiero, que eres mi mejor amiga y que voy a matarlo en cuanto lo vea.

Sonreí débilmente al imaginarme el pequeño y dulce rostro de Alice surcado por una mueca de enfado mientras amenazaba a Edward.

– Yo también te quiero Alice… dale un beso a Esme y a Carlisle de mi parte.

Colgué el teléfono y me quedé mirándolo unos minutos, unos toquecitos en mi hombro me despertaron de mi ensoñación y vi a Nessa sonriendo ligeramente.

– Es hora de cerrar, ve a casa y descansa. Yo me desharé de estás revistas –dijo cogiendo las revistas de la mesa y tirándolas a la basura.

– Gracias Ness –susurré sonriendo.

Me quedé observándola unos minutos, no me apetecía quedarme sola en mi apartamento, no ahora cuando había removido todo el dolor y estaba de nuevo en la superficie.

– Ness –la llamé– ¿tienes algo que hacer esta noche?

Negó con la cabeza.

– Soportar a mi madre y a mi padre hablando de mi súper hermana… nada que pueda lamentar… ¿por qué?

– ¿Te importaría pasar la noche en mi casa? No me apetece estar sola.

– ¡Será genial! –Gritó mientras saltaba– ¡haremos una fiesta de pijamas y comeros palomitas hasta explotar!

Sonreí ante su entusiasmo… eso era lo que me hacía falta, sonreír.