La primera semana de Sara en casa pasó increíblemente rápida. En seguida se hicieron a una rutina en la que prácticamente cada dos horas tenían que atenderla, ya fuera para darla de comer, cambiarla o bañarla.

Stiles sabía que parte del éxito se debía a que los dos colaboraban por igual en el cuidado de su hija. Cuando salió del hospital y comprendió que a partir de ahora iban a ser sólo ellos dos los que se ocuparan de su hija, un ligero temor se fue gestando en su pecho. Gracias a su trabajo como ayudante de sheriff, que le permitía ver de cerca la vida de los vecinos de Beacon Hills, conocía muchos casos en los que la madre era la única que se hacía cargo de los niños y el padre ni siquiera se molestaba en negarlo, aceptando que así es como tenían que ser las cosas. Y aunque técnicamente él no era la madre porque no era ninguna mujer, sí que era quien se había quedado embarazado. Por tanto, él era quien tenía más papeletas para acabar convirtiéndose en la pobre madre esclava al cuidado de su hija. Sobre todo siendo Derek el primero que tendría que volver al trabajo, pues habían decidido dividir el permiso paterno para no tener que dejar a Sara sola tan pronto.

Pero al final todos sus temores resultaron estar infundados. No tuvieron que pasar más de 24 horas desde que llegaron a casa para que Stiles supiera que nada de eso le iba a ocurrir. No cuando los dos se esforzaban por igual, sin pensar en ningún momento en las ganas que tenían de descansar un poco de un horario que exigía tanto y que nunca terminaba.

Así, acordaron entre los dos una especie de planificación de tareas que en realidad nunca llegaron a planificar, donde si uno de los dos era el que se había ocupado de darle el biberón a las dos de la mañana mientras el otro dormía un poco más, ese otro sería el que a la mañana siguiente se encargaría de darle de comer y cambiarle de ropa.

En conclusión, ninguno de los dos se sentía especialmente agotado para lo que hubieran esperado. Motivo por el que cuando se encontraron con varias parejas de padres primerizos en el hospital, mientras esperaban a que Melisa hiciera el correspondiente chequeo de Sara, y estos les contaban lo mal que lo estaban pasando; ellos no pudieron hacer otra cosa que asentir cuando en realidad no tenían ni idea de qué estaban hablando.

Lo más sorprendente de todo, en opinión de Stiles, es que eso le estuviera pasando con todo un Alfa como compañero. Lo más lógico habría sido pensar que, como medio animal que era, literalmente, y encima siendo el jefe de la manada, Derek se limitaría a imponer su posición de macho Alfa y asegurarse de que su pequeña familia estuviera protegida, pero se olvidara de todo lo relacionado con el cuidado diario de esa familia. Pero nada más lejos de la verdad. Por si hubiera tenido alguna duda, Derek resultó ser todo un padrazo y aún mejor compañero.

Precisamente por ello Stiles trataba de regalarle pequeños momentos especiales, solo ellos tres y lejos de la vorágine de Beacon Hills, para demostrarle lo feliz que era gracias a él. Y es que aunque fuera un pueblo pequeño, entre las constantes visitas de la manada a su casa (afortunadamente, al menos se ponían de acuerdo para no ir todos a la vez), y que cada vez que salían a dar un paseo no podían recorrer diez metros sin que alguien les parara, incluso si no les conocían de nada, para alabar lo guapa que era su hija; empezaba a resultar un poco cansino. Ambos sabían que eso iba a pasar y al principio se henchían de orgullo cada vez que alguien les decía lo guapa que era su hija… Pero todo tenía un límite.

Así que un día, aprovechando que hacía buen tiempo, Stiles le propuso que por qué no daban un paseo por el bosque, que estaría bastante menos concurrido.

Fue proponérselo y a Derek se le iluminaron los ojos. Con una sonrisa de oreja a oreja le besó largo y tenido, antes de coger en brazos a Sara y tomar con la otra mano a Stiles para llevarle así hasta al coche, no fuera a ser que cambiara de idea.
Stiles habría roto en carcajadas por verle tan desesperado por tener un momento para ellos alejados del resto del mundo, sino fuera porque él estaba igual de ansioso.

El paseo por la reserva, que fue el lugar que Derek escogió para su tarde en familia, también sirvió para estrenar la mochila portabebés que Cora les había regalado. Y aunque en realidad lo hizo para ver la cara que pondría su hermano al imaginarse que tendría que llevar a su hija de esa guisa, al final el plan le salió por la culata: a Derek le encantó la idea, pues cualquier cosa que le permitiera transportar a su hija por el bosque, y que lógicamente resultaría imposible con el carrito, era bien recibido. Y en el caso de Stiles quedó todavía más contento, ya que fue ver a su novio llevando un accesorio que hasta ahora le había parecido de lo más insustancial… y guardarse una nueva fantasía para su colección. Si hasta ahora Derek le había parecido perfecto con esa imagen de matón a sueldo, tenía que reconocer que le gustaba aún más con esa misma imagen de asesino en potencia (se había puesto incluso su vieja cazadora de cuero pese a que no hiciera especialmente frío), pero siendo a la vez un padre responsable y moderno que paseaba a su hija por el bosque sin olvidarse de la seguridad.

Stiles estaba tan absorto en semejante imagen, que mejoró todavía más cuando el hombre lobo se puso a hacerle cucamonas a Sara y a mostrarle de cerca hojas y ramas para que pudiera cogerlas, que no le importó caminar un paso por detrás de ellos para ver mejor el espectáculo.

Así fue hasta que Derek le pilló mirándole el trasero (en defensa de Stiles, resultaba imposible no mirarlo con esos viejos pantalones que se pegaban TAN BIEN a su cuerpo) y le obligó a que cargara un rato con su hija, como castigo por seguir siendo un pervertido.

A Stiles no le molestó mucho el cambio (sí el motivo por el que había ocurrido), pues eso significaba que ahora era él quien podría jugar con su hija, aunque todavía no era mucha la interacción que podía tener con ella.

De pronto Derek paró de caminar. Pensando que había encontrado algo que quería enseñarle a Sara, el humano esperó paciente a que le indicara qué era. Pero cuando en lugar de ello se dio media vuelta y le miró fijamente, quieto en el sitio, tuvo claro que se estaba perdiendo algo.

- ¿Qué pasa?

- ¿No sabes dónde estamos? –preguntó el hombre lobo.

- Hmmm. –Miró a su alrededor. Nunca le había pasado que por mirar a Derek hubiera acabado en un sitio sin ser realmente consciente de cómo había llegado hasta allí; pero había que admitir que el culo de Derek estaba a otro nivel y todo era posible-. ¿En el bosque?

- Sí, eso ya lo sé. Me refiero a en qué lugar exacto del bosque… -Extendió los brazos, abarcando el espacio que había a su alrededor-. Aquí fue donde nos conocimos. Cuando tú y Scott estabais buscando su inhalador.

La explicación dejó a Stiles con la boca abierta.

- ¿En serio? Hace años que no pasaba por aquí. Ya ni me acordaba. –Volvió a examinar el escenario, buscando esos detalles que llamaron su atención aquel día y que le habían pasado totalmente desapercibidos hasta que Derek le recordó dónde estaban. Y entonces se dio cuenta de que su novio seguía quieto. Y que seguía mirándole muy fijamente-. ¿Por qué estás tan serio?

- No estoy serio. Estoy… concentrado.

- ¿Y eso?

- Porque quiero hacerlo bien.

- ¿El qué?

- Me dijiste que tendría que pedírtelo en condiciones. Y creo que hacerlo aquí, en el punto exacto en que te vi por primera vez y supe desde ese mismo instante que ibas a cambiar mi vida, es lo mejor.

- No entiendo de qué estás… ¡Oh, Dios mío!

El grito de "Dios mío" fue porque Derek acababa de ponerse de rodillas frente a él.

Pero en lugar de la mirada lujuriosa que mostrara la última vez que se puso así, en los calabozos de la comisaría cuando estaban a punto de "hacer las paces"; ahora mostraba una extraña mezcla de alegría y nerviosismo, más un toque de adoración. Todo ello terminó de confirmarle que Derek estaba a punto de hacer lo que parecía que iba a hacer.

Lo que ni en un millón de años Stiles habría imaginado que un día vería en Derek, el que se suponía que era un hombre que iba de duro por la vida, pero al que realmente le conquistabas con cosas sencillas como paseos por el bosque. El mismo hombre que no era fan de las muestras de afecto en público, sino que prefería pequeñas acciones como regalarle una hamburguesa a su novio cuando acababa de dar a luz.

Pero, evidentemente, Derek seguía siendo una caja de sorpresas. Y que eso lo dijera el hombre al que había conseguido dejar embarazado, ya era hablar de sorpresas.

- No sé por qué no te lo he pedido antes –habló el hombre lobo-. Podría haberlo hecho el mismo día en que te besé por primera vez, porque cuando lo hice fue sabiendo que no habría nadie más que tú. Y cuando supe que estabas embarazado tuve claro que iba a pasar el resto de mi vida cuidando de vosotros… -sonrió a una Sara absorta en su padre desde que hubiera puesto una rodilla en el suelo-. Pero si tengo que elegir un momento para hacerlo que sea este, con los tres juntos en el mismo sitio donde todo empezó a cambiar.

Derek guardó silencio, dándole pie a Stiles para que dijera algo. Y Stilinski tuvo que mojarse los labios, como siempre hacía cuando estaba tan nervioso que no sabía ni qué decir.

- Yo… No hacía falta. –Se le encendieron las mejillas-. Sé que últimamente he estado muy pesado con lo de que tendrías que hacerlo oficial pero… -Acarició la cabeza de su hija, sin saber muy bien qué hacer con sus manos.

Rápidamente Derek se puso de pie, dando los dos pasos que le separaban de su pequeña familia.

- Sí que hace falta. –Tomó la mano libre de su compañero-. Me encantaría poder gritar al mundo entero que Sara es nuestra hija y que has sido tú quien ha obrado el milagro. –Besó la cabeza de Sara, franqueada por los dos hombres, y luego apoyó la frente en la de Stiles-. Pero como no puedo hacer eso, por más que quiera, al menos puedo darte el reconocimiento que te mereces. Y la posibilidad de que le digas a todo el mundo que "yo soy tuyo" cada vez que les enseñes la alianza.

Stiles, todavía haciéndose a la idea de lo que estaba ocurriendo, esperó paciente a que Derek sacara esa alianza y se la pusiera en el dedo, como mandaba la tradición. Pero cuando eso no ocurrió y, aun así, parecía que el hombre lobo estaba esperando a que fuera él quien dijera algo, no tuvo más remedio que preguntar:

- Hmmm. ¿Y dónde está el anillo?

- No tengo anillo.

- ¿Y eso?

- ¿Crees que habría podido ir a comprar uno sin que a los cinco minutos lo supiera todo Beacon Hills? –preguntó, alzando su ceja en modo sarcasmo-. Entre tú, tu padre, Parrish y mis Betas, que no se quién es más entrometido, sería comprarlo y adiós sorpresa.

Un tanto desilusionado porque él mismo fuera el responsable de que no tuviera una pedida de matrimonio más clásica, al final acabó echándose a reír. Viniendo de ellos dos "clásico", "tradicional" o "normal" eran palabras que hacía mucho que dejaron de tener sentido.

- Y entonces ¿qué vas a hacer para pedírmelo?

Derek estaba esperando a que le hiciera esa pregunta.
Con una leve sonrisa se alejó de Stiles y su hija unos cuantos metros. Apenas dio cinco zancadas pero fueron suficientes para acabar a una distancia considerable.
Entonces dio media vuelta, se abrochó su vieja cazadora de cuero y metió las dos manos en los bolsillos, cambiando su expresión para mostrar ahora una mucho más seria e incluso amenazadora.

Con esa pose caminó hacia ellos, decidido, y Stiles sintió que todo su cuerpo temblaba al comprender lo que Derek estaba haciendo. Se había transformado en el mismo tipo que conoció años atrás, cuando su vida estaba a punto de cambiar irremediablemente pero todavía no lo sabía.

- ¿Qué hacéis aquí? –preguntó Derek con esa manera de hablar que tenía cuando se conocieron, y donde las muestras de amabilidad brillaban por su ausencia-. ¿Eh? Esto es propiedad privada.

- Esto… -Stiles intentó recordar qué fue lo que dijo aquel día, pero sólo era capaz de poner cara de idiota… Bueno, estaba seguro de que eso también lo hizo aquella vez-. Joder, Derek. Dabas mucho miedo entonces.

El Alfa intentó mantenerse en su papel, aunque fuera cambiando un poco el guión original.

- No fue eso lo que me dijiste dos días después, cuando acababa de ser detenido por tu padre y me aseguraste que no me tenías miedo.

- Ya. Y sonó de lo más convincente. –Dejó los ojos en blanco-. La verdad es que ni siquiera sé cómo pude hablarte siendo tan… -Le señaló de arriba abajo, como si eso lo explicara todo.

- Sí. -sonrió, perverso-. Esto también lo noté. Y si hubiera sido tan cruel como creías, no me lo habría callado.

- Perdona –alzó un poco la voz, indignado-. Pero tienes que entender que por aquel entonces yo era un chico virginal muy impresionable y tú… La mejor fantasía que mi mente podría haber imaginado. ¡Y habías aparecido de la nada! Lo primero que pensé es que estaba alucinando.

- Afortunadamente no fue así y, además, no tardé en darme cuenta de que eras mucho más que un chico virginal… Lo de "fácilmente impresionable" haré como que no lo he oído.

Stiles renegó, dándole unas palmaditas a su hija en la espalda. Llevaban un buen rato parados pero ella no parecía molesta, muy entretenida con la conversación de sus padres pese a que no tenía ni idea de lo que estaban hablando. Pero el simple hecho de oír sus voces y notar las manos de su padre en torno a ella era suficiente para que se quedara tranquila… y atenta a todo lo que pasaba.

- Entonces, ya que estamos siendo sinceros, diré que a mi también me quedó claro enseguida que no eras sólo ese asesino en potencia que querías hacernos creer. Y menos mal, porque entonces jamás habría podido conocer al mejor novio que nadie podría desear, ni al mejor padre que una hija podría tener.

- Y al mejor marido… -entrecerró los ojos, recuperando esa pose de Alfa-. O eso espero, porque todavía no has respondido mi pregunta.

- ¿En serio necesitas que te responda?

- Para estas cosas es mejor asegurarse. No quiero que dentro de unos años me vengas echando en cara que nunca me dijiste que SÍ querías casarte conmigo.

- Bueno. Teniendo en cuenta que hace unos años le propuse a Scott que te matara, tienes que reconocer que sería una clara mejoría.

Derek alzó una ceja, entre intrigado y molesto porque siguiera sin darle una respuesta. Por el amor de Dios, pensó, frustrado: había cambiado completamente de forma de ser, pasando de vivir en los restos de una casa quemada a un edificio de lofts que estaban a su nombre y que había amueblado porque Stiles se lo había pedido. Y por si eso no fuera suficiente, le había pedido formalmente salir, que se fuera a vivir con él tan pronto como terminó sus estudios, prometiéndole que él también trabajaría… ¡y hasta le había dado una hija!

En serio, ¿qué más necesitaba hacer para que le respondiera con un "sí, quiero"?
Erica tenía razón. Al lado de Stiles, él jamás sería el Alfa.
Aceptando su posición dentro de su pequeña familia, Derek tomó la mano de Stiles e hincó de nuevo una rodilla en el suelo.

- Entonces hagámoslo oficial –dijo sin parpadear, no fuera a ser que se perdiera cualquier reacción por parte de su compañero-: Stiles Stilinski, ¿me concederías el inmenso honor de casarte conmigo y convertirte en mi compañero de por vida?

Curiosamente, pese a que era la segunda vez que se ponía en la posición de pedida de matrimonio en menos de cinco minutos y ya llevaban un rato bromeando sobre ello, fue verle así, diciendo las palabras exactas, y Stiles ya no pudo seguir bromeando.

No cuando se vio a sí mismo en aquel lugar hacía diez años, intentando aparentar que no estaba muerto de miedo y excitado a partes iguales frente a aquel tipo que había salido de la nada; y ahora veía a ese mismo hombre que además era el padre de la preciosa hija que tenía en sus brazos, de rodillas y pidiéndole convertirse en su marido.

Nada de aquello era para tomárselo en broma. Antes bien, era para convertirse en creyente cuando jamás había sido de los de rezar, para dar las gracias al Todopoderoso que había conseguido que todo eso ocurriera.

Stiles colocó ambas manos en la espalda de Sara para evitar que se moviera mucho cuando él también se puso de rodillas, queriendo estar a la misma altura que el hombre que estaba a punto de convertirse en su prometido…

Prometido, pensó Stiles. Le gustaba cómo sonaba. Decidió que así es como le llamaría a partir de ahora y hasta el día de su boda.
Pero lo primero era lo primero:

- Sí, claro que quiero –susurró, ya llorando de emoción-. Y el honor es todo mío por tenerte a ti, Derek Hale, como compañero para el resto de mi vida.