La historia pertenece a Adriana Rubens y los personajes a Thomas Astruc. Mío solo es el tiempo que invierto en hacer esta adaptación.
Capitulo 28
Adrien actuó con presteza y la alcanzó antes de que pudiera dar dos pasos. Para sorpresa de los presentes, le plantó un beso breve pero intenso en ellos labios y se la cargó al hombro como si fuese un saco de patatas.
-Suéltame, bruto – gritó Mari, pataleando indignada y golpeando con los puños su ancha espalda -. Rompiste el compromiso, ¿recuerdas?
-He cambiado de opinión – declaró Adrien con una sonrisa de satisfacción que, por suerte, ella no podía ver.
Se sentía feliz ante la idea de pasar el resto de su vida con esa arpía de temperamento fogoso. Marcó con paso decidido hacia Bellrose House, dispuesto a buscar un lugar donde hablar en privado.
-¿Habéis roto el compromiso? – preguntó la duquesa mientras los observaba con asombro.
-No-contestó Adrien sin detenerse.
-Sí – replicó Mari -. Me trataste como a una prostituta – añadió herida.
-Te comportaste como una prostituta. O al menos lo simulaste. Ya me ha dicho Lahiffe que todo fue un embuste.
-Maldito bocazas – musitó furiosa -. Bájame, mentecato grosero.
-Menudo lenguaje, sirena. – Adrien silbó, riendo -. Como marquesa de Chat Noir se espera que seas un ejemplo de decoro y buenos modales.
Lo había dicho de broma; por eso le sorprendió el estallido de sollozos que estremeció a la muchacha.
-¡Por Dios, Marinette! ¿Qué ocurre? ¿Te he hecho daño? – inquirió preocupado, bajándola con ternura.
-¿Es que no lo entiendes? No puedo casarme contigo – declaró entre sollozos.
Había dicho que no podía, no que no quería. Eso era bastante esclarecedor. La cogió entre sus brazos, arrullándola con palabras suaves, y buscó la tranquilidad de la biblioteca. La duquesa los miró con preocupación y cerró la puerta tras ellos, dándoles la intimidad que necesitaban para aclarar la situación.
O0o0o
La estancia era muy parecida a la de El Jardín Secreto, aunque cuatro veces más amplia. Torres de libros franqueaban dos de las paredes de la inmensa habitación, dispuestos en solidas estanterías de ébano que llegaban al techo, de casi seis metros de altura. La pared que daba al exterior estaba toda acristalada, con lo que bañaba la estancia de luz natural y proporcionaba unas vistas impresionantes de uno de los hermosos jardines que rodeaban la mansión.
En el lado izquierdo se encontraba el gran escritorio del duque, de madera de ebano tallada. En el lado derecho había un enorme retrato familiar, encargado por el duque cuando eran pequeños, que se alzaba sobre una elegante chimenea de piedra. Frente a esta, un sofá y dos sillones rodeaban una delicada mesa de estilo francés, todo dispuesto sobre una gruesa alfombra.
Adrien se sentó en el sofá mientras ella sollozaba en su regazo. La acunó como si fuera una criatura hasta que las lagrimas cesaron.
-Contéstame a una pregunta: ¿no puedes casarte conmigo o no quieres? – inquirió Adrien con voz suave.
-¿Qué diferencia hay? – preguntó la muchacha, hipando.
-Créeme, hay muchísima diferencia – le aseguró mientras le colocaba detrás de la oreja un díscolo mechón de cabello -. Háblame, Marinette; cuéntame lo que te preocupa – rogó, queriendo entenderla -. Explícame por qué no te puedes casar conmigo.
La muchacha lo miró con ojos solemnes, de un azul tan profundo y oscuro como el cielo nocturno, y comenzó a hablar.
-Mi verdadero nombre es Marinette Anne Cheng, y nací en Whitechapel – confesó con voz apagada -. Nunca supe quién era mi padre; creo que ni mi madre lo sabía. Era costurera, pero cuando escaseaba el trabajo, bueno…, hacía la calle. Cuando murió, mi tía Natalie se hizo cargo de mí y me llevó al internado. Cuando mataron a mi tía me llevé la sorpresa de que me había dejado un burdel junto con el resto de sus pertenencias. Pensaba cedérselo a Nino, pero el inspector Gabriel me chantajeó para que…
-¿Alguien te chantajeó? – preguntó Adrien con voz sedosa, intentando controlar la furia que lo embargaba -. Por favor, cuéntamelo con todo detalle.
La muchacha le relató con minuciosidad todo lo ocurrido durante el ultimo mes y Adrien se maldijo por no haber estado a su lado para protegerla. Tenía tan dolo dieciocho años, y recién salida de la escuela y sin saber casi nada de la vida, se había visto envuelta en un asunto muy feo.
Grabó en su mente el nombre del inspector que había osado utilizarla de aquella mantera y se prometió que en cuanto volviera a Londres le daría su merecido.
-¿A hora entiendes por que no puedo casarme contigo? – sollozó con tristeza -. No tengo lo que se puede decir una reputación intachable.
-No, no la tienes – coincidió con seriedad -. Mas bien eres un escándalo en ciernes.
-Deberías prohibirme que volviese a ver a tu familia – atinó a decir con un suspiro.
-Sí, debería.
Adrien sonrió en su interior. Un suave rubor estaba coloreando las mejillas de Marinette, que había empezado a fruncir el ceño. La indefensión que había mostrado hasta entonces daba paso a la ira. Prefería un millón de veces verla enfadada que desconsolada.
-Y seguro que consideras que debería poner fin a mi amistad con Alya – continuó, entrecerrando los ojos.
-Sin duda, eres una pésima influencia para ella.
-Y, como es lógico, desearás que me aparte de tu camino para siempre.
No le dejó contestar.
Marinette se levantó del sofá como una tromba y le plantó cara con expresión desafiante y los brazos en jarras.
-Escúchame bien, asno estirado y presuntuoso. Puede que no sea perfecta, pero tengo corazón y soy fiel a lo que siento. Creo que luchar por lo correcto es más importante que vivir guardando las apariencias, y al diablo quien critique eso – espetó, acercándose a él para clavarle el dedo en el pecho -. Si piensas tan mal de mí, ya puedes salir por esa puerta y no volver a verme nunca más. Dedícate a buscar una muñequita perfecta que bese el suelo que pisas. Pero eres tonto si crees que otra mujer te podrá amar tanto como yo. Asi que…
No pudo terminar de hablar. En un segundo, Adrien le apresó el rostro entre sus grandes manos y le devoró la boca como un hambriento que hubiera encontrado una fuente de ambrosia.
Por fin, gimió Adrien para sus adentros.
Se acabaron las mentiras; terminaron los malos entendidos.
Por fin había podido ver lo que ocultaba la muchacha detrás de la máscara, y lo que había descubierto era mucho más de lo que podía esperar.
Un sentimiento de absoluta dicha lo recorrió de arriba abajo, mezclado con una profunda posesividad.
Mia, pensó.
Y no supo que lo había repetido en voz alta hasta que oyó a Mari murmurar:
-Sí, soy tuya – afirmó, entrelazando los brazos alrededor de su cuello -. Tendrás que enseñarme como darte placer – musitó ruborizada -. Si me voy a convertir en tu amante, debo saber complacerte.
Bueno, tal vez aun quede un par de cosas por aclarar, pensó Adrien con un suspiro.
-¿Por qué piensas que quiero convertirte en i amante? – preguntó extrañado.
Mari lo miró con los ojos como platos y el rubor le subió hasta la raíz del cabello.
-Bueno, yo…, yo te amo – balbució confundida -, y tu…, tu me estabas besando – añadió en toto acusatorio -. He pensado que te volvía a gustar, que tal vez podríamos continuar con la relación que llevábamos antes.
-Pequeña, ese tipo de relación ya no es posible entre nosotros.
-¿Se puede saber por qué? – inquirió, tratando de separarse.
Adrien se lo impidió, disfrutando de su cercanía. De pequeña era un torbellino, tal vez para paliar la falta de atención de su tía, pero se veía a la legua la bondad que había en ella. Su familia la había adoptado de corazón, enternecida por aquella niña solitaria que prácticamente vivía en el internado. Y él siempre había sido sensible a su cercanía, a esa mezcla de debilidad y fortaleza que conservaba de adulta.
-Marinette, estamos comprometidos – le recordó con paciencia -. Lo Lógico es que te conviertas en mi esposa.
-¿Te has vuelto loco? Después de lo que te he contado no puedes casarte conmigo.
-¿Por qué no?
-Porque los hombres de tu clase no se casan con mujeres como yo – evidenció -. Tú mismo lo dijiste.
-¿Cuándo he dicho yo eso? – preguntó Adrien, sorprendido.
-Te oí hablar con Lord Kawami en El Jardín Secreto. Los hombres como tu no se casan con mujeres como yo. Se lo dijiste.
-Pero hablábamos de Tikki. Tu no eres como ella – adujo.
-¿Y se puede saber dónde está la diferencia?
-Bueno, tú eras virgen. Ella es una prostituta, y además tiene una niña.
-Eso es injusto – bufó -. No es lo mismo ser prostituta que verse obligada a trabajar como tal. Tikki y yo somos muy parecidas. Tikki es una buena chica que se entregó al hombre del que estaba enamorada – explicó con seriedad -. Hizo lo que hizo por su supervivencia y la de su hija. No te engañes, Adrien. Yohabria hecho lo mismo si me hubiese visto en su situación. Y te recuerdo que ahora tengo una docena de hijos – añadió con retintín.
Adrien obvió a los niños; era un asunto delicado del que tendrían que hablar más adelante.
-¿Quieres decir que podrías llegar a prostituirte? – preguntó asombrado.
-No lo sé – reconoció -. Creo que hasta que no llega un momento de desesperación no podemos descubrir de qué seriamos capaces en caso de necesidad. Pero el corazón me dice que si tuviera un hijo tuyo, sería capaz de todo por protegerlo – dijo mientras se acariciaba el vientre con ternura -. Creo que podría llegar a prostituirme, robar e incluso matar. Si esa admisión me convierte en mala persona… - Se encogió de hombros.
-Tu no eres una mala persona – afirmó Adrien con convicción, conmovido por el gesto.
Sus palabras lo habían impresionado más de lo que podía expresar. Era la cruda sinceridad de una persona que había rozado el lado oscuro de la vida. Y aunque ella, por fortuna, no había vivido en carne propia la desesperación y la carencia, sentía una gran empatía hacia los que no habían tenido su suerte.
La profundidad de esa muchacha no dejaba de asombrarlo.
Fue consciente por primera vez de la suerte que había tenido en la vida. Había nacido en el seno de una familia muy unida y con grandes recursos económicos. Había crecido, amado, consentido y protegido. Nunca le había faltado de nada.
¿Quién era él, pues, para juzgar a alguien que había tenido que luchar hasta por un trozo de pan? Tal vez en esas circunstancias hubiese actuado igual… o incluso peor.
Lo que siempre había tenido claro es que era capaz de cualquier cosa por proteger a su familia. Pero al pensar en Mari embarazada de un hijo suyo, un instinto primitivo rugió en su interior. Aniquilaría a cualquiera que intentara dañarlos, y lo disfrutaría.
-Mierda – musitó, revolviéndose el cabello -. Tengo que hablar con Plagg.
-¿Para qué?
-Para que sepa cuanto me equivoqué. Para decirle que, si de verdad ama a Tikki, debe mandar al cuerno a todo el mundo y casarse con ella si eso lo va a hacer feliz. Si ella en realidad se parece a ti, será una excelente condesa.
-Pero es que tampoco creo que anduvieras tan desatinado – suspiró la muchacha -. Al menos en lo que respecta a nosotros. Nunca me casaría contigo.
Esa afirmación lo descolocó.
Se pasó la mano por la cara, invocando su paciencia interior, esa que lo había ayudado a convertirse en un formidable hombre de negocios.
No la encontró.
-¡Por Dios! ¡Que cabezota eres! – rugió fuera de si -. Me has hecho ver lo equivocado que estaba al prejuzgar a la gente por cosas que, lo más seguro, yo podría hacer llegado el caso. Hemos aclarado que eres una excelente persona. Y has confesado que me amas – le recordó, por si acaso se le había olvidado -. ¿Por qué demonios no te quieres casar conmigo?
-Porque te conozco. Se lo celoso que eres de tu vida privada. Se lo poco que te gustan las demostraciones publicas y los cuchicheos. Si me casara contigo, estarías expuesto a eso toda la vida. Tu mismo lo has dicho: soy un escandalo en ciernes. Si te casas conmigo, te casarás con un prostíbulo y con una docena de huérfanos. Cuando vuelva a Whitechapel…
-No volverás a Whitechapel – sentenció Adrien -. No estoy dispuesto a consentir que mi esposa corra semejante riego.
-¿Ves? Esa es otra de las razones por las que no me puedo casar contigo. No pienso abandonar a esas mujeres a su suerte. Quiero seguir instruyéndolas para que puedan rehacer su vida. Hasta yo soy consciente de que no estaría bien visto que una marquesa pasara el día rodeada de prostitutas.
-Para amarme tanto, no te resulta muy difícil encontrar razones para no casarte conmigo – puntualizó Adrien, frustrado.
-Pues aún no has oído la más importante de todas.
-¿Y se puede saber cuál es?
-No, esa no te la voy a decir. Averíguala tu solito.
¡Dios! Como le calentaba la sangre esa mujer. La forma en que lo retaba siempre ensalzaba sus instintos más bajos.
-Mari, cada vez que me provocas me entran canas de levantarte las faldas y demostrarte lo que siento por ti – le advirtió con un gruñido.
-¿Y se puede saber a que esperas?
¿Review? :)
