30. UN DESAPARECIDO Y UNA EXPULSIÓN

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Todos los personajes pertenecen a J.K Rowling, excepto los inventados por mí.

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— ¿Cómo se cura un corazón roto?

Con abrazos y más abrazos...

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Enero había pasado rápidamente, y por suerte sin más incidentes. Febrero había aterrizado trayendo consigo temperaturas más cálidas.
Los estudiantes y profesores ya se habían adaptado de nuevo a las rutinas de Hogwarts, tras las vacaciones navideñas.

Aunque la mayoría de los alumnos hubiese abierto los ojos y ya no creyesen a Harry culpable de los ataques, todavía quedaban unos cuantos cortos de mente pululando por el castillo.

Ernie Mcmilian y Zacharias Smith se encontraban entre ese segundo grupo, y hacían comentarios punzantes cada vez que el ojiverde pasaba cerca de ellos.

Y aunque el Gryffindor fingiese ignorarlos, no podía evitar sentirse terriblemente mal, cada vez que escuchaba alguna de las falsas acusaciones de los tejones.

Una mañana Harry, Ron y Hermione caminaban por los pasillos en dirección al Gran Comedor, cuando fueron asaltados por un par de amargados alumnos, que los esperaban tras una esquina.

— ¿Quién será tu próxima víctima Potter? — lo interrogó Smith mirándolo con gesto de asco.

— Yo no he atacado a nadie — se defendió, en vano, el ojiverde.

— Ya ni siquiera tus amiguitos están a salvo... — se burló Ernie, logrando que los tres Gryffindor lo fulminasen con la mirada.

— ¿Qué pasó con Clearwater? ¿Se negó a participar en alguno de tus planes maléficos? — siguió increpándo Zacharias.

— ¡No hay nada maléfico en Harry! — gritó furioso Ron, siendo sujetado por Harry, ya que el pelirrojo quería abalanzarse sobre los tejones.

— Pero no se puede decir lo mismo de vosotros... — añadió Hermione, mirándolos con desprecio.

— Yo diría que el lenguaje pársel es muy maléfico.

— Y la prueba definitiva de que es el heredero de Slytherin.

— Y solo el heredero podría haber abierto la Cámara de los Secretos...

— ¿Te hace gracia tener un monstruo como mascota, Potter? — preguntó Ernie

— Mi mascota es una lechuza, todos lo saben — respondió Harry, rodando los ojos con obviedad.

— A un niño mimado como tú no le basta con una sola mascota — siguó pichándolo Mcmilian, mirando de reojo a su amigo para que lo apoyase.

— ¡Basta! ¡Sois un par de idiotas sin cerebro! — se hartó Hermione, dando un paso al frente y apúntandolos con el dedo.

— Tranquila, no pasa nada — intentó calmarla el azabache, agarrándola por la cintura.

— Sí pasa, me tienen harta, muy harta — bufó la castaña, mirando a su mejor amigo.

— Y a mí también. Y como no os larguéis, conoceréis a mis dos amigos — los amenazó Ron enseñándoles sus puños, y riendo al ver que los dos tejones se ponían nerviosos y tragaban saliva con dificultad.

— Todo el mundo sabrá quién eres realmente y... — dijo Smith, fingiendo que no estaba asustado, pero dando un paso hacia atrás.

— Nosotros ya sabemos quién es — lo interrumpió el menor de los Weasley, pasando un brazo por los hombros de su amigo.

— Sois vosotros los ignorantes — añadió Hermione, dándoles una mirada despectiva a los tejones.

— ¿Qué pasa Potter? ¿La sangre sucia y el traidor a la sangre tienen que defenderte? — preguntó Marcus Flint, quien se había acercado a ver qué pasaba, y no quiso dejar pasar la oportunidad de burlarse del pequeño león.

— ¡No te atrevas a insultar a mis amigos! — gritó furioso el ojiverde, siendo sujetado por sus amigos para impedir que hiciese alguna tontería.

— ¡Lárgate Flint! ¿O ya no recuerdas las palabras de tu jefe de casa? — se burló la castaña, cabreando mucho a la serpiente.

— Ya caerás Potter... — amenazó el Slytherin.

— Puede que tú lo hagas primero... — le devolvió el ojiverde, mirándolo con gesto de desafío.

El trío de oro se reunió con Los Guardianes en el Gran Comedor, y les contaron lo que había pasado con los tejones y el Slytherin.

Todos estaban indignados y dispuestos a cobrarse venganza por los insultos a su líder. Pero el azabache les pidió dos cosas antes de que terminasen su desayuno.

La primera era que no hiciesen nada al respecto, no quería que alguno de ellos acabase castigado o expulsado.

La segunda cosa era que no contasen lo ocurrido a sus padres, ni tampoco a ninguno de los adultos en el castillo, ya que no quería que se preocupasen por él.

Harry estuvo triste y alicaído el resto del día, por mucho que sus amigos intentaron animarlo. Ni siquiera los gemelos consiguieron hacerlo sonreír con una de sus grandes bromas.

Mintió a Sirius y Remus cuando éstos se preocuparon por su apatía, y evadió las preguntas de Severus antes de irse a dormir a su torre.

El pequeño buscador de Gryffindor se acostó en su cama esa noche, muy aliviado de que ese horrible día hubiese terminado por fin.

Pero lo que no podría adivinar el leoncito, antes de que sus ojos se cerraran, era que a la mañana siguiente todo se habría complicado aún más para él.

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— Harry, despierta... — lo sacudió una castaña, sacándolo a la fuerza del mundo de los sueños — Ha pasado algo...

— ¡Hermione! ¿Qué haces aquí?

— Creí que las chicas no podían entrar en nuestro cuarto... — cuestionó Ron, quien también había sido despertado en el proceso.

— Esto es una emergencia — respondió Hermione con el rostro pálido.

— ¿Qué ha pasado? — preguntó el ojiverde, sintiendo de pronto un nudo en su garganta.

— Ernie Mcmilian ha desaparecido — informó la castaña con un suspiro, sabiendo el impacto que esta noticia tendría para todos Los Guardianes, y en especial para su líder.

— ¿QUÉ? — gritaron Harry y Ron, sin poder creerse su mala suerte.

— ¿Qué pasa? ¿Por qué gritáis? — preguntó Neville, mirándolos asustado.

— Es muy temprano para gritar... — protestó Seamus, aún medio dormido, frotándose el ojo derecho.

— Ernie Mcmilian ha desaparecido de su cuarto en medio de la noche — lo interrumpió Hermione, haciendo que los tres leones restantes saltaran en sus camas.

— ¿QUÉ? — fue el turno para gritar de Neville, Seamus y Dean.

— Vestiros. Os espero en la sala común — fue la respuesta de la niña, antes de salir del cuarto de los chicos.

Los cinco leones se pusieron sus túnicas en cuanto la castaña cerró la puerta, y pocos minutos más tarde se reunieron con ella en la sala común de Gryffindor.

Hermione no estaba sola, el resto de Los Guardianes leones estaban acomodados en los sofás, sillas y sillones. Todos esperaban a su líder, para ponerlo al corriente de lo sucedido esa noche en el territorio de los tejones.

— ¿Qué ha pasado? — preguntó el ojiverde, sentándose al lado de su mejor amiga.

— Después del toque de queda estábamos merodeando por el castillo, buscando algún pasadizo nuevo y... — empezó a contar Fred con el rostro más serio que nadie le había visto nunca.

— Cuando no aburrimos fuimos a las cocinas a buscar algo de comer y... — continuó George sin su sonrisa burlona habitual.

— Por el camino notamos que había algo de revuelo...

— Todos los profesores se dirigían a las mazmorras...

— Pensamos que tal vez también a ellos les habría entrado hambre...

— Pero no, ellos entraron en la sala común de Hufflepuff...

— Nos escondimos para averiguar que pasaba...

— Y tras mucho esperar, Mc Gonnagall y Flitwick salieron...

— Los seguimos y escuchamos que Ernie Mcmilian había desaparecido de su cuarto sin dejar rastro...

— Y eso es todo — finalizaron los gemelos.

— No ha podido desaparecer de su cuarto, seguro que salió sin que sus compañeros se dieran cuenta — adivinó Hermione, poniendo su cabeza a funcionar.

— Eso es lo de menos, querida Hermy — volvió a hablar Fred con gesto serio.

— El verdadero problema es que todos saben que nuestro pequeño Harry discutió con él ayer — explicó George, también con gesto serio.

— Nosotros también lo hicimos — replicó Ron con el ceño fruncido.

— Pero vosotros no habláis parsel...

— Ni habéis sido declarado los herederos de Slytherin...

— No te preocupes Harry, nosotros sabemos que tú no has hecho nada — lo tranquilizó Dean, dispuesto a todo por defender a su amigo.

— ¡Claro que no! Estamos contigo, pequeñín — aseguró Angelina abrazándolo con cariño.

— Gracias, sois muy amables... — murmuró Harry, todavía en estado de shock por todo lo que estaba pasando.

— Somos tus amigos, jamás te dejaremos — le sonrió Neville, dándole un puñetazo amistoso en el hombro.

— ¡Los Guardianes unidos jamás serán vencidos! — gritó Oliver, siendo apoyado por el resto.

— Bueno, ahora vayamos a desayunar — propuso Percy, sonriendo a Ron y pasando un brazo por sus hombros.

— Sí, nos reuniremos con el resto en el Gran Comedor. Seguro que están preocupados por ti — dijo Hermione, levantándose y dándole la mano al ojiverde para que la siguiera.

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Los Guardianes lo respaldaron de las miradas recelosas que lo persiguieron por los pasillos, haciendo un circulo protector alrededor de él, como ya se había convertido en costumbre cada vez que pasaba algo malo y el colegio culpaba a Harry.

Tras el incómodo desayuno en el Gran Comedor, todos Los Guardianes se dirigieron a la sala común de Gryffindor, dispuestos a cortar el más mínimo comentario maligno que pudiese salir de la boca de algún león desubicado.

Pero por suerte no tuvieron que sacar sus garras, ya que la mayoría trató a su buscador con normalidad, desde el momento que atravesó el retrato de la Dama Gorda.

El ojiverde se sentía aliviado de que esta vez, los miembros de su casa no le hiciesen el vacío, como había ocurrido el curso pasado cuando Mc Gonnagall les había descontado ciento cincuenta puntos a Hermione, a Neville y a él.

Comió con sus padres en la habitación de Sirius, y aunque éstos no sabían las preocupaciones de su niño, al menos consiguieron hacerlo sonreír.

La tarde pasó tranquila, Oliver había convocado un entrenamiento urgente para su equipo, evitando así que su pequeño buscador pensase demasiado en lo que estaba pasando en el castillo. Había recordado que cuando leyeron el libro, el azabache había dicho que el trabajo físico lo ayudaba a dejar su mente en blanco y a dormir mejor.

Tras el entrenamiento todos se ducharon y se dirigieron al Gran Comedor para cenar. Harry notaba miradas cada vez hostiles por parte de algunos alumnos, pero fingió ignorarlas y se sentó con sus amigos, quienes lo recibieron con sonrisas y muestras de cariño.

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Esa tarde, todos los jefes de las casas se reunieron en el despacho del director mientras el resto de los profesores buscaban al tejón perdido.

Muchos de los profesores estaban a favor de cerrar el colegio tras todos los acontecimientos pasados; los alumnos estaban en peligro y sentían que debían protegerlos enviándolos a sus casas.

Los merodeadores habían recuperado su idea de llevarse a Harry a Second Choice y encerrarlo bajo siete llaves hasta que todo hubiese pasado, y ésta vez, hasta Remus estaba de acuerdo.

Dumbledore trataba de tranquilizar a unos y a otros, pero él mismo empezaba a pensar que lo mejor era mandar a los alumnos a sus casas y cerrar el colegio hasta que volviese a ser un lugar seguro.

Mientras los jefes de las casas y el director discutían, Harry se encontraba cenando en el Gran Comedor con todos sus amigos. El ojiverde había notado una mirada burlona persiguiéndolo la mayor parte del día, levantó la cabeza de su plato volviendo a notarla y miró a la mesa de Slytherin, descubriendo que el dueño de esa mirada era Marcus Flint.

Sabía que el ex capitán del equipo de quidditch de las serpientes estaba disfrutando de su miseria, pero intuía que había algo más.

— ¿Qué pasa Harry? — preguntó Hermione, notando que su mejor amigo había dejado de escuchar la conversación que mantenía con ella y Ron.

— Sabe algo... — murmuró el azabache con el ceño fruncido.

— ¿Quién? — preguntó Ron.

— Flint. Estoy seguro de que esconde algo... — respondió Harry sin dejar de mirar al Slytherin.

— ¿Algo como qué? — preguntó la castaña, intuyendo que su mejor amigo estaba a punto de meterse en problemas.

— Algo como dónde está Ernie — contestó el ojiverde sin mirarlos.

— ¿Tú crees que él lo ha secuestrado? — se sorprendió el pelirrojo, agarrándolo para que lo mirara.

— ¿Acaso no lo veis?

— Harry, no puedes acusar a nadie sin pruebas... — intentó convencerlo la niña, aún sabiendo que su amigo no la escucharía.

— Entonces tendré que encontrarlas.

— ¿Y dónde piensas buscar? — preguntó Ron.

— Ya se me ocurrirá algo... ¡Lo tengo! — exclamó levantándose de un salto.

— ¡Espera! ¿A dónde vas? — se preocupó Hermione; la mirada del azabache auguraba problemas.

— ¡Nos vemos después! — se despidió el leoncito sin avisar.

— ¡Te acompañamos! — intentó detenerlo el pelirrojo.

— No hace falta... Después os busco...

— Esto no pinta nada bien...— suspiró la castaña, cada vez más preocupada, mirándolo salir por la puerta a las carreras.

— Confía en él — le pidió Ron, aunque él también estaba preocupado por lo que podría hacer su valiente y temerario amigo.

— Sí, claro... — bufó la niña, rodando sus ojos con impaciencia.

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Harry tenía un plan: robar poción multijugos. Su tío Sev le había hablado de las propiedades de la poción ese verano. El ojiverde sabía que su querido profesor de Pociones guardaba un poco de esa poción en su laboratorio. Y él tenía acceso libre al despacho de su tío, y también al armario de pociones, lo que facilitaría mucho su tarea.

Severus Snape era extremadamente organizado, lo que fue de gran ayuda para el ojiverde. La poción multijugos se encontraba en unos de los estantes superiores.

El leoncito tomó el frasco, y rezando para que su tío Sev no se enterase, salió del despacho en dirección a la sala de Menesteres para pensar en un buen plan.

Ya en la sala, Harry exprimía su cerebro buscando la mejor manera de conseguir desenmascarar al Slytherin. Lo más complicado sería conseguir un pelo de Flint, no sabía cómo haría para conseguirlo sin levantar sospechas.

Volvió a la torre de los leones junto antes del toque de queda. Cuando traspaso el retrato de la Dama Gorda se encontró con sus mejores amigos esperándolo en la sala común. Ambos estaban preocupados por él, ya que hacía horas que los había dejado plantados en el Gran Comedor sin decirles que pensaba hacer. Tras tranquilizarlos un poco, los tres se fueron a dormir.

El azabache no pudo dormir muy bien esa noche, solo pensaba en cómo conseguir el cabello de cierto Slytherin amargado.

Cuando se despertó, todavía no se había hecho de día. Pero eso en realidad no importaba, ya que el pequeño buscador pudo comprobar que en realidad nunca estaría solo, siempre podría contar con aliados muy especiales.

En la ventana de su cuarto, alguien muy querido para él lo observaba, y si no fuera porque era casi imposible, Harry habría afirmado sin dudar que estaba sonriéndole.

Fawkes voló hacia él y se posó sobre su hombro, acariciando su oreja con su pico a modo de saludo. Pero el fénix no había venido solo a eso, le traía un regalo que hizo muy feliz al niño: un puñado de pelos negros. El ojiverde no dudó en ningún momento de quien eran, no sabía cómo habría hecho Fawkes, pero estaba claro que le había traído lo que tanto ansiaba.

Ahora solo necesitaba entrar a la sala común de Slytherin y encerrar a Flint en su cuarto. De esa manera podría transformarse en él y hablar con Angus Rowle, el mejor amigo de Marcus. Tenía la sospecha de que éste estaría al tanto de lo que Flint habría hecho con Ernie.

Harry se levantó y entró en el baño en silencio, no quería despertar a ninguno de sus compañeros de cuarto. Allí se vistió con una túnica de Slytherin que la sala de Menesteres le había proporcionado la noche anterior. Por suerte era muy temprano, todo el mundo estaba durmiendo todavía, asi que nadie le vería salir de la torre de los leones con una túnica que no era la de su casa. Antes de salir de su cuarto, sabiendo que la suerte nunca estaba de su lado, fue a su baúl y sacó la capa de invisibilidad y el mapa del merodeador, no valía la pena arriesgarse cuando disponía de esos tesoros.

Bajo la capa de invisibilidad, entró en la sala común de Slytherin y buscó la habitación de Flint, sabía por sus amigos serpientes que no compartía habitación con nadie, y eso le facilitaría su plan.

Cuando encontró el cuarto del Slytherin, se adentró en silencio y avanzó sigiloso hasta la cama dónde el chico dormía profundamente. Lo apuntó con su varita y le envió un desmaius que lo dejaría fuera de su camino durante un buen rato. Se tomó la poción multijugos, haciendo muecas de desagrado por su sabor, y ésta empezó a cambiar su menudo cuerpo por uno mucho más robusto.

Antes de salir del cuarto del Slytherin, recordó un hechizo que su padrino le había enseñado ese verano para sellar puertas.

Tras realizar el hechizo, se dirigió a la sala común de las serpientes y se sentó en uno de los sillones a la espera de que el mejor amigo de Flint se despertarse.

Angus Rowle no se hizo esperar mucho, en cuanto lo vio se acercó al que él creía su mejor amigo y se sentó a su lado.

— Buenos días, Marcus. Te busqué anoche, supongo que estarías encargándote de... Ya sabes — dijo Angus mirándolo con complicidad.

— Sí, eso he estado haciendo — asintió Harry, evitando que no se notara su euforia al comprobar que su intuición no le había fallado.

— Lo suponía.

— Quizás puedas ocuparte tú está noche de él. Yo tengo que estudiar.

— ¿Estás bien? — preguntó Rowle, mirándolo con sospecha.

— Por supuesto — respondió el ojiverde, tratando de sonar lo más borde posible.

— ¿Estás seguro? No pareces tú — insistió el Slytherin.

— ¿Ah no? ¿Y quién parezco entonces? — preguntó el Gryffindor, alzando sus cejas con arrogancia.

— No sé, es solo que estás raro — se encogió de hombros Angus.

— No digas estupideces. ¿Puedes encargarte o no? — escupió el azabache, fingiendo enfado.

— Sí, claro. Pero tendrás que decirme dónde lo tienes...

— ¿Sabes qué? Es mejor que olvides esta conversación — decidió Harry abatido al darse cuenta que el otro no sabía dónde estaba el tejón.

— ¿Por qué? — preguntó Rowle, levantándose de golpe para volver a mirarlo con sospecha.

— Por nada...

— Esto es cada vez más raro... ¿Qué haces? — preguntó el Slytherin al verse apuntado por una varita.

— Lo siento, pero esto es necesario — se disculpó el azabache, aunque no estaba seguro de sentir lo que estaba a punto de hacer — Obliviate.

El ojiverde salió de la sala común de las serpientes, dejando a un Angus muy confuso, y se dirigió al baño más cercano para esperar a que se le pasase el efecto de la poción.

Tras unos minutos volvió a ser Harry, se puso su túnica de Gryffindor y salió del baño. Se dirigió al Gran Comedor para reunirse con sus amigos en el desayuno.

El leoncito pasó todo el día muy frustrado. Había averiguado que sus sospechas sobre Flint eran ciertas, pero no había averiguado lo más importante: saber dónde lo tenía.

Los Guardianes intentaban animarlo en todo momento, pensando que el ojiverde estaría preocupado y angustiado por las miradas que muchos estudiantes le dirigían.

Harry encontró la solución a su problema a la hora de la cena. Rowle había dicho que Flint se encargaba de su prisionero por la noche, así que simplemente lo seguiría.

Después de cenar el azabache siguió a Flint bajo su capa de invisibilidad. Tras unos minutos recorriendo algunos pasillos desiertos, el Slytherin se detuvo frente a la puerta de un aula en desuso. Tras un hechizo del mayor la puerta se abrió y éste entró.
El ojiverde aprovechó su invisibilidad y entró tras él. Y como había sospechado desde el principio, allí estaba Ernie Mcmilian amordazado e inconsciente.

Harry no lo pensó mucho, empuñó su varita y envío un stupefy y un desmaius al Slytherin, quien cayó desmayado al instante. Se quitó la capa de invisibilidad y despertó a Ernie con un enervate.

El tejón miraba con miedo a un Flint desmayado, mientras el leoncito le quitaba las mordazas. Lo sacó de allí para llevarlo al despacho del director, dejando allí a Flint.

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Harry subió las escaleras hacia el despacho del director con Ernie siguiéndole. Estaba sorprendido de que las gárgolas no le hubiesen pedido ninguna contraseña.

Cuando entró en el despacho del director, éste les miró muy sorprendido.

— Harry, ¿qué ha pasado?

— He encontrado a Ernie. Flint lo tenía en un aula en desuso cerca de las mazmorras

— Comprendo. Llamaré al resto de profesores y hablaremos de lo que ha pasado

Los profesores acudieron al llamado de Albus, y al igual que el director se sorprendieron mucho de ver allí al leoncito con el tejón desaparecido.

Sirius, Remus y Severus rodearon a su niño preguntándole insistentemente si estaba bien. Él solo les sonrió y los abrazó, disfrutando de la maravillosa sensación de sentirse querido. Y también, ¿por qué no?, saboreando su victoria.

Ernie contó todo lo ocurrido a los profesores y al director. Narró como Flint lo había desmayado y lo había encerrado en un aula que no conocía. Les dijo también que el plan del Slytherin era que todos pensasen que Harry era el culpable de su desaparición.

Durante todo su relato, el tejón no había dejado de temblar, y fue incapaz de levantar su vista del suelo.

Madame Pomfrey se lo llevó a la enfermería, para darle una poción sin sueños y que disfrutara así de unas horas de descanso. Sprout fue con ellos para asegurarse de que su tejón estaba bien.

Minerva y Flitwick fueron a buscar al Slytherin al aula dónde Harry lo había dejado aturdido.

El resto volvieron a sus cuartos, dejando a un director muy pensativo.

Harry y sus tres tutores se dirigieron al dormitorio de Sirius. Allí, el ojiverde les contó cómo había sospechado del Slytherin y como lo había seguido tras la cena para averiguar dónde tenía al Hufflepuff. Evitó contarles lo de la poción multijugos, por si acaso sus padres no se lo tomaban demasiado bien.

El leoncito durmió esa noche en la habitación de su padrino, bajo la mirada vigilante de Remus y Sirius. Mientras Severus visitaba a cierta serpiente, que había sido aislada en una zona privada de la enfermería, para mantener unas palabritas con él.

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Marcus Flint había agotado todos sus créditos, y ahora le tocaba pagar.

Severus había tenido una larga conversación esa mañana con Dumbledore, ya que había unas cuantas cosas que el profesor quería decirle al director.

A la hora del desayuno, el peliblanco les explicó a todos los estudiantes lo que había pasado con el Hufflepuff. Anunció también la expulsión de Marcus Flint por haber atentado contra un compañero además de haber tratado de ensuciar la reputación de otro.

Los que habían acusado a Harry se revolvían incómodos en sus asientos, y los que no habían dudado del leoncito sonreían victoriosos.

Pero nadie estaba más feliz que los miembros de Los Guardianes; su líder había atrapado a la asquerosa serpiente, limpiando así el mismo su nombre.

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Después de todas las emociones de la noche, Severus no podía dormir. Por eso decidió hacer algo productivo, como por ejemplo revisar las existencias de su armario de pociones.

No tardó mucho en descubrir la falta de una poción en concreto, y ese descubrimiento sumado a las lagunas en la historia de su intrépido sobrino lo hicieron unir cabos.

Con una sonrisa torcida volvió a su cama, pensando ya en el castigo para ese mocoso desobediente, ese pequeño mequetrefe que lo mataría de un infarto antes de terminar el curso.

Harry tenía la tarde libre y pensaba disfrutar de ella reuniéndose en el lago con sus amigos. Pero fue interceptado por su tío, quien se lo llevó a su despacho.

— ¿Pasa algo? — preguntó el ojiverde en cuanto entraron.

— ¿Qué tal te fue con la poción multijugos? Sabe muy mal, ¿verdad? — respondió con otra pregunta el ojinegro.

— ¡Oh! Te has enterado... Y-yooo...

— Se me ha ocurrido hacer un inventario y casualmente me faltaba un frasco. Solo he tenido que sumar dos y dos — explicó el pocionista, mirándolo con una ceja alzada.

— Lo siento, pero necesitaba demostrar que Flint tenía a Ernie y... — se disculpó el leoncito.

— Y le robaste a tu tío, quien confía tan ciegamente en ti que te ha dado acceso libre a su despacho — lo acusó Snape.

— Lo siento mucho, tío Sev. Nunca quise engañarte ni tampoco traicionar tu confianza — volvió a disculparse Harry, pero esta vez mucho más arrepentido, dándose cuenta de lo que había hecho.

— Lo sé, pero...

— Te he decepcionado. Ya nunca volverás a confiar en mí — se derrumbó Harry, rompiendo a llorar.

— Está bien, tranquilo. No me has decepcionado y siempre confiaré en ti — lo consoló Severus, estrechándolo entre sus brazos.

—No quería traicionarte, no pensé que estaba haciéndolo — lloriqueó el menor, sentado en el regazo de su tío.

— Lo sé. No estoy enfadado contigo, pero debo castigarte... — dijo Snape, en cuanto su culebrilla ya estaba más calmado — ¿Lo entiendes, verdad?

— Pero... Supongo que lo entiendo — admitió el ojiverde con humildad, secándose las lágrimas.

— ¿Preparado para averiguar tu castigo? — preguntó el ojinegro, acariciando su mejilla con ternura.

— Recuerda que ya no eres el profesor que temo... Y que te quiero mucho... — le recordó el buscador de Gryffindor, poniendo carita de pena.

— Buen intento, pero no funcionará — replicó el pocionista, intentando permanecer serio.

— No puedes culparme por intentarlo — se encogió de hombros el azabache.

— Tu castigo será...

— Ahí viene... — lo interrumpió el niño, haciendo aspavientos de autocompasión.

— Mañana desayunarás conmigo — continuó Severus, aguantando la risa.

— ¿Y después? ¿Cuál será el castigo?

— Ya te lo he dicho... Desayunar conmigo mañana.

— ¡Pero eso no es un castigo!

— Mucho mejor para ti entonces...

— Ya lo entiendo.

— ¿Ah sí? — preguntó el profesor de Pociones, mirándolo muy interesado.

— Estás orgulloso de mi comportamiento...

— ¿He dicho yo eso?

— No me has dejado terminar. Estás orgulloso de mi comportamiento Slytherin.

— No me digas...

— No puedes negarlo, te conozco mejor de lo que crees.

— Lo que no puedo negar es que has vuelto un listillo... — río Severus, despeinándolo aún más, antes de volver a abrazarlo.

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Hola a tod s, sé que he tardado mucho en volver. Nunca fue mi intención dejar de publicar durante tanto tiempo, pero las cosas se complicaron más y más. En fin, no sé cuándo volveré a publicar, ya que se me ha borrado todo lo que tenía escrito. Aún así quería contribuir a este grave revés que nos ha dado la vida: el covid-19.
Este es mi pequeño grano de arena para entreteneros en el confinamiento.

Gracias por todos los mensajes que me habéis enviado animándome a continuar el fic. Se os quiere, de verdad.

Besitos a tod s