Extraña encrucijada

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Capítulo 18

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—¿Cuánto llevas aquí?

—¿Importa?

—Este es el cuarto día.

El celular de Kagome vibraba sin cesar. Ella mantenía la mirada sobre la luz led blanca. Minutos atrás había leído un mensaje de Bura diciendo que Son Gokú estaba internado en el hospital porque lo habían atacado al intentar protegerla. Ni se inmutó ante la noticia. Todo lo que le importaba era esa casa, lo que había descubierto, la criatura frente a ella. ¿Cuánto más lograría resistir? ¿Cuánto le quedaba de cordura? Tal vez la había tenido que sacrificar para tolerar todo lo que estaba padeciendo.

—Cuatro días… —susurró ella.

Cuatro días mimetizándose con el ambiente de aquella criatura.

—¿No vas a contestar?

—¿Tienes miedo de que vengan a buscarme aquí?

Aquello no proporcionó el más mínimo cambio en el semblante tranquilo del psiquiatra. Tampoco se molestó en contestar algo que ambos sabían.

—Entonces decidiste quedarte aquí.

—Tú ya lo sabías —afirmó ella.

—Era una posibilidad.

—Qué yo huyera despavorida o que me quedara a analizar nuestra oscuridad aquí.

—Oh, ¿todavía ves oscuridad?

Silencio largo. La quietud reinaba.

—Tal vez simplemente estoy paralizada aquí, resignada.

Otro silencio más largo. La fémina estaba juntando valor, una vez más, para seguir enfrentando al monstruo.

—Nunca se trató de mí, ¿verdad? Siempre fue Freecs el centro de todo. Creo que yo soy la que debería estar celosa de él.

Hisoka siguió impasible.

—No todo lo que dices es correcto.

Ella finalmente lo miró.

—El hecho de que hayas dicho que le hiciste algo terrible a Freecs te quedó corto. No existen palabras para describirlo. —Los ojos de ella parecían dagas clavándose sobre el monstruo.

—Freecs es una criatura única.

—Eso es todo lo que puedes sentir, ¿verdad? Placer. No existe otra cosa. Por eso experimentaste con él. Por eso te resististe a…

—No creo que algún día llegues a entender lo que él es. Yo aún intento entenderlo.

—¿Por eso lo drogaste y le abriste el cráneo? ¿Cómo lo lograste para que no muriera desangrado?

—Le soldé los vasos principales y sellé los otros escrupulosamente. El cráneo lo abrí con una sierra para autopsias.

—Imagino que usaste anestesia.

—Un poco. Fue parte del experimento.

—Su cráneo…

—La genialidad del cuerpo de Freecs es la extraordinaria regeneración celular que tiene.

—Apuesto que fue una incisión perfecta.

—Me gusta un trabajo bien hecho.

—¿Qué viste cuando lo abriste?

—Sus sesos.

—Él vino a ti enfermo. Y tú lo enfermaste más.

—Luego lo curé.

—Explícame qué enfermedad tenía.

—Tenía el lado derecho del cerebro completamente inflamado: Encefalitis del receptor anti-NMDA.

—En tus notas explicas que tenía los síntomas de una gripe que no se iba.

—Así era. Los primeros síntomas siempre son muy similares a los de una gripe, por eso a menudo se lo confunde con esa enfermedad tan común. Pero luego presentaba alucinaciones, sonambulismo, debilidad, confusión, consciencia alterada, convulsiones, desorientación, etc. Eso no es común. Intuí lo que le pasaba así que le hice los estudios debidos. Eso incluye el dibujo del reloj.

—¿Por qué un reloj?

—Se requiere cierta precisión para dibujarlo. Es un dibujo simple y fácil para una persona sana, pero revela muchos aspectos psicológicos y de motricidad. Ese dibujo fue el principio de mis sospechas sobre su encefalitis. Los números estaban fuera del círculo, y el propio circulo estaba muy lejos de ser un círculo.

—¿Por qué te tomaste tantas molestias con él?

—Soy un psiquiatra, Kagome. Ese es mi trabajo —dijo lo obvio.

—Reformulo: ¿qué es lo que tanto te atrae de Freecs?

—Sus habilidades: tiene un olfato súper desarrollado, los instintos de un animal, un nivel de curación extraordinario. Las células madre de sus huesos se reproducen a una velocidad increíble. Todo el mundo tiene esa habilidad, pero él es un caso realmente especial. Tiene un nivel de regeneración veinticinco veces más que la de un ser humano normal. Aun cuando sea mayor, las células madres de sus huesos seguirán fabricando muchos rollos de cartílago, incluso mucho más que un joven sano en la flor de su vida. Además podría resistir hasta diez minutos sin respirar. Sus pulmones simplemente son demasiado resistentes.

Aquello fue otro golpe terrible a la mente de Kagome. Pudo deducir mucho más de lo que había leído en las notas de Hisoka, la clase de tortuosos experimentos que había realizado con él.

—Pero eso no es todo. Tú interés por él va mucho más allá que lo biológico y lo neuronal.

—¿Acaso no te has dado cuenta en todos estos años observándolo? Freecs tiene una pureza inconmensurable.

—¿A qué te refieres?

—A que eso desafía las leyes del universo. Cuando lo tuve ante mí, fue la primera vez que me sentí verdaderamente confundido. No sabía qué hacer con él. Él sintió desde un principio quién era yo. Pero se acercó a mí de todas formas. Fue sincero. Siempre me decía la verdad. Me temía, pero no temía decir la verdad sin una pizca de vergüenza, y pese al miedo, sus ojos siempre me mostraron curiosidad. Freecs tiene un perfecto equilibrio entre el miedo, la curiosidad y los instintos. Y a medida que me adentraba en su mente, supe que tenía un lado extraordinariamente mortal, pero nunca he podido sacarlo a la luz.

—Pero Freecs siempre te quiso lejos de él.

—Eso es ahora. Yo me encargué de inhibir ciertas características de su cerebro y su consciencia. Pero siempre supe que con el tiempo él lograría recordar todo y volver a desentrañar sus habilidades.

—¿Es ese tu objetivo? Quieres sacar su lado peligroso. Por eso le diste un montón de drogas, y experimentaste con él. Querías llegar al lado más recóndito de su inconsciencia.

—Freecs quería verme. Yo dejaré que me vea completamente cuando él haga lo mismo. Vi muchas cosas de él. Sé muchas cosas de él, pero no lo más esencial.

—Creo que ya te ha visto, Morow. Eso es lo que él dijo aquella vez, ¿verdad? Ese es tu verdadero apellido. El doctor Morow fue quien atendió a Gon Freecs hace diez años.

Kagome no podía soportarlo. Todo lo que le decía, todo lo que ella había leído que le había hecho, eso era mil veces peor de lo que le había hecho y le hacía a ella. Y si todo aquello no había servido de nada para que Freecs le mostrara todo de él, Kagome no podía imaginar que otra abominación tenía Hisoka planeado para finalmente conseguir su objetivo.

Él se mantuvo impasible.

—¿Has matado a personas antes, cierto? —se atrevió a preguntar.

Esta vez él le mostró una increíble sonrisa ladina.

—¿Cuántos? —siguió indagando.

Silencio.

—Muchos. Lo siento, no llevo un número en mente.

Eso era irónico para un profesor de matemáticas. Sin embargo, demostraba que realmente no le importaba.

—La razón por la que matas, es porque necesitas sentir placer. Ese es tu método para sentirlo. El único que has encontrado. Pero desde que has conocido a Freecs no has matado, ¿estoy equivocada?

—Es correcto.

—Te has resistido todos estos años porque observarlo es lo que te ha mantenido entretenido.

—No solo él. También tú. Él y tú son los que me mantienen en Shikon no Tama.

Un horrible escalofrío la atenazó.

—Una vez me preguntaste qué es lo que haría si un día descubría que le habías hecho algo terrible a Freecs… —Trató de dominar el temblor de su cuerpo—. Y ahora que sé lo que le hiciste… te perdono, pero solo si lo dejas en paz. No te acerques más a él, Hisoka.

Él afiló los ojos y la atravesó sin piedad. Ella sabía lo que pasaba cada vez que Hisoka hacía eso. Solo podía seguir resistiendo.

—¿El derrape sigue taladrando tu cabeza, Kagome? ¿La sangre caliente cae sobre ti? ¿La culpa sigue crecido?

Los labios de Kagome temblaron. El pulso se le desbocó.

—¡Maldita sea, deja esa enfermiza obsesión por él! —exclamó ya sin poder soportarlo.

—Lo siento, Kagome. Pero ya hice una promesa desde que lo conocí. Cuando la fruta estuviera madura, comería de ella. Por eso he esperado todos estos años.

—Vas a matarlo… ¿cierto?

Y con la sonrisa sempiterna, los ojos dorados refulgieron trastornados.

—¿Y tú qué harás al respecto, Kagome?

Una lágrima solitaria cayó sobre la mejilla de la fémina.

—Esto no funciona, Hisoka… Puedo soportar tu oscuridad, pero no puedo…

—Entonces lo eliges a él.

—Igual que tú.

—Esa es tu consciencia entonces.

—Esta es mi consciencia.

—Lo sabía.

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Entró a la casa con extrema cautela. Nunca se había sentido tan nerviosa de estar en un lugar, y eso que Bura había visitado millones de lugares, lugares donde solo personas con grandes privilegios podían estar. Inmediatamente la inundó el aroma de Son Gokú. No había duda de que esa era la casa de su guardaespaldas. Se sorprendió de lo pequeña y simple que era. No tenía televisor ni computadora. Tal vez se las arreglaba solo con el teléfono celular o tal vez escondía alguna laptop en algún lugar. Un baño, una habitación, una cocina y eso era todo. Tenía las cosas más o menos organizadas y limpias, pero se notaba que era la casa de un hombre. Tenía un par de prendas en el suelo. Ella imaginó que la última vez que estuvo allí se cambió rápido y no tuvo tiempo de ponerlas en el canasto de la ropa sucia. Había un par de masetas en la cocina y al lado de una ventana donde el sol le llegaba. Se dio cuenta que había una capa fina de polvo en algunas partes. No le sorprendió. Los últimos días Gokú había dormido en la Corporación Cápsula, y ahora… Durante el día se la pasaba con ella. La expresión de curiosidad de la princesa Brief de pronto fue reemplazada por la tristeza. Ese era el hogar de su querido Gokú, y los nervios de estar por primera vez en aquel lugar que ella ahora atesoraría por siempre por ser el hogar de él la habían hecho olvidar qué es lo que había ido a hacer allí. Entró a la habitación del varón. Allí era donde más prevalecía su aroma. Se ruborizó ante aquello y no pudo evitar clavar los ojos sobre la cama de Gokú. Como si estuviera bajo de algún encantamiento ella se acostó sobre aquel lugar. No era un colchón muy grande y eso que ella era pequeña en comparación de él. Aspiró su olor mientras se preguntaba si se sentía cómodo en aquel lugar. Abrazó la almohada mientras imaginaba que era él, pero de pronto el hechizo acabó y se levantó del colchón de un saltó. De inmediato abrió el placard del varón con la intensión de meter ropa en la valija que tenía en una de sus cápsulas. Quedó estupefacta al darse cuenta de que todas las prendas eran las mismas. ¿Pero de qué se asombraba? Siempre iba vestido igual, tanto en Shikon no Tama como cuando estaba con ella.

—De verdad le gustan las zanahorias —dijo a la vez que parpadeaba. Sacó una cápsula y al ser lanzada esta se convirtió en una maleta de tamaño mediano. Un par de prendas serían suficientes. A él le gustaban sus ropas, las amaba. Y ahora que Bura lo conocía tan bien sabía que no estaría cómodo con ninguna otra, por eso es que ella no se había atrevido a comprarle nada. No sabía de dónde rayos él sacaba esas prendas tan ridículas.

Arrastró la maleta y la metió en el vehículo aéreo para emprender el viaje de vuelta al hospital. Unos cuatro vehículos negros la seguían. Era fastidioso para ella, pero eran los nuevos guardaespaldas que su madre le había puesto dado que Gokú estaba hospitalizado por tiempo indefinido.

—Recupérate pronto, Gokú… por favor… —susurró, y aumentó más la velocidad en la autopista. Los otros cuatro vehículos que iban detrás y a la par de ella hicieron lo mismo. Pero Bura solo pensaba en llegar y ver a Gokú. Desde hacía días que él estaba internado, y desde ese entonces ella se había rehusado a dejarlo. Iba todos los días a visitarlo y estudiaba sentada en el sillón frente a la cama de su guardaespaldas herido, pero muy pocas veces había logrado concentrarse como era debido, pues se la pasaba contemplando al varón. Bulma le había dicho que no era necesario que se quedara todo el tiempo allí, que debía concentrarse en los exámenes que tenía. No obstante, ella no hizo caso. Bura siempre obedecía a su madre y tomaba sus consejos, pero esta vez era diferente. Aquello era más fuerte que ella. Simplemente no quería apartarse de él. Los médicos le habían dicho que todo estaba bien. Que solo estaba dormido, y que cuando despertara todo estaría bien. Pero Bura estaba inquieta. Le pidió a su madre que lo trasladaran a la Corporación Cápsula y que de allí lo atendieran. Bulma aceptó sin ninguna objeción. Y ese día lo trasladarían. En cuanto al trabajo en Shikon no Tama, Bulma le había explicado todo a Folken, y él entendió perfectamente la situación.

Se estacionó frente al hospital al igual que sus guardaespaldas. Entró a toda prisa al edificio. Perfectamente podía haber ido a la Corporación Cápsula a esperar a que trajeran a Gokú, pero ella quería cerciorarse de que todo estuviera bien. Entró al ascensor con sus gorilas vestidos de negro, lentes, y una expresión impertérrita. Casi no había espacio. Esos sujetos eran tan diferentes a Gokú. Aburridos. Mecánicos. Serios. Y ella no les conocía la voz. No podía creer que antes los prefería a ellos que a Gokú. Pero los tiempos cambian, y ella también. Ahora no aceptaría a nadie más que él a su lado, y eso lo pensaba en todos los aspectos. Quería a Gokú con todas las fuerzas de sus entrañas.

—No entren conmigo —sentenció ella con voz firme y dura cuando estuvo frente a la habitación donde estaba Gokú. Algunas veces esos hombres se habían atrevido a seguirla hasta adentro. Eso la había encolerizado, pero se había obligado a no hacer escándalo.

Los guardaespaldas se quedaron afuera, vigilando la puerta. Bura entró con una sonrisa, pero desapareció abruptamente cuando se dio cuenta que ella y Gokú no eran los únicos en aquella habitación.

—¿Qué haces tú aquí? —dijo con el entrecejo fruncido, y los puños apretados. Hubiera gritado si no fuera por el lugar donde estaba.

Milk la miró con indisimulada petulancia. Le molestaba que aquella adolescente fuera tan grosera con ella.

—¿Acaso hay que explicarlo? No creo que seas muy lista, princesita —manifestó con profunda hostilidad.

El enojo de Bura iba en aumento. Odiaba que le dijeran que era tonta.

—Vete de aquí. Vamos a trasladar a Gokú en unos minutos.

—¿A dónde?

—Eso no te importa.

—Por supuesto que me importa. Gokú me importa demasiado.

Bura entendió aquello.

—Estará en la Corporación Cápsula. Estará mejor atendido —dijo Bura. Ahora miraba a Gokú y la mirada se le había suavizado.

—Supongo que es lo menos que pueden hacer luego de lo que casi muere por tu culpa.

Una oleada de dolor y culpa la inundó, pero no lo demostró. Bura sabía que esa mujer tenía razón, pero no se iba dejar acribillar por una mujer tan irritante como ella.

—Sí, fue mi culpa. ¿Contenta? Ahora vete de aquí, o haré que te saquen a patadas.

—¿Qué sucede, princesita? ¿Tienes miedo de que yo logre lo que tú no has podido en todo este tiempo que has permanecido junto a él?

La mirada de Bura era extremadamente mordaz.

—Vete. Ahora —se limitó a decir. Si dejaba que sus sentimientos de furia la dominaran iba a golpearla allí mismo.

—Niña, se nota que no conoces a Gokú. ¿Qué no te has visto? Eres el estereotipo de mujer, si es que así se te puede llamar, que es superficial, tonta, hueca y consentida. Apuesto que pensaste que él se rendiría ante ti tan solo con chasquear los dedos, pero no sueñes. No sabes nada de él. Él jamás se fijaría en alguien como tú. Eres todo lo opuesto a él. Gokú es demasiado puro. Es un alma libre y jovial. Pronto volverá a la montaña Paoz porque no le gusta la ciudad, y cuando eso suceda yo me iré con él porque estoy dispuesta a hacerlo. ¿Y tú qué? ¿Renunciarías a tu vida de niñita consentida? Termina tus estudios y madura de una buena vez. Ya deja de soñar y déjalo en paz. No todo gira a tu alrededor, ¿lo sabías?

Bura, harta, tomó el brazo de la mujer y con una fuerza que no sabía que tenía. La sacó de la habitación, luego le dijo a los guardaespaldas que fueran al piso de abajo, pero cuando ellos se negaron ella los fulminó con la mirada y en ese momento ellos parecieron temerle. Obedecieron.

—Escúchame, señora —dijo remarcando esa última palabra—, lo que yo haga con mi vida a ti te importa un reverendo rábano. Y no, no me iría a vivir con él porque no me gustan las montañas. Soy como soy. Y sí, amo a Son Gokú como tú jamás podrás amarlo en tu condenada existencia, pero soy perfectamente consciente que las cosas a veces no funcionan. Si en algún momento logro hacer que él me ame lo hará por como soy: "la princesita consentida de la Corporación Cápsula" ¿Entendiste? Ese no es tu maldito problema. ¿Tú lo amas? Bien. Me alegro, y no me sorprende. Gokú es adorable, es tierno, es dulce, es puro, travieso, ingenuo, torpe, olvidadizo —Sus ojos brillaron cautivados—, me hace irritar y muchas veces quiero golpearlo, pero así, tal como es, es que me cautivó, y sé que si las personas llegaran a conocerlo a fondo también se enamorarían de su persona, pero yo no soy ninguna estúpida para cambiar por nadie por más que lo ame. Yo lo amo tal como es y él me amará como soy si se enamora de mí. Eso es lo mínimo que puedo hacer por él. Él es una persona genuina, y yo también lo soy con él. ¿Entiendes eso?

Milk guardó silencio por un momento. De pronto, ya no sentía que estaba hablando con una adolescente. De pronto la vio inmensa y ella se sintió pequeña, como si los papeles se hubieran invertido.

—Has lo que quieras, niña estúpida —dijo. Y luego se marchó. Jamás lo aceptaría, jamás lo diría, pero se había sentido intimidada, ella que era una mujer fuerte, tanto de carácter como físicamente, se había sentido intimidada por aquella niña que veía en las revistas de herederos ricos: la niña arrogante, que lo tenía todo y que ponía a todos a sus pies. La había juzgado demasiado mal. Milk había creído que si alguien se oponía a ella Bura simplemente se desplomaría, pero al parecer estaba equivocada, no era lo que aparentaba. Era más imponente de lo que pensaba. Bien. Ahora Milk sabía que no debía subestimarla.

Bura entró despacio a la habitación de Gokú. Por un momento temió que él estuviera despierto y que hubiera escuchado todo ese bochornoso espectáculo, pero él seguía plácidamente dormido. Pronto lo vendrían a buscar, y mientras tanto, ella lo observaría con aquella sonrisa cálida y suave que él le provocaba tener en el rostro.

Se sentó al lado de él y le tomó la mano suavemente. Era la primera vez que lo hacía y sintió que su cuerpo se estremecía.

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—Creo que esto es un milagro. ¿Cómo te fue? —preguntó Killúa.

—Bien —repuso luego tomó un sorbo de su jugo de ciruelas.

Los ojos de Killúa se cruzaron con los de Rina. Kagome había faltado a varios exámenes. El día de la fecha era el de Inglés, pero ella tendría que prepararse para dar los recuperatorios, y estos siempre eran más difíciles, por lo que nadie quería intentarlo por segunda vez.

La cafetería estaba llena de estudiantes con libros y cuadernos abiertos, leyendo y releyendo lo que sabían. Algunos alumnos suicidas se atrevían leer sus apuntes minutos antes del siguiente examen, generalmente los que ya se había resignado a perder el año. Bura, Sango y Goten también estaban absortos en los libros. Killúa y Rina no tenían problema con los exámenes. Kagome, al parecer, tampoco.

—¿Tu madre y tus hermanos nos llamaron hace unos días? Dijeron que no sabían dónde estabas.

Kagome miró a Rina a los ojos. Ella se estremeció. Había algo verdaderamente perturbador y vacío en esos ojos.

—Estaba en la casa de Hisoka —dijo con una sinceridad filosa.

Ella y Killúa quedaron perplejos. Hubo un largo silencio. Kagome ya no tenía la mirada en sus amigos. Miraba a su alrededor y escrutaba el ambiente, percibía cosas que antes ni siquiera se hubiera imaginado, como el hecho de que Metallium miraba mucho a Rina en sus clases, como el hecho de que Metallium jamás abría los ojos, como el hecho de que Metallium ese día los había abierto y había mirado a Kagome fijamente con su profundo e inquietante color amatista, como el hecho de darse cuenta de que Metallium parecía saber muchas cosas, como el hecho de que Metallium estaba hecho del mismo material que Hisoka Morow, como el hecho de descubrir que Metallium era aterrador, como el hecho de descubrir que estaba acostumbrada a Hisoka y por eso la mirada de Metallium no le había afectado como lo hubiera hecho antes, como el hecho de percibir que Metallium sabía lo de Hisoka y ella, como el hecho de que Bura estaba enamorada de Son Gokú, como el hecho de que Hisoka la había cambiado profundamente, como el hecho de que había fragmentos de su memoria que eran confusos, como el hecho de darse cuenta de que no podía recordar todo lo que había hecho en los cuatros días en los que estuvo en la casa de Hisoka, como el hecho de que el té rojo que Hisoka siempre le daba en algún momento había cambiado ligeramente de sabor, como el hecho de que se había vuelto más analítica, como el hecho de que se había vuelto más cerebral, como el hecho de que las pesadillas eran cada vez más vividas, como el hecho de que la culpa aumentaba, como el hecho de que pese a que Freecs estaba sentado junto a Palm en el punto de la cafetería más apartado de su mesa ya no lo descubría mirándola como lo hacía antes, como el hecho de que Palm la odiaba porque siempre había sabido que Freecs estaba enamorado de ella, como el hecho de que Palm siempre estaba feliz cuando estaba junto a Freecs, como el hecho de que Freecs sonreía para Palm con la misma frescura, amabilidad y sinceridad de siempre, como el hecho de que Kagome extrañaba con el alma que aquel gesto tan puro se lo dedicara a ella.

Como el hecho de que, pese a todo, ella amaba a Hisoka Morow.

—Mi hermano renunció a Shikon no Tama —anunció Killúa.

Y con esas palabras, la mente de Kagome volvió a la mesa con sus amigos. Sango, Bura y Goten que habían estado concentrados en repasar sus apuntes miraron a Killúa sorprendidos.

—¿Eh? Por favor dime que escuché mal —dijo Bura.

—No. Al parecer ya no quiere estar aquí. Ya habló con el director Fanel así que le están buscando un reemplazo, pero como estamos a fin de año probablemente tenga que estar aquí hasta terminar de dar exámenes.

—¿Por qué ha decidido irse? —preguntó Goten.

Killúa bebió un gran sorbo de su chocolate frío.

—No me ha dicho los detalles —se limitó a decir. Hubo otro cruce de miradas entre Rina y él. Kagome lo notó inmediatamente. Seguía sin decir nada. Pero en su interior hubo un extraño y triste alivio. Quienes debían sabían la razón por la que Freecs se marchaba de Shikon no Tama.

—Es realmente una pena —acotó Sango.

El tiempo se enlenteció otra vez, y Kagome dejó de escuchar al mundo. Se olvidó de todo y solo miró a la distancia, allí, donde yacía Freecs. Incluso Palm había desaparecido. El todo era blanco inmaculado. Kagome Higurashi y Gon Freecs. Dos extremos. Un abismo. Él sonreía y los ojos le brillaban. Ella no sabía si era por lo que leía, por Palm o por las dos cosas. Estuvo así por un tiempo indefinido, pudo haber sido un segundo o un millón de años. Lo miraba tan fijamente que Freecs pareció sentirlo. Y con ese mismo ralentí perturbador que el mundo le ofrecía, vio cómo él dirigía la mirada hacia ella, con unos ojos completamente diferentes a los que le había dedicado al universo. La mirada amable no estaba, la sonrisa no estaba, la frescura no estaba, el aura jovial no estaba. Algo felino y extremadamente inquietante pareció ocupar el cuerpo del amable profesor de Literatura, a la vez que sus ojos se clavaban en Kagome; tan increíble, tan penetrante, afilado y sobrehumano que ella abrió los ojos de par en par y las pupilas le temblaron de asombro y miedo.

"No creo que algún día llegues a entender lo que él es. Yo aún intento entenderlo."

Kagome pensó que Hisoka tenía toda la razón.

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Son Gokú comía como si no hubiera un mañana. Estaba sentado junto a Bulma, Trunks, Freecs, Folken Fanel, Van Fanel y Paradinight, con el mismo traje naranja de siempre. Había guardaespaldas en diferentes puntos de la Corporación Cápsula y la seguridad con los invitados era muy estricta. Al final la fiesta de la hija de Bulma Brief no fue tan simple como se había esperado. La propia Bura, a último momento, decidió que fuera más grande de lo esperado, para que Naraku Oinomed se enterara en los periódicos que ella estaba más que bien. Gokú también lo estaba. Era un sábado. Los alumnos de Shikon no Tama todavía seguían en exámenes, pero un día no iba a hacer que ella y sus amigos se privaran de celebrar el cumpleaños de la princesa. Goten bailaba con ella ahora. Estaba un poco nervioso porque debido al trabajo no había tenido tiempo de estudiar demasiado. Tenía apuntes en su celular así que cuando estaba sentado leía sin parar mientras que con una mano se llevaba la deliciosa comida a la boca. Él se sentaba en una mesa junto a Rina, Killúa, Kagome y Sango. Había varias mesas más. El color predominante de la decoración era el turquesa, el color favorito de la cumpleañera. Había varios camareros y la extravagante comida iba y venía, especialmente a la mesa en donde estaban los profesores, el hermano y la madre de Bura. Freecs y Son eran los que más comían. En la mesa de los amigos, también estaban los otros dos adolescentes con un agujero negro en el estómago: Rina y Killúa, quienes parecían hacer una competencia de quien comía más.

Definitivamente, Bura era el centro de atención de todos: hermosa, altiva y elegante. Allen Schezar no pudo evitar perderse en la increíble belleza de la heredera Brief. Apenas Goten la soltó, Allen pidió la mano de la bella señorita para bailar con ella. Él, siempre caballero, elegante y de etiqueta, guió a Bura en aquel baile de manera magistral. Eran una pareja soñada y los invitados no paraban de comentar lo bien que se veían juntos, incluso los pretendientes que se habían resignado a intentar conquistar a la princesa de la Corporación Capsula.

—No imaginé que seríamos invitados a una fiesta como esta. Me siento un poco fuera de lugar —dijo sincero Leorio Paradinight—. Se lo agradezco mucho de nuevo, señora Bulma.

—Es un honor. Bura insistió mucho en invitar a sus profesores más entrañables, sobre todo porque se sentía muy apenada de que, usted, profesor Freecs —Dirigió la mirada hacia el aludido—, se marchará muy pronto de Shikon no Tama.

—Será una pérdida lamentable —acotó el hermano mayor de los Fanel.

Freecs se empezó a sentir nervioso y avergonzado. Estuvo a punto de anunciar algo, pero de pronto se escuchó que alguien tosía. Era Son que se había atragantado con la comida por comer muy de prisa.

—Diablos, Gokú, te dije que no comieras con tanto apuro. No se va a acabar la comida. —Bulma se apresuró a servirle un vaso con jugo de naranja recién exprimido. Y se lo entregó. Él tomó apresuradamente la bebida mientras se daba un par de golpecitos en el pecho y pronto se sintió renovado. Puso una mano detrás de la nuca y rió divertido.

—Lo siento, Bulma.

—Vaya, Gokú, deberías comportarte. Estamos en la Corporación Cápsula. No es cualquier lugar —manifestó Paradinight.

—Tienes razón, Leorio.

A los demás les apareció una gotita de sudor en la sien, cosa que se veía realmente extraño sobre el acostumbrado rostro sereno y serio del director de Shikon no Tama y amigo de la heredera del imperio Cápsula. La verdad es que muchas veces el comportamiento del profesor de Educación Física lo había desconcertado. Era un excelente profesor, pero Folken no paraba de pensar que Son Gokú era una persona bastante particular, algo que seguramente se debía a su crianza en las montañas. El hermano menor de los Fanel, Paradinight y Freecs pensaban igual.

—Es que hoy acompañé a Bura a muchos lugares y no tuvimos tiempo de comer, por eso me estaba muriendo de hambre.

Empezaron a hablar sobre temas variados mientras comían y reían. Paradinight compartió su fascinación por la historia, algo muy interesante para Folken, y algo de lo cual Bulma pudo acotar y compartir opiniones sobre algunos sucesos de la historia, cosa que fascinó aún más a Leorio. Los rumores de que Bulma Brief tenía un gran conocimiento enciclopédico eran ciertos. Luego ella empezó a hablar sobre algunos proyectos que tenía para la empresa y los nuevos inventos sobre los que estaba trabajando. Todos prestaron atención a lo que la mujer decía. Era muy elocuente y lograba atrapar y encantar con sus palabras. Paradinight se preguntó cómo es que una mujer como ella no estaba casada todavía.

Mientras hablaban algo empezó a inquietar a los ocupantes de esa mesa. Bulma era el centro de atención, pero un aura parecía envolverlos y llamarles la atención inexorablemente, era un aura que pedía a gritos ser notada. Se dieron cuenta que esa aura venía de la cumpleañera, quien pasaba una y otra vez cerca de esa mesa, como si no se animara a pedir lo que tanto deseaba. Sin embargo, para la madre lo que la hija anhelaba no pasó desapercibido. Ella miró a Gokú. Este la miró con expresión interrogante. Se dio cuenta que Bulma iba a pedirle algo.

—¿Qué tal si invitas a Bura a bailar?

Inmediatamente, las miradas se posaron sobre el profesor de Educación Física. Bura, quien escuchó todo dado que estaba muy cerca de esa mesa, se crispó y abrió los ojos bien grandes en sorpresa. Se sintió avergonzada de que haya sido su madre quien se lo pidió a Gokú. De repente él miró a la cumpleañera, como un niño que analizaba si debía hacer o no lo que le decían. Fue un momento incómodo. Hubo un aire extraño que invadió a los que estaban en esa mesa. Ninguno dijo nada, solo se quedaron mirando a la adolescente y no sabían por qué. Hasta que finalmente Gokú se puso de pie, se sacudió un poco el traje naranja y le ofreció la mano a la princesa de la Corporación Cápsula. Ella se lo quedó viendo perpleja, sin aún terminar de procesar el momento.

—Advierto que jamás bailé en toda mi vida —dijo con una sonrisa graciosa y una mano en la nuca.

Eso fue suficiente para ella.

Y no pudo evitar comparar a Gokú con Allen Schezar. Bura sabía que él la estaba viendo. Allen la había visto desde que había llegado a la fiesta. La diferencia entre el profesor y Allen era demasiada. Allen era un caballero. Gokú era torpe. Allen era elegante. Gokú era simple. Allen bailaba a la perfección. Gokú apenas daba pasos.

Y eso le encantaba.

La posición de Gokú y Bura ni siquiera era una pose de baile. Gokú simplemente sostenía las manos de Bura, como en un juego de niños. Ella lo encontró maravilloso. Era muy divertido. Y bailaron haciendo el ridículo para todos aquellos que los miraban. Pero a ella no le importaba. A él mucho menos. El mundo había dejado de existir. Eran solo ellos dos y nada podía ser mejor. Se sentía cálida, alegre. Y el toque mágico de aquella cercanía y el entrelazamiento de sus manos la hacían flotar hasta el cielo. Estaba feliz, allí, en esa pista de baile. El rió divertido y ella se contagió de aquella risa tan jocosa y cristalina. De pronto Bura sintió que todo era posible si estaba junto a él, que era invencible, que nada podía salir mal, que quería estar de esa forma para siempre.

—Te amo.

Y el corazón le dio un vuelto brusco.

¿Qué había dicho?

Ella se lo quedó mirando sin saber qué más decir. Aquello había sido su alma en el acto más puro y espontáneo. No lo había pensado. No lo había planeado. Simplemente su ser había hablado.

Se apresuró a escrutar la expresión de Gokú, pero no halló nada nuevo. Él tan solo la miraba con gesto curioso mientras parpadeaba y su mente trataba de encontrarle el significado correcto a lo que la adolescente le había dicho. Ella se desesperó y tragó duro, mientras el pulso se le desbocaba. ¿Cómo podía ser tan inocentemente cruel de torturarla de esa manera tan infernal?

¡Di algo!

El público que los miraba se dio cuenta que algo había pasado puesto que los bailarines se habían detenido inopinadamente y se limitaban a mirarse con fijeza. No habían oído nada de lo que Bura le había dicho a Gokú, pero la atmosfera entre la princesa y el guardaespaldas se había vuelto realmente extraña, y nadie era capaz de ponerle etiqueta a lo que ahora la adolescente y el profesor destilaban. Allen Schezar no supo por qué, pero sintió que algo en la boca del estómago lo atenazaba.

—¿Y si mejor somos amigos? —dijo Gokú al fin, con la misma sonrisa de siempre.

Ahora era ella la que parpadeaba. Estaba helada de desconcierto. La música alegre de pronto ya no estaba. Lo único que oyó fue el sonido de un sueño colorido y brillante romperse como delicado cristal.

Una nueva canción comenzó. Una lenta. Más triste y acorde al ambiente.

Y luego del demoledor impacto, ella sonrió con un sentimiento que se le antojó tan doloroso.

La había rechazado.

—Eres un imbécil —le espetó suavemente como si lo estuviera regañando por haber cometido alguna travesura cualquiera.

Ella soltó las manos de Gokú. La muchacha mantenía la sonrisa.

—Iré al baño un momento —anunció. Seguía siendo la orgullosa y soberbia princesa de la Corporación Cápsula. Dio vuelta sobre sus talones y finalmente una lágrima se le escapó cuando Gokú ya no podía verla.

Pero sí podía sentirla.

Y antes de que ella diera el primer paso hacia su destino, él habló nuevamente, con un tono más escrupuloso:

—Lo siento.

Y una segunda lágrima cayó.

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Sangre, sangre y más sangre. Es todo lo que recordaba. Una plétora escarlata. Pensó que la bulliciosa música la distraería. Que el ambiente festivo le traería paz. Pensó que la haría olvidar. Tal vez así era. No estaba segura de lo que recordaba. No estaba segura de lo que olvidaba. Poco a poco un fragmento de cristal oscuro y rojo se desquebrajaba y caía a un vacío infinito. Y lo que quedaba seguía siendo difuso. Más fragmentos en una nebulosidad indecible. Como todo lo que últimamente era su memoria.

¿Qué me has hecho, Hisoka?

Temblaba ante la corrosiva incertidumbre. El no saber. El saber. Ambos eran dos extremos devastadores.

Solo sangre.

Algo iba a pasar. El final estaba cerca. Necesitaba respuestas.

Hisoka.

Y aún en ese estado, Kagome no se permitía olvidar al universo. No se podía permitir ser ignorante de nuevo. Eso ya le había costado caro en el pasado. No cometería el mismo error. Rina y Killúa estaban atentos. La miraban. Sabían que algo estaba mal en ella. Pero que Kagome lo supiera no le ayudaba en nada. No podía ocultar su estado. De pronto Killúa se puso de pie. No sabía por qué, pero a ella eso le dio miedo. Sango preguntó que a dónde iba. Contesta Killúa. Contesta. Nada. Sonrió y se fue. No estaba muy lejos. En la mesa de al lado. Kagome podía oírlo todo. Una gota de sudor le cayó por la sien.

Cerca. Cerca. Cerca.

Muy cerca.

El momento llegó.

Lo que Bulma había hecho inspiró a Killúa.

No. No. NO.

Por favor no…

—Gon —dijo el hermano menor.

Y el aludido lo miró. Pero el otro ya no dijo más nada con la voz. Usó la mirada para apuntar a Kagome. Ella no veía lo que sucedía a sus espaldas, pero de alguna forma lo sentía. Gon entendió lo que su hermano menor le estaba diciendo. Había cosas que había que aclarar. Que había que poner en su lugar.

Rina, aun sentada en la mesa desde una posición en que lo veía todo, miró a Killúa con expresión extremadamente seria y tensa. Lo que sus ojos le estaban preguntando a su amigo era si estaba seguro de lo que estaba haciendo. Killúa le devolvió la mirada con un gesto de afirmación con la cabeza.

Ya era hora.

Y antes de que Kagome se diera cuenta, Gon Freecs estaba parado al lado de ella.

Tiesa. Tiesa.

Más congelada que una estatua de hielo.

Ella cerró los ojos fuertemente por dos segundos como preparándose. Sintió el fuego —o el frío, no distinguía— de la presencia al lado de ella.

Y lo miró.

—¿Bailamos? —propuso él. Con una cortesía y una amabilidad álgida.

Ella sintió como si el filo de una navaja le recorriera la espalda lentamente, amenazándola.

Los demás, tanto la mesa donde se encontraban la madre, el hermano y los profesores de la cumpleañera como la mesa de los amigos, sintieron cierta atmosfera extraña en Higurashi y Freecs. Silencio. Nadie dijo nada. Había algo crucial, extraordinario y solemne en el ambiente que rodeaba a esos dos.

No había escapatoria.

—Por supuesto —aceptó ella.

Y cuando ella se levantó, una nueva canción comenzó: So Close de Ólafur Ardnals, intrigante, oscura, penetrante:

A través de la oscuridad y la luz, lucho por estar, tan cerca, las sombras y las mentiras te ocultan de mí. Tan cerca, baña mi piel la oscuridad interior, tan cerca, la guerra de nuestras vidas nadie puede ganar. La pieza faltante que anhelo encontrar, tan cerca, por favor despeja la angustia de mi mente. Tan cerca, pero cuando la verdad de ti es clara, tan cerca, Deseo que mi vida nunca me haya acercado, tan cerca. A través de la oscuridad y la luz, lucho por estar,

tan cerca, las sombras y las mentiras te ocultan de mí.

En la pista de baile, rodeado de más parejas que no los tomaban en cuenta, Freecs tomó a Kagome de la cintura. Estaba erguido, con la frente en alto. Ella hizo lo mismo. La música llenó sus oídos. Freecs entendía inglés perfectamente. El nivel de Kagome era aceptable, lo suficiente como para entender a la perfección las palabras de la canción. No sabía lo que Freecs estaba pensando. No podía verlo a los ojos, pues él era muy alto en comparación de ella, pero el aire que destilaba su semblante la ponía muy tensa. Y ella todavía no se atrevía a mirarlo. Los segundos eran eternos.

—Si fuera posible —comenzó a hablar ella—… usted debe…

—No diré nada —la interrumpió.

Las pupilas de Kagome se redujeron.

Un paso más.

Otro.

Otro.

Y otro.

—¿De qué habla?

—No diré nada de lo que vi aquel día.

Y ella entendió. Sus entrañas ardían de culpa.

—No es asunto mío y sucedió fuera del establecimiento —prosiguió él.

Pero eso a ella ya no le importaba.

—Tiene que irse, profesor Freecs. Váyase.

—No.

Una oleada de angustia la invadió como una puñalada helada y seca.

—Hisoka va a matarte.

Los ojos de Freecs se tornaron afilados. No dijo nada.

—Lo lamento —dijo ella ya sin poder resistir—. Lamento todo lo que pasó….

Más silencio.

—Por favor… vá…

—¿Lo amas? —preguntó Freecs de repente.

Ella casi perdió el aliento. El pulso se le aceleró, pero trató mantenerse calmada.

Freecs podía olerla y sentirla.

—Sí.

—Ya veo —dijo con voz neutra.

Las cosas seguían cambiando bajo el manto de aquel frío baile. Freecs había querido hablar con ella, decirle que Hisoka era un manipulador. Que era peligroso. Pero a medida que más estaba con ella, más la conocía, más se daba cuenta de lo que ella sabía. Y Kagome Higurashi no era una pobre niña indefensa bajo el dominio de un psicópata que solo buscaba diversión a costa de otras personas. Freecs ahora tenía la certeza de que Kagome Higurashi era perfectamente consciente de todo.

¿Entonces por qué…?

—Hisoka Morow es un ser que puede seguir las reglas de la sociedad o romperlas según se le antoje. Nada lo detendrá. Si me fuera me encontraría. Huir sería inútil. Hace diez años me prometió que cuando llegara el momento me mataría y conservaría mis órganos como reliquias —declaró con una escalofriante impavidez.

Kagome empezó a temblar. No supo de dónde sacó la fuerza para finalmente mirarlo a los ojos. ¿Cómo una persona podía cambiar tanto? No. El cambio era solo con ella. La expresión de Freecs era un enigma monstruoso y peligroso que no paraba de asombrarla y aterrorizarla. En ese momento odió a Hisoka por haberle hecho eso. Y se odió a sí misma aún más porque ella había sido el puente que había llevado a Freecs convertirse en eso que el psicópata tanto deseaba.

—Así que no me iré —concluyó—. No me iré —repitió.

Y la miró.

Y un gran reflector los iluminó a ambos.

—¡Felicidades a la pareja ganadora que ha sido seleccionada para cantar un karaoke! —anunció el animador de la fiesta.

Pero ella no escuchó. Ahora había mucha luz.

Freecs sonreía.

Le sonreía a ella.

Solo a ella.

Los ojos volvían a brillar con la misma frescura que ella tanto añoraba. Y se sintió tan conmovida que quiso llorar.

En ese momento, Kagome se juró a sí misma que iba a proteger esa sonrisa.

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N/A: Ay, caramba, se viene el desenlace O_O