La historia pertenece a Adriana Rubens y los personajes a Thomas Astruc. Mío solo es el tiempo que invierto en hacer esta adaptación.

Capitulo 30

A la mañana siguiente, Marinette se despertó con el mal sabor de boca del amor no correspondido. No era de extrañar, puesto que Adrien no había dicho nada después de su patética confesión de que no podía casarse con él porque no la amaba. Tenía el corazón desgarrado, despedazado, desmenuzado y algunos más des que en ese momento no le acudían a la cabeza.

Y entonces lo vio.

Un nudo en la esquina de la sabana.

Un nudo como el que le hacía su madre por las noches para recordarle que la quería. Le había contado aquella anécdota en la glorieta del jardín del burdel.

Y estaba segura de que aquel nudo lo había hecho él.

¿Sería posible que la amase?

En el tocador, el mismo en el que habían compartido unos inolvidables momentos de pasión, también había encontrado una rosa blanca, como las que había en el invernadero donde compartieron su primer beso, y una sencilla nota:

Resérvame un baile esta noche. Siempre tuyo,

Adrien

Siempre tuyo. Sonaba a música celestial.

¿Sería cierto?

Lo único que podía hacer era esperar, porque junto con el desayuno le habían dado la noticia de que Adrien había tenido que ir a Londres y no llegaría hasta la noche. La esperanza la mantuvo en la habitación todo el día, observando por la ventana la llegada de los invitados.

El decimoctavo cumpleaños de lady Alya Evangeline Amber Agreste iba a ser todo un acontecimiento.

Los huéspedes eran la flor y nata de la sociedad inglesa, tanto aristócratas de rancio abolengo como ricos comerciantes relacionados con los negocios familiares. Habían sido muy selectivos: solo familia y amigos, unos trescientos invitados. Nadie había osado declinar una invitación de los duques, puesto que se consideraba todo un honor.

Los Agreste habían organizado tres días de celebraciones en Chat Noir House, del viernes al domingo. Excursiones, picnics, una cacería y juegos al aire libre para distraerse durante el día, y, por las noches, cenas de gala y bailes.

Habían puesto a disposición de los invitados las trescientas sesenta y cinco habitaciones de la mansión, por lo que el servicio estaba en pleno ajetreo para tenerlo todo preparado a tiempo.

Aquel era un acontecimiento especial porque, además del cumpleaños de Alya, marcaba su presentación en sociedad. Después de aquel fin de semana, muchos migrarían a la capital para comenzar los preparativos de la temporada que comenzaba en abril. Los Agreste también, para organizar los actos sociales de la pequeña del clan.

Cualquiera diría que aquello tendría presa de los nervios a la protagonista de las celebraciones, pero la muchacha en cuestión lo vivía toco con absoluta resignación.

-No sabes la suerte que has tenido de poder esconderte aquí todo el día – suspiró Alya al entrar en la habitación de Mari.

Se dejó caer en la cama con toda naturalidad, con la confianza que da una amistad tan estrecha como la que unía a las dos muchachas.

-¿Tan insufrible está siendo?

-Peor – bufó con cierta indignación -. Conozco a muchos invitados, pero a otros nunca los había visto.

Mari entendió el problema al instante.

-¿Cuántas van hasta el momento?

-Dos – gruñó -. Puede que tres – añadió pensativa -. La última no la tengo muy clara, porque el pobre hombre tartamudeaba tanto que no ha podido terminar de proponérmelo.

Mari la miró con una mezcla de diversión y compasión. La espectacular belleza de Alya, unida a su encanto y su apellido, siempre había provocado en los hombres arrebatos de locura, como proposiciones de matrimonio segundos después de conocerla. No por ser habitual dejaba de sacarla de quicio.

-Creo que la dichosa temporada social va a ser un infierno – sentenció Alya, abatida.

-muchas chicas darían un brazo por ponerse en tu ligar, Aly – dijo Mari, intentando animarla -. Piensa en todos los hombres que vas a tener a tus pies, lisonjeando tu belleza y…

Aly interrumpió a su amiga con una frase que no se cansaba de repetir:

-No quiero un batallón de hombres a mis pies; solo quiero a uno en mi corazón.

Mari la miró con admiración. Alya siempre había tenido muy claro lo que quería en la vida: amor verdadero. Había crecido en presencia del profundo que unía a sus padres y a otras parejas de su familia, y sabía con certeza que no se iba a conformar con menos. Incluso estaba convencida de que en cuanto pusiera los ojos en el hombre de sus sueños lo reconocería al instante y no habría nada que pudiera interponerse entre ellos.

Ojalá ella tuviera esa confianza en sí misma que siempre mostraba Alya.

-Hablando de corazones – continuó Alya -, ¿qué tal anda el tuyo?

-Confuso; no sé que esperar – dijo sin más.

-Mi hermano no es tonto. Sin duda sabe el diamante que eres y no te va a dejar escapar.

-Sí, un diamante de cristal.

-Te equivocas; no hay nada falso en ti. Eres un diamante de primera.

-Entonces, ¿por qué se ha ido?

-No le des más vueltas – adujo Alya con pragmatismo -. Lo importante es que va a regresar esta noche, y debemos conseguir que cuando te vea le sea imposible volver a separarse de ti.

-¿Y como pretendes lograr semejante proeza?

-Haciendo uso de la artillería pesada – terció una voz femenina desde la puerta.

La duquesa de Chat Noir entró en la habitación con una mirada cauta y una sonrisa contrita, seguida de cerca por una doncella que cargaba una enorme caja de cartón.

-Todavía no me he disculpado por mi deplorable comportamiento de ayer. Te pido mil perdones por la terrible forma en la que actué contigo – dijo de corazón, tomando las manos de Mari entre las suyas.

-No tiene por qué disculparse. Alya ya me lo ha explicado todo, y soy yo la que le pide disculpas por haberla involucrado en este asunto – respondió con sincero pesar -. Le aseguro que no es mi intención perjudicar a su familia de ninguna manera. En cuanto Adrien regrese…

-No digas nada que luego no puedas cumplir, querida – cortó Emilie con una sonrisa tranquilizadora -. Nunca me cansaré de repetirte que siempre te hemos considerado parte de la familia, y estoy deseando que mi hijo lo convierta en realidad.

Mari miró a la duquesa sorprendida ante semejante confesión.

-No lo entiende; les mentí sobre mi identidad.

-Mari, el duque y yo conocemos tus orígenes desde hace muchísimo tiempo y nunca nos han importado.

Las dos muchachas la miraron asombradas por tamaña información.

-¿En serio creíais que el duque de Chat Noir no investigaría a la compañera de habitación de su ojito derecho? – inquirió con una sonrisa picara -. Una semana después de que os pusieran juntas en el internado ya lo sabía todo de ti.

-¿Y aun así no hizo nada para separarnos? – preguntó Mari con incredulidad.

Era asombroso que la aceptasen aun sabiendo de donde provenía. Pero si se enteraban de que se había convertido en la dueña de un burdel, seguro que cambiaban de opinión y la echaban a patadas.

-¿Por qué? Ya te lo dije ayer. Eres una muchacha maravillosa y has demostrado ser la mejor amiga posible para mi hija. Eso es lo único que nos importa – dijo con cariño -. Aunque te ruego que resuelvas de alguna manera tu participación en El Jardín Secreto. A nuestra familia no le importan los escándalos, pero todo tiene un límite.

Mari sintió como se le desencajaba la mandíbula.

-¿Pero es que papá tiene espías por todas partes? – gimió Alya, pesarosa.

-Yo… yo… - balbució Mari enrojeciendo, y bajó la vista avergonzada.

-Lo que intento decirte – musitó la duquesa, alzándole el mentón para mirarla directamente a los ojos – es que tienes nuestra bendición en lo que respecta a Adrien – concluyó con una ámplia sonrisa -. ¿Quién crees sino que propició vuestro encuentro en el invernadero, hace dos años?

Los ojos de Marinette estuvieron a punto de salirse de sus órbitas.

-Esa noche os estuve observando. En cuanto vi que te quedabas sola en el invernadero mandé a allí a Adrien con un pretexto – confesó orgullosa -. Conozco a mi hijo a la perfección; tiene el mismo carácter que su padre. Siempre tan controlado y serio. Por eso sabía que sería ideal para él: porque solo tú lo ves como a un hombre y no como al marqués de Chat Noir.

Incapaz de evitar las lágrimas que acudían a sus ojos, Mari se echó a los brazos de la duquesa, que la recibieron con ternura maternal. Rodeaba de ese abrazo protector intentó expresar la verdadera congoja que atenazaba su corazón, pero entre el interminable llanto y los hipidos le resultaba imposible hacerse comprender.

-E…prob… s… que… Adr… no… ma…

-Shhh – la arrulló Emilie, intentando consolarla -. Si no te calmas, no te puedo entender.

-Dice que el problema es que Adrien no la ama – tradujo Alya en un murmullo ronco, enjuagándose las lágrimas que corrían por sus mejillas ante la tristeza de su amiga.

-Tonterías. Ya te he dicho que conozco a mi hijo y que está perdidamente prendado de ti – aseguró la duquesa -. El problema es que no ha heredado el gusto de esta familia por las grandes demostraciones de afecto, y tiende a ser bastante reservado y parco en los sentimentalismos. Pero eso no significa que no posea unos sentimientos tan profundos como el resto de los Agreste. Simplemente, no le gusta exteriorizar sus emociones – explicó Emilie mientras abría la caja que la doncella había depositado sobre la cama -. El duque también era así cuando lo conocí, pero ha cambiado con el tiempo.

-¿Qué es eso? – preguntó Mari con curiosidad, intentando recobrar la compostura.

-Esto, querida niña, es la artillería pesada – afirmó la duquesa mientras desplegaba un esplendoroso vestido de color rosa claro.

¿Review? ;)