La historia pertenece a Adriana Rubens y los personajes a Thomas Astruc. Mío solo es el tiempo que invierto en hacer esta adaptación.

Capítulo 31

Adrien llegó a Chat Noir House a la caída de la noche, cuando el baile estaba en pleno apogeo. Llevaba horas cabalgando, pero el esfuerzo había valido la pena.

Había ido a Londres con tres propósitos.

El primero y más importante, velar por la seguridad de Marinette. Había mantenido una larga conversación con Nino Lahiffe, que a su pesar empezaba a caerle bien, para determinar la mejor forma de acabar con el indeseable de Hawk Moth. Había que empezar por localizarlo. Por lo que Lahiffe le había explicado, Moth se mantenía en la sombra, delegando en sus secuaces; por eso era tan difícil atraparlo. Se había rodeado de una panda de malhechores que, no se sabía por qué, le eran completamente fieles y lo protegían. Pero toda fortaleza tenía un punto débil y estaban dispuestos a encontrarlo. Así pues, había decidido contratar a Lahiffe y a su amigo Jack Ellis para solventar este asunto. A fin de cuentas, ellos se desenvolvían en los bajos fondos mejor que nadie que Adrien pudiera conocer, y Scotland Yard no había servido de gran ayuda hasta el momento.

Ese era el segundo objetivo que lo había llevado a Londres: Scotland Yard, concretamente, el inspector Gabriel Roberts. El maldito se había atrevido a utilizar a una muchacha inocente para sus propósitos, poniéndola en grave peligro. Cuando Adrien llegó al edificio de estilo gótico situado en Victoria Embankment y preguntó por el inspector Gabriel, no tardaron en llevarlo hasta él. Disfrutó decirle que Marinette era su prometida y que estaba enterado del chantaje, y que si por él fuera podría ir buscando otro empleo. Aunque habría disfrutado mucho más estrellándole un puño en la cara. Ya que tanto le gustaban las amenazas, Adrien profirió una muy en serio: si filtraba cualquier tipo de información sobre el pasado de Marinette, se aseguraría de acabar con su trayectoria profesional en la policía.

En cuanto a su tercer propósito, se sentía exultante. Después de hacer uso de todas sus influencias y de mucho insistir, había conseguido una licencia de matrimonio extraordinaria para poder casarse con Mari en cuando dijera que sí. También le había comprado un anillo de compromiso, un hermoso diamante de talla ovalada rodeado de pequeños zafiros tan oscuros como el azul de sus ojos. Tenía todo lo que podía necesitar, incluso las alianzas.

Todo menos el sí de la novia.

Durante el camino había estado pensando en ello. Tal vez lo mejor sería invitarla a pasear a caballo por la mañana, los dos solos, y buscar algún lugar romántico y discreto donde hablar de sus sentimientos sin interrupciones.

Después de asearse y cambiarse de ropa, bajó presto a reunirse con su futura esposa, impaciente por estrecharla entre sus brazos.

Una cara conocida lo recibió en la puerta del salón de baile.

-Tengo que hablar contigo – declaró Plagg un poco nervioso -. Llevo día intentando localizarte.

-He estado un poco ocupado – contestó distraído, buscando con la mirada a su morena sirena.

-Tengo que hablarte de una cosa importante – confesó Plagg -. Es sobre Tikki – añadió bajando la voz.

Esas palabras le evocaron la conversación que tenía pendiente con su amigo, y lo miró con seriedad.

-Plagg, sobre el consejo que te di… Fue totalmente infundado y prejuicioso. Si de verdad estás enamorado de Tikki, cásate con ella, piensen lo que piensen los demás. Tu familia acabará por entenderlo, y tu madre…

La voz de Adrien fu acallándose cuando en su campo visual se cruzó la madre de Plagg, que acompañaba, ufana, a una hermosa pelirroja de sonrisa dulce a la que presentaba a una de sus amistades.

-Mi madre adora a mi esposa.

Adrien miró a su amigo con asombro.

-¿Te has casado con Tikki?

-Esta misma mañana – confesó, con una expresión de intensa felicidad -. En cuanto me dio el sí conseguí una licencia extraordinaria.

-¡Ah, viejo zorro! – exclamó Adrien, palmeándole el hombro con entusiasmo -. Nunca me he alegrado tanto de que no me hicieras caso.

-No creas. Tu consejo me hizo pensar, pero no de la forma que planteabas. A mi modo de ver, tenía dos opciones: pasar toda mi vida con una persona aceptable por la que no sintiera nada o compartirlo todo con la mujer de mis sueños, aunque la sociedad me diera la espalda – explicó con sencillez -. La opción correcta era obvia: me caso con la mujer, no con la sociedad, así que lo importante era elegir a la que en verdad amase. Y esa es Tikki.

-Pero ¿cómo has conseguido que tu madre la acoja tan pronto bajo su ala?

-El mérito no es mío; ha sido obra de Pollen, la hija de Tikki – confesó bajando la voz -. Es imposible amar a Tikki y no terminar enamorado de su hija. La he llegado a querer como si fuera mía, y eso fue lo que le dije a mi madre, o más bien, lo que le dijo tu hermana Alya: que Pollen era hija mía.

-¿Alya? ¿Qué tiene que ver en esto?

-Si decíamos la verdad, condenábamos a Tikki y a Pollen al ostracismo social. Ya sabes lo dañinas que son las murmuraciones, y lo insidiosas que pueden llegar a ser en nuestros círculos. No quería hacerles pasar por ese trago – murmuró bajando la voz -. Así que decidí pedir consejo a tu hermana. Esa muchacha siempre ha tenido un don especial para inventarse cosas, y más aún para manipular a las personas – añadió con admiración -. Se le ocurrió mirarlo todo desde un punto de vista diferente. Le dijo a mi madre que Tikki era una prima lejana de los Agreste y que hace tiempo tuvimos una indiscreción, fruto de la cual nació Pollen, pero ella se negaba a casarse conmigo porque pensaba que no era suficientemente buena para mi. Eso llamó la atención de mi madre, pues las damas acostumbran a ensalzar sus virtudes para demostrar que están a mi nivel. Cuando conoció a Tikki y a Pollen quedó tan encantada que acabó por convencer a Tikki d las ventajas que supondría el matrimonio.

-¿Y cual es la versión oficial?

-Mi madre a contado a todas sus amistades hace cosa de un año, en una ceremonia intima a causa del precario estado de salud del padre de Tikki. Que falleció justo después. Se supone que Tikki ha estado todo este tiempo de luto en nuestra casa de campo.

Resultaba verosímil, puesto que durante el primer año de luto no estaba bien visto salir de casa salvo para ir a la iglesia o visitar a algún familiar cercano. Ni que decir tiene que estaba totalmente prohibido acudir a acontecimientos sociales.

La hermosa pelirroja se acercó a los hombres con una sonrisa tensa y cierto temor en los ojos.

-Me alegra volver a verlo, lord Agreste – susurró, efectuando una reverencia perfecta.

-Es un placer verte por fin en una fiesta, prima – dijo Adiren, tomándola de la mano con afecto -. Espero que todo el mundo te esté tratando bien.

Lo dijo en alto, para que todos los que estuvieran a su alrededor lo pudieran oír. Con esas sencillas palabras aportaba credibilidad a la historia que se habían inventado y advertía que no toleraría ningún insulto hacia la muchacha.

-No tengo queja…, primo Adrien – musitó, con una mirada de profundo agradecimiento -. Todo es perfecto – añadió, mirando con amor a su esposo.

-Por cierto, ¿has visto a la señorita Dupain? Se suponía que se reuniría conmigo en el baile.

-Sí, claro. Está justo allí – indicó con una sonrisa, señalando el fondo del salón.

La mirada de Adrien voló al montón de hombres que se apelotonaban al fondo. Los había tomado por el grupo de admiradores rendidos a los pies de su hermana, y así era, pero solo en parte. Aguzó la mirada y pudo distinguir el brillo de una cabellera negra como la noche, justo en el centro de un montó de apuestos hombres del clan Agreste.

Sus ojos se entrecerraron, presagiando peligro.

-Si me disculpáis – gruñó, despidiéndose de la pareja con una elegante inclinación -, voy a espantar a ciertos moscones y a reclamar mis derechos sobre cierta señorita de cabeza dura.

Sus ojos verdes brillaron con la determinación de un tiburón cuando cruzó el salón sin apartar la mirada de su presa.

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