Capítulo 22. Llamadas vía chimenea
Si continuaba así, pensando sin parar en lo que había salido mal y en lo que le esperaba de ese momento en adelante, Draco iba a volverse loco. Así que hizo una tontería que, al menos en ese instante, encontró bastante tentadora y necesaria: se bebió una botella completa de poción para dormir sin soñar.
A duras penas alcanzó a llegar a su habitación antes de desplomarse como peso muerto sobre la cama. Su último pensamiento antes de sucumbir al sueño fue que, ojalá, al despertar, su alma dejara de añorar con aquella desesperación a la familia que no iba a poder recuperar jamás.
Fue volviendo a la consciencia de a poco porque alguien le estaba llamando a gritos. O al menos, eso creía Draco... Todo se escuchaba muy lejano y ahogado, y él, por más que lo intentaba, no podía abrir los ojos. Los párpados le pesaban demasiado.
La magia de alguien lo golpeó en el pecho y atravesó su cuerpo a la velocidad de la luz, despertándolo de golpe. Lleno de energía, se sentó sobre la cama muy asustado. La habitación estaba a oscuras: seguramente ya era de noche.
Miró a su alrededor para buscar a la persona que acababa de hechizarlo. Descubrió la silueta de alguien delgado y de baja estatura que esperaba junto a la cama con los brazos en jarras y las manos sobre las caderas. La reconoció de inmediato.
—¿Pansy? —jadeó—. ¿Qué... qué haces aquí?
Pansy, en un gesto exasperado, agitó su varita y masculló un tenue lumus que le permitió a Draco comprobar que, en efecto, sí se trataba de ella.
—¡Pues, salvándote la vida, aparentemente! —gritó Pansy con preocupación y enojo a partes iguales. Tomó la botella vacía de la poción que Draco había dejado a un lado y se la arrojó a la cama—. ¿Por qué tomaste tanto de esto? ¿Estabas tratando de suicidarte, o qué?
Draco, aturdido, negó con la cabeza.
—No, no, claro que no... —Jamás le haría eso a mi madre, pensó, sin atreverse a decirlo en voz alta—. Yo... Yo sólo necesitaba dormir. Eso fue todo.
Pansy lo observaba con los ojos entrecerrados. Después de unos segundos de respirar profundamente, su gesto pareció suavizarse un poco.
—Me asustaste bastante, Draco. Tardé casi media hora en despertarte. Te grité, te zarandeé, te di bofetadas, y nada. Te apliqué como tres o cuatro rennervates, hasta que finalmente volviste en ti. Ya estaba por llamar a San Mungo para solicitar servicios de emergencia. —Hizo una pequeña pausa y agregó—: Lo que no comprendo es por qué alguien como tú haría algo así.
Draco estaba atónito. ¿De verdad Pansy se había preocupado así por él? Una oleada de renovado cariño hacia esa bruja le inundó el pecho y tuvo que pasar saliva para evitar demostrar sus emociones.
—Siento haberte asustado, pero, en verdad, descarta la idea de que estaba tratando de matarme porque no fue así. Lo que sucedió fue que… no esperaba visitas y sólo quería dormir. Supongo que no podías despertarme porque la dosis que tomé era para toda la noche y apenas la bebí a las... No lo sé, ¿serían las cinco de la tarde? No lo recuerdo bien. ¿Qué hora es en este momento?
Pansy soltó un suspiro y luego, una risita aliviada.
—Ah bueno. Sí, creo que eso podría explicarlo. —Miró su reloj—. Apenas son las ocho.
Ambos se quedaron viéndose durante un momento. Draco comenzó a sentirse un tanto incómodo porque no encontraba cómo reaccionar a la repentina preocupación hacia él manifestada por Pansy Parkinson. Carraspeó y bajó las piernas de la cama, dispuesto a levantarse. Se quedó sentado ahí por un momento, se sentía muy mareado y adolorido.
—Me has dejado hecho papilla —se quejó mientras se frotaba una mejilla que le estaba ardiendo y donde adivinó que ella lo había abofeteado—. Pero bueno, si todo lo que me hiciste sirvió de algo para desquitar tu enojo contra mí, me doy por...
No pudo terminar de hablar porque Pansy se arrojó encima de él y lo abrazó muy apretado.
—¡Oh Draco! ¡Gracias, gracias, gracias! Vine a decirte que Blaise ya consultó con un abogado y resultó que todos los papeles están en regla. ¡No tienes idea del regalo de Navidad que le has hecho a la señora Zabini! ¡La pobre mujer no podía parar de llorar de la alegría! ¡Está planeando hacer una fiesta y todo, y claro, quiere que vayas tú como el invitado de honor!
Aquellas palabras y el gesto de Pansy relajaron a Draco de inmediato. Al menos, ahora sabía que todo había salido bien y que los Zabini habían aceptado la mansión de vuelta de buena gana. Apretó los labios y rodeó el delgado cuerpo de su amiga, correspondiendo al abrazo.
—Me alegro mucho de escuchar eso —murmuró, encajando la cara en el cuello perfumado de Pansy.
Pansy lo soltó y lo miró con orgullo. Tenía los ojos húmedos.
—Estoy tan feliz de que hayas recapacitado. Blaise me dijo que lo hiciste por mi visita... ¡Y yo que había creído que no había servido de nada, pero resulta que sí te dejé pensando en el asunto! Yo sabía, Draco. Yo sabía que en el fondo continuabas siendo nuestro amigo.
Draco le dio una sonrisa tensa. Las manos le estaban temblando. No podía creer que Pansy estuviera ahí diciéndole todas aquellas cosas. ¿Podía... acaso podía atreverse a pensar que ella ya era de nuevo su mejor amiga como lo había sido en Hogwarts?
Bueno, quizá no tanto, pero creyó que era un comienzo estupendo.
Se puso de pie, tratando de mantener el equilibrio porque aun estaba mareado y débil.
—¿Cómo supiste mi dirección? ¿Y cómo entraste al loft? —le preguntó a Pansy mientras le ofrecía un brazo. Ella se lo tomó y caminó junto con él hacia la sala.
—Fui a la mansión de Wiltshire y vi a tu madre. La encontré algo preocupada por ti, pues me dijo que tenía horas que no sabía en dónde estabas. Ella había pensado que andabas con un tal Enescu, pero entonces supo que no era así porque este tipo llamó vía red flu buscándote. Así que me permitió entrar aquí desde la mansión a través de la chimenea, con la condición de que, si te encontraba, te obligara a reportarte con ella.
Draco arqueó una ceja, fastidiado. No tenía nada de ganas de ver a Enescu y saber que andaba buscándolo le resultó molesto.
—Entonces, habrá que hablarle a mi madre... —comenzó a decir, dirigiéndose a la chimenea. Pansy lo detuvo.
—Siéntate, estás medio raro. Yo me encargo de avisarle, despreocúpate.
Draco le hizo caso porque de verdad se sentía extraño. Se sentó en su sofá intentando recuperar sus cinco sentidos mientras Pansy hablaba con Narcisa vía red flu y le contaba que todo estaba bien, que Draco sólo había estado, durante todo ese tiempo, echándose una desconsiderada y egoísta siesta. Y aunque Draco estaba sentado en un punto de su salón donde su madre no alcanzaba a verlo a través de la chimenea, pudo escuchar que ella le decía a Pansy:
—Mi niña, no te olvides de decirle que el señor Enescu ha estado buscándolo con insistencia. Parece que desea llevarlo a cenar a algún lado, por lo poco que me comentó. Bueno, los dejo. Muchos besos para ti, querida. Espero que algún otro día puedas pasarte por la mansión con un poco más de tiempo para charlar y tomar el té.
Pansy le aseguró que así sería, se despidieron y ella cortó la comunicación. Caminó hasta Draco. Lo observó unos segundos y suspiró.
—En serio te ves como mierda y estoy malditamente segura de que no es sólo por la poción que te empinaste. Algo muy malo te ha sucedido… ¿Me equivoco? ¿Qué fue, Draco?
Draco no respondió. Le sostuvo la inquisitiva mirada durante unos segundos antes de bajar los ojos y clavarlos en la mesita delante de él. Pansy volvió a suspirar con fastidio y luego le preguntó:
—¿Quieres un trago?
Draco soltó un resoplido de risa.
—¿Me estás invitando un trago en mi propio apartamento?
—¿Por qué no? Agradece que vas a tener el honor de que sea yo quien te lo sirva… —dijo en tono juguetón y sonrió.
Pansy caminó hacia el bar. Tomó dos vasos, los llenó de hielo y whisky y regresó con Draco. Se sentó a su lado, muy pegada a él.
Draco la miró de reojo, sintiéndose muy conmovido (algún efecto secundario de la poción que se había tomado, seguramente). Era muy extraño porque, en ese momento, no había nada que deseara más que apoyar su hombro sobre su amiga y contarle lo mucho que estaba sufriendo, lo mucho que había perdido. Pero, en vez de eso, lo que hizo fue conformarse con tomar el vaso que ella le ofrecía y bebérselo de un trago. Pansy soltó una risita mientras ella le daba elegantes traguitos a su bebida.
—Me parece que tenemos toneladas de cosas en las que ponernos al día, tú y yo, querido —dijo entonces, poniendo una mano sobre la rodilla de Draco y dejándola ahí. Draco pasó saliva, pues descubrió que el calor emitido por la mano de su amiga lo hacía sentir muy… reconfortado. Ella, ignorante de eso (o quizá no tanto), continuó hablando—: Empecemos con este tal Enescu, el que mencionó tu madre. Blaise ya me había hablado de él, dice que es un mago extranjero interesado en ti y que, casualmente, se parece un poco a Potter. —Resopló de risa—. ¿Es verdad? ¿Por eso lo elegiste? ¿La cosa va en serio?
Draco, sintiéndose un poco más mareado por el alcohol recién ingerido, negó con la cabeza y se frotó la cara con una mano.
—No, no, claro que no. Yo no he elegido a nadie para nada, Pans. A este rumano lo conocí apenas hoy: dio la casualidad que Blaise llegó y me vio con él justo cuando apenas teníamos unas horas de que nos habían presentado. —Hizo una breve pausa y suspiró—. Ya ves como es mi madre… Esto forma parte de su incansable cruzada para conseguirme un marido sangre limpia con quien poder tener un lindo y sano heredero Malfoy —finalizó y se levantó para servirse otro vaso de whisky.
Sin poder evitarlo, pensó en Eltanin y el estómago se le hizo un doloroso nudo. Y entonces, inevitablemente, también pensó en Harry. Se preguntó en dónde estaría en ese momento, si acaso sí había tomado su traslador a América o no. Con su vaso lleno, se giró de nuevo hacia Pansy, tentado a preguntarle si ella sabía si Potter se había marchado aquella tarde como estaba previsto.
Se contuvo porque no quería despertar sospechas y porque, además, dudaba mucho que ella estuviera enterada de eso.
Pansy lo estaba mirando con el ceño fruncido en un gesto de incomprensión.
—¿Un marido… con quien tener… un heredero? —repitió ella y negó con la cabeza—. ¿Cómo… cómo funciona eso?
Draco suspiró y miró por la ventana. Estaba oscuro y nevaba levemente.
—Existe un procedimiento mágico bastante revolucionario y costoso donde dos magos hombres pueden combinar sus respectivos ADN para tener un hijo totalmente de ambos, pero… Bueno, no todo es magia o dinero en esta vida, ¿no? —añadió y soltó una risita irónica—. A pesar de todo, los hombres continuamos necesitando de ustedes, las mujeres. Se requiere de una bruja que lleve a cabo la gestación durante los nueve meses —finalizó y se encogió de hombros, suspirando derrotado.
Pansy abrió mucho los ojos y no dijo más. Parecía un tanto asqueada y a Draco no le sorprendía. De cualquier manera, no pudo evitar dedicarle una mirada cargada de cariño, pues él sabía muy bien lo que esa bruja había sido capaz de hacer por él, allá en "el vistazo"…
—Buena suerte para tu madre con eso, entonces —fue lo que dijo ella, apoyándose en el sillón y cruzando las piernas—. Pero, volviendo a lo que nos interesa, ¿a ti te gusta este Enescu, o no?
Draco no respondió de inmediato: se quedó analizándolo porque, ahora que lo cuestionaban, sospechaba que la respuesta no era totalmente negativa. No podía negar que el Enescu de esta realidad era diferente al otro y… no le resultaba del todo repugnante. Tal como lo había pensado hacía unas horas, quizá no le haría daño usar a Enescu para distraerse un poco en lo que éste regresaba a Rumanía.
—No me desagrada —dijo, y sonrió levemente—. Pero no puedo pensar en él como un futuro marido… No, me temo que todavía no.
Pansy se quedó observándolo detenidamente.
—Entonces, no es este Enescu lo que te tiene así de triste, ¿cierto? ¿Qué es, Draco?
Draco se bebió su whisky y no respondió. Le dio la espalda a Pansy para ocultar la amargura de su rostro y fue entonces que reparó en que había una carta encima de la mesa del comedor. Con el corazón acelerándosele, caminó hacia ahí y la tomó: seguramente una lechuza había entrado mientras estaba dormido.
Pero no era de Harry.
La decepción lo bañó al no reconocer la letra de éste. Desganado, tomó el sobre, lo abrió y leyó una pequeña nota que estaba dentro.
Era de Enescu.
"Querido amigo,
Me es grato informarte que tu distinguida tía Andrómeda Tonks nos ha invitado a ti y a mí a cenar en su casa hoy día. He estado buscándote para informarte que ella nos espera a las 8:30 pm. Me pidió que…"
La nota continuaba con otras tonterías sin importancia, así que Draco, soltando una maldición entre dientes y mirando la hora, dejó de leer y la dejó caer sobre la mesa. No le apetecía para nada ver a Enescu esa noche especialmente (cuando lo único que deseaba era hacerse un ovillo en su cama y pensar en Harry), pero se trataba de una invitación de su tía Andrómeda. No podía ni quería rechazarla. Tenía que estar bien con ella para poder lograr reconciliarla con su madre, así que…
Miró a su amiga, quien se bebía su trago con aristocrática parsimonia.
—Pansy, debo irme. Ha surgido un asunto importante. —Ella sonrió pícaramente y Draco agregó—: No, no se trata de Enescu. Es mi… Te contaré después. ¿Qué te parece si te invito a desayunar el siguiente fin de semana? Te llevaré a un lugar que te encantará, y ahí podremos seguir poniéndonos al día.
—Trato hecho —dijo ella, sonriendo. Se puso de pie—. ¿En dónde y a qué hora?
Durante los minutos que Draco demoró en despedir a su amiga y en darle una acicalada a su aspecto, tuvo oportunidad de disfrutar esa pequeña dicha que le producía que, al menos hasta ese momento, las cosas estuvieran saliendo a pedir de boca con Pansy, con Blaise y con Andrómeda… Era consciente de que todavía le quedaba mucho trecho que recorrer antes de que éstos pudieran corresponder el cariño que Draco ya sentía por ellos, pero intuía que iba por buen camino. No obstante, el hecho de haber perdido a Harry (y las implicaciones que ello conllevaba) era una sombra permanente que no dejaba de cubrir y entristecer las cosas brillantes que estaban comenzando a ocurrirle, pero supuso que sería cuestión de tiempo para terminar acostumbrándose a eso, a vivir sin esa alegría.
Tendría que conformarse con lo que sí estaba obteniendo ya que, la verdad fuera dicha, no era poca cosa.
Amigos y familia, pensó Draco, sonriéndole al espejo y tomando una chaqueta.
En cuanto arribó a la casa de su tía y se encontró con Enescu, quien había llegado primero, Draco lo miró expectante. En el fondo de su corazón albergaba la necia ilusión de que, de pronto, Enescu le saliera con la noticia de que Harry Potter, por alguna razón misteriosa, se había arrepentido de último momento y siempre no había tomado su traslador a América.
Sin embargo, no fue así. Ni Enescu ni Andrómeda hicieron comentario al respecto de la marcha de Harry, por lo que Draco, quien obviamente no se atrevió a preguntar directamente, tuvo que conformarse con suponer que Harry sí se había largado.
Pasó la cena en un estado de letargo, sin participar en las charlas y enfocando su atención en Teddy mientras Andrómeda y Enescu hablaban entre ellos. En ese momento, descubrió que la inocente y refrescante compañía de un niño, carente de las malicias e intenciones ocultas que solían tener los adultos, era como un bálsamo sobre su alma herida.
Y pensar que antes de que todo eso sucediera, él había pensado en los niños como monstruos horripilantes que debía evitar a toda costa.
Para la hora en que estaban finalizando con la cena, Draco llegó a la conclusión de que su tía quizá lo había invitado para comprobar si continuaría visitándolos pese a la partida de Harry. Andrómeda lo había estado observando con intensidad a pesar de fingir estar distraída conversando con el invitado rumano.
Por eso lo mismo, a Andrómeda no le pasó desapercibido el hecho de que Enescu y Draco se mostraban muy atentos el uno con el otro, como si…
—¿El señor Enescu tiene intenciones de convertirse en tu pretendiente oficial? ¿O eres tú quien tiene esas intenciones hacia él? —le preguntó su tía en cuanto se quedaron a solas en la cocina. Draco le estaba ayudando a su tía a limpiar para poder pasar a la sala a tomar una copa; Enescu había aprovechado para pasar al baño y Teddy estaba jugando en su cuarto.
Draco apretó la mandíbula. Se sentía cansado, triste y aburrido y lo único que anhelaba era poder ir a su casa a dormir, pero se había obligado a quedarse en la sobremesa porque sabía que causarle una buena impresión a Andrómeda era sembrar para cosechar la reconciliación de las dos hermanas Black.
Miró a su tía a los ojos para demostrar la sinceridad de su respuesta:
—Si te soy franco, tía… No. Creo que el señor Enescu y yo sólo estamos en búsqueda de una amistad y la verdad no creo que pase nada más allá de eso. Quizá la única deseosa de que esto fuera a más, es mi madre, pero… —Se encogió de hombros y sonrió triste—. Tendrá que aceptar que no fue posible.
Andrómeda lo estaba observando con gesto perspicaz.
—Bueno, es evidente que tú no lo has notado porque has estado muy distraído con Teddy, pero… Si me preguntas a mí, creo que el señor Enescu sí está buscando en ti algo más que a un amigo. Pero, qué se yo, no soy más que una bruja vieja, ¿cierto? No tengo idea de cómo los jóvenes se galantean ahora.
Draco soltó una risa sincera.
—Tú no estás vieja, tía. Sólo eres… muy sabia —dijo y sonrió.
Andrómeda le correspondió la sonrisa y abrió la boca para decir algo más, cuando, de pronto, Teddy entró corriendo a la cocina.
—¡Mi padrino! ¡Mi padrino!
A Draco le dio un vuelco el corazón al tiempo que se giraba hacia el niño. Había esperado ver a Harry ahí parado bajo el dintel de la puerta, así que se decepcionó mucho cuando no fue así. Ahogó un suspiro y Teddy completó:
—¡Mi padrino no tarda en llamar! ¿Te acuerdas, abue? ¡Él dijo que me llamaría a las diez en punto si me portaba bien! ¿Ya son las diez, no?
Andrómeda miró el reloj que colgaba en la pared y asintió. Entonces, antes de que nadie pudiera decir nada más, la gigantesca chimenea de piedra de la cocina refulgió en llamas verdes y la cabeza de Harry Potter hizo acto de presencia ahí. Draco apretó las manos en puños, repentinamente muy nervioso. Por más que intentó, no pudo quitarle los ojos de encima a la cara de Harry, quien los miraba a todos, pero especialmente a él, con gesto sorprendido.
—¡Hola! —dijo Harry cuando se recuperó. Parecía que lo había descolocado bastante ver a Draco ahí, entre Andrómeda y Teddy—. Eh… Hola a todos. Hola, Teddy —saludó y sonrió mientras miraba a su ahijado con cariño. Teddy pegó un chillido de emoción y se dejó caer frente a la chimenea, sentándose a centímetros de las llamas.
—¡Padrino! —exclamó y comenzó a lloriquear—. ¡Ya te echo tanto de menos! ¿Cómo es América? ¿Ya jugaste al quidditch allá? ¿Son tan buenos como nosotros? ¡Cuéntame todo lo que has hecho!
Harry se rió.
—No lo sé sinceramente, Ted, apenas estoy desempacado e instalándome. Esta ciudad está llena de nieve, todavía más que en Inglaterra, y no he podido hacer más. Ya que tenga noticias acerca de la habilidad de los americanos para el quidditch, tú serás el primero en enterarte de mi reporte.
Andrómeda se acercó más a la chimenea y se sentó en cuclillas junto a Teddy. Draco, sintiéndose torpe e intruso, se quedó atrás a un par de metros, sólo observando y escuchando. Se preguntó si sería más correcto darse la media vuelta y salir de la cocina para que ellos pudieran hablar a solas.
Pero no podía hacerlo. Estaba hipnotizado observando el guapo rostro del hombre que amaba con todo su corazón, llenándose los ojos y el alma con su vista. Había creído que no volvería a contemplarlo y, sin embargo, ahí estaba de nuevo: no en vivo, pero al menos sí vía red flu.
—¿Cómo has hecho para conectar tu chimenea americana a la red flu inglesa, Harry? —preguntó Andrómeda con interés—. Yo tenía entendido que los trámites eran largos y costosos.
Harry enrojeció un poco.
—Eh… Bueno, sí, así es… Pero... Hermione me echó una mano. Se arregló con el gobierno de aquí a través del Ministerio inglés.
Draco sonrió mucho ante eso.
—Vaya, Potter —no pudo evitar comentar—. ¿Usando las poderosas influencias de tu amiga en el gobierno para beneficio personal? Qué… antigryffindor de parte de ustedes dos, ¿quién lo hubiera creído?
Había dicho eso en tono jocoso y hasta un poco cariñoso, por lo que nadie se ofendió. De hecho, Harry le sonrió ampliamente. Parecía aliviado y hasta contento de que Draco le dirigiera la palabra.
—A estas alturas ya deberías saberlo, Malfoy —respondió—: ser de Gryffindor no es sinónimo de "niño bueno". Además, no sé si tú lo sepas, pero a mí, el Sombrero Seleccionador estuvo a punto de…
—Oh. Vaya, Harry Potter, ¡hola! —dijo de pronto Enescu, llegando a la cocina e interrumpiendo a Harry. Se paró justo a un lado de Draco, demasiado cerca, y luego, para azoro de éste (y de Harry), le pasó un brazo alrededor de los hombros. Draco se giró a verlo con los ojos muy abiertos: no entendía por qué Enescu se comportaba así si entre ellos no existía tal nivel de confianza… ¿o sí? ¿Quizá las reglas del espacio personal eran diferentes para los rumanos?— ¿Qué tal las Américas, Potter? ¿Todo bien?
Harry miró a Enescu con los ojos entrecerrados y la sonrisa de su cara desapareció como por arte de magia. No dijo nada durante unos momentos, sólo frunció un poco el ceño. Era difícil afirmarlo porque su cara no estaba totalmente nítida, pero Draco podía jurar que estaba apretando la mandíbula con fuerza.
—Todo va bien, Enescu, gracias por preguntar —masculló entre dientes y no dijo más.
De pronto, interrumpiendo el incómodo momento, Andrómeda carraspeó y cambió de tema.
Comenzó a preguntarle a Harry acerca de su nuevo apartamento y de otras cuestiones, luego Teddy intervino y acribilló a su padrino con dudas de todo tipo y le arrancó la promesa de que lo llamaría vía chimenea todos y cada uno de los días siguientes hasta su regreso. Harry se lo prometió muy solemnemente y comenzaron a despedirse. Harry admitió que sabía que en Inglaterra ya era bastante tarde, así que mandó a Teddy a lavarse, a ponerse la pijama y a dormir. Andrómeda y Harry intercambiaron unas palabras cariñosas de despedida y buenos deseos, y, sólo entonces, Harry volvió a buscar a Draco con la mirada.
Éste, quien había estado embobado contemplando cómo Harry interactuaba con Andrómeda y el niño, se agitó en cuanto Harry clavó sus ojos en él y le sonrió con calidez.
—Malfoy… Mira, yo… —comenzó a decirle Harry, pero entonces, echó un vistazo a Enescu y pareció cohibirse. Draco lo vio pasar saliva y poner cara de apuro—. Malfoy y Enescu —agregó, quizá para no verse descortés—. Me dio gusto saludarlos a ambos, también. Que pasen buenas noches.
Draco apenas abría la boca para responder algo, cuando Harry desapareció y las llamas se apagaron.
Draco cerró la boca y pasó saliva, sintiéndose todavía mucho más miserable que antes de la llamada. Se alejó de Enescu y de todos y caminó directo al salón, evitando mirar a nadie a la cara. Saber que Harry iba a estar todas y cada una de las noches conectándose a la chimenea de esa casa lo hacía sentirse devastado por alguna razón que no comprendió.
La estúpida y cliché frase de "Tan cerca… y tan lejos", tuvo de pronto un nuevo significado para él y lo único que pudo hacer fue maldecir entre dientes mientras se servía un vaso lleno del alcohol de la despensa de su tía.
Esperó a que los demás entraran al salón y tomaran asiento para él también sentarse. Teddy se veía bastante deprimido después de haber charlado con su padrino, y Draco no podía culparlo… Él se sentía exactamente igual. Le pidió permiso a su tía para acompañar a Teddy a su cuarto para ayudarle a acostarse, y Andrómeda, asombrada, se lo concedió.
Teddy se entusiasmó de que Draco subiera con él a conocer su cuarto. Entre brincos y risas, pronto pareció olvidar la tristeza que le había dejado la llamada de su padrino y saltó por todos lados mientras le enseñaba a Draco sus pertenencias favoritas. Draco sonrió mucho cuando notó la caja de las pelotas de quidditch colocadas en un sitio de honor encima del tocador del niño.
Cuando finalmente Teddy se calmó y se acostó, Draco se despidió y bajó de nuevo al salón, dispuesto también a dar la noche por finalizada e irse a su loft. Alcanzó a captar la conversación que su tía sostenía con Enescu:
—Mi marido, en paz descanse, tenía parientes por la zona, por eso la conozco bien. Y ya le puedo asegurar, señor Enescu… El Reino Unido podrá presumir de ser una gran potencia y un país del primer mundo, pero realmente continúa existiendo pobreza y gente con mucha necesidad. Ahí, en Nottingham, está la comunidad mágica más empobrecida que existe y, por lo que he visto, al Ministerio le importan poco las carencias que sufre la gente ahí. ¡Oh, hola de nuevo, Draco! —dijo, al ver a éste de pie bajo el umbral de las escaleras—. ¿Todo bien con Teddy? ¿No te dio problemas?
Draco negó con la cabeza.
—Claro que no, es un niño adorable… Mira, tía, te agradezco mucho la confianza y la cena, pero debo retirarme. Mañana debo trabajar temprano y… Bueno… Antes de irme, quisiera pedirte lo siguiente: desearía que en la siguiente ocasión puedas hacerme el honor de ser tú la invitada a mi mesa. ¿Qué te parece la idea de acompañarnos a mí y a mi madre a cenar en la mansión alguna noche de éstas?
Andrómeda se quedó impactada.
—Bueno… Eso sí que no me lo esperaba. —Frunció el ceño como si estuviera enojada y Draco temió haberse propasado o haberse adelantado mucho en su estrategia. Estaba a punto de retractarse, cuando su tía volvió a hablar—: Te agradezco mucho la invitación y por supuesto que la acepto. Permíteme ver cuál noche se nos acomoda más a Teddy y a mí y te haré saber si también resulta conveniente para ustedes, ¿te parece bien?
Draco sonrió ampliamente.
—Me parece perfecto, tía. Gracias. —Se acercó a ella, le besó la mano y se despidió cariñosamente. Al final, se giró hacia Enescu, quien, en todo ese rato, sólo había estado observándolo con fijeza—. Buenas noches también a ti, Emil. ¿Nos vemos después?
Enescu se puso de pie, mirando a Draco con ojos penetrantes.
—Si te soy sincero, había tenido la esperanza de que tú y yo fuéramos juntos a tomar una copa a algún sitio, pero… Supongo que será para otra ocasión —dijo en tono triste y anhelante.
Draco y Andrómeda lo miraron con los ojos muy abiertos. A ninguno de los dos les había pasado desapercibida la insinuación presente en aquella frase. Evidentemente y tal como se lo había hecho notar su tía , Enescu sí quería llegar a más con Draco.
Pero a Draco no había nada que le apeteciese menos que coquetear con otro mago que no fuera Harry Potter. De nuevo pensó que, en otras circunstancias, en aquellas que habían regido su antigua vida (antes de reconocer que estaba enamorado de Harry), a la primera insinuación de Enescu, Draco le habría tomado la palabra alegremente y se lo habría llevado a su cama sin ningún remordimiento, aun si no tenía propósito de comprometerse en un futuro con él.
Pero Draco no quería nada de Enescu. Al menos, nada de eso. Ni sexo, ni compromiso. Simplemente quería…
Demonios. Lo único que quería era a Harry. Y si no lo podía tener…
Pues…
Era extraño, pero prefería no tener nada. Al menos, no en ese momento.
Le sonrió tensamente a Enescu y le dijo:
—Si, Emil. Mejor en otra ocasión. Esta noche estoy demasiado cansado, fue un día largo y pesado, después de las fiestas navideñas y todo eso, sé que tú comprendes. Podemos… Si gustas, mañana te mando una lechuza y nos ponemos de acuerdo para otra ocasión. ¿Te parece bien?
Era obvio que a Enescu no le pareció bien. Se notaba muy decepcionado cuando no tuvo más remedio que conformarse con darle la mano a Draco cuando éste se despidió y salió del salón rumbo a la cocina.
Con millones de pensamientos girando en su mente y con un gran pesar en el corazón, Draco tomó la red flu hacia su loft.
Estaba a punto de irse a acostar cuando, desde su cuarto, escuchó que la chimenea del salón rugía al encenderse. Extrañado y con la varita en la mano, caminó hacia ahí. Entrecerró los ojos y miró la cabeza que había aparecido entre las llamas: era una bruja regordeta de piel oscura que no conocía y que lo miraba, a su vez, con cara de aburrimiento.
—¿Draco Malfoy? —preguntó ella con un marcado acento del sur de Estados Unidos. Azorado, Draco asintió. La otra habló con rapidez—: Tiene una solicitud internacional de conexión de chimeneas desde la zona de Washington, D.C., Estados Unidos. El nombre del solicitante es Harry J. Potter. ¿Acepta o no? —finalizó de manera brusca.
Draco abrió la boca y tardó unos segundos en comprender qué era lo que estaba pasando ahí. Aparentemente, Harry, desde Estados Unidos, estaba intentando comunicarse con él vía red flu, algo que seguramente le estaba costando mucho dinero, por lo que Draco estaba enterado. Comenzó a enrojecer de la emoción al tiempo que asentía y respondía:
—Sí, acepto.
Se sonrojó más al darse cuenta de que eso había sonado como…
La cabeza de la bruja desapareció de su chimenea y, en vez de ella, fue la de Harry Potter la que emergió. Éste parecía avergonzado y un tanto cohibido, como si no pudiera creer en lo que estaba haciendo. Vio a Draco, levantó una mano y sonrió un poco al saludar:
—Eh… Hola, Malfoy. Buenas noches. Esto... perdona la intromisión. No… no fue mi intención molestar. —Observó a Draco con detenimiento y, al verlo vestido con sus pijamas, pareció enrojecer más—. Oh, ¿ya estabas acostado? Mm, perdona, es que acá apenas son las siete de la noche, verás, son como cinco horas de diferencia entre Londres y Washington y yo pensé… Bueno. Pensé en darte tiempo para… —Agachó la cara como armándose de valor, entonces la levantó y miró fijamente a Draco a los ojos—… La verdad es que no sabía a qué hora estarías aquí a solas. No estaba seguro si después de haber estado cenando con Andrómeda ibas a irte a algún lado con Enescu y, bueno... Eso… ¿No… no está Enescu aquí contigo, cierto? —preguntó con timidez, como si supiera que estaba cruzando una línea que no debía cruzar pero no pudiera evitarlo.
Draco había seguido todo su torpe pero adorable monólogo sin interrumpirlo, sintiéndose ansioso y curioso por descubrir qué era lo que Harry tenía que decirle que era tan importante como para buscarlo por la chimenea a esas horas de la noche y con lo costoso que estaría saliéndole.
Pero, en ese momento, después de haberlo escuchado hablar, Draco sólo se le quedó viendo sin saber qué decir. De pronto, se enojó bastante. ¿Quién creía Potter que era Draco como para asumir que él y Enescu tenían algo como para haberse ido juntos después de haber estado con Andrómeda? Si el mismo Draco le había dicho que apenas acababa de conocerlo aquel día.
¿En qué concepto lo tenía aquel cretino?
Pues en el concepto que tú mismo te pusiste con toda la fama de promiscuo inatrapable que tienes, le susurró la voz de su consciencia, pero él prestamente decidió ignorarla. Eligió enojarse con Harry porque así todo era más fácil. Así siempre había sido y, por lo visto, así seguiría siendo siempre.
—Potter —le espetó, enfurecido y herido—, lo que suceda entre Emil y yo —dijo, recalcando el primer nombre de Enescu con malévola intención—, es un asunto que sólo nos concierne a nosotros dos. A ti, perdóname, pero no tengo ni siquiera por qué informarte si él y yo estuvimos juntos o no, si todavía está aquí o si vamos a desayunar huevos y tostadas mañana al levantarnos —finalizó, cruzándose de brazos.
Un torrente de egoísta satisfacción lo invadió cuando vio a Harry poner cara de intenso sufrimiento.
—Entonces… ¿Eso quiere decir que…? —comenzó a preguntar, pero Draco, harto de él y de todos, lo interrumpió.
—Eso quiere decir que no te metas donde no te llaman, Potter. Ahora, te ruego que me expliques: ¿qué demonios haces buscándome en mi chimenea? ¿Esperaste a irte a vivir a otro puto continente para entablar una amistad a distancia conmigo, o qué mierda?
Harry, quien todavía se veía lastimado y desconcertado, comenzó a enojarse también.
—Malfoy, ¿te recuerdo que fuiste tú quien me buscaste a mí y a Teddy después de haber vivido toda nuestra vida en el mismo jodido país? —rebatió en tono infantil—. En todo caso, la culpa la tienes tú. ¡Fuiste a buscarme justo el día anterior a mi partida!
Draco soltó una risotada de burla.
—¿Que yo fui a buscarte? ¿A ti? Mira, Potter, tanto bludgerazo te ha afectado el cerebro. Estoy convencido de que la acción de devolver un reloj que alguien ha perdido por inepto, difícilmente caerá en la categoría de "buscar a ese alguien". Busqué a Teddy y a mi tía, es verdad. Pero tú me tienes mucho sin cuidado, muchas gracias. Por mí, puedes quedarte en América el resto de tu vida, sin problema.
Harry apretó los labios y miró a Draco con ojos heridos y no dijo nada durante unos segundos, los suficientes para que Draco comenzara a arrepentirse de aquel estúpido arrebato.
Pero, ¿qué era lo que Draco podía haberle dicho, de todas formas? ¿Que, en efecto, sí había usado la excusa del reloj para buscarlo, y lo había hecho porque tenía la grandiosamente estúpida ilusión de que ellos dos iban a enamorarse y a formar una familia? Por supuesto que no. Sólo le restaba una alternativa, y esa era la de no perder su dignidad.
—De acuerdo… —comenzó a decir Harry en voz baja—, ya veo que no… Que tú no… En fin, olvídalo, Malfoy. Te pido perdón por haber conectado tu chimenea con la mía. Mañana mismo solicitaré la cancelación. Si tanto te molesta, no debiste haber aceptado la llamada. Pero, supongo que no quisiste perder la oportunidad de echármelo en cara, ¿cierto? —finalizó con tono resentido—. Te deseo que todo te vaya muy bien, especialmente tu… tu amistad con Emil Enescu. Supongo que se merecen el uno al otro.
Con eso, Harry finalizó la llamada y la chimenea de Draco volvió a quedarse a oscuras.
Draco se le quedó viendo durante largo rato. Se sentía indeciso, dolido e infinitamente triste, además de enojado. ¿Qué era lo que Harry había insinuado con su última frase?
Maldito Harry Potter. ¿Por qué tenía que estar buscando a Draco, robándole la tranquilidad y el sueño? Si no pensaba tomarlo en serio, si se había ido tan lejos, si ni siquiera se había quedado la noche anterior con él… ¿Qué pretendía llamándolo desde América?
¿Draco había hecho bien en mandarlo al diablo de una vez por todas?
Sin tener modo de responder esa pregunta, lo único que Draco hizo fue suspirar hondamente. Entonces, se marchó a acostarse y trató de dormir. Dejar de pensar en Harry y en su sonrisa y en sus sonrojos, le costó muchísimo trabajo.
Al despertar al otro día, estaba plenamente convencido de que había soñado toda la noche con él.
De nuevo acudió a trabajar con rastros de haber pasado una noche infernal. Dios, si seguía a ese ritmo de no dormir por estar pensando en Harry, iba a terminar valorando seriamente la idea de ponerle una demanda por daños y perjuicios.
Se tomó café tras café mientras leía los reportes que Ethel le había entregado y tomaba algunas decisiones. Eligió un par de equipos de quidditch de Estados Unidos para comprobar si tenían acciones que él pudiera comprar, y le pasó a Ethel la tarea de verificarlo. A su vez, eligió un investigador privado de entre varias opciones que Ethel le había presentado, y se puso en contacto con él por teléfono. Llegaron a un acuerdo, y el investigador, quien también era mago, quedó de mandarle resultados lo más pronto posible.
Cada vez que Draco miraba la chimenea de su oficina, no dejaba de recordar la llamada vía red flu que Harry le había hecho la noche anterior, y se preguntaba si acaso éste ya habría pedido la cancelación de su conexión y, luego, se reprendía a él mismo por darle importancia a eso.
No dejaba de cuestionarse si había hecho bien en tratarlo así de grosero. Después de todo, Harry decía la verdad: había sido Draco quien lo había buscado a él y básicamente se le había puesto en bandeja de plata, permitiendo un acostón que, él tendría que haber sabido, no iba a pasar a mayores.
Draco resopló con sorna. Un par de mamadas difícilmente podrían clasificarse como "acostón". Mierda, si al menos hubieran tenido sexo como Merlín mandaba...
Pero, entonces, Draco pensaba, si él sólo había sido "un polvo" para Harry, ardiente o no, ¿por qué Harry se tomaba la molestia de buscarlo? ¿Acaso quería asegurarse de tener a ese "polvo" listo y dispuesto para cada vez que a él se le ocurriera visitar Inglaterra? ¿Así como los marineros y su novia en cada puerto? Pues ya podía ir jodiéndose…
Pero luego, Draco dejaba de pensar eso porque él sabía muy bien que Harry podía acostarse con quien a él le diera la reverenda gana con tan sólo mover un puto dedo. No había adquirido la fama del peor donjuán en la Prensa mágica simplemente porque sí.
Intentando despejarse de esos pensamientos recurrentes, Draco trató de concentrarse en otra cosa. Recordó su visita de la noche anterior a casa de Andrómeda y cómo el tema de Nottingham y sus problemas sociales y económicos había salido a relucir. Se acordó del Lily y del James, y de la obra social que él había hecho en "el vistazo" para aquella ciudad. Entonces, se le ocurrió una idea.
Sonriendo mucho, sintiéndose entusiasmado de repente, se levantó de su escritorio, salió por la puerta con su abrigo en mano y se despidió de Ethel.
Se apareció en medio de los dos edificios, en el gran patio que separaba las construcciones y que, en "el vistazo", había sido el sitio donde había tenido lugar la ceremonia de inauguración donde Draco había anunciado el nombre de los centros sociales ante un gran público.
Miró a su alrededor y se sintió desolado. Ahí, en su realidad, aquello lucía abandonado. No tenía idea de cuál había sido la función de aquellos dos edificios antes de que el Ministerio los hubiese adquirido para arreglarlos, pero en ese momento descubrió que lo más probable era que sólo fueran ruinas de antiguos centros administrativos muggles.
No se veía que estuvieran habitados, ni que estuvieran en uso. Draco se frotó la barbilla mientras se quedaba ahí parado bajo la nevisca, pensando.
Al final, suspiró hondamente, volvió a desaparecerse de regreso a su oficina y comenzó a redactar a toda prisa el proyecto que en "el vistazo" Granger había bautizado como "El Lily y el James".
Llegó el mediodía, pasó el mediodía, Narcisa llamó para preguntar si no pensaba ir a almorzar con ella, y Draco todavía no había terminado. Tuvo que disculparse con su madre y continuó trabajando. Llegó una lechuza de Enescu, Draco la leyó rápidamente y le escribió una nota breve donde le decía que estaba muy ocupado. Le pidió a Ethel que le investigara algunos datos estadísticos concernientes a la ciudad de Nottingham, y, aunque era consciente de que la investigación en forma la tendría que realizar el Departamento de Granger, Draco decidió que aquello tendría que bastar para presentar el mero proyecto. Ofreciéndose él mismo como benefactor principal, dudaba mucho que el Ministerio pusiera mucho reparo en ordenar una investigación para comprobar la vialidad. Mientras no fueran sus arcas las saqueadas, Draco sabía que se resistirían menos a decirle que no a su idea.
Demoró tanto en terminar que, mientras trabajaba, llegó a su correo electrónico un mensaje del investigador privado en Estados Unidos con la información que había recabado hasta ese momento. Draco lo leyó a toda prisa al mismo tiempo que le daba los toques finales al documento del proyecto para mandarlo a imprimir.
Ethel entró con unos papeles en mano.
—Listo, jefe. Creo que ya tenemos un equipo ganador. Es este —dijo ella y le dejó los papeles encima del escritorio. Draco les echó un vistazo. El nombre del equipo, los Estelares de Sweetwater, encabezaba toda la información—. Este equipo de quidditch, por todo lo que pude averiguar, es el mejor en todo Estados Unidos y es el único con problemas financieros lo suficientemente importantes como para permitir que un inversionista extranjero compre de sus acciones. El único inconveniente es que quieren verlo a usted en persona para iniciar negociaciones. Si de verdad es urgente, me dijeron que pueden darle una cita para mañana mismo.
Draco abrió los ojos, complacido. Los reportes eran buenos: realmente aquel parecía ser un muy buen equipo. Además…
—Pero mira qué suerte: es un equipo del estado de Texas, de entre todos los malditos lugares en Estados Unidos. —Ethel lo miró sin comprender, y Draco se explicó—: Es en Texas donde está el pozo petrolero que pretendíamos comprar, ¿recuerdas? Puedo ir y atrapar dos snidgets de un solo movimiento, porque, según me manda decir nuestro investigador en América, la situación alrededor del pozo está bastante peliaguda. Todas las partes insisten en hablar conmigo en persona, tanto la tribu indígena como los de la empresa que me vende el pozo. Así que…
Ethel estaba impresionada.
—Bueno, esa sí que es suerte. Hacer un sólo viaje, cumplir con dos negocios. Entonces, ¿le arreglo todo para salir hacia Texas, señor?
Draco lo pensó durante unos segundos. Viajar a América, justo el continente donde Harry estaba viviendo en ese momento, no había estado dentro de sus planes al salir de su loft durante aquella mañana. No obstante, en ese instante, parecía ser un movimiento indispensable para sus dos negocios en aquellas tierras. Intentó sepultar en el fondo de su mente una vocecilla burlesca que le susurraba si es que acaso él mismo no estaba haciendo todo lo posible para no tener más remedio que acercarse a donde vivía Harry y entonces…
Pero no, qué tontería, pensó entonces, dándose ánimos. Harry está en Washington y yo voy a ir a Texas. Están bastante lejos el uno del otro, ¿no?
La verdad era que no tenía ni idea. Una era una ciudad nevada, y el otro, un estado desértico, así que bien podía ser así. Encogiéndose de hombros, le indicó a Ethel:
—Sí, arréglalo todo, por favor. Pero no pagues un traslador. Mejor consígueme un carruaje tirado por thestrals —dijo y sonrió ante la cara de desagrado que puso Ethel. Se encogió de hombros—. Qué quieres que te diga, me gusta la manera clásica de viajar. Además, así dispongo de espacio por si alguien me acompaña. Quizá… Quizá invite a algunas personas. Encárgate también de alquilarme una mansión o casa grande, de preferencia mágica, en alguna ciudad o pueblo cercano a donde van a ser mis reuniones de negocios.
—Entendido, jefe.
—E imprime el archivo que voy a mandarte y me lo pones en un legajo. Después de eso, voy a retirarme porque necesito ir personalmente al Ministerio.
Ya en el Ministerio, Draco comprobó que Granger tenía ahí el mismo puesto de trabajo que había tenido en "el vistazo", lo cual, Draco no sabía si atribuirlo a buena o mala suerte. ¿Esta Granger se dejaría influenciar por el odio que alguna vez sintió contra Draco y rechazaría su proyecto sin estudiarlo previamente? ¿O se entusiasmaría por razones personales al igual que la Granger que Draco conoció allá y a quien había comenzado a estimar de verdad?
Supuso que no le restaba más que esperar y descubrirlo.
Después de aguardar un rato en la sala de espera de la oficina del Departamento de Investigaciones bajo la mirada furibunda de la misma secretaria gruñona que Granger había tenido en "el vistazo", ésta apareció cargada de una pila de carpetas y pergaminos. Descubrió a Draco ahí esperándola y se asombró.
—¡Malfoy! —exclamó—. ¿Qué haces…? Quiero decir, ¿a qué debo el honor?
Draco se puso de pie y la saludó con una leve inclinación. Le mostró el legajo de papeles que llevaba consigo y le informó:
—Me sentiría muy honrado si me concedes unos minutos de tu tiempo. Me gustaría exponerte los planes de un proyecto que se me ha ocurrido para aminorar y aliviar las condiciones de pobreza y marginalidad que sufren los pobladores de la comunidad mágica de la ciudad de Nottingham.
—¡¿Nottingham?! —exclamó Granger, cada vez más azorada—. Bueno, esto sí que es una casualidad bastante grande. ¿Quién lo habría dicho…?
Draco la miró sin entender, pero presintiendo por dónde iban los tiros.
—Me temo que no comprendo, Granger. Yo…
Granger dejó los papeles que llevaba consigo encima del escritorio de su secretaria, quien sólo la miró con enojo y la boca abierta. Entonces, Granger caminó hacia la puerta de su oficina.
—Acompáñame, Malfoy, por favor. Creo que tu proyecto me interesa aun sin conocer detalles. Quizá no lo creas, pero justo mi Departamento acaba de entregarle al Ministro un estudio acerca del problema social que enfrenta la comunidad. ¡Llegas como caído del cielo! Margaret, traenos una bandeja con té, por favor.
Draco miró a la secretaria refunfuñar algo entre dientes y, sonriendo, siguió a Granger. Ésta cerró la puerta con un movimiento de varita y esperó a que Draco le entregara el legajo. Rápidamente, comenzó a leer.
—Siéntate, Malfoy, en un momento te sirvo una taza de té… —comentó distraídamente con los ojos pegados en los papeles, mientras Draco se sentaba y se sentía como en casa. Sonrió al recordar las muchas horas que había pasado en esa oficina cuando estaba dentro del "vistazo". Increíblemente, el sitio estaba igual.
Margaret entró con la bandeja del té y la dejó en el escritorio de su jefa. Se retiró y Granger se dejó caer pesadamente en su sillón ejecutivo mientras leía y leía sin hacer pausas. Draco, sonriendo mucho ante la expresión de asombro de la bruja, se acercó al escritorio y fue él quien sirvió dos tazas de té. Tomó una y comenzó a darle traguitos elegantes mientras esperaba que Granger finalizara con su lectura.
Granger abrió mucho los ojos y soltó un jadeo de sorpresa. Elevó la mirada hacia Draco y lo miró suspicaz.
—¿Estás… estás seguro de esto, Malfoy? —le preguntó, incrédula—. Por lo que veo, no estás solicitando nada de crédito ni beneficio. De hecho, has colocado una clausula que exige que tu identidad debe permanecer en secreto. Y además, por si fuera poco, ¿los nombres de los centros sociales? ¿De verdad quieres que se llamen como los padres de Harry?
Draco, ocultando una sonrisa tras la taza humeante, asintió con desenfado.
—Por supuesto. ¿Qué tiene de extraño? Me parece de lo más adecuado. Ambos fueron héroes de guerra, la gente le tiene aprecio a su recuerdo, y Potter es un nombre muy ligado al deporte y el quidditch.
Granger todavía lo veía con escepticismo.
—Sí, bueno, todo eso es cierto, pero… Harry… Harry y tú...
—¿Sí, Granger? ¿Potter y yo…?
Draco estaba muy divertido. No entendía por qué, pero esas charlas con Granger le daban años de vida. Tendría que ingeniárselas para volver a ser su amigo: realmente sentía que rejuvenecía solamente por verla a ella volverse loca de tanto pensar.
Granger enrojeció y evitó ver a Draco a los ojos.
—¡Vamos, Malfoy, no tiene caso que finjamos que entre Harry y tú nunca pasó nada malo! Sé que los últimos años hemos estado llevando la fiesta en paz, y que incluso el otro día tú te encontraste su reloj extraviado y se lo devolviste, pero… Bueno, ¿eso borra de golpe todos los años en los que lo odiaste?
Draco se encogió de hombros.
—Lo que yo sienta por Potter no cambia nada lo que pienso acerca de sus padres y los motivos que tengo para creer que esos centros sociales merecen llamarse como ellos. Mira, Granger, confía en mí cuando te digo que así debe ser —finalizó de modo definitivo. Y quizá Granger escuchó en su tono que no admitiría más réplicas, porque no insistió.
—Bueno —dijo ella mientras volvía a mirar los papeles—, tengo que reconocer que es una causa loable, Malfoy. Y que no sólo el Ministerio y la sociedad te lo agradecerán aunque no se enteren de que tú eres el benefactor, sino también Harry. La noticia va a volverlo loco de orgullo, estoy segura.
Draco miró hacia un lado, sintiéndose repentinamente enojado.
—La condición de mi anonimato incluye también al héroe, Granger —dijo en tono grave y despectivo.
—¿Tampoco quieres que Harry lo sepa? De acuerdo. Hay que realizar diversos trámites y contar con la aprobación del Ministro, pero estoy casi un noventa y nueve por ciento segura de que tu proyecto será aceptado. Es que… ¡es demasiado bueno! Veo que incluso le has echado el ojo a un par de edificios abandonados que pueden servir. ¡Me parece magnífico! Nos has ahorrado mucho trabajo, en caso de ser aprobado.
Draco suspiró.
—Me imagino y me congratulo de ello, Granger. —Se puso de pie—. Bien, si no hay más que agregar…
Para sorpresa de Draco, Granger dejó los papeles en el escritorio, se levantó a toda prisa, rodeó el mueble y alcanzó a Draco. Le extendió la mano derecha mientras le dedicaba una sonrisa muy sincera.
—Tengo que advertirte que, de aprobarse el proyecto, tú y yo tendríamos que trabajar muy de cerca, Malfoy —dijo ella mientras ambos se estrechaban las manos—. Espero que eso no te provoque molestias.
Draco le obsequió una muy leve sonrisa. Si Granger supiera…
—En absoluto, Granger. De hecho… De hecho, creo que será un placer. Aunque sea para hacer rabiar a tu marido Weasley y divertirme a su costa.
Granger abrió los ojos, gratamente sorprendida. Sonrió más.
—Muy bien, me alegra oír eso. Entonces, espera noticias mías. Seguramente en un par de días te tendré resultados.
Draco inclinó un poco la cabeza a modo de despedida y salió de ahí sintiendo una curiosa mezcla de nostalgia y esperanza.
Pero entonces, recordó a Harry y la horrible conversación que habían sostenido por la chimenea y aquella tristeza que parecía no abandonarlo nunca volvió hacer mella en su corazón.
