N/A: ¡Buenas!

Y un día aparecí y aparecí con intención de terminar. Quedo uno sólo mas después.

No sé si alguien se acordará que venía pasando, pero si lo desean tienen los capítulos para leer.

Supongo que disculparse no tiene sentido, pero lo haré igual. Lo lamento.

Por último agradecerles a todos los que siguen acá.

Cariños,

Albertina

Capitulo 19

La escucho gemir mi nombre.

La escucho susurrar el "sigue, por favor sigue" que suelta siempre que estoy tocando en todos los lugares adecuados. Siento la calidez de su aliento en mi oído y el brusco raspar de sus uñas contra la piel de mi cuello. La siento como si estuviese ahí y no como si la calidez fuera del agua caliente de la ducha y la tensión sobre mi miembro fuese la de mi mano aferrándolo con decisión. La siento tanto que estallo gruñendo con mezcla de bronca y de placer, dejando la evidencia de lo que causa en mi sobre la superficie perlada de la bañera.

—Puta vida. — suelto con dejadez.

Casi seis meses han pasado de la última vez que la vi en París. Imaginé que no la vería por un tiempo, pero siempre tuve la esperanza de que no fuera para siempre. Mis pies se mueven de manera independiente de mi mente, al menos no soy consciente de que quiero avanzar, hace tiempo que dejé de serlo. Mi dormitorio está impoluto gracias a la labor de los elfos domésticos, quienes se encargar de poner en orden el caos que siempre dejo detrás mio. Saben que no tolero que lo hagan frente a mi, que avancen por mi espacio autodestructivo en el cual quiero proliferar, así que aparecen y desaparecen en aquellos momentos en que me veo forzado a recorrer otra habitación de la mansión o mi oficina.

La mañana está gris, como suele estar el cielo en Whiltshire. Hoy no queda más remedio que dirigirme a la empresa, tengo reuniones toda la velada con propuestas de inversión y a pesar de que a veces no lo acepte, amo mi trabajo y sobre todo, soy condenadamente bueno en ello. Candia, una de las elfinas mas viejas de la mansión tiene mi desayuno preparado en el comedor. La mesa es capaz de alojar dos docenas de personas, sin embargo estoy yo sólo con un festín para una familia. Las porciones quedaron de aquella época en la que Narcisa y Lucius eran los amos y señores de la mansión. Cuando le sugirieron a Tori reducir la cantidad de cosas producidas ella dijo que no, que siguieran haciéndolo así y que aquello que sobrara lo disfrutaran ellos y lo compartieran con quienes tenías carencias. Hay más de tres cocinas comunales que son solventadas con el absurdo producir de mis elfos.

—Señor, amo, señor —escucho susurrar a mi lado con timidez.

Chispita es una de las elfinas mas nuevas en la mansión. Un día simplemente apareció allí. Recuerdo que estaba vagando por el living con plumero en mano y unas botas rosas de cuatro décadas atrás. Nunca presté demasiada atención, pero sabía que nunca había estado allí. En aquel momento opté por preguntar su nombre y respondió que era Chispita con un fuerte tartamudeo y los ojos repletos de lágrimas. La invité a que me acompañe a mi dormitorio en el cual le ofrecí una bufanda, diciendo que estaba fresco y que no planeaba volver a usarla, tal vez le servía a ella. En ese entonces el llanto que surgió de esa elfina fue estruendoso mientras gritaba mi benevolencia y juraba lealtad. Creo que simplemente desaparecí de allí, nunca tuve paciencia para los sentimientos y menos para los de los elfos. Ella me hubiese matado si no la liberaba. Lo hice por ella, aunque ella ni sea consciente.

—No soy tu amo, Chispita.

— Señor, señorito, señor — no hago mas que rodar mis ojos antes de limpiar mi garganta y volverme a ella con la mirada. —Quiero preguntarle si le gustaría que haga su comida favorita esta noche.

Inhalo profundamente, ahorrándome el impulso de contestarle que me da exactamente igual. Me da igual porque la comida me da igual, la ropa, los gustos, hasta el sexo. Acabar, gemir, morder, ese sentimiento primitivo se disfruta por instantes antes de que todo se vuelva insípido una vez mas. Lo único que me llena verdaderamente es mi trabajo. El negociar, el intercambiar, el presionar, el ser mejor, eso es lo que me mantiene. El demostrarle a toda la horda de sanguijuelas con ideales de superados que soy el más pijudo de todos, que la tengo más grande que cualquiera de ellos y que quien se anime a cruzarse en el camino será exterminado.

—Gracias Chispita, pero esta noche volveré tarde. Estaré en la oficina.

Mi elfina asiente, antes de empezar a susurrar una palabra atrás de otra, sin tener ningún tipo de sentido. Vuelvo a inhalar para no gritarle y mandarla a la mierda, como deseo. No porque se lo merezca, sino porque soy un mal hablado de mierda y porque todo en esta vida me genera absoluta irritación.

—¿Qué ocurre, Chispita? —pregunto, como si en verdad me interesara.

—Señor, amo, señor, yo le llevaré la comida a la oficina. —declara con una decisión impropia de los elfos domésticos. —Chispita lo hará y no puede detenerla porque Chispita cuida del señor porque Chispita está agradecida con señor porque-

—Chispita, de acuerdo. Estaré en la oficina.

La elfina sonríe antes de voltearse e irse susurrando una vez más. Esta vez, sin embargo, su tono es de completa felicidad. Menos no puede importarme lo que se le esté pasando por la cabeza, así que simplemente sigo en el proceso de desayunar. Termino rápido, porque sólo tomo dos sorbos y como un bocado del pastel de calabaza recién horneado. Simplemente tomo mi portafolio y me dirijo a mi chimenea. Un puñado de polvo flu y estoy avanzando por el oscuro pasillo de mi oficina.

Mi secretaria sigue allí presente, con su cabello colorado más radiante que nunca y su mirada inquisitiva intacta. Siempre me mira con esos ojos que me dan a entender que quiere saber que es de mi, de mis sentimientos, de mi estado sentimental. Ilusa, no sabe que soy un muerto en vida, que si alguna vez le prestara atención sería para sentir el tamaño de sus senos debajo de mis manos y la calidez de su interior por una hora antes de descartarla como una servilleta usada. No podría hacerle eso. No le intereso para tener sexo, quiere más de mí y nunca podría dárselo. Tampoco deseo hacerlo, con nadie, salvo con ella. Sé que ella no vendrá así que viviré por siempre y para siempre en soledad. ¿Suena dramático? A la mierda con eso, lo es y no queda más que aceptarlo.

—Señor Malfoy, bienvenido —me saluda mi secretaria. Asiento en respuesta. —sobre su escritorio está la correspondencia y tiene reuniones a partir de las nueve.

Simplemente asiento y agradezco antes de ingresar a mi oficina y cerrar la puerta detrás mío.

Como acto inicial me sirvo dos dedos de whisky en un corto vaso de cristal. Luego dejo mis cosas sobre el sofá reservado para invitados y prosigo a revisar el correo que ha llegado en mi nombre. La mayoría son tasas impositivas de distintos rincones de Europa, aparece algún que otro mail esperando que otorgue una reunión y por último la solitaria carta de carácter personal que a veces se hace camino a mí. En este caso es de Daphne, está en una playa de América disfrutando de su renovada soltería. América no está bien visto por la Elite Europea así que asumo que debe estar haciendo y deshaciendo a gusto y piaccere, siendo consciente que es poco probable que se sepa.

Un repetido golpe en la puerta me saca de mis pensamientos.

—Adelante. —respondo sin pensar.

Mi secretaria entra con cierto gesto de preocupación. Eso nunca es bueno. Ha vivido varias cosas conmigo para que poco la espante y para que entienda que siempre es probable que resuelva cualquier conflicto que se me presente. Elijo inhalar lentamente antes de invitarla a decirme que mierda está pasando.

—Lamento molestarlo, señor Malfoy. —el gesto en mi mano la invita a continuar. —Llamaron de la revista Corazón de Bruja.

No sé si es una condenada tomada de pelo o si esta chica cree que estoy absolutamente sin nada que hacer, pero me toca inhalar una vez más para no mandarla a la mierda. Por un instante creo que me la reemplazaron o que está bajo la maldición Imperio y aquel que la realizó no se molestó en hacerlo de manera disimulada. Cuando por sus ojos pasa una veloz ola de pánico me doy cuenta que cayó en consciencia de cuan poco me importa lo que me está diciendo.

—Señor, hablé con una señora llamada Orianna quien llamó para confirmar la reunión de las cinco de hoy con usted.

—¿Concretaste una reunión para Corazón de Bruja? —pregunto, sintiendo la ira burbujear debajo de la superficie.

—No, señor, por supuesto que no. —se apresura a atajarse. —Insistió que usted la había concretado en Francia.

Me viene un breve recuerdo de haber acordado contar toda mi vida amorosa, pero tenía copas encima y mayormente estaba entumecido por su cercanía. Respeto a esta Orianna por tomarse el trabajo de hacerlo valer, pero para mala suerte suya, no hay un condenado motivo en el mundo que me invite a soltar nada de mi vida sentimental y menos en una revista. Sería patético, imagino que rompería en llanto como un puto crío mientras digo que Draco Malfoy tiene el corazón roto y que la condenada bruja a quien ama está casada con un reverendo idiota pero que aún así ella lo prefiere. Que imbécil que sueno, incluso cuando lo pienso así, tomándome el trabajo de insultarlo.

—Cancela.

—Lo intenté, pero me pidió que por favor me encargue de decirle que le encantaría alguna declaración que acompañe la sesión de fotos que le tomaron en la oficina de la fiesta.

Mi secretaria debe notar el cambio en mi postura, en mi pulso, en mi respiración, en el pálido de mi tez volviéndose aún más pálido. Hago todo el esfuerzo que me es humanamente posible, pero no logro aguantar y acabo enterrando mi rostro entre mis manos. Me quedo ahí, inhalando y exhalando pensando en ella. Si fuese yo, menos no me podría importar que revelen algún amorío de una vez, de dos veces, por mas mierda que eso suene para la hipotética persona que estuviese en su lugar, ¿pero ella? A ella no la puedo ver sufrir. Ella nunca tuvo su reputación en jaque. Ella no sabe lo que es arrastrarse por el barro mientras los cerdos ríen con collares de perlas, señalando y juzgando, pero… susurrando. Nada duele más que el susurro, el murmullo que inunda la habitación cuando entras.

—Señor Malfoy, ¿qué hago?

—Comunícate con Orianna y solicita que venga lo más pronto posible.

Mi secretaria desaparece con una orden directa. Sé que lograra concretar una reunión en la brevedad. Mi verdadero miedo está en saber que es posible que no exista todo el oro en el mundo que logre enterrar la evidencia que tengan de mi y de ella. No sé cuantas historias en el pasado sacudieron al mundo mágico de la manera que lo haría la filtración de nuestro amorío. Y eso que no tendrían todos los detalles sucios, todos los sentimientos, todas las palabras intercambiadas, todas las lágrimas derramadas… eso seguiría siendo nuestro. ¿Qué será de ella? Sé que tengo que hablarle, sé que tengo que encontrar la manera de hacerle saber lo que está pasando, si es que no la han contactado aún.

Elijo tener la reunión primero. Elijo ver que me ofrecen, que disponibilidad para negociar tienen y luego, cuando todo al fin concluya, la haré saber la realidad que nos espera. Hay una vos dentro mío de esas dañinas que te tiran sal en las heridas, que dice que es inevitable hasta que sepa todo el mundo, hasta que el susurro inunde todos los rincones de nuestra comunidad, sea Inglaterra, sea Norte América, sea el pedazo de tierra más recóndito del mundo.

Mi secretaria entiende la importancia y urgencia del tema porque no golpea, sino que mete la cabeza por la hendija que abre en la puerta y me dice que la tal Orianna estará arribando en minutos. Termina de informarme cuando una mujer alta y esbelta se materializa en la chimenea privada de mi oficina. Le agradezco a mi secretaria que entienda la discreción. Ella sólo asiente y desaparece en dirección a su escritorio una vez más.

—Buenos días, señor Malfoy —saluda con una sonrisa y extendiendo su mano. —un gusto hablar con usted en persona.

No quiero decirle para mi no es un gusto hija de su reputisima madre como desearía hacerlo, mayormente porque la regla de toda buena negociación es mantener la calma. En cambio asiento y le estrecho la mano. Es cuando bajo la mirada a su mano que noto que en la otra sostiene un sobre color colorado, sellado bajo hechizo. Es importante. Me limpio la garganta y elijo hablar.

—¿Orianna, verdad? —la mujer asiente. —¿En qué puedo ayudarte? Según me dijo mi secretaria era importante.

La mujer avanza por mi oficina como si fuese la suya. Su piel morena resplandece con la entrada de luz del ventanal, mientras que su cabello rizado, negro azabache, se mece con una calma que contrasta con la situación. Te odio maldita hija de puta. Te odio y te juro que te voy a hacer desear nunca haberte metido en esto que estás metiendo porque el problema no soy yo, el problema es que te metiste con ella y eso… eso no te lo voy a permitir jamás.

—Yo asumo que lo es, Draco.

Mi cuello se tensa al escucharla decir mi nombre. Lo hace en tono de superioridad, lo hace para demostrar que está sosteniendo el poker de As y yo no tengo ni un par. Elijo dejarlo pasar y en cambio me siento del otro lado del escritorio, posando mis ojos grises en los de ella con ferviente intensidad. Pedazo de escoria, ya vas a ver lo que es jugar con un mortífago.

—Te escucho.

—¿Recuerdas el evento en Francia, medio año atrás? —asiento. —como era de imaginar enviamos comensales a juntar toda la información de la velada, desde la moda, hasta la comida y las interacciones entre las personas.

—¿Deseas que opine al respecto?

Orianna sonríe como una condenada hiena frente a las carcasa de la mas suculenta manada que ha visto en su vida. Está lista para tironear de toda la carne corroída por el desgaste del tiempo que aún sirve para nutrir su causa. Mi única duda es por que el esperar tanto. Sólo se me ocurre que les costó identificarnos o comprobarlo. Algo tiene que haber ocurrido.

—Uno de los enviados logró tomar unas curiosas fotos, Draco.

Orianna retira su varita de la túnica color azul que luce y susurrando logra remover el hechizo que mantiene al sobre cerrado. Se toma su dulce tiempo, estirando la agonía a una dolorosa como pocas. Eventualmente lo hace, eventualmente despliega cuatro fotos mágicas, con movimiento, sobre mi escritorio. En la primera ser ven dos personas besándose y el difícil discernir algo, en la segunda se ve un vestido arrugado a la cintura de una mujer y una silueta parada frente a ella, pero una vez más es imposible precisar quienes somos, es cuando llego a la tercera que se me corta el aliento, es el rostro de ella, es nítido, su boca abierta emitiendo un gemido de placer mientras mi rostro está escondido en su cuello, moviéndose de manera violenta. Así como está nítido su rostro, está nítido mi cabello, mi vestuario, todo absolutamente todo lo que pueda gritar Draco Malfoy está en esa foto. La cuarta no llego ni a mirarla cuando Orianna las vuelve a apilar y a guardar en el sobre.

¿Y si son la única copia que tiene? Eso es lo primero que me pregunto. Reacciono ante una hipotética respuesta positiva y sin pensarlo mi varita la está apuntando al cuello.

—Dame las fotos o por todo el oro en mis bóvedas que te lanzo un Avada en este instante.

—No seas iluso, Draco. —ríe de manera socarrona. —Hay al menos cinco juegos más de éstas fotos.

Bajo la varita, rendido, sabiendo que al menos lo intente. La bruja ríe en voz alta, disfrutando cada instante de lo que está ocurriendo.

—¿Cuanto quieres? —pregunto, invitándola a ponerle un precio.

—Debo admitir que nos llevó un buen tiempo logar la nitidez en las fotos. —empieza a explicar. —Creo que pudiste notar que en algunas aún no lo conseguimos, pero con dos es suficiente.

—¿Cuanto?

—Cuando vimos el rostro de Hermione Granger —inhala de manera dramática —se nos hizo difícil creelo. Luego alguien dijo que se trataba de ti entonces no era difícil creerlo, siempre estuviste metido en el centro de toda la mierda que ocurre en el mundo mágico.

—Innegable. —coincido. —¡¿Cuanto puto oro quieres, mierda?!

—No quiero tu sucio oro.

—¿La revista está de acuerdo? —es una empleada trabajando para un empresa después de todo.

—La revista me envío a mí.

—¿A qué viniste entonces? —pregunto, dejando entrever mi frustración en mi voz. —¿Qué quieres sacar de esto?

—Vine a regodearme en ver tu rostro al saber que volverás a ser la escoria principal de nuestra pequeña comunidad.

—¿Te crees que eso me quita el sueño? —río de manera grotesca. —¿te crees que me importa lo que fracasados, resentidos como tú puedan opinar de mi? —vuelvo a reír. —Francamente tienes el culo tan sucio como el mío y no tengo intención de pretender que no lo tengo lleno de mierda. A la que le estás cagando la vida es a ella.

No necesito ni aclarar nombre para especificar de quien estoy hablando. La bruja se queda en silencio por un tiempo, analizando mis palabras. Eventualmente asiente antes de ponerse de pie, decidida, habiendo hecho su trabajo.

—Mañana se publica.

Puedo ver frente a mis ojos las letras en rojo, el fondo amarillo, los movimientos exagerados y de mal gusto de los títulos que acompañaran a las imágenes. Puedo ver las opiniones sucias de la gente de la mierda, puedo ver el regocije de aquellos que la envidian y por fin la van a ver caer, puedo ver todo y soy consciente de que no lo puedo detener. Pienso que tal vez puedo ganar tiempo.

—cien mil monedas de oro y me dejas veinticuatro horas.

La bruja de frena en su tranco y voltea. Me mira fijo antes de mirar el sobre en sus manos. Lo está pensando porque como le dije hoy, es una empleada en una empresa. No quiere ceder, pero sabe que se le complica su puesto si no lo hace. Continúo mirándola fijo y eventualmente asiente.

—Veinticuatro horas y el mundo mágico se entera de tu pequeño amorío con Hermione Granger.

Pedazo de idiota, de pequeño no tiene nada