Capitulo veintiuno
Bella POV
Me estaba besando… Edward me estaba besando… y aunque dentro de mi cabeza sabía que eso no debía estar pasando mi cuerpo y mi corazón gritaban lo contrario. Mis labios se movían insistentemente contra los suyos, era un beso fuerte, pasional, nuestros brazos rodeaban al otro evitando que se alejase solo un milímetro.
"No, no, no, no, no, no…" repetía una y otra vez en mi mente. Pero mi corazón en cada latido contestaba con un "Sí" rotundo. Mi corazón y mi mente estaban enfrentados, y mi cuerpo simplemente se dejaba llevar por mi corazón sin pensar en las consecuencias. Mi cerebro enviaba señales a mis brazos para que soltasen el cuello de Edward, pero su pelo se sentía tan bien entre mis dedos… mi lado irracional estaba ganado la partida esta vez, y lejos de arrepentirme estaba aprovechando al máximo aquel beso, degustando todo lo que podía aquellos labios que había extrañado tanto.
El beso se acabó, y Edward enterró mi rostro en su pecho, su olor me embriagaba, hacía que mi cabeza diese vueltas y no me dejaba pensar coherentemente, mis labios ardían y picaban porque los suyos ya no los acariciaban y mis manos se aferraron con fuerza a su cintura mientras los suyos rodeaban mi espalda apretándome más contra él. Ese era mi lugar, mi cuerpo encajaba perfectamente en el suyo, nuestros corazones latían a la misma velocidad y nuestra respiración estaba igual de acelerada.
Me alejé de él un poco para ver sus ojos sólo había súplica en ellos, temía que lo rechazara, que me alejase de él de nuevo, y aunque me mente continuaba gritando que era lo que tenía que hacer mi cuerpo seguía desoyendo sus órdenes. Suspire mientras me perdía en sus ojos de nuevo, esos ojos brillantes, vivos y puros que tanto me había enamorado, mi Edward estaba allí, bajo esa fachada de súper estrella estaba el chico dulce y divertido que había robado mi corazón.
– Tendrás que explicarme muchas cosas –murmuré.
– Lo sé, contaba con ello –dijo sonriendo.
Me aparté de él y lo miré prudentemente. Al alejarme y respirar aire puro, no ese emborrachado con su olor, y sin el recuerdo de sus labios contra los míos la razón tenía la voz cantante en este momento. Sopesé lo que había hecho, había dejado que él me besara, había correspondido a eso beso… era demasiado débil… ¡mi cuerpo era demasiado débil! Por una extraña razón cuando lo tenía cerca y me perdía en esos ojos todo atisbo de razón desaparecía mí, solo me guiaba por impulsos, por los latidos de mi alocado corazón. Suspiré y me decidí a dejarle las cosas claras, no quería que se llevase una mala impresión de lo que acababa de suceder.
– Este beso no ha significado nada… no puedo olvidar todo con tanta facilidad – susurré mirándole todavía.
Una ráfaga de dolor cruzó sus ojos, su sonrisa se borró y me miró con algo de tristeza.
– Lo entiendo– bajó la mirada y se alejó un paso de mí–. Tienes todo el derecho a estar enfadada… pero prométeme que me escucharás… que escucharás la historia completa.
Asentí en su dirección con una ligera sonrisa, me la devolvió pero esa alegría no llegó a sus ojos. Comencé a caminar de nuevo hacia el interior del hospital y Edward siguió mis pasos, no podía dejar a Ben y a Ángela solos en un momento así. Mi teléfono comenzó a sonar con esa melodía tan conocida, sonreí mientras lo sacaba del bolsillo de mis pantalones.
– ¡Hola Alice! –la saludé– antes de que me digas nada… Jake volverá a Forks con la maleta intacta…
– No lo hará… he hablado con Nessa y ya ha metido todo en tu armario –canturreó feliz.
Mi ceño se frunció, así que esos dos diablillos se habían confabulado en mi contra.
– De esta no me pienso olvidar… –mascullé entre dientes intentando sonar intimidante.
– ¿A cuánto asciende la lista? –Preguntó aburrida– siempre me dices lo mismo y luego lo olvidas… tienes demasiadas cosas que recordar.
– Eso es porque eres una mala amiga –fingí un tono de indignación mientras sonreía.
– Sí, sí, sí… lo que tú digas –dijo con indiferencia–. Ahora pásame con el idiota que tienes al lado que tengo que decirle un par de cosas.
Me quedé sorprendida durante unos segundos, después reaccioné y le extendí el teléfono a Edward murmurando un "es para ti" casi inaudible. Él lo cogió con cara de confusión.
– ¿qué quieres Alice? –Preguntó– No… ¿cómo se te ocurre?... no la estoy obligando a nada… sí… Alice, no necesito que me lo recuerdes… que sí… dile que lo siento y que estoy intentado solucionarlo… se lo diré… sí eso también –rodó los ojos– Yo también te quiero enana… un beso.
Colgó y me extendió el teléfono, lo cogí y me lo volví a guardar.
– Alice dice que Emmett quiere hablar contigo, si puede darle tu número –dijo después de unos segundos de silencio.
– Sí… claro –balbuceé mientras analizada el por qué querría Emmett hablar conmigo directamente.
– También me ha pedido que te diga que me des una bofetada de parte de Esme – dijo avergonzado mirando al suelo.
Me frené y lo miré sonriendo, aguantando una carcajada.
– ¿Por qué tendría que golpearte? –pregunté enarcando una ceja.
Se pasó la mano por el pelo con nerviosismos y resopló un par de veces.
– Nunca he hecho esto antes… –murmuró casi para sí mismo–. Sabes que no me he portado muy bien contigo, mis padres me educaron para que fuese todo un caballero con las mujeres y mira como he actuado… te debo una disculpa, no en realidad te debo mucho más que eso. Fui un idiota al actuar así, pero es la primera vez que no pensaba en mí al hacerlo… y por lo visto no he acertado mucho al hacerlo.
Lo miré durante unos segundos, parecía tan vulnerable… esperaba una contestación de mi parte con la mandíbula tensa. Él era humano, tenía derecho a tropezar y errar en el camino… yo también lo he hecho alguna vez, nadie debía ser crucificado y sentenciado sin más, sin esperar arrepentimiento de su parte, y Edward parecía realmente arrepentido. No perdía nada por escucharlo, por saber las verdaderas razones del porque actuó de ese modo. Sonreí ligeramente y le di un ligero golpe en su hombro.
– Considérate golpeado… se lo confirmaré a Esme –le dije y él sonrió–. No te tortures más… todo el mundo tiene derecho a equivocarse.
– Pero mi equivocación ha hecho mucho daño… –susurró–. Tú has sufrido y yo también… sin contar a los demás.
– No pienses más en ello –sonreí–, sólo piensa en cómo solucionarlo.
Extendió su mano y con los ojos clavados en los míos acarició levemente mi mejilla. Fue solo un roce, una caricia de mariposa que puso alerta a todo mi sistema. Era incomprensible como si cuerpo reaccionaba a su contacto, al oír su voz, u oler su piel… era como si mis células supiesen exactamente que él era mi dueño, porque así me sentía, Edward se había llevado mi alma, mi corazón… cada uno de mis sentimientos era suyo. Hasta podría jurar que podría respirar con profundidad solo desde que lo ví sentado en la cafetería. Pero todo tenía un nombre: Amor. Estaba total e irrevocablemente enamorada de él.
– Te amo –susurró mirándome intensamente.
Y me derretí, estaba segura que frente a él parecía una figura de cera cerca de una chimenea encendida, goteando chorretones por todos lados. Estuvimos unos minutos en silencio, mirándonos… no hacían falta palabras para que tuviésemos esa conversación, solo nuestros ojos sabían lo que tenían que decir. Fue un momento mágico… era como si nos hubiésemos bajado del mundo y solo estuviésemos nosotros dos. Patéticamente cursi y romántico, pero así era como me sentía en ese momento.
Sin saber muy bien como nuestra burbuja de irrealidad explotó y no encontramos de nuevo con los pies sobre la tierra, girando al mismo son que los demás. No dijo nada más… yo comencé a caminar hacia el interior del hospital de nuevo. Edward volvió a seguirme y entramos en una de las salas de espera. Nos sentamos en silencio durante unos minutos, parecía como si quisiésemos alargar el momento de magia que habíamos tenido un momento antes. Pero se veía imposible con camillas, enfermos y enfermeras caminando de un lado a otro.
Sin más un grupo de enfermeras se nos acercó con cautela, la mayoría de ellas superaba la treintena, pero eso no parecía importarles mucho al estar frente a Edward, todas estaban coloradas y con las hormonas tan alteradas que podrían olerse a kilómetros. Edward puso su mejor sonrisa de súper estrella, esa que cubría las portadas de las revistas la última semana, parecía asombroso como había sido capaz de interpretar cuando era realmente él y cuando comenzada a ser Edward Cullen. Era como Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Firmó autógrafos a todas esas mujeres sin borrar esa perfecta sonrisa y cuando se alejaron me miró disculpándose. Negué un par de veces con la cabeza para restarle importancia y también sonreí un poco.
Y su verdadera sonrisa volvió a sorprenderme. Esa que hacía que me fallasen las piernas y se me cortase la respiración. Esa sonrisa torcida que me robaba suspiros en cuanto la recordaba. Mi sonrisa se ensanchó en respuesta, era imposible no responderle así cuando veía como su comisura izquierda se alzaba dejando ver un poco sus blancos dientes. Mi corazón latió con fuerza y creí que llegaría desmayarme por la falta de oxigeno. Desvié la mirada algo azorada, enojada con mi cuerpo por responder de ese modo. Creí oír una leve risita pero cuando volví a mirar a Edward estaba serio mirando hacia la puerta. Seguí el rumbo de su mirada y me quedé congelada… Jake estaba allí… ¡oh, oh!
Me puse en pie y caminé hacia él, impidiéndole el paso por el estrecho pasillo, sus ojos llamearon con furia cuando se encontró con los de Edward y comenzó a maldecir entre dientes. Me acerqué hasta él y puse una mano en su pecho, su calor atravesaba la ropa y se abrasaba los dedos. Pero su mirada seguía clavada en Edward… ahora mismo era como un toro bravo con un único objetivo.
– Jake… –lo llamé– ¿Qué haces aquí?
– Nessie me dijo que quizás me necesitabas –masculló sin mirarme.
– ¿Nessie? –pregunté enarcando una ceja.
Me miró y su mirada se relajó un poco, se dibujó una pequeña sonrisa en los labios y sus mejillas se colorearon levemente, aunque no podría decir cuánto porque su piel rojiza le ayudaba a ocultarlo muy bien.
– A ella no le molesta –dijo encogiéndose de hombros.
– Creo saber porque… –murmuré para mí misma mirando un punto inconcluso en el techo.
– ¿Qué hace él aquí? –preguntó con voz ronza señalando a Edward con el dedo índice.
– Lo que haga o deje de hacer no te incumbe –contesté molesta por su tono de voz.
– ¡Eres mi hermana Bella! Y ese mal nacido te hizo daño, no merece ni que hables con él –seguía gruñendo.
– Jacob, no tienes ni idea de lo que ha pasado, así que no tomes la confianza de opinar sobre algo que no sabes –dije cruzándome de brazos dedicándole una de mis mas fieras miradas.
– Te ví rota por su culpa, eso es suficiente para ponerlo en mi lista negra –casi gritó–. Así que ahora no me vengas con royos moralistas para que no diga lo que pienso.
– Jacob te estás equivocando –susurré.
– ¿Ah sí? ¿Entonces te dejó llorando y se fue sin más? ¿Entonces por su culpa no te fuiste de Forks y abandonaste a tu familia y a tus amigos? ¿Entonces por su culpa Rosalie no se recorrió medio país para encontrarte?
– Todo tenía un motivo –defendí a Edward y me defendí a mí a la vez.
– Pues me encantaría saberlo –agregó con suficiencia cruzando también él los brazos.
– Esos solo nos incumbe a mí y a él –gruñí.
– También me incumbe a mí en el momento en que tuve que volar durante siete horas para poder ver a mi hermana.
– Jake –susurro Nessa a su lado tomándolo del brazo–, no es el momento ni el lugar para tener esta conversación.
Jacob la miró durante unos segundos y después su rostro se relajó, esa máscara de amargura que ponía cuando se enfadaba desapareció por completo en cuanto sus ojos se cruzaron con los de mi amiga. Suspiré resignada y me di media vuelta para volver a sentarme con Edward, pero me quedé paralizada cuando vi su silla completamente vacía. Sentí como la respiración se me atoraba y como las grietas de mi corazón volvían a abrirse… ¿se había ido de nuevo?
– Toma –susurró una aterciopelada voz extendiéndome un vaso.
Lo miré sin creerme lo estúpida que había llegado a ser al pensar que se había ido de nuevo, me golpeé mentalmente por pensar otra vez mal de él. Pero no era mi culpa… no confiaba lo suficiente para saber que estaría a mi lado incondicionalmente. Parece que me quedé mirándolo más tiempo del que pensaba porque sonrió y colocó él mismo el vaso en mi mano.
– Pensé que te vendría bien una infusión –volvió a susurrar mirándome.
Asentí y le di una sonrisa de agradecimiento, él me la devolvió y nos sentamos de nuevo, esta vez al lado de Ness y Jake.
Los minutos pasaron lentamente, realmente no sabía si estaba bien que esperásemos ahí por el nacimiento de bebé que prácticamente no nos afectaba. Pero sí, a pesar de que mi relación con Ben era estrictamente profesional no podía decir lo mismo de Ángela, como ya había deducido tiempo atrás, era uno de los pilares que me sostenían en pie, era de esperar que estuviese ansiosa porque ella estuviese pasando un momento tan importante en su vida. Tener un bebé… era algo que siempre había pensado pero que siempre había visto esa posibilidad muy lejana. Quería hacerlo, pero no había llegado mi momento. El reloj biológico, como lo llaman, todavía no había despertado mis instintos maternales, aunque cuidase a Seth y lo quisiera casi como si fuese mi propio hijo no era nada, solo algo que sentía que debía hacer… era mi hermano después de todo.
Vi un borrón negro corriendo por el pasillo, en seguida pensé en Alice… pero eso era imposible, y segundos después una sonrisa con patas se puso frente a nosotros.
– ¡Soy padre! –gritó Ben dando saltos.
Nessa y yo nos pusimos en pie al unísono y nos abalanzamos a abrazarlo, por todo el hospital solo resonaban nuestras risas y los sollozos apagados de Ben… ¿acaso estaba llorando? Me aparté un poco y sí, dos gruesas lágrimas descendían por sus mejillas, supongo que ser padre no es algo que pase todos los días…
Unos minutos después nos permitieron entrar a ver a Ángela, entramos los cinco en tropel a su habitación, suerte que todavía no la compartía con nadie. Jake y Edward se quedaron alejados, apoyados contra la pared opuesta a la cama. Ben se apresuró a sentarse al lado de su mujer pasando un brazo por sus hombros y dedicándoles una mirada de adoración a las personas que había sobre la cama. Ness y yo nos abalanzamos hacia la cama. Ness comenzó a decir cosas incoherentes sobre ropa azul y cientos de fotos, a lo que Ángela la miraba entre asombrada por ala velocidad a la que hablaba y asustada por lo que podría estar diciendo.
Y yo me quedé embobada… mirando ese pequeño bultito que dormía completamente ajeno al mundo entre los protectores brazos de su madre. Era totalmente asombroso que esa diminuta personita minutos antes estuviese dentro del vientre de su madre… era impensable también que de un momento de amor entre dos personas fuese posible que naciese otra persona… no sé lo que pasó dentro de mi pecho, sentí un click, y la necesidad de tener a bebé en brazos se hizo casi insoportable.
– ¿Puedo cargarlo? –le pregunté a Ángela en un susurró.
Ella solo asintió y extendió los brazos hacia mí. Cogí a la pequeña personita entre mis brazos, su calor me embriagó al instante, y sin más abrió sus pequeños y brillantes ojos. Me miró fijamente y no pude evitar sonreír… era algo tan… único.
– ¿Estás bien? –susurró Edward en mi oído.
Asentí sin apartar la mirada de ese pequeño bebé, y noté como dos lágrimas rodaban por mis mejillas.
– ¿Seguro? –volvió a preguntar
– Solo echo de menos a Seth –murmuré.
No dijo más, solo se alejó dejando un pequeño beso en mi sien antes de hacerlo. Y yo me quedé allí, mirando fijamente al bebé que ahora dormía plácidamente entre mis brazos.
– ¿Cómo se llama? –les pregunté a Ben y Ángela.
– Brian Cheney –dijo Ben totalmente orgulloso.
