Capitulo veinticuatro

¿Podrías ir más despacio? –pregunté después.

Me miró sonriendo y pude ver alegría en sus ojos.

Así llegaremos antes… –dijo simplemente.

– Conduces como un loco… –murmuré casi para mí misma.

– Cada uno conduce como lo que es… –contestó con una enorme sonrisa.

Negué con la cabeza mientras miraba el paisaje por la ventana, solo había una extensa carretera ante nosotros… rodeada de arboles y de vez en cuando algún grupo de edificios. Mis parpados comenzaron a pesar en demasía… la noche prácticamente en vela me estaba pasando factura.

– Descansa –susurró Emmett pulsando un botón de los muchos que tenía frente a él, sin más el respaldo de mi asiento comenzó a reclinarse. Yo cerré los ojos y me dejé llevar.

Cuando desperté estábamos rodeados de oscuridad… me froté los ojos y me incorporé un poco. Emmett conducía con la mirada y toda su atención puesta en la carretera.

– En tres horas llegaremos –susurró.

– ¿Cuánto tiempo he dormido? –pregunté asustada.

– Mucho… creo que demasiado –sonrió–. No te preocupes, yo he dormido un par de horas también, así que estoy en plena forma –flexionó uno de sus brazos y tensó sus bíceps, que se marcaron baja la estrecha camiseta que llevaba.

– Sabes que lo esteroides son malos…. ¿cierto? –pregunté de broma.

– Lo dice la que habla en sueños… –se burló

– ¿Qué he dicho? –pregunté avergonzada mientras mi cara se ponía de todos los colores posibles.

– Oh nada… solo que… mejor me callo… no quiero que tu cabeza explote por exceso de sangre.

Lo miré con los ojos entrecerrados y soltó una carcajada.

– Vamos Bells… solo bromeaba… no has dicho nada que no supiera –dijo con ternura– que no querías irte tan apresuradamente y que amas a Edward…

Miré por la ventana intentando ocultar las lágrimas que se arremolinaron en mis ojos… ¡claro que no quería haberme ido! Y menos ahora, que había recuperado mi confianza en Edward, que sabía que me amaba tanto como yo a él, que había decidido pasar a su lado cada uno de los días de mi vida.

Después de poco más de dos horas llegamos a la ciudad, estaba amaneciendo, las calles continuaban algo dormidas pero ya comenzaba a haber algunas personas caminando con cara de sueño. Cruzamos la cuidad sin detenernos en ningún lugar, yo miraba a Emmett, pero desde nuestra pequeña conversación después de despertarme no había abierto la boca, supongo que el cansancio comenzaba a hacer mella en él, prácticamente había vivido en ese coche las ultimas veinte cuatro horas. Después abandonamos la cuidad y comenzamos a entrar en una zona boscosa, supuse que nos estábamos dirigiendo a las afueras, lejos del bullicio y los paparazis. Detuvo el coche frente a una gran verja negra de hierro y me miró por primera vez, suspiro y tomó una de mis manos entre las suyas, lo miré a los ojos y pude leer que iba a pedirme algo.

– Sé que quizás te cueste un poco aceptar esto –me dijo sosteniendo mi mirada– pero no te pido que lo hagas por mí, aunque lo merezco después del palizón que me he dado conduciendo.

– Ve al grano –le pedí en un murmullo.

– Hazlo por Edward, por Alice que sé que la adoras, o por ella misma –volvió a pedir mirándome con cara de cordero degollado.

– Emmett, habla –lo apremié.

– Lo ha pasado muy mal con todo esto, no me lo ha dicho directamente porque apenas me habla, pero lo he notado… aparenta ser fuerte pero es muy frágil, por favor perdónala. O al menos intenta no ser muy dura con ella.

Lo miré con los ojos entrecerrados… pude deducir que hablaba de Rosalie. Después de todo, no había tenido mucho tiempo para pensar en ella ni en lo que había hecho, la quería, pero no entendía el porqué actuaba de ese modo.

– ¿La has visto? –pregunté.

– Está aquí, esperándote –alzó una mano y con sus dedos pulgar e índice e hizo una pinza sobre mis labios–. Antes de que digas nada déjame decirte algo más –yo asentí–. Se ha pasado dos semanas recorriéndose medio país buscándote, ha cogido aviones, ha conducido durante horas, ha dormido en moteles de carretera… estaba muy preocupada por si te había pasado algo. Cuando se dirigía hacia Nueva York fue cuando Alice la llamó y le dijo que Edward ya te había encontrado y no tuvo valor para enfrentarte en ese momento.

– Hablaré con ella –suspiré cuando liberó mis labios de su agarre–, pero no te prometo nada. Tiene que tener una muy buena explicación para lo que ha hecho.

La verja se abrió y Emmett comenzó a conducir por un estrecho camino rodeado de un césped tan verde que parecía irreal. Sin más una enorme mansión color crema y con los ventanales de madera apareció ante nosotros. Contuve la respiración ante eso… si la mansión de los Cullen en algún momento me pareció extremadamente grande, no era nada comparada con esa. Detuvo el coche frente a una enorme escalera que nos conducía hacia la puerta principal.

Me bajé mientras mis piernas temblaban… dios mío… ¿A dónde me había llevado Emmett? Me sentía en mitad de una telenovela o algo parecido. La puerta se abrió y dos figuras salieron de ella, a una la conocía, era Rosalie, la otra no. Era una mujer algo más baja que yo, tenía el pelo extremadamente rubio que caía en ligeras hondas sobre sus hombros, sus ojos eran tan azules que incluso se podrían apreciar a distancia y una sonrisa tierna adornaba su rostro.

Rose avanzó dos pasos y se detuvo en seco cuando nuestras miradas se encontraron, no parecía la Rose que había dejado en Forks semanas atrás, ni tampoco la que había dejado en Phoenix hace dos años. Su pelo estaba recogido en un moño despreocupado, con mechones de pelo cayendo en todas direcciones, estaba sin una pizca de maquillaje sobre su rostro, con dos enormes ojeras bajo sus ojos y extremadamente pálida. Vestía un chándal y cuando bajé mi mirada vi que llevaba unas zapatillas de deporte. Me quedé en shock… Rose nunca, por ningún motivo, se había puesto un chándal… ni para hacer ejercicio, que era cuando se introducía en aquellos pantalones elásticos tremendamente ajustados con camisetas que dejaban ver su ombligo. Siempre se veía sexy y arreglada, no demacrada y con ojeras…

Subí las escaleras despacio, Emmett venía detrás de mí cargando mis dos únicas maletas en las que llevaba solo lo indispensable que Ness hubiese podido meter en ellas. En cuanto puse un pie en el último escalón dos pequeños brazos me rodearon.

– Soy Kate, la agente de Edward y ese tremendo zoquete que te ha traído –dijo la mujer después de soltarme.

– ¿Yo que he hecho ahora? –preguntó Emmett haciendo un mohín.

– Se supone que tardarías más tiempo en llegar… no quiero ni pensar en la velocidad a la que has conducido… eso sin mencionar que seguro que no has dormido.

– Sí que he dormido –se defendió, pero toda su defensa se vino abajo cuando un bostezo involuntario escapó de su boca.

– ¡A dormir! –Gritó Kate señalando la puerta con un dedo– ¿tú has dormido cariño? – me preguntó endulzando el tono de voz. Asentí con una tímida sonrisa–. De acuerdo… Rose te llevará a tu habitación para que te des un baño y te relajes, después hablamos de lo que haremos a partir de ahora. Iré a llamar a Edward… seguro que se está subiendo por las paredes.

– ¿No le has dicho nada? –pregunté algo asustada.

Kate sonrió con picardía y me guiñó un ojo.

– Solo lo estaba haciendo sufrir un poco, pero no puedo explicarle toda la verdad… querrá matar a Tanya con sus propias manos y eso no nos beneficiaria –dijo negando con la cabeza mientras ocultaba una sonrisa–. Ahora no te preocupes más y ve a relajarte… seguro que el bruto de Emmett te ha hecho dormir en el coche y tendrás los músculos adoloridos.

Asentí mientras caminaba hacia la puerta donde Rose me esperaba, pero me giré antes de cruzarla mirando sus ojos.

– Le diré que estás bien, y que lo echas de menos –susurró con una sonrisa.

Yo solo pude musitar un "gracias" tan bajo que no creo que pudiese oírlo, mientras mis mejillas ardían de nuevo.

Edward POV

Estaba hundido en mi propia miseria, no sé el tiempo que pasé tirado en el suelo, encogido y llorando. Se había ido... me había abandonado una vez más, había desaparecido otra vez. No entendía como podía haber hecho eso justo después de haberse entregado a mí como lo hizo la noche anterior, por dios… ¡le había dicho que la amaba! Y ella me demostró que hacía los mismo conmigo… ¿entonces porque se fue?

Estuve debatiendo conmigo mismo durante horas, no encontraba un motivo coherente para su huida precipitada de nuevo. Suspiré pesadamente y me estiré en el suelo, sobre la alfombra, mirando al techo. Podía recordar exactamente cada segundo de la noche anterior. Cada caricia, cada beso… la había amado de todas las formas posibles, pero eso no parecía ser suficiente para ella… seguro que había algo en mí que no le gustaba. Me pelo, mis ojos, mi cuerpo poco musculado que parecía el de una mujer adolescente (N.A.: lo sé, lo dijo Rob en una entrevista. Pero me ha gustado XD)

Sin más algo hizo click en mi cabeza, Nessa tenía que saber algo. Me puse en pie y me vestí con la misma ropa del día anterior. Tenía que salir cuanto antes, por lo que no me paré a ducharme y mucho menos a afeitarme… ¿A quién le importaba? Cogí el coche y conduje a toda velocidad hacia la cafetería donde trabajaban ambas. Aparqué lo más cerca que pude pero aun así tuve que caminar un buen trecho… ¿qué digo caminar? Fui a la carrera hasta que llegué allí, y en cuanto lo hice mi alma se me cayó a los pies. Estaba cerrado. ¿Y ahora que hacía? No sabía la dirección de su apartamento, solo que estaba a mitad de camino hacia la universidad, y eso no era suficiente, Nueva York tenía millones de apartamentos, encontrarlo sería muy difícil.

Me senté en la acera a esperar, alguien tendría que aparecer por allí tarde o temprano para abrir la cafetería, Nessa, lo mujer embarazada o el marido de esta… y algo volvió a hacer click en mi cabeza, ¡estúpido Edward! Ángela, aquella mujer, había dado a luz en día anterior así que ni ella ni su marido aparecerían por el lugar ese día.

Las horas fueron pasando y yo como tremendo estúpido que era continué sentado en aquella acera frente al "Angi's" esperando una señal divina que me indicase cual era el apartamento de Bella. Pero nada pasaba… solo el tiempo, los segundos, los minutos… la gente pasaba por la calle y me miraba mal, mal vestido y sin afeitar seguro que no me reconocerían, y sentado allí parecía más un mendigo que una supuesta estrella de cine. Sin más un hombre se me acercó y tocó mi hombro ligeramente. Me puse en pie y no me gustó la sonrisa sarcástica que cruzó su rostro antes de hablar.

– Perdón ¿sabe por qué está cerrada la cafetera? –preguntó.

Yo lo miré de arriba abajo antes de contestar.

– Ángela ha dado a luz ayer, no creo que abran –dije en tono neutro.

– ¿Y no sabrás donde puedo encontrar a Bella? –volvió a preguntar.

Bufé exasperado… y mis alarmas se encendieron, ¿ese hombre que estaba frente a mí conocía a Bella? ¿De dónde? ¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Cómo?

– ¿Quién lo pregunta? –pregunté en un gruñido.

– Soy James Cam –dijo extendiendo su mano– profesor de la universidad.

Lo miré con odio mientras veía como su mano volvía a su posición inicial sin que yo moviese un solo musculo para darle la mía.

– Ha tenido una urgencia familiar y se ha ido –mentí. No sé porque pero sentí que debería hacerlo.

– ¿Ha pasado algo grave? ¿A dónde ha ido? –preguntó de nuevo.

Demasiadas preguntas… no me gustaba. Pensé rápido, recapitulé todo lo que Bella me había contado de su vida aquellos días en Forks, no podía decirle que había vuelto allí, no… así que un recuerdo específico cruzó mi mente.

– Se ha ido a Phoenix –contesté sin más.

Pareció dudar durante unos segundos, para después sonreír con suspicacia. Un escalofrío recorrió mi espalda… no entendía como Bella podía haber intimado con un hombre como él.

– Debo irme… gracias por la información –se dio media vuelta y se fue.

Me quedé paralizado mirando el lugar por el que se fue, durante varios minutos no aparté mi mirada de allí, no sé exactamente que esperaba, pero mis ojos parecían haberse clavado en ese punto. Sin más un coche dio un frenazo brusco en la calzada, miré en su dirección asustado de que hubiese pasado algo. Solo vi un borrón bajarse apresuradamente de él y dirigirse hacia donde yo me encontraba, para de repente ver dos enormes ojos verdes que me miraban fijamente.

– Sí, eres tú –dijo sin más.

Me agarró del brazo y comenzó a tirar de mí hacia el coche, tardé unos segundos en comprender que se trataba de Nessa, la amiga de Bella. Me detuve en seco y ahora fui yo el que la agarró del brazo e hice que se girara.

– ¿Dónde está? –pregunté en un susurro para que mi voz no se rompiera.

Me miró a los ojos y luego suspiró.

– Este no es el lugar para hablar de ello, vamos a recoger tus cosas al hotel – contestó.

– ¿Por qué? –pregunté confundido.

– Alice me dijo que te llevase a Forks.

– ¿A Forks? –pregunté en un grito.

– Sí, quiere contarte algo y dice que es mejor que estés en terreno neutro cuando lo haga –dijo negando con su cabeza como si no entendiera nada.

– ¿Dónde está Bella? ¿Está allí? –pegunté de nuevo.

– No lo creo, se la ha llevado Emmett a Jacksonville.

– ¿Emmett? –pregunté confundido.

– Sí Emmett, tu amigo o tu compañero de trabajo, como quieras llamarle –sin más me arrastró del brazo y me introdujo en el asiento trasero de un coche rojo que estaba estacionado en doble fila frente a la cafetería. Jacob, el hermano de Bella, iba al volante, me gruñó en cuanto me vio pero intenté ignorarlo todo lo que pude.

Me llevaron hasta mi hotel y recogí las pocas cosas que había traído, me di una ducha y me cambié de ropa mientras ellos esperaban sentados en el sofá que horas antes había ocupado Bella… me encogí de dolor cuando los recuerdos de la noche anterior atacaron mi mente una vez más. Pero no tuve tiempo de lamentarme demasiado cuando mi teléfono comenzó a sonar.

– ¿Alice? Te exijo que me expliques que está pasando ¿Dónde está Bella? ¿Por qué se la ha llevado Emmett? ¡Habla! –grité.

– Ok, ok, lo primero te tranquilizas. Te contaré todo cuando estés aquí –contestó con tranquilidad.

– Alice… no me hagas enojar, dime que está pasando de una vez –le exigí.

– No estás en posición de exigirme nada Edward Cullen, así que guarda tu tono de reproche para quien de verdad lo merece, aunque más que reproche yo le daría repetidas patadas en la cabeza por zorra.

– ¡Alice! –escuché la voz de mi madre de fondo reprendiendo a mi hermana por su vocabulario.

– ¿De que hablas? –pregunté confundido.

– Ay hermano, tienes que empezar a elegir mejor a tus amistades.

– ¿De quién hablas? ¿Qué le ha hecho Emmett a Bella?

– Salvarla, eso es lo que ha hecho… alejarla de ti para que esté bien. Esa mal nacida me dan ganas de…

– Alice… –volví a oír la voz de Esme.

– No mama, no voy a callarme, esa es una zorra ¡No! ¡Deja mis tarjetas de crédito papá! Prometo hablar bien… –casi podía imaginarla poniendo un puchero para ablandar a nuestros padres.

– Me estoy poniendo nervioso, ¡quieres explicarme que está pasando! –grité exasperado.

– Tú solo ven aquí y te cuento todo, si hablas con la zorr… digo con "Tanya" miéntele, dile que vas a cualquier otro lugar.

– ¿Bella está bien? –pregunté en un susurro.

– Si idiota, está perfectamente y te sigue queriendo tanto como anche, así que no pienses estupideces… ¿de acuerdo?

– Ok, Alice. Nos vemos en unas horas –dije antes de colgar.

Me giré y Jacob y Ness estaba hablando en susurros entre ellos.

– Chicos nos vamos, nos espera un jet privado en el aeropuerto –dije sin más mientras agarraba mis maletas.

– ¿Avión? ¿Qué haremos con el coche de Bella? No puedo dejarlo abandonado en el aeropuerto... me matará –dijo Jacob poniéndose pálido.

– Pediré que lo lleven allí, en otro vuelo, en el jet no cabe. No te preocupes –le contesté.

– Cullen, ¿puedo pedirte algo? –me preguntó cuando Nessa entró en el baño justo antes de irnos. Solo asentí esperando que continuase– ¿puedes presentarme a la tipa esa qué dice ser tu novia? –preguntó con tono ácido.

– ¿Para qué? –pregunté confuso.

– Tengo que aclarar un par de cosas con ella –vi como se reflejaba algo en sus ojos, pero fue solo durante unos segundos.

Una idea pasó por mi cabeza, atando cabos todo parecía cobrar sentido. La huída de Bella, que Emmett la estuviese protegiendo por estar a mi lado, el odio de Alice hacia Tanya, aquel hombre preguntando donde estaba Bella… era demasiado descabellado, no estaba seguro de que estaba pasando exactamente pero algo me decía que Tanya tenía mucho que ver con todo eso.

– Tanya es solo mía –solté con un gruñido mientras mis manos temblaban de ira.