Estoy muy contento de haber terminado este episodio, que entre las navidades y los exámenes finales se ha prolongado más de lo esperado. Espero que os guste mucho, y os envío un fuerte abrazo y un montón de cariño desde aquí (tengo un subidón porque lo acabo de terminar, de verdad).
-Lollyfan33: Me alegro tanto de que te gustara. La verdad es que fue un capítulo muy intenso y lleno de revelaciones, como la trampa de Attina y e secreto del rey Tritón. La muerte de Kuzco me dio pena a mí también, de hecho no lo tenía planeado pero me encajaba así. La historia es tan inesperada que nunca se puede saber quién va a vivir y quién no (como fue el caso de Billy, o ahora de Merlín). Y hablando de Merlín, quizás como tú dices si siga siendo importante en esta historia, ya veremos, ya... y es cierto, y está muy bien señalado, que intento que todos los personajes tengan protagonismo y estén participando constantemente en la historia, aunque no sean la trama principal. Bueno, espero que disfrutes mucho de este episodio (subiré en breve también del Reformatorio Shinsekawa) y te envío un gran abrazo, que como siempre, tus reviews son muy importantes para continuar esta historia.
-Dianaa34: Aunque el review me lo has puesto en otro cap te contesto aquí todos los que vayas subiendo. Sí Cobra Burbuja es un personaje muy interesante (y de mis favoritos en Lilo&Stitch), y de la pareja de Jim y Ariel... pues ya veremos lo que ocurre ¿son buenos realmente el uno para el otro?
Este capítulo me ha parecido de los más interesantes para escribir, desvela una importante parte en la historia de uno de los personajes principales. Espero que os guste.
CUARTA MISIÓN: MONSTRUO MARINO (DESENLACE)
Jim observó el lugar al que la magia lo había llevado. Seguía estando bajo el agua, pero la luz que iluminaba la superficie oceánica era mucho más clara y se sentía más cálido, y a gusto. Miró a Ariel, que parecía hipnotizada por el lugar en el que estaban: un jardín de algas multicolores donde peces brillantes nadaban entre las ramificaciones del coral y las anémonas estiraban sus tentáculos radiales desperezándose.
Al lado de Jim, Úrsula permanecía cruzada de brazos. Jim tenía que encontrar un modo de escapar de ahí, de acabar con ella, pero por el momento solo podía ganar tiempo. Además, por lo que parecía, ahora estaba dentro de un recuerdo. ¿Cómo se supone que se escapa uno de eso?
Entonces vio una figura al fondo, y se quedó helado. Era Ariel, que nadaba hacia él. La Ariel del recuerdo, vamos. Pero parecía… más mayor…
Jim entendió que no era ella. Debía de ser…
-¡Ariel!-exclamó la reina Anthea-¡Ariel, ven aquí ahora mismo!
Se escuchó una risita, y de detrás de un bloque de corales Jim pudo distinguir una llamativa melena pelirroja. Joder… era ella, pero muchos años atrás… no podía creerlo. Nunca se había planteado que Ariel hubiese sido niña una vez. La infancia le parecía un periodo tan pasado…
-¿Dónde se habrá metido ese bicho?-preguntó la reina Anthea en voz alta. Por supuesto estaba haciendo teatro. Ariel se asomó desde su escondite y luego se volvió a ocultar, sin saber que su madre ya la había visto perfectamente.
Anthea puso los brazos en jarra y empezó a buscar distraídamente por otro lado. Entonces Ariel salió de la roca y Jim la vio de niña por primera vez. Debía de tener unos seis, siete años: era cabezona y sus ojos, muy grandes, estaban llenos de vida, al contrario que ahora. También estaba regordeta, y tenía el pelo ya largo, pero no tanto como ahora. La pequeña Ariel de rosadas mejillas nadó hasta la espalda de su madre y entonces trató de darle un susto.
-¡BOO!-exclamó Ariel, y Anthea fingió asustarse mucho.
-¡Ooooh! ¡Ariel, vaya susto me has dado! ¿cómo te escondes tan bien?-preguntó, cogiéndola en brazos. Ariel se encogió de hombros, satisfecha.
-Es que he sido muy rápida y no me has visto-le explicó-¿verdad que soy buena mamá? Podría ser espía…
-Pues la verdad es que sí-reconoció Anthea acariciándole el cabello a su hija y pegando su frente a la suya. Verdaderamente eran muy parecidas. Jim estaba seguro de que si ambas tuviesen la misma edad, sería muy difícil encontrarles las diferencias. Incluso los pechos de Anthea (que como orgullosa sirena llevaba al descubierto) eran de un tamaño parecido a los que su hija tendría años más tarde.
-¡Mamá, ¿te importaría?!-interrumpió Andrina, que entonces debía de tener unos trece años, entrando en la estancia seguida de Aquata y Alana, con las que estaba discutiendo-¡dijiste que vendrías a ayudarme!
-Sí cariño, perdona-se disculpó Anthea mientras Alana se acercaba a ella y le enseñaba la mano, en la que se le había pegado una pequeña estrella de mar.
-No se va-le dijo Alana a su madre.
-Prueba a pedírselo por favor-respondió Anthea con calma.
-Ya lo he hecho-replicó Alana.
-Por favor, vete-le pidió Anthea a la estrella, y esta así lo hizo. Alana miró su mano con satisfacción y luego se marchó, sin ni siquiera decir las gracias.
-Por favor siempre funciona-le dijo Ariel a su madre, aún entre sus brazos.
-Pues claro-dijo Anthea, pegando su naricita a la suya.
-Muy bien Ariel, que lista que eres-ironizó Andrina poniendo los ojos en blanco-¿te importa dejar de darle el rollo a mamá?
-¡Yo no le estoy dando…!-protestó Ariel.
-Andrina ahora mismo voy… me dijiste que no era tan urgente-le recordó su madre. Entonces Aquata explotó.
-¡¿Y yo qué?! ¿no me vas a preguntar por lo de hoy? ¡Ya veo como me quieres mamá!
-¡Ay cielo! No te había visto todavía…-se excusó Anthea con delicadeza-¿cómo te fue hoy en la cantoral?
-Fatal…-dijo Aquata, al borde del llanto-¡todos se han reído de mí, incluso Isurus! ¡Nunca va a salir conmigo!
-Claro que lo hará-la consoló Anthea.
-Eres una exagerada Aquata-dijo Adela que llegaba al jardín en ese momento-mamá, tienes que venir a ver lo que están montando en el comedor grande para tu fiesta… están liando una…
-Les dije que no pusieran marisco, o Sebastián se ofendería-recordó Anthea, llevándose una mano a la boca-¿puedes ir tú a decírselo?
-¿Ese es mi trabajo?-preguntó Adela con sarcasmo-bastante he hecho ya, me parece a mí.
-Mamá, ¿no íbamos a pasar la tarde juntas?-preguntó Ariel agarrada a ella. Anthea la miró con tristeza mientras Alana regresaba con una estrella de mar pegada ahora al hombro.
-Ha vuelto-la informó.
-Déjala, por favor-insistió Anthea, y la estrella se fue de nuevo-¿no podrías probar tú a hacerlo?
-No-dijo Alana, y se fue de nuevo.
-¡Majestad, majestad!-Marina, la tutora de las niñas, acababa de entrar también en el jardín, y llevaba el cabello de color violeta despeinado, y cara de muy malas pulgas-¡majestad!
-¿Qué pasa, Marina?-preguntó Anthea sin alterar ni un poco su sereno porte.
-¡Es Arista!-explotó Marina, furiosa-¡ha vuelto a tirar la estatua del rey Jaspero! ¡Es una irreverente, la niña! ¡Nunca va a aprobar así historia del arte!
-Voy ahora mismo…-dijo Anthea incorporándose-¿Adela, podrías llevarla a Ariel a su cuarto?
-¡Y yo qué mamá!-protestó Andrina enfadada-¡me dijiste que me ayudarías! ¡Me mentiste!
-Si no hay más remedio que llevarla…-dijo Adela acercándose a Ariel que miraba a su madre disgustada.
-Mamá…-dijo la pelirroja estirando una manita hacia ella, pero Anthea parecía un poco contrariada.
-Andrina, a mí no me llames mentirosa-dijo la reina alzando su cabeza con orgullo, y su hija entendió que se había pasado de la raya-te dije que te ayudaría cuando tuviera tiempo, y hasta ahora, no lo he tenido.
-Pero para Ariel tienes todo el tiempo del mundo…-observó Aquata estirando su cola con pereza apoyada en unos corales. La reina Anthea la miró disgustada. Luego al resto de sus hijas.
-Intento dedicarme lo máximo a vosotras, pero el reino me necesita también-dijo con voz clara-esperaba que lo entendierais. Pero podrías probar a ayudaros entre vosotras: Adela podrías ayudar a Andrina con eso de geografía y Ariel podría jugar contigo, Aquata, y así de paso le cuentas como te fue hoy en la escuela, y ella aprende de ti…
-Ariel apenas me entiende-dijo Aquata desdeñosa.
-Adela es insoportable-se quejó Andrina.
-Yo tengo otras cosas que hacer…-escurrió el bulto Adela.
-¡Te entiendo perfectamente!-se enfadó Ariel con Aquata-¡mamá, yo quiero estar contigo!
-Ariel, ahora ve con Adela y Aquata y yo cuando acabe te voy a buscar-la tranquilizó su madre.
-¡Pero…!-protestaron las otras tres, enfadadas-¡no es justo!
-También estaré con vosotras ¿de acuerdo?-dijo Anthea, y esta vez su tono dejó claro que no admitía réplica-estaré con todas…
La reina siguió a Marina hacia la salida del jardín para ir a abroncar a Arista, que era la más problemática de las siete. Entonces Attina, que era la más obediente y trabajadora, apareció. Estaba digna, como la habían enseñado a comportarse, pero se la veía muy satisfecha consigo misma.
-Mamá, ya he enviado los mandatos que me pediste, y he redactado los tributos que necesitabas… por la fiesta no te preocupes, que yo…
-¡Ay qué bien cielo! ¡Muchas gracia, de verdad!-Anthea le dio un abrazo a su hija y un fuerte beso, y luego salió disparada hacia el interior del palacio. Attina se quedó paralizada, mientras su sonrisa se iba apagando y se hundía entre los corales.
-Eso te pasa por creértelo tanto-la espetó Andrina.
-Déjame en paz-dijo Attina enfadada.
-¡Attina, ¿quieres jugar conmigo?!-preguntó Ariel nadando hasta su hermana, más animada. Attina era la única de sus hermanas con la que realmente se entendía algo más, aunque fuesen la más mayor y la más pequeña, y además muy distintas.
-No tengo tiempo Ariel-dijo Attina dándose la vuelta y moviendo su cola con fuerza para adentrarse en el palacio. Tenía un montón de trabajo más que hacer, como futura reina de Atlántica. Tal vez su madre se lo agradeciese más tarde.
-Vete a tu cuarto Ariel-le dijo Adela con aburrimiento.
-¿No vienes conmigo?-preguntó Ariel. Quería jugar con alguien, aunque fuese con ella que era más sosa que el agua de un río.
-No. Tengo cosas que hacer-dijo Adela nadando en la otra dirección.
-Eso dices tú…-se burló Aquata, y Adela la miró enfadada.
-Mejor que espiar a un sireno que pasa de mí-respondió.
-¡De ti pasa todo el mundo!-se enfadó Aquata.
-Mejor me voy a estudiar…-gruñó Andrina, dramática-total nadie me ayuda…
Ariel se quedó sola con Aquata, que la miró unos segundos, pensando sí merecía la pena gastar su tiempo con ella, y finalmente se marchó también. Jim vio sin poder evitar sentir lástima como Ariel se quedaba sola. La pequeña sirenita se dejó caer entre los corales y empezó a canturrear, distraída… era una bella canción, que ella misma había compuesto. A la Ariel que Jim estaba empezando a conocer le encantaba la música.
-Quiero ver algo especial… quiero bailar una bella danza… mmmmnnn… y salir a pasear con… ¿cómo se llaman?-se quedó parada en mitad de su melodía.
-¿Pies?-sugirió una aguda vocecilla que salió de entre las algas. Ariel se volvió con sorpresa.
-¿Q… quién eres?-preguntó. No parecía asustada. Más bien curiosa. Jim lo vio muy claro, porque brillaba en sus ojos: era una curiosidad insaciable.
-Soy… soy menos-dijo la voz-menos que tú, al menos…
-No te entiendo-dijo Ariel nadando hasta allí. Veía sus reflejos amarillos entre las algas. No era muy grande…
-Quiero decir que yo soy un alguien no tan alguien como tú… la hija de los reyes del mar…-se excusó la voz. Ariel entonces apartó las algas, y el pez que había escondido detrás de ellas dio un respingo-¡AAAAAAH! ¡NO!
-¿Qué pasa?-preguntó Ariel sorprendida-¡no te voy a hacer nada!
-¡Lo siento, no quería colarme en tu casa!-se excusó el pez dando vueltas sobre sí mismo mientras trataba de alejarse de ella-¡lo siento, lo siento, perdóoon!
-¿Pero qué te pasa?-preguntó Ariel extrañada. El pez trató de salir fuera del jardín, pero ella lo agarró de la cola y lo llevó hasta un elevado bosque de algas que tenía cerca. Entre las algas pequeños cangrejos ermitaños podaban las algas cuidadosamente, lentos pero seguros.
-¡Suéltame! ¡Noooooo!-chilló el pez coleteando frenético-¡nononono!
-¿Pero por qué? ¡No voy a hacerte nada!-insistió Ariel, ya algo enfadada-¡eres un pezqueñajo!
El pez se detuvo en el acto. Se volvió hacia ella, con una divertida expresión de enfado en su rostro.
-¡Yo no soy un pezqueñajo!-protestó, encarándose con ella.
-Pues lo pareces-replicó Ariel, sonriendo levemente-¿si no, por qué te escapas?
-No… no huía… es solo que…-el pez miró a un lado y a otro antes de seguir hablando-yo no debería de estar aquí…
-¿Ah no?
-No… me he colado… hice… hice una apuesta con unos amigos…-reconoció el pez agachando la cabeza. Ariel le miró con sorpresa y admiración.
-¿Una apuesta? ¿Con quién?-preguntó sorprendida.
-Con mis amigos…-el pez se metió de nuevo entre el bosque de algas, y Ariel lo siguió-de si me atrevía a meterme en el jardín de las princesas y coger algo suyo…
-Haaaala-exclamó Ariel, admirada-¿ibas a robarnos?
-¡No!-exclamó el pez asustado-¡no! Quiero decir… solo iba a tomarlo prestado…
-Eso dicen siempre los ladrones-replicó Ariel. El pececito la miró con miedo, pero ella sonrió, tranquilizadora-es broma. Yo no voy a decir nada. Y no creo que nadie te dijera nada, de todas formas.
-Creía que estaba prohibido acercarse a vosotras…-musitó el pez.
-Pero solo a los peces malos-le explicó Ariel-a los que quieren comernos…
-Oh, vaya…-el pez recapacitó sobre aquello-entonces… bueno, yo ya lo sabía…
-Seguro-se burló Ariel, mirándole divertida. El pez le devolvió la mirada, enfadado. La pelirroja sacudió su melena hacia atrás de un modo coqueto que Jim ya la había visto hacer alguna vez ya mayor-te han tomado el pelo ¿a qué sí?
-¡No!-protestó él, quedando totalmente en evidencia-¡No! Quiero decir… ¡Yo ya lo sabía! Yo… ¡Qué sabrás tú!
Ariel soltó una carcajada al verlo tan enfurruñado, y luego se acercó a él y le frotó la espina dorsal, haciéndole cosquillas. El pez se alejó de ella aún con mala cara, pero ya más tranquilo.
-No pasa nada… mis hermanas me gastan bromas así todo el rato. Sobre todo Aquata y Arista, que les gusta fastidiarme-le explicó con naturalidad.
-Las princesas…-repitió el pececito, fascinado.
-Oye, yo también soy princesa-le recordó Ariel con orgullo-y de hecho, soy tu jefa. Mando sobre ti.
-¿Qué?-se escandalizó el pez, flipado.
-¡Te ordeno que juegues conmigo al escondite por entre las algas!-rió Ariel señalando las cortinas de algas que se balanceaban lánguidamente de un lado a otro.
-¡Ni hablar!-protestó el pez, contrariado. Ariel soltó otra carcajada y se acercó a él, pícara.
-¿Quieres que llame a mi padre y te pinche en el tridente?-le dijo, guiñándole un ojo.
-El… el tridente…-repitió el pececito, asustado. Ariel rió de nuevo nadando en círculos alrededor del pececillo dorado.
-¡Te estoy vacilando! ¡Venga, a ver si me pillas!-y sin darle más tregua se metió de golpe entre las algas. Él se quedó observando con desdén el lugar por donde ella se había metido, sin decir nada.
-Ni lo sueñes…-susurró el pececito, altanero. Entonces un brazo de Ariel salió de entre las algas por detrás suyo y le dio un golpe-¡EH!-exclamó el pez sorprendido. Entonces sin pensarlo más se metió entre las algas y empezó a buscarla, hasta conseguir agarrarse a su cola-¡Te cogí!-exclamó, divertido.
-¡Noooo!-Ariel chilló indefensa y luego dándose la vuelta comenzó a perseguirlo a él. Lo que empezó siendo un tonto juego pronto derivó en una tremenda competición de velocidad por todo el palacio, tanto que a Jim le costaba seguirles el ritmo. El chico sabía que aquello era un recuerdo, y no entendía muy bien cómo funcionaba aquello, pero notando el tentáculo de Úrsula que lo sujetaba por el vientre sabía que no le iba a ser posible escapar, así que desistió y continuó observando.
-¡YIIAAAAAAAH!-Ariel se abalanzó sobre el pececillo torciendo por uno de los elegantes pasadizos decorados con estrellas de mar y lapas luminosas, cuando chocaron con un enorme mero que llevaba unos elegantes cuadernos.
-¡OPPSS!-exclamó el mero al chocar con ellos. Al hacerlo los cuadernos saltaron por los aires, y las hojas flotaron y descendieron lentamente hasta el suelo del pasillo. Eso era una de las mejores cosas de vivir en el mar: las cosas tardan mucho más tiempo en caerse.
-Vaya…-Ariel recogió uno de los cuadernillos y observó las hojas de partituras que había en ellos-que bonito…
-¡Eso e mío, si no te importa!-exclamó una voz enfurruñada. Ariel levantó la cabeza sorprendida para encontrarse cara a cara (más bien a carita) con un furibundo Sebastián, que subido a la cabeza del mero la miraba con reprobación-¡La niña siempre en medio, armando lío!
-Lo siento-sonrió Ariel devolviéndole las partituras-¡ya nos vamos! ¡Venga!-animó a su nuevo amigo, que miraba a Sebastián con miedo.
-¡Un momento Arie! ¡Tu padre te ha dicho mucha vece que no puede nadar por lo pasillo!-la reprendió Sebastián interponiéndose en su camino.
-Todos los peces nadan por este pasillo-replicó ella con falsa inocencia.
-"Es como otra persona… totalmente"-pensó Jim, absorto en la pequeña. Joder… era raro verla así de niña, con todo lo obsesionado que había estado con ella.
-¡Tú ya me entiende Arie! ¡Meno tontería y má trabajo duro eso e lo que tiene que asé!-la apuntó con una tenaza, imperioso. Ariel puso los ojos en blanco.
-¡Si solo tengo siete años!-protestó. Pero Sebastián acababa de reparar en el otro pececito.
-¿Y tú quien ere?-preguntó acercándose a él. El pez palideció al darse cuenta de que estaba en un lío. ¿Lo condenarían por haberse colado en el jardín de las princesas? Ahora sí que estaba en un buen lío.
-¡Por favor… tenga piedad!-sollozó el pececito. Sebastián arqueó una ceja, extrañado. El pececito, tembloroso, se encogió mirando al cangrejo compungido-yo no quería… es que… me perdí… soy nuevo… bueno, no lo soy pero… ¡por favor!
-¿Po favo qué? ¿Pero qué te he hecho yo?-Sebastián miró a Ariel negando con la cabeza, impaciente-llévate a ete maromo de aquí y poneo a hacé algo útil ¿de acuerdo?
-Como tú digas Seb-dijo Ariel haciéndole una exagerada reverencia.
-¡Que no me llame eso!-saltó Sebastián mosqueado al oírla-¡Será posible la niña eta! ¡Marina!
Marina del Rey, la desdeñosa profesora de las niñas, pasaba por allí mientras se rascaba el trasero, más aburrida que una ostra, limándose sus afiladas uñas. Al ver a Sebastián su rostro se contrajo en una mueca. Ya ha sido mencionada la aversión que sentían el uno hacia el otro.
-¿Qué tal Marina? ¿Decansando mucho? ¡Porque la niña no deja de fastidiá!-la reprendió Sebastián enfadado. Marina miró a Ariel y luego al cangrejo, asimilando sus palabras en su más bien pequeño cerebro.
-¡Cállate ya Sebastián!-le espetó la sirena, enfadada-¡nadie me dice como trabajar, y menos un invertebrado como tú!
-¡Habrase vito!-se escandalizo Sebastián-¡Tendrá cara la vaga eta!
-¿A quién llamas vaga, aperitivo japonés?-se le encaró Marina, apretando los dientes. Sebastián hizo crujir sus pinzas de forma desafiante.
-Mejor nos vamos…-le susurró Ariel al pececito. Él continuaba observando la disputa entre los dos importantes funcionarios de palacio, fascinado, pero Ariel tiró de su cola y se lo llevó metiéndose en uno de los túneles de burbujas.
-¡Así que mejor te metes esa cabezota en una ostra!-oyeron chillar a Marina, furiosa.
-¿Ves? Aquí nunca pasa nada-le tranquilizó Ariel mientras lo llevaba por uno de los pasillos hacia otro jardín. Este estaba en las fronteras del palacio, y daba a una pequeña formación de arrecifes que lo rodeaban. El pececito la miró extrañado.
-¿Y ahora a dónde vas?-preguntó perplejo. Ariel le guiñó un ojo, pícara.
-A mí refugio secreto-indicó.
-Esto es muy bonito…-le comentó Úrsula a Jim. La Ariel del presente, el joven y la bruja del mar siguieron al recuerdo de Ariel por entre los arrecifes al igual que el pequeño pez dorado, que resollaba un poco. A Jim le hacía bastante gracia, era una criatura muy curiosa.
-¿Puedes hacer esto?-preguntó receloso.
-¡Claro que no! ¡Por eso lo hago!-exclamó la pequeña Ariel. Entonces apartando una gran piedra que era al menos tres veces su tamaño, desveló un pequeño túnel que emitía un destello claro al final-¡Ven!
-Emmm… ¿a dónde?-preguntó el pez, nada convencido.
-¿Tienes que saber a dónde vas para tomar el camino? ¡Venga ya!-Ariel tiró de él y se metió a su lado en la gruta. Jim pensó que él cabría apenas, pero Úrsula ni de coña. La bruja le sorprendió sin embargo pues chasqueó los dedos y la escena cambió. Ya estaban en el interior de la gruta, y Ariel cantaba con una suave y melodiosa voz, la voz más hermosa que Jim había escuchado nunca. A su lado, el pececillo la observaba embelesado.
Cuándo me iré, quiero explorar
Sin importarme cuando volver
El exterior… quiero formar… parte de éeel…
La gruta tenía forma cóncava y en lo alto un pequeño agujero dejaba entrar la clara luz que venía de la superficie. Ariel estiró su mano hasta ella cantando animada y recorriendo la extraña gruta de un lado a otro. Había algunas cosas curiosas apiladas a los lados: libros, un cuadro, una cubertería y unas cintas de vídeo. Jim las observó con curiosidad. No eran cosas del mundo marino…
La melodiosa voz de Ariel los embrujó durante unos minutos, llevándolos a una especie de éxtasis, a un nirvana momentáneo que le hizo olvidar a Jim donde estaba, cuál era su objetivo y si ni siquiera seguía con vida. Eran la suave y dulce voz de aquella niña y él, nada más.
-¿Tú… quieres ser mi amiga?-le ofreció el pececito a Ariel cuando terminó de cantar. Parecía maravillado con ella. La sirenita asintió, sonriéndole con dulzura.
-Sí-dijo. Luego pareció reparar en algo-pero… ¿tú cómo te llamas?
-Flounders-respondió el pececito sonriendo ampliamente por primera vez.
-Flounders…-el rostro de Ariel se iluminó al oírlo. Jim nunca la había visto así de radiante. Estaba tan llena de vida, tan hermosa-yo soy Ariel… y este… es mi secreto… nunca se lo he contado a nadie… ¿puedo confiar en ti?
-Claro…-respondió Flounders mirando a los artefactos humanos sin comprender todavía. Ariel se acercó más a él, y le encaró con seriedad.
-¿Puedo confiar en ti?-le repitió, atravesándole con la mirada. Flounders tensó los labios, y luego pareció envalentonarse.
-Siempre-dijo. Ariel asintió, y entonces le dio un abrazo. Pasaron así unos segundos mientras unas pequeñas burbujas se liberaban de las paredes de la cueva y ascendían luego por el agujero del techo. Al final Ariel se separó, y mirándolo divertida le dio otro golpecito y echó a nadar hacia el túnel de salida.
-¡Hasta la Gran Anémona y vuelta! ¡A ver quién gana!-se rió.
-¡Nooo! ¡Vas con ventaja!-protestó Flounders, pero luego salió disparado detrás de ella-¡Venga ya Ariel!
La risa de la sirena se fue apagando mientras la Ariel actual, Úrsula y Jim se quedaban solos en la cueva. Úrsula giró levemente su caracola del collar y de nuevo todo empezó a cambiar, de modo que la escena se oscureció, y de repente ya no estaban allí, si no en otra larga estancia llena de cojines y almohadas marinas, donde había siete niñas (perdón, sirenas) y un sireno enorme que jugueteaba con ellas. Jim se quedó pasmado al reconocer al rey Tritón, que ya daba signos de madurez, pero cuya barba era dorada y anaranjada, dándole un aspecto más joven. Era ya el hombre musculoso y fornido que habían conocido aquel mismo día en la sala del trono, pero sus facciones parecían mucho más suaves. Parecía feliz.
-¡Venga ya Arista! ¡No puedes vencer a papá!-se rió Tritón cogiendo a su hija, de cabellos muy claros, e impidiéndola moverse con sus gruesos brazos. Entonces de detrás suyo aparecieron Adela y Alana que trataban de sorprenderlo, pero dándose la vuelta Tritón las cogió a todas.
-¡IIIIIIIIH! ¡PAPAAAA!-chillaron las niñas mientras se retorcían tratando de liberarse, impotentes.
-¡JO JO JO JO! ¡JA JA JA!-rió el rey Tritón zarandeándolas-¡Vais a caer en la caca de ballena!
-¡IIIIIIIIH!-chillaron ellas, entre la risa y el pabor mientras él las balanceaba de un lado a otro amenazando con soltarlas, pero por supuesto no haciéndolo nunca.
-Que infantiles…-siseó Andrina mientras intentaba concentrarse en sus ejercicios-así no hay quien pueda.
-Este es el rato en familia Andrina, ahora no vas a poder estudiar-le dijo Attina acercándose a ella y hablándola cariñosa.
-¿Te he preguntado algo?-replicó Andrina, grosera. Attina suspiró, pero se armó de paciencia para intentar aplacar a su hermana.
-Si quieres mañana puedo explicarte lo del plancton. Yo lo entiendo bien-dijo. Andrina levantó la vista de sus escritos y sonrió, complacida.
-¿Lo dices en serio? ¡Me vendría genial!
-Ya…-Attina forzó una sonrisa. Al final terminaría por hacerle todos los deberes, como siempre. Pero lo mejor era procurar que estuviera de buen humor para aquel rato que pasaban en familia.
-Ahora viene la súper pregunta-dijo el rey Tritón agarrando a Arista y acercándola hasta su poblada barba-¿quién es más guapo… papá o una barracuda?
-Papá-dijo Adela amablemente.
-Papá…-respondió Alana intimidada.
-Pfff… la barracuda…-se rió Arista.
-¡AH!-Tritón acercó a Arista hasta su barba y le hizo cosquillas por todo el cuerpo haciendo que la niña se matara de risa y sacudiese su colita rojiza desenfrenadamente. Jim sonrió levemente al ver aquello. Esa escena le estaba enterneciendo.
-¡Otra súper pregunta! ¡Otra!-le animó Arista, rebelde.
-Vale, vamos a ver…-dijo Tritón, pensativo-otra súper pregunta…
-Chicas…-Aquata se acercó a Attina y Andrina que ahora se dedicaban a cotillear sobre sus compañeras sirenas de clase-ayudadme a esconderlo…
-¡Aquata!-exclamó Attina asombrada al verlo: su hermana tenía un chupetón en el cuello, y era bastante grande.
-Lo siento… yo le dije que parara…-explicó Aquata, pero sus hermanas tenían muy claro que ella no debía de haberlo hecho.
-¿Quién era?-preguntó Andrina, cotilla.
-Isurus…-dijo Aquata sonriendo.
-¡Mentira!-chilló Andrina escandalizada. El sireno más guapo de toda Atlántica no podía haberse estado enrollando con la fea de su hermana.
-Envidiosa-la pinchó Aquata.
-Chicas… ¡chicas y papá!-Anthea entró en la alargada estancia familiar donde se encontraban. Por las ventanas Jim vio que había unas preciosas vistas del reino-¡Ariel y yo tenemos una sorpresa!
Ella iba de la mano de Ariel que sonreía con timidez. Anthea alzó su cabeza mientras u larguísima cabellera roja brillaba con ímpetu. Miró a su hija y sonrió.
-¡Hemos preparado una cena!-dijo, y sacó una reluciente bandeja con delicias marinas y vegetales de los arrecifes.
-¡Haaaaaala!-exclamó Attina exageradamente, para complacer a su hermanita pequeña.
-Ya he cenado-replicó Andrina, tan quejica como siempre.
-Tienen buena pinta-dijo Adela sonriendo a su hermanita y dándole un beso en la mejilla-¡muchas gracias Ariel!
-Los hemos hecho para vosotras-explicó la sirenita emocionada-¡y para ti papá!
-Vaya vaya… me voy a poner hasta arriba-Tritón nadó hasta la bandeja y cogió una de las delicias, que comió gustoso-mmmmmm… Ariel, tienes un don para la cocina mi niña…
Ariel se sonrojó un poco y se encogió complacida. Su padre la dio un cálido beso y la estrechó entre sus brazos.
-No es para tanto…-observó Aquata, dispuesta como siempre a dar la nota-mamá ha cocinado cosas más ricas…
-Venga ya Aquata…-susurró Attina, viendo la que se podía montar.
-Opino igual. Media estrella solamente-dijo Andrina con voz idiota.
-Parad chicas, que Ariel llora-dijo Arista, riéndose en la cara de la pequeña.
Ariel contrajo el rostro, entristecida por las bulas de sus hermanas. Pero Adela y Attina salieron en su defensa, cogiendo más pastelitos y delicias y comiendo satisfechas, al igual que Tritón.
-Muy bueno Ariel de verdad… es que ellas perdieron el gusto al probar la tinta de sepia-le explicó Tritón a su hija-voy a hacer una gran cena en palacio, y tienes que preparar más.
-Si queremos tener otra guerra…-ironizó Aquata.
-Aquata, eso no está siendo agradable-dijo la reina con voz suave, pero dura-¿qué tienes en el cuello?
-Eeeeh… nada mamá… nada…-Aquata se fue al fondo de la sala esperando poder confundirse con la pared.
-¡Otro día podemos enseñarte a hacer la anémona salinada Ariel!-Attina animó a su hermana pequeña para evitar que hubiera problemas. Cuando sus hermanas picaban a Ariel ella se acababa enfadando y poniendo a la defensiva, y eso daba como resultado aún más problemas.
-¡Sí! ¡Gracias Attina!-Ariel se sentó en el regazo de su hermana y se acomodó allí-hoy he hecho un amigo nuevo… se llama Flounders, es un pececito.
-No será ese pringado con el que ibas hoy…-recordó Andrina-Ariel por favor ten un poco más de clase…
Ariel sacó la lengua a su hermana y luego aleteó hasta al lado de su padre, que la cogió en brazos. La pequeña soltó una risita mientras jugaba con la barba de Tritón.
-¡Jajajajaja! ¡Ariel, me haces daño!-rió Tritón mientras ella metía la cabeza entre sus largas barbas y agitaba la cola. Aquata, Andrina y Arista miraron con envidia como su padre jugaba con la pequeña y la miraba con el rostro iluminado-eres muy traviesa…-comentó Tritón mientras acariciaba el rojo cabello de la niña.
-Y no sé está quieta-comentó la reina Anthea que estaba peinando a Alana mientras observaba a su marido y a su hija pequeña.
-Ya, tú también te has dado cuenta-comentó Arista a mala idea.
-Por eso creo que lo que necesita es… ¡Una pelea de almohadas!-exclamó Anthea, y agarrando uno de los cojines le dio a Arista en la cara.
-¡MAMÁ!-gritó la niña enfadada.
-¡Sí! ¡Pelea de almohadas!-Adela le lanzó otro cojín a su madre que lo esquivó riendo.
-¡Hala! ¡Ahora verás!-rió Anthea lanzando dos almohadas contra su hija, pero Adela los esquivó y se apresuró a contraatacar.
-No pienso participar en esto-gruñó Andrina, pero Adela la despeinó con otro golpe-¡BRUTA!-chilló Andrina furiosa, y preparó su contraataque.
En pocos momentos todos participaban en la pelea excepto Aquata que se creía demasiado mayor para ello y aprovechó para buscar algo con lo que taparse el moratón entre sus tocadores. Las siete hermanas dormían juntas en aquella misma estancia, y lo pasaban muy bien haciendo travesuras y quedándose despiertas hasta altas horas de la noche desobedeciendo a sus padres.
-¡A por papá!-gritó Ariel y todas la siguieron golpeando con sus cojines a Tritón.
-¡No, no! ¡Aaah!-el rey se hundió entre aquella marea de niñas que lo aporreaban con almohadones y le hacían cosquillas sin oponer resistencia-¡Ay no! ¡Cosquillas no, tened piedad!
-¡Has perdido!-exclamó Ariel, colocada sobre el torso de su padre con expresión satisfecha. Tritón asintió lentamente.
-Sí, tenéis razón… habéis ganado a papá.
-Por favor, se ha dejado…-dijo Aquata pasando a su lado con aburrimiento. Entonces Ariel le dio también con el cojín, y todas fueron a por ella.
-Buenas noches chicas-dijo Anthea al rato. Estaban ya todas metidas en sus camas, que tenían forma de concha y confortables sábanas, y miraban a su madre con adoración. Estaba claro que las siete niñas admiraban a su bondadosa madre más que a nadie, y era para ellas la más fuerte referencia que tenían. Anthea echó a un lado su larga melena, pelirroja como la de Ariel, y acurrucada al lado de Arista y Alana se quedó un rato charlando con sus hijas. Tritón había tenido que irse, avisado por Sebastián de un problema en las almenas del palacio.
-… entonces me dijo que podríamos ir juntos-terminó de relatar Anthea-así fue como supe que… él era la persona con la que quería pasar el resto de mi vida.
-Vaya…-dijo Arista emocionada.
-Qué bonito…-Andrina y Adela adoraban las historias románticas, y consideraban la de sus padres como la más hermosa que habían oído nunca. Se habían conocido tiempo atrás en la superficie, nadando un día con delfines. Escuchándolo Jim sabía que Anthea no les estaba contando toda la verdad, pues como Úrsula les había revelado después, Tritón era en origen un ser humano. Pero supuso que lo hacía por el bien de ellas. Eran todavía muy pequeñas, al menos Ariel, Arista y Alana.
Ariel escuchaba la historia de amor de su madre fascinada, pero tenía aquella expresión que Jim ya conocía, por la que resultaba imposible descifrar que era lo que estaba pensando. Tal vez en su propia historia de amor… Jim miró de reojo a la Ariel del presente. Ella solo tenía ojos para su madre, estaba claro por qué.
-Mamá…-dijo Alana con pereza.
-¿Qué, cariño?-dijo su madre mientras miraba por la alcoba de la habitación a una enorme ballena pasar cerca suyo, levantando una cortina de burbujas al mover su cola.
-Cántanos algo…
-¡Sí! ¡Canta algo mami!-pidió Adela emocionada.
-¡Canta mamá!-Attina se incorporó en su cama y las demás la imitaron. A todas les encantaba escucharla cantar. Cuando la reina accedió a hacerlo ante la insistencia de sus hijas Jim entendió por qué. Al igual que la de Ariel, la voz de Anthea era muy hermosa, más incluso. Al escucharla el chico tuvo un extraño sentimiento. Por un momento pensó que Anthea lo miraba a él "todo va a salir bien… todo irá bien Jim Hawkins…". ¿Se lo había imaginado? No podía ser… pero de repente sintió mucho valor… tenía que encontrar el modo de escapar de Úrsula y acabar con ella. Sin embargo el canto de Anthea hacía imposible el dejar de mirarla.
Sing me a song of a lass that is gone
Say, could that lass be I?
Merry of soul, she sailed on a day
Over the sea to sky
-Mamá…-las niñas luchaban contra el sueño, pero la suave voz de Anthea las fue durmiendo una a una, hasta que solo Ariel y Arista seguían despiertas. Anthea bajó un poco más la voz y las acarició el cabello enternecida. Entonces Arista se echó a roncar repentinamente, y Ariel, poco a poco, cerró los ojos y también quedó sumida en el sueño. Anthea observó a su hija menor dormir con ternura, y la cubrió un poco más con la manta. Luego se quedó parada unos segundos. Algo brillaba desde la ventana. Al asomarse, se dio cuenta de que provenía del jardín de abajo. Sonrió emocionada, y luego nadó por encima de las niñas una última vez para comprobar que todo estaba bien, y salió de la estancia con cuidado de no despertarlas. Sin embargo en cuando desapareció, Ariel abrió los ojos. Como siempre, había fingido estar dormida.
Anthea nadó por los pasillos hasta la entrada al jardín. Había pequeños peces multicolores que brillaban como luminiscencias en medio de la oscuridad de la noche oceánica. Al final del jardín algo brillaba más que nada. Con sorpresa Anthea nadó hasta llegar a ello. Al igual que Jim, la reina se quedó boquiabierta. Una enorme estatua de oro de ella misma, que giraba lentamente, pues estaba bailando con su esposo. El verdadero rey Tritón apareció de un lado del jardín y abrazó a su mujer desde atrás, dándola un tierno beso en la mejilla.
-Feliz aniversario mi vida-dijo el rey hundiéndola en su propio cuerpo con su caluroso abrazo-es una caja de música…
-Tritón…-a Anthea le brillaban los ojos, emocionada. Se volvió a él y le miró conmovida-no tenías… yo…
-Ya es hoy. El día acaba de empezar-la recordó Tritón señalándole un reloj que había en el jardín. Los días en el reino submarino se medían en distinto tiempo, y sus relojes eran parecidos a los solares que se empleaban en los tiempos antiguos-feliz aniversario.
-Veinte años… santo océano…-Anthea tomó las grandes y venosas manos de Tritón y las observó pensativa-el tiempo vuela…
-A tú lado… sin ti, se me hace muy lento, e insoportable-susurró el rey contemplándola con fascinación. Jim vio que a su lado Ariel se esforzaba por contener las lágrimas. Úrsula en cambio sonreía perversa. Para la pelirroja, ver todo aquello de un modo tan real era una tortura.
-Te amo Anthea… por favor, no te olvides de mí…-susurró Tritón, y Jim vio por primera vez la bondad dentro del corazón del rey. Era un gigante de buen corazón, al menos en aquel entonces… el modo en el que miraba a Anthea… Jim nunca había visto tanto amor nunca en una mirada…
-Ven…-Anthea besó a Tritón, y ambos se fundieron mientras sus colas se entrelazaban y sus coronas se les caían al suelo. El beso era cada vez más intenso. Anthea susurró algo en el oído de Tritón, y él asintió. Pero entonces pareció darse cuenta de algo, y apartó un poco a su esposa.
-Vamos a la cama…-dijo. Anthea le miró con sorpresa pero luego asintió.
-De acuerdo, pero antes… un baile-propuso, acercándose a la estatua y girando una pequeña manivela en la que Jim ya había reparado. Era efectivamente una cajita de música, de proporciones desmesuradas. Una suave melodía comenzó a sonar, y entonces Anthea tomó a Tritón de las manos y empezó a bailar con él. El rey cerró los ojos y se dejó llevar por la romántica melodía.
Even in my heart I see
You're not bein' true to me
Deep within my soul I feel
Nothing's like it used to be
Sometimes I wish I could turn back time
Impossible as it may seem
But I wish I could so bad, baby
Quit playin' games with my heart
Quit playin' games with my heart
Before you tear us apart
Quit playin' games with my heart
I should've known from the start
You know you got to stop
You're tearing us apart
Quit playin' games with my Heart
Girando sobre sí mismos con la suave melodía arrullándolos, los reyes recorrieron el jardín en harmonía, disfrutando de la música y de la conexión que unía sus dos almas, esa conexión de amor. La pequeña Ariel los seguía con la mirada, con los ojos brillantes por la emoción. Jim miraba alternativamente a los reyes y a la pequeña. Lo hacía porque entendía lo que había detrás de la mirada de ella. Entendía la avidez que ella sentía, porque él también la había sentido. La seguía sintiendo. "Quieres lo que tienen ellos…-pensó el chico, y luego miró a la Ariel actual, que seguía paralizada, con el rostro oculto entre sus largos cabellos-quiere… amor…".
Tritón reclinó a Anthea entre sus brazos, y luego acercó los labios hasta ella, dándole un cálido y tierno beso. La larga melena de ella se enredó con las barbas de él haciendo ondas en el agua, y de nuevo permanecieron así durante unos minutos. Finalmente Anthea se separó de Tritón y sonriéndole le acarició el rostro.
-Te espero dentro…-dijo con voz suave. Luego se alejó nadando. Tritón la observó alejarse, hechizado. Entonces esperó unos segundos, y luego se giró lentamente hacia la columna tras la que se ocultaba su hija menor.
-¿No deberías estar durmiendo?-preguntó el rey fingiendo severidad. Ariel abrió mucho los ojos con sorpresa, y luego se quedó muy callada, confiando en que él no insistiera. Tritón soltó una carcajada-venga, Ariel…
-¿Cómo lo has sabido? ¡Hala!-Ariel se asomó dejando la columna a un lado, muy impresionada. El rey miró a su hija enternecido por su inocencia. AL darse cuenta de que su padre no estaba enfadado, la niña exhibió una pícara sonrisa-es súper bonita…-dijo señalando la estatua de los dos reyes, que giraba con las últimas notas de la melodía aún resonantes-¿puedo quedarme aquí bailando un rato?
-Tienes que dormir…-la recordó su padre arqueando una ceja.
-Pero es vuestro aniversario…-insistió Ariel poniendo morritos. El rey no pudo evitar reír estruendosamente.
-Eres una descarada ¿tienes respuestas para todo?
-Bueno vosotros tenéis preguntas para todo-replicó Ariel con calma. Tritón la cogió en brazos y la acercó hasta su rostro, dándole un beso y pinchándola con sus largas barbas.
-Mi pequeña sirenita-dijo el rey, y después la llevó hacia el cuarto con parsimonia. Las canciones de Anthea no conseguían dormir a Ariel nunca. Pero el calor de su padre era otra cosa: al llegar de nuevo a la cama de la pequeña, está ya respiraba con lentitud, y sonreía. Tritón la dio un cálido beso y salió de allí rápidamente, cauteloso de no despertar a las otras. Los ronquidos de Andrina eran más fuertes que los cantos de las ballenas.
La estancia con las siete princesas de Atlántica dormitando se fue oscureciendo, y de nuevo el entorno pareció cambiar. Jim escuchó murmullos y susurros, y vio varias imágenes indefinidas pasar a su lado, como si Úrsula estuviera acelerando una película. Finalmente se detuvieron en otro recuerdo, Ariel parecía un poco más mayor, y se encontraba jugando con Flounders y un sireno que a Jim le sonaba haber visto ver antes. Era Urchin, el chico que había formado parte del ejército de Atántica bajo las órdenes de Gill hasta aquella misma noche.
La pequeña Ariel y Flounders jugaban con un pequeño pececito que pasaban a Urchin entre risas, mientras el pececito, de color ámbar, no parecía demasiado entretenido. De vez en cuando, si le daban un golpe muy fuerte, el pez se hinchaba y le salían unas afiladas espinas que cortaban a los niños en las manos. A Jim le pareció un juego bastante extremo para unos críos, aunque sabía que obviamente él también hubiera jugado, sin dudarlo.
-¡Vas a ver! ¡Me toca!-exclamó Urchin, que era el que tenía las manos más llenas de heridas. Dándole un fuerte golpe al pez globo, se lo mandó a Ariel, que esta vez se lo pasó a Flounders con la cola. La chica soltó una carcajada mientras Flounders golpeaba al pez globo con mucha cautela.
-Nomepinchesporfavor nomepinchesporfavor-decía Flounders mientras, temeroso, daba el pase.
-¡Que te da!-exclamó Urchin.
-¡IIIIIIIIH!-chilló Flounders, asustado, pero no pasó nada, y Ariel y Urchin se partieron de risa. Flounders arrugó sus morritos, contrariado-sois muy malos-comentó.
-Era broma Flo, no te enfades-le dijo Urchin, dándole un golpe amistoso.
-Pobre Huj, creo que ya está bien por hoy-dijo Ariel dejando al pez globo en el suelo-¿estás bien Huj?
-Claro princesa. A vuestra disposición-dijo Huj con expresión aburrida en su rostro, y luego se alejó de allí antes de que la niña cambiara de opinión.
-Bueno… -Ariel se acomodó entre los corales, mirando a sus dos amigos-¿qué hacemos ahora?
-¿Corriente del sur?-sugirió Urchin, intrépido-Dicen que ya están las tortugas.
-¿Otra vez…?-Flounders se encogió, asustado.
-Venga ya Flounders, ¡si es muy divertido!-exclamó Ariel. Su amigo la miró con poco convencimiento-está bien, haremos otra cosa. No quiero que lo pases mal.
-Ni que vomites-recordó Urchin-¡podemos ir a nadar a los bancales! Eso te gustaba mucho ¿no Flo?
-Bueno, sí-reconoció Flounders-aunque decían que había medusas…
-Venga ya-Urchin le rascó la cabeza a su amigo pez, y luego tiró de él animado-¡nada de rajarse!
-¡Eso Flounders! ¡Nada de eso!-se rió Ariel, y le hizo cosquillas a su amigo pez, que estalló en carcajadas mientras intentaba resistirse. Urchin la miró con los ojos brillantes. La miraba muy a menuda, aunque Ariel no se diera cuenta.
-Que patético. La verdad es que es lamentable…-comentaba Andrina mientras miraba a Ariel y a sus amigos juguetear entre los corales. Iba acompañada de Aquata y Adela, muy arregladas para su pequeña salida semanal.
-¿Por qué no tendrá amigas de su edad?-dijo Aquata despectiva-es que es tan rara…
-Qué más os da-las reprendió Adela-dejadla tranquila.
-Cómo vas de buena cuando te apetece-le espetó Aquata a Adela-pero el otro día bien que te chivaste a mamá de lo que había estado haciendo Ariel….
-¡Fue por su bien! ¿De qué vas?-saltó Adela ofendida.
-Si fuese por su bien la dejarías en paz-replicó Aquata, mordaz.
-Eso-la apoyó Andrina.
-Sois… ¡agh!-Adela dio la espalda a sus hermanas y se alejó, molesta.
-Niñas…-la reina Anthea acababa de llegar, acompañada de Attina, que cargaba con una pequeña cajita llena de comida marina-¿estáis listas?
-Nosotras sí-dijo Aquata forzando una sonrisa. Andrina echó una ojeada a Adela, que se había ido a sentar a la punta de un coral, y se mantenía cruzada de brazos.
-Muy bien, pues nos vamos…-dijo Anthea sonriendo. Pero su sonrisa ya no era tan fuerte y enérgica como antes. Jim notó que había tristeza tras la aparente faceta de tranquilidad de la madre de las sirenitas.
-¡Adela, nos vamos!-exclamó Anthea llamando a su hija, pero ella seguía en el alto del coral dándoles la espalda, esperando obviamente a que alguien la hiciera caso-¿qué le pasa a vuestra hermana?-preguntó Anthea alarmada, pero Attina se puso en medio.
-Tranquila mamá, yo me ocupo de ella-dijo, oliéndose el problema. Si Adela se chivaba a su madre de que sus hermanas la habían molestado, la excursión a la superficie se les habría ido al garete.
Attina fue a hablar con su hermana y a intentar convencerla para que fuese con ellas sin hacer caso a las otras dos, cuando Ariel se acercó hasta la cola de su madre, y tiró levemente de ella. Por detrás, Flounders y Urchin les observaban.
-Mamá… ¿puedo ir con vosotras?-preguntó Ariel. Jim reparó en que ponía un tono de voz más suave e infantil que el que tenía cuando estaba con sus amigos.
-Ya sabes que no-intervino Aquata, despectiva.
-Es solo para las mayores-dijo Andrina-y tú solo eres una pezqueñaja.
-¡Andrina!-se enfadó su madre.
-¡No soy una pezqueñaja, imbécil!-le gritó Ariel a su hermana, furiosa.
-¡Ariel!-Anthea se enfadó todavía más.
-¿De qué vas? ¿Pero tú quién te has creído que eres?-se escandalizó exageradamente Aquata.
-¡A tú hermana mayor! ¡Yo no puedo más, todo el mundo me insulta!-lloriqueó Andrina, victimista, mientras Ariel apretaba los puños furiosas.
-¡Todos te insultan porque nadie te aguanta!-le gritó a su hermana. Aquata la agarró del brazo, furiosa, y Ariel la apartó de un manotazo-¡Sois insoportables! ¡os ODIO!
-No hay quien pueda estar con vosotras…. Si está claro-comentó Adela que acababa de acercarse junto a Attina, que angustiada contemplaba la pelea entre sus otras hermanas menores.
-Chicas por favor…-pidió Attina preocupada.
-¡OS ODIO!-repitió Ariel, fuera de sí.
-¡ARIEL!-esta vez fue su madre la que gritó, y esta vez todas se callaron. La pelirroja miró a su madre, indefensa.
-¡Pero mamá…!-trató de defenderse- ¡Ellas…!
Anthea respiraba con dificultad. Parecía muy enfadada, y triste. Jim no pudo evitar sentir mucha lástima por la grandiosa reina, que le parecía una mujer formidable, y cuya familia realmente no la merecía.
-Les has dicho a tus hermanas que las odias… nunca se debe decir eso…-dijo la reina con un hilo de voz.
-¡Pero…!-protestó la pequeña pelirroja.
-No-la cortó su madre, implacable-quiero que te disculpes… y que te vayas a la habitación…
Ariel miró a su madre indignada e indefensa. Por detrás, Aquata y Andrina sonrieron con satisfacción, mientras Attina la miraba con convencimiento, como diciéndole "vamos, hazlo".
-¡No es justo!-gritó Ariel, y dándose la vuelta se marchó rápidamente.
Anthea vio cómo su hija se alejaba con el ceño fruncido, pero luego se serenó y respirando profundamente se giró hacia sus otras hijas, que ahora discutían entre ellas en susurros. Al ver la expresión en el rostro de su madre, las cuatro enmudecieron.
-¡A nosotras no nos mires! ¡Es ella la que no se sabe comportar!-saltó Aquata, siempre a la defensiva.
-Ella tiene siete años, y tú tienes dieciséis Aquata-le recordó Anthea-estoy muy decepcionada con vosotras. Creo que hoy no iremos a la superficie.
-¡No mamá! ¡Por favor!-chilló Andrina, dramática.
-¡Siempre igual!-protestó Adela.
-Mamá…-Attina habló con voz suave y madura-por favor, no lo hagas… yo me quedaré con Ariel.
Anthea miró a su hija conmovida, y luego se echó el cabello hacia atrás con parsimonia.
-Está bien-accedió finalmente-yo iré a hablar con Ariel… estaros preparadas, porque luego nos vamos.
Tras decir esto se alejó nadando. Attina le lanzó a sus hermanas una mirada de advertencia, pero ellas no tardaron en estallar en otra pelea, mientras Urchin y Flounders se alejaban de allí sin saber qué hacer.
-¿Crees que si vamos a buscarla…?-le preguntó Urchin al pececillo. Flounders negó con la cabeza, convencido.
-Ahora está con su madre. No podemos interrumpir.
-Ya, tienes razón…-Urchin se mordió el labio, y luego le dio un golpecito a Flounders, para picarlo. Él le miró enfadado, y luego se alejó. En realidad Urchin no le caía tan bien. Le ponía nervioso.
-¡Eh! ¡Espera Flo!-llamó Urchin, nadando detrás de él-era broma tío, en serio, perdona.
-Vale…-musitó Flounders, para ver si se lo sacaba de encima. Era peor que una rémora.
-Es que estoy preocupado… ¿no crees que Ariel nos oculta algo?-razonó el sireno. Flounders se encogió de aletas-últimamente no he visto a su padre, y luego están los rumores…-Urchin bajó un poco más la voz-los rumores de que la reina y él han discutido… yo no sé qué pensar…
-Yo tampoco-respondió Flounders con aburrimiento. A ver si ya lo dejaba tranquilo…
-Ni idea tío. Yo creo que si le pasase algo nos lo habría contado. No sé, a mí por lo menos… soy su mejor amigo…
Flounders se detuvo un segundo al oír aquello, aunque luego siguió nadando. Aquel comentario le había afectado más de lo que querría admitir. ¿Urchin el mejor amigo de Ariel? ¡Si apenas lo conocían de unos meses! En cambio él y la sirenita eran amigos desde hacía ya dos años, ¡y ella le había confiado el secreto de su gruta! ¿Cómo podía decir Urchin algo así? Y sin embargo era cierto que Ariel pasaba cada vez más tiempo con él, y menos con Flounders. El pececito no era tan intrépido como Urchin, ni tan carismático y sociable, y sin embargo… vaya, sin embargo él la quería más que a nadie.
¿Se lo habría dicho la propia Ariel a Urchin? Absorto en estos angustiosos pensamientos Flounders se alejó lo más rápido que pudo, aunque el charlatán de Urchin seguía pegado a él.
Úrsula obligó a los Jim y Ariel del presente a desplazarse hasta la habitación de las hermanas, donde Anthea buscaba a su hija, pero no la encontró. Jim se dio cuenta de que en el cuarto faltaban varias de las camas con forma de concha en las que dormían las hermanas. Seguramente Attina, Aquata y Andrina ya tenían sus habitaciones propias, por ser las más mayores, y quizás también porque había demasiadas peleas.
La reina Anthea sonrió y empezó a nadar de nuevo, y Úrsula la siguió a través del recuerdo, hasta llegar a la entrada de la gruta secreta de Ariel, entre los corales. Para Anthea no fue muy difícil apartar la losa que bloqueaba la entrada y deslizarse a su interior. Allí estaba Ariel, cantaba en voz baja y daba vueltas. Jim observó muy sorprendido como la gruta había cambiado desde la última vez: había muchas más cosas apiladas en los salientes de las rocas: libros, cuadros, varias armas, un remo, tres hélices de barco, una figurita de bailarina y varios sombreros de capitán.
-Quiero sentir… algo especial… quiero bailar… una bella danza…-la voz de Ariel sonaba más fuerte y hermosa que nunca, mientras la niña que ya empezaba a crecer bailaba bajo la tenue luz que se filtraba por el óculo del techo de la caverna. Su madre la observó enternecida, mientras Ariel agarraba un abrigo de piel que debía de haber rescatado de un naufragio y giraba con él mientras imaginaba un baile. Entonces al girarse se encontró con Anthea, y dio un respingo, enmudeciendo.
-Ma… mamá…-susurró Ariel, asustada-no…
-Lo siento Ariel… no quería molestarte…-dijo su madre. Ariel se alejó, asustada y enfadada ¡había descubierto su secreto!-no quiero que te enfades conmigo, por favor.
-¡Mamá!-la pequeña la miró con los ojos enrojecidos, aunque claro, incapaz de llorar. En el agua no podía hacerlo-¿cómo… cómo lo has…?
-Ariel, yo siempre te encuentro en el escondite…-le recordó su madre sonriendo con dulzura-y además, yo también tenía me refugio aquí.
Señaló a una pared donde había una pequeña "A" grabada en la roca. Ariel abrió mucho los ojos con sorpresa. Así que era por eso… siempre se lo había preguntado.
-No… ¿no estás enfadada?-preguntó finalmente Ariel, curiosa. La reina Anthea negó con la cabeza, mientras se acercaba y la cogía en brazos.
-¿Por qué iba a estarlo?-preguntó con delicadeza-todo lo que tienes aquí es muy interesante, me parece que sabes un montón de los humanos, y además, tener un lugar secreto no es nada malo. Todo lo contrario, es algo muy bonito… te pareces tanto a mí…
-No se lo digas a nadie, por fa-le pidió Ariel con voz suave. Anthea asintió.
-Claro que no. Solo he venido porque quería saber si estabas bien. No quería enfadarme contigo. Pero no puedes decirle esas cosas a tus hermanas.
Al oír aquello Ariel se volvió a enfadar, y se puso a la defensiva.
-¡Yo no tengo la culpa mamá! ¡Siempre vas contra mí!-la espetó, furiosa. La reina Anthea pestañeó, sin inmutarse.
-No es cierto Ariel. Yo solo quiero que…
-¡No paráis de echarme la culpa a mí! ¡Tú siempre te estás peleando con papá, así que mejor que no digas!-la niña estaba fuera de control, pero al pronunciar esas palabras supo que se había pasado de la raya-no… mamá…
La reina Anthea había cerrado los ojos, y se colocaba las manos cruzadas en los hombros, dolida. Agachó la cabeza con tristeza.
-No… no quería decir eso… es que… no es justo…-trato de justificarse Ariel-no es justo…
-Lo sé… no lo es…-susurró Anthea-perdóname Ariel.
Salió de la gruta con la cabeza gacha, y los ojos aún cerrados. Ariel se quedó dentro, respirando velozmente. Las duras palabras pronunciadas contra su madre la atacaban ahora, repitiéndose en su interior una y otra vez. Jim sabía lo que era eso. El sentimiento de culpa…
"Tú siempre estás peleando con papá, así que mejor no digas".
-¡Mamá!-Ariel salió de la gruta detrás de su madre, y agarró su cola mientras ella se giraba, sorprendida-mamá yo… lo siento…-susurró-no quería mamá, en serio…
-Tranquila Ariel, ssssssh… no pasa nada-Anthea la estrechó en sus brazos, y luego le dio un besito en la frente, y otros dos muy fuertes en las mejillas-ya sé que no querías…
-No quiero que estés triste mamá… solo quiero ayudarte…-explicó Ariel con sinceridad. Anthea asintió varias veces, mientras sonreía emocionada.
-Y me ayudas mucho Ariel. Solo quiero que estés contenta… y que perdones a tus hermanas… no te enfades con ellas…
-Si ellas no son malas conmigo-insistió Ariel a la defensiva. Anthea asintió lentamente.
-Hay gente a la que queremos y es mala con nosotros Ariel… solo te pido entonces que… seas capaz de perdonar. Que perdones siempre.
-¿Perdonar?-repitió ella extrañada. El perdón era una cosa muy infantil, algo que la habían enseñado en el colegio para cuando tenía problemas con los compañeros. "Pídele perdón y dale un besito". Para Ariel, el perdón no tenía un significado real. Ninguno.
-Aún no lo entiendes, pero lo harás-le dijo Anthea-tú solo prueba… hazlo cuando algo te enfade. Perdona. Porque a veces estás haciéndole un favor a la otra persona, más que a ti misma, ayudándola a ser mejor.
Ariel no entendía bien las palabras de su madre, y además no le gustaba lo que estaba entendiendo, pero aun así no quería que ella se disgustase más, así que asintió obedientemente y la dedicó una cálida sonrisa. Anthea acarició el largo cabello rojo d esu hija y la miró sonriendo.
-Esa es mi Ariel… mi princesa-dándola un último beso se separó de ella-¿quieres que te traiga algo de la superficie?
-Mmmmm no…-Ariel la sonrió pícaramente-ya lo conseguiré yo misma…
Anthea asintió mientras reía, y luego se marchó en busca del resto de sus hijas. Ariel la vio alejarse echando la cabeza hacia un lado. Cada vez sentía más en su interior que ella no pertenecía a aquel lugar. No se sentía a gusto en el palacio, ni entre sus hermanas. Sin embargo, cuando su madre estaba a su lado, hacía que todo estuviese bien. Arrullándola en su calor, todos los problemas se alejaban. Solo era ella y su mamá. Como si aún siguieran siendo una sola criatura.
Ariel tuvo una idea: nadando de nuevo hacia la cueva comenzó a sacar las cosas que habían de un lado y otro, buscando algo que fuese lo suficientemente bueno. No era una mala idea, claro que no. Le prepararía un regalo especial a Anthea para cuando ella estuviese de vuelta.
-A ver… no, no… no… tampoco-Ariel sacó un enorme tarro de cristal que Flounders le había traído de una fosa cercana. Observándolo, supo que podría hacer con él. Sin duda a su madre le encantaría-vamos a ver…
Mientras trabajaba en su manualidad para Anthea, Ariel solo podía pensar en cómo el rostro de su madre brillaría cuando regresara y se encontrase aquel regalo. Con este pensaba superarse. Lo hacía todo por ella.
-¿Podréis comportaros como sirenas adultas, o me acompaña solo Attina?-preguntó la reina Anthea a sus otras hijas, cruzada de brazos.
-Claro, Attina, como no…-comentó Aquata sarcástica.
-Aquata… por favor…-le pidió su madre con voz suave. Adela, Attina e incluso Andrina miraron a Aquata enfadadas. Su madre siempre les daba todo, desde el incondicional amor de su corazón hasta su último esfuerzo para que fuesen felices. No era nada justo tratarla así.
-Vale… sí…-gruñó Aquata molesta-vamos… no diré nada si os molesta todo…
-Vamos mamá… hoy va a hacer buen día, seguro-dijo Attina más dispuesta. La reina Anthea asintió mirando hacia la superficie.
-Seguro…
Pero Attina se equivocaba: buen tiempo no hacía. El sol no daba calor, y el cielo estaba ligeramente nublado, soplando además una brisa nada agradable. La reina Anthea y sus cuatro hijas nadaron disfrutando del aire de la superficie mientras buscaban un buen lugar donde quedarse. Finalmente se decantaron por unas pequeñas rocas que asomaban entre el mar, y donde podían tumbarse a descansar y tomar el sol.
-Las gaviotas se alimentan sobre todo de moluscos y peces pequeños-les explicaba Anthea a Adela y Andrina-no son ninguna amenaza, ni siquiera en conjunto, pues no son muy listas. Algunas además pueden llegar a ayudarnos…
-¡Mira mamá! ¡Como los delfines!-Adela dio un salto zambulléndose en el agua y luego emergió de nuevo dando un salto espectacular.
-¡Nos estaba explicando una cosa! ¡¿Puedes dejar de interrumpir?!-chilló Andrina indignada.
-Tranquila Andrina, no pasa nada-la calmó su madre-¡Muy buen salto Adela! ¡Lo haces muy bien!
-¡No puedo creer que te hayas comido todo!-Andrina ahora peleaba con Aquata, que se estaba zampando la mitad de despensas que se habían llevado a su picnic a la superficie.
-¿No estabas a dieta?-preguntó Adela haciéndose la loca, pero con toda la mala idea del mundo.
-¡DEJAGME EN PAG!-gritó Aquata con la boca llena de sushi-¡NO TENÉIS VIDGA!
-Dame paciencia…-Anthea, que estaba sentada descansando con Attina a un lado, se zambulló y fue hacia sus hijas que continuaban su amarga discusión.
-¡Mamá!-la llamó Andrina desesperada al ver como se acercaba-¡Mamá ¿te parece normal…?!
-Vamos a jugar-dijo Anthea, y las tres sirenas la miraron con sorpresa-¡necesito destensarme después de estas últimas semanas!
La reina parecía tan emocionada que sus hijas fueron incapaces de insistir en la pelea. Entonces Anthea desafió a sus hijas a una carrera hasta otras rocas un poco más lejos, y luego cantaron canciones y jugaron a perseguir a un banco de peces voladores que pasaban por allí.
-¡Ssíiiiii! ¡Jajajajaja!-rieron Aquata y Adela mientras saltaban al lado de los peces voladores. Por delante de ellas, ANthea dio un gran salto y permaneció unos segundos en el aire, con los ojos cerrados. Entonces planeó al lado de los peces, y se sumergió en el agua con ellos. El agua de aquel mar que tanto amaba.
-¡Hala mamá!-exclamó Andrina, que era la que menos disfrutaba con aquellas cosas, pero también estaba impresionada-¿cómo has hecho eso?
-¿El qué?-preguntó Anthea, divertida. Entonces pegó otro de sus saltos y luego planeó de nuevo despegando las aletas de su cola, como hacían los peces voladores. Sus hijas hicieron un gran "Ooooooooh", entusiasmadas.
-Voy a enseñaros-dijo Anthea, risueña. Y se pasó el resto de la tarde mostrándolas como hacer aquel "salto y vuelo" tan espectacular. Attina, que ya sabía, se limitó a tomar el sol y descansar, pues en aquellas últimas semanas sus labores como princesa heredera habían sido muy estresantes, sumadas claro al disgusto interior que tenía por las peleas entre su padre y su madre. Attina había sufrido mucho con esas discusiones. Solo esperaba que se quedasen en unas pequeñas peleas, y no fueran a más.
Cuando por fin Adela consiguió hacer el salto perfecto, Anthea se retiró a descansar con Attina, confiando en que sus otras tres hijas no empezasen a tirarse de los pelos de nuevo.
-No sabes lo que deseaba volver a tomar el sol-le dijo Anthea a su hija, echando la cabeza hacia atrás-las sirenas somos seres marinos, bien que eso es cierto, pero hasta los tiburones disfrutan más sacando su aleta fuera del mar. El sol es lo que todos necesitamos para ser felices…
-Me alegro de que estés mejor mamá…-le dijo Attina aliviada. La excursión a la superficie estaba yendo bastante mejor que otras veces. Sobre todo gracias a la paciencia de su madre-no sé cómo… cómo consigues calmarlas.
Anthea rió.
-Antes de que nacieras unifiqué todo el reino de Atlántica… no es muy difícil-dijo. Attina se mordió el labio mientras Anthea dejaba que sus voluminosos pechos (que Ariel posteriormente heredaría) se secasen al sol y poco a poco fuesen poniéndose más morenos. El sol no alumbraba demasiado, pero con las horas que llevaban allí la piel empezaba a tostárseles al menos un poco.
Attina miró a su madre un tanto angustiada. A la edad que tenía (dieciocho años) eran muchas las cosas que la estaban agobiando. Ser la heredera al trono del reino de Atlántica estaba llena de presión y angustias, teniendo en cuenta además que se sentía eclipsada por la sombra de su fascinante madre. Attina pensaba que, de todas las hermanas, ella era la menos interesante, hermosa e inteligente. Luchaba contra ese sentimiento y esa angustia todos los días.
-Mamá… ¿crees que estoy preparada?-preguntó Attina, mirando hacia otro lado, avergonzada. Anthea levantó la cabeza lentamente, extrañada.
-¿Qué?-preguntó.
-Que si… que si crees que estoy preparada…-repitió Attina, con las mejillas sonrosadas.
-Oh, pues claro que sí-Anthea miró a su hija con incredulidad-¿preparada para qué?
-Pues… ¡no te rías! Para ser… para ser reina-explicó Attina, totalmente avergonzada. Anthea se echó el cabello hacia un lado, mientras estudiaba atentamente el rostro de su hija. Luego se acercó lentamente a ella y le puso los brazos en los hombros.
-Attina… eres una persona maravillosa. Única. Atlántica no podría tener una heredera mejor-dijo, con sinceridad. A un lado, Jim vio como la Ariel del presente miraba a su madre y a Attina con los ojos llorosos. Toda aquella escena la estaba afectando mucho.
-No puedo decirte que lo harás todo bien-dijo Anthea con convencimiento-porque ninguno acertamos siempre. Pero yo he hecho grandes cosas… y soy mucho menos extraordinaria que tú. Atlántica no podrá recordar mi nombre cuando tú reines… no creo que recuerden el nombre de ningún otro rey.
-Gra… gracias…-Attina se había emocionado. Su madre la acarició el rostro con ternura.
-¿Pero qué te pasa? Estás muy mimosona últimamente.
-No es que… bueno, he estado un poco agobiada-reconoció Attina, secándose las lágrimas. Anthea pareció comprender.
-No te preocupes por mí y papá. Sé que has estado sufriendo mucho, pero no quiero que lo hagas. No nos vamos a separar. Llevamos juntos muchos años, y estaremos muchos más. Es solo que… bueno, a veces las personas atravesamos malas épocas…. Nada más.
Attina asintió forzando una sonrisa. Su madre la sonrió y la abrazó con fuerza.
-Ya está. Tranquila ¿eh? Tranquila…
Attina se recostó al lado de su madre, y por un momento volvió a ser esa niña pequeña que una vez había sido, la niña de la que no se esperaban responsabilidades ni nada en absoluto, simplemente que fuera feliz y respirase tranquila. Cómo echaba de menos ser esa niña.
Solo pudo serlo unos segundos más. Segundos después el chillido de Andrina las sacaba a todas de su ensimismamiento. Jim también se había dado cuenta: un enorme buque se acercaba a ellas, descendiendo desde las nubes a toda velocidad.
-¡MAMÁ!-Attina se incorporó al instante, y miró a Anthea, aterrorizada. El rostro de la bella reina se había ensombrecido.
-¡MAMÁAAAAAAA!-chilló Andrina, que estaba fuera de sí. El barco descendía en picado hacia ellas.
-¡ABAJO, VAMOS!-Anthea se lanzó sobre Andrina y la hundió en el agua, a la vez que Attina, Adela y Aquata se sumergían también. El buque pasó rozando la superficie del mar y levanto una oleada tremenda.
-¡ECHAD LA RED!-gritó la voz de uno de los marineros. Jim se fijó en la bandera que ondeaba en el mástil del barco.
-Piratas…-dijo secamente.
-Vamos al agua-dijo Úrsula, arrastrándolos a él y a Ariel al interior del mar. La sirena que hasta entonces había permanecido inexpresiva aunque con el rostro ensombrecido ahora parecía muy asustada. Estaba blanca, más de lo habitual incluso, y se le salían los ojos de las órbitas. Parecía no quererse perder ni un segundo de aquello. Quería ver, entenderlo… Jim supo que ella tenía la loca idea de poder impedirlo. Pero no podría. Aquello era solo un recuerdo. Un puto y maldito recuerdo.
-¡VAMOS, AL FONDO!-exclamó Anthea impulsando a sus hijas hacia el fondo.
-¡MAMÁ!-gritó Adela señalando hacia arriba. El barco pirata había lanzado una enorme red negra. Aquata, Adela y Andrina chillaron de nuevo, pero Anthea las empujó hacia abajo, a tal velocidad que en unos segundos el galeón era tan solo un manchurrón cientos de metros más arriba. Anthea suspiró, aliviada. Pero entonces vio que Adela estaba pálida y miraba hacia arriba. Antes de mirar ella también, se dio cuenta.
-Attina…
-¡Mamáaaaaa!-la hermana mayor luchaba por librarse de las redes, sin éxito. Estas tiraban de ella hacia arriba, y pronto la sacarían del mar.
-¡NO!-Anthea nadó de nuevo hacia arriba, estirando sus brazos para agarrar a su hija. Sin embargo no lo consiguió: la red sacó a Attina del agua, y ella se revolcó en ella mientras los piratas reían malvadamente asomados a la cubierta del navío.
-¡MAMÁAAAAAA!-Attina intentó romper la red, pero no era simple cuerda, si no que estaba reforzada de acero, y solo consiguió herirse las manos. Estaba tan desesperada que apenas podía respirar. SU corazón latía a mil por hora, y su mente, bloqueada, era incapaz de pensar.
Anthea en cambio tenía muy claro lo que iba a hacer. La red estaba ya casi en el interior del barco, pues la habían subido con una grúa, pero eso no frenaría a la reina de los mares.
-Efflecto…-Anthea ascendió a la superficie impulsada por un chorro de agua, y para alcanzar al barco que ya sobrevolaba el cielo despegó sus aletas y se dio aquel impulso que hacía solo unas horas había enseñado a sus hijas. Consiguió agarrarse a la red y se quedó colgando. El mar se veía cada vez más pequeño mientras el barco se elevaba para dejarlo atrás.
-¡Cogedlas a las dos!-ordenó una voz grave y pausada.
-¡Cogedlas! ¡Cogedlas!-repitieron los piratas, descolgándose por el costado del barco para llegar a la red. Pero Anthea no iba a dejar que se acercasen a ella ni a su cría tan fácilmente. Abrió la palma de su mano, y para sorpresa tanto de Jim como de los bucaneros, generó una bola de agua que lanzó contra ellos, con la velocidad de un disparo. El impacto del agua sobre los piratas hizo que perdieran el equilibrio y se quedasen colgando de las cuerdas que se habían atado a la cintura para descolgarse hacia ellas.
-¡DEJADNOS!-ordenó Anthea, forcejeando con la red. Entonces de nuevo volvió a susurrar un conjuro, y en su mano izquierda apareció una caracola que tenía una afilada punta con pinchos. Anthea clavó la caracola en la red y comenzó a serrarla, debilitando las cuerdas para soltar a su hija.
-Puñeta…-uno de los piratas apuntó hacia Anthea y disparó, pero la reina lo esquivó de milagro. Con el segundo tiro sin embargo no tuvo tanta suerte: la dio en el costado, y eso hizo que estuviese a punto de soltarse.
No se rendiría tan fácilmente. Anthea cerró los ojos y comenzó a susurrar más palabras. Cerca de ellas dos piratas se acercaban intentando cortarla con sus espadas. Attina chilló avisando a su madre, pero ella lo tenía todo controlado.
-¡APEILI EXIMEN! ¡APEILI EXIMEN!-gritó la reina. Una onda expansiva de agua surgió de su propio cuerpo e hizo que los piratas cerca de ella perdiesen el equilibrio y se precipitasen al mar. Attina los vio caer y hundirse en el agua. Seguramente ni siquiera sabían nadar, los desgraciados.
Aprovechando el tiempo que había ganado Anthea terminó de sesgar la red que aprisionaba a su hija mayor y entonces la cogió de la mano.
-¡Mamá!-Attina la miró, llorosa.
-¡SALTA!-gritó Anthea decidida. Tiró de ella y ambas cayeron al vacío.
-¡NO!-gritó uno de los piratas.
-¡DISPARADLA!-ordenó otro.
-¡ESPERAD!
Lo siguiente fue muy rápido: Anthea y Attina caían a gran velocidad hacia el mar. Attina veía el gran azul cada vez más cerca, listo para recibir a sus hijas con los brazos abiertos. ¡Había ido de poco! Miró de reojo para ver la luz en los ojos de su madre. Pero no la vio. En realidad no vio nada. Echando la vista hacia arriba, Attina se dio cuenta de que Anthea había dejado de caer. Y le bastó solo los siguientes dos segundos antes de hundirse en el agua para entender por qué: el vientre de la reina había sido atravesado por un arpón, y ella, con los ojos muy abiertos y expresión de sorpresa en el rostro, temblaba sacudiendo su cola, y mirando a su hija con desesperación.
-¡MAM…..!-Attina se hundió en el agua con un terrible estruendo. El impacto fue tan fuerte que le causó dolor en los huesos, e hizo que se hundiera velozmente en las profundidades.
-A… A…-Anthea no pudo terminar la frase: la sangre le cayó a chorros hacia el mar por el vientre a la vez que el arpón la subía hacia el barco de los piratas, que daban gritos de emoción.
-¡IDIOTAS! ¡LA HABÉIS MATADO!-gritó uno de ellos, furioso. Jim quiso ver quien, pero ellos se encontraban suspendidos en el vacío a unos metros por debajo del barco, así que no pudo. El cuerpo de Anthea, aún viva y agonizante, subió hasta la cubierta del barco, mientras ella intentaba respirar inutilmente. Jim vio como los piratas la rodeaban impidiendo verla. Ahora la rematarían.
Sin embargo la imagen se desdibujó. Ahora Jim solo podía ver a Attina, debajo del mar, llorando al lado de sus hermanas.
-¡MAMÁ! ¡MAMÁAAAAAAAA!-nadie iba a responderla. Cerca de las niñas, los piratas caídos se estaban ahogando. Por supuesto no iban a hacer nada, más que alejarse de ellos.
-Quiero verla-dijo Ariel, mirando a Úrsula. Ella mantuvo su rostro serio, apretando un poco sus gruesos labios. Ariel la miró rabiosa-a mi madre. ¡Quiero ver a mi madre!
-No puedo. Estos recuerdos los tengo gracias a Flotsam y Jetsam, que os espiaban en todo momento. Pero ellos no pudieron ver que hicieron los piratas con ella, ya que se marcharon en su barco. Sin embargo, tú misma lo sabes.
Volvían a estar en un espacio negro, sin nada en absoluto. Sin embargo Jim creía poder escuchar las voces de las hermanas de Ariel, y un atronador rugido, que podría atribuir al rey Tritón.
-Vamos a saltarnos el sobresalto de toda Atlántica al enterarse de la traumática muerte de su querida reina-dijo Úrsula con voz muy fría. Jim esperaba que ella se regodease en la muerte de la madre de Ariel, pero por algún motivo Úrsula parecía muy distante respecto a eso-saltémonos la búsqueda frenética que realizó el rey Tritón para encontrar a su esposa, y la cólera y la rabia que lo embargaron cuando por fin, tres semanas más tarde, un comando de sirenos le trajeron su cadáver.
Ariel lloraba en silencio, aunque el agua del mar se llevaba sus lágrimas. Todo su cuerpo temblaba, mientras el asustado rostro de su madre antes de morir continuaba contemplándola. Su madre, la persona más buena que había conocido, la persona que más le había amado a ella, que le había dado todo su amor, ya no estaría nunca más. Jim también sintió ganas de llorar. No podía evitarlo, Anthea se había ganado un lugar en su corazón. En muchos aspectos le recordaba a su propia madre: tan bondadosa, tan maternal. Tan… única. No podía creer que estuviese muerta. Y menos de un modo tan injusto y cruel.
-Supongo que ahora podrías entender a Attina un poco mejor, y a tu padre, claro. Él estaba conmigo mientras estos eventos ocurrían, y lo último que hizo con tu madre fue discutir-dijo Úrsula. Un leve reflejo del rey Tritón y Anthea gritándose apareció a un lado de Ariel. La sirena agachó la cabeza y cerró los ojos. Era un dolor demasiado fuerte como para explicarlo con palabras. Le desgarraba el alma.
-Bueno Bryan, seguiré contigo-dijo Úrsula volviéndose hacia Jim-después de la muerte de la reina el reino entero se vistió de luto. Pero mientras todos lloraban la muerte de la reina, nosotros, criaturas de las sombras, sabíamos que nuestro momento estaba próximo.
De nuevo una imagen volvió a formarse frente a ellos. De repente había un montón de gente rodeándolos, en una calle ancha que albergaba lo que parecía una procesión. Jim entendió enseguida de que se trataba: el funeral de la reina Anthea, un momento de máxima tristeza y respeto para todos sus súbditos, que habían vivido muchos años amándola y queriéndola a su lado.
El rey Tritón iba a la cabeza de la procesión, portando el tridente de poder del que Úrsula se había apoderado, y acompañado de sus hijas, que iban abrazadas entre ellas, sollozando. Ariel iba de la mano de Adela y Arista, que mantenían sus brazos entrelazados en torno a ella. Aquata y Andrina apenas podían contener el lloro, mientras Attina, al lado de su padre, mantenía la cabeza alta, y avanzaba con seriedad.
-Attina…-sabiendo por lo que había pasado su hermana, la Ariel del presente la miraba destrozada. Úrsula se rascó su gruesa barbilla, interesada en la procesión.
-La pequeña Attina estaba más destrozada, si cabe, que el resto de vosotros. Pero al ser la heredera, se esforzó por hacer lo que todos esperaban de ella: dar la clara imagen de una reina fuerte y dispuesta, preparada para heredar el trono de su madre. Esa misma noche se iría a los arrecifes, y se golpearía y gritaría hasta caer exahusta-explicó Úrsula-ella misma me lo dijo, cuando nos conocimos más tarde…
-Cállate-la espetó Jim viendo como Ariel temblaba incontroladamente, escuchando todo aquello. Úrsula soltó una ronca risotada.
-Ahí va la estrella del espectáculo…
La reina Anthea parecía estar dormida. Incluso muerta, su dignidad real era incuestionable: tumbada sobre una enorme litera con forma de concha, llevaba un ramo de flores marinas entre las manos, y sus labios aún brillaban, y su pelo aún ondeaba entre el agua, en medio de aquella oscuridad. Varias pequeñas criaturas luminiscentes fueron a colocarse entre sus cabellos, haciendo que pareciera rodeada de estrellas. Incluso muerta su rostro trasmitía serenidad y dulzura. Una vida dedicada a su reino. Una vida dedicada a sus hijas.
Mientras el triste canto de una enorme ballena jorobada resonaba por todas partes en una de las melodías que Jim había escuchado, de entre los muchos reunidos en aquella despedida el chico distinguió a Sebastián, que tenía los ojos rojos e hinchados, y parecía tan devastado como las propias hijas de Anthea. También estaba Marina del Rey, institutriz de las niñas, que parecía muy angustiada sobre todo ante la perspectiva de que ahora le tocaba a ella la amarga tarea de ocuparse totalmente de ellas, y Gill, el jefe de los ejércitos del mar, que no le quitaba los ojos de encima a su reina, mientras parecía susurrar oraciones por su alma. Urchin y Flounders también iban entre la multitud, abatidos, y muchos más sirenos y delfines, y atunes, y rayas y peces payaso, y la pequeña Dory que en aquel momento parecía no haber perdido todavía su memoria, y muchos más peces que iban a rendir pleitesía y un último respeto a su amadísima soberana. Anthea nunca volvería a protegerlos. No podría guiar al reino con su sabiduría y formidable capacidad de liderazgo. Y no podría cuidar más de sus hijas. No podría volver a amarlas.
La imagen se fue deshaciendo mientras el cuerpo de la reina era llevada a una antigua fosa, donde al parecer iban a enterrarla. La fosa de los reyes, donde unas enormes conchas esperaban abiertas a sus futuros ocupantes, para luego cerrarse y no volver a abrirse nunca más.
-Pasaron nueve años-explicó Úrsula en voz baja, mientras Ariel sollozaba, totalmente destrozada.
-Mamá…
-Como te puedes imaginar, en ese tiempo dio tiempo a que cambiaran mucho las cosas…
Por unos segundos una imagen de la reina Anthea haciendo un corro con sus hijas en medio de los corales y rodeada de otros peces y sirenos que reían y cantaban con ella apareció. Segundos después la imagen se borró, y se quedaron de nuevo a oscuras.
Poco a poco fue apareciendo una nueva forma frente a ellos. Una gran habitación, aunque muy vacía. Las hermanas ya no dormían juntas.
Era Ariel de nuevo, pero ya no era esa niña rolliza y traviesa que había sido antes. Ya era aquella joven que Jim conocía, y deseaba. Ariel dormía, pero como siempre desde que Jim la conocía, no parecía tener esa serenidad que mostraba su madre. Parecía atormentada, y amargada. Como si algo la estuviera persiguiendo, sin dejarla vivir.
-¡Venga, arriba coño, que ya vas tarde!-Marina del Rey irrumpió en la habitación, impaciente y furiosa. Ariel emitió un gruñidito de molestia, pero la institutriz la ignoró, descorriendo las cortinas de algas y haciendo que la luz oceánica entrase de golpe en la habitación.
-Mmmmmmmññññ…-Ariel se revolvió en la cama y abrió poco a poco los ojos, mirando a Marina con fastidio-no….
-¡Claro que sí! ¡Vamos, maldita sea, tienes clase en diez minutos!-tronó ella, dirigiéndose a la salida-¡Ni se te ocurra llegar tarde!-la amenazó antes de irse.
Pero en cuanto hubo salido, Ariel se incorporó de su cama pegando un bote y una astuta sonrisa asomó a la curvatura de sus labios. Todo iba de acuerdo al plan. Marina no volvería al cuarto, aún tenía que pelearse con Arista, Aquata y Alana, que eran todavía más vagonetas que ella.
Sigilosa, la pelirroja se deslizó por los pasillos del palacio evitando a los guardias y el personal de servicio. Un pequeño caballito de mar que Jim reconoció como el mayordomo del rey estuvo a punto de verla, pero la sirena tuvo reflejos suficientes para esconderse detrás de una enorme estrella de mar y evitar que lo viera. Luego salió hacia una de las largas terrazas que había en el interior, y metiéndose entre uno de los enormes jardines de algas se encontró con quien la estaba esperando.
-¡Casi me pillan!-le dijo Ariel a Flounders, que asintió sonriéndola. El pececito era más grande y gordo que cuando ella lo había conocido de pequeño. Pero parecía igual de asustadizo que siempre.
-Si se entera él…-dijo Flounders preocupado, pero Ariel negó con la cabeza, ya sin sonreír.
-No se entera nunca… ¡vamos!-le animó, y echando a nadar bordearon el muro de palacio y se deslizaron por el suelo marino veloces y diligentes. Jim reconoció el camino: iban a la gruta secreta de Ariel. Una vez estuvieron dentro, el chico pudo observar que efectivamente las cosas habían cambiado mucho; ahora la gruta estaba a reventar de objetos que colgaban por todas partes, y a cada cual más estrafalario. Teteras, vajillas, libros, pinceles, sillas, una bola del mundo, un televisor, varias cajitas de música, una caja de sorpresas, muñecas, una bala de cañón oxidada, unas gafas de buzo…
-P. Shermann, calle Wallaby 42…-leyó Flounders en las gafas, curioso.
-Ni idea-replicó Ariel mientras guardaba varias cosas en su bolsa, distraída-como de la mayoría de cosas.
-Ariel, no creo que él pueda explicárnoslo mejor, porque es un pesado y se lo inventa todo-comentó Flounders mirándola de reojo.
-¡Claro que no!-ella metió un tenedor y una pipa en su bolsa, y luego tiró de ella para cargársela al hombro.
-Es que Ariel… la superficie…-la recordó Flounders, preocupado. Ariel se giró y le miró, enfadada. El pececito se encogió, mientras a un lado, Jim sonreía negando con la cabeza. Él ya conocía esa expresión en ella.
-Si no quieres no vengas Flounders-le dijo Ariel secamente. El pececito la miró disgustado, pero cuando ella le dio la espalda y empezó a nadar, la siguió sin rechistar.
En un rato estaban en la superficie, pero no en cualquier escollo como Anthea había elegido para pasar la tarde con sus hijas: directamente habían ido a la costa. Jim sabía que Ariel debía de estar desobedeciendo las estrictas órdenes de su padre, pues estaba claro que desde la muerte de Anthea las cosas habían cambiado mucho, pero conociendo a Ariel sabía que ella tenía una especie de atracción fatal hacia lo prohibido. Él podía entenderlo perfectamente…
-¡Ariel! ¡Ariel!-susurró Flounders preocupado. Ella se había parado cerca de la orilla, y oteaba la playa con interés. Del alto de una roca se escucharon voces: había dos ancianos pescadores, que habían echado sus cebos allí y esperaban charlando, al lado de las cañas-¡Ariel! ¡Vamos!
-¿Eh…? Sí, sí…-Ariel no parecía interesada en alejarse de la playa, pero finalmente siguió a Flounders hacia unas rocas semi-ocultas, y una pequeña calita de difícil acceso si no se entraba directamente por mar. En ella había un enorme nido lleno de plumas y basura humana, pero a parte de eso, nada más.
Ariel frunció el ceño.
-Qué raro…
-¡Vaya vaya vaya! ¡Pero que me trae la mareíta!-exclamó una voz chillona que venía de encima de ellos. Jim agachó la cabeza justo para esquivar a la gaviota, aunque pensándolo se dio cuenta de que no hubiese podido hacerle nada, siendo un recuerdo.
-¡Scuttle!-Ariel dedicó a la gaviota un afectuoso saludo, y luego salió del mar para acomodarse en la arena de la playa. A Jim se le seguía haciendo raro verla en su forma de sirena, con sus impresionantes pechos al aire y sus rojos cabellos con extraños brillos purpúreos, que lo hacían aún más mágico.
-Ariel, Ariel, te he echado mucho de menos-comentó Scuttle sacudiéndose las plumas de las alas (las perdía a montones, de hecho estaba empezando a quedarse pelado)-¡pero seguro que me has traído algo interesante, ¿no?!
-Claro que sí-dijo Ariel sacando las cosas de su bolsa. Cerca suyo, en la línea de orilla, Flounders suspiró.
-Ya estamos…
-¡Oh!-los ojos de Scuttle brillaron de emoción-¡Veámoslo!
Jim ya suponía que algo no estaba bien en la cabeza de aquel pajarraco, cosa que confirmó cuando empezó a explicarle lo que era cada cosa.
-¡Esto es un cachivache! ¡Los humanos lo usan para peinarse, y obtener sorprendentes resultados capilares!-explicó Scuttle tirando de las plumas de su cabeza con violencia hasta levantarse las plumas dejándose una horrible cresta-¿ves? ¡Así!
-Ya…-Flounders no parecía muy convencido, pero Scuttle le guiñó un ojo.
-Tantos años de experiencia con mis amigos los humanos me han llenado de experiencia-explicó la gaviota-aunque tenéis que tener cuidado, vosotras las sirenas ¡en Suburbia ni siquiera se cree en vuestra existencia!
-Scuttle…-el sol doraba los cabellos de Ariel, que parecía más llena de vida que nunca-cuéntame cómo es Suburbia.
-¿Otra vez?-se sorprendió la gaviota-¡De acuerdo! ¡Pues Suburbia es una ciudad llena de seres humanos, como a ti te gustan, y también hay animales y especies de lo más raras, que conviven todos, aunque no es que se lleven muy bien! ¡Hay coches que vuelan como los pájaros, y edificios tan altos que ni yo podría hacerme un nido en su cima!
-Coches voladores…-repitió Ariel impresionada-edificios…
-Bueno, en Atlántica es parecido, supongo-dijo Scuttle mientras se rascaba sus patitas con el pico-pero estoy seguro de que un día podrás ir a visitarlo… ¡si hay alguien que sabe de los humanos en el mar esa eres tú!
Ariel sonrió agradecida por las bondadosas palabras de Scuttle mientras Flounders mascullaba algo para sí, no muy convencido. La gaviota voló hasta su nido y comenzó a tirar latas y bolsas que debía de haber birlado a los chiringuitos de la costa.
-Mira mira, tengo algo para ti, damisela-dijo la gaviota sacando algo de entre las ramitas del nido. Era un catalejo-¡esto sí que vale para algo!
-¡Santo océano!-exclamó Ariel emocionada. La Úrsula del presente rió viéndola coger el catalejo mientras Scuttle se lo explicaba muy convencido.
-Es un transformador mágico. ¡Sus poderes son inmensos!-explicó la gaviota muy convencida-verás… mira, cuando tú lo miras por aquí: ¡las cosas se vuelven gigantes! ¡Y puedes aprovecharte de eso! Por ejemplo, si lo usas con una tarta… ¡será mucho más grande! Y luego, por el otro lado… si lo miras por aquí… ¡todo se hará más pequeño! Así que si te ataca un tiburón solo tienes que mirarle con esto…
-Creo que no es del todo así-comentó Flounders mirando el catalejo y a Scuttle con desconfianza, pero la gaviota no le hizo caso.
-Es precioso Scuttle ¡muchas gracias!-Ariel le dio un fuerte abrazo a la gaviota, que sonrió enternecida.
-Ñe… te lo mereces… eres una chica estupenda.
-¡EH!
Unas voces los sobresaltaron. Scuttle miró a Ariel preocupado.
-Será mejor que no te vean, querida, no son de los que piden explicaciones-susurró. Ariel asintió, y gateando volvió hacia la orilla. Scuttle le acercó la bolsa y el catalejo, y luego voló hasta su nido de nuevo.
-¡Vamos Ariel!-Flounders se sumergió y buceó por las rocas hasta quedar oculto bajo varios metros de agua. Pero Ariel no le siguió. La joven sirena sumergió el cuerpo hasta dejar solo los ojos, y lentamente se fue deslizando por las rocas hacia donde venía el ruido.
-¡Ariel! ¡ARIEL!-Flounders miró a su amiga desesperado. Aún muerto de miedo, nadó hasta quedar a su lado.
-Aquí no hay nada hermano… solo está ese pájaro loco-comentó uno de los dos.
-Hemos mirado en todas partes…
-Ya te lo dije… estabas más colocado que yo-rió el primero.
A Ariel le brillaron los ojos, abriéndoseles de par en par. ¡Era él! Jim avanzó a través del recuerdo hasta quedar a su lado, aunque él no necesitaba nadar ni esconderse. Cuando vio lo que Ariel estaba espiando, se quedó muy sorprendido. Dos chicos en una lancha se movían lentamente por cerca de las rocas, hasta pasar por el lado de la cala de Scuttle, que distraídamente recolocaba su nido de chatarra haciendo torres con las latas de cerveza vacías.
-Tiene la rabia o algo, te lo juro-dijo el chico que había hablado primero. Era un chaval alto y fornido, negro, con el cabello muy rizado.
-No creo…-respondió el segundo. Cuando habló, Jim tuvo claro que era a quien Ariel había estado esperando, y por quien antes había buscado en la playa. Era un chico realmente atractivo, musculoso y con unos brillantes ojos azules y una melena azabache con un rebelde flequillo. Era un chico realmente guapo, pensó Jim, y entonces volvió a mirar a la Ariel del presente, que ya no miraba la escena, si no a las palmas de sus manos, y parecía muy avergonzada. Úrsula por su parte no perdía detalle, apoyada en uno de los salientes de la cala.
-Te lo juro, joder, de verdad que estaba allí-insistió el chico de ojos azules. Su colega rió, apoyándose en el costado de la lancha.
-Eric tío… mejor no vuelvas a fumar. Te afecta como si tuvieras tres años-se cachondeó.
-Joder…-Eric echó la cabeza hacia atrás flexionando su ancho cuello, y luego miró su reflejo en el agua-¿entonces qué me salvó? ¿cómo llegué hasta la playa?
-Pues…-el amigo de Eric echó un trago de la botella de cerveza que llevaban en la lancha, vaciándola, y luego la tiró al mar-pues lo hiciste tú mismo. Nadarías hasta la playa. Y como estabas hasta arriba de nieve te lo imaginarías.
-No fue tanta-recordó Eric, frustrado. Jim puso los ojos en blanco. Habían estado consumiendo cocaína en un barco, y él debía de haberse caído al mar. Miró a la Ariel del pasado, que continuaba espiándolo con atención. Ella debía de haberlo llevado a la playa, y él lo recordaba…
-Lo que sé es que no te voy a dejar solo en una fiesta nunca más hermano-se rió el chico negro, echándose los rizos a un lado. Por la ropa que llevaban y lo que estaban hablando, Jim supuso que era verano. Posiblemente principios de verano. Muchos chavales de Suburbia iban a fiestas de la playa donde la droga era más fácil de pasar gracias también en parte a los piratas, y montaban buenas fiestas. Él mismo lo había hecho el año anterior.
-A lo mejor si me meto otra vez…-reflexionó Eric pasando su mano por el agua. Ariel se sumergió del todo, temerosa de que la viera, pero no tardó en volver a asomar la cabeza para escuchar.
-Tío, hemos quedado para comer y paso de volver a cambiarme-protestó el otro-vámonos de una puta vez, aquí no hay nada. Si no esta noche te colocas otra vez y vuelves a ver a tu sirenita…
-Sirenita…-repitió Eric extrañado. Echó un último vistazo mientras su amigo lo miraba con impaciencia, y finalmente accionó el motor otra vez y los sacó de allí. Ariel siguió la lancha con la mirada, que se quedó perdida cuando ellos desaparecieron en el horizonte.
-Ariel… no puedes seguir con esto-murmuró Flounders asomándose a su lado.
-Cállate…-respondió ella sin hacerle mucho caso, y se volvió a sumergir.
-Ta ta ta taaaaa… ¡Tatirotatirotatiiii!-canturreó Scuttle mientras se acomodaba en su nido y se disponía a disfrutar de una buena siesta.
Ahora Ariel volvía al palacio, y tras despedirse sin demasiado entusiasmo de Flounders, volvió a deslizarse hacia su habitación. Marina ya debía de haberse enterado de que había faltado a sus clases de hoy de biología e historia marina. Pero le daba igual, tenía demasiadas cosas en la cabeza. Santo océano, él era tan perfecto. Recordaba como su mano había rozado el agua, como le brillaban los ojos. Y la estaba buscando. Eso significaba que le gustaba… ¿no?
-¡AH!-Ariel contuvo un grito al encontrárselo en su habitación. El rey Triton estaba allí sentado de brazos cruzados, y exhibía una mirada atemorizante en su rostro. Jim vio que la verdadera Ariel, la del presente, volvía a levantar la cabeza, y miraba a su padre con amargura.
-Ho… hola papá-dijo la Ariel del pasado, mirando a su padre con desconfianza. Luego dejó su bolsa en el interior de su armario y actuó como si nada-¿qué… qué pasa?
Tritón no respondió. Mantenía la mirada fija en ella, y respiraba lentamente. Ariel miró hacia el suelo, y luego de nuevo a su padre. Le estaba costando disimular el miedo que tenía.
-Voy a… voy a ir a arreglarme-dijo Ariel echando a un lado su cabello-luego… luego vengo.
-Ariel.
Al oír su nombre, la sirena se detuvo. Se giró lentamente mirando a su padre. Estaba tan cansada de él. Pero no podía hacer nada, claro.
-¿Qué…?-preguntó fingiendo indiferencia.
-Dónde has estado.
El rey miró a su hija con los ojos centelleantes, mientras sus pobladas cejas se apretaban con fuerza. Ariel miró a un lado y a otro, como si no entendiera nada.
-¿Yo? En clase…
¡CRASH! La mesilla de noche de Ariel salió disparada y se estampó contra la pared. Ella dio un respingo, aunque ya se esperaba algo así. Tritón se había incorporado de su cama, y ahora estaba erguido frente a ella en toda su cólera, inmenso y amenazador. Por unos segundos parecía que iba a gritar, pero entonces se contuvo.
-¿Dónde has estado?-repitió Tritón con voz más alta y firme. Ariel se encogió, pero Jim notó que ella ya se esperaba aquello. Sabía que debía hacerle ver que le estaba mintiendo primero, para luego poder colarle la mentira de verdad.
-Yo… he estado en clase…
-¡ARIEL!
-Fui a los arrecifes…-reconoció Ariel-quería echar una carrera con los lenguados que…
¡PAF! El tortazo pilló de improvisto a Jim, que se quedó rígido al verlo. El golpe fue tan brutal incluso debajo del agua que Ariel se tambaleó y chocó contra la pared, aturdida. La mejilla se le puso de color rojo, y se la frotó, mirando a su padre, horrorizada.
-¡¿DÓNDE HAS ESTADO?!-repitió Tritón, rugiendo. Ariel le miró con horror.
-Papá…-se atrevió a decir valientemente-papá, no me pegues…
-¡CÁLLATE!-Tritón le pegó un puñetazo a la pared haciéndole una fractura, y Ariel cerró los ojos, atemorizada-¿DÓNDE HAS ESTADO ARIEL? ¿DÓNDE HAS ESTADO?
-Snifff…-la sirenita no pudo reprimir las ganas de llorar, y comenzó a temblar irremediablemente.
-¿HAS IDO A LA SUPERFICIE? ¿¡ES ESO, VERDAD? ¿HAS VUELTO A SUBIR?
-Nn… ¡NO!-gritó Ariel furiosa. Estaba harta de él, le odiaba. Odiaba a su padre-¡NO, VETE DE AQUÍ!
¡ZAS! Esta vez el golpe la derribó. Ariel se quedó en el suelo con el pelo por encima del rostro, temblorosa y con tanto dolor en el rostro que apenas podía ni siquiera pensar. Al verla ahí tirada el rey Tritón se detuvo. ¿Pero qué estaba haciendo? Su hija por Dios, su hija… pero estaba demasiado furioso, no podía detener su cólera. Ella tenía que entenderlo. Lo entendería como fuera.
-Te dije que no volvieras a la superficie…-susurró Tritón intentando calmarse, pero solo consiguió enfadarse más y más-estoy harto de que me desobedezcas, haces lo que te da la gana…
-Snifff… aaah… déjame-repitió Ariel furiosa.
-¡CÁLLATEYNOMEINTERRUMPAS!-Tritón la cogió del pelo con fuerza y la arrojó contra su cama. Ariel comenzó a llorar desconsoladamente mientras el rey le daba otro golpe a la pared, quebrándola.
-Papá…-Jim reconoció a Attina, que preocupada se asomaba por la entrada del cuarto.
-¡FUERA!-rugió el rey Tritón, y Attina se alejó, llorando. El rey se volvió hacia Ariel, respirando pesadamente y con los ojos echando chispas-Estás castigada sin salir más. ¡NO VAS A VOLVER A SALIR! ¡Y SI VUELVES A DESOBEDECERME…!
-¡VETE DE AQUÍ!-gritó Ariel desesperada.
-¡QUE TE CAYES!-Tritón destrozó el armario de Ariel lanzándolo por los aires y ella se llevó las manos a la boca, acongojada-¡QUE TE CAYES, NO TE QUIERO VOLVER A OIR! ¡CÁLLATEEEE! ¡GILIPOLLAS!
Ariel estaba tan asustada que no fue capaz de decir nada más. Tritón estaba fuera de sí, pero terminó por salir del cuarto, y todos con los que se cruzó por los pasillos se apartaron de él atemorizados. No era ningún secreto que cuando el rey perdía los estribos podía llegar a ser brutal.
Jim miró al recuerdo de la pelirroja, tirada en la cama, con el rostro enrojecido, devastada. Lentamente, Ariel comenzó a llorar llevándose las manos a la cara y tapándose los ojos. El llanto se volvió más y más descontrolado, hasta que se golpeó la cabeza contra su almohada, gimoteando. En ese momento Attina entró en la habitación, afligida.
-¿Estás bien…?-preguntó mirándola pero sin atreverse a tocarla. Obviamente no lo estaba, pero Attina tampoco sabía que más decir-Ariel… no te preocupes… yo estoy aquí…
-Nnnnn… déjame… snif… vete-dijo Ariel, sin levantar la cabeza de la almohada.
-Tranquila… yo estoy contigo-dijo Attina dulcemente.
-¡QUE ME DEJES!-gritó Ariel furiosa. Attina retrocedió, asustada, y finalmente se alejó hacia la puerta, también con los ojos anegados en lágrimas. Nunca conseguiría que la familia estaba en paz, como si lo había hecho Anthea. Nunca sería como su madre. Todos los problemas que tenían ahora eran por culpa de ella.
Jim se quedó contemplando a la llorosa Ariel, y entonces se giró hacia Úrsula, confrontándola.
-Ya he visto suficiente-dijo fríamente-creo que podemos acabar con esto…
-Venga… ¿estás seguro de eso?-susurró ella sonriendo con maldad. Jim sabía que si terminaban con aquella historia, Úrsula obligaría a Ariel a cogerle el tridente, y entonces probablemente les mataría. Pero tampoco quería seguir viendo aquello. Sentía una curiosidad insaciable por entenderlo… pero sabía que no estaba bien. Y a Ariel la estaba destrozando, era una verdadera tortura psicológica para ella ver todo lo que le había ocurrido, y como su familia se había destrozado por completo.
Una nueva imagen se estaba formando. Jim supuso que ya era otro día en la vida de Ariel. Ella paseaba por el palacio junto a Flounders. Llevaba el pelo recogido en un curioso moño adornado con conchas de colores rosados, y también llevaba un collar y un brazalete muy hermosos, probablemente de su madre.
-…simplemente no he querido. Es una tontería-explicaba Ariel sacudiendo su cola mientras Flounders agitaba la suya fuertemente para poder seguirla el ritmo.
-Pero… vas a ser la única sin pareja-la recordó Flounders esquivando al pez payaso Marlin que iba en dirección contraria.
-¡Emergencia, cuidado!-advirtió Marlin, inquieto.
-La verdad es que me da bastante igual-dijo Ariel recolocándose el mono y mirándose en un espejo-estoy harta de estas fiestas… todo el mundo es muy aburrido… y además no necesito pareja… me va muy bien sola.
-Y… ¿Y Urchin?-preguntó Flounders mirándola de reojo. El rostro de Ariel se endureció.
-No. No iba a ir con él-dijo simplemente, y siguió nadando. Flounders suspiró aliviado, sin que ella lo viera. Con todo lo ocurrido las últimas semanas, el pez se planteaba si abrir por fin sus sentimientos hacia su amiga. Sin embargo, siempre que tenía una ocasión, terminaba echándose atrás.
Entraron en la sala del baile. Jim se quedó asombrado, pues el enorme salón estaba lleno de jóvenes sirenos que charlaban animadamente entre ellos, y algunos peces aún pequeños. Era un baile adolescente. La lámpara de la sala estaba llena de pequeños brillantes, y las paredes eran de corales multicolores, rosas y turquesas, que daban la impresión de encontrarse en medio de un cuento de hadas.
-¡Ariel!-Attina y Andrina fueron a abrazar a su hermana. Ellas eran de las más mayores, claro, y estaban con sus amigas y sus parejas. Sin embargo ellas dos no tenían novio. En realidad ninguna de las siete hijas del rey Tritón tenía, al menos oficialmente. Desde la muerte de Anthea, Tritón se había vuelto muy sobreprotector con sus hijas, y nunca las había dejado verse a solas con sirenos. Aquata, Arista y Adela habían tenido novios en secreto, pero la relación no había podido ir nunca muy lejos, ya que ellos temían demasiado al rey. Incluso Andrina y Alana, más tímidas, habían compartido en secreto un beso con algún valiente sireno. Las únicas que nunca habían estado en contacto con el amor eran Attina, que obediente a su padre nunca se había acercado demasiado a los chicos, y Ariel, a quien no le habían faltado ofertas, pero siempre las había rechazado. A Ariel le daba mucho miedo el amor. Era algo que la echaba mucho hacia atrás. Pero a la vez, era casi lo único en lo que pensaba últimamente. Si tan solo pudiera verse con él…
-Tienes que probar los wakame-le dijo Andrina cogiendo varios de una bandeja-¡no comes nada, estás en los huesos!
-Pues yo creo que come más que habla. Mejor que no se los acabe-intervino Aquata, que acababa de llegar.
-No seáis pesadas. Ariel está estupendamente-dijo Attina sonriente, y cogió también uno de los wakames de la bandeja. Ariel sonrió, sarcástica.
-Veo que ya habéis recuperado las energías. Con lo agobiadas que estabais con los exámenes…-comentó, pícara.
-Oh, y casi acaban conmigo-dramatizó Andrina-no quiero volver a estudiar en la vida.
-Pues mañana ya te habrás puesto otra vez-se burló Aquata-que lo sabemos todas.
-Ahora tenemos unas semanas de descanso. Recordad que entramos en verano-dijo Attina emocionada-le he pedido a papá una pausa… podríamos ir a pasar unos días a la gran barrera…
-Ay, eso me encantaría-Andrina pestañeó ensoñada-descanso y tranquilidad por una vez…
-Exagerada…-se burló Adela, que acababa de llegar.
-Pues a mí no me apetece demasiado…-comentó Ariel mirando distraída a las parejas de sirenas que bailaban ya en el centro de la sala. Eran cada vez más, y en medio de aquella maravillosa música marina formaban un torbellino de figuras, como un banco de atunes.
-¿Qué no?-se sorprendió Andrina-¿y eso?
-No sé… me gusta estar aquí…-dijo Ariel con la vista perdida entre las parejas. Aquata arqueó una ceja mirando a sus hermanas. Fue Adela, que junto a Attina y Alana era la que mejor se llevaba con Ariel, la que dio con la solución.
-No nos digas… a ti te gusta un chico-dijo, aguda. Ariel abrió un segundo los ojos con sorpresa, y después lo disimuló con una mueca de desdén.
-Pues claro que no…-dijo, haciéndose la interesante mientras les daba la espalda. Sus hermanas se miraron entre sí, incrédulas.
-¡Ariel!-exclamó Aquata, cotilla, cortándole el paso-¡Ariel, venga ya! ¿quién es?
-¿Es guapo?-preguntó Alana, cursi.
-Que va a serlo…-se burló Arista- si le gusta a ella…
-Que pesada eres Arista…-la reprendió Adela.
-Ariel, recuerda lo que dijo papá-dijo Attina, más seria que sus hermanas.
-Venga ya Attina-la cortó Aquata-que más te da a ti.
-No quiero que se meta en problemas-se defendió Attina.
-¿Quién es el sireno?-insistió Andrina, incapaz de resistirse al cotilleo.
-Chicas… no me gusta ningún sireno-dijo Ariel sonriendo traviesa.
-No será un pez-dijo Aquata poniendo cara de asco-no será ese Flounders…
-¡Que va! ¡Claro que no!-protestó Ariel enfadada-¡ya os he dicho que no me gusta nadie!
-No nos mientas Ariel-rió Arista, pícara-a nosotras no vas a poder…
Ariel se cruzó de brazos fingiendo estar ofendida. Arista era la que más nerviosa le ponía de todas sus hermanas, porque era junto a Alana la que más cerca le pillaba en edad, y sin embargo era incapaz de entenderse con ella. Arista y Aquata eran las que más fastidiaban a Ariel, aunque claro, ella tampoco se quedaba atrás a la hora de devolverles la pelota.
-Pues si no te gusta ningún sireno creo que ya va siendo hora-dijo Aquata guiándola hacia la pista de baile con diligencia-¡empezamos a pensar que te gustan más los meros!
-Sí, claro-Ariel se resistió y se apartó, riendo-¿y qué hay de vosotras? ¿eh? Miraros-se rió-seis solteronas con la cola podrida. ¡Venga ya!
-¡Arieeeel!-protestaron todas, pero no se lo tomaron a mal.
-Mira… Isurus está aquí…-le susurró Arista a Aquata, que se cruzó de brazos indignada.
-Él pertenece al pasado…-dijo, dramática, pero luego en seguida se puso a buscarlo con la mirada.
-¿Y tú no tienes pareja?-le preguntó Ariel a Attina. Ella sonrió con cierta tristeza.
-Ya sabes lo que dijo…
-¡Attina! ¡Papá dijo que no tuviésemos novio, no que no nos divirtiéramos!-replicó Ariel divertida. Rodeando a su hermana mayor tiró de ella hacia y se la llevó cerca de la pista. El resto de hermanas las siguieron.
-¿Quién dará el primer paso?-preguntó Andrina, emocionada.
-Mientras no sea el feto de Wyadd-dijo Arista.
-Ahí hay unos muy guapos…-comentó Adela señalando a un grupo de chicos. Ellos las miraron de reojo, y luego se pusieron a hablar entre sí, emocionados. Eran de la edad de Attina y Aquata, y las conocían de algunas salidas.
-¡Ey! ¡Vamos!-dijo Alana muy dispuesta.
-¡Claro que no!-la cortó Aquata-¡tienen que venir ellos! ¿es que te has vuelto loca?
Las siete princesas reían tontamente mientras los chicos cuchicheaban. Finalmente uno de ellos, el más lanzado, se acercó y le tendió una mano a Aquata.
-¿Quieres bailar?-preguntó con una sonrisa, mientras le hacía una educada reverencia.
-"Queréis" bailar-le corrigió Andrina, escandalizada de su mala educación.
-Envidiosa-la picó Aquata, y se fue con el sireno.
-Me llamo Brandon-dijo él.
Los demás sirenos no tardaron en acercarse e invitar a las otras a salir. Eran más mayores que Ariel, pero aun así ella aceptó la mano del atractivo Helia, misterioso y callado, y bailaron juntos. Sonaba un balls, y la mayoría de parejas se retiraron de la pista para que las siete hijas de Tritón bailasen. No era ningún secreto que eran las que mejor lo hacían. A excepción de Adela, que era un pato mareado, el resto de hermanas se movían con gracia y soltura, en especial Aquata, Arista y Ariel.
-Bailáis muy bien, princesa-dijo Helia tomándola por la cintura y alzándola. Ariel sonrió. Le ponía un poco nerviosa hablar con un chico tan mayor, pero ahí estaba con él. Sin embargo, no podía dejar de acordarse de Eric. ¿Qué estaría haciendo el chico ahora mismo?
Ariel y Helia eran la pareja que mejor estaba bailando, por lo que Aquata se picó e intentó hacer que ella y Brandon acaparan más protagonismo, sin demasiado éxito. Por su parte Andrina se cansó enseguida de bailar y lo dejó.
-Es normal, no te extrañes-le dijo Adela a la pareja de Andrina cuando ella fue a sentarse-es una vaga.
-¿Bailas tú conmigo?-preguntó él, un sireno estudioso y gentil llamado Timmy.
-Uy, no sabes lo que me estás pidiendo…
Las sirenas bailaron con sus parejas varios bailes regionales con las tradicionales coreografías de Atlántica. Ariel vio la tristeza en los ojos de Attina, y entendía por qué: los pasos para esos bailes se los había enseñado su propia madre, cuando eran pequeñas. Habían pasado casi nueve años. Nueve largos y grises años. Su dorada infancia se veía cada vez más atrás.
La última melodía era una pieza nostálgica dedicada a las olas del mar que rompen en la orilla, o así al menos lo había dicho Sebastián, que en su momento fue quien la compuso. Para jóvenes y mayores, el cangrejo era un compositor muy exitoso.
Ariel y Helia terminaron de bailar y dieron un corto paseo.
-No deberíamos ir solos…-susurró Ariel mientras recorrían unos arcos dorados en uno de los jardines.
-¿Por qué, princesa?-preguntó Helia con su voz suave y zen.
-Porque… bueno, mi padre podría enfadarse-explicó Ariel. Helia negó con la cabeza.
-El rey dijo que no quería que saliésemos con sus hijas. Pero vos y yo somos amigos.
-Amigos…repitió Ariel, y le miró. Helia era musculoso y muy guapo. El cabello negro le caía por el rostro dejándoselo semi oculto y dándole un irresistible aire misterioso. Podría enamorarse de él. A ella le gustaban los chicos mayores. Y estaba claro que él podía enamorarse de ella. Pero Eric no salía de su cabeza. No podía parar de pensar… de imaginar que… no, no renunciaría a su amor verdadero tan fácilmente.
-Si os parece bien, claro-dijo Helia inclinando la cabeza respetuosamente. Ariel sonrió complacida. Casi nadie la trataba con ese respeto en palacio, pese a ser la hija del rey del mar.
Sin embargo recordó algo. Asomándose por la ventana que daba a la sala de baile, vio que Attina hablaba distraída con Andrina, Adela y Alana. Parecía alicaída. Ariel sabía por qué.
Helia en ese momento tendió la mano hacia Ariel, y cuando sus dedos se rozaron, la sirena sintió un escalofrío de placer. Sí… quería sentirlo. Anhelaba el amor… quería saber que se sentía también al besar…
Pero sabía quien más lo anhelaba.
-Helia… a Attina… le gustas-dijo Ariel. Lo soltó así, sin más. No era de las que se andaban con rodeos. Por primera vez desde que lo conocía, el sireno pareció sorprenderse.
-¿Lo… lo dices…? Claro que lo decís en serio…-susurró él. Ariel asintió. Helia miró hacia los campos de algas, y luego nuevamente a la sirena. Para sorpresa de Ariel, él sonrió-y… y a ti te gusto.
Ariel se tomó su tiempo antes de contestar. Quería decirle que no. Pero sus labios la traicionaron.
-Sí…-susurró. Helia la miró curioso-pero también… también me gusta otra persona… y además… nunca funcionaría…
-¿No? Yo creo que sí…-Helia la sonrió con tristeza, y la acarició el rostro, haciendo que Ariel tuviera un escalofrío de emoción-pero tienes… tenéis razón, princesa. Sois una buena persona…
-No creas…-susurró Ariel y la voz se le quebró un poco. Desde luego que no lo era. Pero no podía hacerle eso a su hermana, sabiendo como miraba a Helia durante tantos años.
-Claro que lo sois-dijo Helia. Se quedaron mirando fijamente. Ariel despegó un poco los labios, pero esta vez fue Helia quien la interrumpió-volvamos…
La Ariel del presente miraba a Helia apenada. Jim se encogió de hombros, mientras se concentraba de nuevo en la espectacular fiesta del palacio.
-No me lo puedo creer. Después de tantos años-decía Andrina impresionada. Helia le había pedido a Attina un baile, y ella lo miraba como hipnotizada, viviendo un sueño-después de tantos años por fin se fija en ella…
-Bueno, ya era hora de que se divirtiera un poco-comentó Aquata, encogiéndose de hombros-oíd, me voy con Brandon ¿vale?
-Como se entere papá…-la advirtió Adela.
-Helia es taaaan guapo-comentó Arista sin dejar de mirarlos.
-Pues el tuyo no está nada mal-dijo Andrina señalando a Riven, un sireno con el pelo punky de color violáceo por el que muchas suspiraban en el reino.
-Solo se fijan en nosotras porque somos las princesas-dijo Ariel, abriendo una ostra distraídamente.
-¿Qué dices?-Arista se volvió a ella enfadada-eso será a ti, microbio.
-¿Dónde está Urchin Ariel? Pensaba que vendrías con él-comentó Andrina. Ella solía meterse con el raro amigo de la princesa, pero lo había cogido afecto con los años.
-Ya no son amigos-respondió Arista mordazmente-Ariel le ha dejado colgado.
-¿En serio?-chilló Andrina sorprendida. Ariel no perdió la calma, y las miró con una sarcástica sonrisa.
-Si tan bien lo sabe Arista, que os lo cuente ella-dijo, haciendo ademán para irse.
-¡No, no!-la retuvo Andrina-cuenta, ¿qué es lo que pasó?
-Ni que fuera tan interesante-dijo Arista, envidiosa. Adela la pegó un codazo para que se callara, y Arista le dio otro más fuerte, agresiva.
-No os importa-dijo Ariel-no sois amigas suyas…
-¡Pero somos tus hermanas!-protestó Andrina.
Flounders, que hasta entonces había estado entre la multitud hablando con unos amigos pececillos y atacando el bouffet, se había acercado a hablar con Ariel, pero al oír mencionar a Urchin se detuvo a escuchar a una distancia prudencial.
-Seguimos siendo amigos-dijo Ariel, algo apurada-es solo que… bueno… él… él quería algo más…
-Uuuuh ¿y tú no?-dijo Andrina tontamente.
-Claro que no… quiero decir, no-dijo Ariel secamente.
-Pues era mono-dijo Arista.
-¡Tú siempre lo insultabas!-se enfadó Ariel-en fin, que él no se lo tomó bien… y no sé… no podíamos seguir así…
-Ya… mucho mejor romperle el corazón-dijo Arista, irónica. Ariel la miró intentando contener su enfado.
-Se te da muy bien juzgar para alguien que es incapaz de retener a un chico por más de tres días-la espetó. Arista saltó como una chispa.
-Qué sabes tú de mí, enana. Para empezar, en el amor tú eres solo una mojigata.
Ariel la miró furiosa.
-Anda, dejadlo-pidió Adela.
-Sí, que estábamos bien-dijo Andrina con aburrimiento-tú tampoco es que sepas mucho del amor, Arista.
-¡Sé más que tú!-ladró ella. Luego adquirió un tono más confidencial-y Riven me ha dicho que esta noche vaya con ella a los acantilados… quiere que… ya sabéis.
-¡Ah!-Arista se llevó las manos a la boca, escandalizada.
-Arista… si papá se entera, te mata-dijo Adela preocupada.
-Y a él-añadió Ariel.
-Tú no te metas-la contestó Arista ofuscada-si hay alguien que cabrea aquí a papá, eres tú.
Ariel se dio la vuelta para no seguir hablando con Arista, porque estaba a nada de meterle la bandeja de ostras entera en la boca para que se callase. Sin embargo no perdió detalle en la conversación. Flounders, por su parte, tras haberse enterado de lo ocurrido con Urchin, se alejó nadando.
-Dice que quiere que sea muy especial… la primera vez tiene que ser perfecta-susurraba Arista emocionada-él ya lo ha hecho, claro, pero yo… bueno, sería la primera de todas vosotras… después de Aquata, claro…
-Y de mí-intervino Alana que acababa de llegar.
-¿Qué?-saltaron sus hermanas, atónitas.
-Sí chicas. Tengo secretos-dijo Alana con una sonrisa de satisfacción.
Esa noche Ariel fue a la gruta secreta, y estuvo recolocando todos sus artilugios. De entre ellos sacó uno en particular, que no era humano. Jim lo reconoció como lo que ella había hecho años atrás, como regalo para su madre: con un jarrón y varios adornos humanos, había creado una lámpara de mesilla para su madre. Se veía un poco cutre, pero había que contar con que tenía siete años. Ariel miró la lamparita y recordó la ilusión con la que había esperado el regreso de Anthea con la lámpara en la mano. Pero todo aquello ya lo había sufrido lo suficiente. Quería dejar el pasado atrás. Su madre ya no estaba, y no volvería nunca. Era lo peor que había sentido nunca. Pero estaba harta de sentirlo. Deseaba no recordar nada de Anthea, no haber conocido su amor jamás, porque no se puede echar en falta algo que no has conocido.
Ariel llevó la lámpara en sus manos y acercándose a un banco de protozoos luminiscentes los atrapó dentro del cristal, haciendo que este brillase. Luego la llevó hasta su cuarto y se lo puso al lado de la nueva mesita, que le habían colocado después de que su padre rompiera la anterior.
-Buenas noches…-susurró para sí. Antes de dormir dio varias vueltas. Pensó en Helia y en Attina, que todavía no habían vuelto del baile. Tal vez después de más de veintitrés años vagando por el mundo, su hermana conocería por fin el amor… también pensó en Eric. ¿Seguiría él buscándola? Ella al menos le tenía a él. Lo quería muchísimo… pero era tan inalcanzable… si solo pudiera hablarle…
Por último pensó en Urchin, y se sintió mal por decir que nunca habría estado con él. La verdad es que le quería mucho… pero ya estaba cansada de él… no era la novedad de antes… prefería olvidarlo también.
Ojalá pudiera olvidar a todo el mundo.
El siguiente recuerdo era en otro lugar que no era Atlántica. Jim dedujo que finalmente las hermanas de Ariel habían conseguido que su padre las dejase irse de vacaciones a la Gran Barrera. Allí estaban ellas, charlando con unas amigas y disfrutando de la tranquilidad lejos de la gran urbe. Ariel por su parte hacía cosquillas a un delfín y jugueteaba con él, acompañada como siempre por Flounders. El pececito había conseguido que sus padres lo dejaran ir, pero es que ellos pasaban bastante de él.
-¡Venga, cógela!-rió Ariel lanzando una enorme concha cerrada, y el delfín fue velozmente a por ella, atrapándola antes de que llegase a la arena del suelo.
-Que pesada…-gruñó Arista mientras tomaba el sol que se filtraba por la superficie y les llegaba a ellas en la profundidad.
-Dejadla en paz-dijo Attina, que distraídamente estaba escribiendo en un papel.
-¿Es para Helia?-preguntó Aquata curiosa.
-Emmm… no…-dijo Attina azorada. Sus hermanas levantaron todas la ceja izquierda casi a la vez-vale, sí… es para él…
-Uyuyuy… a ver que le escribe… viciosilla-rió Arista.
-Solo le digo que le echo de menos. Lo cual es verdad-se defendió Attina.
-Ya. Yo también echo de menos a Brandon-comentó Aquata, cerrando los ojos para recordar a su perfecto novio.
Arista las miró molesta. Lo de ella y Riven solo había durado unos días, hasta que se enteró de que él andaba liado con otras tres sirenas y una beluga. Pese a eso había querido seguir la relación, pero él la había dejado colgado.
-Voy a dar un paseo Ariel ¿me acompañas?-le ofreció Attina. Las dos nadaron hacia fuera de la pequeña casita en la que se estaban hospedando junto a una de sus tías, Desyrée.
-Voy con vosotras-se animó Andrina. Adela también las siguió.
Nadar por cerca de los arrecifes, donde la vida rebosaba por todas partes y peces de todos los colores deambulaban risueños, era maravilloso. Ariel nadaba más rápido que sus hermanas, y se metía entre los corales haciendo movimientos en zigzag y dando volteretas.
-Peligro público…-gruñó una vieja lubina cuando casi se la lleva por delante.
-¡Que animada te veo Ariel!-rió Attina.
-Sí, será porque se va por ahí últimamente-comentó Adela perspicaz. Ariel se detuvo en seco.
-¿Cómo lo sabéis?-preguntó con sorpresa.
-Nosotras lo sabemos todo-dijo Andrina arrogante.
-Tú precisamente…-ironizó Ariel-en serio ¿qué…?
-Te vimos escaparte ayer-recordó Attina, más seria-¿a dónde vas?
-Oh…-Ariel puso los ojos en blanco-no podéis dejarme tranquila nunca…
-Ariel, si papá se entera…
-Se enfadará mucho. Si, ya lo sé-dijo Ariel mosqueada-tengo dieciséis años. No soy una niña pequeña. Sé lo que hago.
-No, no lo sabes. Esta zona tiene sus peligros-le avisó Attina-hay tiburones.
-Los tiburones no me dan miedo-dijo Ariel con calma-además ya he visto a algunos… a nosotras no nos atacan.
-¡Ariel!-Andrina se encogió de miedo solo de pensar en los tiburones.
-No me lo puedo creer-Attina negó con la cabeza-¡Ariel! Por favor… no vuelvas a escaparte…
Ariel miró hacia los arrecifes, a un pequeño pasaje lleno de algas de color verde esmeralda.
-¡Ariel!-la insistencia de su hermana la sacó de su ensimismamiento-¡por favor!
-Está bien…-dijo la pelirroja, aunque estaba claro que no lo decía en serio-vale…
Esa noche mientras todas dormían Ariel se escurrió por la ventana de su cuarto. A bajo Flounders ya la esperaba. La pelirroja le sonrió y tomándolo de las aletas lo guió hacia los corales.
-¿Estás segura…?-masculló Flounders-ellas te han dicho…
Ariel le ignoró completamente.
-No vengas si no quieras…
Entonces se metió en aquella pared de algas verde esmeralda que había estado mirando por la mañana. No era si no una cortina, que tapaba un pasadizo. Jim empezó a pensar que Ariel tenía auténtica debilidad por ellos. Eso, y por desobedecer. Entendía ambas cosas.
A la vez que Ariel se deslizaba por el túnel seguida siempre por Flounders, los Jim, Ariel y Úrsula reales los siguieron rápidamente. Al final del túnel se escuchaban sonidos cada vez más fuertes. Parecía música… muy animada.
-Yo estoy muy cansado… me iré pronto-dijo Flounders. Ariel volvió nuevamente a ignorarlo.
-¡Vamos allá!-exclamó emocionada metiéndose por un pequeño hueco del que salían luces multicolores. Al seguirla, Jim abrió mucho los ojos, asombrado. Así debía de ser una discoteca bajo el mar…
Había focos con luces de colores y peces de todas las especies y tamaños bailando animadamente. A un lado, una orquesta de langostinos tocaba animadamente una samba, y cerca suyo una enorme y gorda pescadilla daba gritos y cantaba una animada canción.
Ariel se abrió paso entre los peces como pudo, y se acercó a la barra, donde un aburrido pulpo preparaba unas deliciosas empanadas acuáticas para repartir.
-Hola Hank…-dijo Ariel. El pulpo levantó la mirada con aburrimiento.
-Oh, fíjate, la pequeña sirenita viene otra vez por aquí… sí que tienes poca vida-comentó, sarcástico.
-¿Cuándo me toca?-preguntó Ariel sin hacer caso de su desagradable comentario.
-Cuando quieras. Ellos ya te conocen. Así que métete cuando te de la gana-dijo Hank simplemente, mientras estiraba dos de sus delgados tentáculos naranjas hasta los vasos que había en un estante.
-¿Y está… ella?-preguntó Ariel con interés. Un frío destello cruzó los ojos de Hank. El pulpo se llevó los tentáculos a la boca, y lo pensó unos segundos.
-No…-dijo. Ariel asintió varias veces mientras pensaba en ello, y luego terminó por alejarse.
Pero mientras nadaba entre el bullicio, esquivando a un mero pelmazo que se había encaprichado con ella, Ariel se fijó en una de las cuevas. Eran pequeños compartimentos donde se colocaban los que no querían ser molestados, y ahí disfrutaban de una tranquila comida. En uno de ellos, un tentáculo negro y gordo acababa de moverse entre las sombras. "Ahí está"-pensó Ariel, animada.
-Hola… ¿qué tal?-Ariel tocó el cuerpo que creía era el de Úrsula, cuando al girarse quedó claro que no lo era. La cecaelia era mucho más delgada y su piel era verdosa, no morada.
-¿Qué quieres?-la mujer pulpo estiró uno de sus tentáculos y agarró a Ariel por el cuello, chocándola contra una pared.
-¡OH!-exclamó ella, quedándose súbitamente sin oxígeno. Pero nadie la escuchó. Flounders estaba entre la multitud, y con aquel ruido nadie iba a poder ayudarla.
-¡Morgana!-exclamó una voz grave y cascada. Esa sí era ella. Desde lo más profundo de aquella resguardada caverna una figura gorda y amenazante surgió de entre las sombras. Úrsula no era nada distinta en aquel momento que cuando Jim la había conocido. Igual de grande y de terrible entonces y ahora-¡suéltala!
-Pero…
-¡AHORA!
Morgana vaciló un segundo, pero finalmente dejó libre a Ariel, a quien miró con un profundo desprecio. Úrsula se acercó a su hermana y la cogió de la mano.
-Es una conocida mía… no va a hacerte daño-dijo. Morgana la miró con sorpresa. Luego asintió lentamente, y finalmente se alejó, murmurando maldiciones en voz baja-haz lo que te he pedido… por favor.
-Está bien-dijo Morgana simplemente. Luego se alejó de allí, molesta.
Úrsula se volvió hacia Ariel con gesto abatido.
-Bueno, pues esa es mi hermana-dijo en voz baja-no se lo tengas en cuenta, no es mala… no suele ser así. Es solo que… ha tenido siempre muchos problemas.
-¿Es tu hermana mayor?-preguntó Ariel extrañada.
-Sí claro. Algunas hermanas pequeñas tenemos que cuidar de nuestras mayores ¿te suena?-preguntó Úrsula volviéndose a sentar en la mesita que tenía en su gruta. Allí el ruido de la música se escuchaba menos.
-Sí que me suena…-dijo Ariel sonriendo. Úrsula asintió. Luego la sonrió también, y fue una sonrisa tan honesta y sincera que hasta Jim dudo por un momento de sí estaba fingiendo. Pero claro que lo estaba haciendo.
-¿Y qué tal hoy? ¿Han vuelto a darte el rollo tus hermanas? Que coñazo-dijo Úrsula cogiendo una de las gambas que había en el plato. Esta tembló implorando clemencia, pero Úrsula la engulló sin ninguna compasión.
Ariel había sido educada por supuesto en el veganismo, y como tal solo se alimentaba de algas y productos marinos, nunca de otros animales compañeros del mar. Pero justificando la actitud de su nueva amiga, pensó que era "una educación diferente". Una forma de pensar distinta, claro. No se podía pedir a Úrsula que cambiase su forma de ser y dejase de alimentarse de peces y gambas vivas si no había crecido así…
-Ellas saben que vengo aquí-dijo Ariel. Úrsula soltó una ronca carcajada.
-¿Y? ¡Disfruta de tus vacaciones! ¡Si ellas no quieren hacerlo, es su problema!-dijo. Ariel asintió. Úrsula la tomó de las manos con un tentáculo y la acercó hacia ella.
-Piensa una cosa Ariel… lo importante es que tú te sientas bien contigo misma. Si ellas son unas amargadas ¡es su problema! ¡Tú tienes las riendas, así que escoge la corriente de tu vida y tira hacia adelante!
-Ya…-Ariel sonrió, algo cortada. Úrsula la miró con orgullo.
-Eres una sirena especial Ariel… nunca había conocido a una como tú. Me recuerdas a mí cuando era joven….
Jim miró a la Ariel actual. Ella exhibía una mueca de rabia y asco en su rostro. El chico volvió a mirar a la grande y fofa Úrsula del pasado con angustia. Tan grandota y vulgar, pero a la vez tan maternal, le estaba recordando mucho a alguien. Alguien que había actuado como mentor para él, y le había dicho ese mismo tipo de cosas…
-¿Me enseñarás hoy el hechizo del ángel muerto?-preguntó Ariel interesada.
-Pues claro-dijo Úrsula. Luego echó una ojeada a la pista de baile, que se estaba despejando-pero antes tienes que cantar, creo…
-Es verdad-dijo Ariel, y se dirigió hacia allí emocionada-¡deséame suerte!
La cálida sonrisa de Úrsula se fue convirtiendo rápidamente en una mueca de asco mientras la pelirroja la daba la espalda.
-Claro que te la deseo…
En la pista un grupo de pececitas verdes se habían puesto en filas, y sacando unas extrañas telas de color púrpura se preparaban para su número. Ariel se acercó a ellas y las saludó.
-¡Bienvenia sirenita!-exclamó una de ellas. Pronto todas la rodearon cubriéndola de telas y collares de perlas como los suyos.
-¡A vé po favó, a vé! ¿Etamos listo o no?-Sebastián se acercó a su grupo con impaciencia. Entonces se encontró cara a cara con Ariel, y dijo un bote, histérico-¡IIIIIIH! ¿ARIE?
-¿Sebastián?-la sirena lo miró con los ojos como platos.
-¡A-A-Arie! ¿Pero qué etá haciendo aquí?-preguntó Sebastián que de repente temblaba irrefrenablemente-¡Si se entera tu padre!
-¿Sabe que vienes aquí?-preguntó Ariel extrañada. Sebastián palideció. No. Un club ilegal como ese no era el típico sitio que el rey Tritón permitía. Pero es que allí podía tocar música de reggae y calipso. En la corte de Tritón debía limitarse a los coros y músicas clásicas, que amaba pero no cubrían todas sus facetas como artista.
-Arie… Arie, siempre en problemas…-Sebastián recordó a la sirenita, de la que creía al menos haberse librado durante esos meses de verano.
En las sesiones de canto que tomaban las siete hermanas juntas, siempre terminaba por haber peleas: Andrina y Arista se metían con Adela diciendo que cantaba mal, mientras Aquata siempre llegaba tarde y Ariel pasaba de ir la mayoría de veces. Si estaban todas juntas, se pellizcaban y gritaban discutiendo enseguida. Pero cuando por fin el desesperado cangrejo conseguía ponerlas a todas de buenas (tarea nada fácil), sus voces sonaban en una angelical e impresionante armonía. Ariel tenía la voz más bella, y también la más poderosa de todas.
-¡Forte!-había gritado Sebastián una vez, queriendo que ellas llegasen al agudo más alto que tuvieran. Todas abrieron sus bocas y emitieron fuertes chillidos cada vez más fuertes. Sebastián, con los tímpanos vibrando, sacudió su batuta con imperiosa actitud-¡Forte! ¡Forte! ¡FORTÍSIMO!
Attina, Andrina, Aquata, Adela, Alana y Arista terminaron por callarse, ya que no tenían más voz, pero Ariel, nadando un poco más arriba que ellas, seguía con la boca abierta, y emitió un chillido tan fuerte y tan, tan agudo que la cristalera de la sala del conservatorio estallo en cientos de cristales, cubriendo a Sebastián.
Todas fueron a socorrerle, mientras Ariel se llevaba las manos a la boca, preocupada.
-Mmuy bbien… grasias…-dijo el cangrejo, aturdido, mientras las sirenitas lo rescataban de entre los fragmentos de cristal.
Sebastián sabía que Ariel cantaba muy bien. De hecho, había hecho todo lo posible por disciplinarla y enseñarla lenguaje musical, porque sabía que con el talento propio y la voz de ella ambos podían llegar muy lejos. Sin embargo Ariel era un alma libre, y además, por ser él uno de los aliados más fieles e íntimos de su padre, la sirenita no confiaba mucho en él.
-¿Y ahora qué hacemo? ¡Tiene que irte de aquí!-exclamó Sebastián apuntándolo con una de sus pinzas.
-Amante escarlata, tenemos que empezar ya-dijo una de las pececillas pasando su cola por el morro de Sebastián, impaciente.
-Oh, vaia-Sebastián puso los ojos en blanco, a la vez que Ariel sonreía traviesa.
-¿"Amante escarlata"?-preguntó burlona. Sebastián palideció por segunda vez.
-No… lo que pasa e que… bueno, ese e mi nombre artítico por acá… no e nada malo…-se deshizo en excusas, pero sabía que la cosa no iba a salir bien-eto… yo… Arie…
-Yo no te veo y tú tampoco-dijo ella.
-Hecho-accedió él con una mueca.
-¡Amigos del mar, distinguido público, les presento a uno de los mayores sinvergüenzas de este mar!-exclamó un pequeño pececillo de aspecto inquieto. Flounders se volvió junto al resto del público, extrañado-¡Con ustedes el cangrejo por el que todas suspiran en el arrecife! ¡El torbellino rojo del sur! ¡EL AMANTE ESCARLATA!
¡CHAN! Sebastián se plantó en el centro de la pista con una galante sonrisa y una pose espectacular, mientras una cortina de burbujas lo rodeaba.
-¡Buenaa noche pescaos! ¡E la noche del amó! ¿Preparao para baila? ¡A mové el esqueleto, vertebraos e invertebrados!
Las langostas comenzaron a hacer sus instrumentos: un salvaje ritmo de tambores y la guitarra del "Langostillo" irrumpieron con fuerza mientras unas trompetas le daban un fuerte ritmo a la sala. Sebastián nadó entre las cabezas de los presentes gritando:
-¡SÍIIIIIIII! ¡COOOOOOOONGA!
Shake, shake, shake, Senora,
Shake your body line
Shake, shake, shake, Senora,
Shake it all the time
Work, work, work, Senora,
Work your body line
Work, work, work, Senora,
Work it all the time
My girl's name is Senora
I tell you friends, I adore her
And when she dances, oh brother!
She's a hurricane in all kinds of weather
Las pececitas hacían los coros a Sebastián mientras este desafiaba al mundo con sus épicos movimientos de baile, moviendo las patitas a una velocidad pasmosa y usando sus pinzas como castañuelas. Ariel tenía dos maracas, y acercándose a él cantaron a dúo la segunda parte. La voz animada y potente de ella le dio más fuerza a la canción, y todos la aplaudieron y gritaron. Desde el público Flounders silbó y coreó el nombre de su mejor amiga.
Ok, I believe you!
Jump in the line, rock your body in time
Ok, I believe you!
Jump in the line, rock your body in time
Ok, I believe you!
Jump in the line, rock your body in time
Whoa!
Shake, shake, shake, Senora,
Shake your body line, whoa!
Shake, shake, shake, Senora,
Shake it all the time
Work, work, work, Senora,
Work your body line
Work, work, work, Senora,
Work it all the time!
Al final los peces hacían la conga y cantaban la canción con ellos animadamente. Un delfín bailaba con Ariel mientras Sebastián seguía cantando a grito pelado y las pececillas lo rodeaban y lo levantaban en volandas haciendo tremendos agudos.
Plantada en el centro de la sala Ariel bailó con los demás peces haciendo una tremenda coreografía y sacudiendo su roja melena con todas sus fuerzas. Bailando allí entre ese montón de desconocidos se olvidaba de todo lo demás. De papá, de mamá… de Eric…
-¡Senora, sí!-exclamó Sebastián, y la canción terminó. Las luces de la sala empezaron a apagarse mientras los peces volvían hacia la barra y sonaba una canción lenta que les daba un descanso.
Ariel iba a aprovechar para escaquearse, pero Sebastián la agarró a tiempo.
-¡Arié, se supone que tú está en vacaciones!-la recordó enfadado.
-¡Y se supone que tú componiendo!-se defendió ella-¿por qué nunca nos contaste esto?
-Mmmm ¿por qué tu padre se enfadaría?-replicó Sebastián alzando sus pinzas-¡ya sabe lo importante que e para mí tener contento al rey!
-Ya… veo que te esfuerzas mucho-comentó Ariel irónica. Sebastián se cruzó de brazos, molesto.
-Mira Arie… yo ya soy mayorsito y puedo desidí lo que hasé…
-¡Y yo también!-protestó ella.
-¡No, tú no!-se desesperó Sebastián-¡Tú ere una niña y debe obedesé a tu padre, que ademá e el rey! ¡Vamo Ariel! ¡Te llevaré a casa!
-¡Ostras Sebastián, cantas súper bien!-exclamó Flounders apareciendo detrás del cangrejo. Sebastián pegó un chillido de sorpresa.
-¡El otro también acá! ¡Eto ya e mi ruina!-se desesperó. Ariel vio que Úrsula se deslizaba hacia una de las salidas del club. Había tantos peces girando en medio del techo iluminado de colores rosados que apenas se la distinguía. No quería que se le fuera tan rápidamente.
-Un momento…-dijo mientras la seguía, pero Sebastián no la escuchaba, concentrado en la perorata que le estaba soltando a Flounders.
-¡… ni una sola ve, maldita sea, ni una sola! ¡Y ahora que po fin encuentro un sitio tranquilo tiene que vení el problema a mí! ¡E que nací en un día de tormenta! ¡Mala suerte de cangrejo, eso e lo mío, la mala suerte!
-Oye… que me voy…-dijo Flounders intentando ser educado, pero Sebastián lo agarró de las aletas, dramático.
-¡MALA SUERTE!
Ariel siguió a Úrsula hacia fuera de la caverna. Entre los pasadizos la gorda bruja se deslizaba con rostro amargado, hasta que Ariel la alcanzó, y casi de inmediato una falsa sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios pintados de un fuerte rojo carmín.
-Tienes buena voz, todo hay que decirlo…-dijo cruzándose de brazos.
-¿No se te olvida algo?-preguntó Ariel divertida.
-Ah, claro… el hechizo-Úrsula soltó una carcajada-sígueme…si puedes.
Y dicho esto empezó a nadar más deprisa. Ariel hizo un esfuerzo por seguirla, pero la bruja la dejaba cada vez más atrás. El movimiento impulsado por sus tentáculos era más fuerte que el de la delgada cola de la chica. Pero haciendo un esfuerzo Ariel la alcanzó y acompañó hasta una profunda garganta de aspecto nada recomendable.
-¿Vives aquí?-preguntó Ariel con sorpresa.
-Por desgracia sí-dijo Úrsula fingiendo indiferencia. Ariel creyó captar dolor tras esas palabras y se conmovió, aunque eso era precisamente lo que la bruja buscaba-pero no está mal, ven.
Descendieron por la gruta hasta una cavidad más grande, donde había un par de muebles y una gran concha, sobre la que Úrsula se acomodó.
-¿Ves? Es calentita y me protege de los tiburones… es un hogar-explicó Úrsula con tranquilidad. Ariel asintió.
-Pero… no puedes volver a Atlántica-susurró, recorriendo la estancia con la mirada. Había una pequeña escultura de una mujer pulpo y sus dos hijas, una regordeta, la otra muy delgada. Ariel creyó saber de quienes se trataban. En Atlántica no había cuadros ni fotografías, los recuerdos se tallaban en piedras y metales.
-No, no puedo. Lo tengo prohibido-dijo Úrsula-todas las cecaelias lo tenemos…
-Es tan injusto…-susurró Ariel apretando los puños-mi padre…
-En realidad fue la reina quien lo aprobó-dijo Úrsula. Ariel al miró con sorpresa-¡pero no te lo tomes a mal!-se apresuró a decir-tu madre era una buena reina… lo hizo por la seguridad del reino… somos una raza despiadada, como los tiburones y las morenas… no puedo reprochárselo…
Ariel agachó la cabeza escuchando esas palabras. Siempre había tenido una imagen inmaculada de su madre, como la sirena y reina perfecta. Ahora sin embargo…
-Nunca volvería a Atlántica-dijo Úrsula mirando su reflejo en uno de los espejos que colgaban de las rocosas paredes. Ariel vio cómo se tiraba de la grasa de la cara y suspiraba-yo… soy una mala persona…
-Creo que… yo también lo soy…-admitió Ariel sentándose en el borde de la cama. Úrsula la miró de reojo en el espejo. Luego se volvió hacia ella y se acomodó a su lado. Permanecieron así un rato en silencio.
-Quiero irme de mi casa…-susurró Ariel-no puedo vivir más aquí…
-¿Y dónde te gustaría vivir, cielo?
Ariel echó la vista hacia arriba. Por el orificio de entrada a aquella cueva se filtraba la luz del exterior, que aunque fuese muy poca porque era de noche, daba a la sala una fantasmal tonalidad blanca.
-Fuera del mar. Lejos, muy lejos de él. Donde corren, y bailan… donde pueden ser felices…
Úrsula la miró con intensa amargura en el rostro. Parecía más arrugada y gastada que nunca.
-Allí tampoco son felices, cariño. No te engañes. En tierra y mar… en este mundo… estamos todos muy solos…
Ariel bajó la mirada entristecida. Pero entonces Úrsula la abrazó con sus tentáculos.
-Sin embargo… estoy segura de que puedes ser feliz… encontrarás el amor… y serás libre-dijo.
Ariel sonrió, tímidamente.
-Creo que ya lo he encontrado-admitió. Úrsula fingió sorpresa.
-¿En serio?
-Se llama Eric…-Ariel encogió un poco los hombros, avergonzada-es… es muy guapo. Cuando le miro… es como si no hubiera nada más. Es tan perfecto… que todo lo demás me resulta insoportable.
-Conozco eso-dijo Úrsula conmovida-bueno… ¿y a él le gustas?
Ariel miró hacia los lados, mordiéndose el labio.
-No lo sé… creo que sí… no me conoce…
-¿Cómo?-rió Úrsula.
-¡No te rías!-Ariel se encogió con timidez-¡es que no me atrevo…! ¡Es que… es… es… humano!
-Oh…-de nuevo Úrsula estuvo brillante fingiendo su sorpresa-vaya Ariel…tú no pierdes el tiempo.
-Sé que estoy loca…-admitió Ariel-pero… le amo…
"Imbécil"-pensó Úrsula para sí, aunque se lo calló, claro. Luego la acarició el pelo mientras le ponía una bonita horquilla en él para recogérselo.
-Yo estuve enamorada de un humano hace tiempo…-dijo.
-¿De verdad? ¿Y salió… qué pasó?-preguntó Ariel interesada.
-Bueno…-Úrsula se movió de nuevo nadando por la estancia. Daba igual que intentase parecer un hada madrina, continuaba siendo terriblemente intimidante: sus tentáculos que se movían lentamente por encima de la cabeza de la sirena, la inmensa sombra que provocaba al deslizarse por el techo…-no funcionó… porque éramos de distintos mundos…
-Oh…-Ariel agachó la cabeza, abatida.
-Eh, pero al menos lo intenté ¿sabes?-dijo Úrsula poniéndole las manos en los hombros e intentando animarla-¡si no, hubiera pasado el resto de mi vida pensando en él! ¡De eso se trata Ariel! De escoger el camino que más te gusta, y si te topas con un callejón sin salida, siempre puedes buscar otro.
Los ojos de Ariel se vieron reflejados en los de la bruja, que la sonreía con vehemencia. Jim tenía que admitir que como actriz Úrsula no tenía precio. Sin contar la vez que le había engañado a él mismo, claro, haciéndose pasar por la pelirroja.
-¿Por qué no vas a verle?-sugirió Úrsula-quizás no sea tan mala idea…
-Si se entera mi padre…-susurró Ariel.
-Oh, bueno… es cierto-admitió Úrsula-te castigaría muy duramente… pero es por tu bien…
Al oír aquello la expresión de Ariel se endureció. No estaba segura de que su padre la castigara por su bien. Lo hacía porque la odiaba, simplemente. La verdad es que estaba harta de su padre. Era al ser que más odiaba de todo el océano. De todo el mundo.
-Podría ir…-dijo Ariel finalmente. Úrsula asintió.
-Eres una sirena muy valiente-dijo-pero como no quiero que te pase nada malo… voy a enseñarte un truquito que te ayudará…
Ariel sonrió emocionada. ¡Úrsula la desvelaría alguno de sus muchos conocimientos mágicos!
Jim viajó a través de los siguientes recuerdos como si atravesase un túnel, pues se fueron superponiendo unos sobre otros muy rápido.
Ariel ascendía a la superficie de nuevo, esta vez sin Flounders, y lo hacía durante varios días, hasta reencontrarse con Eric. El chico estaba en una barca con sus amigos, celebrando el final del verano. Ariel quiso acercarse a él, cuando otra barca cercana estuvo a punto de llevársela por delante.
Oculta tras unas rocas, Ariel vio a Eric vaciar una botella de ron distraídamente, ya muy borracho, al lado del amigo con el que lo había visto la otra vez. Este luego se marchó dando tumbos, cuando una chica rubia de aspecto arrogante se acercaba a Eric y comenzaba a besarle en la oreja y metiéndole la mano por su camisa de palmeras le acariciaba los pectorales.
"Oh no…"-Ariel reaccionó casi sin pensarlo: extendiendo las manos realizó el embrujo que Úrsula le había enseñado. En ese momento una pequeña ola se levantó cerca de Eric, y lo golpeó con fuerza, derribándolo. La rubia se puso a chillar, empapada, mientras él se reincorporaba, súbitamente sobrio, y oteaba el mar con atención.
-¡Eric, que asco! ¡Eric!-la rubia pareció molesta al darse cuenta de que Eric no la estaba haciendo ningún caso. El chico pasó su mirada muy cerca de Ariel, pero estando el cielo tan oscuro no pudo verla-¡Eric! ¡Vamos a secarnos!
Ariel se sumergió, asegurándose de que Eric la escuchase hacerlo. Él seguía pensando en ella. Estaba segura de eso. Seguía sin saber quién lo había salvado de morir ahogado aquella noche… y ahora de nuevo. Eric se sentó en la proa del yate en el que estaban de celebración, y miró a la luna llena, intentando entenderlo. Él sabía que había algo más. Pero nadie le creía.
El siguiente recuerdo era de Ariel con Úrsula en una zona del mar yerma, donde solo había grandes bancales de arena donde apenas había vida. La bruja le enseñaba a Ariel a mover una burbuja de energía, susurrando palabras.
-Tu familia lleva la magia en sus venas-le explicó Úrsula pausadamente-solo tienes que ser capaz de usarla… es sencillo.
-¡Nunca podré!-protestó Ariel cuando la burbuja le explotó en la cara, dejándole el pelo hecho un desastre-no tengo tu capacidad.
-Claro que sí Ariel-Úrsula nadó hasta colocarse detrás suyo, y tomándola de las muñecas la hizo levantar los brazos-yo creo en ti. Ahora faltas tú.
Pero el hechizo de energía seguía sin funcionar. Ariel se dejó caer en la arena, abatida.
-¿Alguna idea?-susurró cansada.
-Si realizaste el hechizo de las tempestades, al menos en una pequeña dosis, puedes hacer cualquier otra cosa-dijo Úrsula nadando de un lado a otro, concentrada. Súbitamente su rostro se iluminó. Volviéndose hacia Ariel la obligó a mirarla-debes encontrar tu horizonte.
-¿Mi… mi qué?-preguntó ella sorprendida.
-Tu ho ri zon te-silabizó Úrsula, con un deje de impaciencia-aquello que te impulse a utilizar tu poder… aquello que saque la magia que hay en ti.
Ariel parpadeó, perpleja.
-¿Cómo…?
-La magia que hay en ti-repitió Úrsula-te sorprenderá saberlo, pero todos los seres de este mundo están llenos de magia, en mayor o menor medida. Lo que ocurre es que solo unos pocos somos capaces de emplearla.
-Pero yo creía que… solo la familia real…-recordó Ariel-y la bruja del mar…
-El poder viene a quienes saben buscarlo Ariel. Debes encontrar tu horizonte-dijo Úrsula rodeándola con sus tentáculos. La miró con profunda empatía hacia ella-vamos… ¿qué es lo que hay en ti? ¿Qué ves en tu interior?
Ariel cerró los ojos. Veía a Eric. El amor de sus sueños. El chico con el que llevaba medio año ya soñando. Cada segundo sin él le parecía insoportable. Pero Eric no era lo único que había en su vida, que tontería. Estaba Flounders, su mejor amigo, y Urchin, aunque ya no hablaran. Y sus hermanas: Attina, Adela, Alana… y su padre… estaba su padre. Y su madre… pero su madre ya no estaba. Y eso la volvía a llevar a Eric. No podía olvidar a Eric. Solo quería estar con él. Y que él la quisiera. Que la besara. Que la dejase tocarlo como la había dejado tocar a esa rubia…
Un destello púrpura brilló en los ojos de Ariel. Úrsula alzó las cejas con sorpresa. Entonces la burbuja que flotaba en el aire fue hacia la pelirroja, y se posó en sus manos.
-Por fin-Úrsula sonrió satisfecha-ya lo tienes.
Desde entonces el entrenamiento sería más fácil.
-¿Y para qué…?-preguntó Jim en voz baja. ¿Para qué lo había hecho? ¿Para qué rebelar a la hija de su odiado enemigo un codiciado poder?
-Pensaba utilizar a Ariel contra su propio padre para mortificarlo. Mientras la tuviera de mi lado, manipularla sería muy sencillo, como hasta ahora lo había sido. Sin embargo después las cosas se complicaron-explicó la Úrsula actual con calma-afortunadamente estaba Attina para ponérmelo todo en bandeja de plata… con ella fue un poco más difícil… porque tenía cerebro… y buenos sentimientos.
Ariel agachó la cabeza al escuchar eso último, clavando sus uñas en el suelo de aquel recuerdo, que ya estaba empezando a cambiar otra vez: Ariel y Úrsula nadaban entre un mar de medusas, riendo. Ariel y Úrsula emergían en la superficie una noche de tormenta. Ella le enseñaba a Ariel como efectuar el salto de vuelo que Anthea sabía hacer. Úrsula se mostraba siempre muy divertida y ocurrente con la joven, utilizando todo su humor y carisma para hacerla reír. Jim sabía que Ariel la admiraba. Lo entendía perfectamente.
En el último recuerdo Ariel se enfrentaba a un rabioso tiburón mientras Úrsula observaba desde atrás.
-Vamos cariño… ya casi lo tienes-la incitó Úrsula animadamente.
Jim reconoció a ese tiburón. Vaya si lo reconocía. Hacía menos de una hora había ido montado en su grupa con la que creía que era Ariel.
Bruce parecía de nuevo fuera de sí. Pero Ariel alzó las manos y comenzó a efectuar un hechizo, a decir unas palabras en una lengua extraña que Jim supuso que se había memorizado con ayuda de Úrsula. Quizás sería porque en vez de recitarlas las estaba susurrando como una suave canción, que Jim sospechó que no era un conjuro normal.
El tiburón se había quedado quieto, mientras Ariel seguía susurrando las palabras con suavidad. Úrsula la vio hacerlo desde lejos.
-Supe en ese momento-añadió la bruja actual-que quizás valías algo más de lo que yo pensaba. Si eras capaz de hacer ese conjuro… el Hechizo de los Susurros…
-De los Susurros…-repitió Jim.
-Na speíroun tin eiríni… na zitoún agápi, óti ólos…. o kósmos zitáei perissótera-dijo Ariel atreviéndose a estirar sus manos hacia Bruce. El tiburón soltó un bestial rugido.
-¡Ten cuidado nena! ¡Te va a hacer daño!-la advirtió Chum, uno de los dos colegas del tiburón.
-¡Hay que pedir ayuda!-exclamó asustado Ancla, que era el otro.
-Na speíroun tin eirníni…-seguía Ariel. Bruce soltó un ronco rugido de rabia, pero ya no movía sus mandíbulas. Se había quedado quieto. La crisis parecía estar pasando.
-¡Pero qué…!-Sebastián nadaba por allí acompañado de su querida Mobala, la gran cantante, cuando al ver al tiburón y a Ariel se quedó paralizado.
-¡Sebastián!-chilló Mobala asustada-¿esa no es…?
-¡Sssssh!-Sebastián había reparado en un tercer elemento en la escena. Un elemento morado y negro. Un elemento que hizo que se le helara la sangre.
El tiburón fue descendiendo poco a poco hasta quedar tumbado en la corteza marina. Ariel le acarició las cuatro branquias de uno de sus costados mirándolo impactada. Lo había hecho. Había detenido el ataque de un tiburón blanco. Y todo con una simple canción. Y el poder que había dentro de ella.
-Yo… yo te conozco… Ariel…-susurró el tiburón con voz ronca. Se habían conocido esa misma mañana, todo orquestado por Úrsula, que quería poner a prueba a la muchacha. Ariel asintió contenta, mientras acariciaba el morro de Bruce. Una criatura tan letal… y tan hermosa.
-Tranquilo Bruce-dijo ella con dulzura-ahora descansa… te pondrás bien…
-Vaya…-Chum abrió mucho la boca con sorpresa.
-Tiene usted un don, princesa Ariel-comentó Ancla.
-No se lo contéis a nadie por favor… me metería en un lío-dijo Ariel. Ellos dos asintieron.
-"Lo harán, estúpida-pensó Úrsula oculta tras las rocas-pero ya me ocuparé yo de que se callen luego…".
Ariel se quedó al lado de Bruce, acariciándolo, mientras Sebastián entrecerraba los ojos, enfurecido.
-Ayayayay Mobala-le dijo a su querida musa, que miraba la escena atónita-alguien va a tené que atale la cola a esta jovensita.
-Pues no serás tú…-chilló ella- ¡vámonos de aquí!
Sentadas al borde de un arrecife, Úrsula y Ariel contemplaban una profunda fosa, tan honda que ni siquiera era posible ver el fondo. La corriente se iba filtrando por la fosa, por lo que era peligroso estar cerca. Podía absorberlos a todos.
-Úrsula…-Ariel la miró de reojo-somos… ¿amigas?
-Mmmm…-Úrsula arrancó con uno de sus tentáculos una ostra de entre los corales y abriéndola engulló su suculento interior-no te ofendas nena… pero yo no tengo amigos… es por norma, nada personal…
-Sí, ya me lo has dicho-admitió Ariel sonriendo-pero aun así. Con todo esto…
-Sí, bueno, digamos que sí-cedió Úrsula fingiendo mal humor. Ariel sonrió y recostó la cabeza en el hombro de ella.
-Gracias.
-No me las… mmm… de nada-Úrsula siguió atacando la pequeña familia de ostras que había encontrado mientras Ariel susurraba varios de los hechizos que había aprendido.
-Quien me iba a decir que encontraría mi horizonte-se dijo a sí misma. Úrsula alzó una ceja levemente, mirándola con asco, pero ella no lo vio, claro.
-No creas que es tan fácil. Llegado a un punto es muy complicado dominarla…
-Ya…
Hubo un rato de silencio mientras Ariel conseguía crear unos caballitos de mar de luces que bailaron alrededor de su pelo, dejándoselo perlado de pequeños brillantes. Úrsula la sonrió cuando ella la miró en busca de aprobación.
-Oye… te lo tengo que preguntar porque… si no… bueno, entiéndeme-Ariel se puso las manos detrás de la espalda, balanceándose a un lado y a otro, ligeramente impaciente-es que… dicen tantas cosas sobre ti… tantas cosas malas.
Úrsula la miró con seriedad unos momentos.
-Pero tú no las crees ¿no? Si no, hubieras huido el día en que nos conocimos-rebatió. Ariel asintió.
-Lo sé pero… no solo mi padre… todos te temen… dicen que… mataste a unos niños… y que… bueno… que coleccionas almas…
Ariel levantó la cabeza. Acomodada entre los corales, Úrsula se miró las uñas comprobando su color, con pereza.
-Sí ¿Y?-preguntó. Ariel palideció.
-¿Mataste a unos niños?-dijo con un hilo de voz.
-Sí-admitió Úrsula molesta.
-Y… y coleccionas almas-susurró Ariel, conmocionada.
-Sí. Pero ya te lo dije Ariel. No soy una buena persona. Aunque intentó cambiar… quiero ir por el buen camino-dijo Úrsula con una mueca. Ariel negó con la cabeza, asustada y entristecida. No podía… no podía seguir allí con ella. Pero al menos no la estaba mintiendo…
-Lo siento-susurró la sirenita, antes de alejarse. Úrsula no se movió para detenerla.
Pero cuando ya estaba un poco lejos, volvió a hablar de nuevo, y Ariel sí se detuvo.
-Cuando nos echaron de palacio, yo solo era una niña. La nueva familia real reinante no era partidaria de las cecaelias, pero al menos nos dejaron un lugar donde vivir, un pequeño oasis en medio de los acantilados, y allí persistimos unos años más. Pero luego la reina Anthea subió al trono, y se promulgó esa ley. La ley que nos desterraba a todos.
Mamá estaba enferma así que mi hermana Morgana y yo nos matamos a trabajar para conseguir llevar algo en condiciones a casa. Tres mujeres perdidas en medio de la nada. Aún no sé cómo sobrevivimos. En todas partes se nos negaba el trabajo…
Desterrada… marchita y medio muerta de hambre. No sabes lo que es pasar hambre de verdad Ariel, ojalá no lo sepas nunca. Pero el caso es que terminé por perder los estribos. Y entonces fue cuando secuestramos a esa Manta Raya que llevaba a unos niños a la escuela, y amenazamos con matarlos si no conseguíamos un rescate. No esperábamos claro que se formase la que iba a formarse. Los guardias de palacio nos persiguieron y rodearon. Debió de ser tu padre el que le dio a Gill la orden de la ejecución. Entonces yo y mi hermana nos dimos cuenta de que… eran esos niños o nosotras…
Ariel continuaba negando con la cabeza. ¿Cómo podía estar diciéndole aquello? Esa confesión era… monstruosa. Pero no era capaz de dejar de ver la enorme tristeza en los ojos de Úrsula. Y no podía evitar sentirse conmovida… atraída por lo que le estaba contando. Úrsula era, como ella, una hembra herida, pero fuerte. Las similitudes eran tantas…
-No hay noche en que no recuerde a esos niños… sin embargo tenía que hacerlo. Tenía que sobrevivir… tenía que hacerlo-dijo Úrsula con voz grave-pero sí, he matado. Y probablemente vuelva a hacerlo. Si los guardias de tu padre me encuentran… y tarde o temprano lo harán… si me encuentran, tendré que volver a matar. Pero en el mar… en este mundo… todos lo hacemos. Hasta un bebé inocente es responsable, sin saberlo, de muchas muertes que sirven para alimentarlo. Todos matamos a diario.
-No…-Era la primera vez que la pelirroja lo pensaba. Y pensó que en realidad era cierto.
-Respecto a las almas… existe un terrible hechizo que absorbe la energía de los seres vivientes y los reduce a patéticas formas, pólipos. Fue el último hechizo que me enseñó mi querida madre, antes de morir. He hecho muchos tratos en esta vida. Y siempre me los han roto. Así que para asegurarme de que se cumplen… bueno… siempre pongo esa condición…
Ariel no sabía qué decir. No había nada que decir, en realidad. Úrsula se lo había dicho alto y claro. Ahora le tocaba decidir en qué creer. Qué hacer.
-Ya te dije que soy una mala persona-dijo Úrsula con voz lúgubre-no te pido que me perdones… solo que me entiendas…
Ariel asintió lentamente. Ya había tomado su decisión.
-Te entiendo.
Más tarde, Úrsula la había llevado a su jardín de almas. Había más, muchas más de las que Ariel habría pensado en un principio. Eso la hizo dudar. La visión de los pólipos moribundos en aquel escondite de Úrsula la horrorizó. Eran unas criaturas moribundas y arrugadas, que hacían un extraño y repugnante ruido al respirar, y cuyos ojos desorbitados e inyectados en sangre la miraban con horror. Uno de ellos trató de agarrarla estirando lo que parecía un repugnante muñón con restos de sus dedos. Ariel se alejó, asqueada.
-Ninguno de ellos quería pagar…-dijo Úrsula acercándose. Los pólipos se encogieron aterrorizados, y uno de ellos se desplomó. Ariel estaba segura de que estaba muerto-todos ellos pagaron. No sientas lástima por ellos.
Los tentáculos de Úrsula se enredaron en Ariel, que tuvo un escalofrío. La bruja la miró abriendo mucho sus ojos color gris.
-Puedo enseñarte el conjuro Ariel… podrías defenderte… hacérselo pagar a todos…
Ella tragó saliva. No fue capaz ni de planteárselo.
-Lo… lo siento-susurró Ariel mirándolos con pavor-me… me tengo que ir…
Úrsula asintió, muy seria.
-Lo entiendo. Pero volverás. Eso es tan inevitable como la marea.
Ariel la miró unos segundos sin saber qué pensar de eso. Lo que sí tenía claro era que no quería volver a ver a aquellos horripilantes pólipos en su vida. Era la visión más espantosa que había tenido nunca. Notaba que le faltaba la respiración. Así que se marchó de allí, incapaz de decir nada más.
Cuando llegó a su cuarto, se metió en la cama y se echó a llorar desconsoladamente. Ni siquiera Flounders, que siempre sabía cómo entretenerla y hacerla olvidar sus disgustos, pudo esta vez detenerlo. La figura maternal de Úrsula para Ariel acababa de quebrarse. Y eso había sido para ella un golpe devastador.
-En el fondo, querías creer que yo no era tan mala-dijo la Úrsula actual, mirando al recuerdo de la sirenita llorando en su cuarto-pero venga ya, Ariel. Cualquier persona con dos dedos de frente se habría dado cuenta de que yo era una zorra. Vamos…
Jim no dijo nada. Él tampoco sabía qué pensar. Solo dudaba de sí él habría caído en lo mismo…
La vida de Ariel continuó, aunque Úrsula ya no estaba en ella. La sirena iba a verla de vez en cuando a un pequeño club secreto fuera de los muros de Atlántica, pero las visitas se fueron reduciendo cada vez más. Por suerte, parecía que la chica había salido del corrosivo y dependiente vínculo maligno que se había forjado entre ella y la bruja.
-Venga ya, no te puedes perder el paseo-insistía Andrina.
-No me apetece-Ariel se removió en su cama, aburrida-estoy cansada.
En realidad no quería ver a su padre. Aún estaba muy dolida con él por su última bronca. Y le daba miedo enfadarlo de nuevo.
-Es el paseo semanal y él quiere que vengas… no le enfades, por favor-le pidió Attina, que también estaba en la habitación con Andrina y Arista.
-Venga Ariel, nos lo pasaremos bien. Vamos a la calle mayor-dijo Arista tratando de convencerla.
Ariel no tuvo más remedio que acceder, y en un rato recorría las calles de Atlántica subida en el carro de su padre, que triado por delfines era aclamado por las demás sirenas y habitantes de la ciudad cuando pasaba.
-Vamos al museo…-les informó el rey mientras guiaba suavemente a los delfines por las calles. Ellos emitieron chillidos de emoción. No había en el mar raza más positiva y divertida que los delfines.
-¿No podríamos ir a la galería? A todas nos apetece comprar cosas-sugirió Ariel.
Su padre se giró y la miró furioso. ¿Ya estaba contradiciéndolo otra vez? Pero luego recordó la última vez que la había gritado (y agredido). Luego se había sentido muy mal. No quería volver a hacerlo. No quería volver a hacerla daño. Así que, pese a la impertinencia de la pequeña, contuvo su enfado y dijo con voz pausada.
-Es importante que os culturicéis… un gran reino debe tener grandes líderes. Y un líder se mide por sus conocimientos-dijo Tritón.
-Por favor papá… fuimos al museo la semana pasada. ¿No podríamos variar hoy? Todas querríamos…
-No hables en nombre de ellas Ariel.
-Yo… yo querría ir… por favor.
-Por tu buen comportamiento, supongo-dijo su padre. Ella retrocedió un poco, dolida. Su comportamiento era peor de lo que su padre pensaba. Había estado en la guarida secreta de una enemiga del estado. Y no se lo había dicho a nadie, ni iba a hacerlo.
-No… pero me portaré mejor, te lo prometo.
-No prometas…
-Te lo prometo.
Tritón se asomó por el extremo de su carro y miró los edificios de su reino. Brillaban en medio del mar como estrellas. Suspiró, y finalmente cambió el rumbo de su carruaje. Se giró hacia Ariel. Si lo había hecho, era porque quería ver una cosa, y así lo consiguió: el rostro de ella se iluminó con una deslumbrante sonrisa.
-Está bien…-dijo Tritón, y su corazón roto se sintió un poco reconfortado. Pese a toda su amargura, aún le gustaba ver felices a sus hijas-está bien…
Pasaron la mañana comprando alhajas en las tiendas de las grandes galerías. Tritón las acompañaba, y al final terminó cargando con todo, claro. Entre sus poderosos brazos sujetaba bolsas y bolsas que sus hijas le iban cargando.
-Papá, creo que esa tiara me sentaría bien… pero esta… es como si me estuviese susurrando mi nombre-dijo Andrina agobiando a su padre acercándole las tiaras a la cara.
-Mmmm… no sé hija… ya tienes muchas-dijo Tritón encogiéndose de hombros.
-¿Y?-preguntó Andrina, sin comprender.
-Eso me quedaría bien…-dijo Ariel enroscándose una capa rosada alrededor de su delgado cuello.
-A ti todo, guapa-le dijo Brandon, el sireno, que se había acercado a saludar a Aquata.
-Ya lo sabes tú-dijo Ariel guiñándole un ojo con descaro. Con Brandon había adquirido bastante confianza, aunque solo fuera por molestar a Aquata.
El rey Tritón no pasó desapercibida la escena, y se quedó muy sorprendido de la actitud de su hija. Viéndola mirarse en los espejos y bromear con Brandon se dio cuenta de cuanto había crecido su niña, el último vestigio de la infancia en su casa. Si Anthea hubiese podido verla. Ariel era la que menos había podido disfrutar de su madre. Y eso enfurecía al rey. De algún modo, hacía que el verla se le hiciera insoportable.
Cuando terminaron las compras volvieron al palacio. Las siete hijas conversaban animadamente y reían, gastándose bromas entre ellas y probándose unas lo que habían comprado las otras. Ariel observó la pequeña concha rosa que había adquirido en la tienda de música. La concha guardaba melodías, que luego podías reproducir, como un walkman.
-Gracias papá…-le dijo Ariel acercándose a él. Tritón la miró, y ambos supieron que pensaban en lo mismo: su última discusión. Tritón agachó la cabeza, avergonzado, y Ariel se acordó de lo que Anthea la había dicho hace años. Siempre se acordaba de eso. "Perdónala… porque a veces le estás haciendo un favor a la otra persona, ayudándola a ser mejor". Seguía sin verle el sentido. Pero en realidad, no le quedaba otra que perdonar a su padre, o simplemente renunciar a él. Y todavía le quería, un poco.
-De nada hija-dijo Tritón, y acercándola a él con un brazo la estrechó a su lado.
-… lo vi hace años-Ariel permanecía tumbada en su cueva, donde ya había colocado el catalejo que le había dado Scuttle. Miraba el óculo de luz del techo con pereza. Aquel era su lugar favorito del mar-después de que mamá… bueno, ella siempre lo utilizaba, y yo me pregunté que había sido de él luego…
-Pero… dicen que lo destruyó-dijo Flounders. Ariel negó con la cabeza.
-Nunca haría eso. Es el tesoro más importante de nuestra familia. Y es el arma definitiva, creo…
-Dicen que va a haber una guerra…-recordó Flounders. Ariel asintió mientras jugueteaba con una turbina de lancha que había rescatado hacía tiempo.
-Sí…
-¿Entonces… lo guarda en palacio?-preguntó Flounders, asombrado.
-Una noche me desperté y lo vi llevarlo. Es enorme-recordó Ariel-lo llevaban entre cuatro peces espada, muy viejos… creo que ya no vive ninguno… así que solo lo debe saber mi padre… y yo.
-No puedes decírmelo-dijo Flounders, súbitamente nervioso-me meterías en un lío…
-Ya-Ariel asintió, distraída de nuevo, ahora con unas flechas de madera rescatadas de lo más profundo de una fosa abisal. A saber cómo habían terminado allí.
En ese momento entró Sebastián. Ariel se incorporó y le miró, molesta.
-Te dije que no volvieras aquí-le recordó, pero el cangrejo la miró muy serio.
-Arie, quisiera hablar contigo a solas-pidió.
-¡Eh!-protestó Flounders, cruzando sus aletas.
-Lo que me puedas decir a mí lo puede oír Flounders-dijo Ariel con desdén.
-No hay secretos entre nosotros-completó Flounders.
-No es eso. Es que no me importa-dijo Ariel, y el pececito encogió un poco el morro, disgustado.
-Etá bien… Arie yo… bueno… no sé cómo decirte...-Sebastián se frotó las pinzas con nerviosismo.
-Oh, vamos, échalo ya-dijo ella poniendo los ojos en blanco.
-¡Úrsula!-exclamó Sebastián, y ella pegó un brinco del susto-¿pero en qué etaba pensando niña? ¡E la bruja del mar! ¡E ma mala que un anzuelo, e un monstruo!
-¡Sebastián!-Ariel le miró enfurecida y asustada. ¿Cómo se había enterado? ¿Cómo podía saberlo? Y si lo sabía su padre…-¡Sebastián!
-Os vi el otro día, con esos tiburones ¿pero en qué etaba pensando? Podían haberte hecho daño-dijo Sebastián negando con la cabeza.
-¿Tiburones?-repitió Flounders sorprendido.
-Nos estabas espiando-susurró Ariel-¿te mandó mi padre que lo hicieras? ¿lo sabe él?
Sebastián abrió la boca un segundo, y luego meditó mejor su contestación.
-No, no lo sabe-admitió. Ariel resopló, aliviada-Arie, estoy muy decepcionado contigo. Has sido totalmente inconsciente, y ha pueto en peligro tu vida… no sabe de lo que Úrsula e capaz…
-¡No, tú sí que no lo sabes!-le espetó Ariel, con las mejillas sonrosadas. Sebastián abrió mucho los ojos con sorpresa-¡te crees que lo sabes todo, pero no tienes ni idea de nada! ¡Te pasas el día cantando y bailando, y haciendo lo que te da la gana! ¡Eres igual que papá, todo está bien mientras no se trastoque tu mundo, pero eres incapaz de salir de él, de pensar en los demás ni un maldito segundo!
-Arie…-Sebastián no sabía qué decir. Solo quería ayudarla. Pero ella lo trataba como a un enemigo. ¿Cómo hacerla entender…?
-Quiero que te vayas ¡No quiero volverte a ver nunca!-exclamó Ariel dando un golpe en la pared de la gruta-¡díselo a mi padre si quieres! No… no eres mi amigo. No sé por qué te sigues metiendo en mi vida.
-Arie…-Sebastián puso los brazos en jarra, enfadado. Ella no iba a librarse de la responsabilidad que tenía solo por ponerse echa una fiera-Arie, no puedes volver a acercarte a Úrsula. E muy peligrosa. Etá loca…
-¡Que te vayas! ¡NO LA CONOCES!-le gritó Ariel furiosa. Sebastián, echando chispas, arqueó una ceja y la plantó cara. Era increíble como el diminuto cangrejo no se achantaba ante una persona que era cien veces él. Ariel le miró con un odio tan intenso que al cangrejito se le quebró el corazón, y entonces ella salió de la cueva nadando muy rápido. Flounders la vio alejarse, entristecido, pero supo que lo mejor era no ir. Ahora necesitaba estar sola.
-Yo solo… no sé…-Sebastián miró a Flounders preocupado.
-Yo tampoco me fío de ella-dijo Flounders, comprendiéndolo-pero no le digas nada al rey, por favor. Sería terrible…
-Etá bien, pero tú… tú vigílala hijo ¿quieres?
Flounders miró a Sebastián muy serio. Luego asintió.
-Siempre.
En un extremo de la gran barrera de coral el mar era tan ancho y profundo que solo se veía una gran masa azul. Una eterna masa azul que llegaba hasta donde la vista podía alcanzar. Tumbada entre unas anémonas, Ariel observaba el gran azul, entristecida. Veía a Eric, su rostro perfecto, esos irresistibles ojos azules, flotando en frente suyo. Él no sabía que ella existía. Lo que podrían hacer juntos… lo que podrían vivir… Ariel soñaba con su historia de amor desde hacía meses. Podía imaginarse las citas, las conversaciones… los besos…
-Nunca me iré de aquí…-susurró mientras le acariciaba el lomo a Flounders, quien llevaba toda la tarde intentando encontrarla-moriré en este mar…
-Claro que no-dijo Flounders.
-Claro que sí…-el pelo de Ariel la cubrió el rostro, y entre el rojo y el azul la chica cerró los ojos poco a poco, deprimida-ojalá pudiera irme lejos… muy lejos… quisiera ver la ciudad.
-Ariel… todos te queremos mucho-dijo Flounders dándola un mimo en la cola.
-No hables por nadie.
-Pues yo… bueno yo… te quiero mucho…-Flounders se mordió el labio. Sus sentimientos hacia ella eran muy fuertes. Tanto como los de ella hacia Eric, solo que más sinceros, pues Flounders conocía a Ariel mejor que a sí mismo. Si solo pudiese decírselo. Soltarlo, y quedarse bien a gusto. "Te quiero Ariel".
Pero es tan difícil de decir.
-Te quiero Ariel…-dijo Flounders. Luego la miró de reojo, asustado. No podía creerse lo que había dicho.
-Yo también Flounders-dijo Ariel sonriendo, y luego le besó en la mejilla-eres mi mejor amigo.
"Bueno…-el pececito sonrió, mientras cerraba tan bien los ojos, disfrutando del silencio y la paz del océano-con eso me basta… pero yo te amo… te amo…".
-Creo que en el fondo lo sabías-le dijo la Úrsula del presente a Ariel. Ella por primera vez hablo, con la voz quebrada.
-Claro que no-dijo. Úrsula soltó una carcajada.
-Entonces cerraste los ojos a la verdad. A fin de cuentas ¿a quién le importaba el cobarde y gordinflón pez Flounders? ¡Jajajajajajaja!
La imagen del recuerdo se fue distorsionando. Esta vez era mucho más oscura. Ariel había vuelto a visitar a Úrsula, esta vez a la guarida de la Morena, su escondite principal. Flotsam y Jetsam nadaban al lado de la bruja del mar, que los acariciaba juguetona. Jim se preguntó hasta qué punto era real su amor por ellos, o si por el contrario lo era también fingido.
-…volverá para las vacaciones… tengo muchas ganas… así podré verle-explicaba Ariel. Úrsula se miró en un espejo y se pintó los labios de un fuerte color rojo, distraída.
-Pero sigue sin saber que existes ¿no?-dijo, risueña. Ariel asintió, avergonzada.
-Sí pero… es mejor así… lo nuestro es imposible…
-Cariño, ningún amor es imposible, todo es decisión nuestra. Si uno quiere, quiere.
-Pero si el otro no…
-Ya querrá-dijo Úrsula tomando a Ariel con un tentáculo-ven… te pondré guapa… hace mucho que no vienes a verme…
-Es que bueno… yo…-Ariel no sabía cómo ponerle una excusa. Realmente no había querido volverla a ver desde lo del jardín de las almas. Pero su última discusión con Sebastián la había hecho cambiar de idea. Ahora volvía a ver a Úrsula con buenos ojos… aunque solo fuera por llevarle la contraria al autoritario cangrejo.
-Ahora me ves como la chiflada de las almas. Bueno, es normal. En realidad lo soy-dijo Úrsula. Luego la peinó utilizando sus tentáculos, y la pintó los labios de un color negro-eso te queda bien… en fin… yo admito que en el pasado fui perversa… no bromeaban si decían que era una bruja… pero quiero cambiar… todos necesitamos nuestro horizonte, como ya te dije. Y puede que mi horizonte…
-¿Sí?-Ariel la vio desde el reflejo del espejo. Úrsula parecía conmovida.
-No… nada-dijo. Ariel completó la frase para sí "puede que mi horizonte seas tú". Ella cerró los ojos y se dejó acicalar por Úrsula. Con ella se sentía como en casa. La cuidaba y la quería… como lo había hecho Anthea.
-Vaya…-Ariel se vio en el reflejo. Úrsula le había hecho un moño del que salían muchos pelos afilados, dándole un aspecto punky, y la había pintado los ojos y labios de negro. La bruja le pasó un colorete por los pechos, dándoles un tinte más rosado y apetitoso.
-Así. Hay que estar guapa-dijo Úrsula-todos los sirenos caerán a tus pies…. Y puede que algún pez escorpión…
-Estoy…-Ariel se miró en el espejo, encantada. Se sentía tan sucia…
-Estás sexy-dijo Úrsula-a todas nos gusta estarlo. Y a ellos les gusta más todavía. Puedes ponerlos a tus pies… puedes controlarlos. Solo tienes que saber cómo realizar sus deseos, como complacerlos… y luego dárselo solo en pequeñas dosis. Si no, se aburren.
Ariel no sabía muy bien de que le estaba hablando. Se miró en el espejo largo rato. Pese a ser muy hermosa, nunca se había considerado a sí misma guapa. Pero en aquel momento concreto no podía negarlo. Se veía increíble Ningún sireno se la resistiría. A lo mejor podía buscar a Riven, que nunca la rechazaría y la colmaría de placer. O al irresistible Helia. Daba igual que estuviese saliendo con Attina… todos eran suyos… el mar era suyo…
Pero ella solo quería a Eric. Él estaba antes que cualquier otro. Era su amor verdadero. Solo pensar en él… buf, la volvía loca.
-Sigues pensando en él…-Úrsula se acercó a una extraña construcción de roca, similar a una pila, que tenía en el centro de aquella estancia. Entonces agitó las manos y esta se abrió como una boca. Era su caldera mágica… Ariel ya lo sabía, aunque nunca la había visto utilizarla.
-Hay una solución… lo he estado pensando, y creo que podría hacerlo-dijo Úrsula arrastrando sus tentáculos hasta Ariel y acercándola-mira…
En la caldera apareció la figura de una sirenita de larga melena, similar a Ariel. Una luz dorada bailó alrededor de la sirena, envolviéndola.
-Existe un hechizo… tan poderoso que puede cambiar a un ser de una especie a otra… en tu caso sería más sencillo. Aunque Tritón lo niegue, las sirenas y los humanos comparten un alto porcentaje de material genético…
Ariel no entendía bien lo que le estaba diciendo, aunque le quedó muy claro cuando la cola de la figura se partió, dividiéndose en un par de piernas. La figura ascendió hasta la tierra, donde otra forma, la de un apuesto humano, corría hacia ella y la tomaba en sus brazos. Esa imagen quedó grabada a fuego en la retina de Ariel. Quería que su primer encuentro con Eric fuese así…
-Solo existe un pequeño inconveniente… pero es importante que lo sepas-dijo Úrsula poniéndose de pronto más seria-al realizar el conjuro quedarás unida a mí por un vínculo… digamos que… de algún modo tu alma y la mía… bueno, tu alma… pasará a ser… mía…
Ariel estaba mirando a las dos figuras abrazarse, embobada, cuando esa última frase la dejó paralizada.
-¿Qu…? Mi alma…-miró a Úrsula asustada. Ella parecía muy tranquila. Pero por una vez el sentido de la prudencia, la alerta que a base de mucho esfuerzo Tritón, Attina y Sebastián habían conseguido implantar en ella, pareció pitarle. Su alma… pasar a ser de Úrsula… los pólipos le vinieron a la mente como una marea-… Úrsula… yo…
-Sabía que no lo aceptarías… y lo entiendo, es normal…-Úrsula apagó el humo de su caldero solo con chasquear los dedos. Este volvió a cerrarse haciendo un siniestro crujido. A un lado, Flotsam y Jetsam miraban a Ariel con siniestras sonrisas. A ella no le gustaban un pelo.
-Solo quiero que sepas que… yo solo quiero ayudarte… y seguiré buscando formas de conseguirlo… para que te reúnas con Eric… como yo siempre quise hacer…
-Tú amabas a alguien-dijo Ariel sorprendida. Luego se dio cuenta de que la frase le había quedado un poco grosera-¿quién… te gustaba…?
-Un humano, como a ti, ya te lo dije… hace mucho tiempo…
-Pero… ¿de verdad?-dijo Ariel. Úrsula sonrió.
-Tan de verdad como tú. Pero él… bueno, le hice esperar demasiado… y al final ya se había ido…-dijo. La bruja del mar contempló con secreta satisfacción como la angustia empezaba a asomar en el rostro de Ariel. ¿Se iría también Eric? No podía permitirlo… no… pero aquella chica rubia… un chico tan guapo como él… si las humanas eran como las sirenas…
-Tengo que irme ya…-dijo Ariel finalmente. Úrsula asintió.
-Claro.
Acercándose la dio un fuerte abrazo. La piel de Úrsula era muy fría. Ariel ya lo había notado otras veces. Su tacto era más gélido que un témpano de hielo. Aunque a ella le resultase maternal, no desprendía calor en absoluto.
-Hasta la próxima Ariel… cuídate mucho… y cuida de tu padre-dijo Úrsula. Ariel asintió. Luego fue hacia la salida de la cueva. Flotsam y Jetsam la indicaron con las colas por dónde ir. Ellas les miró unos segundos, intimidada. Los dientes de esos monstruos eran más largos que sus dedos.
-Eh… Úrsula…-Ariel se giró una última vez antes de irse.
-Dime.
-No sé si podré volver… me tienen muy vigilada… no quieren que te vea…
Úrsula asintió y sonrió dulcemente.
-Mantente a la sombra Ariel. Es lo mejor.
Cuando la sirena se hubo ido, la sonrisa de Úrsula se deformó en una horrible mueca y Jim se sintió levemente asustado pese a saber de sobra que aquello era tan solo un recuerdo. Arrancando el espejo de la pared Úrsula lo estrelló contra el suelo, haciéndolo añicos. Flotsam y Jetsam tragaron saliva. Al parecer a esos dos monstruos del cretácico también les asustaba que su ama se pusiera furiosa.
-No puedo soportarla más-dijo Úrsula apretando los puños-puta niñata imbécil… es tan sencillo…
-Está muy cerca… seguro que la próxima vez…-dijo Flotsam con su agrietada voz. Úrsula asintió.
-Seguro… sí… ya es mía-se incorporó y soltó una desquiciada carcajada. Luego miró a sus morenas-¿qué han dicho las barracudas?
-Están listas-confirmó Flotsam, y Jetsam emitió un gruñido muy fuerte. Estaba deseoso de probar la carne de sirena. Tener a esa niñita tan cerca lo había puesto aún más hambriento.
-Bien… el ejército está preparado… Tritón sospecha que yo estoy detrás de todo-dijo Úrsula-pero mientras no pueda encontrarme, no pasará nada…
-¿Y si lo hace?-preguntó Jetsam, receloso. Úrsula rió de nuevo.
-Tampoco me hará nada… es lo que tienen algunas cicatrices… nunca sanan.
La Úrsula del presente se acercó a la Úrsula del pasado y la dio un beso en la mejilla.
-¿Verdad que estoy buena?-preguntó, mirándose encantada. Ni Ariel ni Jim la respondieron-está bien, está bien queridos… la historia llega a su fin…
La siguiente escena volvía a ser en el palacio. Ariel estaba sentada a la mesa con sus seis hermanas y su padre. Disfrutaban de una tranquila cena entre un montón de flores de coral que adornaban la mesa, sentadas en cómodos tronos dorados. Comían con las manos, de ahí que ella le preguntase a Scuttle por la utilidad del tenedor.
-Sí, claro-decía el rey Tritón con voz pausada-eso es lo que le dije yo… pero no parece que la plantación vaya a mejorar. Y ellos no quieren volver a Atlántica… no puedo hacer nada.
-No pasa nada papá, seguro que recapacitan-dijo Attina, que estaba sentada a su derecha.
-Dame un poco de codazos más, por favor-le dijo Andrina a Arista, ofendida.
-Si quieres…-Arista le pegó un fuerte codazo. Andrina iba a chillar cuando Attina la cogió de la mano y la acarició, consiguiendo tranquilizarla.
-¿Y tú Ariel? ¿Qué tal las clases hoy?-preguntó Tritón terminando de engullir su ensalada y las huevas de tiburón ballena.
Ariel casi nunca hablaba en la mesa, pero Tritón siempre la incitaba a contarle algo. Ella odiaba cuando su padre hacía eso. La hacía sentir que aún la quería, y ella no quería pensar eso.
-Bien…-dijo la pelirroja simplemente, contemplando su comida. Había estado charlando animadamente con Alana y Adela, pero al llamarla su padre el rostro le cambió. Tritón la miró apenado, mientras Attina trataba de pensar algún modo de mejorar la situación.
-Ariel, de verdad…-dijo Andrina indignada por la actitud de su hermana pequeña.
-Déjala que se sienta especial-dijo Aquata.
-¿No tenías deportes?-intervino Attina. Todas la miraron con sorpresa, sobre todo Ariel-¿no es eso? Hoy hacías la carrera… contra Pygol, que es muy rápido.
-Es cierto-admitió Ariel. Pygol era un joven pez espada, y era el más rápido de la clase, seguido de Ariel, que era la sirena más veloz del reino-pero… pues le he ganado.
-¿Qué?-chillaron Andrina, Aquata y Arista, pasmadas.
-¡Lo sabía!¡Te lo dije hermanita!-exclamó Attina orgullosa, y se levantó para abrazarla.
-Caray, creo que no hay una sirena más rápida en todo el mar-reconoció Adela.
-Bueno… eso lo dices tú-replicó Arista, envidiosa.
-Ariel…-Tritón se limpió la boca con su servilleta (de eso sí tenían por suerte) y se levantó de su sitio-estoy muy orgulloso pequeña.
Y diciendo esto la abrazó con fuerza. Ariel no se lo esperaba. Y no quería. No quería su abrazo, no quería su cariño, porque sabía que no era de verdad, que en cuanto se enfadara, las cosas cambiarían. Pero Tritón sí que desprendía calor. Y al notar ese olor que había en él y la recordaba a cuando era niña, y al sentir el cosquilleo de la barba de su padre en su piel, Ariel no pudo evitar sonreír. Sus hermanas vieron eso y conmovidas decidieron callarse.
-No tienes… por qué estarlo…-susurró Ariel-quiero decir… yo… bueno, tampoco he hecho nada…
-Attina me dijo que has estado entrenando porque querías hacerlo bien-dijo Tritón-te has esforzado mucho, y tu profesor está muy satisfecho. Marina me ha dicho que en deportes tus notas han mejorado.
-"Si bueno… en lo demás no…"-pensó Ariel, pero al ver el orgullo y optimismo en su padre lo olvidó. Si él estaba contento… pues bueno.
Tritón miró a Attina, que asintió satisfecha. Ella era quien le había convencido de hacerle un refuerzo positivo a Ariel, felicitándola por sus méritos en vez de hundiéndola por sus errores, y demostrándola que la quería. Al rey le costaba mucho expresar sus emociones, y mucho más ahora, después de todo lo que había pasado. Pero una noche, después de despertarse en medio de pesadillas, como todas y cada una de las noches desde que Anthea se había ido, Tritón se dio cuenta de que sus hijas iban a marcharse un día, y él se quedaría solo. Y quería que al menos, lo recordasen con cariño.
-¿Qué os parecería hacer una excursión nocturna?-sugirió Adela-¡hoy migran las ballenas!
-Es peligroso…-recordó su padre.
-¡Venga ya papá! ¡Vamos contigo!-exclamó Arista, lista para apuntarse a la juerga.
-Sí, ¿qué puede pasarnos?-corroboró Aquata. El rey miró a Ariel, que le animó con la mirada.
-Estaría bien-dijo la pelirroja.
El rey y sus hijas nadaron por el mar, ahora muy oscuro por el manto de la noche, guiados por una esfera de luz que el rey mismo había creado.
-Vaya… ojalá supiéramos algo de magia-susurró Andrina.
-Sois muy pequeñas… y es muy difícil-dijo Tritón. Ariel sonrió para sí. Si él supiera…
Las siete sirenas y el rey del mar recorrieron los bancos de algas jugando a perseguirse y riendo, y luego se adentraron en el laberinto de corales, y se subieron a una familia de delfines que pasaban por allí y se ofrecían a llevarles.
-¡Vas a ver como conduce tu padre!-exclamó Tritón riendo, y guiando al delfín llevó a Ariel por entre las rocas adelantando a sus hermanas. Finalmente llegaron los primeros, estallando en carcajadas.
Ariel miró a su padre, que la acarició el rostro enternecido.
-Ariel… me recuerdas tanto a tu madre…-dijo. Ella negó con la cabeza.
-Hoy no, por favor-dijo -hoy quiero estar contigo…
Tritón asintió. Quiso volver a abrazarla, pero no supo cómo. No sabía si ella quería o no, aunque en realidad era lo que su hija más deseaba.
-¡Mira papá! ¡Ahí están!-exclamó Andrina señalando al fondo. Las demás acababan de llegar.
Allí estaban las ballenas, nadando junto a sus crías. Debían de medir más de treinta metros, eran unas criaturas descomunales e impresionantes.
-Son los animales más grandes del mar. También los más sabios-explicó Tritón a Ariel, que estaba a su lado-hay que comprenderlas y amarlas… nunca hay que dejar de escuchar sus cantos…
-Sí…-Ariel dejó que su padre la achuchara a su lado, y siguieron mirando a los gigantes del mar pasar emitiendo sus profundos sonidos, que los fueron sumergiendo poco a poco en un ensueño.
Las otras hijas del rey estaban a un lado observando también los animales pero cotilleando entre ellas y gastándose bromas, muy animadas.
-Ay, ojalá estuviese Brandon-susurró Aquata recostando su cabeza al lado de Attina.
-Ojalá estuviese Riven-dijo Arista, que seguía enamorada de él.
-Pues ojalá no-la reprendió Andrina, indignada por el poco carácter de su hermana.
-Ojalá esto dure siempre-dijo Attina.
-Bueno, no nos pasemos-insistió Andrina, tan insidiosa como siempre. Attina suspiró, sonriendo. Attina era su hermana más cercana. Podía ser muy pesada. Pero la quería tal y como era.
La hija mayor de Tritón vio a su padre y su hermana pequeña ahí abrazos, y supo que su padre era por una vez feliz. Ariel era la hija favorita de Tritón, eso lo sabía bien. También lo había sido de su madre. Incluso su novio Helia tenía una predilección especial por la pelirroja, aunque se esforzasen ocultarlo. Todo eso Attina lo sabía, pero no le importaba. Solo quería que su hermana menor fuese feliz, que su padre también lo fuera y que la paz reinase por fin en su familia, como su madre había conseguido que así fuera durante tanto tiempo. Tenía miedo… pero también tenía valor. Como Anthea le dijo una vez, ella iba a ser una gran reina.
Cuando volvieron a palacio Tritón acompañó a sus hijas hasta sus aposentos. Todas se fueron despidiendo de él una a una, dándole besos en la mejillas y un fuerte abrazo. Ariel fue la última.
-Gracias papá-dijo. Tritón asintió. La niña luego se alejó nadando a su cuarto, pero con un último vistazo le sonrió con cariño.
-Buenas noches…-Tritón sonrió levemente.
Las hermanas se reunieron en el gran baño real donde cada una tenía su departamento, pero siempre se peleaban todas por el mismo sitio en el espejo. Ariel se hizo sitio como pudo y se observó encandilada, echándose el pelo hacia atrás. Eric seguía rondando su mente, aunque por algún motivo en ese momento no lo hacía tanto como de costumbre.
-¿Te importa apartarte?-le dijo Arista dándola un empujón muy fuerte. Ariel la miró enfadada.
-No puedes dejar de tener envidia nunca, ¿no?-la picó.
-¿Qué dices?-chilló Arista indignada.
-¡CHICAS, NO OS PELÉEIS!-Andrina gritó exageradamente haciendo que el resto de hermanas se volvieran también hacia Ariel y Arista, sorprendidas. En el pasillo Tritón escuchó el grito, y fue hacia allí, preocupado por si ocurría algo malo.
-¿Envidia de ti? ¿Por qué exactamente?-preguntó Arista, a la que ahora sujetaban Adela y Aquata.
-¡No lo sé, eso solo lo sabes tú, que estás loca!-la respondió Ariel enfadada. Attina la intentaba tranquilizar, pero esta vez no la escuchaba.
-Venga… había sido un buen día…-dijo Attina nerviosa.
-¡Será por lo de papá, ¿no?! ¿Crees que es por eso?-gritó Arista enfadada-¡se nos ha olvidado que subes a la superficie todos los días! ¡Y lo del último verano, cuando te escabullías en los corales con Sebastián! ¿Se nos ha olvidado eso?
Tritón justo iba a entrar, cuando al escuchar aquello se quedó parado en el pasillo. ¿Superficie? ¿SUPERFICIE? Por un segundo tuvo el impulso de entrar, y estallar en llamas. Pero recordó a Attina y lo que habían estado hablando. Y recordó a Anthea. Él le había jurado que cuidaría de sus hijas, y de su reino, si alguna vez a ella le ocurría algo. Se lo juró el día en que le pidió matrimonio, y luego muchas veces más. Luchando contra su propia cólera el rey Tritón logró contenerse y respirando profundamente se marchó de allí, cabizbajo. Es increíble lo rápido que la felicidad puede llegar a desvanecerse con apenas una frase.
-¡Di lo que quieras!-exclamó Ariel furiosa-¡decid todas lo que queráis de mí! ¡Siempre he sido una molestia, no? ¡PUES AHORA ME LARGO!
-Ariel, te estás pasando un poco ¿no?-dijo Aquata secamente. Ariel la miró con odio.
-Desde que era niña me habéis amargado la vida. Siempre os ha molestado que estuviera, ni siquiera queríais que naciera…
-Ariel, eso no es así-dijo Attina de todo corazón.
-¡PUES YA ME VOY, NO OS PREOCUPÉIS! ¡OLVIDAOS DE MÍ!-Ariel rompió su cuenco de horquillas al dar un coletazo y alejarse de allí.
-¡Ariel!-exclamó Attina preocupada.
-¡DÉJAME EN PAZ!-la gritó Ariel, y luego salió del palacio rompiendo uno de los cristales al abrir la ventana de golpe.
-¡Déjala que se vaya!-exclamó Aquata indignada-¡es una imbécil!
-¡Aquata! ¿Por qué habéis hecho eso?-se indignó Andrina, por una vez del lado de Ariel.
-Venga ya chicas… id a disculparos-dijo Adela.
-Tú no mandas ¿sabes?-le dijo Arista, agresiva.
-Pero yo sí-intervino Attina. Estaba enfadada, e intentaba mantenerse firme. Tenía que serlo con ellas, por el bien de todos-id a disculparos. Ahora mismo.
-¡Ni hablar!-chilló Arista, y se marchó de allí. Aquata también se fue, a buscar a Brandon.
-No sé por qué tiene que ser siempre así-dijo Attina abatida.
-No te preocupes-dijo Andrina, volviendo a peinarse en el espejo-tú misma lo has dicho, siempre es así. Así que mañana estarán arregladas, y punto.
Ariel se pasó la noche en su cueva. Primero lloró, harta de sus hermanas, pero luego se fue serenando, y finalmente se dedicó a reorganizar los objetos de su colección, muy satisfecha. La verdad es que la tenía muy bonita. Era de lo que se sentía más orgullosa: desde los seis años había ido recogiendo artilugios humanos y clasificándolos de uno en uno. Scuttle le había explicado muchos de ellos, pero otros Ariel les había inventado su propia utilidad.
Pensó en Eric. Ojalá tuviese una foto suya, o una escultura, como las que tenían los atlantes. Quisiera estar con él.
-No me dejan en paz nunca… sí, sé que son mis hermanas… lo sé… menos mal que estás tú… lo sé… te quiero-susurró Ariel, imaginándolo a su lado. A veces no le era fácil visualizarle, sus rasgos se difuminaban en su mente. Ojalá pudiera tenerlo pegado a ella, como cuando lo había salvado. Sí, hubiera sido maravilloso…-tú me entiendes Eric… al menos… al menos me he arreglado con papá… creo que… en realidad me quiere…
En la sala del trono, el rey Tritón esperaba furioso. El rostro de Ariel no se le quitaba de la cabeza. ¿La superficie? ¿Huida a escondidas? ¿Cómo podía haber hecho algo así?. Él se lo había dejado muy claro desde el principio…
Quería a Ariel. La quería con todas sus fuerzas. Pensar en aquella traviesa y jovial muchacha, tan llena de vitalidad, tan inteligente, le hacía sentirse conmovido de que él tuviese el honor de ser su padre… pero ahora la rabia lo poseía cada vez más. Su actitud era intolerable. Se había sometido al peligro una y otra vez… ¿cómo hacerla entender? ¿cómo evitar que repitiera sus mismos errores, que terminase siendo como él?
-Sebastián…-el rey saludó al cangrejo, que acababa de entrar en la sala. Él parecía preocupado. No era normal que el rey lo llamara a esas horas de la madrugada, con el sol ya a punto de salir, para lo que fuera que quisiese.
-Su Majetá...-Sebastián hizo una servil reverencia. Tritón le miró con escepticismo.
-Sebastián… tenemos que hablar…-dijo con voz severa. Arista lo había dicho bien claro: "cuando te escabullías en los corales con Sebastián". Ahí había mucha tela que cortar…
-¿Sí, su Majetá?-preguntó Sebastián extrañado. "Nadie sabrá lo de las ostras… sé que eran para él, pero me etaba muriendo de hambre…"-pensó el cangrejo para sí, nervioso.
-Sobre Ariel-dijo Tritón. Sebastián pegó un bote al oírlo. De repente, el problema de las ostras parecía mucho más sencillo. ¿Sobre Ariel?
-Arie… ¿su hija?-preguntó el cangrejo forzando una sonrisa nerviosa. Tritón asintió.
-Sí… sobre esa misma.
Por la mañana Ariel se despertó más optimista. El recuerdo del viaje hasta las ballenas y de su padre la hacía sentirse muy feliz. ¡Parecía que después de todo, las cosas no iban tan mal! Pensó en arreglarse el cabello un poco (anoche no había podido) ir a buscar a Flounders y pasar el día jugando con los otros peces en la corriente del sur, que era como un gran tobogán. Luego quizás volvería a cerrar el acceso a la gruta e iría a ver a su padre, y a hablar con él. Hacía tanto que no hablaban…
En la corriente del sur, un túnel de agua formado en el interior del mar, las tortugas eran las reinas del surf, y el resto de animales competían por igualarlas deslizándose por el potente chorro que llevaba hacia la costa. A Tritón no le gustaba que Ariel anduviese jugando por allí, pero de lo que su padre no se enterara, no le haría daño.
-Vamos allá ¿preparado?-le dijo Ariel a Flounders, que tragó saliva mirando la corriente, con pavor.
-Pues… no-dijo él. Ariel lo cogió entre sus brazos y lanzando un grito de emoción se arrojó a la corriente y se dejó llevar por ella.
-¡YUUUUUUUUHUUUUUUUUUU! ¡VAMOOOOOOSSSS!-junto a un montón de peces de diferente raza y edad Ariel surfeó sobre la peligrosa corriente interna, girando en las curvas que esta presentaba. Cuanto más se adentraba en mar abierto el túnel era cada vez más potente, y resultaba más difícil salir de él.
-¡Hombre, la sirenita! ¡Tú sí que tienes marcha colega!-exclamó la tortuga Crush, que prácticamente vivía en esa corriente-¡Bienvenida a la fiestaaaa!
-¡UUUUUUUUuuuuuH!-en esa zona la corriente iba tan rápida que apenas se podía hablar. Ariel notó como su pelo ondeaba violentamente mientras Flounders se agitaba entre sus brazos, con los ojos fuertemente cerrados.
-¡ARIEEEEEEEEEEEeeeeee!-chilló el pez, pero nadie pudo escucharle.
-¡Venga chavales! ¡AHORA TOCA!-gritó un intrépido pez dorado entre el bullicio.
Llegaban al final de la corriente. Había que tomar el desvío, o de lo contrario seguiría arrastrándolos hasta mucho más allá. Ariel estiró su cola y dándose un fuerte impulso se abalanzó a uno de los extremos de la corriente, atravesando la pared y saliendo a las aguas más tranquilas. Resoplando, se dejó caer en el suelo marino al lado de su amigo.
-Ay… uffff…-Flounders resopló, agotado.
-Ay… ¡Flounders!-Ariel miró a su amigo, que estaba pálido pálido como un lenguado y estalló en carcajadas, retorciéndose en la arena-¡Jajajajajaja! ¡Mírate!
A Flounders se le contagió la risa de su amiga y así estuvieron los dos un largo rato, hasta que por fin consiguieron calmarse.
-Espera que cierre la entrada…-dijo Ariel acercándose a su gruta.
-Vale-Flounders se dispuso a esperarla.
-¡Oh!-cuando Ariel entró y se encontró a su padre dentro de la cueva, retrocedió y se chocó con la pared, dándose un buen golpe. Sacudió la cabeza mientras trataba de entender lo que estaba pasando-Pa… ¡Papá!-le miro horrorizada. Después de tantos años había descubierto su escondite, y parecía muy enfadado. Estaba tan enfadado que daba miedo-papá… ¿qué haces aquí?
Lo dijo casi en un susurro. Porque al verse reflejada en los ojos de su padre, supo lo que ocurría. Supo que él, de alguna forma se había enterado. Y supo que las cosas estaban a punto de cambiar. En ese preciso momento.
-Ariel…-dijo Tritón en voz baja. Su voz parecía un volcán a punto de estallar-Ariel… ¿por qué?
Ella negó con la cabeza. Luego miró alrededor suyo. Su colección. Allí estaban todos sus tesoros. Su padre lo sabía perfectamente. Pero aun así, como siempre, optó por mentirle.
-¿Por qué, qué? No sé…
-¡CÁLLATE!-el grito de Tritón la hizo enmudecer al instante. Ariel miró a su padre, asustada. Otra vez no, por favor… sus gritos otra vez-¡DEJA DE MENTIRME! ¡Deja de mentirme, Ariel! ¿POR QUÉ?
-Papá… solo es mi colección-dijo ella con voz tenue. Pero Tritón negó con la cabeza, cogiendo una de las muñecas de porcelana que había rescatado de un cargamento hundido, y echándola al suelo, rompiéndola en pedazos. Ariel le miró con miedo.
-Has estado acercándote a restos de barcos humanos, aunque te lo prohibí-dijo su padre. Entonces, cerrando el puño, le dio un tremendo golpe a uno de los estantes, haciendo que todas las cosas que había dentro se cayeran.
-Papa…-Ariel vio conmocionada como varios jarrones y una preciosa figurita de una bailarina se quebraban en el suelo haciendo un ruido sordo-papá…
-Has estado en un club prohibido, con Sebastián, sabiendo que estaba terminantemente prohibido-continuó el rey. Ariel abrió mucho los ojos. ¿Eso se lo había dicho él?
-Y… Ariel…-Tritón se volvió hacia ella, con los ojos en tempestad-has subido a la superficie… has estado tratando con los humanos… ¡Incluso has rescatado a uno!
-Papá…
¡ZAS! El golpe la derribó. Tritón respiraba cada vez más rápido, mientras el torso le subía y baja al compás. Ariel lo miró horrorizada.
-¿POR QUÉ?-gritó el rey, y retumbó en toda la estancia-¿POR QUÉ ARIEL, POR QUÉ SIEMPRE TIENES QUE DESOBEDECER A TODO LO QUE SE TE DICE? ¿POR QUÉ NO PUEDES ESTARTE QUIETA? ¿TAN DIFÍCIL ES PARA TI?
-Sí, sí lo es.
Jim tuvo que admirar la valentía de Ariel cuando ella se incorporó y le plantó cara a su padre. Frotándose la sonrosada mejilla Ariel apretó mucho los puños y miró a su padre con profundo desprecio, y también una tristeza indescriptible.
-No quiero seguir viviendo aquí. No quiero seguir viviendo contigo. No quiero ser tu hija.
-Eres una desgraciada…-dijo Tritón con el rostro contorsionado por la rabia.
-¡Quiero irme a vivir a la superficie, y lo voy a hacer!-le espetó Ariel, al borde del llanto. Tritón la miró asombrado y encolerizado-¡Llevo toda la vida recogiendo estas cosas! ¡Quiero irme de aquí papá! ¿Es que no lo entiendes? Este no es m…
¡ZAS! Otro tremendo bofetón. Jim dio un bote de lo inesperado que fue. Quería ayudarla. Pero un recuerdo estaba más allá de su ayuda.
-No vas a volver a salir Ariel-dijo Tritón furioso-no vas a volver a acercarte a los humanos, ni a nadie. Estás castigada para siempre. Vas a aprender a obedecer a tu padre aunque me cueste la vida.
Ariel lloraba amargamente, mirándole con rabia.
-Ojalá estuviera aquí mamá-dijo, para mortificarlo. Tritón alzó las cejas. Si quería cabrearlo, iba por el buen camino.
-Tu madre no está aquí POR CULPA DE LOS HUMANOS-la recordó él.
-¡ESO NO ES CIERTO! ¡Si tú hubieras estado, la habrías podido ayudar! ¡Pero no estabas, como siempre! ¡Porque nunca estabas! ¡Nunca estás para nada! ¿Qué sabes tú de mí?-le gritó Ariel.
-¿Qué yo no…?-Tritón abrió mucho los ojos. Eso era la gota que colmaba el vaso-¿no te he dado yo todo lo que has querido? ¿no has tenido siempre libertad para hacer lo que quisieras? ¡SOLO TE HE PEDIDO UNA COSA, UNA Y NO HAS SIDO CAPAZ! ¡JAMÁS HAS HECHO NADA POR NOSOTROS!
-¡¿Yo?! Pero…
-TE HAS PELEADO CON TUS HERMANAS LO QUE HAS QUERIDO Y MÁS, NUNCA HAS ESTUDIADO NI TE HAS ESFORZADO POR LO MÁS MÍNIMO…-Tritón agarró un estante y lo tiró entero. Una cascada de juguetes, adornos y libros se derrumbó en el suelo-…DESOBEDECIENDO Y AVERGONZANDO A TU FAMILIA. ¡ME HAS AVERGONZADO ARIEL! ¡Y ME HAS AMARGADO LA VIDA!
-¡ESO NO ES VERDAD!-gritó ella, dolida. Tritón la miro desafiante, mientras ella sollozaba-¡TE LA HAS AMARGADO TÚ SOLO!
-Tú me la has amargado, Ariel. Crees que todos estamos contra ti. Que todos queremos hacerte daño. Pero nunca has querido estar con ninguno de nosotros-dijo su padre con voz muy dura. Ariel no supo qué contestar a eso. Las palabras de su padre la atravesaban como cuchillos-no vas a volver a salir nunca. Pero no te preocupes, no volverás a ver a papá. No volveré a molestarte. No volveré a acercarme a ti.
-Mejor…-susurró Ariel, con los ojos enrojecidos-no quiero verte nunca más.
Tritón apretó los dientes mientras miraba a la gruta. Aún no había acabado. Desde el túnel, Flounders se asomó, asustado. Lo había estado escuchando todo, y tenía mucho miedo por Ariel, aunque sabía que no podía hacer nada.
-Pero voy a asegurarme de que me obedeces como sea. Y si tiene que ser así…-dijo él. Ariel levantó la mirada sorprendida. Sabía lo que iba a hacer.
-¡NO PAPÁ! ¡NO, POR FAVOR!-pidió acercándose a él. Tritón la apartó, dándola con el codo en el rostro y haciéndola un fuerte moratón. Pero a Ariel no le importaba. Él no podía seguir con aquello. No podía hacerlo-¡PAPÁ, PARA! ¡NOOOOO!
Pero Tritón no se detuvo: volcó todas las cosas de los estantes, partió en dos la bola del mundo y destrozó las cristaleras y la pequeña lamparita que Ariel había hecho para Anthea, y que había vuelto a llevar a su gruta.
-¡NO!
Tritón arrojó el catalejo de Scuttle a una pared con tanta fuerza que lo hizo añicos. Luego alzando los brazos hizo que el agua comenzara a temblar. Jim sabía que eso no era bueno: efectivamente, los objetos comenzaron a girar en un torbellino, y cada vez más rápido se fueron arremolinando por encima de las cabezas de Tritón y su hija, haciendo sombra encima de ellos. Tritón lanzó un potente rugido de rabia a la vez que apretaba los puños y los juntaba. Entonces una luz dorada emergió de ellos, y salió disparada hacia los objetos.
-¡NOOOOOO!
La esfera impactó y emitió un destello cegador. Por unos segundos Ariel no pudo ver nada. Luego, cuando al fin recobró la visión, vio como pequeños trocitos de lo que antes había sido su amada colección, todo lo que ella más amaba, iban cayendo como una lluvia, poco a poco, destrozados e irreconocibles. Había un pequeño fragmento de lo que antes era un bonito cuadro de un campo de amapolas, y también las alas de un pajarito de juguete que soltaba burbujas por la boca cuando se le apretaba en la tripa. Ariel reconoció un pedazo del primer trozo de su colección: un anzuelo de pesca de un color rojo brillante, ahora calcinado. Quería ser fuerte. Quería evitarlo. Pero solo fue capaz de echarse a llorar.
Su padre la agarró con fuerza, y sacándola de allí volvió a iluminar sus puños, haciendo que estos preparasen otro rayo. Esta vez apunto a la entrada de la cueva.
-¡PAPÁ NOO! ¡NOPORFAVORPAPÁNO…!-demasiado tarde, porque el rayo impacto en la roca y esta se derrumbó. Ariel escuchó el ruido del interior de su gruta, que también se derrumbaba-¡NO, NO, NOOOOOO!
Se tiró en el suelo, y lloró desconsolada. Viéndola así Flounders reunió el valor para entrar en escena y abrazarla, a riesgo incluso de que Tritón lo señalara como cómplice de su hija. Pero Tritón no parecía dispuesto a hacer nada más. Ahora miraba a Ariel con los ojos levemente temblorosos. Había destruido todo lo que era importante para ella. Todo lo que amaba. Pero era por su bien. Tenía que comprenderlo. Los humanos son peligrosos.
-Ariel…-dijo Tritón, intentando parecer autoritario, pero levemente vacilante. Ella negó con la cabeza. No podía soportar el sonido de su voz. No podía soportarlo cerca suyo.
-Te… te odio…-dijo en un susurro. Tritón abrió mucho los ojos. La frase le golpeó más fuerte de lo que podría haber golpeado él. Simplemente le derrumbó. "Lo has conseguido-se dijo a sí mismo-igual que Anthea… lo has conseguido…".
El rey se dio la vuelta y se alejó lentamente. No podía continuar allí por más tiempo. Era incapaz de seguir a su lado. Ariel por su parte continuó llorando un rato más, mientras Flounders trataba de tranquilizarla.
-Tranquila… buscaremos cosas nuevas…-la decía, angustiado-yo sé otro escondite… no pasa nada… solo está enfadado… no ha querido… él no quería… bueno…
Finalmente Ariel se serenó. De repente, parecía atravesar un sueño. Muy seria, miró a su amigo. El cabello rojo ondeaba dándole un aspecto misterioso y nostálgico.
"Era la caverna de mamá-recordó Ariel-era suya antes que mía". No era un dato muy importante, la verdad. Pero de algún modo eso hacía que aquel lugar fuese lo último que la hacía sentirse cerca de ella. Ese pequeño secretito que las dos habían tenido. Un modo de quererla más allá.
-Voy a verla-dijo Ariel. Flounders se quedó unos segundos en blanco, hasta que después comprendió con espanto a que se refería.
-Ariel… si se entera… se enfadará mucho más…
-No me importa.
Ariel empezó a nadar en dirección a la guarida de la Morena. Era un viaje largo. Pero no le importaba ahora.
-Ariel… ella es mala… no lo hagas por favor… sé… sé que quiere hacerte daño…-suplicó Flounders. Ariel lo ignoró totalmente, mientras nadaba más rápido. Flounders quiso seguirla, pero al final se quedó atrás-tengo que hacer algo-dijo en voz alta, mientras pensaba en cómo impedirlo. Tritón no era una opción, al menos en principio. Tampoco Urchin, que estaba muy lejos entrenando en el nuevo comando militar en el que había ingresado. Y las hermanas de Ariel… bueno, Flounders no estaba seguro de que pudieran hacer gran cosa. Pero había alguien más que sí podía ayudarlo, y en quien Ariel había llegado a confiar…
-Piernas…-Úrsula abrió su caldera, y un humo rojizo inundó la sala dándole una desagradable sensación a Ariel de estar rodeada de sangre-veamos… vas a convertirte en un humano… tranquila… no va a ser muy doloroso…
-No me importa-dijo Ariel. Úrsula se mordió el labio y luego sonrió.
-¿Por qué no intentas hablarlo con él? Seguro que podéis arreglarlo-dijo Úrsula, comprensiva.
-Sé que no quieres eso-dijo Ariel con voz inexpresiva. Úrsula alzó las cejas. Luego continuó susurrando hechizos a la caldera mientras la pócima comenzaba a prepararse.
-Muy bien… veamos… este ritual requiere de cierta… colaboración…-Úrsula se acercó a Ariel con una extraña pluma en las manos. La pluma soltaba una tinta muy pegajosa con la que Úrsula trazó extraños dibujos en el cuerpo de Ariel: un par de soles en sus pechos, y una serpiente en su garganta. En los párpados le dibujo otros ojos, y en la cola un extraño símbolo arcano. Luego dividió la cola en dos con una larga línea.
-Serás humana…-dijo Úrsula-y vaya suerte para su raza, te lo aseguro.
-¿No podríamos usar el hechizo de transformación que me enseñaste?-preguntó Ariel, señalando la caracola del collar de Úrsula-el que te permite copiar otras formas.
-Pero entonces no serías tu misma. Además no es un conjuro permanente-replicó Úrsula-este sí lo es.
-Y mi alma…-recordó Ariel. Luego pareció recordar algo-nosotros tenemos… ¿alma?
-Hija mía, ya lo creo-asintió Úrsula mientras con los tentáculos hacía que el vapor de la poción ascendiera y pasase a tener un color dorado. Ahora la sala entera parecía bañada en oro-todos los seres somos cuerpo y alma. Hay más de lo que ves a simple vista. Aunque sinceramente, yo no quiero ver nada más.
Ariel asintió lentamente. Úrsula se acercó y la miró con una sonrisa tranquilizadora.
-Para que yo pueda transformarte, debes entregarme tu alma. Pero solo puedo si es un acto voluntario. Y debo darte una… debo dejar que te vayas. Podrás viajar a la tierra y conocer a ese apuesto humano. En teoría serás libre, a no ser que yo… reclame lo que es mío… pero nunca lo haré…
Úrsula debía explicarle con sinceridad en qué consistía el acuerdo, esa era la única norma. Por desgracia para la bruja Ariel debía aceptarlo a sabiendas del riesgo que corría confiándole su vida a otra persona. Por suerte para la bruja, Ariel no estaba en sus cabales. O mejor dicho, ya no le importaba. No creía que Úrsula pudiese sentir hacerla peor de lo que ya se sentía. Por supuesto, no tenía ni idea de quién era Úrsula.
-Acepto-dijo simplemente-hazlo de una vez. Ya…
Úrsula le tendió un tentáculo. Ariel lo miró unos segundos, vacilante, y finalmente lo estrechó. La tinta que desprendía el tentáculo le manchó las manos y se las dejó negras. De algún modo, ella sintió que así estaba ahora mismo su alma.
-Bien… veamos-Úrsula revolvió sus brazos, y entonces el humo del caldero se volvió azul, y rodeó a Ariel. La bruja soltó una carcajada escalofriante, mientras Flotsam y Jetsam, que nadaban cerca del techo, se alejaban preocupados-beluga sevruga traedme los vientos aquí….magia de fuego, noche del mar… el sino trocar… etvlaj savredk lollp…
El humo comenzó a rodear a Ariel, mientras cientos de símbolos e imágenes salían del caldero y la rodeaban. Úrsula estaba desatando toda la energía de su magia negra. Ariel sintió como algo caliente la engullía mientras las luces multicolores se pegaban a su cuerpo y la zarandeaban con violencia. Úrsula tenía los ojos en blanco, parecía en una especie de trance, y hablaba muy rápido con la voz ronca en un idioma extraño, soltando espumarajos por la boca.
-Fyodora sveja yakaruagra kikolota… ¡Evera derrateya fursilah! ¡AKNA UVELDA AUPLAY!-dando secas cabezadas Úrsula seguía con su macabro recital mientras sus tentáculos, ahora fosforescentes como si se hubiesen vuelto de luz, se acercaron a Ariel, y cada uno de ellos la tocó en una zona. De allí, comenzó a brotar sangre, mientras la sirenita sentía un dolor desgarrador recorriéndola todo el cuerpo. Vio como los dibujos que Úrsula había trazado en su piel empezaban a rajarse y su propia sangre brotaba de ellos. Luego los tentáculos de la bruja la aferraron por la cola, y tirando cada uno de un lado de ella, empezaron a rasgarla.
-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAH!-Ariel soltó un tremendo alarido al notar como la cola se le partía de manera despiadada, y como la espina de la espalda se le retorcía con violencia en su parte baja-¡AAAAAAAAAAYYYYYYYYAAAAAAAAA!
Las pequeñas branquias de su cuello se cerraron. Notó como sus pulmones se agrandaban, y como por los orificios de la nariz y la boca le empezaba a entrar agua a chorros. Se estaba ahogando. Quiso buscar a Úrsula, pero solo escuchaba su risa, porque ya apenas podía ver nada. La transformación estaba acabando.
-¡JAJAJAJAJAJAJA!-reía Úrsula. Todo iba según su plan. Ella ya era suya. Y pronto Tritón también lo sería. Y Atlántica también. Como la auténtica maniaca sádica y apática que era se carcajeó histéricamente mientras Flotsam y Jetsam miraban asustados la fascinante transformación de la sirenita-¡AJAJAJAJAJAJAJAJA JÁ, JÁ, JÁ, JAAAAA!
Rayos y truenos rodearon a Ariel que perdió el conocimiento mientras un torbellino de oscuridad la consumía y desaparecía en su interior. Lo último que recordó ella fue el recuerdo de su padre gritándola… y luego estar a su lado, viendo las ballenas.
Nunca iba a volver a verle.
-No sé qué coño hacemos aquí. No hay nada en esta mierda-dijo Eric dando un ágil salto y aterrizando sobre la arena.
-¡Que sí, joder! Me lo dijo Zeke-dijo su amigo, el de los fabulosos rizos, bajando con más torpeza que él hasta la arena-hay una cueva por aquí… dice que él se llevó a una piba y follaron. Ya sabes que a ellas les van esos rollos. A mí personalmente me pone muy cachondo…
-Qué cojones…-Eric puso los ojos en blanco mientras le seguía-follar en la playa me parece una pollez.
-A ti todo te lo parece-dijo su amigo riendo, y luego bajó un poco el tono-y eso es porque nunca has follado…
Eric le dio un puñetazo en el hombro, mientras miraba hacia el cielo, claramente molesto.
-Ya lo haremos… Sharpay quiere reservarse…-dijo como excusa.
-¿Reservarse para qué?-se burló su amigo-¿para el matrimonio? Tío, búscate a otra y házselo cuando no se entere…
-No es tan fácil. Además es mi novia…
-Por eso he dicho cuando no se entere, capullo.
-Ya…
Siguieron hablando y andando distraídamente en busca de la famosa cueva, y sus voces despertaron a Ariel. La joven se había quedado tumbada en la playa después de que la dejasen allí, y reposaba sobre la arena, inconsciente. El cuerpo ya no le dolía, pero de algún modo seguía traumatizada por todo lo sucedido en la cueva de Úrsula. Sin embargo, y pese a estar sin sentido, reconoció la voz de Eric. El chico estaba cada vez más cerca.
Jim también la estaba observando, y sintió un escalofrío de placer al darse cuenta de que estaba desnuda. Incluso en aquella situación y después de todo, ella seguía atrayéndolo inevitablemente. Estaba como la primera vez que él la había conocido. Sus grandes pechos se bambolearon cuando empezó a moverse y se dedicó a observarse. Lo primero que la fascinó fueron sus piernas. Observando sus pies se dio cuenta de que los podía mover. Miró sus dedos. Vaya… era increíble. Eran como los de las manos, pero pequeñitos, y raros. Y podía moverlos si se concentraba.
Intentó andar, pero no pudo. No sabía cómo hacerlo. Así que permaneció en el suelo, tendida. Llevándose la mano al vientre, notó algo que antes no tenía: era un pequeño ombliguito. Fascinante. Siempre se había preguntado para qué demonios servía. Ahora seguía sin saberlo.
-¡IIIIIIIIH!-exclamó Ariel emocionada. ¡Era humana! ¡Era una humana! No podía creerse que lo hubiera conseguido de verdad. Todos sus sueños… acababan de hacerse realidad.
Bajando un poco más, se palpó la vagina. Era pequeña, y estrecha. Y húmeda. Tenía una leve mata de pelo rojo. Ariel se sentía fascinada por ella. Había algo allí que le hacía imposible dejar de mirarse. Acercando su mano la acarició… se sentía bien… era extraño… pero se sentía bien.
-… que tú eres todo un experto-se mofaba Eric. Al reconocer su voz, Ariel se incorporó de la arena de un brinco. ¿De verdad era él?-venga ya, Chad…no creo que hayas mojado más de una vez.
-¿Quieres pruebas? Para empezar, tengo fotos…-decía el otro, a quien Ariel también reconoció como su amigo-¡no te rías, cabrón!
Tenía que andar, era urgente. Además, estaba desnuda. Ariel siempre se había paseado sin sostén por Atlántica, y si nada. Pero ahora era diferente. Sabía que eso no estaba bien. Que los humanos no hacían eso. Por alguna razón, iban muy cubiertos. Mirándose su cuerpo, se sintió insegura. Veía su cintura muy delgada, y sus piernas gruesas y feas. ¿Qué iba a hacer? Tenía que moverse, y rápido. Vamos, vamos, piénsalo un momento…
Haciendo un gran esfuerzo puso un pie, y luego el otro. Y se fue de bruces al suelo. Eric ya estaba muy cerca. Ariel vio un resquicio entre unas rocas, y decidió hacer lo que llevaba haciendo con él desde que lo conocía. Arrastrándose como pudo y poniéndose perdida de arena llegó hasta la pequeña cuevita y se metió dentro. Justo entonces Eric apareció acompañado de su colega, con el que venía discutiendo y dándose amistosos golpes.
-Gilipollas-reía Eric. Luego se paró mirando las pequeñas grutas que había allí. No reparó en toda la arena agitada que había en el suelo, por suerte para Ariel, o enseguida se habría percatado de su rastro.
-¿Dónde has dejado a Max, por cierto?-preguntó Chad rascándose su larga melena distraído.
-Arriba, en la cala-dijo Eric, echando un vistazo-oye Chad, aquí no hay nada… esta zona de la playa no tiene nada. Pero podríamos ir a explorar los arrecifes otro día…
-¿Otra vez? Tío, estoy hasta el rabo de tu princesa sirena-dijo Chad mosqueado-deja de fapearte con ella y haz el favor de volver al mundo real.
-Vale, vale…-cedió Eric, con una sonrisa angelical. Ariel lo miró entre las sombras y sonrió. Era tan guapo…-pues vámonos…
Se fueron alejando. Ariel tragó saliva, preocupada. Tenía que hacer algo. No quería perder a Eric. Pero no podía presentarse así. Para empezar, había que aprender a andar, como fuera.
-Vamos-se dijo en voz baja, y tirada en el suelo estiró una pierna y luego la otra. Lo hizo una y otra vez, y luego empezó a pedalear en el aire, entendiendo su fisonomía y funcionamiento. No era tan diferente a nadar. Solo era que ahora en vez de una cola, tenía dos. Cualquiera que la hubiese visto en esa situación, hubiese pensado que era una loca peligrosa.
-Vale…-Ariel consiguió incorporarse. Ya podría Úrsula haberle dado algunas instrucciones, o ropa. Úrsula… ¿dónde estaba ahora? ¿Eso era todo, no iba a volverla a ver? Algo no encajaba allí, pero no había tiempo de pensarlo-vamos a ver… uno, dos… uno, dos…
Empezó a andar. Por lo que recordaba, la cala estaba un poco más arriba, y luego el pueblo, o eso le había dicho Scuttle. Tal vez la gaviota anduviera por allí y pudiera ayudarla, pero por el momento Ariel no la encontró-uno, dos… uno, dos…-con una concentración máxima Ariel fue andando lo mejor que supo por entre las rocas. En el tiempo en el que había tardado suponía que Eric y Chad ya se habrían marchado, y la playa estaría libre. Por desgracia se equivocaba, ya que los dos chavales se habían quedado allí, bebiéndose unas cervezas antes de volver al hotel residencial donde descansaban con sus padres. No hacía mucho día de playa, por lo que no había nadie más.
-Uno, dos… uno…-Ariel siguió andando y al ver la orilla sintió un súbito deseo de echarse al mar y alejarse nadando. Pero ni hablar de eso. Ahora estaba en la tierra. Y sentir sus pies sobre la arena era una de las experiencias más maravillosas que había sentido nunca.
-No sé tío… no creo que fuese una visión-dijo Eric mirando su lata mientras reflexionaba sobre ello. Para él era algo importante, porque no dejaba de pensarlo. Pero le costaba mucho hablarlo con sus colegas, porque le tomaban el pelo y se aburrían enseguida.
-Sería el fantasma de tu abuela, o algo así-dijo Chad aburrido-¿está tan follable como tu madre?
-Vete a la mierda-rió Eric. Su perro, Max, un enorme y juguetón perro pastor inglés, acababa de llegar con la pelotita que el chico le estaba lanzando-¡Ey Max!-rió Eric-¡venga, atrápalo!
El perro se alejó ladrando y correteando animadamente, mientras Eric miraba en su móvil las fotos que tenía con Sharpay. En todas ella sonreía exageradamente y le besaba con su asqueroso pintalabios de fresa. No sabía cómo había acabado con esa tía. Solo sabía que eran la pareja más ideal para todos sus colegas, y que por fin tenía con quien besarse. Sin embargo Sharpay era muy complicada. Le gustaba jugar con él.
En sus sueños Eric veía a aquella figura pelirroja que lo había salvado. La había sentido tan cerca. No sabía lo que era, pero la había sentido. Y desde luego era real.
-No sé Chad… estoy harto-dijo Eric echando la cabeza hacia atrás-todos los veranos aquí… quiero irme a hacer el interraíl.
-Cuando cumplamos los dieciocho años…-dijo él, que había puesto rap a tope en su interfono.
-Ya...-Eric se cruzó de brazos y luego le volvió a lanzar la pelota a Max-pero esa chica…-Chad suspiró, aburrido del tema-es que ella…
En ese momento el chico se calló. Perplejo, se incorporó mirando lo que tenía delante suyo. Parecía una visión. Una visión que lo ponía a cien.
-¿Qué coño…?-Chad se incorporó también con la boca abierta, y se le cayeron al suelo el interfono y la cerveza.
Ariel avanzaba desnuda muy concentrada cerca de la orilla, dando un paso y otro, un paso y otro más. Desnuda y manchada de arena, era toda una impresión verla. Unas curvas perfectas… esos enormes pechos blancos… el pelo rojo encendido, tan llameante, tan atractivo… y su culo, redondo y apetitoso… y su… bueno, Chad mismo lo había dicho…
-Joder…-Eric se dio cuenta de que Chad también se había puesto cachondo. ¿Quién era ella? Sin duda debía de ser la mujer que lo había rescatado. La reconocería en cualquier parte. Joder… vaya mujer… estaba muy buena… Eric quería tomarla en sus brazos en ese mismo momento. Más bien quería tomarla. Allí, en la arena.
-¿La conoces?-le preguntó a Chad en un susurro.
-¿Cómo voy a conocerla?-respondió él también en voz baja-ya me la estaría follando…
-¡GUAU! ¡GUAU, GUAU!-Max los sacó a los tres de su ensimismamiento. Ariel, que concentrada como iba no se había percatado de ninguno de los tres, no tuvo tiempo de esquivar al enorme perro que se tiró encima suyo y comenzó a lamerla.
-¡Ay nnno! ¡Para… espera!-chilló ella, indefensa. Max bajó la lengua hasta la entrepierna de la chica, y empezó a lamerla allí. Ariel notó un asqueroso cosquilleo cuando la lengua del perro se metió por su cavidad-¡Ay!-gimió, retorciéndose-¡Quita! ¡No!
-¡Eh Max!-Eric corrió hacia allí y apartó a su perro de la chica-¡Max, no! ¡Joder!
Ariel lo miró horrorizada, y se encogió en la arena, mientras la vergüenza coloreaba su rostro. Su encuentro no era como el que había imaginado en la caldera de Úrsula. No podía ser… había hecho el ridículo totalmente. Joder, él iba a odiarla.
-Es… ¿estás bien?-preguntó Eric tendiéndola una mano, mientras apartaba a Max a un lado con la pierna. Vaya piernas que tenía. Ariel no podía dejar de mirarlas.
No podía responder. Simplemente las palabras no salían de su boca. Menuda vergüenza. No podía ser verdad… él estaba allí. ¡Estaba con Eric!
-¿Estás muda nena?-preguntó Chad inclinándose a su lado. Ariel olisqueó su aroma a colonia cara, y lo miró con sorpresa. Chad la guiñó un ojo mientras le echaba un vistazo descarado a sus tetas.
-Nno…-Ariel se cubrió como pudo, y haciéndose un ovillo se quedó tendida en la arena.
-Joder Chad, la estás asustando-Eric le dio un golpe a su amigo y lo alejó, inclinándose él para el lado donde tenía la cara la sirena (perdón, la humana)-¿estás bien? Quiero ayudarte…
-¡GUAU!-Max se tiró de nuevo sobre las piernas de Ariel y baboseó su intimidad, pero Eric lo agarró del collar rápidamente y lo alejó de ella.
-¡Déjalo Max! ¡Perro malo! ¡Venga, ve a por la pelota!
-Joder con el perro-dijo Chad que también miraba la vulva de Ariel con la boca seca. Estaban ahí solos en esa playa. Al chico se le estaban ocurriendo muy malas ideas.
Pero Eric le conocía bien.
-Déjalo tío. Ni de coña-le avisó.
-¿Por qué no?-protestó él- ¡Es mejor de lo que podríamos pedir! No me importa compartirla contigo…
-Está asustada, además no tiene sentido-replicó él-ven, ayúdame a levantarla.
Entre los dos tiraron de las axilas de Ariel y la incorporaron. Estar tan cerca de ella los excitaba todavía más. Mientras Chad mantenía los ojos clavados en las tetas de la chica, Eric intentó mirarla a los ojos (unos preciosos ojos azules) y hablarla.
-¿Quién… quién eres…?-preguntó. Ella le miró asustada. No sabía qué decirle. No podía hablar. Le daba demasiada vergüenza.
Eric miró a Chad, sin saber qué hacer.
-¿No tienes ropa?-preguntó el negro, recorriéndola entera con la mirada. Ella negó con la cabeza.
-Nno…
-¿Por qué?-preguntó Eric impaciente. Era ella. Sin duda lo era. Le había salvado la vida. ¿Pero por qué? ¿Y cómo?
-Nno…-Ariel agachó la cabeza sin saber qué decir. Eric la hacía perder toda capacidad de habla. Era tan atractivo, y ella se sentía tan ridícula. Finalmente en chico tomó una decisión.
-Chad, ve al aparcamiento y píllate una toalla. La llevaremos a casa-dijo.
-¿Seguro?-Chad soltó una carcajada-nos van a preguntar muchas cosas cuando aparezcamos con ella.
-Bueno…-Eric miró a Ariel de reojo. Ella se había sentado sobre una roca, y se tapaba como podía, roja de vergüenza. El perro Max volvía a rondarla-ya las iremos respondiendo…
Chad subió a por la toalla, y Eric y Ariel se quedaron solos. Él la miró con seriedad.
-Tú me salvaste-dijo. Ariel ya se lo esperaba, sabía que él había seguido buscándole. Seguía sin saber qué decir, así que se limitó a dar una seca cabezada.
Eric la miró con sorpresa. Entonces se inclinó a su lado, obligándola a mirarle.
-¿Me salvaste? ¡Fuiste tú! Pero… ¿cómo…?
-La puta toalla-Chad le pasó la toalla a Ariel y ella se envolvió rápidamente. No había sentido tanta vergüenza en su vida. Al parecer pertenecer a la raza humana implicaba también un pudor inherente a mostrar el cuerpo.
-Vámonos… te llevaremos a nuestro hotel-dijo Eric-ahí podrás arreglarte.
Ariel asintió. Seguía asustada, pero no podía evitar también una emoción desbordante: ¡iba a ir con Eric! ¡al mundo de los humanos! ¡A tierra firme! ¡De hecho ya estaba en tierra firme!
-Entra…-Eric la metió en la parte trasera de su autovolante, un elegante mini negro, y luego arrancó. A su lado, Chad encendió la radio y puso reggaetón. Ariel nunca había escuchado música humana. No podía dejar de maravillarse con ella, y de mirar por la ventana y observar la carretera, los otros autovolantes que volaban al raso y las palmeras que se perdían en el cielo. Estaban entrando en la ciudad. En Suburbia, el sueño de toda una vida…
El complejo residencial Port Royal era un paraíso hotelero situado en la zona turística de las playas de la zona blanca. Se trataba de un hotel tan grande que podría tener el tamaño de un pueblo, y tan lujoso que algunos de los más ricos se permitían vivir allí durante todo el año. En invierno era tranquilo y apacible, sobre todo ocupado por ancianos y ricas viudas. En verano en cambio se llenaba hasta los topes de familias, y los clientes sobre todo adolescentes montaban un tremendo alboroto. Sin embargo no se permitía el exceso y vandalismo de las fiestas de la zona roja. A partir de las tres de la mañana la fiesta debía terminar, y por supuesto el consumo de drogas estaba terminantemente prohibido. Eso no impedía que de vez en cuando mafias como la que había dirigido Yzma consiguiesen colar más de un alijo.
Los padres de Eric y los de Chad eran muy ricos, de ahí que todos los veranos se marchasen con sus hijos al Port Royal a descansar. Amigos personales además de Weatherby Swann, dueño del hotel, eran gente rica y poderosa. Eric estudiaba en una prestigiosa academia de la zona blanca para ocupar un día el puesto de ellos. Pero como a todos los jóvenes de su edad, lo que ahora el cuerpo más le pedía era un poco de fiesta.
Por eso él y los otros hijos de millonarios que acudían al Port Royal se buscaban playitas ocultas y bosques donde celebrar sus borracheras y pasarlo bien. Eric era el líder natural del grupo. Apuesto, inteligente y carismático, todos querían su aprobación y su atención. Pero lo cierto es que él se la concedía a muy pocos…
Cuando Eric aparcó su autovolante en el parking del hotel y bajó a Ariel, enseguida un empleado se acercó a preguntarle que qué sucedía.
-La hemos encontrado hoy en la playa. No se encuentra bien-explicó Eric cruzado de brazos-voy a llevarla a dentro… pero necesito que nos ayudes… no quiero que la vea así todo el mundo.
-Lo intentaré-dijo el empleado ajustándose sus gruesas gafas-por aquí señorita.
Ariel dio un traspiés, y el empleado la miró con escepticismo.
-Al menos espero que pueda andar…
Los pasillos del hotel eran muy lujosos. Ariel lo miraba todo maravillada. Aquel lugar le recordaba a su palacio de Atlántica, aunque a ella le parecía mucho más fascinante el hotel. Por supuesto, cualquier humano hubiese pensado justo lo contrario.
-Vale, bien… por aquí…-Eric cargaba con el brazo de Ariel ayudándola a caminar, seguido de Chad y Max, y guiado por el empleado del hotel. Finalmente llegaron a una suite que estaba vacía. Eric dejó caer a Ariel en la cama, y ella se hundió en el colchón, fascinada por lo cómodo que le resultaba-¿te gusta, eh? Jaja…
-Supongo que sus padres correrán con los gatos…-dijo el empleado. Eric lo miró arqueando la ceja.
-Ha sufrido un accidente. Creo que el hotel tiene la obligación de ayudarla-defendió.
-Si ayudásemos a todos los vagabundos que se presentan aquí en pelotas, no tendríamos ni un mickey-replicó el empleado, impasible-así que por favor, háblelo con sus padres. Si ellos no están dispuestos a pagar la residencia de esta chica, tendré que llamar a la policía para que se la lleven de inmediato.
Dicho esto salió de allí. Chad le hizo un corte de manga por la espalda mientras Eric negaba con la cabeza.
-Bueno, si se la llevan los pitufos podrán ayudarla-dijo Chad-quiero decir, que le tomarán las huellas dactilares y la podrán llevar a su casa…
-Y si… ¿no tiene casa?-dijo Eric mirando a su amigo muy serio. Chad echó la cabeza hacia atrás.
-Sé lo que piensas Eric, pero no es así…
-No puede ser una coincidencia tío. La chica que me salvó… es ella… ahora ha aparecido… ¿no lo ves?
-Tío…-Chad volvía a clavar su mirada en Ariel, que ocupada en observar las cosas de la habitación, no se había dado cuenta de que se le había caído la toalla, y volvía a estar desnuda. Al inclinarse, puso el culo en pompa. Una curva perfecta y deliciosa. Los dos chicos la miraron cargados de lujuria. Si cerraban la puerta ahora, nadie oiría los gemidos.
-Oye esto… ¿cómo te llamas?-preguntó Eric. Al oírle, Ariel dio un respingo y se dio cuenta de que estaba desnuda. Corrió presurosa a taparse de nuevo, y se quedó sentada en la cama.
-Yo creo que es muda-dijo Chad.
-Que va, si ha hablado-recordó Eric-yo soy Eric… este pesado es Chad…-la tendió una cálida mano. Ariel vaciló unos segundos antes de estrechársela. Le estaba tocando. Santo océano…
-¿Y tú… cómo te llamas?
-A… Ariel…
-¿Ariel?-repitió Chad sorprendido. Era la primera vez que escuchaba ese nombre. Pero en Suburbia hay de todo.
-De acuerdo… Ariel-dijo Eric tomando la mano de la chica con las dos suyas, más grandes y morenas-solo queremos ayudarte….
-Gra… gracias-dijo ella agachando la mirada. Eric la sonrió, encantado. Su inocencia le gustaba.
-¿Y… de dónde eres…?-empezó a preguntar, cuando su interfono empezó a sonarle con una canción de su grupo preferido. Lo cogió al instante-¿mamá?
-Eric… ¿podemos hablar?-resonó la voz de su madre desde el otro lado de la línea.
-Claro…
A Eric le costó mucho convencer a sus padres para que aceptasen pagar la suite para la chica, pero teniendo en cuenta las excelentes notas del chico y que les sobraba el dinero, no era tan fácil que se negaran. Eric consiguió convencerlos al hacer correr la voz de que Ariel estaba en el hotel y sus padres la habían acogido. Al felicitarlos todo el mundo por su generosidad, ellos no tuvieron más remedio que aceptar tener a la chica, al menos durante unos días más. Encantado, Eric fue a reunirse con ella a su estancia del hotel.
-Te dejan quedarte-anunció muy satisfecho.
-¿Sí? ¡Muchas gracias!-exclamó Ariel emocionada. Ya se había puesto una bata que había encontrado en el cuarto, y se miraba el pelo en el espejo. No estaba acostumbrada a tenerlo seco. Miró a Eric con los ojos brillantes. Él la sonrió-¡gracias!
-No hay de qué… pero tienes que decirme una cosa…-dijo apoyándose a un lado de la pared. Ariel esperó, paciente-¿quién eres? ¿por qué me salvaste?
-Yo… yo… bueno…-Ariel agachó la cabeza, avergonzada. No sabía qué decir, ni cómo explicarlo. "Soy una sirena. He renunciado a mi familia y mi hogar, a mi raza, por venir aquí, contigo". No, no sonaba bien. Y era innecesario-vivo cerca de aquí pero… he perdido a mi padre… no voy a volver a verle…
-Vaya…-Eric la miró impresionado-entonces esa noche… ¿tú me viste caer al mar?
-Nadé y te rescaté….-mintió Ariel-luego te dejé en la playa porque… porque no sabía qué hacer y… ya venían tus amigos…
-Pero me cantaste… recuerdo tu voz en mi oído-dijo Eric-me cantaste…
-No lo sé… no me acuerdo…
Eric se había ido acercando a ella, y Ariel, nerviosa, retrocedió poco a poco. En su recién estrenada vagina estaba notando cosas muy extrañas y placenteras, que no sabía explicar.
-Te debo la vida, Ariel-dijo el chico con una gran sonrisa. Ella negó.
-No digas eso…
-Pero es verdad-dijo Eric, y estirando una mano la acarició la mejilla-no sé si podré… agradecértelo… adecuadamente…
Ariel tragó saliva. Santo océano, no podía respirar. Estaba sintiendo más calor que nunca en su vida. Eric estaba muy cerca, y moviendo las manos Ariel notó como las acercaba hasta sus tetas y empezaba a abrirle la bata…
-Señorito Eric-dijo otro mayordomo asomándose al cuarto-sus padres lo esperan en recepción. Y a la chica también.
-Muy bien-dijo Eric, apartando las manos de Ariel, con fastidio-pues vamos…
Los padres de Eric se mostraron escépticos con la muchacha en un principio. Sin embargo Eric les dijo que había perdido a sus padres en un naufragio (era más o menos lo que él creía que había pasado) y que necesitaba un tiempo para acostumbrarse. Su madre se dio cuenta enseguida de que Ariel le gustaba al chico, y a su padre le daba todo igual bastante, así que lo dejaron correr y aceptaron pagarle el mes entero.
-Pero tienes que arreglarte Ariel-dijo la madre de Eric, una mujer exageradamente elegante y cuidada-te llevaremos al balneario.
En el balneario a Ariel le dieron un cómodo masaje que la hizo sentirse como nueva. Su cuerpo humano tenía mucho más tacto que el sireno, y más puntos de nervios que la hacían sentir placer cuando se tocaban. La masajista la dejó como nueva, y luego la acompañó a una pequeña piscina de aguas color turquesa, tallada en una roca subterránea.
-Puedes estar aquí todo el tiempo que quieras-le dijo la masajista-así que disfrútalo…
Ariel no tenía muchas ganas de volver al agua, pero no tuvo más remedio que aceptar. La masajista la dejó allí a solas, y ella se zambulló. Cuando de repente, notó algo por sorpresa: su piel se notaba escamosa de nuevo, y sus piernas… bueno, ya no estaban. De nuevo, asomaba por su cintura la cola de una sirena.
-¡Oh no!-Ariel se retorció en el agua, asustada, sin saber qué hacer. ¿Se habría pasado el poder del hechizo? ¡Úrsula había dicho que era permanente! Horrorizada chapoteó intentando pensar algo. Tras un rato allí (escondiéndose cada vez que pasaba una masajista), se le ocurrió algo: y entonces haciendo un esfuerzo salió de la piscina y se tumbó en el suelo, esperando a que el cuerpo se la secara. Efectivamente, al hacerlo notó como poco a poco su cola se iba separando hasta formar dos piernas, y el resto de su cuerpo volvía a ser el de antes.
Ariel boqueó varias veces respirando de nuevo por la nariz, y tambaleando se incorporó alejándose asustada del agua. Ya sabía lo que anulaba el conjuro. Y lo que, de ahora en adelante, debía evitar.
-Oh… jajajajaja-rió la pelirroja, aliviada. Luego dio un salto rebosante de energía, y comenzó a bailar (lo mejor que supo hacerlo).
-¿Qué te pasa?-le preguntó una vieja gordinflona, que pasaba por allí para ir a uno de los masajes.
-Dicen que es súper guapa…-comentaba una de las chicas, dando un trago de su refresco-y que tiene unas tetas enormes.
-No lo creo-respondió Sharpay con indiferencia.
-Ey, Sharps, es pelirroja-dijo el hermano de la rubia, Ryan-¿no sería genial ser pelirrojoss? Brutal.
-Seguro que es un tinte malo. Yo lo que me pregunto es si va a venir algún día-comentó Sharpay de mal humor.
-Mira, ¡ahí está!-señaló Ryan.
La mayoría de adolescentes se volvieron sorprendidos. Muchos de los chicos se levantaron al verla entrar, fascinados. Ariel llevaba el pelo suelto, que le caía por los hombros en cascada, y un bonito y sencillo vestido azul celeste que resaltaba sus ojos.
-Ooooooh…-las amigas de Sharpay no pudieron evitar corear en voz baja, y ella las miró enfadada.
-Joder…-Chad, el mejor amigo de Eric, no le quitaba los ojos de encima a las tetas de la chica. Podía imaginarlas perfectamente bajo aquel vestidito tan apretado. Eric también podía. Los dos chicos no podían dejar de pensar en ella desde que la habían conocido el día anterior.
-Eeeeeeem… os presento a Ariel-dijo Eric mirando a sus amigos. Estaban en una terraza interior del hotel, muy bonita, con unas frondosas parras colgando y árboles frutales que los cobijaban. Por supuesto Chad había puesto su rap a tope y habían traído bebidas y comida basura, lo cuál estropeaba un poco el lugar.
Todos se habían quedado embelesados mirando a la chica. Hasta Jim, que no formaba parte del recuerdo, lo hacía. La Ariel del pasado levantó un poco la cabeza y sonrió con timidez. Había demasiadas personas mirándola. Las chicas la hacían sentirse muy avergonzada…. Y los chicos todavía más. Estaba rodeada de humanos. Cuánto tiempo lo había deseado. No tenían ni idea…
-¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas? ¿Te has perdido?-enseguida un corro de curiosos rodeaban a la chica y le ofrecían amistosas sonrisas y un cálido recibimiento.
-Ven, tomemos algo-le ofreció Eric a la pelirroja, llevándosela a parte. Ariel le siguió, sonriendo a todos los chicos y chicas que acaban de acercársele.
-¿Eric?-Sharpay se acercó en ese momento, y Ariel torció un poco el gesto. Ella debía de ser…
-Sharpay…-Eric iba a decir algo más pero su novia se le echó al cuello y le plantó un apasionado beso en los labios. Ariel y Chad, que estaban a un lado, miraron cada uno a un lado, incómodos. Sharpay se restregó en los labios de Eric un buen rato hasta que él la apartó finalmente-Sharpay… está es Ariel.
-Ya, ya lo has dicho-dijo Sharpay mirando a Ariel de reojo con desdén-¿cómo te va? Oye Eric, quiero que vengas conmigo…
Siguió hablándole insistiéndole en que la acompañara, y Ariel decidió apartarse. Ya sospechaba que Eric tenía novia, él lo había insinuado un par de veces. Pero siendo así, no quería verlo. No podía soportar verlo.
-Hay un palco súper bonito que da al mar-le explicaba Sharpay a Eric distraídamente. Luego bajó la voz en un tono todavía más dulce-quiero que me beses allí…
-Mmmmmn…-Eric no la prestaba mucha atención. Cuando vio que Ariel se estaba alejando tomó las manos de su novia y la miró, aunque Sharpay notó que en realidad no la estaba mirando-tengo que ir a vigilarla… luego vengo ¿vale?
-Pero…
-Es que no se encuentra bien-insistió Eric, y sin dar ninguna explicación más se marchó. Sharpay se quedó mirándole pasmada. Nunca le había hecho algo así. Se sentía fatal. Y se estaba enfadando mucho. Fue a sentarse con su hermano, que estaba cotilleando con sus amigas una revista de moda.
-Mira este crop top Sharps. Me está diciendo "pruébame"-dijo Ryan señalando con su mano cargada de anillos la página 8 de la revista-tenemos que decirle a papá que lo ponga en los escaparates…
Sharpay se echó hacia atrás su lacio cabello rubio y se miró en su pequeño espejito mientras se echaba vaselina en los labios. Su hermano y sus amigas notaron que algo no iba bien.
-¿Se ha ido con ella?-preguntó indiscretamente una de las chicas.
-¡Claro que no!-la reprendió Ryan poniendo los brazos en jarras-tranquila Sharps… solo la está enseñando el sitio.
-Ya… pues a mí me parece que es él quien quiere que ella le enseñe algo-musitó Sharpay cruzando una pierna disgustada. Eric siempre hacía lo mismo. En cuanto pasaban un par de piernas mejores que las de ella, se iba detrás. Estaba harta. Pero esa vez además… esa vez parecía distinto. La forma que tenía de mirarla. El modo en el que…
-Tranquila Sharps… la chica no es que sea lo mejor. Tiene buen cuerpo, pero de cara es feucha. Además creo que está operada-dijo Ryan restándole importancia. El mellizo de Sharpay era quien mejor la conocía, y sabía bien que estaba enfadada-no te preocupes.
-No me preocupo-dijo Sharpay cerrando el espejito y forzando una sonrisa-yo nunca me preocupo. ¡Vamos a bailar!
Acercándose al interfono de Chad cambió la música de rap a reggaetón y comenzó a bailar animadamente con sus amigas y Ryan, a los que les encantaba el perreo. Todos los demás adolescentes que estaban allí cenando se les unieron y en seguida la fiesta se había animado. Chad no quería bailar, pero acabó pegado a una chica mulata que contoneaba las caderas muy cerca de su entrepierna, poniéndole cachondo. Sin embargo cuando se dio cuenta de que Ryan le miraba se mosqueó y se marchó sin decir nada.
-¿Sabes bailar?-le preguntó Eric a Ariel, que estaba comiéndose un bol de doritos fascinada por su sabor.
-Emmm… no, no… no sé…-reconoció ella avergonzada.
-Venga ya-Eric apartó el cuerpo y la limpió un poco de miga de los labios con su dedo índice, haciéndola sonrojarse aún más-seguro que sabes…
-De verdad… que no.
Eric sonrió y miró al suelo. Ariel le imitó. El chico llevaba unos mocasines muy elegantes, de color negro. A ella la habían conseguido unas sandalias blancas por las que asomaban sus deditos. Que raros eran, los dedos de los pies.
-¿Te enseño?-preguntó Eric levantando la mirada. Ariel tragó saliva.
-¿Q…qué?
-Te enseño a bailar. Yo tampoco sé muy bien… así que podemos aprender el uno del otro-dijo. Ariel no sabía que decir, y cuando Eric la tomó de la mano se puso tan roja que no podía ni respirar. Jim no entendía estas reacciones. No entendía porque ella actuaba así con él. "Porque le gusta… porque le ama….".
Eric comenzó a mover las caderas, y moviendo las manos de Ariel la acercó hacia él. Sabía moverse, no había duda. Ariel estaba muy nerviosa. Le costaba andar. Bailando se iba a caer en cualquier momento, y él la dejaría. Iba a pensar que era tonta.
-Tranquila. Tú solo escucha…-Eric alzó una mano y se movió al ritmo de la canción, en la que un hombre con voz muy grave decía algo así como que quería una cosita dura. Habían encendido las luces del jardín, y ahora Ariel veía al chico con reflejos azules y rosados. Mirarle era impresionante. Era como… un dios. Eric era tan guapo que casi hasta hacía daño. Lo quería. Quería besarlo, como había hecho Sharpay. Lo que Ariel no sabía es que él pensaba lo mismo.
Mientras la música sonaba Ariel y Eric siguieron bailando, y ella le siguió lo mejor que supo. "Es como debajo del agua"-pensó Ariel. Esta música humana le sonaba mucho mejor que la que había debajo del mar. Y bailar allí, con él… quería que durase para siempre. No se quería alejar…
Sharpay vio a Eric bailando con Ariel, y sin decir nada más se marchó. Ryan que ya se estaba motivando como solo él sabía se dio cuenta de que su hermana se iba, y al ver el motivo se fue también detrás de ella, preocupado.
-No pares-susurró Eric y se acercó aún más a Ariel. Ella podía oler perfectamente el masculino aroma del chico, que la penetraba por los orificios nasales y la embriagaba. El calor de Eric se estaba pegando en su cuerpo. Ariel cerró los ojos por un momento y dio las gracias. De no ser por Úrsula, no tendría nada de aquello. No podía creerlo, pero la verdad era que en su vida se había sentido tan feliz.
Bailar no la resultó tan difícil. Y cuando se soltó, la gente empezó a mirarla, porque lo hacía muy bien. Cada vez más los demás se fijaban en ella, pero Ariel consiguió ignorarles y siguió bailando con Eric, que fascinado era incapaz de alejar sus ojos de ella. Siguieron así durante horas, Ariel no sabía que los pies humanos pudiesen doler tanto y a la vez no se pudiesen detener, hasta que un miembro del personal del hotel los ordenó callarse y acostarse porque ya se pasaban de la hora.
-Vamos a ir a la playa…-le dijo Eric a Ariel-a lo mejor nos damos un baño nocturno ¿te apuntas?
Ariel abrió mucho los ojos, con una súbita preocupación rondándole la cabeza. ¿Agua? No, era mejor mantenerse alejada de ella. Miró a Eric. Él la sonreía, tan irresistible como siempre. Quería ir con él. Estaba cansada, quería irse a la cama… pero no lo hizo. Dando una cabezada le indicó al chico que le seguía, y satisfecho él subió a cambiarse. Mientras se ponía ropa cómoda en su habitación Eric rebuscó en sus cajones. Debajo de los calzoncillos había escondido una caja de condones que se había comprado esa misma semana. Quería probarlo, quería saber que se sentía. No era justo que Chad sí lo supiera y él no. No iba a quedarse atrás en eso. Y si Sharpay no quería, estaba claro que Ariel sí. Joder, la pelirroja era tan guapa… era una chica maravillosa.
Eric bajó con una sudadera gris puesta y un bañador amarillo con palmeras verdes estampadas. Ariel no se había cambiado, así que los acompañó con el vestidito, pero pronto empezó a notar frío, y Eric terminó por pasarle su sudadera. Al notar la ropa de él puesta encima, la chica se revolvió encandilada.
En la playa el alcohol empezó a rodar. Chad volvía a estar allí y se había encendido un porro que se fumaba tranquilamente en lo alto de una roca. Una chica subió a su lado al poco rato, y comenzaron a besarse y toquetearse hasta que los que estaban cerca tuvieron que alejarse, incómodos, porque estaban seguros de que irían a más. Eric por su parte se metió en la orilla y miró el horizonte, donde la luna se reflejaba en el mar.
-Aquí me salvaste la vida…-comentó. Ariel no tocaba el agua, temerosa de que su cola volviese a aparecer.
-Y tú me encontraste…-recordó ella. Eric asintió.
-Creo… que este puede ser un buen verano-dijo acercándose a ella. Los ojos de Eric eran de un color azul grisáceo, Ariel había visto muy pocos así. Él la tomó de las manos y las acercó hasta posar los dedos de la chica en sus labios, y empezar lentamente a besarlos uno a uno. Ariel deslizó lentamente la mano por la mandíbula de Eric notando la sombra de su barba y luego la pasó por la nuez de su cuello hasta sus pectorales. Eric la tomó de nuevo por la muñeca y permitió que ella introdujese su mano dentro de su camiseta, hasta tocarle el vello del pecho, y rozar sus pezones. Ariel cerró los ojos extasiada. Era tal y como lo imaginaba. No podía resistirlo. Desprendía tanto calor, era tan fuerte… necesitaba algo más que tocarlo. Necesitaba besarlo, saborearlo…
-Ahora me toca a mí-indicó Eric, y poco a poco se fue acercando a Ariel despegando los labios, mientras sus manos se metían por debajo de la sudadera, buscando las enormes tetas de la chica. Jim no sabía si quería seguir viéndolo. Por un lado lo odiaba, pero por otro sentía curiosidad.
No tuvo que esperar mucho más tiempo, porque en ese momento les interrumpió la persona menos esperada, o en este caso la criatura: Scuttle se acercó volando y se posó en una roca cerca de ellos, parloteando sin parar.
-¡Hombre Ariel, hola! ¡Hola que no la del mar, jajajaja! ¡Chica, te veo bien, vaya fiesta ¿eh?!
Ariel miró a Scuttle horrorizada, y después a Eric. Pero él no parecía sorprendido. Miraba a la gaviota con calma, y Ariel supo que él no entendía ni una palabra de lo que estaba diciendo.
-La gaviota habla en el idioma del mar, que tú tampoco entenderías normalmente-aclaró Úrsula a Jim-pero como esto es mi recuerdo, pues sí lo entiendes ¿entiendes?
-"Entiendo…"-pensó Jim, sin poder apartar los ojos de la escena.
-Es esa gaviota loca… es muy graciosa-dijo Eric. Luego se acercó a su mochila y tomando un pedazo de pan se lo tiró al pájaro, que dando un bote lo cogió y empezó a mordisquearlo-¿será macho o hembra?
-¡Eso no se pregunta!-exclamó Scuttle ofendido-¡Obviamente que soy un macho! ¿No se ve en mis plumas?
-Esto…-Ariel no podía seguir con aquello si Scuttle estaba allí. Eric miraba a la gaviota divertido. Para él solo graznaba histérica.
-Ariel, te noto diferente… espera un momento… ¡No! ¿Es un peinado nuevo? ¿Has estado utilizando el cachivache? ¡Jajajajaja! ¡Lo sabía, lo sabía! ¡Te lo dije!-dijo Scuttle y voló cerca de ella mirándola el pelo desde todos los ángulos.
-Scuttle…-masculló Ariel incómoda. Eric la miraba perplejo, sin saber que hacer.
-Quédate quieta Ariel, yo la espantaré-avisó Eric cogiendo una piedra.
-¡No, no!-exclamó Ariel preocupada. Scuttle soltó un graznido.
-Anda, si también te has puesto un vestidito. No te queda nada mal-observó la gaviota curiosa-¿sabes para que sirven los vestidos? Los humanos los usan para que cuando se sienten cansados…
-Vete, por favor-le dijo Ariel a Scuttle. La gaviota la miró con sorpresa.
-¿Qué?
-Por favor, vete-insistió Ariel. Miró a Eric, nerviosa. No podía ponerse a hablar con la gaviota y explicarle nada. ¿Por qué tenía que estropearlo justo en el mejor momento? Scuttle era idiota, no sabía por qué se había acercado a él en primer momento-vete, vete…
-Eeeeeh vale preciosa, lo que tú digas-dijo Scuttle mirándola extrañado-ya nos veremos… yo estoy en mi nido, ya sabes…
-Vete…
Scuttle asintió, dolido, y luego se alejó volando torpemente. Eric le vio alejarse y se volvió a Ariel, sonriendo.
-Parece que te ha entendido-dijo. Ariel asintió, nerviosa. "Demasiado bien"-pensó. Pero ahora no había tiempo para eso.
-Eric…-dijo Ariel sin poder ocultar su desesperación. Quería que él la besara otra vez. Quería sentir su gusto. Y quería volver a tocarlo…
-Ariel…-Eric se acercó a ella y la guiñó un ojo, provocativo, haciendo que la chica se derritiera. Pero pensándolo, el chico supo que ese no era el sitio, ni el momento. Había demasiada gente, y le molestaba que pudieran verlo. Además en la playa sería muy incómodo, y si quería hacerlo bien seguro que acaba haciendo el ridículo. "Tendrá que ser en el hotel…"-pensó el chico. Pero hoy sería imposible. Ella quería, estaba claro. Era la típica chica que estaba "asustada" por la perspectiva. Pero quería, después de todo…
-Vamos a tomar algo-dijo Eric con calma y se alejó un poco señalándola las botellas de alcohol que habían colocado en una toalla. Ariel, perpleja, le siguió sin decir nada, aunque estaba muy disgustada. Quería volver a esa intimidad, y que él se metiese otra vez sus dedos en la boca.
No fue así sin embargo, y lo que quedaba de noche Eric bebió y se emborrachó hasta vomitar con Chad y el resto de sus colegas. Cantaron canciones muy groseras y se fumaron algo más que tabaco. Ariel quiso probarlo, pero al final no lo hizo. Cuando todo el mundo empezó a volver al hotel Eric iba abrazado a sus amigos y ni se dio cuenta de dónde estaba ella. Ariel regresó al lado de unas chicas bastante desvergonzadas que le ofrecieron tabaco (no le gustó) y estuvieron riéndose de ella y gritando también porque iban bastante borrachas.
En el hotel Eric se metió en su habitación, atolondrado. Tiró la caja de condones en la cama y se quitó la ropa, quedándose solo en calzoncillos.
-Eric, ya has vuelto-dijo Ryan entrando en el cuarto. Al ver al chico en calzoncillos, Ryan se puso rojo como un tomate. Él podía ser el novio de su hermana, pero no por nada era el tío más bueno de todos los que veraneaban en Port Royal, y a fin de cuentas Ryan no era de piedra-bueno, mejor vuelvo en otro momento.
-Sí, mejor-dijo Eric quitándose también los calzoncillos, y luego le dio con la puerta en las narices. Se metió en la cama disfrutando del tacto suave de las sábanas con su piel desnuda, y luego se quedó dormido enseguida. En su cabeza estaba la pelirroja, que lo llamaba, y le suplicaba. Semi inconsciente Eric se llevó la mano al pene, excitado… ella… tenían que volver a estar a solas…
-¿Tú qué problema tienes?-en el pasillo, Chad se acababa de encontrar con Ryan. El negro llevaba un chupetón en el cuello, y parecía totalmente ido.
-No tengo ningún problema-dijo Ryan con gesto de asco, y quiso irse. Sin embargo Chad le agarró y lo empujó con violencia contra la pared-¿qué haces?-saltó Ryan indignado. Pero no tenía casi fuerzas, mientras que a Chad le sobraban. Agarrándolo de las muñecas el negro se acercó y le besó en los labios, lujurioso. Ryan en un primer momento se resistió pero luego se dejó llevar, disfrutando del beso. Estuvieron así un rato hasta que Chad rozó su miembro por debajo del pantalón con el de Ryan. El pálido rubito dejó escapar un gemido de excitación, y entonces Chad se separó de él. Parecía estar librando una lucha interna. Miró a Ryan, y el desprecio volvió a aparecer en su rostro.
-Maricón-le dijo, y se alejó.
-¿Qué?-Ryan negó con la cabeza, indignado. ¡Pero si era él quién…! Maldita sea. Chad era un cobarde. Eso es lo que era…
En cuanto a Ariel se tumbó en su cama sin poder evitar pensar en Eric. Seguía tan excitada. No podía creer lo que él había hecho. La controlaba de una forma. La trataba como si fuese algo suyo, como si fuese una insignificante cosita a la que él estuviera prestando atención… y eso le gustaba mucho. Que Eric la dominase la volvía loca. Más, por favor… más…
Ariel notó sus manos cerca de su entrepierna mientras se metía en la cama. Era tan gustoso. Cerró los ojos y se acurrucó. Dormir en una cama humana era maravilloso. Se sentía mucho más cálida y confortable. Parecía una nube. Había tantas cosas que había hecho ese día. Y su casa, sus hermanas, su padre y su vida anterior… ni siquiera pasaron por su cabeza, ni una sola vez.
Ojalá no tuviese que volver a verlos nunca. A ninguno de ellos.
Ariel sin embargo sí volvió a verlos, no a sus hermanas ni a su padre, pero sí a dos de los elementos más importantes en su vida anterior: dos días después de la fiesta nocturna y la playa, cuando volvía a su habitación después de ir a una comida con la familia de Eric, se encontró a Sebastián en la repisa de su ventana. Dio tal respingo que estuvo a punto de caerse.
-¿De verdá? ¿Eto era lo que quería? Lo tenía todo en el palasio… no sé por qué… no sé por qué…-susurró Sebastián.
-¿Qué haces aquí?-Ariel se recuperó del susto enseguida, y lo miró muy enfadada. ¿Cómo se atrevía? ¿Qué buscaba él de ella?
-Arie…-Sebastián se volvió hacia ella, preocupado-po favó, vuelve conmigo…
-¡No!-gritó Ariel. Preocupada porque alguien pudiese oírla cerró la puerta de su cuarto y se volvió a encarar de nuevo con el cangrejo-¡No, cállate! ¡Vete de aquí ahora mismo!
-¿De verdá me ha olvidado tan rápido? Mijita eso no pue ser así… creo que tiene un compromiso conmigo-dijo Sebastián severamente.
-Claro que no…
-Te he cubieto la epaldas mucha veses Arie… creo que por lo meno me mereco una explicación-insistió Sebastián enfadado. Ariel negó con la cabeza.
-No te mereces… no tengo por qué explicarte nada… vuelve al mar, aquí estás en peligro… vuelve a casa-de repente una idea preocupante apareció en la mente de la chica, alertándola-¿cómo me has encontrado?
Eso era lo más importante, en primer lugar.
-Scuttle me dijo donde etaba. Llevo días bucándote. El reino entero te etá bucando-dijo Sebastián. Ariel se quedó pálida.
-¿Q…qué?
-¡¿Pero qué eperaba?!-saltó Sebastián furioso. Ariel retrocedió. El cangrejo era minúsculo comparado con ella, pero aún así a Ariel la seguía imponiendo muchísimo. Más que porque fuese amenazante como su padre, porque era una persona que casi nunca se enfadaba. Y cuando lo hacía, la preocupaba-¡Ere la hija del rey Arie! ¡¿Sabe lo preocupado que etá tu padre?! ¿Sabe tú el digusto que le etá dando?
-¿Ariel?-de la bañera de la habitación acababa de asomarse Flounders. Ariel dio un gritó de sorpresa, y luego se quedó paralizada. Flounders sonrió emocionado al verla, pero luego la sonrisa se fue difuminando poco a poco. Ella no le había dicho nada de lo que iba a hacer. Y se había marchado sin ni siquiera despedirse de su mejor amigo, con el objetivo de no volver. Flounders estaba muy, muy dolido con ella. Pero aún así había ido en su busca. Porque por encima de eso estaba preocupado.
-¿Qué hacéis aquí?-preguntó Ariel asustada-¿quién más lo sabe?
-Solo nosotro, al meno por ahora-dijo Sebastián. Ariel negó, llevándose las manos a la cabeza.
-Ariel…-Flounders la miró preocupado. Ella no le hizo caso.
-Iros de aquí… iros ahora-pidió, nerviosa.
-No me cuente con eso-dijo Sebastián-Arie por favó, entra en razón ¡recuerda "Bajo el mar"!
Ariel iba a gritar pero se contuvo. En realidad, quería verles. A ambos los quería. Especialmente a Flounders. Quería volver a estar con su amigo ¡había tantas cosas que quería contarle! Ahora se sentía fatal…
-Flounders…-Ariel se acercó a la bañera e introdujo las manos en el agua. Rozando las escamas del pez reconoció su tacto tan querido, y cerró los ojos, sonriendo. Sí qué había cosas qué echaba de menos.
-Me lo podrías haber dicho por lo menos-murmuró Flounders-pensé que esa bruja te había hecho daño…
-Hisiste un trato con Úrsula-susurró Sebastián, consternado. Ya lo sospechaba, claro. Ahora lo sabía seguro-Arie… delfines… tenemo que hablá con tu padre ahora mimo…
-¡No!-Ariel se volvió hacia Sebastián enfadada-¡No, no lo hagas! ¡Déjame en paz!-le espetó. Sebastián la miró, dolido-¡soy feliz aquí! ¡Tengo todo lo que quería! ¡Por favor, entendedlo, no quiero volver! Lo siento mucho Flounders… pero no quiero volver…
-No pasa nada… siempre quisiste esto… y yo que lo consiguieras…-la recordó él, aunque Ariel veía en sus ojos su alma destrozada-pero… estoy preocupado Ariel… Úrsula…
-¡Ella quiere algo, eso claro está!-insistió Sebastián enfadado-¡Arie, ¿de verdá crees que te entregaría pierna sin querer nada a cambio?! ¡E una trampa!
-No ¡No lo es! ¡Ya te lo dije! ¡No sabes nada! ¡No tienes ni idea de nada…!-exclamó Ariel fuera de sí. Sebastián negó con la cabeza.
-No, no lo sabe… Arie, te fuite hase tre días, y hase tre día que la guerra ha comensado. ¡Atlántica vuelve a está en guerra!-exclamó Sebastián alzando mucho sus pinzas. Ariel se quedó petrificada. Llevaban años bajo amenaza de guerra de nuevo. La última guerra la había terminado su madre, Anthea, consiguiendo una paz en el reino como pocas se habían conocido. Y ahora otra vez… Ariel ya había estudiado las guerras atlantes… no eran muy bonitas.
-¿Cómo… que guerra?-preguntó ella con un hilo de voz. Sebastián la miró con amargura.
-Nunca etuviste allí, ¿no es cieto? En Atlántica. No etaba allí ni cuando vivía… llevamo año temiendo eto…
-No te entiendo…
-¡E Úrsula, Arie!-exclamó él, estallando súbitamente-¡Ella e quien ha organizado la guerra! ¡Lleva año preparándolo, con su hermana, Morgana, que e mala también y ambas quieren destruir nuetro reino! ¡Y a ti!
-No…
-¡Y ahora tú ha hecho un trato con ella! ¡Y ahora etá en peligro Arie! ¡Corre un serio peligro!-Sebastián terminó su ataque de nervios jadeante. La miró, expectante. Si tan solo pudiera hacérselo entender.
-Todo esto… es para que vuelva…-susurró Ariel.
-Es verdad Ariel. Todo es cierto-intervino Flounders en un susurro-por favor… ven con nosotros…
Ariel no supo por qué, pero las lágrimas asomaron a sus ojos. Mirándose externamente, la Ariel del presente sí sabía por qué había llorado. Más que por el miedo a lo que le estaban diciendo o la posibilidad de que Úrsula la hubiese engañado, lloraba porque se había emocionado. Flounders y Sebastián habían viajado hasta tierra firme para ayudarla, poniendo en riesgo sus vidas. La querían… al menos un poco…
-No puedo volver…-sollozó Ariel-no quiero… Sebastián… soy más feliz que en toda mi vida… nunca pensé… que se pudiera ser tan feliz… no quiero volver… por favor, no quiero…
El ceño fruncido de Sebastián se había quebrado un poco al oír aquello. La sirenita lo estaba conmoviendo…
-Por favor…-dijo Ariel en un hilo de voz-no quiero…
-Pero Arie… tu familia…-dijo Sebastián-tu padre…
-No… no quiero volver a verlo-Ariel intentó dejar de llorar, pero hablar de Tritón solo consiguió que lo hiciera todavía más-no quiero verlo… por favor, Sebastián… me da igual lo que me pase… no quiero volver…
Sebastián iba a decir algo más, cuando la puerta sonó. Ariel se giró de golpe, asustada.
-¿Ariel? Soy yo… ¿puedo…?
-Eric…-susurró ella.
-¿Eric?-repitió Flounders, alucinado.
-¡Escóndete!-le pidió Ariel. Su amigo la obedeció al instante, zambulléndose en la bañera.
-¡Arie, eto va en serio! ¡No puede…!-empezó Sebastián, pero ella lo cogió y lo metió en su mesilla de noche sin contemplaciones-¡Jovensita!
-¡Estate callado, por favor!-pidió Ariel nerviosa-¡Por favor Sebastián, no digas nada!
-Etá bieeeen…-Sebastián puso los ojos en blanco mientras Ariel cerraba el cajón e iba hacia la puerta.
-Hola…-dijo cuándo la abrió y se encontró a Eric apoyado en ella, con una pícara sonrisa. El chico la guiñó un ojo, y ella sintió que se moría.
-Voy a ir al pueblo… pensaba que podrías acompañarme… así te puedo enseñar…-dijo él. Le había prometido a la pelirroja que la enseñaría a conducir su mini. Ariel abrió y cerró varias veces la boca, emocionada.
-Me encanta cuando haces eso-dijo Eric, y pasó dentro. La actitud pasiva y tímida de Ariel hacía que el chico pudiese despacharse a gusto y hacer lo que quisiera. A Jim le pareció un poco grosero como Eric entraba en el cuarto de la chica y se acomodaba en su cama, pero luego, pensándolo, se dio cuenta de que él había sido mucho peor.
-Yo… sí, sí quiero ir-dijo Ariel. Desde la mesilla de noche se escuchó un murmullo de contrariedad. Eric levantó la cabeza extrañado al escucharlo, pero luego pensó que debía de habérselo imaginado.
-Puedo llevarte a conducir-dijo acercándose a Ariel. Luego bajó el tono, y su voz sonó más grave-y conducirte…
-¿Qué haces?-rió Ariel. En los últimos días Eric jugueteaba cada vez más con ella, la tocaba en partes sensibles y la hacía bromas, pero cuando estaban cerca de llegar al momento, nunca pasaba. Ariel empezaba a impacientarse más y más… quería que llegase… quería su beso… y su cuerpo… lo quería todo…
-¿Qué quieres que haga?-preguntó Eric, y cogiéndola en brazos junto su cabeza a la suya. "Bésame-pensó Ariel, impaciente-bésame, vamos…". Ella no podía hacerlo. No estaba dispuesta. Tenía que ser él.
-¿Qué es eso?-Eric acababa de ver algo brillando en la bañera de Ariel. Al acercarse, descubrió a Flounders, que le miró horrorizado. ¡El humano iba a comérselo, seguro! ¡Era su fin!
-Ariel…-quería que esas fueran sus últimas palabras.
-¡Qué bonito! ¿De dónde ha salido?-Eric acarició el lomo de Flounders y luego pasó sus dedos por sus aletas. El pez tembló levemente y no pudo evitar reír cuando Eric le hizo cosquillas en las branquias.
-Lo… lo he encontrado en la playa… en la piscina-mintió Ariel-es… muy bonito…
-Sí que lo es…-reconoció Eric-debe de venir de los arrecifes… es un pez tropical. Por aquí no hay ¿sabes? Solo en alta mar…
-Oh… vaya…
-Sé un poco de biología marina-le explicó Eric, orgulloso-soy un friki de eso…
-¿En serio?-Ariel sonrió para sí.
-¡No te rías!-se cachondeó Eric al verla así-tengo algo de cerebro, aunque no lo parezca.
-No lo parece…-murmuró Flounders. Como Eric no le entendía, aprovechó para decir un par de cosas más.
-Bueno…-Eric siguió acariciando al pez, cariñoso-podríamos devolverlo al mar… si lo subimos en la lancha un día de estos.
De repente una idea apareció en la cabeza del chico. ¡Su lancha! Era el lugar perfecto. Si iba con la chica hasta alta mar… ahí nadie podría molestarlos. Sería perfecto… y a ella le gustaba también el mar…
-Ariel…-Eric soltó a Flounders y tomó a la pelirroja por las manos-tú…
-¿Eric?-Sharpay acababa de irrumpir en la habitación, y al verla entrar Sebastián tuvo que esconderse a toda prisa antes de que ella pudiese verlo-¿Eric, qué haces?
-Es un pez… Ariel lo ha encontrado-explicó él, que disimuladamente había separado las manos de la chica.
-No se puede tener mascotas en el hotel-recordó Sharpay-y no te preguntaba por eso…
-No es una mascota…-Eric ignoró completamente la segunda parte de la pregunta de Sharpay-¿qué pasa?
-Pensaba que tenías que ir al pueblo-recordó Sharpay. Luego, sonriendo un poco, le mostró su modelito de lentejuelas rosas que brillaba tanto que cegaba. Ariel no sabía mucho de moda humana, y quizás solo era porque Sharpay le caía mal, pero le pareció horrible-… voy a acompañarte.
-Oh, bueno…-Eric miró de reojo a Ariel, y luego a su novia. No quería meterse en líos-bueno, vale… vale, vamos…
Se incorporó y miró a Ariel encogiéndose de hombros como diciendo "otra vez será". En la bañera, Flounders sonrió satisfecho. Pero entonces Ariel tomó el valor suficiente para hablar. Después de todo, no iba a quedarse callada para siempre.
-Pero ibas a ir conmigo-dijo. Eric y Sharpay la miraron atónitos. Él intentó indicarla con un gesto que lo dejase, pero Sharpay se dio cuenta y se enfadó aún más.
-Lo sé pero… en otro momento…-dijo él.
-¿Y por qué no ahora?-intervino Sharpay, sin poder ocultar su rabia-que venga ahora, con nosotros-Eric la miró, pálido-¿por qué no ahora? ¡Vamos!
-Bueno… es… está bien-accedió a él. Miró a Ariel, que se mantenía apoyada al lado de la bañera-¿vienes?
-Sí-dijo ella. Miró a Sharpay con dureza. Ella pretendía intimidarla… buena suerte para conseguirlo. Se las había visto con personas mucho peores, para empezar, su padre.
-¡Arie!-Sebastián los vio irse por el pasillo, enfadado, y fue hacia la bañera, metiéndose en el agua con Flounders-¡hay que asé algo!
-¿Cómo qué…?-preguntó el pez, encogiendo sus aletas.
-¡Pue no lo sé, por eso te lo etoy disiendo!-exclamó Sebastián enfadado-pensemo…
-¿Ya está? ¿Dónde andáis chicos?-preguntó Scuttle, asomándose por la ventana-¿os recojo ya?
-No, aún no. No ha querido venirse-dijo Sebastián.
-Oh vaya… no sé por qué, pero ya me lo esperaba-comentó la gaviota posándose en el váter y dejando un rastro de plumas-en fin, la tendré vigilada ¿te parece?
-Sí, claro…-musitó Sebastián no muy convencido-pero no hagas tonterías.
-¿Yo?-fingió ofenderse Scuttle.
Sharpay se sentó al lado de su novio en el coche, mientras Ariel iba atrás. Vio como ella posaba su mano en la pierna de Eric y se la acariciaba distraídamente, mientras parloteaba sin parar sobre sus perfumes, su nuevo corte de pelo y lo que su padre estaba vendiendo en su línea de galerías. Eric asentía de vez en cuando, pero Ariel sabía que no la estaba escuchando. Desde el retrovisor, el chico pudo ver a Ariel detrás, y ella le sonrió. A Eric se le contagió su sonrisa. Cuando hay tres personas juntas, suelen ser dos piezas juntas y una suelta, y eso era lo que estaba ocurriendo allí. A Sharpay no le gustaba sentirse la pieza suelta, sobre todo siendo su novio otro de los presentes.
-Y tú, Ariel…-Sharpay se bajó las gafas y la miró también desde el retrovisor, molesta-¿de dónde eres? Nunca nos cuentas nada…
-Bueno… nunca hablo con vosotros…-comentó Ariel. Desde que había llegado Sharpay y sus amigas se habían mostrado muy frías y desagradables con ellas, pero estaba acostumbrada a gente de ese tipo, siendo hermana de Aquata y Arista-vivo cerca de aquí… pero me he ido de casa…
-Oh vaya… ¿y tus padres lo saben?-preguntó Sharpay mirando a Eric-le están pagando el cuarto ¿no?
-Sí, pero es que…-Eric no sabía cómo explicárselo. Él quería que Ariel se quedase allí. Y mentiría a sus padres con lo que fuera para conseguirlo-lo que pasa es que Ariel ha tenido un problema… y la estamos ayudando…
-¿Y cuál es el problema?-preguntó Sharpay, desafiante.
-No te importa-replicó Eric, cortante. Sharpay se quedó muda al oír su contestación. Tardó unos segundos en recomponerse, dolida, y luego se volvió hacia Ariel.
-¿Cuál es el problema, Ariel?-insistió.
-¿Tienes que enterarte siempre de todo? No es tan difícil dejarlo estar-dijo Eric sin apartar los ojos de la carretera que sobrevolaban. Sharpay miró a su novio furiosa, y luego se ajustó las gafas de sol y se cruzó de brazos, furiosa. Nadie habló en el resto del viaje, y pese a ser un silencio increíblemente incómodo Ariel se sintió satisfecha. Eric la había defendido a ella.
En el pueblo quedó cada vez más claro que la que sobraba era Sharpay. Eric ayudó a Ariel a elegir ropa, y ella le acompañó a las tiendas de comida que Sharpay se negaba a visitar. Aunque las comidas y cenas estaban pagadas en el hotel los padres de Eric habían alquilado un pequeño bungalow en una isla para ir a pasar allí unos días ellos solos, sin nadie más. "Quieren revivir su amor-le había explicado Eric a la pelirroja-yo cuanto menos me expliquen, mejor".
Los tres jóvenes se tomaron algo en una cafetería del centro comercial que daba a la playa. Sharpay se puso de cara al sol para coger color, mientras que Eric y Ariel prefirieron cubrirse bajo una sombrilla.
-¿No os encanta el mar? Es estupendo-dijo Sharpay mirando a la playa donde todo el mundo se estaba bañando y reinaba la algarabía.
-Ssí…-musitó Ariel mirándola. Sharpay era una chica muy segura de sí misma, que pese a ser feucha y no muy alta se había cuidado al máximo para lucir espectacular. Ojalá ella tuviese su seguridad. En realidad, no tenía nada que envidiarla.
-Sabes Ariel… tú pelo es muy mono… deberías cuidarlo más-comentó Sharpay distraídamente. Eric levantó una ceja, escéptico. Sharpay era experta en criticar el aspecto de otros-tengo un champú que puedo presarte, te lo dejaría ideal.
"Parece que intentan llevarse bien"-pensó el chico al oír eso último. En realidad, no sabía qué hacer. Quería a Sharpay, y sabía que con ella estaría mejor que con nadie. Venían del mismo mundo, les gustaban las mismas cosas… Pero Ariel… Ariel era distinta, vaya… no podía dejar de mirarla… no podría soportar si no conseguía hacerla suya…
-Voy al baño-dijo. Si las dejaba solas, tal vez siguieran con su charla del champú y se hicieran amigas. Es más fácil sobrellevar a dos mujeres que se llevan bien que a las que se llevan mal.
-Vale cariño, no te pierdas-bromeó Sharpay-pues eso, ya te lo dejaré.
-Gra… gracias…-Ariel siguió a Eric con la mirada, nerviosa. No quería quedarse a solas con aquella chiflada. Le parecía horrible.
La tienda de la música sonaba muy animada, la típica canción teen que a Sharpay le gustaba.
I woke up this mornin' with my makeup on
I've been fakin' it lately, but those days are gone
You look at me and wonder why
I got to cut these strings and learn to fly
But the girl is only in your mind
She's leavin' everything behind
She's not the girl that's gonna make it right
So you can kiss that girl goodbye
-Es estupendo, ¿verdad? Vaya culo…-dijo Sharpay mientras lo veía alejarse.
-Pues sí…-dijo Ariel. Al instante se corrigió, roja como un tomate-quiero decir, él es… es muy buen… amigo.
-No te molestes, sé lo que hay entre vosotros-dijo Sharpay con aburrimiento-Eric siempre hace lo mismo, ya me ha engañado otras veces. Pero bueno, se le pasará.
Ariel arrugó la frente mientras intentaba entender eso último.
-¿Con otras?-repitió.
-Chicas. Chicos que yo sepa no, la verdad-le explicó la rubia con desparpajo-¿crees que eres la primera a la que anda viendo a escondidas? Le pone eso de ser infiel, pero en realidad es un calzonazos. Ha tenido cientos de ocasiones de acostarse conmigo, y siempre las ha malgastado.
-A lo mejor no quería… tener sexo contigo-dijo Ariel. El rostro de Sharpay se llenó de manchas rojas al oírlo.
-Claro que quiere "tener sexo" ¿te crees que piensa en otra cosa? Ellos solo piensan en eso. Y tú que eres la primera guarrilla que ha encontrado, pues es normal que se emocione.
Ariel la miró enfadada, pero decidió no perder los nervios. Sabía bien como cabrear a alguien si quería. Y sabía que el mejor modo era precisamente no perdiendo los estribos, como le ocurría a su padre.
-Tienes celos-dijo finalmente. Al oír eso Sharpay se coloreó aún más-no pasa nada… yo también los tenía.
-¿De… mí?-dijo la rubia, furiosa-los… ¿tenías?
-Sí, los tenía-repitió Ariel-porque pensaba que Eric te quería… pero ahora sé que eso no es así.
-A ti tampoco te quiere, vida-le dijo Sharpay, escupiendo cada palabra con veneno-te aseguro que a ti te quiere menos que a mí.
-Claro que no-Ariel soltó una carcajada histérica-no tienes ni idea… no entiendes nada… en realidad, me das lástima, porque no sabes lo que tienes. Estás sola.
-Eric me quiere-masculló Sharpay entre dientes-es mío.
-¿Por qué no dejamos que Eric decida?-preguntó Ariel, sorbiendo de su refresco con satisfacción-que yo sepa, no es propiedad de nadie.
Sharpay miró a Ariel con rabia, mientras ella continuaba bebiendo tranquilamente. Al final se levantó de la mesa y se fue, sin decir nada más.
Cuando Eric volvió, Ariel se había terminado ya los dos batidos.
-¿Y Sharpay?-preguntó el chico extrañado.
-Se ha ido. Está enfadada conmigo-dijo Ariel, mirándole con calma.
-¿Qué…?-Eric arrugó las cejas. Entonces Ariel se incorporó y le miró con seriedad.
-Le he dicho que no eres propiedad de nadie-dijo con seriedad. Le daba mucha vergüenza hablarle así a la cara, pero estaba siendo más valiente que nunca para hacerlo-y yo tampoco lo soy…. Así que puedes hacer lo que quieras. Puedes irte con ella… puedes hacer lo que quieras.
Eric la miró fijamente con sus ojos grisáceos, mientras ella le sostenía la mirada lo mejor que podía. Al final él sonrió.
-Me quedo contigo-dijo finalmente-te debía una clase…
Ariel sonrió, emocionada. El hecho de que Eric la prefiriese a ella la hizo sentir un increíble vigor. Se sintió más fuerte y decidida de lo que se había sentido en muchos años. Fue casi como volver a ser una niña. Pero Eric también la hacía sentir una mujer.
Eric hizo que Ariel se sentara encima suyo para conducir el coche. Ella notaba el miembro del chico muy tenso, marcándose cada vez más en su trasero. Era un tacto increíble, y la hacía sentir terriblemente excitada. Ambos estaban tan cachondos que apenas podían concentrarse, y estuvieron a punto de chocarse dos veces. Cuando finalmente llegaron al hotel Eric obligó a Ariel a mirarle, sentándola en su regazo de cara a él, y poniéndole un dedo en la boca de nuevo acercó sus labios a los de ella, hasta que solo unos centímetros los separaban.
-Te has portado muy bien… buena chica… ¿quieres un premio?-preguntó, aunque su voz era casi un rugido animal.
-Ssí… sí…-Ariel aspiraba el aroma de la colonia cara del chico. Acercó un poco más los labios, pero Eric la alejó.
-Las recompensas… tienen que esperar-susurró. Unas gotas de sudor recorrían el rostro del chico. Muy nerviosa, Ariel se dejó llevar por su instinto, y acercando su lengua a la piel de Eric lamió las gotas, cerca de su oreja. El chico abrió mucho los ojos. Aquello le hizo sentir tan bien…
-No quiero esperar…-suplicó ella con la voz ahogada. Eric puso una mano en el blanco cuello de la chica y se lo apretó levemente.
-Está noche…-susurró-búscame…
Y salió del coche, que recién habían aparcado. Ariel se quedó allí, echando vapor y más roja que un tomate, mientras Eric subía a su habitación con un subidón de adrenalina increíble. Allí sin embargo le esperaban sus padres.
-¿Qué pasa?-preguntó, sorprendido.
-¿Tienes algo que decirnos?-preguntaron ellos, cruzando los brazos.
Al parecer Sharpay había llamado llorando a la madre de Eric diciéndole que su hijo la había dejado tirada en el centro comercial del pueblo, y que además la chica aquella a la que estaban manteniendo no era ninguna naufraga, sino una fugada de su casa. Los padres de Eric habrían echado a Ariel muy gustosos del hotel Port Royal, pero ya le habían contado a todos sus amigos lo generosos y buenas personas que eran pagando el hospedaje de una huerfanita, y no era cuestión ahora de echarlo todo a perder. El padre de Eric quería llamar a la policía, pero el chico les convenció para que no lo hicieran. Apelando a sus buenas notas una vez más y a lo muuuucho que les quería, logró convencerlos para que no la echaran.
-¿Por qué hijo? ¿Por qué tanto interés por ella?-preguntó su madre, mirándole fijamente.
-No lo sé…
Era cierto que no lo sabía. Le gustaba… ¿pero hasta qué punto…?
Esa noche en la cena Sharpay estaba con su hermano y amigas cuando Eric llegó y fue hasta su grupo de hermanos donde estaba Chad. Eric bajaba con su perro Max, única mascota permitida en el hotel por permiso directo del propio dueño, Weatherby Swann, que como ya hemos mencionado era amigo de los padres. Los amigos de Eric saludaron a Max y juguetearon con él animadamente mientras el chico cogía una botella de whisky y la vaciaba rápidamente. Tenía cara de pocos amigos.
-¿No vas con él?-le preguntó Ryan a su hermana, alarmado. Ella negó con la cabeza. Eric la miró de reojo, y Sharpay agachó la cabeza. Nunca habían tenido una pelea. Y al ser el uno el primer novio del otro, ninguno sabía bien que hacer. Bueno, en realidad Eric sí sabía lo que iba a hacer. Lo tenía muy claro.
-¿No podéis volver a casa?-preguntó Ariel impaciente. Estaba en la habitación, discutiendo con Sebastián, Flounders y Scuttle, que le había puesto el cuarto perdido de plumas-aquí no hacéis nada…
-Ariel, tienes que hacernos caso-insistió Flounders- Úrsula es muy peligrosa… en el mar…
-¡No me importa!-insistió ella-¡Flounders, no voy a volver! ¡Nadie me necesita allí, y simplemente no quiero! ¡Por favor, entiéndelo!
"Yo te necesito"-pensó Flounders, pero no dijo nada. Ariel se pintó los labios en el espejo lo mejor que supo, y luego se peinó con un tenedor que había cogido del comedor. Le sorprendió que el servicio de habitaciones no le hubiese dejado uno en el cuarto: el peinado es muy importante.
-Si lo que buscas es una estética desafiante, yo seguro que puedo ayudarte-comentó Scuttle tan dispuesto como siempre.
-¡No!-Ariel salió de allí, se calzó sus sandalias y se dispuso a ir al jardín-¡Por favor, iros!
Y diciendo esto dio un portazo. El cangrejo, el pez y la gaviota se quedaron callados, mirándose los unos a los otros en aquel lujoso baño.
-Tengo cartas-dijo Scuttle-¿mus?
-Venga-cedió Sebastián.
Ariel bajó al jardín donde todos ya bebían y reían, armando un terrible jaleo. Chad andaba detrás de una chica nueva llamada Za Zsan, pero ella no le hacía mucho caso. Su ligue anterior, Taylor, le miraba celosa, y también Ryan, que intentaba entender qué era lo que le pasaba al chico con él.
Eric recordaba una anécdota del instituto con sus amigos cuando Ariel apareció en el vestíbulo. Algunos silbaron, mientras Max salía disparado de nuevo. El perro la tiró al suelo y le levantó las faldas, haciendo que ella gimoteara, indefensa, pero Eric consiguió alejarlo a tiempo antes de que empezara de nuevo.
-¡Max, malo! ¡Ve a por la pelota! ¡Venga, déjala!-dijo el chico rascando el pelo de su cachorro y apartándole después. Ariel se quedó en el suelo mirándole, pálida. Eric la ofreció una mano con una calurosa sonrisa.
-¿Estás bien?-preguntó, afectuoso. Ella asintió. Eric miró hacia un extremo del jardín, que daba a un pasadizo de arcos cubiertos de vegetación que llevaban a otra de las terrazas exteriores del hotel-vamos…
Sharpay vio como Ariel se alejaba con su novio, y una lágrima recorrió su mejilla mientras dolida, recogía su bolso y se iba a su habitación.
-¡Sharps! ¡Eh, Sharps!-su hermano fue detrás de ella, preocupado. No quería que se disgustase ¡Estaban de vacaciones!
Eric y Ariel pasearon por entre los árboles, mientras ella miraba la hierba, sonrojada. Cuando llegaron a un claro Ariel paseó por entre los diferentes árboles observándolos con interés. Estaba tan centrada en Eric, en todo lo que estaba haciendo con él, que se había olvidado de todas las maravillas que aquel mundo siempre había tenido, esperando para ella. El mundo de los humanos por fin era una realidad. Nunca pensó que podría llegar tan lejos. Pero los sueños se hacen realidad.
-Mira…-Eric llevó a Ariel a un palco solitario. La vista era muy bonita: se veía el mar de noche, con la luna brillando y las nubes formando una especie de bóveda sobre el agua, como si fuesen peces nadando en el cielo por encima de ella. Con la brisa, el cabello de Ariel ondeó al viento como una llamarada, y estirando los brazos sintió el viento azotarla el rostro. El aire es algo maravilloso. Una sensación mucho más fresca que sentir siempre en mar en la cara.
-Es todo tan… mágico-susurró Ariel. Eric asintió.
-Es todo tuyo-dijo-nuestro.
La ofreció una rosa. Ariel la tomó, pero se pinchó con la espina, y emitió un gemido mientras de la yema de su dedo corazón caía una gota de sangre. Eric cogió el dedo y se lo llevó a la boca. Ariel notó con increíble placer como él pasaba su lengua por la herida y tragaba la sangre. Los labios del chico se quedaron un poco manchados de rojo. Él se dio cuenta y la sonrió. Ariel lo encontraba terriblemente atractivo.
"Bésame-pensó ella-bésame por favor… ahora sí que no hay mejor momento… hazlo ahora". Eric parecía poder leerle el pensamiento, porque la miraba como si supiese exactamente lo que ella estaba pensando.
-En realidad, nunca es el momento adecuado-dijo él. Ariel tragó saliva, mientras el chico se acercaba a ella y la rodeaba con sus brazos-pero este no está nada mal…
Y la besó. Ariel tardó unos segundos en asimilarlo. Cuando al fin su tacto reconoció el húmedo tacto de los labios del chico, y su gusto notó el sabor de la boca de él, ella cerró los ojos y soltó un profundo suspiro, extasiada. Eric la beso primero despacio, y luego cada vez más rápido, a bocados, ganándole terreno cada vez más mientras ella solo podía dar gracias en su mente y sentir al máximo, con todas sus fuerzas enfocadas en ello, el amor del chico.
Sebastián los observaba desde uno de los arcos por los que colgaban las enredaderas. Había decidido seguir a Ariel por si acaso, y la había visto alejarse con Eric hasta el mirador. Moviéndose sin ser visto entre los participantes de la fiesta (estuvieron cerca de pisarlo varias veces) consiguió llegar hasta allí sano y salvo, y espiándolos no pudo evitar sonreír. "Aaaaah… el amor joven… lo mejor para componer canciones"-pensó el cangrejo enternecido. No podía no alegrarse por ella. La había visto crecer. La quería. Aunque ella no le quisiera a él.
El beso se fue volviendo cada vez más salvaje, y Eric tomó entre sus brazos a Ariel aupándola y sentándola en una de las barandillas, mientras ella le ponía las manos en la cara y se la acariciaba, sin despegarse ni un segundo. Era como hablar otro idioma diferente. Como mantener una conversación solo con los besos.
Al final cayeron sobre la yerba pero siguieron besándose allí. Eric estaba encima de ella pero rodaron por el jardín y ella se puso encima. Ariel se sentía desatada, y cuando las manos del chico la acariciaron la espalda y luego el trasero ahogó un gemido de placer desesperado. Era increíble. Tenía que seguir. Por favor, que hiciera todo lo que supiese…
-Aaaaaah…. Ohhhh…-Ariel exhaló un suspiro cuando Eric metió sus manos por debajo de la falda y la acercó a sus glúteos. El chico ya no pensaba, se estaba dejando llevar totalmente, haciendo todo aquello que Sharpay nunca le había permitido hacer. Ariel le dejaría hacerle todo. Para ella él era su príncipe. Joder, daba gracias a Dios de haber encontrado a una persona así.
-Bueno, yo mejó me marcho-dijo Sebastián en voz baja, algo cortado, cuando de repente vio que Max el perro andaba cerca, olisqueando en busca de algo. Debía de haber captado un cierto olor a marisco…-sí, sí, mejó me marcho…
-¿Podemos pasar esto?-preguntó Jim molesto, mientras Eric mordía el cuello de Ariel y la acariciaba las piernas, levantando cada vez más su falda.
-No me seas timorato-se burló Úrsula-si esto es casi porno…
-Que te jodan-dijo Jim.
Eric siguió besando a Ariel, cuando ella pensó algo. Las palabras de Sharpay aún resonaban en su cabeza. Tenía que preguntarlo.
-Eric…-murmuró mientras él seguía besando su cuello-yo… tú… ¿tú me quieres, no?
Eric no levantó la cabeza inmediatamente. Ya se esperaba el típico rollo de de repente ponerse profundas que tienen las mujeres, así que alzando la cabeza la sonrió galantemente.
-Creo que está claro…-dijo.
-Ssí…-Ariel desvió la mirada. Toda su piel estaba colorada por el calentón-pero… no me quieres solo… por un rato, ¿no…?
Eric la miró pasmado. Luego entendió de qué había estado hablando ella con Sharpay. Pues esa zorra rubia se equivocaba. Él realmente estaba enamorado de Ariel. Hacía cinco días que no pensaba en otra cosa. Si eso no era amor.
-Te quiero… todo el tiempo que tú me lo permitas-dijo con voz suave, y luego la besó en la barbilla-te quiero siempre… ¿y tú a mí?
-Te amo…-susurró Ariel. Eric asintió, complacido.
-Quiero…
-¡Que escándalo!-una señorona había salido a tomar el aire a la terraza y se los había encontrado ahí, retozando como mulas. El mayordomo que la acompañaba avanzó, muy disgustado.
-Señor Eric, por favor, dejen esta terraza. Este no es el sitio…
Eric y Ariel se marcharon riendo, y luego volvieron a besarse apasionadamente en un pasillo. Ariel le acarició el negro cabello mientras él la tomaba de la cintura y la apretaba con fuerza contra su cuerpo.
-Vamos a mi habitación-pidió Eric-vamos… quiero… te quiero hacer feliz…
Pero puede que fuera por el éxito abrumador de aquella noche o por todo lo que llevaba encima, o porque en el fondo las palabras de Sharpay no se iban de su cabeza, que Ariel no fue capaz de hacerlo. Se separó de él y dijo con voz tenue.
-Hoy no… no estoy preparada-dijo. Eric arqueó una ceja.
-Solo haremos lo que tú quieras-dijo. Ariel negó.
-Por favor… es que… es mucho… no quiero… todavía. Pero… bueno, déjame tiempo. Solo eso-pidió. Eric asintió lentamente. La besó de nuevo intentando convencerla pero Ariel se negó, alejándose.
-Por favor, perdóname-dijo-hoy no…
Y se alejó. Eric la vio marcharse. Estaba más caliente que nunca. Se apoyó en la pared del pasillo y respiró profundamente varias veces, tratando de serenarse. Era suya. Joder, quería que lo fuese.
Un ruido lo sobresaltó, y se quedó paralizado al ver a Chad y Ryan pasar por allí. En un principio pensó que peleaban, pero luego se dio cuenta de que se estaban besando apasionadamente. "Joder…"-pensó. En el fondo siempre lo había sospechado, aunque nunca se lo había dicho a su mejor amigo por miedo a que se enfadase con él. En cualquier otro momento se habría planteado su amistad, pero ahora le importaba bien poco.
Se fue a la cama, pero apenas pudo dormir, porque la pelirroja no salía de su cabeza.
Las siguientes imágenes volvían a pasar muy rápido: en la primera, Ariel se despertaba de su sueño en la cama y se encontraba a Eric allí, con el desayuno preparado. La chica compuso una de las sonrisas más lindas que Jim la había visto y se echó a los brazos de su amado, que echó la bandeja a un lado y la correspondió a los besos. Eric cogió un poco de nata y se la puso a Ariel en la boca mientras la besaba.
-Mmmmmn… prueba… está muy buena…-dijo. Ariel no hablaba. Solo le comía los labios.
Eric llevaba a Ariel a pasear por la ciudad, y luego iban a la playa. Como siempre, ella no se bañaba, cuando Eric la salpicó de broma, se alejó, asustada. Al rato el chico salió del agua y fue a disculparse con ella, y terminaron besándose de nuevo en la arena. Ariel se dejaba hacer mientras Eric la tocaba por todas partes.
Él la llevaba de paseo en su coche, por una barcaza por la bahía y a ver un partido de baloncesto que jugaba con sus amigos. Chad y Eric marcaron los que más canastas, mientras Ariel trataba de disfrutar del partido apartando a Max de su falda.
En la mayoría de recuerdos Sebastián, Scuttle o Flounders los vigilaban desde la distancia. Ariel luego iba a la habitación y les contaba su maravilloso día. Jim vio como Sebastián trataba de sermonearla para hacerla entrar en razón, y en lugar de escucharle la chica le daba un besito en la frente, con lo que el cangrejo sonreía tímido y la miraba enternecido.
-No tiene remedio…-dijo el cangrejo mirando a la niña- lo sabe ¿no?
En el último de estos recuerdos Eric y Ariel bajaban juntos a la fiesta. Todos les veían, fascinados, y luego empezaban a bailar juntos una suave melodía. Ariel movía los pies uno tras otro, sin poder dejar de mirar al chico. Estaba bailando la danza que siempre había querido bailar. Con él. Ojalá durase para siempre…
-Ya vamos a concluir-anunció Úrsula. El océano se oscureció en ese momento, y rebeló otra imagen. La sala del trono que Jim ya conocía se encontraba más oscura que nunca, y en ella solo se veía una figura al fondo, solitaria y cabizbaja.
El rey Tritón miraba por los amplios ventanales. Tenía la mirada perdida y en sus ojos relucían las lágrimas. Estaba llorando. Dios mío, después de tantos años, volvía a poder hacerlo. Pero el mar se llevaba sus lágrimas, no dejaba que cayeran, que le abrasaran la piel. No podía disfrutar de ellas.
Un caballito de mar que a Jim ya le sonaba haber visto se asomó acompañado de Celtus, el jefe de la guardia, y ambos se acercaron hasta quedar cerca de Tritón, y hacerle una educada reverencia.
-¿Se sabe algo?-preguntó el rey con voz trémula, sin volverse. Ellos se miraron, angustiados.
-No señor, ni rastro de ella-anunció el caballito, apenado-ni de Sebastián…
Hubo un silencio. Tritón había cerrado los ojos, y parecía sumido en el peor de los dolores. Su rostro arrugado y marcado estaba contraído por el intenso dolor.
-Majestad…-Celtus miró al caballito pensándolo antes de volver a dirigirse al rey-las Legiones Abisales avanzan. Debemos concentrar nuestras defensas…
-Nuestros ejércitos ya están listos… solo hay que esperarlos a ellos-susurró el rey con voz ronca. Celtus negó, insatisfecho.
-Majestad… necesitamos las partidas de delfines… no podemos seguir buscándola…
El rey se volvió y se quedó mirando a Celtus fijamente. Aunque el sireno guardián era un hombre fuerte y grande, Tritón era exageradamente inmenso y todavía más exageradamente musculoso, e imponía con que solo hiciera un leve movimiento.
-Sí, de acuerdo…-Celtus agachó la cabeza, recibiendo el mensaje-seguiremos buscando…
Se alejó de la estancia mientras Tritón volvía hacia la ventana y miraba hacia afuera. Sus hijas estarían en sus dependencias de la torre este. No las había dejado salir desde la marcha de Ariel.
-Quiero que todos la busquen. Encontrad cualquier indagación, lo que sea-insistió Tritón-que nadie duerma hasta que ella aparezca…
-Sí, majestad-dijo el caballito haciendo una resentida reverencia. Luego salió de allí.
Tritón se quedó solo. Se observaba en el reflejo. Dios mío. Aún se veía pegándola en el rostro, gritándola de aquel modo… destrozando sus cosas… destrozando su corazón. Cada vez que la pegaba, el rey se juraba dejar de hacerlo. Pero al final su naturaleza violenta volvía a controlarlo. Era el enorme dolor, el terrible resentimiento lo que le movía a hacerlo. Ariel nunca había podido disfrutar de su madre tanto como sus hermanas. Y cada vez que la veía Tritón lo sabía. Y sabía que eso en realidad era culpa de él. Y sabía que no podría seguir viviendo, que no podría seguir soportando aquella culpa por más tiempo, mientras aquella rebelde melena pelirroja le desobedecía porque no había aprendido de otra forma.
-¡Alto, no puede entrar!-los guardias sirenos accedieron a la sala del trono persiguiendo a un pez globo que estaba rojo e hinchado. Parecía a punto de explotar. Fue directo hacia Tritón, que alzó sus brazos, listo para detener un posible ataque. Ya se había enfrentado a terroristas otras veces…
-¡BLUOOOOG!-el pez globo empezó a escupir una sustancia negra, que poco a poco fue generando una forma corpórea. Era una mancha de tinta con la forma de Úrsula. Y la mancha abrió su boca y soltó una cruel risotada mientras observaba a Tritón burlona.
-Y dime… ¿cómo lo llevas?-preguntó, pícara.
-Fíjaos bien en él… todavía no me ha olvidado-dijo la verdadera Úrsula a Jim y Ariel-como le quiero…
Jim vio como Ariel temblaba de rabia fulminándola con la mirada. Tenía que liberarse. Pero su cuerpo no respondía. Y su alma, su corazón, le pedían ver el final de esta historia. Ya habían llegado demasiado lejos como para pararlo ahora.
-Qué quieres…-le dijo Tritón a la mancha de Úrsula, que soltó otra carcajada. Como le gustaba molestar a sus enemigos, enervarlos con sus falsos encantos, aguijonearlos con su maldad.
-De sobra lo sabes… el tridente-susurró la bruja.
-No-dijo Tritón con calma-moriría antes que dártelo. Ahora lárgate.
-¿Qué me largue?-se burló Úrsula-bueno, está bien. Aunque, si ya me conoces, y tú y yo nos conocemos bien, sabrás que vengo con algo más… una contraoferta, digámoslo así.
Tritón parecía muy cansado. Solo podía pensar en su hija perdida. No tenía ni idea de dónde podría estar. Era como revivir una vieja pesadilla. Pero entonces un terrible pensamiento asomó a su cabeza. ¿Y si ella…?
-Supongo que sigues buscando a tu hija Ariel, aunque sea un poco… aunque sean otros los que lo hagan por ti-comentó Úrsula. Tritón estaba paralizado. Se le había cortado la respiración. Ella no… no, no podía… si la había hecho algo…
-Bingo… sí, la sigues buscando. Me sorprende, porque hasta ahora la has demostrado que te importa una mierda ¿eh, viejo mamón?-se rió la Úrsula de tinta nadando a un lado y a otro y manchando a los guardias sirenos con su tinta.
-¡MARCHAOS!-ordenó Tritón a sus guardias, que obedecieron de inmediato. En el suelo de la sala, el pez globo se había convertido en apenas un esqueleto podrido-que… ¿qué quieres que haga… para recuperarla?
-Ya lo sabes… el tridente-siseó Úrsula-puedo concertarte una cita y hora para la entrega ya mismo, si quieres. Para eso estoy libre. Dame el trono Tritón, y detén esta guerra. Dame el trono, y repara de una vez el agravio que la zorra de tu mujer cometió. Tú no tienes nada que temer, rey mío. Puedes reinar… conmigo.
Tritón se llevó la mano al pecho, donde el corazón le latía más deprisa que nunca. Ariel… Ariel… tenía que recuperarla como fuera…
-No puedo dártelo-dijo el rey finalmente.
-¿POR QUÉ NO?-rugió Úrsula desde la tinta, furiosa. Luego se controló un poco-quieres ver a tu hija ¿eh cariño?
-No es eso… te lo he dicho ya…-susurró Tritón con cansancio-lo juré… no puedo revelar el lugar en el que se esconde, al menos voluntariamente. Hice un juramento inquebrantable. Si lo intento… moriría antes de conseguirlo.
-¡MIENTES!-gritó Úrsula.
-¿Te mentiría?-preguntó el rey, dejándose caer en el suelo al lado del pez muerto. Estaba tan cansado-¿te mentiría yo?
-¡SÍ! ¡MIENTES, MALDITO CABRÓN! ¡MIENTESSS! ¡EL TRIDENTE TRITÓN, O LA VIDA DE TU PUTA HIJA!-le amenazó Úrsula, poseída por la rabia. Tritón negó con la cabeza, y Jim vio el miedo en sus ojos.
-Te daré lo que quieras… abdicaré en tu nombre… pero no puedes quitármela… necesito a mi hija… no hagas daño a Ariel.
-¡LOS HABITANTES DE ATLÁNTICA NUNCA ME ACEPTARÍAN! ¡GILIPOLLAS! ¡TU HIJA MORIRÁ TRITÓN! ¡LA MATARÉ AHORA MISMO!
-¡NO!-gritó el rey, desesperado. Luego pareció pensarlo mejor. Poco a poco su rostro se fue iluminando mientras Úrsula continuaba con sus amenazas, y se reincorporó, con una súbita corazonada que lo había devuelto a la vida-tú no la tienes… no está contigo.
-¿Qué?-la Úrsula de tinta se quedó unos segundos paralizada por la sorpresa. Se repuso casi instantáneamente y empezó a chillar de nuevo, pero esos segundos de vacilación fueron suficientes para darle la clave a Tritón.
-No está contigo… si no ya me la habrías mostrado… ¡ya habrías intentado torturarme con ella!
-¡NO!-rugió Úrsula furiosa, pero ahora fue Tritón quien reía.
-Lárgate bruja. Como ya te he dicho, tú no tienes nada que ofrecerme…
-Sé dónde está Tritón-dijo Úrsula apretando los dientes-sé dónde está porque yo misma la envié allí. Y si quiero puedo tenerla… es mía Tritón… y yo…
-¿Y por qué no la tienes ahora?-se rió el rey, desafiante-vamos… no me hagas perder el tiempo…
-La mataré… me necesitas para recuperarla-le advirtió Úrsula-la causaré una muerte horrorosa Tritón. Va a sufrir como…
-¡LÁRGATE!-gritó el rey, y las paredes del palacio retumbaron. Pese a ser solo tinta, hasta la falsa Úrsula parecía asustada-¡VETE DE MI CASA, DESGRACIADA! ¡NO TE ATREVAS A TOCAR A MI FAMILIA, NO TE ATREVAS A ACERCARTE A ELLA! ¡TE MATARÉ! ¿ME HAS ENTENDIDO? ¡ACABARÉ CONTIGO! ¡ASÍ QUE LARGO, ESPÍRITU INMUNDO!
La Úrsula de tinta tembló unos segundos, y finalmente se disolvió en el agua como si nunca hubiera estado allí. Tritón la observó desaparecer con el ceño fruncido. Ahora sabía mucho más que antes. Como que Ariel seguramente seguía con vida. Y que Úrsula sabía dónde estaba. Y que había una conexión entre ellas. Bueno…
-Preparad mi carruaje-le ordenó Tritón a los dos sirenos de la entrada, que se apresuraron a obedecer sus órdenes de inmediato-y ponedme con Gill.
Las hijas de Tritón, desde la torre este, observaban el movimiento de tropas con impaciencia.
-¿Y ahora que va a ser de nosotras?-preguntó Andrina dramáticamente.
-Pues nos matarán a todas, seguro. Si matan al rey, matan a toda la familia real-dijo Arista, seca.
-¡No digas tonterías!-la reprendió Adela.
-¡NO ME HABLES!-la gritó Arista. Las chicas comenzaron a pelearse de nuevo gritándose las unas a las otras y echándose en cara cosas.
-¡Tú tienes la culpa de que Ariel se marchase!-le gritó Aquata a Arista.
-¿Yo? ¡La única aquí que nos ha hecho la vida imposible a todas eres TÚ!-se defendió Arista.
-¿Ella? Tú eres lo peor que nos ha pasado, Arista-insultó Adela.
-No os soporto, sois una familia asquerosa. Os odio-decía Andrina con desprecio.
-¡CHICAS!-Attina consiguió callarlas a todas tras dos intentos de gritar. Ellas la miraron con sorpresa. Attina casi nunca perdía los nervios.
-¿Qué pasa?-preguntaron ellas impacientes.
-Ese… ¿no es Flounders?-dijo Attina señalando al cristal. Efectivamente, el pececillo salía de la sala del trono de su padre, y nadaba a toda velocidad hacia la salida de Atlántica.
Gill se encontraba al frente del ejército submarino de Atlántica, que recorría los arrecifes del anillo exterior a gran velocidad. Miles de peces espada, delfines, focas, ballenas, sirenas y peces multicolores se movían a gran velocidad y sin descanso, entre ellos Jim distinguió a Urchin, el antiguo amigo y enamorado de Ariel. Si tan solo él pudiese ayudarla… pero Urchin tampoco sabía dónde estaba su amiga, claro.
-La batalla será dura, majestad-le decía Gill a Tritón a través de una caracola comunicadora-lo más probable es que muramos todos… o casi todos. Pero si nosotros nos vamos… tenga por seguro que ellos también…
-Cuento con ello-dijo la voz de Tritón desde la caracola-no les deis cuartel, Gill.
-A la orden-dijo Gill apretando sus mandíbulas-vamos allá muchachos. Hasta la última espina.
Los ejércitos atlantes avanzaron, y con ellos la escena de aquel recuerdo. Unas pocas millas más adelante como Jim pudo comprobar, las Legiones Abisales también estaban a la espera. Morgana encabezaba la avanzadilla rodeada de los tiburones Glut, Resaca, Ancla y Chum (los últimos dos eran los antiguos amiguetes de Bruce, a los que Úrsula parecía haber lavado el cerebro también). Flotsam y Jetsam nadaban por encima del resto guiando a unas enormes medusas rosas que iban dejando tras de sí trazas de su urticante veneno.
-Están muertos-comentó Flotsam seguro de sí mismo, y Jetsam rió.
Alguien nadaba cerca de las Legiones, y Jim y Ariel lo reconocieron enseguida. La sirenita estaba ahora más atenta que nunca: esta parte de la historia, la de cuando ella se había marchado, no la conocía. Era el momento de entender muchas cosas.
Flounders evitó acercarse a la Legión y se metió entre unos acantilados que Jim ya conocía: llevaban a la guarida de la Morena, donde tenía su hogar la cruel y fría bruja del mar. Úrsula efectivamente se hallaba allí, y cuando Flounders atravesó el repulsivo jardín de almas en pena, más lleno que de costumbre, la encontraron hablando con el tiburón Bruce. Bruce parecía muy enfadado.
-… me ayudaría. Pero me ha utilizado. Ha engañado a mis amigos… y ahora a mí. No permitiré que se salga con la suya… Atlántica es un reino libre-decía el tiburón, que ocupaba casi todo el espacio de la cueva y parecía muy enfadado. Úrsula sin embargo estaba lejos de estar asustada.
-¿No estás harto de toda la humillación y desprecio sufridas por los tiburones? ¿No estás harto de que se te haya expulsado, y prohibido el derecho de atacar a tus compatriotas, que en realidad como ya te dije es una necesidad natural?-le preguntó Úrsula al tiburón.
-Pues… no. No estoy harto-dijo Bruce pensándolo un momento-sé que eso está bien. Igual que sé que usted está mal.
-He sido tu terapeuta por casi diez años Bruce-recordó Úrsula intentando sonar razonable-nadie más ha podido ayudarte. Creo que me debes agradecimiento.
-Sí, gracias. Pero voy a tener que saltarme las normas una última vez-dijo Bruce abriendo su boca un montón. Iba a asestarle un buen mordisco, cuando Úrsula se movió a toda velocidad y le golpeó en las mismas partes con sus tentáculos en las que lo había hecho la otra vez. Luego recitó un conjuro en su arcana lengua.
-Ordl eshen zimmm-dijo, y Bruce se quedó paralizado, con los ojos en blanco. El rostro de Úrsula se había ensombrecido. El plan iba tal y como ella quería, al menos por ahora-cuando vuelvas a escuchar esto y a sentir este hechizo te convertirás en la máquina de matar… en esa criatura que reprimiste… en lo que el amor te negó. ¿Entendido? Ahora, vete de mi cueva.
Bruce, todavía en trance, salió de allí lentamente. Jim entendía ahora como era que Úrsula había podido controlarlo después. Un bien estudiado movimiento por parte de una diestra adversaria.
-¿Y tú qué quieres?-le preguntó Úrsula a Flounders, impaciente. El pez se sorprendió mucho de que ella supiera que estaba allí, porque había estado escondido hasta entonces.
-No no me haga daño… soy amigo de Ariel…-susurró Flounders mirando a Úrsula aterrorizado.
-Si no te he matado todavía es porque eso lo sé-dijo Úrsula con aburrimiento. Luego esbozó una tierna sonrisa-¿cómo está ella? ¿le va bien? Has ido a verla, eres un buen amigo.
-Sí… bueno eh… sé que… sé que quieres el tridente-se atrevió a decir Flounders más blanco que el esqueleto del pez globo muerto-y he venido a decirte que… que sabemos dónde está… si no haces daño a Ariel… te lo diremos…
Por segunda vez en el día la sonrisa de Úrsula se había borrado. Ya no le hacía falta fingir que sentía algún aprecio por la sirena. Ya no le hacía falta fingir nada.
-¿Sabes dónde está el tridente?-preguntó la bruja, recalcando cada palabra. Flounders asintió.
-Pues sí-reconoció, humilde-pero lleguemos a un acuerdo.
Úrsula lo agarró por el cuello y lo acercó hasta ella, fulminándole con la mirada.
-¿Dónde está?-preguntó amenazadora.
-Yo gnnnn… no lo sé…-susurró Flounders, intentando contener el dolor. Úrsula entrecerró sus mezquinos ojos con maldad, a la vez que apretaba más y más sus tentáculos-¿dónde está? Te lo pregunto por última vez.
-Nnno lo sé… lo sabe Ariel… ¡lo sabe Ariel!-exclamó Flounders. La falta de aire lo estaba desesperando. No notaba ni sus ojos, ni la sangre fluyendo al cerebro. Ahogarse era una sensación horrible, a la que un pez no está acostumbrado.
-¿Ella lo sabe?-Úrsula acercó a Flounders a su cara hasta estrujar su morro contra sus narices-¿Y POR QUÉ NO ME LO HAS DICHO ANTES?
-Nno la haga daño…-susurró Flounders, sacando valor de donde no lo tenía-déjela en paz… déjenos a todos… váyase… váyase a otro mar… váyase a la mierda…
-¡UAAAAAAAGH!-Úrsula arrojó a Flounders contra una pared marina, y el pez se golpeó en un ojo fuertemente. Se le hizo un fuerte moratón, y se dio cuenta de que ya no veía por él. La bruja le había dejado tuerto.
Pero Úrsula no tenía suficiente. Nunca lo tenía. Agarró de nuevo a Flounders y lo zarandeó con extrema violencia.
-¡NO!-la Ariel del presente lo miraba asustada. Pero la Úrsula del presente la tranquilizó.
-No te preocupes Ariel. No le maté… no…
-Vas a ir a buscar a esa puta y le vas a decir que venga inmediatamente ante mí ¿entiendes? Quiero que me traiga el tridente. Consigue que vuelva a meterse en el agua y me la traes ¿entendido?
-Ssí…-Flounders asintió. Úrsula arrugó su boca con un gesto de desprecio.
-Ariel ahora es mía, Flounders. Si quiero, puedo matarla ahora mismo. Su alma me pertenece. ¿Entiendes? Su alma es mía… así que es mejor que me la traigas de vuelta y consiga ese tridente, o de lo contrario morirá. Tritón cree que está fuera de mi alcance, pero se equivoca.
-Ella es la llave de todo esto… ¿no?-dijo Flounders. Úrsula asintió lentamente. El pez escupió sangre y luego se encaró con la bruja-creías que te serviría como un simple método de chantaje, pero resulta que es la clave… la única forma…
-Has escuchado mi conversación con Tritón-dijo Úrsula. Flounders asintió valientemente. Ahora que ya había sentido el dolor y había pasado el miedo, no la temía tanto. O más bien no podía tenerla más miedo.
-Eres un pez curioso, Flounders. Serías una buena adquisición para mi ejército-dijo Úrsula, y su voz se volvió mucho más carameloso de nuevo.
-Lo siento-dijo el pez girándose levemente y sonriendo-pero soy anti belicista.
Y diciendo esto se marchó. Tenía que contactar con Scuttle. Ahora que sabía el plan de Úrsula podía arreglar las cosas. Si conseguía avisar a Ariel a tiempo seguramente podían engañar a la bruja para que creyera que iban a entregarle el tridente, y luego vencerla de un modo u otro. Sabía que uniendo fuerzas, él y la sirenita podrían conseguirlo. Eran un equipo imparable.
-No lo entiendo…-Jim hablaba en voz baja, pero Úrsula detuvo el recuerdo como si fuese un mando de la tele.
-¿El qué, bebé?-dijo, acercándolo a su fofo rostro morado.
-Para qué la mandaste a tierra. Para qué le diste todo-dijo Jim.
-Sabía que iría a la costa, así que la podía localizar fácilmente-explicó Úrsula-permití que se alejara de casa porque la necesitaba fuera del mar un tiempo, o su padre podría encontrarla. Pero gracias al hechizo que ahora la une a mí podía matarla en cualquier momento. Aún puedo, de hecho.
-Vaya… conmovedor-ironizó Jim. Úrsula de dio un besito, y el chico se revolvió, asqueado.
-Oh Jim, eres un crío. ¿Ya has adivinado como termina esta historia?-preguntó Úrsula riendo burlona. Él se tomó su tiempo antes de contestar.
-Creo que sí-susurró.
-Veámoslo-dijo Úrsula sonriendo. Y la imagen volvió a cambiar. Parecía un día muy caluroso, el cielo estaba teñido de naranja…
Por lo que Jim pudo ver ya habían pasado varias semanas, de hecho estaban ya a principios de septiembre. Las clases empezarían pronto, y el verano se iba a terminar. Jim recordaba esos días. Había hecho mucho calor en toda Suburbia. Y pensar que en ese momento seguramente él estaba en Montressor con sus colegas o haciéndole una visita a Silver. Sin conocer a la pelirroja aún. Sin haber muerto todavía.
Pero eso significaba que Ariel moriría pronto, porque ellos se habían conocido en la última semana de septiembre, durante la primera misión, la del Príncipe Juan. Entonces sería pronto… ella iba a hacerlo… Jim no estaba seguro de querer ver eso.
Las piscinas del hotel Port Royal estaban llenas hasta arriba de bañistas, pero conforme fue pasando el mediodía se fueron vaciando. Solo quedaban un grupo de chicos jugando al baloncesto en la cancha de al lado, y sudando como cerdos. Eric, Chad y el resto de sus amigos jugaban solo con el pantalón de deporte, mientras las chicas los observaban desde un banquillo, embelesadas. Una de ellas, Martha, jugaba con el grupo en la cancha, y todos la animaban más que a ninguna. Ariel se hallaba entre las chicas mirando a Eric, conversando tranquilamente. Las demás no eran demasiado agradables con ella desde que le había quitado el novio a Sharpay, pero tampoco podían ignorarla. Ariel tampoco las hacía demasiado caso.
Una de las chicas, mirando su interfono, emitió un fuerte chillido, e incorporándose se alejó de la cancha dando saltitos.
-¿Qué te pasa?-preguntaron las otras yendo detrás de ella. Ariel también las siguió, aunque hubiera preferido quedándose a observar los bíceps de Eric un rato más.
-IIIIIIIIIH ¡Es la sala del comedor principal! ¡Me la han dado! ¡Podemos hacer la fiesta de despedida allí!
-¡IIIIIIIIIIIH!-gritaron todas a la vez, emocionadas. Ariel las miró extrañada.
-¿De despedida…?
-Claro-replicó la que tenía el interfono-¡volvemos el viernes! ¡Se acaba el verano!
-Oh…-Ariel se mordió el labio, preocupada. Al igual que las sirenas los humanos tenían estaciones, pero ellos en vez de por las corrientes las medían en el cambio de la temperatura ambiente y los árboles.
Ariel no quería que se terminase el verano. No sabía que iba a ser de ella después. No tenía a dónde ir. Y desde luego no pensaba volver. ¿Y si se perdía en aquella gran ciudad de los hombres, sin tener a dónde ir? ¿No sería mejor terminar aquella locura, y volver de nuevo al mar? Llevaba lejos de casa seis semanas, más tiempo de lo que había estado nunca.
Pero no, volver a casa no era una opción en absoluto. Y además había una esperanza secreta en su corazón, una fuerza que era lo que la impulsaba a seguir adelante: Eric la llevaría consigo. Se la llevaría de la costa al interior, la llevaría a dónde él fuera, porque la amaba, y con su amor Ariel sentía que podía hacer cualquier cosa. Se sentía mejor de lo que era, más fuerte, más pura. De algún modo querer a Eric y que él la quisiera hacía que todo mereciese la pena. Hasta su vida ya no le parecía tan mala, si había desembocado en él.
Ariel miró a Eric que en ese momento tiraba desde la línea de triples, y luego a las demás chicas, que ya estaban discutiendo sobre como decorar el comedor y hacer la mejor de las fiestas. ¿Qué modelito llevar? ¿Con quién ir? Varias eran las candidatas a que las llevase Chad. Todas soñaban con que las llevase Eric. Pero claro, él ya tenía novia…
-¿Qué hay que hacer para el baile?-preguntó Ariel, educada. Las demás la miraron extrañadas.
-No sé ¿Bailar?-dijo una con sarcasmo.
-Tenemos que llevar un vestido muy bonito, no es de largo así que no te preocupes, pero hay que ir súper guapas, y luego habrá una cena y música y bailaremos, y será una noche loca de despedida de los mejores de los amigos-explicó la del interfono, ensoñadora-oh Ariel, será maravilloso, te lo aseguro ¡No te la puedes perder!
-No voy a hacerlo…-Ariel miró de reojo a Eric.
-Podemos coronar a la mejor pareja-sugirió otra de las chicas-¡eso sería estupendo!
Ariel abrió mucho los ojos con sorpresa.
-¿La mejor pareja?-repitió.
En ese momento Jim reparó en algo: por el cielo Scuttle sobrevolaba la pista de baloncesto llevando a Flounders entre sus patas, con la intención de depositarlo, como las otras veces, en la bañera del cuarto de Ariel. La gaviota sobrellevaba lo mejor que podía el peso del pez y batía sus alas peladas a duras penas. Entonces des de abajo Chad la señaló y apuntó hacia ella con la pelota de basket, sonriendo. Sus compañeros rieron también en voz baja.
-Por eso he estado pensando que la mejor manera de poner huevos es habiendo comido primero cocos de palmera verde-comentaba Scuttle tan excéntrico como siempre mientras se dirigía al cuarto de la chica-ya sé que me vas a decir… "Scuttle, tú no puedes poner huevos…" ¡pues te equivocas! Según un reciente estudio que hizo un merluzo llamado Koki…
-¡Scuttle!-Flounders acababa de ver como a bajo los muchachos humanos los apuntaban con el balón-¡SCUTTLE!
-Ya sabía que me lo ibas a decir-repuso la gaviota, a lo suyo-¡pues mira! Cuando consiga poner un huevo, serás el primer invitado a comértelo. Porque para qué iba a querer los huevos si no…
-¡SCUTTLE ABAJO!-exclamó Flounders. Tarde, porque el balón ya iba disparado hacia ellos a gran velocidad como un proyectil. Scuttle lo vio en el último segundo antes de que se estrellara en su pico. Flounders el ojo que le quedaba sano preparado para el golpe, pero entonces Scuttle esquivó el tiro en una curva milagrosa, y el balón se perdió fuera del muro del hotel.
-¡Mierda!-se lamentó Chad a bajo, mientras sus amigos seguían riendo.
-¡Ja já! ¡Chúpate esa, kamikaze social!-se rió Scuttle mirando al chico. Iba mirándolo tanto que se distrajo y se estampó contra una ventana del hotel, soltando a Flounders que cayó varios metros hasta aterrizar en el suelo de la cancha. En cuanto a Scuttle, aterrizó en la copa de una de sus palmeras, quedando inconsciente.
-¡Premio! ¡Jajajajajajaja! ¡Que bicho más gilipollas!-se rió Chad dando palmas.
-Jajajajajajaja, vaya hostia-se carcajeó Eric. Entonces Max salió disparado hacia Flounders, que coleteaba débilmente en el suelo. Si al menos conseguía llegar a la piscina…
-¡No!-exclamó el pez asustado al ver como el perro abría la boca para comérselo.
-¡Max, no! ¡Espera!-Eric cogió a su perro y lo apartó antes de que masticara al pez-¿no eres el pez de Ariel? ¡Ariel! ¡Eh, Ariel!
Ella miró a Eric de reojo. Estaba demasiado absorta con la charla del baile, que había despertado totalmente su curiosidad.
-¡Ariel!-la llamó su novio de nuevo. Ariel supuso que quería llamar su atención, como siempre, así que no le hizo caso. Solo se echó su cabello hacia atrás y meneó un poco sus caderas, haciendo entender que le había oído, pero pasaba de él. Eric sonrió, travieso-… te vas a enterar…
-Joder, es un pez muy raro-comentó Chad cogiendo a Flounders de las manos de Eric y echándole un vistazo-que colores…
-Tío, tío, no tenemos pelota. Pero eso nos sirve-rió Zeke, otro de sus compañeros con muy mala idea.
-Pues es verdad-razonó Chad. Luego le dio un golpe con el pie a Flounders y se lo pasó a Zeke-¡Mira!
-¡Ajajajajaja tío! ¡Mira!-Zeke le dio un golpe con una rodilla a Flounders y luego con la otra, como si fuese una pelota de fútbol. El pez notó un intenso dolor en las costillas que le hizo estallar en lágrimas, mientras los chicos del equipo de baloncesto empezaban a pasárselo unos a otros entretenidos en aquel nuevo juegos.
-¡Dejadlo ya! ¡Le hacéis daño!-protestó Martha, que se negaba a jugar. Eric por su parte seguía empeñado en llamar la atención de Ariel.
-¡Eh tú, tú! ¡La pelirroja!-llamó el chico. Ariel le miró de reojo con una sonrisa traviesa y fingió ignorarlo.
-A… Arieeel…-Flounders sintió como la rodilla de Zeke se le volvía a clavar como una piedra en la mandíbula. Estaba seguro de que se le habían roto varias costillas. Y le empezaba a faltar el oxígeno. Cada vez más.
-Tío, tío, paremos ya-dijo otro de los chicos, algo más preocupado por el pez.
-Vale tú, pero antes… ¡Tri tri triple!-Chad tiró a canasta y acertó, y Flounders emitió un fuerte chillido mientras cruzaba la red y aterrizaba de morros en el suelo, rompiéndose la cara. Los chicos prorrumpieron en carcajadas por la gracia de Chad.
-Que cabrón-se rió Zeke.
-Dejadlo ya tío-intervino Eric viendo al desgraciado pez-os lo vais a cargar.
-¡Parad!-insistió Martha consternada.
-Tiro una última vez y ya-dijo Chad.
-Vale, pero luego vámonos ya-dijo Eric con aburrimiento. Chad apuntó de nuevo con Flounders, que miraba horrorizado la canasta. No sobreviviría a otro golpe así.
-A… Arieeel… Ariel-suplicó el pez incapaz de hablar con coherencia por el dolor.
-Jordan se prepara…-anunció Chad apuntando a la canasta. Zeke se puso unos metros delante para hacer tapón.
-A… Arieeeeeel…
Ariel ya le había parecido escuchar su nombre pero todo lo que las chicas le estaban contando la tenía absorbida. Tenía que conseguir un precioso vestido. Sería la más guapa de la fiesta…
-¡ARIEL!-fue el chillido de Scuttle que acababa de reincorporarse lo que alertó a la pelirroja, que al girarse vio a Flounders en las manos de Chad, a punto de saltar a canasta.
-¿Flounders?-Ariel fue hacia Chad mientras ponía los ojos en blanco. Su amigo pez había vuelto a ponerse en peligro por verla. ¡Tenía que aprender a dejarla vivir su vida! Maldita sea…
-Para, anda-le dijo Ariel a Chad, quitándole a Flounders. Ariel vio las manchas de sangre en el pez y se sorprendió-¿le habéis hecho daño?
-Emmm no… eso ha sido el perro de Eric-se excusó Chad, mirándola extrañado.
-¡No mientas capullo!-rió él. Chad le guiñó un ojo con sorna.
Ariel miró a Flounders, que parecía querer decirle algo. Ella debía ayudarlo, pero ahora mismo no podía. ¡Tenía un montón de cosas que hacer, no podía quitarse tiempo ahora! Se asomó por la barandilla que daba al mar y echó a Flounders al agua.
-Así te recuperarás-le dijo antes de lanzarlo-luego bajo y hablamos… ten cuidado…
Y dicho esto subió de nuevo a ver a Eric. No volvió a ver a Flounders luego, ni en ningún otro momento. No es que no se preocupase ni le importara menos. Es simplemente que ni pensó en él. Porque ahora Eric, los humanos, y el baile, eran todo su mundo. Y lo demás simplemente estaba fuera de él.
-¿No estarás enfadada, no?-le preguntó Chad a Ariel pasándole uno de sus morenos y sudados brazos por el hombro. Ella le miró seria. En realidad si lo estaba, pero no iba a enfadarse con él, Chad le caía bien y además era muy popular.
-No… pero no lo hagáis más…-pidió. Luego se volvió hacia Eric-¿qué querías…?
-A ti-bromeó él, y acercándose a la pelirroja la dio un húmedo beso. Ariel respiró el cálido olor de sudor del chico. Con aquellos pantaloncitos estaba prácticamente desnudo, y a ella le excitaba mucho-¿damos luego un paseo?-sugirió Eric-deja que me duche…
-De acuerdo…-dijo Ariel mirando el pecho desnudo de Eric y pasando una mano por él.
-Vaya guarra…-susurraron las otras chicas al ver el deseo en los ojos de ella-seguro que ya lo han hecho.
En realidad todavía no, y Ariel había estado con Eric menos tiempo del que quería, pues las muchas obligaciones del muchacho (aparte de sus clases de baloncesto, chino y esgrima) le apartaban muchas veces de ella. Y por la noche era imposible quedarse solos. Pero Eric le había traspasado a Ariel sus propias ganas de tener esa primera vez. La chica sabía que allí abajo estaba la clave del placer. Y deseaba tanto que Eric se uniera a ella. Que la tocase más, que la hiciese perder la razón de nuevo, como cada vez que sus labios se acercaban a los suyos…
-Flounders… ¡Flounders!-Scuttle sobrevolaba el agua cerca de donde Ariel había arrojado al pez. La gaviota tenía sangre en el pico, que al habérsele chocado con la ventana se le había doblado un poco-¡Flounders!
Pero Flounders no podía responder. Estaba tirado en el suelo del fondo marino, y se apretaba el estómago con dolor. Notaba la hemorragia interna, algún órgano delicado, quizás incluso el corazón, se le debía de haber abierto por los golpes, y ahora Flounders sentía como en su interior los fluidos se movían y le quemaban.
-Aaaaai…-el pez apenas podía ni hablar. Sintió como si por dentro una mano invisible le estuviese removiendo todos los órganos. Por el morro reventado y las heridas de los rodillazos también sangraba. Si no se moría allí, un tiburón se lo zampaba seguro. Flounders cerró los ojos, y en su mente apareció una imagen: Ariel nadaba en la gruta entre los peces y cantaba, deseando salir a la superficie. Luego le agarraba de las aletas y bailaba con él aquella melodía, y reían y se contaban sus secretos, y ella lo era todo para él, y él estaba ahí, siempre, con ella. Desde aquel lejano día en el prado de algas.
-Lo conseguiste…-susurró Flounders y sonrió levemente.
Solo esperaba que Úrsula no la hiciera daño. Si al menos hubiese podido advertirla. Si al menos hubiese podido decirle eso, y alguna cosa más…
-Que dramático…-la Úrsula de verdad observó a Flounders tendido en el suelo con aburrimiento, y luego se volvió hacia Ariel, que lloraba descontroladamente, mirando a su amigo pez. Jim no lloraba, pero estaba muy conmovido. Flounders había sido realmente el mejor amigo de la sirena, eran inseparables, y estaba claro que él la quería más que a su vida. Y ella ni siquiera se había despedido de él. Lo había tenido en sus brazos, había podido salvarlo. El hecho de que Úrsula se lo mostrase así hizo que a Jim le hirvieran las entrañas: aquella bruja era un monstruo. Pero por otra parte, ella no había tenido nada que ver en eso. La elección había sido del pez, y de Ariel…
-¿Quieres que lo deje? ¿Paro ya?-le preguntó Úrsula a Ariel sonriendo con sadismo. Ella no podía parar de llorar con el rostro rojo. Jim nunca la había visto así. Ni siquiera parecía ella. Estaba completamente fuera de sí. No podía soportar verlo. Flounders… Flounders…
Una imagen de la pequeña Ariel y el pez, ocultos en un jardín de algas rojizas, apareció ante ellos. Ariel cantaba una suave canción, y Flounders, al lado suyo, la abrazaba para conciliar el sueño. Ella le había protegido tantas veces.
-Supongo que después de todo, sí que era más valiente que tú y ese niñato, Urchin-comentó Úrsula con aburrimiento-bueno, terminemos con esto…
La imagen volvió a cambiar. Eric y Ariel estaban en una barca, y recorrían un lago lleno de frondosa vegetación, que se encontraba cerca del hotel. Jim sabía que en la zona blanca había muchos parques naturales con vegetación (como era el caso del ya conocido bosque de Sherwood), pero en la zona roja ver árboles que no estuviesen rennegridos y sucios era algo poco usual…
-Es precioso Eric-comentó Ariel cogiendo un nenúfar del agua y colocándoselo en el pelo.
-Estás preciosa-dijo él mirándola por un rato embelesado. Luego miró a los lados y nuevamente una sonrisa apareció en su atractivo rostro-y estamos solos…
-Ya… pero lo prefiero…-respondió Ariel ensoñadora. Eric se acercó para besarla, pero ella empezó a hablar, y él se detuvo-Eric… ¿cuánto me quieres?
-¿Cómo… que cuánto?-preguntó el chico, impaciente. Ariel le miró muy seria-pues… mucho, claro… te quiero… te amo.
-Ya…-Ariel se encogió un poco en la barca, con expresión triste-es que estás muy poco conmigo…
-Estoy contigo ahora.
-… y tengo miedo. El verano se termina… y no quiero perderte… no quiero que te vayas…-susurró la pelirroja. Eric parpadeó, extrañado. A lo lejos se escuchaba el ruido de unas aves parlotear. Echando un vistazo Jim distinguió unos flamencos.
-Pero tú… ¿nunca vas a volver?-preguntó el chico.
-Pues… no… no quiero… pero tú… tú me cuidarás… ¿no?-preguntó Ariel en un susurro. Eric pareció vacilar. No podía seguir manteniéndola toda la vida. ¿Bueno, por qué no? ¿A caso no tendría que mantener a su mujer en un futuro? Y a sus hijos… si esa mujer era Ariel… y sin duda quería que fuera… sí, quería que fuese ella…
-Sí, claro que te cuidaré-reconoció Eric cogiéndola de la mano y apretándola con fuerza-no te preocupes por eso Ariel. No estás sola. Nunca vas a estar sola. Si yo estoy contigo no.
Ariel sonrió y le acarició el rostro al chico, agradecida. Eric miró a un lado de la barca, y agachó un poco la mirada, cortado.
-A veces, yo me siento solo…-dijo en voz muy baja. Ariel le miró con sorpresa-siento… que no tengo a nadie. Que no le puedo explicar como soy… a nadie…
-Profundo el chico-siseó Úrsula, fuera del recuerdo.
Ariel le acarició el rostro a su novio de nuevo, y luego se sentó encima suyo, recogiéndose el pelo a un lado y haciéndole mirarla, provocativa.
-Me tienes a mí. Conmigo puedes ser como quieras-le susurró en un tono muy bajo. Sabía que eso a él lo ponía a mil. Igual que rozar su entrepierna con la suya al sentarse.
-Y puedo… puedo… ¿besarte?-dijo Eric.
-Sí-respondió Ariel. Y él la besó.
-Y puedo… ¿tocarte?
-Sí-respondió Ariel, y guió una de las manos del chico hasta su vientre, que Eric acarició por debajo de la tela de la blusa.
-Y puedo…-Eric cerró los ojos disfrutando del escalofrío de placer que le recorrió al notar la suave piel de la chica en sus manos-puedo… ¿puedo follarte?
Ariel se quedó quieta en el sitio, con los ojos muy abiertos. Sí, sí podía. Debía. Ella debía decirle que sí. Dejarle entrar. Era muy fácil.
-Sss…-iba a hacerlo. Eric ya la estaba bajando la falda poco a poco, mientras la besaba en su terso cuello. Ariel adoraba los besos en el cuello. Eran muy eróticos.
La imagen de sus padres bailando apareció en la memoria de la chica. Tritón y Anthea celebrando sus veinte años de casados, y disfrutando juntos. Eric estaba cada vez más cerca. Sus dedos ya rozaban sus bragas…
-Quisiera… quisiera que fuera en otro momento…-susurró Ariel, y Eric se quedó paralizado. Levantó la cabeza, descontento.
-Ariel… estamos solos. Aquí nadie va a molestarnos…-insistió él. Jim conocía ese tono de súplica muy bien.
-La noche… del baile… quisiera que fuese allí… la primera vez… sería… perfecta-pidió.
-No hay ocasión perfecta-la recordó Eric-no existe la pareja perfecta….
-No podemos vivir pensando eso…
-No podemos…-repitió Eric. La besó de nuevo en el cuello intentando convencerla, pero Ariel se separó, y le miró sonriendo con suavidad.
-Falta una semana… ¿no podrás aguantar?-pidió.
-No, claro que no-dijo Eric, enfadado-por favor Ariel… aquí… estamos tan bien…
-Por favor… es mucho mejor así si… esperamos…-dijo Ariel. ¿Hasta dónde la quería él? ¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar? Sabía que el chico la amaba y lo haría. Solo quería asegurarse. Saber que le quería. Que se lo demostrara con actos, y no con palabras.
-Está bien… pero dame un adelanto-pidió Eric. Ariel sonrió y acercándose a él le beso en los labios con fuerza. Sus lenguas se entrelazaron dentro de sus bocas, y la chica le pasó una mano por el pecho y abdomen hasta llegar a bajo. Eric dio un respingo al notarla tan cerca de su miembro, pero Ariel la retiró enseguida.
-Te quiero…-susurró Ariel.
-Y yo…Ariel… te quitaré la virginidad-susurró Eric. Ella sintió como se empapaba al oírle decir eso-serás mía Ariel… porque eres mía… solo mía…
-Sí…-respondió ella, y volvieron a besarse. Eric quiso insistir para ver si ella cedía, pero no lo consiguió.
La imagen se oscureció. Volvían a estar en el hotel de Port Royal. En el gran hotel los ricos empresarios de Suburbia celebraban el final de sus vacaciones. Weatherby Swann, dueño del hotel, ofrecía un brindis en el centro de una de las mesas, y todos lo aplaudieron y aclamaron. Jim reconoció a los padres de Eric entre los presentes.
Ariel estaba paseando por los jardines, pensativa. Faltaban dos días para el baile. Dos días. Era increíble lo rápido que pasa el tiempo. Aún no se había acostumbrado a que Marina del Rey no la levantara exigiéndola ir al colegio. Podía ir a sus anchas. Era libre. Tenía paz, y tenía amor.
-Pero esas cosas… no duran para siempre…-se dijo Ariel a sí misma. No, claro que no. Pero entonces ¿qué pasaría? ¿Qué haría cuando dejasen de estar? No quería ni pensarlo. Eric no podía irse de su lado. Era lo que más quería en el mundo. Lo único que quería ya.
Ariel se odió a sí misma, pero pensaba en su padre, y en sus hermanas. Asomándose por la barandilla miró al horizonte. Más allá de él, Tritón estaría sentado en su trono marino, en medio de una guerra. Se preguntó si Andrina estaría asustada por ello, si Aquata seguiría saliendo a escondidas con Brandon y si Attina estaría también angustiada por la batalla. Ella era la futura reina. Se preguntó si la echaban de menos. Y de repente, ella las echó muchísimo de menos. Y también a su padre. Ariel se esforzó por pensar en todas las veces que Tritón la había golpeado. En todos los gritos y años de represión. Pero aún así, incluso después de todo eso, y de saber que él no la quería, sabía que ella sí le quería a él. Le querría siempre. Era su padre. "Te odio…-dijo Ariel-te odio…" repitió. Quería odiarle… pero no podía. Ojalá pudiese volver… pero no lo haría nunca. No volvería jamás. Ella les quería… pero ellos no.
Un extraño brillo violeta apareció en la piscina de los jóvenes del hotel. Curiosa, Ariel se quedó mirándola. Se acercó para ver mejor que era lo que la hacía brillar así ¿un pez fosforescente, o una estrella caída? Entonces del agua emergió una figura conocida. Úrsula, rodeada de agua que subía a chorros, se quedó sentada en un trono líquido, mirándola con una cándida sonrisa.
-Ariel… cariño-Úrsula extendió sus tentáculos hacia ella, pero Ariel se alejó. Úrsula se mordió el labio, y la miró apenada-ya te lo han contado… ¿verdad?
-Me mentiste-dijo Ariel con frialdad-me dijiste que me ayudarías…
-Y lo he hecho…
-¡Mentira!-Ariel no gritaba. Solo la miraba con gesto acusador. Ahora veía en Úrsula cosas que no había visto antes: veía la maldad… veía el odio. Sebastián ya la había advertido… pero bueno, no iba a hacer caso a ese cangrejo…
-Mentira no, Ariel-replicó Úrsula, posándose en el suelo terrestre con calma. Ariel se sorprendió de que ella pudiera respirar tan bien en la tierra, y desplazarse sin problemas-estás aquí, en el mundo de los humanos. Y tienes a tu chico. Lo has conseguido todo. ¡Y gratis!
-Has atacado a mi familia-la recordó Ariel-Hay una guerra…
-Sí, eso es cierto, pero yo no la provoqué…-se excusó Úrsula-tus padres nos expulsaron a muchos… ahora solo queremos reclamar nuestros derechos y…
-¡Mentira!-volvió a interrumpirla Ariel, aún más enfadada-no has hecho eso ¡y me mentiste! Eres malvada…
-Eso te lo dije desde el principio…-recordó Úrsula.
-Y mientes…
-También te lo dije…
-Y odias a mi padre-concluyó Ariel.
-¿Te lo negué alguna vez? Nunca te negué nada Ariel. Tú te acercaste a mí cariño. Todo lo que has hecho… lo has buscado tú sola.
-No… ¡no es verdad!-trató de defenderse Ariel-¡Tú… tú me convenciste para hacerlo?
-¿Yo?-Úrsula soltó una carcajada-te di la elección ¿no? Y de eso va la cosa. De elegir. He venido para que elijas de nuevo.
-Me da igual-dijo Ariel muy seria-no quiero escucharte.
Se dio la vuelta para marcharse, pero un tentáculo de Úrsula la rodeó y la retuvo.
-No he terminado-dijo la bruja con voz más firme. Ariel la miró intimidada-hiciste un trato conmigo ¿recuerdas? Teníamos un pacto.
-Me dijiste que no necesitabas nada…-murmuró Ariel. El tentáculo de Úrsula la apretó con más fuerza-¡Ah! ¡Me haces daño! ¡Suéltame!
-No, no creo que lo haga…-dijo Úrsula con voz ronca. Luego pareció aplacarse un poco-Ariel… yo solo quiero ayudarte… si colaboras conmigo juntas podemos conseguir que el mar vuelva a ser un lugar feliz… podemos llevar la paz a nuestro mundo.
-¡Ya no es mi mundo!-exclamó Ariel, furiosa-¡no pienso volver! ¡No quiero tener nada que ver contigo, ni con mi padre, ni con nadie!
Úrsula se quedó perpleja mientras la sirenita seguía gritando.
-Ahora soy feliz-dijo Ariel, desesperada-¿no lo entiendes? Nunca volveré… y no pienso ayudarte con nada… me da igual lo que hagas… y lo que haga papá… me equivoqué contigo… pero gracias por las piernas. Es el mejor regalo que me han hecho nunca…
-Con que… ya no necesitas a Úrsula ¿no?-la bruja del mar sonrió perversamente. Podía matarla en ese mismo momento si quisiera, pero necesitaba conocer el escondite secreto del tridente, y la pelirroja era la única que podía decírselo, pues ni el propio Tritón podía. Úrsula sabía bien que podía obligar a Ariel en ese mismo momento a llevarla hasta el tridente… pero para llegar hasta el tridente primero debía destruir a Tritón… y para destruir a Tritón debía atacarlo al corazón… con su hija… que se lo había entregado a aquel humano…
-Muy bien Ariel… entonces ya nos veremos… cuando me necesites…-siseó la bruja. Chasqueando los dedos el agua que la rodeaba empezó a desaparecer y Úrsula se hundió en la piscina, desapareciendo segundos después entre sus aguas. Ariel se quedó mirando el lugar en el que ella había estado, mientras respiraba aceleradamente. No se encontraba nada bien. Empezaba a estar preocupada por sus padres. Y que Úrsula supiera dónde estaba ella no era nada bueno… "Pero te irás… cuando acabe la semana… habremos terminado… y te irás… nada podrá impedir eso… Eric te llevará contigo, y ella ya no podrá encontrarte… nadie podrá…". Por fin, pudo respirar en paz. Por su mente pasaban Flounders, Sebastián, Scuttle y sus hermanas. Todavía les quería, claro que sí. Pero no quería volver… se marchaba… y sabía que no volvería a verlos nunca. Pero ya no los necesitaba. Por fin podía crecer.
Y cuando Eric la besara, cuando ella sintiese su cálido cuerpo encima suyo, unido a ella en la carne, siendo uno solo, entonces Ariel sabía que no habría vuelta atrás. El amor verdadero culminaría… Y sería libre para siempre, con él.
Con Eric.
Cerca del hotel, en los acantilados, Flotsam y Jetsam se habían reunido con su maléfica dueña. Úrsula parecía muy concentrada mientras pensaba en lo que iba a hacer… no era un mal plan.
-¿Por qué no la has traído contigo?-preguntó Jetsam rodeando a Úrsula y rozando su cabeza en los pechos de la bruja-tenemos métodos para obligarla…
-Esta va a ser una de las mejores actuaciones de mi carrera-dijo Úrsula. Cerrando los ojos hizo aparecer con un conjuro una botellita con un extraño líquido de color rosa, que recordaba a las pociones de Yzma. Jim se preguntó si efectivamente sería una de ellas.
-Parece que vas a entrar en su juego…-observó Jetsam.
-Esa sirenita está perdida-rió Flotsam.
-Cuando alguien que lo ha tenido todo se queda sin nada es capaz de cualquier cosa. Ariel será el culmen de mi carrera. La hija de Tritón será mía… ¡mía! Y entonces le haré sufrir…-el líquido rosa de la botella rodeó a Úrsula que soltó una ronca risotada mientras comenzaba a transformarse. Jim no podía ver por culpa del denso líquido, pero observó como la silueta de la bruja se estiraba y adelgazaba, y sus tentáculos desaparecían ¿sería posible que…?-… se retorcerá como un gusano en un anzuelo… ¡JE JE JE JA JA JA JA JE JAJAJAJAJAJAJAJA!
Flotsam y Jetsam rodearon la nube de líquido rosa que se había formado alrededor de la bruja mientras esta mutaba de forma y se preparaba para su plan final.
La Ariel real miró a Úrsula fríamente. Ella se dio cuenta, y soltó también una carcajada, como la de su recuerdo.
-Ya lo imaginabas ¿no? La verdad es que como humana no puedes negarme que esté bien…
Ariel no dijo nada, y Jim tampoco. Ya había entendido a que se refería Úrsula, y cuál sería el desenlace de la historia. Por desgracia, era demasiado obvio para no ser así…
El siguiente recuerdo comenzaba con Eric paseando de noche por la playa. El baile era en dos días. El caminaba con Max, que tenía que salir a gastar energías antes de acostarse, y andaba absorto en sus pensamientos. Ya imaginaba el cuerpo de Ariel desnudo, esperándole. En realidad, y pese a la espera, la pelirroja tenía razón. Era una buena idea esperar al día del baile. Eso lo haría más mágico. Aunque por él, la verdad, lo hacían ahora mismo. Se moría por saber cómo era… por estrenarse… ya no sería un niño, sino un adulto…
-Oooooouhhh… Aaaaaaah…-Eric pensó por un segundo que los gemidos venían de su cabeza, porque estaba muy mal, pero luego entendió que se equivocaba: acercándose un poco a las rocas distinguió a una mujer, una joven un poco mayor que él. Estaba sentada en las rocas, con su larga cabellera ondeando al viento, e iluminada por la luna. Mirándola mejor, Eric se dio cuenta de que era muy hermosa: de piel morena, grandes ojos y labios gruesos, parecía una auténtica modelo. Tenía unos rasgos muy afilados y adultos, casi se diría artificiales por su perfección antinatural. A Eric le prendó en cuando la vio, aunque también le dio un poco de corte: la mujer se frotaba su entrepierna suavemente, mientras con los ojos cerrados parecía disfrutar de un inmenso placer. Eric miró unos segundos a sus bragas, bajadas hasta las piernas, y luego se alejó lentamente, no queriendo que ella supiera que estaba allí. Era muy perturbador… pero eso le gustaba.
La mujer abrió los ojos repentinamente, y se quedó mirándolo. Eric quería marcharse, pero se había quedado clavado en la playa, sin poder huir. Ella se bajó su largo vestido negro y se reajustó las bragas, mientras lo miraba con seriedad.
-¿Te gusta?-preguntó en tono duro. Eric arqueó una ceja.
-Nno… no… lo siento-se disculpó y se dispuso a marcharse, pero ella se levantó y avanzó hacia él, resuelta.
-No deberías espiar a las chicas en su intimidad-dijo, y entonces le dio un tortazo. Eric se llevó la mano a la cara, pasmado-…cerdo.
-Esto es una playa… ¡joder!-protestó él, mirándola furioso ¿es que estaba loca? Joder, claro que lo estaba. Debía de ser una perturbada mental. Tenía que largarse de ahí de inmediato. Pero bueno, él era un chico muy alto y musculoso, sabía defenderse, y también tenía al perro, que por cierto estaba bien entrenado para eso. Curiosamente Max no intentaba lamer la vagina de la mujer como siempre hacía con Ariel. Parecía asustado, y se escondía detrás de las rocas.
-Eres un chico malo…-dijo la mujer morena posando sus manos en los pechos de Eric, y bajándolas a sus pezones, que apretó levemente. Eric levantó la cabeza y la miró, y entonces ella le besó en los labios. Le besó de un modo obsceno y salvaje, moviéndolos con maestría y pasando su lengua por la del chico, introduciéndola en su cavidad y luego pasándosela por la barbilla. Eric estaba atónito, y también la verdad muy cachondo. El olor de esa mujer, su sabor y su actitud lo habían hipnotizado. No sabía de dónde había salido pero… cada vez que iba a esa playa, no se arrepentía.
-Veo que también eres travieso…-susurró la chica acercando su mano al pantalón de Eric y metiéndola hasta agarrar el pene del chico. Él la miró, atónito.
-Es…espera-pidió, pero ella comenzó a masturbarlo mientras seguía susurrándole con agresividad, pegada a sus labios. Las piernas de Eric flojearon al sentir el placer recorriéndole todo el cuerpo, y sus dedos se hundieron en la arena estirándose por el placer. La mujer lo hacía muy bien… estaba experimentando unas emociones de placer indescriptibles…
-No quiero verte nunca más por mi playa ¿eh?... no me hagas tener que castigarte…-susurró la mujer en su oído, y luego se lo mordió-¿no volverás, verdad…?
-Mmmmmn… nnno…-jadeó Eric, con los ojos cerrados.
-¿Vendrás a verme a mi hotel, el Port Royal? ¿Me harás una visita allí?-preguntó la mujer haciéndoselo a una mayor velocidad, con lo que las mejillas de Eric se sonrojaron, y comenzó a gemir incapaz de resistirlo.
-Ssí… sí, iré…-alcanzó a decir el muchacho.
-¿Y me espiarás mientras hago cosas malas? ¿Y las harás conmigo? ¿Follarás conmigo, Eric? ¿Me harás sentir que soy la única?-preguntó ella. Ya no podía alcanzar más velocidad, y Eric estaba a punto de correrse.
-Sssssí… ¡Aaaaaaaah! Sí… oh, sí… sí…-dijo él, derramando su líquido seminal. La joven morena lo recogió y para sorpresa de él se lo llevó a los labios. Eric tenía los ojos como platos. ¿Pero de dónde…? Ella… joder, joder… era increíble…
-Hasta otra…-dijo ella alejándose mientras se recogía su largo vestido negro para no mancharlo de arena.
-¡Espera! ¡Para!-la llamó Eric, aún con los pantalones bajados-¿cómo… cómo te llamas?
La mujer se volvió una última vez, con la luna detrás, abrazándola con su pálida luz.
-Vanessa…-dijo simplemente. Luego se alejó. Eric se quedó allí con Max ladrando a un lado, preocupado. Estaba tan perplejo que tardó unas horas en volver de la playa. Cuando volvió a la cama, nuevamente no podía dormir. Pero esta vez ya no era Ariel la que le estaba robando el sueño…
Al día siguiente Eric se levantó temprano y fue a desayunar a la cafetería del hotel. No se encontraba de buen humor. Mientras se echaba unos huevos en el plato, Ariel apareció y le abrazó por detrás. Eric estuvo a punto de tirar los huevos, y la miró con enfado.
-Mañana es el día… ¿no estás emocionado?-le preguntó Ariel en el oído, dándole un beso cerca del lugar donde Vanessa lo había mordido el día anterior.
-Sí…-mintió Eric. Luego se sentó en la mesa y empezó a comer con aire taciturno. Ariel lo observó comer sentada enfrente suyo, embelesada. Cada cosa que hacía Eric, cada gesto, cada expresión eran para ella un tesoro. No podía creer que una persona tan especial como él, tan única, la amase a ella. La hacía sentir que verdaderamente merecía la pena.
-Ya tengo el vestido…-dijo Ariel muy contenta-he pensado que luego podríamos ir a mi habitación… estoy preparando una sorpresa…
Ariel había conseguido un sexy conjunto negro que la remarcaba el trasero respingón y las gruesas tetas. Se lo habían recomendado las otras chicas. Sabían que con eso él no podría resistirse.
-Vale…-Eric seguía sumido en sus pensamientos ¿por qué estaba esa mujer en la playa haciendo eso? ¿Quién era? ¿Cómo sabía su nombre…? ¿Cómo lo sabía?
Ariel se dio cuenta de que él no la estaba escuchando. Mientras cogía su mano le miró extrañada. ¿Qué le pasaba hoy a su chico? Normalmente ya la estaría besando o tocando por debajo de la mesa. Si apenas si aguantaba estar sin ella.
En ese momento entraban a desayunar varios de los chicos de la pandilla, y esta vez charlaban muy animadamente, pues había una persona nueva entre ellos. Ariel se levantó de la silla para ver mejor a la nueva, una joven algo mayor que ellos, de piel morena, largo cabello y rostro afilado y muy bello. La chica nueva estaba siendo cortejada por Chad, Zeke y otros dos chicos más, mientras las chicas charlaban animadamente diciéndole lo bien que se lo iba a pasar allí.
-Es una pena que Sharpay no esté, porque le caerías genial, pero tuvo que irse… bueno, aunque solo nos queden dos días, tú estás invitada-le decía una de ellas.
-¿Quieres ir conmigo, Vanessa?-preguntó Chad, directo al grano.
Vanessa sonrió con arrogancia. Entonces se pararon al lado de Ariel y Eric, que tenía la boca manchada de huevo y una expresión idiota en el rostro.
-Hola…-saludó la chica nueva posando una de sus manos en la mesa, y tamborileando los dedos-yo soy Vanessa.
-Ho… hola-titubeó Ariel. Vanessa le dedicó una sonrisa que a ella le resultó más bien una mueca desagradable. Luego se alejó seguida de su cohorte.
-Que chica más rara…-comentó Vanessa.
-Sí, sí, es muy rara-corroboraron las demás chicas, deseosas de obtener la aprobación de Vanessa-llego nueva este año, como tú.
Ariel se quedó en la mesa con Eric, que seguía embobado persiguiendo con la mirada a la morena. Ariel lo vio en sus ojos. Y un súbito pánico se apoderó de ella.
-¡Límpiate!-le dijo a Eric arrojándole una servilleta, para luego salir de allí echando chispas.
Él se quedó en silencio, terminando su desayuno.
A mediodía Ariel buscó a su novio, pero no le encontró. Eric estaba tomando el sol en la piscina pensando en lo que iba a hacer, cuando vio venir a la pelirroja y se marchó para evitarla. No quería hacerla daño, pero… bueno, en realidad le daba igual. A Eric solo le importaba una cosa en ese momento… averiguar cuál era la habitación de aquella mujer, para ir a verla.
Cuando por fin lo averiguó con ayuda de un botones Eric se quedó parado un buen rato frente a la puerta de Vanessa. ¿Se planteaba el chico si iba a dañar a Ariel con aquello, si estaba a punto de cometer una equivocación? Jim estaba seguro de que no. Eric solo pensaba en cómo abordar a Vanessa. En cómo expresarle lo que sentía, sin que ella pensase que era ridículo.
Finalmente llamó. Pasaron unos largos segundos hasta que Vanessa abrió la puerta. La chica estaba envuelta en una toalla, y Eric palideció. El olor atrayente de ella se respiraba por toda la habitación. Él necesitaba besar esos hombros morenos…
-¿Qué quieres?-preguntó Vanessa echando la cabeza hacia un lado, seria.
-Yo… he pensado en… pasar a saludarte-alcanzó a decir Eric. Vanessa alzó las cejas.
-Oh, vaya. Pues… hola-dijo. Luego empezó a cerrar la puerta-si no te importa, hace frío…
-¡Espera!-Eric sujetó la puerta y Vanessa le miró con aquel magnetismo que tanto le atraía a él.
-¿Qué?
-Yo… escucha… después de lo de la playa…-empezó Eric.
-En la playa no pasó nada… y si pasó… se queda allí-dijo Vanessa estirando la cabeza. Eric se encogió un poco. Pero no era un chico que se rindiera fácilmente.
-Entonces… no te gusto-dijo, mirándola fijamente. Vanessa emitió una risita.
-¿Te gustó yo a ti?-preguntó burlona.
-S… sí-dijo Eric con honestidad. En ese momento Ariel sí que le pasó por la cabeza, lo que hizo que por un momento vacilase.
-Pero tienes novia, ¿no…?-dijo Vanessa, posando sus dedos en el pecho de Eric-yo no soy un segundo plato…
-No…-susurró Eric, con voz ronca-claro que no…
Y la besó. Nuevamente Vanessa fue la que tomó la dirección del beso. Atrevida y viciosa hizo que Eric se endureciera mientras acercaba el cuerpo del chico al suyo y le hacía meter sus manos dentro de su toalla. Eric soltó un gemido de excitación al sentir el tacto de los pezones de Vanessa bajo la toalla, y quiso quitársela, cuando ella se alejó, dejándole con las manos en el aire.
-Nos vemos luego… ahora tengo cosas que hacer-dijo, guiñándole un ojo, y cerrándole la puerta en las narices.
Eric se quedó paralizado, mientras un mayordomo pasaba con una bandeja de té y lo miraba con reprobación. "Joder"-pensó el chico.
Por la tarde él estuvo un rato con Ariel, pero apenas la escuchaba, apenas la besó, y finalmente se marchó a buscar a Vanessa con el pretexto de tener que ir a arreglar su traje para el baile. Eric la estuvo buscando un buen rato después de comprobar que en su habitación no estaba, cuando desde un armarito del pasillo ella le llamó.
-Entra…-le indicó con una risita. Eric obedeció, pícaro, y entró, cerrando la puerta tras de sí.
Los siguientes minutos fueron muy apasionados. Se besaron por todas partes, mientras Vanessa emitía unos gemidos muy fuertes y excitados, acariciando el pelo del chico y su ancha espalda. Eric sabía bien lo que se hacía cuando la tocaba, cuando la besaba, y creía estarla volviéndola loca. Él era un gran amante. ¡No podía ser de otro modo! Vanessa le mordió el labio inferior mientras él se bajaba los pantalones, dispuesto a hacerlo.
-¿Qué haces…?-susurró Vanessa, divertida.
-¿Tú que crees?-preguntó Eric con voz ronca. Vanessa rió.
-No tan rápido, vaquero… aún no conoces a mi familia…
-¿A tu familia?-repitió Eric, con asco-¿tenemos que presentar a nuestras familias?
-Yo quiero conocer a tus padres… ¿no quieres conocer tú a los míos?-siseó Vanessa. Eric la lanzó una elocuente mirada, y Vanessa lanzó otra de sus exageradas risas-Eric… yo necesito a alguien que me quiera… no un simple polvo…
"Mierda, ya estamos otra vez-pensó el chico, cabreado-siempre se tienen que poner así en el mejor momento. Pero qué…" Vanessa le puso un dedo en el labio para hacerlo callar.
-Mañana hay un baile… ¿no? Quisiera ir con alguien especial… para pasar después una noche muy especial…
-Una noche…-Eric notó como el calor le subía. Entonces se acordó de Ariel, y de lo que ellos habían acordado. Joder, no podía dejarla tirada… no podía… ¿no podía?-yo es que… no sé…
-Lo entiendo-dijo Vanessa con voz dura, mientras alejaba lentamente a Eric de ella-pero no pasa nada… ese amigo tuyo, el negro, puede llevarme. Creo que él sabe hacer cosas que hace mucho que no me hacen… y es lo que necesito.
-Yo puedo hacer esas cosas-se defendió Eric, sin saber muy bien en realidad a qué se refería ella-puedo hacerlas ahora. Pero es que…
-No pasa nada… de verdad-siseó Vanessa. Eric tragó saliva, mientras ella lo echaba a un lado e iba hacia la puerta.
-¡Espera!-Eric la sujetó de la mano. Ella era tan fascinante… una mujer adulta y poderosa, fascinante. A Eric le gustaba la inocencia y dulzura del sabor de Ariel, pero Vanessa era una diosa, una diosa del sexo, y nada podía compararse a ella…-espera, Vanessa yo… yo iré contigo.
-¿Lo dices en serio?-Vanessa le miró y Eric creyó ver algo de emoción en sus ojos-me… ¿me llevarás…?
-Sí-respondió él con firmeza, y acercándose a ella la besó con sinceridad-sí lo haré.
"Gilipollas"-pensó Jim. Sabía perfectamente que él haría lo mismo. Pero aún así…
-Tengo que buscar un vestido, entonces…-susurró Vanessa, mientras su mano rozaba las partes bajas de Eric, que sonrió emocionado-y después del baile… te daré yo otro…
La imagen comenzó a cambiar. Esa tarde había llovido. El otoño empezaba a olerse aunque solo fuesen las primeras semanas de septiembre. Las lluvias torrenciales eran habituales en el sur de Suburbia a finales de verano.
Eric y Ariel tomaban algo en una terraza cubierta, mientras observaban la lluvia caer. Ella debía evitar a toda costa la lluvia, por el hechizo, claro. Llevaba una bonita camisa blanca y unos pantalones negros, que la hacían resaltar su atractiva imagen. Eric no la miraba, pero Jim, a través del recuerdo, sí lo hacía. En realidad, él sabía que no le haría aquello a Ariel, no la engañaría. Si consiguiese tenerla a su lado, no la dejaría colgada, por mucho que le atrajese otra mujer. Pensar de ese modo sorprendió a Jim.
-No hablas mucho… ¿estás preocupado por algo? Puedo ayudarte…-susurró Ariel, terminando su ensalada. Había intentado seguir con su dieta vegetariana una vez fuera del mar, pero la verdad es que la carne del filete le había encantado. Lo único que no había tomado era pescado ni marisco, por claros principios.
-Ariel…-Eric se pasó la mano por la mandíbula, intentando pensar en algo ¿cómo decírselo? Joder… por qué era todo tan complicado.
-¿Es por… el baile?-preguntó la pelirroja. Por un momento Eric se había temido que fuese a decir que si era por Vanessa. Por suerte no fue así.
El baile. El puto baile de mierda. En realidad, Eric odiaba los bailes…
-No… bueno, en realidad sí…-el chico la miró con seriedad. Ariel frunció el ceño.
-Y… ¿qué pasa?-preguntó suavemente.
-Ariel yo… no, no voy a ir…-dijo Eric mirando a un lado-así que tú tampoco…
-Pero… ¿por qué no?-preguntó Ariel, mirándole extrañada. ¿Qué le ocurría? ¿Era por ella? Entonces se acordó de sus padres… y un súbito miedo la invadió. ¿Era esto lo que se temía?
-Porque no me apetece… es el final de las vacaciones… me deprime…-mintió él-déjalo estar… ¿vale?
Ariel le observó fijamente. Luego se levantó y fue a su lado, besándole en la mejilla. Eric sintió el dulce tacto de la chica que antes le había gustado. Pero ahora ya no. Ahora era casi insensible a él.
-No vale…-dijo Ariel-quiero pasar una buena noche… quiero estar contigo… y luego nos iremos juntos y…
-Nos iremos juntos…-Eric repitió la frase, con la mirada perdida en los jardines mojados. Podía ver el mirador en el que se habían besado por primera vez. Ya no le parecía tan bonito. Ni siquiera era un lugar importante para él, como sí lo había sido para ella.
Eric miró a Ariel con fijeza por primera vez en mucho tiempo. Ella se quedó callada, asustada. No entendía…
-No hay un "nos"… Ariel, no voy a llevarte-dijo Eric seriamente. Las palabras traspasaron a Ariel como cuchilladas. La chica le miraba perpleja-no hay ningún "nos"… ¿vale? No quiero… no… bueno… olvídalo… ¿vale?
Se levantó de la mesa y se marchó, sin decir nada más. Ariel se quedó mirándolo con los ojos desorbitados, mientras él se alejaba.
-¡Espera!-suplicó la pelirroja, asustada-¡No te vayas! ¡Por favor!
¡No podía dejarla así! ¿Pero qué le pasaba? ¿Qué había hecho mal ella? ¿Por qué se alejaba de ella así, como si no le importara en absoluto? En realidad, nunca la había importado. Como todos a los que ella alguna vez había querido. Nunca la había querido nada, en realidad. "No…-pensó Ariel, con los ojos llorosos-no puede ser verdad… solo está enfadado… se le pasará".
Volvió llorando a su habitación, y se miró en el espejo. "Das pena"-se dijo a sí misma. Eso se tenía que acabar… Eric no querría a un desparpajo como ella. Tenía que hacer algo para arreglar aquello. Ariel se metió en la bañera y se dio un buen baño. Se frotó la cola con jabón y se echó en el pelo un nuevo champú, el mismo que Sharpay la recomendó una vez. Acordarse de Sharpay la hacía sentirse mal, aunque no sabía por qué… ¿tal vez porque ella también había amado a Eric una vez? "Él me ama…-se dijo a sí misma, mientras se sumergía para limpiarse el champú del pelo-… él me quiere…".
Con un vestido azul muy bonito (y escotado) que sabía que a él le volvía loco ("me encantas Ariel-solía decirle cuando la veía con eso-quiero que me lo dejes… que me lo dejes quitártelo…") Ariel salió a buscar a Eric. Se cruzó con dos de sus amigas de la pandilla, que al verla soltaron una risita y apretaron el paso. Ariel frunció el ceño. No entendía que estaba pasando.
Entonces, al cruzar una esquina, lo entendió. Estaban en el jardín, y aunque llovía, no parecía importarles. Eric había tomado de sus manos a Vanessa, y la besaba apasionadamente moviendo sus labios acompasadamente al sonido de las gotas que les caían encima. En el mismo palco, ahora gris y nublado, donde una vez él la había besado a ella. Ariel se quedó paralizada, con los ojos clavados en ellos, a través de la ventana. No podía dejar de mirarlos, ni siquiera cuando quiso dejar de hacerlo. Las manos de Eric fueron bajando al culo de la chica, que le susurró algo en el oído, haciéndole reír. Él también rió. Ariel negó con la cabeza ¡no soportaba verlo así! ¡No podía haber hecho eso! ¡No podía quererla a ella! ¡Él estaba enamorado de Ariel! ¿Y todos esos besos, todas esas promesas hechas en susurros en la oscuridad? Los desayunos en la cama, los largos paseos en barca, los abrazos y cariños… era todo mentira… era todo una gran mentira.
A Ariel le temblaron las piernas humanas, ese gran regalo que Úrsula le había hecho, y que significaba el cambio de su vida. No podía ni siquiera respirar. Sin decir nada más echó a correr a su habitación y se echó en la cama, llorando amargamente. Aún podía verle sonreír, aún olía su aroma. Si tan solo le hubiese dejado acostarse con ella cuando había querido… pero necesitaba asegurarse de que lo amaba de verdad… y ahora lo había perdido. Era su culpa… todo era su maldita culpa.
-¡AAAAAAAAH!-Ariel lanzó un cojín, rabiosa, y se tiró del pelo con frustración. Siguió llorando y llorando con amargura hasta que las horas pasaron y se fue tranquilizando poco a poco. Al cabo de tres horas, ya se encontraba mejor. Al menos ya no lloraba. Permaneció mirando al techo un largo rato. ¿Qué sería de ella? No tenía a dónde ir… no tenía dónde quedarse, si Eric se iba, el hotel la echaría, y ella se quedaría en la calle. Bueno, siempre había un lugar al que volver… pero no lo haría, jamás. No volvería a su casa. Antes… moriría.
"Para ya. Idiota"-Ariel consiguió levantarse de la cama y fue a mirarse en el espejo. En realidad, pensaba, en los chicos era natural. Las chicas también se fijaban en más de un varón, también se sentían tentadas. Seguro que si lo hablaba con Eric, podía perdonarlo. Él seguía enamorado de ella, de eso Ariel estaba segura. Solo estaba… confundido. Ariel debía llevarlo al baile, al que él había dicho que no iría. Sabía que si bailaban, todo estaría bien. No sabía qué se lo decía, pero de algún modo sabía que si sus manos volvían a estar enroscadas al cuello de Eric y él con las suyas en su cintura, sabía que si volvían a abrazar él lo entendería, y todo lo malo pasaría ya.
Debía encontrarlo. Y lo haría. Ariel apagó la luz de su cuarto y se dispuso a dormir. La jornada del día siguiente sería muy duro. Abrazada a su almohada, echó de menos más que nunca a Flounders. No había vuelto a ver al pececito desde el problema de la cancha. Ariel se dio cuenta entonces de que podía estar herido. Y rompió a llorar de nuevo. Estaba sola, más sola que nadie, porque nadie la quería. Ni siquiera mamá, o se hubiera quedado a su lado, a cuidarla. Cuando ella vivía, las cosas eran más fáciles. Si tan solo pudiera sentirla, como decían que se sentía a las personas queridas. Ella no sentía nada. Y nada la iba a sentir a ella.
Sí, su vida en tierra firme había sido como un sueño hecho realidad. Pero de los sueños también te despiertas.
Cuando los rayos de sol entraron por la ventana y finalmente Ariel se despertó, se levantó lentamente y fue al baño, mirándose al espejo. Esa noche era el baile. Lo haría. Lo conseguiría. Nada iba a tirarla a bajo. Había tenido dificultades mucho peores en su vida, y las había vencido.
-Pues no lo creo… la verdad es que parecía muy afectada-comentaba una de las chicas del grupo mientras se tomaba el café con sus amigas en el desayuno.
-En verdad, Eric se pasa mazo. Eso no se hace a una chica-dijo otra de ellas, molesta.
-A mí me daría igual que me lo hiciera, con tal de besarlo una vez-respondió una tercera. No sabía lo que decía.
Cuando entró Ariel, todas se callaron. Se miraron entre ellas, perplejas, mientras la pelirroja se servía en la bandeja una ensalada y agua e iba a sentarse a otra mesa, sin hacerlas ni el más mínimo caso.
-Ariel… esto… Ariel-ellas se acercaron a la mesa donde la chica acababa de sentarse, rodeándola-¿estás bien…?
-¿Yo? Sí…-dijo ella con convencimiento. Claro que lo estaba. Todo iba a salir bien. Podía con ello.
-Solo queríamos decirte que si necesitas algo, aquí estamos-dijo otra de ellas, tendiéndole sus brazos.
-Chicas, dejadla respirar-dijo Martha, que era la más bondadosa-nos vamos ¿vale Ariel?
-No, si no me molestáis-dijo Ariel forzando una sonrisa-solo tengo que acabar rápido para ir a arreglarme…
-¿A arreglarte?-repitieron ellas, atónitas.
-¿Irás… al baile?-quiso saber Martha. Ariel endureció un poco el gesto, decidida.
-Sí-dijo. Luego se puso a comer sin decir nada más. Las chicas se lanzaron entre ellas elocuentes miradas de "aquí se va a liar" y luego se marcharon a cotillear en corro a la otra mesa. Por suerte había dejado de llover, y parecía que el día abriría por la tarde. Tal vez hasta haría tiempo de darse un buen paseo por la playita… Ariel quería volver a dejar sus huellas en la arena mientras caminaba de la mano de Eric. Él tenía unas piernas preciosas.
Y así, como el día anterior, fue a arreglarse. Se planchó el pelo y se bañó nuevamente (ducharse no podía, debido a la cola) y luego sacó el vestido blanco puro que la madre de Eric le había conseguido para la ocasión, a regañadientes. Iría así, y nadie podría resistirse. Ella era hermosa. Ella era única.
Se puso un ajustado sujetador y bragas blancas y luego el vestido, que le quedaba ajustado a su delgada cintura a la perfección. Había elegido unas bonitas sandalias también blancas, y un collar dorado con un brillante azul claro como adorno. Se puso unos pendientes de aro también dorados y se echó el cabello hacia atrás mientras se echaba rímel (aún estaba aprendiendo la arcana ciencia del maquillaje) y pintalabios. Se echó mucho colorete. Era lo que sus amigas solían hacer, para estar muy guapas. Y ella quería estar la más guapa de todas.
Había dejado la radio puesta con música mientras se colocaba, y sonaba una canción que le gustaba especialmente, aunque el significado de la letra comenzó a deprimirla al escucharlo.
Knew the signs
Wasn't right
I was stupid for a while
Swept away by you
And now I feel like a fool
So confused,
My heart's bruised
Was I ever loved by you?
Out of reach, so far
I never had your heart
Out of reach
Couldn't see
We were never
Meant to be
Catch myself
From despair
I could drown
If I stay here
Keeping busy everyday
I know I will be OK
But I was
So confused
My heart's bruised
Was I ever loved by you?
Out of reach, so far
I never had your heart
In my reach
I can see
There's a ligh out there
For me…
Cuando terminó su largo proceso de transformación, ya era casi la hora del baile. Ariel se sentía preparada para todo. Salió del baño con paso firme, para recoger su abrigo, cuando se quedó parada al reconocer a alguien sobre su cama.
-¡Sebastián!-exclamó ella sorprendida. Se alegraba de verlo, aunque a la vez, quería que se marchase ahora mismo. No deseaba que la regañara, ni que la dijera que se volviese con él. Estaba harta.
-Arie…-Sebastián la miró con los ojos llorosos. La sirena le devolvió la mirada, extrañada.
-¿Qué pasa?-preguntó, molesta-tengo que irme…
-Arie, ven conmigo, po favó… vuelve a casa-pidió el cangrejo estirando sus pinzas-tengo un paso seguro… estaremo en Atlántica eta mima noche…
-¡No quiero volver!-gritó Ariel desquiciada. No quería gritarle ¡pero no podía más! No soportaba más nada de aquello. Era su vida. Y ahora mismo peligraba, y Sebastián no podía entenderlo. Nunca entendía nada-¡No voy a volver NUNCA Sebastián! ¡Vete, por favor, pierdes el tiempo!
-Arie… Flounder me contó lo de Úrsula… sé que quiso avisarte… por favor, aquí corres un grave peligro. Si ella te encuentra…
-Ya sabe que estoy aquí-replicó Ariel con frialdad-y no me importa. No puede hacerme nada.
Fue hacia el armario y sacó su abrigo. Luego lo pensó bien. No lo necesitaría. No hacía frío. No quería además llevar más carga.
-Dile a Flounders que muchas gracias de mi parte-añadió ella, irónica. Sebastián se quedó muy sorprendido al oír aquello. De repente, entendió la verdad. Claro, ella no…
-Arie…-¿cómo iba a decírselo? Pero tenía que saberlo. Sebastián no estaba a favor de ocultarle nunca la verdad a nadie-Arie… Flounder etá… etá muerto…
Ella iba a salir, cuando al oírlo se quedó parada en la puerta. La frase se repitió varias veces en su cabeza "está muerto, está muerto…". No… no era verdad…
-No tiene gracia…-le dijo Ariel a Sebastián, girándose lentamente. Pero claro que no, el cangrejo no tenía sentido del humor, o al menos no para eso-Sebastián… no…
Flounders no podía estar muerto ¿cómo iba a estarlo? La simple idea era inconcebible. Ariel comenzó a respirar con más rapidez, mientras Sebastián la miraba conmocionado.
-Pensé que lo sabía… él fue a verte, pero creo que lo atacaron uno humano… Scuttle me dijo que lo sálvate… pero pensé que no pudiste hacer nada…
-No… no…-la memoria de aquel día volvía a Ariel, que negaba con los ojos annegados en lágrimas-no está muerto… Sebastián… no es verdad…
-Sí lo e…-Sebastián lloraba. Ariel no sabía que los cangrejos pudiesen hacerlo, pero al parecer sí podían. En realidad, cualquier criatura con sentimientos puede-lo enterramo ayer, en uno arrecife cercanos… te bucamos para desírtelo, pero ya etaba dormida… Arie…
-No, no no ¡NO!-gritó ella aterrorizada. ¡No era cierto! ¡No podía serlo! No lo soportaba más. La imagen de su mejor amigo herido, de ella misma lanzándolo al mar la perseguía ahora-¡NO!
Ariel salió fuera del cuarto, desesperada.
-¡ARIE, NO! ¡EPERA!-pidió Sebastián, pero ella se alejó a toda velocidad, y él no pudo alcanzarla. Sebastián bajó de la cama moviendo sus seis patitas lo más rápido que pudo, saliendo al pasillo para alcanzarla, con tan mala suerte que lo vio un camarero e intentó atraparlo, por suerte sin éxito-¡ARIE!
Ella caminaba por entre los pasillos como si fuese un autómata. Su cabeza y no reaccionaba, solo escuchaba voces en ella, y veía imágenes: Eric y Sharpay, besándose. Ella advirtiéndole sobre el chico y diciéndole que no sería suyo. Sus besos, su amor. Flounders y ella nadando entre los arrecifes. Ella y Urchin burlándose del pez. Ella echándolo al mar. Echándole por un acantilado al agua ¿en qué coño estaba pensando? Ella era la culpable de todo aquello, ella había provocado todo eso… Flounders y ella en la cueva, cantando y soñando sobre el mundo de los humanos, y en la corriente surfeando con los otros peces, y en el palacio corriendo por los pasillos y…
La fiesta se escuchaba desde mucho antes del comedor: habían quitado las mesas echándolas a un lado y llenándolas de comida y bebidas alcohólicas. Se suponía que los menores de edad no pueden beber, pero estos eran menores de edad muy ricos, y sobornar a los camareros no les había costado. La música estaba a tope y había focos y confetti. Los chicos del hotel y sus amigos invitados que vivían en el pueblo o en otras zonas de Suburbia estaban allí para celebrar el último día de vacaciones. Y pensaban beber y pasar toda la noche despiertos, dando gritos y bailando hasta reventar. Algunos como Chad tenían otros planes con sus lindas parejas.
Ariel bajó por las escaleras del comedor en silencio, pero nadie se fijó en ella, y tampoco le importó ya. Había imaginado que al hacerlo todos se girarían para verla y quedarían prendados, como el primer día, pero no fue así. La mayoría estaban ocupados con sus problemas, y la ignoraron completamente. Otros la reconocían, y reían por lo bajo y la daban la espalda. Ya no era la sexy e interesante chica nueva. Era el juguete roto de Eric. Y todos la despreciaban, por algún motivo que ella no era capaz de explicar. Supuso que era la mala suerte del perdedor, en el mundo de los humanos solo contaban los que vencían. Y Ariel nunca había ganado ninguna de las batallas de su vida, en todas había fracaso estrepitosamente, principalmente en la de ser feliz.
Avanzó por la pista de baile mirando sin mirar, notando como a veces chocaban con ella o la daban empujones, pero incapaz de entenderlo. Siempre había querido bailar. Y ahora se veía a ella haciéndolo con Flounders en la fiesta del solsticio. La música no sería como la de la tierra, el pez no sería Eric, pero la quería, y la quería de verdad. Eso era lo que importaba. Bueno, ya no, porque estaba muerto. Estaba muerto. Flounders…
La verdadera Ariel, observando a su reflejo desde un lado, lloraba en silencio. Jim, con una amarga expresión en el rostro, supo que el final ya estaba cerca…
Eric y Vanessa bailaban en el centro de la pista una canción lenta. Ella tenía la cabeza apoyada en el hombro de él, mientras Eric, con los ojos cerrados, aspiraba su aroma, encandilado. Ariel los observó con la cabeza ligeramente ladeada, incapaz de generar ninguna expresión. Entonces Eric abrió los ojos al sentirse observado y la vio a ella. Vanessa estaba de espaldas, así que no podía darse cuenta. Las miradas del chico y la sirena se cruzaron. Él distinguió las lágrimas en los azules ojos de ella, y ella vio un brillo en los ojos grises de él. Eric despegó los labios unos segundos. El abdomen de Ariel subía y bajaba a toda velocidad. Si él se acercaba ahora…. Solo quería consuelo… no sería lo suficientemente fuerte para sobrellevar aquello sola… pero si Eric volvía… si la cogía entre sus brazos… tal vez podría sanarse… se odiaba a sí misma por necesitarlo tanto, pero era lo que más quería…
Sin embargo Eric no lo hizo. Agachó la mirada, avergonzado, y se alejó de allí continuando el baile. De los ojos de Ariel corrieron dos gruesas lágrimas que cayeron al suelo de la pista de baile. Nadie reparó en ellas. Nadie reparó en Ariel. La fiesta seguía, y ella estaba fuera. No le importaban ni las chicas, ni Chad ni la música, ni nada, solo él. Pero a él no le importaba ella, ni un poquito. Estaba sola. Y fue en ese momento cuando el corazón de Ariel se rompió en pedazos.
Un chico con dos tequilas chocó con ella y le puso perdido el vestido.
-¡Joder, ten cuidado!-gritó él, que ya estaba algo ido.
-¡Jajajajajajaja!-rió Chad al verlo, y muchos le imitaron. Ariel notó como la señalaban con el dedo y las amigas de Sharpay reían insidiosas. Entonces se dio la vuelta, tan mecánica como había hecho la idea, y salió a unas de las terrazas. Comenzó a pasear por ella dando vueltas, con la cabeza abotargada por tantos pensamientos. Y luego vio la luna. Estaba menguando. Casi ya no había. Tal vez era la hora de desaparecer, como ella. Porque estaba claro que no volvería a llenarse. Ariel olvidaba que en el planeta de Suburbia había dos lunas, y cuando una se desaparece, la otra empieza a emerger. Quizás si lo hubiese pensado en ese momento se hubiera detenido, aunque lo más probable es que no…
-¡Arie! ¡Arie!-Sebastián entró en el comedor, asustado. Una veintena de pies amenazaron con pisarlo y el cangrejo los fue esquivando como pudo, intentando encontrarla-¡ARIE!
-Un puto cangrejo…-comentó Chad recogiendo a Sebastián con su mano. Él le clavó la pinza con fiereza en las narices al chaval, que lo soltó dando un chillido mientras sangraba a chorros-¡JODER!
Sebastián se alejó rápidamente, mientras el perro de Eric, que acababa de olfatearlo, se lanzaba detrás de él.
Vanessa no vio a Sebastián, por suerte para él, o habría intentado también evitar que encontrara a la chica. Concentrada en terminar su actuación, siguió besando al chico en la barbilla, nuez y orejas, y luego le susurró:
-Sácame ya de aquí…
Eric sonrió levemente, y tomándola de la mano se la llevo. El chico quiso buscar con la mirada a Chad, para indicarle que por fin iba a hacerlo, pero su amigo acababa de irse a la enfermería porque la herida de la nariz era realmente grave.
Mientras subían por las escaleras Eric pudo ver por una ventana a Ariel pasear sola por los jardines. Se quedó unos segundos paralizado mirándola. Sentía lástima por ella. Y en realidad, a su lado, había sido feliz. Vanessa le gustaba mucho, pero pese a todo la pelirroja seguía allí… tal vez podía hablar con ella luego… si lo perdonaba, aún podían mantener una relación. Se podía amar a dos mujeres a la vez… ¿no?
-Vamos Eric…-Vanessa se dio cuenta de a quien miraba el chico, y su rostro por unos segundos se oscureció, aunque de eso Eric no pudo darse cuenta-no te merecen la pena las que no saben valorarte…-susurró-ven conmigo… quiero enseñarte una cosa… varias…
Tentado por el tono de voz de ella Eric la siguió, olvidando a su novia. Ex novia, ya. Ariel paseó por los jardines y la piscina. Luego se paró en el balcón. La noche era parecida a en la que él la había besado. Pero ya no le importaba. Pensaba en Flounders. Y en su familia. No podría volver nunca al mar. Sin el pez simplemente no podría. Todos esos años había contado con su apoyo y cariño que la habían impulsado a seguir adelante. Ella por él en cambio, no había hecho gran cosa. "No he hecho anda por nadie…-pensó Ariel, con los ojos enrojecidos. No quería llorar, pero lo haría-ba… basta".
Era el fin. Por unas escaleras descendió a una pequeña calita que había cerca de los acantilados donde se edificó el hotel. Hotel Port Royal. Como un lugar tan precioso podía encerrar tanta hipocresía y maldad. Y dolor.
Ariel metió lentamente los pies en el agua, mientras buscaba en la orilla lo que llevaba ya horas rondándole por la cabeza. En realidad ya lo había pensado otras veces. Ya lo había pensado también, desde que su madre había muerto, muchas veces.
Una concha bastante grande tenía un lado roto. Ariel la recogió, estaba lo suficientemente afilada. Era justo lo que estaba buscando. Era una concha preciosa. La verdad es que era lástima que se hubiese estropeado. Pero ahora ella la necesitaba más que nunca.
Mirando al cielo, Ariel lloró amargamente mientras poco a poco se iba adentrando en el mar, y sus piernas se convertían en una cola. El alba se aproximaba, así que debía de apresurarse. No quería morir de día…
Se quitó toda la ropa, quedándose desnuda, como cuando Eric y Chad la habían encontrado. Que felicidad la de aquel día. Y realmente no quedaba tan atrás…. Luego, se acercó el filo de la concha a la vena de la muñeca. "En vertical para resultados, en horizontal para atención"-le había explicado un día Aquata con dramatismo. Así que debía recorrer el brazo. Podía ver perfectamente la vena, de un curioso color azul. Pero la sangre no era azul, desde luego. Al hundir el filo de la concha en la carne y desplazarlo desgarrando la piel Ariel pudo comprobarlo. La sangre comenzó a brotar de la vena abierta y Ariel notó un dolor insoportable. Pero no era nada, nada en comparación al dolor que estaba sintiendo en el corazón. A todo el dolor, la rabia y el odio que llevaba sintiendo toda la vida. Mientras la afilada concha terminaba de desgarrarle la capa de carne, Ariel empezó a sentirse liberada. Las lágrimas se mezclaron con la sangre mientras comenzaba con el segundo brazo. ¡CHAS! El tajo vertical fue rápido y casi instantáneo. La sangre comenzó a brotar también, y Ariel se llevó las manos a la cara, para observarlas bien. Su sangre… vaya… era preciosa. Casi del color de su pelo… ojalá alguien pudiese verla entonces. Así que este era su fin…
Poco a poco se fue metiendo en el agua. La sangre saldría mucho más rápida si se sumergía. Iba a ser un espectáculo.
La escena cambió para mostrar a Eric y Vanessa en la habitación del chico. Se besaban sin control y él se quitó la camisa y la lanzó a un lado mientras cogía a la chica en brazos y la sentaba en su escritorio, rozando su miembro aún metido en el pantalón con las bragas negras de ella.
-Sí… sí… hazlo-Vanessa le arañó a Eric los pectorales con tanta fuerza que le hizo daño. El chico se preocupó un poco, pero estaba demasiado emocionado como para pararlo. Vanessa le hizo coger el vestido con fuerza-rómpelo, vamos… rómpelo…
Con Ariel él podría haber llevado la marcha, pero aquí era ella quien lo llevaba a él. Eric no sabía por qué ahora pensaba más en Ariel, pero no tenía tiempo para eso, porque Vanessa demandaba toda su atención. La chica le besó en los pezones mientras a la vez le bajaba los pantalones y su mano volvía a reencontrarse con el pene del chico.
-¡OH!-Eric gruñó encantado cuando Vanessa comenzó nuevamente a divertirse con él, y luego ella lo empujó a la cama. Eric la arrancó el vestido y comenzó a masajear sus pechos y a besarlos, sudoroso. Por fin, por fin… con diecisiete años, que ya era tarde para alguien tan popular y atractivo como él.
-Déjame… hacerlo… ahora-pidió Eric, emocionado. Ella asintió.
-Hazlo-ordenó, mientras le cogía del cuello con fuerza. Era una dominante. A Eric no le convencía, pero lo iba a disfrutar. La vagina de la chica era igual que como las había visto en tantos vídeos prohibidos con sus colegas, y lo que tantas veces habían hablado de ella. Debía satisfacerla… debía hacerlo bien. En realidad no sabía muy bien lo que estaba haciendo, y no iba muy bien encaminado, pero Vanessa gemía como si sí lo estuviese haciendo bien.
-Sigue… ¡AAAAAAAAH, VAMOS!-gritó ella, colocada con los muslos entrelazados a él encima suyo.
-Ooh, oh… ¡joder!-Eric introdujo lentamente el miembro en ella, y sintió el calor de su interior. Era una sensación rara, indescriptible pero placentera. Sentía calor y humedad… cada vez más humedad. No se había puesto el preservativo, pero ni se había acordado, y ella tampoco decía nada. El chico solo disfrutaba del tacto, tan emocionado que apenas podía ver nada-¡OH VANESSA! ¡OOOOOOH!
Eric comenzó a moverse dentro de ella con pequeñas sacudidas, mientras Jim observaba la escena con asco, y Ariel tenía una expresión de odio intenso. Ver aquello era solo otra forma de mortificarla, como Úrsula quería. Eric cerró los ojos disfrutando del sentido del tacto (el mejor de los sentidos) y del cuerpo de ella mientras escuchaba sus gemidos de placer, que eran realmente excitantes.
-Oh para… oh no…-gimoteaba Vanessa con voz inocente, poniéndolo a cien. Los gemidos de ella sin embargo se fueron volviendo más graves, hasta que a Eric le extrañó el tono de su voz, que casi parecía el de un hombre.
De repente notó como la mano que le había puesto Vanessa en el cuello estaba húmeda, y estaba pegada a su piel. Además, ya no distinguía sus dedos. Será porque era un tentáculo.
Eric abrió los ojos sorprendido, y vio que efectivamente un tentáculo negro lo agarraba del cuello. Lo que estaba encima suyo ya no era Vanessa, y eso le dejó horrorizado.
-¿Papá?-Eric miró con horror a su padre, que de cintura para abajo tenía tentáculos negros, y estaba desnudo, gimiendo de placer mientras su hijo lo penetraba. Eric quiso quitárselo de encima pero no pudo. Era demasiado fuerte-¡PAPÁ!-gritó el chico, asqueado e incapaz de entender nada ¿se había vuelto loco?
-Hola hijo…-la forma del padre de Eric cambió para convertirse en su madre, que jadeó de placer encima de él y se pasó la lengua por los labios lascivamente, en un gesto que ella nunca haría. Luego volvió a cambiar siendo su amiga del basket, Martha, luego Sharpay y finalmente Chad.
-¡Aaaaah!-Eric quiso pedir ayuda, pero el tentáculo se posó en su boca y no le permitió decir nada.
-Vamos tío, disfrútalo-se rió Chad, echando a un lado sus negros rizos mientras arqueaba su musculosa espalda-¡fóllame tío, vamos! ¡Fóllame, fóllame, fóllame! ¡Móntame como siempre quisiste hacerlo!
-Mmmnnnnnnn-Eric trató de luchar y resistirse, pero no podía, y los tentáculos le habían apresado las manos y piernas. Lo que más le asustaba era notar el tacto de su pene, dentro de una especie de agujero que el cuerpo de pulpo negro tenía en su centro. Eric abrió mucho los ojos al notar que ese agujero tenía unos pequeños dientecitos. Y esos dientecitos le estaban mordisqueando el pene. Lo estaban masticando.
-Te dije que te enseñaría un par de cosas… ¿a que nunca lo habías hecho así?-la criatura volvía a ser Vanessa. Eric negó con la cabeza, con el rostro colorado y presa del terror-¿está bien, verdad?
Vanessa rió sádicamente mientras Eric flexionaba sus músculos intentando luchar contra los tentáculos, pero ella era inhumanamente fuerte, y él apenas podía hacer nada. Uno de los tentáculos se metió en la boca de Eric, mientras otro le abría las algas y se colaba por su ano. Vanessa reía enloquecida, mientras poco a poco su piel morena iba adquiriendo un tono violáceo y ella se iba hinchando e hinchando rápidamente hasta adquirir la forma de una mujer grasienta con el pelo blanco, corto y de punta, y el rostro más terrorífico que Eric había visto nunca. El muchacho sintió como su pene se destrozaba por los dientes clavados en él, y el dolor tan terrible solo se pudo mitigar gracias al que notaba en su culo, su boca y sus orejas, por donde también estaban colándose los negros tentáculos de Úrsula.
Convulsionándose terriblemente, el cuerpo del chico se destrozó por dentro cuando el tentáculo de la boca descendió por la garganta hasta el estómago y se lo reventó, agarrando luego los pulmones y el corazón para estrujarlos como si fuesen pulpa. El tentáculo que le entró por la oreja le salió por un ojo, sacándoselo, mientras que el del ano le retorcía los intestinos. Jim no podía seguir mirando, pero no dejaba de hacerlo. Aquella era la muerte más espantosa que había presenciado jamás, y ya había visto unas cuantas. Durante varios minutos Eric siguió respirando, cada vez en peor estado, y le salió bilis intestinal de la nariz y los labios, aunque no podía decir nada por el tentáculo. Finalmente su musculoso torso empezó a estirarse cuando el tentáculo de Úrsula decidió tomar otra salida y se le reventó salpicando toda la habitación de sangre. Su otro ojo también salió disparado, al igual que la lengua, pegada a una de las ventosas del tentáculo. El chico emitió un débil gemido una última vez, y luego cayó en la cama, muerto. Úrsula se alejó de su mutilado cadáver, lleno de terribles heridas muy desagradables a la visión (su área genital era ahora tan solo una masa de carne viva ensangrentada) y soltando otra ronca risotada lo dejó allí.
-La primera vez duele, pero se te pasará con una ducha-bromeó la bruja, y soltó una enloquecida carcajada mientras se acercaba a la bañera del cuarto. Utilizaría el agua para transportarse y buscar a Ariel. Era el momento de hablar con ella, y manipularla para que hiciese lo que ella quería. Envenenada como estaba de rabia y odio, la tonta sirenita sería una marioneta en sus manos, un títere que emplear contra su padre. Úrsula se marchó dejando el cadáver de Eric allí en medio de la explosión de sangre. Al día siguiente, una asistenta sufriría un infarto al abrir la habitación para limpiarla y encontrarlo.
Pero eso a la bruja no le importaba. Ahora el objetivo era Ariel.
Ariel… a la que nunca encontraría: la sirenita se hundía en el mar mientras los primeros rayos del alba lo iluminaban todo de blanco. Parecía que estaba en una nube, flotando. En una nube, rodeada de telas rojas que la envolvían en un manto, pero que en realidad no eran telas, si no toda la sangre que ella derramaba, y en la que iban su vida, su amor, sus amigos perdidos y sus fracasos. Ariel aún veía algo mientras se hundía. Buscó en su cabeza un último pensamiento, algo bueno con lo que despedirse del mundo y poder decir que no había sido tan malo, solo que no era para ella. Pero realmente no encontró nada que la consolase. E instantes después llegó la muerte.
Entre las burbujas y la sangre el cuerpo de Ariel comenzó a desaparecer, y Jim supo a dónde estaba a punto de ir la sirenita. Ya que se habían encontrado de noche y estaba amaneciendo, supuso que Gantz la guardaría durante un tiempo en algún lugar entre nuestro mundo y el suyo, hasta presentarla después en la sala donde él, Aladdín, Silver, Merlín y el resto ya estaban esperando. Ahora entendía por qué no había querido hablar. Ahora entendía por qué había llorado.
-¡ARIE! ¡ARIE!-Sebastián se asomó a la cala donde la sirena había estado hacía unos segundos y encontró su vestido. Entonces miró al mar, y sin dudarlo se echó a nadar, buscándola. Pero no la encontró. Arriba, en el hotel, Vanessa/Úrsula tampoco consiguió encontrarla. Los dos sospecharon (y se temieron) que la chica hubiera cometido una imprudencia, pero entonces habrían encontrado su cuerpo, y no había cuerpo que encontrar. Entonces… ¿dónde estaba ella? Sebastián recorrió toda la costa y avisó a Scuttle, que sobrevoló el hotel y alrededores. Nada, nada por ningún sitio. Definitivamente había desaparecido.
-¿Y ahora qué…?-susurró Sebastián, sentado en una roca al lado de Scuttle, llorando en silencio-mi niña… ¿dónde etá…?
Úrsula por su parte maldijo en mil idiomas al no encontrar a la chica. No debería haber perdido tanto tiempo con el humano. Pero matarlo, de algún modo, la había hecho quitarse de encima la espina de Tritón, el único ser que una vez había conseguido que ella sintiese algo por él, pese a que Úrsula aparentó fingirlo todo.
-No está…-les dijo a Flotsam y Jetsam. Ellos negaron con la cabeza
-Ni idea…
-Pero debe volver-dijo Úrsula apretando con fuerza los puños-volverá a tocar el mar… y cuando lo haga… yo lo sabré…
La historia se concluyó en una última imagen. Úrsula volvía a su gruta con cara de pocos amigos. Debía organizar a las Legiones Abisales para su siguiente ataque. Tamatoa había sido una buena incorporación… pero alguien la estaba esperando en la gruta.
-Imposible…-susurró Úrsula, encantada. Era demasiada suerte que eso fuera así.
-Sé que mi hermana vino aquí-dijo Attina, muy seria. Estaba armada con un cañón de erizos, y lista con los conjuros que había aprendido de su madre para defenderse-¿dónde está?
Úrsula la miró unos segundos, con una emoción indescriptible. Era aún más manipulable. Ella encajaba perfectamente con la descripción que necesitaba. Y seguro que sabía dónde estaba el tridente, o lo podía averiguar…
-Siéntate cariño-dijo la bruja con su falsísimo tono de abuelita amable, ofreciéndola con uno de sus tentáculos un cuenco de algas-te contaré todo lo que yo sé…
-Bien… y de ahí en adelante, creo que puedes deducirlo todo-sonrió Úrsula, mientras el recuerdo se desvanecía. Volvían a la realidad, a aquella estancia gigantesca en cuyo gran pilar reposaba el tridente. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Meses, años? Jim no podía decirlo…
-Entiendo vuestro abotargamiento… en el mundo de los recuerdos, el tiempo pasa de otra forma. Pero aquí seguimos-explicó ella sonriente-y creo que solo os quedan unos minutos para morir, si no me equivoco… eso dijeron los de la otra vez.
Jim miró a Ariel, que continuaba con la mirada perdida exactamente en el lugar donde había estado la figura de su hermana mayor. La sirena estaba totalmente blanca. Volver a ver su vida así… revivir todo aquello… Ariel cerró los ojos. ¿Qué más daba que se les acabase el tiempo? Quería morir de nuevo…
A fin de cuentas era la única conclusión a la que podía llegar, después de haber visto nuevamente todo aquello.
A Gill a penas le quedaban fuerzas.
-¡Ejército de Atlántica! ¡Reunidos!-gritó Gill ferozmente.
-¡SÍIIIIII!-gritaron todos. Peces y mamíferos, niños y adultos, los supervivientes del ataque de las Legiones Abisales a Atlántica estaban preparados para luchar, y así lo harían aunque se dejaran la vida en ello. Marlin y Deb encabezaban la avanzadilla que se acercaba al palacio con decisión. Por el camino distinguieron el cadáver decapitado del tiburón Bruce.
-¡Intentó comerse a uno de ellos!-explicó Arista al resto del grupo, emocionada-¡nosotras lo vimos! ¡Son muy poderosos!
-Hay una posibilidad de victoria-explicó Gill, al que llevaban a lomos de una tortuga marina, porque no podía nadar por sí solo tras la batalla-pero para eso debemos atacar todos juntos. Por el océano… por Atlántica… por el rey…
-Y por la reina-dijo Aquata. Todos se miraron en silencio.
-Sí. Por Anthea-dijo Gill, y sonrió-¡VAMOS!
El banco de peces más heterogéneo que se había visto nunca nadó a toda velocidad hacia el palacio, presto para la batalla final.
Tampoco es que allí quedase mucha gente: tras caer Flotsam y Jetsam, los dos últimos grandes seguidores de Úrsula, las barracudas, pulpos, rayas y tiburones que quedaban estaban siendo vencidos rápidamente por Tritón, que parecía recuperado y usaba toda su fuerza y rabia contra ellos, y por Lady Tremaine que a los mandos del caparazón-tanque no dejaba títere con cabeza disparando torpedos a diestro y siniestro.
-¡Ahora!-Aladdín y las sirenas Andrina, Adela y Alana arrojaron sobre cuatro rapes de profundidad una enorme estatua del rey Fastius III, que los aplastó brutalmente.
-¡Síiii!-exclamaron las tres chicas, emocionadas. Luego se apoyaron en Aladdín, encantadas con él-¿cómo lo haces?
-Bueno, es natural, je-sonrió él-¡cuidado!
Una enorme raya estuvo a punto de llevárselos por delante pero Aladdín las advirtió a tiempo y ellas lo agarraron y apartaron de inmediato.
-¿Dónde está Ariel?-preguntó Adela preocupada-¡ella era el objetivo de Úrsula!
-Papá acabará con ella-dijo Andrina convencida-y entonces ya no habrá más problemas… estoy… segura…
-Ella ya tiene el tridente…-dijo una voz. Al volverse, vieron a Attina, que nadaba despacio, con la cabeza hundida, por el pasillo.
-¿A dónde vas?-chilló Andrina, preocupada.
-Me voy de aquí… yo ya he terminado…
-Cómo has podido hacer esto-escupió Adela con desprecio-a papá… a nosotras.
-Lo sabes de sobra…-Attina se dejó caer en el suelo. El resentimiento tras tantos años la había vuelto loca. Úrsula había sabido utilizarlo para llenarla de rabia y maldad. Pero ahora veía toda la destrucción a su alrededor, veía muertos a tantos guardias y súbditos que conocía, y atisbaba la verdad. Pocos tenían tanta sabiduría como Attina para poder entenderlo, para encontrar el fallo, pero ella lo hacía.
Miró a Aladdín, que no sabía muy bien qué hacer en aquel drama familiar.
-Mátame, por favor-le pidió con voz débil la primogénita del rey-acaba con esto… no puedo más.
Ellas miraron a Aladdín asustadas ¿no lo haría verdad?
Aladdín sujetaba una de las lanzas eléctricas de los sirenos. Nadó hasta Attina y la alzó encima de su cabeza.
-¡NO!-gritaron Adela, Andrina y Alana.
¡CHAS! Aladdín clavó la lanza al lado de Attina, dejándosela a mano. Ella le miró con sorpresa. Y esa sorpresa aumentó aún más cuando Aladdín la sonrió.
-Creo que lo sabes…-dijo el chico. Attina sintió un escalofrío mientras miraba la lanza.
-No podría… para mí ya es tarde…-siseó, mortificada.
-Si lo es para ti, entonces no tenemos esperanza ninguno-dijo Aladdín. Luego se dio la vuelta y comenzó a nadar. Quedaba menos de un cuarto de hora para que finalizase el plazo. Debía encontrarles y terminar con aquello. Hércules no aparecía, Merlín tampoco. Así que como siempre, su puta suerte dependía de él mismo.
Pero Hércules si estaba. El musculoso joven había recogido varias armas de la sala donde los sirenos se las habían quitado, y ahora nadaba a toda velocidad llevando sobre su espalda a Lilo, a quien había encontrado por el camino.
-Haaala…-exclamó la niña fascinada, al ver lo rápido que él nadaba.
-Y esto… no es nada… deberías verme… en el triatlón-rió el chico apretando para llegar al trono. Úrsula había entrado a por el tridente por aquel túnel. Así que él entraría también…
-Me ha llevado toda una vida llegar hasta aquí… han sido años de maquinaciones y engaños.. de aprendizaje, de celebraciones y fracasos… debo dar las gracias a mi madre, y a mi hermana, por quererme tanto…-decía Úrsula, conteniendo la emoción. Casi parecía dar las gracias por un premio. Jim volvía a forcejear con sus tentáculos, pero sabía que no se libraría. Después de ver lo que eran capaces de hacer le daban aún más asco.
-… fuiste lo más fácil del plan, y a la vez lo más complicado-le dijo Úrsula a Ariel, volviéndose a ella. La sirena temblaba, y mantenía los ojos fuertemente cerrados. En su mente veía a Flounders, sonriéndola. Nunca creyó que volvería a verlo, aunque fuese tan solo en un recuerdo- Ariel… no te voy a negar que me divertí contigo… eras una mala alumna, pero una grata compañía… y tenías más poder del que piensas…
Ella no respondía. Úrsula le echó un vistazo a Jim a ver si el reaccionaba un poco más, pero el muchacho había pasado a intentar morder los tentáculos, sin éxito tampoco.
-Cuando te dije que le hicieras ese conjuro a Bruce… yo no podía realizarlo ¿sabes?-dijo la bruja. Ariel abrió lentamente los ojos, extrañada al oír aquello. Úrsula soltó una carcajada, satisfecha de haber logrado al fin su atención-lo llaman el hechizo de luna. Es el conjuro del amor. Su poder es inmenso, pero solo pueden realizarlo unas pocas personas, cuya alma sea pura. Yo no creía que tú pudieras llegar a efectuarlo. No habría apostado nada por ti… pero lo hiciste… ese motivo también me ha llevado a querer mantenerte con vida-los ojos de Úrsula se abrieron mucho, con inmenso interés-para entender… para llegar a comprender como pudiste efectuar una magia tan poderosa, que yo soy incapaz de realizar…
-Solo… le curé…-recordó Ariel dolida, pero Úrsula negó.
-No tienes ni idea del poder que invocaste… yo nunca podría… nunca podría utilizarlo… no sabes lo que significa ese poder…
-Gññññññ…-Jim pataleó tratando de quitarse el tentáculo, sin éxito. En el suelo de la estancia, a casi veinte metros debajo de ellos, yacía el cuerpo inerte de Merlín, calcinado y deshecho. Jim lo observó con espanto. Ellos eran los siguientes…
-Pero ya habrá tiempo de explicar todo lo demás-dijo Úrsula pavoneándose mientras nadaba hacia el pilar-siento que alguien se acerca por las galerías, lo que significa que me quedo sin tiempo-acercó a Ariel hacia el tridente y la soltó-El tridente, guapa.
-No…
-¿Cómo dices?-Úrsula apretó a Jim con más fuerza-¿estás segura? Va a ser el segundo humano pubescente que me cargue por tu culpa…
-No voy a dártelo…-dijo Ariel, negando. Jim notaba la furia en ella. Temblaba, y sus ojos lanzaban chispas, como los de su padre-me da igual que le mates, no lo haré… y tampoco me importa que me mates a mí…
-¡Venga ya!-protestó Jim cabreado-¡joder!
-Bien…-dijo Úrsula agarrando a Jim fuertemente mientras sonreía-que muera, entonces.
Arrojó al chico hacia el tridente, y Jim dio un grito, asustado, pero justo cuando iba a rozarlo Ariel ahogó un grito. Úrsula sonrió satisfecha, y apartó al chico a tiempo.
-Tienes suerte, Will. Parece que después de todo sí que te tiene ganas… aunque me parece que esta se follaría a una morsa si hiciera falta…
Ariel la miró con rabia, y luego sus ojos se cruzaron con los de Jim. Para sorpresa de la pelirroja, él la sonrió. "Hazlo-pensó Jim, notando dolorido como el tentáculo le apretaba con más fuerza-ya da lo mismo… al menos ahora sé quién eres…".
Lentamente Ariel se fue acercando al tridente: era un arma alargada, con tres afiladas puntas, y brillaba con una tenue luz azul. Parecía de cristal. Cuando estiró las yemas de los dedos Ariel sintió algo que ya había sentido antes.
-¿Mamá…?-era como si estuviese allí, en aquel arma, esperándola. Los ojos de la sirena resplandecieron con la luz azul. ¿Estaba allí Anthea? ¿Habría sobrevivido, como Gantz? Si pudiese volver a verla…
-De prisa, por favor-escuchó la voz de Úrsula por atrás, pero no la hizo caso.
-Ariel, no lo hagas-a esa voz sí la hizo caso. Era su padre. Tritón había recorrido los pasadizos que él conocía bien hasta llegar al escondite del tridente-por favor, vete…
-Papá…-después de haberlo vuelto a ver en sus recuerdos, aún se le hacía más doloroso el mirarle. Tritón parecía más viejo que nunca, y en sus ojos se veía un agotamiento atroz, y sin embargo también era más grande y fuerte que nunca. Su cabello estaba erizado, y su rostro y torso manchado de sangre. Úrsula reconoció las manchas rojas de sangre de morena casi de inmediato.
-Mis bebés…-siseó, furiosa.
-Están muertos-respondió el rey con brutalidad.
-Morirás por esto-dijo la bruja, cuya cara se contrajo por la rabia y la tristeza. Flotsam y Jetsam habían sido cuidados por ella desde que salieron de sus huevos. Eran las dos criaturas en las que había hallado más comprensión-vas a morir Tritón… y tus niñas también…
-Ariel, no le des el tridente-dijo Tritón con calma-si lo haces, nos matará a todos.
-Y si no lo hace, lo haré de todas formas-replicó Úrsula con una sonrisa vil, y agarrando a Ariel de nuevo por la cintura generó en una de sus manos una bola de energía púrpura que acercó al rostro de la niña-¿estás listo para destruir otra vida, Tritón? Tú mujer, tus hijas… ¿quién más te queda?
-Tú…-dijo el rey. Úrsula torció el gesto, con sorpresa.
-¿Cómo dices?-preguntó extrañada.
-Sé que me querías. Y yo te quería a ti…-reconoció el rey. Ariel miró a su padre negando lentamente con la cabeza, mientras él continuaba su confrontación con Úrsula, que de repente se mostraba inexpresiva. Por primera vez desde que la había conocido, Jim la veía incapaz de reaccionar-sí que te quería de verdad, Úrsula. Vi en ti eso que tú decías, ese horizonte. Pero quería más a Anthea… porque ella vio en mí mi horizonte… y porque ella era mi vida. He amado a mi mujer desde el día en que la vi, hasta el día en que me muera, y aún la amo más que a nadie… por desgracia no pude entenderlo… por desgracia me destruí a mí mismo, y también a ellas…
Ariel seguía negando mientras lloraba, sin lágrimas, mirando fijamente a su padre. Antes no quería ni verlo. Ahora no podía parar de hacerlo.
-Cometí un error al caer en tu tela, y tú otro al terminar creyendo lo que los dos sabíamos que no era cierto… y lo siento…-terminó el rey, inclinando su cabeza con vehemencia.
-Tú solo tenías corazón para esa puta…-susurró Úrsula-esa maldita zorra desgraciada… lo que te hizo a ti… lo que me hizo a mí… destruyó mi vida…
-Si lo hubieras dejado atrás, habrías podido olvidarlo-dijo Tritón simplemente.
-Hay cicatrices que nunca sanan…-masculló Úrsula entre dientes, con un odio que superaba los límites de toda alma-pero… no lo entiendo Tritón… ¿por qué no me mataste? Si la querías tanto… si me querías a mí… ¿por qué no me buscaste, para detenerme? Has podido detener esta guerra muchas veces… ¿no crees? Yo no era una simple enemiga, lo nuestro era algo personal.
-Hay cicatrices que nunca sanan… pero hay cicatrices que sí…-dijo Tritón en voz tan baja que Jim tuvo que inclinarse un poco para escucharlo-y yo a ti ya te perdoné hace tiempo… te dejé ir, porque pensé que tal vez podías hallar la redención, como yo… no… no merecía la pena prolongarlo…
-¿Qué no merecía la pena?-repitió Úrsula, cuyos ojos se salían de las órbitas por la rabia. Tritón sonrió al verla así de furiosa. La estaba mirando con pena. Y Úrsula odiaba que la mirasen así.
-No, no la merecía, e incluso ahora no la merece. Estás perdida Úrsula… y ni todos los poderes del mar y la tierra te van a ayudar a encontrarte…
Úrsula escuchaba con tanta incredulidad lo que el rey decía que parecía una niña pequeña, indefensa. Tritón sonrió con calma, y luego miró a Ariel.
-Yo te daré el tridente…-dijo el rey-y conmigo puedes hacer lo que quieras… pero necesito que me jures que a ella no la harás nada… ni a mis demás hijas tampoco.
-Oh, jajajajaja-Úrsula acercó a Ariel más a su esfera de energía-tú no estás en condiciones de proponer nada, viejo…
-Te lo pido por favor… solo quiero eso… déjame morir en paz… ellas no se lo merecen…-pidió el rey hablando con sinceridad. Úrsula le miró con tanta frialdad que Jim se preguntó si iba a congelarlo con un hechizo. Tritón sin embargo apretó las manos y su semblante se endureció un poco-no me hagas enfadarme… estoy cansado de luchar…
-Muy bien, muy bien, acepto-dijo Úrsula. Entonces se llevó la mano al corazón y trazó una "x". De la "x" salió una especie de luz violeta que fue hasta Tritón y se hundió en su pecho-palabra de honor… juramento de vida… yo no las haré nada…
-Muy bien-cedió Tritón-entonces… será mejor que yo… bueno…
Nadó hasta el tridente. Él también podía sentirla. Anthea estaba allí, en aquel objeto místico, susurrándole, reconfortándole, como en vida había hecho. Si tan solo…
-Yo te quiero Ariel. Solo es que… nunca he sabido como querer…-dijo el rey mirando a su hija por la que estaba seguro era la última vez. En cuando le diese el tridente a Úrsula…
-Papá…-Ariel se llevó las manos a la boca, consternada. No era capaz de decir nada. Llevaba tanto tiempo odiándolo, queriendo huir de él.
-Perdóname, por favor…-suplicó Tritón a su hija, y Ariel soltó un gemido y rompió a llorar desconsolada. Jim vio en Úrsula el odio (y la envidia) ante la relación del padre y su hija. El chico fue quien entendió que el espíritu de Anthea no estaba vivo en aquel poderoso tridente… si no en quienes aún la llevaban guardada en el corazón.
-Atlantica oceani piscis et homines urbe-dijo Tritón con voz grave mirando al tridente. Este emitió otro destello, y finalmente estirando los brazos el rey lo cogió. El brillo azul desapareció, rebelando que el tridente era de oro puro. Jim lo observó con atención. Era un arma verdaderamente intimidante. Y sabía que si ella la cogía, no traería nada bueno.
-¡NO!-gritó el chico desesperado-¡NO SE LO DES! ¡JODER, HAZ ALGO!
Tritón miró al chico de reojo, pero luego se concentró en Úrsula, a la que entregó el arma.
-Sí… SÍIIIII… AjajajajajJAJAJAJAJAJAJAJAJAAAAAAA-Úrsula soltó una carcajada enloquecida mientras el arma comenzaba a brillar con un tono dorado rojizo en sus manos. En ese momento soltó a Jim y Ariel, que se quedaron flotando unos metros más abajo de ella, con el rey. Úrsula sujetó el tridente con las dos manos, emocionada, mientras lo alzaba con fuerza hacia el techo y gritaba sin control-¡SSSSSSSSÍIIIIIIIIII! ¡ES MÍO, ES MÍIIIIO! ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! AAAAAAAAAAH ¡JODER! ¡ES MÍO!
-¿QUÉ HACEMOS AHORA?-gritó Jim furioso. Ariel miraba a Úrsula muy asustada, y Tritón al suelo, con los ojos cerrados, preparándose.
-¡YOHOHOHOOOOOOO SÍIIIIIJAAAAAAA! ¡VAIS A MORIR TOOODOS!-el pelo de Úrsula se había desordenado completamente, y ella parecía una absoluta psicópata, echando babas y temblando por la orgásmica sensación de poder que ahora sentía-¡YIAAAAAAAAAAAAAAAH! ¡TRITÓN!
El rey se giró lentamente hacia Úrsula y la miró, sabiendo lo que venía ahora.
-¡NOOOO!-gritó Ariel, horrorizada.
-¡SÍ!-un rayo dorado salió disparado de las cuchillas del tridente y atravesó la sala hasta impactar en Tritón, que salió disparado con el cuerpo en llamas. Tritón chocó contra una de las paredes de la sala y la atravesó, aterrizando en el pasillo posterior. Su cuerpo estaba calcinado, y él se hundió en el suelo, muerto.
-¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA!-Úrsula lanzó otro rayo al techo y lo destrozó, abriéndose paso hacia la sala del trono, encima de ellos.
-¡PAPÁ!-gritó Ariel desesperada, nadando hacia él. Pero un rayo de la bruja la impidió avanzar. Ariel se volvió y miró a la bruja con el más absoluto odio-¡PUTA!
-Oh no, no me digas eso Ariel, voy a llorar-dijo Úrsula imitando la voz de un bebé y haciendo pucheros. Luego lanzó otro rayo que estuvo a punto de darla. Jim nadó hacia el otro lado, preocupado. En teoría Úrsula no podía hacer daño a la chica. Pero no había jurado nada acerca de él…
-No voy a matarte Ariel… claro que no-dijo Úrsula acercándose a la sirena y cogiéndola por las mejillas, que retorció con fuerza-pero tranquila, voy a cuidarte muy bien… con tu nueva reina vas a ser feliz, muy, muy feliz.
-¡MUÉRETE!-le gritó Ariel, roja como su pelo, y Úrsula la soltó un violento golpe con uno de sus tentáculos, que la rompió las narices y la hizo hundirse en el fondo de la estancia.
-Cállate, mamona-dijo la bruja. Luego miró hacia el cuerpo inerte de Tritón, en cuya cabeza aún lucía la corona. Con un gesto, la hizo acercarse hasta ella y se la colocó en la cabeza con satisfacción, alterándola para que cambiara de tamaño y sus filos fuesen aún más puntiagudos-la corona atlante… pero que gran honor…
El techo abovedado de la estancia comenzó a derrumbarse, y la luz del exterior penetró en la estancia dejando al fin un poco de luz. Úrsula salió de allí para contemplar su reino, armada ahora con su tridente. Un nuevo amanecer comenzaba en Atlántica. Uno muy distinto a todos los anteriores.
-¡INCLINAOS TODOS! ¡TENGO BUENAS NOTICIAS!-gritó Úrsula, tan fuerte que se desgañitó las cuerdas vocales-¡SOY VUESTRA REINA! ¡LA REINA ÚRSULA! ¡LA REEEEEEINA!
-Larga vida a la reina-dijo Gill, y todos los peces comenzaron a dispararla. Úrsula lanzó un gemido ahogado de sorpresa cuando un caparazón de erizo de mar se le clavó en la tripa, hiriéndola. Los delfines avanzaron hacia ella armados con lanzas y la hirieron en tentáculos y brazos. Un atrevido pez espada trató de arrebatarla el tridente, mientras peces payaso, caballitos de mar y un trilobites la agarraban por los tentáculos e intentaban reducirla. Úrsula debería haberlo entendido antes: era una emboscada. Tritón debía de haberlos puesto ahí, preparados para atacarla en cuanto saliera. La conocía demasiado bien como para no prever que tiraría el techo de la bóveda y daría gritos como la inestable enferma mental que era.
-¡Rajadla el cuello!-ordenó Gill a dos percas que se tiraron sobre Úrsula armadas con cuchillas.
-¡Vamo sí! ¡Ahora!-Sebastián se agarró a uno de los tentáculos de la bruja y le arrancó un buen pedazo con sus poderosas tenazas. Había tantos peces encima de ella que era imposible distinguirla entre aletas, colas y ojos que furiosamente se removían, atacándola.
-¡Alejaos el resto! ¡Tenemos que abrir fuego!-ordenó Gill.
-¡Joder!-exclamó Jim, viéndolo desde el agujero del santuario. Ariel echó a nadar hacia arriba con una furiosa determinación en su rostro-¡Eh, espera!-la llamó Jim, preocupado, y echó a nadar detrás de ella.
-¡RRAAAAAAAAAARRRRRRRRGH!-Úrsula notó como un pequeño bogavante la clavaba sus pinzas en los dedos, tratando de hacerla soltar el tridente, mientras un lenguado se metía en su boca mordiéndola la campanilla para evitar que pudiese decir ningún hechizo. Pero por desgracia para ellos la bruja podía invocar las fuerzas de la magia sin utilizar palabras, simplemente concentrándose. Cerrando los ojos y haciendo un esfuerzo monumental de concentración Úrsula dijo en su mente las palabras. Los mataría a todos…-¡YIAAAAAAAAAAAAAH!
Una potentísima onda expansiva salió del tridente y lanzó a todos los peces lejos de ella. Los que estaban más cerca se calcinaron directamente, y se convirtieron simplemente en esqueletos. Otros como Sebastián tuvieron más suerte y no murieron, pero chocaron con las almenas del palacio y cayeron al suelo, llenos de severas heridas por la magia.
Gill y los pocos peces que habían escapado miraron a Úrsula asustados, pero con decisión.
-Es matar o morir matando, bruja-dijo Gill con brutalidad.
-¡Prepárate a luchar!-dijo una madre beluga, dispuesta a todo.
-¡IDIOTAS!-la bruja lanzó otro potente rayo hacia Gill pero él consiguió esquivándolo. Sin embargo seguía herido por los ataques de Flotsam y Jetsam, y al moverse perdió el equilibrio y se hundió en una roca. Úrsula soltó una carcajada burlona-¡Eres patético! ¿Cómo has podido darme tantos problemas después de todo?-preguntó, jocosa. Gill escupió sangre y la miró furioso. No se rendiría, ni con su último aliento.
-Aún puedo dar más…
-Oh, bien-rió Úrsula, y alzó su tridente hacia él, cuando alguien cayó encima de ella y agarrándola del brazo consiguió arrebatarle el arma.
-¡ARIEL!-rugió Úrsula, furiosa. Pero no era la pelirroja. Aunque sí se parecía a ella. Úrsula palideció al reconocerla-Attina…
-¿Buscas esto, Úrsula?-Attina apuntó con ello al cuello de la bruja-este es el fin...
-Así que todo ha sido eso ¿no?-Úrsula trató de sonreír con su calma habitual, pero esta vez no podía. La rabia era demasiada-me engañaste para que acabase con tu padre, y poder por fin heredar el trono.
-Mira a tu alrededor Úrsula, no queda a nadie a quien gobernar-dijo Attina. Efectivamente, la ciudad estaba en ruinas, y los peces habían huido, o estaban muertos, en ambos bandos-eres una reina sin reino… solo te queda esto…
-Devuélvemelo cielo… ni siquiera sabes usarlo-dijo Úrsula amigablemente.
-Aprendo rápido-dijo Attina desafiante.
-¡Acaba con ella Attina, vamos!-gritó Ariel desde atrás, desesperada-¡RÁPIDO!
Attina miró a Ariel unos segundos y Úrsula hizo amago de coger el arma, pero la sirena fue rápida de reflejos y clavó en la barbilla de Úrsula las puntas del tridente, lista para terminarlo.
-Esta es por mi madre. Por la memoria de Anthea-dijo Attina, temblando. Detrás de ella se asomaban Aquata, Andrina, Arista, Adela y Alana, observando conmocionadas, con Aladdín y Lilo…
-Ego sctrummm…-susurró Úrsula con malevolencia, y entonces el tridente soltó una descarga que hirió a Attina e hizo que soltase el arma.
-¡NO!-Ariel nadó rápidamente hacia allí para intentar cogerlo ella, pero era tarde, porque Úrsula ya lo había recuperado, y dándole un fuerte golpe a Attina la derribó-¡ES VUESTRO FIN! ¡ESTÚPIDA!
-Ayyyy…-Attina cayó en el suelo marino, dolorida, y miró a Úrsula asustada.
-NO ES SOLO ESTE REINO, SI NO TODOS… ¿NO COMPRENDES EL PODER DEL TRIDENTE DESPUÉS DE TANTO TIEMPO, HEREDERA?-rió Úrsula, que hablaba con una voz retumbante que ya no parecía la de ella-¡INUNDARÉ LOS CAMPOS Y CIUDADES! ¡TOOOODO SERÁ MÍIIIIO! ¡TODAS LAS CRIATURAS DEL MAR ME RENDIRÁN PLEITESÍA, Y TÚ PATÉTICA PUTA BASTARDA, LO HARÁS TAMBIÉN!
Entonces Ariel le tiró una caracola a la cabeza, y Úrsula se quedó quieta, incapaz de creer semejante osadía.
-¡No puede hacernos daño!-gritó la pelirroja- ¡No puede matarnos!-se corrigió -¡lo ha jurado, es un juramento inquebrantable, no puede hacerlo!-insistió. Sus hermanas la miraron asustadas e indecisas-¡TENÉIS QUE HACERME CASO DE UNA VEZ, MIERDA! ¡VAMOS TODAS A POR ELLA!
Un fuerte golpe de Úrsula derribó a Ariel que cayó en brazos de Jim, quien la sujetó con fuerza.
-¡NO ARIEL!-gritó Adela nadando valientemente, y entonces sus hermanas la siguieron decididas y furiosas.
-¡A POR ELLA!-gritó Arista. Sin embargo con un movimiento del tridente Úrsula las dejó a todas paralizadas en el aire, incapaces de moverse o de hablar. La sombra de la bruja cubrió a Ariel y a Jim, que aún con la chica en brazos trató de alejarse nadando, hasta entrar en la sala del trono.
-No voy a matarte, cielo…-dijo Úrsula lanzando un rayo y dándole a Jim en la espalda, con lo que le arrancó un brazo al muchacho.
-¡UAAAAAAAAH!-Jim vio cómo su brazo desaparecía y comenzaba a sangrar a chorros. Ya no podía sujetar a Ariel. El dolor era inimaginable. Mirando lo que antes había sido su brazo derecho pudo ver un trozo de hueso asomando por él. Jim lanzó un alarido de dolor terrible, que cesó sin embargo al ver que Úrsula volvía a lazar su tridente ante ellos.
-A vosotros dos, tortolitos, os voy a convertir en pólipos, y vais a pasar el resto de la eternidad en mi jardín… será maravilloso ¿no? OS VA A ENCANTAR-el tridente brilló amenazante y Jim y Ariel se abrazaron horrorizados, incapaces ya de hacer nada, ni de poder impedirlo. Aladdín y las sirenas tampoco podían hacer nada, porque estaban paralizados por el conjuro. El árabe veía con espanto lo que ocurría, desesperado por la impotencia.
-¡JAJAJAJAJAJAJA!-el horripilante rostro de piel morada de Úrsula se iluminó por la luz dorada del tridente, y fue entonces cuando Hércules apareció, impulsado como de la nada, justo detrás de ella, y alzando la espada de Gantz alto, alto muy alto, la hundió en mitad de la cabeza de Úrsula, haciendo un corte perfecto. La espada descendió, limpia y cortante, por todo el cuerpo de la bruja dividiéndola en dos partes simétricas, y cuando terminó de abrirle la tripa y bajo vientre cortó también dos tentáculos. Fue tan rápido que ni ella tuvo tiempo de darse cuenta de lo que estaba pasando, porque de repente su cuerpo estaba dividido en dos, y comenzó a despedir una oleada de sangre y tinta tan grande que Hércules se tuvo que alejar, repugnado. El tridente se le cayó de las manos a la bruja y se hundió hasta quedar clavado cerca de un arrecife, y los dos trozos de su cuerpo, parte derecha e izquierda, se fueron cada uno hacia un lado, dejando un rastro de vísceras y sesos conforme se iban hundiendo. Úrsula estaba muerta. Todos esos planes y maquinaciones, fracasos y éxitos, de los que había hablado ya no servían de absolutamente nada. Estaba muerta.
-¡AAAAAAAAGH!-Jim se retorció de dolor, y puso los ojos en blanco. Él también se estaba desangrando. Moriría en cualquier momento.
-¡JIM, NO! ¡JIM, MÍRAME!-pidió Ariel. Pero era tarde. El chico se iba…-¡NO, NO LO HAGAS! ¡JIM!-gritó desesperada. Entonces la luz del tridente la sorprendió. Por un segundo temió que fuese Úrsula, pero era Attina.
-Puedo hacerlo-dijo la hermana mayor de Ariel-aparta…
La luz del tridente se volvió más brillante y su color dorado más noble que cuando Úrsula lo había utilizado (entonces había tenido un tinte rojizo). Jim notó como los tendones se cerraban y el hueso le dejaba de doler. La sangre desaparecía… donde antes había un brazo ahora había carne cerrada, y ya no le dolía. Miró a Attina, y pese a sentirse muy débil fue capaz de sonreírla.
-Gra… gracias-musitó.
Ella solo inclinó la cabeza con serenidad. Luego se volvió hacia Ariel, preocupada.
-¿Y papá?
La pelirroja ahogó un gemido y echó a nadar hacia el agujero que había hecho Úrsula, entrando al interior del santuario del tridente. Sus hermanas la siguieron, preocupadas.
-¡PAPÁ! ¡PAPÁ!-gritó Ariel deslizándose por el pasillo hasta donde estaba el cuerpo de su padre. La piel del rey estaba negra por las quemaduras, y se había quedado sin barba…
-Papá…-llorosas, las hijas del rey se acercaron a su padre y lo abrazaron. Solo Attina se quedó a un lado. Ella había querido a Tritón más que ninguna, pero el resentimiento hacia su padre se había convertido en odio por descubrir la verdad sobre él, y ahora el odio en arrepentimiento y culpa. Nunca podría perdonarse aquello. Deseaba morir.
-Papá… papá…-Ariel enterró su cara en el pecho del rey muerto, llorando amargamente, y dando golpes al suelo. Veía a su madre en aquella red de piratas, luchando por sobrevivir, y a Flounders herido por aquellos chicos, y ahora a él, su padre odiado y temido, al que nunca había comprendido y que deseaba desterrar de su vida. Ariel había visto tanta maldad, tanta violencia en aquellos últimos tiempos, que aun estando muerto, sintió como los brazos de su padre la protegían al estrecharlos sobre ella. Adela y Andrina lloraban sin control mientras Arista y Alana intentaban calmarlas, y Aquata, abrazada a la cola de su padre, permanecía en silencio, con una expresión de dolor que sería imposible de describir aquí.
Ariel cerró los ojos y sintió la calidez de su padre… recordó cuando él jugaba con ellas de niñas, y cuando habían ido juntos a ver las ballenas aquel día. Y los paseos marítimos claro, en su carroza tirada por delfines y tortugas. Daba igual todo lo malo o todo lo bueno que él hubiese hecho por ella. Solo por ser su padre… solo por sentir lo que sentía a su lado… solo por eso seguiría llorando hasta que el mar subiese de nivel diez mil millas por sus lágrimas.
-Hija… no llores…-la voz de Tritón sonó ahogada cuando sus manos acariciaron los brazos de Ariel. Ella miró a su padre, sorprendida. Volviéndose, vio que Attina utilizaba el tridente para iluminar con él a Tritón, y murmuraba palabras antiguas muy concentrada. Las heridas no sanaban tan rápido como las de Jim, pero al menos ahora Ariel veía la luz en los ojos de su desfigurado rostro.
-Papá…-las hermanas abrazaron al rey con fuerza, hasta que se dieron cuenta de que le hacían daño y se alejaron. Había sobrevivido. Pero claro que lo había hecho. Un simple rayo mortal no era rival para el poderoso rey Tritón… ¿no…?
-Ariel…-Tritón puso la mano en la barbilla de su hija y sonrió débilmente. A lo lejos, su hija mayor agachó la cabeza, avergonzada-Attina… niñas…
Las siete hijas miraron al rey con atención. Luego se miraron entre ellas.
-¿Cómo ha podido… pasar esto?-preguntó Arista con voz débil-es… es culpa mía…
-No, es culpa mía-dijo Aquata.
-Claro que no…-negó Attina, agachando la cabeza.
-Claro que no-concluyó Ariel. El rey acarició la melena roja de su hija, y la miró. Entre tanta piel negra y quemada, sus ojos azules seguían brillando. Y eran mucho más hermosos que los de Eric.
-Quédate aquí… no volveré a… estropearlo… te lo prometo…-suplicó Tritón, destrozado-perdóname hija…
-Papá…-Ariel miró a sus hermanas y se mordió el labio. Era todo tan difícil. Incluso ahora lo era. Pero la misión había terminado. Y seguía con vida. Y ahora veía las cosas de un modo muy distinto. Ya no eran como antes para anda.
-Majetá…-Sebastián se acercó también nadando al rey y se posó en su hombro.
-Mi Sebastián… sigues con vida…-jadeó el rey, casi inconsciente-quedaos conmigo… no os vayáis…
-Papá… volveré…-dijo Ariel simplemente. Sabía que pasaría en cualquier momento. Y lo agradecía, porque en realidad, no sabía qué decir. No sabía si estaba lista para perdonar. Solo sabía que se alegraba mucho de que siguieran con vida.
-Ariel…
Fuera de la cúpula, Hércules y Lilo se encontraban inclinados al lado de Jim.
-Soy un puto manco, ahora sí que estoy bien-dijo el chico echándose el pelo a un lado y sonriendo.
-Pues pareces muy feliz-comentó Lilo con calma.
-La ha matado-dijo Jim señalando a Hércules con su mano sana-lo hemos conseguido… volvemos a casa…
-¡JIM!-Aladdín acababa de llegar también nadando, y se tiró encima del chico abrazándole con afecto-¡JIM, CASI ME MUERO! ¡JODER, ESTA VEZ HA FALTADO POCO! ¡Vaya zorra!
-Sí, eh bueno, no me seas marica-dijo Jim apartándolo. Aladdín rió, y Jim no pudo evitar imitarle. Se sentía de tan buen humor. Era estupendo seguir con vida. Pero no todos lo estaban. Jim miró a Aladdín preocupado-Aladdín… Helga…
-Lo sé…-la sonrisa de Aladdín se borró de inmediato-lo sé… pero los dos estábamos preparados para esto… yo siempre pensé que sería ella la que me vería morir a mí… y…
No fue capaz de decir nada más. Necesitaba tiempo para asimilarlo.
Se sentó al lado de Jim, abatido. Aún veía a su chica abrir los ojos, indefensa, y ser destruida por el rayo de la pistola. Ni siquiera los rayos del tridente eran tan poderosos como la energía de las armas de Gantz. Lo que le llevaba a Aladdín a preguntarse con qué clase de fuerza misteriosa y maligna estaban tratando. Porque estaba seguro de que era mala.
Jim pasó su brazo sano alrededor de Aladdín, y le abrazó con fuerza.
-Me alegro de que sigas con vida-le dijo sinceramente. El moreno asintió sonriendo de nuevo.
-Yo también…
-Es la hora de volver-anunció Hércules con tono serio-voy a echar un vistazo… y diré el nombre.
-Vale-dijo Jim encogiéndose de hombros. Ahora en realidad no tenía tanta prisa: gracias al beso de la sirena podía respirar todo el tiempo que quisiera bajo el agua, y la vista no estaba tan mal. La fantástica e impresionante ciudad de Atlántica que hacía solo cuatro horas había sido una impresionante metrópolis de luces era ahora tan solo unas ruinas por las que algunos peces refugiados empezaban a asomarse. Gill también lo miraba, tendido desde una roca y atendido por Marlin y los otros pocos peces supervivientes que habían quedado.
-¡Ay, uy va! ¿Pero qué ha pasado aquí?-preguntó Dory, a quien como siempre se le había olvidado ya todo.
-Empiezo a acostumbrarme al rastro de destrucción que vamos dejando por todas partes-comentó Jim echando la cabeza hacia atrás. Distinguió una parte del cuerpo de Úrsula tirada por la entrada de acceso al palacio. Apartó la vista inmediatamente, asqueado. Ella era el enemigo al que más había odiado, por encima de Juan, Garfio e Yzma. Estaba realmente podrida hasta la médula, era un monstruo.
-Vaya…-Hércules se había asomado a la cúpula, y descendió nadando hasta donde estaban los restos de Merlín. Con un gesto inexpresivo, el chico observó el cuerpo muerto del mago, y negó con la cabeza-casi lo tenías…
Diciendo esto echó una ojeada a Ariel y su familia, que seguían reunidos en torno a Tritón, y sonriendo para sí decidió que ya era el momento. Estaba cansado y aunque era él quien había rematado la faena, las cosas no habían salido como él quería. Menos mal que se había encontrado con Tritón a tiempo, y habían conseguido organizarlo.
-No bajes-le había dicho el rey del mar a Hércules, cuando este se disponía a entrar en el túnel de la sala del trono a buscar a Úrsula-iré yo.
-Tengo armas… puedo acabar con ella-dijo él con decisión.
-Créeme, no podrás. Debes pillarla desprevenida. Tiene a mi hija… y no quiero que muera-le había dicho el rey-iré yo… y la entregaré el tridente.
-¿Qué dice? ¡Le matará!-exclamó Hércules, enfadado.
-Sí, seguramente-admitió Tritón, y Hércules distinguió el miedo en él-pero… no me importa. Dile a Gill que coloque a sus peces encima de la vieja cúpula. Ella saldrá por ahí, y entonces deben atacarla. Se defenderá, les hará daño… pero cuando veas que está distraída, en cuanto veas que ha perdido el control… entonces no lo dudes, mátala. No fallarás
Hércules así lo hizo y esperó oculto mientras el ejército de Gill luchaba contra ella por el tridente. Estaba a punto de intervenir cuando Attina le quitó el tridente a Úrsula, pero finalmente ella lo había recuperado, y el chico esperó de nuevo a que la bruja se distrajera atacando a Jim y Ariel, y en ese momento saltó encima y la partió en dos. Iba a decir "Gantz" inmediatamente para salvar a Jim antes de que muriese desangrado, pero al ver que Attina lo sanaba prefirió esperar e ir a comprobar si era cierto que Merlín estaba muerto de verdad. Porque ya había estado muerto otras veces… está vez sin embargo si parecía que era de verdad.
De no ser por el plan del rey, quien sabe qué podría haber pasado. Daba igual. Había terminado. Y era el momento de concluir.
-¡Gantz!-exclamó el joven héroe con decisión, y comenzó a desaparecer, al igual que el resto.
-A… Ariel-Tritón vio asustado como su hija comenzaba a desaparecer. Ariel le miró con pena.
-No te preocupes-le dijo-estaré bien…
-Nno…-susurró Tritón estirando una mano hacia ella, pero Ariel se desvaneció antes de que pudiese tocarle las mejillas-nnno…
-Ariel…-sus hermanas se quedaron heladas al verla desaparecer de nuevo. No volvería a estar en sus vidas. No volvería nunca.
Attina agachó la cabeza, llorosa, y dejando el tridente se alejó nadando hacia la salida de la ciudad.
Ella tampoco volvería.
MISIÓN 4: MONSTRUO MARINA (FINALIZADA)
Jim estaba disfrutando de las vistas de aquella ciudad de la que Silver tantas veces le había hablado, cuando su cuerpo desapareció rápidamente y volvió a formarse en la tan odiada sala de la esfera. Por lo que veía, la mayoría seguía allí. De hecho, en ninguna de las otras misiones había regresado tanta gente con vida como en aquella. A excepción de Merlín, Kuzco y Helga, el resto habían regresado sanos y salvos, gracias a quien fuera… Jim abrazó a Lilo con fuerza.
-No sabes lo que me alegra que estés aquí…-le dijo a la niña al oído.
-Lo hemos conseguido… otra vez-dijo ella, estrechando sus manitas en torno al cuello del adolescente. Jim se dio cuenta de que aún tenía una conversación pendiente con Lilo acerca del accidente… pero antes tenía otra pendiente con Ariel.
-Merlín… ha muerto…-dijo Aladdín, impresionado.
-Nunca pensé que podría pasar-dijo Jim, serio. Y menos después de haberlo visto en acción. Los poderes del mago habían resultado ser inmensos. Sin embargo Úrsula era una rival despiadada. Que se hubieran librado de ella había sido casi un milagro. De no ser por Hércules, seguramente…
-Ya le advertí que pasaría-dijo Hércules, que plantado en mitad de la sala estaba pendiente de la esfera. En cualquier momento saldrían las puntuaciones-este es un juego de equipo, ya se lo dije, pero no me hizo caso. No se trata del más fuerte… si no del que mejor sepa jugar.
-Ya…-Jim miró a Hércules poco convencido. Si el viejo le olía a chamusquina, este le parecía aún más sospechoso. Había abierto la puerta, había aparecido de la nada cambiando totalmente la perspectiva que tenían del juego, y ahora… ahora bueno… verdaderamente no le gustaba nada.
Hércules miraba a Jim como si supiera exactamente lo que él estaba pensando, pero no dijo nada. El chico miró a la esfera, ceñudo. Todos esperaban las puntuaciones.
-Fiuu, vale, yo la verdad es que no me he enterado de nada-Timón ya había estado callado demasiado tiempo-nos quedamos atrapados en ese caparazón, y la que hemos liado ha sido mítica, ¿eh, locuela?
Le dio con el puño amistosamente a Lady Tremaine, que le fulminó con la mirada.
-No me toque-le dijo la mujer, cortante.
-Vale, vale… que miedo…-comentó Timón despectivo-y por lo que parece la han palmado el viejo, la rubia y el niñato… ¿pero si ya estábamos muertos ahora a dónde van?
-No lo sabemos…-respondió Lilo con calma.
-Ah, vaya-Timón miró a Pumba con gesto de insatisfacción.
Ariel se encontraba tirada a un lado, encogida, y Sebastián estaba cerca suyo. El cangrejo avanzó hacia ella, y le tendió una pinza. Por un momento temió que ella la retirase, pero no lo hizo.
-Mi niña… ay, mi nena…-susurró el cangrejo. Las lágrimas de Ariel cayeron encima suyo y le empaparon. Si él hubiese podido salvarla aquel día de la fiesta. Si hubiese logrado impedirlo… pero como sabio cangrejo que era, Sebastián sabía que no se podía mirar atrás.
-¿A qué esperamos ahora?-preguntó Lady Tremaine a Hércules con voz fría. La puerta de salida ya estaba abierta, y todos la miraban con desesperadas ganas de salir de allí. Ninguno deseaba volver, pero todos sabían que lo harían.
-Las puntuaciones…-Hércules señaló a la esfera: ya empezaban a aparecer en ella las imágenes de los participantes y sus puntuaciones.
GANTZ REPASA:
Aladdín, ladrón-48 puntos
Ariel, suicida-14 puntos
Jim Hawkins, pervertido-43 puntos
Lilo, niña rara-3 puntos
Hércules, musculitos-30 puntos
Agatha Tremaine, vieja zorra-30 puntos
Timón, marica de playa-0 puntos
Pumbaa, pareja del marica-0 puntos
Sebastián, "el amante escarlata"-1 punto
Lady Tremaine arqueó una ceja ofendida al leer la descripción de la esfera, aunque se mostró complacida con la puntuación obtenida. Lo cierto es que en el caparazón se había deshecho de una exagerada cantidad de peces. Ya solo le quedaban 70 puntos para la libertad, que aunque era mucho seguía siendo menos que aquel par de animales idiotas o la niña pequeña.
Aladdín, pese a ser el que tenía la puntuación más alta, no sonreía. Sabía lo que venía ahora, y no deseaba verlo. Helga… la quería realmente. El dolor de perderla le amargaba la alegría de saber que al menos continuaba con vida.
LOS ELIMINADOS:
Helga Katrina Sinclair, teniente coronel
Merlín, filósofo y mago
Kuzco Krey, multimillonario
Las imágenes de Helga, Merlín y Kuzco se unieron al tablón donde ya estaban entre otros Silver, Amelia, Rourke, el señor Saltamontes, Chicha, las musas y Billy. Ver la foto del Cobra entre los caídos hizo que Jim se entristeciera mucho al recordarle. Mirando a Aladdín, vio que a él le pasaban lo mismo. Ahora ambos tenían a un mentor y a una amante entre los muertos de la esfera. El dolor era profundo, y las heridas graves. "Pero hay heridas que sanan"-había dicho el padre de Ariel.
-Tal vez haya un modo… de recuperarlos-dijo Jim en voz baja, poniéndole una mano en el hombro a Aladdín. Él le miró e intentó sonreír, pero no pudo.
-Tal vez…-dijo con voz ronca-me hubiera gustado… despedirme…
Por último sus fotos aparecieron en la categoría de "siguen jugando".
-Entonces… tendremos que volver-murmuró Timón. Ya no tenía comentarios graciosos, ni chistes que gastar. La situación realmente no tenía ninguna gracia.
-Sí, lo haremos. Pero no os preocupéis-dijo Hércules con seriedad-llegaré a los cien puntos de nuevo. Y entonces todos seréis libres… de nuevo.
-Pero… tú no…-susurró Ariel, hablando por primera vez. Hércules la miró con una sonrisa triste en los labios.
-Lo sé… pero es lo menos que puedo hacer… por vosotros.
-Muy altruista…-observó Lady Tremaine, con desconfianza. Timón tampoco parecía fiarse demasiado, y Jim menos.
-Buaaaaaaah ggggfffff…-Pumbaa se sonó los mocos con las cortinas del piso, mientras el suricato trataba de calmarle.
-Venga Pumbaa, no es para tanto… vamos, déjalo…
-Esto es muy triste ¡es horrible!-exclamó el jabalí horrorizado-¿cómo va a acabar esto bien? No podemos morir… y no debemos matar…
-Ya ya bueno… nosotros no, mientras se encargue este-dijo Timón positivo, señalando a Hércules.
-Descuidad, lo haré-respondió él con calidez. Luego miró a su alrededor. Todos se mostraban muy alicaídos. El miedo que habían pasado unido al dolor por la pérdida de los amigos les había hecho mella-¡escuchad, seguimos con vida! ¡Y mientras tengamos fuerzas, debemos seguir luchando! ¡Así que arriba esos ánimos! ¡Confiad en mí, todo irá bien!
-Creo que nos pides mucho…-comentó Jim taciturno.
-Puede ser-concedió Hércules-pero dadme una oportunidad… no os arrepentiréis… os ayudaré… y todo saldrá bien.
Todos se quedaron mirándolo con incredulidad y desdén. Sin embargo finalmente Aladdín dio un paso adelante y le ofreció una mano a Hércules, estrechándosela luego.
-Yo me fio-dijo con honestidad-así que… bueno, ya nos veremos…
Sin decir nada más, salió de allí. Pensaba meterse en un bar y beber hasta no recordar nada. Le daba igual si estaba amaneciendo. No tenía ánimos para otra cosa. Luego quizás iría a casa. Abú estaría ya preocupado.
Nadie más daba la impresión de ir a fiarse, así que finalmente fueron saliendo, primero Lady Tremaine, luego Timón y Pumbaa, y finalmente Hércules, de la mano de Lilo.
-Eres megafuerte… ¿vienes de una raza alien de otro sistema?-preguntaba la niña interesada.
-Pues… no-respondió el chico, sonriendo.
Jim se había quedado solo con Ariel y Sebastián. El cangrejo al verlos metió un poco la cabeza adentro y luego comenzó a andar lentamente hacia la puerta.
-Te epero fuera Arie… debemo ver lo que hasemo…-dijo antes de salir.
Cuando sus patitas dejaron de sonar en el rellano de la escalera, se hizo un incómodo silencio. Jim miró a Ariel, que seguía con la cabeza gacha. Ella se levantó lentamente, y tras asomarse por la ventana le miró a él, muy seria.
-¿Qué pasa?-preguntó, secamente.
-Oye…-Jim se rascó el cabello, incómodo. Siempre se tocaba el pelo cuando no sabía que decir-pues que… lo siento…
Ariel le miró de reojo. Le había dado la espalda para mirar por la ventana. Aún estaba muy conmocionada por todo lo ocurrido. Aquella noche había pasado mucho miedo. Y enfrentarse así con los fantasmas de su pasado la había herido gravemente. Aunque también la había liberado, cosa que aún no estaba preparada para entender.
-Vale…-dijo finalmente la pelirroja, mordiéndose las uñas-gracias…
Jim tragó saliva, mirándola apenado. Le enfadaba que ella se comportase así, le gustaría que le abrazase y le dijera que se alegraba de verlo con vida, y que le besase, y que hiciera muchas cosas… pero ella era como era, y Jim la quería de todas formas. Ahora no iba de lo que quería él. Si no de lo que había que hacer.
-No, lo siento de verdad-dijo-tú estabas mal y… yo te traté peor… no… no se me da bien esto.
Ariel continuaba en silencio, de espaldas. Pero no se perdía ni una palabra de lo que él decía.
-Me… me gustas, es cierto-siguió Jim, con la cabeza gacha-y estas últimas semanas sin ti han sido… un infierno…
Las lágrimas asomaban de nuevo a los ojos de Ariel. Se extrañó de que le quedasen aún. Se extrañó aún más de que él hubiese conseguido hacerla llorar así. Pero lo había hecho.
-No quiero que pienses que es solo por… por eso pero… vuelve con nosotros… vuelve conmigo yo… joder…-Jim suspiró, intentando explicarlo. Le faltaba el aire, casi no podía exponerlo-yo quiero que tú seas… parte del mío…
Ella le entendió perfectamente. Vio el reflejo de Jim mirándola en el cristal. Antes solo Flounders conocía la verdadera historia de la chica, todo lo que ansiaba y temía. Ahora solo lo sabía ella… y Jim. El chico había atravesado toda la vida de ella a su lado, por culpa de Úrsula. Se sentía tan avergonzada por su actitud, tan ridícula… tan furiosa.
-Nno Jim…-Ariel se volvió hacia él, con los ojos enrojecidos-no voy a volver… no quiero volver a verte y… no…
Ambos respiraban muy rápido, asustados, pero Jim se sentía más ligero. Le había dicho lo que realmente se sentía, verdaderamente había sido capaz de abrir sus sentimientos. Tal vez tanto tiempo sin ella le habían ayudado a entenderlo. Solo sabía que no iba a volver a hacerlo. La quería.
-No puedo…-dijo finalmente la pelirroja. Luego salió de allí. Jim quiso agarrarla del brazo para detenerla, pero no lo hizo. Simplemente la dejó ir. Ya se volverían a ver aunque… no sabía que pasaría entonces.
Ariel estaba avergonzada y dolida por todo lo ocurrido. Y le asustaba lo que había sentido esa noche por Jim. Protección, afecto, miedo… nunca había sentido tanto miedo por otra persona… le asustaba mucho lo que pudiera significar. Y no se veía capaz de mirarlo a los ojos nunca más después de haber viajado con él a su vergonzoso pasado. Se había comportado como una estúpida. Y se odiaría siempre por ello.
Jim se quedó solo en la estancia, y le echó un vistazo a la bola negra. Las imágenes de los participantes que continuaban jugando ya se habían apagado, y la superficie de la esfera volvía a ser lisa y oscura. Jim pensó en golpearla, en intentar ponerla a rodar y tirarla por aquella terraza, pero por alguna razón no lo hizo, tal vez porque sabía que eso no serviría de nada…
Cuando bajó las escaleras solo quedaban Lilo y Hércules. Timón y Pumbaa se veían alejándose por el final de la calle, pero el resto (incluidos Ariel y Sebastián) habían desaparecido. La niña le estaba contando un montón de cosas al joven, que parecía muy entretenido con ella.
-¿Me llevas a casa, Jim?-le preguntó Lilo cuando le vio salir por fin del edificio.
-Pues claro-respondió él. Luego miró a Hércules-¿quién es el dueño del piso? ¿y de… la bola?
-Ya os lo dije… sé poco más que vosotros-respondió él agachando la cabeza-si hubiese algo de lo que tirar… una pista…
Jim se acordó entonces del extraño papel con claves que Aladdín le había enseñado, y que habían sacado de la caja fuerte de la fortaleza del Príncipe Juan. En realidad sí que había de dónde tirar. Pero de momento, no le diría nada. Después de lo ocurrido con Merlín le iba a costar mucho volver a confiar en el resto de participantes, si no eran Aladdín, Ariel y Lilo.
-Pues… espero que hasta dentro de mucho tiempo-Hércules le ofreció la mano a Jim. Él se la estrechó.
-Espero… y gracias.
Diciendo esto, cada uno se fue por su lado. Lilo tomó la mano de Jim y fue a su lado cantando y hablando sobre todas las cosas increíbles que había visto bajo el mar.
-En realidad, aunque esa bola sea mala, esto ha sido un regalo muy bonito…-comentó la niña, fantasiosa-¡había corales multicolores…! ¿Viste la ballena?
-Sí, sí…
Jim volvía a darle vueltas a ese pensamiento que llevaba teniendo desde las últimas semanas. Esa noche él había estado a punto de morir otra vez, y no hubiera podido confesarlo. Le daba mucho miedo hacerlo pero… en el fondo, sabía que debía. Era como lo que le había dicho a Ariel en la sala… una confesión… se sentiría mucho mejor cuando lo hiciera. Cuando dijese la verdad, y se enfrentase a los hechos…
Subieron al endobús y se dirigieron hacia la casa de Nanny y David. Seguramente ya se habían despertado y estarían preguntándose dónde estaba la niña. Así que había que darse prisa.
-Stitch debe estar preocupado-comentó Lilo mientras miraba por la ventana a la ciudad-en realidad, es mucho más bonita Atlántica.
-Pues… sí-reconoció Jim.
Mientras pensaba en como sincerarse con ella, echó un vistazo a los ennegrecidos edificios de la ciudad. Realmente no entendía que Ariel hubiese querido marcharse de su idílico reino submarino de no ser por todo lo que había visto. Jim se preguntó que sería ahora del reino bajo el mar, destruido y con su rey derrotado. Tal vez, uniendo fuerzas, los supervivientes a la batalla pudieran reconstruirlo y empezar una nueva vida. Quizás.
Se preguntó si Ariel volvería a su hogar ahora. Se preguntó a dónde habría ido. La seguiría echando de menos, seguramente mucho tiempo.
Aladdín, subido también en otra línea en dirección a la casa de Billy, pensaba en su colega cantante y en Helga, a la que ya no podría abrazar más, ni besar, ni sentir a gusto de nuevo en sus brazos. La muerte de Helga le había afectado mucho, y ahora pensaba en ella mirándolo desde algún lugar, quizás el paraíso, o el cielo, dándole ánimos… pero Aladdín no creía mucho en esas cosas. Pese al dolor, estaba seguro de que no la volvería a ver.
Todos regresaron a sus hogares en silencio, se metieron en la cama y se quedaron allí intentando dormir, aunque de ninguna manera pudieron conciliar el sueño.
-Bueno… pues ya está-Jim señaló el portal de la casa de Nanny-sabes subir, ¿no?
-Sí-Lilo le dio un fuerte abrazo. Llegaba solo a su cintura, pero a Jim le pareció uno de los mejores abrazos que había recibido nunca-gracias Jim.
-Lilo…-el chico le acarició el cabello a la niña y luego la miró con preocupación-Lilo, yo… escucha… hay algo que quisiera decirte.
-¿Qué?-preguntó ella, con los ojos muy abiertos.
-Yo… je… no sé cómo explicarte esto-dijo él, mirando fijamente sus zapatos. No quería verla a ella. No quería ver la expresión de su rostro cuando lo supiera-Lilo… la noche en que morí… hubo un accidente…
-Lo sé…-dijo ella-yo estaba allí…
Jim asintió. No sabía si sería capaz de decírselo. Le odiaría. Y no quería el odio de ella. Necesitaba su cariño.
-En ese accidente yo… causé la muerte de otra persona… un médico… el doctor Dawson…-Jim tragó saliva, llevándose la mano a la boca, jadeando-él era el médico que podía curarte y yo… yo… lo… lo siento…
Las lágrimas asomaron a los ojos de Jim. Empezaba a estar acostumbrado a llorar tras las muertes de Silver y Amelia, pero aún así lo odiaba. Tardó un poco en atreverse a mirar a la niña. No quería ver el odio, ni el miedo, ni la culpa. Pero no vio nada de eso. Lilo le miraba con compasión.
-Lo siento…-repitió Jim con la voz cascada.
Lilo acercó una mano al brazo de Jim y tiró de él, haciéndole inclinarse. Después, le dio un suave beso en la mejilla, y le habló al oído.
-Yo también meto la pata muchas veces… pero Nanny dice que no hay plato que no se pueda arreglar…
Y diciendo esto entró en el portal y subió las escaleras, mirándole una última vez con una sonrisa. Jim la vio marcharse con las lágrimas surcándole el rostro, y dando gracias, simplemente, por quien era ella, por lo que había hecho. Se sentía libre, su corazón estaba quizás un poco menos roto. Tras habérselas visto de nuevo con la muerte, tras contemplar la historia de Ariel, sabía una cosa: que si vivía lo suficiente, conseguiría sanarlo.
-Tengo una deuda contigo…-pensó, mirando el edificio de Lilo mientras se alejaba. Su madre también andaría preocupada si se había acercado a despertarlo-y te juro que la saldaré.
Caminaría hasta su casa, aunque estuviera un poco lejos. Pero era maravilloso tener piernas, poder andar y disfrutar del aire, por muy contaminado que fuera. Echando la cabeza atrás y disfrutando de los rayos del sol naciente, empezó a silbar. Pensaba en Ariel. Todos los días se puede morir… pero también todos se puede volver a nacer, se puede resucitar. Empezaba un nuevo día. Y una nueva aventura, quizás.
Una pequeña aclaración: cuando Chad habla de "los pitufos" se refiere a la policía, es una forma coloquial de llamarlos que no sé si conoceréis. No se refiere a los personajes, que no son de Disney, y no van a aparecer.
¿Os gustó? Úrsula para mí ha sido una villana magnífica de escribir, más mala y desagradable que ninguno y realmente poderosa. ¿Qué os ha parecido a vosotros? Espero que os haya gustado.
Y bueno, la historia de Ariel, con sus hermanas, Eric, etc, etc, ha sido también un gustazo escribirlo (aunque ha sido muuuuy largo, os lo aseguro) y ha tenido escenas muy interesantes. La de la muerte de Flounders y la del suicidio de Ariel se me han hecho un poco difíciles de escribir, sin embargo, me ha dado mucha tristeza. La muerte de Eric en cambio ha sido de las cosas más sádicas que han aparecido hasta ahora.
En fin, si me dejáis un buen review yo os lo agradezco con toda mi alma y como siempre mil gracias por leer y un fortísimo abrazo. Este es el fin de la cuarta misión. Cuatro ya es mucho, la verdad... ¡Nos leeremos pronto!
