Capítulo 18
— Has sido muy cruel con Alice —me reprochó Edward entre risas cuando íbamos en el coche de vuelta a nuestra casa.
— Ne he sido cruel —hice un mohín—, solo le he devuelto una de las muchas que le debía.
— En eso tienes razón... —sonrió— ¿Estás cansada? —preguntó después de un par de minutos en silencio.
Yo lo miré de reojo y casi se me atoró el aire en la garganta. La noche le sentaba tan bien a Edward... durante el día mirarlo podría considerarse que era todo un regalo, pero durante la noche... las sombras hacían que sus facciones se viesen más marcadas y fuertes, la luz de las farolas hacía que sus ojos pareciesen negros y brillasen de un modo especial. Y cuando sonreía, más que una expresión alegre, se veía como una amenaza, un gesto sexy que ponía de punta cada vello de mi cuerpo.
Carraspeé para disimular mi cuelgue habitual al mirarlo y sentí como mis mejillas enrojecían. Aun con el paso del tiempo y la confianza que nos teníamos el uno con el otro no podía evitar mis sonrojos, si no lo hacía unas diez veces al día no lo hacía nunca.
— ¿Estás cansada? —volvió a preguntar al ver que no contestaba y no pudo camuflar una nota de diversión en su voz.
— Estoy bien... —murmuré frunciendo el ceño.
No entendía cómo podía aturdirme tanto solo con mirarlo, era algo tan... absurdo ¡yo era absurda por reaccionar así! Pero es que era inevitable.
Cuando llegamos a casa, Edward dejó el coche en el estacionamiento y yo me bajé de él con cautela, el me observó en silencio y cuando llegué hasta el ascensor me acorraló contra la pared haciendo una jaula con sus brazos.
Se me entrecortó la respiración y al alzar un poco la mirada y cruzarme con la suya pude ver un brillo especial en sus ojos. Edward parecía un depredador a punto de saltar sobre su presa. Sentí como mi ropa interior se humedecía al instante... este hombre acabaría conmigo, cada día estaba más segura.
— ¿Que... —tragué saliva— qué se supone que haces? —pregunté con voz temblorosa.
— Quiero besarte —susurró haciendo que su aliento golpease mi rostro y me aturdiese.
— ¿Desde cuándo tienes que pedir permiso? —fruncí el ceño.
Edward soltó una risita y antes de que pudiese reaccionar sus labios estaban sobre los míos. Primero comenzaron a moverse lentamente, dejándome tiempo a responder, pero una vez que mis manos se alzaron y asieron con fuerza su camisa Edward gimió y se pegó más a mí mostrándome su excitación contra mi vientre.
Fue mi turno de gemir y sentí como mis piernas temblaban. Desde aquella noche en la que me dijo que me amaba no habíamos vuelto a hacer el amor, siempre había algo que nos lo impedía y hasta ese momento no había descubierto lo necesitada que estaba de él, de sus caricias... habían sido tres largas semanas de dormir en sus brazos y escuchar sus "Te amo" pero no lo había sentido piel con piel como esperaba hacerlo segundos después.
Las manos de Edward enredadas en mi cintura me hicieron perder todo contacto con cualquier pensamiento coherente que cruzase mi mente en ese momento. Una de mis manos se enterró entre su cabello y una de las suyas sujetó una de mis nalgas y me apretó más contra él.
Jadeé contra sus labios y él sonrió de lado suponiendo cual era mi estado.
— Edward yo... —intenté hablar, pero él me detuvo con un beso lento y suave.
— Me ocuparé de ti esta noche —susurró de nuevo.
Yo me quedé colgada en sus ojos, era tan fácil caer en su embrujo. Su voz era un arrullo, como el sonido de la flauta de un faquir y yo me sentía como la serpiente que bailaba a su son. Tiró de mi mano y en ese momento descubrí que habíamos llegado y que las puertas del ascensor se habían abierto. Abrió la puerta del apartamento y antes de que pudiese darme cuenta me había cogido en brazos y avanzaba a toda velocidad hacia la habitación principal donde me depositó con cuidado sobre la cama.
— ¿Estás bien? —preguntó—. Si quieres... si te encuentras cansada podemos... —coloqué una mano sobre sus labios para callarlo y él sonrió contra mis dedos.
— Estoy perfectamente —aseguré.
Edward se tumbó a mi lado y comenzó a acariciar mis piernas desnudas, ascendiendo lentamente hacia donde acababa mi falda y alzándola poco a poco.
— Te amo... lo sabes ¿cierto? —preguntó mirándome a los ojos.
— Lo sé —sonreí—, tanto como yo a ti.
Edward sonrió antes de besarme, y en cuanto sus labios rozaron los míos una vez más fue como si estuviese flotando en lugar de estar tumbada sobre el colchón. Sus manos se deslizaban lentamente por mi piel, desnudándome. Yo me aventuré y comencé a desabrochar los botones de su camisa rozando la piel de su pecho accidentalmente haciendo que se estremeciese.
Cuanto había echado de menos esos sonidos que salían de su garganta, el tacto de sus manos sobre mi piel... cuando estuve completamente desnuda Edward se enderezó y me miró mientras sonreía...fue solo un segundo, pero pude ver un destello de picardía en sus ojos. Me abrió las piernas con cuidado y se acuclilló entre ellas sin dejar de mirar mis ojos.
Yo lo observaba en silencio, la visión del cuerpo de Edward completamente desnudo y solo para mí era superior a cualquier sueño húmedo que hubiese tenido con anterioridad. Era un adonis, como un dios griego que había bajado desde el Olimpo para satisfacerme y lo aprovecharía... vaya que lo haría.
Mientras mi cabeza deba vueltas y más vueltas y mis ojos no perdían detalle de todo lo que su piel expuesta me dejaba ver, Edward se inclinó hacia delante y capturó uno de mis pechos con sus labios.
— Edward —exhalé sonoramente.
Él sonrió contra mi piel pero no se detuvo. Su lengua, sus labios y sus dientes, lamian besaban y mordisqueaban mi pezón sin ninguna piedad. Mis manos se enredaron en su pelo y lo atraje más contra mí. Sus labios descendieron por mi abdomen y de paró justo debajo de mi ombligo donde dio dos besos más intensos y me acarició con la palma de su mano abierta acariciando a nuestro bebé.
Mientras una sensación cálida inundaba mi pecho por lo que acababa de hacer, sus manos se aferraron a mis caderas y su lengua se adentró sin avisar entre mi sexo. Grité y me aferré a las sabanas con ambas manos ante la oleada de excitación que me invadió, Edward continuo jugando con sus labios, lengua y dientes me atacaron impasiblemente mientras gemidos y jadeos salían de mi garganta incontrolablemente.
Mi cuerpo temblaba, sentía mis piernas de gelatina y los dedos me dolían de lo fuerte que se apretaban contra la sabana. El cabello de Edward se mecía ante sus movimientos en mi entrepierna y nunca había visto algo tan excitante como eso.
— Edward... —gemí cuando comencé a sentir aquel hormigueo en mi estómago que vaticinaba que todo estaba a punto de explotar.
— Déjate ir —dijo separándose de mí durante un par de segundos.
— No así... no... te... te quiero dentro —gimoteé.
Edward sonrió contra mi sexo, pero en lugar de obedecerme introdujo dos dedos en mi interior de un solo golpe y mi espalda se arqueó en respuesta. Mi cabeza se desconectó de mi cuerpo y sentí como si una bomba estallase en mi interior y se esparciese por cada una de mis venas haciéndome gritar y retorcerme mientras el placer me abandonaba poco a poco.
Dejé mi cuerpo totalmente inerte sobre la cama mientras mis pulmones se encargaban de recuperar todo el aire que habían perdido. Sentía los músculos adoloridos y cansados, y mis ojos luchaban por cerrarse. Pero no... no podía permitirlo, quería que Edward disfrutase tanto como yo, necesitaba que gruñese, que gritase mi nombre, e iba a conseguirlo a como diese lugar.
Me enderecé lentamente y lo miré, tenía una sonrisa arrogante y su cabello estaba más revuelto de lo habitual. De un empujón hice que se tumbara sobre la cama y me senté a horcajadas sobre él. Lo besé profundamente, saboreando mi propio sabor en el proceso, Edward intentó sujetarme por las caderas, pero alejé sus manos de mi cuerpo y las coloqué a ambos lados de su cabeza.
Me alejé para mirarlo y todo él era un pecado, pero no importaba ir al infierno si podía compartirlo con él. Me abalancé sobre su cuello y lo lamí y mordí sin descanso. Edward se retorcía debajo de mí, sabía que ansiaba tocarme pero yo todavía tenía sujetas sus manos. Él podría haberse deshecho de mi agarre ya que tenía más fuerza que yo, pero me estaba complaciendo.
Solté sus manos y bajé con mis besos y mordiscos por su pecho deteniéndome en sus pezones. Edward temblaba y una ligera capa de sudor cubría su cuerpo, sonreí orgullosa de saber que todo eso lo estaba provocando yo, la mujer a la que él amaba.
Llegué a su estómago y jugueteé con mi lengua en su ombligo a la vez que con mis uñas arañaba ligeramente sus costados haciendo que sisease entre dientes y sus caderas se alzasen ligeramente.
— Bella —dijo con voz ronca.
Sujeté su miembro con ambas manos, en algún momento de mi adolescencia había llegado a temerlo por su tamaño, no es que fuese excesivamente grande, pero sí que asustaba un poco. Ahora me reía de mí misma por temer de algo así, Edward encajaba en mi cuerpo perfectamente.
Edward, suponiendo que estaba a punto de meterme su miembro en la boca, me sujetó por las muñecas y me obligó a sentarme de nuevo a horcajadas sobre sus caderas.
— No lo hagas —suplicó.
— ¿Por qué? Yo quiero... —protesté.
— Estoy demasiado cerca y no... podría soportarlo —diciendo eso y de un solo empujón se introdujo en mí por completo. Aguanté la respiración y me sujeté de sus brazos—, quiero correrme dentro de ti, quiero ser parte de ti una vez más.
Yo solo pude suspirar ante su confesión y dejarme llevar. Mis caderas comenzaron a mecerse en un sube baja constante pero a la vez lento. Edward me apretaba con tanta fuerza que temía que al día siguiente las marcas de sus dedos adornarían mi piel, pero eso era lo que menos me importaba en ese momento. Lo sentía parte de mí, su cuerpo era una extensión del mío, sentía sus emociones como mías y sus gemidos y gruñidos enviaban latigazos de placer a mi bajo vientre.
El ritmo aceleró levemente, Edward estaba cada vez más sudado y su respiración era más errática. Yo no estaba en mejor estado, sentía como cada vez estaba más al borde y cuando su caderas se alzaron para recibir a las mías fue como si estallasen mil fuegos artificiales haciéndome gritar su nombre a todo pulmón. Edward gruñó y sus dedos se enterraron en mi piel a la vez que sentía como su esencia se deslizaba poco a poco por mi interior.
Me dejé caer sobre él, sin fuerzas, totalmente exhausta pero feliz... estábamos unidos a un nivel que creía casi imposible, Edward era mi todo y yo era el suyo. Cada día estaba más segura de eso y después de hacer el amor de ese modo, como nunca antes lo habíamos hecho, estaba mucho más segura de ello.
Me desperté a la mañana siguiente un poco desorientada, mi cabeza daba vueltas y Edward no estaba a mi lado. Por un momento llegué a pensar que lo sucedido la noche anterior había sido solo un sueño producto de mi necesidad, pero cuando Edward entró en la habitación completamente desnudo y portando una bandeja con el desayuno, fue cuando me di cuenta de que todo había pasado realmente. Una sonrisa se pegó a mis labios y por mucho que quise evitarlo mi mirada descendió por su pecho y acabó ahí... ahí donde ese caminito de vellos desde su ombligo se perdía poco a poco hacia abajo, allí donde su abdominales formaban una perfecta uve al unirse con su caderas. Por más que intentaba volver mi mirada más hacía arriba mis ojos no me obedecían y tendían a bajar y centrarse en ese pequeño punto, que inexplicablemente (o quizás no tanto) cada vez estaba de mayor tamaño. Intenté una vez mirar otro lugar, sus ojos, sus pectorales que también me llamaban la atención, pero no... volvía ahí, ahí, ahí, ahí...
Suspiré como una tonta enamorada y una obsesa del sexo con mi prometido, wow que bien sonaba eso, y Edward soltó una risita entre dientes.
— ¿Ves algo que te guste? —mientras preguntó eso, su miembro dio un respingo involuntario aumentando un poquito más su tamaño, lo que me hizo sonreír.
—A mí sí me gusta, pero parece que no soy la única, el pequeño Eddie ya se está poniendo firme —le guiñé un ojo y Edward estalló en carcajadas justo después de dejar la bandeja sobre la mesita de noche.
Se tumbó a mi lado y me atrajo hacia su cuerpo para comenzar a besarme. El beso comenzó suave y tranquilo, pero a los pocos segundos se volvió feroz y hambriento. Lo único que separaba nuestros cuerpos era la fina sábana que me cubría parcialmente y yo me moría de ganas de apartarla y continuar como la noche anterior, pero Edward se alejó de mí jadeando y después de unos segundos en los que pareció concentrarse para no perder los papeles, me miró y sonrió con una disculpa demostrada en sus ojos.
— Son casi las doce y no has comido nada desde ayer... come —me ordenó con dulzura.
Yo refunfuñé mientras cogía una tostada de la bandeja y la mordisqueé a mala gana. No estaba pensando en comer en ese momento... ¿Es que no entendía que las embarazadas también tenemos otro tipo de apetitos? Él solo rió por mi reacción y comenzó a tomar su café como si la cosa no fuese con él.
Una vez que hube desayunado me volví a abalanzar sobre él, nos besamos largo rato hasta que el ambiente volvió a caldearse de nuevo y él me detuvo una vez más, estaba por levantarme de la cama buscar un zapato y tirárselo a la cabeza, más que nada porque solo me detenía y no me explicaba el por qué.
— Ve a darte una ducha y ponte algo cómodo y deportivas —me dijo con una sonrisa mientras yo volvía a refunfuñar de brazos cruzados.
— ¿Para qué? —pregunté con el ceño fruncido—. ¿Es que ahora te ponen las deportistas?
La carcajada que dejó salir de sus labios hizo vibrar toda la cama, y si no fuese imposible juraría que hasta los cristales.
— Tú solo hazlo, tengo una sorpresa para ti —si más se puso en pie dándome una visión de perfecta sus nalgas tan redonditas y respingonas, esas que solo me invitaban a ponerme en pie y darle un mordisco. Pero su imagen se perdió por la puerta justo después de coger varias prendas de ropa en el armario.
Enfurruñada de nuevo me metí en la ducha y después me puse algo cómodo como él me había dicho, aunque no tenía ganas de ir a ningún lugar, estar todo el día desnuda en la cama con él a mi lado era lo mejor para pasar la tarde de domingo. Pero si él quería salir, no me costaba nada complacerlo...
Condujo en el volvo hasta la casa de sus padres, pero cuando pasamos de largo la mansión Cullen me extrañó demasiado que no se detuviese.
— ¿A dónde vamos? —pregunté intrigada.
— ¿Te he dicho ya que es un sorpresa? —inquirió a lo que yo asentí—. Pues no preguntes, porque no te diré nada.
Le eché la lengua infantilmente y él volvió a reírse de mi reacción... tener prometido para esto... bufé.
El camino por el que el Volvo avanzaba se me hacía conocido, pero no recordaba haber pasado nunca por allí. Por un momento me pareció reconocer el lugar, pero faltaban unos cuantos árboles para ser exactamente lo que yo pensaba. Hasta que él coche de detuvo y yo me quedé observando todo con el ceño fruncido.
Estábamos en lo que parecía nuestro prado, todo era más o menos igual a como lo recordaba años atrás, no recordaba realmente mucho ya que desde que me fui a la universidad no fui capaz de volver a ese lugar. En cuanto ponía un pie en el estrecho camino de acceso, una oleada de recuerdos sobre todo lo que había vivido allí con Edward me hacía retroceder ante un dolor lacerante en mi pecho.
El prado conservaba los árboles que lo bordeaban en forma de círculo, a excepción de tres o cuatro que habían sido talados para permitir que se construyese un camino de acceso por el que cupiese un coche o un camión de mudanzas si es que fuese necesario.
En el centro del prado había un hueco, solo eso... nada más a excepción de un pequeño cubículo metálico en el que parecía que habían colocado una especie de oficina. Parpadeé confundida y miré a Edward. Él solo me sonrió y bajó del coche para ayudarme a hacerlo a mí segundos después.
Con mi mano todavía entre la suya avanzamos hasta quedarnos justo enfrente de aquel enorme agujero en el que cabría prácticamente una cancha de baloncesto, o al menos parte de ella.
— ¿Qué...? —me detuve porque no sabía bien que preguntar.
Un "¿Qué es esto?" habría quedado estúpido porque se veía claramente que era nuestro prado pero con un hueco en medio. Un "¿qué hacemos aquí?" habría quedado mejor, pero como ya sabía lo que me iba a contestar "Es una sorpresa" no lo pregunté.
— ¿Qué me dices? —preguntó con una enorme sonrisa.
Yo intenté devolvérsela, pero creo que no lo conseguí porque su ceño se frunció.
— ¿No te gusta la situación? —preguntó preocupado—. Con Jasper estuvimos decidiendo que lo mejor sería hacerla en el centro, así quedaba el jardín alrededor e incluso podríamos poner una piscina, aunque aquí en Forks la utilizaríamos muy poco —arrugó nariz—. Las obras todavía no han comenzado, por lo que si ves algo que no te gusta todavía estamos a tiempo de cambiarlo.
Su mirada era transparente y estaba cargada de ilusión, tanta que se me formó un nudo en la garganta que casi no me dejaba hablar.
— ¿Qué... qué es esto? —balbuceé.
Edward pardeó un par de veces y sonrió, con esa sonrisa condescendiente que tan bien conocía, esa que podría traducirse como "tonta Bella... es más que obvio" pero pareció morderse la lengua para no decirlo. Más bien se colocó detrás de mí y pasó sus manos por mi cintura dejándolas descansar sobre mi poco abultado vientre, sobre nuestro hijo.
— Es nuestra casa... o lo será algún día —susurró en mi oído con voz dulce—, estamos exactamente donde estarán las escaleras del porche. Habrá justo tres, y después de subirlas, a tu derecha, pondremos un columpio para que en las tardes cálidas como esta puedas acurrucarte a mi lado y veamos el crepúsculo. Además —nos giró dándole la espalda al hueco del suelo—, justo allí —señaló un punto a su derecha una vez más— quería poner un par de columpios y un tobogán, así podremos vigilar a los niños cuando jueguen mientras estamos sentados los dos ahí.
— Ed... Edward... —susurré mientras intentaba contener las lágrimas, la imágenes que se estaban formando en mi mente estaban siendo demasiado perfectas, todo era demasiado bonito.
— ¿No te gusta? —preguntó con precaución—. Ya te he dicho que podemos cambiar lo que quieras, he visto los planos esta mañana y Jasper me ha dicho que mañana nos podrá enseñar una maqueta, no es el procedimiento habitual pero lo ha hecho por nosotros.
— Me encanta —susurré girándome entre sus brazos para poder mirar sus ojos. Esos ojos que brillaban como si fuesen dos soles, esos ojos me turbaban y me hacían perder la cabeza—, es perfecta.
— Me alegro de te guste, porque a mí también me encanta —dijo justo antes de besarme con ternura.
