Y un día se terminó.
Gracias por esperar. Gracias por seguir acá. Gracias por todo el apoyo.
Está hecho con mucho amor, de mi para ustedes.
Love, Lightfeatherxa
Capitulo 20
Toc, toc, toc. Toc, toc, toc. El picoteo me despierta.
¿Qué hora es? Mi cuerpo no se siente extenuado como absolutamente todos los días de mi vida. Levantarme temprano, ir a la oficina, lidiar con una vida en la que me cuesta hallarme. Es posible que la extenuación diaria sea mas emocional de lo que verdaderamente es física.
Volteo mi vista a la despintada ventana de madera y veo una peculiar lechuza nevada mirándome con intención de que me mueva. En su pata tiene atada un pequeño pergamino, mientras que su pico está abierto como si faltaran segundos antes de que me empiece a gritar. ¿Quién diría que un ave tendría mas prisa que yo? Inhalo de manera profunda antes de quitarme las mantas de encima y ponerme de pie. El suelo de madera cruje con cada andar de mi tranco y cuando culmino de recorrer los diez pasos que me separan de la ventana, la lechuza empieza a aletear con un sentimiento que se parece bastante a la displicencia. Lechuza renegada, le quito el pergamino y le cierro la ventana de mala manera. Juro que puedo ver la indignación en su mirada antes de que retome vuelo.
El pergamino despliega las iniciales de quien espera dar conmigo, o eso imagino, porque debo leer la impecable caligrafía y el mensaje que transmite antes de saber quien escribe. Tal vez, y sólo tal vez, no lo necesito, porque si fuese cien por ciento honesta conmigo misma sabría perfectamente de quien es esa letra. De la misma manera que si fuese cien por ciento honesta conmigo misma sabría que las letras D. L. M. son las iniciales de Draco Malfoy.
— Amor.
Las dos sílabas vienen acompañadas de un sutil golpe en el marco de la puerta del dormitorio y es innecesario aclarar que no tengo ni que mirar para saber que es Ronald. Lo conozco en su aroma, en su andar, en la velocidad de su respiración y en el ritmo en el que late su corazón. Lo conozco tanto como es posible conocer a una persona y eso siempre, desde el minuto uno, ha sido motivo de culpa. Conocer de esa manera a alguien involucra que detonaron las murallas que los rodean y te dejaron entrar a verlos, vulnerables, crudos, expuestos, susurrándote de manera tácita que confían en que no les harás daño. Y yo daño hice, y mucho.
—¿Qué pasó? —respondo mientras hago un bollo del pergamino y lo mantengo apretado en mi puño.
—¿Qué tenes ahí? —pregunta con una sonrisa demasiado juvenil para lo que ha transcurrido el tiempo.
Hay un instante en mi mente en el que contemplo soltar la verdad. Explicarle que no sé que dice el pergamino, pero que lo envió Draco Malfoy una persona con la que he mantenido un romance secreto por más tiempo del que me animo a admitirme. Hacerle saber que inició como algo inocente, puramente sexual y que se convirtió en algo mucho mas grande y que ahora no sé como quitarme el dolor que me domina el pecho todo el día, todos los días. Jurarle que no fue apropósito, que después de todo lo elegí a él. Que lo elegí a él. Que lo elegí a él. Por algo estoy acá. Lo elegí a él.
—¿Ésto? —pregunto mostrando el pergamino arrugado. —nada, papeles que ando limpiando de mis túnicas. —miento con una facilidad patológica. —Es increíble la cantidad de memos que se me acumulan en los bolsillos.
—Eso es porque sos una persona importante. —lo dice como un cumplido. —Venía a preguntarte si querés ir a cenar a la madriguera el fin de semana.
Ron nunca preguntó el motivo, pero innegablemente se dio cuenta que algo en Inglaterra había cambiado porque volver siempre me genera un esfuerzo. Lo notó tanto que hasta pregunta con antelación si quiero ir a visitar a su familia. Siempre voy a querer ir a verlos, son mi familia en este mundo en el que entré a los once años sin entender nada. También soy consciente que las mentiras tienen patas cortas y que va a llegar el día en que lo pierda todo. En el centro de mi vida hay un terrorista sosteniendo un pulsador mientras un chaleco lleno de explosivos le abraza el cuerpo, es cuestión de tiempo hasta que presione el botón y vuele todo por los aires.
—Si, vamos. —respondo sonriendo. —avisale a tu madre que aunque a ella le salga mejor, el postre lo llevamos nosotros.
—A mamá no le molesta hacer todo.
—No es que no le molesta, es que ustedes hombres nunca la ayudaron demasiado, entonces se acostumbró. —reniego. —El mundo cambió.
Asiente y desaparece a toda velocidad, sé que está huyendo del inminente discurso de igualdad de género que está creciendo dentro mío. Me conoce, eso causa el tiempo, familiaridad. Elijo tomar la oportunidad para concentrarme en el pergamino una vez más. La nota es corta, corta como la trayectoria de una bala disparada a quemarropa, y se siente de la misma manera.
Se sabe.
Bruja del Corazón lo publicará mañana.
No pude hacer nada.
D. M.
Me concentro en el "no pude hacer nada" como si fuese lo único escrito. Eso no es el no pude hacer nada de cualquier persona, sino de una de las mas poderosas del mundo mágico. Si él no pudo hacer nada, entonces no hay nada que se pueda hacer. Medito, reviso lugares recónditos de mi mente, recuerdo que Parvati trabaja allí y me pregunto si ella ya sabrá. Me llego a preguntar si ella podrá ayudarme, pero sé que no es el caso. Si mal no recuerdo está encargada del horóscopo. Eso no sirve para nada en la gran escala de las cosas. La editora es una ex alumna de Beauxbatons. Ellas nunca me quisieron, yo nunca tuve demasiada paciencia.
—¡Amor! —escucho el grito de Ron desde la otra punta de la casa. —¿llegas a desayunara acá?
¿Honestamente? No lo sé, sólo sé que tengo que huir. Me visto tan rápido como puedo y guardo la nota en mi bolsillo. Puedo sentir la presión en mi pecho, es una mezcla de ansiedad y pánico; son las ondas expansivas de la inminente catástrofe que va a sacudir mi vida.
—No, Ron, llegaré tarde sino. —grito en respuesta y juro que puedo sentir mi voz temblar.
Desaparezco de la propiedad tan rápido como me da el cuerpo. La familiaridad de Ron empapa todo de cierta inocencia, porque verme correr de la casa es algo que ocurre más de una vez por semana. Jamás sospecharía que estoy huyendo como preso de la cárcel. Que una vez puesto un pie fuera de nuestra casa, pasaré a ser un prófugo. Tampoco sabe que estoy contemplando desaparecer, que llenen las carteleras con mi rostro y un enorme cartel de "se busca", mientras yo me escondo por años en algún lugar recóndito del mundo. Eso, sin embargo, sería echarle sal a la herida. Una cosa es aceptar que la persona que amas te lastimó, otra es aceptar que te lastimó y no tiene los ovarios de hacerse cargo.
Acabo en mi oficina de MACUSA. El ambiente es pequeño pero bien iluminado, los muebles son viejos pero tienen carácter y las paredes despintadas no se ven por las altas bibliotecas repletas de libros que se posicionan delante de ellas. Veo la pila de expedientes que aún tengo que revisar y soy plenamente consciente que no son una opción. No hay manera que yo pueda realizar ningún tipo de trabajo el día de hoy. Contemplo escribirle, decirle algo, aunque sea agradecerle por la nota que me envío, pero no logro hacerlo. Estoy paralizada, como si estuviese teniendo un terror nocturno, uno de esos donde sentís a alguien encima tuyo, respirando en tu oído, amenazante, mientras tu cuerpo está ahí, estático, sintiendo todo, envuelto en pánico. A lo único que atino es a silenciar mi oficina antes de soltar el grito mas ensordecedor que alguna vez liberó mi cuerpo. Es uno. Luego otro. Luego uno más. Finalmente es simplemente llanto desconsolado que se manifiesta en el sacudir de mi cuerpo, en el nudo en mi garganta y en los sollozos de angustia que no puedo contener.
De mas está decir, me lo merezco por hija de una gran mil puta.
El golpe en mi puerta me saca de la deplorable escena que estoy montando. No existe hechizo de belleza que borre de mi rostro las consecuencias de lo que acaba de ocurrir así que grito que se vayan, que ahora no se puede. Y es en ese entonces, en el instante en el cual descanso en mi miseria como si estuviese tomando un baño de inmersión en ella, que sé que lo que tengo que hacer. Me pongo de pie, tomo un puñado de polvo flu y reaparezco en mi casa. En nuestra casa, en la casa mía y de Ron.
—¿Hola? ¿Hermione eres tú? —
Respiro hondo, una vez, dos veces, tres veces. Cierro los ojos con fuerza, aprieto mis puños hasta sentir mis uñas clavadas en la piel de la palma y entonces doy un paso. Dos pasos. Tres pasos. Abro los ojos. Abro la boca.
—Te engañé.
La imagen frente a mis ojos es una envuelta en el brillo del mediodía. Es verlo a ron en la mesa de la cocina, trabajando en un nuevo proyecto laboral, con papeles a su alrededor, los lentes cuadrados que aparecieron cuando su vista sintió el paso del tiempo, descansando en su tabique. El cabello anaranjado está revuelto y la pluma que sostiene en su mano queda ahí, estática en el aire. Puedo sentir el tiempo deslizarse más lento de lo normal, puedo notar como las arrugas de su frente se forman una a una en un gesto de confusión. A su vez, puedo ver la comisura derecha de su boca elevarse, mientras sus fosas nasales se expanden y se contraer como si estuviese tomando aire para aguantarlo tanto como fuese posible.
—Te engañé —repito mirándolo a los ojos.
—De acuerdo —acepta con cautela. —¿Con qué?
—Te engañé —vuelvo a repetir.
Busco en mi mente como seguir elaborando y no puedo. Me resulta imposible poner en palabras lo que quiero decirle, lo que debo decirle. En respuesta atino a tomar la nota que todavía está en mi túnica y se la entrego. Es posible que no la entienda. No sólo posible, es probable que no la entienda. Pero, a pesar de lo que muchos creen, Ron es inteligente. Ron entenderá.
Su mano se extiende hasta tomar el bollo de pergamino que le estoy acercando. Está claro que no sabe exactamente de que estoy hablando, pero ya se ha dado cuenta que lo que le estoy diciendo es grave, tan grave como pueden ser las cosas en un matrimonio, tan graves como pueden ser las cosas en el amor. Si bien se dijo que de amor uno no se puede morir, eso no quita que no se pueda sufrir más que la más dolorosa de las torturas.
—¿Qué es esto? —pregunta con mesura.
—Me la envió Draco Malfoy.
El decir su nombre involucra que una nueva oleada de cálidas y saladas lágrimas encuentre su camino desde mis ojos hasta mi barbilla para luego rebotar sobre el polvoriento suelo. Me enojo conmigo misma porque no tengo derecho a llorar, porque llorar es de víctima, es de quienes tienen derecho a sentirse mal, a sufrir. Yo no lo tengo. Yo soy la que está clavando el puñal, yo debo sufrir en silencio, de la misma manera que mantuve esta mentira en silencio todo este tiempo, disfrutando los beneficios que traía consigo. ¡Qué mierda! Hasta a la casa de mis padres lo invité, a mi dormitorio de pequeña, lugares que Ron visitó cuanto mucho una vez. Así que no tengo permitido pasar de perra calculadora a víctima.
—Entiendo que Bruja del Corazón sabe algo, que también lo sabe Draco Malfoy —asiento. — ¿Por qué sabría algo Draco Malfoy antes que yo?
—Porque también lo incluye a él.
—De acuerdo… —continúa. —¿Qué puede incluirte a ti y a Draco Malfoy?
Y entonces siento mi labio temblar una vez más y una nueva oleada de lágrimas descender. De mi garganta nace un agudo sollozo que logro contener clavando mis dientes en mi labio inferior. Los clavo tan fuerte que siento la piel ceder y luego el gusto metálico de la sangre hacer contacto con mi lengua y juro que voy a vomitar. No lo hago, me quedo allí estoica, juntando todo el coraje que tengo para mirarlo a los ojos y es allí que cuento los segundos. Un segundo. Dos segundos. Tres segundos. Cuatro segundos. Antes de llegar a cinco veo el brillo atravesar su mirada. Algo en la vista se descoloca, como si frente a él se estuviese proyectando la película de todo lo que se perdió. Puedo notar la lucha interna, la parte que jura que me conoce y me cree incapaz de semejante cosa y la parte racional que está armando el rompecabezas con todas las piezas que tiene a su disposición. Y sé que la parte racional va a ganar.
—Ron… —me atrevo a susurrar.
Se queda en silencio por tanto tiempo que parece eterno, a pesar de que no pueden ser más que unos instantes. Mi corazón late tan rápido que es imposible usarlo de medida, porque serían millones de pulsaciones antes de sentir hablar. Pero eventualmente lo hace, sus ojos dan con los míos una vez más y es en ese momento en que sé que lo perdí. Se fue. Me dejó.
—En este momento lo único que siento es dolor e ira —me explica. —Están peleando, batiéndose a duelo a ver cual gana. —asiento porque no sé que más hacer. —Pero por primera vez desde que tengo once años que no siento amor por ti.
—Esto, que haya ocurrido esto, no significa que no te ame.
En el instante en que salen esas palabras de mi boca que siento la hipocresía que me empapa de pies a cabeza. ¿Cómo va a haber amor y maldad tan unidas? No lo hay. No hay amor. Simplemente hay negación, cobardía y muchísimo egoísmo.
—No me importa por qué lo hiciste, Hermione. —habla como si yo no hubiese dicho nada. —Porque sé que lo primero es siempre culparse a uno mismo: yo no te presté la suficiente atención, yo no te cuidé, yo no te amé… pero yo si hice todas esas cosas, de mejor o peor manera, pero las hice. —Asiento, porque tiene razón. —Entonces… no me importa por qué lo hiciste, y no me importa cuanto recuerde que te amo en un rato, te pido por favor que te vayas.
—Ron…
—Tienes la casa de tus padres —piensa en vos alta. —Ve.
Sé que no tiene sentido continuar la conversación, porque si hay algo que Ronald es, es cabeza dura. Y tantas veces escuché a la gente susurrar como la bruja más inteligente de su edad había acabado con un mago tan mediocre como Ron Weasley. Gente nefasta, absurda, obtusa, Ron no es mediocre, y yo no soy la bruja más inteligente. Lo que deberían preguntarse es como acabó una persona tan buena como él, con alguien tan retorcida como yo.
Agacho la cabeza como la cobarde que soy y emprendo mi trayecto fuera de la habitación. No voy a tomar ninguna pertenencia, en cambio voy a dirigirme a la chimenea y simplemente desaparecer.
—Hermione —me detiene. — una cosa es que te juzgue yo, que te odie yo, pero no por eso tienen derecho a hacerlo los demás.
Me quiere decir que no se va a hacer eco del artículo. Que él me defenderá si llegase a ser necesaria su palabra. En respuesta me puedo sentir al borde de partirme en llanto una vez más, pero simplemente me limpio la garganta antes de asentir, en modo de agradecimiento, y partir por la puerta una vez más. El andar de mis piernas es automático, no sé donde estoy, quien soy, que está pasando, estoy atrapada en una burbuja de entumecimiento general. Y el tiempo transcurre, tanto lo hace, que cuando abro los ojos estoy en el sillón de la casa de mis padres. Afuera es de noche y no importa cuanto hurgue en mi mente, no puedo precisar cuando llegué.
Respiro hondo, una vez, dos veces y al abrir mi boca siento el tirón de la piel de mi labio. Cedió una vez más y puedo sentir un hilo de sangre comenzando a brotar de la misma. Mi recorrido al baño es veloz, tomo papel higiénico y lo presiono con fuerza sobre la herida. Lo dejo allí, mientras mis ojos se encuentran con su reflejo en el espejo. Luzco recién salida de Azkaban, pero en vez de tener locura en la mirada, tengo desolación, angustia. Pienso que debe ser por haber perdido a Ron, lo pienso tanto que juro que me lo voy a creer, pero la desolación no es por eso. La desolación es porque hice todo tan mal; por el simple hecho de no animarme a decirle hace tiempo que no lo amo. No de manera romántica. El es mi familia, pero no es el amor de mi vida.
Medito en salir fuera, tomar aire, hacer algo, pero solo puedo sentir mis pies pesados subir la escalera hasta mi cama donde me dejo caer y vuelvo a dormir. No sé cuanto duermo, pero al amanecer fuera está de día. No llego a desperezarme cuando suena el timbre de mi casa. Es extraño, muy extraño, porque el barrio es muggle y nadie allí me recuerda. Igualmente me pongo de pie y desciendo las escaleras con toda la velocidad que mi aletargado cuerpo es capaz de producir. Pienso en mirar por la ventana antes de abrir, pero me siento lo suficientemente confiada de que nadie que pueda hacer un infierno de mi vida, sepa donde estoy.
—Buen día. — saluda una amplia fila de dientes blancos.
Tardo en hacer foco en el resto del rostro de la mujer. Su cabello oscuro hace resaltar el blanco de sus dientes y la palidez de su rostro aún más. No debe tener mas de cuarenta años y luce un vestuario ajustado para hacer ejercicio. Son sus ojos marrones los que me invitan a agachar la mirada y entonces veo, en la puerta de mi casa, una pila de tres baúles de viaje. Mis tres baúles de viaje. No tengo ni que pensar de que fue Ron quien me los envió, simplemente lo sé.
—Buen día. —Recuerdo responder.
—Perdón que la haya despertado, pero imagino que estos baúles son tuyos —asiento. —A pesar de que es un barrio seguro, conviene que los entres. —Vuelvo a asentir.
—Gracias.
Es todo lo que consigo responder y la mujer se da cuenta que no estoy de humor para una charla de vecinas. No es hostilidad lo que destilo, sino miseria. Como va el dicho, la miseria no es buena compañía, así que simplemente responde que no hay de qué y da media vuelta hasta su casa. Cuando me aseguro que entra, muevo rápidamente mi varita y levito todo allí dentro, al centro de la sala. Luego los miro. Por minutos, me quedo allí parada, mirándolos. Frente a mis ojos está la debacle de mi vida. Frente a mis ojos está el devenir del caos que inevitablemente iba a llegar. Y llegó, con la destrucción de un tsunami, arrasando todo a su paso, dejando escombros de lo que una vez supo ser entero. Creo que voy a llorar, pero no puedo llorar más, ahora simplemente estoy entumecida. No siento nada y es fiel a lo que soy, alguien desalmado, egoísta y frío.
Es entonces que abro uno de ellos para ver parte de mi ropa y me visto. Me visto tan rápido como puedo, como el cuerpo me lo permite. No voy al baño, no me miro al espejo, no me importa como luzco, sólo sé que tengo que salir de mi escondite, porque seré todo lo que quieran decir de mí, pero nunca huí de los problemas. Con los puños apretados, con los dientes presionados, con la respiración entrecortada, con lágrimas en los ojos, de la manera que fuese siempre me paré frente a ellos. Entonces busco mi túnica y saco una moneda trasladora y en instantes ya no estoy más en la Inglaterra muggle y segura, estoy en el centro del callejón Diagon, con tres baúles, el rostro agobiado, el cabello enredado y mi varita en mi mano.
A mi alrededor se frena todo. Cada persona caminando por allí, no importa cuan apurada, frena en su lugar. Y entonces los siento, siento cada par de ojos a mi alrededor posarse en mí y no están simplemente mirando, están juzgando. Las miradas pronto son acompañadas por los susurros, más susurros y más susurros y de pronto es un bullicio ensordecedor y lo escucho.
—¡Es Hermione Granger!
—Las santas son las peores.
—Yo sabía que no podía ser tan perfecta.
—Jamás confíes en las mosquitas muertas, siempre acaban clavándote un puñal por la espalda.
—Tremenda puta.
—¿Qué hace aquí? ¿Quién se cree para aparecer por aquí?
Me doy cuenta, entonces, que no lo mencionan a él. Los susurros, los comentarios, el odio va hacia mí. Pienso que tal vez es porque de él no esperan nada bueno, entonces no los sorprende; o tal vez es porque estoy yo sola entonces aprovechan a juzgarme a mí; tal vez, pienso, es porque él es hombre y los hombres pueden hacer este tipo de cosas. Tal vez, y esto no es tan un tal vez, como es una certeza, es porque yo soy la mujer y yo no tengo derecho a equivocarme de esta manera. Yo no tengo derecho a engañar. Yo no tengo derecho a no ser una esposa ejemplar.
—¿Qué miran? —susurro.
Nadie me escucha, o tal vez sí, lo cierto es que no lo sé. Me siento al borde de gritar, de insultar, de romper en un ataque de ira destrozando todo a mi paso, pero los susurros frenan. Todo frena. Puedo jurar que hasta el tiempo se detiene. Es entonces que veo la gente delante de mí abrirse como el mar rojo, dejando el paso de su mesías. Pero no es un mesías quien los está corriendo, sino el mismísimo diablo y la fe es tanta motivación como lo es el miedo.
Entonces allí está, frente a mí, ojos cansados, ropa elegante de oficina, cabello revuelto por todas las veces que su mano pasó por él. No dice nada, pero no tiene que decirlo, vino a rescatarme. No merezco que me rescaten. Y es como si él me escuchase porque sus ojos grises me miran fijo y me dicen que no vino a rescatarme, sino a no dejarme sola. Porque este caos nos concierne a los ojos.
—Me agobia el murmullo. —le confieso.
—Nunca terminas de acostumbrarte —me explica, y sé que habla con conocimiento de causa.
Veo su mano abrirse mientras la extiende hacia mí. Sobre una fina tela sedosa descansa una moneda, un traslador, uno de esos que sólo los Malfoy tienen y que te dejan entrar en los terrenos de la mansión. Recuerdo a Astoria protestando mucho tiempo atrás porque se había olvidado el suyo y de lo contrario es difícil acceder.
—No me pidas que te elija ahora, hoy, en este momento. —Susurro casi como un ruego.
—Sólo te ofrezco una salida para el ahora. —Declara. —Nadie está hablando de mañana.
Miro el traslador una vez más y luego lo veo a los ojos. Sé que está diciendo la verdad, no me está pidiendo nada, sólo me está ofreciendo. Es imposible que sepamos que ocurrirá mañana. No cuando nuestra vida está girando dentro de un tornado que va a mil por hora y que todo el mundo está mirando sin pestañear. Entonces no lo pienso, extiendo mi mano y la cierro alrededor de la suya y cierro los ojos, confiando, sabiendo que no importa que ocurra mañana, no importan los murmullos, ni las miradas acusadoras, ni los dedos que señalan, importa el hoy, importa que encontré mi salida y después de todo, es junto a él.
