Capítulo 18. Síntomas de enamoramiento
La nevada había alcanzado un punto crítico y, siendo innecesario quedarse más tiempo a la intemperie, Draco decidió irse a su loft.
Se apareció en el mismo sitio de siempre y recorrió la vivienda con la mirada. Su loft era verdaderamente bonito, elegante y lleno de confort, además de ser muy grande y poseer sólo muebles finos y obras de arte. El techo era abovedado y recubierto de ladrillo rojo; las paredes, pintadas de colores claros, estaban enmarcadas con columnas revestidas de mármol negro haciendo contraste. Siendo un espacio abierto, ahí donde Draco solía aparecerse, en medio del salón principal, podía alcanzar a ver también el comedor y otra salita más pequeña frente a la gran chimenea enmarcada en piedra volcánica traída de Italia. Un muro que dividía el sitio a la mitad, escondía al otro lado la recámara, la cocina, el baño y un pequeño despacho.
Draco suspiró con alivio. No podía negar que le alegraba estar ahí de nuevo después de tantos días lejos. Le tenía mucho cariño a ese apartamento, especialmente porque él se lo había comprado con dinero que era íntegramente suyo, ganado a través de los años gracias a los diferentes negocios que había hecho para la familia; además de que ahí, a diferencia de la mansión Malfoy, no tenía ningún mal recuerdo.
Era cierto que había tomado la resolución de pasar más tiempo en Wiltshire con su madre, pero no por ello pensaba deshacerse de su loft. Al menos, no por el momento.
Con manos trémulas, Draco se sacó del bolsillo de su abrigo el paquete envuelto en papel y lo dejó encima de la mesa ratonera. Si aquello no lo acercaba a Harry Potter como él creía, entonces, nada más lo haría. Tendría que explotar aquella oportunidad al máximo. Desde el momento en que fue consciente de tener en su poder aquel último regalo de Snape, su mente había comenzado a fraguar un plan para poder atrapar a Harry antes de que éste pudiera escapar del país.
Tenía que darse prisa.
Se quitó el abrigo, la bufanda y los guantes mojados, y los arrojó encima de un sillón. Caminó hasta el baño, se paró frente al espejo, se peinó un poco y comprobó que se veía bien. Estaba casi cien por ciento seguro de que no era con Harry con quien estaba a punto de tratar, pero más valía prevenir. Si es que acaso tenía la buena suerte de ver a Harry en ese momento, quería verse increíblemente guapo para dejar al otro idiota sin aliento a la primera impresión.
Se sostuvo del lavamanos y respiró hondo varias veces para tranquilizarse, mirándose fijamente al espejo y alegrándose de no tener ya huellas de llanto en la cara. Se veía sonrojado por el frío, y sonrió ante eso: sabía que aquel leve rubor en las mejillas le sentaba bien.
Ese Gryffindor estúpido no iba a saber qué lo había golpeado cuando lo tuviera enfrente.
Fue al saloncito de la chimenea y usó su varita para prender el fuego. Una vez hecho eso, se quedó de pie contemplándolo, pensando y armándose de valor.
Desde el momento en que Snape se había desaparecido, Draco se había visto invadido por una energía que lo ayudó a superar la sensación de derrota y tristeza. Le habían bastado unos minutos bajo la nieve allá en el Callejón Diagon para aceptar que "el vistazo" era algo que jamás iba a recuperar, así que sólo le restaba empujar hacia delante y poner todo su empeño y astucia en "atreverse a más" y tener en su vida, en esa vida, aquellas otras cosas que había probado en "el vistazo" y le habían encantado.
Sus amigos. Su familia. Harry Potter y, quizá, por qué no, un hijo con él.
La perspectiva, antes imposible de considerar, ahora comenzaba a entusiasmarle sobremanera. Sabía que más tarde, quizá en la noche ya en su cama, pagaría los platos rotos y de nuevo se entristecería por aquello que le era totalmente imposible de recuperar (como su padre y quizá, Eltanin), pero por el momento tenía trabajo que hacer y esas lamentaciones debían esperar su turno en la línea. Harry Potter partía a América al día siguiente, así que Draco tenía los minutos contados para presentarse ante él y convencerlo de que no se fuera.
Tomó polvos flu de un recipiente de cerámica que tenía en la encimera, se hincó y arrojó los polvos al fuego, el cual, de inmediato, se puso de color verde esmeralda. Draco metió la cabeza y exclamó:
—¡Número 60 de Regency Street!
Pasaron unos segundos en los que no sucedió nada, y Draco comenzó a temer que, en esa realidad, Granger y Weasley no vivieran en el mismo domicilio que en "el vistazo", el cual Draco recordaba bien pues la misma Granger se lo había proporcionado para que le llamara cuando necesitara algo.
Entonces, para su alivio, la chimenea de esa casa le abrió paso. Draco pudo admirar una sala bonita pero muy desordenada, con multitud de adornos y, sobre todo, gigantescas pilas de libros colocadas por doquier. Sonrió ante eso. Definitivamente, tenía que ser el hogar de Granger.
—¿Hola? —saludó en voz alta y se aclaró la garganta. No parecía haber nadie en casa, aunque había luces encendidas.
Finalmente, después de unos pocos segundos más, Ron Weasley se asomó por un lado de la chimenea y miró hacia Draco. Lo miró una vez, y luego otra, y luego, otra más. Parecía creer que estaba ante una alucinación.
—¿Malfoy? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Draco Malfoy? ¿Qué haces en mi chimenea? ¿Cómo supiste nuestra dirección? —preguntó alzando la voz, como si estuviera comenzando a entrar en pánico.
Draco volvió a carraspear y, aunque era lo que menos le salía espontáneamente, procuró darle a Weasley una sonrisa encantadora, ignorando prestamente su última pregunta.
—Buenas tardes, Weasley. Permíteme expresar mis deseos de que tú y tu adorable esposa estén pasando una muy feliz Navidad. En verdad, lamento irrumpir así en tu dirección particular justo este día, pero hay algo impostergable que debo comunicarte.
Weasley seguía mirándolo con la boca abierta. Con un golpe seco y torpe, se dejó caer hasta quedar hincado frente a la chimenea. Draco notó que traía una taza de té en una mano y un plato con galletas en la otra.
—¿Draco Malfoy? —repitió y Draco hizo un gran esfuerzo para no poner los ojos en blanco.
—Veo que interrumpo su hora del té. Te pido disculpas, Weasley, pero me mueve un asunto urgente, si no, no estaría molestándote. ¿Podemos hablar unos momentos?
Weasley continuó mirándolo con cara de idiota, pero Draco notó que asentía levemente con la cabeza.
—¿Estás buscando a Hermione? ¿Tienes algún lío con el Ministerio?
Draco suspiró fuerte para no perder la paciencia.
—No, Weasley. Aunque me encantaría charlar con madam Granger-Weasley, no estoy buscándola a ella en esta ocasión —dijo con una gran nota de sarcasmo en la voz. Intentó recordar que en "el vistazo", tanto Weasley como Granger le tenían estima y se aferró a esa memoria para hacer su mejor esfuerzo en parecer encantador. Suavizó su tono de voz y añadió—: Es contigo con quien necesito hablar. Después de todo, tú eres el copropietario de Sortilegios Weasley, ¿o me equivoco?
Weasley asintió mientras derramaba un poco de té y no parecía darse cuenta.
—Yo y mi hermano George somos los dueños, así es. ¿Por qué lo preguntas? ¿Tienes algún problema con ello? ¡La tienda no está en venta! —exclamó de pronto y pareció ponerse más en alerta—. Mira, Malfoy, no eres el primer millonario que se acerca a nosotros con...
Draco meneó una mano y la cabeza en enérgicos movimientos negativos, y Weasley se silenció.
—No, no, no estoy intentando ningún negocio con ustedes, por Merlín. Sólo lo pregunto porque pasé por afuera y miré un anuncio acerca de un reloj perdido.
—Ah. Eso —dijo Weasley más tranquilo—. Sí, ese reloj... Es un objeto de mucho valor sentimental para... um, para un amigo mío. El muy bobo lo extravió un día que pasó por ahí a visitarme, no tenemos idea de cómo. Parece que simplemente se hubiera desvanecido de su muñeca. —Se puso en alerta otra vez—. ¿Por que lo preguntas? ¿Acaso tú lo encontraste?
—De hecho, así es —dijo Draco y asintió lentamente, pero Weasley no parecía convencido. Draco tomó su varita y apuntó hacia la mesa ratonera—. ¡Accio reloj! —El paquete voló hasta su diestra y él lo atrapó con presteza. Retiró el papel, sacó la joya (la cual estaba impecable, tal como se la había dejado el señor Kline después de las reparaciones) y se la enseñó a Weasley—. ¿Ves? Aquí está.
Weasley miró el reloj haciendo bizcos y sonrió cuando pareció reconocerlo.
—¡Genial! A Ha... A mi amigo le dará mucho gusto recuperarlo, no tienes idea. Seguro que te dará una buena recompensa.
Draco sonrió malicioso y suspiró con anhelo.
—Sí, estoy contando totalmente con ello —murmuró. Weasley puso cara de extrañeza.
—Mm, bueno... Pásamelo por aquí para entregárselo y te haremos llegar la recompensa vía lechuza lo más rápido posible —dijo y estiró una mano hacia Draco después de dejar el plato con galletas sobre el suelo.
Draco le sonrió más y retiró el reloj de su alcance.
—Oh no, Weasley, me temo que no será así de sencillo. Verás, yo necesito entregárselo personalmente a su mortificado y descuidado dueño.
Weasley frunció el ceño y bajó la mano.
—¿De qué estás hablando? ¿Estás poniendo en duda mi palabra? ¡Si te estoy diciendo que te mandaré la recompensa, puedo asegurarte que...!
—No es la recompensa lo que me preocupa, Weasley —lo interrumpió Draco—. La cuestión es que yo necesito hablar con el dueño de este reloj antes de que él salga del país.
Weasley empalideció y miró a Draco unos segundos sin decir nada.
—No-no sé qué quieres decir con eso, Malfoy —tartamudeó.
Draco volvió a suspirar cansinamente.
—Dejemos de hacernos los tontos, ¿quieres, Weasley? Yo sé bien que este reloj pertenece a Harry Potter y él va a irse mañana a América. Así que, lo único que pido para devolverlo, es la oportunidad de hacerlo en persona. —Weasley se le quedó viendo con gesto desconfiado y Draco añadió—: No voy a asesinarlo, ni a secuestrarlo, ni siquiera a hechizarlo. En serio, tenemos casi treinta años. La gente madura y cambia con el tiempo, ¿sabes? —Weasley continuó sin decir nada y sólo profundizó su ceño fruncido. Draco gimió con exasperación—. Por amor de… De acuerdo, lo que sucede es que soy un gran fanático de tu amigo, lo he sido durante años, y quisiera poder verlo de cerca por última vez, charlar un rato para recordar viejos tiempos y pedirle un autógrafo antes de que se marche tan lejos. ¿Ya estás feliz con mi confesión?
Weasley se frotó la barbilla con los dedos mojados de té. Tenía la frente tan fruncida por la suspicacia que no se le veían los ojos.
—Charlar para recordar viejos tiempos, sí, cómo no —masculló. Se encogió de hombros—. De acuerdo. Voy a comunicarle a Harry esto y... No lo sé, que decida él. Después de todo, ya es un adulto hecho y derecho, él sabrá si quiere arriesgarse a ver tu horripilante cara a cambio de su reloj. Supongo que te regresaremos la llamada vía chimenea en un par de horas. Es que, no sé si te diste cuenta, pero hoy es Navidad, ¿sabes? Nosotros sí tenemos familia con quien estar —añadió con crueldad.
Algo se retorció en las entrañas de Draco pero lo dejó pasar. Por el bien de su futura relación, estaba decidido a no volver a insultar a Weasley ni a Granger. Al menos, no en sus caras. Le dio a Weasley una sonrisa torcida.
—Por supuesto, Weasley. Lo entiendo bien. Pero tu amigo tiene la culpa por marcharse justo el día después de una de las fiestas más importantes del calendario.
Weasley puso los ojos en blanco.
—Claro, claro, qué desconsiderado de su parte.
—¡Espera! No estoy seguro de estar en esta casa más tarde. Será mejor que me envíen una lechuza con el lugar y la hora en que tu ocupado y famoso amigo podrá encontrarse conmigo para recuperar su reloj. ¿Te parece bien? En donde quiera que yo esté, cualquier lechuza me hallará.
Weasley lo miró con enojo.
—¿Algo más que desee, su majestad?
Draco le sonrió.
—Nada más. Pero te apuras. Potter ya se va en unas horas y a mí me pican los dedos por abrir una subasta con semejante premio. ¿Te imaginas lo que la gente pagaría por hacerse con una joya que perteneció al famosísimo Harry Potter? —Le enseñó el reloj a Weasley y le dio una gran sonrisa burlesca—. El tiempo corre, Weasley, tic tac, tic tac —finalizó y sacó la cabeza de la chimenea, riéndose mucho.
Ahora, lo único que tenía que hacer, era esperar.
Se quedó un rato observando el reloj entre sus manos, admirando cada detalle, pensando en su dueño. Todavía a esas horas continuaba costándole aceptar su nueva vida, ésa donde Harry ya no era su esposo y ni siquiera su amigo. Suspiró varias veces mientras soñaba despierto con un futuro donde pudiera hacer eso realidad, y se juró a él mismo que no iba a cejar en empeño hasta conseguirlo.
Con mucho cariño y cuidado, guardó el reloj en su paquete y decidió ponerse todavía más guapo. Se dio un largo baño de tina, tratando de relajarse; se rasuró y peinó impecablemente y se vistió con un traje muggle de diseñador que, él sabía , se le veía muy bien y le resaltaba sus atributos físicos como ninguna otra ropa más.
Sonrió engreído y esperanzado ante el espejo, sabiendo que cortaba el aliento. Los nervios se lo comían vivo: sentía que el estómago se le estrujaba y la respiración se le agitaba sólo de imaginar su encuentro con Harry más tarde.
Había pasado de tener a Harry servido en bandeja de plata a no tenerlo en absoluto, y eso significaba que ahora tendría que luchar por el derecho a estar con él. Y, por alguna extraña razón, ese cambio, ese reto, estaba comenzando a agradarle. Porque allá, en "el vistazo", aquel Harry y el amor que éste le profesaba no habían sido suyos de modo totalmente legítimo... A pesar de que sabía que no había "otro Draco" en ningún otro universo, de todas maneras, Draco siempre había sentido, muy en el fondo, una especie de culpa porque sabía que él realmente no había hecho méritos para que Harry estuviese así de loco por él.
Su espíritu competitivo no había dejado de susurrarle al oído estás haciendo trampa… Como si le hubiesen dado en la mano una snitch sin que él hubiese volado nada en absoluto para atraparla.
Además, por si fuera poco, estaban también todos esos momentos que Draco no había vivido con el otro Harry: su primer beso, la primera vez que tuvieron sexo, aquel concierto en Irlanda, la boda, el nacimiento de su hijo...
En cambio, acá, en esta realidad... Acá todo era borrón y cuenta nueva, y Draco lo sentía como una oportunidad de ahora sí vivir con Harry paso a paso la pavimentación de un camino juntos.
De cierta manera, era todo más arduo pero le emocionaba la perspectiva. Además, él sabía que no le era indiferente a Harry, pues éste una vez se había portado muy amistoso en una fiesta y lo había tratado de invitar a beber con él. Eso facilitaba enormemente las cosas. Ahora lo único que necesitaba era la oportunidad de un encuentro, de un beso bien dado, y de convencer a Harry de que no se fuera porque ellos dos tenían un futuro grandioso que explorar.
Y después de arreglarse con Harry, Draco iría por sus amigos y por la familia de su madre.
Y hablando de eso… Sintió una punzada de remordimiento al recordar lo caradura que había sido con Ethel el día antes de irse al "vistazo" y, para calmar un poco su consciencia, decidió mandarle un regalo en lo que esperaba que Harry se comunicara con él.
Se encaminó al pequeño despacho que tenía en el loft, abrió la caja fuerte y sacó una buena cantidad de galeones, los cuales puso en una pequeña bolsa de tela. A falta de lechuza, usó la chimenea para llamar a su secretaria directamente a su hogar.
Ethel aceptó su llamada con cara de susto.
—¿Diga, jefe? ¿Sucede algo malo?
Draco le obsequió una sonrisita que, él esperaba, resultara reconfortante y no siniestra.
—No pasa nada, Ethel. Te pido mis más sinceras disculpas por molestarte hoy en tu casa, pero ayer olvidé darte algo antes de irme de la oficina. Toma —dijo, incómodo. Le pasó la bolsa a la bruja a través de las llamas y ella la tomó, desconcertada—. Es tu bono navideño.
—¿Mi… qué?
Draco se sonrojó un poco antes de volver a hablar, pues no estaba nada acostumbrado a halagar así a un subordinado:
—Sólo quería que supieras que valoro mucho tu ayuda y talento. Eres una gran... secretaria. —A Ethel se le podía meter un hipogrifo por la boca abierta. No dijo nada, sólo miraba alternadamente entre la bolsa de oro y la cara de su jefe. Draco se despidió con una inclinación de cabeza—. Feliz Navidad. Te veo mañana. No llegues tarde porque hay mucho trabajo que hacer.
Sacó la cabeza de la chimenea sintiendo una extraña mezcla de bochorno y satisfacción.
Bueno, pensó mientras le ponía una marca a su lista mental de la gente con la que tenía que enmendar cosas, una menos. Ahora...
Miró nervioso hacia un reloj de plata que tenía encima del marco de la chimenea. Ya eran las cuatro de la tarde. Habían pasado casi dos horas desde que se había comunicado con Weasley, ¿por qué Harry demoraba tanto en responderle?
Comenzó a alterarse, aterrado ante la posibilidad de no poder verlo antes de que éste se marchara al otro día, pero trató de no pensar en eso. Tenía que distraerse. Miró a su alrededor y se le ocurrió una idea.
Había una persona (una personita, mejor dicho) a quien también deseaba hacerle un regalo de Navidad. Y en vista de que las tiendas estaban cerradas, de pronto se le vino a la mente algo que tenía en la mansión y que podía servir.
Tomó uno de sus mejores abrigos, una bufanda y guantes a juego, y, sin olvidarse del reloj de Harry, se desapareció rumbo a la mansión.
Lo primero que hizo fue saludar a su madre, a quien sorprendió gratamente.
—Oh, querido, ¡te esperaba mucho más tarde!
Draco le dio un cariñoso beso en la mejilla.
—Sólo vine por algo que olvidé, mamá. Pero quizá tenga que volver a salir. Estoy... esperando la confirmación de una cita —añadió, sin poder evitar sonreír.
Narcisa puso los ojos en blanco.
—¿Negocios en pleno día de Navidad? Oh hijo, eres incorregible.
Draco sólo sonrió.
Fue al salón de juegos de la planta baja y, tratando de no sentirse desdichado porque ya no era la sala infantil que él había visto en "el vistazo", caminó directo a un armario. Sabía lo que buscaba y sabía donde encontrarlo.
Primero, había pensado en enviarle a Teddy Lupin una escoba como regalo de Navidad, pero no tardó en suponer que quizá también ese año, al igual que en "el vistazo", Harry se la habría regalado. Pero pensando en quidditch, Draco cayó en cuenta de que tenía algo mucho mejor para obsequiarle a aquel niño. Algo que quizá le pertenecía por derecho, ya que era el miembro más joven de la casa Black.
Draco sacó una caja recubierta de cuero bastante pesada. Estaba llena de polvo, y tuvo que usar su varita para limpiarla. Una vez hecho eso, sonrió al ver el escudo de la familia Black hermosamente grabado en la tapa de la caja. Esperaba que Andrómeda no se lo tomara a mal y, al contrario, eso fuera el inicio del acercamiento que tenía planeado llevar a cabo con su tía y sobrino.
Se llevó la caja a su despacho, la envolvió en papel de estraza y escribió una nota. Entonces, llamó a Ashy.
—Ve al aviario, busca al búho más grande y fuerte, y manda este regalo a la casa de Andrómeda Tonks. —Ashy hizo una reverencia y, luego, se incorporó y caminó para tomar la caja. Antes de que pudiera irse, Draco lo sorprendió al darle unas palmaditas en la cabeza—. Gracias, Ashy. Feliz Navidad, por cierto —le murmuró, y el elfo, azorado, lo miró con los ojos húmedos y desapareció.
Intentando distraerse pensando en Andrómeda y en Teddy, y en lo mucho que le molestaba no conocer su domicilio para visitarlos o llamarlos, Draco salió del despacho y de nuevo fue a donde su madre. Ella estaba en el salón de té del ala este de la casa. Se sentó junto a ella y un elfo apareció para servirle té y pastas.
—He estado pensando mucho en ciertas personas —comenzó a decir Draco mientras sorbía traguitos de su té caliente—, en retomar lazos con ellas, y... Bueno, me preguntaba qué pensarías tú al respecto. —Narcisa bajó su platito y miró a Draco interrogante. Como ella no dijo nada, Draco continuó diciendo—: Me refiero a tu hermana y a su nieto.
Narcisa entrecerró los ojos y bajó la mirada, poniendo cara de desagrado.
—La relación entre la señora Tonks y yo —dijo, casi escupiendo el apellido—, terminó en el momento en que ella decidió renegar de su familia con tal de casarse con ese hijo de muggles harapiento y sucio.
Draco se mordió los labios, incapacitado para decirle a su madre que sabía de primera mano que Andrómeda la habría recibido con gran cariño en su propia casa para protegerla durante la guerra.
—Entiendo tu punto de vista, mamá —fue lo que dijo en vez—, pero yo he pensado mucho en ellos últimamente... no tengo idea de por qué.
Narcisa lo miró inquisitiva.
—¿Ah, sí? ¿Y qué has pensado?
Draco intentó parecer despreocupado.
—Pues en el asunto de que ellos dos son los únicos parientes consanguíneos que nos quedan y... Bueno, no sé decírtelo con exactitud porque yo no tuve hermanos, pero... No sé, si ahora, tantos años después de la Guerra, abunda por doquier cierta actitud de reconciliación y, ya ves, incluso yo pude librarme de ir a Azkaban aunque porto la Marca, no lo sé… Creí que...
Narcisa sonrió.
—Pero, vamos, hijo... Nunca te había escuchado irte tanto por las ramas con un asunto. Ve al grano, ¿quieres?
Draco suspiró.
—Bien. Lo que quiero decir es que no comprendo por qué no te has reconciliado con la única hermana que te queda aun después de tantos años de soledad. Tanto tú como ella son viudas. Además, el niño... —Draco sonrió y arqueó una ceja al pensar en Teddy y en lo simpático que le había caído en "el vistazo"—. No lleva el apellido Black, pero es un Black. Lleva en sus venas la sangre de la familia. Quizá un poco de influencia nuestra no le caería nada mal para poder, ya sabes, moldearlo un tanto hacia nuestros gustos y aficiones. Hacer de él un caballerito.
Draco se silenció pensando que todo lo que estaba diciendo eran sólo tonterías, pero la verdad era que no se le ocurría nada mejor. Vio a su madre suspirar y dejar el plato con la taza de té en una mesa.
—Draco, ¿sabes que el nieto de Andrómeda es ahijado de Harry Potter?
Draco quiso sonreír con nostalgia pero se contuvo.
—Sí, lo sé.
Narcisa lo miró con cierto asombro.
—¿Y no te ha pasado por la cabeza que, si estableces relaciones con este niño, probablemente te encontrarás con Potter una y otra vez y hasta tendrías que convivir con él?
A Draco le dio un vuelco el corazón. Ojalá así fuera, pensó.
Pero negó levemente con la cabeza.
—No lo creo. Él va a irse a vivir a América, ¿no te enteraste? Le ofrecieron trabajo allá. Así que... básicamente, el niño y tu hermana estarán tan solos como nosotros.
Narcisa arqueó las cejas. Pareció quedarse satisfecha con esa respuesta, y, a la vez, bastante pensativa. Se quedaron bebiéndose su té en silencio. Draco decidió dejar el tema por la paz por el momento, para darle a su madre tiempo de pensar las cosas y de que contemplara la posibilidad y las ventajas de reconciliarse con su hermana.
Discretamente, miró su reloj. Joder, ya había pasado otra hora y Harry que no se comunicaba. Algo se le constriñó en el pecho. ¿Sería que en esa realidad lo odiaba tanto que prefería perder su reloj que verlo a él?
Casi como si ese pensamiento fuera la señal que necesitaba para desencadenar los acontecimientos, Draco vio de reojo a un elfo acercándose. Era Ashy, quien traía un enorme búho posado en la cabeza. Draco tuvo que suprimir una sonrisa por lo ridículo que se veía.
—Carta para el amo, señor Draco Malfoy, señor —dijo Ashy, haciendo una reverencia ante él y provocando que el búho perdiera el equilibrio. El ave desplegó sus alas y las batió, muy enojado. Traía un pedazo de pergamino atado a la pata con el nombre de Draco garabateado en él y éste reconoció la letra de inmediato. El corazón comenzó a latirle con rapidez. Ashy continuó explicando—: Es el mismo búho de los Malfoy con el que el amo Draco mandó su regalo, señor. Ha regresado con esta nota para el amo.
Narcisa se puso en alerta ante esa información.
—¿Regalo? ¿A quién le mandaste un regalo?
Draco carraspeó y le quitó la carta al ave. Ashy volvió a inclinarse tanto que ahora el búho no tuvo más remedio que emprender el vuelo y salir disparado hacia los pisos superiores, ululando con indignación.
—Gracias, Ashy. Puedes retirarte —susurró Draco y le dio una palmadita al elfo en la cabeza. Éste gimió con asombrado placer y se desapareció. Draco se dio cuenta de que su madre lo estaba viendo con los ojos muy abiertos—. ¿Qué pasa? —le preguntó.
—Nada —dijo ella con una sonrisa—. ¿Y bien? ¿Vas a contarme?
—Preferiría que no —dijo él con toda sinceridad. Tenía en su mano la nota de Harry y sentía que le quemaba la piel de los dedos de la pura ansiedad por abrirla y leer—. Es un… Digamos que es un negocio en ciernes. Un trabajo en proceso. Si todo sale como lo planeo, entonces ya te contaré, ¿de acuerdo?
Narcisa arqueó las cejas.
—¡Draco! ¿Acaso ha sucedido que te has enamorado y no se lo has contado a tu pobre madre?
—¡Cla-claro que no! ¿De dónde sacas esas ideas? —exclamó él, fingiendo irritación. Se puso de pie, pensando en huir a un sitio donde pudiera leer aquello a solas.
Narcisa puso cara de sabihonda y de nuevo tomó su taza de té.
—Bueno… De pronto y de la nada, estás más cariñoso conmigo, más amable con los elfos y te muestras interesado en reconciliarte con nuestra familia. Sin mencionar regalos y cartas que mandas y recibes a escondidas. Cariño —hizo una pausa dramática mientras miraba a Draco con grandes ojos brillantes—, no puedes ocultárselo a tu experimentada madre: yo sé muy bien que todo eso son los síntomas de un enamoramiento.
Draco fingió demencia; soltó un resoplido de risa y le dio la espalda a su madre, pero la verdad era que se sentía aturullado. ¿Realmente…?
—Voy a… Ahora regreso.
Sin verla a la cara, Draco salió del salón de té y caminó hasta la vecina sala de trofeos. Ahí, con aquellos muros repletos de cabezas disecadas de diferentes bestias que habían sido cazadas por sus antepasados, Draco, con manos temblorosas, desdobló el pergamino.
Frunció el ceño ante semejante presentación: Harry ni siquiera se había tomado la molestia de escribirle una carta en forma. Parecía que simplemente había tomado el primer pedazo de papel que se había encontrado a la mano y…
Draco leyó una vez, y luego, otra. Se sentía confundido. No estaba seguro de que el tono de Harry fuese muy amistoso que digamos.
"Malfoy,
Tenemos que hablar. Trae el reloj contigo, me aseguraré de darte la recompensa que te mereces. Usa la red flu hacia Wootton Cottage en Somerset en cuanto te sea posible, ahí estaré esperándote."
La nota ni siquiera estaba firmada. Draco memorizó el nombre del sitio en que era citado y arrugó el papel en su mano, comenzando a sentirse ofendido por aquel mensaje tan irrespetuoso. ¿Por qué demonios Potter parecía molesto con él? ¿Todavía que iba a darle su reloj y en mejores condiciones que cuando lo había perdido? Debería estar dándole infinitas gracias.
La prisa por averiguar qué demonios significaba aquella afrenta sustituyó de pronto las ganas que tenía de ver a Harry en persona.
Regresó al salón de té con su madre y caminó hasta ella. Se colocó en cuclillas, tomó sus manos y las besó antes de decirle:
—Mamá, necesito salir a entrevistarme con alguien. Pero, por la hora que es y porque no tengo idea de cuánto tiempo me tomará, no estoy muy seguro de alcanzar a regresar a cenar contigo. ¿Podrás perdonarme sólo por hoy? Prometo que te lo compensaré cenando aquí todas las noches que me sea posible de las siguientes semanas.
Narcisa le sonrió y le acarició el cabello.
—Por supuesto, hijo. Ve y arregla tus... negocios. Pero espero que en la siguiente ocasión que tengamos tiempo de charlar, me cuentes más acerca de este misterioso asunto porque, si es lo que pienso, creo que me harás muy feliz.
Draco sólo le obsequió una sonrisa tensa y se incorporó. Ya no estaba tan seguro de que aquel "negocio" fuera a salirle bien y eso lo estaba matando. Salió del salón y se dirigió a toda prisa al vestíbulo principal.
No obstante su apremio, se dio tiempo de pasar por un baño para asegurarse de que continuaba viéndose bien. Con la varita, se dio una acicalada en el traje muggle que vestía para borrar cualquier arruga o mota de polvo que le hubiese caído en el transcurso de la tarde. De igual forma, se peinó hasta dejarse el cabello cayéndole sobre la frente y los ojos en una cascada platinada que, él sabía, se le veía bastante sensual.
Se sentía enojado con Harry por haberle enviado semejante nota tan grosera, pero después de pensarlo un poco, creyó que podía comprenderlo. Después de todo, Draco lo estaba chantajeando para poder verlo y, siendo una estrella de quidditch tan popular, Harry seguramente se lo pasaba todo el tiempo cuidándose de no quedar a merced de los fans obsesionados. Draco podía apostar que su truco para obligarlo a entrevistarse en persona con él, no le había hecho ninguna gracia.
Pero yo no soy cualquier fan y Harry debería saberlo, le dijo su voz interior que, gracias a los dioses, por fin había dejado de sonar como Snape. Aunque quizá justo por eso mismo es, ¿no?
Tomó su abrigo, se aseguró de que el reloj continuara ahí a buen resguardo en uno de los bolsillos, y se dirigió a la chimenea principal de la casa, la cual ya estaba encendida. Arrojó un puño de polvos flu e indicó la dirección que le habían dado:
—¡Wootton Cottage, Somerset!
Aquello no debía quedar lejos de la mansión, pues Somerset era un condado vecino a Wiltshire. Draco estaba preguntándose si acaso ése sería el domicilio particular de Harry, cuando finalmente las llamas verdes lo arrojaron hacia una cocina pequeña pero muy bonita y luminosa. Con sólo verla, Draco supo que se encontraba en una vieja casa de campo, quizá del siglo XVIII. No obstante su antigüedad, el sitio estaba impecablemente bien cuidado y renovado.
Ahí en la cocina, los muebles eran de madera blanca con detalles en color pino, olía a comida recién hecha y las encimeras estaban repletas de objetos y viandas de todo tipo. Justo en medio de la habitación estaba una pequeña mesa rectangular rodeada de cuatro sillas viejas pero confortables. Y ahí, encima de la mesa, estaba la caja con el escudo de la familia Black que Draco acababa de mandarle a Teddy Lupin apenas hacía un rato.
Frunció el ceño con extrañeza.
Pero, ¿qué...?
No terminó de formular la pregunta en su mente porque una mano lo tomó de las solapas de su traje y tiró de él hacia la derecha, provocando que trastabillara y el abrigo que traía en las manos se le cayera hasta el suelo.
—¡Accio varita de Malfoy! —gritó una voz femenina del otro lado, y Draco sintió a su instrumento mágico salir disparado desde un bolsillo interno de su chaqueta.
—¡Oigan! ¿Qué demo...?! —comenzó a gritar, pero se silenció cuando sintió la punta de una varita en la mejilla. Dirigió sus ojos hacia la derecha y vio que era justamente Harry Potter quien lo estaba amagando—. ¡Potter! ¿Qué significa semejante recibimiento?
—¡Quieto y callado, Malfoy! —le espetó Harry, a quien le centelleaban los ojos con algo bastante peligroso—. ¡Somos nosotros los que vamos a hacer las preguntas!
¿Nosotros...?
El cuestionamiento de Draco tuvo rápida respuesta cuando vio surgir de entre las sombras a su izquierda, a Ginny y a Bill Weasley, ambos con la varita en ristre. Además, Ginny también estaba en posesión de la varita de Draco.
Éste levantó un poco las manos para manifestar que sus intenciones eran pacíficas.
—No entiendo por qué es necesario todo este maltrato y tanta desconfianza, Potter —escupió, sintiéndose genuinamente enojado y muy herido—. Tú sabes bien que yo sólo deseaba devolverte tu propiedad.
Harry resopló con sorna sin quitarle la punta de su varita de la mejilla y sin soltarlo de su chaqueta.
—Claro. ¿Años y años de no vernos y de ningún intento amistoso de tu parte y, de pronto, justo el día antes de mi viaje, haces todos estos movimientos hacia mí y mi familia? Perdona por no creer ciegamente en tu buena voluntad, Malfoy. Pero nuestra historia me dice que sería bastante estúpido de mi parte hacerlo.
—Harry… tranquilízate —dijo Bill en tono apaciguador—. Malfoy ya está desarmado y no puede hacer nada ofensivo. Permítele que se explique.
Harry le dedicó una mirada muy desagradable a Draco, como diciéndole "te tengo en la mira", y entonces, bajó la varita y soltó su agarre sobre la ropa de éste.
Draco se tambaleó un poco al verse liberado así de brusco. Le dedicó, a su vez, una mirada de furia a Harry y procedió a arreglarse la chaqueta que el otro imbécil le había arrugado. Y pensar que se había vestido con tanto esmero sólo para él.
Ginny, Bill y Harry tenían sus varitas en las manos. No le estaban apuntando directamente, pero los tres lo rodeaban contra la chimenea. Draco tuvo unos segundos para contemplarlos: iban vestidos con túnicas casi formales, seguramente porque era Navidad, y Draco se preguntó si en esa realidad Ginny también sería auror como en "el vistazo". Entonces, se dio cuenta. Claro, eso era. Ginny era una auror y Bill, un rompe-maldiciones. Harry los había convocado ahí porque pensaba que Draco tenía malas intenciones y necesitaría la ayuda de ellos dos. La situación hizo que Draco se sintiera cada vez más insultado. Pensó en recuperar su varita y largarse de ahí.
—¿Serías tan amable de regresarme mi varita para poder irme por donde llegué, Weasley? —le pidió a Ginny siseando entre dientes y tendiéndole una mano—. Digamos que… no me siento del todo bienvenido en esta casa.
Ginny miró hacia Harry y fue éste quien respondió:
—No vas a ir a ningún lado hasta que te expliques, Malfoy —masculló el héroe con los dientes apretados. Parecía cabreado de verdad y Draco no entendía el porqué de tanto escándalo—. Nos vas a explicar cómo es que tienes mi reloj, por qué sabes que es mío y cuáles eran tus intenciones al exigirle a Ron entregármelo en persona. Y también, ya que estamos, vas a explicarnos por qué, después de ocho años de abandono, has decidido así de repente mandarle un regalo a Teddy que bien podría ser una caja llena de objetos malditos —añadió mientras señalaba la caja sobre la mesa.
—Bien podría ser, pero no lo es —respondió Draco con enojo—. Aquí tienes a un mago rompe-maldiciones, estoy bastante seguro de que ya han revisado la caja de cabo a rabo y no han encontrado nada, ¿o me equivoco?
Harry miró a los Weasley de reojo y Bill le hizo un gesto que parecía decir "Te lo dije".
Draco no pudo evitar una sonrisa sarcástica seguida de un suspiro de fastidio. Harry Potter no había cambiado en lo más mínimo. Continuaba sintiendo la misma desconfianza hacia Draco que lo había llevado en su sexto año a seguirlo por todo Hogwarts como un sabueso al zorro.
Intentó no sentirse herido. Después de todo, era comprensible. Aquí, en su realidad, él y Harry no habían sido amigos desde los diecisiete como en "el vistazo". Harry todavía tenía un largo camino que recorrer para conocer a Draco y, todavía más, para enamorarse de él.
—Bu-bueno, eso es cierto —tartamudeó Harry, incómodo—, pero...
—Con respecto a tus otras dudas, puedo responderte con gusto, Potter —resopló Draco, interrumpiéndolo—, si fueras tan amable de darme la oportunidad y no simplemente asaltarme así apenas salgo de la chimenea... Por otra parte —agregó, mirando a su alrededor—, si tanta desconfianza me tienes, ¿por qué me has permitido la entrada a la casa de mi tía Andrómeda, encima dándome a conocer la dirección y sabiendo que puedo regresar?
Bill y Ginny miraron hacia Harry como si le concedieran la razón a Draco. Harry pasó saliva y preguntó, a su vez:
—¿Cómo supiste que es la casa de los Tonks? —Draco no respondió. Sólo puso los ojos en blanco e hizo un gesto como diciendo "por favor, pónmela más difícil". Vio a Harry apretar los dientes antes de mascullar en tono amenazante—: Como sea... Siempre queda la opción de desmemorizarte antes de echarte a patadas de aquí, Malfoy.
—Claro, claro —concedió Draco con sarcasmo y soltó una risita de burla que provocó que Harry se ruborizara—. Finjamos todos que eso ya se te había ocurrido antes para no hacerte sentir tan mal.
Bill, quien parecía harto, negó con la cabeza y suspiró.
—Por favor, acabemos con esto de una vez. No es nada personal de mi parte, Malfoy, así que te suplico de antemano que me disculpes —dijo y levantó su varita hacia él. Draco se puso tenso, pero intentó no temer porque aquel mago no parecía tener malas intenciones—. Specialis Revelio —murmuró el pelirrojo y recorrió a Draco de pies a cabeza con su varita. Éste aguantó el escaneo con cara de aburrimiento. En un momento dado, vio a Bill arquear las cejas como si hubiese descubierto algo bastante interesante. Bill sonrió, pareció darse por satisfecho, bajó la varita y se giró hacia Harry—. ¿Lo ves, Harry? Nada maligno. Este es Draco Malfoy, nacido en junio de 1980 y quien no tiene encima ni un solo hechizo, maldición ni encantamiento que lo esté forzando a actuar en contra de su voluntad.
Harry lucía un poco avergonzado.
—¿Estás seguro?
Tanto Bill como Draco pusieron los ojos en blanco.
—Tan seguro como que tengo años de trabajar rompiendo maldiciones de todo tipo. Este mago está limpio y no tiene malas intenciones hacia ti o hacia Teddy. Lo mismo que la caja de las pelotas. No tiene ni un solo rastro de magia oscura en ella —finalizó, mirando a Harry con divertida acusación.
Draco sonrió feroz y no pudo evitar decir en tono sugerente:
—Además, Potter, corrígeme si me equivoco, pero hace un par de años parecía que mi malignidad no te molestaba cuando nos encontramos en un evento y me invitaste a tomar contigo. ¿Acaso ya lo olvidaste? Yo te noté muy dispuesto a pasar tiempo a solas en mi perversa compañía.
Ginny resopló con sorna mientras Harry se sonrojaba mucho y fruncía los labios.
—¿Puedo regresarle su varita, entonces? —dijo ella.
Todos miraron a Harry y éste asintió con lentitud. Miró a Draco con recriminación, como si le dijera "Mira lo mal que me haces quedar por no ser el mago oscuro que yo proclamaba que eras". Draco sonrió mucho cuando Ginny le regresó su varita. Aquella situación estaba comenzando a ser más divertida.
—¿Y bien? —dijo Draco mientras usaba un accio no verbal para levantar su abrigo del suelo y regresarlo a sus brazos—. Ahora que he pasado todos tus test de "no malintencionalidad", ¿podemos hablar? —Harry asintió de mala gana pero, como no decía nada, Draco agregó—: ¿Podemos hacerlo a solas o tiene que ser delante de los cómplices de tu emboscada? —Señaló a los dos Weasley con un movimiento de cabeza.
Ginny soltó una sonora carcajada.
—Yo paso. No quiero ser testigo de nada —dijo la pelirroja—. Hazte a un lado, Malfoy, que debo regresar a casa. Mamá hizo tremenda cena y no quiero perdérmela. —Se giró hacia Harry y le preguntó—: ¿Seguro que estarás bien?
Harry volvió a asentir.
—Sí, gracias por venir, Ginny. Dales mis saludos a todos.
Ginny tomó un puñado de polvos flu de la repisa de piedra que enmarcaba la gigantesca chimenea de esa cocina, gritó algo que sonó a "La Madriguera" y desapareció entre las llamas verdes.
Bill suspiró hondamente.
—Bueno. Si me necesitas de nuevo, ya sabes en donde encontrarme. Debo irme ya porque si llego tarde a cenar, Fleur me matará.
—Dales besos a los niños —musitó Harry con un hilo de voz.
—Claro. —Bill se giró hacia Draco—. Como te dije, Malfoy, no fue nada personal de mi parte. En todo caso, culpa al paranoico de mi amigo Potter aquí presente y a mi hermano Ron, quien fue el incitador de todo este alboroto. Me dio gusto verte, por cierto. Feliz Navidad —le dijo y le tendió una mano. Draco, un poco azorado ante tanta amabilidad, se la tomó y se dieron un fuerte apretón. Bill le sonrió con calidez y Draco, sin comprender, le correspondió la sonrisa un tanto torpemente.
Finalmente, Bill se fue por la chimenea al igual que su hermana, dejando a Harry y a Draco a solas en medio de un silencio bastante incómodo donde sólo se escuchaba el crepitar del fuego y la fuerte ventisca de afuera.
Draco se paró lo más erguido y digno que pudo, elevando la barbilla y mirando a Harry con ojos acusadores. Harry lo observaba a él todavía con algo de desconfianza pero también con curiosidad, como si no entendiera nada en absoluto pero quisiera enterarse.
En el fondo, Draco no se sentía realmente molesto (más bien, estaba nervioso), pero decidió jugar sus cartas por ese lado y apelar a los remordimientos de consciencia del otro mago. Le estaba costando creer que por fin estaba frente a frente con el Harry Potter de esa realidad, su verdadera realidad, y que ahora todo dependía de él y del manejo que le diera a la situación.
Se emocionó al pensar en que aquella entrevista era el primer paso de una seducción bastante anhelada, y le costó poner cara de pocos amigos ante la inquisitiva inspección del otro mago.
—Si tanto te molesta mi presencia, puedo entregarte el reloj y largarme por donde vine, Potter —le dijo con voz dura mientras rebuscaba en su abrigo para sacar el paquete—. Además, creo que ya no tengo tantas ganas de charlar contigo como tenía antes. Ni siquiera te preocupes por darme recompensa alguna. No necesito ni quiero nada de ti —añadió para ponerle más drama a su reproche.
Predeciblemente, Harry puso cara de culpa cuando Draco le ofreció el paquete con el reloj. Levantó la mano para tomarlo y Draco se estremeció cuando sus dedos se rozaron. Harry, ajeno a eso, hizo un mohín.
—No quiero que te vayas así, Malfoy —le dijo en voz baja, mirándolo a los ojos sin prestarle ninguna atención al paquete que Draco acababa de darle—. De verdad quiero hablar contigo y escuchar tu versión. Especialmente, en lo que se refiere a Teddy y por qué has decidido buscarlo ahora. Además, si tus intenciones son honestas, entonces eso quiere decir que te debo una gran disculpa.
Draco quiso sonreír pero se contuvo. Oh Harry, tan adorable, protector y tonto como siempre. Suspiró con fingido hastío.
—De acuerdo. Revisa tu reloj, y entonces hablamos.
Harry asintió y, después de observar a Draco durante unos segundos más, como si no pudiera quitarle los ojos de encima por alguna razón, bajó la mirada al paquete que estrujaba entre sus manos y comenzó a abrirlo. En los pocos segundos que demoró, Draco tuvo oportunidad de observarlo con ojo crítico.
Harry estaba vistiendo una túnica muy bonita que, Draco supuso, se debía a que ese era el día de Navidad y seguramente tenía compromiso para cenar con alguien. Se preguntó, no sin sentir una punzada de celos, de quién se trataría. Harry llevaba el cabello negro tan alborotado como siempre, un poco más largo que como lo había tenido en "el vistazo", y parecía más fornido, más ancho de espaldas, más bueno y apetecible.
El recuerdo de ellos dos haciendo el amor con pasión relampagueó en la mente de Draco y sintió la excitación recorrerle el torrente sanguíneo. Joder, Harry embistiéndolo con movimientos animales mientras lo mantenía doblado encima de un escritorio, tan duro y tan rápido que el pesado mueble se movía sobre el suelo. Draco casi suelta un gemido ante la memoria. Se mordió los labios y Harry levantó la mirada hacia él justo en ese momento.
—¿Sucede algo?
Draco parpadeó.
—No-no —tartamudeó en respuesta—. ¿Y bien? —preguntó en tono brusco, desviando el tema—. ¿Sí es este tu reloj?
Harry le dedicó una mirada extrañada, pero, al parecer, optó por no discutir. Sacó el reloj de su paquete, frunció el ceño y emitió un jadeo.
—¡Sí, este es mi reloj! Pero… —dijo mientras lo giraba frente a sus ojos y parecía más y más complacido a cada instante que pasaba. Draco soltó un suspiro de alivio. Al parecer, las reparaciones no le molestaban—. Wow, está… Está irreconocible. ¡Si hasta parece nuevo! ¿Qué le pasó? —Miró a Draco a la cara—. ¿Te lo encontraste así o tú lo mandaste a reparar y limpiar?
—Me lo encontré así en el Callejón Diagon y de inmediato supe que era tuyo. Cualquier persona con ojos que hubiese visto alguna foto tuya en el diario, lo habría sabido. Yo estaba seguro de habértelo visto puesto alguna vez, y, la verdad, al encontrarlo en el estado deplorable en que lo tenías, decidí… llevarlo a reparar. Considéralo un… regalo de despedida, o de Navidad, o de lo que sea —finalizó, mirándolo intenso a los ojos.
Pero no te vayas, por favor, por favor.
Harry estaba impresionado y agradecido. Se puso el reloj en la muñeca izquierda y lo observó unos segundos.
—Vaya. No sé qué decir. No podría explicarte lo valioso que este reloj es para mí. Gracias por cuidarlo tan bien. Y pensar que yo pensé que tú… —Se rió y se rascó la nuca—. Discúlpame, Malfoy. Soy un imbécil y dejé que Ron me metiera ideas en la cabeza que… En fin. Voy a darte una recompensa que quizá alcance a cubrir los gastos que te generó su reparación.
Draco negó levemente con la cabeza.
—Realmente no quiero la recompensa, Potter. Pero si insistes en darme algo a cambio… Se me ocurren algunas ideas.
Le sonrió y arqueó las cejas.
—¿Ah, sí? —dijo Harry y lo miró con los ojos muy abiertos, como si quisiera creer que Draco estaba coqueteándole pero le pareciera muy bueno para ser verdad. Se veía totalmente dispuesto a darle el visto bueno a cualquier cosa que Draco estuviera a punto de sugerirle.
Draco sintió una emoción enorme crecer en su pecho. Iba a pedirle a Harry que cenara con él. O, en su defecto, si ya tenía un compromiso previo, entonces le pediría salir a tomar una copa. Y lo besaría, y le haría el amor, y lo convencería de no marcharse de Inglaterra.
Abrió la boca para continuar hablando, cuando la puerta de la cocina que daba a un corredor se abrió de golpe y Teddy entró a todo correr.
—¡Mis pelotas de quidditch! —gritó con alegría al ver la caja sobre la mesa—. ¡Todavía están aquí! ¿Sí voy a poder quedarme con ellas, padrino?
El niño, con su cabello en brillante color azul como siempre, se paró en seco junto a la mesa de la cocina al ver a Draco ahí. Detrás de él, entró Andrómeda Tonks. La bruja miró a Draco con la boca abierta.
—Draco Malfoy —saludó ella, tratando de componerse de la sorpresa. Lucía más acabada y más triste de como Draco la recordaba en "el vistazo" y eso le rompió un poco el corazón.
—Buenas noches, tía Andrómeda —la saludó con un cariño que no pudo ocultar, y notó complacido que ella se sorprendía gratamente ante la mención del parentesco—. Perdona las molestias que les he estado causando. No era mi intención incomodar. Espero que estén pasando una muy feliz Navidad.
Andrómeda, azorada, asintió. Entonces, pareció recuperarse y se giró hacia Teddy.
Le dijo al niño:
—Cariño, este señor es tu tío Draco Malfoy. Él fue al colegio durante los mismos años que tu padrino, y fue quien tuvo la amabilidad de mandarte el regalo.
—¡Oh, otro tío más, qué bien! —exclamó el niño, poniéndose feliz de nuevo.
Andrómeda y Harry intercambiaron una mirada. Ella quizá vio algo en la actitud relajada del moreno que pareció convencerla, porque, finalmente preguntó:
—¿Serías tan amable de acompañarnos a cenar, Draco? Antes de que llegaras, estábamos a punto de sentarnos a la mesa, ¿verdad, Harry, querido?
Draco miró hacia Harry y éste lo miró a él. Le sonrió y Draco sintió que algo le cosquilleaba en el estómago.
—Sí, así es. Antes de… De todo eso —masculló, sonrojándose un poco—. Quédate a cenar con nosotros, Malfoy. Por favor. Porque realmente me gustaría charlar contigo un rato. Si es que tú quieres, claro.
—¡Genial! —gritó Teddy, quien de pronto tenía el cabello rubio platinado—. ¡Finalmente somos cuatro, igual que el número de sillas! Por cierto, tío, ¡gracias por el regalo! Las pelotas están súper lindas aunque algo antiguas y pasadas de moda. —Caminó hacia Draco, lo tomó de la mano y lo dirigió a la mesa—. Supongo que siguen funcionando bien, ¿no?
—¡Por supuesto que funcionan! —exclamó Draco con fingida ofensa—. Son pelotas de la mejor calidad, Teddy. Y son tuyas por derecho. Han pertenecido a nuestra familia por siglos, siempre heredadas al mejor jugador de quidditch de cada generación.
Teddy sonrió mucho ante eso porque realmente se trataba de un gran cumplido. De reojo, Draco notó que Andrómeda y Harry volvían a intercambiar otra mirada.
Draco, por su parte, tuvo que hacer un gran esfuerzo para no parecer tan conmovido como realmente se sentía. Había creído que le iba a costar más trabajo ganarse la confianza de su tía y sobrino, así que, aquella rápida aceptación verdaderamente lo emocionaba.
Teddy casi lo empujó para sentarlo ante la mesa, y Draco no pudo evitar pensar en otro niño más pequeño y rubio que en esa realidad no existía todavía pero a quien él tenía pensado traer a la vida lo más rápido que pudiera. Y, mientras tanto, era reconfortante saber que podía contar con la traviesa y adorable compañía del pequeño nieto de su tía.
Teddy comenzó a charlar con él, hablando a toda velocidad, haciéndole preguntas acerca de las pelotas y escuchando maravillado cuando Draco le contó, con una gran sonrisa, que él había sido también un buscador en el equipo de su casa en el colegio y que, cuando se había enfrentado a Harry, lo había hecho sufrir con ganas antes de que éste pudiera ganarle la snitch.
Harry estaba ayudándole a Andrómeda a servir la cena, pero Draco se daba cuenta de que estaba escuchando atentamente todo lo que él decía y que no dejaba de observarlo con sumo interés como si Draco fuera el misterio más intrigante al que se hubiera enfrentado en su vida entera.
Y Draco, sabiendo cómo había sido la vida del héroe Potter, se tomaba aquello como un verdadero halago.
¡Muchas gracias por sus comentarios y apoyo! Nos leemos el siguiente martes :)
