Siguiente capítulo. Sé que dije que no me comprometía a subir más, pero ya que estaba en vacaciones y no hay mucho que hacer pues aquí está, hecho de lunes a viernes. Espero que os guste mucho, tengo muchas ganas de continuar la historia. Si recibo reviews del capítulo anterior las contestaré aquí.

Atentos porque la historia va a aumentar la potencia.


De las memorias de Básil: si bien ha de decirse que la práctica hace al maestro, debo reconocer que uno nunca termina de formarse. Puede que haya cometido un error… ¡pero solo yo podría transformarlo en un acierto!


Posiblemente era la noche más oscura del año, no se veía una sola estrella en el cielo y las dos lunas de Gathar se habían ocultado. Que hubiese habido un apagón en la cara norte de la zona blanca de Suburbia tampoco ayudaba demasiado.

-¡Vamos!-un enorme dirigible sobrevolaba los altos rascacielos de la ciudad. Si hubiese habido algo de luz la hubiese tapado con su extensa sombra, pero como ya hemos dicho estaba todo a oscuras. Desde el interior del dirigible varios técnicos tripulaban en la sala de control, y uno de ellos activó en un radar que les indicaba su objetivo.

-Hemos llegado, señor-indicó señalando el edificio en la pantalla-están preparando sus defensas.

-Excelente… preparemos nosotros el ataque-respondió la voz que había detrás del técnico. Era una figura muy grande, muy alta y siniestra. Su voz era fría y agria. Una enorme y repugnante cola de rata caía de su trasero y se enroscaba alrededor de uno de sus pies, calzado en un lustroso zapato de marca.

Uno de los controladores habló por radiotransmisión hacia otra de las salas del dirigible. Allí habían unos cuatrocientos sicarios armados hasta los dientes, preparados para entrar en acción.

-Jijijijiji… hehehehehehe-un murciélago de grandes ojos saltones inyectados en sangre y enormes y afilados dientes reía de forma enfermiza mientras observaba sus ojos reflejados en su largo y afilado sable. Con su otra mano sujetaba un revólver, y de la espalda llevaba colgando un fúsil, además de un cinturón de granadas.

-A qué coño esperan…-siseó una comadreja que sujetaba un bazooka entre sus brazos.

-Tranquilos-dijo un hombre con una larga cicatriz que le surcaba todo el rostro-esperad la señal…

-Preparen los ganchos…-dijo la voz del técnico desde los comunicadores, y los sicarios prorrumpieron en exclamaciones de emoción mientras cogían unas largas cuerdas metálicas que acababan en unos afilados garfios y se acercaban a una compuerta que daba al vacío.

-Cañones principales…-ordenó la rata desde la sala de mandos.

-Cañones listos-contestó uno de los técnicos, y pulsando una clave estos dispararon contra el edificio.

-Ahí salen los agentes…-señaló otro de los técnicos. Del enorme edificio con forma de "V" que el dirigible acababa de disparar salió una horda de ciclomotores pilotados por agentes secretos del D23 que comenzaron a disparar hacia el dirigible, haciendo que este temblase.

-¡Maldición! ¡Son muy rápidos!-protestó uno de los técnicos.

-Abordad ahora-dijo la rata. La orden fue transmitida por los telecomunicadores y las compuertas del zeppeling se abrieron, liberando un sinfín de cuerdas por las que los sicarios se descolgaron abriendo fuego a discreción contra los agentes del D23.

-¡AJAJAJAJAJA! ¡SI SI SI SI!-rió el murciélago mientras se descolgaba el también y le pegaba un tiro en la cabeza a uno de los agentes.

-¡Maldita sea, que no accedan al edificio!-gritó uno de los agentes en moto, disparando y matando a tres de los sicarios-¡REPITO, QUE NO ACCEDAN AL EDIFICIO!

El dirigible volvió a abrir fuego destrozando la parte superior del rascacielos, mientras la defensa de la sede central del D23 se preparaba.

-¿Cuántos son?-el Mayor Monogran entró con estrépito en la sala de reuniones mientras todos sus subordinados se levantaban de golpe.

-Unos doscientos…-le informó Carl, su fiel secretario-señor, tenemos nuestros escudos y cañones listos. ¿Cuáles utilizamos?

El Mayor Monogran frunció su monoceja, arrugando los papeles que le ofrecía su secretario.

-Los cañones, claro.


Entretanto, en una zona no mucho más tranquila pero sí con más luz de la ciudad una esbelta silueta paseaba entre la niebla fumando una gran pipa humeante. Llevaba una gabardina marrón y un curioso sombrero de doble ala a juego con esta. El misterioso personaje apagó la pipa al llegar frente a un viejo edificio. Se escuchaba una vieja radio poner clásicos de la década pasada a todo volumen, mientras uno de los vecinos gritaba por la ventana de un piso superior, exigiendo que la apagaran.

Básil arrugó la frente en aquel gesto tan característico suyo mientras observaba la entrada al edificio. Entonces sacó una llave de su bolsillo, y metiéndola en la cerradura esta emitió un pequeño chisporroteo eléctrico, y luego hizo que la puerta se abriera. El ratón guardó la llave y entró rápidamente, dirigiéndose al ascensor. No tenía mucho tiempo que perder. Aún estaba a tiempo de atraparlo… y terminar con todo aquello.

-¿A dónde va usted?-preguntó una voz detrás suyo. El conserje, barrigón y amenazante, lo iluminó con su linterna, sorprendiéndolo. Bueno, en realidad no lo sorprendió. Era muy difícil sorprender a Básil de la Calle Baker. Para él eran todos riesgos calculados.

-La pregunta sería más bien a dónde va usted-dijo Básil girándose y mirando al conserje con reprobación. Él arqueó una ceja, indignado, mientras se llevaba la mano a su revólver.

-Usted no es vecino aquí-señaló.

-No, pero no he venido a robar-replicó Básil con calma-usted en cambio me parece que sí.

-¿Yo?-el conserje fingió ofenderse, aunque claramente estaba asustado: la calva se le llenó de perlas de sudor, mientras se rascaba la barba con preocupación-yo no, oiga… ¿qué está usted diciendo?

-Es evidente que acaba de bajar al sótano a comerse las conservas que allí guarda la vecina del noveno, y de paso llevarse alguna cosa más. Aún tiene polvo sobre los hombros, y además ¿por qué si no lleva las llave?-indicó Básil señalando al cinturón del conserje. Efectivamente de él colgaban únicamente la llave del sótano 9.

-Estaba… haciendo la ronda…-dijo él, muy alterado.

-¿A la una de la mañana? Debe ser usted el único conserje en condiciones de toda la ciudad-observó Básil con sarcasmo-deduzco que se ha tomado los bombones por la mancha que aún le queda en la barba… y en cuanto a lo demás que ha robado…

-¡Yo no he robado nada!-gritó el conserje, furioso-¡Si se lo han dicho los propietarios, es mentira!-luego echó a correr a la calle. Básil se quedó mirándolo unos segundos y luego subió la escalera sin decir nada más.

Ya había deducido fácilmente que en ese edificio había robos y que se trataba de aquel hombre, ya que todas las puertas de las casas eran de doble cerradura y el conserje llevaba una ropa demasiado cara para lo que podía cobrar con su trabajo. Incluso con la poca luz que había solo le habían bastado unos segundos para entenderlo. Otra sencillísima deducción para una mente privilegiada como él.

Pero ya había perdido demasiado tiempo: llegó a la puerta del decimoséptimo piso y sin molestarse en llamar la abrió directamente con su llave maestra. Se parecía a la que Aladdín le había comprado a Jumba Jokibaa tiempo atrás, solo que Básil había construido la llave él mismo, en lugar de adquirirla en el mercado negro.

-¿Hola?-el detective roedor era valeroso, pero aún así avanzó con cautela por los pasillos de aquel sucio y pequeño piso. Uno nunca sabe lo que se puede llegar a encontrar en un sitio así…

Escuchó un leve ruido proveniente de la cocina, pero siguió avanzando. Vale, ya estaba claro de dónde iba a venir.

-¡UAAAAAAH!-el cuchillo le pasó a Básil rozando por la cabeza. El ratón lo esquivó ágilmente y luego se volvió, dándole una patada de kárate a su agresor. Este cayó al suelo, y se quedó mirándolo asustado.

-Aaaah… aaaah… ¿qué quiere usted…? ¿qué quiere ahora…?-jadeó con horror.

-A ti que te parece-masculló Básil entre dientes mientras le apretaba de la pechera-¿dónde está ella?

El hombre tartamudeó un poco, conmocionado, mientras le miraba con pavor.

-¿Ccómo lo sabe? Yo… yo… nno puedo decírselo-susurró, preocupado. Básil puso los ojos en blanco.

-¿Es porque retiene a sus hijos? ¿Es por eso? Señor Proud… esto es más importante.

El señor Proud jadeó, sudoroso, intentando soltarse del fuerte agarre de Básil.

-¿Más… más importante?-susurró mirándole espantado. Aquel detective no estaba allí para ayudarlo, claro que no. Aunque eso ya se lo había figurado él solo. Lo que al señor Proud le horrorizaba era saber cuál era su destino final. El ratón no le dejaba otra alternativa.

-Dónde está su mujer, señor Proud… sé que a ella no la tiene…-los fríos ojos de Básil recorrieron la habitación hasta detenerse en el sofá. Allí normalmente era donde se sentaban los Proud: Oscar (el padre), Trudy (la madre), Penny (la hija mayor), Bebe y Cece (los hijos menores) y "Sugar", la abuela. Veían sus programas de televisión favoritos, y jugaban a juegos de mesa en familia. Los Proud estaban muy unidos… pero la rata había terminado con aquello.

Viendo aquel sofá Básil entendió por fin cuál era el siniestro plan de su adversario esta vez. Maldita sea, llevaban semanas jugando a polis y cacos. Básil se había emocionado mucho al conseguir un par de pistas bastante delatadoras. Una lástima que hubiese entendido el plan… demasiado tarde.

-Apague la bomba-le pidió Básil a Oscar Proud, que al oírlo soltó un gemido de dolor. Era muy bueno, Rátigan ya le había advertido de ello. Maldita sea… maldita sea… ahora estaban perdidos.

-Nno puedo hacerlo-susurró el señor Proud con pavor-usted nno lo entiende… si nno él… los matará… son mmis hijos…

-Por favor, acabo de comer-dijo Básil con desprecio. Entonces levantó los cojines del sofá hasta encontrar el explosivo: una mortal máquina con dos enormes tubos rellenos de líquido rojo. Al mezclarse (y ya lo estaban haciendo) provocarían la explosión.

-Ees el fin…-el señor Proud soltó una risita histérica mientras se dejaba caer en el suelo, rendido-nunca pensé qque sería… con usted…

-Afortunadamente para mí eso no va a ser así-replicó Básil concentrado en los cables. Era una bomba bastante difícil, Rátigan le había complicado mucho las cosas esta vez. Pero no lo suficiente. Unos movimientos rápidos, y estaba desactivada-¡Voilá!-exclamó Básil triunfante-está hecho, señor Proud.

-¡NO!-el señor Proud volvió a lanzarse sobre Básil intentando clavarle el cuchillo, que le golpeó con la desactivada bomba en la cara, saltándole un diente y derribándole. Luego le puso un cojín del sofá en el pecho, y se sentó encima.

-Señor Proud, no me sobra el tiempo. Necesito saber una cosa, y quiero que usted me la confirme o niegue-le dijo Básil hablando muy deprisa mientras miraba a su oponente con fiereza-¿le dijo Rátigan a su esposa que atacara la base del D23? ¿Es eso lo que quería de ella?

El señor Proud negó con la cabeza, y Básil no necesitó más respuesta. Noqueando a Proud con la bomba y salió disparado del edificio. Por fin lo entendía todo. Trudy Proud era parte del D23, y si no estaba en la casa era porque Rátigan ya la tenía a ella también. Básil había averiguado hacía solo un día que los hijos de los Proud habían sido secuestrados gracias a que investigó en la escuela a la que acudían. Relacionando su secuestro con Rátigan Básil entendió que su enemigo estaba trazando un plan contra el D23 en el que Trudy era tan solo un peón. Y ahora por fin entendía cuál era: le parecía demasiado osado hasta para Rátigan, pero era indudable que iba a atacar la base del D23 esa noche, si no lo estaba haciendo ya.

-Quiero hablar con la comisario jefe-dijo Básil encendiendo el interfono de su coche mientras arrancaba. No sabía dónde estaba la base central del D23… pero seguro que no iba a tardar en averiguarlo.

-¿Si Básil…?-respondió la comisario jefe pegada al interfono tras unos segundos-hemos recibido tu aviso. Nos lo acaban de confirmar, un zeppeling está atacando un edificio en el norte. Tú tenías razón…

-Siempre la tengo. Y no es un edificio. Es la base del D23-respondió Básil secamente, antes de cortar la comunicación. Menos mal que había avisado con tiempo a las fuerzas policiales para que estuviesen listas para intervenir. Llevaba días oliéndose alguna maniobra inesperada de Rátigan.

Maldito servicio secreto, D23. Él siempre había dicho que era una organización peligrosa y debía ser desmantelada, pero las altas esferas no opinaban igual. Había tanto secretismo y misterio rodeando la organización que ni siquiera Básil era capaz de atisbar quién se encontraba realmente tras ella. Era junto a la captura de Rátigan la mayor obsesión de su carrera.

-Por mil quesos de bola…-susurró Básil cuando torció la curva al edificio y se encontró con aquella improvisada batalla urbana: el dirigible disparaba potentes cañonazos contra el rascacielos del D23 y había derruido las primeras plantas. Cientos de agentes en motos, tablas de surf solar o mochilas voladoras disparaban contra los sicarios de Rátigan que intentaban acceder al edificio por los cables o usando también mecanismos de vuelo.

-Rátigan… Rátigan…-siseó Básil frunciendo el ceño-¿qué estás tramando ahora?

Aquel golpe simplemente no era del estilo de la rata: se había expuesto muchísimo, y había expuesto también a sus mejores hombres: Básil distinguió a algunos de los secuaces más mortíferos y famosos de Rátigan, como el brutal asesino Edward Lipski, con su aspecto de rockero de larga cabellera y grueso bigote, los malignos golfos Apandadores (una familia criminal) o Fidget, el maniático murciélago y brazo derecho de Rátigan.

En esos momentos el murciélago Fidget había saltado encima de uno de los moteros del D23 y le había rajado el cuello con su navaja. Ahora circulaba con la moto disparando a los otros agentes a distancia y reía vilmente.

-¡JAJAJAJAJAJAJAJA!-rió Fidget mientras ametrallaba a un agente desprevenido por la espalda. Otra agente trató de abordarle por atrás pero el murciélago la vio a tiempo y la hundió su puñal en el estómago antes de tirarla para que se estrellara cientos de metros más abajo.

-Ese murciélago nos está dando muchos problemas agente P-le dijo uno de los agentes a su compañero. El compañero en cuestión era un agente poco común, incluso para ser el D23. Perry era un ornitorrinco, una de las especies más raras de Suburbia, todavía más si encima se trataba de un ornitorrinco antropomorfo. Pese a ello Perry era uno de los agentes más veteranos y expertos del D23, del rango que había poseído el mismísimo Cobra Burbujas.

-Kkkkkkkkkl…-Perry hizo su característico ruido con la boca y cogiendo carrerilla saltó del rascacielos descolgándose por uno de los cables que habían lanzado desde el zeppeling. Perry correteó por el cable evitando los tiros de los secuaces de Rátigan, y matándolos él mismo con su arma. Luego saltó a la moto donde estaba Fidget.

-Patito patito…-dijo el murciélago con su voz cascada y neurótica-¡vas a morir!

Intentó clavarle el puñal perro Perry le esquivó. El ornitorrinco iba a disparar a Fidget cuando este despegó sus alas y le hizo soltar su arma.

-¡AAAAAAAH!-Fidget abrió su boca llena de dientes afilados para morder a Perry pero él le esquivó y utilizando el manillar del ciclomotor como apoyo hizo una pirueta y le propinó al murciélago una patada en la cara, tirándolo de la moto.

-¡NONONONONONO!-Fidget tenía las alas rotas así que no volaba demasiado bien. Se precipitó al vacío y se perdió entre los disparos y vehículos que sobrevolaban de un lado a otro.

Perry recuperó el control de la moto y haciendo un looping comenzó a fulminar a los matones de Rátigan uno tras otros. Sus compañeros del D23 lo aclamaron, mientras los cañones que asomaban por las ventanas del edificio disparaban contra el dirigible obligándolo a apartarse.

-Señor, si seguimos aquí terminarán por derribarnos-le avisó uno de los pilotos del zeppeling a Rátigan, que estaba sentado en su silla de mando disfrutando de una tacita de té.

-Mmmmm…-la rata encendió la pantalla de su interfono y marcó un número-¿querida?

-Ssí…-Trudy Proud esperaba, escondida en uno de los servicios de la base del D23. La mujer sollozaba en silencio, y al recibir la llamada estuvo a punto de ponerse a gritar desesperadamente. No podría hacerlo. Pero sus hijos…Dios, él los mataría… y de un modo horrible.

-Querida, ya es el momento-informó Rátigan removía los terrones de azúcar en la taza distraídamente-hazlo rápido… y no te dejes ni uno.

Trudy asintió lentamente mientras notaba como le faltaba el aire. ¿Por qué a ella, por qué a su familia? Siendo una de las mejores agentes del D23 se la había permitido casarse y llevar una vida normal pero… ahora quedaba claro por qué un agente secreto no puede tenerla… Rátigan había averiguado quién era y lo que escondía. Ahora todos corrían un grave peligro.

-Trudy…-se escuchó la voz de Rátigan, muy suave, a través de la línea-cielo ¿me has entendido?

-Ssí…-dijo ella, tras arrastrarse las uñas por el rostro hasta hacerse sangre-lllo… lo haré…

-Ahora-dijo la voz de Rátigan, implacable, antes de colgar. El mafioso canturreó mientras sorbía de la taza y cruzaba sus grandes y gordas piernas con elegancia. De momento, todo iba bien. Solo faltaba una cosa.

La cosa que Rátigan echaba en falta era el detective Básil, que en ese preciso momento había acercado su Ford a la parte trasera del dirigible y había saltado, aferrándose a uno de sus cables para escalar a dentro. La gabardina ondeó con el viento de la noche, mientras el roedor apretaba sus dientes y escalaba rápidamente. Dos vigilantes se asomaron para dispararle, pero Básil fue más rápido y acabó con ellos disparando él mismo.

-"¿Qué te propones?"-pensó el ratón preocupado mientras corría por los pasillos del dirigible. Era como una partida de ajedrez. Se acaba cuando cae el rey. Y Rátigan había dado un paso en falso. O al menos eso le parecía.

Fuera, la batalla continuaba, aunque los agentes del D23 estaban superando a los de Rátigan, que empezaban a perder terreno. El agente P observó extrañado como los matones no regresaban al zeppeling, si no que se esparcían por las calles o se metían en las cloacas, habitual refugio de los criminales en Suburbia. ¿No trataban de reagruparse? Raro para un asalto en el que Rátigan parecía haber puesto todas sus fuerzas…

-Me temo que es perentorio dejar el edificio-dijo el Mayor Monogram a sus compañeros, líderes del D23. Acababan de hablar con el jefe supremo, como siempre oculto tras una sombra en la pantalla, que les había ordenado abandonar el edificio para reagruparse en las otras bases.

-Si la policía viene harán preguntas, la base ha quedado demasiado expuesta-señaló el jefe supremo desde su pantalla-llévense los archivos imprescindibles. Destruyan el resto.

-Son años de trabajo…-susurró el agente Carl consternado.

-Debemos obedecer-respondió Monogram mientras eliminaba todo el contenido de su ordenador-preparen un coche, nos vamos ahora mismo.

-El D23 nunca ha huido-dijo otro de los directores, compañero de Monogram, pero él negó.

-Ya has oído lo que él ha dicho.

Mientras los agentes vaciaban los archivadores y le daban al borrado automático de las computadoras de todo el edificio, llevándose solo en disquetes el contenido indispensable (cuentas bancarias, datos privados de todos y cada uno de los habitantes de la ciudad…) Monogram y sus compañeros entraron en un hangar donde les esperaba una furgoneta de incógnito. Saldrían a un túnel de tráfico como siempre en atasco, y desaparecerían entre la multitud, como un árbol en un bosque.

-Muy bien… vamos-dijo Monogram ajustándose su elegante chaqueta negra de agente.

¡BANG! ¡BANG, BANG! Trudy salió de detrás de la furgoneta y abrió fuego contra Monogram y el resto de directivos. El Mayor cayó al suelo con un balazo en el centro de su uniceja, mientras Carl chillaba y se echaba al suelo. Los agentes que acompañaban a los directivos no esperaban un ataque y menos de uno de los suyos, así que no pudieron desenfundar a tiempo, y todos cayeron muertos. Trudy se quedó paralizada al verlos a todos yacer, empapados en sangre. Solo quedaba Carl, que lloraba en un rincón.

-Nno me mate…-suplicó el secretario, alzando una mano-¡por favor, no lo haga! ¡NO ME MATE! Yo no soy un pez gordo como ellos… yo apenas sé nada…

Trudy sollozó mientras apuntaba a Carl. Era por sus hijos. Rátigan le había asegurado que los recuperaría si mataba a la plana mayor, pero ahora ella estaba segura de que no sería así. Además, moriría antes de volver a abrazarlos, empezaba a ver con claridad él…

¡BANG!

…final. Carl había sacado su pequeño revólver de la manga y la había metido un balazo en el pecho. Trudy Proud se derrumbó encharcando el suelo con su sangre y respiró entrecortadamente mientras a su alrededor veía todo apagarse.

-No lo siento…-susurró Carl, consternado. Era la primera vez que disparaba a una persona. Y la primera vez que mataba a alguien-eres una traidora…

Carl echó a correr para informar al teniente Long, siguiente al mando, de lo que acababa de ocurrir.

-¡Los han matado!-chilló el secretario mientras corría a toda pastilla-¡socorro, socorro! ¡LOS HAN MATADO A TODOS!

En el dirigible Rátigan esperaba respuesta de Trudy cada vez más nervioso. ¿Y si fallaba? ¿Y si lo traicionaba? ¿Y si había algo con lo que él no había contado? No, no podía ser… y si no, tenía otro agente comprado para que terminase el trabajo. Aún había tiempo. Le hubiera sido más sencillo hacer todo aquello con Cobra. Pero Cobra ya no estaba… de hecho, era precisamente su muerte la que había detonado el plan de Rátigan. Era el momento de actuar.

-¡Nno…!-uno de los técnicos de la sala de mandos del dirigible vio a Básil entrar, pero el ratón lo disparó. Los otros se incorporaron al momento y abrieron fuego, mientras Rátigan se levantaba con toda la calma y paseaba por la sala alejándose del tiroteo. Básil mató a cinco de los seis técnicos mientras Rátigan movía el dirigible alejándolo del edificio del D23.

-¿Ahora se retiran?-exclamó el agente Long con sorpresa.

-Kkkkkkkkl…-Perry entrecerró sus redondos ojos de ornitorrinco mientras veía al dirigible alejarse.

-Tienes razón agente P...a mí tampoco me gusta-dijo el agente Long.

-¡Agente Long, agente Long!-dos oficiales traían a Carl, que empapado en sangre y sin las gafas estaba más blanco que su batín.

-¿Qué ocurre?-preguntó el agente Long con sorpresa.

-¡Los han matado!-lloriqueó Carl echándose a los pies de Long-¡Los han matado a todos!

Long miró a Perry con horror. ¿A quiénes…?

-Venga, Básil…-Rátigan era el único, a parte del ratón superdetective, que quedaba con vida en la sala de mandos. El resto de sus sicarios yacían en el suelo muertos a balazos-un buen estadista tiene que saber cuándo rendirse…

-Un buen estadista sabe medir a sus enemigos…-respondió Básil con orgullo-apuesto a que no esperabas que llegase a tiempo. El asesino del otro día fue un buen contraataque. Pero la bomba de hoy… me esperaba algo más.

-¿Si, eh? Bueno…-Rátigan rió entre dientes mientras presionaba con el pie una palanca y hacía que el dirigible dejara atrás el rascacielos del D23-no parece que me vayan a coger… ¿no crees?

-Te equivocas amigo mío-dijo Básil con satisfacción. En unos segundos el radar del dirigible indicó cientos de pequeños puntos que avanzaban hacia él. Rátigan alzó las cejas, entendiendo que la policía ya había llegado-el D23 va a tener que dar muchas explicaciones…-rió Básil satisfecho-y tú irás a la cárcel… me ocuparé de que sea la silla eléctrica… no querría que sufrieras solo un poco…

-Jajajaja, Básil, tengo que decirte que tú nunca has sido tan importante para mí como yo lo he sido para ti-se burló Rátigan disparando hacia Básil, que se había cubierto tras la silla de mando. El ratón disparó también contra Rátigan, consiguiendo alejarlo- yo creo que es hasta malsano… lo mucho que me quieres-apostilló Rátigan con voz melosa.

-Tú… eres un enfermo-dijo Básil mientras apuntaba nuevamente a su enemigo y disparaba. La bala rebotó contra una pared de metal y dio a los mandos del zeppeling, que comenzó a moverse de un lado a otro descontrolado-estarás… muy pronto… en la cárcel.

Rátigan iba a disparar contra Básil cuando se dio cuenta de que se había quedado sin balas. El ratón se carcajeó satisfecho, cuando Rátigan arrancó uno de los asientos de los controladores y se lo arrojó a Básil directamente. Básil perdió su arma y quedó aplastado por el asiento, mientras Rátigan soltaba una carcajada triunfal y avanzaba hacia él amenazador.

-Básil… ¿y si te dijera que todo esto era parte de mi plan?-preguntó mientras mostraba sus afiladísimos dientes de rata con una perturbadora sonrisa.

Básil se escurrió del asiento y se alejó de Rátigan, pero él le apuntó con el arma. Básil suspiró. Ya se temía algo así.

-Y si te dijera… que tengo la bomba-le dijo, abriendo la gabardina. Allí estaba el detonador que Rátigan le había dejado en casa de los Proud. Solo que ahora lo tenía él. E iba a activarlo-..Mate-dijo Básil satisfecho. Sabía que Rátigan no lo dispararía ante una amenaza así. La rata nunca optaría por algo tan temerario.

-Oh no Básil… o, no… nononono…-Rátigan se llevó las manos a la cara con falso horror. Básil arqueó las cejas al verle hacer aquello. Algo no funcionaba. Rátigan sonrió nuevamente-¿y si yo te dijera… que la bomba no funciona? Nunca funcionó… sabía que la desactivarías antes de usarla… y no me arriesgué a que la usaras contra mí.

Básil miró los líquidos de la bomba. Aquella sustancia realmente se parecía a la nitroglicerina, pero haciendo un examen más detallado el ratón se dio cuenta de que no lo era. Maldita sea ¿cómo había podido caer en un truco tan fácil? Rátigan le había engañado una vez más. Siempre, siempre igual… solo que esta vez.

-Poniendo tus insolentes palabras en mi boca-dijo Rátigan mientras hacía girar la ruleta de la pistola-Mate.

En ese momento el dirigible sufrió otro golpe: los autovolantes de la policía lo habían rodeado, y los agentes de policía lo estaban abordando para detener a los últimos sicarios de Rátigan que aún permanecían allí. El resto habían huido, desperdigándose por la ciudad como una plaga.

-Les habla la comisario Possible-dijo una mujer asomada desde uno de los autovolantes más grandes-tiren las armas, no vamos a dudar en disparar.

-No puedo creerlo… son nuestros-susurró uno de los agentes de policía al oído de la comisario. Ella asintió, aunque se la veía desconfiada.

-No sé, Ron… parece muy fácil…

Básil y Rátigan se miraron y el villano sonrió con una sonrisa envenenada mientras se despedía de él con la mano.

-Es triste decirlo, pero es así-dijo Rátigan fingiendo pesar. Estaba claro que estaba disfrutando mucho con aquello-siempre pensé que nos acabaríamos matando el uno al otro. Pero me he quedado solo. Tendré que buscarme un nuevo archi rival a quien odiar. Uno que no cometa errores de primero de infantil…

-Rátigan…-Básil le miró con odio, pero en sus ojos se pudo ver algo más. Miedo… y frustración. Había perdido… había fracasado… pero no podía ser, él era Básil… él nunca perdía un caso.

-¡QUEDAN DETENIDOS! ¡ESTÁN TODOS DETENIDOS!-gritaban los policías mientras tomaban todas las salas del zeppeling. Corrieron hacia la de mandos. Básil les había dicho que estaba allí.

-Adiós…

Una bala salió de la pistola de Rátigan y recorrió la estancia, yendo directa hacia Básil. Una bala, el sonido de un disparo, un ojo…

Y luego, la oscuridad…


THE SUBURBIAN

Diario. Miércoles 3 de enero del 08. 1'5 mickeys.

RATIGAN CAE:

EL FAMOSO CRIMINAL FUE DETENIDO ESTA NOCHE POR NUESTROS AGENTES DE POLICÍA MIENTRAS PRETENDÍA DAR UN GOLPE EN UN BANCO.

KIM POSSIBLE "HA SIDO POSIBLE GRACIAS AL ESFUERZO DE TODOS"

Es una noticia que parece que nunca llegaría, pero esta noche lo imposible se hizo realidad: hoy a la 1: 30 de la mañana el tristemente célebre profesor Padriac Rátigan, hampón y la cabeza más buscada de Suburbia por casi diez años ha sido detenido por las fuerzas especiales de la policía, tras atracar una sucursal de la banca McPato. Todavía no se han dado demasiados detalles sobre la operación, que hasta ahora había sido un alto secreto, pero fuentes fiables apuntan a que el rey de los mafiosos se encontraba en graves apuros económicos tras la caída de la droga y las nuevas leyes anti criminales impuestas por el grupo parlamentario de la Reina Blanca. Esto podría haberlo llevado a dar un golpe contra la sucursal para refinanciarse, llevando casi un ejército de sus seguidores consigo, montados en un zeppeling de combate (foto de la izquierda). La rápida intervención de la policía que al parecer ya esperaba el golpe desde hacía días consiguió poner fin al salvaje ataque y detener a Rátigan. En estos momentos se encuentra custodiado en la sede central de la policía, en Marmóreo. Según nos ha informado la comisaria Possible el objetivo es: "juzgarlo cuanto antes. Es muy peligroso mantenerlo expuesto, debe ser ejecutado o llevado a prisión cuanto antes, porque los demás jefes criminales van a comenzar pronto a disputarse quién ocupa su puesto, y mientras él siga vivo existe el peligro de que escape". (continúa en la página 5)

Ahora el temor principal de los policías es que se desencadene una guerra de familias. "Sí, varios capos han muerto o han sido detenidos ya en lo que llevamos de año-nos explica la comisario-aunque esto es bueno tiene un doble filo, porque cada vez que un jefe cae las aguas se agitan. Vamos a poner en marcha una nueva operación especial para proteger a los ciudadanos, y mantener Suburbia segura. La gente es nuestra principal prioridad". Aunque estas medidas de control entre las que destaca el refuerzo de unidades policiales y muchas más cámaras de vigilancia se han comenzado a instaurar pensando en posibles ataques, muchos critican a Possible y el resto del cuerpo policial la falta de seguridad de la zona roja frente a la blanca. "La población que están interesados en proteger es solo de la Torre hacia el este-ha criticado el jefe de servicios sociales, Fork-la zona roja siempre se lleva la peor parte en estas guerras de bandas, recuerden la matanza del 94. Possible y sus agentes deberían concentrarse en proteger a los trabajadores de clase humilde, que al no tener el crédito suficiente, no interesamos".

De un modo u otro la ciudad experimentará cambios en estas próximas semanas mientras el primer mes del año 8 se presenta más difícil pero también con más esperanza que nunca. "Habrá más detenciones próximamente-anuncia Possible, muy segura de sí misma-es posible que los principales clanes hayan sido desmantelados… pronto".

En la página 16 hablamos con la comisario Possible de la corrupción policial en Suburbia.

En la página 20 una rápida biografía de Rátigan, y sus secuaces más buscados.

En la página 27 el análisis de nuestros expertos sobre la situación actual del crimen.

En la página 39 el corazón: la Reina Blanca cumplirá treinta años, y ha anunciado que será "la fiesta de la década". Detalles sobre su graciosa Majestad y los planes para el futuro aniversario.


-Bien, no dice nada nuestro…-el agente Long dejó el periódico sobre la mesa mientras miraba a los agentes Powers, Trigger y Perry, muy serio. Una vez más el D23 había actuado con suficiente rapidez como para desaparecer de las noticias y las investigaciones policiales. Pero esta vez les había costado muy caro: habían perdido su edificio principal y a todos sus jefes. La organización se desmoronaba rápidamente. No corría tanto peligro desde su creación hacía cincuenta años.

-Si viviese Cobra, él podría haberse hecho con el mando…-murmuró Powers, que aunque nunca había mostrado aprecio al agente Burbujas veía en él el único líder posible para suceder a Monogram-ahora…

-Ahora él no está, y debemos ocuparnos nosotros-dijo Long secamente-reorganizaremos las bases… en un mes calculo que podremos…

-No es tan sencillo, los agentes están escondidos y no saben qué hacer-le interrumpió Powers-debemos esperar a la reunión de esta tarde para… recibir instrucciones.

-Tal vez sería mejor… desaparecer por un tiempo-sugirió el agente Trigger. Long negó. Él no estaba de acuerdo con eso. El D23 controlaba Suburbia. Ya había tenido que ocultarse otras veces, permanecer inactivo para que nadie supiese de él. Pero con una guerra de bandas aproximándose, eran más necesarios que nunca.

-¿Tú qué opinas, agente P?-le preguntó Long a Perry, que releía la portada del periódico de brazos cruzados.

-Kkkkkkkkkl…-respondió él.

-Sí… ya me parecía-dijo Long, antes de aproximarse a la ventana de la base Eco para contemplar la ciudad. Algo no encajaba en todo aquello. Quizás la muerte de sus jefes… quizás Rátigan…


...


Tres meses acababan de pasar tras la última misión que les había encomendado Gantz: Lilo estaba muerta, Sebastián, Timón y Pumbaa también, y el resto de participantes supervivientes, como siempre, veían más claro que nunca que no podrían sobrevivir mucho más. Tal vez su próxima misión fuese la última…

A no ser que alguien consiguiese los cien puntos, claro. Esa era ahora la mayor obsesión de Jim. Él tenía ya más de cincuenta puntos. Doblarlos en menos de tres misiones era ahora su único objetivo. Después de todo, si había sobrevivido ya cinco… ¿por qué no conseguiría aguantar por lo menos cinco más?

-Hmpf… hmpf…-el chico se quitó la chaqueta del kimono dejando su musculoso torso al aire mientras daba golpes a la mano del babuino, que frenaba todos sus ataques sin apenas molestarse. Rafiki esquivó la patada voladora de Jim, le agarró del tobillo y le tiró al suelo.

-Golpe muy predecibles Jim… adelanta, adelanta… más rápido que el pensamiento…-Jim dio una voltereta hacia atrás y se reincorporó saltando nuevamente contra Rafiki y tratando de darle un oi-zuki pero el babuino le agarró del brazo y levantándolo por encima de su cabeza lo volvió a derrotar.

-¡Au!-Jim notó el peso de sus costillas amortiguado por la lona sobre la que estaban entrenando. Rafiki se sentó encima suyo, satisfecho, y cuando Jim trató de golpearlo nuevamente le sujetó de los puños, impidiéndole moverse-¡Suéltame!-exclamó el chico agitando sus muñecas, frustrado. Rafiki negó con la cabeza.

-Eres tan vulnerable. Ahora mismo podría acabar contigo, sin remordimiento alguno. Yo…-dio un salto y se colocó encima de su bastón manteniendo un delicado equilibrio-yo soy el rayo… yo soy el fuego.

-¡YIAH!-Jim le pegó una patada al palo tratando de tirar a Rafiki de él. Rafiki dio una voltereta en el aire, luego se posó sobre la cabeza del chico y haciendo presión le derribó, para dar un tercer salto y volver a colocarse en el palo antes de que este se cayera. Jim se reincorporó, jadeando, mientras el babuino reía escandalosamente.

-Ajajajajajaja… kkkkkkk… jijijijiji-se burló el mono señalando a Jim como un niño pequeño-¡te he vencido, te he vencido! ¡Te volví a vencer!

-¡Venga ya!-el chico sonrió mientras se secaba el sudor de la nuca con una toalla. Rafiki bajó de su palo y le miró con orgullo.

-Pero… estás mejorando-reconoció-ahora hasta aguantas un asalto.

-Gracias-respondió Jim con una sonrisa sarcástica-algo es algo.

-A mí me parece que lo haces estupendamente Jim. ¡Sigue así!-le animó Kronk.

-¡Sí, sí, exactamente! ¡No hay que rendirse nunca!-apoyó Birdwell.

-Bueno, bueno, la clase no ha terminado-dijo Rafiki levantando su palo amenazante hacia sus otros dos alumnos-¡ahora vamos a ensayar una nueva coreografía de golpes! ¡Atentos todos, u os uso como saco de boxeo!

Jim, Kronk y Birdwell se colocaron en fila e imitaron a Rafiki en los golpes de kung fu que el mono practicaba. Un puño, luego el otro, patada, giro, directo a la mandíbula… Rafiki era un maestro exigente, pero efectivo. Mientras notaba el pelo empapado de sudor pegársele a la frente Jim se sintió satisfecho. Estaba aprendiendo más en tres meses con aquel mono que cualquier asignatura del colegio en más de diez años. Por otra parte sus compañeros de clase, Birdwell y Kronk, eran muy simpáticos y le estaban ayudando mucho.

Hay que decir que a Jim le chocó mucho reencontrarse con Kronk el primer día de clases. Sobre todo porque el ex guardaespaldas de Yzma parecía no reconocerle.

-¡Tú!-Jim estaba sentado en un cojín meditando con Rafiki, pero al ver a Kronk entrar y dejar su mochila a un lado de incorporó de golpe, listo para defenderse. ¿Vendría a por venganza tras la muerte de su jefa? Pero no era así.

-¡Kronk no es responsable de lo que ocurrió!-había chillado Birdwell. Ella era, al parecer, la nueva novia del musculoso pero descerebrado criminal-¡Kronk se arrepiente mucho de todo lo que hizo cuando trabajó con Yzma, ella le obligó y no hay nada más que hablar!

-Bueno, en realidad no me obligó, pero sí que me arrepiento…-reconoció Kronk avergonzado-yo necesitaba el dinero… e Yzma era mejor jefa de lo que pensáis…

-Tranquilo Kronkipu-Birdwell tomó de los mofletes a su novio y se los estrujó enternecida-yo te entiendo. No te pasará nada cariño…

Jim recordó la frase que solía decir Sarah, "siempre hay un roto para un descosido". Desde luego Kronk había encontrado su media naranja. El muchacho contempló divertido como los dos jóvenes tonteaban y Birdwell le daba un fuerte beso a Kronk, que sonreía complacido.

-Siento mucho lo que pudimos hacerte, en serio-le dijo Kronk a Jim encogiéndose de hombros, como si se tratara de cualquier cosa. A parte de ayudar a su jefa a capturarlo y casi matarlo, no había hecho casi nada-pero te aseguro que si puedo te lo compensaré… ¿qué quieres que haga por ti?

Jim miró a Kronk con frialdad.

-No hace falta que hagas nada, déjalo-le había dicho. Iba a clases con Rafiki para aprender a luchar y defenderse en condiciones. Lo demás le daba todo igual.

Sin embargo con las semanas su relación con Kronk había ido cambiando. Él era tan simple pero también entrañable, y era imposible que a Jim no le cayera simpático. Kronk llevaba algunas comidas de la nueva dieta vegetariana que estaba probando para tomar al final de las exhaustivas sesiones de entrenamiento y Jim pudo comprobar que era un excelente chef.

-Es arroz con tofu y verduras-le explicó Kronk a Jim mientras abría el táper esa noche y le pasaba la comida. Jim la engulló agradecido. Se moría de hambre después de que Rafiki le hubiese obligado a hacer doscientas flexiones para terminar.

-¿Quieres agua?-Birdwell, sentada al lado de su novio, le ofreció un botellín a Jim, que el chico aceptó también gustoso. Jim sabía que ambos se esforzaban por compensarle por el daño hecho por Kronk en el pasado. Pero no hacía falta. En realidad él ya lo había olvidado.

-Y… ¿cómo va lo del trabajo?-le preguntó Jim a Kronk mientras se echaba el agua por la cabeza, notando el refrescante líquido reanimarle.

-Bueno, he conseguido un carnet falso-respondió él con su habitual sonrisa simplona en el rostro-mira…

Le enseñó un carnet con una foto suya en el que ponía "Tronk".

-¿Tronk? ¿En serio?-Jim arqueó una ceja mientras contenía la risa.

-Vale para despistarles, y con eso ya me han hecho varias entrevistas-explicó Kronk, risueño-verás, antes me buscaban más, sobre todo porque creían que yo había vendido las drogas de Yzma… esas que hacían a la gente ver elefantes… pero no fui yo. Pero ahora que están con todo lo de las bandas bueno, se han olvidado de mí… así que es el momento de empezar una nueva vida. Queremos… conseguir dinero suficiente para irnos de aquí…

-Vaya…-Jim asintió lentamente mientras meditaba la idea. Él también querría marcharse y dejar Suburbia atrás. Pero irse a vivir a otra ciudad estado no era tan sencillo. Para empezar había que conseguir la ciudadanía, y eso valía una pasta…

-No hablemos de eso ahora…-dijo Birdwell apoyando su cabeza en el hombro de su "Kronkipu" para descansar.

-Perdona cariño…-Kronk deposito un suave beso en la frente de Birdwell mientras la acariciaba su negro cabello-ella me hace querer ser mejor, Jim.

-Ya lo veo-asintió él mientras se limpiaba el tofe con una servilleta de papel.

-¿Tú tienes novia Jim?-le preguntó Birdwell curiosa.

-Oh, sí…-él no se esperaba esa pregunta-sí bueno, yo… sí…

En realidad si la tenía. Pronto haría cuatro meses desde que salía con Bella, ya era más tiempo de lo que había durado cualquiera de sus otras relaciones. En teoría debía estar emocionado… pero no era del todo así.

-Cuando la ves, sabes que es la persona-dijo Kronk perdiéndose en los ojos de Birdwell-no sé cómo explicarlo, es raro… bueno, en realidad no sé cómo explicar casi nada-admitió humildemente. Birdwell le miraba emocionada-pero lo sabes… el… el mundo se detiene y tú la ves a ella y… y ya no puedes recordar cómo era la vida antes de haberla conocido.

-Kronkipu…-susurró Birdwell emocionada, antes de abrazarlo y darle un tierno beso.

-Ay madre mía…-Rafiki estaba recogiendo las colchonetas mientras los escuchaba hablar. Le lanzó a Jim una elocuente mirada antes de irse a sentar con ellos y coger también su ración de arroz con tofe-el amor está muy bien… pero yo prefiero la buena comida.

-Bueno, se pueden tener las dos cosas en una-dijo Birdwell pestañeando tontamente mientras miraba a Kronk.

-¿En serio?-respondió él sin entenderla.

-Rafiki, la semana que viene no podremos venir… Kronkipu y yo vamos a pasar la semana con mis padres-explicó Birdwell. El mono asintió.

-Muy bien, muy bien, pasadlo bien-dijo mientras atacaba su cuenco-te voy a tener para mí solo Jim… te va a doler hasta el pelo.

-Ja, ya me lo veía venir-bromeó él, y todos rieron. Jim se acomodó en el cojín sobre el que estaba sentado, y miró a sus compañeros y profesor sonriendo. Se sentía a gusto con ellos. Aquellas clases de defensa y artes marciales se habían convertido en la mejor parte de su semana. Y estaban siendo semanas muy duras.

-¿Vas por ahí salvando a la gente para hacer propaganda de tus clases?-le preguntó Jim a Rafiki con malicia. El mono apagó las luces del gimnasio mientras reía entre dientes, y luego salió de allí acompañado de Jim. El hotel donde se hospedaba Rafiki le dejaba aquella sala para entrenar con sus alumnos. El babuino seguía hospedándose allí gracias al dinero que cobraba por las clases de defensa. A parte del grupo de Jim, Kronk y Birdwell daba clase a cinco grupos más, incluido uno de niños muy numeroso, así que el negocio le iba bastante bien.

-Recuerda Jim, si algo se te da bien, nunca lo hagas gratis-dijo Rafiki mientras caminaba erguido apoyándose en su bastón-¿has meditado esta semana, como te dije?

-Sí…-él desvió la mirada. Meditar le costaba mucho. Cada vez que lo hacía, empezaban a venirle pensamientos angustiosos, y caras del pasado. Caras como la de Silver… y como la de Lilo…

-Meditar es muy importante Jim. Es parte del proceso-explicó Rafiki.

-Pero no me funciona… -Jim decidió sincerarse-me preocupa que lo que estemos haciendo no sea suficiente…

-Preocupándote por una sola hoja no verás todo el árbol-sentenció Rafiki con sabiduría- no pienses que no pasa nada simplemente porque no veas crecimiento. Las grandes cosas crecen en silencio.

-Sí, veo que tienes un arsenal de proverbios-ironizó Jim, haciéndole reír de nuevo.

-Bueno… eso tampoco te vendría mal aprenderlo-dijo Rafiki-No subestimes el poder de las palabras.

-¿Algún día llegaré a ser capaz de pelear como tú?-preguntó Jim sin poder ocultar su emoción-es que… dijiste que te irías en unos meses…

-Sí ¿y qué?

-Pues qué… en unos meses no podré pelear como tú…

-Sí ¿y qué?

-Pues…-Jim empezaba a mosquearse-que entonces no aprenderé a pelear como tú.

-Puedes aprender tu solo. Yo solo te dejo las bases-replicó el babuino con calma.

-No creo que pueda…-empezó Jim, pero Rafiki le interrumpió.

-¿Quieres que te dé?-le amenazó, señalando la vara. Jim ya tenía varios chichones para recordar que no debía provocar a la vara, así que no dijo nada-tú puedes hacer lo que quieras Jim. Solo tienes que entenderlo.

-Ya…-Jim hundió los puños en la cazadora, cansado. Luego se acercó a coger su Solaryum, que había guardado en una alargada taquilla del gimnasio. En una bolsa llevaba el kimono que se había comprado hacía unos meses al empezar las clases. El gimnasio contaba también con unas duchas donde él y Kronk se aseaban después de cada sesión.

-Hasta la próxima clase Jim-dijo Rafiki mientras el chico le pagaba los quince mickeys.

-Sí…-dijo él sonriendo-hasta la próxima.

Eran las ocho de la tarde. Aún tenía tiempo de ir a hacer su visita semanal antes de que cerraran. Jim se despidió de Rafiki una última vez mientras arrancaba su fiel tabla de surf y echaba a volar por el cielo de Suburbia.

Aquellas últimas semanas estaban siendo de locos. Jim no paraba, y aun así se sentía mejor que nunca. Quizás fuera el alivio de seguir con vida lo que lo impulsaba a hacer todo aquello. O a lo mejor solo era el dolor por la muerte de Lilo…

Había conseguido un trabajo en una taberna similar a la que había trabajado con Silver: era camarero, y tenía el turno de tarde de lunes a viernes. Le pagaban bien porque era joven y bien parecido. Jim había sorprendido al dueño al memorizarse todos los menús con leerlos solo una vez. A parte de este trabajo que le ocupaba toda la semana Jim daba clases particulares a los hijos de los Banks de matemáticas, gracias a que él le había contratado a raíz de una posterior conversación con el señor Banks en el banco. El chico había aceptado no solo por el generoso pago que George Banks le ofrecía por impartirlas, sino también porque eso le permitiría volver a encontrarse con Mary Poppins, con la que aún tenía una conversación pendiente. Sin embargo según le había dicho el señor Banks Mary Poppins estaba de baja temporal por enfermedad, así que no pudo verla. Cabe añadir que ni George ni su esposa recordaban nada en absoluto de los traumáticos sucesos ocurridos el día de Navidad con Oogie Boogie. El borrador de memoria de Cobra Burbujas funcionaba perfectamente, al igual que con su madre.

-¿Y dónde está Lilo?-le preguntó Jean la primera clase. Jim cerró los ojos. Ya se esperaba algo así.

-Ella… bueno…-no podía decirles la verdad. Era mejor ahorrarles ese dolor-está bien, como todos. Está… está en su casa.

-¿Con Stitch?-preguntó Michael interesado-¡tenía un perro súper chulo! Bueno, no era un perro, era un experimento genético, ella nos lo contó…

-Ya…

Jim no sabía que había sido de Stitch ni dónde estaría ahora mismo. Tampoco sabía a quién preguntar, según sabía Nanny y David habían dejado Suburbia. Le resultaba muy doloroso hablar de Lilo. Pasaba largas horas por la noche desvelado, pensando en ella. Jim ya no tenía más lágrimas para llorar a su amiga, pero el terror seguía ahogándolo por las noches, al igual que el sentimiento de culpa. La terrible pregunta, la duda de lo que podría haber sido y no fue. ¿Y si él no hubiera atropellado aquella noche al doctor Dawson? ¿Y si él la hubiera salvado de Oogie aquella noche? Era demasiado doloroso ni siquiera para explicarlo.

-No puedes culparte de eso…-Bella era la única con quién había sido capaz de expresar sus sentimientos, una noche tras despertarse en mitad del sueño a su lado-tú hiciste todo lo que pudiste Jim… no fue culpa de nadie, de ninguno de nosotros… solo de Oogie Boogie…

También con sus amigos Jim se encontraba extraño. Aunque no era para menos. El grupo de hermanos estaba cada vez más separado, sobre todo desde que a Peter le habían ingresado. Y eso nos lleva a la visita de las ocho…

Jim dejó la tabla en el aparcamiento del hospital y entró con paso ligero. Ya se conocía el camino hasta la habitación.

El asilo de Witzed había entrado en quiebra al morir su director, Monsieur D'Arque, y fugarse el tercer preso, una tal Sally, también del bloque 0. En teoría el estado rojo debía hacerse cargo de refinanciarlo, pero en lugar de eso el gobierno de la Reina Roja había mandado sacar a los enfermos de Witzed e internarlos en todos los hospitales posibles (como si la sanidad no fuese ya suficientemente mal). En cuanto a los psicópatas más peligrosos, habían ido directos a la prisión de Salazem Grum, la infame cárcel de Suburbia.

Debido a esto Peter se encontraba ahora tratado en un hospital público, ya que sufría ataques repentinos de nervios, paranoia y había intentado suicidarse en su cuarto, colgándose de su propio cinturón.

-¿Qué tal, colega?-Jim se asomó lentamente por la puerta de la sala. Peter estaba allí, con la mirada perdida en el techo, y atado con varias sujeciones para que no se pudiera escapar. Ver a su amigo en aquel estado fue una de las cosas más impactantes que Jim era capaz de recordar, y eso que había visto cosas inolvidables aquel año, como un reino submarino, un tío devorado vivo por un cocodrilo o incluso a sí mismo transformado en una cría de tigre.

Peter no respondió. Su rostro inexpresivo estaba muy pálido, y más delgado que nunca. Por la vena le entraba un tubo que le inyectaba un líquido de sustento. Al no poder comprar drogas los ataques se multiplicaban, aunque también era seguro que los ataques habían empezado debido al consumo de las mismas. Oogie Boogie y la terrible matanza que había tenido lugar el 25 de diciembre en casa de los Darling solo habían sido el golpe final para que la frágil mente del chico se deshiciera en pedacitos.

-Te… te he echado de menos…-dijo Jim sentándose al lado de Peter y forzando una sonrisa-hoy en clase… ha sido la polla… la Casamentera estaba corrigiendo… y hemos abierto una ventana… se le han volado todos los exámenes… se ha cagado en nosotros tío…-Jim rió, intentando animarle. Los médicos le habían dicho que eso era muy importante. Y aunque él se esforzaba al máximo, no veía en los ojos de Peter esperanza posible. Aquellos ojos verdes estaban apagados, y era difícil para Jim recordar un rostro más triste y desgraciado que el de su amigo.

Jim siguió hablando un rato intentando recordar anécdotas que pudieran gustarle a su amigo, pero tampoco había muchas que contar. La semana pasaba lenta y tortuosa también para él, y con tantas desgracias le resultaba muy difícil incluso sonreír. ¿Para qué seguir intentándolo? ¿Para qué? Pero Jim pensaba en Lilo… y eso le daba fuerzas para continuar. No pensaba desperdiciar su vida porque las cosas no fuesen como él quería. Podía sacar ventajas de la adversidad, si se esforzaba.

Se había convencido a sí mismo de que volvería a verla. De un modo u otro lo haría… volvería con ella.

-Tío… tienes que recuperarte-dijo Jim posando su mano en la de Peter. Él seguía mirando al techo sin pestañear. ¿Lo estaría si quiera escuchando?-no… no puedes dejar que te venza… eres Peter Pan tú… tú metiste el gol con el que ganamos la copa… ¿te acuerdas? Tú me hiciste cogerme mi primer ciego… eres mi hermano Peter… no te hundas…

Jim se sentía cada vez menos unido a todos sus amigos. Con Tarzán, en teoría su mejor amigo, apenas hablaba, y con Gastón no quería ni tratar. Solo él había ido a ver a Peter cada semana. Flynn había ido una vez, y no parecía que fuera a volver. Los otros dos ni siquiera se habían pasado. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué todo estaba… cambiando?

-Nosotros ya le advertimos de que le acabaría pasando esto-le había dicho Tarzán duramente una tarde, después de explicarle que no podía ir porque "no tenía tiempo".

Jim suspiró mientras seguía observando a Peter. Transcurrida una hora se levantó y se dispuso a irse. Otras veces esperaba a que la enfermera lo echara al llegar las nueve, pero ahora no tenía ni siquiera ánimos.

-Volveré la semana que viene, el viernes-le dijo Jim a Peter, dándole una palmada en el hombro. El siguió igual-vamos… ten… ten…

"Ten fe". No fue capaz de decirlo, le sonaba ridículo. Salió de allí cabizbajo, y recuperando su tabla se dispuso a volver a casa. Estaba hasta arriba de deberes, pero pasaba bastante de ellos. A Jim el curso le daba totalmente igual. Si seguía yendo al Porter es porque su madre lo estaba obligando.

Jim se dio una vuelta por toda la ciudad en su tabla. El calor regresaba rápidamente, cuando acabase el mes y empezase mayo las temperaturas comenzarían a subir, y para junio seguramente sería insoportable. Jim llevaba bien el calor, estaba acostumbrado, pero lo llevaría mejor en la playa. Aunque aún debían dinero al banco Jim suponía que si las cosas seguían como hasta ahora, con él llevando más dinero a casa gracias al trabajo extra y su madre en buena forma, ese año si tendrían verano. No todo era malo. Solo había que trabajar por mejorarlo.

Jim besó a su madre en la mejilla y subió a su cuarto, donde se descalzó y se echó en la cama frotándose los pies dolorido. En una de sus patadas giratorias en clase de Rafiki le había dado un tirón. El chico hundió la cabeza en la almohada y cerró los ojos. Menos mal que empezaba el fin de semana. Había quedado con Bella para cenar. A él le apetecía volver a la discoteca, hacía tiempo que no iba por allí, pero a ella no le gustaba, y él lo respetaba por encima de todo. Había intentado llevarla una vez y bailar con ella pero a Bella le daba demasiada vergüenza y además le agobiaba el clima agobiante del Decas, así que terminaron por salirse y dar un paseo por el parque.

Esa noche en la cena Jim pensaba decirle algo. Iba a ser muy duro. Pero debía hacerlo. Porque sabía que lo estaba haciendo mal. Y sabía que se estaba equivocando.

Jim quería dejar a Bella. Pero no sabía cómo hacerlo. No quería herir sus sentimientos, porque sabía que a ella le gustaba, y él a ella la quería también. El problema era que… bueno… a Ariel la quería más. Y por más que quisiera, ella no se iba de su cabeza. No podía seguir viviendo si seguía atormentándolo el recuerdo de ella. Pero sabía que no iba a ser capaz de pasar página. El dolor no disminuía con el tiempo. Solo aumentaba.


-Nno, no hay problema, puedo hacer turno de tarde… nno claro…-Ariel sostenía su interfono nuevo mientras yacía tumbada en la cama, intentando contenerse-claro Tala, yo estaré… no, no, claro que no… nnnnnnm… gracias…

La pelirroja se sujetó el cabello con la mano libre mientras intentaba contenerse y no gemir. De cintura para abajo Aladdín la había desnudado, y estaba manteniendo una "conversación" con su entrepierna. El chico movía la lengua con endiablado ritmo mientras a Ariel se le coloreaban las mejillas y cerraba los ojos intentando concentrarse. La voz de su jefa de tiendas, Tala, apenas le daba sentido, y no entendía nada de lo que le estaba diciendo. Aladdín la acarició los muslos mientras seguía comiéndosela y su barba la hacía cosquillas en su sexo.

En aquellos dos últimos meses que llevaban saliendo Ariel había aprendido muchas cosas. Sobre el amor, sobre los chicos y sobre el sexo. Se sentía mucho más adulta y preparada para la vida, mucho más valiente y sobre todo mucho más importante. Como si su vida valiera, porque él estaba en ella. Y eso secretamente la preocupaba… porque Ariel sabía bien que, antes o después sus caminos se iban a separar.

-Ven aquí…-la pelirroja colgó el teléfono y acarició a Aladdín detrás de las orejas como a un cachorro. Él se levantó con restos de los fluidos de ella aún en la barba, y relamiéndose la abrazó con fuerza.

-Te quiero, te quiero…-repetía constantemente.

-"Ya…"-pensó Ariel. Le adoraba cuando estaba así de cariñoso, eran los mejores momentos. Pero sabía que eso de "te quiero" no era del todo verdad.

Hacía dos semanas que estaban viviendo juntos, y el placer había llegado a ser tan intenso para Ariel que incluso ya lo contemplaba como algo habitual. Todas las mañanas Aladdín al despertaba con besos e intentaba que se quedase con él en la cama mientras ella corría a cambiarse para ir al trabajo. Todas las tardes él la estaba esperando, con una sorpresa distinta, y ella sabía lo que vendría después. Y vaya… lo que venía después era indescriptible.

-Buenas noches señorita… su cena está preparada-le había dicho Aladdín una noche al llegar: había una mesa con velas puestas pétalos de rosa esparcidos por el suelo y una suculenta cena preparada. Él llevaba solo unos estrechos calzoncillos negros que le remarcaban su redondo trasero, una pajarita en el cuello y mangas de camarero. Ariel había tirado el bolso al suelo y fue hacia él, pero Aladdín se lo había impedido.

-Primero, la comida-le dijo el chico conduciéndola hacia la mesa-yo fui camarero hace tiempo… ¿lo sabías? Aunque me echaron por robar la caja registradora.

-Que malo eres…-le picó Ariel, que ya sabía perfectamente cómo tratarle. Aladdín sonrió débilmente mientras la servía una deliciosa sopa de pescado, y luego se quedaba observándola mientras comía-¿y… Abú?

-Está en mi piso, le he dejado ahí hoy. Te manda recuerdos-dijo Aladdín mientras la acercaba el pan, servicial-¿señorita, querría un poco de vino?

-Sí por favor-agradeció Ariel mientras se lo servía en una copa y se lo llevaba a sus rosados labios. Estaba muy fuerte-gra… gracias… y… ¿qué tal hoy?

-No debe hablar con los camareros, señorita-dijo Aladdín guiñándola un ojo. Luego se acercó a su oído haciéndola temblar con su voz-ahora coma… deje sitio para el postre..

Continuaron charlando de trivialidades relatándose cada uno su día mientras Ariel notaba cada vez más la urgencia de probarle a él. Finalmente en el postre Aladdín la sirvió una tarta de nata, y se colocó la guinda en los labios.

-Disculpe camarero… quisiera también eso…-dijo Ariel señalando la guinda. Él sonrió mientras se sentaba en el friegaplatos y se pasaba las manos por fornido pecho.

-Ven…-la incitó, enseñándole la guinda. Ariel se limpió la boca con la servilleta, dudosa, y finalmente se levantó. Se acercó al chico y enroscó los brazos alrededor de su cuello. Aladdín la tomo de las mejillas y acercándola la besó, pasándole la guinda. Ariel notó el fuerte sabor del muchacho mientras acariciaba su torso ya sin control y dejaba que él la cogiera por las piernas y la tumbase sobre la mesa.

-Nnnng… la propina…-gruñó Aladdín mientras le abría el escote a Ariel y comenzaba a besarla en las tetas. La chica comenzó a gemir mientras le enroscaba con las piernas y hacía que se rozasen sus intimidades, excitándolo. Ariel había aprendido muchos trucos que sabían que le daban placer a él, y sabía cómo gustarle-Ooooooh, sí… ooooooh…

Aladdín le puso la nata de la tarta a Ariel en la boca y se la comió descaradamente en un ávido beso. Luego la dio la vuelta y bajándose los calzoncillos se dispuso a entrar en caliente.

-¡AAAAAH! ¡Allladdín…!-gimoteó Ariel notándole penetrarla mientras él la besaba de la espalda y la sujetaba-¡Espera… aaaaaah!

-Vamos…-él se mantuvo así un rato pero luego la volteó y continuó su penetración mientras la besaba nuevamente en los pechos. Ariel le besó también por todo el cuerpo. Le era imposible distinguir ya sus dos cuerpos, estaba tan obnubilada por el intenso placer que el árabe la proporcionaba que apenas si podía respirar.

Las velas y platos se cayeron al suelo mientras la mesa se zarandeaba con violencia debido a las embestidas de Aladdín y los escandalosos gemidos de Ariel resonaban por toda la casa.

-¡Ooooooooooh…!-él se movió ligeramente para un lado mientras levantaba una de las piernas de la chica, profundizando más la penetración.

-¡OH! ¡SIGUE! ¡OH SIGUE!-Ariel le arañó la espalda con fuerza mientras él la sacudía bestialmente hasta llegar al clímax. A veces ella se avergonzaba de su propia falta de pudor cuando le suplicaba de aquella forma, cuando ni se reconocía a sí misma cayendo a los pies de él. Pero no era capaz de resistirlo. Y él actuaba del mismo modo. Aladdín pasaba cada vez más tiempo con ella, no había tiempo para amigos ni para trabajos. Podía ser que realmente… fuesen el uno para el otro.

-Ooooooh…-se quedaron el uno encima del otro, mientras Aladdín dejaba caer la cabeza en la mesa, descansando, y Ariel le acariciaba lentamente las nalgas, pensativa. Se sentía satisfecha. Pero había veces que pensaba en él… y no se encontraba a gusto…

Posteriormente a esa escena habían empezado a vivir juntos, ella se había cortado la larga melena pelirroja que ahora llevaba por los hombros y él se había dejado una leve barba que le daba un aspecto todavía más atractivo. Ariel le observaba mientras Aladdín arreglaba una lámpara. Antes prefería morirse que llamar a un técnico ¡ni que él no hubiese tenido que arreglar la única bombilla de su antiguo piso en ocasiones!

-Por mis huevos que esto funciona…-dijo Aladdín concentrado mientras atornillaba la nueva bombilla-prueba ahora…

Ariel presionó el interruptor ¡si, ahora funcionaba!

-Toma, joder-el chico sonrió y se dispuso a recoger las herramientas que había sacado, mientras Ariel le observaba embelesada. Sí, estaba enamorada, no había duda. Pero sin embargo Jim…

Se giró, furiosa, y se metió en su cuarto. ¡Estaba harta de pensar en Jim! Y sin embargo cada vez lo hacía más. No podía dejar de pensar en él. Y cada vez sentía más la necesidad de volverlo a ver. Cuando estaba con Aladdín conseguía olvidarlo. La atracción que sentían el uno hacia el otro, lo mucho que se reían juntos, y lo a gusto que se sentía a su lado la hacía sentir bien. Pero con Jim… con Jim todo era diferente. Simplemente había sido diferente a cualquier otra persona con la que hubiese estado. Ahora lo sabía.

-"Basta ya…-Ariel se miró en el espejo, echándose el ahora corto cabello hacia un lado. Ahora se maquillaba, la habían enseñado sus amigas del trabajo-no quiero seguir con esto… Aladdín es mi novio… yo… le quiero… oh, le quiero muchísimo… tengo que dejarlo…".

Algunas noches Aladdín perdía su vigor acostumbrado, y sentado en un sillón miraba por la ventana de la terraza a los altos rascacielos de Suburbia y las luces de los autovolantes que brillaban en la oscuridad, mientras se vaciaba una botella de cerveza. Ariel veía la tristeza en los ojos del chico. Y sabía que estaba pensando en ella. En la otra. Aladdín ya la había hablado de Yasmín varias veces, también cuando no eran todavía novios. Ariel sabía que ella había desaparecido, y que él la había buscado desesperadamente, poniendo en peligro su vida pero sin conseguir nada. Ariel pensaba que él simplemente la recordaba pero ya se había olvidado de ella. Pero una noche le escuchó hablar en sueños, susurrar su nombre. Pues claro que seguía enamorado. Y seguía buscándola…

Aquella noche, más que nunca, Ariel pensaba en que necesitaban hablar. De muchas cosas…

-Oooooooh sí… baja, baja…-dijo él. Ariel estaba encima ahora, y sujetándola él con sus morenas manos la hacía ascender y descender a un cada vez más descontrolado compás-joder nena… joder… tú sí que sabes…

Ariel gimoteó de un modo muy agudo. Sabía que eso le ponía todavía más cachondo. A veces se comportaba como su perra, pero no le importaba hacerlo. Se sentía bien complaciéndole. Y aún mejor cuando él la complacía a ella, como en esos momentos. Ariel se había puesto un atrevido conjunto compuesto por un sujetador negro de látex, medias de red y botas también negras aquella noche, sin que él lo supiera, y cuando Aladdín la estaba buscando había aparecido en la puerta, apoyada en el marco, subiendo y bajando como si fuese una barra. A él le había faltado tiempo para lanzarse encima suyo y rasgarle las medias de red.

-Oooooooh… ¡ahora…! ¡OOOOOOOoooh!-Aladdín terminó de correrse en el interior de la chica que ahogó un fuerte gemido mientras estiraba los brazos, y finalmente terminaron el coito. Ariel se tumbó al lado suyo y le acarició lentamente el pene mientras él la daba suaves besos en los hombros. Aladdín llevó también su mano a la vulva de ella y la fue introduciendo lentamente.

-Nunca… cambiarás…-susurró Ariel. Aladdín la guiñó un ojo y luego la mordió levemente en el cuello, raspándola con la barba.

-¿Por qué debería hacerlo?-preguntó con voz gutural-te gusto así… ¿no?

-Sí…-Ariel le acarició el vello del pecho y luego subió las manos desde el pene a los abdominales-te quiero…

Aladdín sonrió y la acarició la mejilla.

-Y yo a ti…

Ariel se mordió el labio mientras continuaba recorriendo el cuerpo de Aladdín. Se lo conocía ya tanto. No había una parte suya que no hubiese besado. Podía situar sus lunares, podría incluso dibujarlo de memoria. Aladdín pasó a masajearla lentamente los senos mientras seguía mirándola con sus vivaces ojos castaños.

-¿En qué piensas?

-En nada…-mintió ella. Aladdín siguió a lo suyo mientras Ariel cerraba los ojos y se entregaba al placer de los sentidos ¿cuántos orgasmos se podía llegar a tener en una sola noche? Amaba el cuerpo humano…

-En realidad si…-reconoció ella finalmente. No supo por qué, pero tenía que hacerlo. Aladdín detuvo lentamente las manos de su masaje, y se quedó mirándola. La barba le daba un aspecto más maduro. Y era más difícil averiguar qué era lo que pensaba, pues sus expresiones eran mucho más veladas.

-¿Y en qué piensas?-preguntó acariciando las piernas de la chica.

-Yo…-ella no sabía cómo decirlo "En Jim". No, no podía soltárselo así. Por favor, tenía que dejar de pensar en él. ¿Qué podía darle Jim que Aladdín no pudiera? Él árabe la amaba, la cuidaba a todas horas y era muy cariñoso con ella. Y cada vez que la tocaba, con cada beso, la hacía sentir en el Cielo. No, Jim no podía hacerla sentir nada de eso. Eran totalmente incompatible.

-Pienso… no sé cómo decírtelo…-Ariel se llevó las manos a la cara, avergonzada-es que… bueno, en fin… pensaba en… en que haremos después…

-¿Después?-Aladdín tensó las cejas, sin comprender.

-Quiero decir… que ahora estamos juntos y… ¿y luego?

Aladdín no se esperaba una pregunta tan directa. Lo cierto era que él también lo había estado pensando, y mucho. Había llegado incluso a tratar de olvidarse de Yasmín. Quería empezar una nueva vida con Ariel. Una vida en la que el amor fuese posible, y en la que todo le fuera bien.

-Pues…-el chico rehuyó la mirada de Ariel por primera vez desde que ella le conocía-no sé… vas un poco rápido… ¿no te parece?

Ariel observó a Aladdín que se sentó en la cama y abrazó la almohada, malhumorado. Con lo bien que estaban. Ella siempre tenía que sacar a relucir los problemas del futuro, los miedos, las incomprensiones. ¿No podían enrollarse en paz, disfrutar de la vida sin más preocupaciones?

-Aladdín…-Ariel tenía coger las fuerzas necesarias para hablar, pero no sabía si podía. No quería que él se enfadara con ella-a ti… aún te gusta ella… y yo…

-Sigues pensando en Jim-completó él, dándola la espalda. Ariel tartamudeó. Vaya, eso era nuevo.

-Yo… yo…

Aladdín levantó una mano con calma.

-Lo sé… siempre… siempre lo he sabido… desde el momento en que crucé esta puerta-dijo. Ariel se llevó las manos al rostro y se lo tapó, avergonzada.

-Aladdín yo… no sé… no sé qué hacer-dijo angustiada. No quería dejarle. Le amaba. Pero aun así…

-Jim… tiene novia-la recordó Aladdín mientras la acariciaba la piernas. Ariel asintió lentamente.

-Lo sé pero… aun así yo… no puedo dejar de pensarlo… ¿y si solo me estoy obsesionando? Creo que solo queremos lo que no podemos tener-razonó. Eso era algo que Attina le había dicho cuando vivían en Atlántica, cuando ella había manifestado su deseo de dejar el mar y vivir en tierra. Pero ahora que vivía en Suburbia Ariel no quería regresar al mar, así que no era un simple capricho por llevar la contraria. Ella sabía lo que quería… siempre lo había querido.

-¿Y… y tú?-le preguntó la pelirroja a Aladdín apoyando la cabeza en las piernas del chico y dejando que el la acariciara el pelo. Como le gustaba aquel tacto. Tan solo el aroma del chico ya la hacía sentirse bien.

Aladdín tardó un buen rato en contestar. Cada palabra que pronunciaba le causaba un intenso dolor.

-Yo… estoy enamorado de Yasmín, Ariel… sé que suena gay pero… la entregué mi corazón… y mi lugar es… al lado suyo-sonrió con amargura-estaba perdido… me he recorrido toda la puta ciudad, he hecho de todo… pero no puedo olvidarla… no sé… es…-se le iluminó la mirada, y eso es lo que más le dolió a Ariel de todo-es como si nuestras almas…

-Se conectaran-completó ella. Aladdín asintió lentamente. La miró y reparó que ella seguía allí, entre sus piernas.

-Sí… se conectaran…-reconoció el árabe mientras la miraba con tristeza. Ariel se reincorporó abrazándose a sí misma mientras agachaba la cabeza.

-Pero yo siento que tu alma… que nosotros…

-Lo sé-Aladdín asintió, y en su rostro se reflejo el coraje-¿y por qué no? Podemos intentarlo. Estamos bien así yo… yo te quiero… me he enamorado de ti, y me gusta estar contigo más que con nadie pero… podríamos intentarlo…

Ariel asintió lentamente. Aladdín la apartó un mechón de pelo y la obligó a mirarla, poniéndose en frente suyo y sonriéndola con ánimo.

-No hay por qué preocuparse… -susurró él tomándola de la mano-podemos intentarlo…

-Pero sabes que no dará resultado…-respondió ella tomando su mano y besándola desesperadamente-tú lo sabes…

-No, eso no es cierto. Y puede… puede que ni siquiera vivamos para ello-razonó Aladdín seriamente-Ariel, Jim tiene novia… y es feliz con ella. Y Yasmín… Yasmín no sé dónde está, pero creo que después de todo lo que he hecho no podría volver a mirarla a la cara… solo quedamos tú y yo… o nos quedamos solos… y yo quiero estar contigo…

Ariel negó con la cabeza lentamente mientras una gruesa lágrima le recorría el rostro lentamente, quemándola. Entonces le puso una mano en el hombro a Aladdín, y se acercó más a él hasta que quedaron solo a unos centímetros. Ya no había mentiras, no había tras lo que esconderse. Desnudos como vinieron al mundo se conocían perfectamente el uno al otro, y se habían visto en los mejores y peores momentos. Así que solo quedaba sincerarse.

-Aladdín…-susurró Ariel. Él la miró con miedo. No quería seguir… le iba a doler demasiado-tú me quieres… ¿o no?

Él respiró lentamente, mientras la miraba comiéndosela con los ojos. Las manos de los dos adolescentes se entrelazaron mientras el vínculo invisible que había entre ellos los quemaba.

-Te quiero…-respondió él, y entonces se le quebró un poco-pero… no estoy enamorado de ti…

Ariel asintió lentamente mientras sus manos soltaban las del chico. El dolor era muy fuerte. Pero ya se había enfrentado antes a él. Podía vencerlo… ¿podía?

-¿Y tú me quieres?-preguntó Aladdín impidiendo que se alejase de él y sonriéndola con aquel encantador gesto suyo.

-Estoy enamorada de Jim…-respondió Ariel. Le pareció increíble que hubiese dicho en voz alta. Pero ahora que lo hacía, lo entendía perfectamente. Sí, era verdad. Estaba enamorada de Jim. Y ahora, dicho esto… todo parecía un poquito más fácil. Al menos sus sentimientos estaban claros. Pero seguía allí, con Aladdín. Y notaba como su corazón se rompía poco a poco.

-Pero también estoy enamorada de ti-dijo Ariel, acariciándole el mentón a su chico-no quiero que esto acabe… solo quiero… que sea real…

Aladdín asintió, forzando una sonrisa.

-Necesito… necesito un trago-masculló angustiado-yo…

-Abrázame-le pidió Ariel con los ojos enrojecidos. Él estaba al borde de la cama, y se la quedó mirando con compasión. Se volvió a cubrir con las sábanas y la abrazó, dándola calor con su ancho cuerpo.

-Puede que no lo consigamos… ninguno de los dos-dijo Aladdín mientras la acariciaba el pelo y la espalda lentamente. Ella cerró los ojos disfrutando de su tacto. Quería tenerle, mientras aún pudiera.

-Si es así… ¿me darías otra oportunidad?-preguntó ella delicadamente. Aladdín sonrió.

-Te la doy ahora mismo, princesa-dijo. Aladdín notó la mano de él bajar por entre las sábanas y acariciarla en los muslos. Nuevamente los colores aparecieron en su rostro.

-¡Aladdín!-exclamó mientras él continuaba su trayecto y volvía una vez más a pasear los dedos por su vagina.

-¿Qué pasa? Aún estás aquí… aún eres mía…

Ariel sonrió y le dio un tierno beso.

-¿Qué vamos a hacer ahora…?-preguntó mientras se acomodaba a su lado y le dejaba seguir con sus jugueteos. Sabía en que acabaría. Pero bueno, tampoco iba a impedirlo. Esa noche no.

-Te pregunté esto mismo hace meses… cuando empezamos-dijo Aladdín sonriendo nostálgico- ¿te acuerdas?

-Es verdad…-reconoció ella. Parecía un tiempo tan lejano. Cuanto había vivido desde entonces… cuánto había cambiado…

-Por qué no... le dices a Jim lo que sientes… de verdad… y vemos a ver qué pasa-sugirió Aladdín. Conocía bien al chico, casi tanto como a su amada pelirroja. Sabía que ambos ocultaban sus verdaderos sentimientos. Y que era el momento de abrirlos.

-Jim… él me quería… pero no creo que ya lo haga-reconoció Ariel. Recordó a Bella. Era una chica maravillosa. No tenía ningún derecho a regresar y decirle la verdad a Jim. ¿Y si estaba cometiendo un error? ¿No estaría mejor con Aladdín a su lado? Pero ya lo había dicho. Estaba enamorada de Jim. Estaba enamorada.

-Y si… me quedo sola-aventuró la chica angustiada. Aladdín negó con la cabeza.

-Sé que no soy el más indicado para decírtelo pero… un viejo amigo me dijo que lo mejor es decir siempre la verdad… porque al final así, todo estará bien. No sé. No suelo hacerlo, pero es mejor que callar tus sentimientos. Te acaban haciendo daño.

Ariel asintió lentamente. Aladdín la envolvía, protector, mientras se bebía sus lágrimas y la cubría el rostro de leves pecas con besos.

-¿Y tú…? ¿Tú que vas a hacer?-le preguntó Ariel tras soltar una risita cuando Aladdín la besó en el párpado, haciéndola cosquillas.

El árabe esbozó una triste sonrisa. No parecía probable que fuese a encontrar a Yasmín. Tendría que enfrentarse a su padre, el Sultán, y aunque corriera peligro su vida quizás no lo lograría.

-Ya veremos…-musitó finalmente-ya veremos…

Se quedaron así abrazados toda la noche. A los dos les costó mucho dormir.


-Agatha Tremaine.

La aludida recorrió la sala con su habitual paso lento y seguro, mientras observaba con arrogancia a los demás presentes, que tenían sus ojos clavados en ella. Lady Tremaine disfrutaba siendo el objeto de atención y murmullos. La hacía sentirse importante y… joven.

Se sentó en el estrado y saludó al juez con una elegante inclinación de cabeza. El viejo magistrado la devolvió el saludo, pero no la sonrió.

-Agatha Tremaine… ¿jura usted decir la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad con la ayuda de Dios?-la preguntó el abogado mientras caminaba en círculos en torno a ella.

-Claro… ya lo juré la semana pasada-recordó ella entrecruzando las piernas. Se escucharon unas risas al fondo de la sala. Se suponía que era un juicio muy serio por un asunto muy grave. Pero Anastasia y Drizella no podían evitar partirse de risa, como si estuvieran viendo una película de comedia en el cine.

-Dales mamá…-dijo Anastasia, y se la escuchó perfectamente en toda la sala. Ella y Drizella rieron hasta que su madre las asesinó con la mirada desde el estrado. Alertadas, optaron por callarse y no hacerse notar más.

-Efectivamente, usted lo juró-dijo el abogado, el señor Fausto-pero revisando sus declaraciones y las posteriormente dadas por sus hijas, hay cosas que no nos concuerdan.

Hubo un murmullo en la sala, y los miembros del jurado se miraron entre ellos con gravedad. En el extremo derecho de la sala (de cara al juez) Cenicienta permanecía con la mirada gacha, escuchando la acusación. Le había costado mucho acudir al juicio en aquellas últimas semanas, sobre todo después de que la madrastra hubiese sido llamada a declarar. Su padre estaba muerto… ella lo había matado. Fausto la creía. Mas no el juez, ni el jurado. Y la condena que la fiscalía pedía para ella era la pena capital.

-Para empezar ni mis hijas ni yo tenemos nada que ver con este asunto, así que sigue siendo ridículo e innecesario que estemos aquí-contestó Lady Tremaine, cortante. Fausto sonrió alegre de haberla conseguido molestar, mientras el juez intervenía.

-Lady Tremaine, usted ya sabe cómo funcionan los procedimientos legales. Está aquí en calidad de testigo. Y tendrá que venir todas las veces que sean necesarias-dijo con autoridad.

-Por supuesto señoría, mi intención no era ofenderle-respondió Lady Tremaine con voz sedosa-pero ya estoy consultando con mi abogado… para apelar a las autoridades correspondientes sobre este abuso.

El juez abrió la boca y la cerró varias veces, sin saber qué decir. Aquella descarada…

Fausto continuó con su interrogatorio.

-Usted nos dijo, Agatha…

-Lady Tremaine, si no le importa.

-Lady Tremaine… usted nos dijo que no había hablado con la asesinada, Bonniface Benward, desde hacía más de tres años.

-Exactamente-replicó ella secamente.

-Sin embargo testigos oculares afirman haberlas visto juntas en un supermercado el día 20 de noviembre. ¿Eso es verdad?

Esta vez fue Lady Tremaine la que se quedó sin palabras. Sí, eso era cierto.

-Sí, eso es verdad. Me la encontré en un… en un supermercado. Apenas nos saludamos.

-Pero usted no nos dijo eso-indicó Fausto con sagacidad. Lady Tremaine le dedicó una especialmente despectiva mueca de asco.

-No lo consideré necesario. Ni siquiera me acordaba. Como ya le he dicho, apenas nos saludamos. Yo conocía poco a esa señora-dijo tamborileando los dedos.

-Era la cuñada de su esposo-recordó Fausto con paciencia.

-Si caballero, pero no la mía-respondió Lady Tremaine, cortante-venía de visita a mi casa de vez en cuando, a ver a mi hijastra. Yo apenas hablé con ella.

Desde su banco Cenicienta negaba con la cabeza, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Maldita, maldita fuera aquella mujer… ¿cómo había sido capaz de hacer algo así? La había destruido la vida. Cada noche soñaba con ella. Con que podía alcanzarla… con que podía matarla… pero sabía que no debía hacerlo… no era la manera… estaba asustada, pero si mantenía la calma, aún podía salvarse… su padre no hubiera querido que lo echase todo a perder. Debía luchar por su vida…

-No entiendo nada de lo que está diciendo mamá-murmuró Drizella, malhumorada.

-Ssssssssh…-la advirtió un guardia de seguridad que estaba al lado suyo.

-Ay, vale, vale…-Drizella levantó las manos, ofendida. El guardia puso los ojos en blanco. Le tenían harto.

Brrrrrrrrrrr

-Te suenan las tripas Anastasia-le dijo Drizella a su hermana-cerda.

-¡Que no me suenan!-respondió ella, ofendida.

-Que sí. Eres una gaseosa.

-¡Que no! Y no son gases… es hambre-respondió Anastasia ofendida.

-Pero te suenan-apuntó Drizella, creyéndose inteligente-recuerda que juraste decir la verdad, solo la verdad y… bueno, que lo juraste.

-Se lo juré al profesor ese, no a ti-replicó Anastasia enfadada-¡estúpida!

Se empezaron a dar golpes por debajo del banco en el que estaban hasta que el guardia las tuvo que separar.

-Las voy a echar de la sala, se lo advierto-dijo el joven policía, enfadado.

-Ay cuidado que se enfada-se burló Anastasia-pegando a dos chicas inofensivas… lo voy a publicar en mi perfil.

-Es que no tienen educación. Que esperabas-añadió Drizella groseramente. El guardia se mordió la placa mientras intentaba no escucharlas.

-¿Tienes comida?-le susurró Anastasia a Drizella cuando su tripa sonó por cuarta vez. Los de los bancos de adelante se giraron y las miraron con enfado.

-Tengo doritos…-Drizella sacó del bolso varios plásticos llenos de gusanitos y patatas fritas, además de una Coca-Cola-¿tú que tienes ahí?

-A Lucifer…-dijo Anastasia. La cola del gato asomó por el bolso-no sé cómo se me ha metido…

-Ya claro, no lo sabes…

-Pos no…-Anastasia engulló los doritos que le pasaba su hermana, haciendo un crujiente ruido que hizo que hasta el juez se levantara para ver que estaba pasando.

-Toma, para los dedos-Drizella le pasó un jabón de manos a su hermana, pues se le habían puesto los dedos naranjas.

-Ay gracias, sí-dijo Anastasia y comenzó a agitar el bote intentando torpemente que el gel saliera.

-Entonces dígame, Lady Tremaine-Fausto intentaba concentrarse en su interrogatorio-cuando usted…

-¡AY! ¡MANCHA!-chilló Anastasia desde el fondo de la sala. El gel había salido disparado del bote y la había manchado en la falda.

-¡MIAAAAAAAAAAUUUUU!-maulló Lucifer cuando Anastasia le dio un codazo al bolso al moverse.

-Por favor señoritas, acompáñenme fuera-las ordenó el guardia, furioso.

-Que pesado eres, deja de intentarlo, nosotras absorbemos a algo más-le dijo Drizella indignada.

-Es "aspiramos"- la corrigió su hermana. El guardia se las llevó a rastras mientras las dos protestaban y pataleaban. El gato salió del bolso y se escapó también por los pasillos del juzgado, con lo que el agente de seguridad tuvo que ir detrás de él.

-Ay…-Lady Tremaine se tapó el rostro con cansancio, mientras los miembros del jurado la miraban entre la indignación y la compasión.

-Continúe señor Flamma-le instó el juez al abogado Fausto. Él tomó aire antes de seguir. Interrogar a las tres Tremaine había sido bastante durillo. Sobre todo porque deseaba demostrar la culpabilidad de su madre como fuera. Pero parecía imposible. Todos los factores apuntaban en su contra.

-Usted, señora Tremaine...

-Lady.

-Usted no se encontraba en casa la tarde en que Bonniface murió. Sus hijas nos lo han confirmado. Sin embargo, usted nos dijo que sí se encontraba en casa aquella tarde. ¿Está usted cometiendo perjurio?

El juez y todos los miembros de la sala clavaron sus ojos en Lady Tremaine. También Cenicienta.

-Discúlpeme…-dijo ella finalmente, muy seria-yo no entiendo mucho de leyes… pero me parece que el único que está cometiendo perjurio aquí es usted.

-¿Cómo dice?-el abogado la miró asombrado.

-La tarde del día 20 de diciembre, cuando sucedió el crimen, yo estaba en mi casa, lavando al gato. No puedo demostrarlo, pero usted tampoco puede demostrar que yo estuviera fuera de ella. Usted me está acusando. Y este juicio, que yo sepa, no va de mí.

-Ya, seño…. Lady Tremaine, pero sus hijas…

-La palabra de mis hijas como usted comprenderá vale lo mismo que la mía, pero ellas pueden estar confundidas, así que no es prueba de nada. Aquí a ellas y a mí se nos ha llamado como testigos para hablar de nuestra relación con esta niña y el asesinato del que existen pruebas físicas evidentes e incluso testigos que la vieron cometerlo.

-Luego usted ya la considera culpable…-quiso rebatir Fausto, tratando de pillarla, pero estaba en desventaja.

-Señor juez este letrado en lugar de hacer una defensa en condiciones de su cliente está intentando atacar a los testigos para confundir al jurado-dijo Lady Tremaine levantándose indignada-si voy a tener que volver a declarar en esta sala y se me va a insultar a la cara de este modo, quiero que sea en presencia del abogado de mi familia. No toleraré nuevamente declarar si este impresentable sigue al cargo de esta defensa.

-Yo solo la he preguntado…-intentó defenderse Fausto-que hay cosas que no concuerdan….

-No se preocupe Lady Tremaine, lo comprendemos perfectamente-el fiscal acudió en defensa de la dama. Aquello daba muy mala imagen a Fausto, que miró al juez en busca de ayuda.

-No pienso continuar, lo siento. Y creo que no pueden obligarme ¿no, fiscal?-dijo Lady Tremaine mirando al fiscal, que asintió.

-No. Puede acogerse al artículo 30, sección 15.

-Protesto señoría-dijo el abogado.

-Protesto yo también-dijo el fiscal.

-Bueno basta ya-el juez dio un mazazo y todos se callaron-Lady Tremaine, la ruego que conteste las preguntas de nuestro abogado. Este caso es muy importante, está en juego una condena muy grave.

-Yo creo…-dijo Lady Tremaine, y la sala entera contuvo la respiración para escucharla-creo que Ella es una buena niña… solo que sometida a mucha presión… y en casos así las mentes pueden…torcerse.

Cenicienta levantó la cabeza y miró a Lady Tremaine con rostro inexpresivo. Podía intentar saltar ahora sobre ella y atacarla, pero sabía que no conseguiría nada. Podía intentar muchas cosas.

El abogado Fausto continuó interrogando a Lady Tremaine esta vez con mucho más tacto, pero al no poder hacer preguntas demasiado comprometidas porque tanto el fiscal como ella se defendían con unas y dientes, apenas consiguió nada. Fausto era un hombre muy inteligente y un abogado con grandes conocimientos, pero en el juzgado perdía terreno, y era bastante torpe. Solo había aceptado la defensa de Cenicienta porque era amigo de su padre. Sin embargo a ella le habría ido mejor incluso con otro abogado de menos reputación pero más labia.

-Se acusa a esta chica del asesinato de su tía la noche del 20 de diciembre, y de su padre y un policía cuando intentó fugarse de la comisaría la noche del 23-dijo el fiscal paseando por la sala mientras intentaba atraer la atención del jurado. Cenicienta lloraba en silencio, rezando en su interior. Pero su Hada Madrina ya no estaba allí para ayudarla. En realidad ya no estaba nadie-¿mi opinión profesional? La misma que la testigo, Agatha Tremaine. Esta chica sufrió un brote neurótico, y sin duda eso ocasionó las muertes de sus seres queridos. Pero la sociedad no puede permitirse este tipo de casos, ya conocemos las leyes. Y los últimos exámenes médicos han determinado que mentalmente está sana. No se puede demostrar que efectivamente una vez enloqueció…

El juez miró preocupado a Cenicienta. Él también la creía inocente. Pero nada podía hacer.

-Ya conocen las leyes, señores del jurado-dijo el fiscal para concluir su alegato-en la zona roja, aquellos culpables de un asesinato se pueden conseguir atenuar a una cadena perpetua. Sin embargo para aquellos culpables de múltiples asesinatos (entre ellos el de un agente de la ley) la única pena posible es… la muerte. Hay testigos oculares y grabaciones que aseguran que esta chica cometió los delitos. Por favor, no dejen que les engañen los trucos baratos ni la palabrería de la defensa, que sin duda no sabe lo que hace. Sé que es duro, pero la condena no debe pesar en sus conciencias, pues solo están haciendo lo que es su deber moral. A fin de cuentas, la ley es la ley.

Desde su banco, Lady Tremaine se mantenía muy seria, aunque por dentro sonreía venenosamente. Pobre Beau. Si tan solo pudiera ver el terrible destino que le aguardaba a su hija… y la mirada de Cenicienta cuando ella había declarado. Vaya, nada en su vida le había dado tanto placer como verla ahí, indefensa, como un animalillo acorralado, antes de ser sacrificado…

-El juicio se continuará en la vista del día 15 de abril. El jurado deberá tomar una decisión. Hasta entonces se cierra la sesión-declaró el juez finalmente. Lady Tremaine suspiró, frustrada. Creía que por fin iban a terminar con el caso. El incompetente de Fausto Flamma era un abogado inútil, pero había tirado de todos sus recursos para proteger a la niña, y el juez estaba claramente de su lado. Aun así Lady Tremaine sabía que el fiscal tenía al jurado en el bolsillo. Y además contra pruebas tan claras había poco que hacer.

Incluso Blancanieves, la mejor amiga de Cenicienta, había tenido que declarar en su contra obligada por la policía. Relató cómo había acompañado a Ella hasta casa de su tía y luego allí la había visto asesinarla en la cocina. En cuanto al posterior crimen en la comisaría no había testigos, pero nuevamente la cámara de la entrada delataba a Cenicienta. Sí, podían prolongar el caso todo lo que quisieran, pero solo conseguirían alargar la agonía de Ella, porque el desenlace era inevitable.

-Por favor, por favor ¡Apártense!-Fausto acompañó a Cenicienta hacia el furgón policial que se la llevaría a la comisaría donde estaba confinada. Cinco guardias armados con fusiles la acompañaban, como si fuese una criminal peligrosa. Dios, era un regalo para la vista. Entre la multitud de periodistas que acosaban a la niña intentando sonsacarle unas palabras para sus periódicos, Lady Tremaine se acercó a observarla, acariciando entre sus brazos al modoso Lucifer.

-Por favor…-Ella no podía levantar la mirada del suelo. Apenas podía respirar de lo mal que se encontraba. Todo aquello era indescriptiblemente nauseabundo. Su padre… su tía… las largas noches en la celda de la comisaría la estaban volviendo loca. De hecho en arrebatos de desesperación ya había intentado suicidarse dos veces.

-Adiós…-Lady Tremaine saludó a Ella desde lejos cuando ella la vio entre la multitud. Cenicienta se quedó mirándola unos segundos, desesperada. Aquella mujer era el demonio. Había destruido todo lo que amaba, toda su vida. Y… ¿por qué? En realidad ni siquiera entendía cómo podía odiarla tanto… ¿qué coño pasaba con aquella psicópata?

-Adentro…-un guardia le metió la cabeza a Ella en el furgón, y ella chilló, desesperada, mientras el rostro de su madrastra con aquella pérfida sonrisa que casi ni le cabía en el rostro se le quedaba grabado a fuego en la memoria.

-¡NNNOOOOOOOO!-Ella pataleó mientras el abogado la miraba preocupado y los policías la sujetaban con precaución. Las puertas del furgón se cerraron, y se la llevaron lejos. Iba a morir. Moriría. Pero casi estaba deseando que llegase el momento. No podía soportar aquel dolor abrasador y ese miedo asfixiante por más tiempo.

-Ay, Lucifer…-Lady Tremaine achuchó a su gatito y le dio un beso en las mejillas-me parece que alguien se ha ganado unas galletitas…

Estaba empezando a llover. El mes de abril en Suburbia era el más torrencial, ya se sabía. Anastasia y Drizella, que se habían ido a una tienda cercana a probarse gafas de sol y baratijas tras ser expulsadas del juzgado, se acercaron a su madre manchándose con el agua de los charcos y resbalando torpemente.

-¡Mamáaaaaaaaaa!-ñoñeó Drizella acercándose hasta Lady Tremaine, que protegía en su regazo a Lucifer de la lluvia-¡me estoy mojando!

-Eso es porque no venís preparadas-replicó ella con vanidad mientras sacaba su paraguas y se cubría la cabeza-tomad los vuestros.

-Oh… gracias-dijo Drizella cogiendo el paraguas que le tendía su madre.

-¡Y el mío, y el mío!-insistió Anastasia.

-Intentad no sacarle un ojo a alguien, la última vez fue muy embarazoso-las advirtió su madre-vamos al coche…

-Tengo hambre mamá-dijo Anastasia-mamá, tengo hambre.

-Cariño te escuché la primera vez-Lady Tremaine abrió su elegante jaguar y dejó el paraguas pingando en el maletero-vamos, ¡adentro!

-Parece que por fin van a condenar a Cenicienta-dijo Drizella vilmente mientras su madre metía las llaves en el autovolante y arrancaba-buena jugada, ¿eh mamá?

-Yo no he tenido nada que ver…-mintió Lady Tremaine, y sus hijas se miraron escépticas. Eran tontas, pero no tanto. Bueno, sí eran muy tontas. Pero a su madre la conocían.

-Irá a la cárcel… por mucho tiempo-dijo Anastasia mientras apartaba a Lucifer de su lado. El gato maulló en desacuerdo.

-O sí… aunque espero que sea peor…-dijo Lady Tremaine con una siniestra sonrisa en el rostro, mientras miraba a sus hijas por el retrovisor del coche. La lluvia golpeaba la ventanilla con fuerza, pero dentro del jaguar estaban calentitas y confortables.

-Pero… no la van a matar… ¿no mamá…?-Anastasia la miró con miedo. Ella no le deseaba la muerte a Cenicienta. Eso no se lo deseaba a nadie, ni siquiera a ella. En realidad, Anastasia sentía compasión por su hermanastra, aunque no se atreviera a expresarlo. Si se lo decía a su madre… buah, no quería ni imaginarlo.

-Pues seguro que sí, la Reina la cortará la cabeza-comentó Drizella soltando una risita cerduna.

-¿No te parece bien, Anastasia?-preguntó su madre, perspicaz. Lucifer maulló con malicia. Él también le deseaba la muerte a la patética de Ella.

-No, no… quiero decir… sí… es solo que… no sé…-Anastasia se encogió en el asiento, intentando decir algo inteligente.

-¿Tú no tenías hambre?-la espetó Drizella tan maleducada como siempre-mamáaaaaaaa, ¿cuándo comemos?

-He reservado mesa en La Bella Notte-dijo Lady Tremaine con petulancia-esto hay que celebrarlo…

-¡Síiiiiiii!-exclamó Drizella emocionada-¡comida francesa!

-Italiana cielo…

-Que bien…-Anastasia estaba cada vez menos convencida. Pensaba en Cenicienta. Y en lo que debía de estar pasando en ese momento. Un extraño sentimiento que nunca antes había experimentado nacía en su corazón. ¿Remordimientos? Sabía que su madre era la verdadera culpable en todo aquel asunto… estaba segura de ello.

-Pon reggaeton mamá-pidió Drizella apoyando la cabeza en el respaldo asiento de delante.

-Sí…-Lady Tremaine buscó en el dial mientras Drizella comenzaba a cantar, Anastasia observaba por la ventana, confundida, y Lucifer se dormía en el asiento del copiloto.

Cuéntale que te conocí bailando
Cuéntale que soy mejor que él
Cuéntale que te traigo loca
Cuéntale que no lo quieres ver
Cuéntale que te conocí bailando
Cuéntale que soy mejor que él
Cuéntale que te traigo loca
Cuéntale que no lo quieres ver

Con una sonrisa enfermiza Lady Tremaine pisó el acelerador no pudiendo evitar canturrear ella también la canción. Ya no había Beau, ni Ella. Una nueva era comenzaba. Tal vez ahora lograría encontrar por fin la paz. Llevaba toda su vida buscándola.


Ella lloraba en el calabozo, dándose cabezazos contra la pared. Luego se dejó caer en el suelo, y continuó berreando abrazándose a sí misma y encogiéndose en un ovillo. Nadie iba a venir a verla. Nadie la escuchaba fuera, pues la celda estaba insonorizada. Ni siquiera podía cerrar los ojos, porque si lo hacía veía nuevamente a la madrastra sonriéndola y despidiéndose de ella. Y un verdugo que aparecía al lado de Lady Tremaine, y la enseñaba un hacha afilada. El hacha con la que… le cortaría la cabeza. Dios…

-Papá…-lloró Ella amargamente. Había muerto en frente de ella. Aún podía verlo allí enfrente. Aún sentía sus caricias-papáaaaaa…

Tras casi dos horas retorciéndose en su propia desesperación la chica se quedó callada. Había cambiado mucho en aquellos últimos días. Su mente se había transformado completamente. La soledad y el sufrimiento son buenos precursores del cambio. Atrás quedaban los amigos del instituto y las ilusiones adolescentes. Viéndolas ahora en perspectiva, solo eran tonterías. Todo es una tontería cuando estás a punto de morir…

-Dulce ruiseñor… canta… por favor…-susurró Ella mientras pasaba sus dedos por el suelo, empapado en sus lágrimas. La canción la solían practicar Anastasia y Drizella en sus clases de canto. Pero cuando ella había escuchado la letra original, le había encantado. Era posiblemente su canción favorita. Antigua, lenta, pero preciosa. Prácticamente perfecta.

-Solo unos minutos-la voz del guardia sorprendió a la chica. Cenicienta se levantó lentamente, y se cubrió el rostro con las manos cuando la luz del pasillo exterior la deslumbró. El jefe de seguridad abrió paso a tres siluetas bajitas y rechonchas, que entraron en la sala dando pasitos rápidos.

-Debería quedarme con ustedes-dijo el jefe de seguridad mirando a las tres siluetas con desconfianza-ella es muy peligrosa.

-No, no debería-dijo una de las siluetas. Eran tres mujeres. Ella empezaba a distinguirlas entre el resplandor. La mujer sacó una alargada y fina vara y le dio un toque al guardia en la cabeza. Este asintió lentamente, y quitándose la gorra para hacerles una reverencia a las señoras se alejó rápidamente, cerrando la puerta.

-Q… ¿Quién…?-apoyada en la pared del fondo de la celda, Ella miró a las tres recién llegadas respirando entrecortadamente, mientras ellas se sentaban en la cama de la niña. La que ya había hablado, que estaba en el centro, murmuró un conjuro, y entonces su varita se iluminó con una cálida luz rosada, dejándolas claramente visibles. Ella las observó con atención. Eran tres mujeres ya de edad avanzada, regordetas, muy arregladas y de aspecto benévolo. La miraban con compasión mientras se acomodaban en su lecho y cruzaban las piernas con porte.

-¿Quieres té?-preguntó la mujer que estaba en el centro. Cenicienta abrió y cerró la boca varias veces. Desde luego no se esperaba esa pregunta.

-Nn… no…-dijo.

-Tonterías, claro que sí-la mujer dio otra sacudida a su varita, y una bandeja de té con pastas apareció como de la nada. Ella la miró asombrada.

-Flora déjate de fruslerías, vamos a lo que vamos-dijo otra de las mujeres, gruñendo. Era la más bajita pero en apariencia la más joven. Era curioso, porque cada una iba vestida de un color: rojo, azul y verde.

-No son fruslerías, es educación, además la niña ya está acostumbrada, su tía también la hacía magia-le recordó Flora a la de azul, que hizo un ruidito desdeñoso.

-Ay mi pobrecita niña, lo que has sufrido-dijo la mujer de verde, que parecía la más anciana-Esa horrible mujer…

-Fauna no la atragantes, lo primero es lo primero-insistió Flora mientras le acercaba el té con pastas a Cenicienta y se lo hacía beber-tranquila Ella no somos malas. Somos… éramos amigas de tu tía. Venimos aquí por ella.

-Ya, por ella-siseó la mujer de azul, y Flora la fulminó con la mirada.

Ella comió con gusto las pastas. La comida que la traían normalmente los carceleros estaba asquerosa, y en cambio aquella bandeja estaba llena de cosas ricas, y encontró el té increíblemente reconfortante. Mientras engullía las patas y sus papilas gustativas danzaban de felicidad, las tres mujeres la observaron en silencio, lanzándose elocuentes miradas entre ellas. La que iba de azul que siempre gruñía se sacó una mantita del bolso, y comenzó a tejer mientras murmuraba cosas para sí misma.

-Vosotras… vosotras sois magas-dijo Cenicienta cuando por fin se hubo saciado. Ellas se miraron entre sí antes de que la de rojo tomara la palabra. Parecía ser la que llevaba la voz cantante.

-Lo somos, efectivamente-reconoció-tu tía… te contó muchas cosas sobre la Estrella Azul… ¿no es cierto?

Cenicienta asintió lentamente, recordando a su madrina. Le dolía mucho hacerlo.

-¿Quiénes sois?-preguntó finalmente-¿por qué estáis aquí?

-Oh, bueno…-titubeó Flora mirando a sus dos acompañantes. La de azul la apremió a contestarla, alzando las manos-verás Ella… nosotras éramos buenas amigas de Bonniface, como ya te he dicho. Enterarnos de su muerte ha sido… bueno… muy triste.

-Lo sentimos mucho-se apresuró a decir Fauna, el hada de verde, con cordialidad-era una mujer maravillosa. Una amiga muy querida.

Cenicienta asintió lentamente. Eran las primeras personas que le daban el pésame por la muerte de su tía, aparte de todos los demás que pretendían condenarla.

-Cuando nos enteramos de tu situación decidimos venir a verte… y a sacarte de aquí-explicó Flora. Cenicienta tardó unos segundos en que esa frase le llegara al cerebro. "Sacarte de aquí… sacarte de aquí". Simplemente era incapaz de asimilarlo. ¿Habían dicho… sacarla?

-Nno puede ser… nno puede…-susurró mientras le temblaban las piernas-¿ccómo…?

-Si no quieres te puedes quedar-comentó la mujer de azul. Flora la volvió a fulminar con la mirada, ofendida.

-¿Podéis ayudarme a demostrar que soy inocente? ¿Podéis ayudarme… a matarla?-Cenicienta se inclinó a los pies de las tres damas, desesperada. Ellas volvieron a mirarse, incómodas.

-Verás Ella, esto es complicado para nosotras-reconoció Flora mientras con otro toque de varita hacía aparecer un pañuelo para secarle las lágrimas a la joven-es que ciertamente a los magos… no se les permite intervenir mucho en el mundo de los mortales…

-Pero…-Ella arrugó la nariz, extrañada-vosotras… ella ha dicho que sabéis quién es la culpable-señaló a Fauna-mi… mi madrastra… ella ha hecho todo esto… ella… merece morir…

-¿Eso lo has decidido tú?-preguntó la de azul soltando un gallo.

-Tenéis que ayudarme con esto…-dijo Ella-si eráis amigas suyas… tenéis que hacerlo…

La maga de azul iba a replicar pero Flora se apresuró a silenciarla con un hechizo. Ella empezó a soltar palabrotas, pero al no tener audio no se la pudo escuchar, por suerte o todas se habrían ofendido mucho. Fauna miró a Cenicienta con una dulce sonrisa en sus arrugados labios.

-Ella, nosotras te ayudaremos, claro que sí… vamos a sacarte de aquí… y ya no correrás peligro-la explicó pacientemente.

-Pero…-intervino Flora, y su voz sonó más firme ahora-a cambio vamos a necesitar… que nos hagas un pequeño favor…

-¿Pequeño?-la tercera acababa de deshacer el hechizo del silencio, y miraba a Flora asombrada-¿pequeño? Flora… no es un favor pequeño.

-Haré lo que sea-se apresuró a decir Cenicienta mientras tragaba saliva. Lo decía completamente en serio. Estaba dispuesta-si me sacáis de aquí haré lo que me pidáis… lo que sea.

-¿Y si es saltar de un rascacielos?-preguntó la de azul, sarcástica. Flora la dio un manotazo mientras se acercaba a Ella y la cogía de los hombros.

-Verás Ella… nosotras…

-Tenemos que abreviar… volverá enseguida-observó la tercera maga señalando a la puerta.

-Sí Primavera… mira Ella… necesitamos tu ayuda porque nosotras… bueno, también hemos perdido a alguien… a nuestra sobrina, Aurora…

-Fue asesinada-añadió Primavera, con una expresión sombría en el rostro, mientras los ojos de Fauna se humedecían y comenzaba a lagrimear sin control.

-¿Asesinada?-repitió Ella con angustia.

-Sí, eso he dicho-repitió Flora. Ahora parecía mucho más seria. Ella pudo ver perfectamente la misma fría determinación en los ojos de Flora que la que solía verse en los de Lady Tremaine. Había algo peligroso en aquella mujer-fue asesinada por alguien… horrible. Y queremos demostrar que lo hizo… y para eso… te necesitamos a ti…

-A… mí-a Cenicienta todavía no le encajaba del todo aquello. Pero la llama de la esperanza al saber que se podía escapar ardía en ella. Iría con aquellas tres viejas al mismísimo Infierno si hacía falta.

-Si aceptas colaborar con nosotras y ayudarnos en nuestro… plan… te sacaremos… te cambiaremos de rostro, te arreglaremos… nadie podrá encontrarte-dijo Flora con dulzura-naturalmente seguirás siendo hermosa, por eso no te preocupes.

-Podríamos recortarle la celulitis, eso sí-observó Primavera, sarcástica.

-¿Qué decides?-preguntó Fauna mirando a la niña con emoción. Cenicienta asintió lentamente.

-¿Y si me niego?-preguntó con un hilo de voz. Flora rió.

-Sabemos todas que eso no lo vas a hacer… ¿verdad?-preguntó mientras la movía un mechón del cabello-mírame… eres tan guapa… eres un cielo…

-Está bien-dijo Ella. El tiempo apremiaba, después de todo-acepto. Llevadme con vosotras… por favor.

Las tres magas se levantaron de la cama de Ella, y levantando sus varitas apuntaron hacia la chica. Cada una de las tres brilló con el mismo color de la maga: ¡flash! Rojo ¡flash! Verde… ¡flash! Azul…

-Evene tidich…-dijo Flora mientras cerraba los ojos, solemne. Un destello muy potente cegó nuevamente a Cenicienta. Luego todo se volvió oscuro. Y cuando abrió los ojos, se encontraba en un sitio completamente diferente… y menudo lugar.


-Te lo juro tío, es totalmente así… se esnifa como la coca, basta con un tiro… pero te vuelves agresivo, creo, y caníbal… caníbal, joder… oí que una piba la probó… y acabó matando a su madre a mordiscos.

-Joder…-se carcajeó Marco mientras echaba una calada de su porro-¿cómo has dicho que se llama?

-La llaman la caníbal, creo, o algo así-le explicó Sus fumándose también el suyo.

-Nunca lo habría imaginado-ironizó Marco-¿y qué pasa con eso, Sus? ¿Piensas probarla?

-Pues si puedo sí tío. Siempre me he preguntado a que sabía mi madre, pero no me atrevía a probarlo-bromeó el otro, soltando una fuerte risa.

-Si tú vives con tu abuela-recordó Marco-¿a ella también te la comerías, bastardo?

El rostro de Sus se puso de repente muy serio.

-No Marco. A ella nunca la haría daño-dijo con tono fúnebre. Marco arqueó una ceja, mientras continuaba fumando en silencio.

-Ya me estáis llenando la habitación otra vez de humo ¡me cago en vosotros!-gruñó un viejo mientras entraba en la estancia y apartaba la mesa de una patada-¡joder Sus! ¡Te pago para que limpies esto, no para que me lo ensucies más!

-Perdón patrón-se disculpó él mirando a Marco y soltando una risilla-lo siento… je…

-¿Te hace gracia?-se indignó el viejo apretando los dientes-a lo mejor mi puño en tu cara te hace gracia también…

-Tío Abuelo Stan, déjale en paz… está colocado…-le excusó Marco mientras apagaba su porro.

-Ya, eso ya lo sé, pero lleva colocado desde que nació el muy capullo-gruñó el Tío Abuelo Stan mientras se sentaba en el último sillón que quedaba libre y abría una lata de cerveza-y ahora si no os importa, dejadme esto como un sitio presentable. Si he ofrecido esta casa como cuartel general es porque se supone que tengo algo en condiciones.

-Nada más lejos de la realidad-comentó Marco, y Sus soltó otra carcajada. Al Tío Abuelo Stan ya le pareció suficiente, y descalzándose uno de sus sucios zapatos se lo tiró a su empleado a la cabeza.

-¡Ay!-lloriqueó Sus, rascándose dolorido.

-¡A trabajar, ñoñita!

Mientras Sus limpiaba Marco se fue a echar una meada al baño y luego se sentó al lado de Stan, abriendo otra de sus cervezas.

-Podrías ayudarme tú también-gruñó Sus levantando los pies de Marco mientras pasaba una escoba por el suelo.

-Pero yo no soy la putita de Stan. Además, así adelgazas-se cachondeó Marco. Sus intentó mirarle con enfado, pero no podía porque no era capaz de enfocarle bien.

Al rato la puerta de abajo sonó, y Stan mandó a Sus abrir mientras se rascaba el trasero y se recolocaba los pantalones, malhumorado.

-En qué hora me ofrecí yo a hacerlo aquí…-se quejó Stan mientras se reajustaba su horrenda corbata granate y su pequeño fez en la cabeza.

-Porque no nos apetecía hacerlo en las cloacas-gruñó Marco-y menos ahora que se están rajando allí. Pensé que pasaría más tiempo sin otra guerra de bandas.

-Ja… eso es porque eres joven-replicó Stan-estaba claro que era cuestión de tiempo. Rátigan llevaba casi quince años a la cabeza. Lo que me extraña es que no cayese antes…

-¡Stan!-una joven con el pelo teñido de un fuerte color rojo y muy atractiva acababa de llegar, acompañada de una banda de pandilleros de aspecto agresivo.

-¡Wendy!-Stan corrió a abrazarla, afectuoso.

-Será baboso…-murmuró Marco.

-¿Cómo te va por el burdel?-le preguntó Stan a la joven, que echó el pelo a un lado mientras hacía una burbuja de chicle-¿mucho trabajo?

-En San Valentín me saqué la paga de vacaciones-bromeó ella-pero… ¿y tú? Hace mucho que no te veo por allí…

-Oh, he tenido algunos problemas… -musitó Stan algo avergonzado-pero pronto volveré a la carga.

-Lo llaman menopausia masculina-se cachondeó Marco, y el Tío Abuelo Stan le dio una potente colleja.

-Vale, vale, ¿ya estamos?-preguntó Tom. Era un extraño extraterrestre de la raza gargólea, lo que le daba un curioso aspecto de demonio. Marco corrió a saludar a su amigo.

-¿Cómo te ha ido chaval?-rió Marco chocándole la mano.

-Jodido… pero contento-Tom se encogió de hombros-¿y tú? Tuve miedo…

-Estoy bien. Pero nos jodieron bien… aun así Tarrant…

-Menos mal que se salvó…-comentó Tom-todos creíamos que había muerto…

-Los rumores de mi muerte fueron un tanto exagerados-dijo una voz detrás de ellos. Apoyado en el borde de la puerta, el Sombrerero exhibía una de sus desconcertantes sonrisas, mientras sus ojos verdes brillaban con interés. Todos se volvieron, con el rostro iluminado.

-¡Tarrant! ¡Tarrant!-Wendy y el Tío Abuelo Stan fueron los primeros en llegar a saludarlo.

-Por todos los demonios del Infierno Tarrant yo de verdad creía que habías muerto-comentó el Tío Abuelo Stan con su potente voz-¡No vuelvas a darme otro susto así! ¿Entendido?

-No, claro… por lo menos lo intentaré-el Sombrerero abrazó a Stan con afecto y luego fue hasta el centro de la sala. En su sombrero había apoyada una ratoncita del tamaño de una mano, de grandes y expresivos ojos y pelaje gris. En realidad era un lirón, otra especie de roedor similar. Se llamaba Mallymkun.

-¡Hola Mally!-la saludó Wendy chocándola la mano-¡verte es guay!

-Lo sé-respondió ella con su aguda voz. De su cinto colgaba un alfiler que brillaba con malevolencia. Con él la despiadada Mallymkun había quitado muchas vidas.

-Y dinos Tarrant… ¿cómo sobreviviste?-le preguntó Marco al Sombrerero con suspicacia.

-Oh…-él se estaba acomodando en la silla que antes había ocupado Sus, mientras dejaba sobre la mesa su sombrerero y Mallymkun descendía de él-pues… digamos que tuve mucha suerte…

-¿En serio?-Marco arqueó una ceja, escéptico-¿cómo…cuánta?

-Marco déjale en paz-cortó el Tío Abuelo Stan-confiamos en él, eso es todo. Si no confiamos en Tarrant ¿en quién coño vamos a confiar?

-El chico tiene razón Stan, hace bien en tener dudas-le interrumpió el Sombrerero pacientemente. Luego miró a Marco, que seguía desconfiando en él-sí, Marco, tuve mucha suerte. De otra forma habría muerto. El plan estaba saliendo bien… hasta que descubrimos que ellos ya lo sabían todo.

-Fantástico-Marco se sentó en su silla, impaciente. Las miradas de todos estaban clavadas en el Sombrerero, pero a él no parecía importarle-¿y cómo lo sabían?

-Eso aún no lo sé-el Sombrerero aceptó la taza de té que le ofrecía Sus, y delicadamente bebió de él con su perturbadora sonrisa en el rostro. Una nunca podría saber lo que Tarrant Altacopa estaba pensando… pero que sus pensamientos eran intensos, locos y sombríos, de eso no había ninguna duda-todo fue según lo organizamos: los Romeos Muertos nos llevaron en los ciclomotores hasta el palacio. La ventisca impidió que los radares nos detectaran, como habíamos planeado.

-¿Cómo estás tan seguro de eso?-inquirió Marco.

-Porque si no, los sistemas de defensa nos habrían deshecho a cañonazos en cuanto hubiésemos sobrevolado las almenas de Crims. Pero la nieve los confundió… como habíamos previsto.

Entonces saltamos con las mochilas propulsoras y aterrizamos cada uno en un torreón: Goliath en la torre norte, Demona y Ángela en la sur, Ian y Barley en el observatorio y yo en la torre de las cabezas. Los Romeos darían un rodeo y arrojarían unos explosivos en la entrada principal del castillo, para que la atención de los soldados rojos se concentrara allí.

-Sí, sí, eso ya lo sé, lo planeé yo mismo-le cortó el Tío Abuelo Stan con impaciencia-ve a la parte del fallo. Esto era… muy importante.

El Sombrerero dio un sorbo a su taza, mientras sus ojos verde esmeralda se oscurecían por el recuerdo.

-Había un tercer grupo, los excavadores: al cargo estaban los hermanos Digger y cinco profesionales más: llenarían la plaza de bombas para facilitarnos la huida una vez terminado el trabajo. Mientras tanto Goliath se encargó de hacer saltar los sistemas de defensa del castillo, y Demona y Ángela de buscar a la Sota para… matarlo. Yo, Ian y Barley nos reunimos en las escaleras de caracol, y fuimos hacia el salón 3, marcado en los planos…

-¿No era el 2?-recordó Stan.

-Hubo un cambio. La Reina decidió que no quería tomar la cena de Nochebuena en el 2, así que tuvimos que cambiarlo. Pero era un detalle con el que ya se contaba-el Sombrerero continuó con su historia-ella se encontraba en el dos, y nosotros matamos a los guardias de la entrada y entramos abriendo fuego a todo lo que se movía… pero resultó que…

-¿Qué?-Marco casi se caía del asiento por la impaciencia. El Sombrerero se llevó sus manos llenas de yagas al pecho, mientras recordaba con amargura.

-Era una trampa: ella no estaba allí, ni siquiera se encontraba en el castillo en ese momento. La Sota… lo había descubierto todo... y Demona y Ángela estaban muertas…

-Joder…-el Tío Abuelo Stan se dejó caer en un sofá, al lado de Wendy, mientras se quitaba las gafas y las limpiaba, conmocionado-joder…

-No hubo explosiones ni en la entrada ni en la plaza, porque en cuanto los excavadores y los Romeos se pusieron en marcha los soldados rojos los mataron. A todos. Dudo mucho que sobreviviera nadie. La Sota debe de estar muy satisfecha. En una noche se consiguió quitar de encima a lo mejor de nuestro ejército…

Hubo un amargo silencio, mientras cada uno de los presentes recordaban lo ocurrido en aquellos tres últimos meses: parecía que la Resistencia había fracasado, y que por fin la Reina Roja había conseguido terminar con ella. Pero la milagrosa reaparición del Sombrerero les había devuelto la esperanza, y aunque habían tardado un tiempo en reorganizarse por fin volvía a haber una reunión del grupo en condiciones. Aún faltaban algunos cabecillas importantes, pero el Sombrerero había considerado peligroso que se reunieran todos, por lo que solo Stan, Tom y Wendy, además de él mismo se reunirían en el antiguo museo en representación de sus grupos. Tom era el jefe de los gargóleos, la raza que más odiaba a la Reina Roja por todo lo que les había hecho en el pasado. Wendy llevaba una pequeña pero peligrosa banda de prostitutas y ladronas que se habían involucrado también en la rebelión contra la tiránica monarca. Por último Stan se ocupaba de las cuentas de la Resistencia (el dinero para comprar armas, sus préstamos, etc) y además de eso se ocupaba de reclutar nuevos miembros, entre los que se encontraban varias bandas de adolescentes violentos, grupos de mercenarios profesionales que detestaban a la Reina e incluso una residencia de jubilados que secretamente trabajaba contra ella. La Resistencia era un grupo muy heterogéneo, lo que hacía que no funcionase muchas veces. Pese a eso, el objetivo común los unía. "Abajo la sangre roja". Esa era la consigna.

-Sigue sin quedarme claro un punto-dijo Marco bebiendo de la lata de cerveza que le había pispado a Stan-¿cómo sobreviviste?

-A eso iba-el Sombrerero le acarició el lomo a Mallymkun, que emitió un agudo ruidito, agradecida-Ian, Barley y yo rompimos una ventana del salón 3 y corrimos a los jardines. Pero ahí estaba el perro…

-Magnapresa…-susurró Marco, y todos reprimieron un escalofrío. Un encuentro con aquella bestia no se la deseaban ni a su peor enemigo… se había llevado incontables vidas consigo en sus afilados dientes.

-Se comió a Barley. Ian intentó ayudar a su hermano, pero también acabó con él. Y a mí me dispararon los naipes. Aquí… y aquí….-el Sombrerero les enseñó las marcas de los disparos.

-Qué rápido han cicatrizado-comentó el Tío Abuelo Stan observándolas curioso.

-Por favor, no sigas-Wendy tenía los ojos empapados en lágrimas. Ian y Barley eran buenos amigos de ella. No podía soportar imaginarlos en aquel crudo final.

-Lo que queda no es mucho-explicó el Sombrerero, impasible-Golliath me salvó. Él tenía la oportunidad de huir volando, ya sabéis pero… decidió venir a por mí. Me recogió e intentó llevarme lejos del castillo, pero lo hirieron con una lanza… luego soltaron al pájaro… y él lo atrapó. Golliath tuvo que soltarme mientras intentaba defenderse… y yo caí y caí… hasta que aterricé en el foso.

-¿Aterrizaste en el foso de las cabezas?-preguntó Stan llevándose la mano a la garganta, repugnado, mientras Marco entrecerraba los ojos. La historia de Tarrant no le encajaba en absoluto. Pero por lo visto al resto sí.

-Me hundí, por los disparos no podía nadar-explicó él-perdí el conocimiento. Tendría que haber sido el fin pero… no fue así.

Hubo un silencio. Marco se preguntó si tendría que preguntarlo otra vez. ¿Por qué no? ¿Por qué no había sido el final entonces? Porque era lo lógico de pensar.

-Me desperté flotando entre las cabezas al rato. Los guardias salían por los puentes a buscar posibles supervivientes, y soltaron también al perro y al pájaro… pero no me vieron. Magnapresa estuvo a punto de hacerlo, pero me escondí debajo del puente, y no lo consiguió. Luego salí de allí empapado en… salí de allí y corrí hasta las alcantarillas. Me metí dentro y esperé. Lo demás ya lo sabéis. Traté un tiempo en contactar con vosotros, pero es que me costó mucho dejar atrás Crims, porque acordonaron la zona.

Terminado su relato, el Sombrerero se terminó su taza de té y observó a sus interlocutores, a la espera de una respuesta. Ellos se miraron unos a otros, sin saber bien qué decir. Marco definitivamente no se creía la historia. Era imposible que hubiese escapado del castillo de Crims, y menos herido con dos balazos y a punto de ahogarse en el foso. Simplemente no encajaba.

-Me llevó mucho tiempo recuperarme-aclaró el Sombrerero volviendo a cerrarse la camisa y ocultando los disparos-pero aquí me tenéis. Y si aún confiáis en mí, estoy dispuesto a luchar. Si no, lucharé solo. Pero os aseguro que antes de que llegue el solsticio de verano, caerá la cabeza de la Reina. Os lo juro por mi vida.

Hubo un silencio. Todos permanecían absortos en sus pensamientos. Claro que la lucha continuaba. Pero se había vuelto más difícil que nunca. Y sabían que el costo de los sacrificios que les iba a tocar hacer les saldría ahora mucho más caro.

-¿A qué esperáis, venga?-saltó Mallymkun, tan peleona como siempre-¡yo voy a luchar! ¿Y vosotros, qué?

-Yo también hijo-dijo el Tío Abuelo Stan con decisión-¡esa zorra cabezona va a tener que lanzarme algo más que un perro grasiento si quiere matarme!

-A mí con el perro me basta-comentó Marco, serio-pero yo también lucharé…-"y te tendré vigilado"-pensó para sí mismo.

-Y yo. Contad conmigo. Es lo que Golliath hubiera querido-dijo Tom, recordando a su antiguo compañero y amigo gargóleo.

-Y nosotras-se apresuró a decir Wendy, muy firme-¡juntos venceremos!

-O moriremos en el intento-concretó Marco.

-Mantengámonos positivos-le pidió Wendy, guiñándole un ojo-¿y bien, Tarrant, cuál es el plan?

-Hay que empezar de cero-dijo el Tío Abuelo Stan-porque sin los Romeos y excavadores hemos perdido gran parte de nuestro material. Los colgados del norte están dispuestos a ayudarnos, aunque quieren pasta a cambio. Se nos acaban las personas comprometidas, y con eso se nos acaba el dinero.

-Tenemos tres días-dijo el Sombrerero Loco. Todos lo miraron con los ojos como platos. Fue tan rápido que les costó creer lo que acababa de decir.

-Perdona-Marco se frotó las sienes, intentando serenarse-¿qué?

-¿Dos días, Tarrant?-Tom se mordió los labios sin saber qué decir-¿en qué estás pensando?

-Pensad vosotros, la cosa está muy clara-dijo el Sombrerero, con ahora sí un deje de impaciencia en su voz-no tenemos casi armas, nuestra lista de aliados se reduce, y tampoco nos queda dinero. Ellos lo saben. Y creen que estamos acabados. Contamos con eso.

-Ya, pero precisamente por eso NO podemos hacerlo-dijo Marco con impaciencia.

-¡Escucha lo que tiene que decir!-le reprendió Mallymkum enfadada.

-Nos están dando caza, ya lo sabes. A Brendan le detuvieron la semana pasada, y cada vez que cogen a uno lo decapitan-le recordó Stan.

-Cuando aceptasteis participar en esto conocíais los riesgos-rebatió el Sombrerero con seriedad-todos los conocíamos.

-Sí claro, y acepté correrlos siempre que mereciera la pena. Intentar matar a la Reina ahora es un suicidio Tarrant-dijo Marco, enfadado-yo no tengo esa cantidad de suerte que tú tienes.

-No lo entiendo Tarrant-interrumpió el Tío Abuelo Stan, confuso-¿por qué ahora?

El Sombrerero suspiró mientras les lanzaba "el Cotillón", la revista de prensa rosa más vendida de la ciudad. En la portada una pálida mujer de labios pintados de negro y brillante cabello albino sonreía deslumbrante, mientras en su colgante de diamantes aparecía dibujado un "30".

-La fiesta de cumpleaños de Mirana…-susurró Tom mientras pasaba las páginas-es el 8 de abril… en el palacio blanco…

-Habrá muchísima vigilancia-rebatió Marco, incapaz de creer que Tarrant propusiera algo así.

-Pero no guardias rojos. Ni Magnapresa, ni pájaro-dijo el Sombrerero con un brillo enloquecido en la mirada-los guardias blancos no están acostumbrados a nosotros, no saben cómo operamos, y no nos esperan en absoluto. Están concentrados en esa guerra de bandas. Y nosotros no somos mafiosos ¿verdad?

-Bueno…-Stan puso los ojos en blanco.

-¿Cómo lo haríamos?-preguntó Tom, que cada vez mostraba más interés en el asunto.

-Iracunda está invitada, ella asistirá con un séquito de soldados. No se despegarán de ella. Pero no juega en casa. Eso nos da una ligera ventaja.

-No, no nos da ninguna-insistió Marco ¿cómo podía un plan así salir bien?

-La Reina no sale de Crims desde hace casi cuatro años-recordó el Tío Abuelo Stan-la verdad es que tenemos una oportunidad muy buena. Es muy vulnerable.

-Sí, sí que lo es-dijo el Sombrerero levantándose. Irradiaba vigor, esa fuerza inspiradora que lo había llevado a convertirse en el líder que todos seguían. Cuando Tarrant creía en algo, por muy imposible que pareciera… todos acababan por creer también-solo necesitamos colarnos en la fiesta. Eso podemos hacerlo. Y colar un arma. Eso es aún más fácil. Y cuando menos se lo esperen… solo necesitaré un disparo. Solo un tiro, en la cabeza. En esa… enorme… frente que tiene. Y seremos libres.

Marco se levantó y recorrió la habitación negando con la cabeza, mientras el resto observaban los planos del palacio blanco que había traído el Sombrerero.

-Lo he estado estudiando… ¡y es más fácil de asaltar que Crims! Mirad, tiene un montón de puntos flacos, ángulos muertos. Esta cascada, fijaos… puede hacerse… puede conseguirse…

-¿En tres días?-Marco pronunció una vez más las palabras que todo el mundo estaba pensando.

Pero Tarrant como siempre ya venía preparado.

-Sí-dijo el Sombrerero seguro de sí mismo-si os reuní aquí a vosotros precisamente es porque sois los miembros de la Resistencia en los que más confío. Si queremos que esto salga bien debemos ser cuantos menos mejor, y cuanto más rápido e inesperado, mejor también. Las fuerzas rojas están concentradas en esta zona. No esperarán que ataquemos en la blanca.

-Y no crees Tarrant que a Iracunda se le ha podido pasar por ese cabezón que tú estés preparando esto-dijo Stan cruzando los brazos-¿no crees que podría verlo venir?

El Sombrerero asintió lentamente. Pero su sonrisa no se borró, lo cual exasperó a Marco.

-¿Sabes porque no lo hará?-dijo mientras se recolocaba su viejo y colorido sombrero de copa y les sonreía.

-¿Por qué no?-preguntó Marco en un susurro.

Vaya. Gantz había sido una suerte después de todo.

-Porque ella piensa que estoy muerto… está segura de ello.


Marco, Tom y Stan siguieron a Tarrant a las alcantarillas, donde el Sombrerero insistía en llevarlos a "mostrarles algo importante".

-Si aún no estáis convencidos, será mejor que saque mi carta final-dijo Tarrant mientras se arremangaba los pantalones para andar entre el inundado y pestilente suelo. Ahora cada vez que bajaba allí se acordaba de Oogie Boogie. Vaya, eso sí que había sido toda una aventura…

-Será mejor que la saques, sí-dijo Marco-porque de verdad pienso que te has vuelto loco.

Tarrant se volvió y le miró, divertido. No se había ganado su apodo por nada, al fin y al cabo.

-Le conocí durante mi… huida, por las alcantarillas-les explicó quitándose el sombrerero y sacudiendo nuevamente su pelo frito-me costó mucho volverle a encontrar pero… parece que le interesa el trabajo.

-¡AH!-Marco miró horrorizado uno de los esqueletos que había en el suelo. Eran cuerpos humanos.

-Tranquilos-dijo el Sombrerero, impasible-a vosotros no os hará daño… creo.

Se escuchaba un gruñido al final del canal. Marco se llevó la mano a la funda de su arma. Si había problemas, estaría preparado. Aunque bien sabía él que para cualquier cosa que les preparase Tarrant no estaría preparado, y efectivamente así era.

-Eh, Stitch, Stitch…-le llamó el Sombrerero descubriéndose su sombrero de copa y emitiendo un silbidito. La criatura azul, que se encontraba dormitando, alzó sus orejas y sus antenas, y le miró con sorpresa-¡Aquí Stitch, ven!

Stitch no parecía fiarse de los recién llegados, y Marco se dio cuenta de que su mirada se posaba especialmente en él, lo que le hizo reprimir un escalofrío. ¿Qué clase de criatura era aquella? Parecía un perro, pero un perro feo, azul, con cuatro brazos y antenas. Había visto pocas cosas tan curiosas, y Marco sin duda ya había visto muchas cosas.

-¿Qué es eso? ¿Un feto de mapache?-preguntó el Tío Abuelo Stan con voz potente, y Stitch soltó un rugido que los puso a todos en guardia.

-Guardad silencio, es muy desconfiado. Él… bueno, ha sufrido mucho últimamente-dijo el Sombrerero. Él había contemplado con sus propios ojos la muerte de la niña. Y había visto al perro acercarse y llorar a su lado. No sabía qué los unía, ni quien era ella, tampoco le importaba. Pero viendo a Stitch en acción… había entendido lo que podía hacer.

-Es único en su especie… y puede ayudarnos… él puede matar a la Reina… y a quién le pidamos-dijo Tarrant radiante de emoción.

-¿Sí, eh?-Stan tampoco se fiaba demasiado de aquel bicho-¿y si decide matarnos a nosotros, eh?

Tarrant miró a Stitch, que trepaba por una pared y les hacía una mueca agresiva, mostrándoles los dientes.

-No lo hará Stan… no lo hará…


El sistema de gobierno de Suburbia consiste en una monarquía parlamentaria, en la que el monarca cuenta con varios poderes especiales como el derecho a veto o a promulgar leyes especiales. Una sola ciudad, un solo parlamento, y un soberano que la gobierna con autoridad pero con poder limitado por el pueblo. Al menos así era, hasta que el rey Oleron y la reina Elsemere tuvieron una hija, Iracunda, que nació con una cabeza tan grande que mató a su madre en el parto, debido a las hemorragias internas que le provocó. Posteriormente Oleron se había casado nuevamente y había tenido una segunda hija, Mirana, a la que de acuerdo a las leyes ni la correspondía el trono ni una parte de Suburbia.

Pero resultó que Iracunda manifestaba un comportamiento inestable, y cada vez más enfermizo, lo que hizo considerar a su padre el cambiar las leyes y retirarla el derecho a gobernar. La heredera al trono no solo parecía descontrolada y mentalmente frágil, sino que además no era demasiado inteligente, mientras que Mirana exhibía templanza, sabiduría y bondad. Su padre sabía todo esto… y sabía que Suburbia lo necesitaba.

Finalmente el cambio en las leyes fue hecho, pero el rey estaba acosado de una inesperada enfermedad, y murió antes de poder confirmarlo. La situación entonces se agravó mucho: al enterarse de que su hermana menor, que ni siquiera había cumplido la mayoría de edad, iba a arrebatarle el trono que llevaba toda su vida esperando, Iracunda se negó a aceptar esa ley, y junto a sus seguidores se proclamó reina. Los seguidores de Mirana por otra parte (sobre todo burgueses y ricos aristócratas de la zona blanca) apoyaron a la segunda hija de Oleron, perop Iracunda se refugió en la zona roja y consiguió el apoyo de empresarios y trabajadores sin escrúpulos que envidiaban la riqueza de los otros. Iracunda les prometió prosperidad y riqueza si la apoyaban. Con una clara guerra civil a punto de estallar en Suburbia Mirana actuó con sabiduría. Sabía que ella no podía renunciar a su derecho al trono porque Suburbia no podía quedar en las manos de su inestable hermana, pero tampoco podía arrebatarla lo que por derecho la pertenecía. Así que para evitar un inútil derramamiento de sangre hizo una proposición. Una proposición que finalmente Iracunda, para sorpresa de todos, decidió aceptar: dividir el regio dominio en dos partes, roja (oeste) y blanca (este), para que ambas pudiesen sostener la ciudad juntas, ayudarse… como hermanas. Nadie sabe cómo Iracunda, una mujer de carácter terrible y testarudo, fue capaz de aceptar, pero posiblemente lo hizo porque sabía que no podría gobernar toda Suburbia ella sola. Así que finalmente tras largos años de tratados, firmas y burocracia las dos reinas habían conseguido repartir su legado. Y así habían transcurrido dieciséis años en Suburbia… dieciséis largos años. La brecha social entre la población de la zona blanca y la roja era cada vez mayor, pero Iracunda utilizaba el dinero de los impuestos para fortalecer sus ejércitos y reafirmar su poder. Mirana por su parte reafirmó el suyo utilizando el dinero para mejorar la vida de sus súbditos, y haciendo que así la apoyasen aún más.

Aunque las dos reinas tenían gran poder cada una en su lado de la ciudad (dividida exactamente en el medio por la Torre del centro de Suburbia) ambas estaban atadas a las decisiones del Parlamento. Y los distintos partidos votaban sus leyes y establecían medidas que apoyaban a la una o a la otra. Mirana intentaba por todos los medios evitar confrontaciones con su hermana… lo que significaba que más de una vez había terminado por ayudarla a salirse con sus caprichos y cambiar las leyes a su favor.

El Parlamento de Suburbia se encontraba ubicado en la zona blanca, y era una enorme edificación de forma abombada, como una gigantesca cúpula, con un óculo en su centro cuyo diámetro medía más de cuarenta metros, y que daba precisamente a la cámara parlamentaria. Allí los diputados de los diferentes partidos se reunían para discutir sobre el gobierno de Suburbia. En el Parlamento se habían decidido algunas de las leyes más importantes para el futuro de la ciudad, como por ejemplo la nueva normativa de tasación de empleo (que garantizaba que la gran mayoría de la población tuviese un trabajo, aunque no hablaba nada sobre las condiciones del mismo ni el sueldo a cobrar), o la excesivamente liberal ley de transportes que permitía la circulación por toda la ciudad sin apenas regulaciones (lo que conducía a accidentes y más accidentes).

La mayor parte del Parlamento era controlada por el partido ultraconservador católico, que era el responsable de algunas de las leyes más feroces e injustas de la ciudad. Sus diputados eran agresivos e implacables, poseían mucho dinero, y tenían mucha influencia. Entre las leyes promovidas por este partido se contaba la infame ley de profesión, que diferenciaba a aquellos ciudadanos que profesaran la fe católica del resto. Esta ley permitía a los ciudadanos católicos tener ventajas tributarias y derechos exclusivos que los ciudadanos declarados ateos o de otras religiones (musulmanes, judíos, budistas…) carecían. Por consiguiente cada vez más personas se declaraban como católicos, y al tener que aportar datos para poder confirmarlo (como la partida de bautismo, la parroquia a la que estaban inscritos), el partido ultraconservador conseguía ganar más adeptos a su causa.

Leyes tan injustas como estas y la xenofobia y homofobia promovidas por este partido conseguían que Suburbia fuera un lugar muy duro para vivir para aquellos que eran diferentes. Hay que decir que la mayoría de católicos inscritos no pensaban igual que su partido, y que la propia Iglesia en sí (independiente al partido) había manifestado su desacuerdo con muchas de las opiniones de los diputados, pero pese a todo esto, los ultraconservadores eran cada vez más poderosos, y era posible que en el futuro aumentasen más su poder. Como ya hemos dicho, su riqueza e influencias (que incluso los congraciaban con la mismísima Reina Blanca) significaban una ventaja frente al resto de partidos, sobre todo los socialistas de la zona roja.

En uno de los despachos del Parlamento, salas angostas con amplios ventanales al exterior, cuatro senadores discutían sobre las últimas noticias de la ciudad. Los senadores estaban un rango por encima de los diputados. Había uno por partido, y eran los líderes de ellos.

-Entonces… ¿se le ejecutará o no?-preguntó el diputado Valliant mientras echaba a un lado the Suburbian y miraba a sus acompañantes. Estaba su compañero de partido, el diputado Sam Brown, y la oruga Absolem, senador y procurador del Parlamento. Absolem era uno de los miembros más importantes de esta asamblea legislativa, y su poder en el Parlamento era equiparable al de las Reinas.

La anciana oruga azul dio una honda calada a su narguile y emitió una bocanada de humo celeste que lo rodeó. Su cuerpo seboso y grasiento, con varias patas que se descolgaban perezosamente a un lado y otro, estaba acomodado en un grueso cojín de seda. A Absolem le resultaba muy difícil moverse debido a la especie a la que pertenecía, y a su avanzada edad debía ahorrar cuantos más esfuerzos mejor.

-Te pediría que no fumaras en mi despacho-le dijo Eddie Valliant a Absolem, con un gesto malhumorado en el rostro.

-Soy tu invitado, ten educación-dijo la oruga con su pausada voz. A Eddie aquella contestación le sonó más bien a "me importa un huevo".

-Rátigan no pasará por el cadalso, al menos de momento. La decisión del Parlamento sigue posponiéndose, precisamente porque queremos aplazar la condena lo máximo posible-le explicó Samuel Brown a su compañero de partido.

-Pues no entiendo por qué. Por robar un bolso en la zona roja decapitaron a un chaval el otro día, ¿y al mayor criminal de la ciudad lo dejamos con vida? Esto es absurdo-se quejó Valliant, dando un puñetazo en la mesa de su despacho.

-La política en general es absurda-replicó Absolem desperezándose en su cojín mientras chupaba nuevamente del mango de su narguile-tantos años aquí ya deberían habértelo hecho entender…

-¿Qué coño te estás fumando?-le dijo Eddie a Absolem, mirándolo con desconcierto. La oruga soltó una grave risotada mientras seguía a lo suyo.

-El comisario general ya nos dio su veredicto la semana pasada-le recordó Sam a Valliant-si va a haber una guerra de bandas, la única forma que tenemos de controlarla es precisamente con la rata. En Salazem Grum está seguro, no podrá escapar. Una fuga de esa cárcel es misión imposible.

-Si no contamos con que él ya se fugó una vez de allí-gruñó Eddie Valliant, al límite de la exasperación.

-Sí, bueno…

-Hasta poco antes de Navidad también era imposible fugarse del manicomio de Witzed… y mira ahora-exclamó Valliant-cerrado. Witzed ha caído. Y la cárcel de Salazem Grum caerá también.

-Puede que así sea, o puede que no-intervino Absolem ajustándose su monóculo y hablando con seriedad por primera vez-pero debemos tener fe en nuestras instituciones. El recluso Rátigan se encuentra en la celda mejor custodiada de toda la cárcel, sumergido a cientos de metros bajo el agua y rodeado por casi cien guardias de seguridad. La fuga es posible, bien es cierto, pero… ¿de verdad debemos dejarnos llevar por el pánico? Si ni siquiera nosotros podemos tener fortaleza en el corazón ¿cómo vamos a dársela a esta ciudad?

-Yo confío en las instituciones, pero en este caso hay una solución mejor-insistió Valliant secándose el sudor de su prominente calva-¡podemos ejecutarlo! Lo que esa rata pueda decirnos ya lo pueden averiguar nuestros servicios especiales. Y para utilizarle como moneda de cambio con los mafiosos, prefiero verlo en una zanja. Se suponía que no negociábamos con criminales…

-O… pero lo hacemos-dijo Absolem haciendo un anillo de humo con la boca-claro que lo hacemos. En eso consiste nuestro Parlamento…

Acompañaron a Absolem hasta sus dependencias senatoriales, unas lujosas habitaciones llenas de sedosas cortinas y lámparas de cristal, donde una cómoda cama con forma de hongo lo aguardaba, y luego Sam y Eddie dieron un paseo por los largos jardines que había alrededor del Parlamento. El descomunal edificio brillaba con la luz del mediodía. Muy al fondo mirando hacia el este se distinguía E.P.C.O.T, la gran esfera, y hacia el oeste la Torre de Suburbia, el edificio más alto de la ciudad.

-Deberíamos proclamar el estado de excepción-masculló Eddie Valliant.

-Y ahora hablas como un ultraconservador-Samuel sonrió. Él era uno de los miembros más veteranos del partido socialista de Suburbia, y había ayudado a Eddie desde su ingreso hacía quince años.

-No soy como ellos, pero en este caso estaría de acuerdo-Valliant observó los tulipanes que comenzaban a florecer en los jardines. Había unos gigantescos arcos de piedra que rodeaban los jardines, sujetados por enhiestas columnas de orden jónico por las que crecían las enredaderas. Pasadas unas fuentes de aguas cristalinas que soltaban chorros y salpicaban a los políticos y funcionarios que se acercaban a disfrutar de ellas había un enorme árbol, un viejo fresno de más de doscientos años. Según se documentaba, aquel fresno fue el primer árbol plantado por los habitantes de Gathar al llegar sus naves tras años de éxodo en el espacio huyendo de la destruida Tierra. Una promesa de esperanza, el sueño de una nueva oportunidad, de un nuevo planeta en el que no cometer los mismos errores… y en el que ya se estaban cometiendo una vez más.

A la sombra del fresno Eddie Valliant se sentó y dejando hueco para Samuel meditó sobre lo que se les venía encima. Las votaciones socialistas perdían cada vez más poder frente a los ultraconservadores. Aquello se debía en gran parte a que los socialistas estaban ligados a la Reina Roja, que hacía grandes donaciones a su partido, y eso les daba peor fama. Mejor les iría sin el apoyo de la Reina que con él, irónicamente.

-Tengo un mal presentimiento sobre todo esto-dijo Valliant mirando sus zapatos italianos abstraído en sus pensamientos-ya lo hemos estudiado… a lo largo de la historia. Cuando se tiende a los extremos, las cosas acaban mal.

-Pero los del otro bando ya han optado por un extremo-dijo Samuel-y nosotros…

-No vamos a ser menos…-reconoció Valliant con coraje-si quieren hacerlo por las malas… nosotros también lo haremos.

-Supongo que habláis de la fiesta de Mirana-una suave voz detrás de ellos los sobresaltó. Eddie se levantó de golpe al reconocer a Clarion. La senadora iba acompañada de los diputados Rudy Kapok y Claude Frollo. Este último era posiblemente el político más infame de toda Suburbia.

-Vaya, disculpad, no sabía que veníais aquí-dijo Sam Brown levantándose también y mirando a Frollo y Rudy con intenso desprecio-debimos haberos olido.

-No comprendo-dijo Clarion con elegancia. La senadora del partido ultraconservador era una mujer madura, muy hermosa y elegante, además de una de las personas más ricas de Suburbia. Eddie la miró comiéndosela con los ojos. Era innegable que entre ellos había una fuerte tensión sexual… o al menos eso creía él.

-Disculpad, nosotros nos vamos ya-dijo Eddie inclinando la cabeza con educación a Clarion, que sonrió complacida.

-No hay necesidad, no queríamos molestar, solo nos acercábamos a saludaros-explicó ella. Por la mirada de asco que se reflejaba en los rostros de Frollo y Rudy estaba claro que ellos no deseaban intercambiar ni una sola palabra con ellos-Supongo que os veremos en el aniversario de Mirana ¿no es cierto?

-Oh no, nosotros no iremos no…-se excusó torpemente Eddie-no somos bien recibidos y… no estamos muy de acuerdo con la celebración, ya sabes…

-Oh, qué tontería, vamos, a los políticos de la izquierda se os tiene que ver-insistió Clarion mientras ponía sus manos sobre los hombros de Eddie y le sonreía con dulzura-habrá muchos periodistas, podrías aprovechar para dar uno de tus discursos sobre Marx, o Bakunin, o quién sea que sigáis ahora…

-Ellos al menos existieron alguna vez…-masculló Samuel, despectivo.

-No te he entendido-le dijo Clarion nuevamente desconcertada. Eddie se apresuró a tomar a su amigo del brazo para llevárselo. Lo que menos les interesaba ahora mismo era empezar una pelea con los tres miembros más importantes del partido ultraconservador.

-¿Te veré allí entonces Eddie?-le preguntó Clarion a Valliant, con una suave sonrisa en los labios.

-Nno creo, pero… bueno, en la sesión de esta tarde si me podrás ver… tengo turno de palabra-dijo Eddie hinchándose levemente por el orgullo.

-¡Magnífico!-exclamó Clarion dejando caer las telas de su vestido mientras alzaba los brazos con parsimonia. Toda ella era elegancia y aristocracia… y quizás algo más-Claude también lo tiene hoy. Hay que discutir la nueva política de educación, ¿no es cierto?

Claude Frollo había sacado de su bolsillo un pequeño librito, que Eddie reconoció enseguida como la Biblia de bolsillo, y leía distraídamente sin prestar atención a la conversación. Samuel iba a hacer algún comentario, pero Valliant no le permitió hacerlo. Aunque no quería dejar a Clarion lo mejor era marcharse enseguida.

-Pues esta tarde nos veremos… si no os importa ahora tenemos que marcharnos…

-No, claro-ella inclinó la cabeza nuevamente, y ellos se alejaron mientras las quejas de Samuel podían empezar a escucharse.

-¡Eddie, maldita sea! ¿Tengo que recordarte que estás casado? ¿Y que el coño de esa mujer es de hielo?-saltó el diputado furioso.

-¿Quieres callarte? No me interesa-mintió él-y además, no deberías hablar así con ellos. Frollo está loco ¿recuerdas? Cuánto menos tratemos con ellos mejor…

-En ese "ellos" no la estás incluyendo ¿verdad?-saltó Sam.

Clarion se sentó en el banco que antes había ocupado Eddie, mirando al viejo fresno. Este empezaba a florecer.

-¿Qué clase de porvenir nos espera… si los comunistas huyen con solo vernos?-preguntó Rudy sentándose a su lado y riendo entre los pocos dientes que les quedaban.

-Oh, no seas tan duro-replicó Clarion reajustándose su collar de oro, rematado en un enorme topacio-es que los tenéis asustados. Sois demasiado duros.

-Nunca se es demasiado duro con esa escoria-Rudy escupió al suelo mientras sus arrugados mofletes temblaban. Junto a Absolem, era el diputado más anciano de todo el Parlamento. Y también uno de los más despiadados. Aunque no llegaba ni a un cuarto de maldad, comparado con sus dos acompañantes.

-¿No quieres sentarte, Claude?-le preguntó Clarion a Frollo, que continuaba leyendo un pasaje del Antiguo Testamento muy concentrado. Él negó con la cabeza, distraído-bueno… ese Eddie Valliant y yo deberíamos hablar… noto en él que se siente atraído por mí…

-¡Clarion!-exclamó Rudy escandalizado.

-Se trata de una ventaja-dijo ella, y su rostro se endureció rápidamente-es muy fácil adivinar en lo que piensan esos cerdos. Pero en este caso nos puede ser de utilidad. Necesitamos los máximos apoyos posibles para aprobar la ley de impugnación… y para eso el partido socialista debe perder aún el treinta por ciento de sus votantes, como mínimo.

-No será sencillo…-susurró Rudy con preocupación.

-Lo sé. Pero nada lo es.

-Pedid y se os dará…-recitó Frollo con voz monótona. Clarion asintió.

-Exactamente-dijo.

Sí. Había algo más que belleza y elegancia en ella. Había maldad. Mucha.

Los políticos fueron volviendo lentamente hacia el Parlamento para comenzar la sesión de la tarde. El sol brilló especialmente sobre el fresno, tiñendo de naranja sus verdes hojas.



Hércules sudaba. Mientras notaba como la garganta le ardía, necesitada de oxígeno, y todos los músculos de su cuerpo eran recorridos por un fuerte dolor, miró a los últimos dos contrincantes que aún quedaban en pie. Uno de ellos llevaba una filado tridente, y el otro tenía las boleadoras. Él había perdido la espada, pero aún le quedaba el escudo. Tenía que intentarlo.

-¡Quedan cinco minutos, señores! ¡Cinco minutos y nuestros participantes aún resisten! ¡Por lo menos tres de ellos! El resto han caído, pero tres quedan en pie ¿quién aguantará más? ¿quién dará más? Las apuestas ya están hechas, y no se pueden cambiar…

Castor le gritaba al micrófono mientras la vasta multitud que había acudido al coliseo gritaba enardecida. El presentador era un tipo muy extravagante, de piel pálida, pelo teñido de blanco y ropas oscuras que le daban una apariencia espectral. Solo una parte más de toda la farándula del Coliseo que cada semana recaudaba millones gracias a los espectadores y las apuestas por los participantes. Una vez más todos estaban con Hércules: el musculoso héroe llevaba siendo campeón de temporada por cuatro años, y en mayo conseguiría la quinta. Atractivo, fornido, valiente y noble, era el héroe de los niños y adultos que compraban su merchandinsing y apostaban a su favor, a que sobreviviría a todas las batallas y duras pruebas del Coliseo consiguiendo ganar la codiciada Copa Olímpica. Reservada solo al campeón de campeones… reservada solo a los dioses.

-"Vamos… vamos…-Hércules estudió a sus contrincantes. Sería sencillo: un golpe rápido al gladiador del tridente, esquivar las boleadoras y herir al otro. Los vencería a ambos… y no tendría que matarlos. Hércules no mataba a ninguno de sus enemigos, esa era la seña que lo hacía tan popular y admirado por los seguidores del Combate del Coliseo. Solo le había quitado la vida a uno de sus rivales, una vez…

-Hagámoslo más interesante-se escuchó venida de todas partes la potente voz de Castor. Entonces el liso suelo de metal negro del Coliseo comenzó a vibrar y Hércules notó como sus pies resbalaban. Castor había activado el magnetismo de la sala-¡Echemos a nuestros héroes un par de spinners!

-¡SSÍIIIIIIIII!-el público rugió en las gradas mientras levantaban pancartas de Hércules y daban palmadas emocionados. Había padres con niños pequeños, abuelitas y hasta un graderío abarrotado de curas. Todo el mundo veía el Combate del Coliseo en Suburbia. Un espectáculo moralmente reprobable, pero altamente disfrutable.

-Venga ya…-Hércules mantuvo el equilibrio lo mejor que pudo mientras unos enormes spinners terminados en afiladas cuchillas entraban en el estadio y empezaban a girar en torno a los concursantes con mortífera velocidad. Muchos espectadores se levantaron para poder ver mejor, mientras en las enormes pantallas que levitaban en el centro del Coliseo las cámaras enfocaban las fieras expresiones de los participantes.

Las cuchillas empezaron a deslizarse por el resbaladizo suelo que gracias al electromagnetismo las permitía moverse mucho más rápido y a los gladiadores mucho más lento. Una de las cuchillas fue hacia el del tridente, que dando un ágil salto la esquivó y se quedó montado encima suya. Hércules le imitó saltando también a otro spinner, pero un tercero fue hacia él por la espalda listo para cortarle. El público entero contuvo la respiración ¡la cuchilla iba a decapitarlo! Pero en un rápido y sorprendente movimiento Hércules la esquivó echando la espalda hacia atrás y la cuchilla voló por encima suyo sin ni tan siquiera rozarle.

-¡Por poco!-Hércules saltó de spinner en spinner mientras buscaba con la mirada a sus oponentes. No tenía que preocuparse de vencerlos, con aquellas mortales armas iba a ser suficiente. Ahora solo podía ayudarlos, si es que aceptaban su ayuda-¡Tann! ¡DAME LA MANO!-gritó Hércules al gladiador de las boleadoras, ofreciéndole su ayuda. Este sacó un cuchillo de su manga y se lo lanzó a Hércules, que lo esquivó por los pelos. Tann iba a lanzarle las boleadoras también cuando una de las cuchillas pasó al lado suyo y lo cortó por la mitad. Hércules cerró los ojos entristecido mientras el cuerpo talado del gladiador caía al suelo y era arrastrado junto a los spinners por la pista. El público prorrumpió en un estruendoso bramido mientras muchos chillaban y aullaban asustados. Un niño pequeño se tapó los ojos, pero su padre le obligó a mirar.

-¡Tanner está fueeeeeeeera!-exclamó Castor dando un salto en su cabina mientras su estridente voz resonaba nuevamente. En las pantallas la foto del gladiador apareció reflejada y luego se puso en blanco y negro, indicando que estaba fuera.

-¡CUIDADO!-el spinner de Hércules y el del gladiador del tridente chocaron. Ambos salieron disparados. En el aire él intentó atacar a Hércules, pero el chico fue rápido y bloqueó la defensa, desarmándolo y aterrizando seguro sobre otro spinner.

-¡BRAVÍSIMO!-gritó Castor emocionado. Subidas a una tarima las animadoras corearon el nombre de Hércules mientras la famosa canción de las Musas sonaba de fondo-¡Solo dos concursantes caballeros! ¡Solo dos concursantes!

-"Maldita sea… queda un minuto… quiere que lo mate… o que muramos los dos"-pensó Hércules angustiado. Los promotores del juego no estaban demasiado contentos con el hecho de que le perdonase la vida a sus enemigos, así que esa era la forma de obligarlo a elegir: matar, o morir con ellos. Pero Hércules siempre sabía encontrar una alternativa.

-¡YIAAAAAAA!-dando un colosal salto Hércules clavó su espada en el spinner sobre el que se abalanzó destrozando los circuitos y el sistema de control. El spinner sufrió un fallo en el sistema y empezó a girar todavía más rápido, chocándose contra otro, y explotando ambos. Hércules aprovechó el impulso de esta tercera explosión para saltar al tercer spinner y destrozarlo también. El gladiador del tridente entendió lo que estaba haciendo y le ayudó insertando su arma en el centro del cuarto spinner, que estropeó también. Ya solo quedaban dos.

-¡Ese es tuyo!-le indicó Hércules señalando uno de los dos mientras él se subía al otro. El otro gladiador asintió y saltó sobre el spinner, pero entonces se fijó en que Hércules estaba distraído, y tras vacilar un instante le lanzó su tridente a él, hiriéndolo en el pecho-¡AAAAGH!-Hércules perdió el equilibrio y cayó al suelo con el tridente hundido en el pecho.

-¡JA!-el gladiador saltó hacia Hércules con dos dagas en las manos listo para rematarlo. Todos los espectadores del Coliseo se habían puesto en pie, consternados. Pero como siempre, Hércules aún tenía algo más que decir.

-¡GGGGGGGG!-empujando el tridente con las manos y un pie se lo sacó del pecho y le golpeó con el mango a su oponente en la cara, saltándole los dientes. Un spinner venía por detrás directo al enemigo de Hércules, lo decapitaría, pero Hércules no iba a impedirlo si podía evitarlo: saltó sobre el gladiador y de un puñetazo le arrebató las dagas. Cuanto el spinner voló por encima de ellos Hércules sacó los cuchillos y los hundió en el vientre metálico del spinner. Voló subido en él mientras terminaba de destrozarlo. El gladiador enemigo, reponiéndose, agarró su tridente y lo lanzó sobre Hércules nuevamente, pero él lo esquivó y saltando desde el spinner le hizo dos severos cortes con los puñales y lo derribó. El público prorrumpió en un estruendoso aplauso que resonó en toda la ciudad, mientras Castor le chillaba al micro.

-¡INCREEEEEEEÍBLEEEEE! ¡LO HA LOGRADO UNA VEZ MÁS LO HA LOGRADO! ¡ES UN MONSTRUO! ¡HÉRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRCULES!

-¡UUUUUUUUUUUU! ¡SIIIIIIIIIIIIIIII!

Hércules alzó los brazos mientras el público lo vitoreaba, y quitándose la coraza recorrió la primera fila de gradas, chocando las palmas de los espectadores. El último spinner intentó atacarle por sorpresa pero él dio un salto hacia atrás esquivándolo y luego lo atacó con la espada, tumbándolo también. Solo quedaba su enemigo, el del tridente, desarmado. Hércules lo miró mientras sujetaba con la mano derecha su fiel espada. El gladiador del tridente le miraba con fiereza, no había miedo en sus ojos, pero sí esperanza. Aunque si él no había tenido clemencia con Hércules… ¿por qué habría de tenerla el chico?

-Como siempre el gladiador elige-dijo Castor. Todas las cámaras enfocaron a Hércules, que se cubrió, molesto. Odiaba cuando hacían eso. Le tocaba decidir. Quería quitárselo ya de encima, pero el espectáculo era parte de toda aquella farsa-¿qué elegirá nuestro gladiador? ¿Muerte o vida? Él no habría dudado en matarte, Hércules ¿qué eliges tú? Muerte, muerte, muerte…

-Muerte, muerte, muerte…-le imitaron muchos en el público.

-Vida, vida, vida-dijeron un grupo menor, aunque también numeroso.

-¡Cárgatelo!-gritó una vieja levantando una pancarta con una calavera.

Hércules negó con la cabeza. Luego bajó la espada, y dándose la vuelta caminó hacia los vestuarios, despidiéndose de los espectadores. Un aplauso aún más fuerte que el anterior lo cubrió mientras unas animadoras le cubrían con una toalla y le daban achuchones. Hércules las rechazó, cortado.

-Gracias, gracias chicas yo… ya he terminado-dijo con la voz entrecortada, bebiéndose su tónica energética y dirigiéndose a su vestuario privado.

-Quédate un rato con nosotras-le pidió una, haciendo pucheros.

-¿Quieres que vayamos a enjabonarte?-le propuso otra deslizando sus manos maliciosamente al pantalón de deporte. Hércules se encogió, visiblemente avergonzado.

-Yo lo… lo siento… luego os veo…-se excusó, dejándolas luego. Como ya se esperaba, la prensa fueron los siguientes en aparecer, fotografiándole y atacándole a preguntas agresivamente.

-Otra vida perdonada, Hércules ¿es verdad que era tu amante?-preguntó una periodista de la prensa rosa.

-¿Cómo crees que vas a acabar la temporada, habrá más sorpresas?-preguntó otro del periódico deportivo.

-Hércules, unas preguntas rápidas… ¡Para el Suburbian Hércules! ¡Espera!

Ícaro se interpuso, alzando sus brazos indignado.

-¡Eh, eh, no veis que acaba de terminar! ¡Sois unos cabrones, dejadlo en paz!-les espetó. Los periodistas insistieron, pero Hércules aprovechó para meterse en su vestuario y cerrar de llave. Quitándose el resto de la ropa se metió en la ducha, y echando la cabeza hacia atrás dejó que el agua se le escurriera por la larga melena y le lavara las manchas de sangre. Hércules abrió los brazos y disfrutó del agua que corría por todo su cuerpo. Respiró profundamente. Sí, podría estar con esas chicas en la ducha, si quisiera. Le gustaría pero… que vergüenza. No se sentía preparado para algo así. Además, él estaba enamorado de Meg. Siempre lo había estado, y siempre lo estaría. Quería estar con ella pero… bueno, no todo puede ser como queremos.

-Te quedan tres torneos… para la copa-dijo Ícaro abriendo el vestuario con su llave y cerrando después-¡Enhorabuena tío!

-Je, ya…-Hércules terminó de enjabonarse y luego se envolvió en una toalla mientras sacaba su ropa, limpia y cálida, que le habían preparado sus asistentes durante el combate-gracias por ayudarme.

-Tu mejor amigo siempre listo para intervenir-dijo Ícaro subiéndose al banquillo del vestuario e hinchando su escuálido pecho con orgullo-oye… ¿me dejarías hoy el spa? Hay una animadora que me ha dicho que quizás…

-Ícaro…-rió Hércules.

-¿Qué? "Quizás" no es "nunca en la vida", y por intentarlo no pierdo nada-dijo él emocionado-es que… hace mucho que no… ya sabes.

-Sí…-Hércules sonrió divertido mientras se ponía los calzoncillos y la camiseta interior. Ícaro había conseguido estar con algunas chicas a base de insistir (o de pagar) pero de algún modo era incluso más virgen que él. El héroe terminó de asearse mientras pasaba su rojizo cabello por la secadora y escuchaba la cháchara incesante de Ícaro.

-He estado jugando al nuevo de Sega tío ¡y es una pasada! Tenemos nuevas técnicas de combate y hay un combo especial para enemigos que se los folla a todos. Creo que podemos desbloquear la fase 3 con un comando secreto, he estado mirando unos vídeos…

-Ya…-Hércules se miró en el espejo estudiando sus suaves facciones y reflexionando. Ya no se veía tan joven como antes. Veinticuatro años no son lo mismo que dieciocho, cuando comenzó a luchar en aquellos combates. Iba caminito de los treinta, y sabía que entonces tendría que elegir entre seguir o retirarse. La lucha de gladiadores era muy dura, y nadie había conseguido pasar de los treinta participando. Hércules sabía que tenía fuerzas y capacidad de pasarlos. Pero simplemente no quería hacerlo.

La muerte no le asustaba. Lo que sí lo hacía era la expectativa de no haber vivido. No era lo mismo preocuparse por ello cuando era adolescente y empezó a entrenar con Phil para convertirse en el futuro rey del deporte en Suburbia que ahora, cuando ya tenía una más que dilatada reputación, años de carrera que le avalaban y el respaldo y admiración de millones de personas. Literalmente, su fama en Suburbia era equiparable a la del cantante Billy Joe Cobra, aunque Hércules se dejaba ver mucho menos, y nunca había participado en un solo escándalo.

Hércules tenía un deseo que llevaba toda la vida sufriendo en secreto. Era lo que más quería, y lo había querido casi desde que tenía memoria. Desde que la conocía a ella. Desde aquella primera vez en el jardín, cuando sus ojos se habían cruzado.

-Meg…-Hércules puso sus manos en el cristal del espejo mientras se ajustaba el traje y la corbata distraídamente. Ícaro le miró extrañado. Su amigo el campeón no solía llevar trajes, le parecían asfixiantes y caros. Se sentía más cómodo con ropa de sport, aunque las marcas que lo patrocinaban le elegían la mayor parte de su vestuario.

-¿No vamos a tu casa? ¡Tienes que aprovechar que no está Phil! ¡Reponer calorías!-exclamó Ícaro con su habitual insistencia.

-Ya te lo he dicho, voy a salir-le recordó Hércules sonriendo tímidamente mientras se peinaba y echaba un poco de gomina para fijarse el cabello. La verdad estaba muy guapo, y estaba feo que él mismo se lo dijera, pero las cosas como son. Se ajustó los gemelos de oro de las mangas y luego se volvió a Ícaro con una amplia sonrisa, alzando los brazos-¿qué te parezco?

-Mmmmm…-Ícaro sonrió con tristeza-estás muy bien tío… ¿pero… quién es?

-Oh, es Meg-respondió Hércules atándose sus caros zapatos italianos mientras consultaba su reloj. Ya casi era la hora.

-¿Meg?-Ícaro abrió la boca como un besugo, asombrado-¿Meg… Meg? La Meg… ¿de siempre?

-Sí Ícaro, esa Meg-respondió Hércules riendo ante la expresión estupefacta de su amigo. Ya se imaginaba que haría algo así.

-Tío… tío… ¿cómo es que ha vuelto…?-Ícaro se echó hacia atrás su crispado cabello con asombro-¿y cómo es que tú…? ¡Tío! ¡Ya lo teníamos superado!

-Lo sé, pero ha vuelto, y no sé, no lo he podido evitar-explicó él riendo emocionado. Ícaro le había puesto las manos en los hombros y le miraba confundido-Ícaro… ¡es Meg! No puedo decirle que no…

-¿A ella?

-No… a mí corazón.

-A tu corazón-repitió Ícaro, arqueando una ceja.

-Claro… yo… yo la quiero y… si ahora ha vuelto… bueno… creo que puede ser… el destino-dijo Hércules humedeciéndose los labios y encogiéndose de hombros.

-Tío…-Ícaro suspiró, tratando de explicarse-hay como cien animadoras ahí fuera esperando para echarse encima tuyo. Cualquier tío de esta ciudad desearía tener esa suerte… ¡puedes ir con quién quieras! ¡Follarte a quién quieras! ¿Y tiene que ser… ella?

Se miraron en silencio, mientras Hércules suspiraba.

-Pues… sí-admitió, encogiéndose de hombros-creo que sí…

-A Phil no le va a gustar nada…-dijo Ícaro.

-Phil no se tiene que enterar… al menos de momento-Hércules sonrió emocionado como un colegial en su primera cita, y después se fue hacia la puerta. Se volvió hacia Ícaro una última vez-¡Puedes usar el jacuzzi, pero no te olvides de apagarlo!

-Vale, vale…-suspiró Ícaro-te traerá problemas Herc… ya lo verás.

-¡Vamos!-Hércules se descolgó de la puerta, sonriendo, y luego se marchó emocionado. Ícaro se sentó en el banquillo del vestuario y suspiró. Meg estaba buenísima, cierto pero… no merecía la pena sufrir tanto por ella. Bueno, llamaría a la animadora, a ver si conseguía por fin un buen polvo en el spa.


Hércules condujo su autovolante, un elegante y dinámico lamborghini hasta un tranquilo barrio de la costa. Meg tenía allí su apartamento, según le había dicho. Hércules sonrió para sí sin poder evitar sentir cierta tristeza recordando su última conversación. Había sido duro reencontrarse, más de aquella forma tan repentina en Gantz. Los años no habían pasado en vano. Y Meg no había olvidado tampoco. Pero pese a toda aquella frustración, aquel amor roto y recuerdos amargos que los separaban, él aún la quería. Y la querría siempre. Así que todo lo demás daba igual. Si ahora iba en su busca era porque realmente la vida no le dejaba otra opción.

Le había costado mucho encontrar a Meg en la ciudad, porque ella se mudaba de piso cada mes, pero llevaba ya más de mes y medio en aquel piso de la costa, y parecía que le gustaba. A Meg le gustaban las vistas al mar, Hércules recordaba eso. Mientras escuchaba distraído la radio pusieron la canción que aquel nuevo grupo, las Musas, había compuesto para él. Le gustaba mucho la verdad, era un gran éxito, y todo un cumplido para él.

Uuuuuu ¡Oooooh yeah!

Bendición, Hercules campeón
parte favorita en las encuestas de opinión que bombón
que gran corazón
ponlo frente a un monstruo
y ya tienes la atracción

era un don nadie un
cero cero

ahora es un héroe verdadero
él nunca ha dado un paso atrás

de cero a héroe en un pis pas
él es el héroe
es todo un as

Hércules torció en una avenida con almendros que ya empezaban a florecer anunciando la inminente llegada de la primavera. El piso de Meg estaba un poco más adelante, pero él se detuvo para dejar su coche en un parking especial que había pagado para protegérselo. Era un autovolante muy caro, y aunque era un barrio tranquilo no quería arriesgarse.

Caminó por la avenida silbando mientras recordaba mejores tiempos, cuando aún eran solo unos adolescentes conociéndose el uno al otro, enamorándose. Hércules llevaba toda la vida enamorado de Meg, pero de niño no lo había entendido. Ya cuando ambos entraron en la adolescencia él entendió que su mejor amiga e inseparable compañera de juegos significaba algo más, algo que todavía no entendía bien. Sus hormonas y el despertar sexual le explicaron exactamente lo que era.

-Vaya…-Hércules aprovechó que el portal estaba abierto para colarse. Sabía que si no ella no le abriría. Subió en el ascensor con una abuelita que no dejaba de mirarle curiosa. Él se paró con ella para ayudarla a meter las bolsas de la compra en su casa.

-Muy amable, joven-dijo la abuelita dándole un pellizco en la mejilla. Hércules asintió, educado.

Finalmente llegó a la puerta de ella. Llamó y esperó. Meg tardó un rato en asomarse, y cuando abrió lo hizo con una expresión especialmente vivaz en el rostro.

-Sabía que vendrías… la verdad, te esperaba antes-comentó, apoyándose en la puerta de brazos cruzados-¿cómo te va?

-Meg…-Hércules sonrió mirándola embelesado. Para él ella significaba todo. Todo lo que podía ser.

-¿Sí?-Meg le miró con un deje de impaciencia en su voz. Ya recordaba cómo se quedaba embobado mirándola, y la ponía nerviosa. Porque le resultaba muy tierno.

-Meg…

-¿Siempre eres tan elocuente?-dijo ella. Él inclino la mirada, sonrojado. Recordaba esa frase-oye, hace frío y los vecinos son unos cotillas ¿Quieres pasar?

-Sí, sí… claro-Hércules entró en la casa y dejó que ella cerrara la puerta. Luego la ofreció el ramo de flores que había comprado. Sabía que le gustaban los narcisos-son para ti…

-Ah, pensaba que eran para comer-ironizó Meg mientras las dejaba a un lado y le ofrecía asiento en su pequeño salón. Hércules sonrió al ver que, como él ya había imaginado, tenía vistas al mar. Era lo que ella más quería.

-¿Quieres que te prepare algo?-le ofreció ella mientras pasaba a la cocina y abría un par de armaritos.

-No, no hace falta, gracias-Hércules se removió en los cómodos cojines del salón. Todo olía a Meg. Era como estar en el cielo. Meg volvió a entrar en la habitación con una bandeja de fresas.

-Prueba… están buenísimas-dijo pasándoselas-tu dieta de héroe te lo permite ¿no?

-Sí…-farfulló Hércules mientras las masticaba. Sabían realmente bien, frescas y dulces-mmmmmm… están muy buenas.

-Ya te lo he dicho-Meg cruzó las piernas en el sofá frente a Hércules. Llevaba una camiseta y pantalones vaqueros. En casa se solía poner cómoda, no iba ni la mitad de arreglada de lo que solía estar cuando salían a la calle, pero a Hércules le gustaba más así, al natural. Le gustaba tal y como era.

-Bueno y dime ¿qué quieres?-preguntó Meg mirándole con expectación-¿cómo van las cosas por allí?

-Oh, bien, he ganado-dijo Hércules comiéndose más fresas-tienes… tienes vistas al mar… como a ti te gusta.

-He estado cambiándome de piso para que no me encontraras pero sabía que acabarías haciéndolo así que lo he dejado estar-reconoció ella suspirando-además quiero pasar aquí el verano. Está cerca de la playa, y me gusta. Si vivimos para el verano, claro.

Se cruzó de brazos, temblando un poco, y Hércules la miró con tristeza.

-¿Por qué no querías que te encontrase?-preguntó el chico dejando la bandeja a un lado y mirándola.

-¿Por qué querías encontrarme?-respondió Meg mirándole fijamente con sus intensos ojos violetas. Hércules podía pasarse todo el día mirando esos ojos, delineados con sus largas y perfectas pestañas.

-Yo… Meg, ya lo sabes, te… te quiero…-dijo agachando la cabeza. Ya sabía lo que ella le iba a decir. Era volver a lo mismo de siempre.

-Ya…-Meg suspiró-Hércules no quiero esto. Lo siento, pero no lo quiero. Por favor, no me lo hagas otra vez.

Hércules asintió con un gesto amargo en el rostro mientras se miraba los zapatos intentando pensar. Él la quería… ella le había querido a él, ahora lo sabía… ¿por qué no era un poco más fácil? ¿Por qué tenían que complicarse tanto?

-Escucha si… si quieres podríamos… dar un paseo-dijo finalmente-me apetece ir contigo a cenar, y al centro… tienes muchas cosas que contarme…

-No creas…-replicó ella en voz muy baja.

-Pues yo sí tengo… y quiero hablar contigo… era… somos amigos-dijo, y se enfrentó a su mirada valientemente. Meg le miró también con fijeza, mientras sopesaba sus palabras. Finalmente asintió.

-Amigos ¿eh?-dijo sonriendo. A Hércules la alivió que lo hiciera-muy bien… pues vamos. No tardaré…

Fue a arreglarse, y Hércules la esperó en el salón, ojeando sus adornos. No había muchas cosas, salvo flores. A Meg le encantaba la vegetación, y adornaba mucho su casa con flores de preciosos colores rosas y azulados. Vio una fotografía sobre el aparador. Eran ella con sus padres y su hermana. Dios, había pasado tanto tiempo.

Hércules se detuvo un segundo. Le parecía haber sentido algo más. Una presencia… una odiada presencia. Pero allí no había nadie más. Suspirando se dejó caer nuevamente en la butaca, y aspiró el aroma de la chica. La quería tanto. Si solo se atreviera a besarla. Si solo pudiera dar el paso… ¿pero qué haría ella entonces?

Una hora y media más tarde Meg apareció en la puerta, arreglada y perfectamente peinada, mientras le sonreía con sus labios pintados de un fuerte color rojo.

-Sigues aquí… sí que te importo-comentó, burlona-muy bien… vamos.

Hércules la ofreció la mano, pero ella fue hacia la puerta ignorándolo y la abrió, señalándole el ascensor. El chico se metió con ella, y luego las puertas se cerraron. No sabía cómo irían las cosas, pero desde luego iba a ser una velada interesante.


La Bella Notte era un restaurante italiano bastante caro, tratándose al menos de la zona roja. Solo las familias con un ingreso aceptable de Montressor se podían permitir ir allí. Jim sabía que a Bella le gustaba mucho ese restaurante, según ella le había dicho la última vez que ceno con su madre fue allí, así que se había comprometido a llevarla. Tras aquellos meses trabajando en el restaurante y ganándose un extra con las clases particulares y reparando unos aparatos electrodomésticos Jim había reunido la cantidad suficiente para permitirse cenar allí una noche con su novia. La iba a hacer muy feliz, aunque era una sorpresa. Jim solo la había dicho que se arreglasen mucho, nada más.

"Joder… ¿y ahora qué?"-pero en las últimas semanas las cosas habían cambiado un poco en la perspectiva de Jim. Seguía extrañando a Ariel, sabía que no iba a poder seguir sin ella. Al menos debía intentarlo. Mientras se peinaba por las mañanas imaginaba que hablaban, y que él le decía a ella todo lo que sentía y conseguía tocar su corazón. La vida es demasiado corta para negar lo que somos y queremos, Jim lo había aprendido con Gantz, y después de perder a Lilo y parte de su alma, deseaba sanar lo que le quedaba de ella. Y deseaba que fuese con Ariel.

Pero… ¿y Bella? Jim la quería… y por encima de todo, no deseaba hacerla daño. Ella estaba muy enamorada… mierda. Ahora lamentaba haber ido a su encuentro aquel día en el cine, solo buscándola para tener sexo, para aliviarse y sentirse bien consigo mismo. Ella dependía de él. No quería hacerla daño.

-¿A dónde vamos?-le preguntó Bella a Jim subiéndose al autovolante. Como sabía que ella odiaba la tabla el chico le había pedido prestado su descapotable a Flynn. Bella se sentó al lado de Jim y le dio un tierno beso en la mejilla. El chico la miró embelesado. Si al principio ella le había parecido feucha y aburrida ahora era de otra forma: conocía bien cada rasgo de la castaña, y lo amaba. Su larga melena ondulada, aquellas gruesas cejas tan expresivas, sus rosados labios y su pequeña nariz… sus largas piernas, sus pequeñas tetas…

-Jim, ¿estás bien?-Bella le sacó de su ensimismamiento, mirándole divertida-¿ya estás calculando otra vez?

-Perdona-se excusó él arrancando el coche y metiéndose en el vórtice de tráfico.

Llegaron al restaurante a las nueve, hora a la que Jim había reservado su mesa. Bella se quedó paralizada al ver el restaurante. Se cubrió el cuerpo con su chal dorado mientras negaba con la cabeza. Parecía estar en trance.

-Nno puede ser… Jim…-dijo, y unas lágrimas asomaron a sus ojos.

-¿Querías volver, no?-dijo él tomándola de la mano e invitándola a entrar-venga…

-Pero Jim…-Bella sabía que era un sitio caro. Resistió un poco a entrar. Era como poder entrar en tu sueño.

-Che che, pero nada, ahora eres mía-dijo Jim poniéndose detrás de ella y guiándola al interior. Luego susurró en su oído, besándola en el cuello-quiero que disfrutes… de esto.

-Oi signores, buona notte, entrate, entrate-les animó el camarero jefe del restaurante, un corpulento italiano llamado Gino-¡Oh, la marchesa e suo marito il comandatore! ¡Benvenuto, benvenuto!

-Buenas noches, tenía una reserva para Hawkins…-dijo Jim adelantándose. Llevaba un traje que su madre le había comprado hacía años para el funeral de su tío Tadeo, y había conseguido también una buena corbata y mocasines.

-Hawkins, sí, viane con me, ragazzo-el camarero los guió por entre las mesas, donde parejas y familias vestidas de modo elegante conversaban animadamente en medio de un delicioso aroma de pizzas, pasta y vino.

-È qui-les indicó Gino. Una buena mesa en la segunda planta, con vistas a la primera y con buena luz y con una refrescante fuente a su lado-voy por el menú…

-Gracias…-Jim se sentó y miró a Bella. Estaba resplandeciente con aquel vestido marrón y el chal dorado, combinaban muy bien con su cabello y tonalidad de la piel. Se había dejado el pelo suelto por una vez y lo tenía muy arreglado, y lucía también un collar con un pequeño relicario, Jim sabía que guardaba una foto de su madre en él.

-No cenábamos fuera desde San Valentín-recordó él mientras tamborileaba los dedos distraído y esperaba a que ella ojease el menú.

-En marzo también, ¿te acuerdas?-le recordó ella. Jim asintió lentamente.

-Es verdad…-reconoció. La miró distraído mientras ella seguía buscando. Finalmente lo dejó y miró a Jim con una tierna sonrisa en los labios.

-Jim… esto es más de lo que nadie ha hecho por mí nunca, yo… no sé cómo podre…

Jim levantó la mano con vehemencia.

-Tenía que hacerlo-dijo-yo… te quiero…

Joder, no quería decirlo. No quería seguir con aquello. Pero quería verla feliz. Sabía que merecía serlo. Ojalá pudiera… no sé, hacer que se olvidara de él. Bueno, en realidad podía hacerlo… el desmemorizador de Cobra Burbujas seguía guardado a buen recaudo en un cajón de su cuarto, debajo de los calcetines.

-Es todo tan mágico… yo… nunca pensé que volvería…-Bella le dio la mano a Jim y dio saltitos emocionada-estoy aquí otra vez… contigo… y es como si mi vida… volviese a estar bien por fin… me… oh… lo siento, ¡es que soy tan feliz!

Jim sonrió mientras apoyaba la cabeza en una mano y seguía mirándola. Bella estaba muy emocionada. Entonces le miró, y la emoción se convirtió en otro sentimiento… en gratitud.

-No sé cómo llegaste a mi vida Jim pero… tú no sabes lo que yo era antes de ti… me… me has cambiado… me has hecho poder ser yo misma… poder cantar… poder…

-"Por favor, no sigas-pensó Jim para sí, notando como el corazón le latía con fuerza-no sigas yo… no puedo… no puedo Bella… me he equivocado… Ariel…"

-Te quiero como nunca he querido a nadie-susurró Bella emocionada-que me mires… que pienses en mí… significa todo para mí… Jim…

Le tomó de las manos y acercándole le dio un romántico beso. Jim se dejó besar mientras cerraba lentamente los ojos e intentaba pensar con claridad. No se lo diría hoy, bajo ninguna circunstancia. ¿Pero entonces cómo…? Antes o después tendría que decírselo… antes o después tendría que dejarla, y entonces ella le odiaría, pero lo que era peor, se le rompería el corazón.

"¿Por qué hacerlo?-pensó Jim para sí. ¿Por qué dejarla? Ariel no le quería… Ariel no quería verlo más, ella lo había dicho. Si iba a buscarla, ella le rechazaría… entonces ¿por qué causar tanto daño? ¿Por qué destrozar una relación que funcionaba, y con la que era feliz?-porque… porque no es cierto… está basado en una mentira… y antes o después… las mentiras salen a la luz…". Se acordó de su padre gritando a Sarah en el umbral de la puerta, rompiendo aquellas fotos. Se acordó de la mañana en que se marchó. Dios, aquel día el corazón del chico se había muerto. No quería hacerle lo mismo a Bella. Pero Ariel…

Ariel…

-Oh, perdona-Bella le acercó a Jim la carta para que eligiese por sí mismo-creo que pediré los macarrones…

Había una foto de Golfo y Reina, dos famosos actores de hacía décadas que habían protagonizado muchas películas románticas hoy parte de la cultura popular. En una de ellas, "La Dama y el Vagabundo", compartían una famosa escena en la que se besaban tomando espaguetis. La escena había sido grabado en La Bella Notte, y por eso el dueño había hecho colocar una enorme fotografía en una de las paredes. Jim la observó ensimismado. Podían pedir los famosos espaguetis que todos los enamorados pedían, y compartirlos. Sabía que a ella le gustaría mucho. Pero no quería hacerla ilusiones tampoco. Era como estar y no estar al mismo tiempo.

-Vale… yo pediré el calzone

En la cocina Gino cogió una bandeja llena de platos que Luigi ya le tenía preparada. El chef era novato y cocinaba despacio, por lo que Gino le tenía bastante maltratado.

-Andiamo ragazzo, svegliati un pocino!-le apremió, enfadado.

-Ma Gino! Cucinare richiede tempo, sai?-exclamó Luigi gesticulando exageradamente.

-Madonna!-Gino recogió las bandejas y se asomó por la puerta de la cocina-la dama de la mesa cinque es una puttana pesante

Avanzó por el comedor intentando no tropezar con las otras mesas hasta la cinco, donde Lady Tremaine y sus hijas esperaban la cena. Las tres reían maliciosamente mientras celebraban con un caro vino blanco la condena de Cenicienta. Anastasia se encontraba un poco abatida por ello, seguía sin parecerle justo, pero el vino ya había hecho cuenta de ponerla de mejor humor.

-Y entonces le dijimos a esa… a esa marmota… mejor vete al gimnasio y adelgazas-explicaba Anastasia hipando mientras reía.

-Jojojojojo-rió Lady Tremaine con las mejillas sonrosadas. Era la que estaba más borracha de las tres, y eso que no habían llegado ni al segundo plato. Pero vaya si no era el día más feliz de su vida.

-Se lo merece… por suspendernos-dijo Anastasia dando otro sorbo. Drizella a su lado observaba su copa empanada, como si intentase entender porque se encontraban vacías.

-I piatti delle tre donne-dijo Gino poniéndoles sus humeantes pizzas en la mesa.

-Ay por favor, hable como todo el mundo-le espetó Lady Tremaine mirándole con asco mientras se recolocaba la servilleta en el regazo.

-Esso, como todo el munnddo…-le dijo Drizella con un ojo bizco y aspecto de subnormal profunda-aquí no sabemos chino mandarinno…

-¡Pizza!-Anastasia comenzó a comer sin ni siquiera cortarla hasta que su madre le dio un manotazo y la hizo recolocarse.

-No me avergoncéis niñas. Recordad que la semana que viene tenemos esa cena con Cardule….

-Cardulo…-se rieron ellas tontamente, hasta que su madre las fulminó con la mirada.

-Por lo que he averiguado, es un devoto de la cocina italiana-explicó Lady Tremaine-a ver, quiero ver qué hacéis con la pizza.

-Pues… ¿comérnosla?-se aventuró Drizella. Lady Tremaine la hizo un gesto apremiándola a cortarla. Drizella cogió el cuchillo y miró a su madre con cara de miedo.

-¡Vamos!-la instó ella. Siguió hablando con Anastasia mientras Drizella cortaba la suya.

-Y mamá… ¿cómo es que vota a los italianos? Pensé que no tenían partido…-dijo Anastasia sujetando uno de sus anaranjados rizos distraída.

-Es "devoto"-su madre se frotó las sienes, furibunda-bueno, mira, da igual. ¿Recordáis la conversación que ensayamos el otro día?

-Emmmm… ¿vale mentir?-preguntó Drizella que sujetaba la pizza con una mano mientras la apuñalaba brutalmente con la otra.

-Yo sí me acuerdo, madre-dijo Anastasia repelentemente-"Buenas tardes, Cardulo, es para mí un honor concoerle…"

-Cardule…

-"… si me hace el honor de sentarse, podríamos charlar sobre temas amenos, como hípica, arte…"

-¡Muy bien!-la apremió su madre, orgullosa-¡te lo sabes!

-O sobre la copulación de E.P. …-siguió Anastasia y a su madre se le borró la sonrisa de la cara.

-La "corporación" cariño. La corporación-dijo apretando los dientes con fuerza.

-Ah, perdona. Yo que sé, mamá-se excusó Anastasia, mirando hacia otro lado. En ese momento reparó por primera vez en las mesas de los balcones del segundo piso. En una de ellas había un chico realmente guapo… un chico que ya conocía…

-¿Jjim…?-Anastasia dio otro hipido mientras miraba al chico y a Bella brindar con sus copas. ¿Quién era esa? Creía que después de la marcha de Ariel él… vaya… no podía ser… de repente se encontraba fatal.

-¿Me explicas que estás haciendo?-le preguntó Lady Tremaine a Drizella, que tenía los pies apoyados en la mesa y forcejeaba con la pizza como si esta estuviese viva y la estuviese atacando-¿Estás tonta?

-Gñññññeee… es que no… no se corta…-contestó Drizella dando golpes en la mesa. El grupo de ancianos que comía al lado empezaron a mirarlos con reprobación, y Lady Tremaine sonrió forzadamente mientras cogía la pizza de Drizella y la cortaba ella misma.

-De verdad… que vergüenza Drizella-dijo mientras terminaba de cortar los pedazos-no se te puede sacar de casa.

-¡Eh, a ella tampoco!-berreó su hija señalando a Anastasia, que seguía con la mirada fija en Jim, deprimida. Lady Tremaine terminó con la pizza de su hija y luego se levantó, limpiándose las manos con la servilleta.

-Voy a ir al baño un momento, vuelvo enseguida-dijo con voz venenosa-procurad recordar lo de Cardulo para entonces…

-Ja… tú también lo has dicho-rió Drizella-Cardulo culo…

La mirada de su madre fue tan fría que Drizella tuvo que volver a ponerse la chaqueta aunque estaban dentro.

-¿Qué te pasa?-chilló la chica mirando a su hermana que seguía mirando arriba-¿eres idiota?

-Es él…-susurró Anastasia mirando a su hermana con los ojos rojizos-es Jim… Jim Hawkins…

-¿Jim…?-Drizella le distinguió también entre las mesas de comensales del segundo piso-¡Jim Hawkins!

-¡Sssssh!-Anastasia le dio una colleja a su hermana, furiosa, mientras la obligaba a bajar la cabeza, avergonzada. Jim había escuchado el ruido, y extrañado miró hacia los lados, pero no las vio-¿eres tonta?

-¿Qué más da? ¿Has visto la fregona con la que va?-exclamó Drizella burlona- ¡Vamos a reírnos de ellos!

-¡No!-Anastasia miró a su hermana muy angustiada, y Drizella se calmó, preocupada-yo… no quiero que me vea… me… me quiero ir de aquí.

-Anastasia no te preocupes… Jim es uno de esos chicos. La dejará tirada enseguida-le dijo su hermana tranquilizadora, pero Anastasia negó.

-Sabes que no es así, y él nunca me querrá. Nunca, nunca-dijo apretando los labios furiosa. Drizella la miró compasiva. Luego la sirvió más vino. Esa sí que era una buena solución.

-Toma anda… si no te quiere… no te merece tanto…-dijo Drizella acariciando el rostro de su hermana. Anastasia se encogió mientras bebía, y luego se le escapaba otra risa tonta más.

-Le prelibatezze-dijo Gino sirviendo los platos a Jim y Bella.

-¡Gracias!-dijo él, y Gino le guiñó un ojo con complicidad.

-Gracias…-murmuró Bella cortada. Cuando Gino se fue Jim señaló los macarrones de la chica.

-Tienen buena pinta.

-Sí-Bella sonrió y esparció el parmesano por encima mientras daba un sorbo a su vaso de agua. Jim había pedido vino, pero ella era totalmente anti alcohol.

-Oye…-Jim se rascó la nuca. Se había dejado el pelo suelto en vez de llevarlo cogido en la coleta, aunque según bella estaba mucho más guapo-yo… ¿por qué te da vergüenza?

-¿El qué?-Bella le miró extrañada.

-Ya sabes eh… hablar con ellos-dijo Jim señalando a los camareros que bajaban las escaleras de nuevo al primer piso de la pizzería-hablar con todo el mundo.

-Mmmm…-Bella sonrió encogiéndose en sí misma. Aquellos tímidos gestos hacían que Jim la quisiera todavía más-ya sabes yo… me da vergüenza… no sé… lo que piensen de mí… hacer el ridículo.

Jim la miró con un brillo especial en los ojos, mientras una leve arruguita se formaba en las comisuras de sus labios.

-Pues yo creo que si piensan algo… y la mayoría de gente no piensa… será que eres la estrella más preciosa… que hay en el cielo…-dijo, tomándola de las manos nuevamente.

-Jim…-Bella le acarició el rostro al chico, emocionada-has… has leído el libro que te regalé.

La frase de las estrellas era de allí. Era una pareja romántica de enamorados que debían despedirse por la guerra. A Jim le había parecido muy repelente, pero en el fondo le había gustado, además lo había hecho por ella. Bella irradiaba una luz especial. La luz de la felicidad. Sí, Jim la conocía.

-¿Vamos luego a bailar?-sugirió el chico mientras se servía un poco más de vino.

-Oh…-Bella se echó el cabello por detrás de la oreja, mientras lo pensaba. Le daban mucho agobio las discotecas. Y mucha vergüenza-yo… sí, claro. Me apetece mucho.

Jim se acercó más a ella y la miró con gesto burlón.

-No a dónde tú crees-dijo, y le pasó un folleto que Bella leyó atentamente. La boca de la chica se fue curvando nuevamente en una sonrisa mientras Jim se repantingaba en su asiento con satisfacción.

A bajo, Lady Tremaine y sus hijas atacaban los postres. La madrastra se llevó su zumo de frutas a los labios sonriendo con malvada satisfacción ¿qué asqueroso potingue le tendrían preparado en la cárcel a Cenicienta? Su batido sabía mil veces mejor gracias a eso.

-¿Me das tu helado?-preguntó Drizella estirando su cuchara manchada de chocolate a la vainilla de Anastasia.

-¡NOooO! ¡Haberte pedido tú este!-ladró su hermana, agresiva.

-Vale, vale…-dijo Drizella malhumorada, pero luego metió la cuchara en el helado de Anastasia igualmente.

-¡Drizellaaa!-chilló Anastasia dando manotazos a su hermana. Las otras mesas se giraron sobresaltados.

-¡Bueno, ya está bien!-Lady Tremaine le dio una patada a las niñas por debajo de la mesa, y ambas se quedaron quietas como estatuas-a callar y a comer.

-Ahora viene lo peor-dijo Drizella rascándose un sobaco-¡A pagar!

-Esso…-Anastasia volvía a atacar el vino, y estaba alcanzando unos niveles de coloración preocupantes.

-¿Pagar? ¿Quién ha hablado de eso?-dijo Lady Tremaine sonriendo vilmente mientras bajaba la voz y la mano a su bolso, del que sacó un pequeño tarro que abrió discretamente-niñas… necesitáis aprender muchas cosas…

-¿Eso qué es?-preguntó Drizella con un enorme bigote de chocolate.

-¿Te quieres limpiar que pareces estúpida?-la regañó su madre antes de seguir abriendo el tarro-una dama debe estar preparada para toda situación… y ya sabéis que cuando ocurren ciertos incidentes en un restaurante, no se paga…

-¿De qué hablas?-preguntó Drizella extrañada-¡Ay mamá!

Lo acababa de ver. Una cucaracha muerta. Lady Tremaine la sacó y la colocó rápidamente en su ya vacío zumo. Había más cucarachas en el bote, pero lo guardó nuevamente para mayor discreción.

-Voy a llamar al gordo ese-dijo Lady Tremaine levantándose-esperadme aquí.

Drizella miró con asco la cucaracha mientras terminaba su helado y asentía lentamente.

-"Mamá sí que sabe-pensó para sí, impresionada-hay que ver…"

-¡Ya está!-Anastasia dio un golpe en la mesa con decisión-¡se lo voy a decir!

-¿De qué hablas?-preguntó Drizella con sorpresa. Su hermana se había levantado y daba tumbos. Estaba realmente ida.

-Voy a hablar con Jjim… hic… va a saber todo lo que… hic… se ha perdido-dijo Anastasia yendo hacia las escaleras y dando un traspiés con un camarero al que casi tiró su bandeja con copas.

-Y esto es il pomodoro-dijo Bella señalando la salsa de tomate-salsa di pomodoro.

-Pomodoro-repitió Jim con una tonta sonrisa en los labios-¿cómo puedes saber tanto?

Bella le dio un golpecito de complicidad. Estaban el uno muy cerca del otro, mientras miraban los postres. Jim tomó la mano de la chica y la dio suaves besos en los dedos, pasándolos por sus finos labios de uno en uno.

-Esto sí que está rico…-susurró haciendo que ella se pusiera colorada-¿y cómo se llama ese plato?-señaló a otra mesa mientras seguía acariciándola.

-Penne all'arrabbiata-explicó Bella, y Jim se quedó con su dedo anular suspendido en los labios, mientras la miraba con una sonrisa pícara.

-¿En serio?-dijo sorprendido. Bella asintió.

-Creo que… no quiero postre-dijo Jim, aunque era claro porque veía que el dinero se le estaba quedando corto.

-Yo tampoco-dijo Bella que lo entendió con solo una mirada.

-No, por favor, pide algo-dijo Jim preocupado, y Bella alzó las cejas, dándole a entender que le había pillado.

-Jim… podemos pagar entre los dos-se ofreció con dulzura, pero él se negó.

-De ninguna manera-dijo seriamente-por favor, pide un postre… así me harás feliz.

-Bueno…-Bella ojeó la carta de postres de nuevo mientras una idea asomaba a su lúcida cabeza-¿y qué te parece compartir? Yo no voy a poder con la tarta de fresa sola…

-Está bien-accedió Jim, aunque pensaba dejársela a ella toda-pues para los dos.

-¿Jim?-le llamó una voz. Él se volvió extrañado y entonces Anastasia le tiró el vino a la cara. Bella se quedó con los ojos como platos, mientras Jim se limpiaba el vino de la camisa (su madre iba a matarlo) y miraba a Anastasia atónito.

-¿Anastasia? ¿Qué haces aquí…? ¿qué pasa?-preguntó mirándola enfadado.

-Solo he venido a decirte una cosa-dijo Anastasia en tono dramático. Jim miró a Bella encogiéndose de hombros y luego alzó los brazos levemente. Estaba deseoso de escucharla.

A bajo Lady Tremaine ya le estaba montando ya el pollo a los camareros, que habían subido el volumen de la música para tapar sus gritos.

-¡Es lo último que esperaba de un lugar como este! ¡Ha sido repugnante!-decía mientras señalaba la cucaracha muerta en la copa. Gino se secaba el sudor de la calva mientras se disculpaba entre balbuceos.

-Ay signora, nosotros no sabemos cómo… il scarafaggio ha podido meterse ahí… mi scusi signora, mi scusi…

-La cuenta de la cinco-dijo otro de los camareros asomándose. Lady Tremaine miró a Gino con los ojos llameantes.

-¿No esperará que la pague, verdad?-preguntó con voz potente. Los demás comensales comenzaban a mirarlos. Gino sabía por el jefe que ningún cliente podía salir de La Bella Notte sin pagar, pero estaban en un serio aprieto. No, no podían hacer nada.

-Quiero hablar con el dueño-exigió Lady Tremaine-voy a decirle un par de cosas sobre ustedes y su competencia.

-Hay no, signora no se preocupe… nosotros lo arreglamos, capisci? No tiene que pagar il debito signora… no pague…

-¡Qué vergüenza!-repitió Drizella que no había perdido el tiempo comiéndose el helado de su hermana.

-¿Qué es lo que pasa?-preguntó una señora de una mesa cercana.

-Parece ser que la señora ha encontrado una cucaracha en su copa-dijo un caballero de otra mesa-es una vergüenza…

-Creo que entonces no deberíamos pagar ninguno-dijo la señora levantándose indignada. A Gino casi le dio un infarto al escuchar eso.

-Luigi, bene hai fatto!-gritó el camarero entrando en la cocina y vociferando al cocinero-un scarafaggio…! davvero?

-Un sacarafaggio?-repitió Luigi atónito-abssolutamente no!

Lady Tremaine seguía quejándose mientras arriba Anastasia seguía espetando a Jim.

-Yo podría habértelo dado todo Jim… fama, dinero, amor… pero nunca has sabido valorarlo… eres un egoísta… ¡un copulador! Eso es lo que eres-le chillaba Anastasia pegada a su cara.

-Oye, en serio… cálmate-la pidió Jim al que le estaba entrando la risa. Bella seguía mirándolos en shock, mientras Anastasia manchaba con el vino de la copa a un señor que comía en la mesa de al lado, y seguía quejándose.

-…pero Cardulo me entenderá mejor-le dijo a Jim soltando una risa desquiciada-¡ssí, Cardulo! Él es muy rico y se vva a enamorar de mí… ya verás Jim, ya verás… no me importas nada… para mí, has caído…

-Estás borracha, Anastasia, siéntate un momento-pidió Jim estirando los brazos hacia ella, pero Anastasia retrocedió y tropezó con la barandilla.

-¿Qué tiene usted qué decir?-le dijo Lady Tremaine al cocinero cuando este se plantó en mitad del restaurante, siendo gritado por varios clientes que se habían unido al escándalo. Lady Tremaine sonrió satisfecha. Ya había usado ese truco otras veces. Si presionaba un poco más, los camareros terminarían por cederla una cena más gratis otro día. Ya lo había conseguido otras veces.

Pero Luigi no era tonto: cogió el bolso de la signora y abriéndolo sacó su fular y demás efectos personales.

-¡Oiga, disculpe!-exclamó Lady Tremaine furiosa, pero en ese momento Luigi sacó el bote con las cucarachas. El cocinero estaba seguro de que encontraría algo así. Ya había trabajado en otros sitios donde le habían hecho esa jugarreta.

-¿Son estas sus scarafaggios, signora?-preguntó, con voz gélida. Lady Tremaine tragó saliva.

-Ayayayay…-Drizella se escurrió hacia la salida aprovechando que nadie la miraba.

-¡UAAAAAAAAAH!

-¡JODER!-Jim corrió a la barandilla pero no consiguió agarrarla a tiempo.

¡CRASH! Anastasia se estrelló sobre la mesa siete donde estaban tomando una enorme tarta de chocolate, y manchó a su madre y a Gino, mientras la mesa se partía en dos. Los clientes gritaron asustados, se cayó también una de las fotos de la pared y el tarro de cucarachas muertas, que rodaron por el suelo haciendo que una señora muy gorda se desmayase y aplastase a su marido al caer encima suyo.

-Eeeeeeh…-cuando se hizo el silencio Lady Tremaine miró a su alrededor como el resto de comensales y camareros la miraban con odio. Se recompuso lo mejor que pudo, irguiéndose cuan alta era-sí esto… creo que sí pagaré.

-Ya-Gino extendió una mano, mientras con la otra señalaba la puerta.


Eran las doce, y Lady Tremaine y sus hijas recorrían un puente que cruzaba el río de Suburbia matadas de risa. Habían ido a una licorería después de su estrepitoso fracaso en el restaurante, y se habían comprado un par de botellitas para echarse unas risas.

-¡Bbbbbooooogh…!-Anastasia fue hacia el puente y vomitó desde allí.

-¡Vamos! ¡Qué poco lo aguantas!-rió su madre dando otro trago. Estaba eufórica. Se sentía una adolescente de nuevo. No había experimentado una felicidad así desde hacía muchos años…. ¿quizás toda su vida?

-Mamá te has vuelto loca…-murmuró Drizella que veía doble y apenas veía.

-No que va…-Lady Tremaine terminó su botella de Martini y la lazó al pavimento, rompiéndola-mamá no está loca niñas… está muy cuerda…

-Ccuerda…-repitió Anastasia abrazándose a ella-mammá… ¿me querrá alguien alguna vez?-preguntó con voz pastosa.

-Oh cielo…-Lady Tremaine soltó una carcajada histérica mientras a su mente venían Francis, Beau, y Hamish. En realidad, del que más se acordaba inexplicablemente era del tercero. Quizás porque murió joven… claro que lo había matado ella misma.

-No, no te querrán-dijo Lady Tremaine. Anastasia miró a su madre con ojos llorosos, pero ella la zarandeó, sonriendo-pero esso no significa… que no te lo vayas a pasar bbien… ¡Mírame a mí!

-¡Eso, mírala a ella!-exclamó Drizella, y se dio un trompazo en el suelo, rodando y riendo como una loca. La gente que pasaba aceleraba el paso, preocupada.

-Ssí… como tú-susurró Anastasia. Tenía la mente totalmente nublada, pero aun así había algo que sabía. No quería acabar como ella. No quería ser como su madre.

Siguieron armando escándalo en el puente hasta que Drizella se cayó al agua.


Después del numerito en La Bella Notte Jim llevó a Bella en el coche cruzando la Torre hacia la zona blanca.

-No podría haber sido peor-bromeó el chico mientras torcía y frenaba ante un semáforo. Nunca los hacía caso, pero sabía que para Bella era importante.

-Lo cierto es que va a ser inolvidable-rió ella, y le contagió la risa a él-ha sido la mejor noche de mi vida Jim. En serio… gracias.

Jim sonrió con amargura. Aún tenía el desasosiego de lo que había pensado… y de lo que pasaría.

-Aún no ha acabado, Bella-dijo mirándola y guiñándola un ojo. Luego siguió conduciendo con aire taciturno. Bella le miró apenada. Le notaba raro desde hacía semanas, aunque no se lo había dicho. "Será por… ella…"-pensó la castaña preocupada. Les había visto mirarse. Sabía lo que había ocurrido entre ellos, desde aquellas veces que los había visto juntos en el cine los primeros meses hasta después en Gantz. Pero no podía pensar… no quería creer algo así. No, Jim la quería a ella. Si pensaba lo contrario era por su inseguridad, aquella maldita y doliente inseguridad que la acompañaba desde la primera adolescencia.

El sitio al que Jim llevaba a Bella era una enorme plaza en un gran parque de la zona blanca, donde había unos enormes cerezos ya en flor y una fuente que por la noche se iluminaba de colores. Según había leído hacía unos días en la pared del Porter había un evento en aquel parque, un baile. La orquesta ya estaba allí tocando románticas melodías, mientras parejas sobre todo de matrimonios ya maduros o incluso ancianos bailaban abrazadas. También había algunos jóvenes, y Jim habló con unos chicos de la escuela de danza que le parecieron muy simpáticos. Siempre le había dado mucha curiosidad la escuela de danza.

-¿Me concede este baile, signora?-le dijo Jim a Bella, haciéndola una reverencia. Ella rió nerviosa.

-Claro, giovane-dijo y tomándolo de la mano comenzaron a bailar. En el micro una hermosa cantante llamada Gabriella se movía al hipnótico ritmo de su canción mientras detrás de ella unas coristas bailaban despacio, y los miembros de la orquesta tocaban con glamour.

A la luz de las lunas de Gathar Jim y Bella bailaron un baile de salón rodeados de otras parejas, tan llenas de sueños y deseos secretos como ellos. Bella solo tenía ojos para el chico, aquel príncipe azul que de la nada había entrado en su vida y la había sacado de la monotonía, haciéndola ser otra, haciéndola sentirse valiosa.

Jim la tomó en sus brazos y la hizo girar al ritmo de la voz de Gabriella. Luego juntaron las cabezas, y se unieron en un suave beso.

-Jjim…-ahora Bella se veía distinta iluminada por las azuladas luces que brillaban en la plaza desde la fuente. Parecía una diosa, una constelación de belleza.

-Ven…-él la besó en la frente y siguió bailando lentamente. No, no iba a ser fácil. De hecho, dudaba que pudiera ser. No iba a poder dejarla. Sería demasiado duro para todos.

Mejor seguir juntos, por el bien de todos.

-Uuuuuu…-cantó Gabriella.

I guess I should've known better
To believe I'm a lucky chain, oh
I lent my heart out forever
And finally learned each other's names

I tell myself, this time it's different
No goodbyes, cause eyes can't bear to see it
I'll never survive on one that's coming
If I stay, ooh no!

Just walk away! Oh, and don't look back
Cause if my heart breaks, it's gonna hurt so bad
You know I'm strong, but I can't take that
Before It's too late, oh, just walk away!

Ooh, just walk away!
(Walk, walk, walk away)
Aye aye, aye yeah

A las cinco Bella y Jim llegaron a la casa de esta entre risas y besos. Bella se asomó para comprobar que su padre dormía tranquilamente. Se habían tenido que mudar a un piso. Ahora que la mayoría de sus cosas habían ardido los recuerdos quedaban atrás, aunque de algún modo eso resultaba liberador y esperanzador para el futuro.

-Está durmiendo…-le dijo Bella a Jim, que esperaba apoyado en la entrada, con su chupa de malote sobre el hombro-¿quieres… quieres entrar?

Bella le miró con una sonrisa esperanzadora. Jim cerró los ojos un momento. No. No quería. Por primera vez en su vida no deseaba hacerlo. No porque ella no le gustase. No porque no tuviese fuerzas ni energías para darlo todo en la cama. Si no porque sabía que no estaba bien. Y que solo iba a conseguir hacerse daño, y hacérselo a ella.

Por un momento se miraron a los ojos, y Jim despegó los labios para decir que no, pero después de aquella cena y el baile, y todos aquellos fuertes sentimientos que tanto le confundían e irritaban, supo que debía hacerlo. Se lo debía a ella. Debía darle la noche perfecta, al menos por una vez. Así que la besó.

Bella devolvió el beso de Jim tímidamente. Ella era muy inexperta en el amor, aunque tras varios meses saliendo con Jim (al que le gustaba probar de todo y a todas horas) empezaba a tener más experiencia. Acarició el oscuro cabello suelto del chico haciéndole cosquillas detrás de las orejas. Jim la cogió de las piernas y la enroscó en torno a él. Sí, iba a ser una noche inolvidable. Al menos él daría todo de sí.

El traje, la corbata, el vestido y el fular tirados de cualquier forma en el suelo. Mientras Jim penetraba a su novia en la cama y flexionaba los omóplatos de su musculosa espalda echando la cabeza hacia atrás y deleitándose con sus gemidos, vio a Ariel que se alejaba más y más. Nunca conseguiría estar con ella… sintió como si le dijera adiós.

-Aaaaaaaaah… Jim…-Bella le miró mientras él seguía con su rítmico movimiento, haciéndola gemir fuertemente por el placer. Pero él no la estaba mirando. Mantenía los ojos cerrados, y una expresión seria que denotaba tristeza. Bella negó lentamente, destrozada, y cerró los ojos también, abrazándose a él con más fuerza e intentando olvidar el dolor qué sentía. ¿Qué no funcionaba? ¿Qué había hecho ella mal?


Ariel colocó un par de jerseys más en el primer perchero. Eran los más caros, así que era mejor que le entrasen a los clientes por los ojos cuanto antes. Tal y como se había comprometido, trabajaba horas extra en la tienda de ropa del centro. Se encontraba muy cansada, pero había descubierto que con el trabajo se distraía y sentía mucho mejor. Y en aquel momento deseaba seguir trabajando hasta caer exhausta. Dejarlo todo fuera.

-Esos campana me los pones mejor al fondo-le dijo la jefa de personal, Tala, una mujer ya mayor pero con mucha energía.

-Sí, no te preocupes-Ariel recolocó las prendas de ropa en los percheros, echándose al lado su cabello ahora cortado hasta los hombros para poder agacharse. Después de meter varias cajas con zapatos pasados en el almacén volvió a poner varios jerseys de primavera hechos con lana en otro mostrador, cuando al apartar uno se encontró con Aladdín.

-¿Qué hay?-saludó él guiñándola un ojo provocativo. Ariel le miró con sorpresa, pero luego siguió con su trabajo.

-¿Qué haces aquí?-dijo mientras recolocaba los jerseys. Aquella mañana habían tenido una conversación muy tensa. Llevaban varios días en tensión. Él no había sido muy agradable con ella, e incluso le había hecho el cruel comentario de que no iba a ser capaz de encontrar a Jim. Pero Ariel sabía que Aladdín estaba arrepentido. Ahora le conocía demasiado bien.

-Ya moví las cosas de tu armario-le dijo Aladdín, y le pasó las llaves de su piso-así que oficialmente estoy fuera… como querías.

Ariel le miró enfadada. Aladdín estaba muy serio, pero también súper sexy con aquella camiseta negra, las gafas de sol y los pantalones rasgados.

-Era lo que queríamos los dos-le recordó-lo siento, pero tengo trabajo.

-Quería disculparme-dijo Aladdín, y ella se detuvo al oírlo. Nuevamente se volvió con la sorpresa dibujada en su rostro.

-¿Disculparte?

-Sí, esta mañana no he sido… bueno, he sido un capullo. Llevo días siéndolo y… lo siento-se excusó el chico agachando la cabeza con humildad-sabes que no me quiero ir pero…

-Pero es lo mejor-dijo Ariel asintiendo lentamente. No podían prolongar esa situación por más tiempo, seguir viéndose así y engañándose a sí mismos. Solo les producía más dolor.

-Perdóname-repitió Aladdín mirando al suelo, y ella le levantó la cara, enternecida.

-No pasa nada Al-dijo acariciándole la leve barba y dándole un beso en la mejilla-a mí también… me duele.

-A saber a qué viene este-murmuró Tala mientras les espiaba junto a otras tres asistentas. En ese momento entraron varias mujeres en la tienda, una de ellas con vayas niñas bastante escandalosas-¡Eh, vamos, al trabajo!-exclamó Tala dando palmas, y sus asistentas se apresuraron a obedecerla.

-Tengo que acabar con esto-le dijo Ariel a Aladdín mirándole preocupada.

-Claro, claro-dijo él cogiéndole varias prendas-te echo una mano.

-No hace falta-Ariel escaló hasta una estantería más alta para dejar una pila de ropas, y luego fue bajando hasta que dio un tropezón. Aladdín la cogió en brazos, y la dejó en el suelo suavemente. Ella notó las manos de él acariciarla levemente el trasero, y sintió como su cuerpo se revolucionaba completamente. Bueno ¿qué más daba? Era normal, el tacto del chico la emocionaba. Pero no podía dejar que la distrajera más. Si se había acabado, se había acabado.

-¿Y a qué has venido?-preguntó Ariel cargando con varias cajas hacia el almacén. Aladdín se apresuró a ayudarla con otras cuantas.

-Ya te lo he dicho, a pedirte perdón-la recordó. Ariel levantó una ceja con incredulidad. Sí, definitivamente le conocía bien.

-¿Si?

-Bueno y…-Aladdín se rascó la cabeza de ese modo tan sexy que la provocaba a ella-esperaba que pudiéramos pasar el día juntos… ya sabes… si te vas a ir con Jim yo… quisiera poder decirte adiós como es debido.

-¿Por qué no ibas a poder hacerlo?-le replicó Ariel, encarándose. Estaban solos en el almacén. Aladdín la puso las manos tras la cintura y empezó a acercarse más a ella.

-He dicho como es debido-dijo con voz gutural, y Ariel notó nuevamente ese escalofrío. Bueno, podía tratar de ligar con ella, eso también era normal. No importaba…

En ese momento entraron otras dos compañeras de Ariel riendo, y ella se apresuró a soltarse del agarre de Aladdín.

-Oye, tengo que trabajar, en serio-le dijo.

-En realidad, creo que tenías derecho a una pausa-la recordó él acompañándola a fuera del almacén.

-Sí, es verdad, pero no quiero tenerla ahora-dijo Ariel. Una señora le preguntó dónde estaba la ropa interior, y ella se lo indicó con rapidez-deberías irte de aquí. Este no es tu sitio.

-¿Tú crees?-preguntó Aladdín con humor, y entonces fue hacia un grupo de jovencitas que intentaban elegir unos bañadores. Al verle acercarse las tres niñas soltaron una risita y se agarraron entre ellas-¿cuál de vosotras va a ir a la playa estas vacaciones? ¿eh?-dijo Aladdín en tono desenfadado mientras miraba los bañadores-uf, estos de cuerpo entero deberían estar prohibidos yo… creo que estos son los mejores…-dijo cogiendo un bikini y acercándoselo a una de las chicas-sí, te quedaría muy bien, definitivamente.

-¿De verdad?-dijo ella comiéndoselo con la mirada. Aladdín se acercó a su oído y la susurró, provocativo.

-Todos te mirarán, princesa.

La chica dio un respingo al escucharle hablarla así, y luego fue corriendo a los probadores de la izquierda para probárselo, seguida de sus amigas.

-Eres un caradura-le dijo Ariel a Aladdín negando con la cabeza.

-Lo sé, pero eso es precisamente lo que te gusta-dijo él acercándose a ella nuevamente. Las demás dependientas estaban ocupadas atendiendo, pero se les iban los ojos mirando a la pareja tontear de aquella forma-están muy ocupadas ahora… ¿no te apetece?

-Te has vuelto loco-le dijo Ariel, pero no le apartó. Las manos de Aladdín estaban muy cerca de sus grandes pechos, y ella notó el calor en ellos al rozarla.

-Venga… no sería lo peor que hemos hecho-dijo él en su oído. Ariel asintió lentamente, y luego se dejó llevar. Los probadores del lado derecho estaban vacíos. Discretamente entraron en uno, y empezaron a besarse apasionadamente mientras Aladdín la cogía en brazos y metía sus manos por debajo de sus piernas, rozando sus bragas. Ariel soltó un gemido que Aladdín se apresuró a acallar con un beso.

-Venga, vamos-dijo el chico, provocador-no querrás que nos oigan… es parte del juego.

-Vvale pero no te pases-pidió ella excitada. Aladdín la bajó los pantalones y las bragas y la enchufó sin más contemplaciones. Ariel cerró los ojos y sacudió la cabeza. Dios, el tacto de él en aquellas zonas era indescriptiblemente bueno. No creía que hubiese experimentado nada mejor nunca.

-Oh sí, me voy a pasar-dijo Aladdín presionándola los pechos mientras empezaba su movimiento en ella. Ariel negó con la cabeza, innegablemente excitada.

-Nno, nno te pases-insistió, pero él siguió metiéndose hasta un punto en el que ella tuvo que morderse los nudillos para no chillar-oh nnno…

-Oh sí-dijo Aladdín con voz grave, y entonces fue a más-oh sí, ¡oh sí!

Las cortinas del probador se sacudieron mientras una de las amigas de Ariel subía más la música de la tienda y alejaba a las señoras mayores de allí con nerviosismo. Como Tala la pillase la mataba. Pero Tala por suerte estaba ocupada.

-Madre mía, que suerte tiene esa chica-dijo otra de las dependientas viendo como el probador se tambaleaba. Aquel tío sí que le estaba dando a fondo.

-Vvenga…-Aladdín besuqueó el cuello de Ariel mientras ella le arañaba la espalda por debajo de su ropa. El chico movía las caderas a una velocidad increíble, casi parecía un robot programado para hacerlo, y Ariel no podía creer que alguien fuese capaz de hacer algo así. Aladdín la besó nuevamente en los labios mientras ambos alcanzaban el clímax, y entonces se fueron quedando quietos, apoyados en el espejo de la cabina, mientras se miraban fijamente y seguían acariciándose. Las manos de Ariel bajaron al culo del chico, que sonriendo la besó en la mejilla con suavidad. Podía ser tan salvaje a veces, y tan sensible otras.

-Vale… vete ya… no quiero que te vean…-dijo Ariel secándose el sudor de la frente y resubiéndose la falda y las bragas. Mierda, estaba todo hecho un desastre, necesitaba cambiarse. Bueno, ya se cambiaría luego.

-Ven conmigo a cenar-le pidió Aladdín a la chica, abrochándose también el cinturón y los pantalones.

-Aladdín, no sé yo…-dijo ella insegura. Él la miró con cara de "quieres y lo sabes", y ella terminó por acceder.

-Está bien-dijo-pero nada de tonterías.

-¿Tonterías?-repitió él posando sus manos nuevamente en los pechos de ella y jugueteando con sus pezones a través de la tela. Vaya mujer… vaya tetas.

-Hablo de sexo-le dijo Ariel intentando parecer seria.

-Ya. Lo sé-dijo Aladdín y la dio un beso en los labios, más intenso y apasionado que ningún otro. Ella lo entendía. Tenía miedo de acabarlo, de seguir adelante. Ella se sentía igual. Pero iba a ser así. Pese a ello, tampoco pasaba nada por demorar la pasión un poco más. A fin de cuentas, un poco de sexo también era normal ¿no? Qué más daba…

-Te espero en el parking a las ocho ¿vale?-dijo el chico dando abriendo las cortinas del probador. Pegó un respingo al encontrarse a Tala, que lo fulminaba con la mirada.

-Si no te largo de aquí a patadas-le avisó ella-es porque me has vendido tres de esos bikinis tan horribles-dijo señalando a las tres chicas que esperaban en el mostrador para pagar sus bikinis emocionadas-ahora largo.

-Je je…-Aladdín se despidió de Ariel y luego salió corriendo de allí antes de que la liase más.


El tema de las Musas "No diré que es amor" sonaba de fondo mientras Aladdín y Ariel tomaban algo en una cafetería. Luego irían a la discoteca más cercana y bailarían un rato. Habían descubierto que les gustaba bailar juntos. Ariel disfrutaba mucho en la discoteca, siempre que el chico estuviese a su lado.

Había sido un verdadero golpe de suerte. Después de meses esperando Aladdín había hecho lo que Ariel le había pedido y había conseguido un buen promotor para las Musas. Fue difícil conseguir uno que quisiera sacar el disco de un grupo del que solo quedaban tres integrantes de cinco, y cuya cantante principal, Talía, había muerto. Pero aun así el productor discográfico McCartey había quedado impresionado con las voces de las chicas, su carisma y la potencia de las canciones. Antes de que Calíope, Terpsichore y Clío se dieran cuenta, el disco estaba a la venta, y en enero rompió records superando incluso al recopilatorio de canciones de Billy Joe Cobra, que quedó en segundo lugar. El éxito de las Musas era tal que sonaban en todas las emisoras, y su singles "De cero a héroe", "No diré que es amor" y "Ha nacido una estrella" llevaban siendo los tres primeros en las listas de reproducción hasta la fecha. "Tan cierto como tú" había sido metido en una súper producción de la MTV como banda sonora de la película, y también había alcanzado un gran éxito. Ante la ausencia de Talía y Melphomene, dos de las voces más potentes, McCartey había mandado buscar sustitutos creando un casting de proporciones gigantescas buscando a dos jóvenes talentos. Las otras tres Musas originales no estaban demasiado convencidas e incluso se plantearon disolver el grupo y disfrutar del éxito pero finalmente Calíope había decidido que "que las Musas siguieran era lo que Talía siempre hubiera querido". El hecho de que de la noche a la mañana eran millonarias también tenía algo que ver, claro. Las tres habían entrado ya en la alta sociedad de Suburbia y estaban invitadas junto a las sustitutas de Talía y Melphomene, Galleria y Aqua, al cumpleaños de la Reina Blanca que acontecería en tres días.

Ariel no había recibido ningún beneficio del ascenso de las Musas pese a ser ella quien arriesgando su vida había recuperado el disco y había impulsado su reencuentro. Tampoco Aladdín, que oficialmente fuera de la MTV, apenas recibía ya ingresos. Aún conservaba el puesto en el consejo principal que le había cedido Billy. Y al igual que él, nunca iba a las reuniones, pero sí cobraba el sueldo.

-Mmmmmmn…-Aladdín engulló una hamburguesa con placer mientras Ariel bebía de su Coca Cola y le miraba embelesada. Las luces de la calle les iluminaba, mientras ellos estaban en la terraza de la cafetería en el piso 30 del rascacielos.

-¿Y cómo piensas encontrarla?-le preguntó Ariel mirando a Aladdín. Le aliviaba mucho el poder hablar de Yasmín, el amor verdadero del chico, sin que fuese un tema tabú. Después de haberse dicho la verdad el uno al otro se sentía mucho mejor.

-Pues estoy abierto a sugerencias-dijo él bañando las patatas en kétchup. Luego se paró a pensarlo-creo que su padre la ha sacado de la ciudad… así que viajaré. A Republica y Tiro. Pero la encontraré… seguro que sí.

-Sí…-Ariel dejó que el pelo la ondease al viento mientras se apoyaba al lado del chico, que se terminaba la hamburguesa mientras miraba distraído a los coches.

-No tienes la sensación a veces de que… tu vida está planificada… de que todo va fluyendo…-dijo Aladdín con expresión etérea en su rostro-a veces, cuando va a pasar algo importante en mi vida es como que lo siento… como si supiera que esa persona… o esa situación… va a ser importante… va a definir quién soy… no sé, son tonterías, perdona…

Pero Ariel le miraba muy interesada. Al igual que Jim Aladdín no solía hablar de sus sentimientos. Y ella sabía que eran muy profundos, y algunos atormentados.

-Yo creo que en la vida nada está planificado…-dijo Ariel metiendo los puños dentro de las mangas para calentarse-las cosas van pasando… y ya… lo mejor es dejarlas atrás.

-Pero si tú y yo no hubiéramos ido a Gantz nunca nos hubiéramos conocido… si Jim no hubiera muerto esa noche, nosotros no habríamos sobrevivido, él nos salvó la vida… y tú también nos la salvaste una vez…

-Y tú también-le recordó Ariel. Aladdín asintió.

-¿Pero no es raro que nos hayamos conocido tú y yo? ¿Qué entre tantas y tantas personas nos hayamos encontrado? Qué hayamos conocido a Jim… a Lilo… a Billy… es… ahora… me es imposible recordar mi vida… antes de ellos.

-A mí también-reconoció Ariel, y sonriendo abrazó al chico-y sin ti.

-Gracias Ariel…-Aladdín la acarició el pelo y luego tiró las sobras de la comida a un cubo-bueno… la noche esta para un reggaetón lento.

-Venga ya-bromeó ella dándole una palmada-¡vamos!

Aladdín la cogió en brazos y se la llevó de la cafetería entre risas y tropiezos. Se pasaron la noche en la discoteca bailando hasta altas horas del amanecer. Aladdín la estrechó en sus brazos cogiéndola desde atrás, mientras luces multicolores los envolvían en su espectro cromático. Terminaron besándose desenfrenadamente en la pista, hasta que Aladdín la sacó fuera y lo hicieron en la misma calle. Ariel notó como la espalda le aullaba al ser empotrada contra una dura pared de ladrillos, pero le dejó seguir y terminarlo allí. Luego fueron al piso de él montados en la Alfombra Mágica, y cuando ya amanecía se quedaron dormidos, abrazados el uno al otro, dejando que el sueño limpiara todo el agotamiento que había hecho mella en su cuerpo. Aladdín acarició el desnudo cuerpo de su novia mientras ella disfrutaba del calor que emanaba del cuerpo del chico, acurrucando su cabeza en el pecho de este y haciéndole cosquillas en la piel con sus largas pestañas.

Cuando Aladdín se despertó al día siguiente, encontró la cama vacía. Buscó a Ariel esperando encontrarla en la bañera o desayunando, pero ella ya no estaba allí. Una nota sobre la mesa de la entrada, con una leve marca de labios, era lo único que quedaba.

No quería complicarlo más, pero tenías razón: eres un caradura, y no podría dejarte aunque quisiera. Te quiero. Te querré siempre. No me olvides.

Ariel.

-Joder…-el chico aprisionó la nota en su puño, y se golpeó con él en el corazón. Aladdín cerró los ojos y tomando aire despejó su atontada cabeza. Era el momento de empezar de cero. Ya lo había prolongado lo suficiente. Miró a Abú que masticaba cereales distraídamente mientras se rascaba su peluda barriguita.

-Pues vamos allá.

Empezaba un nuevo día. ¿Qué tendría escrito el destino hoy para él?


-Claro, claro… bueno, eso es lo que yo estaba pensando-Hércules conducía nuevamente su fastuoso autovolante por la avenida principal mientras hablaba por el manos libres. La suave voz de Meg resonaba al otro lado de la línea. Amanecía en la ciudad, y él había quedado con ella para volver a verse en el centro, y llevarla de visita al sitio donde trabajaba.

-Llevo media hora aquí y hay una tía que está empeñada en decirme mi futuro-le dijo Meg que sonaba divertida-como me diga que voy a tener mucha salud y amor, te juro que la pago el doble.

-¡Jajajajajaja!-Hércules entró en el parking mientras recordaba su "cita" (él la llamaba así, ella no) del día anterior. Tras salir del apartamento de Meg habían caminado hasta la playa, donde habían paseado por la orilla mojándose los tobillos.

- ¿Te acuerdas del carrito del señor Paréntesis?-decía Meg mientras movía sus dedos disfrutando del frío tacto del mar.

-Llevaba todos los exámenes ahí-dijo él asintiendo-en cuarto salió disparado por la ventana, Adonis nunca lo confesó.

-Oh, Adonis-Meg soltó una carcajada mientras se apoyaba en Hércules, que la tomó de la mano enternecido-¿qué habrá sido de él?

-Está en la empresa de su padre. Me escribe de vez en cuando-recordó el chico.

-Vaya, ahora se interesa-Meg se soltó la larga melena y sintió el viento en su rostro, llenándola los pulmones. El aire de la costa era el más puro de Suburbia, por fin podía respirar sin aquella densa y asquerosa capa de contaminación-es raro recordar a todas esas personas. Una vez eran todo mi mundo. Ahora ya apenas son recuerdos.

-Es verdad-Hércules recogió una piedrecita y la lanzó al mar haciendo que esta diese cinco saltos antes de hundirse-pero aquí estamos tú y yo… y no pasa el tiempo.

Meg le observó lanzar otra piedra sonriendo, pero con el interior embargado de tristeza.

-Sí que pasa…-dijo, y siguió andando.

Llegaron a un extremo de la playa donde había unas rocas pobladas de vegetación, y un poco más allá un islote lleno de palmeras.

-¡Vamos, vamos!-exclamó Meg entre risas.

-¡Nos mojaremos!-la avisó Hércules siguiéndola divertido. Meg soltó una carcajada.

-¡Venga ya!

Entonces Hércules la cogió en brazos y la llevó hasta el islote, cubriéndose de agua hasta la cintura.

-Era un Edna… me van a matar-dijo Hércules viendo los pantalones de su impecable traje hechos un asco. Meg volvió a reír mientras Hércules la dejaba en la arena.

-¿Desde cuándo te has vuelto tan pijo?-le preguntó mientras paseaba por la cala del islote. Las palmeras empezaban a verdear gracias a las lluvias de Abril, y ya brotaban las primeras flores tropicales anunciando que aquel verano sería de los más calurosos en Suburbia. Meg observó las flores aspirando su aroma. Las luces del atardecer, naranjas y violetas, la reflejaban a ella, y Hércules la observó embelesado. Era la mujer más hermosa, más perfecta que conocía. Era… una diosa. La amaba más que a nada.

-No…-Meg intentó impedir que Hércules cogiese una de las flores, pero el chico la arrancó y se la puso en el pelo. Meg sonrió mirándole algo tímida. La flor rosa en el pelo le quedaba muy bien.

-Estás preciosa-dijo Hércules en voz muy baja-dirás lo que quieras… pero en ti el tiempo no ha pasado.

Meg tragó saliva y retrocedió un poco. Hércules era tímido e inexperto en el amor, y aunque ella lo sabía bien a veces sentía que no tenía el control, se sentía indefensa ante su amor. Ya no podía exhibir esa faceta cínica y distante que empleaba con todo el mundo. Cuando él la miraba de aquella forma, y la amaba en el silencio, ella dejaba todas las apariencias. Y era simplemente Meg.

-Merece la pena haber sobrevivido para poder ver esto-le había dicho Meg a Hércules mirando el atardecer.

-Pegaso y yo podemos llevarte volando un día…

-¿A dónde?

-Al horizonte… y más allá.

-Pegaso…-Meg rió recordando al caballo-bueno, si él quiere por mí encantada.

Se sentaron en la arena (ya no importaba marcharse la ropa) y Hércules hizo un templo de arena mientras Meg disfrutaba de la brisa marina. En la cima del templo griego Hércules hizo una pequeña estatuilla con arena líquida, y luego colocó varias pequeñas flores a los lados, como vegetación.

-No recordaba que quisieras ser arquitecto-comentó Meg sentada en una roca y mirando el templo sonriente.

-¡Era biólogo!-le recordó Hércules dejando su construcción y yendo hacia ella-¡Zoólogo para ser más exactos!

-Zoólogo-Meg asintió y le dejó un hueco en la roca-aún me acuerdo del filum de los cordados… no parabas de hablar de eso.

-Y si lo hubiera conseguido me hubiera gustado salir de Suburbia e ir a la zona inexplorada, a estudiar las especies animales… ¿te acuerdas? Nos íbamos a ir juntos.

-Bueno, bueno, yo te dije que ya veríamos-le recordó Meg haciéndole cosquillas en el cuello divertida-no me veía yo perdida en medio de la selva contigo que no sabes leer mapas.

-Pero aceptaste-dijo Hércules mirándola con sus ojos claros-dijiste… sí, es verdad… dijiste "fortachón, yo no me quedo aquí para que me mandes fotos de lo bien que te lo estás pasando… me voy contigo fuera de aquí… voy contigo a dónde tú vayas".

-Oh sí, eso dije-asintió Meg lentamente-que buena memoria tienes…

Se quedaron en silencio mientras Hércules agachaba la cabeza avergonzado. Si bueno, los dos habían dicho muchas cosas. Pero es cierto que él no era quién para sacarlas ahora.

-¿Por qué no lo hiciste?-preguntó Meg súbitamente.

-¿El qué?

-¿Por qué no seguiste? En la carrera de biología.

-Bueno, ya lo sabes-Hércules soltó una risita nerviosa-empecé a entrenar y descubrí… bueno, eso… lo que tenía qué hacer.

-Ya, eso ya lo sé. Digo después. O ahora-Meg se quitó la flor y se la puso a Hércules en el pelo, sonriendo.

-Oh bueno, pues…-él sonrió cortado. Nuevamente ella estaba muy cerca-no sé, ahora todo es diferente, tengo muchas responsabilidades… y que entrenar mucho…

-Fortachón tienes dinero de sobra para que se jubilen tus nietos-le recordó Meg acariciándole la melena para ajustarle la flor y provocando en él un cosquilleo inquieto-si ahora quisieras, podrías.

-Ya pero… ya no importa porque… bueno, está Gantz y… ya sabes, él…-dijo finalmente. La sonrisa de Meg se borró rápidamente de la cara al escucharle mencionarlo.

Él.

-Perdona, no quería sacar el tema-dijo Hércules, mientras Meg bajaba de la roca con cara de angustia.

-No, si es normal hablar de ello-respondió ella-si no… ¿de qué íbamos a hablar?

-Meg… yo tengo que seguir adelante… de esto depende… todo-dijo Hércules, pero Meg negó con la cabeza.

-No, no es verdad-dijo llevándose las manos a la cabeza con miedo-Hércules escucha puedes conseguir esos cien puntos e irte… no necesitas más que dos misiones más… yo… yo te ayudaré.

-No puedo irme Meg-dijo Hércules, sonriendo nervioso-¿no lo entiendes? Si yo me voy, ¿qué esperanza habrá para ellos?

-Acuérdate de la niña Hércules ¡no hay esperanza!-exclamó Meg exaltada-no la hay para ninguno de nosotros pero tú… tú aún puedes salvarte. Por favor, hazlo por mí…

-No te entiendo-dijo Hércules avanzando hacia Meg y tomándola de las manos.

-Hércules si estoy en Gantz es porque él… él sabe que arriesgarás tu vida por mí… y que morirás por mí. Es lo único que quiere-dijo Meg tragando saliva. Para su sorpresa Hércules sonrió. Meg le miró indignada-¡Hércules!

-Creo que él me conoce mejor que tú, Meg-bromeó el chico acercándose a ella y dándole un beso en la mejilla-no te preocupes por mí, en serio. Pero el tiempo que queda, quiero pasarlo a tu lado… ¿eso te parece bien?

-Mmmmmm…-Meg dejó que Hércules la abrazara y le acarició suavemente la espalda- no me parece mal…

Volvieron a la playa y pasearon hasta la casa volviendo a hablar de trivialidades como sus años en el colegio, sus viejos amigos o su música preferida. Meg estaba impresionada con el disco de las Musas, y la canción que ellas habían escrito inspirándose en Hércules. Era una conversación amena, tranquila, pero de esas que son las que más se disfrutan. Después de tantos años, Hércules experimentó una inmensa felicidad al poder hablar nuevamente con Meg como solían hacer antes.

-Podrías venirte mañana… te enseño el Coliseo-sugirió Hércules.

-De acuerdo-accedió ella mientras entraban en el ascensor-¿te parece bien a las once?

-Sí.

Cuando llegaron a la puerta Meg miró a Hércules, que la sonrió tímidamente. Madre mía, era tan raro verlo de nuevo… tan chocante como maravilloso.

-Lo he pasado muy bien-confesó-gracias.

-Gracias a ti Meg… la verdad es que no tenía mucha esperanza de que accedieras al principio…

Meg miró al interior de la casa. Él estaba allí. Y estaba mojado, al igual que ella. Podían quitarse la ropa y entrar en calor. Hércules miró el cuerpo de Hércules. En su interior, esa chica romántica y apasionada que una vez había sido gritaba nuevamente, pidiéndola que se tirara encima de él, que le besara, que le llevase a dentro y le obligara a hacerla suya, pero la mente fría y sabia la dijo que no. En la situación en que se encontraban esa era la peor de las ideas. Y las heridas del pasado aún dolían.

-Bueno… te veo mañana-dijo ella finalmente. Hércules asintió con humildad.

-Cuento los minutos…

-Mejor no cuentes nada-dijo Meg y le dio un tierno beso en la mejilla-anda… no sé qué va a ser de nosotros.

-Yo sí-respondió Hércules, y luego entró en el ascensor, despidiéndose con la mano.

-¡Hércules!-le avisó ella con una carcajada.

-¿Qué, dime?-dijo él sacando su cabeza del ascensor con nerviosismo.

-La flor…-dijo ella señalando al pelo del chico. Hércules rió, pero no se la quitó. La verdad es que le gustaba.

Luego fue a por su coche y condujo hasta casa. No dijo nada hasta que se tumbó en la cama y cerrando los ojos se entregó al sueño.

Había sido la mejor tarde de su vida.


Recordando estas cosas Hércules saludó a Meg aquella mañana en la avenida principal. Ella le reconoció al otro lado de un paso de cebra, y le saludó animadamente, cuando un montón de fans rodearon al héroe pidiéndole autógrafos y selfies. Hércules tardó un rato en deshacerse de ellos e ir hacia Meg, que se había pedido un batido de frutas en una cafetería y reía observándole.

-Me… me pasa a menudo-explicó Hércules resoplando.

-Ya. Siempre he tenido curiosidad por saber cómo es la vida de los famosos-reconoció Megreajustándose sus gafas de sol. Llevaba una enorme pamela de color violeta y un bolso a juego que le daban un aspecto excéntrico pero elegante-¿no te preguntarán los paparazzi si estamos saliendo?

-Bueno, dentro no nos molestarán-le dijo Hércules, y tomándola de la mano la llevó por la abarrotada calle principal hacia el Coliseo. El portentoso edificio, del tamaño de un estadio de fútbol, tenía unas enormes bandas con imágenes de sus principales campeones. En la banda más grande estaba el propio Hércules, cuatro veces campeón, pronto cinco.

-Vaya es…-Meg se quitó las gafas, asombrada, para poder verlo mejor-es enorme fortachón…

-Sí bueno me… me da un poco de vergüenza-confesó él-todo el mundo…

La gente se apiñaba para verlo y hacerse fotos con él.

-Me gustaría uno con la flor que llevabas ayer-comentó Meg mientras seguía observándolo asombrada-oh, creo que ya vienen…

Nuevamente habían reconocido a Hércules, y esta vez el atleta tardó casi una hora en poder despegárselos a todos de encima mientras Meg, risueña, se sentaba en las escaleras del Coliseo y terminaba su desayuno comprado viendo como él se las apañaba para quitarse a la gente de encima.

-Ees una locura porque no puedo ir a ningún sitio sin que me reconozcan… de hecho ayer tuvimos suerte-confesó Hércules mientras caminaban por los pasillos del Coliseo-mira, eso es la arena-dijo señalando a la gigantesca pista donde se celebraban las pruebas. A un lado había varios gladiadores principiantes entrenando. Repetían los movimientos del entrenador dando patadas al aire y poderosos puñetazos.

-¿No hay gladiadoras?-preguntó Meg curiosa mirando a los que entrenaban.

-Sí, pero son pocas. Aun así suelen cobrar mucha fama… yo me he enfrentado a algunas muy duras-explicó Hércules, y subiéndose un poco la camisa le enseñó una gruesa cicatriz-esto me lo hizo Maggie, una de las más duras.

-¿La mujer mosca?-recordó Meg. Hércules asintió-oí que murió hace poco.

-Oh sí, bueno, aquí muere mucha gente, es como… bueno. A veces te encariñas con un compañero y luego ocurre-confesó el joven mientras guiaba a Meg por un ascensor hacia su vestuario-aquí es donde yo entreno-dijo señalando su sala de gimnasio.

-Creía que lo hacías en casa.

-No, también aquí. Y tengo otro en el chalet…-Hércules vio que Meg le miraba divertida y decidió cambiar de tema. No era muy educado estar hablando de sus propiedades, aunque no lo hacía a maldad-Phil quiere que entrene al máximo, y por lo que veo me ha dejado otra tabla de ejercicios…-comentó mientras entraba en su despacho.

-Suponía que seguías con Phil-comentó Meg con aburrimiento-¿cómo le va a la niñera cabra?

-Perfectamente, muchas gracias-dijo una voz detrás de ellos que los sobresaltó. El sátiro Phil (mitad hombre mitad cabra) se sentó sobre la mesa del escritorio y miró a Meg mosqueado-¿qué haces aquí?

-Oh, Phil…-dijo Hércules nervioso al ver como su entrenador y la chica se fulminaban con la mirada-yo la he traído para enseñarle todo esto…

-Ha sido muy malo Phil… creo que deberías darle unos azotes-comentó Meg sarcástica mientras paseaba por el despacho, molesta.

-No me des ideas. ¿Por qué no te marchas? Tenemos que entrenar-gruñó el entrenador de malas maneras.

-¡Phil!-le reprendió Hércules indignado.

-Sí, mejor me marcho-dijo Hércules yendo hacia la salida dándole la espalda al sátiro con indignación.

-¡Phil!-Hércules fue hacia el sátiro y lo miró con enfado.

-¡Te he estado llamando toda la mañana chico! ¿Me explicas dónde estabas?-preguntó el sátiro subiéndose a la mesa para poder estar a la altura de su pupilo-¡Tenemos mucho qué hacer! ¡Las semi finales están a vuelta de calendario!

-¡Llevo entrenando semanas! ¡Y sabes que voy a seguir!-exclamó Hércules enfadado-¿te importaría dejarme a solas con ella?

-¿Vamos a volver a empezar con ese lío?-preguntó Phil impaciente-Hércules hazme caso, no te merece la pena.

-Eso lo decidiré yo-le dijo Hércules a Phil con impaciencia-¡Venga!

Corriendo un poco alcanzó a Meg, que paseaba por los pasillos interiores.

-Vaya, te ha dejado libre-comentó ella cuando le vio llegar.

-Yo le he dicho que me iba-dijo Hércules cruzándose de brazos-lo siento es que… bueno, esto es muy importante para él… y para mí, vaya.

-Lo entiendo-dijo Meg simplemente-pero bueno, creo que ya me lo has enseñado todo.

-¿Quieres ver cómo entreno?-la ofreció Hércules. Ante su aspecto emocionado, Meg no fue capaz de decirle que no.


-¡Bien, vamos allá! ¡Funcionando rapidito!-dijo Phil mientras ponía ACDC a todo volumen en el estadio. Unos gladiadores daban vueltas al estadio mientras otros hacían flexiones cerca del sátiro.

-Philoctetes, ¿por qué no nos enseña tu chico algo de lo que hace?-le preguntó el otro entrenador, el señor Quirón.

-Ahora mismo viene-dijo Phil señalando una de las puertas de acceso a la pista. Hércules entró en él: llevaba solo unos pantalones de deporte cortos y unas muñequeras negras, además de su ya icónica cinta de pelo roja.

-¡Bien, cinco pruebas!-gritó Phil por un micrófono. Hércules asintió, y luego miró a Meg, que le observaba sentada en el vacío graderío-ay dioses…-masculló Phil al verlos. Solo le faltaba eso-¡Vamos, vamos, vamos! ¡Eyeyeyeyeyeyei!

Hércules echó a correr por el campo, cogiendo un enorme bate metálico: entonces Phil abrió una enorme caja del que salieron unas cuchillas voladoras: todas estaban cargadas con el ADN del héroe, así que en cuanto lo reconocieron fueron a por él silbando en el aire. ¡CRASH! ¡CRASH! Moviendo el bate con increíble velocidad Hércules se deshizo de todas ellas como si fuesen golpes de beisbol. Luego siguió corriendo por el estadio mientras Phil presionaba un botón y levantaba varias de las trampas distribuidas por el Coliseo, entre ellas varios maniquís que lanzaban cuchilladas con sus armas y un chorro de fuego que brotaba de vez en cuando del lugar menos esperada.

-Vaya…-Meg observó impresionada como Hércules esquivaba el fuego por los pelos y luego destrozaba el robot que trataba de agredirlo. Trepando por una cuerda mientras esquivaba unas flechas Hércules ascendió a una plataforma donde le esperaba la cuarta prueba:

-Como veis, es el mejor-dijo Phil con orgullo mirando a los otros gladiadores que estaban asombrados-¡Gas venenoso!-exclamó luego pulsando otro botón. Hércules se cubrió la nariz cegado por el gas, cuando una enorme maza de pinchos fue hacia él. Meg se levantó asustada, cuando Hércules esquivó la maza y luego se agarró a ella, rompiendo su agarre y descolgándola. Cuando bajó de la plataforma le lloraban un poco los ojos, pero sonreía mientras tosía. Miró a Meg, que le aplaudía desde la grada.

-No necesita aplausos-dijo Phil desde el altavoz. Meg le dedicó a su querido hombre cabra otro dulce gesto.

-¿Última?-preguntó Hércules mientras los aspirantes a gladiadores le felicitaban.

-Sí, la última prueba-dijo Phil. En ese momento se escucharon gritos, y segundos después la puerta exterior del Coliseo saltó por los aires. Hubo unos instantes de silencio mientras todos la miraban asombrados-¿pero qué…?

-Phil… ¿esto es la prueba?-preguntó Hércules, aunque sabía de sobra que no. Phil no respondió. Miraba hacia la puerta con miedo, miedo que aumentó cuando se escucharon unos fuertes pasos, que bien podían confundirse con un terremoto.

-Oh no…-Meg se incorporó apoyándose en la barandilla del Coliseo. Reconocía esas pisadas.

-¡GUUUUUAAAAAAAAAAAAAAAAU!-un gigantesco perro de tres cabezas irrumpió en la pista, abriendo sus bocas de afilados dientes y lanzando un rugido tan fuerte que todos tuvieron que llevarse las manos a los oídos para evitar quedarse sordos.

-¡LA MIERDA!-gritó Phil aterrado al ver a la criatura. Tenía el pelaje negro y los ojos totalmente rojos, además de unas zarpas del tamaño de un camión. El perro mediría por lo menos treinta metros, y entre sus dientes ya había trozos de carne humana de los desdichados a los que había atrapado en la entrada.

-¿Phil… cómo se llama esa cosa?-preguntó Hércules angustiado.

-Dos palabras…-dijo el sátiro tragando saliva.

-¡RRRRRRRROOOOOOOOOAAARRRRRRRRRR!-el perro lanzó otro alarido mientras echaba a correr hacia los gladiadores.

-¡SALVESE QUIEN PUEDA!-gritó el sátiro echando a correr hacia las gradas.

El perro saltó sobre los gladiadores y dando tremendos bocados atrapó a varios de ellos.

-¡NO!-Hércules vio asustado como el monstruo los trituraba con sus afilados dientes y luego los tragaba sin mayor consideración.

-¡GUAU!-una de las tres cabezas del perro, la que más ruido hacía, vio al chico y olfateándolo pareció reconocerlo. Entonces fue hacia él e intentó comérselo.

-¡HÉRCULES!-chilló Meg al ver eso. Por un momento pareció que se lo había comido, pero entonces Meg vio como Hércules forcejeaba con las fauces del monstruo, intentando evitar que se cerrasen sobre él. Pero el perro era mucho más fuerte, y le estaba atrapando. Entonces el chico usó su espada, y clavándosela en el morro hizo que le saliera un chorro de sangre. La cabeza del perro aulló dolorida mientras retrocedía, pero las otras dos avanzaron decididas a vengarlo.

-Mierda...-Hércules echó a correr perseguido por el gigantesco perro que no tardó en alcanzarlo en mitad del Coliseo, pero entonces él escaló por la cuerda nuevamente hasta la plataforma superior, quedando fuera de su alcance.

-¿Qué haces aquí?-le preguntó Phil a Meg subiendo a su lado en las gradas-¡Corre!

-Yo me quedo con él-dijo Meg decidida-¿y tú?

-¡Yo también!

En la plataforma, Hércules trataba de mantener el equilibrio mientras el perro desde abajo la daba golpes intentando alcanzarle pero entonces se le ocurrió una idea: aún quedaba gas venenoso en las válvulas que había abierto Phil. Haciendo mucha presión hasta destrozarse los dedos Hércules consiguió arrancar una de las válvulas y luego miró al perro que abría sus bocas hambriento.

-¡Que aproveche!-exclamó el héroe lanzándole la válvula. La cabeza de la izquierda se lo tragó al soltarlo él y entonces empezó a toser y a chillar mientras los ojos rojos le lagrimeaban. Finalmente se puso a vomitar, mientras las otras dos cabezas lo miraban extrañados.

-Debe de tener tres sistemas digestivos…-dijo Phil impresionado-increíble…

-Cerbero…-susurró Meg.

-¿Qué dices?-preguntó el sátiro mirándola extrañado.

-Nada, nada-dijo ella disimulando.

-¡GUAAAAAUUUU!-Cerbero buscó a Hércules con la mirada, pero el chico se había ocultado tras una columna. El monstruo empezó a olfatearlo intentando encontrarlo, mientras el fortachón intentaba encontrar un arma con la que atacarlo. Vio entonces una pila de pesas que acababan de ser utilizadas en el entrenamiento.

-¡Eh, perrito!-silbó Hércules asomándose desde una de las ventanas del Coliseo-¡TOMA!

-¡RRRRRRRRRRR!-el perro corrió hacia él abriendo y cerrando sus bocas, cuando Hércules levantó una pesa apretando los dientes y respirando entrecortadamente y se la lanzó a la cabeza. Nuevamente le dio a la del centro, que se quedó k.o mientras las otras dos ladraban aún más furiosas.

-¡Y aquí viene esto!-Hercules activó una lanzadora de pelotas y le dio en los ojos a los otras dos cabezas, haciéndolas retroceder. Tenía que conseguir un arma de fuego ¿dónde estaba la seguridad? El perro debía de haber acabado con ellos.

-¡Sí señor, buen golpe, buen golpe!-le apremió Phil desde las otras gradas. Entonces el monstruo se volvió hacia él y rabioso corrió lanzando ladridos espantosos.

-Ah muy bien Phil-ironizó Meg-siempre has sido bueno cabreando a la gente.

-¡CALLA Y CORRE!-gritó el sátiro trepando por las gradas para alejarse lo máximo posible. El perro empezó a escalar el graderío destrozando los asientos y estirando sus patas delanteras para intentar cogerlos. Meg resbaló y estuvo a punto de caerse hacia atrás pero consiguió agarrarse a tiempo y seguir subiendo pisoteando los asientos para llegar a lo más alto.

-¡UOOOOOOO!-Phil ayudó a Meg a encaramarse mientras el perro daba bocados a lo bestia y trataba de morderles.

-Necesitamos otra idea…-pensó Hércules preocupado. Entonces vio la puerta de rejas, por donde entraban y salían los gladiadores durante el espectáculo. Una puerta muy grande… y unas rejas muy afiladas.

-"Pegaso"-pensó el joven, y entonces pegó un fuerte silbido. No tendría que esperar mucho.

-¡AYAYAYAY! ¡QUE SUBE JODER! ¡QUE SUBE!-gritó Phil agarrándose a Meg aterrorizado. El perro dio un zarpazo que a punto estuvo de agarrarlos, pero ellos lo esquivaron a tiempo. Estaban en el punto más alto del Coliseo. Meg le dio la mano a Phil y ambos avanzaron por el estrecho techo intentando que el perro lo nos cogiera.

-Si tuviese algo a mano…-dijo ella agobiada.

-Tírale el bolso-sugirió Phil mirándola de reojo.

-Si claro, no te fastidia.

El perro consiguió aferrarse al último techado y fue hacia ellos sonriendo. Quiso comerse a Phil pero Meg le apartó a tiempo.

-¡DAME!-el sátiro agarró el bolso de la chica y le sacudió al perro en el hocico, haciéndolo retroceder un poco-¡Su punto débil está en las narices! ¡Hay que tocárselas!

-¡Ten cuidado!-le avisó Meg viendo que Phil se liaba a bolsazos con el morro del perro. Furioso, el animal dio otro golpe a las gradas, y Phil perdió el equilibrio. Consiguió agarrarse a tiempo y evitar caerse, pero entonces se dio cuenta de que justo debajo de él la cabeza de la derecha había abierto la boca. Si se soltaba, aterrizaría directo en sus fauces.

-¡NONONONONONONO!-gritó Phil pataleando intentando escaparse. Meg avanzó ayudándole a incorporarse, pero entonces otro golpe del perro hizo que ambos perdieran el equilibrio. Phil se quedó colgando en el aire mientras Meg le sujetaba las manos-¡NO ME SUELTES! ¡NOMESUELTESPORFAVOR!

-¡Ggggggggg! Pesas…-dijo la chica apretando los dientes, pero no le soltó. Phil la miró admirado. Entonces el perro cerró la boca cerca de ellos, y el sátiro pese al peligro aprovechó para sacudirle una patada a uno de sus piños.

-¡PHIL, NO!-gritó Meg cuando notó que las manos del chivo se le resbalaban-¡NO!

Phil cayó al vacío mientras el perro abría sus bocas listo para tragárselo, cuando algo lo recogió y lo apartó de él, veloz como una flecha. Tanto Meg como Cerbero se quedaron atónitos, hasta entender lo que había pasado.

-¡YUHUUUUUUUUUUU!-Hércules dio un vuelo por todo el estadio a lomos de Pegaso mientras Phil, agarrado a él por la espalda, se secaba el sudor y se llevaba la mano al corazón-¿Estás bien Phil?

-Mi… mi úlcera…-balbuceó él, pálido-¡Meg! ¡Tienes que sacarla!

-¡Baja!-Hércules dejó a Phil en un punto alejado del perro y voló hacia Meg, a la que recogió sin problemas y dejó también al lado del sátiro.

-Tenemos que esperar a que llegue la policía…-dijo Meg.

-Matará a más gente antes de que lleguen-respondió Hércules con decisión.

-¡Hércules, no…!-trató de impedírselo ella, pero él ya se había elevado nuevamente en su caballo alado y se dirigía hacia el perro, que ladraba furibundo mientras bajaba las gradas.

-¡Vamos Pegaso!-gritó enardecido.

-¡IIIIIIIIIIIIIH!-relinchó el caballo mientras descendía en picado hacia el perro, esquivaba sus bocados y le daba una coz en la cabeza de la derecha.

-Es muy testarudo-dijo Phil observando el combate desde lejos. Luego miró a Meg, que se había sentado y jadeaba también-oye… gracias…

Ella le miró y asintió lentamente.

-Mi bolso… me lo has perdido-le dijo, y el sátiro no pudo evitar sonreír-me debes uno, guapo.

Hércules había recuperado su espada y daba tajos en torno al perro a lomos de su caballo, haciéndole sangrantes cortes en su grueso cuerpo negro. Furioso Cerbero empezó a perseguirlo dando saltos, mientras Hércules lo llevaba hacia la gran puerta.

-¡Vamos, sígueme!-le gritó, enardecido-¡sígueme, vamos!

-¡GUAU! ¡GUAU, GUAU! ¡RROOOOOOORRRRRG!-Cerbero alcanzó a Hércules cuando estaba en la gran puerta, y entonces él saltó y quedó al lado de la palanca de control.

-¿IIIIIIIH?-Pegaso miró a su jinete preocupado. ¡El perro iba a tragárselo!

-¡VEN, VAMOS! ¡VAMOS, ESTOY AQUÍ!-gritó Hércules desafiante. Furioso el perro corrió hacia él abriendo nuevamente las bocas de sus tres cabezas. Hércules tenía que esperar al momento justo. Le iba a ir por poco… si lo conseguía…no podía dudar, lo conseguiría…

-¡GUAAAAAAAAU!-el perro embistió a Hércules metiéndose con él dentro de la puerta, pero segundos antes él le dio una patada a la palanca, y la verja cayó de golpe-¡GUAAAAAAAAAAAAAAAAH!-el perro se retorció con los filos de hierro hundidos en el cuello, y pataleando intentó quitarse la verja de encima, pero esta se le había hundido en las venas, causándole derrames internos.

-¡OH!-Hércules tenía las bocas del perro justo al lado y estas se abrieron y cerraron desesperadamente intentando alcanzarle. Uno de sus dientes le rajó parte del muslo, pero el chico gateó hacia atrás consiguiendo quedar fuera de su alcance. El perro aulló y jadeó mientras su rostro canino se contraía por el dolor, y finalmente se quedó quieto.

-Aaaaaarf… aaaaarf…-Hércules se quedó unos segundos tumbado en el suelo, y luego salió de la puerta hacia la pista otra vez. Escuchó los vítores de Phil y Meg, que subidos en la espalda de Pegaso corrieron a abrazarlo.

-¡Bien hecho chico, sí señor! ¡Ni yo mismo lo habría hecho mejor!-dijo Phil rascándole el pelo.

-Pues claro que no-dijo Meg, maliciosa. Luego le abrazó-eres un ejemplar único fortachón. Te lo digo en serio.

-Gra… gracias-dijo Hércules, aunque ahora mismo lo que necesitaba era un refresco o algo frío para reponerse.

-Ya verás cuando esto se sepa…-dijo Phil frotándose las manos con codicia-¡Vaya golpe de efecto! Sin olvidarnos de los pobres que han muerto, claro…-agregó, más serio.

-¿Qué tal si nos tomamos un descanso?-sugirió Meg mientras acariciaba el lomo de Pegaso, que le lamió el rostro a Hércules cariñoso.

-Sí, sí, bueno… aunque esto no cuenta como parte del entrenamiento-dijo Phil.

-Je…-Hércules asintió, pero entonces un ruido extraño lo sobresaltó. Era un gruñido.

-Oh no…-volviéndose, vio lo que se temía.

Cerbero se estaba incorporando, y levantando la verja se sacó las puntas metálicas del cuerpo, mientras se volvía hacia él con un odio indescriptible en su rostro animal. Seguía vivo.

-Vale…-dijo Hércules mirando a Phil que estaba temblando otra vez-pero esto sí lo contamos.


Este capítulo está lleno de situaciones inesperadas y personajes importantes (Básil, Rátigan, las hadas...). Muchos de ellos solo han hecho cameos, pero serán más importante en adelante. Especial atención a la Resistencia contra la Reina Roja y la historia de las hadas y Cenicienta. En cuanto al tema de romance (que es el punto principal aquí) parece que Aladdín y Ariel han entendido que pese a la fuerte atracción sexual que hay entre ellos sus almas les piden algo más, mientras que Jim no lo tiene tan claro. ¿Cómo lo veis? ¿Con quién preferirías que acabase cada uno?

Mi parte favorita de escribir ha sido la escena del restaurante con la madrastra y las petardas de sus hijas, y las escenas de Aladdín y Ariel. Bueno, espero que os haya gustado, y sí es así dejadme por fa un review con vuestras opiniones ¡me interesa un montón! Así que un abrazo muy fuerte y mucho, mucho ánimo. ¡Nos leemos pronto!