La historia pertenece a Adriana Rubens y los personajes a Thomas Astruc. Mío solo es el tiempo que invierto en hacer esta adaptación.

Hola a todos! Doy señales de vida para deciros que este es ya el penúltimo capítulo de la historia. Hay una segunda parte que dejo a vuestra elección si adapto o no (sería la historia de Alya y Nino aunque podría ser Adrinette si lo preferís). Si no obtengo ningún tipo de respuest asumiré que preferís que me dedique a otras cosas.

Y ahora... A leer ;)

Capítulo 37

Cuando Marinette traspasó el umbral del que había considerado su hogar durante los diez últimos años, un sentimiento difícil de discernir le atenazó el estómago. En su fuero interno seguía preguntándose si no habría errado en su elección sobre lo que quería para su futuro. Había salido de allí con la firme convicción de que quería pasar su vida entre aquellas paredes, dedicada a la enseñanza. Pero ahora…

Ahora, mirando al hombre que la acompañaba y le ofrecía su brazo con una mezcla de ternura y posesividad, y que la observaba con adoración, cualquier atisbo de duda desapareció.

Su futuro, su felicidad, su vida, siempre estarían junto a él.

La señora Bustier salió a recibirlos con una sonrisa de bienvenida.

Marinette, querida, no sabes cuanto me alegra tu visita – exclamó con entusiasmo, tomando sus manos para apretarlas con afecto.

La muchacha contuvo el impuso de abrazarla. Sabía que esas demostraciones incomodaban a su mentora y lo respetaba, así que le devolvió el apretón y le sonrió con cariño.

-Caline, quiero presentarle a lord Adrien Agreste, marqués de Chat Noir y… mi prometido – añadió con una sonrisa de inmensa felicidad.

La señora Bustier la observó con sorpresa, pero pronto se hizo eco de la felicidad que evidenciaba el rostro de Marinette y sonrió con deleite.

-Enhorabuena, querida. Me alegra que hayas tomado la decisión que te hace más feliz – dijo, sincera -. Lord Agreste, espero que sepa valorar a la extraordinaria mujer con la que se va a casar – añadió con una mirada de advertencia hacia el marqués.

-No le quepa la menor duda. Marinette es mi mayor tesoro.

Esa afirmación se granjeó una mirada de aprobación por parte de la señora Bustier.

-Caline, hay…, hay una cosa que me gustaría hablar con usted.

Debió de leer en la mirada de Marinette que se trataba de algo serio, porque su expresión se volvió un tanto reservada y tensó el cuerpo.

-Como gustes, querida. ¿Pasamos a la biblioteca?

-Si no ha inconveniente, espero aquí – declaró Adrien, consciente de las intenciones de Marinette, ofreciéndole la intimidad que necesitaba para aquella conversación tan delicada.

Cuando estuvieron encerradas en la biblioteca, Marinette comenzó a hablar con cautela, sin saber muy bien cómo abordar el asunto.

-Recuerdo a la perfección el día que llegué al internado. Mi madre acababa de morir. Tía Natalie apareció de la nada y me trajo. Aunque lo intentaba disimular, estaba aterrada – reconoció, sin vergüenza -. Caline, siempre le estaré agradecida por la manera en que me acogió, las clases que me dio en privado para que alcanzara el nivel de las chicas de mi edad, el apoyo y cariño que siempre me ha demostrado… Siempre sentí que era especial para usted – añadió mirándola con fijeza -, pero hasta ahora no sabía por qué.

Aunque la señora Bustier estaba inmóvil, a Marinette no se le escapó el brillo fugaz que destelló en sus ojos, un instante de reconocimiento que la hizo palidecer ligeramente.

-Lo sabes – musitó.

No era una pregunta.

-Sí – confirmó Marinette -. Lo que todavía no sé es por qué me lo ocultó todos estos años.

La señora Bustier suspiró con alivio, como si con sus siguientes palabras se fuera a quitar de encima un peso que había arrastrado durante mucho tiempo.

-Vergüenza, remordimientos, miedo – musitó con pesar -. Elige cualquiera de los tres. De joven cometí muchos errores, pero el peor de todos fue abandonar a mis hermanas. Con catorce años tuve la oportunidad de unirme a una compañía itinerante de teatro, mediocre como poco, pero cualquier cosa era mejor que la vida que me esperaba en Whitechapel, así que me fui sin dudar. Al principio mantuve correspondencia con mis hermanas, pero cuando conocí al señor Bustier decidí cortar cualquier lazo con mi pasado. El señor Bustier era un erudito sin familia, con mucho dinero y pocas aspiraciones, que disfrutaba de una vida sencilla en el campo y solo buscaba un poco de compañía – explicó, recordándolo con cariño -. Se encaprichó de mí; tanto que se casó conmigo. Yo era como un reto para él, convencido de que las mujeres podían ser tan inteligentes como los hombres y con la guía adecuada, incluso una chica del arroyo como yo podía convertirse en toda una dama. Y cumplí con creces sus expectativas – afirmó con orgullo. Luego, su mirada se tornó triste -. Heredé todas sus posesiones y decidió convertir su mansión en una escuela para señoritas, una institución prestigiosa que ofreciera una educación a la altura de las escuelas masculinas.

-¿Y por qué no volvió a ponerse en contacto con sus hermanas? ¿No pensó que tal vez necesitaran su ayuda? – inquirió Marinette, tratando de entender.

-¡Lo hice! – exclamó la señora Bustier en voz alta, perdiendo un poco la compostura. Con un suspiro volvió a tranquilizarse -. Me puse en contacto con ellas. Pero tu madre era muy orgullosa para recibir limosnas. Siempre rechazó cualquier tipo de ayuda por mi parte. En cuanto a Natalie…

-Tía Natalie se aprovechó de su buena voluntad y empezó a chantajearla – advirtió Marinette, consciente de cómo era su tía.

-Para la directora de una academia de señoritas, la reputación lo es todo. Que se conociera mi verdadero origen habría supuesto la ruina – reconoció la señora Bustier, confirmando las sospechas de Marinette.

-Natalie nunca pagó por mi educación, ¿verdad?

Caline negó con la cabeza. Se levantó y se puso a andar sin rumbo, frotándose las manos como solía hacer cuando intentaba controlar una emoción profunda.

-No…, no supe de tu existencia hasta que te vi ante mi puerta. Su hubiese estado al tanto, habría insistido a tu madre para que aceptase mi ayuda; incluso te habría traído aquí – balbució -. No hacían falta chantajes para que me ocupara de ti. Por Dios, eres mi sobrina. Te quise desde el momento en que te vi – añadió con un sollozo.

Marinette se levantó al instante y corrió a abrazarla. La señora Bustier se puso rígida al principio, pero después se echó a temblar y sus brazos se cerraron con fuerza en torno a ella. La abrazó como no se había atrevido en todos aquellos años, como había deseado abrazarla un millar de veces, mientras las cálidas lágrimas brotaban de sus ojos y atemperaban su corazón.