La historia pertenece a Adriana Rubens y los personajes a Thomas Astruc. Mío solo es el tiempo que invierto en hacer esta adaptación.

Capítulo 32

A pesar de los nervios, de su corazón dolorido y de su futuro incierto, Mari no podía negar que estaba disfrutando de la noche. Después de todo, era humana. Se había convertido en el centro de atención de una docena de apuestos Agreste, que entre bromas, sonrisas pícaras y guiños seductores, competían por su interés.

Llevaba un hermoso vestido de seda rosada que le sentaba de maravilla y enmarcaba su figura de reloj de arena, efecto realzado por el estrecho corsé y el pequeño polisón que llevaba en la parte trasera. Un delicado bordado de rosas con incrustaciones de perlas adornaba la zona del corpiño y enmarcaba el acentuado escote que dejaba al descubierto más piel de la que acostumbraba a mostrar, más aún cuando hacía de mangas unas estrechas tiras de seda que dejaban al descubierto el brazo. Se sintió un poco cohibida hasta que se dio cuenta de que su vestido era de los más recatados del salón.

Llevaba el cabello en un elegante recogido adornado con pequeñas rosas naturales del mismo tono que el vestido, con unos cuantos mechones sueltos que creaban un efecto encantador.

Lucía unos pendientes y una gargantilla de perlas, prestados por Alya para la ocasión, que por su simplicidad realzaban la elegancia del conjunto.

Se sentía hermosa y, a juzgar por la cantidad de admiradores que tenía alrededor, ellos también la veían así.

-Señorita Dupain, ¿le apetece un refrigerio? Me encantaría tentar su paladar con las exquisiteces que ha preparado el cocinero de los duques para esta ocasión – sugirió un pícaro moreno de unos dieciocho años llamado Kenneth.

-Tú no tentarías ni a una mosca, hermanito – gruñó un hombre arrebatador de unos veinticinco años y unos profundos ojos negros, dándole un suave empellón en el brazo -. Vete a jugar con los jovencitos y no molestes a los mayores.

Lejos de amilanarse, el joven enarcó una ceja con altivez.

-Derrik, ¿acaso insinúas que la señorita ya no es joven?

-Por Dios, no – se apresuró a decir, mirando a Mari consternado -. Lo que quería decir…

-Señorita Dupain, ¿quiere que le traiga un ponche? – atajó un elegante rubio de mirada seductora.

-Ni lo pienses, Warren – gruñó otro -. Por mucho que la emborraches no conseguirás que pase por alto esa narizota que tienes.

-Tal vez si te acaricio la nariz con el puño se vuelva aún más grande que la mía – masculló Warren con tono belicoso.

-Señorita Dupain, ¿me concede el siguiente baile…? – aventuró un apuesto moreno, no mucho mayor que ella, llamado Dustin.

-Olvídalo, primo. El siguiente baile es mío – rezongó Kenneth, pegando un codazo al otro.

Se divertía tanto con las interminables pullas que intercambiaban los hombres que olvidó las incertidumbres de su vida, hasta que una profunda voz masculina la devolvió a la realidad.

-Caballeros, creo que la dama estará de acuerdo en que el siguiente baile me corresponde. No en van es mi futura esposa.

Mari ahogó un gemido de sorpresa ante tamaña declaración pública. Varias exclamaciones de asombro se dejaron oír a su alrededor y se hicieron eco por toda la sala a medida que se extendía la noticia.

Sus admiradores abrieron el cerco para dejar paso a la imponente figura del recién llegado, como cuando las aguas del Mar Rojo se dividieron ante Moisés.

Cuando la mirada de Mari encontró la de Adrien, el resto del mundo desapareció. Su corazón aleteó ante la arrebatadora figura de su amado. El traje oscuro de gala acentuaba su atractivo, y la mirada apreciativa con que recorrió la figura de Mari tuvo más efecto en ella que todos los cumplidos que había recibido durante la noche.

No dudó cuando Adrien le tendió la mano. La tomó sin dilación y se dejó arrastrar hasta el centro del salón, donde empezaron a girar siguiendo los alegres acordes de Voces de Primavera, de Johann Strauss hijo.

Era la primera vez que bailaban juntos y Mari disfrutó de la sensación de volar en sus brazos al son del vals. Ninguno de los dos habló hasta que acabó el baile, concentrados en saborear el placer de la mutua cercanía.

Cuando la música dejó de sonar, Adrien la mantuvo entre sus brazos. Era una flta de etiqueta, pero a Mari no le importó. Con el rabillo del ojo vio al joven Kenneth dispuesto a reclamar el baile siguiente, y le entristeció que aquel momento mágico fuera a acabar.

-Ni lo intentes, muchacho – gruñó Adrien sin molestarse en mirarlo; sus ojos se mantuvieron clavados en Mari -. Me adjudico también el próximo.

Kenneth frunció el ceño dispuesto a insistir, con el atolondramiento típico de la juventud, pero la sonrisa radiante de Mari ante aquella declaración lo hizo desistir. No tenía sentido luchar en una guerra que ya estaba perdida.

-Te estás comportando como un bárbaro – le reprendió Mari con suavidad, intentando ponerse seria -. Para no gustarte los escándalos, tu forma de actuar esta noche va a dar mucho que hablar.

-Tal vez haya alguien que me ha hecho comprender que hay cosas por las que vale la pena seguir los dictados del corazón, incluso a riesgo de escandalizar a ciertas personas.

Parados en medio de la pista de baile, se estaban convirtiendo en el centro de atención de más de un centenar de ojos que los miraban con curiosidad.

-Adrien… - susurró Mari, nerviosa.

-Tal vez alguien me haya hecho comprender que mi escandalosa familia, aunque sea bulliciosa y pendenciera, también es cariñosa, honorable y sincera. Y que tengo suerte de tenerla siempre a mi lado – replicó con una sonrisa ladeada.

-Adrien, tal vez quieras continuar esta conversación en algún lugar más íntimo – musitó Mari, intentando apartarlo.

Pero Adrien permaneció inmóvil y siguió hablando.

-Ahora comprendo que no debería considerarse vergonzoso demostrar los sentimientos en público a la persona amada, puesto que el amor nunca debería entender de vergüenzas – añadió con seriedad.

-Adrien – suspiró Mari, y abrió los ojos como platos cuando por fin entendió.

Dejó de importarle donde estaban; dejó de importarle quién los miraba. Porque parecía que por fin a él tampoco le importaba.

-Lo que tato de decirte es que eres la persona más valiente, sincera y generosa que conozco. Sé que no soy digno de ti, pero espero que tengas compasión de este pobre hombre, herido de amor, y que aceptes su humilde proposición de matrimonio. – la tomó de la mano y se arrodilló ante ella -. Porque te amo, Marinette Anne Cheng, y me harías el hombre más feliz del mundo si…

-Sí.

-… me concedieras el honor de… - Adrien se interrumpió y la miró desconcertado -. ¿Has dicho que sí?

-Sí – repitió Mari con una sonrisa deslumbrante y los ojos anegados en lágrimas de felicidad -, me casaré contigo.

Adrien se puso en pie, la abrazó, la levantó por los aires y giró con ella, mientras una carcajada de jubilo brotaba de su interior y encontraba eco en muchos de los espectadores, que aplaudieron entusiasmados. Cuando cesó el giro, la pareja se fundió en un apasionado beso.

Los duques corrieron a darles la enhorabuena, seguidos de Luka y Alya, esta última bañada en lágrimas por la feliz pareja.

Después de aquella noche, en Londres se extendería el rumor de que el hasta entonces intachable marqués de Agreste se había dejado llevar al fin por la incorregible vena familiar de escandalizar a la alta sociedad.

Corrió toda clase de conjeturas en torno a la pareja, pero en lo que estuvieron de acuerdo muchos caballeros de alta cuna fue en que el heredero del duque de Chat Noir se había humillado delante de una mujer insignificante, sin renombre ni riquezas.

En los salones, las damas coincidían en que aquella actitud había sido totalmente vergonzosa y fuera de lugar, pero en la intimidad de sus alcobas soñaban con un amor como aquel, capaz de quebrantar las normas sociales.

Solo unos pocos, los que habían sido testigos, opinaron sin tapujos, ante cualquiera que pudiera oírlos, que había sido una de las declaraciones de amor más hermosas jamás presenciadas.

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