Me despierto temprano en la mañana del domingo y me quedo tumbada mirando fijamente mis ominosas cajas. Debería ir desempaquetando cosas. Pero hoy es el día.
El día de la verdad. Tengo que conseguir mi contrato.
Desde la cúspide de una de las torres de cajas, la frambuesa lanza un pitido y vibra. Yo me cubro la cabeza con las sábanas, ahogando un sollozo desesperado.
Si no la veo, no me ve.
El cacharro vuelve a pitar.
—No estoy —suplico lastimeramente.
Tras unos segundos más, me aparto la tela de la cara. Me pongo en pie sobre la cama para alcanzar el cacharro y echar un vistazo.
—Maldito infojobs —mascullo—. Y maldito, maldito Christian Grey.
Es domingo. Son las ocho de la mañana. Esto no es humano.
De: Christian Grey
Fecha: 29 de mayo de 2011 08:04
Para: Urtica Dioica
Asunto: Mi vida en cifras
Necesitarás el código de entrada para poder acceder al edificio: 819693. Y el código del ascensor: 1880.
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
Gruño.
De: Urtica Dioica Fecha: 29 de mayo de 2011 08:08
Para: Christian Grey
Asunto: Su vida en cifras
Una vida corta. Buenas noches.
O.
Le da tiempo a responderme en lo que me cuesta volver a desplomarme sobre el colchón. Leo la pantalla con un solo ojo.
De: Christian Grey
Fecha: 29 de mayo de 2011 08:11
Para: Urtica Dioica
Asunto: Hora de despertar
No llegues tarde
Christian Grey
Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.
Dejo caer el brazo por el borde de la cama y la frambuesa rebota sobre la moqueta. Me doy la vuelta acurrucándome cómodamente entre las sábanas todavía calentitas.
Mañana. Mañana será el día.
—
A las 12:20 bajo a buscar un taxi. Hay un coche serio y reluciente esperando en la parada que hay en la concurrida plaza, pero no es amarillo. El que supongo que es el conductor, muy trajeado, aguarda con el culo apoyado en el capó. Considero la escena un momento.
No es amarillo. Pero está en la parada de taxis.
Antes de que haya tenido tiempo suficiente para considerar mi dilema, el tipo trajeado se incorpora y se me acerca.
—¿Urtica Dioica? —pregunta antes de que me dé tiempo a abrir la boca.
Le miro sin parpadear.
—¿Sí? ¿Nos… conocemos?
Intento estrujar mi memoria.
—Me envía el señor Grey para recogerla —me informa.
—Ah.
Por supuesto.
Me encojo de hombros.
Bueno. Taxi gratis. ¡Rápido, Robin! ¡A la batcueva!
El chófer me abre la puerta trasera y yo me meto. Huele a coche nuevo y tiene una botella de agua en el reposabrazos central. Cuando él se sienta al volante me pregunta si quiero que ponga música. Me da como palo pedirle la banda sonora de los dibujos de Batman, pero es todo un detalle. Así que le digo que no hace falta y me recuesto en el asiento mientras tarareo por lo bajini.
Me deja en la puerta del enorme rascacielos. Con mucho cuidado de no mezclar los números, compongo en el panel la contraseña que me he apuntado en el dorso de la mano izquierda.
Si me equivoco… ¿saldrán hombres de negro para llevarme y que no se vuelva a saber de mí?
El portal es como muy moderno, todo lleno de líneas definidas y asépticas. Para el ascensor introduzco el otro código que me dio Christian. Durante todo el trayecto hasta el ático del rascacielos mantengo los ojos cerrados para no tener que ver las infinitas paredes de espejo.
No sé a quién se le ocurriría hacer esto dentro de un ascensor. Sin duda a algún otro sádico de la talla de Grey. Quizá fue él.
La caja de tortura se detiene y por fin se abren las puertas. Me encuentro en el vestíbulo del apartamento número uno.
Cuando salgo del ascensor, veo a Tayler delante de la puerta de doble hoja.
—Buenas tardes, señorita Dioica —dice.
—Llámame Ortiga, por favor.
—Ortiga. —Sonríe—. El señor Grey la espera.
Apuesto a que sí.
Le dedico una sonrisa amistosa antes de pasar por su lado cuando abre la puerta.
—Ortiga, ¡comienza el espectáculo! —susurro para mí.
NANANANANANA… ¡BATMAN!
Christian está sentado en el sofá del salón, leyendo la prensa del domingo. Alza la vista cuando Taylor me hace pasar. Allí sigue la chimenea horrenda y el ventanal enorme con vistas a la ciudad. Christian parece tranquilo y sereno con sus vaqueros y una camisa suelta de lino blanco. No lleva zapatos ni calcetines.
Me huelen los pies. ¡Lara lara lara!
Me quedo quizá un momento más de la cuenta mirándole los pies descalzos. No me parecía el tipo de persona al que le gustaría ir descalza por su casa.
Los ojos le brillan con malicia por debajo del pelo revuelto y despeinado cuando vuelto a alzar la vista. Se levanta y se acerca despacio a mí con una sonrisa satisfecha.
—Bienvenida de nuevo, señorita Dioica —dice inclinándose sobre mí para susurrar—. Veo que le interesan los pies.
¿Eh?
Echo la cabeza hacia atrás para mirarle.
—… ¿Anatómicamente? —Parpadeo.
No podría pensar en una parte del cuerpo que fuera más fea.
Ortiga, no le digas eso, al pobre. Ya bastante complejo y trauma tiene que tener para no querer que nadie le toque. A ver si se lo va a tomar como un defecto personal y se va a deprimir encima.
Él deja escapar una risa oscura antes de incorporarse.
—Llegas puntual. Me gusta la puntualidad. Ven. —Me coge de la mano y me lleva al sofá.
—A mí también me gusta la puntualidad.
Déjame la mano quieta, bicho.
—Quiero enseñarte algo —dice mientras nos sentamos.
Me pasa el Seattle Times. En la página ocho hay una fotografía de los dos en la ceremonia de graduación.
Madre mía. Salgo en el periódico. Esto no puede ser bueno.
Leo el pie de foto.
«Christian Grey y su amiga en la ceremonia de graduación de la Universidad Estatal de Washington, en Vancouver».
—Ah. Pues no era para tanto —admito—. Amiga está bien.
Le devuelvo el periódico.
—Sale en el periódico, así que será cierto.
Sonríe satisfecho.
Quien no se consuela es porque no quiere.
Está sentado a mi lado, completamente vuelto hacia mí, con una pierna metida debajo de la otra. Alarga la mano y me tira con suavidad de un mechón de pelo que me sale disparado de punta junto a la sien.
Levanto una ceja, pero resisto la tentación de darle un manotazo.
—Entonces, Urtica, ahora tienes mucho más claro cuál es mi rollo que la otra vez que estuviste aquí.
—Uhm… Eso parece.
Me mira.
—Y aun así has vuelto.
—A…ham.
A firmar un contrato. ¿Adónde quieres llegar?
—¿Has comido?
Oh. Un sitio fantástico al que llegar. Ya me estabas asustando.
—Si digo que no ¿me ofrecerás más comida? —Pongo morritos.
—¿Tienes hambre?
—Esa pregunta se contesta sola.
Suelta una carcajada. Entonces se calla y frunce el ceño de pronto.
—Urtica, a mi madre le gustaría que vinieras a cenar esta noche. Tengo entendido que Elliot se lo va a pedir a Kate también. No sé si te apetece. A mí se me hace raro presentarte a mi familia.
¡Más comidaaa! La vida es una fieshta.
—¿Por qué se te hace raro?
—Porque no lo he hecho nunca.
—¡Para todo hay una primera vez! —sonrío.
Tengo un asunto importante que tratar con tu madre. El único fallo que le veo a esto es que es la una. Hasta la cena es mucho rato de interacción social. En fin, todo sea por el bien mayor. A lo mejor tengo suerte y cenan a la canadiense, en plan a las seis de la tarde. Lo que vendría siendo una merienda con aspiraciones, vaya.
—Muy bien, entonces —concluye tras un momento de intensa deliberación interna.
Recoge un mando a distancia que hay sobre la mesa de café y apunta a la chimenea. De inmediato comienza a sonar una melodía suave y dulce. Yo abro mucho los ojos.
Chimeneas que hacen música. Ya lo que me faltaba por ver.
La música parece serenarle un tanto y vuelve a dejar el mando. Nota mi asombro y sonríe.
—¿Nunca has visto un iPod? —se burla.
Su mano señala una caja blanca que hay justo junto a la chimenea. Encima de ella hay una pantalla erguida sobre un soporte.
¿Se supone que el iPod es la caja o la especie de pantalla de ordenador esa?
—¿Qué música es?
—Es una pieza de Villa-Lobos, de sus Bachianas Brasileiras. Buena, ¿verdad?
—Claro —musito.
Muy conocida en su casa a la hora de la sopa. Me parece bien.
—¿Comemos? —Me ofrece una mano.
—Now you're talking! —exclamo con entusiasmo y le choco los cinco.
Me acerco animadamente a la zona de la cocina. La barra del desayuno está preparada para dos. Christian saca un cuenco de ensalada del frigorífico.
—¿Te va bien una ensalada César?
—¿Con pollo y bien de salsa? —Los ojos me hacen chiribitas.
—Sí.
—¡Me va genial!
Estará bien para empezar.
Lo veo moverse con elegancia por la cocina. Me pregunto cuál es el problema para que no quiera que le toquen. Probablemente no es buena idea preguntar, no quiero revolver la mierda.
—¿En qué piensas? —dice, sacándome de mi ensimismamiento.
—Observaba cómo te mueves.
Arquea una ceja, divertido.
—¿Y? —pregunta con sequedad.
Le devuelvo la mirada.
—¿Y? —repito—. Solo eso.
—¿Alguna conclusión?
Medito un momento antes de contestar.
—Te mueves —concluyo.
Parece descolocado, pero se esfuerza por mantener una cara neutra.
—Vaya… Gracias, señorita Dioica —murmura. Se sienta a mi lado con una botella de vino en la mano—. ¿Chablis?
—¿Quién? —Le miro sin entender.
—¿Vino? —vuelve a intentar.
—¡¿Quién?!
¡Y yo qué sé si vino o no vino!
Grey levanta una ceja y agita la botella que tiene en la mano.
—Ah, ¡que si quiero vino! —A ver si aprendes a hablar más claro—. No, gracias.
—Sírvete ensalada —dice en voz baja.
Hago un entusiasta saludo militar.
—¡A la orden, mi capitán!
Me pongo una muy generosa cantidad de comida. La salsa está como para relamer el plato, pero ya he comido antes, así que no es que me esté muriendo de hambre.
—He estado meditando sobre la conversación que tuvimos con respecto a… mis preferencias. Una de las razones por las que la gente como yo hace esto es porque le gusta infligir o sentir dolor. Así de sencillo. A ti no, así que ayer dediqué un buen rato a pensar en por qué me gusta lo que me gusta.
Le miro, masticando despacio.
Si tanto te gusta el dolor ¿por qué no te cierras a ti mismo una puerta sobre un dedo? Verás qué jolgorio.
—¿Llegaste a alguna conclusión? —pregunto.
—No.
Supongo que no debería sorprenderme.
—Aham.
Nunca me pareciste el yogurt más avispado del pack.
Sigo comiendo.
Por una vez desde que nos conocemos, acabo antes que él. Dejo los cubiertos ordenadamente sobre el plato vacío y me estiro con satisfacción. Apoyo la barbilla en una mano, cierro los ojos y me centro en saborear el regusto que me queda en la boca.
—¿Impaciente por empezar, señorita Dioica?
Salsa César…
—Nah. Tómate tu tiempo —le contesto sin abrir los ojos.
Yo estoy bien.
Le oigo retirar el taburete sobre el que está sentado al cabo de un momento.
—¿Lista para conducir?
Cuando abro los ojos me tiene tendida una mano. Se la miro con desconfianza.
—No he firmado nada.
—Lo sé… pero últimamente te estás saltando todas las normas.
No, si encima será culpa mía, no te fastidia. Quiero mi contrato.
—Te recuerdo que no tengo carnet.
—Ya está todo arreglado —afirma crípticamente con una sonrisa.
Ya estamos.
—¿Cómo que «arreglado»? ¿A quién has sobornado esta vez?
Este es capaz de haberme encargado un carnet falso. Lástima que no se pueda falsificar la práctica al volante, porque seguro que también lo habría hecho, y eso sí sería mucho más útil.
—Yo no soborno a nadie, señorita Dioica —me dice, ahora, el gesto más duro.
—Ya. —Chasqueo la lengua, cosa que hace que él frunza el ceño—. Solo les ofreces cantidades de dinero obscenamente grandes para que hagan lo que tú quieras. ¿Es eso?
Sonríe, la comisura izquierda empezando a afilársele hacia arriba.
Oh, ¡venga ya! ¿En serio te vas a poner cachondo porque diga la palabra «obsceno»?
Me cruzo de brazos.
—Exactamente —casi ronronea.
Esto es surrealista.
—Bien. Vamos —concluye.
Ante mi falta de movilidad, me coge de la mano y, dejando todos los platos sucios en la barra de desayuno, nos vamos a su despacho. Me dejo arrastrar, resignada. Christian abre la puerta y se aparta para dejarme pasar. Dentro persiste un ligero olor a ambientador de baño que me trae recuerdos.
Encima del escritorio hay una pila de papeles. Él por fin me suelta la mano y me indica que me siente. No veo el fallo en el plan de sentarme hasta que me he arrimado a la mesa y él, en lugar de tomar también asiento al otro lado coge y, con toda la cachaza y falta de vergüenza del mundo, traba una pata de la silla con el pie y se inclina sobre el escritorio casi directamente por encima de mí. De pronto es como estar en el interior de una cueva.
¿A que levanto la silla y te la aterrizo encima, que vas descalzo, flipado?
Ortiga, respira.
—Ya estás quitando ese pie de ahí —le amenazo sin levantar la voz.
Tío, en serio. ¡Un mínimo de autocontrol! Y un poco menos de control ajeno.
Su pie retrocede a regañadientes.
—Y lo que sea que haya que leer en esos papeles seguro que lo puedes leer igual de bien diez centímetros a la derecha —añado.
No me atrevo a mirar hacia arriba porque le tengo demasiado cerca como para que resulte cómodo, pero casi puedo sentir su sonrisa autocomplaciente sobre mi coronilla.
—Impone usted unas duras condiciones, señorita Dioica —comenta con tono ligero, pero se aparta.
Ya libre de su presencia torreónica sobre mi cabeza, echo un vistazo a los papeles que tengo delante.
—¿Un examen de conducir? —Levanto una ceja.
—Muy bien, señorita Dioica. —Sonríe.
Cojo uno de los papeles y le doy la vuelta para leer la parte de atrás.
—¿Esto no se supone que hay que hacerlo en un sitio oficial o algo así?
Definitivamente, no en el salón de tu casa. O la casa de tu acosador particular, para el caso.
—He conseguido una… —Sopesa la palabra un momento— dispensa.
Justo en ese momento llaman a la puerta. Aparece Taylor.
—Ha llegado la señora Greene, señor.
—Dígale que pase.
La «señora Greene» es alta y rubia y va impecable, vestida con un traje de chaqueta azul marino. Me recuerda a las mujeres clónicas que trabajan en la oficina de Christian. De hecho, nada me asegura que no sea una de ellas. Es como un modelo de retrato robot, otra rubia perfecta. Lleva la melena recogida en un elegante moño. Tiene edad como de ser madre de chavalada ya entrando en la adolescencia.
—Señor Grey —saluda educadamente y estrecha la mano que él le tiende.
—Gracias por venir habiéndola avisado con tan poca antelación —dice Christian.
—Gracias a usted por compensármelo sobradamente, señor Grey. Señorita Dioica.
Sonríe. Su mirada es fría y observadora. Yo, por hacer algo, me pongo precavidamente en pie y le devuelvo la sonrisa.
Nos damos la mano y de inmediato me gusta que no sea besucona. Le dedica a Christian una mirada significativa y, tras un instante incómodo, él capta la indirecta.
Cada vez me cae mejor.
—Estaré fuera —murmura el sobrante, y sale del despacho.
—Bueno, señorita Dioica. El señor Grey me paga una pequeña fortuna para que supervise su prueba teórica de circulación vial. ¿Tiene los papeles listos?
Vaya. Mi propio examen-clase particular con institutriz privada. Y en domingo. Si esto no es ilegal, sin duda debe de haber costado la renta de un país pequeño. O tal vez las dos cosas.
—Está todo aquí —atino a decir, señalando el escritorio.
Sorprendentemente, no soy tan incompetente como me temía. Supongo que haber vivido en una familia en la que todo el mundo conducía me habrá enseñado algo. Sólo necesito algunas aclaraciones contextuales sobre un puñado de enunciados y hay tres o cuatro señales viales que no recuerdo haber visto nunca en mi vida, pero el significado de dos de ellas era fácilmente deducible. Por fin, la «señora Greene» estampa su firma y un sello en uno de los papeles y me indica que mañana por la mañana tramitará el papeleo necesario. Se aquí a uno o dos días me llegará el carnet provisional físico, que me da derecho a circular siempre y cuando vaya en compañía de una persona mayor de edad y con carnet de conducción en vigor.
Se pone muy seria mientras me sermonea hasta ponerse tan azul como su traje sobre la importancia de la seguridad vial y la precaución al volante. Y noto que se muere de curiosidad por saber qué «relación» tengo con el señor Grey. Yo no le doy detalles. Seguro que no estaría tan serena y relajada si hubiera visto la mazmorra que hay escondida en el piso de arriba.
Al terminar volvemos al salón. Christian está leyendo, sentado en el sofá. La música sigue saliendo de la caja blanca mágica junto a la chimenea. Él se vuelve cuando entramos, nos mira y me sonríe.
—¿Ya habéis terminado? —pregunta como si estuviera verdaderamente interesado.
Apunta el mando hacia la elegante caja blanca bajo la chimenea que alberga su iPod y la melodía se atenúa, pero sigue sonando de fondo. Se pone de pie y se acerca despacio.
—Sí, señor Grey. Cuídela, es una joven hermosa e inteligente.
Christian se queda tan pasmado como yo.
Oiga, que vamos a conducir, no a casarnos, señora.
Christian se recompone antes.
—Eso me propongo —masculla, divertido.
Lo miro y sacudo la cabeza.
—Le enviaré la factura —dice ella muy seca mientras le estrecha la mano.
Se vuelve hacia mí.
—Buenos días, y buena suerte, Ortiga.
Me sonríe mientras nos damos la mano, y se le forman unas arruguitas en torno a los ojos. Surge Taylor de la nada para conducirla por la puerta de doble hoja hasta el ascensor.
¿Cómo lo hace? ¿Dónde se esconde?
—¿Cómo ha ido? —pregunta Christian.
—Me ha dicho que soy un peligro para la sociedad y que nunca jamás me ponga al volante —digo parpadeando con cara de no haber roto un plato en mi vida.
A Christian se le abren los ojos, sorprendido. Me tomo un instante para apreciar mi obra antes de hinchar los carrillos mientras agito la copia del papel firmado y sellado frente a sus narices.
—¡Has picado!
—Es usted incorregible, señorita Dioica —murmura con un punto de risa por detrás de la desesperación fingida.
—Exacto —le concedo yo alegremente—, así que ni lo intentes.
—Bien —concluye, tendiéndome una mano—, ¿bajamos?
—¿Adónde?
—Al garaje, por supuesto.
—¿Tú estás seguro de esto?
Él amplia su sonrisa de autocomplacencia.
—Créeme, Ortiga, tengo los seguros más caros que el dinero puede comprar.
Tú mismo.
Me encojo de hombros.
—Muy bien.
Le choco la mano que todavía tiene extendida, pero esta vez es lo bastante rápido como para sujetármela tras el contacto. Frunzo el ceño.
—Esto no es un calientamanos, ¿sabes? —le aviso.
Él me sostiene todavía un momento, su pulgar acariciándome el dorso, antes de dejarme ir. Se recoloca la camisa y hace un gesto caballeroso en dirección a la puerta. Me fijo en que ya se ha calzado.
—Después de usted, señorita Dioica.
—
—Cogeremos el Audi R8 —dice señalando un coche negro.
—Lo dices como si tuvieras para elegir —me río.
Él me mira con intención. Se me corta la risa mientras se me va abriendo la boca lentamente.
—No. —Niego con la cabeza.
—Sí, Urtica, son míos.
—¡¿Todos?!
Se encoge de hombros.
—Los suficientes.
Echo un vistazo a mi alrededor.
El tipo podría montarse su propio concesionario aquí abajo.
Nos detenemos frente al coche negro que ha señalado antes.
—Bien, lo primero que debes saber de un coche es reconocer las partes importantes del motor —comienza.
Su actitud ha ido variando paulatinamente conforme bajábamos, como si se hinchara.
Como un pavo.
El coche lanza un pitido y guiña todas las luces. Grey abre la puerta del conductor y se inclina hacia adentro para buscar algo. Se oye un clac y el capó se levanta. Me inclino para mirar el interior con curiosidad cuando él ha asegurado la tapa.
—Veamos, ¿qué es lo que sabes?
—A ver —Apunto con un dedo—, ahí va el aceite.
—¿Cómo se mira el nivel? —su voz se está poniendo seria y exigente.
—Con la varilla.
Duh.
—¿En qué condiciones? —especifica.
—Ah. Pues… supongo que el motor tendrá que estar frío. —Me encojo de hombros.
Por sentido común, vaya. Supongo que, como la mayoría de materiales, su volumen aumentará en caliente.
—Sí, Urtica, el aceite se tiene que mirar con el motor en frío y con el coche en terreno llano. ¿Cómo sabes cuándo hace falta echar más aceite?
—¿La varilla estará graduada?
—Eso es una pregunta o una respuesta.
—Una respuesta…
Creo.
Asiento con mi mejor cara de estudiante aplicada.
—¿Dónde está el depósito del agua?
—Ahí pone agua. —Señalo de nuevo con el dedo.
Esto es en realidad ligeramente entretenido. Parece un examen.
—¿Qué tipo de agua hay que echar?
—¿Hay tipos de agua?
¿Eau de motor?
Él alza una ceja.
—Intuyo que la respuesta es «no agua del grifo» —digo con voz pequeña, y se me asoma una sonrisa de disculpa.
—Hay que echar agua destilada y anticongelante.
—Ah.
Esto me resulta como familiar. Seguro que ya lo he oído antes. Seguro que mañana ya lo habré olvidado de nuevo. En fin, si alguna vez tengo que echar agua en un coche, lo haré en una gasolinera y preguntaré primero.
—Además, ese depósito pequeño que ves ahí lleva el agua que utilizan los limpiaparabrisas. Esa agua sí puede ser agua normal.
—De acuerdo. Tomo nota.
Notas mentales. Que, y esto es importante, no prometo recordar. Google y la gente que trabaja en las gasolineras me harán de memoria supletoria en caso de necesidad.
Grey se arremanga con cuidado y se inclina un poco más sobre el capó abierto.
—Esta pieza de aquí es el filtro de aire. —Señala—. Y este, el filtro de aceite. El nivel de aceite se mira con la varilla. —Saca un blanquísimo pañuelo de un bolsillo y desenrosca el tapón del aceite—. Primero tienes que limpiar bien la varilla y después volver a meterla y sacarla para ver hasta dónde llega el nivel. Estas líneas te indican el nivel mínimo y máximo que necesita el motor. Por supuesto, hay que echar aceite para motor. —Vuelve a poner la pieza en su sitio tras la demostración—. El nivel de agua te lo indica una luz en el salpicadero. ¿Alguna pregunta?
Dobla cuidadosamente el pañuelo ahora negro de grasaza, con la mancha hacia adentro, y se lo guarda de nuevo en el bolsillo.
—Filtro, filtro —Voy señalando—, aceite con varilla, agua en el salpicadero. Ni aceite de oliva ni agua del grifo. Creo que lo tengo.
Frunce los labios, tal vez sopesando si me estoy quedando con él.
—Muy bien. —Quita el seguro a la tapa y la baja—. Vamos adentro.
Me señala el asiento del piloto. Y se le está afilando la sonrisita.
—¡Señor! ¡Sí, señor! —Me cuadro y hago un saludo militar.
