El día D llegó, como no podía ser de otra manera en un embarazo que fue de todo menos normal, una semana antes de lo esperado. Y llegó en plena noche, unas cuantas horas después de que Derek hubiera llegado a casa antes de tiempo. Había sido después de que Scott, que era el encargado ese día de hacerle compañía a Stiles, le llamara indicándole que su amigo se encontraba especialmente mal y que lo mejor que le vendría ahora sería tenerle a su lado.
Así que Derek no se lo pensó dos veces cuando avisó en el trabajo que se marchaba aunque todavía no hubiera terminado su turno, pues quería aprovechar que era viernes para ir a visitar a su novio, que en teoría estaba en la otra punta del país junto a la mujer que daría a luz a su hija.
Y la cara de desesperación que puso debió ser bastante convincente, pues no le pusieron ninguna pega. Media hora después ya se encontraba en el loft con un agotado Stiles entre sus brazos y que, pese a lo cansado que estaba, no tuvo problemas en detallarle la mierda de día que había tenido; mientras Scott les dejaba a solas tras haber hecho de enfermero durante prácticamente todo el día.
Hacía tres horas de aquello y apenas se habían movido de la cama. Entre lo mal que se encontraba Stiles y lo frustrante que estaba siendo para Derek no darle el confort que tanto necesitaba, lo único que le quedaba era seguir acariciando su estómago y repitiéndole una y otra vez que ya faltaba poco. Que pronto terminaría todo y por fin podría descansar. Y al final sus palabras resultaron ser de lo más premonitorias, pues media hora más tarde se desató la tormenta.
Aunque, siendo sinceros, tardaron un rato en darse cuenta de que dicha tormenta se había desatado.
Derek estaba preparando algo de comer, aprovechando que Stiles había tenido que ir al servicio. Y pese a que lo hizo con cara de disgusto, arrastrando los pies y su enorme barriga, por su propia seguridad el hombre lobo no le preguntó si necesitaba ayuda. Tenía bien claro que sólo recibiría a cambio una mirada asesina, así que le dejó hacer sus necesidades a su propio ritmo y continuó preparando la cena. Pero cuando ésta ya estaba más que lista pero Stiles todavía no había vuelto de su incursión al baño, no tuvo más remedio que ir a ver qué pasaba.
- ¿Todavía estás ahí? –preguntó al ver que seguía sentado en la taza del váter-. ¿Qué pasa? ¿Necesitas ayuda para levantarte?
La cara de desagrado de Stiles mutó en una de total ofensa.
- No, muchas gracias. Ya bastante humillante es tener que mear sentado y con este tripón, como para que ahora vengas a regodearte…
- Entonces, ¿por qué sigues ahí sentado?
- Hmmm, no sé. ¡Porque estoy meando!
En lugar de responder al grito de Stiles con otro propio, Derek frunció los labios, pensativo.
- ¿No crees que estás tardando demasiado?
- Guau. Gracias por recordarme mis problemas de incontinencia urinaria con esa delicadeza que tanto te caracteriza.
- No me refiero a eso. ¿Cuánto tiempo llevas?
- ¿En serio me estás preguntando eso? –se escandalizó-. Ya sé que siempre dices que tenemos que contárnoslo todo pero, sinceramente, esto ya me parece excesivo.
Viendo que si seguían así no iban a llegar a ningún lado, Derek se aproximó al humano para mirar entre sus piernas.
- Déjame ver.
- ¿Pero qué haces? –Le dio un empujón para alejarle lo poco que le permitió su estómago y su postura.
- Stiles…
- Por Dios, Derek. Jamás pensé que un día llegaría decirte esto, pero hay momentos en que el espacio personal es de agradecer y…
- ¿Es que no te has dado cuenta? –sacó a relucir su voz de Alfa-. Es la hora –Espero a que Stiles entrara en pánico, pero en lugar de ello lo que hizo fue alzar ambas cejas, preguntando "¿La hora de qué?"… Sí, Stiles ya era todo un maestro en el idioma de Derek Hale-. El bebé está en camino.
- No digas tonterías –protestó-. Todavía queda una semana.
- ¿No recuerdas lo que dijo Satomi? Cuando llegara la hora, antes de que empezaran las contracciones estarías haciendo pis todo el tiempo. Incluso si no tenías ganas.
- Pero yo sí que tenías ganas… -De pronto se le encendió la bombilla-. Hace quince minutos y… –miró sus bajos, al igual que había hecho Derek hacía un minuto-. Oh, Dios mío... ¿Significa eso que voy a dar a luz?
- Exacto. –Consiguió mantener la calma, ayudándole a ponerse en pie y a vestirse-. Tenemos que ir al hospital.
- Voy a dar a luz… -murmuró muy bajito, como si tuviera miedo de que si lo decía en voz alta se hiciera realidad-. Derek, voy a traer a un bebé a este mundo… No puedo hacerlo.
- Creo que ya es un poco tarde para dar marcha atrás.
- ¡Así es como me apoyas!
- Tenemos que movernos. -Hizo caso omiso del nuevo grito de Stiles, mitad de pánico y mitad de cabreo-. Prepararé la bolsa con todo lo necesario.
- ¡Espera! –Le agarró de la muñeca cuando ya se estaba alejando de él-. No me dejes solo ¿Y qué pasa si nace mientras no estás?
- Sólo voy a tardar un minuto –explicó con un deje de molestia porque, sinceramente, aquello empezaba a rayar lo absurdo-. Y es un recién nacido… No hables de ella como si fuera a comerte.
- ¡Yo no he dicho que vaya a comerme!
- Has puesto la misma cara que cuando el Kanima nos tenía acorralados en la piscina.
- ¿Y qué pasa si se me cae al suelo?
La respuesta de su novio consistió en bajar la tapa del retrete, sujetarle de ambos hombros y obligarle a sentarse de nuevo.
- No te muevas. Vuelvo enseguida.
Ya fuera por lo directo de la orden o porque dejó tan descolocado a Stiles que su novio le dejara allí solo, que el humano no rechistó los dos minutos que Derek tardó en volver junto a él.
Pero fue sentarse en el coche, después de haber salido del edificio con piernas temblorosas, y fue como si recordara de golpe qué era lo que estaba a punto de suceder.
- Estoy muerto de miedo
- No te preocupes… -Soltó una mano del volante para depositarla sobre la rodilla de su compañero-. Ya he avisado a Melisa que vamos para allá. Estará esperándonos en el hospital en cuanto lleguemos.
- ¿Y mi padre? ¿También le has llamado?
- Todavía no. Puede que queden horas hasta que sea el momento del parto. No creo que tener a tu padre allí todo ese tiempo sea lo más aconsejable sea. Sólo conseguiría ponerte más nervioso de lo que ya lo estás.
- Pero y si… ¡Joder! –De pronto Stiles puso una mano en el muslo y apretó con todas sus fuerzas el tiempo que duró la contracción.
- ¿Ya se te ha pasado?
- Dios mío… Melisa me dijo que dolería, pero no pensé que fuera a ser así…
- La próxima vez que tengas una contracción, cógeme de la mano. Te ayudaré a aliviar el dolor.
- Según la clase de preparto no debería tener otra hasta al menos dentro de diez min… –La frase se quedó a la mitad. Le agarró de la mano corriendo y Derek, al quitarle el dolor, pudo experimentar en su propia piel lo que era una contracción. Al final tuvo que parar a un lado de la carretera el tiempo que duró la misma para concentrarse mejor y no pudo por menos que maravillarse del aguante que tenía tanto su novio como todas las madres de la historia. Porque, Dios Santo, eso era una tortura.
Tres contracciones más tarde Derek respiró un poco más aliviado al llegar al hospital, aparcando junto a una de las entradas de Urgencias que Melisa ya se había encargado de despejar de miradas curiosas. Al bajar del coche saludó con una leve inclinación de cabeza a la enfermera, quien ya tenía preparada la silla de ruedas en la que Derek no tardó en colocar a Stiles, cogiéndole en brazos sin ninguna dificultad. De hecho, le dio rabia tener que soltarle, pues habría preferido llevarle él mismo donde fuera que hiciera falta.
Así pues, tuvo que conformarse con arrastrar la silla de ruedas por los pasillos del hospital. Enseguida entraron en una zona más privada, donde Melisa había preparado su propio quirófano y habitación lejos de otros pacientes a los que ciertamente extrañaría ver a un hombre con un estómago tan increíblemente abultado hablando de dar a luz.
Nada más cruzar una de las puertas dobles en las que se podía leer "sólo personal autorizado", a Derek le tranquilizó ver a Satomi ya ataviada con un pijama verde como el que llevaba la enfermera, y a su lado a Deaton.
Ambos le sonrieron con mesura, intentando tranquilizarles, lo que le demostró que no había conseguido engañar a nadie con eso de que no estaba tan nervioso como quería aparentar.
Que Stiles no dijera nada ante semejante recibimiento, siendo el centro de atención, confirmó que estaba demasiado asustado como para pensar en algo ingenioso que decir.
- No te preocupes –susurró Derek, poniéndose de rodillas frente a él-. Tienes a tu propio equipo de médicos que se van a encargar de que todo salga bien. –Esperó a que los tres presentes le dieran la razón con un asentimiento, y por si acaso les miró de tal manera que quedó claro lo que estaba pensando: más os vale que todo salga bien.
- ¿Vas a estar conmigo?
- Por supuesto.
- Está bien, cielo –apuntó Melisa, con esa voz tan suave y segura que era como un relajante en situaciones de tanto estrés como la que ahora estaban viviendo-. Es hora de empezar a prepararte. –Una simple mirada a Derek le bastó para indicarle que le subiera a la camilla. El hombre lobo siguió la orden sin rechistar.
- Si vas a entrar en el quirófano, deberás cambiarte de ropa –señaló entonces Deaton, pidiéndole que le acompañara.
- Espera, ¿adónde vas? –preguntó Stiles, nervioso, desde la camilla- Me has dicho que…
- Sólo será un minuto –le tranquilizó Satomi. La mujer ya se había colocado a su lado, tomándole el pulso para asegurarse de que todo marchaba según lo previsto-. Enseguida le tendrás de vuelta.
- Todo va a salir bien. –Derek le besó en los labios, sin importarle la cantidad de gente que estaba siendo testigo de ello-. Ellos cuidarán de ti mientras no esté. Y no tardaré nada. Te lo prometo.
Le besó otra vez para terminar de ayudarle a tranquilizarle, tras lo que siguió a Deaton a la zona de los vestuarios. El veterinario, consciente de con quién estaba, ni siquiera intentó iniciar una conversación para relajar al futuro padre. Bien sabía que eso, con Derek Hale, no serviría de nada.
Bastante habían mejorado las cosas en los últimos meses entre ellos, cada vez que le aclaraba todas sus dudas sobre el embarazo y Derek sentía que por primera vez estaba haciendo algo práctico, como para estropearlo ahora.
Aun así, Derek sentía que los nervios comenzaban a atenazarse en su estómago. Tenía miedo de entrar en el quirófano en ese estado, lo que sólo serviría para preocupar más a Stiles de lo que ya lo estaba.
- Dame un minuto –pidió cuando ya se había puesto el pijama azul.
Deaton no rechistó, manteniendo esa exasperante calma que, por una vez, Derek agradeció.
Tan pronto como salió, dejándole solo con sus pensamientos y nervios, el hombre lobo sacó el móvil y pulsó el número 3 de marcación rápida.
- Peter –dijo, sin haberle dado tiempo a saludar desde el otro lado de la línea.
- ¡Sobrino! ¿Cómo van las cosas por…?
- Estamos en el hospital. Stiles está a punto de entrar en el quirófano.
- ¿No salía de cuentas la semana que viene?
- Evidentemente se ha adelantado –gruñó el Alfa-. ¿Por qué crees que te estoy llamando?
- ¿Detecto ciertos nervios?
- No. Estoy perfectamente relajado -ironizó.
- Creo que deberías respirar profundamente un par de veces. No querrás que Stiles te ve así, ¿verdad?
- Por supuesto que no quiero –susurró para frenar las ganas que tenía de ponerse a gritar como un loco-. Es por eso que todavía no estoy con él.
- Todo va a salir bien –dijo, esta vez sin el tono de guasa que solía acompañar a cada una de sus palabras-. A su lado va a tener a una de las mujeres lobo más longevas del mundo. Lo que Satomi sabe no tiene límites.
- Pero es el primer parto de un hombre al que asiste. Y si…
- Derek –le interrumpió con voz suave, tratando de ayudarle a calmarse-. Las fuerzas sobrenaturales quisieron que pasara esto. No lo habrían consentido si hubiera la más mínima posibilidad de que algo saliera mal. Por no hablar de que también tiene a su lado a Melisa. Yo estaría tranquilo aunque ella fuera la única persona que me asistiera en una operación.
- También está Deaton.
- Siempre tiene que haber un eslabón débil –bromeó, detectando desde el otro lado de la línea un leve bufido, aunque con cierto deje de humor-. ¿Más tranquilo?
- Sí. Gracias.
- Ya estoy de camino al hospital. ¿Has llamado a Cora?
- No. Antes de salir del loft llamé a Melisa. No he podido hacer mucho más desde entonces.
- Está bien. Ya me encargo yo. ¿Quieres que llame también al sheriff?
- No sé cuánto tiempo estará en quirófano hasta que le practiquen la cesárea. Y sé que en cuanto le llame vendrá a toda velocidad, con la sirena del coche patrulla encendida.
- Comprensible. Está bien. Iré para allá y según cómo vayan avanzando las cosas, avisaré al resto. No te preocupes. Lo tengo todo controlado.
- Gracias.
- Dos gracias en menos de un minuto –canturreó-. Habrá que apuntar el día.
- No te pases.
- Y tú deja de hablar y ve con el padre de tu hija. Como tardes un minuto más será él quien te arranque la garganta.
Derek colgó sin despedirse, aunque tampoco es que Peter lo estuviera esperando.
Mucho más relajado, terminó de ponerse los guantes, mascarilla y gorro necesarios para entrar en la zona del quirófano, y volvió junto al padre de su hija.
Y tan pronto como le vio y detectó la sensación de tensión y miedo que procedía tanto de él como de las tres personas que estaban rodeando la camilla, su relax se fue a la porra.
Por si no quedara suficientemente claro que las cosas no iban tan bien como parecía, tan pronto como le vio Stiles alargó un brazo hacia él, buscando desesperado el contacto de su mano.
- ¡Derek!
- ¿Qué pasa?
- Tenemos que empezar ya –fue Melisa quien respondió-. La pequeña ya quiere salir.
- ¿Ya? –exclamó-. Pensé que todavía faltaría una hora.
- Se ve que tiene ganas de ver a sus padres.
- Genial –se quejó Stiles, para nada conmovido por las palabras de la enfermera-. Todavía no ha nacido y ya estoy sufriendo su hiperactividad…
- No te preocupes –trató de calmarle Derek, situándose a un lado de la camilla para dejar trabajar al trío de médicos-. Enseguida habrá terminado todo.
De pronto Stiles apretó con fuerza su mano y el sonido de la máquina a la que ya estaba conectado se aceleró, indicando el pico de la contracción.
- Joder… -gruñó, sudando copiosamente cuando terminó-. Dios. Esa sí que ha sido fuerte.
- Intenta no moverte –pidió Deaton, situado junto a la cabecera de la cama.
- Ya me gustaría verte a ti en esta situación –se quejó Stiles-. A ver si te estarías tan quietecito.
Derek aguantó la carcajada. Por poco apropiado que fuera reírse, tenía que reconocer que Stiles era único para seguir metiéndose con la gente, incluso en situaciones tan delicadas como aquella. Y, por otro lado, parecía que cuando se enfadaba conseguía distraerse un poco de la vorágine de cosas que estaban sucediendo a su alrededor, como era el hecho de que le habían abierto la bata del hospital, por lo que ahora mismo estaba tumbado en la camilla como su madre le trajo al mundo.
Pero su concentración volvió a ser tan certera como siempre cuando, entre el mar de manos, caras y voces que empezaban a marearle, vio el brillo de la hoja de un bisturí.
- Oh Dios mío… -murmuró a Deaton, que era quien sostenía la herramienta-. ¿Qué vas a hacer?
- Es una cesárea, cielo –respondió Melisa mientras impregnaba su estómago con un extraño líquido naranja. Stiles reconoció el anestesiante y desinfectante que siempre se usaba antes de una operación- Tengo que abrirte.
En cuanto la enfermera tomó el bisturí Stiles buscó a Derek con la mirada.
- Me parece que no pensé en ese detalle hasta ahora –musitó mientras miraba de refilón cómo Melisa acercaba el bisturí a su estómago-. Creo que no es el mejor momento para recordar que me mareo al ver sangre…
- Pues no mires -gruñó Derek.
- Céntrate en Derek –aconsejó Melisa, con una voz demasiado suave como para pertenecer a la misma mujer que estaba a punto de abrir a un ser humano.
- ¡Ves! –se quejó Stiles, apretando con fuerza la mano del hombre lobo-. Ella SÍ sabe cómo tratar a un embarazado.
Derek apretó los labios, cabreado consigo mismo por no estar tranquilizándole tanto como necesitaba, pero también enfadado con Stiles porque su nerviosismo y miedo sólo estaban consiguiendo que cada vez se preocupara más.
Y entonces se le ocurrió una idea que podría ayudarles a los dos.
Olvidándose de todo lo que ahora mismo estaba ocurriendo, se centró en su pareja como si fuera lo único que ahora mismo había en el mundo. Y tan pronto como fijó sus ojos en los de Stiles, quien no se atrevió a parpadear ante la intensidad de la mirada de su novio, Derek depositó sus labios sobre los cálidos del humano.
Los besó muy despacio, deleitándose en su suavidad y ese sabor único que llenó todos los poros de su cuerpo, hasta el punto de que cuando se separó de él, casi un minuto después, Derek necesitó unos segundos para recordar que estaban en el hospital, en el quirófano, y a punto de traer al mundo a su hija.
- ¿A qué ha venido eso? –susurró Stiles.
- Estabas empezando a hiperventilar –fue la sencilla explicación del hombre lobo.
El Alfa sonrió con mesura ante el sonrojo de Stiles. Se quitó los guantes para acariciar su sien, recogiendo las gotas de sudor que se habían formado. El hecho de que Stiles cerrara los ojos ante el contacto y de paso buscara su otra mano para apretarla, respirando profundamente, le indicó que por fin había conseguido relajarle
Derek aprovechó que tenía los ojos cerrados para observar al resto de presentes. La cacofonía de voces había desaparecido, pues ahora estaban los tres médicos cumpliendo con su labor, cotejando las constantes y preparando todo lo necesario para el momento de abrir.
Al fijarse en Melisa vio que ya estaba aplicando presión sobre el estómago de Stiles con el bisturí, creando un pequeño riachuelo de sangre.
La visión le mareó inmediatamente, y eso que él sí estaba acostumbrado a la sangre y hasta ahora nunca le había afectado. Pero una cosa era ver a otra persona sangrando, o incluso a sí mismo, y otra muy distinta que esa persona fuera su compañero y padre de su hija.
Apartó la vista para centrarla en el rostro de Stiles. Sorprendentemente, se le veía muy relajado, casi feliz. Sólo entonces se dio cuenta de que le estaba quitando el dolor a través de sus manos entrelazadas.
Le alegró ver que su instinto funcionaba bien, ya que era capaz de cuidar de su compañero sin ser siquiera consciente de lo que estaba haciendo.
- ¿Te duele? –susurró, no obstante, para asegurarse.
- No… -murmuró Stiles con voz pastosa-. La verdad es que apenas siento mucho de pecho para abajo. Es como si estuviera dormido.
- No sigas con el proceso de curación –advirtió Satomi, quien no había soltado la muñeca de Stiles. Derek tuvo claro que era tanto para controlar su pulso como para sujetarle en caso de que se moviera más de la cuenta-. Necesita ser consciente de su propio cuerpo para avisarnos de si nota algo extraño.
- ¿Algo extraño? –preguntó Stiles, abriendo los ojos-. ¿Qué significa eso? ¿Es que puede pasar algo mal?
- No, claro que no –dijo tajante Melisa, a quien no le preocupó mirar de mala manera a la mujer lobo por aquella mala elección de palabras-. Lo estás haciendo muy bien.
Stiles miró extrañado a la mujer. Tan sólo podía ver sus ojos, pues el resto del rostro estaba tapado por una mascarilla y el gorro, y nunca antes le habían parecido tan hipnóticos.
- Si todavía no he hecho nada…
- Pues sigue así.
Sin entender muy bien lo que estaba pasando, bajó un poco la mirada desde el rostro de Melisa, para descubrir lo que la mujer estaba haciendo.
Y entonces se dio cuenta de que tenía las manos en su estómago. Más exactamente, las tenía metidas dentro de su estómago.
- Oh… Joder –gimió, a punto de desmayarse.
- ¡Te he dicho que no miraras!
- Es un poco difícil si todo el mundo está mirando a donde se supone que… -su queja se vio interrumpida al ver que la enfermera tenía agarrado algo-. ¿Qué es eso?
- Los pies del bebé –explicó-, Está colocada al revés.
- Y eso no es bueno, ¿no?
- Tranquilo –añadió Deaton, colocándose al lado de la enfermera con una sábana ya lista para coger al bebé-. Lo tenemos todo controlado.
Pero Stiles no las tenía todas consigo, y todos los temores que le atenazaron en el momento en que supo que estaba embarazado volvieron amplificados por mil.
Tenía el estómago abierto y cuatro personas le estaban rodeando y concentrados en algo que él no podía ver desde su posición.
La posibilidad de que algo saliera mal y que su pequeña no lo superara hizo que empezara a llorar.
- Derek…
- Estoy aquí… -Apretó un poco más su mano-. Ya queda poco.
- Ella está bien, ¿verdad?
- Sí. –Miró de reojo a Melisa, quien en esos momentos estaba desenrollando el cordón umbilical en torno al cuello de su hija. La imagen hizo que se le parara el corazón, pero consiguió hablar sin que se notara su pánico-. Enseguida la tendrás en tus brazos… ¿No tienes ganas de verla?
- Sí… -sollozó, cansado, asustado y emocionado al mismo tiempo-. Sí que quiero.
- Yo también. –Colocó los labios sobre su frente, besándole a través de la mascarilla-. Lo estás haciendo muy bien, mi vida.
Los siguientes minutos pasaron al mismo tiempo a cámara lenta e increíblemente rápido. Era ver a Melisa y Deaton pendientes de su hija, manejándola como si fuera un muñeco inerte pese a que sus movimientos eran todo lo delicados que uno podía esperar en una situación como aquella, y tenía la sensación de que el tiempo se había paralizado. Pero cuando se centraba en Stiles y veía que éste tenía una expresión de terror y cansancio y no hacía más que murmurar "por favor, que ella esté bien", Derek no podía esperar a que todo acabara ya. Tenía la sensación de que le iba a dar un infarto.
De pronto la expresión de Stiles cambió y pasó a mostrar curiosidad.
El hombre lobo se giró para centrarse en la enfermera, justo a tiempo de ver cómo cogía a su hija y la colocaba en la sábana que Deaton sujetaba.
- Y aquí está –anunció el veterinario, más sonriente de como jamás le habían visto, al tiempo que envolvía a la pequeña para limpiarla un poco.
- ¿Puedo verla? –preguntó Stiles, moviéndose inquieto en la camilla. Satomi ya había comenzado a cerrar la herida, pero su estómago abierto había pasado a ser algo que no le preocupaba lo más mínimo-. Quiero verla, por favor…
- Sólo un segundo. -Cogió unas enormes tijeras de la mesa del instrumental quirúrgico-. Antes tengo que cortar el cordón umbilical –Miró entonces a Derek-. ¿Quieres hacer los honores?
Derek parpadeó un par de veces al darse cuenta de que se estaba dirigiendo a él. Notó entonces que Stiles, cuya mano no había soltado un instante, apretaba sus dedos. Aunque cansado, le estaba sonriendo.
- Adelante –susurró-. Creo que eso es trabajo para el Alfa.
El hombre lobo soltó con reticencia la mano de su compañero y se colocó al lado de Melisa, tomando las tijeras y observando con atención al recién nacido.
- ¿Está bien? –preguntó en un susurro, incapaz de apartar la mirada del cuerpo menudo-. Hay mucha sangre.
- Es líquido amniótico. Todo controlado.
- ¿Por qué no llora? –Siguió preguntando con un deje de pánico tras haber cortado el cordón-. Y tiene los ojos cerrados.
- Derek –Satomi colocó una mano en su muñeca para que dejara de temblar-. Tú mejor que nadie puede saber si está bien.
Consciente de que estaba perdiendo los nervios, el hombre lobo asintió a la mujer antes de concentrarse en la pequeña que Deaton sostenía. Pero esta vez lo hizo con todos sus sentidos.
- Su corazón late –susurró, increíblemente aliviado- Y respira bien. –De pronto, de entre el sonido rítmico que era el corazón de su hija captó otro latido mucho más débil procedente del hombre que seguía tumbado en la camilla-. ¿Stiles?
Stiles ni siquiera estaba mirando a Derek. Pese a tener la vista fija en él, sus pupilas estaban dilatadas, impidiéndole enfocar correctamente.
- No… No me encuentro muy bien.
Que no se encontraba bien resultaba evidente ante la sorprendente palidez que había adquirido su rostro. Sus labios, prácticamente morados, estaban temblando.
- La presión sanguínea ha bajado… -anunció Satomi, que en esos momentos terminaba de cerrar la herida, tras lo que tomó la muñeca de Stiles. Lo que podía captar con sus sentidos de mujer lobo eran mucho más apurados que lo que cualquier instrumental médico pudiera indicar.
- ¿Qué le pasa? –preguntó Derek, mirando a todo el mundo con pánico.
En lugar de responder, Melisa se situó junto a la cabecera de la cama y puso ambas manos sobre sus mejillas. Al hacerlo su rostro se manchó de sangre y el corazón de Derek protestó un poco más.
- Hey. Stiles, cariño –le llamó Melisa-. Necesito que te concentres en mí, ¿vale? Intenta no desmayarte.
- ¿Por qué iba a desmayarme? –preguntó Stiles en un susurro tan bajo que apenas se oyó-. Sólo quiero… Dios, estoy muy cansado.
- Stiles… -Derek se posicionó rápidamente al otro lado de la camilla-. Escucha mi voz. Escúchame. ¿No quieres ver a tu hija?
- ¿Mi hija?
- Sí, tu hija. Nuestra pequeña. Ya está con nosotros. ¿Quieres verla?
- Sí… -sonrió con cansancio, pero entonces cerró los ojos-. Pero déjame dormir sólo un minuto, ¿vale? Yo… -Alzó una mano y en seguida se encontró con la de Derek. El apretón de los dedos de Stiles fue mucho más débiles de lo que el Alfa desearía-. ¿Por qué se mueve todo?
- Stiles.
La llamada de Derek llegó a la vez que un estallido de pitidos procedentes de la máquina que seguía controlando sus constantes vitales.
- Dame una ampolla de epinefrina… -ordenó Melisa a Deaton. El hombre ya se había colocado junto al instrumental quirúrgico, tras haber dejado al recién nacido en la cuna-. Hay que subirle la tensión.
- ¿Qué es lo que le pasa? –preguntó Derek, mirando a todo el mundo y sin entender qué demonios había pasado para que en cuestión de segundos hubiera pasado de ser el hombre más feliz del mundo, a sentir que estaba dentro de una pesadilla.
- Derek, –Melisa le sujetó ambos brazos con firmeza- si quieres ayudar, por favor apártate y déjame hacer mi trabajo.
Los siguientes minutos fueron para Derek Hale los más terroríficos de toda su vida. Y ya era decir algo así cuando su vida no había sido precisamente un camino de rosas. Pero si hasta ahora siempre había pensado que lo peor que había vivido fue la muerte de sus padres, no pudiendo estar a su lado para salvarles; mucho peor estaba siendo el tener que presenciar cómo tres personas rodeaban a Stiles mientras él se quedaba de brazos cruzados, no pudiendo hacer otra cosa que mirar. Tan sólo teniendo su oído para poder captar el corazón del padre de su hija y así al menos saber que seguía vivo.
Fue precisamente su latido el que le permitió respirar de nuevo cuando éste llegó, fuerte y claro, indicando que lo peor ya había pasado. Un segundo después Melisa le confirmó la buena noticia, colocando ya una vía para la bolsa de suero fisiológico.
Derek se concentró en el rostro de Stiles, todavía dormido pero estable, y se sentó en la camilla. Le tomó de la mano para darle un leve apretón. Que no respondiera le dolió un poco, pero su frente todavía estaba perlada de sudor tras acabar de dar a luz. Se había ganado el descanso.
De pronto una gota cayó sobre la mejilla de Stiles y sólo entonces se dio cuenta de que estaba llorando. Pero lejos de intentar disimular para que nadie fuera testigo de ello, se inclinó un poco más sobre él para besarle en la frente.
- Lo has hecho muy bien, mi vida –susurró, pese a que no pudiera oírle-. Estoy muy orgulloso de ti.
Notó entonces una mano sobre su hombro. Se giró hacia atrás para ver qué ocurría y lo que se encontró le quitó la respiración.
Era su hija.
Mientras Melisa terminaba de ocuparse del paciente, Satomi y Deaton habían ido a por su hija para limpiarla. Y ahora se la presentaban envuelta en una manta, con un diminuto gorro amarillo en su cabeza. Al igual que su padre, dormía plácidamente.
Derek sintió que los ojos se le humedecían de nuevo ante semejante visión. Era sorprendente que Stiles hubiera llevado a su hija en su interior los últimos nueve meses, y que ahora la hubiera traído al mundo.
Y tal vez fuera absurdo darse cuenta de algo que había estado ahí durante tanto tiempo, pero ahora que veía el resultado del embarazo no podía sino maravillarse de que semejante milagro hubiera ocurrido y que él hubiera estado ahí para verlo.
- ¿Quieres coger a tu pequeña? –preguntó Satomi, tendiéndole al bebé.
Derek no pudo ni responder. Su primer instinto fue decir que no, que era imposible que cogiera algo tan pequeño sin hacerle daño, pues de pronto sólo era capaz de ver sus grandes manos como un peligro para algo tan delicado. Pero fue tan sólo pensar en apartarse y algo dentro de él protestó. Era como si su corazón se hubiera encogido físicamente ante la mera posibilidad de alejarse de su hija.
La sensación desapareció tan pronto como se puso en pie y extendió las manos para que Satomi colocara a la pequeña entre sus brazos. Y tan pronto como sintió el increíblemente liviano peso de su hija, la atrajo hacia él para que se acurrucara entre sus brazos, no atreviéndose a parpadear para no perderla de vista. Incluso estaba conteniendo la respiración, pues cuando por fin soltó aire sus pulmones protestaron un poco.
Pero cómo no quedarse sin respiración ante lo que estaba viendo. Esa cosa tan pequeñita en la que podía reconocer perfectamente la nariz respingona de Stiles, así como un pequeño lunar justo debajo de la boca.
- Dios mío, eres preciosa –susurró sin ser consciente de que había hablado en voz alta. Pero cuando el resto asintió en silencio, tuvo claro que no eran imaginaciones suyas.
Su hija era, literalmente, la cosa más bonita que había visto en su vida.
Su corazón ya se había acelerado desde el momento en que la vio, pero a cada segundo que pasaba no hacía más que aumentar de velocidad. Si no fuera porque la tenía entre sus brazos y estaba dormida, se habría puesto a gritar a los cuatro vientos que él era su padre y que ese bebé tan absolutamente maravilloso era suyo y de Stiles. Sangre de su sangre.
Intentando calmarse un poco, pues tampoco quería que su hija se asustara por el sonido de su corazón (era poco probable que ya tuviera desarrollados sus sentidos, pero no quería arriesgarse), acercó su nariz a la pequeña para olerle la cabeza.
Una simple inspiración consiguió que se sintiera mareado. Aquel olor era embriagador.
Recordó que su madre siempre le había dicho que cuando él y sus dos hermanas nacieron, lo que más le sorprendió fue lo bien que olían los tres. Que aunque siempre se dijera que un bebé tenía un olor único, en el caso de sus pequeños era, simplemente, la esencia más maravillosa que había podido captar en toda su vida.
Y por lo poco que acababa de captar Derek, estaba claro que con su hija le pasaba lo mismo.
- ¿Tú también lo notas? –preguntó a Satomi. La respuesta de la mujer lobo le sorprendió y encantó a partes iguales.
- No. La esencia que estás captando de ella es algo que sólo está reservado para los padres. Tú eres el único que puede olerlo.
Asombrado porque algo así pudiera ocurrir, pero encantado porque tuviera ese vínculo tan único con su hija, depositó un levísimo beso en su mejilla.
Al apartarse, apenas podía ver a causa de la emoción. Sentía que todo su cuerpo temblaba.
Con miedo a caerse se sentó en la silla que ya habían colocado junto al cabecero de la cama. Le quiso mostrar el bebé a Stiles para que él también pudiera contemplar a su preciosa hija, pero entonces recordó que estaba durmiendo.
- No te sientas culpable –comentó Melisa, al no pasarle desapercibido su cambio de expresión-. Cuando tienes a tu hijo en brazos, es normal que todo lo demás desaparezca.
- ¿Cuándo despertará? Tengo ganas de que la vea…
- Dale un par de horas. Piensa que es el primer descanso en condiciones que tiene en los últimos meses. Creo que se lo ha ganado.
- En la sala de espera tienes a unas cuantas personas esperando –comentó Deaton entonces. Ya se había lavado las manos y de paso había aprovechado para ver cómo estaban las cosas fuera del quirófano-. Por si quieres ir con ellos.
Derek agradeció a Deaton la información, pero entonces se encontró mirando a su pequeña otra vez, incapaz de mover un solo músculo.
- ¿Puede ser después? –preguntó sin apartar la mirada de su hija-. Me gustaría quedarme con ella un rato a solas.
- Por supuesto –Melisa colocó una mano sobre su hombro, observando a la pequeña- Tú eres su padre. Decide cuándo quieres compartir a tu pequeña con el resto del mundo.
El hombre lobo sintió que el corazón le latía aún más deprisa con esas cuatro palabras: "Tú eres su padre". Sí. Esa maravilla que tenía entre sus brazos era su hija. Una sonrisa de felicidad extrema se dibujó en sus labios.
- Creo que nunca voy a querer compartirla.
Melisa rio por lo bajo, al mismo tiempo emocionada por la estampa que estaba presenciando. Hacía mucho que no había podido asistir en un parto y se sentía honrada por poder haberlo hecho con el de Stiles.
Ya lo había sabido desde el principio, pero al ver a Derek allí, mirando con adoración a su hija, no le quedó ninguna duda de que los dos iban a ser unos padres maravillosos.
