La historia pertenece a Adriana Rubens y los personajes a Thomas Astruc. Mío solo es el tiempo que invierto en hacer esta adaptación.

¡ATENCIÓN! Lemmon, sí lemmon en este capítulo ;)

Capítulo 29

Mari daba vueltas en la cama, suspirando. A porreó la almohada, frustrada, intentando encontrar la postura que le permitiera conciliar el sueño, pero Morfeo seguía eludiéndola.

Pese a que la noche era fría, sentía el cuerpo caliente, tenso y anhelante. No era de extrañar; justo cuando Adrien estaba a punto de cumplir su bienvenida amenaza de levantarle las faldas y brindarle otra demostración de la intensa pasión que los unía, unos golpes en la puerta los interrumpieron.

La duquesa en persona les anunció que estaban a punto de servir la cena y advirtió a su hijo de que no le convenía dañar la reputación de la pobre Mari encerrándose con ella la biblioteca tanto tiempo.

Si supiera todo el tiempo que hemos pasado encerrados en una biblioteca…, pensó Mari con un suspiro.

Pese a la tensión que se respiraba entre Adrien y ella, la cena fue fluida y amena gracias a la llegada de Sarah, hija del primer matrimonio del duque de Chat Noir. Llevaba casi diez años casada con un laird escoces, y vivían en un pintoresco castillo de las tierras altas criando a los cuatro diablillos que habían nacido de su amor. Las visitas de Sarah y su bulliciosa familia siempre suponían un feliz acontecimiento para los Agreste. Pese a que Mari no formaba parte de la familia, los conocía a todos y les tenía un gran cariño, y ellos siempre se las arreglaban para que no se sintiera una intrusa.

Aun así, Mari dujo un dolor de cabeza y huyó de la habitación. Adrien no le había apartado los ojos en toda la noche, y ella le había eludido la mirada constantemente, por que cuando lo veía no podía evitar el intenso rubor que le cubría el rostro ante el deseo intenso que leía en sus ojos, sin duda reflejo del propio. Lo que estaba claro era que quedaban unas cuantas cuestiones importantes pendientes por aclarar.

Incapaz de relajarse lo suficiente para dormir, se levantó y siguió el sendero de luz que dibujaba la luna llena a través de los cristales. La serenidad del paisaje que se vislumbraba atemperó sus nervios. El fulgor del plenilunio derretía las sombras nocturnas con un brillo de plata, envolviendo el jardín con un halo casi mágico.

Estaba tan absorta en sus pensamientos que no fue consciente de que alguien había entrado a su habitación. Unos brazos poderosos la rodearon mientras una mano le cubría la boca, acallando cualquier excalamación de sobresalto.

-Shhh, soy yo – le murmuró Adrien al oído, diluyendo sus temores -. Tú y yo tenemos un asunto pendiente, pequeña.

El cálido aliento lanzó dardos de excitación al centro de su ser. Cuando los labios del hombre le apresaron el lóbulo, la muchacha sintió que sus huesos se convertían en gelatina, y gimió indefensa cuando la punta de la lengua exploró con delicadeza los recovecos de su lengua.

Hizo ademán de girar para poder abrazarlo, pero él se lo impidió estrechando su cerco en torno a ella y apoyándole la espalda contra su duro torso masculino.

-Quédate tal como estás – le pidió con un murmullo ronco -. Estoy disfrutando de las maravillosas vistas que me ofrece la luna.

Mari no entendió el comentario, pues el rostro de Adrien no estaba encarado hacia la ventana, sino hacia la pared de la izquierda de la habitación, en concreto hacia el enorme tocador que la presidía.

Era un precioso mueble de nogal estilo Luis XV, adornado con volutas y filigranas en pan de oro. Un gran espejo se alzaba sobre él, flanqueado por otros dos más pequeños, de forma que podía mirarse con tres ángulos diferentes. Mari lo sabía porque unas horas antes se había sentado en el taburete acolchado a cepillarse el pelo con parsimonia, sumida en sus pensamientos.

Lo que se reflejaba en aquel momento en los espejos era el abrazo de dos figuras. Un rayo de luna caía sobre ella, cubriéndola con un brillo sobrenatural. Con el cabello negro azulado derramándose en suaves ondas hasta la cintura, la pálida piel que con el brillo de la piel parecía traslucida y cubierta con un sencillo camisón blanco, era como si refulgiera con luz propia.

-Parece que he atrapado a la mismísima diosa Selene – susurró el hombre, enterrando la nariz en la curva de su cuello para aspirar el suave perfume de jazmín que siempre la acompañaba -. Ahora entiendo por qué Endimión deseó dormir eternamente para estar siempre con ella – musitó con voz ronca, mirándola a través del espejo.

La figura de Adrien permanecía envuelta en sombras, en un vivido contraste con la luminosidad de la suya, creando un contorno oscuro que amenazaba con devorarla.

Contempló, con una mezcla de excitación y alarma, como los habilidosos dedos del hombre comenzaban a desabrochar, uno por uno, los botones delanteros de su virginal camisón, desde el cuello hasta la cintura. Sin prisa pero sin pausa, haciéndole contener el aliento por la inminencia. Una mano exploradora se adentró en la brecha y le apresó un seno en una cálida prisión, arrancándole un gemido de placer.

La otra mano de Adrien se deslizó hasta su cuello, atrapó su mentón y le hizo girar la cara hasta que pudo atrapar sus labios en un sensual beso. Un beso carnal y devorador que encendió su cuerpo, convirtiéndolo en un volcán de deseo.

Mientras sus lenguas se batían en un duelo sin fin, la mano masculina descendió por el cuello de Mari en una lánguida caricia, pasando por el valle flanqueado por los senos para juguetear alrededor del ombligo hasta encontrar la confluencia de sus muslos. La asaltó sin piedad, con un movimiento experto a dos bandas, de forma que con el pulgar acariciaba el brote de su placer mientras el dedo corazón se adentraba con un suave movimiento en su humedad.

Mari arqueó el cuerpo con un gemido ahogado por labios del hombre, indefensa ante la magia que obraban sus manos. Notaba el cuerpo en llamas, como si un reguero de lava ardiente la estuviera cubriendo poco a poco.

Adrien le bajó el camisón por los hombros, despacio, como si estuviera desenvolviendo el regalo más preciado, hasta que su torso quedó al descubierto.

-Me dejas sin aliento, pequeña – musitó con voz ronca, mirando con intensidad, a través del espejo, la pálida piel que relucía a la luz de la luna -. Sube los brazos, Mari. Abrázame el cuello. Permíteme verte en todo tu esplendor.

Mari sintió que se ruborizaba hasta las puntas de los pies, sin poder evitar la timidez que la embargaba. Como toda mujer, sentía cierta inseguridad por las imperfecciones de su cuerpo: quizá tenía los senos demasiado pequeños, las caderas demasiado estrechas, las piernas demasiado largas.

Fue incapaz de moverse.

-Cuando seas mi esposa tendrás que ser más obediente – murmuró Adrien, clavándole la mirada con una sonrisa ladeada.

Sintió que la tomaba de las muñecas y cumplía él mismo su propia orden: se llevó los brazos hasta el cuello, de forma que Mari se tuvo que estirar para alcanzarlo. Solo hizo falta ese pequeño movimiento para que el camisón, que había quedado enredado en sus caderas, cayera al suelo. Oyó como Adrien contenía el aliento.

-Noa casarme contigo, Adrien – balbució, intentando que sus palabras sonaran convincentes -. Solo déjame ser tu amante – insistió, buscando su mirada en el espejo.

El contraste de su cuerpo desnudo contra la oscura silueta de Adrien le pareció sumamente erótico, más aún cuando él seguía vestido. Cuando sus ojos se encontraron, Mari tembló. Los del hombre se había vuelto esmeralda; la devoraban con una mirada abrasadora.

-Vamos a comprobar si tienes madera de amante – gruñó al fin, con los ojos entrecerrados y una sonrisa tensa -. Mantén los brazos en alto.

Dispuesta a demostrarle que sí sería una buena amante, Mari obedeció sin dudar. Cuando las manos de Adrien descendieron por su cuerpo, se mordió el labio para contener un gemido. Observó el lento camino que las oscuras manos del hombre recorrían a través de los valles y colinas de su cuerpo, hasta que sus ojos, nublados por el placer, se cerraron. Echó la cabeza hacia atrás y la apoyó en el hombro de Adrien, entregándose completamente a su amante.

Cuando los expertos dedos del hombre volvieron a encontrar la humedad entre sus muslos, Mari le hundió los dedos en el cabello. La lenta penetración del dedo corazón del dedo corazón y las insistentes caricias la llevaron a un orgasmo arrasador, arrancándole un sollozo que fue acallado por los labios masculinos.

Cuando logró recuperar el aliento sintió como la guiaba hacia los espejos.

-Ponte de rodillas en el taburete y apoya las manos en el tocador, bien separadas – instruyó Adrien con voz ronca.

Mari obedeció reticente, insegura por la indefensión de verse desnuda y expuesta de aquella manera. Su rostro enfrentó su propio reflejo: las mejillas arreboladas, los ojos todavía turbados por los restos de pasión, los labios hinchados y rojos. Había visto esos mismos signos en sus chicas cuando bajaban después de un escarceo amoroso. Ahora entendió por qué algunas de ellas continuaban subiendo las escaleras de El Jardín Secreto. No por el dinero, sino por la promesa de placer.

Un placer que podía liberar el cuerpo pero subyugaba el alma.

-Perfecto, quédate así – musitó Adrien mientras se deshacía de su ropa con premura -. No, no te vuelvas – advirtió cuando la muchacha hizo ademán de girarse para contemplarlo mientras se desnudaba -. Esta noche solo vas a poder mirarme a través del espejo.

Mari enarcó una ceja ante tamaña extravagancia, pero no dijo nada. Le demostraría que podía seguirle el juego. Engulló con la mirada cada centímetro de piel que Adrien iba descubriendo. Su rubia hermosura la hacía temblar de deseo. Tenía un cuerpo magnífico, con todos los músculos bien definidos bajo una piel suave y ligeramente velluda.

Mari apartó la vista, avergonzada, cuando Adrien comenzó a desabrocharse los pantalones.

-Las amantes no son tímidas – reprendió con una sonrisa.

La muchacha alzó el rostro y se obligó a mirarlo. Sabía que se estaba sonrojando de los pies a la cabeza, pero no apartó la vista. Cuando el pantalón cayó, tuvo su primera visión de un cuerpo masculino desnudo en todo su esplendor y estuvo a punto de desmayarse por la impresión.

No le era ajena la anatomía masculina. En el internado habían estudiado la naturaleza humana, y había visto un sinfín de representaciones de cuerpos masculinos pintados y esculpidos. Pero una cosa era una estatua fría de mármol, por muy espléndida que fuera, y otra muy diferente el cuerpo cálido y potente de Adrien en estado de excitación.

Observó, con una mezcla de asombro y desconfianza, el poderoso miembro masculino, preguntándose como demonios había podido introducírselo sin partirla en dos.

Adrien debió de percibir su incertidumbre, porque la miró con una mezcla de ternura y posesividad mientras se acercaba y se colocaba detrás de ella.

-Tranquila, pequeña – murmuró con voz ronca -. Creo que ya te he demostrado que encajamos a la perfección.

Bajó las manos desde los hombros de Mari hasta abarcarle las caderas, en una lánguida caricia que le hizo arquear la espalda como una gatita mimosa.

-Pero por si aún tienes dudas – susurró mientras pasaba los labios por la columna de Mari, provocando descargas eléctricas que le arrancaron un profundo gemido -, te volveré a demostrar que estamos hechos el uno para el otro.

Introdujo su miembro en una estocada lenta, interminable, hasta llenarla por completo. Su mirada, en todo momento, se reflejaba en la de ella. Los ojos nublados por el placer, las pupilas dilatadas. Los labios entreabiertos, jadeantes.

El pecho del hombre se deslizó por u espalda; los brazos rodearon los suyos y las manos se asentaron junto a las de ella, de forma que se sintió cubierta por completo por la poderosa figura masculina, mejilla contra mejilla frente al espejo.

-Perfecto – musitó Adrien, profundamente enterrado en su cuerpo.

Y empezó a moverse, despacio, sin salir casi de ella, pero adentrándose todo lo que le permitía aquella postura. Una y otra vez. Sin descanso. Sus ojos no se despegaban en ningún momento de los de Mari, compartiendo el placer mutuo.

-Siéntelo. – Embistió con más potencia, más a fondo -. Siénteme como yo te siento. – Adrien entrecerró los ojos, tensó los brazos y se introdujo en ella con fiereza, arrancándole un sollozo extasiado -. No hay nada más perfecto que esta unión – gruñó apasionado -. Tú y yo – añadió, remarcando cada palabra con una acometida de caderas -. Cásate conmigo, Marinette.

La muchacha se mordió el labio para acallar la afirmación que quería salir de su boca. Incapaz de hablar, jadeante por el doloroso placer que se estaba acumulando en sus entrañas ante el incesante martilleo de las caderas masculinas, solo pudo negar con la cabeza.

Sentía el cuerpo a punto de desbordare: tan solo un par de acometidas más y estallaría de placer.

-Entonces lo dejo – gruñó implacable, y extrajo el miembro por completo, aunque sin dejar de inmovilizarla con su cálido abrazo.

-¡Adrien! – sollozó con frustración -. No me hagas esto.

Movió las caderas hacia atrás, buscando con desesperación el contacto del hombre. Pudo leer en su rostro la misma desesperación: estaba tan cerca de la cúspide como ella y aquella interrupción lo estaba matando, pero aún así no desistió en su demanda.

-Cásate conmigo, Mari.

-Ya te lo he dicho. No puedo casarme contigo.

-¿Por qué?

-Ya te lo he dicho.

-Me has dado un montón y te los he rebatido todos. Aún así te sigues negando. ¿Por qué? – insistió.

-Tengo una razón importante.

-Pues dímela.

-No.

-Dímela, Mari – susurró, lamiéndole el lóbulo de la oreja -. Dímela y te daré lo que quieres. – El miembro masculino rozó su abertura, pero sin llegar a introducirse -. Los dos obtendremos lo que queremos.

La muchacha lo miró impotente.

-Porque no me amas, maldito seas – reconoció por fin, abatida, con un sollozo quebrado.

Adrien la penetró al instante, con un fiero gruñido. Una, dos, tres veces, mirándola con intensidad. Mari intentó descifrar lo que sus ojos querían transmitirle, hasta que la tensión que se acumulaba en su interior estalló, arrastrando cualquier pensamiento coherente. Sintió a Adrien temblar detrás de ella mientras la penetraba a fondo, abrazándola posesivo, y supo que él también había alcanzado el ansiado placer.

Cuando recuperó el aliento, Adrien la cogió en brazos y la depositó con infinita ternura en la cama. Mari estaba demasiado cansada para reaccionar. El sueño que antes la eludía la envolvió en su abrigo. Fue vagamente consciente de que Adrien le ponía el camisón y la arropaba como si fuera una niña. Sintió el roce de sus labios en su frente y el murmullo de su voz.

-Dime que te casarás conmigo – le susurró al oído.

-Sí… - musitó la joven, envuelta en la neblina del sueño.

Adrien sonrió. Puede que la muchacha hubiera planteado un montón de objeciones racionales a su matrimonio, pero en su fuero interno era completamente suya.

-Creo que, más que palabras, lo que necesitas es una demostración de mis sentimientos.

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