La historia pertenece a Adriana Rubens y los personajes a Thomas Astruc. Mío solo es el tiempo que invierto en hacer esta adaptación.

Capítulo 35

Empezaba a darse cuenta de que Marinette era un imán para los problemas. Había cometido un error al separarse de ella, pero su tozuda prometida había insistido en ir por última vez a El Jardón Secreto y él tenía que ultimar unos asuntos en la oficina. Había terminado antes de la cuenta, pero cuando acudió a El Jardón en busca de Mari se encontró con un auténtico alboroto.

Una de las chicas lo había conducido, nerviosa, a la biblioteca, donde yacían dos personas, cada una en un sofá.

La señora Befana estaba consciente y se quejaba de que le dolía la cabeza. Un abultado chichón comenzaba a amoratarle la frente. En el sofá opuesto, un Nino Lahiffe ensangrentado estaba al borde del desmayo y un par de muchachas revoloteaban a su alrededor.

Y Marinette no aparecía por ninguna parte.

-¿Qué demonios ha pasado?

Adrien se acercó a Nino y lo inspeccionó con cuidado en busca de la herida.

-Hemos oído un disparo y al bajar nos hemos encontrado a los dos en el suelo – explicó una muchacha morena mientras se frotaba las manos con nerviosismo, mirando el rostro maliciento de Nino.

-Que alguien traiga al doctor Agreste de inmediato – apremió al ver una herida de bala en el rostro de Lahiffe.

-Ya lo hemos llamado – dijo una chica.

-Agreste… Se la han llevado – murmuró Nino con voz ronca y la mirada un tanto desenfocada por la hemorragia.

Sus palabras le helaron la sangre.

-¿Quiénes?

-In…, intenté detenerlos – balbució con los dientes apretados.

-¿Quiénes se la han llevado?

-Los hombres de Moth…, los del otro día.

Adrien maldijo en silencio mientras el miedo le atenazaba el estómago. Pensar en Mari en manos de esos dos tipos lo aterrorizó, y al instante una furia ciega corrió por sus venas. Si le tocaban un pelo acabaría con ellos; los descuartizaría poco a poco.

-¿Tienes idea de donde se la han llevado?

-No.

Aquella sílaba abrió un pozo negro en su interior.

-Pero si alguien puede averiguarlo es mi socio…, Waze. – La voz de Nino sonaba cada vez más débil.

-¿Dónde lo puedo encontrar? – urgió Adrien.

-En Whitechapel, en la taberna El Angel y la Corona, en el número 74 de Mile End Road. – Esto último lo dijo en un murmullo tan bajo que Adrien tuvo que acercarle el oído a los labios.

Adrien salió tan disparado que casi se llevó a su hermano por delante cuando cruzaba la puerta.

-En la biblioteca. Lahiffe. Herida de bala en el hombro – informó de forma escueta momentos antes de subir al carruaje que había llevado a su hermano hasta allí.

Charles, el joven conductor, acostumbrado a las urgencias de su señor, enfiló la calle a toda velocidad en la dirección que le había dado Adrien. A los pocos minutos llegaron a su destino.

A aquellas horas solo había una figura en la puerta de la taberna, un rapaz de unos doce años que ni siquiera alzó la vista cuando Adrien se apeó a toda prisa.

Entró como una tromba, recibiendo miradas de curiosidad de los pocos parroquianos que disfrutaban de unos minutos de descanso regando sus gaznates con alguna bebida espiritosa.

-Busco a un hombre llamado Waze – anunció con voz atronadora.

Pero solo le respondió el silencio.

-¿Nadie conoce a Waze? – rugió por segunda vez, a punto de perder la paciencia -. Pagaré una libra al que me diga donde está.

-No conozco a ningún hombre que se llame así – rezongó el tabernero al final, con un brillo divertido en la mirada -. Pero pregúntale al muchacho de la puerta; tal vez lo conozca.

Adrien lanzó una libra a la barra y salió en busca del chico.

Lo encontró en la misma postura indolente, recostado contra la pared con los brazos cruzados sobre el pecho, los pies entrelazados y la mirada perdida en el suelo, como si dormitara. Llevaba ropa humilde que, si bien no estaba raída, había visto mejores tiempos. Con la gorra calada hasta las cejas, el rostro sucio y la ropa ancha, parecía un rapazuelo de los muchos que correteaban sin rumbo por las calles.

-Chico, ¿conoces a Waze?

-Tal vez – contestó tras unos segundos, sin siquiera levantar la vista.

-Te daré una libra si me llevas ante él.

-¿Y se pue saber quién es usté? – inquirió el chico. Tenía la voz ligeramente ronca, con un marcado acento cockney -. Waze es una persona mu ocupá. No le gusta perder el tiempo con cualquiera.

-Soy Adrien Agreste, amigo de Nino Lahiffe.

-Nino Lahiffe no tiene amigos – declaró el muchacho con una mucha divertida.

-Mira, chico, no puedo perder el tiempo. Lahiffe me ha dicho que solo Waze puede averiguar donde retiene Hawk Moth a mi prometida.

El muchacho levantó por fin la mirada y Adrien se encontró ante unos impactantes ojos azul verdosos. Lo había tomado por un simple rapazuelo, pero había algo en su mirada aguamarina, un brillo de inteligencia y conocimiento, que hizo pensar a Adrien que no se trataba de un muchacho corriente.

-¿Y quién es su prometida?

-La propietaria de El Jardín Secreto – informó con cautela.

Sabía que Marinette había ido a Whitechapel como dueña del burdel. En aquel barrio la conocían por su alter ego, por lo que si tenía alguna oportunidad de encontrarla sería como Ladybug.

Un brillo de reconocimiento fulguró en los ojos del chico.

-Sígame – ordenó, y sin mirar atrás salió disparado calle abajo y torció en el primer callejón.

Su velocidad era sorprendente: Adrien tuvo que correr para no perderle el paso. Giró tras él y llegó a tiempo para ver como murmuraba instrucciones a otros cinco pilluelos que se escondían entre las sombras del callejón. Segundos después salían disparados, cada uno en una dirección.

-Vamos a esperar aquí – indicó el chico, adoptando la postura indolente de antes. Adrien empezaba a sospechar que aquel aire perezoso enmascaraba una actitud avizora.

-¿Han ido a buscar a Waze?

-No; a su prometida. ¿Sabe? Por aquí la empiezan a conocer como el Angel de Whitechapel – explicó el muchacho -. Está haciendo mucho bien entre los niños y las prostitutas de este barrio, y no nos gustaría que le ocurriera nada malo. Ya he hecho correr la voz. Si está en Whitechapel, la localizaremos enseguida. Mis chicos son los espías perfectos: son muy numerosos, corren como la pólvora y pasan desapercibidos por los rincones del barrio. A fin de cuentas, si algo abunda en Whitechapel, además de las prostituas y las ratas, son los niños.

Adrien lo escuchó con atención, sorprendido por su dicción educada, lejos del acento cockey del principio.

-¿Tu eres Waze? – concluyó consternado.

El chico inclinó la cabeza a modo de saludo, reconociendo su identidad, y esbozó una sonrisa ladeada que dejó al descubierto unos dientes sorprendentemente blancos, sin duda divertido por el asombro de Adrien.

Diez minutos después, un niño de unos siete años surgió de entre las sombras. Cuchicheó con Waze y volvió a desaparecer.

-Parece que Lizzie, una vieja prostituta que trabaja en la calle Hungenford, ha visto como un hombre pegaba un tiro a otro por una mujer – explicó el muchacho -. Parecía una dama, y por aquí esas no abundan. Tal vez sea la suya. En ese callejón está la casa de Gretta, una de las alcahuetas que trabajan para Moth – añadió en tono despectivo -. Está muy cerca; no perdemos nasa por echar un ojo.

-Veo que has perdido el acento – apuntó Adrien, siguiendo al muchacho.

-Es parte del disfraz – reconoció el chico con un guiño pícaro.

¿Review? :)