Cuando abro la caja se conoce que el cacharro ya está encendido, porque hay una lucecita en la parte superior que parpadea. Justo cuando lo cojo, además, me vibra entre las manos. Casi lo suelto del susto. Lo miro desde todos los ángulos intentando decidir qué botón debería presionar para iluminar la pantalla. O desbloquearlo. O lo que sea que haya que hacer con él.
Mi confusión es totalmente justificada. Este cacharro tiene más botones de lo que resulta decoroso para ningún teléfono decente: todo un teclado qwerty además de los números. Y son todo teclas muy pequeñas.
Después de mirarlo mucho y presionar un par de botones al azar sin resultado, estoy a punto de volver a meterlo en la caja y tirarlo a la basura sin más miramientos. Como si temiera mis intenciones, el muy maldito vuelve a vibrar y se me escapa de las manos del susto que me pego. Salta hacia arriba, hace un triple, me rebota dos veces en las puntas de los dedos y lo termino atrapando in extremis a un palmo del suelo.
Tengo el estómago haciéndome cosquillas en la campanilla.
—Por Dios.
En la pantalla ha aparecido un aviso. Tengo un email de Christian Grey. La luz vuelve a apagarse y me quedo mirando mi reflejo en el cristal negro. Le doy otras dos vueltas más.
—¿Cómo demonio te enciendes, cacharro? —le pregunto con consternación.
Encuentro un botón que no había visto en el lateral y al presionarlo vuelve a encenderse la pantalla. Lo miro durante un instante como si se tratase de algún tipo de brujería. Me pide una contraseña.
—Habrá sido capaz —susurro.
Por supuesto, lo ha sido. Introduzco mi contraseña habitual.
—El muy capullo…
Un icono parece informarme de que tengo correo. Varios emails.
—No. —Niego lentamente con la cabeza mientras presiono el botón que, por similitud con los móviles de toda la vida, entiendo que es el equivalente a la tecla Enter—. Sí. Por supuesto que sí. ¿Qué te pensabas, Ortiga?
Se ha abierto mi bandeja de correo electrónico. El mío, no uno que me haya creado este tarado, el mío.
—Me ha jaqueado.
Tengo dos mensajes de infojobs y un email de Grey.
De: Christian Grey
Fecha: 27 de mayo de 2011 11:15
Para: Urtica Dioica
Asunto: BlackBerry NO TRANSFERIBLE
Quiero poder localizarte a todas horas y, como he descubierto que la señorita Zarza se encuentra en posesión de la anterior BlackBerry que te envié, he pensado que necesitabas una para ti. Y algún incentivo para no deshacerte de esta: me he tomado la libertad de pedir que introdujeran tu correo y lo asociasen al aparato, por lo que no podrás borrarlo para que lo utilice otra persona. Para que la transición te resulte más sencilla, el número de teléfono, contraseña y PIN siguen siendo los mismos. La tarjeta que tienes en aquel cacharro pretecnológico tuyo ya ha sido desactivada.
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
—No —susurro, espantada—. No habrá sido capaz.
Busco en mis bolsillos hasta que encuentro mi preciado móvil para abuelos con problemas de visión.
Ha sido capaz.
—¡NOOOO! —le grito al teléfono mientras lo agito frente a mi cara con gesto desesperado.
No tiene señal. No da tono.
Caigo de rodillas, conmocionada.
—¡No me dejes!
Mi jefe vuelve a aparecer por la puerta del almacén con cara de susto. Corre hacia mí cuando me ve en el suelo.
—¡Ortiga! ¿Qué pasa? ¿Estás bien?
No le miro. Sigo con la vista fija en mi pobre y fiel teléfono.
Tuviste una vida efímera.
—Lo ha matado —tartamudeo.
Ni siquiera te dio tiempo a ser reventado por el loco de José y morir con honores, protegiendo a tu dueña.
—¡¿Qué?! —exclama mi jefe—. ¡Dios mío! ¿Quién? ¿A quién?
Alzo la cara hacia él.
—El teléfono —balbuceo—. Mi pobre teléfono. Lo ha frito.
—¡Ortiga! —Se le empieza a impacientar la voz—. ¿Ha pasado algo? ¡No puedes darle a la gente estos sustos!
—Lo siento —lloriqueo mientras acuno el teléfono inservible contra mi pecho—. No ha pasado nada. Todo está bien. —La voz se me va haciendo pequeña—. Todo va a ir bien.
Nada está bien. Mi precioso teléfono nuevo ha muerto. Puede que no lo haya tenido mucho tiempo, pero ya le había cogido cariño.
Mi jefe alza las manos al cielo y murmura algo que no alcanzo a oír antes de darse media vuelta y marcharse.
Agarro la frambuesa-teléfono con ambas manos y comienzo a pelearme con las teclas. Son diminutas y yo tengo dedos de morcilla.
De: Urtica Dioica
Fecha: 27 de mayo de 2011 13:36
Para: Christian Grey
Asunto: Monstruio
Mi pobree inocente teléfomno. ¿Por qué has hechgo esto?
O.,
De: Christian Grey
Fecha: 27 de mayo de 2011 13:37
Para: Urtica Dioica
Asunto: Hay cambios que son necesarios
El asunto del mensaje es algo exagerado, señorita Dioica. Veo por su escritura que tendrá que acostumbrarse a su nuevo teclado. Respondiendo a su pregunta: lo he hecho porque puedo.
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
De: Urtica Dioica
Fecha: 27 de mayo de 2011 13:42
Para: Christian Grey
Asunto: No estroy exagewrandio.
Tye mataréw. Hasd frito mi teléfdono. No nexesito estew chisme ridícuklamente caro y conm demasiados botrones minúsculis. ¿Cómo tre atreves a inbvadir mi privacidas de este modo?= Estop es imperdonable.
O.
Corregir los errores es una tarea imposible para mis torpes y regordos dedos, y estoy enfadada. Así que le mando el mensaje tal cual.
La respuesta no se hace esperar.
De: Christian Grey
Fecha: 27 de mayo de 2011 13:45
Para: Urtica Dioica
Asunto: Libere su mente
¿De verdad se siente así o cree que debería sentirse así? Son dos cosas muy distintas. Si es así como se siente, ¿cree que podría intentar abrazar esas sensaciones y digerirlas, por mí? Eso es lo que haría una sumisa. Ya hablamos anoche de esto: no malgaste sus energías con sentimientos de culpa. Soy muy rico, puedo permitirme hacerle todos los regalos que desee. Debería aceptarlo y darme las gracias.
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
A ti sí que te voy a abrazar. El cuello. Con alambre. De nada.
De: Urtica Dioica
Fecha: 27 de mayo de 2011 13:58
Para: Christian Grey
Asunto: Lo tengfo claro
1. NO SOYT U SUMISA.
2. No te he pewdido nada.
3. Akl final li que vas a conseguirt es que salga corroiendo y no pare hasta qwue esté segura de estar lko basdtasnte lejos comno para quie no puedsas encontrasrme.
4. ¿Tú esque nunca trahbajas?Feja de escreibirme.
O.
De: Christian Grey
Fecha: 27 de mayo de 2011 14:01
Para: Urtica Dioica
Asunto: Hombres de negocios
Señorita Dioica:
Ya que lo pregunta, estoy en una reunión, hablando del mercado de futuros. No podría llegar lo bastante lejos. La encontraría. Puedo rastrear su móvil, ¿recuerda? ¿No debería usted volver también al trabajo?
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
Y a ti qué te hace pensar que me llevaría la frambuesa esta. Iluso.
Miro ceñuda la pantalla. Le doy a «Responder».
De: Urtica Dioica
Fecha: 27 de mayo de 2011 14:04
Para: Christian Grey
Asunto: Acosador
¿Hasd buscado ayuda priofesional para esda tendencia al acoso?=
O.
De: Christian Grey
Fecha: 27 de mayo de 2011 14:05
Para: Urtica Dioica
Asunto: ¿Acosador, yo?
Le pago al eminente doctor Flynn una pequeña fortuna para que se ocupe de mi tendencia al acoso y de las otras. Vete a trabajar.
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
De: Urtica Dioica
Fecha: 27 de mayo de 2011 14:10
Para: Christian Grey
Asunto: Charlkatanes caros
Si nme lo permiytes, te sugiero quie busqueds una segunda opinión., No parecre que el docvtor Flynn sea muy weficiente.
O.
De: Christian Grey
Fecha: 27 de mayo de 2011 14:12
Para: Urtica Dioica
Asunto: Segundas opiniones
Te lo permita o no, no es asunto tuyo, pero el doctor Flynn es la segunda opinión. VETE A TRABAJAR.
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
—Oye, colega, a mí no me grites —le advierto al teléfono con un dedo amenazador.
De: Urtica Dioica
Fecha: 27 de mayo de 2011 14:16
Para: Christian Grey
Asunto: MAYÚSCULAS CXHILLONAS
Coimo soy el bklanco de tu tendencia al acvoso, creo quie sí es asunto mío. Creoi quie debertías lklamar a ese tal doctor Flytnn ahora mismo. Ty tendenciua al acoso sde está desconrtiolando. ESTOY EN MI DESCANSDO DE KLA COMIDAS.
O.
De: Christian Grey
Fecha: 27 de mayo de 2011 14:17
Para: Urtica Dioica
Asunto: Touché
El doctor Flynn está de vacaciones.
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
—No me extraña. Yo también necesito unas vacaciones de ti.
En realidad se me ha agotado ya el tiempo de comer, así que voy hasta mi taquilla y, con mucho odio, meto el cacharrito dentro y vuelvo a cerrar con llave. Escribir con ese teclado es una auténtica tortura, lenta y muy sádica. Lo oigo lanzar un nuevo bip y vibrar en el interior de la caja metálica, pero lo ignoro y me alejo.
A las cuatro, los señores Clayton reúnen a los demás empleados de la tienda y, con un discurso emotivo y embarazoso, me entregan un cheque por importe de trescientos dólares. En ese momento, me golpea el hecho de que mañana me mudo. Tengo la casa llena de cajas y mañana me mudo. Y entonces habrá que deshacer de nuevo todas las cajas.
¿Por qué diablos me mudo? Con lo cómodo que es no mudarse. Mierda. Piensa en cosas felices, Ortiga, como en qué puedes gastarte esa maravillosa pashta extra que te acaban de dar.
—
Kate está saliendo del coche cuando llego a casa.
—¿Qué es eso? —pregunta acusadora, señalando la BlackBerry que llevo en la mano porque es demasiado grande como para caberme en un bolsillo.
—Un muy sofisticado aparato de tortura —gimo.
Y, como para apoyar mis palabras, el cacharro infernal vuelve a lanzar un pitido con vibración en mi mano. No sé cómo apagarlo y me está volviendo loca.
Se queda boquiabierta.
—Ese capullo generoso y arrogante, ¿no?
Asiento con la cabeza.
—He intentado rechazarlo, pero es como discutir con una pared.
Una pared con más conocimientos que yo sobre informática, que me ha jaqueado el email y lo ha metido ahí dentro para que no pueda tirarlo a la basura.
Kate frunce los labios.
—No me extraña que estés abrumada.
—No sabes ni la mitad —mascullo con voz casi inaudible.
Me froto la cara con una mano.
—¿Terminamos de empaquetar? —propone.
Asiento y la sigo dentro.
Estamos en la cocina cuando alguien llama a la puerta. Veo a Tayler a través de la mirilla, impoluto con su traje.
¿Y esto?
Abro la puerta con cautela.
—Señorita Dioica —dice—, he venido a por su coche.
—Ah… Okay —parpadeo.
Kate ha asomado la cabeza por la puerta de la cocina y nos observa.
—Yo no tengo las llaves —le digo al hombre.
—Las tengo yo —me informa—. Sólo quería avisarla. No necesita preocuparse por nada. Su coche estará en su nueva casa para cuando lleguen mañana.
Y ¿si no llego?
Me saluda con una leve inclinación de cabeza y se dispone a marcharse.
Me pregunto en qué consistirá exactamente su trabajo.
—¡Espere!
Él se detiene, puede que algo sorprendido.
Lanzo una mirada por encima de mi hombro. Kate sigue observándonos, así que salgo al rellano y entrecierro la puerta a mi espalda.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando para el señor Grey?
—Cuatro años, señorita Dioica.
¿Qué tipo de recados tienes que hacer para él, aparte de trasladar coches y comprar camisones de seda más bien porno?
Le lanzo una mirada evaluadora. Probablemente habrá firmado también un acuerdo de confidencialidad. ¿Cuánto puedo preguntar?
—Es un buen hombre, señorita Dioica —dice, tal vez interpretando mi silencio como nerviosismo, y sonríe.
Luego se despide con un gesto, llama al ascensor, que se abre de inmediato, y desaparece tras las puertas metálicas.
—Un «buen hombre». Ya —mascullo—. Bueno para considerar su ingreso en un psiquiátrico.
Meneo la cabeza mientras vuelvo a entrar en casa. Kate está de pronto a un palmo de mis narices.
—¿Un coche? ¡¿Te ha regalado un coche?! —exclama con incredulidad—. ¡Si ni siquiera tienes carnet!
Me encojo de hombros.
—Yap. Pues si así y con todo no he conseguido que devuelva el coche, figúrate cómo voy a hacer para devolverle la BlackBerry.
Quizá pueda destriparla y diseminar los cachitos por todos los confines del mundo, como en las quests de artefactos mágicos chungos: así nadie podrá volver a montarla de nuevo. MUAJAJAJA.
Paso junto a Kate sin más ceremonia y retomo el embalaje de tazas.
—
A las ocho, cenamos comida china. Hemos terminado. Ya lo hemos empaquetado todo y estamos listas para el traslado. Nos sentamos en el sofá, vemos telebasura y Kate bebe cerveza. A medida que va avanzando la noche y la cerveza va haciendo efecto, bulliciosa y emotiva, mi compañera de piso va rescatando recuerdos. Casi cuesta creer que hayan sido cuatro años.
Tantos como el calvito lleva trabajando para mi acosador particular más empedernido. Y en realidad yo no sé tantas cosas de Kate. Igual él tampoco las sabe. De Grey, digo. Eso explicaría lo del «buen hombre».
Llaman a la puerta y el corazón se me sube a la boca.
¿Será…? A lo mejor ahora es capaz de leerme el pensamiento a través de las ondas telefónicas. Terror. A ver, Ortiga, que no cunda el pánico: esto no es una historia de ciencia ficción. No lo es, ¡¿verdad?!
Abre Kate y, gracias a Dios, no es el Grey que yo me temía. El armario de dos por dos que se ha buscado por novio prácticamente la coge en volandas. La envuelve en un abrazo hollywoodiense que enseguida se convierte en un húmedo y ruidoso besuqueo.
Por favor, marchaos a un hotel.
Me espanta su falta de pudor.
—Yo me voy a… —balbuceo mientras me pongo torpemente en pie, intentando con desesperación encontrar un lugar seguro al que mirar.
Probablemente no me oyen.
—Sí. Me voy —zanjo.
Kate me mira entonces, sonrojada y con los ojos brillantes.
—Vale. —Sonríe.
Paso por su lado intentando ocupar el menor espacio posible.
—Hola… —¿Cómo se llamaba el armario? De perdidos al río—. Y adiós.
Me guiña uno de sus enormes ojos azules a la que yo salgo por la puerta. No respiro tranquila hasta que he cerrado a mi espalda, pero todavía oigo las risas adolescentes al otro lado de la barrera, así que me lanzo a llamar al ascensor.
Es tarde cuando regreso. Lo cierto es que tenía la insensata esperanza de que el invitado inesperado se hubiese marchado ya o, al menos, que él y Kate estuvieran ya durmiendo, pero ni modo. Les oigo nada más abrir la puerta y por un momento me planteo volver a cerrarla y buscarme un banco cómodo en el parque donde poder pasar la noche.
No sé aún cómo será la casa nueva, pero no puede ser lo bastante grande como para compartirla con esos dos juntos.
Me armo de valor, aprieto los dientes y los puños y entro. Cierro la puerta con toda la delicadeza posible y huyo de puntillas a mi habitación. Enciendo rápidamente el ordenador y me pongo los cascos. Busco en YouTube un documental sobre homo sapiens y lo dejo sonando en mis oídos mientras me relajo por fin sobre la silla y abro el email. Por supuesto, tengo correo de Christian. Mensajes, en plural.
De: Christian Grey
Fecha: 27 de mayo de 2011 14:32
Para: Urtica Dioica
Asunto: Domingo
¿Quedamos el domingo a la una? Te esperaré en el Escala. Yo me voy a Seattle ahora. Confío en que la mudanza vaya bien, y estoy deseando que llegue el domingo.
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
¿Y «el Escala» está en…?
De: Christian Grey
Fecha: 27 de mayo de 2011 22:14
Para: Urtica Dioica
Asunto: ¿Dónde estás?
¿Aún sigues en el trabajo, o es que has empaquetado el teléfono, la BlackBerry y el MacBook? Llámame o me veré obligado a llamar a Elliot.
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
Ya le escribiré mañana.
Si alguien pregunta, sigo en el trabajo.
Justo acabo de volver a la pestaña del documental cuando el escritorio vibra. Miro la madera con aprensión y tardo un momento en encontrarle una explicación lógica al asunto.
Oh. Mierda.
Abro el cajón de arriba como si temiera que fuese a salir de él un ejército de avispas enfurecidas. La frambuesa, que he metido allí nada más llegar esta tarde a casa, parpadea. La desbloqueo. Cinco llamadas perdidas y un mensaje de voz.
Ups.
Escucho el mensaje. Es Christian.
«Me parece que tienes que aprender a lidiar con mis expectativas. No soy un hombre paciente. Si no contestas a mis emails, me preocupo, y no es una emoción con la que esté familiarizado, por lo que no la llevo bien. Llámame.»
Mierda, mierda. ¿Es que nunca me va a dar un respiro?
Miro ceñuda el teléfono y luego la ventana.
Tentador.
Abro una nueva pestaña en el navegador del ordenador.
Google: ¿Cómo se apaga una BlackBerry?
—
Elliot, novio de Kate, admira su obra.
Elliot, novio de Kate, hermano de Christian. Que no Ethan, hermano de Kate, sin relación con Christian. Por Dios, Ortiga, tienes que intentar memorizar como mínimo uno de los dos nombres asociado a la persona correcta, de lo contrario esto puede llevar a sitios oscuros e incómodos.
Elliot, novio de Kate, nos ha reconectado la tele al satélite del piso de Pike Place Market. Kate y yo nos tiramos al sofá, riendo.
He de admitir que el hecho de que el tipo me haya dejado el hacer los agujeros con el taladro eléctrico me ha predispuesto favorablemente hacia él. Me gustan las brocas. Las tiene de todos los tamaños en su maravilloso (y pesado) maletín.
La tele de plasma queda rara sobre el fondo de ladrillo visto, pero ya me acostumbraré.
—¿Ves, nena? Fácil.
Elliot, novio de Kate, le dedica una sonrisa de dientes blanquísimos a la susodicha y ella casi literalmente se derrite en el sofá. Yo les pongo los ojos en blanco a los dos.
—Me encantaría quedarme, nena, pero mi hermana ha vuelto de París y esta noche tengo cena familiar ineludible.
—¿No puedes pasarte luego? —pregunta Kate tímidamente, con una dulzura impropia de ella.
Me levanto y me acerco a la zona de la cocina fingiendo que voy a desempaquetar una de las cajas. Se van a poner pegajosos.
—A ver si me puedo escapar —promete.
—Bajo contigo—dice Kate sonriendo.
—Hasta luego, Ortiga —se despide Elliot, novio de Kate, con una amplia sonrisa.
—Adiós, Eliot. —Novio de Kate—. Saluda a Christian de mi parte.
Le mandé un mensaje esta mañana diciéndole que vale a lo del domingo. Para una persona normal eso sería suficiente por el momento, pero dado que parece que si no doy señales de vida cada pocas horas se piensa que me ha fulminado un rayo, tal vez así se calme un poco. Así no me llamará. Espero.
—¿Solo saludar? —Arquea las cejas como insinuando algo.
—Sí.
Le miro sin entender.
—¿Qué más quieres hacer? —pregunto, confusa.
—Oh, no sé… —Me guiña un ojo y se ríe.
Mira, si quieres decirle o hacerle cualquier otra cosa eso ya que vaya de tu parte. A mí no me metas.
Le despido con un gesto vago de la mano mientras me doy la vuelta. Él y Kate salen del piso.
Kate vuelve unos veinte minutos después con pizza. Nos sentamos, rodeadas de cajas, en nuestro nuevo y diáfano espacio, y nos la comemos directamente de la caja.
Resulta que el piso es cortesía del padre de Kate, que me imagino que está forrado, porque tenemos tres dormitorios y un salón inmenso en pleno centro de la ciudad, y una cocina muy moderna. Desde luego, no me voy a quejar.
A las ocho suena el interfono. Kate da un bote y a mí se me sube el corazón a la boca.
—Un paquete, señorita Dioica, señorita Kavanagh.
Gracias a Dios. No es Christian.
—Segundo piso, apartamento dos.
Kate abre al mensajero. El chico sostiene una botella de champán con un globo en forma de helicóptero atado a ella.
—¿Qué es eso? —Apunto al globo con cara de asco.
El mensajero sólo sonríe y se encoge de hombros.
—Yo solo entrego paquetes, señora.
Kate lo despide con una sonrisa deslumbrante y me lee la tarjeta.
«Señoritas:
Buena suerte en su nuevo hogar.
Christian Grey».
Kate mueve la cabeza en señal de desaprobación.
—¿Es que no puede poner solo «de Christian»? ¿Y qué es este globo tan raro en forma de helicóptero?
—Su batcóptero.
—¿Qué?
—Tiene un helicóptero. —Me encojo de hombros—. Forma parte de sus aficiones «caras y fascinantes».
Kate me mira boquiabierta.
—Cómo no… Ese capullo indecentemente rico tiene helicóptero. ¿Por qué no me lo habías contado?
Kate me mira acusadora, pero sonríe, cabeceando con incredulidad.
—¿No te lo he contado? —Parpadeo.
—No.
Me rasco la cabeza.
En realidad hay tantas cosas que no te he contado. Créeme: no quieres saberlas.
—He tenido demasiadas cosas en la cabeza últimamente —esquivo el tema con habilidad.
Ella frunce el ceño.
—¿Te las apañarás sola mientras estoy fuera?
Será la gloria.
—Creo que sí —respondo, intentando no parecer entusiasmada en exceso—. No te preocupes.
Ciudad nueva, en paro, con un abogado caro y reluciente… y un stalker escandalosamente rico al que le encantaría atarme al cabecero de una cama. Todo está bajo control.
—¿Le has dado nuestra dirección? —interrumpe mis cavilaciones.
—¿Bromeas? El tipo es un acosador, te aseguro que no necesita mi ayuda —barrunto con resignada desesperación.
Kate frunce aún más el ceño.
—Por qué será que no me sorprende. Me inquieta, Ortiga. Por lo menos el champán es bueno, y está frío.
Me inquieta que el tipo que creo que es tu novio sea un acosador, pero al menos el champán nos lo envía frío. Kate, la mujer de las prioridades en su sitio.
Por supuesto, solo Christian enviaría champán frío, o le pediría a su secretaria que lo hiciera… o igual al mayordomo.
Abrimos la botella y lo servimos en tazas que, al ser lo último que se empaquetó, también ha sido lo último en salir.
—Bollinger Grande Année Rosé 1999 —leo la etiqueta imitando la voz de Christian—, una añada excelente.
Levanto mi taza, el meñique extendido.
—Por mi acosador, ¡un tipo que sabe que el champán se envía frío!
Sonrío a Kate y brindamos.
