Capitulo 15


Por suerte para los aterrados residentes de Longbridge, Kakashi no sabía nada sobre la anatomía humana aparte de lo que es imprescindible saber, y tampoco sabía nada acerca de heridas ni lesiones de ningún tipo.

Cuando se presentó en la puerta del doctor Kabuto, gimiendo que el conde de Uzumaki había muerto, el doctor salió disparado hacia la propiedad, temiendo lo peor. Allí descubrió que el conde distaba mucho de estar muerto, aunque le haría falta insistir mucho para convencer a su señoría de eso. Al parecer, falló el mecanismo de una pistola antigua que estaba manipulando, y la pólvora le estalló en la cara.

Afortunadamente, no había ningún hueso fracturado ni ninguna lesión interna aparente, pero además de una fea herida en la sien, el conde tenía considerablemente dañados los ojos.

El doctor Kabuto no olvidaría jamás el absoluto terror del conde cuando recobró el conocimiento ni el horrorizado silencio con que recibió su explicación de que era muy posible que cuando le quitara las vendas, descubriera que estaba ciego.

Y empezó el insoportable silencio. Durante varios días, lord Uzumaki permaneció en su enorme cama con los ojos vendados, el vendaje le daba un aspecto de búho. Incluso a un médico tan veterano como el doctor Kabuto, le partía el corazón que un joven tan viril e imponente como el conde pudiera quedar permanentemente ciego.

A eso se sumaba el escándalo que estaba a punto de estallar: entre la gente de la propiedad se rumoreaba en voz baja que el conde había intentado suicidarse.

Pero lord Uzumaki se irritó muchísimo cuando el doctor Kabuto le preguntó si había intentado quitarse la vida.

-Soy un tonto, no un cobarde -gruñó.

A regañadientes reconoció que había bebido hasta emborracharse. Al parecer, aunque no recordaba por qué, entró en el pabellón de caza de su abuelo y, en el estado de ebriedad en que se encontraba, se puso a manipular una de las muchas armas viejas. Sí recordaba que quería ver si todavía funcionaba, con ese fin, abrió una ventana, para disparar a algún blanco.

Entre los momentos de abrir la ventana y cargar el arma, ésta se le disparó y le dio en la cara.

El doctor se sintió un poco mejor con esa explicación, al fin y al cabo su propio pie había sido víctima de un accidente así con un arma antigua.

Pero lord Uzumaki empeoraba los rumores al negarse a recibir visitas, no quería ver a nadie, no quería hablar con nadie. No hablaba, pero estaba absolutamente desesperado por su destino, muchas veces mascullaba cosas raras, frases incoherentes, algo relativo a la misericordia y la idiotez.

Qué suerte, pensó el doctor, pasando nuevamente las páginas de su libro de medicina, que lady Uzumaki hubiera resultado ser esa roca de fortaleza. Claro que se mostró abrumada por la aflicción esa noche, cuando él la puso al tanto del mal pronóstico, pero a la mañana siguiente su actitud era extrañamente serena, y sus ojos brillaban de resolución.

Dado que lord Uzumaki se negaba a admitirla en sus aposentos, ella se paseaba fuera, caminando lentamente de un extremo a otro del corredor, mientras sus cachorros dormían en un banco con cojines junto a una ventana. Cuando alguien salía de la habitación del conde, ella le preguntaba cómo estaba, y entornaba con rabia sus bellos ojos cuando le decían que no quería comer.

Todos los habitantes de la propiedad soportaron dos terribles semanas de suspenso, esperando que le quitaran las vendas. Cuando llegó la esperada mañana, el conde estuvo sentado inmóvil, rígido, inmutable, mientras el doctor Kabuto le quitaba una a una las tiras de gasa de los ojos.

Cuando por fin quedaron al descubierto, los ojos estaban llenos de pus y había cicatrices en los bordes. El doctor le aseguró que las cicatrices desaparecerían con el tiempo.

-Ábramelos -contestó el conde, estoicamente. El doctor le abrió un ojo y luego el otro. Con la mano levemente temblorosa, pasó dos dedos levantados por delante de la cara. El conde no los vio.

El médico se apresuró a vendarlos de nuevo, diciéndole que todavía no estaban totalmente curados sus ojos, que necesitaban más tiempo. Lord Uzumaki no dijo ni una sola palabra.

Pasó otra semana, y nuevamente el conde se mantuvo inmóvil mientras le quitaban las vendas. Tampoco esta vez vio los dedos que el doctor le puso delante de los ojos.

El doctor Kabuto ya no podía hacer nada más; no se sabía de ninguna cura para la ceguera.

Con la intención de consolarlo, le sugirió que tal vez era cuestión de tiempo, que era posible que recuperara la vista en el futuro. Pero el conde se rió lúgubremente y negó con la cabeza.

-Al parecer, doctor Kabuto -le dijo-, usted no conoce la misericordia cuando la ve.

Después giró la cara y no quiso hablar más.

Abatido, el doctor Kabuto fue a ver a lady Uzumaki, que estaba en su sala de estar, y le explicó que había agotado todos sus recursos y que no podía hacer nada más por su marido.

Ella asintió solemnemente, con los ojos empañados en lágrimas, y le preguntó si le era posible hacer venir a un cirujano. Claro que sí, le dijo él, pero la intervención quirúrgica en la cabeza era algo casi inaudito; además no se conocía ninguna operación para restablecer la visión.

Entonces lady Uzumaki caminó lentamente hasta la ventana que daba al jardín. Se veía tremendamente regia, con ese vestido verde claro. Qué pena, pensó él, que el conde no pudiera volver a ver nunca más su hermoso semblante. Estuvo asomada a la ventana una eternidad, pero al final se volvió hacia él.

-Dígame qué debo hacer -le pidió.

El doctor Kabuto aprovechó la oportunidad.

-Oblíguelo a vivir -le dijo-, enséñele a vivir con su ceguera.

Y cuando lady Uzumaki lo acompañó hasta la puerta, a él ya no le cabía la menor duda de que ella haría vivir a su marido nuevamente, quisiera él o no.

«Oblíguelo a vivir.» Esas palabras del doctor Kabuto resonaban en su mente. ¿Pero cómo hacer eso? Con los hombros envueltos en un chal, Hinata estaba contemplando las estrellas, sentada en un sillón que había llevado hasta la ventana de la habitación contigua a la de Naruto. La habitación estaba casi a oscuras, iluminada muy tenuemente por la luz de la luna que entraba por la ventana, incluso el fuego del hogar se había apagado.

Distraídamente, pensó cuánto tiempo llevaría sentada en el sillón; sólo sabía que cuando se instaló allí, agotada, el sol estaba comenzando a perderse tras el horizonte.

El mismo día del accidente había vuelto a sus aposentos, por supuesto, deseosa de ayudarlo, pero sin saber cómo hacerlo. Sus tentativas le parecían desmañadas y artificiales después de esa horrorosa conversación entre ellos.

Pero se sentía aniquilada por lo que le había ocurrido. Jamás había sentido tanta pena por nadie: esa magnificencia, esa energía y temple del aventurero fuerte e intrépido, todo derribado por la ceguera.

Se arrebujó más el chal, estremecida ante las fuerzas omnipotentes capaces de hacerle eso a un hombre. Comprendía su terror: quitarle la visión era quitarle la vida. Al margen de lo ocurrido entre ellos, nada de lo dicho podría hacerla volverle la espalda, estando él en esa desgracia.

Él la necesitaba.

Aunque eso él no lo reconocería nunca. La había echado unas diez veces o más, se negaba a verla, y a la criada bajita que lo atendía le tenía prohibido dejarla entrar en su habitación. Incluso le había sugerido, a través de Kakashi, que se volviera a Blackpearl Grange, y se quedara allí hasta que él recuperara la vista.

Qué ridículo. Suponía que eso era algo instintivo, pero sabía que era la aflicción lo que lo hacía actuar con tanta petulancia.

Pero no quería irritarlo, y trataba de ayudarlo de otra manera: haciendo todo lo posible por poner fin a los horribles rumores que circulaban por la propiedad y los pueblos vecinos. Pero no era mucho el éxito que tenía, debido en parte a que los rumores eran tan fantásticos que se creaban una vida propia.

El «caballero peligroso» era un peligro para sí mismo, el conde de Uzumaki había intentado matarse.

¡Cómo la enfurecían esos rumores! Naturalmente, el doctor Kabuto le había comunicado la explicación de Naruto sobre lo ocurrido, pero para ella esta no era necesaria.

Un hombre del carácter de Naruto jamás intentaría nada tan cobarde. Y si por algún motivo hubiera pensado en poner fin a su vida, lo habría logrado, de eso estaba segura. Fuera lo fuera lo que ocurrió esa tarde, él no había intentado quitarse la vida, y ella tenía que pensar en una manera de ayudarlo. Encontraría una manera.

Subió los pies al sillón y apoyó la barbilla en las rodillas, agradeciendo el silencio de esa hora de la noche que le permitía pensar. En medio de ese silencio profundo percibió un sonido que parecía emitido por un animal herido.

Aguzando el oído, levantó la cabeza. Nuevamente lo oyó: era un gemido ronco, un lamento, como si el animal estuviera sufriendo. Al instante pensó en sus cachorros, relegados a una pequeña caseta construida para ella por el señor Killer B cerca de la terraza. Se levantó y se asomó a la ventana.

Nuevamente oyó el lamento, tan débil que igual podía ser imaginario, aumentó un poquitín de volumen y se apagó. Hinata giró la cabeza hacia la puerta que comunicaba sus aposentos con los del señor.

«Naruto.»

Dios santo, era Naruto. Ahogó una exclamación cuando volvió a oír el ronco lamento, era un sonido distinto a cualquiera que hubiera oído emitir a un ser humano: áspero, desagradable, angustioso.

Naruto estaba sufriendo.

Fue hasta su mesa de noche, encendió una vela y, sin vacilar, abrió la puerta.

Allí oyó el gemido más fuerte y se le contrajo la cara de pena. Entró en la habitación tratando de no hacer ruido; él no hizo ningún ademán que indicara que había advertido su presencia.

Tardó un momento en recordar que él no veía la luz de la vela. Estaba hecho un ovillo sobre la ropa de cama toda desordenada; volvió a gemir.

Levantando en alto la vela, Hinata avanzó lenta y sigilosamente hacia la cama. Cuando estaba cerca, vio que él levantaba la cabeza. Le miró los ojos azules, no tenía idea de qué había esperado ver, pero lo que no se había imaginado era que sus ojos estarían como siempre.

Dios santo, eran los mismos ojos azules claros. En los bordes se veían leves cicatrices, pero eran esos mismos ojos lo que recorrieron toda la habitación cuando se incorporó apoyado en un codo.

-¿Quién es? ¿Quién está ahí? -preguntó él en tono autoritario. Inconscientemente ella retrocedió un paso y vio en sus ojos un terror indescriptible. Muda por esa extraordinaria muestra de emoción, avanzó con cautela hasta la mesa de noche y apoyó firmemente la vela.

-Por el amor de Dios, ¿quién es? -preguntó él, con un evidente matiz de miedo en la voz.

-Naruto, soy yo.

Él agrandó los ojos y de pronto se dejó caer de costado.

-¡Vete! -gimió, titubeante.

El corazón le dolió hasta el punto de creer que le estallaría.

Se acercó a la cama y le colocó una mano en el hombro.

-No te dejaré -susurró, llorosa-. Ni ahora ni nunca. El permaneció inmóvil un momento. De pronto levantó la mano y la agitó, como buscándola, le tocó el hombro, el pecho, finalmente la mano, y se la apretó con tanta fuerza que ella temió que se le rompieran los huesos. Luego se incorporó atrayéndola hacia él al mismo tiempo.

-Hina, Hina -susurró, angustiado-. Abrázame, por favor, abrázame.

Atragantada por un sollozo, ella se subió a la cama y lo estrechó en sus brazos.

-Abrázame -repitió él, estrechándola con tanta fuerza que ella apenas podía respirar.

Después hundió la cara entre sus pechos, con la respiración resollante.

-No te dejaré -susurró ella-. Jamás te abandonaré.


Por fin pudo dormir, después de días de dar vueltas y vueltas en la cama, despertando con frecuencia, deseando que por un milagro hubiera recuperado la vista.

En los raros momentos en que había dormido, lo atormentaban sueños recurrentes de la cara de Yūra al morir, de los ojos de Menma el día de la boda y del sufrimiento en la cara de Hinata cuando le dijo el motivo por el que se casó con ella.

Eso era el infierno, que le llegaba al fin, muy merecido. Debía soportar una eternidad de oscuridad acompañado solamente por esas odiosas imágenes que aparecían una y otra vez en su mente.

Esa era la misericordia que conocía, y Dios santo, qué aterradora era.

Y justamente cuando había llegado a la definitiva conclusión de que estaba absolutamente loco, llegó ella y lo acarició, despertando algo que estaba enterrado tan profundo en él que casi no lo reconocía.

Vino ella y lo estrechó en sus brazos, disipando el terror que lo tenía aprisionado, menguando su miedo con sus caricias, el dulce tono de su voz y el suave aroma a rosas de sus cabellos. Y por fin durmió.

Cuánto tiempo, no tenía idea, pero había sido un sueño apacible, sin pesadillas. Cuando despertó, a la oscuridad nuevamente, le llevó unos momentos recordar dónde estaba, que la tenía en sus brazos. Ella estaba durmiendo, sentía en el cuello su respiración uniforme.

Qué bien huele, pensó adormilado, y por primera vez en todos esos días, se sintió a salvo, sintió el consuelo de sus brazos que le suavizaba los bordes ásperos de su mente.

Pero de pronto le volvió el potente terror, renovado. ¡Estaba ciego! Ay, Dios, ¿cómo pudo haber ocurrido eso?

¿Qué pecado había cometido que el Señor lo castigaba dejándolo ciego? El castigo le parecía cruel, demasiado cruel para permitir que ella lo soportara con él. ¿Tenía que ser de ella su infierno también?

¿Qué tipo de vida sería esa, atada a un ciego que se había casado con ella por venganza? «Arrójame a mí al infierno, pero no a ella. Señor, no a ella.» ¡No! No la encomendaría al infierno con él, tenía que marcharse, y tan pronto como fuera posible, sin mirar atrás. ¡Tenía que marcharse!

Repentinamente la apartó de un empujón, y no hizo caso de la adormilada exclamación de alarma que emitió ella.

-Vete, Hinata. Vete a tu habitación -gruñó. Ella se movió; el colchón se hundió a su lado y comprendió que ella estaba apoyada en el codo. -Naruto, ¿cómo te sientes? ¿Quieres que te traiga algo?

-Por favor, no me trates como a un inválido -dijo él en tono irritado y se giró hacia el otro lado-. Vete, vuelve a tu habitación.

Ella le tocó el hombro desnudo y él se apartó bruscamente, no fuera a sucumbir nuevamente al agrado de sus brazos.

-Naruto, lo que te dije, lo dije en serio. No me voy a ir.

-¡No te quiero aquí, Hinata! ¡Vete! -exclamó con más energía.

-No te permitiré que me eches -insistió ella-. Me necesitas y yo...

-Jesús, ¿es que no me has oído? ¡Fuera de aquí! -gritó. Silencio. ¿Qué estaría haciendo? Al instante se sintió cohibido, inseguro de sí mismo... no estaba al mando.

-No -dijo ella dulcemente.

Se sintió alarmado. De acuerdo, de acuerdo, en un momento de debilidad había acudido a ella.

Pero la princesa de la granja debía quitarse de la cabeza ese sentido de responsabilidad. Se dio otra vuelta y a tientas encontró el borde de la cama. Bajó las piernas y ahí se quedó, con las manos afirmadas en el colchón a cada lado de las rodillas, temeroso de ponerse de pie, temeroso de dar pasos inseguros en la oscuridad.

-Vuelve a tu rústica granja y déjame en paz -gruñó.

-No voy a ir a ninguna parte. ¿Lo has olvidado? Estoy casada contigo -repuso ella con firmeza.

La alarma dio paso al terror, puro e indiscutible terror.

¿Estaría loca? ¿Tan dura de mollera era que no lograba comprender en qué se había convertido él, cómo le arruinaría la vida?

-No por mucho tiempo -dijo-. Tengo la intención de divorciarme de ti.

La oyó tragar saliva, impresionada. Estupendo. Algún día le agradecería su crueldad.

-Me resistiré -susurró ella suavemente. Dios santo ¡pero qué tozuda! Soltó una exclamación de enorme disgusto y movió la cabeza.

-Eres rematadamente estúpida, ¿eh? -se burló-. Una pura idiota. ¿Qué debo decirte para que penetre tu dura mollera? He terminado contigo, Hinata, no te quiero aquí. Te dejo libre para que le abras las piernas a Menma. ¡Vete!

No pudo evitar hacer una mueca, asqueado por sus reprensibles palabras.

-No seas idiota. Naruto -replicó ella-. Para bien o para mal estoy casada contigo, y no me voy a marchar. Así pues, déjate de tonterías.

Se levantó y dio un paso, rogando desesperado no tropezar y caer de cabeza en un sillón. Avanzó otro poco, a tientas, con las manos delante. La pared. Gracias a Dios. Se giró para sentir la espalda apoyada en algo conocido.

-Por todo lo que es sagrado, no puedo hablarte más claro, señora. Quiero que te marches de Longbridge. No me importa un pepino tu equivocado sentido del deber. Te quiero fuera de mi vista...

Se le cortó la respiración, el aire se le quedó atascado en los pulmones. La tenía fuera de su vista, sí, pero sentía sus ojos fijos en él, se los imaginó llenos de lástima y su rabia hizo explosión.

-No me importaría poder verte ahora -continuó-. Deseaba librarme de ti antes que me ocurriera esto. Fue un error haberme casado contigo, un craso error. Hazme caso, señora, no quiero a una princesa provinciana por esposa. ¡No te quiero aquí!

Ella guardó silencio, pero él oyó crujir la cama, oyó el frufrú de las sábanas y comprendió que se estaba bajando.

-Muy bien -dijo ella en voz baja.

La oyó caminar y un instante después sintió el ruido de la puerta al abrirse y cerrarse. Esperó un momento, con las manos a la espalda, apoyadas en la pared, como para estar seguro de que esta seguía ahí. Se había marchado.

Buen Dios, ojalá algún día comprendiera. Bajó la espalda por la pared, y un sordo dolor de cabeza lo obligó a hundir el mentón en su pecho.

-Me iré, pero sólo por el momento. No te dejaré.

Su voz pareció hacer crujir el aire. Naruto se incorporó al instante, esforzándose inútilmente por verla, con el pulso acelerado por haber sido engañado con tanto descaro. Oyó el ruido de la puerta al abrirse, el roce de la bata al salir ella y luego el fuerte portazo cuando la cerró.

Esta vez no le cupo duda de que había salido.


Ese día se cumplían cuatro semanas, pensó Hinata, caminando resueltamente por el largo corredor del ala este.

Hugo y Maude la seguían muy de cerca, haciendo tintinear los cascabeles que les había atado con cintas al cuello.

Vio abierta la puerta de la sala de desayuno, y antes de llegar a ella oyó el fuerte quejido de Naruto. Una sonrisa se formó lentamente en sus labios, se detuvo en el umbral y, en jarras, observó la escena.

Naruto estaba sentado a la mesa con la cara apoyada en las manos. Kakashi estaba detrás de él, junto al aparador, diciendo no con la cabeza y la cara, y apuntando a los perros, desesperado.

Hinata no le hizo caso.

-Veo que sigue enojadísimo -comentó en tono alegre, y entró tranquilamente con los perros detrás.

-¡Enojadísimo! -ladró Naruto, enderezándose y fijando los ojos sin vista hacia el frente-. Te aseguro que no estoy afectado por esa debilidad femenina, pero estoy hasta la coronilla de esos perros de mala raza.

Kakashi agitó la cabeza con tanta fuerza que unos finos pelitos se le pusieron de punta, y apuntó hacia los perros, muy nervioso.

Hinata se limitó a sonreír. La ferocidad de Naruto intimidaba al personal pero no a ella. Había descubierto que él era capaz de sentir después de todo, y en cierto modo disfrutaba provocándole esos sentimientos. Y desde su accidente, rara vez necesitaba intentarlo. Él reservaba sus emociones más amargas para ella.

-Mis cachorros te adoran, Naruto -declaró dulcemente, sentándose frente a él.

Sus ojos sin vista la fascinaban, la maravillaba su capacidad de expresar las emociones que con tanta facilidad él ocultaba cuando sus ojos veían. A juzgar por el destello que veía en ellos en ese momento, estaba muy disgustado.

-Para lo que me importa -gruñó él, pasándose la mano por el pelo y dejándoselo como si no lo hubieran peinado en toda una semana-. Espero que te los lleves contigo cuando vuelvas a Blackpearl Grange.

-¿Qué, Blackpearl Grange otra vez. Naruto? -dijo ella riendo-. Al parecer has olvidado, al menos por centésima vez, que no me voy a ir a la granja.

A él se le ensombreció la cara.

-¿Quieres mi opinión? -preguntó en tono malévolo.

-No lo sé -repuso ella, pensativa-. A ver, dímela y luego decido si la quiero.

Kakashi la miró boquiabierto de sorpresa, y luego echó atrás la cabeza y cerró los ojos, apenado. Naruto apoyó los codos en la mesa y se inclinó, mirando furioso hacia un punto por encima de los hombros de ella.

-Muy bien, princesa, prepárate. Es mi opinión que eres una palurda inmadura, egoísta y lamentablemente ignorante, indigna de lustrarme los zapatos.

-¿Eso es todo? -rió Hinata y le hizo un guiño al mayordomo-. Tienes que felicitarme, Kakashi. Al parecer desde ayer he mejorado. Puesto que estás de tan buen ánimo, milord, ¿tal vez accederías a salir al jardín con una palurda lamentablemente ignorante?

-¡No seas ridícula! -ladró él-. Si no quieres marcharte de Longbridge, al menos ten la decencia de dejarme en paz.

Hizo un gesto enfadado a Kakashi, que se precipitó a cogerle el brazo y el respaldo de la silla al mismo tiempo. Naruto se levantó cautelosamente, aferrado a la mesa hasta que se sintió seguro afirmado en el brazo de Kakashi.

-A mis aposentos -masculló, irritado-, y dale una patada a esas bestias si se atreven a interponerse en nuestro camino.

Hinata también se levantó. Al instante, Hugo y Maude se levantaron de un salto, como regordetes centinelas, mirándola con adoración, atentos a todos sus movimientos.

Naruto se detuvo en la puerta al oír el ruido de los cascabeles.

-¡No me sigas! -gritó.

-No te sigo -repuso ella tranquilamente-. Voy a mis aposentos. Vamos, chicos.

-¿A qué esperas? -le gruñó a Kakashi -. ¡Date prisa!

Sobresaltado, Kakashi colocó una mano en la cintura de Naruto, con la otra le cogió el brazo y comenzó a conducirlo con sumo cuidado por el corredor. Hinata los siguió lentamente, con las manos cogidas a la espalda y mirándolos ceñuda. Naruto caminaba como si tuviera ciento cincuenta años, con un brazo extendido hacia delante, con pasos muy medidos y arrastrando los pies. Exasperada, exhaló un fuerte suspiro.

-Puedes remediar tu impaciencia marchándote de Longbridge-le dijo Naruto, irritado.

-¿Por qué? No molesto.

-Permíteme que disienta. Me has molestado desde el día en que nos casamos.

Nuevamente Kakashi movió la cabeza, esta vez mirándose los pies.

-No hace falta que me recuerdes eso -replicó Hinata con voz cantarina-. Ya lo has dejado muy claro. ¡Uy, Hugo! ¡Dame eso!

Obedientemente, el cachorro soltó la servilleta de lino que se había afanado en la sala de desayuno y se fue a ver qué estaba oliscando Mande con tanto entusiasmo. Los cascabeles sonaban suavemente mientras los perros oliscaban la pata de un mueble.

-Esta casa no es un corral, y quiero a esos perros fuera de aquí -gruñó Naruto-. Esos cascabeles son capaces de sacar de quicio a cualquiera.

-Todavía hace demasiado frío fuera...

-Son perros, por el amor de Dios...

-Y los cascabeles te permiten saber dónde están en todo momento.

-¡No quiero saber dónde están! -rugió él-. ¡Dios santo! ¿No te vas a marchar?

Cuando llegaron a la escalera principal de caracol, Kakashi ya estaba francamente angustiado. Dirigió miradas suplicantes a Hinata mientras hacía subir con sumo cuidado a Naruto un peldaño y luego el siguiente.

Como a un inválido, pensó Hinata, con el ceño más fruncido.

-Kakashi, ¿no crees que podría subir solo? Hay una excelente baranda para que se afirme...

-¡Fuera! -gritó Naruto, agarrándose de Kakashi para no caer hacia atrás-. No voy a tolerar este hostigamiento constante. Si mañana sigues aquí, haré llamar al alguacil, ¿me oyes? Haznos el enorme favor de marcharte.

Hinata se quedó inmóvil. Acostumbrada como estaba a sus frecuentes insultos, la rabia con que le habló le dolió. Señor, cómo la odiaba. Y eso porque era la única persona en esa propiedad dejada de la mano de Dios que insistía en que por lo menos intentara vivir.

Por resuelta que estuviera en eso, estaba cansada de esa interminable cadena de desprecios. Estremecida de ira, subió silenciosamente la escalera hasta detenerse en el peldaño en que estaba él.

-Si quieres que me vaya, Naruto, tendrás que sacarme de aquí tú mismo -le dijo serenamente-. Es decir, si eres lo bastante hombre.

El mundo pareció detenerse por un extraño momento. Los ojos azules de Naruto se nublaron de furia y, soltándose de Kakashi, se abalanzó hacia ella tratando de cogerla. Ella lo esquivó fácilmente y él acabó dándole un pisotón a Mande. El aullido asustado de la perra lo indignó, y volvió a abalanzarse, dándose con la cabeza en la pared.

Esto lo hizo estallar en la más horrible sarta de maldiciones imaginable. Hinata no sabía el significado ni de la mitad de las palabras. Retrocedió desconcertada, mientras Kakashi se apresuraba a cogerlo.

-¡Milord, por favor! ¡Tenga cuidado!

Un lacayo llegó corriendo al pie de la escalera, dos criadas se habían asomado al vestíbulo y observaron, abrazadas, el tambaleo de Naruto hasta que Kakashi lo sujetó. Kakashi volvió a mirar suplicante a Hinata, mientras Naruto hacía resollantes respiraciones para recuperar el aliento.

-Por favor, milady -le rogó-. Por favor, déjelo en paz.

Hinata oyó gemir suavemente a una de las criadas que estaban abajo. Moviendo la cabeza disgustada, continuó subiendo la escalera hasta donde estaba Polly, que había visto toda la escena y la casi caída de Naruto.

-Ay, milady -le dijo en tono suplicante-, su señoría... ahora necesita su apoyo.

-Tienes razón, Polly -repuso Hinata al pasar junto a ella, mirándola indignada-. Necesita mi apoyo. Necesita que yo le ayude a vivir, porque el resto de ustedes le permitiríais consumirse como un tonto.

-Ay, esta casa, esta casa -gimió Polly, corriendo detrás de su señora-. ¿Es que esta tragedia no acabará jamás?

-Por el amor de Dios, Polly -espetó Hinata-. ¡Está ciego, no muerto! No permitiré que él ni nadie piense otra cosa. De verdad, me es imposible comprender cómo podéis permitir que un hombre tan magnífico como Naruto se consuma así hasta morir. Bueno, yo no lo toleraré, y me importa un pito lo que piense de mí cualquiera de ustedes. -Entró en su habitación, haciendo entrar a los perros delante, y se volvió a mirar a Polly, indignada-: Se está ahogando en autocompasión, ¿es que no lo ves? ¡No lo permitiré! -gritó.

Polly bajó la vista a sus grandes manos, que tenía fuertemente entrelazadas.

-El cielo nos asista, esta familia está maldita. Primero las niñas, ahora esto -gimoteó, y salió de la habitación.

Fabuloso. Ya había conseguido ganarse la antipatía hasta de Polly. Frustrada y agotada por el apaleo emocional que estaba soportando, dio un portazo y empezó a pasearse agitada. ¿Por qué no veían lo que estaba haciendo Naruto?

¿Por qué transigían con su fragilidad? ¿Sería posible que fuera ella la destructiva? Fantástico. Lo único que le faltaba: empezar a dudar de sí misma.

Pero el doctor Kabuto le había dicho que lo obligara a vivir; ¡tenía que vivir! Claro que era trágico que hubiera perdido la vista, ¿pero era menos hombre por eso? Sólo si él lo permitía, y la enfurecía sobremanera que Naruto no quisiera hacer frente a su adversidad. ¿Dónde estaba esa vida intrépida, osada?

Bueno, ella sí le haría frente. Él podía despreciarla si quería, pero que la colgaran si se conformaba con verlo hundirse y ahogarse en su terror. Lo enfrentaría o ella moriría intentando que lo hiciera.

Escapar, ay Dios, aunque fuera por un tiempo, aunque fuera por unas horas. Resueltamente salió de sus aposentos y bajó la escalera, sin hacer caso de las miradas de desaprobación de los criados que la habían visto desafiarlo.

¡Al cuerno todos! En el vestíbulo cogió una capa, se la echó sobre los hombros y salió detrás de Hugo y Maude, casi corriendo, en dirección al establo.

Cuando llegó al patio del establo la sorprendió ver a dos desconocidos, uno sujetando a Kurama por las riendas y el otro hablando con el señor Ebisu. ¿Qué demonios? ¿Es que el señor Ebisu iba a permitir que esos hombres montaran a Kurama? Atravesó el patio a toda prisa y llegó hasta ellos. Tan pronto como la vio, el señor Ebisu dejó de hablar y se apresuró a saludarla.

-Buenas tardes, lady Uzumaki.

-¿Señor Ebisu? ¿Qué pasa? -le preguntó secamente, mirando recelosa al hombre con quien estaba hablando el señor Ebisu.

-Ha venido a llevarse el caballo, milady. Su señoría se lo vendió. Hinata casi se atragantó. Ah, no, no, eso de ninguna manera. No podía renunciar tan fácilmente.

-¿Qué quiere decir?

El señor Ebisu miró azorado al desconocido.

-Lord Uzumaki ha vendido...

-¡No! -chilló ella. Girándose le quitó las riendas al hombre que sujetaba a Kurama, sobresaltándolo-. Eso es imposible, señor Ebisu. ¡Lo prohibo!

El señor Ebisu agrandó los ojos y avanzó un paso, con cautela.

-Pero milady -protestó-, su señoría ha hecho un trato...

-¡No! ¡No hay trato que valga, señor Ebisu! ¡No venderá a Kurama! -exclamó ella, y tirando de las riendas hizo girar a Kurama.

El señor Ebisu hizo ademán de cogerlas, pero ella alejó rápidamente al caballo, dándole un buen tirón cuando éste se resistió. Los tres hombres se miraron entre ellos y, todos a una, empezaron a avanzar hacia ella.

Hinata se sintió presa de la histeria, el corazón le dio un vuelco de miedo, pero se dejaría matar antes que permitir que se llevaran a Kurama.

Ese caballo era lo que más amaba Naruto en el mundo, y sin él, se consumiría de verdad, de eso estaba segura. Tan segura que estaba dispuesta a luchar. Pero el corazón se le había subido a la garganta por el terror, y amenazaba con ahogarla.

-¡Lady Uzumaki! -exclamó el señor Ebisu en tono de advertencia, como si le estuviera hablando a una niña.

-¡No! ¡No puede vender este caballo! -chilló ella, histérica-. Y si piensa quitármelo, tendrá que matarme para hacerlo.

Los tres hombres se quedaron pasmados, pasado un momento de silencio, el más alto de los dos caballeros miró al señor Ebisu y le dijo:

-Tal vez ha habido un malentendido.

-¡No! -se apresuró a asegurar el señor Ebisu-. Debe perdonar a milady, señor. Está... bueno, naturalmente está muy turbada por lo que ha ocurrido, pero lord Uzumaki fue muy claro...

-¡No! -gritó Hinata.

Los dos hombres retrocedieron.

-Le sugiero que verifique las intenciones de lord Uzumaki, señor -dijo uno de ellos.

Girando sobre sus talones, los dos se alejaron rápidamente del establo, contestando con una palmada en las narices a los perros que se les acercaron a saludarlos.

Hinata tragó saliva cuando el señor Ebisu se giró a mirarla.

-¿Qué ha hecho, milady?

Ante esa pregunta, su miedo dio paso a la furia. ¿Es que todo el mundo estaba igual de ciego que Naruto? Con el ceño muy fruncido entregó las riendas a un mozo que la estaba mirando boquiabierto.

-Que lo ensillen -le dijo con voz glacial-. Kurama y yo vamos a salir a dar un paseo. -Miró al señor Ebisu con un peligroso destello en los ojos entornados, como si quisiera atravesarlo-. Haga el favor de escucharme, señor. No permitiré, en ninguna circunstancia, que se venda este caballo. Mi marido volverá a cabalgar, ¿me entiende? Volverá a montar ese caballo.

Le quedó muy claro que él no entendió. Disgustada, entró pisando fuerte en el establo. Le daba igual que el señor Ebisu entendiera o no.

Si Naruto quería vender a Kurama, tendría que hacerlo sobre su cadáver.