Capítulo 25. La historia de Harry, segunda parte
Martes 26 de diciembre.
Le costó conciliar el sueño. Se pasó gran parte de la noche pensando en todo lo que había sucedido aquella tarde y recreando en su mente una y otra vez no sólo las fantásticas mamadas que había compartido con Malfoy, sino todo lo que había ocurrido antes de eso. La enorme casualidad de que hubiera sido Malfoy quien se encontrase su reloj y el tremendo detalle de haberlo llevado a reparar con alguien que sabía tratar joyas antiguas. El regalo que le había mandado a Teddy… ¡Una reliquia de su familia! La cena navideña en la cual Malfoy se había comportado como todo un caballero. Aquella curiosa pero loable intención que tenía de reconciliar a Andrómeda con su hermana distanciada.
Los besos y las caricias que habían compartido ellos dos. Lo sedoso que era su cabello, el suave fondo de su garganta cuando se había metido la erección de Harry hasta dentro y lo había chupado con aquella fuerza, raspándolo un poco con los dientes mientras Harry le tiraba de las hebras platinadas de su pelo…
Acostado en su cama mientras la pálida luz del amanecer entraba por la ventana, Harry no pudo aguantar más. Se metió la mano dentro de los calzoncillos y se acarició su erección con rudeza, cerrando los ojos y tratando de reproducir la maravillosa sensación de la boca de Malfoy comiéndose su miembro, de los besos increíbles que habían compartido, Harry chupándolo a él, metiendo un dedo profundo, profundo en su carne ardiente y suave y el culo de Malfoy aceptando su dedo, absorbiéndoselo, oh cielos, ¿cuán maravilloso se sentiría follárselo?, Harry toquetéandole la próstata y Malfoy corriéndose en su boca…
El orgasmo, grandioso y enajenante mientras duró, se diluyó rápidamente y le dejó una resaca moral tan tremenda que Harry tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para poder levantarse a proseguir con los planes que tenía para ese día, su último en Inglaterra.
Si ya antes se había sentido dudoso de aceptar aquel trabajo supuestamente maravilloso en Estados Unidos, ese día se sentía todavía mil veces más indeciso. Se acordó de lo triste que se había puesto Teddy cuando se habían despedido y, de nuevo, se preguntó si estaría haciendo lo correcto.
Meneando la cabeza porque sabía que en ese momento ya era muy tarde para arrepentirse, se encaminó con paso agotado hacia su ducha.
Mientras se enjabonaba, cerró los ojos y volvió a acordarse de Malfoy.
—Joder, joder, ¿qué maldito hechizo me has echado encima que no puedo dejar de pensar en ti…? —masculló mientras se acariciaba su miembro resbaloso por el jabón e intentaba imaginar lo que habría sucedido entre ellos dos si Malfoy le hubiera insistido en ir a la cama, arrepintiéndose de no haber llegado así de lejos. ¿Harry se lo habría follado a él? ¿Hubiese sido Malfoy quien habría insistido en penetrarlo? Harry no tenía idea, y, azorado, descubrió que no le importaba en lo más mínimo, que ambas alternativas lo emocionaban por igual, y oh dios mío, sólo de pensarlo se quería morir.
¿Por qué no aceptaste, grandísimo estúpido? Seguramente, jamás volvería a tener una oportunidad con él.
Jadeando desfalleciente, volvió a eyacular mientras se imaginaba penetrando con fuerza el culo de Malfoy mientras lo tenía doblado enfrente de él.
Cuando todo finalizó, se sintió miserable y vacío.
De verdad, no quería irse a Estados Unidos.
Salió de la ducha y se vistió a toda prisa para ir a buscar la ayuda que creía que necesitaba.
Se le había ocurrido algo de repente porque eso que le estaba sucediendo aquella mañana no era ni medianamente normal. Harry había tenido sexo con docenas de hombres y de mujeres durante su vida, y nadie lo había hecho sentir así, nadie lo había dejado sintiéndose como un despojo humano todavía un día después. Algo no marchaba bien y Harry, de pronto, recordó el vaso de whisky que Malfoy le había dado a beber justo al llegar a su loft.
Harry, estúpidamente confiado, se lo había empinado de un solo trago y luego pasó lo que pasó.
Sí, eso tiene que ser, pensaba mientras terminaba de arreglarse y bajaba a la cocina a las carreras a comerse una tostada del desayuno que Kreacher le había preparado. Eso tiene que ser, porque, de otro modo…
Muy ansioso, tomó un gorro y un abrigo, se disculpó con el elfo y salió pitando de la casa. Ya en la calle, se desapareció con rumbo al Callejón Diagon.
Cuando entró a la pequeña oficina que Bill ocupaba en Gringotts, el banco apenas tenía pocos minutos de haber abierto sus puertas al público. Bill, a punto de llevarse una taza de té a los labios, se quedó asombrado cuando vio a Harry parado en el umbral de su puerta con los hombros y la cabeza cubiertos de nieve.
—Vaya… ¡Harry! —dijo el pelirrojo, sonriendo enigmático y bajando la taza—. Esto sí que es… una enorme casualidad.
Harry entrecerró los ojos mientras terminaba de entrar y cerraba la puerta detrás de él. Con la varita, se secó la nieve que traía encima.
—¿De qué estás hablando?
Bill soltó una risita, suspiró y dejó la taza sobre su escritorio.
—Es que vengo de ver a… —Meneó la cabeza en un gesto negativo, sin dejar de sonreír—. A nadie, olvídalo. ¿Qué puedo hacer por ti? Supongo que lo que te trae aquí es urgente, pues veo que ni siquiera te has aplicado un encantamiento glamour para pasar desapercibido en el Callejón. ¿No te asaltaron tus múltiples fans?
Harry se quedó pensando en eso: Bill tenía razón. Por lo regular, cuando asistía a lugares concurridos, solía disfrazarse o cambiarse los rasgos un poco para no ser reconocido, o incluso, a veces, simplemente se cubría con su vieja y confiable capa de invisibilidad. Si ya antes, cuando había sido solamente un héroe de guerra, la gente ya lo miraba con fijeza donde quiera que pasara, ahora que también era un héroe deportivo, las personas se le echaban encima sin ninguna consideración.
Pero esa mañana estaba tan distraído que simplemente se había aparecido lejos de su casa sin pensar en nada de eso.
—No-no, nadie me asaltó —respondió mientras caminaba y se paraba delante del escritorio de Bill—, no hay tanta gente afuera. Todavía. Es bastante temprano, ¿no?
Bill se le quedó viendo con curiosidad y frunció el ceño.
—¿Te sientes bien, Harry? ¿Qué te ha sucedido?
Harry aspiró profundo y se armó de valor para confesar. Seguramente, Bill pensaría que era un estúpido del más grande calibre, pero, en ese momento, no se le ocurría nadie mejor en quien confiar. Era Bill o era San Mungo, y, definitivamente, prefería al primero.
—Creo que anoche Malfoy me dio poción de Amortentia en un vaso de whisky que me tomé en su apartamento —soltó con rapidez, enrojeciendo en cuanto las palabras dejaron su boca—. Eso o… Me echó algún tipo de maldición encima, no lo sé. Quizá un Confundus… ¡No tengo idea, Bill, pero sé que el maldito me hizo algo! No me siento… no me siento… normal.
Se quitó el gorro que traía y se pasó una mano por el cabello, desesperado. Las ganas que tenía de salir a buscar a Malfoy para poder volver a sentir sus besos y concluir lo que habían dejado a medias, no era en absoluto normal, en efecto. Tenía que estar bajo los influjos de algún tipo de magia.
El ceño fruncido de Bill se incrementó.
—No es posible. No te creo. Estoy seguro de que Malfoy no te haría nada como eso —afirmó con una convicción que asombró a Harry.
—¿Qué? ¿Por qué lo dices…?
Bill negó con la cabeza y sacó su varita.
—Voy a revisarte para quedarnos tranquilos, pero estoy casi cien por ciento convencido de que Malfoy no te ha dado a beber nada ni te ha echado ningún encantamiento.
Con eso, rodeó su escritorio y caminó hacia Harry, quien lo vio venir con alivio. Bill era su última esperanza. Estaba convencido de que Malfoy le había hecho algo ilegal, pero ni siquiera estaba enojado ni quería revancha. Lo único que ansiaba era volver a estar tranquilo y poder dejar de pensar en él.
Dejar de anhelar haberse quedado a pasar toda la noche con él.
Bill se paró enfrente y comenzó a aplicarle encantamiento tras encantamiento, murmurando los conjuros entre dientes. Después de unos minutos, terminó, meneó la cabeza, y volvió a empezar. Repitió la misma revisión, agregó algunos otros hechizos más y, finalmente, bajó la varita y suspiró.
—Harry… Lamento decirte que no tienes nada. Al menos, nada anormal ni mágico. Nada de pociones raras, nada de maldiciones. Estás limpio. Lo que sea que estés sintiendo, me temo, amigo mío, son tus sentimientos y emociones reales.
—¿Qué? —dejó salir Harry con voz estrangulada. Se negaba a creerlo—. No. No puede ser.
Bill lo miró fijamente.
—¿Por qué no puede ser? ¿Qué es lo que sientes? —Entonces, de pronto, abrió mucho los ojos—: ¡¿No me digas que estás enamorado de Malfoy?!
La pregunta fue como una bofetada. Harry se sentía aterrorizado.
—¿No? Quiero decir, ¡no lo sé! —respondió sinceramente, llevándose las manos a la cara y caminando hacia atrás—. Sólo sé que, desde anoche, no puedo dejar de pensar en él. ¡Nunca me había pasado algo así con nadie! Normalmente, cuando tengo algo con alguien, me voy a mi casa y me olvido enseguida, ¿me entiendes? Nunca me pasó que… Antes, en lo único que solía pensar al levantarme por la mañana era en Teddy, o en mis amigos, o en las ganas que tuviera de ir a entrenar o en el partido que tuviera que jugar más tarde. ¡Jamás me había pasado que no pudiera dejar de pensar en alguien que apenas traté durante una noche!
Bill lo miró y soltó una risita nerviosa.
—Pero, Harry… Eso no es totalmente cierto en este caso. Tú y Malfoy se conocen desde el colegio. ¿Qué no te pasó que durante un año completo estuviste obsesionado con él y lo seguías a todos lados? Recuerdo a Ron quejándose de eso.
Harry comenzó a caminar en círculos lo mejor que aquella pequeña oficina se lo permitió.
—Bueno, sí… eso es un poco cierto, pero… ¡No así! Ahora… ahora es diferente.
Bill se frotó la barbilla con los dedos de una mano.
—¿Follaron anoche, supongo?
Harry cerró los ojos, frustrado.
—No. Ni siquiera llegamos a eso… Nos hicimos un par de… Digamos que nos besamos mucho el uno al otro.
Bill sonrió.
—De acuerdo. Entonces, anoche tú y Malfoy se besaron mucho, y luego te fuiste a tu casa, pero te diste cuenta de que te encantó tanto lo que hiciste con él que sólo piensas en eso desde entonces, ¿cierto? Repasas y repasas en tu mente todo lo que vivieron. Y quisieras repetir, y llegar a más, y estás convencido de que, por más que hagas cosas con él, no podrás sentirte satisfecho. ¿Me equivoco?
Harry jadeó.
—Eh… Sí, más o menos así. ¿Cómo… cómo lo sabes? —preguntó, sintiéndose humillado.
—Lo sé porque así me sentí yo justo después de haber tenido sexo con Fleur por primera vez. —Meneó la cabeza y miró a Harry con intensidad—. Mira, Harry… Sé que no son buenas noticias para ti, pero me temo que te has enamorado de Draco Malfoy. O estás a punto de hacerlo, en todo caso.
Harry negó fervientemente con la cabeza.
—No, eso es una idiotez. ¡¿Cómo voy a estar enamorado de alguien a quien apenas toqué?! —preguntó en tono histérico.
—Bueno, es que quizá no fue sólo por lo que hicieron anoche. Tal vez ya sentías algo por él desde antes que sólo necesitó de un poco de convivencia para aflorar, ¿no lo crees? Con toda esa historia entre ustedes… —Bill hizo una pausa como para darle oportunidad a Harry de replicar. Pero éste no respondió nada, así que Bill continuó hablando en voz baja—: Y eso, eso que sientes por Malfoy… Quizá no me lo creas, y no me preguntes cómo lo sé porque no puedo explicártelo, pero tiene mucho sentido y es de lo más natural.
—¿Qué? —graznó Harry—. ¿De qué estás hablando? ¿Tú sabes que esta misma tarde me marcho a América, cierto? ¡Me niego a aceptar que siento algo por alguien a quien no voy a poder volver a ver! Porque, además, ¿qué tal si él no me corresponde? ¡Hasta donde yo sé, Malfoy nunca toma en serio a nadie! ¿No lees las revistas de chismes? ¡Malfoy es el soltero más codiciado de la sociedad mágica inglesa, famoso porque nunca se ha enamorado y su madre no puede casarlo!
Bill soltó un resoplido de risa.
—Bueno, quizá estaba guardando su virginidad de amor para ti, bobo.
Harry puso los ojos en blanco y gimió con fastidio.
—¡Eso no tiene gracia! —Hizo una pequeña pausa en la que se dedicó a dar un par de hondas bocanadas de aire para calmarse. Entonces, ya más tranquilo y sin ver a Bill a los ojos, agregó—. Es que… Tú no lo sabes, Bill. Pero entre Malfoy y yo hay… hay historia. Pasaron tantas cosas entre nosotros. Yo sé que él jamás se enamoraría de mí.
Bill suspiró y se puso serio.
—Harry… —dijo, dando un paso hasta él y tomándolo de los hombros. Lo obligó a verlo a los ojos y sentenció—: No tengo manera de decirte por qué lo sé, pero créeme: Malfoy también siente algo por ti. Algo… Algo muy fuerte.
Harry se quedó boquiabierto, incrédulo. Negó levemente con la cabeza, pero por alguna razón, no pudo evitar pensar en las implicaciones de eso si es que Bill tenía razón.
—¿En… en serio? ¿Me lo juras?
Bill lo miró divertido y asintió.
—Te lo juro por la vida de mis hijas —dijo significativamente.
—Pero… ¡¿cómo lo sabes?!
Bill negó con la cabeza.
—No puedo decírtelo. Si te lo dijera, tendría que matarte —bromeó y Harry lo fulminó con la mirada. Bill se rió un poco y agregó—: No es verdad, pero de todas formas no me lo creerías si te lo contara.
Harry dio un paso atrás y se soltó del agarre del pelirrojo. De pronto, la enormidad de todo aquello se le vino encima y se sintió sobrepasado.
—Pe-pero, aun así, aun si fuera verdad lo que me estás diciendo… ¡yo no puedo enamorarme! No ahora, no de él… Tengo que… Tengo un compromiso que cumplir en Estados Unidos, al cual no puedo fallar. ¡Ya he firmado un contrato! ¡Ya me han adelantado un cheque enorme! Bill… Enamorarme de alguien en este momento, es lo peor que me podría pasar. Voy a… Me voy a ir a América y estoy seguro de que me olvidaré de Malfoy y de toda esta estupidez con el pasar de los días.
Con eso, convenciéndose de eso, Harry comenzó a alejarse hacia la puerta.
—Pero, Harry, espera… —intentó detenerlo Bill—. Tú no te lo imaginas siquiera, pero… Tú. Tú y Malfoy… tienen muchísimo potencial. No tienes idea de cuánto.
—No, Bill, está bien. Las cosas están bien así como van —dijo Harry, un tanto extrañado por las misteriosas palabras de Bill, pero intentando no tomárselas en serio... Ahora que sabía que al menos no estaba hechizado, se sentía más tranquilo. De alguna manera, se sacaría esa insana obsesión por Malfoy. Al poner un océano de por medio, seguro lo olvidaría rápidamente—. Te agradezco mucho todo, pero debo irme. El último favor que voy a pedirte es que me jures que no le dirás nada a nadie acerca de esto, mucho menos a Malfoy.
Bill, por alguna razón, pareció entristecerse.
—De acuerdo. Si eso quieres.
Harry asintió.
—Sí, gracias. Eres un amigo ejemplar, en serio. Bueno… Tengo que irme. Tengo muchas cosas que hacer antes de… Antes del viaje.
Salió como tromba de la oficina del pelirrojo sin darle tiempo a que le dijera nada más.
Se apareció enfrente de Grimmauld Place, entró a la casa y bajó a la cocina con la idea de comer un poco más, aunque en realidad no tenía apetito. Kreacher no estaba a la vista, pero Harry encontró su desayuno puesto sobre la mesa con un encantamiento que no le permitía enfriarse. Suspiró con pesar (sí que iba a echar de menos a su elfo en América) y se quitó el gorro y el abrigo.
Y hablando de abrigos… Notó, justo encima de una de las sillas, el abrigo que se había puesto la noche anterior. Caminó hasta él y lo levantó. Debajo, estaba el sombrero de guarda ridículamente largo que Malfoy le había transfigurado. Por alguna razón que Harry no entendía, se lo había llevado consigo sin ni siquiera pensárselo. Frunció los labios, sacó su varita y finalizó el hechizo de transformación que Malfoy le había aplicado.
Una bufanda de color gris oscuro, muy bonita y muy fina, fue lo que quedó en sus manos cuando el sombrero dejó de ser sombrero y recuperó su forma original.
Harry pasó saliva y, sin poder resistirse, se acercó aquella prenda a la nariz. Prácticamente enterró el rostro en el esponjoso y suave tejido, y aspiró su aroma, sintiéndose transportado a la noche anterior al apartamento de Malfoy, pues aquella bufanda, obviamente, olía a él.
Harry la miró y la miró. Lo más correcto sería devolvérsela, pensó. Pero realmente no quería hacerlo. Quería quedarse con ella, y no sólo eso. Estaba seguro de haber leído en algún lado acerca de un encantamiento "conservador", el cual, si lo aplicaba correctamente, ayudaría a que la prenda no se deteriorara, no se ensuciara y no perdiera el perfume que desprendía en ese justo momento.
Sonriendo triste, Harry suspiró y salió de la cocina llevándose la bufanda consigo. Iba a buscar ese hechizo para aplicarlo de una vez por todas. Quizá… quizá jamás podría tener nada con Malfoy, pero al menos deseaba quedarse con un recuerdo que le ayudara a evocar el maravilloso momento que había compartido con él.
Atrás se quedó el desayuno olvidado sobre la mesa.
Varias horas después, con esa bufanda a buen resguardo en el baúl que llevaba consigo para tomar el traslador, Harry llegó apresurado al Ministerio. Usando un gorro de lana que le cubría casi toda la cabeza y las solapas levantadas de su abrigo para taparse la cara, consiguió pasar desapercibido. Prácticamente corrió entre la poca gente que andaba a esa hora en las oficinas, con su baúl levitando detrás. Llegó a un ascensor y luego al piso del Departamento de Transportes Mágicos. Se sentía profundamente deprimido por tener que irse así, solo. Les había comunicado a sus amigos más cercanos la hora en la que iba a tomar el traslador con la esperanza de que alguien se ofreciera a acompañarlo, pero todos habían fingido locura y nadie se lo sugirió.
Triste, Harry se imaginó que no deseaban prolongar la despedida más de lo necesario. Después de todo, ya le habían hecho el montón de fiestas y reuniones, probablemente ya estaban todos un poco hartos. Harry trató de comprenderlos y de no sentirse ofendido. Teddy ya había llorado mucho, no tenía caso continuar haciéndole pasar malos ratos. Quizá sería mejor esperar a verlo en la llamada vía chimenea que Harry haría más tarde a casa de Andrómeda.
Con eso en mente, llegó a la puerta de la oficina donde le habían indicado que lo estaría esperando su traslador. Giró el picaporte y empujó para abrir, asombrándose porque sintió que la puerta golpeaba algo y lo empujaba a un lado. Giró su cara hacia la derecha y casi se muere cuando descubrió que la persona a la que acababa de golpear con la puerta, era, ni más ni menos, que Draco Malfoy.
Malfoy, ahora vestido con una túnica de mago que le quedaba a la perfección, se veía guapísimo y lucía tan sorprendido como él de verlo ahí.
Harry abrió mucho la boca, aunque no sabía qué era lo que quería decir primero. Millones de posibilidades de por qué Malfoy estaba ahí pasaron por su cabeza, todas inverosímiles pero geniales, y Harry no quiso creer ninguna hasta que no fuera Malfoy en persona quien le diera una explicación. Estaba a punto de preguntarle algo, cuando se vio interrumpido por un grito multitudinario:
—¡SORPRESA!
Harry casi pega un brinco del susto. Despegó sus ojos de Malfoy y fue cuando se dio cuenta de que el salón estaba lleno de caras conocidas. Comprendió al instante: era una fiesta sorpresa (otra más), por eso todos se habían negado a acompañarlo a tomar el traslador.
Harry, todavía con el corazón palpitándole fuerte más por la sorpresa de ver a Malfoy que por la fiesta, se vio abrazado y saludado por todos sus conocidos, quienes lo alejaron de Malfoy y de cualquier posibilidad de hablar con él. De reojo, pudo observar que Malfoy caminaba hacia atrás y se quedaba en el rincón más alejado del salón, luciendo como si deseara poder estar en cualquier otro lugar menos ahí.
En medio de las charlas y de gente poniéndole bebidas y comida en las manos, Harry pudo notar que había un hombre que, en vez de acercarse a saludarlo, se había quedado parado junto a Malfoy. Lo miró a la cara y casi se ahoga con su propia lengua cuando se dio cuenta de que era Emil Enescu.
Enescu estaba mirando a Malfoy con ojos soñadores y una gran sonrisa que, al menos, Malfoy no le correspondía. Ambos charlaban entre ellos, pero, por la lejanía y la algarabía, Harry, por supuesto, no alcanzaba a escucharlos.
Miró a Malfoy darle un gran trago a un vaso de cerveza que llevaba en la mano, y sus miradas se encontraron. No obstante, no duró nada: Malfoy, de inmediato, desvió los ojos y continuó hablando con Enescu en voz baja.
Harry se obligó a dejar de verlo. Se obligó a tratar de escuchar y hablar con sus amigos y con Teddy, quien reclamaba toda su atención. Pero, por más que lo intentaba, no podía dejar de echar vistazos dispersos hacia donde Malfoy y Enescu charlaban de una manera demasiado íntima, como si ya tuvieran tiempo de conocerse.
Harry apretó la mandíbula, sintiéndose preocupado. ¿Acaso Enescu estaría cortejando a Malfoy y tratando de hacer con él lo mismo que había intentado con Harry en Rumanía?
El mero pensamiento era angustioso y Harry comenzó a desesperarse.
Sin poder contenerse, sin importarle si alguien se daba cuenta o no, Harry se volteó a verlos con todo descaro. Lo hizo justo a tiempo para ser testigo de la manera en que Enescu se acercaba más a Malfoy hasta quedar pegado a él y, acto seguido, lo abrazaba cariñosamente. Harry, boquiabierto ante ese horrendo espectáculo, apretó los puños de la rabia que sintió cuando vio a Enescu dándole un beso en cada mejilla a Malfoy antes de soltarlo y sonreírle como el grandísimo imbécil que era. Malfoy sólo se le quedó viendo sin decir nada, y Harry sintió que la sangre le ardía y se le subía a la cabeza.
Malfoy asintió a algo que Enescu acababa de decirle. Entonces, inmediatamente se escurrió discreto hasta la puerta del salón y huyó por ahí. Harry lo vio irse y se sintió desolado, desconcertado y muy confundido. Porque, en primer lugar, no entendía por qué Malfoy había estado ahí, así como tampoco entendía por qué ahora se iba sin decirle adiós, y mucho menos entendía quién lo había invitado… ¿Acaso habría sido Enescu?
Harry giró su cuerpo hacia Enescu, quien se había quedado solo en aquel rincón apartado. Para su sorpresa, Enescu lo estaba viendo directamente a él, y el maldito bastardo le estaba sonriendo con burla y desfachatez.
Harry, furioso, le dedicó una sonrisa torcida y aplastó el vaso de plástico que tenía en la mano. La cerveza se derramó pero él no pareció notarlo.
—¡Harry! —dijo alguien que llegó a su lado. Harry, azorado, se giró y descubrió a Bill, quien lo miraba con preocupación. Bill sacó su varita y secó la cerveza de la mano y la ropa de Harry antes de decirle a toda prisa—: Si te lo estás preguntando, fui yo quien invitó a Malfoy. Le dije que quizá sería buena idea que viniera a despedirte. Lo acabo de ver que salió por la puerta, seguramente se sintió agobiado porque hay demasiada gente. —Se le quedó viendo a Harry durante unos segundos y, como éste no decía ni hacía nada, lo empujó—: ¿Qué estás esperando? ¡Muévete, Potter, por amor a Merlín! ¡Alcánzalo!
Harry estuvo a punto de preguntarle a Bill un histérico "¡Pero, ¿para qué?!", pero se contuvo. Supuso que sí, que podría alcanzar a Malfoy al menos para despedirse y, quizá, decirle que, aunque no le creyera, lo de la noche anterior había sido bastante especial para él y le iba a costar trabajo olvidarlo. Así que asintió, puso el vaso roto en la mano de Bill, le dedicó una última mirada airosa a Enescu (quien todavía lo observaba a él con gesto burlón), y salió corriendo por la puerta a buscar a Malfoy.
Afortunadamente, Malfoy no se había alejado mucho: iba apenas a medio camino hacia los ascensores. Harry caminó hasta él a paso veloz.
—¡Malfoy, espera! —le rogó. Malfoy lo escuchó y, curiosamente, se dejó alcanzar. Eso hizo que Harry se sintiera mejor de manera inmediata. Llegó hasta él, lo encaró y le preguntó—: ¿Ya… ya te vas?
Malfoy asintió en un movimiento un tanto frenético. Se veía alterado y Harry se preguntó por qué.
—Sí, Potter, lo siento… Yo… Yo sólo vine a traer a Emil, es que… él no sabía cómo llegar al Ministerio —se explicó, y Harry percibió que las entrañas se le retorcían al escuchar a Malfoy llamar a Enescu por su primer nombre—. Me pidió que lo acompañara, y pues… Pero sé muy bien cuando mi presencia no es grata en un sitio, así que…
Malfoy dio unos pasos hacia atrás, como deseando huir. Harry no entendía por qué, pero no quería que Malfoy se marchara. Se acercó más a él.
—¿Tu presencia no es grata? —repitió y le sonrió—. Bueno, quizá no para todos, pero… Sé que Andrómeda y Teddy están felices de tenerte aquí. Y yo… Bueno, ya sabes lo que yo pienso de ti —añadió en voz muy baja, mirándolo intensamente. Pienso que eres genial y que si no tuviera que irme a América, me encantaría conocerte mucho más. Y me preocupa que te estés relacionando con Enescu. Y, hablando de eso—... No sabía que tú y Enescu se conocían —susurró, dando un par de pasos hasta quedar a un palmo de distancia de Malfoy.
Éste negó con la cabeza.
—No nos conocíamos —respondió con voz hueca y extraña—. Bill nos presentó hoy.
—Ah —dijo Harry, sintiéndose infinitamente más aliviado, pero también un tanto extrañado. Seguramente Bill no tenía idea del tipo de caradura que era Enescu, sino, no andaría por ahí presentándoselo a la gente, y mucho menos a un heredero millonario y soltero como Malfoy.
Harry pensó todo eso sin dejar de mirar a Malfoy a la cara. Apretó los puños a los costados, sintiendo unas ganas imperiosas de tocar al otro. Malfoy se veía tan bien, tan pulcro, tan… bonito. Harry sonrió ante ese pensamiento, pero no se arrepintió de la elección de palabra. Realmente Malfoy era bonito, no cabía duda. Harry pensó que podía quedarse el día completo ahí parado, sólo admirándolo.
De pronto, sin previo aviso ni nada que lo anunciara, Malfoy se abalanzó sobre Harry, lo tomó de las solapas de la túnica, plantó su boca sobre la suya y comenzó a besarlo con una fiereza que lo asustó. Harry, sin poder creer que Malfoy lo estuviese besando de nuevo, se quedó quieto y maravillado durante unos segundos… Pero, entonces, reaccionó y, sintiéndose realmente halagado de que Malfoy quisiera más con él, comenzó a corresponderle con idéntico ímpetu.
Gimoteó, sobrepasado, porque el beso de Malfoy era increíble, joder, nunca antes nadie lo había besado así, con esas ganas, y Harry no pudo resistirlo, levantó las manos y aferró a Malfoy de la cintura para acercarlo más a él. Percibió el calor del cuerpo de Malfoy a través de la tela de sus ropas y gimió complacido, deseando que ese beso no terminara jamás, olvidándose de todo y de todos, olvidando que él iba a largarse en unos pocos minutos, olvidando que estaban en medio de un corredor del Ministerio y cualquiera podría pasar y verlos. Malfoy sumergió su lengua entre sus labios entreabiertos y una corriente eléctrica sacudió el cuerpo de Harry.
Era un beso que no tenía comparación a nada que Harry hubiese recibido antes. Era… era como si Malfoy le estuviese diciendo tantas cosas con ese gesto, cosas que Harry no entendía pero se moría por entender. Quería que Malfoy se quedara a su lado y se lo explicara porque Harry, sintiendo una felicidad y esperanza inmensas, se dio cuenta de que ese beso era un gesto que nadie tendría con un acostón casual.
Dios mío, ¿será posible que Bill tenga razón y Malfoy en verdad sienta algo por mí?, fue el pensamiento que inundó su cerebro, que provocó que su sangre cantara rauda a través de sus venas, haciéndolo sentir más vivo y alegre de lo que se había sentido desde la noche anterior cuando abandonó el loft de Malfoy.
Y aunque Harry no quería que terminara, Malfoy separó su rostro del suyo después de varios minutos y Harry tuvo que dejarlo ir. Malfoy soltó a Harry de su ropa y dio un paso atrás. Ambos abrieron los ojos y, jadeantes y sonrojados, se miraron fijo, sin hablar.
Harry ni siquiera podía respirar de modo normal. Las palabras se le atoraban en la garganta. Aquel beso había sido increíble, y en su mente lo único que podía formular era "quiero más, necesito más, dame más". Malfoy, por alguna razón, le dedicó una leve sonrisa triste.
—Si quieres más de esto —le dijo en voz muy baja—, ya sabes en dónde encontrarme. —Harry no respondió, sólo abrió mucho la boca, incrédulo. ¿En verdad Malfoy le estaba ofreciendo más? Pero entonces, antes de que él tuviera tiempo de decir nada, Malfoy añadió—: Como sea… Adiós, Potter. Que tengas buen viaje.
Con eso, el rubio le dio la espalda y caminó a toda velocidad rumbo a los ascensores. Se metió en uno y desapareció de la vista de Harry.
Éste, excitado, caliente, asombrado y feliz, no tenía idea de qué hacer. Su impulso primario había sido salir corriendo detrás de Malfoy, pero… Miró hacia la puerta donde esperaba su traslador.
No podía hacer eso. No podía correr en pos de Malfoy. Al menos, no en ese momento. Tenía un viaje que hacer.
Frustrado como no se había sentido en años, se frotó la cara con una mano y tomó una resolución. Iba a irse a América a renunciar y luego, volvería a Inglaterra lo más pronto posible. Ahora que sabía que Malfoy estaba dispuesto a "darle más de eso", Harry, a pesar de todos sus miedos e inseguridades, estuvo convencido de que sería el estúpido más grande del mundo si no aceptaba su invitación.
Sonriendo mucho después de haber tomado aquella decisión, regresó a la reunión, ahora deseoso por irse porque sentía que, entre más rápido se fuera, más rápido podría volver.
No obstante, antes de que llegara la hora en la que tendría que tomar el traslador, buscó un momento para pillar a Bill a solas. Le reclamó en voz baja, hablando rápidamente:
—Bill, qué carajos, ¿en qué estabas pensando cuando presentaste a Malfoy con Enescu?
Bill lo miró con gesto divertido.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Eso quiere decir que mi plan dio resultado?
Harry lo miró atónito.
—¿Tu plan? ¿De qué demonios hablas? Al menos que tu plan haya sido perjudicar a Malfoy. —Bill lo miró sin entender y Harry suspiró y le preguntó—: ¿No tienes idea de lo imbécil que es el amigo de tu hermano, cierto?
Bill giró el rostro y buscó a Enescu con la mirada. Harry hizo lo mismo. En ese momento, el rumano estaba charlando muy amenamente con Andrómeda. Ella parecía encantada con sus atenciones y a Harry se le revolvieron las tripas de la rabia. Aquel mago sabía sacar provecho de su encanto y de sus modales refinados de niño de familia sangre limpia.
—¿Estás celoso de que Enescu y Malfoy… se entiendan? —le preguntó Bill en tono burlesco, regresando sus ojos a él.
Harry puso los ojos en blanco.
—Bill, no son celos. —Bill arqueó una ceja y sonrió, y Harry comenzó a desesperarse—. Bueno, quizá un poco, sí, lo admito, pero… Es mucho más que eso. Enescu no es tan inocente como aparenta, y no, no lo digo sólo por celoso, Bill, ¡deja de reírte! Mira —añadió, bajando la voz y acercándose a su amigo—. Bill, no se lo cuentes a nadie, pero he tomado una resolución. Lo más probable es que no me quede en América mucho tiempo, quizá… quizá vuelva pronto. Pero temo que, en mi ausencia, Malfoy y este rumano se involucren más de lo que sería sano o seguro.
Bill lo miró como si no comprendiera.
—Pero, ¿que Enescu no está enamorado de Charlie?
Harry lo miró con el ceño fruncido.
—¿De Charlie? —Negó con la cabeza y miró el reloj. Joder, ya casi era hora de su partida—. Ya veo que no estás enterado de lo que realmente pasó entre nosotros. Te recomiendo que tengas una charla con tu hermano y le preguntes. Ahora… Joder, Bill, ya tengo que irme. Por favor, si puedes encargarte de que Enescu no esté rondando a Malfoy, yo te lo agradecería mucho.
Bill lo miró con seriedad.
—Está bien, Harry. Márchate tranquilo. Hablaré con Charlie y luego buscaré a Malfoy. No te preocupes. Yo tampoco voy a dejar que nadie intente lastimarlo.
Harry asintió, muerto de la curiosidad por saber por qué Bill parecía, de pronto, tan encariñado con Malfoy, pero sin tiempo ya para preguntar o charlar. Así que tuvo que conformarse con darle la mano al pelirrojo para despedirse y, luego, aspiró hondo para comenzar a decirles adiós a todos los demás.
El viaje fue largo, mareante y muy agotador. Y no sólo fue el paseo en traslador, sino también la llegada a las oficinas del Departamento de Control de Aduanas de MACUSA en Washington, donde los oficiales encargados no fueron muy amables que digamos mientras lo interrogaban y revisaban sus papeles.
Después de varias horas que le parecieron interminables, finalmente Harry llegó al pequeño apartamento que había alquilado en un bonito barrio llamado Georgetown. El clima ahí estaba igual de terrible que en Londres e incluso más, pues estaba nevando muchísimo más fuerte.
Harry, quien durante todo el trayecto no había podido dejar de pensar que tal vez estaba cometiendo un terrible error al haberse marchado sabiendo que Malfoy le había ofrecido "más de eso" (y todavía más porque Enescu, el grandísimo pendejo, se había quedado dando vueltas a su alrededor cual buitre), llegó, arrojó su baúl en el primer espacio libre que encontró y no se molestó en desempacar. Tenía la esperanza de no tener necesidad de hacerlo si es que todo marchaba como él confiaba.
Sin perder el tiempo, se dedicó a contactar a la gente de MACUSA que Hermione le había recomendado y con quien ella ya había tenido comunicación previa para poder conectar su chimenea a varias casas en la red flu inglesa. Sin ningún remordimiento, añadió el domicilio de Malfoy a la lista.
Estaba a punto de dar un gran paso: iba a presentarse al otro día a las oficinas del Departamento de Deportes Nacionales de MACUSA a pedir su renuncia, y no, no le importaba si lo demandaban por incumplimiento de contrato. Estaba dispuesto a pagar lo que fuera para recuperar su libertad y poder regresar a Inglaterra.
No obstante, antes de hacer eso, quería cerciorarse de que lo que Malfoy le había dicho después de haberlo besado aquel día, era cierto.
Si quieres más de esto, ya sabes en dónde encontrarme.
Harry sentía una emoción desconocida para él cosquilleando en su alma cada vez que recordaba aquel beso de antología que Malfoy le había dado y esas prometedoras palabras.
Si en verdad Malfoy había hablado en serio, Harry iba a aceptarle el reto.
Demoró todas las horas de la tarde en arreglar los trámites para poder hacer uso de la chimenea de modo internacional. Finalmente, justo a tiempo, un poco antes de las cinco, tuvo todo listo para llamar a Wootton Cottage.
Entusiasmado por estar a punto de saludar a su pequeño ahijado, Harry arrojó los polvos flu a la chimenea y pidió la conexión. Después de unos minutos, le avisaron que estaba lista. Metió la cabeza en las llamas verdes y tuvo, ante él, la bonita y cálida cocina de la casa de Andrómeda.
Ella y Teddy estaban justo enfrente de la chimenea, esperándolo. Pero entonces, Harry reparó en que había una tercera persona parada ahí en la cocina, mirándolo atónito.
Era Malfoy.
Harry abrió la boca, azorado, acalorándose y sintiéndose inmediatamente emocionado. Era increíble lo que aquel mago lo hacía sentir con sólo verlo y no sólo por eso. Harry se sintió infinitamente agradecido con Malfoy porque éste había cumplido su palabra: en verdad estaba dedicándose a acompañar a Teddy y Andrómeda ahora que Harry estaba lejos.
Trató de recuperarse de la sorpresa y saludó:
—¡Hola! Eh… Hola a todos. Hola, Teddy —le dijo a su ahijado con inmenso cariño. Joder, no tenía ni un día lejos de él y ya lo extrañaba más que a nada.
Teddy pegó un chillido de emoción y se dejó caer frente a la chimenea, sentándose a centímetros de las llamas.
—¡Padrino! —exclamó y comenzó a lloriquear—. ¡Ya te echo tanto de menos! ¿Cómo es América? ¿Ya jugaste al quidditch allá? ¿Son tan buenos como nosotros? ¡Cuéntame todo lo que has hecho!
Harry se rió.
—No lo sé sinceramente, Ted, apenas estoy desempacando e instalándome. Esta ciudad está llena de nieve, todavía más que en Inglaterra, y no he podido hacer más. Ya que tenga noticias acerca de la habilidad de los americanos para el quidditch, tú serás el primero en enterarte de mi reporte.
Harry había decidido no decirle todavía nada a nadie acerca de sus planes de renunciar para volver a Europa. Quería asegurarse de que en verdad podría hacerlo antes de darles ilusiones.
Andrómeda se acercó más a la chimenea y se sentó en cuclillas junto a Teddy. Harry miró de reojo hacia Malfoy. Éste se había quedado parado a unos metros de la chimenea, sólo viéndolos. Se notaba incómodo, y Harry trató de pensar en algo qué decirle para hacerle notar que, al menos a él, le alegraba verlo.
Pero no se le ocurría nada. Andrómeda comenzó a charlar y Harry tuvo que ponerle atención.
—¿Cómo has hecho para conectar tu chimenea americana a la red flu inglesa, Harry? —preguntó Andrómeda con interés—. Yo tenía entendido que los trámites eran largos y costosos.
Harry sintió que se sonrojaba un poco.
—Eh… Bueno, sí, así es… Pero... Hermione me echó una mano. Se arregló con el gobierno de aquí a través del Ministerio inglés.
Por el rabillo del ojo, notó que Malfoy sonreía.
—Vaya, Potter —dijo Malfoy entonces—. ¿Usando las poderosas influencias de tu amiga en el gobierno para beneficio personal? Qué… antigryffindor de parte de ustedes dos, ¿quién lo hubiera creído?
No obstante sus palabras de burla, el tono de Malfoy no era sarcástico. Era… quizá Harry era un iluso de marca mundial, pero estaba seguro de que Malfoy había sonado casi cariñoso. Harry sonrió mucho, aliviado de que Malfoy le hablara y de aquella manera. No se veía enojado con él por haberse marchado, y eso le dio muchísimas esperanzas.
—A estas alturas ya deberías saberlo, Malfoy —respondió Harry—: ser de Gryffindor no es sinónimo de "niño bueno". Además, no sé si tú lo sepas, pero a mí, el Sombrero Seleccionador estuvo a punto de…
—Oh. Vaya, Harry Potter, ¡hola! —lo interrumpió de pronto Enescu, quien llegó y se paró justo a un lado de Malfoy, demasiado cerca. Para enorme horror de Harry, el rumano baboso le pasó un brazo alrededor de los hombros a Malfoy, quien no hizo nada para quitárselo de encima—. ¿Qué tal las Américas, Potter? ¿Todo bien?
Harry sintió que se acaloraba de la pura rabia. Tuvo que hacer acopio de una serenidad fingida que no sabía que podía conseguir antes de responder con los dientes apretados:
—Todo va bien, Enescu, gracias por preguntar.
Andrómeda carraspeó y cambió de tema, lo cual Harry agradeció bastante. No obstante, mientras charlaba con ella y con Teddy, no podía evitar que sus ojos se dirigieran como por voluntad propia hacia donde Enescu y Malfoy estaban parados. Malfoy se veía demasiado cómodo con la cercanía de Enescu, y Harry se preguntaba por qué era así si el mismo Malfoy le había dicho hacía unas horas que apenas se habían conocido aquel mismo día.
El miedo de lo que pudiera pasar entre Enescu y Malfoy se lo estaba comiendo vivo y no lo dejó disfrutar de la conversación.
Finalmente, después de un rato, Harry comenzó a despedirse. Miró hacia Malfoy y éste lo miró a él, expectante.
—Malfoy… Mira, yo… —Harry titubeó. Hubiera deseado decirle que más tarde iba a llamarlo a la chimenea de su loft, pero no se atrevió a hacerlo con aquel imbécil presente. Tendría que arriesgarse a llamar sin avisar primero. Suspiró y completó—: Malfoy y Enescu. Me dio gusto saludarlos a ambos, también. Que pasen buenas noches.
Sin decir más, sacó la cabeza de la chimenea y cortó la comunicación.
Sintiéndose solo y deprimido, se quedó ahí sentado en el minúsculo salón, abrazando sus rodillas y mirando el reloj que Malfoy le había mandado a reparar.
Se dio cuenta, con un sobresalto, que desde el día anterior, cada vez que miraba su reloj, invariablemente pensaba en Malfoy. Sonrió triste y suspiró, pensando en cuántas horas tendrían que pasar para que Malfoy se encontrara a solas en su apartamento.
El pensamiento de que Malfoy fuera a hacer con Enescu cualquier cosa lo estaba matando. Pero, ¿qué derecho tenía él sobre Malfoy como para exigirle fidelidad? Ninguno en absoluto.
Menos cuando Malfoy le había ofrecido "Si quieres más de esto, ya sabes en dónde encontrarme", pero Harry, en vez de tomarle la palabra, había decidido marcharse. Okay, lo había hecho por asuntos de trabajo, eso era cierto, pero… A Malfoy seguramente eso sería lo que menos le interesaría. Harry se había marchado, y punto, dejándolo solo y libre. Y ahora él estaba en Inglaterra con Enescu, quien, Harry sabía bien, no era nada feo y tenía un poder de convencimiento que dejaba helado al mismo Dumbledore.
Harry pasó los siguientes minutos torturándose al imaginar a Malfoy "consolándose" en los brazos del rumano que más odiaba en todo el mundo.
Aguantó dos horas, ni un minuto más.
En consideración a Malfoy y para darle la oportunidad de rechazarlo si es que no quería conectar su chimenea con la suya, Harry pidió la intervención de una operadora para solicitar la conexión.
Brindó todos los datos que le pidió una bruja regordeta de tez oscura, y, después de unos minutos, le avisaron que Malfoy había aceptado y su llamada estaba lista.
Extremadamente nervioso, metió la cabeza en la chimenea en un movimiento apresurado y casi se resbala pues tenía las palmas de las manos empapadas de sudor.
Reconoció la bonita sala de estar del fantástico loft de Malfoy y luego lo vio a él, parado ahí y vestido con una pijama. Sintiéndose tan torpe como si tuviera de nuevo sólo quince años, Harry levantó una mano para saludarlo y le sonrió.
Malfoy sólo se le quedó viendo como si no pudiera creerlo y no le correspondió la sonrisa. Harry se sintió peor.
—Eh… Hola, Malfoy. Buenas noches —comenzó—. Esto... perdona la intromisión. No… no fue mi intención molestar. Oh, ¿ya estabas acostado? Mm, perdona, es que acá apenas son las siete de la noche, verás, son como cinco horas de diferencia entre Londres y Washington y yo pensé… Bueno. Pensé en darte tiempo para… —titubeó. ¿Iba a atreverse a preguntarle por Enescu? Joder, sí. Tenía que hacerlo. Tenía que preguntarle, tenía que advertirle en todo caso. Agachó la cara para armarse de valor, la levantó y miró fijamente a Malfoy a los ojos—… La verdad es que no sabía a qué hora estarías aquí a solas. No estaba seguro si después de haber estado cenando con Andrómeda ibas a irte a algún lado con Enescu y, bueno... Eso… ¿No… no está Enescu aquí contigo, cierto?
Por alguna razón, aquella pregunta pareció molestarle mucho a Malfoy.
—Potter —espetó—, lo que suceda entre Emil y yo, es un asunto que sólo nos concierne a nosotros dos. A ti, perdóname, pero no tengo ni siquiera por qué informarte si él y yo estuvimos juntos o no, si todavía está aquí o si vamos a desayunar huevos y tostadas mañana al levantarnos —finalizó, cruzándose de brazos.
¿"Desayunar huevos y tostadas mañana al levantarnos"? Joder, Harry casi se muere al escuchar a Malfoy decir eso. Una amargura helada que jamás había conocido le congeló la sangre en las venas. No podía creer que Enescu estuviera obteniendo lo que él no había podido antes: pasar la noche completa con Malfoy.
De verdad, se sintió terriblemente desolado.
—Entonces… ¿Eso quiere decir que…? —comenzó a preguntar, pero Malfoy lo interrumpió.
—Eso quiere decir que no te metas donde no te llaman, Potter. Ahora, te ruego que me expliques: ¿qué demonios haces buscándome en mi chimenea? ¿Esperaste a irte a vivir a otro puto continente para entablar una amistad a distancia conmigo, o qué mierda?
Harry, herido como nunca se había sentido antes, se descolocó ante lo dicho por Malfoy. Joder, porque, después de todo, ¿no había sido Malfoy quien lo había buscado a él, quien se le había insinuado primero, quien lo había invitado a su apartamento aun sabiendo que Harry iba a marcharse a América? ¿Quien lo había besado en el Ministerio invitándolo a regresar por más?
¿Por qué ahora se comportaba así? ¿Por qué parecía tan enojado?
—Malfoy, ¿te recuerdo que fuiste tú quien me buscaste a mí y a Teddy después de haber vivido toda nuestra vida en el mismo jodido país? —rebatió Harry. Sabía que era un argumento un tanto infantil, pero no le importó, necesitaba dejar eso en claro—. En todo caso, la culpa la tienes tú. ¡Fuiste a buscarme justo el día anterior a mi partida!
Malfoy soltó una risotada de burla que sólo lo desconcertó más.
—¿Que yo fui a buscarte? ¿A ti? Mira, Potter, tanto bludgerazo te ha afectado el cerebro. Estoy convencido de que la acción de devolver un reloj que alguien ha perdido por inepto, difícilmente caerá en la categoría de "buscar a ese alguien". Busqué a Teddy y a mi tía, es verdad. Pero tú me tienes mucho sin cuidado, muchas gracias. Por mí, puedes quedarte en América el resto de tu vida, sin problema.
Harry apretó los labios, sintiéndose derrotado.
Bien. Ahí estaba. Esa era toda la respuesta que necesitaba.
Y él, el muy imbécil, que había estado a punto de renunciar a su trabajo para poder regresar a Inglaterra a intentar… A intentar lo que fuera.
Había sido un completo idiota. Bajó los ojos un momento antes de decir en voz baja:
—De acuerdo… ya veo que no… Que tú no… En fin, olvídalo, Malfoy. Te pido perdón por haber conectado tu chimenea con la mía. Mañana mismo solicitaré la cancelación. Si tanto te molesta, no debiste haber aceptado la llamada. Pero, supongo que no quisiste perder la oportunidad de echármelo en cara, ¿cierto? —le reclamó, enojándose otra vez—. Te deseo que todo te vaya muy bien, especialmente tu… tu amistad con Emil Enescu. Supongo que se merecen el uno al otro.
Con eso, Harry finalizó la llamada y sacó la cabeza de la chimenea.
De nuevo, se quedó como el grandioso imbécil que era, ahí a solas en ese apartamento helado y horrible, sentado en el piso de la sala. El odio que sentía contra la vida y contra Enescu fue acumulándose de a poco en su ánimo hasta que llegó el punto en que tuvo que obligarse a tranquilizarse porque, por culpa de su magia descontrolada, el piso comenzó a cimbrar a su alrededor.
Cerró los ojos y respiró profundo una y otra vez.
Después de un rato, ya con su magia bajo control, decidió poner todo su empeño en olvidarse de Malfoy y desearle la mejor de las suertes.
No obstante, saber que Enescu andaba revoloteando a su alrededor no parecía muy prometedor.
Aquella primera noche en Washington fue larga, fría y solitaria. Harry, arropado bajo las mantas de una cama desconocida, en un cuarto oscuro e impersonal mientras nevaba copiosamente tras la ventana, se había envuelto la bufanda de Malfoy alrededor del cuello y se había acostado así, con ella puesta.
Se sentía ridículo y tonto. Pero no le importó. Como fuera, nadie podía verlo. Nadie podría reírse de su ingenuidad y miseria.
Era curioso que Malfoy jamás le hubiese reclamado que le devolviera aquella prenda. Seguramente era porque tenía tantas bufandas que ni recordaba haber convertido aquella en un sombrero para dárselo a Harry.
Bueno, mejor para mí, pensó éste mientras se llevaba aquel tejido suave a la nariz y aspiraba profundamente. Dios, olía tan bien.
Cerró los ojos deseando poder dormir. Ya había pasado una noche de mierda antes, y al otro día tenía que levantarse temprano para ir a su primer día de trabajo.
—Sí, y hablando de eso —masculló para él mismo ahí en la oscuridad—. Ni siquiera sé qué voy a hacer al respecto.
Tenía horas dándole vueltas a ese asunto. Siendo realistas, en ese momento y lugar, Harry no comprendía en qué demonios había estado pensando cuando aceptó aquel ofrecimiento de ir a Estados Unidos a trabajar. Quizá se había dejado deslumbrar por el honor que le estaban otorgando al elegirlo; quizá, su ego inflado le había asegurado que no había nadie mejor que él para ayudar a MACUSA a formar una liga de quidditch profesional que aspirara a competir a nivel internacional. Quizá se había deslumbrado por el dinero que iban a pagarle (había pensado en la herencia que podría dejarle a Teddy y eso lo entusiasmó). Quizá simplemente había pensado que era hora de hacer algo diferente, dejar de jugar y tomar un trabajo "más serio".
No tenía idea. Pero ahora, ya en Estados Unidos, tan lejos de todo lo que conocía y le era querido, todas esas razones le parecían tonterías. Sin mencionar el hecho de que parecía haber dejado su corazón tirado en el loft de cierto mago aristocrático de pelo platinado,
Meneó la cabeza y se prometió a él mismo que al otro día, ya con la mente despejada y a la luz del amanecer, lo resolvería.
Miércoles 27 de diciembre.
Pudo dormir algunas horas y, al despertar, cuando despuntaba el alba, no pudo evitar dejarse dominar por el aroma de la bufanda de Malfoy.
Se quitó la ropa bajo las mantas y, con los ojos profundamente cerrados mientras en su mente desfilaban todas las ocasiones en que había visto a Malfoy durante los últimos días, se acarició lentamente, abriendo la boca junto al tejido suave y perfumado de la bufanda, mojándolo con su hálito ardiente, eyaculando mientas gemía un solo nombre.
Draco. Oh, Draco.
Al finalizar, se acostó en postura fetal durante un largo rato, apretando la bufanda con todo su cuerpo, sabiendo que Bill había tenido razón y él estaba jodido hasta la maldita médula de los huesos.
Lo intentó con todas sus fuerzas, pero aquel primer día en las oficinas de MACUSA, simplemente fue un fracaso total.
Sus colegas americanos eran insufribles y presentaban sólo dos tipos de actitud: o odiaban a Harry con una pasión que le recordaba a Snape, o lo idolatraban de un modo empalagoso tipo Colin Creevey que lo hacía desear salir corriendo.
Otra cosa que Harry no se había parado a considerar cuando se había apresurado a aceptar ese trabajo, era que, en su mayor parte, sería una labor de oficina porque el gobierno mágico de Estados Unidos no lo estaba contratando para jugar quidditch, sino que le estaba pagando para que ayudara a diseñar, con base en su experiencia como jugador, la liga de modo profesional.
Y, como lo descubrió Harry cuando dieron las cuatro de la tarde de aquel día y sentía que no lo soportaba más: el trabajo de oficinista no era en absoluto para él. Asistir a juntas interminables con otros oficinistas donde rara vez se llegaba a un acuerdo, era peor que estar muerto.
Llegó a su helado y vacío apartamento cuando ya pasaba de las cinco de la tarde, con dolor de espalda y con la decisión absoluta de renunciar, ahora sí. Si no era por cualquier otra cosa, al menos lo haría por salvar su propia vida porque iba a morir de aburrimiento si se quedaba ahí.
Se conectó a la red flu en cuanto le fue posible. Teddy lo estaba esperando con expresión triste.
—¡Padrino! —exclamó el niño en cuanto la cabeza de Harry apareció en la chimenea—. ¡Se te hizo tarde! Ya son las diez y media… Pensé que se te había olvidado llamarme.
Harry sintió que una nueva culpa y malestar se sumaba a todo lo negativo que se le había acumulado durante aquellos días. Gimió.
—Lo siento muchísimo, Teddy, no fue mi intención. Me entretuvieron un poco más de lo esperado en la oficina, pero, en cuanto pude, vine directo a la chimenea. Te quiero mucho y no puedo dejar de pensar en ti, ¿cómo crees que me olvidaría de llamarte?
Teddy sonrió un poco ante lo dicho por Harry. Sentado como estaba frente a la chimenea, se inclinó como queriendo ver a Harry más de cerca.
—¿Cómo estás, padrino? Te ves… raro. Como si estuvieras muy triste y cansado. ¿Te hicieron jugar mucho al quidditch?
Harry soltó una risotada amarga.
—Ojalá fuera eso, Ted. Ni siquiera toqué una escoba en todo el día. Descubrí que este trabajo no es lo que pensaba que sería y… Bueno. Creo que debo resolver algunos asuntos antes de tomar una decisión, pero es probable que…
Se interrumpió porque Andrómeda llegó en ese momento a la cocina y se apresuró a saludarlo.
—¡Oh, Harry, por fin te conectas! Estaba temiendo que no lo hicieras. Teddy y yo te tenemos una noticia.
Harry miró a Andrómeda con gesto curioso. La bruja se veía muy bien, muy entusiasmada.
—¿Qué ocurre?
—¡Mi tío Draco va a llevarnos a Texas! —exclamó Teddy, elevando los brazos y poniéndose repentinamente feliz.
—¿Qué? —jadeó Harry.
Andrómeda sonrió más.
—Draco pasó hace un rato para extendernos una amabilísima invitación a acompañarlo a un viaje a Texas. Alquiló un gran rancho cerca de San Antonio, según nos explicó.
Harry no entendía nada.
—¿Qué? —volvió a jadear.
Andrómeda puso los ojos en blanco y Teddy se rió.
—Ay, padrino, qué gracioso te ves. ¿Por qué cuando algo se trata de mi tío Draco, siempre reaccionas de modo tan chistoso? —Harry abrió mucho los ojos ante eso e intercambió una mirada con Andrómeda. Ella sólo arqueó una ceja y se encogió de hombros. Teddy siguió explicando—: Lo que pasa es que mi tío Draco va a hacer un negocio en América, allá cerca de donde tú estás, y quiere llevarnos con él. También va a ir su mamá. ¡Vamos a irnos en un carruaje volador! Partimos esta misma noche.
Harry abrió mucho la boca, comenzando a entender. Andrómeda miró a Teddy con cariño y agregó:
—Harry, escucha: Draco nos ha permitido, muy gentilmente, compartir la dirección del rancho contigo por si puedes y deseas pasar por ahí a saludarnos en persona. ¿Supongo que estando en Washington no te costará tanto esfuerzo ni dinero llegar hasta Texas, o sí?
Harry estaba anonadado. Se quedó con la mente en blanco durante unos segundos: una sola información le rebotaba en las paredes de su cerebro: Malfoy les había permitido a Andrómeda y a Teddy que invitaran a Harry a pasar por un rancho alquilado por él.
Le costaba creerlo. Pero… pero… Bueno, pensándolo bien, no tenía que significar nada, ¿o sí? Malfoy simplemente estaba siendo amable con Teddy, permitiéndole invitar a su padrino para poder verlo. No era nada más que eso.
Harry suspiró, desvió la mirada durante un momento y se preguntó si aguantaría volver a ver a Malfoy en persona sin lanzarse a comérselo a besos.
—¿Qué les parece si me dan la dirección de este rancho de Malfoy y yo…? Bueno, viendo cómo se ponen las cosas en el trabajo mañana, ya veré cuándo y a qué hora puedo aparecerme por ahí. La verdad, no tengo ni idea de cómo podría transportarme. Supongo que igual podría hacerlo por medio de un vuelo muggle —finalizó, encogiéndose de hombros.
Teddy se puso tan feliz ante la perspectiva de volverlo a ver, que Harry creyó que moriría de la ternura y el agradecimiento. Podría el mundo caerse a pedazos a su alrededor, pero al menos el cariño que Teddy le profesaba, lo mantenía a flote.
Jueves 28 de diciembre.
Harry se pasó toda aquella noche alternando entre sueños despierto y sueños dormido, de tal modo que, al despertar, no supo identificar cuál había sido cuál. El punto era que no podía dejar de imaginarse su encuentro con Malfoy: cómo se desarrollaría, las cosas que se dirían, los sucesos que pasarían.
El simple hecho de volver a ver a Malfoy lo hacía desear con todas sus fuerzas poder ir a ese rancho de Texas. Saber que Malfoy le había permitido a Teddy invitarlo, lo llenaba de una estúpida ilusión aunque no significara nada en realidad mas que sólo amabilidad.
Además… Había algo que no lo dejaba tranquilo y eso era el hecho de que Enescu estuviese acechando a Malfoy. Harry sabía muy bien, quizá mejor que nadie, que Malfoy no era tonto. Sabía que no se dejaría engañar por un actor de cuarta como lo era Enescu, pero, de todas formas… Harry creía que era su deber poner sobre aviso a Malfoy acerca de lo que él sabía a ciencia cierta acerca de Emil Enescu. Una advertencia nunca estaba de más, terminó de decirse a él mismo para convencerse de que era su deber moral ir a Texas a ver a Teddy y aprovechar para hablar con Malfoy acerca de ese tema.
Si ya estando avisado, Malfoy consentía continuar "una relación" con Enescu, pues ese ya sería su problema y el de nadie más.
Harry no quiso pensar mucho en el tema, pero mientras se levantaba y guardaba lo poco que había sacado de su baúl, no pudo dejar de lado la infinita tristeza que le causaba darse cuenta de que Enescu, a pesar de sus defectos y a diferencia del mismo Harry, era un partido excelente para comprometerse de manera seria con el heredero de los Malfoy.
Terminando con su equipaje y después de arreglarse, Harry se fue con todo y sus cosas hasta las oficinas de MACUSA, decidido a matar dos pájaros de un solo tiro. Después de un par de horas en las que habló con toda la gente que debía hablar para conseguir lo que deseaba, pudo dirigirse a una oficina de trasladores donde, por una suma bastante elevada de dinero ("Es que es temporada alta, señor Potter, ya ve, ya casi es Año Nuevo"), pudo transportarse directamente a la ciudad de San Antonio.
De ahí, llegar al rancho que Malfoy había alquilado no le costó ningún trabajo: después de todo, una de las ventajas de provenir de familia muggle era que tenía una enorme facilidad para poder moverse entre esos dos mundos. Simplemente, tomó un taxi y ya, aunque el pasaje le salió en un ojo de la cara.
El lugar era enorme y muy bonito. A esas horas del mediodía y a pesar de la época invernal, la temperatura estaba bastante elevada y no era de extrañar, pues esa parte casi era desierto. Un elfo malencarado le permitió la entrada a la casa y se ofreció a llevar su baúl a una habitación de huéspedes. Harry, quien ya no tenía que regresar a Washington, aceptó complacido porque sabía que, si los elfos lo trataban de ese modo, era porque el amo de ellos (así fuera un amo eventual, como lo era Malfoy en ese momento), les había dado autorización.
El elfo le indicó que las señoras, el señor y el pequeño niño estaban en ese momento departiendo en la piscina.
Harry se sintió acalorado al instante en que imaginó a Malfoy "departiendo en una piscina". Abrió mucho los ojos y le pidió al elfo indicaciones para llegar al cuarto que le habían asignado.
—Necesito ponerme un bañador que traigo en mi baúl —le explicó a la criatura, quien sólo lo miró con asco, como si pensara "Demasiada información, humano".
Sonriendo mucho y sintiéndose bastante ilusionado de repente, Harry caminó hacia donde el elfo le indicó.
Bajó unos pocos minutos después, ya vestido solamente con un bañador de color verde y con una toalla enorme que había tomado de su cuarto. Caminó hacia la parte trasera de la enorme y solitaria casa en búsqueda de algo que pareciera llevar a una terraza o piscina, cuando, de pronto, una persona le salió al paso.
Se detuvo, congelado y horrorizado al ver de quién se trataba.
Era Emil Enescu, quien, vestido también con un bañador, había salido de algún corredor con un vaso de jugo en la mano. Harry y él se quedaron de pie uno frente al otro, fulminándose con la mirada. Harry no entendía qué era lo que ese estúpido hacía ahí.
—Oh, Potter —dijo entonces Enescu, recuperándose primero de la sorpresa—. Veo que ya llegaste. Sí, tu ahijadito ya nos había contado que vendrías a verlo, pero en verdad no creí que sería tan pronto. Tenía la esperanza de no tener que ver tu cara de pazguato hasta el fin de semana o algo así. ¿Gustas un vaso de jugo? —le preguntó descaradamente, mostrándole el vaso que tenía en la mano y dándole un sorbo a través de un popote.
—¿Qué demonios haces aquí? —le preguntó Harry, estrujando la toalla entre sus manos,
Enescu soltó una risita que le erizó cada vello de la rabia.
—Oh, ¿no lo sabías? Bueno, supongo que todavía es muy pronto para que la noticia sea del dominio público, pero podrías aprovechar para felicitarme. —Sonrió malévolo y agregó, mirando a Harry con odio—: Los Malfoy están bastante interesados en que yo pase a formar parte de su familia… si entiendes lo que quiero decir. Supongo que… supongo que en unos pocos días le daremos la feliz noticia a la Prensa y quizá, si te portas bien, te llegue una invitación a la boda.
Harry sintió que el suelo se abría ante sus pies y él caía en picada metros y metros hacia un abismo. La sensación fue horrible y lo dejó temblando. Sabía que estaba sudando y que quizá había empalidecido, pero, no obstante, intentó no demostrarle a Enescu lo mal que le habían sentado sus palabras.
—Vaya —dijo con voz temblorosa—. Pues… felicidades, supongo. Ahora, si me disculpas, quisiera ir a saludar a mi ahijadito.
Con eso, Harry rodeó a Enescu, alejándose de él lo más que le fue posible porque sabía que, si lo tocaba, así fuera por accidente, no podría contenerse de lanzarle una maldición de cualquier tipo. Mientras caminaba con paso titubeante y veloz hacia la piscina, alcanzó a escuchar la risita burlesca de Enescu detrás de él.
Luchando con todas sus fuerzas para ignorarlo, Harry apresuró el paso y finalmente llegó a una terraza donde encontró a Andrómeda sentada ante una mesa junto con la señora Malfoy.
Harry se sonrojó un poco, dándose cuenta de que tal vez se había precipitado al ponerse sólo un bañador antes de encontrarse y saludar a una bruja a quien tenía años sin ver. Nervioso, carraspeó y, cubriéndose lo mejor que pudo con la toalla que llevaba en las manos, caminó hasta las dos señoras.
Andrómeda lo recibió con el mismo cariño que le profesaba siempre. Narcisa Malfoy lo miró de arriba abajo con el mismo desprecio que siempre le había dedicado y el cual era muy parecido al que el mismo Draco también le había otorgado hasta apenas hacía unos pocos días. Harry, bastante cohibido y arrepentido de haber ido a meterse ahí (a un rancho alquilado por los Malfoy, dios mío, ¿en qué estaba pensando?), casi corrió entonces hacia la piscina, donde se encontró con Teddy, quien lo abrazó llorando de alegría.
Y así, mientras jugaba y charlaba con el niño dentro del agua, Harry no podía dejar de pensar en Malfoy y en su posible compromiso con un imbécil de semejante calibre como lo era Enescu.
Sintiéndose terriblemente desolado por haber perdido cualquier oportunidad con él, se concentró en no dejarse dominar por ese sentimiento de derrota y, en vez de ello, planeó hablar con Malfoy en cuanto le fuera posible.
Iba a aceptar que había perdido, claro que sí, pero no podía retirarse del juego sin antes advertirle a Malfoy el tipo de persona que era Emil Enescu. Iba a obligar a Malfoy a escuchar lo que Harry tuviera que decirle al respecto, así fuera lo último que hiciera ahí, así Malfoy lo corriera a patadas del rancho después de habérselo contado.
No le importaba nada ya.
—¡Mira, padrino! Ya llegó mi tío Draco —anunció Teddy de repente, señalando hacia la mesa donde estaban sentadas las hermanas Black.
Harry giró la cabeza y se quedó con los ojos clavados en la extraordinaria figura de Malfoy, quien, de nuevo enfundado en un traje muggle de corte muy fino, estaba de pie entre las dos señoras sentadas. Desde la distancia, Harry observó a Malfoy sentarse junto a ellas y, luego, a Enescu acercarse a saludar y también a sentarse junto a Malfoy.
Harry se sentía más triste de lo que había estado en toda su jodida vida. Apretó la mandíbula, suspiró y se armó de valor. Se giró hacia Teddy.
—Ted, debo ir con tu tío Draco a hablarle de algo… ¿No te molesta?
Teddy, con gesto despreocupado, negó con la cabeza.
—Claro que no, padrino. Al contrario. Me gusta verlos a ustedes dos juntos, son muy divertidos.
Harry sonrió de medio lado y, sintiendo como si estuviera dirigiéndose a cumplir una condena de muerte al cadalso, salió de la piscina junto con el niño. Con paso lento, caminó hacia la mesa para pedirle a Malfoy la oportunidad de hablar con él por última vez.
nota:
¡Ahora sí, la siguiente semana nos leeremos donde nos habíamos quedado la anterior!
Muchísimas gracias por todos sus comentarios. Todos significan el mundo para mí. Cuídense mucho, quédense en casa y nos leemos aquí el siguiente martes! Hasta pronto!
