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Nótese que ya quiero terminar el fic.
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Capítulo 28: El Fuerte
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La batalla que durante muchos años fue conocida como "La batalla berkiana" se tomaron muchas decisiones.
Duró casi un día.
Hubo bajas de los hooligans que horas después de haber ganado rindieron homenaje digno para los caídos.
También hubo daños, pero principalmente, hubo esperanza.
Una esperanza que marcó el inicio de una época difícil por tanta guerra de territorios, una que el jefe de Berk supo tratar de la manera más pacífica posible, la cual dio comienzo un par de días después.
Todos en Berk se reunieron en el centro de la aldea.
Había lágrimas y preocupación. Era el momento de decir adiós, muchos sabían que algunas vidas iban a perderse indudablemente, pero cada soldado que iba montado en un dragón era conocedor del riesgo, y también de la necesidad de paz que había cuando todo eso acabara.
-Estamos listos, jefe. –informó Eret, tras hacer una caravana a los regentes de la isla.
Los líderes asintieron. Astrid acompañó a su esposo, por más protocolo que por deseo, aunque entendía la necesidad de ambas islas, seguía sin estar de acuerdo en cómo se dieron las cosas. Esas noches incluso ni siquiera había dormido a su lado, Hiccup tampoco insistió y le dio su espacio para que su enojo se le pasara; pero no logró disminuir el sentimiento de rechazo. Sólo le ayudó a empacar un par de cosas y éste le dio total libertad de hacer en Berk lo que más le pareciera, dejó claro que ella era la reina y que debían obedecer las decisiones por el bienestar en la isla, aspecto que Astrid agradeció.
-Que los dioses estén con ustedes. –deseó Valka, despidiéndose de su hijo.
-Tengan cuidado, mamá. Si ocupan algo manden un aviso a la orilla del dragón y vendremos en unas horas. –recordó con preocupación
La castaña le asintió maternalmente.
En cuanto se separaron Hiccup miró a Astrid, deseaban decirse tantas cosas, pero sólo sonrieron con lástima.
Habían había algo de resentimiento.
-Que les vaya bien. –fue todo lo que dijo la rubia, antes de darse media vuelta y marcharse al lado de su amiga Heather.
Ella tampoco diría nada. Aunque antes de la batalla habían hablado y "supuestamente" arreglado asperezas, seguía habiendo rechazo.
-Hasta pronto, mi lady. –le susurró, palabras que la reina alcanzó a percibir.
El castaño suspiró. Animó a Toothless y cuando el dragón emitió un fuerte rugido toda la armada de Berk emprendió vuelo.
Los gritos de batalla, cuernos y aplausos de los aldeanos que se quedarían en la isla animaron el inicio del viaje.
Hiccup se fue con el jefe de Berserk, Dagur, quien también reclamaría su tierra, Eret, Snotlout, los gemelos y Gobber fueron la principal élite del jefe, mientras que Fishelgs, Heather y Valka permanecieron en Berk para proteger la isla.
-Hasta pronto, mi chico dragón.
Había pasado más de un mes desde que habían tomado la decisión de separar los frentes de ataque en Berk, no había sido fácil. En especial por el parteaguas que propició la decisión.
La reina Astrid se había quedado en la isla, gobernando sabiamente mientras que su esposo, el rey, había liderado a grandes soldados hacia lo que anteriormente fue el exilio autoproclamado del heredero.
Ahora estaba siendo el frente perfecto para confrontar a los lords de la guerra. Al principio construyeron las Cabañas donde se alojarían los soldados y líderes de los escuadrones; y en menos de dos semanas realizaron el fuerte, un modesto pero orgulloso lugar donde los vikingos realizaban las juntas, y en algunas salas contiguas las habitaciones de los comandantes de la élite berkiana, zonas en donde se ubicaban las habitaciones en las que el jefe y sus allegados dormían, ya que era uno de los lugares más seguros.
En cuanto a Berk, aquella isla fracturada logró resistir el ataque de tres flotas que iban por todo en aquella noche.
"No sé qué hubiéramos hecho sin usted, reina Astrid"
Esas palabras que le repitieron los aldeanos fueron lo que terminó por convencer a la rubia de quedarse en tierra berkiana, a pesar de sus deseso por defender a la isla desde los aires.
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De eso ya habían pasado meses. Agónicos meses en los que sólo se habían comunicado por un par de cartas formales que el rey mandaba al Consejo de la isla y que la reina respondía con el mismo formalismo.
Pero no había cariño tan palpable en esas esquelas. No se palpaba el amor y la pasión que claro se tenían ellos, aún no había nada eso.
Por lo mismo es que el rey planeo una estrategia de regreso a la aldea para ver cómo estaba el reino y ver cómo podía arreglar las cosas con su amada reina, no aguantaba ese distanciamiento, tal vez sería más ameno si ella cooperaba un poco.
Sin embargo la rubia se le había adelantado. Ella era quien no soportaba estar lejos del castaño, y también era quien no soportaba darle la razón de la decisión que había tomado.
Con el orgullo vencido y la necesidad de al menos un abrazo.
La rubia le mandó una carta, algo que nunca había hecho para él.
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El jefe estaba junto a las furias, esos dragones parecían tener mejor vida amorosa que él.
A su lado también estaba el mapa donde habían señalado el último informe de los asaltos de lo que quedaba de las tropas de los cazadores y de los lords de la guerra, a quienes aún no se localizaban.
-La isla más difícil de liberar está en los límites del estrecho de Balder. –musitó mientras movía las piezas que aun permanecían intactas.
-Me recuerda cuando jugabas con tu padre a Mazas y Garras. –añoró Gobber, entrando a la sala principal del Fuerte.
El castaño se movió para verlo, él también extrañaba a su padre.
-Al parecer aprendí a jugar, al menos. –alardeó un poco. -¿Sucedió algo?
El mayordomo se limpió el bigote. –Sí, algo importante. –mostró lo que tenía. –Llegó la tanda de mensajes de Berk. Los terrores terribles están descansando, mañana irán con las cartas a enviar. Algunas cartas son del consejo y para los soldados, seguramente las enviaron sus familias. –informó. –Tu madre te manda una carta. –le entregó el pergamino, Hiccup la recibió con cariño. –Y otra de la reina Astrid. –informó con más emoción.
Hiccup la tomó de inmediato, casi arrebatándola, pues en esos meses no había enviado una de manera personal, lo cual corroboró en cuanto leyó el destinatario.
-Tranquilo, enamorado. –se burló por ver la impaciencia del rey. –Iré a dejarle una carta a Dagur y otra para Eret, no me tardo.
El jefe ni caso le hizo, ya estaba quitando el sello con el que Astrid había cerrado la carta.
Una vez que logró deshacerse de la cera que garantizaba que nadie la leería excepto él, abrió el papel cuidadosamente doblado.
Mi amado chico dragón:
No es fácil para mí decir esto,
por el contrario; sabes que me cuesta aceptar que alguien más tenía razón.
Y esto no sólo es darte la razón a ti,
si no asumir que de los dos, yo he sido una egoísta.
He sido una persona que no aceptaba que lo único que quería era estar contigo, y vivir ese amor de cuento que por tantos años nos fue negado.
Cuando me quitaste la oportunidad de ir contigo pensé que querías privarme de las posibles aventuras que fueras a tener sin mí.
Eso me carcomía por dentro, pero ahora después de los ataques que hemos tenido en la isla y ver cómo mi papel ha ayudado a fortalecer las defensas y como hemos contraatacado, veo que fue una buena decisión.
Perdóname por no comprender eso en el momento cuando me lo dijiste, tampoco debió ser fácil para ti.
Espero verte pronto y que este reclamo por liberar las islas que aún siguen bajo la presión y la tiranía de los seguidores que quedaron de Drago, pueda llegar a buen término.
Todo en Berk ha estado calmado. Tratamos de pagar con madera, pescado, tela e incluso escamas de dragón a las islas que nos brindaron su ayuda cuando más lo necesitamos por el frío, sin embargo me temo que hay una cuestión difícil de cumplir en esto, pero no puedo decírtelo por este medio, será hasta que nos veamos.
Iniciamos las clases en la Academia como cuando tú y yo éramos chicos y aprendíamos a pelear; además Fishlegs se anotó para enseñar a leer a los niños mientras los padres de ellos trabajan en el campo o en sus diferentes oficios.
Se fortalecieron las entradas de los muelles con acero de dragón.
E iniciamos también con los trueques, pues aún faltan muchas plantas medicinales.
No te negaré a ti que la situación de Berk, aunque nos hemos mantenido estables, no es la ideal. La tierra ocupa sanar y me temo que somos un blanco fácil a pesar de las guardias y la armada que hemos preparado a lo largo de estos meses.
Sé que amas Berk y también sé que pronto encontraremos la solución a todos los problemas que requieren de nosotros.
Deseo estar contigo, te extraño con todo el corazón. Pero también sé que hemos estado separados por más tiempo y si nuestro amor pudo con aquella distancia, sé que podremos con estos meses que aún nos quedan por afrontar.
Pronto será la junta en Berk, espero que pueda llegar con bien.
Te amo
Tu reina, Astrid.
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Había releído esa carta durante tantas ocasiones que ya casi la aprendía de memoria. Él también mandó una réplica con su respuesta.
A su parecer todo estaba mejor y ya no había resentimiento palpable. Que su esposa diera el primer paso le hizo cuestionarse si su manera de actuar de él era la ideal.
Astrid era un gran apoyo para él, pero… ¿él era un buen apoyo para ella?
Sin embargo, en unos días él iría a Berk y podrían hablar, ¿cuál sería ese problema que no le pudo decir en la carta?
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En cuanto le avisaron del problema en la excursión que harían rumbo a Escalofrío emprendió vuelo de inmediato, lamentablemente se esperaba eso.
El barco que transportaba los peces, la madera y las telas fue saqueado y en venganza quemaron el galeón.
-¿Están bien? –preguntó la reina mientras ayudaba a los vikingos a subir a los dragones que llevaban para el rescate.
-Sí, majestad, gracias. –expresó un hombre, asustado, con ligeras quemaduras en su ropa.
La rubia se molestó por la falla en el plan que se había llevado a cabo.
-Lamentamos no haber resguardado nada de la mercancía. –se disculpó uno de los rescatados.
Heather y Astrid se miraron preocupadas, era la quinta vez que les pasaba eso en el mes.
-Los rescatamos a ustedes, lo importante es que están a salvo. –la reina tranquilizó a los hombres. Con una mirada indicó a los rescatistas que se llevaran a los varones. –Llévenlos a Berk, que las curanderas atiendan sus heridas.
-Sí, majestad. –aceptó Gustav la encomienda.
Finn y Heather se acercaron a la joven reina, manteniendo distancia entre sus dragones.
Sobrevolaron el área y descendieron en la parte del barco que menos daños tenía.
-Esto no me gusta, ya van demasiados ataques. –mencionó Heather, a ver si rescataban algo del pago que llevaban.
-Cinco ataques del mismo modo no es coincidencia. –agregó Finn.
-Hemos cambiado la ruta, el día. Nadie, excepto Fass, saben cuándo iban, e incluso no llevaban dragones para evitar que llamaran la atención. –farfulló la reina, claramente molesta. –No podemos seguir perdiendo mercancía de esta manera, ni exponer a los aldeanos.
Checaron los barcos, notando que había algo inusual.
-No querían robar, querían hacer daño a Berk. –concluyó Finn.
-La pregunta es ¿quién? –finalizó Astrid, empezando a tener sospechas, pero debía analizar las ideas antes de llegar a una conclusión más completa.
Fuera lo que fuera, debía hablarlo con Hiccup.
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Desde que vio a la Furia Luminosa entendió que su dragón deseaba más tiempo para él. Una de sus ideas era trabajar en una extensión de la prótesis de la aleta de Toothless para que éste pudiera volar sin tanto problema, ya que no era muy agradable para ambos que él estuviera volando con él en medio de una cita.
Ya estaba trabajando con ese proyecto en pequeños tiempos libres, sin embargo no podía detenerse en medio de tantas actividades que tenían que hacer en la isla. Sin darse cuenta la noche ya había caído, dejó a Toothless en el establo junto a su compañera y después regresó a la sala común para recoger los planos.
-Descansa, amigo.
Una vez en la sala, logró ver que su amigo Tuffnut se encontraba terminando de comer.
-¿Qué tal, hijo mío?
-No hay novedad, mañana iremos a recorrer el estrecho de Balder Es sólo de reconocimiento, ¿irán?
-Por supuesto, ¿a qué hora?
-En la mañana, temprano. –informó mientras apilaba sus papeles para llevarlos, la verdad es que no iban a ir tan temprano, pero siendo conocedor de los gemelos, prefirió que debía decir otra hora para que estuvieran listos a la medio día.
-¿Vas a cenar? –preguntó el rubio, notando que su amigo no iba a tocar el plato.
-Creo que me llevaré algo a mi habitación, mejor. –comentó, encogiéndose de hombros, ya era tarde después de todo.
-En ese caso te ayudo a llevarlo, me toca la guardia. –se ofreció amablemente mientras tomaba algunas cosas.
-Gracias.
Caminaron hasta el área de los dormitorios y Tuff ingresó a la habitación después del jefe, dejando en su escritorio algunos papeles y los pocos alimentos que Hiccup se llevó.
-Gracias, amigo.
Cuando el jefe habló sintió una presencia en la habitación se alertó, sin embargo al poner atención se quedó de hielo.
No se esperaba eso.
-¿Ocupas algo más? –preguntó cortésmente, pero el jefe seguía inmóvil. -¿Hiccup? ¿Todo bien? –Tuffnut ya tenía su mano en la espada para cualquier situación de alerta.
El castaño no podía creer lo que veía, pero guardó la compostura digna de un monarca.
-Sí. Todo bien. –se aclaró la garganta. –Ya es tarde y me gustaría descansar.
-Me parece bien, descansa. –se alejó, notando lo extraño del comportamiento del jefe.
-Sí, sí. Adiós. –casi lo corrió, empujándolo a la puerta.
-¿Seguro que estás bien?
-Sí, estoy cansado, es todo. Eviten molestarme, trabajaré con la protesis de Toothless. –ideó para librarse del gemelo.
El rubio se encogió de hombros y se marchó.
-Buenas noches.
El castaño ni respondió el buen gesto de su amigo, cerró la puerta trabándola, para después girarse y encender una vela para alumbrar la habitación.
Resopló con duda, acercándose.
-Hola.
-Hola, mi lady. –Hiccup se aproximó a ella, quien paso a paso salía de la oscuridad de la habitación y del escondite en el que se había resguardado.
La rubia se acercó con cautela, pero ansiosa por verlo después de agonizantes semanas sin saber cómo iniciar.
-¿Estás bien? –preguntó en un susurro.
La burglar se acercó por completo hasta estar frente a su esposo, llevando una mano hasta la mejilla de él, causándole un cosquilleo involuntario por todo su cuerpo.
-Sí.
-¿Por qué no te anunciaron? –preguntó incrédulo.
-Llegué hace una hora, más o menos. Dejé a Stormfly en uno de los establos. Quería hablar contigo primero. Te extrañé, Hiccup. –musitó quedamente.
-Y yo a ti, Astrid. –confesó, respirando con dificultad, era complicado tenerla a su lado.
Ambos pegaron sus frentes para mirarse de cerca, convirtiendo ese momento en un halo de deseo a su alrededor.
-Perdona por…
-Sh… -Astrid le puso un dedo en su boca para evitar que hablara. Hiccup le tomó la mano y la besó con ternura. –Perdóname tú a mí por no entender que debía quedarme en Berk. Prometí apoyarte en todo, y no apoyé esa decisión. Sin duda fue la mejor.
-Perdona por decidir sin haberte preguntado primero. No volverá a pasar. Somos un equipo.
Ambos se sonrieron, esperanzados y felices por verse de nuevo.
Hiccup quedó hechizado por los ojos azules de su esposa, ese azul que le invitaba al mar y al cielo al mismo tiempo.
-¿Está todo bien en Berk? –preguntó, sin soltar sus manos, necesitaba saberlo.
-Sí. –le asintió levemente, susurrando sobre sus labios.
-Entonces ¿qué haces aquí?
La rubia se rio de él para sus adentros, sí que su esposo era un despistado.
–Tenía que verte. Me haces más falta de la que hubiera pensado. –confesó con un todo seductor rodeando su cuello y espalda con sus brazos, acción que envió el quicio del jefe lejos de esa habitación.
Hiccup la abrazó por su cintura.
-Mi lady, cada noche sin ti ha sido una tortura.
El jefe no terminó de hablar porque su esposa comenzó a besarle con provocación, gesto que él respondió con cierta fiereza que fascinó a la rubia.
Sin darse cuenta, Hiccup besó el cuello de la muchacha, mordiéndolo levemente.
-¿Quién más sabe que estás aquí? –preguntó entre besos.
Astrid pasó sus dedos entre el cabello de él, apretando la cabeza contra su cuello. Se separó un poco de él para quitarse las mangas de su atuendo y abrir el chaleco de él.
-Esta noche, sólo tú. –reveló, besándolo nuevamente.
Hiccup tomó una sabia decisión en el momento en que dejó de hablar, para ayudarle a su lady a despojarse de sus ropas y quitarse las propias, para después caer en la cama que compartirían hasta el cansancio durante las siguientes horas.
-Te amo tanto, Astrid.
-Y yo te amo a ti, Hiccup.
Ta vez no fue la disculpa que ambos querían dar ni merecían, pero al menos esa noche les ayudó a disipar cualquier rastro de duda, de enojo, de molestia, incluso de irritabilidad para poder comprobar lo mucho que se amaban y necesitaba mutuamente.
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Notas de la autora:
Le dije que sería más seguido la actualización.
Cuídense, eviten salir de sus casas y sigamos las recomendaciones para evitar que la pandemia se expanda.
Gracias por sus comentarios a KatnissSakura y a Mar GL.
Gracias por leer!
**Amai do**
-Escribe con el corazón-
Publicado: 8 de abril de 2020
