Capítulo 22
Con el plato de su desayuno a la mitad, Elsa declinó su ingesta y lentamente bajó el tenedor hasta la vajilla, soltándolo sin hacer ruido. De repente no tenía apetencias; el aroma de la comida no le parecía suculento ni deseaba algún bocado de lo que, en apariencia, era una exquisitez.
O, en realidad, finalmente su voluntad había dicho basta, porque desde un principio se obligó a comer aunque algo en ella se negaba. Al entrar y ver el desayuno, no había sentido inclinación por alimentarse, pero fingió que todo era normal, cuando lo cierto es que se sentía extraña.
Alzó la mirada de las pequeñas rebanadas de salmón y suspiró, moviendo su mirada en la solitaria habitación, sin guardias, sin sirvientes, sin comensales y sin ruido, por primera vez intranquila ante ese panorama habitual. No estaba acostumbrada a tener compañía en el comedor y, no obstante, aquella mañana le producía rechazo… del que seguía un disgusto consigo misma, pues no debía sentirse así.
Con las manos sintiendo cosquilleos, se apartó el flequillo de su frente, repitiéndolo cuando este cayó inmediatamente, haciendo que frunciera el ceño y empuñara sus manos unas cuantas veces, presa de un pequeño arrebato que le llevó a ponerse de pie con una larga inspiración. Inquieta, hizo recorridos de su silla a la ventana, notando los latidos crecientes de su corazón. Necesitaba… necesitaba…
Ausente de calma, Elsa pensó que no sabía qué necesitaba en ese instante, era incapaz de entenderlo, pero reconocía que le hacía falta algo.
—Detente —se reprendió en medio de su agitación. No podía perder su tiempo ni su compostura por eso.
Su particular crianza la ayudó a recomponerse con mayor rapidez que otros, llevando a la práctica algunas pequeñas acciones que estaban tejidas a su mente con un hilo irrompible, como respiros y conteos con los que llegó a dominar su cuerpo para no desatar sus poderes.
Apoyó sus manos en la mesa con la cabeza inclinada, cogiendo aire hasta que lo creyó suficiente, si bien no recuperó su normalidad.
Irguiéndose, se apresuró para ir al mejor remedio que tenía, que era ocuparse con sus múltiples responsabilidades para distraer a todo su ser de situaciones indeseables.
Apenas salía del comedor Skygge apareció en su campo de visión.
—Buenos días, travieso —saludó cariñosamente al minino, que se detuvo y maulló al volver su rostro hacia ella. No lo había visto en más de un día, escurridizo como era; algunas veces sabía de sus hazañas por otros.
Caminó hasta su gato que, en lugar de rozarse con su pierna, avanzó unos pasos y giró su cabeza un segundo antes de continuar su andar, conducta que repitió un metro adelante. Igual que en otras ocasiones, ella lo siguió, suponiendo que eso quería.
Detrás de él, observó con aprecio los cambios experimentados en el felino desde que llegó a su hogar, ya no era tan pequeño y delicado, sino que su figura había adquirido la resistencia y fortaleza de un gato adulto, acompañadas con el porte de su andar. Tenía al menos sesenta centímetros y poseía buen tamaño de cuerpo, lo cual le embargaba de admiración y temor, porque era fascinante ver su crecimiento, pero al mismo tiempo sabía que su vida era más corta que la suya.
Le recorrió un escalofrío ante tal idea sombría, y al hacerlo se percató del lugar al que había sido guiada por Skygge, estremeciéndose de nuevo.
Estaban frente a la puerta de la oficina de Hans.
—Él… no está ahí —musitó haciendo una breve pausa.
Skygge arañó la madera con sus garras, maullando; para que él comprendiera, Elsa buscó en su bolsillo la llave y abrió la puerta. Él entró presuroso mientras ella se lamía los labios y veía el pulcro sitio que había dejado su marido, notando lo ordenado que era con todo. El lugar estaba como ella se lo entregó meses atrás.
Recordó la reacción de Hans y sintió que la esquina de su boca tiraba por una sonrisa. Tenía mucho tiempo sin una travesura y le gustó poder hacerlo.
Aunque nunca habría imaginado la respuesta que suscitó… su primer beso había sido memorable y…
Un sonido de tela rasgándose la apartó de sus pensamientos. Ojiabierta, tardó un segundo en entender y ubicar al felino, después corrió detrás del escritorio, tomando a Skygge en brazos para que no destrozara el asiento de Hans y se convirtiera en su enemigo. Sin embargo, él la recompensó con un rasguño en su mano antes de correr hacia la otomana junto a la ventana, brincar sobre ella y sentarse en el alféizar para mirar al exterior.
Contempló a Skygge con el ceño fruncido.
—Eso no estuv…
Un maullido tenue le causó una punzada en el pecho. Tragando, se llevó su mano herida a la altura del corazón, dolido por su pequeño.
Sonaba triste.
—Va a regresar —dijo acercándose, sabiendo que su gato debía extrañar a la persona que formaba parte indispensable de su vida.
¿Se habría despedido Hans de Skygge? Dudaba que sí, a pesar de que a veces demostraba consideración hacia él, aceptándole cuando le buscaba.
—Volverás a verlo —agregó suavemente una vez que se sentó junto a Skygge, que saltó a su regazo y se acomodó en él.
Empezó a acariciarle con cariño, encontrando tranquilizante aquel consuelo silencioso, más que sus acciones en el comedor.
—Hans regresará, Skygge —reiteró en un susurro, sin importar que solo ellos dos se encontraran en la habitación. Sus palabras nacían de la certeza que sentía por el tema, quizá no existía una fecha determinada, pero él estaría de nuevo en Arendelle como habían acordado.
Si no tenía percances en sus travesías.
Con un ligero temblor, la mano que frotaba a Skygge delató de la inseguridad que le producía el viaje marítimo. Su malestar aumentaba al saber que la ruta debía evitar los icebergs de los mares nórdicos y el Atlántico Norte, lo que tal vez estaría haciendo en ese mismo instante.
Elsa agitó su cabeza en negación, recordando que él tenía un grado de Almirante, era listo y se amaba de sobremanera, por lo que haría hasta lo imposible por no perder su vida.
Hans estaría bien, discurrió aligerando sus hombros tensos.
Los minutos pasaron y siguió mimando a su felino aun cuando este se durmió, obviando las actividades que debía hacer ese día. Nada demasiado acuciante le esperaba.
Y habría sido perfecto si su mente no hubiese decidido que la situación se mezclara con los restos de la sombra en su interior, permitiendo que una serie de ideas aparecieran en su cabeza como sigilosas serpientes llenas de veneno.
Su mano libre se posó en su vientre plano, del cual no sabía si albergaba vida, pero que involucraba el rumbo de sus pensamientos.
En el futuro tendría que pasar por escenarios similares y mucho más dolorosos, ya que las expresiones de sus hijos por la partida de su padre le romperían por completo el corazón. Habría gimoteos, lágrimas y llamados para contar con su compañía, rogarían por sonrisas, besos y abrazos, pedirían momentos de juegos, aventuras y experiencias que no podrían tener en su ausencia… lamentarían vivencias imposibles de repetir… buscarían la calidez y el amor que se perderían al separarse por un continente.
Y, por si eso no fuera poco, llegado el momento, tendría que presenciar la pena de su primogénito cuando tuviera que permanecer en Arendelle mientras su hermano partía con su progenitor… a la vez que tendría que soportar meses apartada de su hijo más joven.
¿Sería lo suficientemente fuerte para pasar por ello?
¿Cómo harían Hans y ella para mitigar los efectos de sus decisiones?
Se abrazó a sí misma.
(No aceptado sus deseos de que alguien más lo hiciera.)
{…}
Todas las ocasiones que Hans regresaba a Nueva York después de un viaje, se llevaba la impresión de que las calles se encontraban más concurridas y que el puerto ya no daba abasto para las constantes embarcaciones que llegaban diariamente.
Cada vez más personas, como él, se asentaban en aquella floreciente ciudad, muchas de las cuales aspiraban a contagiarse del auge económico que predominaba en la localidad, involucrándose en las actividades comerciales que casi nunca se detenían. El deseo de triunfo era una constante en los rostros de los ciudadanos, desde los que estaban en las fábricas, hasta los que dominaban las altas esferas mercantiles. Y, con ello, el empuje a la competencia no faltaba.
En pocas palabras, en aquel rincón del país americano no había paz.
Su mente curiosa se preguntó cómo se habría sentido cierta platinada en ese ambiente tan distinto al de su remoto reino. Sus orbes cristalinos serían incapaces de contener el asombro por su alrededor, cuyo ritmo frenético todavía no era igualado por algún territorio europeo.
Una lástima que rechazara su invitación, se dijo el cobrizo esbozando una sonrisa torcida.
Probablemente todos los caminos llevaran a su cama.
Un toque a su costado acabó con su diversión pasajera. Al segundo, soltó un gruñido y mecánicamente su cuerpo asió con su mano a quien le había empujado, atrapando al pilluelo que osaba robarle de su bolsillo; era la señal perfecta para recordarle dónde se encontraba y devolverle el estado alerta que había puesto en pausa unos meses en el idílico Arendelle.
Colocó a su presa frente a él, sujetando sus muñecas con una mano mientras hacía inútiles intentos para escapar. No pedía ayuda, pues los transeúntes no iban a meterse a defender a un niño de calle, ni interrumpirían su jornada para un hecho común en la ciudad.
Observó al ladronzuelo y sintió algo dentro de él anudarse. Era un chiquillo menudo, con la apariencia de un niño de ocho años, aunque seguramente su falta de buen desarrollo le impedía mostrar su verdadera edad; sus cabellos y ojos eran del mismo tono que los suyos y tenía pecas en su rostro lleno de hollín, por lo que podía pasar por familiar suyo. Su cara era enjuta, tenía el cuerpo descarnado y podía sentir los huesos de sus muñecas con facilidad. Un soplo de aire podía tumbarlo.
En cualquier momento la falta de comida le haría perecer, razón de peso para no perder el tiempo. Y, aun con toda la maldad que cabía en su ser, Hans no fue capaz de dejarlo a su suerte.
Daphne haría su trabajo con él; no le nacía cuidarlo personalmente, pero podía ponerlo en las manos de quien le apoyaría.
—Debiste rodar el carbón en tu pelo, golfillo —manifestó con aparente gracia, ignorando la sequedad de su garganta—, con ese color te pillan rápido.
La mirada temerosa y desafiante del chico cambió por una colérica mientras inflaba sus mejillas.
—Eh, eh, si me escupes te amarro piedras a los pies y te hundes en el Hudson —advirtió en un tono que no dejaba lugar a dudas, mintiendo como el experto que era. La piel del menor se erizó y asintió con la boca apretada. —Chico listo.
—Te robé naa, bruto —refunfuñó su presa. —Suéltame.
—No me pudiste robar porque tengo los bolsos vacíos, pero vendrás conmigo. ¿Tienes amigos? —El semblante del chico se ensombreció y sus ojos se humedecieron, logrando rozar sutilmente la sensibilidad de Hans. Estaba solo. —Espero que te despidieras de ellos esta mañana, porque tengo algo planeado para ti.
Le soltó una muñeca y empezó a avanzar llevándolo casi a rastras.
—¿Qué me vas' hace', bruto! ¡Déjame! —se quejó el niño.
—Dame tu nombre. —Daphne se lo pediría.
—¡No!
—Si no tienes nombre no te darán comida ni cama.
—Tú no me vas' da' eso, bruto.
Hans se rió. —Por supuesto que no, pero la persona con la que te llevo sí, y necesita tu nombre.
—¿Y yo cómo sepo que tú dice la vea'? —gruñó en respuesta el menor. —Yo me voa morir si tú queres 'e yo te chupe como ese viejo le dijo a Coyote, le pegó duro y ya no'brió los ojos po'que dijo 'e no iba' hacelo. El viejo le dijo, "si no me lo chupas, te mueres, rata 'e basurero".
Él hizo una mueca por esos bastardos que utilizaban menores para su placer; le revolvían las extrañas esa práctica que no acababa por muchos esfuerzos que se hicieran. Las autoridades miraban hacia otro lado por el soborno que recibían y porque muchos de los niños abusados eran de la calle, quienes vivían en las sombras y carecían de valor en numerosos círculos sociales.
Se detuvo e inclinó a la altura del chiquillo, con actitud condescendiente. —¿Y si no te miento? Si te suelto y en la noche que duermes en el suelo, con hambre, piensas en una comida caliente, un baño y una cama suave, ¿no te arrepentirás sin haber visto a dónde te llevo? Si el lugar no te gusta, solo tienes que salir por la puerta.
Recobró su altura.
—Soy Johans —compartió al tiempo que soltaba la muñeca del niño para darle la libertad de escoger. Nunca había hecho esa tarea a la que Daphne y las suyas se enfrascaban continuamente, pero se aseguró que su intuición no podía ser muy errada. Era tonto que firmara cheques sin tener una idea de cómo hacer el trabajo de la causa que apoyaba.
Se alejó unos pasos cuidando no mirar sobre su hombro.
—Tu nombre 'ta feo, bruto. Ama me decía Charlie y Coyote me decía Zorro, pero y'ace mucho. —Contuvo una sonrisa de satisfacción al oír la voz aguda a su derecha.
—Me gusta mi nombre, Charlie, no te lo estoy dando.
El aludido bufó y continuó caminando a su lado, sin dedicar demasiada atención a las miradas intrigadas a su alrededor, que buscaban explicaciones a un hombre vestido elegantemente en compañía de un menor con ropas hechas jirones. Hans apostaba que, aquellos que le reconocían, pensaban que era su hijo perdido.
Al día siguiente la noticia aparecería en la sección de chismes de los diarios, conociendo los alcances del aburrimiento de la gente. Sería un tema jugoso del señor H. después de seis meses lejos de la ciudad.
Desafortunadamente, una ínfima parte se acercaría a la verdad en relación a la pérdida.
Qué irónica la similitud de rasgos con Charlie.
En silencio, recorrieron el corto camino a la mansión de tres pisos acondicionada para ser el refugio de menores, arribando a los pocos minutos.
Charlie soltó un silbido. —¿Tengo 'e limpiar la chimenea?
Rió entre dientes.
—Vamos.
Hans se dirigió a la puerta, tomó la aldaba de bronce y llamó con fuerza, mientras Charlie hacía sus maniobras de ladronzuelo para sujetarse al alféizar de una ventana lateral y tener la oportunidad de espiar el interior con ojos entrecerrados.
Escuchó unas voces infantiles llamando al ama de llaves, Violet, quien apareció cuando la puerta se abrió.
—Henrik, buenas tardes, un placer verte. ¿Estás aquí para hacer una donación? Pasa.
—Buenas tardes, mi motivo de visita cumple otro propósito. ¿Se encuentra Daphne? —pidió para no perder tiempo con nimiedades.
—Claro, está aquí el día de hoy. Adelante.
—Ven, Charlie —indicó al chico con una mano. Él titubeó dejándose caer al pavimento, tomándose su tiempo hasta colocarse frente a la puerta.
Violet frunció el ceño antes de colocar una sonrisa en su rostro al ver a su nuevo habitante.
—Eres bonita —dijo Charlie observando a la mujer con admiración, lo cual Hans entendió bien, porque Violet Richardson era apenas unos años mayor que él y poseía un rostro agraciado que venía con una cabellera como el ébano y ojos que hacían honor a su nombre; además, ese día sus prendas de color azul oscuro realzaban su beldad.
—Gracias, tú eres un niño muy guapo. —Este cobró un notable color rojizo en todo su rostro. —¿Te llamas Charlie? Yo soy Violet. Bienvenido. —Ellos atravesaron el portal y ambos adultos fueron testigos de las primeras impresiones que generaba el lugar en el menor; en medio de su recelo, había sorpresa y anhelo en su rostro infantil. —Los llevaré al Salón de tréboles mientras busco a…
—¡Hans! ¡Qué felicidad verte!
—Me parece que ya no debo ir a por ella —concluyó Violet ante la llegada de la otra pelinegra.
—Qué oportuna, Daphne —saludó él, habituado a la expresividad que la mencionada compartía con su hermano menor, Joseph.
Ella soltó una risa. Llegó hasta ellos y bajó sus ojos a Charlie; se arrodilló en el acto, indiferente a ensuciar su vestido naranja. —Aquí hay alguien a quien no conozco. Soy Daphne, ¿y tú? —preguntó con tono suave.
Él permaneció cabizbajo unos segundos.
Daphne mostró su tristeza durante un instante, para después enmascararla a la perfección, como ya la había visto hacer en otras ocasiones. —No tienes que decirme si no lo deseas… no me gustaría obligarte a hacer algo que no quieres.
—Charlie. —El niño alzó el rostro y se congeló mirándola a la cara. —También eres bonita. Tus ojos verdes tienen puntitos grises, como los de Coyote, me gustan.
—Gracias, a mí me gustan los tuyos. Mi color favorito es el verde y tus ojos son verdes y brillantes, que me gustaría que los demás los vieran. ¿Te gustaría, Charlie? Violet puede mostrarte la casa. Si te gusta, puedes quedarte a vivir aquí o solo venir a hacer amigos.
—¿Me puedo irme si no me gusta? —musitó Charlie con tono indeciso.
—Sí. Si no quieres, puedes tomar el almuerzo con los demás y decirnos adiós. O visitarnos mañana, y el día siguiente, y el siguiente.
—'ta bien.
—¿Qué te gustaría ver primero, Charlie? —intervino Violet.
—La cocina.
—Excelente elección, desde ahí podemos salir al patio trasero y saludar a los perros.
—Espera, Violet —interrumpió Charlie, que se giró hacia él. —Adiós, bruto.
Presintió que era la manera del niño de agradecerle y hacerle saber que le daría una oportunidad al refugio.
—Cuídate, Zorro.
Los ojos de Charlie brillaron con rastros acuosos, pero ninguna lágrima cayó; en su lugar, elevó la barbilla con orgullo, haciendo alarde de los aprendizajes adquiridos al vivir en las calles.
Hans reconoció que nunca cambiaría ni olvidaría su difícil infancia, mas esperó que pudiera mejorar a partir de ese día, por su bienestar. Y tenía la certeza que ese refugio haría lo imposible para conseguirlo.
No apartó su vista de la espalda de Charlie hasta que desapareció, dejándole con una mezcla de sensaciones que resultaban incómodas. Eran patéticas y muestra de que debía limitarse a sus apoyos monetarios… la próxima vez que se encontrase con un chiquillo en sus mismas circunstancias, lo dejaría ir y encargaría a alguien la tarea de buscarlo. Poseía los medios para ello, ya que vivir eso de forma constante le haría dar un cambio radical a su persona.
—Es difícil, ¿no? El día que mi corazón no se estremezca habré extraviado mi humanidad. Cuidaremos bien de él, como de los otros. —Ella sonrió con entusiasmo.
Hans se encogió de hombros con una pose de indiferencia. —Sé lo que hacen, Daphne —expresó sarcástico.
—Charlie estará agradecido de por vida contigo, bruto.
Puso los ojos en blanco.
—Platícame, ¿cuándo regresaste? Te casaste demasiado pronto y no pude estar en tu boda, me muero por conocer a Elsa en persona. Tuvo que venir contigo.
—Me voy a mi oficina —anunció, evitando esa parte de su personalidad de la que más valía librarse.
Se dio la vuelta.
—Jo te ha extrañado, Hans, tienes que ir a verlo.
—Hasta luego, Daphne.
—Si tu esposa está aquí, házmelo saber con Jo, quiero conocer a la única mujer con la que estuviste dispuesto a casarte. Es especial.
—Ella prefirió quedarse en Arendelle —replicó impasible, presintiendo que la pelinegra no cesaría hasta saberlo.
—¡Oh! ¿Quieres hablar de ello?
Abrió la puerta por sí mismo y abandonó la mansión, deteniéndose después de que descendió los escalones de entrada; regresó su vista a la edificación, tras lo que observó a su alrededor, comparando las circunstancias actuales con las que estuvo los últimos meses.
Si bien su comportamiento con Charlie habría sido mejor que el suyo dada su naturaleza de pensar en el bienestar de los demás, al final era cierto que Elsa tomó la decisión correcta al no viajar a América. Después de la pérdida de su bebé, lo último que necesitaba era más de los infortunios de la vida y un mundo que podía asfixiarla.
Su esposa ya había pasado por mucho.
(Y él no deseaba más a la lista, aunque hubiera disfrutado su presencia ahí.)
{…}
Hans golpeteó sus dedos contra la superficie de su escritorio, marcando un ritmo continuo que comenzaba con su meñique y terminaba con su índice, apenas captando el ruido que hacía, pues tenía abierta la venta y los sonidos de la calle llenaban sus oídos. Junto a su mano descansaba el reporte que había estado leyendo minutos antes, olvidado una vez que había acomodado su agenda para atender el asunto contenido en las líneas.
Podía decir que la apatía y el aburrimiento reinaban en él, sentimientos que tenía bien identificados por momentos similares en el pasado. Las cosas resultaban sencillas, ocupando poco de su ingenio y resultando en nada de emoción. Los días estimulantes del principio, cuando comenzaba a amasar su riqueza, ya le sabían lejos… quizá necesitaba plantearse muchas cosas, hacer cambios, probar algo nuevo, pensar diferente.
En realidad se encontraba seguro de necesitarlo; estaba midiendo cuánto tiempo más podría retrasarlo; el aguante de su propio hastío, la indecisión sobre qué exactamente estaba buscando y el desconocimiento de lo que en verdad le hacía falta.
Hechos que en Arendelle pasaban a segundo o tercer término.
Emitió un sonido de molestia, requiriendo un trago que le calentara las entrañas y se extendiera en sus terminaciones para relajarle los ánimos.
Guardó los documentos bajo llave y cerró la ventana antes de abandonar su oficina, ignorando la oscilación del timbre del teléfono.
—Terminé por hoy, Adam —le dijo a su secretario, que no necesitó la orden de responder el llamado.
—Disfrute de su tarde, señor —se despidió el rubio dirigiéndose al interior de la oficina para atender a quien estuviera del otro lado, cuya información sabría al día siguiente, a menos que fuese sumamente importante y su siempre eficiente trabajador se diera a la tarea de localizarlo, aunque él no diera indicaciones de su ubicación.
Una vez había interrumpido su visita al barbero, la cual no estaba en su agenda.
Por tal motivo es que lo tenía en la posición que ostentaba. No confiaba en él, pero Adam era la clase de persona que solo tenía el trabajo en su mente y quería todo perfecto, lo que le hacía un buen elemento en su negocio.
Joseph juraba que se volaría los sesos antes de romper su lealtad.
En la cochera, su chófer se apresuró a alistar el carruaje; generalmente salía durante el día usando ese medio dependiendo de la distancia, pero había prohibido que los caballos permanecieran amarrados. Asimismo, podía esperar el tiempo que llevaba la tarea, dado que su castigo en las caballerizas le había enseñado bastantes cosas sobre ese privilegio.
—Iré al Andrews —indicó antes de subir al vehículo.
Thomas no se demoró en trepar al pescante y pronto se adentraron en las transitadas calles, siguiendo la ruta que les llevaba más rápido al club de Joseph.
Si quería una bebida, un buen whisky, no podía ir a otro lado. Nadie ofrecía mejor calidad que ese bastardo, lo llevaba en la sangre.
—Ya no necesitaré de tus servicios, Thomas, vete a casa —dijo al llegar a su destino. El chófer de Joseph lo llevaría a su residencia más tarde.
—Hasta mañana, señor Henrik —se despidió su empleado.
Dejó el único golpe a la puerta. Esta se abrió de inmediato.
—Callum —saludó Hans al hombre que ese día custodiaba la entrada principal del club, quien asintió en respuesta permitiéndole el ingreso.
El olor a humo y colonia varonil lo recibió con los brazos abiertos, dándole la bienvenida a ese club exclusivo, en el que Joseph acostumbraba a encontrarse, por ser su establecimiento más tranquilo. Los demás clubes, abiertos al público, y donde abundaban el juego de apuestas y el bullicio, pocas veces le permitían estar quieto y coordinar sus asuntos; solo iba para supervisar.
Al ver a su alrededor, recordó que Andrews no estaba abarrotado a esa hora y lo agradeció, teniendo la libertad de escoger dónde sentarse.
Se decantó por un sillón individual junto a la chimenea de la izquierda; subiría los pies y leería una de las revistas mientras disfrutaba de su whisky. Los candelabros y lámparas todavía no estaban encendidos, ya que los largos cortinajes marrones estaban alineados a los bordes de las amplias ventanas, permitiendo que la luz natural de la tarde iluminara puertas adentro.
—¡Johans Henrik!
Hans rodó los ojos al oír su nombre, deteniendo su camino para girarse a su derecha; Joseph se aproximaba serpenteando los asientos de cuero y las mesas de caoba sin fijarse por dónde iba, apenas levantando los pies de la alfombra de terciopelo rojo. Con su vestimenta de tono negro y detalles dorados, se presumía como el amo y señor del club.
Se palmaron las espaldas a modo de saludo.
—Iba a revocar tu membresía al final de esta semana si no te aparecías por aquí —comentó el pelinegro cruzándose de brazos, señalando con la cabeza la pared donde estaban colgadas las placas doradas con las iniciales de los miembros, bajo la que estaban las reglas del lugar.
Resopló divertido. Llevaba menos de una semana en la ciudad para ese reclamo de no visitarlo.
—Haberlo dicho cuando visitaste mis domicilios los últimos días —repuso burlón.
Joseph soltó una carcajada.
—Vamos a un privado, vengo de la calle de terminar unas faenas y no tengo ganas de estar en mi despacho rodeado de papeles.
—Aprende a ser ordenado.
—Despide al señor eficiente y vuelve a decirlo.
Hans rió por lo bajo mientras tomaban la puerta de la izquierda que llevaba a las otras estancias del club —para practicar esgrima, hacer billar, jugar cartas, dormir, entre otras actividades—; sus paredes, como las del salón principal, estaban recubiertas de madera y tenían lámparas incandescentes, pero además contaban con cuadros de deportes y animales como gran parte de los espacios abiertos.
Subieron el tramo correspondiente de las escaleras y fueron a la primera puerta del pasillo. Joseph tocó para saber si estaba ocupada y, al no recibir respuesta, abrió, dejándolos pasar.
La habitación estaba un poco menos fresca que la planta baja y era más íntimo, así que, como Joseph, Hans se quitó su saco y lo colocó en el perchero. Así mismo, desabrochó sus gemelos mágicos, los guardó en el bolsillo de su chaleco y se arremangó la camisa hasta los codos, aclimatándose a la temperatura de abril.
—Un regalo de su Majestad, eh —dijo Joseph dándole la espalda para abrir el estante con las bebidas, ubicado detrás del escritorio que ocupaba la esquina derecha de la habitación.
Ignorando el comentario, él se acercó a uno de los libreros y pasó los dedos por la madera de roble. —He traído unos muebles de Europa de la mejor calidad, son piezas únicas.
—Nunca dudo por qué eres rico, siempre piensas en negocios. —La voz de Joseph estaba cerca, por lo que se volvió.
—Tú eres quien lo ha dicho, puede ser un regalo o una adquisición privada.
—Ahí me tienes. Sin embargo, los dos sabemos que vas a vender.
Aceptó el vaso con tres dedos del whisky.
—¿No hay hielo?
—Ya te acostumbraste a tu ilimitada dotación —bromeó el pelinegro—. Bajaré al sótano.
Ojalá Elsa lo hubiese oído, era tan estúpido que su cuñado tuviera ese puesto estando ella, hasta Joseph se daba cuenta.
—No, déjalo.
Encogiéndose de hombros, Joseph depositó su propio vaso en la mesita baja y se dejó caer en uno de los sillones marrones de cuero, provocando que se moviera unos milímetros hacia atrás, lo que sonó como un tenue siseo en la alfombra roja.
—El diván está en otra sala —señaló socarrón ante semejante desenfado.
—Disculpe, Majestad, por no comportarme con corrección en su presencia.
Dio un sorbo a su vaso sin darse por aludido. Paladeó el puro sabor malteado dando vueltas al recipiente, esperando que cumpliera con el objetivo.
Tragó y el golpe cálido cosquilleó en su garganta antes de descender hasta su estómago y propagarse por sus miembros.
Los ojos de su allegado miraron el techo color crema con expresión pensativa mientras Hans ocupaba el otro sillón chéster alrededor de la mesita, cruzando sus piernas.
—¿Cuándo comenzarás a vender esos muebles?
—Adam estará enviando invitaciones a compradores privados a partir del lunes y lo que no se venda será subastado en mayo, aunque dudo que llegue a eso. Si te interesa, te llevaré al almacén otro día.
—¿Tienes planes el domingo?
—¿Quedamos para almorzar?
—Me parece estupendo.
Ambos miraron a la puerta por los golpes que sonaron en ese momento.
—¿Joseph? —preguntó una voz conocida desde fuera.
—Sí, Hild, entra.
Tras la respuesta, el pomo giró y Hildbrand hizo acto de presencia, sonriendo como siempre.
—Únete a nosotros.
—Solo puedo tomar una copa. Estuve esperando por ti, Joseph, debí enviarte un mensaje antes para saber si te encontrabas. Salí del sanitario y me dijeron que aquí estabas. Hola, Johans, qué bueno tenerte de nuevo por aquí, Daphne me dijo que visitaste el refugio hace dos días.
Él se puso en pie y se dieron un apretón de manos acompañado de unas palmadas en los hombros. Inmediatamente después, Hildbrand se acercó al estante, cogió una botella de tinto y derramó parte de su líquido en el decantador. —El parque central se está muriendo, kilómetros desaprovechados —expresó desanimado conforme el vino se limpiaba, denotando la locuacidad bien conocida por ambos. —Tiene tanto potencial y van a dejar que se eche a perder a tan pocos años de su construcción.
—Daph estaría muy orgullosa de escucharte —dijo Joseph guiñándole un ojo a Hans.
Hildbrand sacó el pecho como un pavo real y procedió a servirse en su copa. A continuación, fue al último sillón disponible, apoyando el codo en el brazo de este para beber con facilidad; esa postura tendría a las féminas a sus pies, puesto que él era un Adonis con sus cabellos rubios ondulados y sus ojos azules como el mar profundo, y lo decadente de su comportamiento las atraería como polillas a la flama —curiosamente, vestía de color carmín.
Hans dio un nuevo sorbo a su vaso, pensando en el extraño trío que hacían ellos, con sus similares y diferentes personalidades. Eran las personas con quienes más se reunía en América —aunque no mucho con Hildbrand, cuyo mundo giraba en torno a la hermana de Joseph.
—Entonces, ¿ya acabó la luna de miel? —habló el ojiazul, que raras veces podía con el silencio, hecho que le llevaba a adaptarse a la gente para conocerla… y, por consiguiente, hizo que los tres se entendieran. —Regreso de la bella India y tú te casas, ¡creí que Joseph lo haría primero! Perdí mi apuesta con Daphne.
Él y Joseph prorrumpieron en risas.
—¿Fuiste en contra de ella? —cuestionó el hermano menor de la susodicha, muy escéptico. —Te lo aplaudiría en otras circunstancias, Daph siempre ganará cuando se trate de adivinar el futuro.
—El premio era lo suficientemente bueno —se excusó Hildbrand en tono sugerente.
—¡Oh, calla!
—Está bien. Está bien. A lo que yo iba es… ¡Johans Frederick Henrik Westergård se comprometió y se casó en menos de seis meses! El más reacio a las relaciones pasó por el altar, ni más ni menos que con la reina del…
—Piensa muy bien cómo terminarás esa frase, Hildbrand —cortó de forma afilada; no había necesidad de disimular una amenaza.
—La reina del hielo, aquella a la que intentaste matar —terminó el rubio sin inmutarse, haciendo que Hans se reprendiera a sí mismo por su vehemencia. Hildbrand era inofensivo para dar una connotación insultante a su esposa, a diferencia de otros. —¡Es la historia de la década! ¿Cómo fue que…?
—No te lo dirá, Hild, lo intenté en su reino.
El rubio suspiró.
—Ahora bien, ¿por qué tu esposa y tú están separados? ¿Hay alguna buena noticia que le impidiera acompañarte?
Experimentó un vuelco en la boca del estómago.
Para que no le felicitaran inútilmente, admitió: —Ella no se encuentra en estado.
O eso asumía.
Si Elsa estaba embarazada, para entonces tendría la sospecha, y en aproximadamente un mes él lo sabría… lo que, para ser honesto, no sabía cómo afrontar… cuál expectativa tener.
Mejor dejar el tema de lado hasta la hora de la verdad o se podría obsesionar.
—Entonces, ¿solo se verán unos meses durante el año? Curiosas costumbres de la nobleza, no podría estar apartado de mi esposa por un océano.
—Muchos pensarían que ese es el mejor arreglo del mundo —comentó Joseph divertido. —Aunque tengo que concordar con Hildbrand… me sentiría reacio a alejarme de mi mujer si fuese como la tuya.
Hans frunció el ceño, recordando que Elsa había considerado al pelinegro como una opción con la que…
Bebió de un trago el whisky, pasándolo como si se tratara de agua, antes de pararse para servirse más.
—…pero es probable que su Majestad permanezca fiel a él, porque una mujer hermosa y poderosa con muchas opciones escogió a nuestro Johans, no querría a cualquiera.
Si tan solo supieras… pensó Hans con ironía, obviando la pequeña —y fuera de lugar— dosis de complacencia que sintió.
—Solo haces que aumente mi curiosidad… Johans, ¿podría ver una imagen de ella?
Él ni siquiera tenía eso.
Joseph rió. —Hombre, mi hermana tiene que oír lo que acabas de preguntar.
Hans se sentó de nuevo, negando para sí.
—De los dos, ella es quien más la quiere, Joseph —comunicó en tono aburrido.
—Al menos hice lo que pude. Aprenderás las buenas consecuencias de tener a tu mujer feliz.
—¡Demonios, Hildbrand, deja tus insinuaciones con mi hermana!
El aludido sonrió de lado. —No hablé de sexo.
Joseph acabó su vaso vehementemente. Hans soltó una carcajada, conteniendo las ganas de imaginarse esa felicidad de su esposa… cosa difícil.
Tras dejar su copa en la mesita de centro, Hildbrand se puso en pie. —Otro día trataremos el asunto por el que vine hoy, Joseph, no creo que estés de humor. Si me disculpan, tengo planes importantes.
—¿Daphne? —dijo Hans con retintín.
—Sí, iremos a cenar. Hasta luego, caballeros.
Con aire despreocupado, el américo-germano abandonó la sala.
—Me reiría de su enamoramiento si no fuese de mi hermana —masculló Joseph yendo por la botella de whisky, que dejó en la mesa con un ruido seco.
Hans arqueó una de sus cejas, sacando una carcajada del moreno. Ninguno de los dos perdía la oportunidad de hacer bromas sobre el amor que el rubio no tenía reparos en profesar.
—Sí, bueno, ahora que estamos solos, quisiera darte algo. Te vi cuando llegaste, me regresé a mi despacho por esto. —Joseph se paró del sillón y fue a su saco, del que extrajo una caja pequeña. —Feliz cumpleaños, Johans —dijo tendiéndole el obsequio.
—Gracias —respondió ocultando su sorpresa. El año anterior, en agosto, él le había comprado algo porque tuvo una fiesta y no podía presentarse sin un regalo. Esto era diferente.
Preguntándose de qué se trataba, abrió la caja. Dentro había un reloj dorado de bolsillo con una cadenilla de oro; no obstante, al levantar la tapa se encontró con una brújula.
—Para que conozcas el rumbo. Eres marinero, pero, a veces, en las peores tormentas, hasta el mejor de ellos no sabe en qué dirección ir.
Joseph no podía saber su debate actual. Era listo, mas no había manera en que tuviera conocimiento de algo que se esforzaba en ocultar hasta para sí mismo.
—En una tormenta no te preocupas por la rosa de los vientos, ya te daré unas clases —manifestó guardando la brújula en el mismo bolsillo que sus gemelos.
El americano rió. —No creo que seas el instructor más paciente, Johans. ¿Juegas ajedrez?
Asintió y se cambiaron a la mesa, pasando un rato tranquilo intentando ganar al otro. En ese transcurso, Hans admitió que, fuese deliberado o no, el pelinegro resultó más útil que el alcohol.
NA: ¡Hola!
Capítulo largo, ausencia larga: ¿qué esperar de la nota?
Esta historia se encuentra ubicada de 1880 hacia arriba, y alrededor de entonces, en EU transcurrió la "Gilded age (edad de oro/dorada estadounidense)", donde hubo un rápido crecimiento económico de este país, principalmente de lugares como Nueva York, así que es un buen lugar para que Hans tenga la base de su emporio; por lo que llegué a leer, empezó a poblarse rápido en el siglo XIX y a finales de este prometía como sitio de residencia. Lamentablemente, la otra cara de la moneda fue la desigualdad y es a lo que nuestro querido protagonista se vio enfrentado. Además, los dos miembros del trío de Hans son hijos de inmigrantes, porque es parte de la historia de EU (encontré por ahí que en los años 1840, alemanes emigraron para mejorar sus condiciones).
El parque mencionado por Hildbrand es Central Park, que se construyó en ese siglo; eso de que fue en deterioro lo leí en la wiki y otras páginas, y me gustó para un diálogo, así que lo usé.
Para el club de Joseph me guié en el Savile Club, un club de caballeros antiguo, búsquenlo y verán un poco mi idea. Dentro de esto mismo, los sillones chéster o Chesterfield tienen una historia interesante: un hombre aristocrático le pidió al ebanista una silla donde pudiera sentarse con la espalda recta, así elegante, que tampoco arrugara su vestimenta. Y solo porque es hombre olvidado, los cubitos de hielo existían, fueron gracias a Frederic Tudor, el "Rey del hielo", quien ideó cómo transportar hielo antes de la refrigeración.
Como punto final, al principio de este fic hablé de las lámparas de queroseno (y que fueron comunes hasta 1870), pero en este capítulo mencioné que el club de Joseph tenía incandescentes (bombillas). Ambas cosas son posibles. Las bombillas empezaron a comercializarse en 1880 en EU, y por ese tiempo en NY comenzaron a existir calles iluminadas con focos (busquen Pearl street, primera calle con electricidad), así que no es raro ahí ni imposible (no nos vamos a meter en temas de Tesla, Eddison, etc.)... Sin embargo, como reflejaron los cambios de Hans en el castillo, en Europa tardaron más en modernizarse, así como en sitios con menos acceso al dinero, de modo que sí es válido el uso de las lámparas de queroseno, de gas y de petróleo en un sitio y que hubiese electricidad en el otro. [Por otra parte, Hans no llevó bombillos a Arendelle porque era más complejo y en la historia la primera casa electrificada en el continente europeo fue un castillo de Rumania.]
Terminado el espacio histórico, proseguimos con mis explicaciones de mi ausencia. Según yo iba a actualizar en febrero, ¡pero este nunca llegó! Estaba tan metida en otras cosas que llegó marzo sin apenas darme cuenta.
Ahora, a lo demás. Me quise esforzar en que este capítulo fuera desde la pena hasta la risa, toda vez que trataba de hacer ligeros e importantes los momentos difíciles abarcados en el capítulo.
Al inicio con Elsa. Oigan, un señor compartió un vídeo donde mostraba que su gato lo extrañaba cuando no estaba, ¡así que Skygge puede hacerlo! No cuestionen, es adorable que le haga falta Hans... y la rubia se identificó con él, ese momento de ansiedad de ella guarda cierta relación a que se fue, aunque es más por su soledad. Lo más triste de todo es que ella consuela al gatito y no tiene quien la apoye. ¡Abrázame muy fuerte amor, mantenme así a tu lado! (Mi papá está escuchando música y qué buena banda sonora para Elsa.)
El momento con Charlie. Antes del aborto, Hans no se habría involucrado directamente con el niño, lo habría dejado ir, pero cambió y por eso tuvo un acto de bondad. No fue tanto la desigualdad, él sabe del trabajo duro por su castigo y una vez tuvo un accidente en una fábrica, así que es consciente de las condiciones del pequeño. Asimismo, contribuía a la causa y ve a su alrededor. En resumen, no es inocente. En sí, es una muestra de que Arendelle hizo algo con él y lo diferente que es el reino a esa gran ciudad; así como un retorno al prólogo, en el que mencioné que sabía defenderse de los ladrones de bolsillo, es su realidad. (Solo no pase por sus cabecitas que en Europa no ocurría, estamos comparando Arendelle vs Nueva York)
El club. Tienen hombre para escoger; ejem, pues Hans fue al club en busca de apoyo moral, porque obviamente podía beber whisky en su oficina. Pobre, sentir celos de su mejor amigo y a la vez no poder odiarlo.
Y bueno, en cuanto a las tres escenas. Estas debían mostrarse para que viesen el contraste de los dos. Necesitaba que vieran esta parte de la vida de nuestro pelirrojo, porque eso que tiene en EU es lo que hace un poco más sencillo su caso; ha tenido apoyo emocional de más de una persona, aunque sea tan obcecado que no lo reconozca. Y eso benefició a su crecimiento individual. En cambio, a Elsa le fue al revés, y si pudieron ver el comparativo, su gato es la mejor apuesta.
Lo dejo hasta ahí, aunque podría seguir hasta contar de más.
¡Hasta la próxima! ¡Cuídense mucho! (Ya saben por qué)
Besos, Karo.
PD: Me han comentado que han releído, ¿podrían ayudar a esta autora a saber si existen discrepancias? ;3
Guest1: No quise romper tu corazón, amor. No podía estar en América ahora. Pero te juro que Anna no tratará de aparearla con alguien más porque la caída de la escalera le parecerá poco... ¡oh, espera! Todavía le toca sufrir. / Sí, me mantendré positiva porque la película no fue nominada para un Óscar, ¡y ahora con la cuarentena sus niños no pueden ir por los juguetes en los que apostó! Estarían conformándose con la obra de arte en su plataforma. ¿Sabes? Me quedé con las ganas de esa escena del trailer donde Anna sacaba la espada y atacaba a quien venía detrás T-T . También creo que iba a tener a Hans y dijeron no en un momento de codicia y estupidez. Y la película está incompleta porque querían dejar la puerta abierta para la 3. (No hablemos de Anna como reina, en un fic mío la puse como tal y tuvo que ceder Arendelle 20 años después por acciones derivadas de su historia personal. Desde 2017 yo pensaba en su mal papel ja,ja.) / Gracias por tu comentario.
Guest2: Fue un milagro de enero que me ahuyentó los meses posteriores, vaya. Ja,ja, ¿descubriendo América o aumentando su población? Como diría Hans, todos los caminos llevaban a su cama XD. / Bueno, sí deben extrañarse, ¿tal vez el encuentro en Francia sea lo mejor? / Mi comentario siguiente no es negativo, pero como no me oyes no podré usar mi voz de alegría: Qué padre que te gustara Frozen 2, todos tenemos percepciones distintas y está bien. En mi caso concuerdo con la animación, fue muy buena, ¡casi me ahogo en el mar! Y obvio dejó con ganas de Helsa, qué fallo no darnos a Hans u.u . Ya cuando sea el tiempo justo compartiré mis ideas. / ¡Gracias por tu review!
Guest3: They say "absence makes the heart grow fonder", so, yeah, it would be intriguing to read their relationship in America, but absence is better in this case ha,ha, both need to see how their lives changed after marrying the other (or something like that, I don't remember how to write my idea in English, sorry. / Now, their goodbye was something to make them think. For Elsa, I had to choose and is good to know it was wise. / Thanks for r&r.
Guest4: "Por un momento pensé que Hans contrario a su forma de ser frío y calculador iba a sucumbir a un arrebato de impulsividad y secuestrar a Elsa llevandola con él a Estados Unidos..." ¡Ay, qué buen argumento! Está interesante eso, pero, como viste en el capítulo, hay distracciones para Hans en el país, por mucho que convivieran, obvio los amigos de él habrían sido perfectos cupidos, pero quiero que afloren los sentimientos de otra manera. ¿Sabes? Me gusta como para un minific jugoso ja,ja. / Una disculpa por tardar, espero no repetirlo. ¡Gracias, gracias por tu review!
