Disclaimer: Los personajes de la Saga Crepúsculo son creación de la Sra. S. Meyer y la historia es adaptación de una novela contemporánea, cuya autora y biografía se publicarán al final. Es la continuación de MI QUERIDO PRESIDENTE. La producción de este fics es una mera actividad recreativa, sin fines de lucro. - Advertencia: Lenguaje adulto.


Vida

Isabella

—Esta chica en la fotografía —dice mi marido mientras mira fijamente su regalo, tocando con un dedo el cristal, levantando una ceja—. La quiero. Siempre.

—Se lo haré saber —digo en un jadeo, sin aliento al ver la expresión de sus ojos.

La deja a un lado y avanza hacia mí, en una toalla, listo…

—Asumo que intentaba hacer que estuviera siempre en erección, con esa mirada seductora que me enciende.

Me río.

—¡No era una mirada insinuante para que te enciendas! Alice me dijo que pensara en ti y sólo lo hice…

—¿Esa es la expresión en tu cara cuando piensas en mí? —Pregunta, inclinándose hacia adelante.

Asiento sin aliento mientras ahueca mi cara.

—Piensa en mí ahora —ordena, su voz ronca, observando.

Miro su cara.

—No puedo. Estoy demasiado ocupada mirándote.

—Cierra los ojos entonces, y piensa en mí.

Cierro los ojos, riendo, sintiendo sus ojos sobre mí.

Entonces me lo imagino, allí de pie mirándome, en esa toalla, caliente como el infierno. Me imagino la expresión de su cara cuando le di el retrato que Alice hizo para mí, en elegante blanco y negro, con un marco de oro elegante. Me imagino la forma en que sus ojos me bebieron, casi como si estuviera viva en la imagen y él esperase que saltara fuera del marco y lo tomara.

Comienzo a respirar con dificultad, y entonces siento el fantasma de su tacto, sus nudillos corriendo por mi mejilla. Mis pulmones apretándose por más aire mientras su mano cae un poco más, acariciando la piel revelada por mi propia toalla.

—Eres exquisita —dice, respirando contra mis labios cuando se apodera de la parte posterior de mi cabeza, y su beso es tan profundo, mis dedos se doblan y todos los átomos de mi cuerpo parecen estremecerse.

—¿Me quieres de nuevo? —Respiro. Acabamos de tener sexo en la ducha.

Somos como recién casados; no importa que estemos de vuelta en la Casa Blanca. Estoy sedienta por él, y él por mí.

—Sí —dice, dejando caer mi toalla. Me desmayo un poco cuando libera su propia toalla y me lleva en sus brazos, piel con piel, nuestras bocas juntándose, sus manos acariciando mi piel húmeda.

Al día siguiente, después de que me apresuro a vestirme y luego de ver a Ed poniéndose su traje y sus gemelos para irse al Despacho Oval con su escolta, quien estaba esperando en la puerta, encuentro, en mi escritorio en el Ala Este, una notita de su puño y letra.

Señora Cullen …

Te quiero.

PD: Bonita falda.

Sonrío. Me parece gracioso, porque le dije que me gustaría responder a algunos de los mensajes que la Casa Blanca recibe diariamente. Fue hace sólo unos días, en Camp David, y me encuentro recordándolo como si estuviera de nuevo en sus brazos, allí mismo.

—Ed, ¿sabes todas las cartas que llegan a la Casa Blanca diariamente?

—Hmm. —Está durmiéndose, mi cabeza está sobre su brazo doblado, descansando justo en su bíceps.

—Tienes unas pocas al día en tu escritorio. Para responder —especifiqué.

—Uhmm. —Asiente con la cabeza, escondiendo su cabeza y metiendo su nariz contra mi nariz, olfateándome.

—¿Sería posible que contestase algunas también?

Él sonríe contra mi garganta, y de prisa digo—: No es necesario, sólo si estás de acuerdo.

—Te gustan tus cartas, ¿no? —Dice, acariciando mi abdomen con la punta de su dedo.

—Bueno, supongo que sí —digo, sonriendo en la oscuridad.

—Te escribiré mi respuesta entonces.

Yo frunzo el ceño.

—¿Qué? ¿Me vas a escribir una carta? —Pregunto, sin habla. ¿Qué tan complicado quiere hacer esto?

Entonces me di cuenta de que está escribiendo con la punta de su dedo, en mi piel.

Cosquillas recorren mi cuerpo mientras miro hacia abajo y veo, absorta, como su dedo forma las letras,

B y E

Mi abdomen se aprieta. Dios es tan atractivo, no puedo quedarme quieta. Reprimo el impulso de retorcerme mientras su largo dedo dibuja exquisita y lentamente, alrededor de mi ombligo, un corazón.

Todavía sigue sonriendo, pero mirándome ahora, con sus ojos brillando.

—¿Contenta, esposa? —Dice en voz baja.

Aprieto mis labios y luego los presiono contra los suyos, donde murmuro—: Sí. —Antes de que muerda mi labio inferior, lo mete lentamente en su boca, y eso es todo sobre la conversación de negocios de esta noche.

Ahora veo su nota, justo encima de una pila de cartas. Sabe que me encanta mis cartas y me parece que la nota de Ed es sólo la primera de docenas de cartas que ahora están en mi escritorio.

La guarde en el cajón, todavía sorprendida cuando mis ojos bajan a mi mano y veo los brillantes anillos de compromiso y de boda en mi dedo.

Edward

—¿Me estás diciendo que es un callejón sin salida?

Somos yo y Cox es de nuevo en el Despacho Oval.

—Eso parece, Señor Presidente.

Cox señala las imágenes de las cartas, cada una fotografiada en una bolsa de plástico, en mi escritorio. —Hemos buscado las cartas similares a la que te enviaron, todas aquellas que encontramos que eran de la fecha de tu padre, y todas las huellas coinciden con gente de la Casa Blanca. Una solo coincide con un externo. —Cox saca una fotografía de un hombre alto, calvo—. Hemos enviado a un equipo. El chico trabajó en la oficina de correos en Milwaukee alrededor de cuando fechan las cartas. No recuerda nada. Froto mi pulgar sin descanso sobre mi labio inferior. —¿Alguna otra pista?

—Negativo, Señor.

—Sigamos buscando.

—Sí Señor.

Sale, y por un segundo, muelo mis molares y miro la fotografía de mi padre en mi escritorio mientras saco los archivos y me preparo para mi reunión con el Fiscal General.

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Isabella

Una semana después de nuestro regreso de Camp David, me deslizo en mi sujetador y me siento un poco hinchada cuando me pongo la falda. La semana pasada, cuando me di cuenta de que tenía un retraso, lo atribuí a los enormes cambios de vida de los últimos meses, además del hecho de que la píldora podría estar causando algún desarreglo, pero ahora estoy preocupada. No soy tan irregular. Nunca lo he sido.

No puedo dejar de pensar en ello mientras hago una entrevista en una de las habitaciones de la Casa Blanca. Cuando terminamos, llamo a mi secretaria de prensa. Laurent tiene treinta y cinco años, joven y decidida, he desarrollado una buena amistad con ella.

Aunque pueda estar más cerca de Alice, como es nueva en la Casa Blanca como yo, Laurent es un poco más inteligente con los secretos y realmente necesito que esto esté entre nosotras. Me encuentra en el Salón Oval Amarillo, donde he estado caminando sin parar.

—Necesito un favor.

—Cualquier cosa.

—Necesito que Emily venga a visitarme. Y encontrar una manera de conseguir discretamente una prueba de embarazo.

—Eso no es necesario. Me pondré en marcha. —Su sonrisa de oreja logra transformar mi preocupación en una anticipación jubilosa.

—Gracias, Laurent.

No le toma mucho tiempo. Menos de una hora más tarde, regresa con una bolsa de plástico sin marca en la mano.

—Tuve cuidado a quien le mandé a comprarlas. Pedí varias marcas. —¿ Las entrega, sonriendo—. Estoy nerviosa y emocionada por ti.

—Estoy nerviosa y emocionada también.

Se va, y me apresuro por el pasillo al dormitorio de las reinas y paso por todo el procedimiento. Cuatro veces. Cada uno de esas ocasiones, es positivo.

Estoy embarazada del bebe de Edward Cullen.

Miro las pruebas con perplejidad, asombro, emoción, y miedo. Termino paralizada por el miedo.

El shock me golpea.

Estoy confundida, vagando inquieta por los pasillos mientras espero a que termine su trabajo diario en el ala oeste. Llamo a Rosalie y le pregunto cuando puedo ver al Presidente.

Él está en una reunión de gabinete, pero me asegura que me dejará saber cuándo él haya terminado y me coloca antes de que se reúna con su consejero de seguridad nacional.

Cuarenta y ocho minutos más tarde, entro en el Salón Oval, y Ed mira hacia abajo unos papeles, sus gafas posadas en su elegante nariz, una de sus manos agarrándose el cabello como si estuviera frustrado. Algún proyecto de ley que no está saliendo como quiere, supongo.

—¿Ed?

Respiro en jadeos superficiales y rápidos y coloco mi mano sobre mi estómago mientras levanta la cabeza, la preocupación se graba en su rostro.

—Estoy embarazada. —Mi voz es tranquila, preocupada, pero aterriza como un peso gigantesco en la habitación.

Ed se aparta lentamente sus gafas para mirarme, levantando una ceja. Su rostro pensativo, fuerte e ilegible. Hay un rayo de esperanza en sus ojos verdes: esperanza y algo crudo y primitivo.

—Estoy embarazada. Estoy tratando de mantener la calma y de no asustarme — admito, mi voz sonando a un susurro.

Sus ojos parpadean como si estuviera luchando contra alguna emoción innombrable; Baja la cabeza por un largo y eterno minuto.

Y luego pone sus gafas a un lado y patea la silla hacia atrás, cruza la habitación, me agarra por la barbilla para que mis ojos estén a la altura de los suyos, y pone su mano sobre mi estómago, bajando la cabeza, inhala y pone su frente en la mía.

—Dilo. Otra vez —gruñe.

Diez minutos después, estoy aún mirando su mano apoyada contra mi vientre mientras nos tumbamos en la cama. Mi corazón está corriendo y prácticamente a punto de saltar fuera de mi cuerpo. En realidad, no ha dicho nada. Simplemente abrió la puerta del salón oval, sacudió la cabeza en dirección al vestíbulo y lo seguí.

Seguí por el pasillo y subí las escaleras hasta la residencia, y hasta su habitación, donde cerró la puerta con un suave clic.

Me acuesto en su cama, observándolo patear sus zapatos y venir a sentarse a mi lado, su mano tirando de mi camisa hacia arriba y descansando sobre mi estómago, sus ojos firmemente sujetos a mí como su mano.

Empiezo a hablar.

—Sé que esto es una locura, pero yo... —Mi voz se rompe entonces, porque la mano comienza a frotar suavemente contra mi vientre. Un movimiento calmante que sólo me hace exhalar y derretirme más lejos en las almohadas de la cama.

La piel bronceada y lisa de su mano contrasta con la blanca y lechosa piel de mi estómago mientras sube y baja con cada respiración que tomo.

Miro esa mano y siento que las ondas de emoción chocan contra mí. Entusiasmo, miedo, asombro...

Su cabeza está ahora inclinada hacia mi estómago. Todavía no ha dicho nada.

Estoy prácticamente llena de nervios.

—Ed ... Por favor di algo —suplico suavemente.

No sabía cómo reaccionaría, e incluso consideré mostrarle la marca positiva de la primera prueba de embarazo que tomé. No importan los tres positivos posteriores que conseguí después de eso. Pero no lo hice. Sólo dije las palabras. Dios. Acaba de jurar en el cargo, está simplemente estableciendo sus planes para crear un cambio real en el país.

Un bebé es lo último que necesita ahora mismo... Lo abrumaría y lo estresaría más allá de lo creíble.

Pero ahora, no hay forma de evitarlo, y mi corazón se aprieta mientras miro a este hombre, su cabello suave y cobrizo balanceándose sobre mi estómago, su mano calmando mi vientre.

Me doy cuenta de que puede estar decepcionado. O tal vez está contemplando como manejar esto. Las conferencias de prensa que necesitamos celebrar, cómo decirle a su madre... Entonces siento sus ojos en mí.

Sus ojos son increíblemente verdes claros, brillantes como estanques. Brillan como si estuviera luchando contra alguna emoción que no quiere sentir ni reconocer.

—Ni siquiera sé por dónde empezar... —Su voz se hace más espesa, pero su expresión me dice lo que no dice con palabras. Toma mi rostro en sus dos manos y me besa ferozmente, diciéndome todo lo que necesito saber.

De repente, mientras me chupa la lengua con tanta sed que mis dedos se curvan, realmente quiero llorar.

Porque no planeé a este bebé. Tampoco él.

Pero lo quiero. Quiero que también lo quiera.

Cuando retrocede, me mira con propiedad, sus ojos se iluminan como tizones, su expresión es tan áspera de emoción y, sin embargo, tan tierna.

—Te quiero tanto —dice en voz baja, acariciando mi rostro con una cálida mano—. Tú lo sabes.

Sus labios besan mi frente mientras susurra—: Dios, realmente no quiero arruinarlo ahora.

Se tira hacia atrás para agacharse de nuevo sobre mi estómago, y veo la expresión de asombro en sus ojos mientras besa justo debajo de mi ombligo. Frota la mejilla contra ese mismo punto y nuestros ojos se cierran.

Vamos a tener un bebé.

Mierda.

Un millón de realizaciones comienzan a precipitarse en mi cabeza.

Tengo el bebé de este hombre dentro de mí. Vamos a ser una familia. Voy a hacer de él un padre. ¡Voy a ser una mamá!

¡Santo cielo!

¿Estamos listos?

Lo miro y ve la preocupación en mis ojos y sacude la cabeza, señalándome que no me preocupe.

Asiento con la cabeza y susurro—: ¿Y si no estamos listos?

Me mira y se acerca a mí sentándose a mi lado, tomándome en sus brazos. Me frota la espalda con sus manos grandes y calientes, y me dejo ser, apoyada por él.

—Tengo miedo —suspiro. Lo amo tanto que siento que mi corazón se romperá con la magnitud. Siento lágrimas en los ojos mientras pienso en todo lo que es y todo lo que ha hecho. Es más, de lo que siempre he deseado, más de lo que jamás he soñado, y lloro lágrimas silenciosas, agradeciendo al mundo y al universo por darme un hombre así.

—Te quiero, Isabella —dice contra mi oído. Vuelve la cabeza para mirarme a los ojos—. No voy a mentir, tengo miedo también. No quiero dejar a este niño sin padre. Peor aún, no quiero ser mi padre... no para ti, no para este niño.

Veo el miedo en sus ojos cuando dice eso, y me recuerda su vida creciendo en la Casa Blanca.

—Sé que no querías una familia mientras estas en la Casa Blanca. Me siento fatal de que te vayas a cargar...

—No es una carga. Quiero a este bebé tanto como te quiero. —Me mira, luego traga—. Mierda. —Se ríe entre dientes.

Enmarca mi rostro en sus manos y me mira a los ojos.

—Lo quiero. Voy a estar aquí para ti, y para este bebé. —Suena tan determinado como un Señor de la guerra—. Jesús, hermosa. Ven acá.

Empujo mis miedos a un lado mientras se acerca a mi rostro y me besa con una ternura tan hermosa y cariñosa, que no sé si sonreír o llorar.

Supongo que la gente no estaba bromeando cuando dicen que las hormonas del embarazo te hacen muy emocional...

Me río un poco de eso y él me sonríe.

—Isabella... Estoy increíblemente excitado por la idea de que llevas a mi hijo... nuestro hijo... Dentro de ti. —Sus ojos sostienen los míos cuando él dice firmemente—. Esto es perfecto. El momento. Mi mujer. Nuestro niño... Por favor, no quiero que te preocupes —advierte, lanzándome una severa mirada.

Asiento, mis miedos apaciguados mientras le miro a los ojos y me doy cuenta de que tiene toda la razón. Nunca he estado más enamorada. Más comprometida con alguien que con él.

Sé que intentará hacer que esto funcione, de alguna manera.

Me doy cuenta que no sólo quiero ser su esposa, quiero ser la madre de sus hijos y quiero que sea el padre de mis hijos. Quiero tener una familia con este hombre. Quiero a este bebé más que nada y cuando lo miro mirando mi vientre de nuevo, sé que esto es perfecto, y que estaremos bien. Ahora es mi turno de tomar su rostro en mis manos y le digo—: Edward Cullen, estoy tan enamorada de ti, ya no sé qué hacer conmigo misma.

Sonríe y besa mis labios.

—Te voy a mimar sin sentido, porque no quiero nada más que lo mejor para mi bebé y su hermosa madre.

Me río y luego gruño.

—¿Hermosa? Si soy como mi madre, voy a ser un espectáculo durante mi embarazo.

Él sacude la cabeza, luego su mirada vuelve a mi estómago y gruñe—: Vas a parecer increíblemente sexy, por no mencionar completamente deseable. No podré mantener mis manos fuera de ti... —Traza su lengua desde mi ombligo hasta la línea de mis bragas, y de repente las cosas toman un giro muy diferente.

Juego con su juego y le doy un suspiro exagerado.

—No lo sé, Ed ... Creo que querrás que duerma en mi habitación en lugar de contigo porque voy a ocupar demasiado espacio en la cama y podría no ser demasiado atractiva.

Mira hacia arriba desde donde estaba lamiendo, para mi consternación, a mi pesar, pero la mirada en su rostro me hace reír porque este hombre va totalmente en serio.

—El día que no me sienta atraído por ti, estaré muerto —dice, mientras desabrocha mis pantalones.

—¿Qué estás haciendo? —Exclamo, la emoción construyéndose tanto en mi corazón como en otro lugar. Finjo preocupación y digo—, ¿estamos teniendo sexo?

—¡No puedes estar hablando en serio! Estamos teniendo mucho sexo —afirma, besando a lo largo de mi estómago—. No soy el tipo de hombre —besa de nuevo—, de negarse a sí mismo a su mujer. —Otro beso—. Creo que es muy excitante que estés llevando a mi hijo y eso me da ganas de darte todo tipo de placer.

—¿De verdad? —Digo. Mi corazón prácticamente se quemó escuchando sus palabras.

—Sí... empezando ahora mismo.

Lo siento tirando de mis pantalones, y junto con ellos mis bragas.

Mi aliento queda atrapado en mi garganta.

—Ed ...

—Shhh... Déjame —dice. Trago y asiento, incapaz de pronunciar palabras mientras su cálida lengua lame lentamente a lo largo de mis muslos.

—¿No tienes trabajo que hacer?

—Volveré al trabajo tan pronto como te vengas. En mi lengua, nena —canturrea suavemente la orden, lamiendo con su lengua caliente alrededor y dentro de mí. Está de regreso en el Salón Oval en doce minutos.

Soy así de fácil.

O tal vez el Presidente es así de bueno.

Llama al médico de la Casa Blanca para que venga a verme, y él declara que tanto la madre como el bebé están sanos y la fecha del parto es a principios de diciembre. Ahora voy a visitar a su madre en la Sala Roja.

—Cuando Ed me llamó para decirme las noticias, no podía creer que sería una abuela tan pronto —me dice, su expresión animada, sus ojos brillantes mientras me pasa una taza de té y se sienta en la mesa de café frente a mí.

—Gracias, Señora Cullen.

—Esme, por favor. ¿Has decidido cuándo lo anunciarás al mundo?

Sacudo la cabeza.

—No lo hemos discutido. Supongo que no podemos guardarlo por mucho tiempo.—Sonrío, extendiendo una mano sobre mi chaqueta, justo sobre el bebé.

Sus ojos se nublan y se detiene a mitad de camino para tomar un sorbo de té.

Coloca su taza sobre la mesa, su expresión sobria, y casi surrealistamente comprensiva.

—Sé que este estilo de vida puede ser duro, especialmente con un bebé en camino. Te sientes observada, vulnerable, y como si no tuvieras derecho como cualquier otra persona, a cometer un error. Se pone más fácil, pero nunca demasiado fácil. —Sonríe alentadoramente y luego dice—: podía escuchar la preocupación en la voz de mi hijo cuando me dijo que iba a ser padre. Sabes que le preocupa hacer las mismas cosas que su padre, cometer los mismos errores...

—Lo sé.

Ella se calma y luego continúa.

—Es un gran hombre, como su padre, ambicioso, decidido, noble. Estará a tu lado, nunca querrá ser el que te haga daño, o te abandone a ti o a este bebé. —Con los ojos llorosos presiona sus labios como tratando de conseguir controlarse, luego se para y viene a tomar asiento a mi lado. Toma mis manos en las suyas, apretando.—Bienvenidos a la familia, a este pequeño bebé... Y tú, Isabella. No he tenido la oportunidad de decirlo... Bienvenida.

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Isabella

Las galas son mi vida ahora. Los vestidos, los accesorios. Estoy envuelta en telas finas y en los brazos de Ed mientras miramos la televisión.

..."Ella pasó de ciudadano privado a figura pública y lo manejó con gracia y estilo. Estoy orgulloso de ella.

Y sobre mis rumores de embarazo, dirigiéndome a ellos ocho semanas después de que nos enteramos—: Eso es correcto. Voy a ser padre dentro de seis meses. Les pido amablemente a los más desvergonzados de ustedes… —se dirigió a la prensa con una mirada de advertencia y una sonrisa—, tomar las cosas con calma por mi esposa.

—Señor Cullen, ¿es un niño o una niña?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Quiere hacerlo?

—Definitivamente sí. —Él sonrió."..

Yo restauro las camas de tulipanes, y añado patos para acompañar a los cisnes en la fuente sur. Soy la dueña de la Casa Blanca.

Planeo eventos en los que los artistas deslumbran al público, dispuestos en honor a nuestros invitados. Organizo la presentación de un cantante famoso para realizar el himno nacional cuando alguien importante viene de visita.

Doy charlas en escuelas primarias y secundarias e invito a las escuelas a organizar excursiones a la Casa Blanca, donde planeo cenas estatales para los niños (que son realmente almuerzos), con alimentos saludables.

Mis fines de semana me dedico a la planificación de estos eventos, incluyendo los que se celebran para jefes de Estado extranjeros.

Trato de hacer malabares con todo, prestando la máxima atención a cada detalle de las cenas de estado que estaremos recibiendo, la siguiente será la cena del Presidente Kebchov este fin de semana. Desde la ropa de cama, a los platos, a las flores, a la comida, a la disposición de la mesa y el entretenimiento. Quiero que todos los que atraviesen nuestras puertas, sean arrasados por la elegancia y el glamour de la Casa Blanca.

Hay una historia en cada pared, cada artefacto, una historia en cada habitación.

Leyendo sobre ellos, sabiendo que Abe Lincoln caminó por estos pasillos, JFK y Jackie hicieron el amor en las mismas habitaciones de Ed Cullen y yo, es humillante.

Tan humillante, que ha sido difícil de creer que yo, sólo una niña, una que no tenía interés en la política para empezar, pero estaba demasiado encantada por un hombre a permanecer lejos, podría merecerlo.

Pero estoy aquí, sin embargo, y estoy aquí para servir, y quiero hacer una diferencia. Quiero poseer hasta mi sueño de la niñez y tomar esta oportunidad de hacerla una realidad. Quiero tocar las vidas de la manera en que Ed y su padre tocaron la mía, el día que vinieron a cenar a mi casa y me trataron como si tuviera algo bueno que ofrecer. Todos lo hacemos; a veces sólo necesitamos a alguien que nos lo diga.

Así que trato de mantener mi horario pesado en los días que Ed está viajando, y más ligeros cuando está en casa. Y a veces, cuando ambos llegamos a casa después de un agotador viaje, sólo hacemos el amor y nos quedamos despiertos toda la noche, hablando de nuestros días separados, y le digo a Ed cómo las cosas que hacemos no solo tocan a los demás, sino que también me tocan.

La ayuda y el alboroto de la Casa Blanca están un poco en el día en que recibimos la cena de estado del presidente Kebchov.

La relación entre Estados Unidos y Rusia se ha visto forzada durante años. Kebchov es el que quieres intimidar. Lo quieres bien consciente del poder de los Estados Unidos y su líder.

No vivimos en este mundo solos. Tenemos vecinos y aliados. Enemigos también.

He planeado la cena perfecta: todos los cursos americanos, incluyendo la langosta de Maine y patatas de Idaho. Ed y yo recibimos al presidente Kebchov y a su esposa en la puerta, los guardias centinelas de pie, mientras él y su esposa salen del coche.

—Presidente Kebchov. —Ed sacude su mano.

—Kev está bien —dice con un fuerte acento.

Su esposa está vestida de oro, con brillantes joyas en la muñeca y el cuello.

Elegí simplicidad para este evento. Mi vestido es del color de las esmeraldas. Estoy usando unos pequeños pendientes de esmeraldas que Ed me regaló y sin el collar, porque mi vestido es sin tirantes y me gusta la forma en que se ven mis hombros desnudos. Sé que a Ed también le gusta.

—Mi primera dama, Isabella. —Ed me presenta a ellos, y yo estrecho la mano del presidente cuando él, también, presenta a su esposa, y ella continúa presionando un beso en la mejilla de Ed.

—Si nos permite el honor... —Ed nos motiva hacia la Casa Blanca, donde los cuatro caminamos dentro de miles de flashes de cámara.

Los artistas entretenidos esta noche en la Sala Este son acróbatas del Cirque du Soleil, quienes prepararon una actuación especial sólo para la ocasión.

¡El presidente Kev se divierte, y sigue diciendo AHHH! Siempre que los acróbatas en sus leotardos coloridos realizan proezas que desafían la gravedad.

Ed me aprieta el muslo, lanzando una mirada de aprobación a mi manera que me dice que está contento con la noche hasta ahora.

Después de la cena, los hombres están en profundas discusiones que Ed sugiere llevar la conversación a su oficina, y yo permanezco con la primera dama.

—Tu marido. Es muy joven y viril. ¿No? —Dice Katarina.

—Sí. —Sonrío, y ella lanza una mirada codiciosa a su manera y bebe de su copa de vino.

—Él también me ama increíblemente —digo, y sus ojos se ensanchan como si ella no esperara esto de mí.

—¡Me caes bien! —declara—. No tanto como me gusta tu marido, pero... —Ella sonríe, y terminamos riendo y discutiendo sus deberes como una primera dama en su país, y los problemas que ella cree que su gente enfrenta.

—Mi marido ha estado muy enfadado con Estados Unidos durante mucho tiempo.

—Ella me mira—. No hemos tenido la misma... Agenda, digamos.

—Ninguno de los dos países lo hacen. Para eso están los compromisos.

Ella frunce el ceño con delicadeza. —Sí, pero mi marido no es bueno en comprometerse.

—Mi esposo es genial en lo que hace. Estoy segura de que llegarán a un entendimiento. ¿Puedo enseñarte alrededor?

Observamos cómo los hombres se dirigen al ala oeste y la guío por la Casa Blanca, contándole historias sobre nuestros antepasados, curiosidades divertidas o interesantes sobre cosas que sucedieron en cada habitación.

—Qué hermosa, tu pasión —dice.

Sólo sonrío.

—Vas a tener un bebé, ¿verdad?

—Lo espero para diciembre.

—Nunca tuvimos hijos. Kev dijo que era demasiado, tener mocosos y estar a cargo de Rusia.

Suena desamparada. —Siento escuchar eso. Estoy segura de que Ed tiene sus preocupaciones, pero creo que es posible tener una familia y ser comandante en jefe.

—Ah, jovencita.

—Tal vez sea la juventud, o tal vez simplemente la determinación.

—¿No le preocupa a su marido dejar a su hijo huérfano? ¿Como su padre?

Levanto la frente. —No. Confiamos en el Servicio Secreto para mantenerlo a salvo.

—Pero no pudieron mantener a su amado Presidente en Ley a salvo. —Ella me mira—. Sería una vergüenza perder un ejemplo tan perfecto de masculinidad por un error.

Consigo mantener mi expresión neutral, mi mirada directa. —Gracias por su preocupación, pero mi marido y su administración son más fuertes que nunca y lo seguirán siendo —digo. Mi tono sin tonterías.

Katarina se marcha temprano, y su marido permanece con el mío, no estoy segura de a dónde, pero en algún lugar de la Casa Blanca, probablemente el Ovalo, donde se discuten todas las cosas grandes.

Estoy agotada, así que golpeé la cama en el dormitorio de las reinas, sin saber cuándo lo hará Ed.

Sigo repitiendo mi conversación con Katarina mientras me quedo dormida.

Tengo una pesadilla. Es oscuro y soy consciente de que estoy soñando, pero todo se siente demasiado real para ser un sueño. El miedo pulsa a través de mí, el arrepentimiento y la confusión. Veo un rastro ensangrentado, y miro y sigo el trazo de sangre hasta Ed. Está acostado, sin respirar, su mano sosteniendo una pequeña, y soy yo, acostada en el mismo charco de sangre, el alfiler de su padre ensangrentado en mi solapa.

Me siento en la cama con un jadeo, luego miro alrededor mientras el mundo gira.

Mi garganta se estrecha, mi corazón latiendo, estoy mareada. Me arrastro de la cama en busca del baño y me doy cuenta de que no estoy en mi apartamento. Estoy en el dormitorio de las reinas. En la Casa Blanca. Yo inhalo, luego agarro una bata y salgo. Mi agente Ángela se pone de pie.

—¿Todo está bien?

—Sí, solo tomaré un poco de agua, gracias.

Me dirijo a la cocina y observo a Sam por el pasillo, y mis ojos instantáneamente tiran al lado para ver a Ed sentado en el área de estar.

—Estás de vuelta —jadeo.

—Hace un rato.

—¿Cómo te fue?

—No tan bien como yo quería, pero mejor de lo que esperaba. —Él roza su mano sobre su mandíbula y me mira, luego a Sam, y Sam se larga.

El miedo de mi pesadilla se desvanece con su presencia.

Me duele, sus penetrantes ojos verdes, su sonrisa contagiosa, su voz ronca y la forma en que quiero estar con él más que mi miedo. Su voz baja y sexy es como una manta a mí alrededor. —¿Cómo estás? ¿Te sientes incómoda?

—No tengo tiempo para sentirme incómoda. —Sonrío.

Me dirijo a él y él me atrae para sentarme en su muslo. —Te superaste esta noche.

—Él ahueca mi abdomen. Lo besa—. Pareces cansada. —Él mira mi cara, su mirada es demasiado penetrante. Demasiado conocida.

—Un poco. Creo que salió bien. Los Kebchov estaban definitivamente impresionados. La primera dama estaba colada por ti, pero me estoy acostumbrando a eso.

Frunce el ceño y acaricia con una mano sobre mi pelo, e inclino mi cabeza hacia el tacto, acariciando con mi mano su pecho. Hay un oscurecimiento casi imperceptible en sus ojos, un hambre que acecha de repente en sus iris.

—Vamos a llevarte a la cama.

—¿Vienes conmigo?

Él no contesta, simplemente me lleva allí.

Una vez en la cama, me despoja y se desnuda. Me abrazo en su pecho, en sus brazos, Ed sentado con su espalda apoyado contra el reposacabezas. —Descansa, Ed—gimo, besando su pectoral, acariciando el pelo de su pecho.

—Voy a hacerlo. Sólo estoy pensando. —Él besa mi frente.

Me acerco para presionar su rostro contra el mío, acariciándole el cabello, hasta que siento que mete su cabeza en mi cabello y cierra los ojos, capaz de tomar unas cuantas horas de sueño antes de que empiece el zumbido de la Casa Blanca de la madrugada, es un día completo para los dos de nuevo.

Durante la semana, tengo otro grupo de visitantes importantes en la Casa Blanca. Los niños de una escuela de arte local llegan, y he creado pequeñas mesas en la Sala Este para que podamos hacer un proyecto de la Casa Blanca con temas.

Una de las niñas de seis años me llama a su mesa y me pregunta—: ¿Así?

Me acerco y ajusta el papel para que pueda verlo. Justo entonces, ella levanta el cepillo y mancha de pintura mi mejilla, y me río cuando veo a Ed detenerse en la puerta, la habitación se queda en silencio por un segundo, seguido por una ronda de jadeos de los niños. —Niños —me enderezo, todavía riendo mientras tomo una servilleta y empiezo a limpiar mi mejilla—, tenemos un visitante especial. ¡Es el presidente!

Y cómo me encantan las expresiones en sus caras cuando Ed se inclina hacia adelante en el micrófono en el podio en el extremo de la habitación. —Quien haya pintado a la primera dama —dice, guiñando un ojo—, hizo un buen trabajo.

Me río y él se acerca, se inclina hacia la niña y le asegura—: Ella se ve aún más hermosa que esta mañana. —Él toma la servilleta de mí y limpia la pintura, sonriendo.

Nos miramos el uno al otro sobre los niños. Ambos pensamos que habrá uno de los nuestros aquí antes de que lo sepamos.

La vida bulle en la Casa Blanca.


Hola gente linda.

Rescato esa parte que dice: Así de fácil soy o así de bueno es nuestro Presidente.

Vaya que si resume todo lo que siento por esta historia y que mal me calló la esposa del Presi Ruso. Vieja metiche.

Gracias por los rev. Y realmente no se pueden quejar, cada dos o tres días tienen actualización y con dos o tres capítulos juntos. Ya vamos hacia la recta final, así que me alegro doble por las seguidoras que me acompañan en este momento.

Nos leemos pronto. Saludos de la Querida Hermana.