Bueno, he sido sorprendentemente productivo, y aquí viene el siguiente episodio de la historia. En esta creo que iré bastante más rápido, porque se escribe fácil, pero os advierto que también es densa de contenido (como siempre) y no tiene pérdida, por su drama, misterio y comedia. Espero que os guste, de veras.

-Lollyfan33: Tus reviews son la mejor recompensa para los capítulos, de verdad. Muchas gracias por todo lo que has puesto, me hace inmensamente feliz lo que me cuentas y saber que lo has disfrutado. Te envío mucho ánimo para tu fics, que también espero impacientemente leer, porque me gustó mucho. La verdad es que toda la historia de Ariel (una de las partes más tristes de todo el fic, porque combina comedia con unas dosis tremendas de tragedia) me fue muy bonita pero a la vez muy desagradable de escribir, y efectivamente suponía que lo pasaríais mal con la muerte de Flounders. Y sí, yo también sigo echando mucho de menos a Billy. Pero ya veremos que sucede, ya veremos... Hércules es un personaje que a mí también me encanta, aunque sobre su futuro en el fic no te puedo decir. Haces suposiciones muy agudas y bien pensadas, sin embargo. En fin, espero que este te guste también, y te envío un fuerte abrazo y muchas gracias como siempre por ser una lectora tan fiel, a la que aprecio un montón. ¡Ah, y pronto subiré también de One Piece!

-Dianaa34: ¡Me alegra un montón que te haya gustado, ya me dijiste que Ariel era tu favorita, y ese capítulo era enteramente suyo! Sí, es una historia triste (aunque explica por qué se ha suicidado) y Úrsula ha sido hasta ahora la villana más perversa de todos, pero creo que también nos permite hacernos una idea mucho mejor de cómo es Ariel y por qué actúa así. Sobre Attina no te puedo confirmar ni negar nada, aunque volverá a aparecer. ¡Me alegra de que te haya gustado y espero que disfrutes también con este! Un abrazo y nos leemos.

En fin, espero que os guste mucho, ya me iréis contando. A veces pienso que escribo unas cosas muy raras y perturbadoras (como la escena de la muerte de Eric, etc) pero bueno es mi imaginación. Este fic habla mucho de la depresión, los deseos que no alcanzamos y las angustias de la juventud. Creo que en mayor o menor medida todos podemos empatizar con eso.


El manicomio de Witzed (ahora llamado "sanatorio mental" respetando la sensibilidad de los internos) era uno de los lugares más infames de Suburbia. No es de extrañar que el cantante Billy Joe Cobra fuese ampliamente criticado por enviar allí a su madre, aunque él lo hizo porque creía realmente que allí ella recibiría la ayuda que necesitaba. Nada más lejos de la realidad…

Dirigido por Monsieur D'Arque, un siniestro médico y psiquiatra con varios estudios en neurología y ciencias de la emoción, Witzed era el mayor centro de enfermos mentales de Suburbia (en realidad, también era el único), situado en la zona roja, con más de seiscientos internos, la mayoría en pequeñas habitaciones de largos pasillos blancos, pero los más peligrosos en celdas putrefactas ocultas en los sótanos de Witzed. Se decía que antiguamente el manicomio había sido una campo de prisioneros durante las guerras de los primeros hombres, y que en él ahora Monsieur D'Arque realizaba terribles experimentos con sus pacientes para sus estudios. Probablemente todo era tan mentira como verdad. Lo que Billy podría haber contado de este lugar es que siempre le produjo escalofríos, y que Monsieur D'Arque le recordaba a una repugnante araña, que con sus largos y huesudos dedos contaba los billetes que le pagaba por cuidar de su madre enferma y darle un servicio decente.

Witzed se encontraba muy al norte de la zona roja, en una pantanosa zona lindando con las grandes fábricas industriales de Suburbia, cientos de torres humeantes que llenaban el cielo de contaminación y en las que trabajaban miles de hormigas, los empleados, para crear plástico, metal y materiales de todo tipo para la ciudad. El hedor de las fábricas apestaba el manicomio y había hecho que el techo de sus altas torres se ensuciase y volviese de un desagradable color negruzco.

Esa noche los guardias habían terminado de hacer la revisión de pacientes, y mientras los faros de la fachada principal (parecidos a dos ojos en llamas) se encendían, las alambradas cargadas de electricidad eran sacudidas por la fuerte ventisca. Era diciembre, y el frío estaba azotando Suburbia y pronto traería la nieve.

-¿Listo, profesor?-preguntó uno de los guardias, altos y fornidos, encargados del acceso al Bloque Prohibido. Allí se encontraban los enfermos más peligrosos, psicópatas y asesinos desequilibrados que se encerraban allí intentando encontrar una cura para su enfermedad.

-Me vais a dejar más seco que el desierto-gruñó el profesor Liebre. Como su nombre indicaba se trataba de una liebre antropomorfa ya entrada en años, como mostraban los muchos pelos canosos de sus orejas, y podría pasar por uno de los enfermos mentales perfectamente porque tenía los ojos saltones e inyectados en sangre, y los largos dientes de conejo rotos y ensuciados. Vestía una bata blanca de doctor, bastante sucia también.

El doctor se quejaba porque para abrir y cerrar el Bloque Prohibido se necesitaba una gota de sangre de uno de los médicos al cargo. En este caso ese era él, así que el jefe de seguridad le pinchó en la yema del dedo con una aguja y le extrajo una sola gota, que introdujo en el cerrojo, y la puerta se cerró.

-¿Cómo andan las cosas por el Infierno?-bromeó el jefe de seguridad. Así era como llamaban cariñosamente al Bloque Cero.

-Mal, muy mal. Está muy revolucionado. Yo ya le he dicho a D'Arque que lo mejor sería pedir una orden de ejecución, porque con él no hay remedio. Pero no me hace caso. Le interesa por algo.

-Estaría mucho más tranquilo sin él, la verdad-reconoció el capitán de los guardias-dormiría mucho más tranquilo.

La Liebre rió mientras se dirigía al ascensor, cansado.

-¿Pero usted sí duerme?-preguntó, antes de que se cerrasen las puertas. El jefe de seguridad sonrió amargamente. Pues claro que no.

El profesor Liebre revisaba sus apuntes de estudio del sujeto distraído, mientras el rechinante ascensor subía a los pisos superiores de Witzed. Su jornada había terminado. Deseaba escuchar un rato a Wagner y luego dormir. Tan absorto estaba en sus pensamientos que evocaban su cómoda y caliente camita en el pabellón de los médicos que no se dio cuenta del pequeño bichito verde que le trepaba por la espalda y saltaba desde allí a la pared del ascensor. Si lo hubiera visto hubiera podido hacer algo, tal vez aplastarlo, dar la alarma. Pero nada de eso pudo ocurrir, por desgracia. Y el desastre ya era inevitable.

-Apaga las luces-le ordenó el jefe de seguridad a la chica de los ordenadores, que obedeció y retiró las luces del Bloque Prohibido. Todas las celdas de los psicópatas reclusos se quedaron en completa oscuridad, mientras reinaba el más absoluto silencio. Las celdas estaban totalmente vacías y cerradas herméticamente. Para respirar, los presos tenían un filtrado de oxígeno interno que les proporcionaba aire puro. Pero no había ni un solo orificio en sus cuartos que pudiera conectarlos al exterior. Era demasiado peligroso…

Entre las sombras, varios de los presos se movían. Una figura enjuta y de cabello largo y fibroso se apoyaba en el cristal y observaba el pasillo exterior, con sus enormes y redondos ojos en silencio. Igualmente, en otra celda cercana, una figura alta y extremadamente delgada permanecía sentada en posición budista mientras tenía sus ojos cerrados. Pero no se perdía nada de lo que pasaba allí. Había una tercera figura, grande y gorda, que no paraba de moverse. Esa era él. Y él se iba. Sabía que se iba.

En la sala de control la joven chica, Amanda, se tomaba un café mientras observaba las cámaras, distraída. Aburrida como habitualmente no vio nada en los paneles. Pero es que era un insecto demasiado pequeño como para percibirlo: parecía un escarabajo de color verde jade. Abrió y batió sus delicadas alitas mientras revoloteaba esquivando las cámaras y se filtraba por el conducto de la ventilación hasta acceder él también a la sala de control. Sobrevolando a Amanda, el insecto distinguió una gruesa vena en el cuello. Era la yugular. Ahí era a dónde debía lanzarse.

PIIIIIIT PIIIIIIIIT La alarma resonó en todos los pasillos, mientras las luces rojas se activaban despertando hasta al último enfermo de Witzed.

-¡Me cago en la puta!-el jefe de seguridad que se encontraba en el baño no tuvo tiempo ni de limpiarse mientras salía disparado a su posición-¿qué COÑO pasa?

-Es… es el Infierno jefe… creo que se ha abierto una celda-exclamó uno de sus subordinados, mirándolo aterrorizado.

-¿Qué? ¡Me cago en todo! ¡Amanda! ¡AMANDA!-le gritó el jefe por el interfono a la sala de control, pero Amanda no respondía: no hubiera podido aunque hubiese querido, porque estaba muerta, y tenía la yugular externa e interna desgarradas debido a una serie de brutales aguijonazos que aquel repugnante insecto verde le había propinado. Ahora, este tecleaba rápidamente en el monitor principal: le saltó una clave de seguridad y perdió bastante tiempo descifrándola. No podía abrir la puerta principal, pero aun así consiguió lo que se proponía: el sistema de oxigenación de la celda 666 se había abierto a la ventilación exterior, lo que significaba que ahora había un pequeño conducto desde la celda que llevaba a los respiraderos exteriores.

-¡AMANDA! ¡COÑO!-el jefe de seguridad y sus compañeros irrumpieron en la sala para encontrarse a su querida compañera muerta. El insecto ya se había marchado, por lo que no sabían qué o quién había acabado con ella. Sin embargo, echando un vistazo al monitor, el jefe lo entendió enseguida-¡MIERDA! ¡ES ÉL! ¡HAY QUE CERRARLO TODO! ¡JODER, HAY QUE CERRARLO!

En el bloque prohibido, la figura que estaba pegada al cristal, acurrucada, parpadeó: era una mujer de largos cabellos rojizos y piel azulada y pútrida, con enormes y redondos ojos de afiladas pestañas. La mujer vio como en la celda cercana, la gorda figura de su compañero de condena se empezaba a agitar.

-Adiós…-susurró la chica. La figura no la respondió: de repente empezó a deshacerse muy rápido, saliendo de su cuerpo cientos de bichos que se fueron apilando en el suelo y empezaron a filtrarse por la ventilación de oxígeno, ahora abierta al exterior.

-¡CIERRE EL CONDUCTO! ¡VAMOS!-le ordenó el jefe al controlador suplente, que tecleaba a toda prisa.

-No puedo… se han cargado la conexión.

-¡MIERDA!-el jefe de seguridad le metió una fuerte patada a la torre del ordenador, cargándosela. Entonces desenfundó su pistola y miró a sus compañeros, muy serio-vale, nos toca.

-Pero…

-¡VAMOS!

Haciendo un ruidito infernal cientos de miles de insectos se movían a toda velocidad por los tubos de ventilación de Witzed sin detenerse ni un momento: las arañas y gusanos que encontraban en su camino se unían a ellos formando una imparable marabunta de repugnantes y diminutos invertebrados.

-Sosé… sosé… Billy…-Amy miraba fijamente la pared de su habitación. Estaba exactamente igual que como su hijo la había dejado la última vez. Inexpresiva y con los ojos vidriosos, miraba sin pestañear a la ventana de su habitación, que daba al jardín exterior. Pensaba en su hijo. Le habían dicho que había muerto… no lo entendía. Billy no podía morir… volvería… para ella…

En ese momento un ruido sorprendió a la señora Cohen, que sin embargo no reaccionó a él, como cabía esperar: así que no pudo ver a los cientos de insectos que bajaban a toda velocidad por su techo, y que se acercaban a su sillón, perversos y con el mal brillando en sus minúsculos ojos.

-¡AAAAAAAH!-la señora Cohen notó el dolor cuando una araña se le puso en la cabeza y le clavó las patas en los ojos. Ella intentó quitársela de encima, pero entonces varios bichos más se la pegaron en el cuello, los dedos y los tobillos, mordiéndola. Se levantó del sillón alarmada pero se tropezó y fue de cabeza al suelo, dándose antes con el pico de una mesa, pero este estaba revestido de plástico blando para que ella no intentase matarse con él como ya había intentado otras veces, así que solo se quedó atontada. Los insectos entonces la rodearon por el cuello y los codos y empezaron a roer por allí. Mientras tanto, el resto cortaba y arrancaba la tela que cubría el sillón de la señora Cohen: necesitaban un cuerpo… y aquella larga y sucia tela gris les venía muy bien.

-¡AAAAAAAAAAAH!-la señora Cohen gritó con todas sus fuerzas, y entonces dos enfermeras entraron en la estancia encontrándola en el suelo con los brazos cortados a la mitad por los codos y el cuello abierto, con los tendones al aire. La impresión fue muy fuerte, pero ellas ya estaban curtidas para este tipo de problemas y sacaron sus táseres con los que se protegían de posibles ataques de los enfermos y comenzaron a golpear a los bichos.

-¡PIDE AYUDA!-le gritó una a la otra, que sacó el interfono y trató de llamar al centro de seguridad.

-¡ESTÁ AQUÍ!-gritó la enfermera por el interfono-¡ÉL ESTÁ AQU…!

En ese momento el escarabajo verde se lanzó sobre su cuello y le clavó su aguijón tan hondo que la atravesó el cuello de un lado a otro. Era imposible ver nada con aquel enjambre de insectos que volaban y saltaban por toda la habitación, y los alaridos de la señora Cohen eran insoportables. La enfermera que quedaba con vida observó con espanto como la tela del sillón era levantada por varias moscas gordas y peludas y de repente el resto de insectos empezaban a apilarse en el interior de esta misma, formando cada vez más una figura.

-¡NO!-la enfermera salió pitando de la estancia, justo cuando otros tres enfermeros se aproximaban por el pasillo-¡AVISADLES! ¡AVISADLES, ESTÁ AQUÍ!

Los cuatro enfermeros entraron en la sala y se encontraron a la tela, que ahora tenía una grotesca forma humanoide, muy grande y muy gorda. La sábana se giró y de lo que parecía su cabeza se formó con los pliegues una especie de espantosa sonrisa.

-BOO-dijo una voz que sonaba como miles y el monstruo saltó sobre ellos echándolos a todos al suelo. La señora Cohen seguía chillando mientras de su cuello salía un mar de sangre, y pudo ver mientras su vida se apagaba como el monstruo atacaba a los enfermeros que se sacudían indefensos tratando de hacerle frente, y como los mataba, de un modo indescriptiblemente horrendo.

-¡COJANLO! ¡ALLÍ!-advirtió uno de los médicos a los de seguridad cuando estos irrumpieron en tropel en el pasillo de la primera planta. Ellos consiguieron ver una silueta que se alejaba al final del pasillo, y abrieron fuego sin dudarlo.

-¡NO, IDIOTAS! ¡NECESITAMOS LAS BOMBAS!-les recordó el jefe sacando de su cinturón una granada y colocándola en su pistola especial. Iba a cargarse a ese hijoputa… ¿podía morir, si quiera?

-Puertas cerradas, señor-informó por un interfono el sustituto de Amanda: todas las puertas de accesos y salidas del manicomio estaban ahora cerradas con placas metálicas, y por los tejados del manicomio una enorme lona de metal estaba cubriendo toda la estructura del edificio. Pronto todo Wizted quedaría aislado del exterior, y él no podría salir.

Si es que él no era más rápido, claro. Monsieur D'Arque entró en su despacho, cuando vio con sorpresa que algo le esperaba, oculto en la sombra. Sin embargo Monsieur D'Arque no era de los que se asustaban con facilidad. A fin de cuentas él era peor que la mayoría de sus reclusos, aunque ese mismo que estaba ahora con él podía ser sin duda la excepción.

-Sabía que antes o después escaparías… y… ¿qué quieres?-preguntó D'Arque con calma.

-De sobra lo sabes… -la voz del monstruo cambiaba de entonación e incluso de gravedad con cada sílaba. A veces parecía aguda como la de una mujer, chillona como la de un crío o muy grave, como la de un adulto-el juego comienza…

-Muy bien-dijo D'Arque con calma-sabes que estoy de acuerdo contigo. Sabes que he sido yo quien te lo permite… pero no me hagas daño…

Pulsando una combinación secreta sacó de su caja fuerte una pequeña cajita y se la pasó al monstruo. Una larga mano sin dedos recubierta por una tela recién robada de un sillón recogió la caja, y la observó soltando una ronca y desquiciada risilla.

-JO JI JE JA JA JU JE JAY… JE JE JO…-una baba verde que caía de la boca del monstruo salpicó la alfombra de D'Arque. El monstruo avanzó hacia él, amenazante, y por un momento, el anciano director sí que sintió verdadero miedo-Me encanta que me supliquen…

¡CRASH! Cuando los de seguridad irrumpieron en el despacho de Monsieur D'Arque la ventana estaba rota, y el anciano director en el suelo con una sangrante herida en la cabeza. Sin embargo comprobaron que seguía con vida. El jefe de seguridad se asomó por la ventana.

-No…-susurró. Los insectos volaban en enjambre por el cielo. La cubierta protectora estaba a punto de cerrarse, y los dejaría encerrados dentro. Además, él aún tenía algo que decir. Apuntó con la pistola a los insectos y entrecerrando los ojos fijó el visor-ahí va…

El disparó resonó por todo el edificio, mientras la granada salía disparada y explotaba en el aire. Los bichos saltaron por los aires, emitiendo horrendos chillidos mientras se retorcían en el aire como cochinillas indefensas. La granada había liberado una humareda verde que infectaba a los insectos y los mataba en el acto: el pulverizador especial para evitar su fuga.

Sin embargo solo se deshizo de la mitad del enjambre: la otra mitad, que llevaba en sus patitas la caja, consiguió salir del manicomio justo antes de que la capota lo cerrase por completo.

-¡NO!-el jefe de seguridad estuvo a punto de caerse por la ventana del despacho de D'Arque al verlo-¡LO HA CONSEGUIDO!

-Déjelo… déjelo, no importa…-musitó el director, al que estaban atendiendo en una butaca.

-¿Qué no importa?-repitió el jefe de seguridad, con los ojos desorbitados-¿está usted seguro?

-Necesito hacer una llamada… creo que podrán ocuparse. No quiero que la policía lo sepa todavía ¿ha entendido? No quiero…

-Pero señor…

-Jefe Cummings…

-Sí, señor.

El jefe Cummings se marchó agachando la cabeza, mientras Monsieur D'Arque observaba por la ventana destrozada la capota que ahora cubría toda la ciudadela de su manicomio. Sí, Witzed se enfrentaba a su primer caso de fuga en toda su historia. La reputación y el trabajo de toda su vida se verían puestas en entredicho. En realidad daba bastante igual. Él mismo lo había permitido. Quería ver hasta dónde él era capaz de llegar. Y qué hacían ellos para pararlo.

Descolgó su interfono e intentó hacer memoria… ¿cuál era el número secreto de la Estrella Azul? Muy pocos lo conocían en Suburbia…

Mientras D'Arque hacía su llamada secreta, los insectos que llevaban la caja y la sábana entre sus patitas sobrevolaban el nublado cielo de la ciudad. Estaban heridos tras la explosión, y fueron derrapando hasta caer en uno de los pantanos que rodeaban Witzed. Se fueron hundiendo en el agua. Muchos se ahogarían. Pero otros no. Y mientras la sábana caía y se hundía en las venenosas aguas del pantano, cientos de pequeños insectos marinos, sapos, y una serpiente se acercaron nadando hacia él y se enroscaron a su alrededor, volviendo a formar rápidamente un nuevo cuerpo. Era la llamada del mal, la llamada de la oscuridad. Algo horrible y salvaje se había desatado. Y hasta el último habitante de Suburbia corría un grave peligro ahora, más peligro del que podían imaginar.


La nieve era una de las pocas cosas que podían alegrar a Jim. Desde la ventana de la casa pudo observar como los copos caían y caían amontonándose en las calles y cubriéndolas de un manto blanco. La nieve le gustaba a Jim porque caía igual en la zona blanca y en la roja, era igual para todos. Y al contrario que la lluvia, que lo enguarraba todo, la nieve lo embellecía. Cuando todo estaba nevado, y las sucias fábricas de la zona roja parecían hermosas nubes por toda la nieve caída encima suyo, a Jim le gustaba sobrevolar la ciudad en su tabla y disfrutar de las vistas. Le gustaba que el frío viento le azotara en la cara y le cortase las mejillas, y que el pelo también se le pusiese blanco a él.

Esa tarde había llegado a casa de Bella calado hasta los huesos, tiritando y con su abrigo empapado por la nieve. Ella le había preparado una taza de chocolate caliente y le había llevado un barreño con agua hirviendo para que metiese los pies en él. Mientras continuaba tomándose la bebida y miraba por la ventana del saloncito la nieve de fuera, Jim reflexionó sobre Bella, y lo ocurrido en aquellas últimas semanas.

Habían pasado ya casi cuatro desde su último y casi mortal viaje a Gantz, y aunque Jim ya conseguía conciliar el sueño, seguía existiendo el miedo de que en cualquier momento la esfera reclamase de nuevo su alma, y un nuevo y peligroso enemigo consiguiera matarlo esta vez. Jim se dio cuenta de que en la última aventura había tomado muchos riesgos. Aún así, había merecido la pena.

No había vuelto a ver a Ariel desde entonces. Ya suponía que eso sería así. Él estaba enamorado de ella, ahora lo sabía seguro. Quizás no fuese amor verdadero, solo una obsesión, pero le gustaba, le atraía su cuerpo, su forma de ser, y ahora que la conocía, veía que en realidad tenían en común más de los que ellos pensaban: los problemas familiares, la soledad, la rebeldía… el sentimiento de culpa… pero Jim no podía seguir esperando a Ariel. Cualquier día iba a morir en alguna de esas aventuras, moriría sin conseguir los cien puntos, y aunque ya se estaba mentalizando, había cosas que quería hacer antes de eso. Una de ellas era el sexo.

Dos días después de la cuarta misión Jim fue a buscar a Bella de nuevo al cine, y se la llevó a dar un paseo en la tabla. La chica se había muerto de miedo a la altitud a la que Jim la llevaba y sobre todo la velocidad, pero luego le dijo que le había gustado mucho y lo había pasado muy bien. Después de cenar en una cafetería Jim acabó besuqueándola en un callejón y ella hasta le permitió que volviera a intentar hacerla el amor, aunque en aquel lugar tan incómodo y con borrachos pasando de vez en cuando no resultó ser tan glamuroso como ellos pensaban.

Ella le había invitado a su casa varias veces. Solían terminar besándose y dos veces más habían tenido sexo. Bella era muy tímida y reservada, cada vez que Jim se desnudaba en frente suyo se moría de vergüenza, aún más cuando le tocaba a ella. Pero Jim sabía que a ella él le gustaba muchísimo. Y es placentero estar con una persona que sabes que realmente le gustas. Que sabes que puedes hacerla desesperar por tu amor, y que con él también puedes hacerla inmensamente feliz, solo si quieres.

-Ven…-Jim acercó a Bella a donde él estaba sentado con los pies en caliente y empezó a besarla una vez más. Ella se dejó hacer, emocionada, mientras el chico recorría su cuerpo con sus manos y las paraba en su trasero. Físicamente Bella no se podía ni comparar a Ariel, pero tampoco estaba nada mal.

-He pensado Jim que podría utilizar contigo un viejo invento que había guardado-comentó Maurice irrumpiendo en la habitación. Menos mal que estaba distraído y ellos dos tuvieron tiempo de separarse y actuar con normalidad, o los habría pillado en un momento muy tórrido. Maurice era el padre de Bella, y aunque trabajaba como profesor en el instituto Porter, era también un inventor con muchas ideas y aún más frustraciones.

-No sabía que tu padre fuese profesor… ese es mi instituto-le había dicho Jim a Bella un día. Maurice no estaba en casa, y ellos acababan de desnudarse y tener una desesperada y excitante sesión de sexo. Jim besó a Bella en los labios, y la chica le miró con los ojos brillantes. Que él se fijara en ella… que el la besase así… era un sueño hecho realidad…

-Me dijo ayer que te había dado clase el año pasado… y que eres un buen alumno…-rió la chica, aún con los labios de él pegados a los suyos. Jim rió al escuchar eso.

-Creo que solo quiere que seas feliz…-dijo sonriendo-aunque sea conmigo…

-Sí… pero no hablemos de eso ahora…-dijo Bella agachando un poco la vista para contemplar el torso de Jim, rozando con el suyo-me da… cosa…

-A ti todo te da cosa…-se burló Jim. Bella rió, sonrojada-venga… dame otro beso, que no sea en los labios, no valen… donde tú quieras…

-Oh…-Bella echó la cabeza a un lado, muerta de vergüenza, pero Jim le puso un dedo en la barbilla y la obligó a mirarla.

-Vamos… vamos…-la animó, riendo-venga… luego lo haré yo también…

Ella se sonrojó aún más. Cuando Jim besaba, lo hacía en sitios muy concretos. Finalmente accedió, y bajando le besó en los pectorales, y luego en el torso. Jim cerró los ojos y disfrutó con los besos. Bella iba aprendiendo, aunque aún estaba lejos de resultar una experta sabía qué hacer para que a él le gustara. Así que se dejó llevar y disfruto de los besos. Bella le besó en el ombligo, y por un momento la chica se dejó llevar completamente, hundiendo su lengua en él y haciéndole soltar un gruñido.

-Sigue… baja… vamos…-pidió Jim.

-No… no…-Bella se hecho a un lado, avergonzada.

-Joder…-Jim se sentó a su lado. A ella se le hacía raro estar ahí sentada con el chico que tanto tiempo llevaba mirando, ambos totalmente desnudos, pero para él ya era más que normal. En el fondo, le seguía dando igual lo que ella sintiera, aunque no iba a negar que se estaba encariñando con la chica. En cualquier caso debía respetar sus sentimientos, y hacer que se sintiera cómoda aunque él no estuviera satisfecho. Era algo que había aprendido gracias a Ariel.

-No te enfades… es que… esas cosas no me gustan…-murmuró Bella-yo no soy… como otras, no…

-No pasa nada-la tranquilizó Jim cogiéndola de la mano, mientras apoyaba su hombro con el suyo-se trata de que lo disfrutemos los dos ¿no? Tú me dices lo que quieres… y nos ponemos de acuerdo.

-Quiero que estés contento…-susurró Bella mirando al suelo, avergonzada-no quiero que te vayas.

-Nunca estoy contento…-murmuró Jim. Luego la miró, y sujetó el rostro de la chica entre sus manos-no te preocupes. No me voy a ningún lado. Al menos no hasta que llegue tu padre.

Así habían seguido durante días, jugando a las escondidas con el viejo Maurice, que aunque ya sospechaba lo que su hija andaba haciendo con aquel malote de chupa negra y pendiente en la oreja, no decía nada porque se alegraba de que al menos ahora ella fuese feliz. Hasta ahora Bella había sido una chica muy solitaria, sin apenas amigos. La prematura muerte de su madre además la había dejado muy marcada.

-Lo llamo la Montadora-explicó Maurice mientras le colocaba a Jim una especie de caja gigante sobre la cabeza, con dos pequeños ventiladores que salían de los lados.

-Ya… parece guay…-mintió el chico, lanzándole a Bella una mirada locuaz.

-Es fácil. Su funcionamiento es similar al de una tostadora, pero con algunas diferencias: cuando el generador vertical se calienta, las turbinas se activan y empiezan a producir aire caliente, que te secará todo el cuerpo.

-Me secará la cabeza…-observó Jim tocando una de las turbinas con espanto-pero lo demás…

-Es cierto, es verdad…-reconoció Maurice, de repente abatido-por eso lo descarté para la feria de ciencias de Enero…

-Aunque si bajases las turbinas con un sistema de manivelas… y a lo mejor hicieses más pequeño el generador… a lo mejor podría servir para todo el cuerpo…-observó Jim. El rostro de Maurice se iluminó repentinamente. Jim creía realmente que el viejo estaba pirado y tenía momentos de lucidez repentinos, aunque por supuesto no pensaba decírselo a Bella.

-Es posible, es posible…-el hombrecillo observó la enorme estructura del maquineto que le había puesto a Jim en la cabeza, y entonces se lo quitó y empezó a examinarlo-pero hacer más pequeño el generador… ¿cómo?

-Pues a lo mejor usando una batería de doble carga… las nuevas son muy económicas-recordó Jim-si le instalas una nueva… tal vez creo…

-¡Ven conmigo!-Maurice cogió a Jim de la mano y se lo llevó corriendo escaleras abajo a su taller. La casa de Bella era uno de los lugares más extraños en los que Jim había estado: tenía tres pisos verticales con habitaciones, y un salón principal. La pared que ascendía del salón principal a las otras tres plantas era una gigantesca librería, la más grande que Jim había visto en su vida (tampoco había estado en muchas) llena de libros, desde tomos de ingeniería técnica utilizados por Maurice a novelas de fantasía y acción, los preferidos por Bella, y pergaminos y pergaminos muy antiguos comprados en ferias de lectura y ciencia. Para subir a las otras plantas, había que utilizar la escalera giratoria que servía también para alcanzar libros.

Maurice bajó con sorprendente agilidad por la escalera hasta la primera planta, y abrió la escotilla que descendía a su desván, donde apiladas había más de cincuenta cajas llenas de sus inventos. Jim le siguió, mirando a Bella preocupado. Ella le sonrió con dulzura, animándole a seguir a su padre.

Jim contempló algunas de las creaciones de Maurice que seguían en funcionamiento, como la innecesariamente gigantesca máquina de cortar leña mientras se hace el té o la extraña y potencialmente peligrosa máquina de acunar al bebé, que de salir al mercado habría causado un grave descenso de populación entre los recién nacidos.

Maurice utilizaba tecnología muy rudimentaria, aunque conocía bien la moderna, pero no tenía dinero para permitírsela, y al contrario que Jim, él no robaba ni rebuscaba en vertederos. El chico se había impresionado con el talento creativo de Maurice y las muchas mañas que el viejo se daba para sacar de muy pocos recursos grandes resultados, así que le había traído ya varios días algunas piezas que conseguía en trueques o tenía él en su taller, y de vez en cuando le echaba un cable.

-Pásame el taladro-le pidió Maurice a Jim, distraído.

-Pero ahí no… creo que es mejor si lo centramos…-le dijo Jim al viejo con paciencia. Maurice reflexionaba las ideas del chico, que le parecían siempre brillantes. Él no tenía problema en reconocer el talento en otros, cosa poco común entre los seres humanos.

-¿Has pensado en un cinturón?-sugirió Jim-en vez de un casco… creo que le da más movilidad.

Maurice lo pensó unos segundos. Luego le puso la mano en el hombro al chico, sonriendo. Jim le miró muy sorprendido.

-Hijo… eres un genio-reconoció Maurice. Entonces sacó un papel cuadriculado y comenzó a dibujar rápidamente en él mientras murmuraba para sí. Jim le echó una mirada a Bella, que les observaba desde arriba, y la guiñó un ojo. Ella sonrió encandilada. Le gustaba ver a su chico y a su padre llevarse tan bien. Ella veneraba a su padre, y era importante ver que Jim congeniaba tan bien con él. Viéndolos así, Bella pensó si realmente su familia estaba a punto de cambiar, a mejor. ¿Sería así…? Nunca había sido tan feliz…

-¿Qué quieres que te regale por Navidad?-preguntó Bella. Estaban sentados de nuevo en el cuarto, el uno en frente del otro. Ella le estaba enseñando a Jim su colección particular de libros. A él ninguno le interesaba demasiado, pero sabía que a la chica le hacía ilusión, así que prefirió escucharlo.

-Por Navidad… no quiero nada…-respondió él abstraído-no tienes que comprarme nada…

-Pues lo haré-dijo Bella con convencimiento-me gustaría que tuvieses algo mío.

Jim sonrió, travieso, y acercándose a su oído la susurró con voz caliente:

-Ya tengo algo tuyo…

Bella notó como un escalofrío al recorría el cuerpo.

-Eres siempre tan…

-Lo sé-respondió Jim tumbándose apoyado en el lateral de la cama de Bella y poniendo los brazos sobre su cabeza-lo sé.

-Creo que te regalaré un libro…-musitó Bella recogiendo sus tomos distraída.

-No te molestes. No lo leería-respondió Jim. Ella le rascó el cabello de la que pasaba a su estantería, fingiendo indignación.

-Leer es algo precioso… puedes irte a cualquier sitio… descubrir un montón de cosas nuevas… y aprender un montón…

-Eso lo hago con la tele-respondió Jim con calma.

-Tiene que haber algo que te guste leer-dijo Bella. Jim negó con la cabeza. Ella sonrió-pues lo pienso descubrir. Es cierto que la televisión… a mí me encanta el cine, pero la lectura es… es diferente. Quien no ha leído un libro que le haya cambiado la vida… creo que no ha vivido de verdad.

Jim la miró curioso. Eso de "no haber vivido de verdad" lo había oído otras veces. Con algunas experiencias extremas que había realizado, como las carreras de tablas, o cuando le habían invitado a probar el alcohol por primera vez… la gente hablaba de vivir de verdad con experiencias físicas, con el sexo, con el amor, con el éxito y el dinero… pero… ¿con un libro? Le parecía tan ridículo que ahora no podía dejar de darle vueltas.

-Había uno…-reconoció. Echando la vista atrás era cierto-se llamaba "El Planeta del Tesoro"… hablaba del tesoro del capitán Flint, un viejo pirata… muy cabrón.

-Le conozco-asintió Bella-Nathaniel Flint… existió realmente. Murió hace ya casi cien años. Pero su tesoro…

-… nunca fue encontrado-completó Jim. La miró, con los ojos brillando-¿lo has leído?

-Sí-reconoció Bella, sonriendo-hace tiempo… me gusta mucho la parte del barco y la tormenta espacial…

-El Agujero Negro…-recordó Jim-solo logran escapar gracias a la explosión de súper-nova…

-Lo recuerdas muy bien… para ser solo un libro-dijo Bella, sonriendo. Jim arqueó una ceja, burlón.

-Lo leía de pequeño-recordó. Luego su sonrisa desapareció un poco. Recordaba haberse aferrado al libro mientras escuchaba los gritos de sus padres y lloraba. Cuando después de la pelea en la casa reinaba aquel insoportable silencio, Jim se ponía a leer, y durante un rato de su mente desaparecía todo lo demás. Era como… entrar en el libro. No sabría describirlo. Aún guardaba ese libro en algún lugar de su habitación, estaba seguro. Tendría que echar un vistazo…

-Está bien-accedió el chico finalmente-regálame un libro… yo también tengo un regalo para ti…

-En… ¿en serio?-Bella le miró incapaz de contener su emoción. Ningún chico nunca… en realidad nadie, a excepción de su padre.

-Pero te lo daré en Navidad, ¿vale?-dijo Jim acercándose y dándole un beso-ahora lo único que quiero darte es mucha caña…

-Nno…-Bella no era capaz de resistirse a lo besos. El chico tenía un sabor indescriptiblemente bueno… ella ya no era capaz de saborear con gusto nada, si no eran los finos y rosados labios de Jim Hawkins-nno podemos… papá está a bajo…

-Déjalo… no va a subir…-dijo Jim tomando a Bella por las piernas y sentándola encima suyo en la cama-será como en la película…

-Ooooh…-Bella quería seguir resistiéndose, pero no fue capaz, y dejó que el chico siguiera besándola por todas partes. Sin embargo a Jim le daba también un poco de corte que Maurice los descubriera ahora que le conocía y se llevaban tan bien. Así que cedió y renunció a tener sexo aquel día. Sin embargo la besaría, lo haría hasta desgastarse. Eso le gustaba. Se sentía muy bien.

Cuando ya atardecía Jim salió con su tabla a la calle y se despidió de Bella con un último beso. En realidad vivía muy cerca de su casa, pero es que Jim se daría una última vuelta nocturna por el vórtice de tráfico de Suburbia antes de irse a la cama. Le dio un último beso a Bella en el que sus lenguas calientes les hicieron olvidarse durante unos momentos del frío, y luego salió disparado en la tabla.

-Adiós…-susurró ella, viéndole alejarse. Luego volvió a entrar en casa.

-¡Lo tengo! ¡Lo tengo!-exclamó Maurice emocionado.

-Ya se ha ido, papá-dijo Bella bajando al sótano y dándole un besito en la calva a su progenitor.

-Oh vaya, que mala suerte-protestó Maurice-creo que voy a trabajar hasta tarde… ¿puedes poner la mesa mientras te preparo la sopa?

-Ya la preparo yo papá-dijo Bella subiendo tranquilamente-tú sigue con eso.

-¡No Bella! Es un momento…

-No me cuesta nada… y tampoco tengo otra cosa que hacer-dijo Bella encendiendo el fuego de la vitrocerámica y sacando de la nevera la sopa fría-así que venga… ¡quiero ser la primera en probar ese invento!

-Mpfff… no sé yo… no sé…-Maurice siguió concentrado en la placa de su Montadora. La idea del cinturón no era mala… ¡tal vez sí podría presentar aquel invento en la feria de Enero!

Bella sonrió escuchando a su padre trajinar mientras la sopa se iba calentando y sacaba también una carne para comer de segundo plato. Casi se cortó con el cuchillo al rebanar los filetes. Era por culpa de Jim. No era capaz de pensar en otra cosa que no fuera el chico. Se había ido hacía diez minutos, y ya le echaba de menos.

Entretanto Jim sobrevoló la ciudad llena de coches que iban y venían entre una fuerte tormenta de nieve que azotaba sus cristales y les impedía ver. Era peligroso, pero no le importaba. Porque ahora sabía que, fuera cual fuese el peligro, podría sortearlo.

-¡YUHUUUUUUUUU!-gritó emocionado mientras zigzagueaba con la tabla observando las luces de los edificios que entre la nieve y la oscuridad brillaban iluminando la ciudad.


Las vacaciones de Navidad empezaban en tres días, y Jim salió del colegio echando vapor por la boca, distraído. Sus amigos iban a quedar esa tarde, pero él no iría con ellos. Cada vez le daba más pereza, y además ya habría tiempo durante las dos semanas de descanso. En clase les habían dicho las notas, y como siempre sorpresas no había habido. A Jim le habían quedado cinco de las ocho asignaturas que tenía, entre ellas por supuesto Lengua, en la que la Casamentera le había dedicado un hermoso cero, e Historia, que Ponzi no le aprobaría ni aunque su vida dependiera de ello. Lo que más le fastidió a Jim fueron las matemáticas, en las que estaba seguro de tener un aprobado, pero Ego le había suspendido simplemente porque le tocaba las narices que al chico se le diesen bien y aprobase sin estudiar. Ahora tendría que recuperarlas todas en la convocatoria de recuperaciones de Enero. Pero la verdad, pasaba de estudiarlas. Si ya le daba igual antes, ahora que tenía la convicción de que acabaría muriendo en una de las misiones de Gantz hacía que le importase aún menos.

-Puedes recuperarlas, si te pones en serio-le decía Tarzán, que como siempre tenía la mejor media de toda la clase-solo son dos semanas… en realidad te compensa, por cuatro meses tocándote los huevos.

-No voy a hacerlo, no te molestes…-replicó Jim indiferente.

-Pues yo sí-dijo Flynn, a quien le quedaban tres pendientes de recuperación-¿me puedes ayudar, Tarzán?

-¿Vais a algún sitio de vacaciones?-preguntó Gastón. Los otros cuatro suspiraron. Ya sabían que él sí, y tenía que jactarse por todo lo alto.

-Yo sí-dijo Tarzán aburrido-al chalet de mis padres, en el norte. Hay buenas fiestas en el barrio de Fleet, podemos quedar allí si queréis, tengo unos amigos…

-Yo voy a la zona blanca-dijo Gastón hinchándose como un globo-al Kesiv, que está al lado de los Puentes… ¡me esperan muchas noches putas, hermanos!

-Bien por ti-murmuró Flynn, con aburrimiento-Jim, Peter y yo nos quedamos aquí, jodidos como buen proletariado.

-No os preocupéis… os mandaré fotos-dijo Gastón, incapaz de hablar de otra cosa que no fuese él mismo ni de captar la ironía en las palabras de Flynn.

-¿Y tú qué?-Jim miró a Peter. Cada vez hablaban menos. Jim veía como su amigo era cada vez más taciturno y se pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo. Las múltiples drogas que consumía le tenían muy cansado durante todo el día, y Jim lo veía más delgado que antes. Hasta parecía un poco amarillo.

-Wendy…-dijo Peter sonriendo-su padre trabaja en el banco hasta tarde, y su madre va a estar unos días fuera de la ciudad…

-Vaya vaya, alguien va a echar unos buenos polvorones navideños-intervino Gastón riendo-con su novia de tercero de infantil…

-Vete a la puta mierda, gilipollas-dijo Peter con calma. Gastón se lo tomó a broma, pero Jim estaba seguro de que no lo era-estarán sus hermanos… pero el mayor es un mierdas, y el pequeño se calla si le das dinero. Así que nada… tengo muchas ganas de verla…

-¿No tomarás nada ahí, no?-preguntó Flynn súbitamente alarmado-digo que… no llevarás ninguna mierda a su casa…

-Claro que no-replicó Peter, ofendido-no soy un cabrón. Nunca haría eso…

-Joder…-Jim echó una bocanada de humo blanco por la boca, generado por el intenso frío que le había puesto las orejas rojas.

Al llegar a un cruce de caminos se separaron, y se despidieron con un fuerte abrazo. Jim sabía que quedaría con Flynn y Tarzán en Navidades, pero a Gastón le apetecía muy poco verlo. En realidad cada vez estaba más lejos de todos ellos. Y le preocupaba. No entendía por qué. Eran sus hermanos… sus colegas.

Por la tarde Jim había quedado con otra querida amiga: no veía a Lilo desde que le había confesado la verdad sobre lo ocurrido con ella y el doctor Dawson aquella funesta noche de septiembre. Sin embargo se sentía mucho más liberado, también porque sabía que ella le había perdonado pese a todo. Nanny había llamado a Jim por el interfono diciéndole que Lilo quería verle, y que si no le importaba quedar con ella un día en un parque cerca de su casa. El muchacho había accedido, encantado, y así fue al encuentro de ella. Cuando la vio a lo lejos, Lilo corrió a darle un fuerte abrazo.

-¡Hola Jim! ¡Feliz Navidad!-dijo apretándole contra su cuerpecito con fuerza. Jim sonrió acariciando el cabello de la niña. Ella llevaba una capucha con pelo sintético que la abrigaba del frío. Él se había puesto también un gorro para protegerse el pelo y las orejas, que si no se le iban a caer de lo congeladas que estaban.

-Jajajajaja ¿Ya te han dado las vacaciones?-preguntó Jim acariciando el rostro de la niña. Entonces reparó en que no había venido sola. Abrigado también como un esquimal, Stitch se acercaba a ella con los ojitos entrecerrados por el frío.

-Parece que lo estáis pasando bien ¿eh?-se rió Jim mirando a Stitch. Hacía tiempo que no le veía. La criatura seguía pareciéndole peligrosa en extremo, pero confiaba en ella. Se lo había ganado en aquellos días que habían pasado juntos en la casa de los Kawena en la costa-¿cómo te va, bichejo?

-Vien…-musitó Stitch con su voz nasalizada. Jim sonrió y luego le rascó la cabeza al bicho, que le miró aparentando enfado, pero también divertido.

-¿Y… por qué querías verme?-preguntó Jim mientras paseaba con las manos dentro de su abrigo térmico al lado de la niña y el monstruo.

-¿Se necesita un motivo?-preguntó Lilo sorprendida. Jim parpadeó, perplejo.

-No quería decir eso… quería decir…

-Bueno, en realidad hay uno-reconoció Lilo. Jim alzó las cejas. Aquella niña no dejaría de sorprenderle nunca-Stitch y yo ahora somos detectives.

-¿Ah, sí?-preguntó Jim con sorpresa. En ese momento Stitch dio un patinazo con el hielo del suelo y se cayó de culo. Reincorporándose furioso comenzó a decir un montón de palabrotas que a Jim le sorprendió que hubiese aprendido tan rápido del lenguaje humano.

-Las aprende de Nanny-explicó Lilo con calma-bueno, esa última era de David. Mira…

Sacó un libro. Se llamaba "Elemental". En la portada salía sentado cómodamente un roedor que Jim conocía. Alguna vez se había hablado de él en la tele y las noticias, aunque por lo que sabía prefería el anonimato.

-Es Básil de la calle Báker. Este es mi libro favorito-explicó Lilo entusiasmada.

-Vaya… otra vez con los libritos-comentó Jim con ironía.

-¿Qué?-replicó la niña, sin comprender.

-Nada, nada…

-Básil es el mejor detective del mundo-le explicó Lilo a Jim, emocionada-y de mayor yo he de ser como él.

-Vaya…-Jim miró a la niña que parecía radiante mientras releía el libro: este tenía muchos pequeños departamentos con anotaciones especiales del detective, y venía incluso con una lupa y pergaminos que explicaban como descifrar códigos secretos-no creo que seas como Básil…

Lilo le miró con el rostro compungido. Jim sonrió.

-Creo que serás mejor que él-al decir esto, el rostro de Lilo volvió a iluminarse, emocionado.

Llegaron a una pista de patinaje. Allí había muchos niños con sus amigos o padres intentando deslizarse por el hielo sin meterse un costalazo. Incluso había alguna abuela motivada intentándolo también.

-¿Quieres patinar?-preguntó Jim apoyado en la valla de la pista.

-Oh… no…-Lilo agachó la cabeza, avergonzada. Jim miró a Lilo curioso, y Stitch también.

-¿Por qué?-preguntó Jim.

-¿Po qué?-repitió Stitch.

-No importa…-Lilo se cruzó de brazos, enfadada-no quiero, y ya.

-¡Venga!-la animó Jim, pero la niña le apartó de un manotazo y se alejó a un banco, furiosa. Jim la observó. Lejos de enfadarse, estaba preocupado por ella. Creía saber lo que le pasaba en realidad. El miedo antes de saltar al abismo. Pero debía enfrentarlo.

-Yo voy a intentarlo-dijo el chico, cogiéndose un par de patines que había en la barra-¿te animas, bichejo?

-Glorps…-Stitch miró con recelo el hielo. El agua no le gustaba, ni aunque fuese en estado sólido. Pero viendo lo que hacían los niños le pareció divertido, así que finalmente cogió otro par de patines. Había que apretárselos muy fuerte, y el monstruito se quejó porque le hacían mucho daño, pero finalmente de la mano del chico se echó a patinar, y aunque al principio le temblaban las patitas se fue acostumbrando poco a poco.

-¡Vamos! ¡Jajajajaja!-Jim era muy bueno en el patinaje, de pequeño solía ir con su madre y le resultaba sencillo. Se deslizó por el hielo con comodidad seguido de Stitch que lo intentaba torpemente y giraba como una peonza descontrolado, chocándose con otros niños.

-¡Ten cuidado, maleducado!-le dijo groseramente una niña a Stitch, confundiéndolo con otro humano de su edad. Cuando este se dio la vuelta y le enseñó los dientes, la niña pegó un chillido y salió de allí pitando.

-¡Venga Lilo! ¡Es divertido! ¡Te llevo de la mano!-la animó Jim dando una voltereta. "Parezco un puto psicópata-pensó para sí. Algunos adultos lo estaban mirando raro. Un chaval con sus pintas solo haciendo patinaje artístico no era algo muy común-…me la suda…". Jim siguió patinando y dio un salto en el aire aterrizando en el suelo de forma espectacular. Lilo no pudo evitar reír encantada y el chico se giró y la guiñó un ojo. Patinando hasta donde estaba Stitch, que estaba arañando el suelo con sus garras intentando avanzar a gatas, Jim cogió al monstruito y empezó a patinar muy rápido con él en sus brazos, esquivando a los niños y adultos que se le cruzaban. En un momento Jim lanzó a Stitch por los aires, que pegó un chillido de horror, y entonces el chico derrapó en el suelo apoyado en sus rodillas y estirando los brazos recogió a Stitch justo antes de que este se golpease en el hielo. Varios niños que estaban a su alrededor aplaudieron, encantados.

Jim patinó hasta donde estaba Lilo y la tendió un brazo a través de la barandilla.

-Vente… no todos los días se puede patinar con un chico tan guapo en el hielo-bromeó.

-No… anda, no quiero…-Lilo desvió la mirada avergonzada.

-¡Lilo! ¡Lilo!-la llamaba Stitch desde atrás, riendo. Lilo le miró, y luego a Jim, que la sonreía ampliamente.

-Vamos…-la animó él.

-Me puedo caer…-dijo finalmente Lilo en voz baja-se reirán de mí…

-Que se rían…-respondió el chico con bravuconería-les partiré la cara…

Finalmente Lilo se puso los patines y empezó a avanzar al lado del chico, con una divertida expresión de miedo en el rostro. Jim al fue guiando con calma sujetándola con las dos manos, luego solo con una, y finalmente la dejó libre.

-¡Ja ja ja ja! ¡Mira!-Lilo patinó al lado de Stitch estirando los brazos como si fuese un pájaro. Jim se apoyó en la barandilla y les observó patinar sonriendo satisfecho. De fondo sonaba una canción muy conocida que varios cantantes habían compuesto para las Navidades. Billy había participado en ella, si Jim no recordaba mal. Efectivamente, reconoció la voz del cantante en la segunda estrofa.

It's Christmas time, and there's no need to be afraid
At Christmas time, we let in light and banish shade
And in our world of plenty, we can spread a smile of joy
Throw your arms around the world
At Christmas time

But say a prayer and pray for the other ones
At Christmas time, it's hard but while you're having fun
There's a world outside your window, and it's a world of dread and fear
Where a kiss of love can kill you, and there's death in every tear
And the Christmas bells that ring there are the clanging chimes of doom
Well tonight we're reaching out and touching you

Bring peace and joy this Christmas to Suburbia
A song of hope where there's no hope tonight, ooh
Why is coming first deadly feared?
Why is to touch to be scared?
How can they know it's Christmas time at all?

Jim tarareaba distraído la canción cuando Lilo se cayó de bruces al patinar demasiado deprisa. Al lado suyo Stitch se paró, preocupado.

-Oh oh…-Jim se dispuso a ir hacia Lilo para ayudarla, pero en ese momento la niña se levantó, soltando una carcajada, y se puso a patinar de nuevo.

-¡Cógeme Stitch! ¡Vamos!-le animó a su nueva mascota, quien flexionando sus gruesas patas azules hecho a patinar detrás de ella en su loco pilla pilla.

-¿Puedo jugar con vosotras?-preguntó un niño regordete de aspecto simpático. Lilo se quedó mirándole asombrada. No le pedían eso muy a menudo.

-Pues claro-dijo-este es Stitch… mi amigo.

-Stitch-repitió el experimento 626 a modo de saludo.

-Je… pues muy bien-dijo Jim cruzando los brazos satisfecho ante aquello.

-¿Da clases particulares?-le preguntó una viejecita de aspecto amable tomándole del brazo-tengo una nieta…

Jim vio que varias chicas un poco más jóvenes que él le miraban y reían tímidamente, y se puso rojo como un tomate al darse cuenta de que llevaban viéndolo hacer el chorras desde que se había metido en la pista de hielo. "Ahora no es Lilo la que lo pasa mal"-se dijo a sí mismo, divertido, yendo a sentarse al banquillo para disimular.

Una hora más tarde Lilo y Stitch fueron con él. Habían estado jugando con más de diez niños hasta que sus madres se los habían llevado, un poco preocupadas por el aspecto de Stitch, que no les parecía una buena compañía para sus hijos.

-No debiste haber lanzado ese escupitajo tóxico-le dijo Lilo a su mascota, que se quitó los patines sin decir nada.

-Stitch baba…

-Bueno… ¿no ha estado tan mal, no?-dijo Jim sentándola encima suyo y quitándole los patines.

-No… ¡el próximo día vienes tú a mi clase de hula!-exclamó Lilo animada.

-¡Ni hablar!


Paseando por aquel parque Jim vio los árboles pelados. El invierno le gustaba. En realidad, le gustaban todas las estaciones del año. Lo cuál era raro, porque como solía decir su madre a él "no le gustaba nada". La capa de nieve que cubría la hierba le recordaba a Jim a su etapa infantil, cuando hacía guerras de nieve con sus amigos. Aún el día anterior a la salida del colegio se habían tirado un par de bolas con Flynn, Tarzán y Gastón, entre risas. En realidad, los verdaderos placeres de la vida se encuentran en cosas muy sencillas. Los que buscan tan ávidamente el poder y el control absoluto, como era el caso de Úrsula, es porque no son capaces de entenderlo.

-… y hemos estado investigando-seguía Lilo distraída-tú dijiste que el nombre de ese científico era Finkelstein…

-¿Eh?-Jim salió de su ensimismamiento-¿el de quién?-preguntó extrañado.

-El del muerto que hay dentro de la bola-concretó Lilo.

-Gantz, Gantz-repitió Stitch. Jim le miró con sorpresa.

-Se lo he estado explicando con dibujos-explicó la niña sacando un papel en el que había unos garabatos de ella, una bola negra, una calavera y lo que parecían un pirata y una mujer con tentáculos-más o menos creo que entiende el concepto… pero hemos descubierto que el doctor Finkelstein era un científico… que fue expulsado de E.P.C.O.T hace muchos años.

-Finkelstein…-Jim recordó el nombre: el doctor Dawson había dicho reconocer el cadáver de la esfera como el de un tan Finkelstein. Merlín lo había confirmado después, en la siguiente misión. Jim no era tonto, ya había buscado el nombre en casa, en su ordenador, pero no había encontrado nada. Solo un certificado de desaparición de la policía, de hacía tres años.

-¿Y cómo has conseguido averiguarlo?-preguntó Jim extrañado.

-Oh… bueno, Stitch se coló en E.P.C.O.T-explicó la niña-¡No hizo nada malo! Y no le han visto…-se apresuró a añadir, al ver la cara del chico-pero consiguió de unos viejos archivos encontrar el nombre de Finkelstein. Era un científico experto en neurociencia… creo que es la ciencia de las neuronas, pero eso no lo tengo claro todavía…

-Sí, sí que lo es-dijo Jim, sin poder evitar sonreír. Le hacía demasiado gracia el gesto profesional y la gravedad con la que le hablaba Lilo.

-Finkelstein hacía experimentos en E.P.C.O.T. sobre como devolverle la vida a los muertos-dijo Lilo-al parecer utilizó un cadáver en uno de sus experimentos y… bueno, no explica nada sobre lo que pasó después…

-Pero… ¿cómo de confidenciales eran esos archivos?-preguntó Jim alarmado.

-Uy…-Lilo miró a Stitch de reojo-mucho…

-Pero muxo muxo-concretó el monstruo sacándose un moco con la lengua de su gran nariz.

-Joder Lilo… si os pillan… joder-Jim se agachó al lado de ella-escucha, esto es muy peligroso…

-Creía que estábamos en peligro de muerte…-recordó Lilo intentando excusarse-por eso lo hice… tenemos que escapar de Gantz, ¿no?

Jim tuvo la impresión de que alguien los observaba. No estaba seguro… pero creía que podía ser así.

-Baja la voz…-dijo, mirando a los blancos arbustos de al lado, receloso.

-Finkelstein desapareció después con sus estudios-concretó Lilo-y dicen que fue contratado por los magos de "la Estrella Azul".

Al oír eso Jim volvió a concentrarse en Lilo. La Estrella Azul era un vano rumor, que solo unos pocos en Suburbia conocían. Silver una vez habló de ella… pero hasta él decía que se trataba de una leyenda, una teoría de la conspiración que hablaba de una sociedad secreta que controlaba la magia. Jim así lo había creído… hasta descubrir el poder de Merlín.

-Merlín… pertenecía a la Estrella Azul-dijo Lilo. Jim asintió-y tú me dijiste que él dijo que le sonaba el rostro del doctor…

-Tal vez lo conocía…-aventuró Jim-tal vez sí…

-A lo mejor, Merlín tenía más que ver de lo que pensábamos… a lo mejor él controlaba la bola… o… fue él quién creó Gantz…-aventuró Lilo.

-Pero… pero él ha muerto-razonó Jim-y seguimos jugando… lo que significa que no se trata de él…

-Pero no nos han vuelto a llamar…-le recordó Lilo-a lo mejor, sin él, no lo hacen nunca más. A lo mejor fue Merlín desde el principio.

-Ya, pero… ¿y Hércules? Además, Merlín quería conseguir esos cien puntos-recordó Jim. Le sorprendía lo madura que estaba resultando su conversación con Lilo, pero empezaba a estar acostumbrado porque su amiga era una niña muy sabia-él jugaba, igual que nosotros. Creo que simplemente sabía algo que nosotros no respecto a Finkelstein… pero no creo que Gantz se haya acabado.

Lilo asintió, meditándolo unos momentos.

-No intentéis buscar más cosas Lilo… nos vigilan a todos… y te puedes poner en peligro-le dijo Jim, pasándola un brazo por detrás del hombro para darla calor-lo arreglaremos… te lo prometo.

-Gantz… caca-dijo Stitch sentándose al otro lado de Jim y apoyándose también. Estuvieron así sentados un rato los tres, mientras empezaba a nevar nuevamente, y el gorro de Jim se iba llenando de polvo de nieve.

-Mejor que os lleve de vuelta-dijo el chico-parece que va a ser una borrasca.

-Me gusta la Navidad...-comentaba Lilo mientras Jim la llevaba de la mano por la calle-he intentado explicarle a Stitch que es cuando nació Jesús, pero no sabe quién es.

-Bueno, no importa-respondió Jim con calma-lo importante de la Navidad son los regalos…

-Sé que no lo dices en serio…-rió Lilo-por cierto, te tengo que dar tú regalo…

-¡Que va! De ninguna manera voy a dejar que me compres nada-replicó Jim enfadado. Lilo rió.

-Ya veremos…

Llegaron hasta el portal del edificio de los Pelekai. Jim se acordó de la dolorosa confesión que le había hecho allí a Lilo, y de como ella le había perdonado. "Yo también meto la pata a menudo… pero Nanny dice que no hay plato que no se pueda arreglar".

-Jim… hay otra cosa que me preocupa…-dijo Lilo, acercándose al kiosco que estaba en la esquina. Allí había un periódico, con en la portada una foto borrosa de una criatura gorda de aspecto peligroso, que apenas se distinguía bien. Jim la conocía. No se hablaba de otra cosa desde el martes, cuando se había dado a conocer que se había fugado el viernes anterior.

-Míster Oogie Boogie…-dijo Jim poniendo voz tenebrosa-ya podría haberse escapado en Halloween…

Lilo sin embargo miraba la foto de Oogie con miedo.

-Dicen que mata a niños…-murmuró. Jim la miró con sorpresa. De repente notó un frío asfixiante en el interior.

-A ti no te va a hacer daño-le dijo, confiado.

-Normalmente no tendría miedo…-respondió Lilo, mirándole a él-pero es que… tengo miedo de que… bueno… cada vez que Gantz nos llama… ha sido para detener a alguien malo y…

Jim no necesitó que ella le explicase nada más. Era cierto: el Príncipe Juan, Garfio e Yzma eran tres de los criminales más funestos de Suburbia, sin los que el mundo estaba mucho mejor. Y Úrsula, aunque nadie en tierra firme lo supiese, había estado a punto de inundar la ciudad y hacerse con el control del océano, lo que sin duda lo hubiese cambiado todo. Realmente de no ser porque Gantz los había mandado en el momento justo, todos esos villanos se habrían salido con la suya… lo que efectivamente llevaba a pensar que tal vez…

-No te preocupes… sea él o sea otro te protegeré…-dijo Jim-y está Aladdín, y está Hércules…

-Y Ariel-recordó Lilo, sonriendo. Jim en cambio no sonrió. No quería hablar de ella. Le dolía mucho hacerlo. Lilo lo entendió viendo su expresión, y prefirió cambiar de tema-bueno, seguiremos investigando Jim… te mantendremos informado.

-Por favor no-dijo Jim sonriendo ahora sí-es peligroso Lilo, en serio. No quiero que envíes a este feto a hacer nada más.

-¿Feto?-repitió Stitch, indignado. Jim le sacó la lengua.

-¿Por qué no le pides a Aladdín que nos ayude? Sale en la tele… a lo mejor sabe algo-aventuró Lilo. Jim lo pensó un momento. Hacía mucho que no veía al moreno, y le apetecía hacerlo, le caía muy bien, pero no pensaba ir a buscarlo a no ser que él lo llamara. Aun así asintió, para que la niña se quedase tranquila.

-Lo haré-mintió. Luego se acercó y le dio un fuerte beso a Lilo en la mejilla-pasa buen día… y feliz Navidad.

-¡Te daré tu regalo!-dijo Lilo riendo mientras entraba corriendo al portal. Stitch se quedó un segundo al lado de Jim, y ambos se miraron muy serios.

-Cuídala, anda-pidió Jim. El monstruito azul asintió, y luego echó a rodar como una bola detrás de su dueña. Sí. Él tampoco dejaría de sorprenderle.


Cubriéndose el rostro con los picos del abrigo, Jim avanzó por la calle intentando distraerse con la música que cantaba en su cabeza, o pensando en lo mucho que tendría que chapar si quería sacarse el curso. Pero ella no se iba de su cabeza. Ariel seguía allí, en su cabeza, nadando como si estuviese en su gruta. Su triste historia había dado mucho que pensar a Jim desde que la había observado en el santuario del Tridente del Mar junto a ella y Úrsula, y le había hecho entender muchas cosas sobre la pelirroja. También le había hecho quererla más, mucho más, y ser capaz de perdonarla, y perdonarse a sí mismo. Era algo a lo que no estaba acostumbrado, el perdonar sus propios errores, pero lo había conseguido. Jim miró a las nubes del cielo, que descargaban con rabia copos y más copos sobre la ciudad. ¿Dónde estaría Ariel ahora? Le gustaría saberlo… ¿estaría sola? ¿pensaría en él? Seguramente no… aunque él la quería, ella a él no. Y aunque no le sentaba bien, ya no le dolía tanto como antes. Al menos tenía a Bella. Pero sabía que hacer creer a la castaña que la quería cuando su mente seguía en la pelirroja no estaba bien. Al principio sí, porque le daba igual. Pero ahora valoraba demasiado a Bella como para seguir engañándola de ese modo.

-Oye…-Jim se rascó el cabello, incómodo. Siempre se tocaba el pelo cuando no sabía que decir-pues que… lo siento…

Ariel le miró de reojo. Le había dado la espalda para mirar por la ventana. Aún estaba muy conmocionada por todo lo ocurrido. Aquella noche había pasado mucho miedo. Y enfrentarse así con los fantasmas de su pasado la había herido gravemente. Aunque también la había liberado, cosa que aún no estaba preparada para entender.

-Vale…-dijo finalmente la pelirroja, mordiéndose las uñas-gracias…

Jim tragó saliva, mirándola apenado. Le enfadaba que ella se comportase así, le gustaría que le abrazase y le dijera que se alegraba de verlo con vida, y que le besase, y que hiciera muchas cosas… pero ella era como era, y Jim la quería de todas formas. Ahora no iba de lo que quería él. Si no de lo que había que hacer.

-No, lo siento de verdad-dijo-tú estabas mal y… yo te traté peor… no… no se me da bien esto.

Ariel continuaba en silencio, de espaldas. Pero no se perdía ni una palabra de lo que él decía.

-Me… me gustas, es cierto-siguió Jim, con la cabeza gacha-y estas últimas semanas sin ti han sido… un infierno…

Las lágrimas asomaban de nuevo a los ojos de Ariel. Se extrañó de que le quedasen aún. Se extrañó aún más de que él hubiese conseguido hacerla llorar así. Pero lo había hecho.

-No quiero que pienses que es solo por… por eso pero… vuelve con nosotros… vuelve conmigo yo… joder…-Jim suspiró, intentando explicarlo. Le faltaba el aire, casi no podía exponerlo-yo quiero que tú seas… parte del mío…

Ella le entendió perfectamente. Vio el reflejo de Jim mirándola en el cristal. Antes solo Flounders conocía la verdadera historia de la chica, todo lo que ansiaba y temía. Ahora solo lo sabía ella… y Jim. El chico había atravesado toda la vida de ella a su lado, por culpa de Úrsula. Se sentía tan avergonzada por su actitud, tan ridícula… tan furiosa.

-Nno Jim…-Ariel se volvió hacia él, con los ojos enrojecidos-no voy a volver… no quiero volver a verte y… no…

Ambos respiraban muy rápido, asustados, pero Jim se sentía más ligero. Le había dicho lo que realmente se sentía, verdaderamente había sido capaz de abrir sus sentimientos. Tal vez tanto tiempo sin ella le habían ayudado a entenderlo. Solo sabía que no iba a volver a hacerlo. La quería.

-No puedo…-dijo finalmente la pelirroja. Luego salió de allí. Jim quiso agarrarla del brazo para detenerla, pero no lo hizo. Simplemente la dejó ir. Ya se volverían a ver aunque… no sabía que pasaría entonces.

Ariel estaba avergonzada y dolida por todo lo ocurrido. Y le asustaba lo que había sentido esa noche por Jim. Protección, afecto, miedo… nunca había sentido tanto miedo por otra persona… le asustaba mucho lo que pudiera significar. Y no se veía capaz de mirarlo a los ojos nunca más después de haber viajado con él a su vergonzoso pasado. Se había comportado como una estúpida. Y se odiaría siempre por ello.

Ojalá la hubiese besado, le gustase a ella o no. Al menos él podría haberse llevado eso. Pero sabía que no estaba bien, menos después de acabar de ver en sus recuerdos como su primer gran amor, Eric, la rompía el corazón. Jim cerró los ojos recordándolo. Aquel chico no se había portado mucho peor que él mismo. No estaba orgulloso de haber visto reflejadas en Eric muchas de las mismas facetas de su personalidad.

-Joder…-Jim empujó una lata a la carretera por la que sobrevolaban al raso varios coches. Mirando arriba distinguió un enorme cartel de calzoncillos en el que cierto chico muy conocido le miraba con esa típica mirada que tienen los modelos, que no se sabe si están enfadados, serios o dormidos. Aladdín se estaba haciendo muy famoso con aquella línea de ropa interior. Jim tenía que admitir que le hacía bastante gracia verlo así. ¿Quién iba a decírselo, después de todo? "Supongo que se volverá un gilipollas"-pensó el chico. Eso hacían todos los famosos.

A lo mejor si iba a verlo, para comprobarlo.

Sin embargo cuando iba a torcer para entrar en el callejón que llevaba a las casuchas de Montressor, Jim se paró en seco. No podía ser cierto… no estaría allí por él…

Cobra Burbujas se tomaba un chocolate desde la cafetería de enfrente, y levantando la taza pareció convidarle, como si fuesen amigos de toda la vida.


-¿Qué quieres?-preguntó Jim sentándose en frente suyo, con cara de pocos amigos-te dije que me dejases en paz.

-Y yo te respondí, en ese momento, que no te haría caso-rebatió Cobra Burbujas con calma-además hace mucho que no nos vemos.

-No quiero volver a verte-dijo Jim, desafiante.

-No te pases-Cobra Burbuja estiró la mano para recoger del camarero una bandeja con churros azucarados para mojar en su chocolate espeso. Llevaba una bufanda roja encima de su traje negro, y un ridículo sombrerito de Santa Claus con cuernos de reino. Jim no sabía si era cachondeo o realmente pensaba que así estaba bien camuflado.

-Te sorprendería lo efectivos que son estos disfraces a la hora de pasar desapercibido, de verdad-dijo Cobra, adivinando una vez más los pensamientos del chico. Jim torció el gesto con enfado.

-Vayamos al grano-sugirió, rechazando uno de los churros que le ofrecía Cobra-¿qué quieres?

El agente bebió un buen trago de chocolate antes de contestar.

-La última vez que no vimos, te pedí que me trajeras algo-le recordó.

Jim maldijo para sus adentros: claro que se acordaba. Cobra Burbujas quería una de las armas de Gantz. Pero la misión no es que hubiera salido precisamente bien, más bien todo lo contrario, y Jim ni se había acordado durante ella. Tras morir Úrsula, el chico ni se había molestado en recuperar su arma, con lo que había vuelto a casa con las manos vacías. Y de haber vuelto con algo, no se lo hubiera dado a él de todas formas. No se fiaba del supuesto agente secreto ni un pelo. Jim tenía un sexto sentido para las personas. Tal vez su padre fue quien se lo hizo desarrollar…

-No lo tengo. Y no lo voy a tener-dijo Jim.

-¿No puedes conseguirla? ¿Qué te lo impide?-preguntó el señor Burbujas mirándole con atención a través de los cristales de sus gafas negras.

-No me lo impide nada. Pero es que no lo voy a hacer-repuso Jim con calma-porque verás… no me fío de ti… y lo que pasa conmigo… tiene que ver solo conmigo…

-Ya… bueno, eso no es del todo cierto-concretó el señor Burbujas-en tu último escarceo le ha afectado a toda la ciudad de Atlántica, si mis fuentes no me han fallado.

Jim palideció. ¿Cómo lo…? Claro. El D23 lo sabía todo. Para ellos no debía de ser ningún secreto el mundo de las sirenas, que para el resto de habitantes de la ciudad (salvo excepciones como Silver) eran un mito. ¿Qué más sabían que no contaban? ¿Qué más ocultaban?

-Si me dijeras…-el señor Burbujas hizo una pausa para limpiarse sus gruesos labios con una servilleta en la que ponía "Felis Navidas"-si me dijeras que te vas de camping con tu chica, o de botellón con tus amigotes a romper un par de contenedores, me importaría una mierda, muchacho. Porque tengo mejores cosas que hacer que ocuparme de tu puñetera vida, aunque te sientas especial creyendo lo contrario. No es así. Pero es que estamos hablando de conflictos de seguridad nacional. Has estado envuelto en el ataque más importante al centro de investigaciones E.P.C.O.T, y tengo pruebas de ello, pruebas incriminatorias que me ha costado más de lo que me esperaba conseguir. Y ahora has participado en una importantísima batalla que ha sido decisiva para el futuro del reino submarino de Atlántica… y para la ciudad. Así que si te digo que colabores… te digo que me traigas un arma… tú deberías empezar a pensar en hacerme caso.

Jim sonrió, provocativo, señalándole a Cobra su sombrerito con cachondeo.

-Si sabías tanto de estas cosas ¿por qué no te has ocupado tú mismo? Esa zorra se habría salido con la suya de no ser por la suerte… el D23 debería ocuparse de esas cosas-respondió, agresivo.

-No tienes ni idea de qué es el D23, para que sirve o como funciona. Así que cierra la boca-le cortó el señor Burbujas. Jim iba a replicar, pero por la peligrosidad en el tono del imponente agente prefirió callarse-solo quiero información Jim… no creo que sea tan difícil.

-Es que yo también la quiero-dijo Jim, cruzándose de brazos-¿por qué no hacemos un cambio? Yo te digo una cosa… y tú me dices otra…

Le pareció que Cobra sacaba algo de su bolsillo derecho, pero fue solo un segundo. De repente se notaba un poco mareado. De no ser porque no había probado nada de lo que el agente le había ofrecido, se preguntaría si este le había envenenado.

-Por favor…-el señor Burbujas movió su mano llena de anillos dorados, despectivo-creo que no estamos para juegos infantiles. Quiero que me digas todo lo que sabes… sobre esas armas, esas misiones… sobre la Estrella Azul…

-¿La Estrella Azul?-Jim abrió mucho los ojos, con sorpresa. Parecía que el tema volvía a colación, que curioso-¿qué sabes tú?

-Yo soy quien hace las preguntas-insistió Cobra.

-Y yo daré las respuestas, cuando me digas la verdad-insistió Jim, ceñudo.

-Te lo voy a poner más fácil: o colaboras conmigo, o empapelo a todos los que consideras importantes en tu vida, empezando por tu madre (cuya deuda del banco ha sido pospuesta con dinero ilegal), tu amiga Lilo (que se dedica a robar archivos de E.P.C.O.T. con ayuda de su alienígena fugado y perseguido por la justicia), ese chaval árabe que ahora sale en la tele y cuyo historial penal es más largo que mi brazo, y la niñita pez que no pertenece a este mundo. Y también tú amigo el drogadicto, o esa chica morena con la que te ves últimamente…

-¿Qué cojones…? ¿Cómo te atreves…?-Jim temblaba tanto por la rabia como por la consternación: ¿cómo sabía él todo eso? ¿y… y cómo se atrevía a amenazarle con ello? Mirando a Cobra se dio cuenta de que estaba en un gran peligro… en el mayor que podía haber corrido, porque era el mismo gobierno, o una entidad incluso más poderosa, la que iba a por él. Ojalá tener una pistola de rayos a manos ahora.

¿Le había estado espiando también mientras iba con Lilo al parque? ¿Mientras se besaba con Bella y trataba de tener sexo con ella una vez más? ¿Cuándo dormía?

-No insistas más-dijo Jim levantándose para marcharse, pero Cobra le retuvo con un gesto.

-Mira esto, Jim-dijo enseñándole un pequeño aparato, similar a un spray.

-Déjame…-le avisó Jim enfadado. Le golpearía si no supiera que no iba a servir de nada.

-Es un disipador, Jim-dijo Cobra sujetando el extraño aparato. Se componía por un alargado cilindro metálico con una pequeña ruedecita con pequeños números escritos en ella, y lo que parecía una cámara en la punta-sirve para borrar la memoria. Podría accionarlo ahora mismo, y no recordarías nada de esta conversación. Dependiendo del gradiente que le dé con la rueda… puedo hacer que no recuerdes ni lo que es recordar…

-Que guay. Lo voy a buscar en eBay-respondió el chaval secamente. Luego se dio la vuelta para salir, abriéndose paso entre toda la gente que charlaba animadamente celebrando la llegada de las vacaciones. Pero entonces se quedó paralizado, con un pie fuera de la puerta. Lentamente se dio la vuelta, y volvió a la mesa de Cobra.

-¿Y tú… no lo has usado… ahora conmigo?-preguntó, con un súbito miedo creciéndole en el estómago. Por primera vez desde que le conocía, Cobra Burbujas sonrió, enseñándole sus enormes y blancos dientes que contrastaban con su negra piel.

-Pues… no lo recuerdo-dijo, burlón-pero tranquilo. Me voy más satisfecho de esta reunión.

-No, espera…-Jim quiso retener a Cobra pero este pagó la cuenta y salió rápidamente. El coche negro en el que una vez lo había secuestrado le esperaba ahora en la puerta, con aquel siniestro chófer y sus ventanas tintadas-¡Espera!

-Último aviso, Hawkins-dijo Cobra volviéndose a él, con la bufanda roja ondeando al viento-proporcióname un arma y averigua quién está detrás de esto, y quedarás libre. De otro modo, tu destino será peor que el que pueda darte esa supuesta bola.

-Bola…-repitió Jim perplejo. ¿Cómo lo sabía? A no ser que realmente…

El autovolante de Cobra Burbujas arrancó levantando una capa de nieve que cubrió a Jim. ¿Ya había terminado de nevar? Si hacía solo un momento que había empezado. Mirando su interfono, Jim descubrió que había pasado una hora y media desde que había entrado en la cafetería. Imposible…

-"Ha usado esa puta mierda de aparato conmigo… me ha debido de sonsacar cosas a cambio de información… y luego ha hecho que yo no recuerde nada…"-pensó el chico, apretando los puños por la frustración.

-¡Joder!-Jim le dio una patada a un cubo de la basura, consiguiendo solo que se le cayera más nieve encima de la farola que estaba al lado, y que una madre y su hija aligerasen el paso, asustadas. Metiéndose las manos en el abrigo otra vez se cubrió con la bufanda hasta la nariz y se alejó de allí con su habitual andar sombrío. Puto Cobra Burbujas. Le tenía cogido por los huevos.

Jim recordó como en un momento de la conversación se había sentido mareado. Estaba seguro de que Cobra le había contado cosas sobre el D23 y sus secretos a cambio de que él le hablara de Gantz, y luego le había hecho olvidar todo con el puñetero aparato. Todo eso en la hora y media que había pasado y que él no sabía a dónde había ido si no. ¿Por qué todos andaban empeñados en darle el coñazo? ¿No podían dejarlo en paz un rato? Ahora que empezaba a disfrutar de la vida un poco… de todas formas en el fondo le daba satisfacción haber obligado a Cobra a borrarle la memoria y extraerle información de un modo tan sucio. Eso significaba por lo menos que le consideraba una amenaza significativa, pese a todo…

"Iré a ver a Aladdín"-pensó Jim, acomodado en el tejado de su casa, mientras acariciaba a Morfo mirando el sol dorado y púrpura descender por el oeste. La nieve de la ciudad se teñía de los colores del atardecer, causando un efecto visual impresionante. Morfo lo miró, impresionado, y luego revoloteó a un lado y otro del tejado, pasmado mientras señalaba al sol.

-Sí, mola…-reconoció Jim distraído en sus pensamientos mientras el bichito se le pegaba a la mejilla y le hacía mimos en ella-anda, no seas marica.

-Marica, marica-repitió Morfo convirtiéndose en una copia pequeña de Jim, que rió al verse reflejado. Entonces se le ocurrió algo. Era raro… pero no tenía otra opción.

-¿Te acuerdas de Ariel, Morfo?-le preguntó Jim al bichito. Este se quedó unos segundos pensativo. Luego asintió, muy dispuesto.

-Ariel, Ariel…-repitió la criatura, risueña. Jim asintió.

-¿Cómo era, Morfo? ¿Cómo…?-no tuvo que insistir mucho más porque él se convirtió en la pelirroja de forma casi instantánea. Jim se quedó mirándola. No sabía cómo Morfo tenía esa memoria fotográfica tan exacta, porque realmente era igual a ella. Jim observó a la pequeña Ariel que se posó en su mano, con el cabello ondeando. Sabía que era en realidad Morfo, pero aun así no pudo evitar sonreír. Se la veía tan hermosa…

-"¿Qué estás haciendo?"-pensó para sí, preocupado. ¿Qué había de Bella? Sabía que con ella realmente no iba en serio. Pero Bella no lo sabía… Bella estaba cada día más engañada por ello…

Al principio Jim la había tratado de modo frío e indiferente, acudiendo a buscarla solo por sexo… pero con cada encuentro hablaban más, y se conocían mejor. Y al chico le gustaba que alguien le entendiera… y aunque no la consideraba demasiado guapa ni especial, cada día era más adicto a su cuerpo… no podía seguir pensando en Ariel, porque eso no era bueno ni para Bella ni para él mismo.

-¡Morfo, Morfo!-el bichito recuperó su forma habitual e intentó comerse la nieve del tejado, cosa que Jim le impidió hacer en atención a su estómago, que como solía recordarle Silver era muy delicado.

-Jim, ¿puedes ayudarme con la ropa un momento?-le preguntó Sarah asomándose por la ventana.

-Ssí…-respondió él, fastidiado de que su madre lo hubiese encontrado en su lugar secreto de reflexión. Pero era difícil engañar a una madre.

-Gracias…-Sarah miró a su hijo cargar con los cestos de ropa distraído, apenada. Desde que Ariel se había ido, Jim volvía a estar muy hermético, y distante. Ella entendía por lo que Jim había dicho que su hijo no había hecho las cosas bien… pero se preguntaba a sí misma por qué Ariel no había sido capaz de quedarse. ¿Qué tenían los Hawkins, que todos los abandonaban? Y hablando de Hawkins…

-Jim, pasaremos las navidades aquí…-le informó Sarah. Su hijo la miró extrañado.

-Ya… lo suponía-dijo, arqueando una ceja.

-Y… he pensado que estaría bien traernos al abuelo-dijo Sarah. La cara de Jim fue evolucionando del escepticismo al asombro total.

-¿Al abuelo… Carl?-dijo con asombro.

-Sí, no tienes más abuelos-gruñó Sarah metiendo la pila de ropa blanca en la lavadora-el abuelo Carl… mi padre.

-Ya… ¿y por qué nos vas a castigar así a los dos?-preguntó Jim sentándose en la pila de la cocina observando a su madre con atención. Que él supiera, no se hablaba con Carl desde hacía años, quizás desde el funeral de su madre, la abuela Tulla, o poco después. Jim no veía a su abuelo desde los once años… y tampoco tenía ganas de volver a verlo.

-No fui yo, Jim, él me llamó, me dijo que se sentía muy solo… no sé, estaba raro… las personas mayores necesitan compañía…

-Las personas mayores odian el mundo-la advirtió Jim. Su madre asintió y le miró con cansancio.

-No he podido negarme Jim… por favor, entiéndeme… necesito tu ayuda en esto…

Jim miró a Morfo que se había colado en la lavadora y ahora no podía salir al haber cerrado Sarah la tapa. Luego volvió a dirigir la vista a su madre, con resignación.

-Sí, claro mamá. Te ayudaré. Pero creo que va a ser más difícil para ti que para mí.

-Seguramente-admitió Sarah-pero si tengo a mi lado a mi pequeño hombrecito, lo podré afrontar-le dijo una caricia a Jim, cariñosa. Él se apartó enseguida. Le daba mucho apuro que su madre fuese así con él. No lo merecía en absoluto.

-Bueno…-Sarah sonrió satisfecha-será mejor que arregle la casa de Doopler enseguida. Porque luego tenemos que poner en marcha esta. ¡Tiene que parecer una casa!

-Y supongo que a mí me tocará dormir en el sofá…-suspiró Jim echándose en frente de la tele.

-Sí, efectivamente…-se escuchó decir a Sarah. Tumbado en el sofá Jim la escuchó trajinar con las escobas mientras se preparaba para bajar a la casa de Doopler a limpiar. El doctor también recibiría invitados esas Navidades, y la casa debía estar en perfecto estado para ellos, tenían que pensar que él era una persona ordenada.

Después de sacar a Morfo de la lavadora, Jim se fue a ayudarla. No es que no tuviera otras cosas mejores que hacer. Pero sabía que ella ya estaba exhausta. Y a él no le iba a hacer daño colaborar un poco, de vez en cuando.


En el instituto Porter, no solo la falta de Ariel había causado un montón de rumores y habladurías entre los alumnos y profesores, que hipotetizaban sobre la misteriosa desaparición de la hermosa pelirroja. Desde hacía cuatro semanas, también faltaba Cenicienta, alumna estrella de la clase de segundo. Y sus dos hermanastras, Anastasia y Drizella. El motivo de las falta de Cenicienta pronto saldría a la luz, para consternación de todos, mas no el de ellas dos, cuya madre, Lady Tremaine, telefoneó al instituto para explicar que habían enfermado gravemente. Como todo el mundo las odiaba, nadie se esforzó en comprobarlo.

-Snif… sob… mamá, no…-suplicó Anastasia, indefensa.

-Cállate-respondió la voz de Lady Tremaine con dureza. Era la hora del castigo.

-Mamá, por favor…

¡ZAS! El varazo con el bastón de Lady Tremaine le hizo dar a Anastasia un grito terrible, herida en la espalda con bestialidad. Le tocaba a Drizella. Ella estaba roja y lloraba y moqueaba con desesperación.

-¡Mamá, por favor no lo hagas! ¡No fue culpa mía mamá! ¡Por favor!

¡ZAS! ¡ZAS! ¡ZAS! Lady Tremaine terminó con la paliza diaria y se marchó, dejándolas de nuevo solas en esa habitación, en la que llevaban encadenadas ya incontables días, a pan y agua sin ninguna ventana o compañía. Podrían haber probado a gritar y alertar a los vecinos, pero su madre les había avisado de que si lo intentaban, sería todavía peor.

-Está… snif… loca… la odio…-sollozó Anastasia pasándose las manos por el costado, lleno de marcas por los fuertes golpes. Tenía la espalda roja-está loca…

Ellas no comprendían bien el por qué del castigo. Después de que su ascensor privado se estrellara un técnico de la empresa debió de haber informado a su madre de que la culpa había sido de un apagón provocado por la sobrecarga de energía de su casa. Lady Tremaine había entrado en el salón con mucha calma y no había dicho nada a las niñas hasta prepararlas las cena. Durante ella, su madre les había echado en cara el haberse cargado el ascensor. Ellas se habían disculpado tontamente, pero Lady Tremaine les dijo que "le habían quitado mucho más". De repente (quizás debido al somnífero vertido en sus platos) las dos habían caído como troncos, y al despertarse se habían encontrado en aquella habitación sin ventanas donde su madre solía guardar trastos y que ahora estaba vacía, salvo por ellas mismas. Lady Tremaine las había encadenado cada una a una pared, y desde entonces las mantenía allí. Cada día iba a verlas para llevarles la comida y la cena y para golpearlas brutalmente. Ellas estaban enloqueciendo por el encierro. Solo podían hablar la una con la otra, y ya estaban hartas la una de la otra.

Al quinto día de su encierro, su madre había entrado en la habitación y se había sentado en una butaca, con una expresión tan cruel en su rostro que asustaba. Las niñas se miraron entre ellas y luego a su madre, y acto seguido empezaron a llorar una vez más, desesperadas por que las liberase.

-¡POR FAVOR MAMÁ! ¡No lo aguanto más! ¡NO puedes hacer esto! ¡MAMÁ!-gritaba Anastasia, desesperada.

-Seremos buenas mami de verdad… seremos las mejores hijas-suplicaba Drizella, que secretamente confiaba en que esos días de encierro la hubiesen ayudado a adelgazar en su dieta especial…

Ella permaneció en silencio, cubierta entre las sombras, mirándolas con sus brillantes pero gélidos ojos verdes. En el rostro de Lady Tremaine no había ni un ápice de piedad. Porque ella no conocía la piedad, ni la compasión.

-Es necesario que aprendáis… nunca podréis reparar el daño que me habéis hecho…-dijo finalmente con voz muy lenta.

-¡Haremos lo que sea!-exclamó Anastasia desesperada-¡Lo que quieras, mamá!-suplicó.

-Sí, sí, lo que sea-añadió Drizella-hasta eso que decías de lavarnos los dientes…

Lady Tremaine negó lentamente. Entonces avanzó hacia sus hijas, que se encogieron, asustadas ante tan solo la perspectiva de tener cerca a su madre.

-Voy a ocuparme de vosotras…-dijo ella. Las dos niñas ahogaron un grito, mirándose horrorizadas-… y de Cenicienta.

-¿De Cenicienta?-repitió Drizella, pasmada.

-De Cenicienta…-Lady Tremaine sacó algo de su bolsillo, algo que ellas dos no habían visto nunca. Parecía un colgante, con una gran caracola. Anastasia y Drizella se miraron extrañadas.

-Pero… ¿cómo?-preguntó Drizella cautelosa. Lady Tremaine sonrió vilmente mientras acariciaba la caracola entre sus dedos de largas uñas siempre pintadas de forma impecable. Llevaba días tratando de usar aquel objeto. Ahora por fin entendía su funcionamiento…

-¿Y… nosotras?-preguntó Anastasia, zarandeando las cadenas incapaz de soportar más su sujeción.

-Repasad todo lo que os he enseñado-dijo Lady Tremaine-volveré a las doce. Si para entonces os habéis conseguido liberar, os volveré a aceptar como mis hijas. Si no…

-¡Danos una pista!-lloriqueó Drizella, que era unineuronal. Lady Tremaine puso los ojos en blanco y sacando un reloj lo dejó sobre el suelo de la habitación. Las dos chicas se quedaron mirándolo, extrañadas.

-¡PERO MAMÁ…!-empezó a protestar Anastasia, pero Lady Tremaine ya había salido de la estancia dando un sonoro portazo.

Sí, Lady Tremaine no había perdido el tiempo durante su incursión en el reino submarino de Atlántica. Después de sumar todos los puntos de los que fue capaz aniquilando a muchos miembros de las Legiones Abisales, había salido del caparazón reactivando la respiración bajo el agua de la que aún conservaba unos minutos, y mientras Hércules acudía a observar el cadáver de Merlín y la palabra "Gantz" todavía no había sido pronunciada, ella se acercó al cuerpo sin vida de Úrsula (más bien a "los cuerpos", porque había sido partida en dos). Había algo sin embargo que no había sido partido. Lady Tremaine ya lo había visto varias veces, y había llamado mucho su atención. Algo tan útil como eso en Suburbia sería… muy interesante.

Del cuello desgajado de Úrsula Lady Tremaine arrancó el colgante con la caracola y la observó, fascinada. Parecía susurrarle, decirle que se la pusiera, como si la hubiese estado esperando. ¡Pues claro que lo había hecho! Ella sería una mucho mejor usuaria que aquel estúpido monstruo deforme. Lady Tremaine escondió el collar en uno de los bolsillos de su traje negro, y cuando luego se rematerializaron en la sala de la bola, lo mantuvo bien oculto en su vestido. Ahora era suyo. Y mientras envenenaba la comida de sus hijas para dormirlas, una idea aún más horrorosa que el castigo para ellas empezaba a crecer en su cabeza. Era hora del castigo de Cenicienta…

Le había costado mucho entender el funcionamiento de aquel artilugio. De hecho, ella pensaba que no podría, al no ser una bruja. Pero fue como si la propia caracola le indicase qué hacer. Fue como si ella le explicara como funcionar…

Lady Tremaine se puso una de sus elegantes gafas de sol y se pintó los labios de rojo carmín mientras se anudaba un pañuelo a la cabeza. Era arriesgado, pero debía intentarlo. No podría seguir viviendo si no lo intentaba. El odio y la venganza eran lo que la daban vida desde hacía ya muchos años…

Ella ya tenía un plan para vengarse de Cenicienta. El poder de la caracola iba a otorgarle la oportunidad perfecta para llevarlo a cabo de un modo tan perfecto que nadie podría tan siquiera dudarlo…


-¡Cenicienta! ¡Cenicienta!-Blancanieves echó a correr detrás de su amiga al verla cruzar tan presurosa la calle. ¡Que coincidencia que se hubieran encontrado! Ella sin embargo no parecía tan contenta de verla.

-Hola…-Cenicienta miró a Blancanieves con desdén, pero ella no se dio cuenta-¿cómo estás?

-¡Súper bien!-chilló ella emocionada. Cenicienta hizo una mueca de asco al escucharla gritar tan cerca de su oído-¡ESTOY SÚPER CONTENTA! ¡Supersupersuper! ¿Sabes que conseguí sacar Lengua? ¿LO SABES?

-Sí, lo sabía…-mintió Cenicienta, sombría.

-¡Solo me apetece cantar, y bailar de bajo de la nieve!-siguió Blancanieves emocionada-¡ay, podríamos ir al parque del Oeste! ¡Allí hay muchas ardillas y pajaritos! ¡Sería estupendo!

-Lo siento pero… tengo prisa-dijo Cenicienta apretando súbitamente el paso. Blancanieves aceleró también para seguirla.

-¿Y tú a dónde vas?-preguntó interesada-yo iba a la frutería a por manzanas, pues estoy preparando una tarta muy buena ¿quieres ir luego a mi casa y me ayudas? ¡Se te dan muy bien las tartas!

-Ya te lo he dicho, tengo prisa-Cenicienta se paró frente a Blancanieves y la miró, enfadada. Luego pareció pensárselo mejor. Acercándose a ella le puso las manos en los hombros y la sonrió falsamente. Blancanieves no se dio cuenta, claro, aunque sí la notaba rara-voy a ver a mi tía… Boniface…

-¡Ay, Bonnie! ¡Sí, yo te acompaño!-exclamó Blancanieves dando saltitos emocionada-¡Se había mudado! ¿No?

Al oír eso Cenicienta alzó una ceja, preocupada.

-Emmm… ¿no?-dijo, suplicando que no hubiera sido así…

-Ah, no, esa fue la tía de Helena. Me he confundido-dijo Blancanieves con jovialidad. Cenicienta la fulminó con la mirada, aunque de eso Blancanieves tampoco se dio cuenta. Realmente era rematadamente imbécil, pensó "Cenicienta".

La casa de la tía Boniface se encontraba en un bonito edificio en el linde entre la zona roja y la blanca. Tenía un buen piso con vistas a los rascacielos del centro, que aunque era pequeño y humilde, estaba bien situado. Lady Tremaine despreciaba a Boniface por su sencillez, pero eso era precisamente la cualidad de la que la mujer se sentía más orgullosa.

-¿Te acuerdas de en qué piso era?-le preguntó Cenicienta a Blancanieves, que se encogió de hombros.

-Treinta y siete, creo…-dijo ella con inocencia. Cenicienta probó, pero no era ese piso, y una voz ronca de abuelete las invitó a subir a verle. Cenicienta respiró hondo. Debía de encontrar el número.

-¿Por qué no la llamas?-preguntó Blancanieves, siempre colaborativa.

-Porque… no-Cenicienta tomó aire, y luego probó de nuevo. Entonces vio que alguien salía por el portal, y decidió preguntarle. Con un poco de suerte la conocerían-perdone… usted… ¿sabe en qué piso vive Boniface?

-Boniface… Boniface… ah, sí-la señora sonrió con dulzura a Cenicienta, que la sonrió falsamente-vive en el cuarto. Muy abajo, la verdad.

-Pues sí…-reconoció Cenicienta, a quien las manos temblaban de ambición-muchas gracias…

-De nada cielo… ¿de qué la conoces?-preguntó la señora, y Cenicienta captó la desconfianza tras esas amables palabras.

-Soy su sobrina-dijo secamente.

-Venimos a verla-aclaró Blancanieves. La señora sonrió, ya sin ninguna duda al respecto de ellas.

-Pues nada… dadle recuerdos de Carmelita la del décimo quinto-dijo ella, y se alejó con paso firme. "Idiota"-pensó Cenicienta para sí. Luego entró en el portal aprovechando que la puerta se había quedado abierta y subió al cuarto sin problema. El pasillo era blanco y largo, pero ella dedujo por el buzón que Boniface vivía en el 4º B, así que llamó al timbre y esperó, mientras a su lado Blancanieves seguía con su cháchara incansable.

-… y he pensado que sería mejor dar la fiesta en otro sitio… porque en mi casa me lo dejarían todo perdido… mis padres me han dicho que no. Ya sabes cómo es papá, en realidad es porque es tímido, no porque le preocupen los adornos ni nada…

Cenicienta esperó impaciente tratando de no escuchar la incesante charla de la niñata, cuando Boniface abrió la puerta, asombrada.

-¿Ella?-preguntó, extrañada.

-Tía…-Cenicienta abrazó a Boniface, angustiada, y luego la miró con lágrimas en los ojos-necesito ayuda…

-¿Es por… Agatha?-preguntó Boniface consternada-el otro día…

-No, no es ella…-sollozó Ella-por favor… déjame entrar…

-Sí, claro…-Boniface dejó pasar a Ella y a Blancanieves, un poco extrañada. Notaba rara a su sobrina. Al contrario que Blancanieves, Boniface era bastante espabilada. Había algo en Ella que no le gustaba nada. Tal vez fuesen sus imaginaciones, pero nunca la había visto comportarse de ese modo.

-¿Queréis que os prepare algo?-preguntó Boniface mientras las invitaba a sentarse en su cuarto de estar.

-No, gracias-dijo Blancanieves educadamente.

-Ssí, por favor…-sollozó Ella. Boniface la miró aún más extrañada. Definitivamente la pasaba algo gordo. Estaba segura.

-Bueno Ella, ¿y qué quieres?-preguntó preocupada.

-Lo que sea… una infusión…-pidió Cenicienta secándose las lágrimas.

-¿Qué te pasa Ceni? ¿Puedo ayudarte?-preguntó Blancanieves intentando animarla con besitos y arrumacos. Ella negó, intentando quitársela de encima.

-Vuelvo enseguida…-dijo Boniface yendo hasta la cocina que estaba al final del pasillo-esperadme aquí.

-¿Ponemos algo en la tele? Así se te pasa…-sugirió Blancanieves-¿a dónde vas?

-A ayudarla… espera aquí…-dijo Cenicienta cerrando la puerta de entrada al salín y dirigiéndose a la cocina. Necesitaba solo unos momentos. Luego Blancanieves podría chillar todo lo que quisiera.

En la cocina, Boniface había sacado una caja con hierbas para la infusión, cuando escuchó entrar a Cenicienta y se giró extrañada. El rostro de Boniface, redondo y benévolo, ahora no sonreía. Parecía bastante desconfiada, de hecho.

-¿Qué te ocurre, Ella? Dímelo, por favor…-pidió, suplicante.

-Nada… es solo que…-Cenicienta se acercó al fregadero y cogió un enorme cuchillo, hundiéndoselo en el pecho a Boniface de sopetón-necesitaba acercarme a saludar.

-Aaaaaaaah… tú… no eres Ella… -Boniface abrió y cerró la boca varias veces, con horror. Entonces Ella sacó de debajo de su vestido una caracola que llevaba como colgante y acariciándola cambió de apariencia. Y ante Boniface apareció Agatha Tremaine, que la sonreía con perfidia mientras giraba el cuchillo a un lado y a otro dentro de su vientre.

-¿Te gusta?-preguntó Lady Tremaine en un susurro. Boniface ahogó un grito que era incapaz de pronunciar, por el dolor. Sin embargo levantó las manos lentamente hacia arriba, y cuando dio una palmada, un halo de luz azul hizo caer a Lady Tremaine hacia atrás, chocando con la cacharrería del fregadero y tirando varios platos.

-¿Ceni?-desde el salón, Blancanieves escuchó el ruido extrañada.

-Tú también… eres bruja…-susurró Lady Tremaine, atónita. Boniface chorreaba sangre por el vientre, pero aún tenía fuerzas para mirar a la madrastra de su sobrina con intenso odio.

-Soy una maga-dijo Boniface con orgullo-y tú estás acabada….

-No… creo…-Lady Tremaine acababa de agarrar una batidora de huevos y se lanzó hacia Boniface de nuevo, pero esta la esquivó, y con otro conjuro pronunciado hizo que unas cuerdas ataran a la madrastra fuertemente-¡NO!

-¡AYUDA! ¡POR FAVOR, SOCORRO!-gritó Boniface desesperada. Pero Lady Tremaine se consiguió liberar de las cuerdas cortándolas con la batidora y luego se tiró sobre Boniface. Ambas mujeres rodaron por el suelo, agarrándose del cuello. Como se odiaban la una a la otra. Siempre habían tenido que fingirlo por las apariencias sociales, pero el daño que Agatha había hecho a su hija Boniface no se lo podía perdonar-¡AYUDA!

-¡Dios mío!-Blancanieves se levantó y fue hacia la cocina, asustada por tanta algarabía.

-Muere… MUERE-Lady Tremaine volvió a hundir el cuchillo en la rechoncha tripa de Boniface, aprovechando que ahora estaba encima de ella en su pelea sobre el suelo-¡MUERE!

-¡AAAAAAAAAAAAAAH!-Boniface notó como Agatha le hundía el cuchillo hasta atravesarla por el otro lado. Lanzando un último y potente grito perdió el aliento y se quedó quieta en el suelo. Lady Tremaine la miró, con el cabello manchado de sangre pero una gran satisfacción, y entonces la puerta se abrió.

-¿Ceni?-Blancanieves acababa de entrar, y Lady Tremaine se había vuelto a transformar justo a tiempo en la joven rubia. En toda su infantil y luminosa vida, Blancanieves nunca había visto un espectáculo tan horrible como aquel. La amable ancianita Boniface yacía en el suelo con el vientre abierto y el cuchillo aún clavado, mientras su rostro contraído estaba colorado por el dolor. Cenicienta estaba encima de ella, y tenía la cara y el pelo empapados en sangre.

-Ceni… Ceni…-Blancanieves tenía los ojos como platos, mirando el cadáver y a su amiga respectivamente.

-Lo siento Blanca… ¡lo siento! ¡No tenía elección!-lloró falsamente Cenicienta-por favor, no llames a la policía… sé que tienes que hacerlo ¡pero no lo hagas!

Lady Tremaine pretendía sugestionar mentalmente a Blancanieves para que precisamente llamara a la policía. Un testigo ocular era justo lo que necesitaba. Pero olvidaba que Blancanieves muy lista no era.

-No… no les llamaré…-susurró Blancanieves-eres mi amiga…pero… ¿por qué lo has hecho?

-Sé que la justicia me seguirá… mejor vete, o serías cómplice…-insistió la falsa Cenicienta, bastante mosqueada ya.

-¡A mí no me pasará nada! ¡Y a ti tampoco, si alegamos legítima defensa!-sugirió Blancanieves, tontamente-¿pero por qué lo has hecho?

-Es increíble…-dijo Cenicienta con voz lúgubre. Entonces sacando el cuchillo del vientre de Boniface corrió hacia Blancanieves y la hizo un corte en el rostro. La niña empezó a gritar, incapaz de resistir ni el más mínimo dolor, y luego Cenicienta le volvió a clavar el cuchillo en el muslo. Así no podría moverse, pero viviría para tener que contarle a la policía la verdad.

Aún bajo la forma de Cenicienta, Lady Tremaine salió de la casa de la odiada tía Boniface justo cuando un montón de vecinos bajaban las escaleras, asustados.

-¡EH, ESPERA!-gritó uno, pero Cenicienta ya se había metido en un ascensor y las puertas se cerraron. Bajó al portal y salió a la calle, donde tras alejarse un poco volvió a transformarse en Lady Tremaine, cogió el endobús y salió de allí, cubriéndose de nuevo con el pañuelo y las gafas. Iba a resultar muy difícil relacionarla con el crimen. En cambio, a Cenicienta muy fácil. Las cámaras del portal la habían grabado entrando y saliendo. Y estaba segura de que Blancanieves testificaría en su contra.

En el bolso, Lady Tremaine llevaba el arma del delito, aún con las manchas de sangre. Al llegar a casa lavaría el cuchillo y lo pondría en la cocina. Nadie podría demostrar que no era suyo.

-"Ya te lo advertí, Ella… conmigo no se juega…"-pensó Lady Tremaine sonriendo. El éxito iba a ser realmente jugoso.

Entró en casa dejando las llaves y el bolso. Pensaba en Beau. Cuando su hija estuviesen fuera de circulación, a ella no le sería difícil atraerlo de nuevo a su lado. Y esta vez no le dejaría marchar… ¿quién iba a decirle que haría algo así por él, después de conocerse desde niños? Es curiosa, la vida…

No esperaba que sus hijas hubiesen encontrado la clave para escapar gracias al pequeño reloj que las había dejado en la habitación, sería demasiado para ellas. Pero a lo mejor se llevaba una grata sorpresa…

-¡Hazle el boca a boca!-chillaba Anastasia.

-¡Házselo tú, no te fastidia! ¡Vaya porquería de gato!-Drizella agarró a Lucifer por el estómago y empezó a apretarlo con fuerzas.

-¡No tendríamos que habérselo hecho comer!-se lamentó Anastasia.

-¡Escupe el reloj Lucifer! ¡Escúpelo!-gritó Drizella zarandeando con violencia al gato para ver si hacía caso. Lucifer estaba morado por tener el reloj atascado en la garganta, pero además de eso estaba horrorizado por el maltrato al que le estaban sometiendo aquellas dos imbéciles.

-¡Niñas! ¡Lucifer!-Lady Tremaine le quitó el gato de los brazos a Drizella y presionando en el bajo vientre le dio un fuerte apretón. Lucifer escupió el reloj que fue a parar al suelo y se rompió en pedazos. Lady Tremaine se volvió a sus hijas, mirándolas con un odio furibundo.

-¿Qué hacéis?-preguntó, temblando de rabia. Acababa de cometer un asesinato, no era el mejor momento para enfurecerla.

-Nos… nos dijiste que a ver si conseguíamos escapar… con ese reloj…-explicó Drizella.

-Y pensamos que Lucifer podía tener algo que ver con la pista-completó Anastasia.

-¿CÓMO VA A TENER QUE VER ALGO QUE VER?

-No sabemos…-lloriquearon Anastasia y Drizella a la misma vez, indefensas.

-El reloj…-Lady Tremaine lo abrió y sacó una ruedecilla dentada del engranaje. Luego se acercó a una de las cadenas y forzando la cerradura la abrió-sirve para esto, niñas…

-Haaaaaala-Anastasia quedó fascinada con aquel truco-¡Yo ahora! ¡Mamá, yo!

Lady Tremaine le dejó el engranaje a su hija suspirando, pero ella se cargó la ruedecita y encima se rompió una uña.

-UAAAAAAAAAAH-empezó a gritar, indefensa.

-Voy a por las llaves…-Lady Tremaine puso los ojos en blanco y salió de la estancia.

-¿Pero… nos sueltas?-preguntó Drizella, emocionada.

-No me deis motivos para arrepentirme…-dijo Lady Tremaine con dureza, antes de salir. Ellas dos se miraron con miedo. Su madre había mostrado una cara tan malvada que ni ellas la conocían hasta entonces. Y lo peor es que no sabían por qué. Sentían rabia hacia ella, y también miedo. No querían que les hiciera más daño…

Lucifer por su parte bufó a las dos chicas y luego salió de allí rápidamente. Él tampoco querían que le hicieran más daño.

Atardecía, y la verdadera Cenicienta volvía a su casa. Los miércoles solía ir al gimnasio y al spa, pero esa tarde no había podido ir debido a que había tenido una avería en su casa: la corriente de todo el edificio se había apagado y habían estado a oscuras y sin ascensores casi dos horas. Al parecer algún gamberro había cortado la corriente saboteando la caja de energía… Cenicienta se preguntó quién sería el desgraciado, pues la había hecho perder dos horas allí. Por consiguiente había salido al gimnasio mucho más tarde, y ahora regresaba cuando eran casi las nueve de la noche.

-Buenas noches…-Cenicienta se encontró con un policía nada más entrar en la casa. Lo miró, con sorpresa. Detrás de él había otros dos, con sus armas desenfundadas y listas para disparar, y a un lado su padre, que estaba pálido y la miraba asustado.

-¿Papá?-Cenicienta frunció el ceño, extrañada.

-E… Ella…-Beau negaba con la cabeza, consternado. Sabía que no podía ser cierto. No su Ella…

-Va a tener que acompañarnos a comisaría, señorita-dijo el policía con voz grave. Cenicienta se llevó las manos a la boca, asustada-ya sabe, por el asesinato…

-¿Asesinato?-repitió ella.


-… y creo que deberíamos celebrarlo otro día-dijo Ali. Nuevamente el público prorrumpió en carcajadas y aplausos.

-¡La Banda del Patio!-anunció la voz, y las luces se fueron apagando mientras los empleados de atrezzo preparaban el plató del Chef Loui, y los actores de la Banda se retiraban rápidamente.

-¡Bien jugado tíos! ¡Se han reído mucho!-les felicitó TJ, chocándole la mano a Aladdín. Como siempre desde que había entrado en el programa, él era el que más diálogo tenía, porque se había ganado muchísimos fans entre el público. Y ahora que era una estrella de la moda de ropa interior masculina e iba a aparecer en dos películas, más aún.

-El lunes es Navidad-comentó Gretchen como "fun fact"-¿tenéis planes?

-Oh, vaya que sí-dijo Mike bebiendo de su botellín de agua. Aún les quedaba una actuación final junto al Genio y el resto de sus colaboradores, que iban a cantar un villancico pre navideño-yo tengo lo de la fundación IZEN. Vamos a dar de comer en comedores sociales…

-Oh, no empieces otra vez con tus ideas de meapilas-gruñó Spinelli con su mal humor habitual-me van a dar ganas de potar.

-Eso de IZEN está muy bien, Mike-le felicitó Aladdín con calidez-me ayudó mucho cuando no tenía nada…

-Porque ahora lo tienes todo-comentó Spinelli, mordaz.

-Venga, Spinelli, déjalo-la reprendió TJ con calma. Ella le sacó la lengua.

-Y es muy buena publicidad…-razonó Aladdín. Pertenecer a una asociación benéfica sentaba siempre muy bien a la reputación de los actores famosos.

-No lo hago por eso-dijo Mike con inocencia-es por la causa… si la gente ve que hay gente famosa en ello, colabora más. Y hay mucha gente en Suburbia que necesita ayuda.

Lo decía con sinceridad, no había ningún reproche en su voz, pero Aladdín se lo tomó mal. Le sonaba como que… como que él no estaba haciendo nada. Como que al ser famoso verdaderamente se había olvidado de la gente pobre, a la que él solía pertenecer…

-Al parecer hay un asesino psicópata por la ciudad, y no hablo del ministro Frollo-comentaba el Genio en uno de sus monólogos. Aunque las cámaras hubiesen dejado de rodar por anuncios, él seguía hablando para entretener al público que había pagado por ir a verlo en directo. Aunque hubiese estado cuatro horas hablando, el Genio nunca dejaba de intentar entretener y hacer reír a los demás-… ahora en serio, al parecer es muy, muy peligroso… por favor, si alguien ve a este asesino, que avise a la policía… así podrán venir a esconderse con el resto de nosotros…

Desde el televisor de la casa, Stitch miraba distraído el programa mientras Lilo lo escuchaba, distraída haciendo recortes para sus "investigaciones".

-¿Y tú qué, Aladdín?-le preguntó Spinelli mirando a su amigo el árabe, que escuchaba entretenido los chascarrillos del Genio.

-¿Yo qué de qué?-respondió él extrañado.

-¿Qué tienes pensado para la noche del 24?-insistió Spinelli.

-Se irá de fiesta, como siempre-dijo TJ, dándole unas amistosas palmadas a su compañero de show-si no para…

Era cierto: Aladdín no había parado desde su regreso de su última aventura en Gantz. Trabajo, fiesta, trabajo, fiesta, fiesta, drogas, más drogas, sexo, mucho más sexo. En uno de los gigantescos chalets del Genio el chico se había metido en una habitación con nada menos que cinco bailarinas de pechos gigantescos y caderas contoneantes, con las que había estado jugueteando toda la noche. Había probado la heroína y se había cogido unas borracheras tan fuertes que había llegado a vomitar sangre. A veces se despertaba sin poder recordar lo que había pasado el día anterior. Si Billy le viese, estaría orgulloso.

A Aladdín la fama no le terminaba de gustar: no podía ir por la calle sin que la gente le reconociera y se acercara a preguntarle y saludarle, lo que terminaba siendo agobiante y muy desagradable. Además apenas tenía tiempo para estar solo. En aquel último mes, habría visto a Abú unas tres veces. No pasaba por casa, iba de una sesión de fotos a otra, de una entrevista con un presentador falsamente simpático a otra, etc, etc. Y de fiesta en fiesta, claro. Y de mujer en mujer.

En realidad, lo hacía para olvidar a Helga. La muerte de su amante rubia le había afectado mucho, aunque aún la estuviera asimilando. No podía creer que ella se hubiera ido para siempre. Era simplemente…

Pero a Helga la había elegido para olvidarse de Yasmín. Lo que le llevaba de nuevo al principio. Habían pasado cuatro meses, y ni rastro de su novia. Aladdín quería reencontrarla, hablar con ella. Pero había muchas mujeres, cada vez más que lo rodeaban. Y Yasmín… bueno, pensaba en ella, pero no sabía por dónde empezar a buscarla, y por lo único que había conseguido averiguar sobornando a un secretario del Sultán ella había salido de la ciudad hacia China. ¿Volvería? ¿Iría él a buscarla? ¿Por qué debía hacerlo? En realidad, no tenía por qué… allí tenía todo lo que necesitaba…

Sí, Billy habría estado orgulloso de él.

-Señor Aladdín, tiene una visita…-anunció la voz del recepcionista en el altavoz del despacho de Aladdín.

-Ooooh… mmmmn… ¿quién es?-preguntó él mordiéndose el labio inferior mientras la chica subía y bajaba, con su pene insertado en ella.

-Un tal Jim Hawkins, dice…

-Ya te lo dije, le conozco-se escuchó también la voz de Jim-que pesado eres tío.

-Vale… dile que espere un momento… ya voy…-Aladdín aceleró el ritmo y ella echó la cabeza hacia atrás, sin poder controlar el placer que la provocaba. El moreno sabía exactamente donde tocar, cuándo y cuánto, para volverlas a todas locas. Su olor y la calidez de su piel… era como estar con un dios griego…

-¿Me echas?-preguntó Celia al acabar, volviendo a ponerse su chaqueta de ejecutiva. Aladdín le pasó su portapapeles con aburrimiento.

-Tengo visita, ya has oído-dijo-y tú unos castings…

-¿Vendrás a la cena?-preguntó Celia acercándose a él y besándole en la mejilla, pasando luego su lengua.

-Ya veré…-Aladdín se subió los pantalones y se reajustó la corbata que ella le había deshecho durante el sexo.

-Me dijiste que vendrías…-dijo Celia mirándole con seriedad.

-No he firmado un contrato…-replicó Aladdín con cansancio-en serio, tienes que irte…

En realidad Celia le daba lo mismo: de hecho le repugnaba. Nunca lo había hecho con una alienígena, y aunque era bueno, ella no le atraía realmente. Era más mayor, y no tenían nada en común. Pero necesitaba tenerla de su lado para conseguir mejores papeles en la MTV y aumentar sus ganancias. Así que conociendo lo desesperada que estaba, darle lo suyo de vez en cuando era solo un pequeño sacrificio.

-Ya puede…-indicó Aladdín por el interfono. En unos minutos Jim estaba en su puerta.

-¡Jim!-Aladdín fue corriendo a abrazar a su amigo. Jim miró divertido el elegante traje con corbata que él llevaba-¿qué tal te va?

-Bueno… veo que a ti nada mal-bromeó él, y Aladdín rió.

-Me gustaría poder largarme contigo ahora mismo-dijo el árabe con sinceridad.

-Si quieres… yo tengo la Solaryum fuera-comentó Jim amablemente.

-No, no puedo…-respondió Aladdín distraído. Jim le vio guardar una cajita en uno de los cajones de su escritorio. Creyó saber lo que esa cajita podía contener…-pero ya lo haremos… cuando tenga tiempo.

-Lo entiendo, lo entiendo-dijo Jim mirando el despacho con interés. Había algunas fotos de Aladdín con personalidades famosas de Suburbia estrechándole la mano y posando a su lado. En realidad, él no había querido ponerlas, pero su jefe de inversiones le había dicho que era una buena idea para impresionar a sus visitas-… últimamente te veo por todas partes.

-Lo sé… es una mierda… ¿sabes a quién vi el otro día en el Palace? ¡A Hércules!-exclamó Aladdín-él sí que es famoso… y muy rico… joder…

-Ya…-Jim estaba algo extrañado. La actitud de Aladdín era extraña. No le miraba porque estaba ocupado ordenando un montón de cosas… y parecía mucho más… adulto.

-Mira esto…-Aladdín le enseñó un cartel. Salía él de espaldas, pinchando unos discos-voy a ser DJ en una fiesta de los puentes. Siempre quise serlo.

-Joder, enhorabuena… me encantaría ir-dijo Jim.

-No digas más-Aladdín sacó una entrada de su cajón-me han dado como cien…

-Gracias…-Jim cogió al entrada mientras se preguntaba si no habría sido mejor no haber ido. Le hubiera gustado encontrarse al Aladdín de siempre, del que se estaba haciendo amigo. Pero bueno, mejor sería entonces ir al grano-necesitaría hablar contigo… de Gantz…

El miedo se reflejó en los ojos de Aladdín, y por un momento volvió a ser el de siempre, ese chico honesto y preocupado que Jim había conocido en su primera aventura. Solo él, Aladdín y Ariel habían sobrevivido a las cuatro misiones de Gantz hasta ahora. Billy y Merlín les habían dejado por el camino, al igual que luego Helga, Rourke y el resto.

-Vale…-dijo Aladdín-ven conmigo…


-Joder… ¿es Jessica Rabbit?-Jim se quedó boquiabierto al ver entrar en el bar a la famosa actriz a la que tantas veces había visto en vídeos cuando era más pequeño. Era más alta e impresionante en persona de lo que se veía en el móvil o la pantalla del cine.

-Sí… es increíble, ¿verdad?-Aladdín la observó embelesado-pero está casada…

-¿Y?-Jim arqueó una ceja extrañado.

-Pues que… no te lo vas a creer pero… bueno, ella es muy distinta en la realidad-dijo Aladdín, echándole whisky a Jim en su vaso.

Estaban en uno de los bares más caros y exclusivos de la ciudad, situado en lo alto de la torre de la MTV, donde las grandes antenas emitían a toda la ciudad. El bar no tenía ventanas, y sus paredes eran de color negro, iluminadas por pequeñas lámparas de luces fantasmales. De fondo sonaba un relajante jazz, mientras el barman reordenaba sus licores, cada uno de ellos más caro que el barrio de Jim entero.

Jessica Rabbit se sentó a charlar con el productor Pete, que como siempre parecía de muy mal humor. Aladdín no le aguantaba.

-Odio todo esto…-comentó Aladdín bebiendo de su whisky. Jim le observó extrañado. No, no estaba bien, definitivamente-lo odio…

-Siempre puedes largarte, Al…-sugirió el chico. Al oírle llamar por su apodo, Aladdín sonrió forzadamente.

-No creo… en realidad, me estoy convirtiendo en Billy…

Jim no supo que contestar a eso. No sabía cómo ayudarle… pero realmente estaba preocupado por él.

-¿Qué sabes de… eso?-preguntó Aladdín aparando la copa y mirándole preocupado. Gantz era otra de las cosas que le seguía quitando el sueño. Una noche se había despertado para ir al baño y durante unos segundos había visto la bola negra dónde creía que estaba el váter. Había sido solo una fugaz alucinación, pero se había llevado un susto de muerte.

-Lilo ha estado… investigando-dijo Jim mientras bebía también su whisky.

-¿En serio?-Aladdín sonrió enternecido. También sentía un cariño especial por ella.

-Sí… dice que el viejo ese… el zombi que hay dentro de la bola… se llamaba doctor Finkelstein…era un médico de mierda, neurólogo…

-Ya…

-Dice que Finkelstein hizo experimentos en E.P.C.O.T intentando revivir gente… y que lo echaron.

-¿Crees que… somos parte de su experimento?-preguntó Aladdín interesado.

-No lo sé…-Jim miró hacia Jessica Rabbit, que había pedido una botella de agua mineral, para sorpresa del barman.

-Ya no bebo alcohol… es muy malo-explicó la vedette con su sensual voz. Jessica podía hacer que un hombre eyaculase con solo preguntarle la hora. En realidad, todo eso era muy molesto para ella.

-Lilo dice que Finkelstein tenía que ver con una organización secreta… la Estrella Azul-dijo Jim-¿la conoces?

-Alguna vez escuché algo… pero de muy mala gente…-Aladdín frunció el ceño mientras recordaba a la Estrella. Sí, alguna vez lo había escuchado en los bajos fondos. Una secta, se decía… pero nadie sabía muy bien qué era-en realidad me parece que es un mito… no es ninguna familia criminal… y tampoco es del gobierno.

-Cobra Burbujas la conoce-recordó Jim.

-¿Quién?-preguntó Aladdín sorprendido.

-Burbujas… el agente del D23-dijo Jim-fue a verte, ¿no?

-Ah, sí-recordó Aladdín-sí, pero hace mucho… joder, ya ni me acordaba.

Jim se preguntó a cuánta gente vería Aladdín al día para poder olvidarse de Cobra Burbujas. Porque el imponente agente del D23 no era precisamente olvidable…

-No sé Jim, todo es muy raro-comentó Aladdín mirándole con aprensión.

-Pero tenemos un hilo del que tirar-insistió Jim-Finkelstein es el muerto de la bola… y creo que Merlín nos ocultaba algo más.

-Pero está muerto ¿no? Tú le viste morir…

-Sí, pero no sé, es raro. Lo he estado pensando, y no tiene sentido-dijo Jim, rascándose la cabeza-si él era tan poderoso y quería reunir los cien puntos ¿por qué no usó su magia desde el principio para matar a Juan, a Garfio y a Yzma? ¿Por qué siempre desaparecía… y no hacía nada?

-Yo pienso igual… pero creo que dijo que temía exponerse demasiado-recordó Aladdín.

-Sin embargo siempre acababa por exponerse-Jim se cruzó de brazos. Si tan solo consiguiera hacerle entender al chico lo importante de todo aquel asunto. ¡Tenían que resolver el misterio de Gantz! Si lo conseguían, a lo mejor podrían salvar el pellejo. Librarse de la maldición de la bola…- no tiene sentido su comportamiento, al principio parecía preocupado por ayudarnos y luego cambió radicalmente su forma de comportarse… al llegar Hércules.

-Ya…-Aladdín asintió-ya…

Jim no sabía si él le estaba escuchando. No entendía qué le pasaba. La fama realmente vuelve idiota a la gente.

-Y si… esto fuese una especie de… ¿purgatorio?-se preguntó Aladdín-que nos da a todos… otra oportunidad… de mejorar nuestras vidas…

-Qué dices…-Jim le miró extrañado.

-Lo digo en serio… yo… yo he mejorado la mía…-dijo Aladdín asintiendo lentamente, en una especie de trance-y tú la tuya… ¿no?

-¿Crees que la has mejorado?-preguntó Jim mirando a su alrededor con asco. Aladdín salió de su trance, mirando a Jim con sorpresa. El chico no había querido decir eso, pero no había podido evitarlo.

Estuvieron un rato en silencio, mientras Jessica discutía con Pete los términos de su nuevo contrato. A Jim le pareció que el productor era agresivo y amenazante, pero Jessica no se dejó asustar tan fácilmente, y al final pareció que llegaban a un acuerdo justo.

-Me gustaría… que me ayudaras-explicó Jim-tienes contactos y… podríamos encontrar algo.

-De acuerdo-Aladdín asintió lentamente-vale…

-Gracias… tío-dijo Jim, y acercándose le estrechó la mano. Aladdín le dio un fuerte abrazo. Tenía ganas de llorar, y no sabía bien por qué.

-Pues ya nos veremos…

Jim salió de la MTV con mal cuerpo por todo lo que había visto, pero se alegraba porque a Aladdín le fuese tan bien. En realidad sí que tenía razón en que tenían una segunda oportunidad. No sabía si él la estaba aprovechando realmente. Pero pensándolo, tenía novia, y su madre estaba mucho más feliz gracias a su ayuda. Así que algo estaría haciendo bien…

Aladdín por su parte se encerró en su despacho pidiendo no más visitas, y sacando una bolsa de cocaína se preparó unas rayas.

-Joder… joder…-dijo el chico limpiándose el blanco de la nariz con la manga. Miró la foto de Billy que tenía en el escritorio. Era la única foto que realmente le gustaba de las que estaba allí. Era lo único que le gustaba realmente de todo lo que había allí.

-¡Venga colega! ¡Súbete al tren de la fama!-le animó la imagen de su ídolo, guiñándole un ojo-mola, al menos hasta que descarrilas…

-Nno…-Aladdín se dejó caer en su sofá, llorando. Seguía sin saber por qué-nno…

¿Qué haría esas navidades? Las anteriores las había pasado oculto en la casa de Yasmín, viéndose a escondidas en los intermedios de la cena de ella (los musulmanes no celebraban la navidad, pero si tenían una fiesta especial por vacaciones), y cuando finalmente la cena terminó y Yasmín volvió a su cama, allí la esperaba él, desnudo, listo para pasar una maravillosa noche a su lado. La echaba de menos. Ninguna mujer, ni siquiera Helga, habían conseguido hacerle olvidar a su amor. Se sentía muy solo, y muy perdido. Ojalá Jim no se hubiese ido tan rápido.

"Te está pasando lo mismo que a Billy, tío…-se dijo Aladdín echándose el cabello hacia atrás mientras se miraba el ojeroso rostro en un espejo, preocupado-te está pasando exactamente lo mismo, joder… reacciona… o acabará matándote… te matará a ti también…".


-¡No puede ser cierto, joder!-Beau le dijo una patada a la mesa, pero solo consiguió hacerse daño en el pie.

-Modérese por favor-le pidió el comisario, enfadado-no toleraré ese comportamiento.

-¡Mi hija no es una asesina! ¡Eso es imposible!-gritó Beau.

-Ya ha visto los videos señor Landry-dijo el subcomisario repitiendo de nuevo la cinta. En ella entraba y salía Cenicienta, justo en el horario del crimen.

-¡Pero ella estaba en casa!-insistió Beau.

-¿Habló usted con ella?-preguntó el comisario.

-No, pero…

-¿Hay alguien que pueda confirmarlo?

-No, pero…

-¿Entonces por qué nos hace perder el tiempo? Señor Landry, es obvio que su hija es culpable, admítalo, no hay nada de malo en ello… bueno, todo es malo, cierto, pero dejémoslo estar…

-Mi hija no es una asesina… esto es imposible…-insistió Beau. El subcomisario suspiró aburrido.

-Mire señor Beau, contrate a un abogado y arréglelo usted mismo… nosotros no podemos hacer nada más. Nuestra obligación es retenerla aquí hasta que sea llevada a juicio.

-¡NO!

Echaron a Beau del despacho del comisario, y él se sentó en uno de los bancos de la comisaría, abatido, y se echó a llorar. Boniface estaba muerta… y su hija la había matado. En realidad, hasta él lo creía. Estaban los videos y el testimonio de Blancanieves, a la que Ella había acuchillado en la cara y la pierna. ¿Por qué no admitirlo? Sostener lo contrario era una estupidez…

Pero al ver los asustados ojos de su hija, del tesoro de su alma, Beau veía la inocencia ¿cómo iba Ella a haber matado a su tía, a la que quería con todas sus fuerzas? Simplemente no tenía sentido. A no ser que Ella estuviese loca… pero los exámenes psicológicos que le había realizado la policía indicaban lo contrario. Ella estaba sana mentalmente… solo podía haber tenido un brote psicótico, pero esa no era una explicación demasiado convincente…

-Ese asesino… el que se escapó de Witzed… anda suelto…recordó Beau. El subcomisario que pasaba con un café, se quedó parado, escuchándole-¿no podría ser… que él?

-De ninguna manera, señor Landry. Si se hubiese tratado de Oogie Boogie, su cuñada habría sido encontrada en un estado mucho peor…

-¿Peor que muerta?

-Peor…-le aseguró el subcomisario-sin embargo si hemos encontrado huellas de otra persona, en una batidora de huevos que había tirada en el suelo, aunque eso no prueba nada…

Beau se incorporó en el acto, y agarró al subcomisario por la chaqueta, furioso.

-¿De quién?


-Niñas, espero de vosotras lo mejor… no me hagáis arrepentirme-dijo Lady Tremaine mientras se ajustaba el rímel de las pestañas-no me hagáis arrepentirme de haberos soltado…

-No, mamá…-se escuchó responder a Anastasia. Ellas se estaban terminando de depilar los sobacos para ir bien perfectas a la fiesta que aquel viernes celebraban en una terraza del centro. Gracias al apellido de su difunto padre, las Tremaine aún eran bien recibidas allí, aunque hubiesen caído ya en la inopia.

-Tenemos que conseguir salir a flote… yo siempre lo he hecho por vosotras… es hora de que lo hagáis por mí…-dijo Lady Tremaine pasándose el colorete por sus huesudas mejillas. Luego se miró, satisfecha. Estaba lista.

-¿Conoceremos al duque Cardulo esta vez?-preguntó Drizella interesada.

-¡NO!

Lady Tremaine dejó a Lucifer en la tele con una cesta de comida lista para que el gato devorara. Lucifer estaba más que feliz de poder atontarse en la tele disfrutando de su noche libre sin aquellas petardas. Era aún más marginado y antisocial que ellas.

-El coche nos espera-informó Lady Tremaine.

-¿No vamos en el jaguar?-preguntó Anastasia sorprendida. Llevaba un vestido rosa exageradamente adornado con brillantes y una coleta alta que la hacía parecer una especie de marciana.

-No, tonta. Vamos en coche de pago, como las ricas-respondió Drizella, soltando una de sus risitas cerdunas. Ella llevaba un combinado de blusa azul y pantalones campana verdes que le quedaban realmente mal, aunque al soltarse el pelo había conseguido mejorarse un poco.

-Somos ricas-replicó Lady Tremaine, hinchándose con orgullo-allí está el coche ¡vamos!

Un elegante autovolante negro, parecido a un carro de caballos pero sin caballos que tirasen de él, recogió a las tres damas que se acomodaron en la aprte trasera, mientras el conductor arrancaba distraído.

-Recordad, elegancia y compostura-dijo Lady Tremaine a sus hijas, que se estaban dando culazos para conseguir espacio en el coche-¡Niñas! Comportaos…

-Perdón, mamá-se disculparon ellas a la vez, mirándola con miedo. No le habían perdonado lo que las había hecho aquella semana, pero no iban a decir nada, porque no podían hacer nada tampoco.

-Yo os iré diciendo cuáles están solteros… os vais acercando y vais probando… si falla uno ¡a por otro!

-Madre mía, vaya cacería va a ser esto mamá…-bromeó Drizella. La expresión de su madre la hizo entender que para bromas no estaban.

-Y ahora repasemos nuestra lección de protocolo: una buena reverencia, besos dos solo, una risa elegante y… ¿Y?

-Besos dos solo… risa elegante…-recodó Anastasia-¿un cacerolo?

-¿Un mongolo?-intentó adivinar Drizella.

-¡Apiolo! ¡Besos dos solo, risa elegante y al caballero rico apiolo!

-¿Qué e eso?-preguntó Drizella pasmada.

-Apiolar es enganchar, atrapar-dijo Lady Tremaine con paciencia-ya os he explicado esto… como cien veces…

-Pues no lo apiolamos…-repuso Drizella. Su madre intentó golpearla pero ella usó a Anastasia de escudo. Delante, el chófer las miraba por el retrovisor partiéndose de risa.

-¡Ahí está!-exclamó Lady Tremaine señalando la terraza de la fiesta, en lo alto de un rascacielos, cerca de la Gran Torre de Suburbia. El coche paró cerca de la terraza, en un largo pabellón por el que estaban parando todos los autovolantes a descargar a los invitados. Lady Tremaine pagó al chófer (intentó racanearle diez mickeys, sin éxito) y bajó con porte y dignidad absolutos, tratando de impresionar a los otros invitados que la miraban asombrados. Iba muy elegante con su vestido azul oscuro y un mantillo que parecía el de una reina. El problema fue que sus hijas peleaban detrás de ella por quién se bajaba primero del coche y al final cayeron rodando, empujaron a su madre y las tres acabaron en el suelo, malogrando bastante la entrada triunfal.

-Estáis muertas…-susurró Lady Tremaine entre dientes mientras se reincorporaba y sonreía falsamente, soportando las pomposas risas de los demás invitados-buenas noches… hola, buenas noches…

-Eres tonta, Drizella-dijo Anastasia dándole un golpe, enfadada.

-¡Calla! ¡Nos toca ligar!-le recordó su hermana. Ambas echaron a correr cada una por un lado, sembrando el terror entre los jóvenes solteros de la fiesta. Lady Tremaine prefirió no acompañarlas. Prefería no mirar lo que había provocado.

-Buenas tardes Agatha, me alegro de verte-dijo Boris, un antiguo amigo de su esposo-¿cómo te va?

-Boris…-Agatha dejó que el caballero la besase la mano-que placer verte…

Realmente lo era. Desde la muerte de Francis habían perdido todos sus círculos de amistad. Agatha se sentía cada vez más sola, de no ser por sus hijas. Y a veces por ellas prefería estar más sola aún.

-Creo que somos los únicos en esta fiesta que pasan los sesenta-comentó Boris.

-Oh, habla por ti-rió Agatha-¿qué tal tu esposa? Hace mucho que no la veo…

-Sí, lo sé… ya nunca vienes a nuestras fiestas-comentó Boris, súbitamente apurado.

-"Ya nunca me invitáis…"-pensó Lady Tremaine para sí, aunque no dijo nada.

-Esos son los Merevil, Agatha… ¡vamos a saludarlos!-la ofreció Boris, guiándola entre la gente. Ciertamente, la mayoría eran mucho más jóvenes que ellos. Los ricos de le edad de Agatha y Boris ya no estaban para fiestas, o simplemente ya no disfrutaban de ellas por su vejez y amarga existencia. Los ricos viven muy amargamente, a veces más que los pobres.

Los Merevil eran un matrimonio de cuarenta años, que también le pillaban ya muy jóvenes a Agatha. Ella se vio metida en la conversación entre varios jóvenes matrimonios riendo de sus anécdotas, pero no tenía nada que contar, y le costaba bastante seguir las de los jóvenes. Hablaban con expresiones que ella no conocía, y encima usaban términos muy groseros y claramente inapropiados que Agatha no aprobaba.

-¿Y usted que dice, Agatha?-preguntó la señora Merevil amablemente-¿cómo pasa sus días en la zona roja?

Por la mente de Agatha pasaron imágenes del ascensor en el que se había matado, de su traumática y a la vez fascinante experiencia en el fondo del mar, pilotando un vehículo submarino como una auténtica militar, y del posterior asesinato de Boniface. Eran cosas bastante más entretenidas que contar que la anécdota del cayo en el pie de Lord Benburry.

-Oh, se está muy tranquilos… era tranquilidad lo que yo necesitaba, tras la muerte de Francis…-mintió ella. En realidad había nacido para esas reuniones, para la alta sociedad con sus hipocresías y chismorreos. ¿Por qué le costaba tanto acceder a ella? ¿Por qué la dejaban de lado? Las fiestas dadas en casa cuando Francis vivía, las supuestas amistades… todo eso ya no parecía valer nada…

Los demás conversantes iban dejando cada vez más de lado a Lady Tremaine, que se dio cuenta de que nadie la hacía caso ni tenía interés en conocerla. Ya no quedaba belleza atrayente de mujer en ella, ni tampoco tenía nada interesante que contar, o que pudiera contar, más bien. Paseó lentamente por los jardines, deprimida. Al menos, Cenicienta estaba en la cárcel, como ella quería. Ese pensamiento la animó.

De repente, se paró, helada, al verle.

-Ha… Hamish…-susurró, incrédula. Realmente era Hamish Ascott, el odioso hijo de sus señores. Hamish, que la había tocado, que la había hecho daño y le había robado algo que ella nunca recuperaría. Pero ella también le había robado algo a Hamish, en su caso la vida…

-¡Hamish! ¡Hamish!-Lady Tremaine reconoció a una vieja y teñida Chloe Bourgeois, esposa del difunto Hamish, que cogía al chico y tiraba de él. Así que ese era Hamish jr… así que ese era su hijo…

-Hamish…-Lady Tremaine notó como los ojos se le humedecían al ver a su hijo. Se parecía mucho a Hamish padre, pero en un gesto que hizo, Agatha se reconoció a sí misma en él. Era increíble… tanto tiempo sin pensar en él había hecho que consiguiera olvidarlo. De no ser por Gantz… habría muerto sin volver a ver a su hijo.

-Quiero que conozcas a los Petirille-dijo Chloe llevando a Hamish hasta un respetable matrimonio de abogados-su hija Brianne es de tu edad.

-Encantado, señores…-dijo Hamish con educación, aunque parecía molesto por la actitud de su madre-si me disculpan…

-¡HAMISH!-le llamó enfadada Chloe, pero su hijo pasó de ella. No se soportaban el uno al otro.

Hamish fue hasta donde estaban las bebidas alcohólicas y se empezó a servir coñac en abundancia en una pequeña copa, hasta desbordarla. Fue entonces cuando se dio cuenta de que al lado suyo había una señora vieja que le miraba fijamente.

-¿Hum?-Hamish vació la copa y miró a Lady Tremaine, que tenía los ojos rojos y le miraba fascinada-¿puedo ayudarla?

-Hamish…-susurró Lady Tremaine, asombrada. Él miró a un lado y a otro, con una falsa sonrisa.

-Sí, así me llamó… ¿qué pasa?-preguntó, impaciente.

-Hamish… yo…-Lady Tremaine no sabía qué decir… aún lo sentía en su vientre, gestándose durante nueve meses. Aún notaba el vacío cuando lo habían alejado de ella.

¡FLOSH! Hamish le tiró a Lady Tremaine el coñac a la cara, y echando una risotada se alejó de ahí dando tumbos. Estaba borracho, o era gilipollas. O las dos cosas. Lady Tremaine cerró los ojos mientras una lágrima luchaba por salir de ellos, pero logró contenerla. El coñac se deslizó por su rostro hasta mancharla el vestido, y no logró detenerlo con una servilleta.

Respirando profundamente Agatha logró serenarse y entonces se dispuso a irse. Ya habría otras fiestas. Esta desde luego para ella había salido fatal. Pero al darse la vuelta, se encontró a Beau, que la miraba fijamente. Resaltaba mucho frente al resto de invitados, porque él no llevaba ropa elegante, estaba despeinado y sin afeitar, tenía un aspecto realmente horrendo.

-Fuiste tú… lo hiciste tú…-susurró, con voz ronca.

Lady Tremaine abrió y cerró varias veces la boca. No quería que Beau viese la verdad en sus ojos. Debía actuar, fingir… torciendo el gesto en una sonrisa, fingió alegría al verle.

-¡Beau! ¿Qué haces aqu…?-¡ZAS! El puñetazo que le metió Beau derribó a la dama, que se estrelló contra la mesa y se le cayó encima el poncho y los vasos.

-¡FUÍSTE TÚ, ZORRA!-gritó Beau, avanzando hacia ella con agresividad. Todos los invitados detuvieron sus conversaciones al oírlos-¡CABRONA!

-¡Beau no…!-suplicó Lady Tremaine, pero él se abalanzó sobre su cuello y trató de estrangularla. Entonces cuatro chicos jóvenes se lanzaron en defensa de la dama y golpeando fuertemente a Beau consiguieron sujetarle.

-Fuera de esta fiesta, capullo-le dijo uno de ellos.

-¡NO! ¡SOLTADME! ¡ES UNA ASESINA! ¡ES UNA ASESINA! ¡HIJA DE PUTAAAAA!-dos miembros del personal de seguridad agarraron a Beau y se lo llevaron, metiéndolo dentro del área del personal de servicio. Allí le aporrearon con unas mazas hasta dejarlo inconsciente y luego lo echaron por el conducto de la basura. Beau acabó en las cloacas, entre un montón de deshechos de comida y mierda, incapaz de moverse y con la sola idea de rabia en su cabeza.

-¿Se encuentra bien?-preguntó la señora Merevil acercándose a ella y ayudándola a incorporarse-oh Dios mío, Agatha.

Todos estaban preocupados, pero Agatha no veía eso en ellos. Veía frialdad en sus miradas, y desconfianza, y burla. Ella no podía haber hecho un ridículo así en una fiesta como aquella. No podía haber perdido la compostura de ese modo…

Notó como le sangraba la nariz por el puñetazo. Debía de tener un aspecto horrible. Entonces escuchó a Hamish riéndose de nuevo. El chico se carcajeaba, burlón, y otros cuantos ricachones borrachos le imitaron. Lady Tremaine se dio la vuelta, con el rostro estático, y salió de allí a paso ligero, sin escuchar las llamadas de los demás invitados preocupados. No buscó a sus hijas. Solo cogió un taxi y se fue a casa.

-Veo que te gusta el chocolate… eso significa que no eres racista… el racismo a mí tampoco me gusta, es muy impropio-comentaba Drizella a un pobre chaval de su edad que se estaba sirviendo de la fuente de cacao mientras intentaba ignorarla-¿sabías que el chocolate en francés se dice chocolat? Como ves, también conozco bien ese idioma…

-Yya…

-Drizella, ¿has visto a mamá? Necesito las tiritas para los tacones-dijo Anastasia acercándose a su hermana. El chico aprovechó la ocasión para huir lo más rápido que pudo.

-Pues la verdad es que desde hace rato no…-respondió ella encogiéndose de hombros-estará por ahí apiolando a alguien…

-Ya… es que me duelen mucho-lloriqueó Anastasia enseñándole sus talones enrojecidos y con la carne levantada.

-¿Y qué quieres que haga yo, hija? Descálzate y ya…

-Sí Drizella, muy buena idea, muchas gracias-respondió Anastasia furiosa.

En la pista empezó a sonar una conocida canción de regaetton, y ellas chillando echaron a correr hacia allí listas para bailar con el resto de jóvenes de su edad.

Súbeme la radio
Tra-tráeme el alcohol

Súbeme la radio que esta es mi canción
Siente el bajo que va subiendo
Tráeme el alcohol que quita el dolor
Hoy vamos a juntar la luna y el sol

Súbeme la radio que esta es mi canción
Siente el bajo que va subiendo
Tráeme el alcohol que quita el dolor
Hoy vamos a juntar la luna y el sol

Ya no me importa nada
Ni el día ni la hora
Si lo he perdido todo
Me has dejado en las sombras

Te juro que te pienso
Hago el mejor intento
El tiempo pasa lento
Y yo me voy muriendo

-¡Iiiiiiiiiiih! ¡SUBEME LA RADIO!-gritaron Anastasia y Drizella al unísono, quedándose afónicas.

-¿Bailan, señoritas?-preguntó Hamish jr. acercándose a ellas.

-¿No ves que lo estamos haciendo?-respondió Drizella groseramente. Hamish empezó a bailar con ellas con una copa en la mano izquierda, y su mano derecha tratando de aferrarse a la cadera de Anastasia.

-Voy al baño Anastasia, me estoy meando-dijo Drizella y salió de allí dando traspiés. Anastasia se había bebido más copitas de anís de las que debía, y ahora estaba colorada y emocionada.

-Ya se ha ido la pesada de tu hermana…-dijo Hamish acercándose por detrás a Anastasia y agarrándola por las nalgas-vámonos antes de que vuelva…

Ella era más joven, pero a Hamish no le importaba. Solo quería besarse con alguna estúpida que no fuera a rechazarle como la mayoría de bellezas a las que solía piropear sin éxito. Anastasia soltó una tonta risita riendo ante el tacto de Hamish que la masajeaba las nalgas a través de la tela. Entonces agachó un poco la espalda y la cabeza, porque se le había caído uno de sus enormes pendientes.

Hamish se creyó que Anastasia estaba perreando y se fue acercando más y más groseramente a ella (causando el escándalo de algunos invitados más mayores, que se fueron de allí indignados).

-Sí… perrea, perrea… quiero follarte cariño… follemos…-susurró Hamish ansioso, al lado de la oreja de ella. Sin embargo en ese momento Anastasia levantó la cabeza mientras se recolocaba el pendiente, dándole a Hamish un golpe tremendo en las narices.

-¡AH! ¡JODER!-Hamish retrocedió con la nariz rota y dando un traspiés mientras Anastasia, borracha perdida, seguía bailando sin enterarse de nada y le pegaba un pisotón en el pie, haciéndole gritar otra vez-¡ME CAGO EN LA PUTA, COÑO!

-¿Te quitas que tengo que bailar?-dijo Drizella que volvía del baño y dándole un empujón lo tiró al suelo mientras empezaba a bailar otra vez animada la siguiente canción-¡Voy por la calle… vagabundeando…!

Hamish intentó levantarse del suelo mientras Drizella le pisaba en los testículos con un atrevido movimiento de baile. Anastasia daba tumbos mareada, y de repente se puso verde.

-¡Anastasia! ¡Anastasia, ¿qué te pasa?!-preguntó Drizella angustiada, sujetándole la frente a su hermana.

-Putas zorras…-dijo Hamish levantándose furioso. Iba a darles su merecido, aunque fuera delante de todo el mundo. ¿Quién se creían que era?

-¡BLOOOG!-Anastasia potó las diez copitas de anis y el resto de aperitivo que se había tomado en la camisa de Hamish, que retrocedió muerto de asco y se cayó de la pista de baile, aterrizando encima de dos camareros que tiraron sus bandejas por el impacto, también encima suyo.

-Ay… ay…-gimoteó Hamish, malerido…-¿qué ha pasado… ayyy?

-Tenemos que llamar a mamá Anastasia-dijo Drizella preocupada-ven conmigo, anda…

Pero Lady Tremaine no respondió a las llamadas de interfono de sus hijas. No respondía a nada. Necesitaba un nuevo plan. Mientras iba en el taxi, su rostro se fue oscureciendo más y más a la vez que pensaba una nueva idea para acabar con todo aquello… la caracola le serviría de mucho, nuevamente… Beau no podía probar nada, ni podría luego…

En realidad todo era culpa de Cenicienta. Ella siempre se metía en medio. Ella había impedido que Beau la quisiera… ella era mucho mejor que sus hijas… incluso estando encerrada en la cárcel, todo el mundo quería más a Cenicienta…

Cenicienta iba a desear no haber nacido.


Llegados a este punto del episodio, quizás sea el momento de explicar un pequeño detalle: los poderes de Boniface, la tía de Cenicienta. Pues efectivamente, ella era una hechicera perteneciente a la Estrella Azul, tal como lo fue Merlín, Lewis o Mary Poppins. Boniface era uno de los miembros de la Estrella más veteranos, aunque no tenía un rango muy superior, pues ya no se dedicaba al estudio de la magia tras obtener la titulación de hechicera. Tenía otras cosas de las que ocuparse, como proteger a su sobrina, y además no se veía capaz.

De pequeña, Cenicienta había pillado a su tía haciendo magia, y ella le había dicho que era "su hada madrina". Desde entonces Boniface le había enseñado secretamente a su sobrina lo que podía hacer con sus poderes, por ejemplo convirtiendo una calabaza en un vestido para su fiesta de diez años, o llevándola a pasear una noche por las nubes de la ciudad, hasta poder ver las estrellas.

-Es fantástico tía… gracias, muchísimas gracias…-Cenicienta había abrazado afectuosamente a su tía mientras observaba desde una nube la Gran Torre y los rascacielos que la rodeaban. La magia era maravillosa.

-Recuerda que este es nuestro secreto Cenicienta… nunca debes hablar a nadie de ello-le había dicho el Hada Madrina.

Protegida siempre por su afecto, era la única persona en la que Cenicienta había encontrado consuelo durante los años de tortura de su malvada madrastra. Por su decimoséptimo cumpleaños Boniface había regalado a Cenicienta un par de preciosos zapatitos de cristal, que ella guardaba como el mayor de sus tesoros.

Pero ahora estaba muerta. Y el mundo de Cenicienta se había desmoronado con ello, al igual que había pasado con su madre antes. Desde su celda sombría incomunicada al exterior Cenicienta lloraba por el crimen que ella no había cometido, y en el que nada tenía que ver, preguntándose cómo podía haber llegado a ocurrir aquello, y cómo podría ahora arreglarlo. Su querida tía… nunca volvería a verla… llorando amargamente Cenicienta se encogió mientras recordaba a su Hada Madrina. "¿Dónde estás… dijiste que estarías siempre… snif…". Pero nadie está para siempre. Nadie.

Los muertos no son enterrados en el Gran Templo de la Estrella Azul, si no en su base del Viento, al norte de la ciudad, donde tenía su despacho Merlín. Ahora que el mago se consideraba dado a la fuga, el despacho y todos los archivos habían sido clausurados, y el Consejo de los Siete examinaba sus escritos y trabajos intentando encontrar una pista que pudiera llevarlos hasta él. Mary sin embargo sabía que no habría nada que los hiciera encontrar a Merlín, nada en absoluto. Si el mago quería desaparecer, no lo encontrarían nunca. Pero aparte de eso, Mary estaba segura de que Merlín estaba muerto. No sabía cómo, solo lo había sentido, y el tiempo la había enseñado a confiar en sus sentimientos. El mago ya no vivía, y ella… bueno, ella sentía su alma hecha pedazos.

Había una silenciosa procesión mientras el cuerpo de Boniface, transportado en una cama de flores, era llevado por el Paseo de los Lamentos hacia las tumbas de los magos caídos. Llovía un poco, y quizás luego nevara, así que la cubrieron con un palio para evitar que se manchara. El mago Mantis guiaba la procesión realizando antiguos rezos en un idioma mágico ceremonial, con el que se despedían de ella. Mary, antigua alumna de Boniface, andaba cerca del cuerpo de la hechicera, sumida en sus pensamientos. Al parecer, la sobrina de Boniface la había asesinado. Ten sobrinos para eso… un horrible final, sí. Mary se preguntó cuál habría sido el final de Merlín. Si tan solo él hubiera confiado en ella y le hubiese dicho su secreto… estaba claro que ocultaba algo, con aquel libro, el Doomulacrum, y su tesis de la resurrección de los muertos… sí, Merlín se había metido en algo gordo… ¿habría muerto… por eso?

El cuerpo de Boniface se introdujo dentro del panteón de los grandes magos. Allí había escritos en grandes lápidas hechas de cristal negro los nombres de muchos hechiceros de renombre. A Boniface la consumiría el fuego azul, y luego las cenizas se introducirían en otra de las lápidas de cristal.

-Eres magia… piérdete con ella en el polvo de estrellas…-susurró el maestro Manny Mantis alzando sus brazos al cielo mientras conjuraba el fuego azul para terminar el rito.

-In damnatis, lugere vivos pro mortuis…-repetían los demás magos, inclinados ante Mantis.

Fuera, Mary paseó entre las lápidas blancas. Pertenecían a aliados de la Estrella que habían prestado servicio a la magia, pero no eran ni magos ni brujas, sino simples mortales. Se detuvo en la de Arturo, el hijo adoptivo de Merlín. Cuanto había llorado él, cuanto había llorado. Y ahora ya estaría reunido con su hijo, después de todo…

-Ay Merlín… te dábamos mucho, y tú a nosotros muy poco… -susurró Mary negando con la cabeza-vivir no merece la pena por lo que aprendes, si no por los que amas… si solo lo hubieras entendido…

-¿Y si lo que amas es aprender?-preguntó una voz insidiosa. El búho Arquímedes apareció revoloteando entre las grises nubes y se posó al lado de Mary, contemplando la lápida de Arturo. Mary sabía que el búho también sentía pesar por la muerte del chico, fue una persona importante también para él.

-¿Qué quieres? Respeta mi dolo, necesito estar en soledad…-susurró Mary con lágrimas recorriendo sus hermosos ojos azules.

-Yo también lo he sentido, Mary-explicó Arquímedes, y por primera vez desde que lo conocía Mary vio algo parecido a la tristeza en el búho-él se ha ido… y creo que no va a volver…

-No… no sé si quiero seguir en un mundo… en el que ya no está él-susurró Mary.

-Pues el mundo te necesita-replicó Arquímedes-traigo nuevas del Gran Templo y no son buenas: él ha vuelto a escaparse… lo tenían, pero huyó y además los ha matado.

-¿Más muertes?-Mary estiró la cabeza, asombrada. En la Estrella Azul no era normal la muerte. Los magos vivían más que los normales corrientes. En cinco años no había habido ni una sola defunción, que se supiera.

-El Consejo quiere que seas tú la que le encuentre-dijo Arquímedes. Mary le miró con incredulidad-faltan solo tu voto y el de Mantis, pero con los otros siete a favor, la decisión ya está tomada.

-Pero yo… ¿por qué yo…?-preguntó Mary angustiada.

-Pues fácil. La última vez le atrapaste tú ¿no?-replicó Arquímedes. Mary acababa de abrir su paraguas, y él se escondió de la lluvia allí también, agradecido.

-Pero yo… tengo otras ocupaciones… debo entender qué es lo que hizo Merlín… además yo ya no me ocupo de…

-Entiendo tu temor Mary, pero si tú no le paras ¿quién lo hará entonces?-replicó Arquímedes mirándola fijamente con sus grandes y amarillos ojos de búho.

-Yo no le tengo miedo-dijo Mary cortante. Pues claro que no. A ese monstruo… le tenía todo menos miedo. Solo faltaba.

-Pues alza presta el vuelo… porque va a empezar a matar muy pronto otra vez… y si no hacemos algo, puede que haya muchos más funerales-advirtió Arquímedes. Mary miró los lluviosos campos de la ladera del cementerio. En el panteón, la ceremonia de cremación de Boniface había terminado. El Hada Madrina estaba ya en paz con las fuerzas del cosmos, más allá del dolor y la miseria de este mundo…

-Si yo debo detenerle, sea-cedió finalmente Mary-pero hay tiniebla en este mundo, una oscuridad que antes no había. Notó una presencia malvada en la ciudad, algo más antiguo que este mundo… y debo averiguar que es…

Diciendo esto empezó a elevarse en el paraguas y se alejó del cementerio. Ascendió y ascendió hasta dejar atrás los edificios de Suburbia, y pasear por una densa capa de nubes grises. Mary se recolocó su bufanda para protegerse del frío. Pero allí arriba, los rayos del sol la iluminaron, y aportaron algo de calor a aquel gélido momento. Mirando el sol, Mary sonrió. Mientras este siguiera calentando, seguía mereciendo la pena seguir en el mundo.


Era la noche del viernes, y después del show todo el mundo salió de la MTV dispuesto a ir a la fiesta. Los famosos iban a las discotecas más caras o a fiestas exclusivas en sus mansiones, y la droga circulaba con increíble facilidad por todas partes, al igual que las joyas, las prostitutas y el alcohol.

Aladdín había ido con TJ, compañero de reparto y guionista de "la Banda del Patio", y varios amigos más a un club de strippers en el centro de Beverly Hills, residencia de todos los famosos. Aladdín disfrutaba allí de uno de los pisos de Billy y del nuevo que estaba a punto de comprarse con el nuevo sueldo millonario de modelo. Nunca pensó que podría asistir a fiestas tan lujosas y conocidas como aquella, y antes se habría conformado con un par de botellas y sus buenos amigos. Pero ahora apenas hablaba con ellos. No sabía nada de su gente del barrio de la Guardia… y en realidad no quería saberlo. Ahora solo le valoraban por su dinero, como todo el mundo… por su puto dinero.

Aladdín pinchó música y todos lo vitorearon coreando su nombre. Él bebía entre canción y canción mientras llevaba una sudadera de la nueva marca que representaba y gafas de fiesta, de esas que brillaban al activarlas.

-¡Venga Beverly Hills! ¡Os quiero escuchar!-gritó Aladdín por el micro, girando luego los discos de modo magistral. Hizo un remix de las canciones del Top Hit y luego una composición suya propia. Joder, se sentía muy bien.

-¡Eh, maestro! ¡Ven aquí!-le llamó TJ luego. Estaban en un lujoso reservado rodeados de atrayentes chicas que les sonreían y acariciaban el cuerpo, provocativas. Aladdín las miró con aburrimiento. Estaban muy buenas, pero el sexo sin amor le aburría profundamente… y hacía ya tiempo que no practicaba de ese.

-Toma-TJ le pasó a Aladdín una cachimba y él echó una enorme nube de vapor mientras a su lado dos chicas le acariciaban los pectorales y le hacían un masaje-Es de la buena…

-Ya…-Aladdín sonrió cerrando los ojos, complacido. Mañana tenía que estar a las nueve en el plató para un nuevo anuncio. Había tiempo de sobra…

El ruido de la música era ensordecedor, y las luces deslumbrantes. La gente bailaba sin control, pero a Aladdín no le resultaba igual que cuando iba a una discoteca con sus amigos. Esa gente era muy rica y poderosa. A su lado sentía que… que tenía mucho que demostrar. Los veía falsos, sobreactuados. Era como si todo fuese una película, y las cámaras estuviesen ocultas, siempre filmando. Cada instante en la vida de esos actores no era real. Y se dio cuenta de que, como las fotos de su mesa, su vida tampoco lo era.

Entre vapores y botellas de alcohol Aladdín acabó en la cama con dos de las prostitutas. Ya no sabía ni lo que estaba haciendo, solo que tenía que hacerlo, porque su cuerpo lo necesitaba… ¿lo necesitaba realmente? No tenía fuerzas… ellas le quitaron los pantalones y lo provocaron moviendo sus pechos en su rostro. Si, ya conocía eso… suspirando, Aladdín se encogió de hombros y rodeándolas a las dos con sus brazos se dispuso una vez más a pasar una larga noche de sexo…

A la mañana siguiente, llevaba unas enormes ojeras, y durante la filmación del anuncio de yogures estuvo a punto de dormirse varias veces.

-No te veo muy bien Al, no rindes, no rindes, y si no rindes puedes acabar rindiéndote-comentó el Genio distraído escribiendo su siguiente monólogo. Al final lo apartó-creo que voy a recurrir a la improvisación.

-Tú siempre dices eso…-comentó Aladdín con voz ronca, tirado en el sofá del despacho de su amigo.

-Es que es lo que hay que hacer en la vida. Las mejores cosas son improvisadas-dijo el Genio-como mi quinto matrimonio.

-Solo llevas cuatro…

-Pues eso…

-Genio…-Aladdín se sentó en el borde del sofá, frotándose las manos-creo que me estoy equivocando…

El Genio arqueó una ceja, sorprendido.

-¿A qué te refieres, Al?-preguntó extrañado.

-A todo… esto… no es lo que quería…-dijo Aladdín. El Genio miró a un lado y a otro, pensando en algo que contestar. Iba a tener que improvisar antes de lo que esperaba.

-Al, creo que llevas demasiada fiesta encima. Es normal que estés cansado…-empezó.

-No, no es por la fiesta-le interrumpió Aladdín, serio-llevo de fiesta desde que tenía catorce años, sé que no es eso. Es que… no sé… no sé cómo explicarlo. No me siento… bien… y no me digas que es la fiesta, el alcohol o la puta coca, porque sé que no es eso.

El Genio ladeó un poco la cabeza. Parecía muy serio.

-Ya. Yo sé lo que es-dijo rascándose la cabeza, era un rasgo muy característico de él-lo llaman "la fiebre de Hollywood". Es natural.

-No te sigo-dijo Aladdín arqueando una ceja. No estaba enfermo.

-No es que tengas un virus ni nada de eso-dijo el Genio levantándose de su mesa y yendo a servirse una copa a su mini bar-es solo que… bueno, tienes miedo, eso. Tienes miedo.

-¿Miedo?-repitió Aladdín con un deje irónico en su voz ¿Miedo él? Difícilmente….

-Sí, miedo Al. Los mayores miedos vienen de nosotros mismos, de lo que podemos hacer y lo que no-rebatió el Genio, impaciente-tienes miedo, porque el éxito te está cambiando. Tienes miedo de dejar que lo haga, de que mate a quien eres, y te transforme en quien tienes que ser…

El Genio puso sus manos en los hombros de Aladdín y le sonrió.

-Pero no debes tenerlo. Pocos hombres son leyenda. Pocos hombres consiguen ser tan amados como tú lo estás siendo. Has conseguido subirte en el tren de la fama ¿no es cierto? Pues ahora déjate llevar… y disfruta del paseo.

Aladdín miró al suelo, a la elegante alfombra persa del Genio. Luego le volvió a mirar a él, muy serio.

-Pero… ese tren descarrila… Billy…

-¿Billy?-el Genio soltó una carcajada-Billy era una persona con un talento que ni tú ni yo poseemos. Pero no fue capaz de matar al hombre para convertirse en la leyenda. Se quedó atrapado en el pasado, en cosas que realmente no importaban…

-En las cosas que él quería…-replicó Aladdín, angustiado.

-No Al… no dejes que te corroa. Suéltalo, déjalo ir. Ve a delante… te espera un futuro dorado… mucho dinero… y puedo asegurarte que mucha, mucha felicidad. Pero tienes que confiar en mí ¿vale? Confía en mí, Aladdín…

El Genio obligó a Aladdín a mirarle torciendo levemente su barbilla. Durante unos segundos se observaron, serios. Luego el Genio le pasó una copa de whisky.

-Bebe esto, anda… y déjalo. Tómate hoy el día libre… ya lo hablaremos mañana… ¿te parece bien?

-Sí… claro…-Aladdín agachó la cabeza, abatido. El Genio volvió a su mesa y le miró de reojo. Entre las revistas del día estaba Pop Teen con una foto del árabe en la portada, mordiéndose el labio mientras sonreía, incitador. En el subtítulo rezaba "Un nuevo icono sexual, de los bajos fondos ¡Nos encantan los chicos malos!". El Genio echó la revista a un lado y miró a Aladdín pensando en cómo distraer al muchacho.

-Eh, Al. En Nochebuena habrá fiesta en mi casa… vente, lo pasaremos muy bien… habrá de todo…

-Sí, de todo…-Aladdín lo fue asimilando mientras las fuerzas volvían a él-vale…

¿Qué cojones? Después de todo, se estaba forrando. Había pasado de ser un don nadie a una de las personas más conocidas de Suburbia, y un auténtico ídolo adolescente. Tenía todo lo que podía pedir, todas las chicas que deseaba y todo el dinero y el poder. Ya no pasaba frío… su piso ya no era una puñetera mierda. Realmente, había dejado atrás su etapa de extrema pobreza, y eso era estupendo. Sonriendo se desabrochó la corbata mientras se subía a la Alfombra Mágica y se disponía a arrancar. Sí que podía disfrutar del tren de la fama un poco más…


Aladdín no lo recordaba, pero aún tenía una promesa que cumplir: Ariel puso el vinilo de las Musas en el viejo tocadiscos y escuchó fascinada sus canciones. Las cinco chicas tenían unas voces potentísimas y las canciones tenían una fuerza que se apoderaba del cuerpo y lo obligaba a bailar. Era imposible que no les gustase al público. Al menos eso pensaba la pelirroja.

La casa en la que estaban le recordaba a su cueva, antes de que su padre la destruyera. Acordarse de su padre la causaba un gran dolor. Pero como le había dicho la sacerdotisa "somos productos de nuestro pasado, pero no tenemos por qué ser sus prisioneros".

Ariel no quería volver a mantener tratos con brujas ni criaturas sobrenaturales, pero finalmente Sebastián la había convencido de acudir a la sacerdotisa para encontrar refugio. Tuvo que aceptar porque, de todas formas, tampoco tenía otro sitio al que ir.

La casa de la sacerdotisa se encontraba en la zona roja, cerca de la costa, muy, muy al oeste, en las fronteras de Suburbia con las selvas inexploradas, donde quién sabe las criaturas que allí moraban y el peligro que se corría. Muchos seguidores ella tenía, y hablaba con voz de trueno y sangre, sus palabras nunca dejaban indiferente, al igual que su extraño aspecto de ermitaña y sus misteriosos actos…

La sacerdotisa se llamaba Tía Dalma, y todos acudían a ella en busca de consejo y ayuda. Todos los domingos sus seguidores se reunían con velas en la desembocadura del Bayou, el río exterior de Suburbia, y escuchaban su palabra. La sacerdotisa hablaba de almas, deseos humanos y magia negra. A Ariel le daba mucho miedo escucharla, pero tampoco podía dejar de hacerlo.

-¿Cómo se llama?-preguntó Tía Dalma cuando dos de sus devotos llevaron ante ella a un niño recién nacido.

-Ja… Jalil-susurró el padre, inclinando la cabeza. En otros tiempos él había sido director de un importante museo de arqueología, y su esposa una escritora importante. Pero hartos del estrés y la contaminación de la ciudad lo habían dejado todo atrás. Tía Dalma los curaría. Ella les había hecho olvidar las presiones sociales, los deseos insatisfechos y los miedos al fracaso. Con ella solo había serenidad y paz. Como ellos dos, muchos más seguían la estela de la sacerdotisa del pantano, conocida y temida en la ciudad.

-Jalil, que el agua bese tu piel y el viento se lleve tu nombre, para llevarlo ante los oídos de los dioses-susurró Tía Dalma sumergiendo al niño en el agua durante unos largos segundos, en los que el bebé pataleó asustado, hasta salir a fuera otra vez, llorando sonoramente.

-Gracias…-los padres de Jalil lo recogieron emocionados.

-Y que el fuego te infunda valor-susurró Tía Dalma, acercando una llama al niño. Los padres de Jalil contuvieron un grito, horrorizados, pero el fuego no consumió al bebé, sino que lo rodeó y levantó unos segundos, para luego depositarlo de nuevo en los brazos de la madre.

Entonces Tía Dalma levantó sus brazos y gritó con voz potente.

-¡UBUBUBUE YALAKAKALA! ¡SAHARI BAHARI YUKOSA!

-¡UBUBUBUE! ¡UBUBUBUE!-repitieron sus fieles, y entonaron un salmo moviendo las velas a un lado y a otro con melancolía.

Ariel observaba el rezo sentada en una roca del pantano, evitando así rozar el agua. A su lado, Sebastián reposaba también.

-¿Verdá que fue una buena diea vení aquí? Tía Dalma puede ayudarte a aclarar la idea-dijo el cangrejo. Vio que Ariel observaba por encima de las altísimas copas de los árboles el cielo. Nunca en su vida había visto tanta vegetación como allí: las palmeras eran inmensas y la verde espesura escondía miles de ojos de animales, como ocurría en la barrera de coral.

Ariel nadaba a veces por las aguas del Pantano, que estaban frías a causa del invierno, pero aún así las encontraba acogedoras. Las fuertes borrascas no llegaban a aquella zona del planeta, porque se encontraba protegido por un anticiclón constante que permitía el clima más cálido, aunque también descendía bastante en invierno, hablando en términos de temperatura.

Deslizándose entre las raíces de los árboles del río Ariel saludó a un esturión que nadaba por allí, y luego observó a varias iguanas que saltaban desde unas rocas al agua para comer algas de río. Fuera donde fuera si había agua había vida. Eso era lo que más le gustaba del mar.

Tras el baño se tumbó en un arenal al lado de Sebastián y dejó que el calor la secara y recuperase sus piernas. Úrsula había muerto pero el conjuro se mantenía, por suerte. Tal vez porque ella ya no estaba sometida a la magia de la bruja, si no a la de Gantz… que sabía ella. La magia era muy compleja, más que ninguna otra cosa que hubiera estudiado.

Tía Dalma sabía mucho de magia, Ariel lo sabía. Su cabaña estaba llena de pociones y frascos, con pelos de sirena, ojos de sapo, cuerno de unicornio y muñecas de trapo. Según le explicó Tía Dalma, podía hacer que cosas muy malas le pasaran a la gente si utilizaba contra ellas aquellas muñecas. Ariel no entendía muy bien que quería decir. Pero se moría de ganas de comprobarlo.

Desde su regreso de Atlántica, había sido como caminar en un sueño. El dolor por todo lo sucedido la había sacudido muy fuerte. Pero se había recuperado más rápido de lo que esperaba. Tal vez porque ahora su perspectiva era diferente a la última vez: había estado fuera del mar, y se había labrado su camino en el mundo de los hombres. Había vivido con ellos en el día a día, y se había hecho buenos amigos, como Moana, y Aladdín, y Jim…

Ariel no dejaba de pensar en el chico. Con él había compartido más que con ningún otro. Después de pasar dos meses juntos ahora se le hacía muy extraño despertarse sin verlo. El tiempo que había pasado fuera de su casa antes de la cuarta misión había pasado hambre y calamidades, pero la rabia por la pelea con él la había hecho seguir adelante. Ahora sin embargo lo lamentaba. Sabía que Jim se había preocupado por ella, pese a todo. Y a su lado se había sentido confortable, y…. y bueno, echaba de menos su olor, y su tacto, y esa voz ronca y tan erótica que tenía, porque iba a engañarse.

Mientras las Musas cantaban animadamente Ariel dio palmadas y se movió al ritmo de la música animadamente haciendo rechinar el suelo de madera de la casa. Cerró los ojos y sintió como se liberaba. Desde que Eric la había abandonado no había bailado. Ahora quería bailar hasta que le sangrasen los pies. Sí, desde luego su perspectiva había cambiado, definitivamente. Ya no quería estar muerta. ¿Por qué estarlo? Había tantas posibilidades, tantas cosas que aún no había probado… solo tenía que cambiar la perspectiva.

-I Want a lover, not a friend…-cantó Tía Dalma. Ariel dio un respingo al encontrarla detrás de ella.

-Pe… perdón-susurró asustada.

-¿Por qué? No has hecho nada malo…-siseó Tía Dalma, acercándose a ella y tomándola de las manos-bailar no es malo. Ser feliz no es malo, aunque hayas estado triste antes. Déjate llevar…

-Oh…-Ariel bailó de las manos de Tía Dalma, que se movía con destreza y la guiaba de un lado a otro con una increíble soltura. Las rastas de la sacerdotisa se balanceaban a los lados mientras con los ojos cerrados y expresión de placer poniendo morritos bailaba abriendo mucho las piernas y alzando los brazos al cielo, como una danza tribal.

-No tienes mal corazón Ariel de Atlántica. Pero necesitas desesperadamente a alguien que sepa apreciarlo-comentó Tía Dalma. Ya era de noche, y ella nadaba al lado de la sirena por las caudalosas agua del río que reflejaban las estrellas.

-No… no te entiendo…-respondió Ariel mientras veía como las luciérnagas desfilaban revoloteando una tras otra en una onírica marcha triunfal.

-Perder a tu madre dejó en ti un vacío de amor que aún no se ha llenado. Buscaste amor en la bruja del mar, pero ella no puede amar, y luego lo buscaste en un joven humano cuyo corazón era volátil y demasiado limitado como para valorarte. Sí, lo has buscado en los lugares inapropiados…

-¿Y… y dónde lo encontraré?-preguntó Ariel, insegura. Tía Dalma sumergió su cabeza en las aguas y la sacó después, disfrutando de cómo estas dejaban su crispado cabello bien liso.

-No se trata del amor que puedas recibir… si no del que tú puedas dar. Creo que deberías preguntarte que personas necesitan tu amor, porque tú puedes salvar muchas almas, igual que necesitaste que salvaran la tuya y no lo hicieron….-Tía Dalma bostezó y al pasar una mosca estiró su lengua y la atrapó, comiéndosela. Ariel se quedó unos segundos muy impactada, pero luego volvió a concentrarse en las palabras que la mística le había dicho.

-Pero… pero eso no es lo que dijiste el otro día en el sermón…-recordó la pelirroja extrañada-dijiste que debemos guardar el amor para nosotros mismos.

Tía Dalma hacía gárgaras con el agua y luego se quedó unos segundos quieta, haciendo ruidos de pato. Ariel se preguntó si era estúpida o se estaba burlando de ella.

-Cariño, la cosa está en eso mismo-aclaró Tía Dalma con calma.

-No lo entiendo…-insistió Ariel extrañada.

-Yo digo a cada uno lo que necesita oír-replicó Tía Dalma enseñando sus amarillentos dientes con una enorme sonrisa-y tú lo que necesitas es dejar de llorar tanto porque la gente no te quiere, y hacer algo por los demás. Ya has sentido eso antes ¿no? Ya estás en ello.

Ariel recordó el disco de las Musas. Sí, ya estaba en ello.

-La vida es difícil, el río que surcamos no siempre está claro y no nos lleva a dónde queremos. No nos queda entonces más que una salida: surcarlo con el mayor de nuestros ánimos, y dispuestos a darlo todo. Hasta la última gota de tu sangre. Hasta la última lágrima…

-Pero… no sé qué hacer… no sé qué quiero… no sé quién soy.

-Pffff tranquila, tonta-rió Tía Dalma haciendo una pedorreta con la boca. Ariel realmente estaba rallada con su comportamiento- tranquila… nadie lo sabe.

-¿Qué andái tramando vosotras do? Que no me fío nada-dijo Sebastián asomándose por las raíces sumergidas de uno de los árboles.

-La estoy enseñando a suicidarse mejor-rió Tía Dalma. Sebastián y Ariel se miraron horrorizados. Verdaderamente aquella tía estaba pirada. Ariel no sabía bien de dónde había salido. Pero desde luego era auténtica.

-¿Por qué vinimos aquí?-le preguntó Ariel a Sebastián durante la cena (raíces y frutas salvajes) en la cabaña.

-Creo que nos ha venido bien a lo do. Necesitábamo un respiro…-dijo el cangrejo sonriendo.

-Sí, eso sí pero… quiero decir ¿de qué la conoces?-preguntó Ariel extrañada.

-Ah, eso…-Sebastián miró a un lado y a otro, algo cortado-bueno, ella y yo… en fin, tuvimo uno asunto… unas relasione, en el pasado…

La cara de Ariel fue un cuadro.

-¡Bueno, no me mire así, leshe!-se enfadó el cangrejo-¡todo tenemo derecho a experimentá en la vida!

-Es como… cien veces tú-replicó Ariel.

-Eso no importa para alguna cosa…-empezó Sebastián.

-Por favor NO-le cortó Ariel, traumada. Permanecieron unos segundos mirándose seriamente. Luego se echaron a reír. Estuvieron un largo rato carcajeándose, y Sebastián miró a Ariel con afecto. ¿Quién iba a decirle que acabaría en un pantano con aquella niña traviesa? Les habían pasado tantas cosas juntos… desde las clases de canto en el palacio real a sus números de baile en el club secreto de la barrera de coral y sus aventuras en tierra firme. Si había algo que Sebastián lamentaba inmensamente era no haber podido impedir el suicidio de Ariel. Quién sabe dónde estarían ahora. Tal vez no en el enorme lío en el que estaban metidos por culpa de Gantz. Si el cangrejo no había entendido mal, la esfera volvería a llamarlos. Y eso le daba muchísimo miedo.

Descansaron en frente de una cascada del pantano, que con su leve arrullo los fue calmando y transportando a un estado de paz. Cerca de la cascada había un antiguo ídolo de piedra con una enorme sonrisa. Había varios por todo el pantano, desperdigados. Ariel no sabía quién los había puesto allí…

-Echo de menos a Flounders….-susurró Ariel mirando su cabello rojo reflejado en la cascada.

-Lo sé… pero no te preocupe, él siempre etará contigo…-dijo Sebastián, que con los ojos cerrados escuchaba las armoniosas notas musicales de la naturaleza. El cangrejo nunca dejaba de componer, como buen profesional, y como buen profesional observaba y aprendía de todo, y todo le valía como inspiración.

-Dicen que las personas que queremos están siempre en nuestro corazón… pero yo no las siento-dijo Ariel angustiada. Sebastián asintió lentamente.

-Sí que e verdá, créeme. Llegará un momento en el que la sienta… y cuando eso pase, será muy felis… porque entenderá que nunca van a dejarte… que siempre va a etar protegida por ello…

-Yo no siento que nadie me proteja…-susurró Ariel, con lágrimas en los ojos.

-Y sin embargo etás aquí…-replicó Sebastián, acariciándola la cola con su pinza-sssssh, no llore. Ya ha habido mucha lágrima. E la hora de reír… y de cantar…

Cuando regresaron a la cabaña, escucharon un redoblar de tambores y unos cantos extraños, como indígenas. Acercándose, encontraron a los fieles de Tía Dalma reunidos. Algunos tocaban instrumentos mientras otros bailaban, todos con las caras pintadas de fuertes colores salvajes. Tía Dalma estaba en el centro de su gente, y bailaba como poseída por un demonio danzante, que la contorsionaba en movimientos circulares, tan rápido que era casi imposible seguirla. Tía Dalma sacudió su cabeza y pataleó como si la estuviesen mordiendo pirañas, y luego saltó hacia adelante y atrás. Sus seguidores aplaudieron y la vitorearon con admiración.

-¡UBUBUBUE! ¡UBUBUEBUE!.

-Está muy loca-comentó Ariel, arqueando una ceja.

-Créeme que sí-respondió Sebastián-¿sabe lo que le gusta hacer…?

-De verdad que NO-le cortó Ariel.

-¿Va a ir a la ciudad… verdad?-preguntó Sebastián mirando a la chica de reojo. Ariel asintió lentamente.

-Sí… hay algo que quiero hacer allí. Y no puedo esperar más-dijo Ariel. Sebastián asintió.

-Pue si no te importa, me gutaría acompañarte… hace ya mucho que no veo Suburbia…

-¿Conoces la ciudad?-preguntó Ariel con sorpresa.

-¡Pue claro! ¿No sabe tú que a mí me secuetraron y me sirvieron en una mariscada? ¡Hubo un chef pirado que intentó matarme! Por suerte ecapé, pero él e desde entonce mi mayó enemigo.

-Pues bien…-rió Ariel. El cangrejo era una caja de sorpresas. ¿Cómo podía haberse alejado tanto de él durante tanto tiempo?-iremos…

Al día siguiente uno de los siervos de Tía Dalma llevó a Ariel y Sebastián en una barca hasta el otro lado del río, donde comenzaban las enormes fábricas de Suburbia. Ariel tomó la línea del endobús. Consultando un mapa, no le costó adivinar como llegar a la MTV, aunque sería un buen recorrido. En su regazo, sujetaba con fuerza el disco de las Musas, cubierto por una funda que Tía Dalma le había ofrecido. No quería arriesgarse a que nadie lo viera.

-¿Qué es eso?-preguntó Ariel señalando las enormes fábricas por cuya derecha pasaba el endobús. Cientos de chimeneas subían hasta el cielo soltando enormes bocanadas de humo que ennegrecían las nubes. Ese bosque de chimeneas debía de ser el culpable de la capa de mierda que estaba encima de la ciudad. Ariel sintió el calor de los miles de ardientes fuegos de las fábricas rojas a través del cristal del vagón.

-La fábrica de Suburbia… mucha contaminación, mucho mal…-explicó el cangrejo-mala idea asercarse, te lo digo yo… allí mandan a trabajá a los que se portan mal y dan problema… los condenan, como esclavos…

-¿Tú como sabes eso?-preguntó Ariel sorprendida.

-Pue como ello saben cosa de nosotros… nosotros la sabemo de ello. Atlántica no etá tan lejo de Suburbia como crees.

-¿Eso es un cangrejo?-preguntó un amable ancianito señalando a Sebastián. Este soltó un chillidito y se escondió en el busto de Ariel.

-Eeeeh sí…-dijo ella, cortada-sí que lo es…

Finalmente el endobús se detuvo en la parada 544, la que dejaba al lado de la sede de la MTV. Ariel bajó con Sebastián aferrado a sus cabellos, y caminó con paso decidido hacia una de las entradas. Era domingo, pero todo el mundo trabajaba sin descanso. El lunes era Nochebuena, y se estrenaba el especial de cuatro horas del Genio y sus amigos, que incluía a Jessica Rabbit, Alan A'Dale, los Quackstreet Boys y Aladdín en él. A Aladdín era a quien Ariel quería ver ahora. La última vez que había ido preguntó a un recepcionista bastante borde que había intentando echarla. Esta vez prefirió pasar de la recepción y adentrarse en los pasillos para buscarlo ella sola. Al menos hasta que un guardia de seguridad la detuvo.

-¿A dónde vas, rica?-preguntó con cara de pocos amigos.

-Busco a Aladdín, soy una amiga suya-dijo ella sonriendo con inocencia.

-Joder, ya estamos otra vez, me cago en la leche-gruñó el guardia poniendo los ojos en blanco-idos a otra parte a dar el coñazo con vuestras hormonas. Esto es la MTV, no un club de grupies. ¡LARGO!

-Pero…-Ariel intentó explicarse.

-¡FUERA!-gritó el segurata, sin más paciencia.

Ariel se escaqueó por otro pasillo, y sujetando a Sebastián en sus manos le miró con preocupación.

-No sé como encontrarle…

-Fásil, buscando-repuso el cangrejo con calma-vamo a asé una cosa. Yo le busco por la derecha y tú por la isquierda. Dentro de una hora no reunimo aquí.

-Pero Sebastián, tú eres muy pequeño…

-Y ya etamo otra ves con lo de que yo soy pequeño. Tengo sincuenta año jovensita así que aquí la pequeña ere tú en todo caso. No te preocupe que el buen Sebastián se sabe cuidá él solo.

-Es… está bien-accedió Ariel preocupada, dejándolo en el suelo. Sebastián empezó a patear por el pasillo murmurando mientras Ariel iba por el otro lado. ¿Dónde andaría el chico? Quizás rodando en uno de los platós. Preguntaría a algún cámara, a ver si lo sabía…

-Que soy muy pequeño me dise ella… ella que sabrá que e más simple que un lenguado…-Sebastián resolló, cansado. Llevaba solo tres pasillos pero ya estaba hecho polvo. Escaló por la pared y se metió por el conducto de ventilación mientras pateaba tranquilamente, y de vez en cuando se asomaba por las rendijas y veía un plató u otro.

-¿Qué se creerá que me va a pasá? ¿Qué va a vení el chef francés?-preguntó Sebastián irónico. En ese momento la tapa del conducto cedió y él aterrizó en uno de los platos. Aturdido, abrió los ojos lentamente, para observar con pavor lo que había delante suyo: un enorme bacalao aun con los ojos abiertos, cuya cola estaba troceada y pinchada en palillos.

-Oh no…-susurró Sebastián, aterrorizado-OH NO…

-Et a continuación, madames et monsieurs, un forte applause pour nôtre dieu culinaire, ¡Le Chef Loui de l'Avignon!

El programa del Chef francés era uno de los segmentos más famosos del show del Genio. Consistía en que el insoportable Chef francés, un excéntrico y tarado actor llamado Louis Frunelles, preparaba un plato con ayuda de un invitado famoso o él solo y siempre terminaba cabreándose, quemándolo todo y diciendo palabrotas terribles en francés. Si iba acompañado de un pinche de cocina, siempre terminaba agrediéndolo. Uno de los sketches más famosos del chef fue con Billy Joe hacía ya años, en la que ambos trataron de cocinar una crème brulèe y terminaron echándose el líquido por la cara y pegándose con el rodillo.

Entre semana el chef tenía un segmento al mediodía para enseñar a las amas de casa a cocinar sus platos. Ahí sí que no causaba destrozos, para disgusto del público general que lo que les gustaba era verlo cabreado.

-Ou, oui oui, madames et monsieurs…-el Chef Louis entró en el plató por una puerta falsa e hizo dos exageradas reverencias, atusándose luego sus largos y finos bigotes. Sebastián lo miró con el miedo de quien se reencuentra con una pesadilla del pasado. Pues eso era a fin de cuentas Louis. ¿Podría ser que después de tantos años se volvieran a ver las caras?

-Oh no…-el cangrejo empezó a temblar mientras buscaba una salida de aquel plató, rezando para que Louis no reparara en su presencia. Sin embargo al arrastrarse por la mesa de la cocina para descender de ella, tiró un tarro de pimienta, y Louis se giró sorprendido. Sebastián y él se quedaron mirándose fijamente, como hipnotizados. El chef estaba tan fascinado y horrorizado como él.

-¿Can… cangejo?-susurró Louis cuyas manos temblaban incontrolablemente. Tanto tiempo esperando ese reencuentro. Pero estaban en directo. No podía estropearlo ahora… Louis cogió un enorme tenedor y trincó con él a Sebastián, levantándolo y mostrándolo a la cámara.

-¡Oh no! ¡Nononono!-el cangrejo intentó escaparse, sin éxito.

-Pour aujordui, vamos a cocinag un suculento bacalao… añadiéndole suplemento vitamínico de… tgipas de cangejo…

Sebastián se revolvió, indefenso, al escuchar aquello. Sí, había salido todo lo mal que podía salir…


-Me parece buena idea… sí… no, claro-Aladdín se preparaba unas rayas de cocaína en su despacho mientras charlaba pegado al teléfono. La consumía cada vez más, él se daba cuenta, pero tampoco importaba. Tenía que destensarse con algo-vale Spencer, pues estaré allí… guay.

-Sé que a Billy le gustaría… siempre quiso algo así. Y me parece que estoy preparado para hacerla…-dijo Spencer al otro lado de la línea. Sonaba con la voz ronca. Para él, los casi dos meses que hacían desde la muerte de Billy habían sido un auténtico infierno-no quiero nada de lo que saque… solo lo hago por él…

-Ya, claro… ¿y qué tal tu otra peli?-preguntó Aladdín interesado. Spencer sonrió. Era un buen chico.

-Creo que va a dar infartos. Ya la verás…

-Jajajaja claro… vale… pues ya me irás diciendo, tío…

-Sí…-Spencer notaba un poco raro a Aladdín, pero supongo que lo estaba agobiando con más preocupaciones. Sin embargo, quería que él fuese el primero en saber su nuevo proyecto, la película documental sobre Billy Joe Cobra titulada "Baruch", que probablemente estrenaría en primavera. La productora había dado luz verde al proyecto, sabiendo que ganarían millones porque los fervorosos seguidores del Cobra irían a verlo desde todas partes, como gran homenaje a su persona. Spencer dirigiría el proyecto. Por supuesto, no habría ninguna mención a su romance con Billy… solo lo llamarían "estrecha amistad"… Spencer podía contarlo perfectamente, pero la verdad prefería no hacerlo. Su amor con Billy era algo tan íntimo, tan profundo, que prefería no estropearlo haciendo que la opinión pública lo divulgara y crecieran los chismorreos y habladurías sobre ellos dos.

Cuando Spencer colgó Aladdín se agachó en la mesa y comenzó a esnifarse la cocaína, sintiendo como el subidón le venía enseguida. Últimamente no comía nada porque perdía el apetito, y sus representantes le obligaban a tomar tres comidas al día y seguir yendo al gimnasio. Debía mantenerse en forma para su trabajo de modelo, sacaba mucho dinero de ello. Aladdín hacía todo lo que decían sin rechistar. A veces ni enterándose de nada, porque iba colocado o borracho.

-Vale… el ensayo…-Aladdín recogió su guión. Tenía un par de escenas importantes en el especial del Genio del día siguiente. Esperaba hacerlo bien, aunque cada vez sentía más ansiedad por ello. Fue repasándolo por el pasillo mientras se dirigía al plató 104. TJ le había escrito algunas frases muy divertidas, y también tenía que participar en los números musicales del Genio. Generalmente parecía fácil, no tendría dificultad. De repente se chocó con alguien y los papeles se le cayeron al suelo. Aladdín levantó la mirada mientras los recogía, enfadado, para encontrarse con Ariel, que le observaba en silencio.

-A… Ariel-Aladdín se levantó y la sonrió, encantado-¿qué haces aquí?

-He… he venido a buscarte-dijo ella desviando la mirada. Vaya, pese a todo le seguía dando mucha vergüenza hablar con ese chico. Ariel se maldijo a sí misma ¿por qué le pasaba eso con Aladdín? Era exactamente lo mismo que con Eric…

-¿A mí? Bueno…-Aladdín miró a los lados, extrañado-pues aquí estoy… te tengo que dejar mi número, para que lo tengas más fácil.

-Oh no… no tengo…

-Te tengo que dejar un interfono entonces-repuso Aladdín encogiéndose de hombros-ven…

Pasearon por los pasillos de la MTV hasta unos enormes ventanales que daban al parking exterior. Nevaba nuevamente, y los autovolantes estaban todos cubiertos por una capa blanca. A Ariel se le abrieron mucho los ojos. Le encantaba ver nevar, era una de las cosas que nunca había podido ver en el mar.

-¿Qué tal? Te… te he echado de menos-dijo Aladdín rascándose el cabello. Ariel le miró con sorpresa.

-Bien, he estado… por ahí…

-¿Has vuelto con Jim?-preguntó Aladdín interesado. No le había querido preguntar nada al chico en su última visita.

-No…-dijo Ariel, desviando de nuevo la mirada, incómoda. No quería hablar de Jim-¿encontraste a tu novia?

No sabía por qué había dicho eso, pero le alegró secretamente que Aladdín la mirara con esa cara de sorpresa. El chico no se esperaba que Ariel reaccionara de ese modo, acostumbrado como estaba a que ella fuese la niña tímida y callada. Pero Ariel no era así, nunca había sido así. Y no pensaba seguir actuando de ese modo por mucho que le intimidara la otra persona… por mucho que le gustara…

-No la he encontrado-dijo Aladdín apoyándose en el cristal, muy serio. Luego echó a andar sin decir nada más, y Ariel le siguió, teniendo que apretar el paso.

-Hola Al… tienes reunión a las cinco con los de proyectos…-le recordó un asistente pasando a su lado.

-Vale Mark…-respondió Aladdín secamente.

-Y peluquería a las siete-añadió un estilista que pasaba por allí.

-Muy bien Valerie-dijo Aladdín sin darle importancia.

-Aladdín ¿firmaría esto para mis hijas?-preguntó un empleado de mantenimiento enseñándole una foto del árabe sin camisa en blanco y negro.

-¿Por qué no?-Aladdín firmó una dedicatoria y luego siguió a lo suyo. Por donde iba todo el mundo le recordaba cosas o le pedía otras. Y él pasaba bastante de largo. Ariel lo miraba pasmada. Realmente era otro mundo. Le recordaba a Attina, con todas sus responsabilidades de heredera al trono, que al final la habían vuelto loca…

Finalmente Aladdín entró en una estancia muy grande con enormes ventanas, que debía de ser su despacho. Ariel le vio sacar unas bebidas de su mini bar mientras ella se sentaba en un sofá, encogida, con el disco entre sus pechos.

-¿Has venido sola?-preguntó Aladdín sirviéndose alcohol en dos copas.

-Nno…-respondió ella. Ahora que se acordaba ¿dónde estaba Sebastián? Debería ir a buscarlo…

En el plató del Chef francés, Louis ya había terminado de trocear el bacalao mientras Sebastián lo observaba aterrorizado atrapado por un tenedor que lo sujetaba. El chef estaba disfrutando de lo lindo de la expresión de terror del cangrejo mientras le habría las tripas al bacalao y explicaba a la cámara como hornearlo.

-Et ça c'est comme on le faitalors, pasagemos a la ginda del pastel… el cangejo…-la voz de Louis se volvió aguda y psicótica mientras agarraba a Sebastián y le echaba encima vinagre-va a seg muy divegtido ¿eh, cangejo? He estado espegando esto mucho tiempo.

-¿Qué coño le pasa a Louis? Esto no estaba en el guión…-susurró el director del espacio, mosqueado. El cámara se encogió de hombros.

-C'est la vie, cangejo… es la hoga de mourir, mon bebé-dijo Louis con perfidia, cogiendo un enorme cuchillo y apuntando a sus patitas. Luego miró a la cámara y sonrió al público-a continuación voy a mostgagles como se mata… como se pgepaga un cangejo en piecitas paga decogag el bacalao…

-Louis… se ha ido-dijo el directo desde detrás de la cámara. Louis se giró para ver que efectivamente el cangrejo ya no estaba sobre la mesa. Sebastián corría como si no hubiera un mañana hacia la salida de la falsa cocina del plató.

SACRE BLEU! ¡A non, ni hablag!-Louis agarró una cacerola y la lanzó, atrapando a Sebastián. Sin embargo al levantarla el cangrejo salió disparado de nuevo a la mesa y corrió en la otra dirección. Louis agarró al mesa y la giró, poniendo a Sebastián frente a frente-cangejo… nos volvemos a encontgag.

¡MEEEEK! Sebastián agarró la nariz de Louis y le dio un fuerte pellizco. Él dio un terrible grito de dolor mientras se llevaba las manos a ella y Sebastián saltó sobre su gorro y aterrizo en el fregadero. Si escalaba la pared alcanzaría el conducto de ventilación…

-Sigue grabando, esto es oro-le dijo el director al cámara, que estaba alucinado.

-¡Ni hablag!-gritó el Chef Louis al ver el intento de fuga de Sebastián-¡NO!

Agarrando un cuchillo atacó la pared intentando atravesar con él a Sebastián, y destrozando todo el plástico acartonado del que estaba hecha. Sebastián resbaló y cayó en el fregadero, donde el Chef intentó atraparlo lanzando a un lado las cacerolas y platos sucios que esperaban para ser lavados. Sebastián agarró una cuchara sopera y le dio con ella a Louis en la cara, tirándolo al suelo.

-¡Ete cangrejo aún tiene algo que desí, chef loco!-gritó Sebastián desafiante.

-¡ROAAAAAAARRRRRRR!-rugió Louis levantándose y cogiendo el soplete especial que tenía para los flambeados-¡MOGIGÁAAAAAS!

Y diciendo esto lanzó un chorro de fuego contra Sebastián, que lo esquivó. El chorro le dio a las cortinas del plató que empezaron a arder.

-¡Mierda! ¡Traed un extintor!-ordenó el director de escena, decidido a no dejar la grabación aunque se cayera hasta el techo.

-¡JAJAJAJAJAJAJAJA!-Louis agarró por fin a Sebastián-¡TÚ ESTÁS MUEGTO! ¡MUEEEEGTO!

-¡NO!-Sebastián le pellizcó a Louis con fuerza en la membrana de los dedos, y él pegó otro histérico grito dando patadas al suelo para contener el dolor y no soltarlo. Sebastián le apretó todavía más fuerte, y entonces el chef arrojó al cangrejo hacia el horno, donde ya estaba el bacalao troceado.

-¡JIJIJIJI JOJOJOJOJO!-el Chef Louis cerró con un violento golpe el horno y subió la temperatura hasta el máximo, punto diez. Luego miró a Sebastián a través del cristal, sonriendo malvadamente-VAS A MOGIG CANGEJO… MOGIGÁS QUEMADO… ¡VOY A DISFGUTAG CADA SEGUNDO DE TU DESTGUGCIÓN!

-Luego diremos que eran efectos especiales…-le susurró el director al cámara-si no, los de la protectora se nos echan encima.

Sebastián notó como empezaba a hacer un calor intenso, mientras fuera las risas del chef resonaban histéricas. Tenía que hacer algo para escapar, y rápido. No aguantaría diez minutos de intensísimo calor. A su lado, el ojo del bacalao le miraba sin ver mientras su escamoso cuerpo empezaba a humear.


-Creo que deberíamos ir a buscarlo… aquí hay mucha gente…-dijo Aladdín bebiendo de su copa sentado sobre el pico de su mesa.

-Oh bueno, sabe cuidarse-reconoció Ariel echándose a un lado el cabello. Luego se acordó de Flounders, y la preocupación creció en su interior.

Aladdín cogió el disco de las Musas y le echó una ojeada.

-Oh, esto… es verdad…-recordó.

-Billy me dijo que quería sacarlo… me dijiste que podrías ayudarme-dijo Ariel-creo que sería un gran éxito, y es lo que ellas querían…

-Sí, claro-Aladdín dejó el disco sobre su mesa y luego fue hasta la cuerda de los visillos de su despacho, bajándolos un poco. Ariel le miró extrañada. El árabe cogió una silla y se sentó en frente de ella, frotándose las manos con cansancio-ya… ya hablaré con los de la discográfica… pues Jim… estuvo aquí el otro día…

Ariel le miró extrañada ¿por qué le hablaba de Jim? Ahora ese no era el tema…

-Ya… me alegro por él… el disco tiene cinco canciones…

-Pensé que estabais juntos…-la interrumpió Aladdín acercándose un poco más-pero no es así…

La mirada de Ariel era ahora mucho más seria. Empezaba a distinguir otra cosa en los ojos de Aladdín. Le recordaba mucho a Eric en ese momento. El moreno le gustaba mucho. Su olor era muy característico, y su rostro parecía esculpido por ángeles. Cuando Aladdín tomó uno de sus cabellos rojos, Ariel reprimió un escalofrío.

-¿Qué… quieres?-susurró la pelirroja. Al bajar los visillos, el despacho se había quedado casi enteramente a oscuras.

-Lo sabes de sobra…-respondió Aladdín acariciándola el rostro y perdiéndose en sus ojos azules. Le gustaba desde el momento en que la había conocido. Ya se lo había planteado algunas veces. Pero teniéndola ahora allí… era demasiado bueno para ser verdad.

-No, no lo sé… estaba hablando…-dijo Ariel. Aladdín acercó sus labios a los de ella, y Ariel sintió como su cuerpo entero aumentaba de temperatura. El chico tampoco perdió el tiempo, acercando sus manos a los grandes pechos de ella. Sin embargo cuando ya los estaba rozando, Ariel le retuvo.

-Estaba hablando… del disco…-dijo, mirándole enfadada. Aladdín la dio un rápido beso, y luego otro más. Ariel cerró los ojos. El sabor era increíble. Joder, él sí que sabía lo que hacía. Ella quería que Aladdín la tocase, y le hiciera todas esas cosas que había oído decir que sabía hacer… quería su gran cuerpo moreno encima suyo, haciéndole lo que llevaba ya mucho tiempo esperando que alguien la hiciera…

-Antes no eras así…-dijo, al notar la mano de Aladdín en su pierna, metiéndose por debajo de su falda.

-Sí que lo era…-rebatió el chico-pero creo que también he cambiado…

Ariel dejó que las manos de él la acercaran a su cuerpo. Vaya, era increíble lo bien que se sentía a su lado. Lo cómoda, y caliente…

Era como con Eric. Él tenía un control total sobre ella. Podía hacer con ella lo que quisiera, amarla, besarla y luego dejarla, y ella iba a dejarse, claro. Porque no tenía ninguna fuerza de voluntad frente a los chicos. Porque el deseo, que no el amor, la poseía totalmente. Quería hacerlo. Vaya que si quería. Pero entonces se acordó de Jim, y de su última discusión. Él la había acusado de haber ido a ver a Aladdín solo para acercarse a él, y era realmente cierto. ¿Por qué era tan patética? No pensaba permitir que eso quedara así… el rostro de Eric y el de Jim se reflejaron en su mente. Aladdín ya la estaba besando otra vez, paseando su lengua por el labio inferior de la chica, cuando Ariel se separó.

-Pe… perdona-dijo Aladdín, aunque realmente no lo sentía-no quería molestarte…

-Sé lo que querías… y lo que quería yo…-dijo Ariel negando con la cabeza. Las lágrimas asomaron de nuevo a sus ojos, y entonces Aladdín sí se preocupó. ¿Qué había hecho? No quería hacerla llorar…

-Lo siento, yo…

-Me dijiste que me ayudarías con esto… me dijiste muchas cosas…-recordó Ariel, intentando serenarse mientras contenía las lágrimas.

-Lo siento, Ariel…-repitió Aladdín, paseando por la sala mientras intentaba también tranquilizarse. Las ganas que le tenía a la pelirroja se las iba a tener que comer con patatas-perdona…

-¿Vas a ayudarme o no?-preguntó la pelirroja levantándose del sofá mientras respiraba entrecortadamente-¿vas a hacerlo?

-Has venido aquí solo por eso…-dijo Aladdín mirándola con la cabeza ligeramente ladeada-porque te haga un favor… como todos…

Hubo un largo silencio en que los dos se miraron. El mundo interior de cada uno chocaba como dos nubes en la tormenta. Ambos experimentaban un periodo de cambio, en el que estaban luchando por dejar su pasado atrás.

-Sí que es verdad, Aladdín…-susurró Ariel mirándole enfadada mientras se dirigía a la puerta-si que has cambiado…

-Te dejas el disco…-dijo Aladdín, mordaz. Segundos después se arrepentía de lo que había dicho. Furioso, le dio una patada a la silla, y luego se quedó callado, notando su pesada respiración decelerar poco a poco. Mirándose en el espejo Aladdín vio realmente su reflejo por primera vez desde hace tiempo. Estaba extrañamente pálido y con ojeras. Y llevaba aquella camisa blanca y esa elegante corbata roja. Parecía un joven empresario de esos a los que robaba antes. Uno de los típicos chicos con los que el padre de Yasmín quería que su hija saliera. Pero todo era mentira… una gran mentira. Él no era nadie. Y estaba matando todo lo que quería por aquello.

Aladdín sacó la bolsa de cocaína de su cajón y se dispuso a darse otro repaso, cuando vio la foto de Billy, que le guiñaba el ojo. Se acordó de aquella primera vez en su casa, cuando en el spa Billy había intentado tener sexo con él. En ese momento a Aladdín le había parecido horrible… hasta que ahora él había hecho lo mismo con Ariel.

-¡NO!-Aladdín corrió hacia el baño privado de su despacho y abriendo el váter tiró a toda prisa la droga por él, pulsando después la cadena. En un remolino de agua, el polvo blanco desapareció para siempre. Aladdín se quedó mirando el váter fijamente, apoyado en él, y después vomitó. Echado en el suelo, pensó en Abú… ¿ dónde estaría ahora su buen monito? Seguramente en casa, solo, con la montaña de plátanos que cada día le compraba. Tenía que acabar con aquello. Tenía que hacerlo ya.


Sebastián estaba al límite de sus fuerzas, pero había descubierto una posible vía de escape: rompiendo la válvula de calentamiento del horno esta comenzó a soltar un montón de humo llenando todo el horno e impidiendo la visión. Sebastián sabía que el agujero en la válvula era su única vía de escape. Vio muy asustado todo el humo que seguía saliendo por ella. Se moriría de asfixia… pero no había más opción.

-Po favó diosa del mar, protégeme…-suplicó Sebastián tomando aire antes de lanzarse al agujero. Fuera, el Chef aporreaba el horno, enfadado.

-¡Cangejo, déjate veg! ¡Cangejo!-rugió. Pero con tanto humo no se veía nada.

-Abre ese horno, lo vas a quemar todo, gilipollas-le dijo el director mientras el ayudante de producción pasaba el extintor por las ardientes cortinas. Louis refunfuñó pero finalmente abrió la tapa y un denso nubarrón le chamuscó la cara.

-Cof, cof… cof, cof…-el Chef patinó por el suelo de la cocina incapaz de respirar y fue hacia el fregadero para lavarse la cara. Al abrir el grifo, de él salió disparado como un proyectil el propio Sebastián, que se estaba recuperando del ardiente túnel del que acababa de escapar. Cuando Louis enfocó por fin a Sebastián, que estaba pegado a su cara, volvió a entrar en su torbellino de violencia psicótica. Agarrando una sartén se empezó a dar golpes en la cara a sí mismo tratando de matar a Sebastián, pero él lo esquivó y correteó por el plató hacia la salida.

-¡UAAAAAAAH! ¡NON!-rugió Louis y agarrando cuatro cuchillos se los lanzó, fallando todos, aunque le cortó un mechón de pelo al cámara, que estuvo a punto de desmayarse del susto-¡CANGEJO!

-¡Estás loco!-gritó Sebastián a la carrera para salvar su vida.

-¡VUELVE! ¡YO TE TGITUGO!-Louis agarró el soplete y una enorme cazuela y persiguió a Sebastián por los pasillos de la MTV dando gritos y empujando a toda la gente que se cruzaba por su camino. Unos artistas de decorados cargaban con un cuadro para una casa antigua y Louis lo atravesó por la mitad tratando de dar alcance al cangrejo.

-¡SOCORRRO!-gritó Sebastián desesperado y pegando un brinco se tiró por el hueco de unas escaleras, aterrizando tres plantas más abajo, afortunadamente protegido por su caparazón. Sebastián suspiró aliviado. Había tenido que ganarle algo de terreno a Louis y…

-¡UUUUUAAAAAAAAH!-el Chef saltó también por el hueco de la escalera con el soplete encendido y quemando una planta de adorno de la que caía. Casi aplastó a Sebastián, que se apartó justo a tiempo de evitarle y seguir corriendo.

-¡DÉJAME!

-¡VUELVE Y PELEA COMO LOS HOMBGES!

-¡QUE ME DEJES!

-Buenos días, es la una del mediodía. Comenzamos los informativos hablando de la nueva política tributaria que será renovada en año nuevo por la Reina Roja…-empezaba Ted Mosby, el presentador de informativos.

-¡MUEGE CANGEJO!

-¡UAAAAAAAAAAAAH!

Sebastián saltó por encima de la cabeza de Ted y Louis lo noqueó de un cacerolazo mientras intentaba atraparlo. Luego tiraron varias cámaras de la que salían del plató. Los colaboradores del programa se miraron, atónitos.

-¡ARIEEEEEEE!-Sebastián distinguió la melena de la pelirroja en un ascensor. Si se cerraban las puertas…-¡ARIEEEEEEEEEEEEE!

Ella pulsó a la planta baja, abatida. Iba demasiado sumida en sus pensamientos como para escucharlo.

-¡ARIEEEEEEEEEE!-repitió Sebastián con todas sus fuerzas. Ella levantó la cabeza y al reconocerlo se quedó a cuadros. El pequeño cangrejito estaba solo a unos metros de ella, mientras detrás de él, como una estampida, el Chef resoplaba con ansias asesinas.

-¡Sebastián!-Ariel puso las manos en forma de cuenco y recogió en ellas al cangrejo que la alcanzó de un salto.

-¡ETÁ LOCO! ¡CORRE!-chilló el crustáceo.

-¡CANGEJO EGES MÍIIO!-el Chef se abalanzó sobre Ariel pero ella lo esquivó y salió justo a tiempo del ascensor. Luego pulsó la planta 100 y se fue corriendo. Louis, aturdido, no pudo salir a tiempo, y se le escuchó rugir mientras el ascensor empezaba a ascender.

-¡NO! Planta baja… ¡PLANTA BAJA!-Louis pulsó otro botón y el ascensor se abrió. Varios niños que iban a actuar en un anuncio iban a entrar pero él los apartó de un empujón y echó a correr a las escaleras, bajando de nuevo a la planta donde lo habían burlado. Pero al llegar allí, ellos dos ya no estaban.

-¡LOUIS! ¡LOUIS! ¿TE HAS VUELTO LOCO?-el director de su sección y varios guardias de seguridad corrían hacia él enfadados. Louis miró hacia los lados notando como la rabia y la frustración efervescían en su interior-¡LOUIS!

-¡NOOOOOOOOOOOON!-gritó el Chef tirándose al suelo y alzando las manos al cielo.

Non, rien de rien
Non, je ne regrette rien
Ni le bien qu'on m'a fait
Ni le mal, tout ça m'est bien égal!

Non, rien de rien
Non, je ne regrette rien
Car ma vie, car mes joies
Aujourd'hui, ça commence avec toi!

Ariel y Sebastián se fueron riéndose en el endobús recordando todo lo ocurrido en la MTV.

-Sí, sí, ahora hase mucha grasia pero a tu pobre amigo Sebastián no le ha hecho ninguna-dijo el cangrejo cruzado de patas.

-¿Por qué te odia tanto ese hombre?-preguntó Ariel extrañada-en la tele es muy simpático.

-En la tele hata Úrsula lo es…-gruñó Sebastián-la última ve que no vimo le etropeé el catering para una boda… de la que pretendía haserme a mí y a mi congénere el plato prinsipá…

-Vaya…-Ariel acarició el caparazón del cangrejo, angustiada-no debería haberte dejado…

-No pasa nada mi niña no pasa nada… Sebatián e mucho Sebastián…-dijo el cangrejo recolocándose en las piernas de la niña con comidas-¿conseguite lo que querías de ese chico?

-Oh… creo que sí-dijo Ariel mirando por la ventana. Él la había besado. Y le había gustado mucho, no podía negarlo. Seguía sintiendo aquellos indecentes y hambrientos deseos sexuales en ese cuerpo humano suyo tan nuevo. Seguía queriendo saber lo que era el amor…

-El chico Jim también vivirá por aquí-supuso Sebastián frunciendo el ceño-podríamo ir en su visita…

-No, no…-dijo Ariel negando con la cabeza. Por unos segundos la idea de regresar a la confortable comodidad de la casa de Jim, con su cama, la comida de su madre y su televisor la tentaron mucho. Pero lo que más la atraía de volver era precisamente él. No podía seguir negando sus sentimientos. Quería volver a verlo. Tal vez tenía que perderlo de vista para entender al fin lo que quería…

Sebastián la miraba sonriendo irónico. Se imaginaba lo que ella estaba pensando. Él podía ser un pequeño cangrejo, pero también conocía el amor.

-No… nunca más…-dijo finalmente Ariel. Perdida su vista en los grises edificios de la zona roja a los que azotaba la nieve, pensó en qué estaría haciendo Jim. Tal vez pensaba en ella… seguramente no…


"¿Pensará en mí…? Si supiera dónde está…"-Jim esquivó un charco formado por la nieve derretida y siguió andando, protegido del frío por su grueso abrigo polar. Los autovolantes pasaban por encima suyo, como siempre por encima del límite de velocidad, mientras dejaba atrás la seguridad del barrio humano de Yuca para adentrarse una vez más en la urbe animal de Hapana. Supo que había llegado al barrio cuando una jirafa con maletín de la mano de una hipopótama le pidió perdón por estar a punto de pisarlo. Jim miró a un lado y a otro con cautela. Había intentado ser lo más sigiloso posible, y que desde su casa no lo siguieran. De hecho, no había cogido la tabla Solaryum como solía hacer siempre: había salido por la parte trasera de su casa cubierto por un pasamontañas negro con solo dos agujeros para los ojos y uno para la nariz, y se había escurrido por entre las callejuelas para llegar hasta Hapana. Si el D23 lo tenía vigilado, lo mejor era actuar con la mayor discreción posible. Aún se preguntaba molesto qué sería lo que Cobra Burbujas le había borrado de la memoria. Y qué le habría dicho. Intentaba hacer esfuerzos para recordarlo, pero era totalmente imposible. El aparto le había dejado ese fragmento de tiempo completamente en blanco, y de no ser porque el propio Burbujas le había hecho entenderlo, ni se habría dado cuenta de ello.

El Bandar Longue estaba como todas las noches a reventar de gente. Animales y humanos bebían y se drogaban juntos mientras las mujeres bailaban en barras de streaptease y los seducían. Dos bailarinas acariciaban la gorda tripa de un elefante que vacíaba con su trompa un tonel de cerveza mientras un león copulaba con una gueopardo dándola por detrás entre la decoración de palmeras de plástico, sin importarle que todo el mundo les viera.

Jim observó el espectáculo con indiferencia mientras se abría paso entre la multitud. El rey Loui había vuelto a citarlo, lo cuál era bastante sospechoso: según él, tenía una buena oferta que hacerle, si le conseguía más droga. Jim no habría ido, de no ser porque Loui le había mandado el mensaje a su propia casa, lo que significaba que ya sabía quién era, y tanto él como Sarah estaban en peligro. Mejor jugar según las reglas del rey, ya no quedaba otra opción. Jim no entendía cómo es que se lo estaba tomando con tanta calma. Pero seguramente el hecho de que había estado a punto de morir más de diez veces en todo aquel año tenía algo que ver. Ahora veía el peligro de otra forma. Empezaba a no tenerle miedo a nada, en realidad.

El mismo mono que la otra vez lo había llevado ante Loui lo reconoció de nuevo, y saltando por entre las lianas que había en el techo del establecimiento tocó a Jim en la cabeza, y le indicó que le siguiera. El chico asintió y fue tras él, aunque tuvo que quitarse de encima a una lagarta que le enrolló la cintura con su cola verde, intentando atraerlo hacia ella.

-Aquí cada vez la comida es de peor calidad. Las termitas antes tenían un sabor a petisuis, ahora saben más a flan-se quejó Timón apartando su plato de termitas con disgustos.

-Jo Timón… pues los gusanos están muy ricos…-replicó Pumbaa eructando fuertemente mientras su amigo seguía quejándose.

-¡Eh!-exclamó Timón al distinguir a Jim entre la multitud-¿no es ese Aladdín? ¡El chico ese…! ¡El de Gantz!

Al decir esto una sombra que pasaba por detrás de ellos se detuvo unos instantes y los miró, ojo avizor. Gantz…

-¿Gantz?-repitió Pumbaa en voz muy alta. Luego vio a Jim-¡Sí que es Timón, pero no se llamaba Aladdín! ¡Ese es Ariel!

-¿Cómo va a ser Ariel, cerebro de mosquito, si esa era la chica pelirroja! ¡Te digo que se llama Aladdín!-replicó Timón mosqueado.

-Aladdín era el otro…-insistió Pumbaa.

-¿Qué hará aquí?-preguntó Timón mirando a Jim que entraba en el pasillo reservado.

-Pues nada bueno…-razonó Pumbaa comiéndose las termitas de Timón distraído-porque va a ver a Loui…

-Ya… que raro…-Timón arqueó una ceja. No era asunto suyo, pero se aburría bastante esa noche, y la verdad es que su lado cotilla tiraba muy fuertemente de él en aquella ocasión…

Jim entró de nuevo en el despacho de Loui. La cosa había cambiado mucho desde la última vez: lo habían remodelado y hecho mucho más grande y lujoso. Había una enorme pirámide de fritas coronada por una piña, y Loui tenía un castillo hinchable en el que en ese momento estaba saltando con dos despampanantes mujeres humanas. Jim le miró perplejo.

-Sí, así, vamos-reía Loui con su cascada voz de simio-¡Vamos vamos, supadidú! ¡Oírte quiero chica a tú!

-Ijijiji, Louiiiii…-rieron ellas mientras el orangután daba una voltereta en el aire y luego las tocaba el trasero. Al ver a Jim Loui se detuvo, y empezó a empujar a las dos chicas fuera de su colchoneta.

-¡Vamos, fuera, fuera! ¡Loui tiene trabajo! ¡Largo de aquí!-dijo, malhumorado.

Ellas cayeron al suelo del despacho y luego se alejaron frotándose doloridas las rodillas. En realidad le odiaban, aunque le permitieran hacerles cualquier cosa. Jim las vio alejarse y luego se concentró en Loui, que seguía saltando en el castillo hinchable mientras se pelaba un plátano tranquilamente.

-¡Jimbo! ¡Sube chico, sube con tu tío Loui!-le animó el orangután-¿quieres banano?

-No me llames Jimbo…-pidió Jim mientras se descalzaba y empezaba a saltar en el castillo con Loui. Los castillos hinchables siempre le habían gustado mucho de niño. Eran muy divertidos, había olvidado la sensación de estar allí saltando. Loui le metió a Jim un plátano en la boca sin preguntar, y el chico lo dejó a un lado. Tenía por norma número uno no comer nada de nadie potencialmente peligroso, como era el caso de Loui.

-Jimbo chico yo no soy tu enemigo. Cachorro humano bueno, me has hecho rico con tu juguete ¡Rico! Las ventas que antes eran de Yzma son ahora todas mías ¿sabías que he entrado en las cenas de la House of Villains? Solo los mayores jefes criminales pueden asistir…

-Veo… que has hecho…cambios-comentó Jim saltando también al ritmo del mono-y de mí… ¿qué quieres?

-Tengo… aún veinte mil mickeys esperando para ti, cachorro, ¿recuerdas?-dijo Loui señalando a fuera del castillo. Uno de sus chimpancés asesores le enseñó a Jim un maletín plateado, sonriendo con sus toscas facciones.

Jim ya suponía algo así. Le había dicho a Loui que tenía más muestras de droga, a cambio de salvar la vida. No podía decirle que no las tenía… pero tampoco podía dárselas. Mierda… si el simio no hubiese encontrado su casa, todo sería más fácil.

-Ya… oye, no puedo traértelas ahora…-dijo encogiéndose de hombros-es que me siguen… la policía me tiene cercado, y el D23. No creo que te convenga hacer negocios conmigo… pero cuando se calme la cosa, te lo traeré…

El rey Loui se encendió un cigarro con el mechero que sujetaba con su pie mientras botaba en la colchoneta, y sus ojos se entrecerraban hasta ser solo dos finas líneas, fulminándolo con la mirada.

-Pero eso no era el acuerdo…-dijo con frialdad.

-Ya pero… te has hecho rico, y más aún que lo vas a hacer… creo que te compensa-dijo Jim-si confías en mí de nuevo… puedes hacerte mucho más.

-El problema es, cachorro humano, que las cosas no van tan bien-Loui encendió una enorme pantalla de cine que le habían puesto al final de su despacho, y unas imágenes grabadas con un móvil aparecieron. Era un chico de la edad de Jim, que se retorcía en el suelo, asustado.

-¡Elefantes rosas! ¡Elefantes! ¡Los veo por todas partes! ¡Los elefantes rosas otra vez no!-gritaba el chico babeando y convulsionándose. Sus amigos intentaban calmarlo, sin éxito. Jim se acordó del coma etílico que le había dado a Peter una vez.

-Es esa puta droga… ¡Malditos cabrones!-gritó otro de los chicos.

El siguiente video era todavía peor: una chica estaba a punto de saltar por un puente, asustada.

-Los elefantes rosas… los elefantes rosas…-repetía. Jim tragó saliva al verlo. "Que no lo haga… por favor, no…"

Ella saltó, pero un autovolante de la policía la rescató justo a tiempo, dándola luego a una ambulancia.

-La droga conocida como Calima que acaba de entrar en el mercado es la más peligrosa que jamás se haya vendido en Suburbia-decía un doctor del Hospital Peralta-recomiendo encarecidamente a toda la población mantenerse alejada de ella. Una sola dosis puede causar alucinaciones muy graves e incluso un shock cerebral.

-La mayoría de pacientes aseguran ver elefantes rosas, atacándolos…

Jim escuchó esa última frase agachando la cabeza, mientras notaba como el corazón le latía más rápido ¿qué había hecho? "Yzma no testó el producto… no estaba listo…"-pensó, agobiado. Había envenado a un montón de chicos de su edad… y seguramente también a gente adulta…

-Las ventas aumentaron al principio, pero las cosas están cayendo ahora…-explicó Loui. Ya no sonreía ni parecía tan simpático. Su naturaleza salvaje deformaba su rostro y le daba un aspecto altamente peligroso-si no consigo reponerme del golpe con un producto nuevo, me echarán de las cenas en la House… y perderé mucho dinero…

Jim miró a un lado y a otro, preocupado. Los chimpancés de Loui le miraban muy serios. Tenía poco tiempo para inventar algo y salir del paso. Mierda… por suerte había venido prevenido pese a todo. Llevándose la mano al bolsillo pulsó un botón del mando que había construido. Tardaría un poco en llegar, solo tenía que ganar tiempo.

-Tengo una droga mejor…-mintió Jim-pero tienes que darme tiempo.

-Tengo bananos, tengo bebidas, tengo chicas y castillos hinchables, pero tiempo no me queda-dijo Loui impaciente, avanzando hacia él-dime cachorro humano ¿tienes algo mejor que ofrecerme, o me he estado haciendo ilusiones con que podía confiar en ti?

-Joder ya te lo he dicho, necesito tiempo…

-Y sin embargo mis monos han registrado tu casa y ahí no hay nada de drogas… solo un bichejo asqueroso que cambia de forma, y una hembra imbécil que suponemos que es tu madre, y que podría trabajar aquí perfectamente si se me hinchan las narices…-maldijo Loui apretando los dientes. Jim palideció al entender que el rey sabía la verdad, pero al escuchar mencionar a su madre apretó los puños, furioso. Ese puto mono no la haría ningún daño. No se lo permitiría.

-Ni se te ocurra acercarte a mi madre, capullo…-le avisó Jim. Loui le miró desafiante.

-¡UAAAAAAAAH!-gritó de repente el orangután, y dando un fuerte saltó empujó a Jim fuera del castillo por la parte trasera. Un agujero en el suelo se había abierto repentinamente.

-¿Qué mierda…? ¡JODER!-Jim cayó por un túnel varios metros hasta aterrizar en un profundo pozo. Desde arriba, escuchó movimientos, y pudo ver al rey y sus monos asomarse, riendo-¡SÁCAME DE AQUÍ, MONO DE MIERDA!

-Disfruta de tu muerte Jim Hawkins, cachorro humano-rió el rey Loui mientras cerraba la entrada del túnel-¡tu madre ya se pasará por aquí a ver tus huesos, no te preocupes!

-¡CABRÓN!-Jim empezó a escalar por el túnel, pero resbaló y aterrizó en el suelo de aquel oscuro pozo. No veía una mierda, pero a tientas distinguió algo entre el suelo. Eran huesos.

-Una medida que Rátigan siempre usa-rió el rey Loui satisfecho, hablando con sus chimpancés-yo también tengo mi mascota particular…

-¡JODER!-Jim le dio una patada a un cráneo. Mierda, tenía que salir de allí; esperaba que su tabla no tardase mucho más en llegar, ahora que la había llamado. Pero aquel lugar le estaba dando miedo. Allí había un bicho… y él no estaba preparado para enfrentarlo…

Llevaba una enorme navaja que compró una vez con Tarzán en una tienducha de los barrios bajos, y que a veces cogía por precaución. Armas de fuego no tenía, eran más difíciles de conseguir de lo que parecía. Jim empezó a escalar de nuevo a tientas por el túnel hacia la salida, aunque estando esta obstruida, veía difícil al salida, pero había que intentarlo al menos. Entonces algo lo agarró por el tobillo y tiró de él, haciéndolo aterrizar de nuevo, esta vez dándose un buen golpe que le hirió en la barbilla, en el suelo. En la penumbra, Jim distinguió a su lado una calavera… y estaba seguro de que era humana. Algo se movió a su lado. Algo grande, grueso y espantoso. Le recordó a un tentáculo con los que Úrsula lo había agarrado en su último encuentro. Pero era un solo, largo, larguísimo tentáculo.

Era una serpiente. Gigante.

-Joder…-Jim se encogió en el suelo al ver como el cuello de la serpiente se estiraba varios metros hasta el techo, mirándolo entre las sombras pestañeando lentamente a destiempo y sacando una larga lengua bífida-odio las serpientes…

Ella abrió la boca enormemente hasta descolocar su propia mandíbula. Luego lo miró con maldad.

-Puesss essso es muy grossssero de tu parte, cachorro humano-dijo. Jim la miró asombrado. Naturalmente, claro que hablaba. Todo en aquella puta ciudad lo hacía, hasta los váteres.

-Perdón… no sabía que hablaras…-se disculpó Jim mientras sujetaba tras su espalda la navaja.

-Puesss ssssi que lo hago, y de hecho basssstante bien como puedesssss ver-dijo ella girando en torno a suyo. Jim se dio cuenta de que lo tenía rodeado: su gruesa cola de color marrón con exóticas manchas cobrizas estaba por todas partes. El olor de la viscosa serpiente era irrespirable. Era como Sir Hiss, solo que cien veces más grande. Odiaba, realmente odiaba a las puñeteras serpientes.

-Seseas un poco…-comentó Jim sarcástico, y la serpiente le miró ofendida.

-¿Ssssí? Bueno… ess que aún tengo atasssscado mi último almuerzo en la GARGANTA-la serpiente se abalanzó sobre Jim con las fauces abiertas pero él la esquivó y sacando la navaja se la hundió en el cuello. Ella ahogó un grito pero luego de un coletazo lo derribó, y atrapándolo por las piernas le levantó haciéndole que la mirara, boca abajo.

-Creo que essss hora de que me presssente-dijo la serpiente. De repente cerró los ojos, y al volver a abrirlos estos brillaban con cientos de colores, sobre todo azulados y violáceos, como un gran festival de luces, una feria. Todo el pozo se iluminó también con los reflejos de colores cambiantes, mientras la voz de la serpiente resonaba por todas partes como un canto con eco, una música tan atrayente e hipnótica que a Jim le recordó a la de las sirenas. Solo que esta voz era mucho más fuerte, y penetraba en su cabeza como una aguja pincha un huevo, sin poder impedirlo, llevándole una especie de mensaje que le era imposible no escuchar.

Mi nombre essss Kaa, ssserpiente soy, y vivo aquí

Trisssste, ssssola, nadie sssse acuerda de mí

Y aunque me duele que esssssto ssssea así, me he acossssstumbrado

¿quieressss que sssiga ssssiendo así? Puedo llevarte a muchossss sssitios…

puedo ssser quién te proteja…

sssssolo has de confiar en mí…

confía en mí… solo en mí

ven acá…

y confía en mí…

Jim intentó soltarse agitándose, pero al escuchar la fuerte voz de Kaa que sonaba como vil a la vez, se volvió hacia ella, y nada más ver sus ojos, se quedó paralizado. Las luces lo deslumbraron con sus centelleantes flashes, y paralizado, fue acercándose al reptil tal y como este le incitaba a hacer. Kaa giró y giró en torno al chico haciendo elegantes espirales con sus anillos. Era una serpiente larguísima, medía más de veinte metros, y fácilmente podría haber estrangulado con su grueso y musculoso cuerpo al cocodrilo Tic-Toc o a Bruce.

Kaa hizo que Jim ascendiera y descendiera llevándolo sujeto por el tobillo con su cola, y lo rodeó, acercando su larga lengua hacia su rostro y lamiéndole para probar su sabor.

-Ooooooooh… tú, cachorro humano esssstás muy, muy bueno…-saboreó la serpiente con deleite. Jim no respondía. Solo observaba las luces de los ojos de Kaa con fascinación. La navaja estaba en el suelo, y ya nada podía salvarlo de ella.

Dormirásssss… yo velaré…

Junto a ti, rooondaré…

Confía en mí… sssssssolo en mí…

Kaa giró en torno a Jim su cuerpo de nuevo, y colocándoselo sobre su espalda lo paseó por sus anillos como si se tirara por un tobogán. A la serpiente le encantaba jugar con la comida antes de comérsela. Tanto tiempo sola hacía que necesitara un poco de diversión, aunque fuese tan sádica como tantear a su presa antes de zampársela.

Las luces eran cada vez más brillantes, realmente el pozo tenía mejores efectos de luz que las salas de discoteca que había justo encima suyo. Kaa escuchaba bailar y divertirse normalmente a los otros animales. Ella había sido allí encerrada por los monos de Loui tras ser capturada a traición. Quería escapar, quería venganza… pero de momento se conformaba con aquello. Apretando a Jim cada vez entre sus anillos (el chico se estaba asfixiando, aunque no se diese cuenta) Kaa observó como el rostro del humano se contraía y ponía cada vez más rojo, mientras con la puntita de su cola le apartaba el cabello de la cara y lo miraba fascinada. Era un humano bastante atractivo, eso tenía que reconocerlo. Kaa podía ser una serpiente, pero tenía una debilidad inexplicable por los seres humanos.

-Sssssí… que aproveche, cachorro humano… que me aproveche, te quiero decir…-rió pérfidamente Kaa abriendo de nuevo sus fauces. Lo engulliría de un bocado. En ese momento algo interrumpió en la sala, rompiendo la puerta que bloqueaba la huida del túnel, y abriendo una brecha de luz.

-¿QUÉ?-Kaa miró sorprendida la tabla de Jim que aterrizaba cerca de su amo, tal y como él la había indicado con el pequeño mando que había estado construyendo en su taller y con Maurice esos últimos días. Kaa torció el gesto, furiosa-No… ¿qué esss esssto?

-Eeeeeh…-Jim empezaba a recobrar la consciencia. Al ver la tabla y la luz que entraba de fuera todo volvió a su mente, y volviéndose hacia Kaa (cuyo poder hipnótico había desaparecido) dio un grito-¡AAAAAAAH! ¡MIERDA!

Kaa iba a morderlo cuando Jim la dio una patada y consiguió aterrizar en el suelo. El chico trató de alcanzar su tabla pero la cola de Kaa se puso en medio. Jim tuvo que echar a correr en la dirección opuesta, metiéndose en el interior de los pasadizos de la guarida de Kaa. Escuchaba a la serpiente sisear muy cerca suyo. Iba a atraparlo.

-¡NO! ¡NO!-Jim torció una esquina para encontrarse de nuevo con Kaa, cuyos ojos se encendieron como una lámpara de caleidoscopio y las luces multicolores volvieron a absorberlo otra vez.

Pequeño y traviessso humano…

¡No quierassss dejarme en la esssstocada!

Esssta noche piensssso irme a la cama

Bien tranquila y cenada

Confía en mí… sssssssolo en mí…

Ven a Kaa… y confía en mí…

-Nno… no…-Jim volvía a ser absorbido por la hipnosis de la serpiente que volvió a concentrar todos los anillos de su cuerpo en torno a él. Las rodillas del chico temblaron y se inclinó ante Kaa, que se relamió. Iba a ser un suculento festín. Un bien merecido festín… había que decir que pese a todo el rey Loui se portaba bien. Solo por eso, lo mataría rápido cuando consiguiera escaparse…

-¡Kaa, Kaa, serpiente malá! ¡Kaka Kaa, déjalo ya!-gritó una voz. Kaa se volvió sorprendida. Al final del túnel por el que Jim había intentado huir había otra visita inesperada: avanzando entre las sombras un viejo babuino armado con una vara de madera se acercó a ella y a Jim, con expresión de descontento.

-¿Cómo te atrevessss?-preguntó Kaa furiosa.

-Suéltalo, o tendré que enfadarme…-la advirtió el babuino alzando su vara hacia la cara de Kaa con gesto amenazante. Ella sonrió, viperina.

-Claro, mono… yo nunca dissscuto con el posssstre… -sus ojos volvían a brillar, con más fuerza que nunca, pero el babuino se llevó las manos a los suyos y se cubrió. Entonces Kaa embistió contra el recién llegado, pero dando un impresionante salto este la esquivó y aterrizó en una de las paredes laterales, impulsándose luego desde ella para dispararse como un misil contra Kaa y agitando su vara con una destreza impresionante la propinó un golpe tan brutal que le saltó los colmillos.

-¡UAAAAAAAAGH!-Kaa escupió sangre furiosa y se giró hacia el babuino con el odio congestionándola su serpentino rostro. El babuino alzó su palo una vez más, y mirándola le hizo un gesto con la mano, indicándola que avanzase. Kaa se elevó cuan larga era fulminando al simio con la mirada-Esssstás muerto mono… te lo juro…

-No se jura-dijo el babuino. Kaa se tiró encima suyo intentando morderlo pero él evitó su ataque de nuevo. La cola de Kaa entonces apareció de la nada intentando golpearlo pero inclinándose como si fuera el limbo el babuino la esquivó y luego le dio otro golpe a Kaa en el costado. La serpiente se retorció furiosa moviendo todo su cuerpo intentando cazar a su esquivo atacante, mientras Jim recuperaba la consciencia de nuevo. Sin embargo cuando ya se incorporaba la cola de Kaa que volvía a ser golpeada se movió y chocó contra Jim. El chico salió disparado y se dio contra una pared, quedando noqueado.

-¡QUÉDATE QUIETO, SSSSSSSSIMIO! ¡DÉJAME COMERTE!-siseó Kaa, asesina.

-Aquí estoy yo-la llamó el mono, sentado sobre una de las columnas de la cueva.

-¡JA!-Kaa intentó agarrarlo, pero de repente ya no estaba.

-Aquí ahora-llamó el mono desde otro lado. Kaa volvió a intentarlo, pero una vez más había desaparecido. La tiraron un huesecito, y al girarse vio al babuino tumbado en el suelo, guiñándola un ojo.

-Asante sana squash banana… -canturreó el babuino despreocupado. Aquello era más de lo que Kaa estaba dispuesta a soportar. Extendiendo sus anillos por toda la cueva se cernió sobre el mono que esquivó sus agarres uno tras otro, burlándose de ella con su risa histérica y dándole golpes en distintas partes del cuerpo, sobre todo en su vientre, la zona más frágil.

-¡JA!-Kaa consiguió emboscar al babuino contra una pared y se tiró encima suyo, pero él la detuvo con su vara de madera. Al abrir la boca Kaa para comerlo el babuino le metió el palo en la boca dejándola la mandíbula inutilizada, y luego empezó a darle fuertes puñetazos de boxeo en la cara y los ojos. Kaa intentó mover el cuerpo para defenderse, pero el mono la esquivó de nuevo y subiéndose a su cabeza la guió por la cueva utilizando el palo como timón.

-¡UAAAAAAAH!-gritó Kaa yendo directa a un muro.

-¡JUAJAJAJAJAJA!-rió el mono saltando para salvarse. Kaa se golpeó bestialmente contra la pared, y se quedó unos segundos aturdida. Veía la cueva borrosa, y distinguió al muchacho, que se había incorporado y la miraba con asco.

-Ttú…-siseó Kaa, tratando de enfocar a Jim. Pero… ¿dónde estaba el mono?

-¡KYAAAAAAAAYAYAYAYAYA!-el babuino apareció de la nada levantando el palo sobre su cabeza, y sacudiéndole a Kaa un golpe bestial en la cocorota, que fue además el definitivo: la serpiente se tambaleó unos momentos luchando por no perder el equilibrio, pero finalmente cayó al suelo, vencida. Un enorme moratón empezó a formarse en su monstruosa cabeza. Apoyado en la pared en frente de ella, Jim la observó, sudoroso. Esta vez había ido de poco. Pero por algún motivo, su suerte no se agotaba.

Jim miró al mono, que ya no sonreía, si no que parecía muy serio nuevamente.

-¿Quién eres…?-preguntó Jim extrañado.

-Vamos…-dijo el mono muy serio, indicándole con un gesto que le siguiera.


Los monos del rey Loui andaban como locos mientras intentaban averiguar quién había dado aquella paliza a Kaa y como había escapado aquel chico. El rey se mordía las uñas de mono, angustiado. Realmente había subestimado a ese chico…

Jim ya no estaba en el Bandar Longe, sería idiota hacerlo. Acompañado de Timón, Pumbaa y el misterioso babuino, paseaba unas calles más abajo, camuflado entre una multitud de animales que disfrutaban de la felicidad de un sábado por la noche.

-Si yo no te hubiera visto, Al, ahora mismo estabas en la panza de la serpiente-comentó Timón con orgullo.

-¿Vosotros sabíais que existía?-preguntó Jim con sorpresa.

-Bueno, sí. Todos lo sabemos. El rey no es muy bueno escondiendo secretos. Pero eso no significa que no sea un buen sitio…-repuso Timón encogiéndose de hombros.

-Pues a mí no me convence, Timón…-comentó Pumbaa.

-A ti no te convence nada, tontorrón-dijo Timón acariciándole al jabalí el cabello.

Jim miró al mono, que andaba silencioso, tapado ahora por un largo abrigo, similar a una capa de viaje.

-Gracias por salvarme-dijo el chico ofreciéndole la mano. El mono la miró con los ojos muy abiertos. No se la estrechó.

-Era mi deber… aunque no lo merecías…

-Uy… mal rollo-le susurró Timón a Pumbaa.

-No… no sé por qué piensas eso…-dijo Jim, aunque creía conocer la respuesta.

-No te habrías metido en líos con el rey… si no hubieras estado jugando con la droga-dijo el babuino. Jim asintió lentamente. Parecía estar masticando un caramelo muy amargo.

-Necesitaba el dinero… no tenía otra opción y…

¡ZAS! La vara del mono le dio a Jim en la cabeza, y le hizo bastante daño.

-¡Au! ¡Joder! ¿Qué pasa?-preguntó Jim frotándose la cabeza y mirando al babuino cabreado.

-Mal. Siempre hay otra opción. Eres tú, que no quiere buscarla-dijo el mono.

-Te aseguro que la busqué, y…-empezó Jim, pero al ver que el mono empezaba a levantar la vara de nuevo, prefirió callarse. Miró a Timón y Pumbaa, que discutían sobre los modelitos de un escaparate.

-Muy ajustado. Ya no se lleva esta temporada-sentenció Pumbaa sabiamente.

-¿Es amigo vuestro?-preguntó Jim señalando al simio.

-No, que va-respondió Timón con desparpajo-le acabamos de conocer… pero parece majete ¿no?

-Sí, mucho…-dijo Jim mirándole. Hbaía algo en ese mono que le resultaba sospechoso. Estaba claro que decía menos de lo que sabía… Jim ya había tenido esa sensación con otras personas, como Merlín y Cobra Burbujas… también con su madre.

-La noche se oscurece… me tengo que ir ya-dijo el babuino agarrando su vara.

-Espera, un momento-dijo Jim cortándole el paso. El babuino le miró con los ojos muy abiertos y una cara muy seria, pero a Jim le pareció que en realidad estaba de cachondeo.-¿por qué me has salvado?

El babuino miró al chico mientras una lenta sonrisa aparecía en su rostro. Luego miró a su palo. Y luego le dio al chico con él en la cabeza.

-¡Joder! ¡Me cago en el palo!-protestó Jim intentando quitárselo al mono.

-Tenía que salvarte, estabas en peligro. Cuando vimos entrar una tabla hacia el despacho de Loui, supusimos que tenías problemas. Y está claro que tú solo no sabes defenderte.

-Claro que sé…-se defendió Jim, enfadado. Lo había tenido controlado, con la navaja y la tabla. Lo que pasa que no contaba con algo como Kaa, con ese destructivo poder hipnótico que lo había desarmado totalmente-es solo que… ¿cómo iba a poder con la serpiente?

No supo por qué, pero el siguiente golpe de vara ya se lo esperaba.

-Mal, otra vez. Tú puedes con todo. Lo único con lo que no puedes es con lo que no quieres poder-recitó el mono muy serio.

-Sí, vale, lo que tú digas…-contestó Jim, pero el mono levantó la vara otra vez y el cerró la boca.

-No sabes defenderte, no sabes pelear, y en el Gantz vas a encontrar la muerte-dijo el babuino muy serio.

-¿Cómo?-Jim miró al mono con sorpresa. ¿En Gantz?

-Tus amigos me lo han explicado…-dijo Rafiki señalando a Timón y Pumbaa con aburrimiento.

-Muy bien, hombre-dijo Jim poniendo los brazos en jarra.

-Qué más da…-dijo Timón que en ese rato había comprado un helado de hormigas en un puesto cercano-ni que tuviésemos que avergonzarnos porque una bola negra nos secuestre.

-¿Perdón?-dijo una hipopótama que pasaba por allí, ofendida.

-Tú ya conocías Gantz de antes…-dijo Jim mirando al babuino con desconfianza. Pero él negó con tranquilidad.

-Soy viajante, aventurero. Lucho contra las fuerzas del mal-explicó. Jim arqueó una ceja-he venido aquí porque me lo han dicho los espíritus del fuego. Pasaré en Suburbia unos meses, luego me iré, para no volver jamás…

-Ay, llévame contigo-pidió Timón, cínico.

-Pensé que te gustaba vivir aquí…-repuso Pumbaa curioso.

-Pensar Pumbaa. He ahí tu problema-contestó mordazmente Timón.

-¿Qué me quieres decir con eso?-dijo Jim concentrado. Había algo que el babuino trataba de mostrarle… ¿una enseñanza críptica, algún tipo de oferta?-¿hay algo que quieres que haga…?

-Bueno…-el babuino sacó unos folletos de color verde. En ellos ponía "Rafiki. Clases de autodefensa personal"-necesito pagar el hotel en el que estoy, así que si te apuntas me vendría genial. Son quince mickeys la hora.

-Venga ya…-Jim le miró, incrédulo.

-Y podrás enfrentarte a esa serpiente y matarla, antes de que llegue el verano-dijo el babuino Rafiki. Jim echó la cabeza hacia atrás. Luego respiró profundamente. La verdad es que todo aquello le resultaba muy gracioso.

-Vale… -dijo finalmente-lo pensaré y ya te digo… pero… ¿qué hay de Loui?

-Es cierto… el chico está en peligro-apoyó Pumbaa.

-¿Qué pasa con él?-preguntó Rafiki con cara de póker.

-Sabe dónde vivo… sabe quién soy-recordó Jim.

-No te preocupes-dijo Rafiki cogiendo su palo con fuerza y entrecerrando sus ojos, mientras hablaba con voz muy grave-ese no te molestará ya más…

-Pues… vale…-Jim se encogió de hombros, sin poder evitar reír-y… ¿algo más?

-Bueno… solo hay… una cosa más-dijo Rafiki en voz baja, misterioso.

-¿Qué?-preguntó Jim extrañado, acercándose un poco.

-¡MANTENTE ATENTO!-gritó el mono, y le dio otra vez con el palo en la cabeza.

-¡Me cago en la puta, puto mono!-Jim intentó agarrar a Rafiki pero este dio un triple salto mortal y aterrizó en el balcón de uno de los edificios. De repente empezó a reír, histérico.

-¡AJAJAJAJAAJ! ¡JAJAJAJA JA!-exclamó Rafiki haciendo un extraño bailecito en el que meneaba el culo mientras chasqueaba los dedos de ambas manos-¡Asante sana squash bananana! ¡Asante sana…!

-Siempre acabo liado con un puñado de locos…-dijo Jim metiéndose las manos en los bolsillos, observándolo alejarse dando grandes saltos impulsado por su palo.

-Dímelo a mí…-comentó Timón, cruzado de brazos.

-¿Os hacen unas birras?-sugirió Jim con pereza. No tenía mucho que hacer por Montressor, y aún no le apetecía volver a casa.

-Hecho-aceptó Timón.

-Y cuéntanos que haces por aquí, jovencito-dijo Pumbaa, amistoso.

-Bueno… es una larga historia…-Jim se fue alejando por la calle con los dos animales. Había mucho en el barrio de Hapana por conocer…

Durante su paseo hasta el bar más cercano empezó a llover. Posiblemente el agua se transformara pronto en copos de nieve, así que los tres apretaron el paso. Entre la lluvia, a Jim le pareció distinguir la rojiza melena de Ariel, pero solo fue un segundo, pues luego ya no estaba. Pensó que debía de haberse equivocado. Pero es que la echaba de menos tanto, que se la imaginaba por todas partes. "Quién sabe dónde andarás…-pensó Jim sonriendo para sí-¿sigues sola…? ¿piensas en mí…?"

"¿Cuándo volveré a verte…?"


-Tiene cinco minutos para hablar con ella, señor Landry-informó el subcomisario abriendo la puerta de la celda-cinco minutos por reloj.

-Tenga piedad…-dijo Beau, entrando a toda prisa. Nada más cruzar el umbral de la puerta su hija se echó a sus brazos, apretándolo con fuerza contra sí.

-Papá… papá…-lloró Cenicienta, desconsolada. Iba a ir a juicio. Se la llevaban mañana mismo, a un tribunal rojo. Cabía recordar que en la zona roja, existía la pena capital. Pálida y ojerosa, Cenicienta pasaba las horas escuchando en su mente que de ahí a unos días estaría muerta… muerta. Por un crimen que no había cometido. Por la muerte de una mujer a la que amaba más que a nadie.

-Tranquila Ella, tranquila… yo estoy contigo…-la tranquilizó Beau, con los ojos hinchados. Aún olía a la mierda de la basura de la fiesta. Tras descubrir la verdad en los ojos de Agatha, había ido corriendo a ver a su hija. Ahora que lo sabía, encontraría la forma de demostrarlo. Él no era un triunfador, no tenía la vida que quería, pero no se había rendido nunca. No lo haría ahora tampoco.

-Papá… no me dejes, no soporto estar sola… yo no he hecho nada… tengo mucho miedo papá…-Cenicienta lloraba desconsoladamente-por favor, ayúdame.

-Tranquila Ella, tranquila… sé quién lo ha hecho… voy… voy a demostrarlo… la encerrarán a ella… ella morirá…

Cenicienta se quedó paralizada en los brazos de su padre. ¿Ella? Dios no. No podía ser cierto.

-Papá…-Cenicienta se apartó de su padre, horrorizada. Lo peor era que ella misma ya lo había pensado varias veces. Su siniestra mano estaba detrás de todo aquello…-¿Agatha?

Beau asintió, y no pudo evitar echarse a llorar.

-Es todo culpa mía Ella… perdóname, perdona a tu padre…-suplicó, besándola en las manos mientras Cenicienta le recogía las lágrimas, consternada, tratando de calmarlo-nunca debí acercarme a esa mujer… pensé que sería una madre para ti… pensé que te querría… que tú la querrías a ella….

¡BANG! El corazón de Beau salió disparado por los aires y se quedó chafado en una pared, al igual que varios órganos más, cuando un enorme agujero se le abrió en el pecho. La causante del disparo estaba detrás, en la entrada de la celda.

-Es obvio que no-dijo Lady Tremaine. Cenicienta la miró negando con la cabeza, incapaz de asimilar su presencia allí.

-Papá… ¡PAPÁAAA!-chilló la rubia, desesperada.

-Qué pena…-Lady Tremaine miró al hombre al que tanto había amado. Ya no sentía nada por él. Ni siquiera desprecio. El odio a Cenicienta superaba todo lo demás.

-Voy… voy a… ¡VOY A MATARTE!-gritó Ella furiosa, avanzando hacia su antigua madrastra. Lady Tremaine la apuntó con la pistola, y la chica se quedó paralizada.

-Sí claro, matarme…-sonrió fríamente-no vas a hacer nada, cariño. No puedes, te lo dije desde el principio. No puedes hacer nada contra mí.

Cenicienta negaba una vez tras otra, incapaz de hacer otra cosa. ¿Cómo podía ser cierto? ¿Cómo podía estar pasando aquello?

-¿Por qué…?-lloró Cenicienta, roja, incapaz de controlarse más-¿por qué me odias? ¿Por qué… por qué has hecho esto?

Cayó al lado de su padre y comenzó a llorar y a besarle el rostro, desconsolada. Beau había muerto en el acto. No podía ni haberla dicho adiós. El dolor de verlo ahí muerto era indescriptible.

-No me das ninguna pena-replicó Lady Tremaine con frialdad. Cenicienta apretó los dientes con rabia. Iba a matarla. No sabía cómo, pero sabía que la mataría-solo he venido a decirte que espero deseosa tu ejecución, cuando acabe la Navidad.

-Será contigo…-lloró Cenicienta, intentando levantarse y enfrentarla, pero incapaz de hacerlo. No le quedaban fuerzas-hay cámaras por toda la comisaría… te han grabado matando a mi padre… estás acabada… estás acabada…

-Claro que no…-Lady Tremaine se apartó para dejarla ver al subcomisario. Estaba en el pasillo, muerto-es sencillo: las cámaras de seguridad no han grabado nada, porque las he desactivado yo todas con el código de este inepto. Así que no se ha grabado nada… y si intentas demostrar algo contra mí, no podrás, porque se supone que estaba en una fiesta y además ¿cómo iba yo a colarme en la comisaría? Nadie me ha visto hacerlo.

El odio y la rabia de Cenicienta pasaron a ser momentáneamente desconcierto. Es cierto… ¿cómo?

Sonriendo como una víbora, Lady Tremaine le dio la respuesta: girando la caracola del collar que llevaba (y que desde el principio a Cenicienta le había chocado mucho) se transformó primero en la propia Cenicienta, y luego en el subcomisario de policía.

-Le estoy pillando el truco…-dijo Lady Tremaine satisfecha- las cámaras me grabaron matando al verdadero subcomisario antes de que las desactivara, así que cuando el comisario y sus agentes bajen no tardarán en deducir que tu padre intentó liberarte, el subcomisario disparó contra él, y luego tú contra el subcomisario, para huir.

-Pero no lo haré… no huiré…-dijo Cenicienta valientemente.

-Bueno… tienes una posibilidad de escapar ahora-razonó Lady Tremaine-si te quedas, te condenan, eso te lo aseguro. Yo por mi parte me marcho. Buena suerte, Cenicienta.

Temblando de rabia, la niña miró a la mujer con la que tantos años se había visto obligada a convivir, casi esclavizada, y a la que tan bien conocía. Ahora se daba cuenta de que no la conocía en absoluto. Era peor que mala. Era el mismísimo demonio.

-¿Por qué… por qué…?-gritó Cenicienta mientras Lady Tremaine se alejaba-¿Por qué?

Ella se detuvo en el umbral de salida.

-¿Por qué? Tú lo sabrás… eres tan… perfecta… que deberías saberlo…

Diciendo esto, salió de allí con el rostro ensombrecido. Ahora sabía lo que la había rescatado de la muerte, lo que la había impedido dejar este mundo, y no era esa maldita bola que aparecía ahora en sus pesadillas, Gantz. Era el odio. El odio la había mantenido con vida. Y como disfrutaba odiando a esa niña. Y como disfrutaría viéndola encogida en un estrado, y luego camino a la muerte… iba a ser el mejor momento de su vida, con diferencia.

Que digan lo que quieran sobre el amor ¿verdad, Lady Tremaine? El odio es vida…


Cortísimo en comparación al episodio anterior, la verdad. He decidido partir este intermedio en dos, como ya hice con el que predecía a la misión de Yzma. Bueno, me lo he pasado genial escribiendo este capítulo, sobre todo las partes de comedia: cuando Jim lleva a Lilo a patinar (que me ha parecido muy tierno) el mítico Sebastián vs Chef Louis y por supuesto las anormales de las hermanastras de Cenicienta en la fiesta.

También me ha gustado mucho sacar por fin a Kaa, en una escena que tenía ya muchas ganas de escribir.

Por otra parte creo que Aladdín y Lady Tremaine han sido los dos personajes más interesantes en este capítulo, sin olvidarse de Jim que ha comenzado una nueva relación con Bella y parece ir encauzándose por el buen camino. ¿Qué opináis vosotros? Y la trama avanza lentamente, con pequeñas pistas, como las que da Cobra Burbujas con sus repentinas apariciones. ¿Será Oogie Boogie el siguiente objetivo? ¿O tal vez otro villano...?

Si os gustó por fa dejadme un review que ya sabéis que me gustan más que a Jim las tías. Y nada, nos leeremos pronto, seguramente porque el siguiente cap ya está en proceso.