La historia pertenece a Adriana Rubens y los personajes a Thomas Astruc. Mío solo es el tiempo que invierto en hacer esta adaptación.

Capitulo 27

Mari ya sabía de donde había sacado Alya sus dotes de manipulación: Emilie, la duquesa de Chat Noir, era toda una experta. No entendía porque estaba empeñada en mantenerla en Bellrose House a toda costa.

En primer lugar, su ropa había desaparecido. Una doncella le había dicho que la duquesa había mandado sus vestidos a lavar. Todos sus vestidos. Solo tenía el camisón que llevaba puesto. Pero Mari, dispuesta a no dejarse manipular, se había colado en la habitación de Alya y le había cogido prestado un sencillo traje de viaje color granate. No era la primera vez que intercambiaban ropa, puesto que usaban la misma talla.

Cuando Mari bajó a desayunar, Emilie estaba terminando.

-Querida, no te esperaba – exclamó con verdadera sorpresa, pero se recompuso con rapidez -. Si hubiera sabido que ibas a desayunar tan temprano, te habría esperado – añadió, mirando su vestido con incertidumbre.

-Habría bajado antes, pero no encontraba nada que ponerme. Al parecer, toda mi ropa estaba sucia, hasta la que no había sacado de la maleta, porque una doncella recibió órdenes de que se lavara toda hoy mismo.

Mari observó complacida que la duquesa se ruborizaba.

-Veo que a pesar de eso has encontrado algo que ponerte.

-Espero que no le moleste, pero me he tomado la libertad de coger un vestido de Alya. Era eso o quedarme todo el día encerrada en mi habitación…, y usted no lo desearía, ¿verdad?

El rubor de la duquesa se intensificó y las sospechas de Mari se acentuaron. Algo tramaba cuando intentaba retenerla.

-Claro que no, querida. Lo de tu ropa será un malentendido. Hablaré con el ama de llaves para que te entreguen tus vestidos cuanto antes. Seguro que mañana ya los tendrás listos.

-Estupendo, pero me los tendrá que mandar a Londres – objetó la muchacha con una sonrisa forzada -, porque mi intención es partir ahora mismo. Si hace el favor de ordenar que preparen un carruaje…

-Pero, querida…

-Por favor.

Las mujeres se miraron por encima de la mesa del desayuno, en un duelo de voluntades férreas.

Al final, la duquesa cedió con un suspiro.

-Está bien, ordenaré que preparen un carruaje.

Mari sonrió triunfal, pero al cabo de unas horas cualquier rastro de sonrisa había desaparecido de su rostro. Seguía en el comedor, esperando un vehículo.

Debería haber supuesto que la victoria no sería tan fácil.

La propiedad contaba con cinco carruajes para el uso familiar, pero por una extraña coincidencia, estaban reparando tres de ellos a la vez, o eso le había dicho la duquesa. Mari no podía acusarla de mentirosa, pero era incomprensible que los tres vehículos se hubieran averiado simultáneamente-

-¿Y los otros dos? – preguntó con el ceño fruncido.

-Mi suegra se ha llevado uno a primera hora. Tenía que hacer unas visitas; no sé cuanto tardará, tal vez todo el día – se excusó encogiéndose de hombros -. El otro es el que se ha llevado Alya para ir de compras a Londres, así que…

-La duquesa viuda ha regresado – anunció el mayordomo desde el umbral.

Mari se levantó sin demora.

-Pero, querida, termina de comer mientras preparan el carruaje.

-¿Y dar tiempo a que se pueda averiar mientras tanto? No, gracias. Prefiero salir ahora mismo.

Mari sabía que estaba siendo brusca y maleducada, pero no lo podía evitar. Tenía el presentimiento de que se avecinaban problemas, como cuando se acerca una tormenta y el ambiente se vuelve intenso. Y lo único que conseguían los impedimentos que estaba poniendo la duquesa era acentuar sus ganas de escapar.

Salió de la mansión con premura y bajó la escalinata a toda velocidad, justo cuando se detenía el carruaje de la duquesa viuda. Ella misma abrió la portezuela, haciendo que el lacayo la mirara consternado por no dejarle hacer su trabajo.

-Huy, buenos días, Marinette, hoy se te ve mucho mejor aspecto – saludó la madre del duque de Chat Noir.

Sophia Agreste era la personificación de la dulzura. Una figura regordeta y maternal, el pelo canoso y hermosos rasgos. El paso del tiempo no había hecho sino acentuar el halo de bondad que la envolvía.

-Gracias, lady Agreste – murmuró Mari con una respetuosa inclinación de cabeza, ofreciéndole el brazo para ayudarla a apearse.

Menos respetuoso fue el tirón que le dio para que se apease con rapidez.

-Si no le importa, tomaré prestado su carruaje para volver a casa – dijo Mari apresuradamente, mientras entraba sin miramientos -. Lléveme a Londres – ordenó con decisión al cochero, que seguía en el pescante -. Deprisa, por favor – urgió al ver que Emilie salía a toda prisa de la mansión.

Justo cuando el hombre iba a azuzar los caballos oyó la voz de la duquesa.

-¡Alto! – exigió Emilie, con el aliento entrecortado tras haber descendido la escalinata a la carrera -. No se puede ir.

Todo el mundo la miró consternado y, para fastidio de Mari, el cochero no puso en marcha el carruaje.

-¿Se puede saber por qué no me puedo ir esta vez? – gruñó Mari sacando la cabeza por la ventanilla.

-¿Qué por que no te puedes ir? Pues…, pues… es evidente – bufó la duquesa.

-¿Qué es evidente?

-Eso, querida, ¿Por qué es evidente que no se puede ir? – preguntó Sophia, intrigada ante el extraño comportamiento de su nuera.

-Por la rueda – dijo al final la duquesa -. Esa rueda está medio suelta.

Aquella afirmación concentró la atención de los presentes en aquella susodicha rueda.

-Yo no veo que tenga nada de malo – musitó Mari, observándola con minuciosidad, aunque la verdad era que no entendía de ruedas.

-Compruébalo tú mismo, Joseph – solicitó la duquesa al cochero -. ¿Ves como está a punto de soltarse?

El cochero miró la rueda consternado.

-Yo no veo que esta rueda… - Una suave tos de la duquesa lo interrumpió.

-¿Verdad que no es seguro viajar en este carruaje, Joseph? – insistió.

-Yo no veo que esta rueda… - dudó – sea segura para viajar.

La duquesa le brindó una sonrisa deslumbrante.

-¡Que contrariedad! Vaya suerte he tenido de que no se soltase durante mi paseo – exclamó Sophia con preocupación -. Marinette, no podemos dejarte ir en este carruaje si no está en condiciones.

Mari fulminó a Emilie con la mirada.

-Esperaré mientras la aprietan. ¿Cuánto pueden tardar? – preguntó al cochero -. ¿Diez minutos?

-Al menos un par de horas, ¿verdad Joseph? – terció la duquesa.

El hombre, que había empezado a asentir cuando Mari preguntaba, negó con énfasis al escuchar a Emilie.

-Diez minutos, no – balbució Joseph enrojeciendo -. Dos horas, tal vez más.

-¿Ves? No tiene sentido que esperas aquí. Vamos adentro a terminar de comer con tranquilidad.

Mari iba a protestar, pero la voz de la duquesa viuda la atajó.

-Eso, querida, entra con nosotras y así me pones al día. Hacía mucho que no te veía por aquí; te he echado de menos. ¿Qué tal por Londres?

La muchacha se dejó conducir adentro con un total sentimiento de impotencia.

Dos horas después le anunciaron que mientras apretaban la rueda, no se sabía cómo, se había roto el eje. Hasta el día siguiente no lo podrían reponer.

Más decidida que nunca a salir cuanto antes, Mari había solicitado que le ensillasen un caballo. Pero una hora después seguía aguardando su montura.

Cansada de la espera, había ido personalmente al establo en busca de un caballo, decidida a ensillarlo ella misma si era necesario, y se había encontrado con las cuadras vacías. ¡Vacías!

Un caballerizo le había comentado que, justo después de comer, la duquesa había ordenado llevar a todos los caballos a pastar en los prados que había al norte de la propiedad.

Era el colmo.

Salía de las cuadras, hecha una furia, cuando se encontró con Sophia paseando.

-Me voy – anunció sin detener su paso -. Por favor, informe a la duquesa de Chat Noir de que me marcho andando.

No esperó contestación de la duquesa viuda; ni siquiera oyó lo que le dijo. Su paciencia había llegado al límite. Con paso enérgico comenzó a avanzar con decisión por el camino empedrado. Aunque tuviera que caminar durante toda la noche, llegaría al pueblo más cercano y allí buscaria algún medio de transporte hasta Londres.

A los pocos minutos oyó que gritaban su nombre.

La duquesa de Chat Noir en persona, con las faldas subidas, corría como loca tras ella. Sin pensárselo dos veces, Mari se recogió también las faldas y empezó a correr…escapando.

A los pocos metros, la muchahca tropezó con una piedra y cayó de bruces. Tuvo la suerte de que el lio de falda y enaguas amortiguara el golpe, pero perdió el tiempo suficiente para que Emilie la alcanzara.

La duquesa no fue sutil a la hora de inmovilizarla: se lanzó encima de ella, bloqueando cualquier huida.

-¿Es que ha perdido el juicio?-farfulló la muchacha entre asombrada e indignada, pataleando para quitarse a Emilie de encima.

La duquesa se afianzó sobre Mari y se sentó a horcajadas sobre su espalda.

-Mi hijo me pidió que te retuviera, de la forma que fuera necesaria, hasta que él llegase – jadeó la mujer, intentando imponer su fuerza sobre Mari -, y si te soy franca, estoy deseando que llegue de una vez Estás siendo muy poco razonable.

-¿Qué yo estoy siendo poco razonable? – preguntó con incredulidad -. ¡Pero si es usted la que está sentada encima de mí!

Estaban tan concentradas en su escaramuza que no repararon en el carruaje que se acercaba por el camino hasta que lo tuvieron casi encima.

El cochero frenó con violencia cuando fue consiente de que había dos personas en medio de la carretera. Su cara de horror fue total cuando reconoció a la duquesa.

Emilie lanzó un chillido de alarma cuando se dio cuenta de que estaban a punto de arrollarlas. Gracias a la destreza del conductor, el vehículo se detuvo justo a tiempo para evitar una desgracia.

Mari aprovechó el momento y, con un fuerte impulso, consiguió desequilibrar a la duquesa y quitársela de encima. Se levantó con un movimiento ágil y corrió hacia el carruaje.

-Por favor, necesito ayuda. Esta mujer se ha vuelto loca y me retiene contra mi voluntad.

Abrió con decisión la portezuela y se encontró con unos incisivos ojos color esmeralda que la miraban intensamente.

-Si fuera tú, yo no iría diciendo esas cosas de mi futura suegra.

-Adrien – musitó la muchacha.

No estaba preparada para verlo cuando sentía el corazón tan vulnerable en su presencia, cuando la desolaba el pensar que iba a tener que vivir su vida sin él, cuando él la tomaba por una vil prostituta.

Era un hombre perfecto, maravilloso, tierno, apuesto, tan…

Un momento… ¿Futura suegra?

Ese hombre era un maldito cabezota, un asno terco e insufrible.

Lo miró con el deño fruncido dispuesta a dejarle las cosas claras. Irguió la espalda, alzó el semblante…y salió corriendo como alma que lleva el diablo.

Porque en el fondo sabía que nunca le podría negar nada.

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