Agentes regresan a sus labores, los chicos discuten mientras se apartan para pensar en sus propios planes. Sobre una nave, la pequeña colibrí observa con melancolía, sin saber cómo o hacia dónde moverse. Un sonido de aterrizaje la obliga a salir del transe con un pequeño susto.
—¡Ah!… Blue, no hagas eso…
—Lo siento, je, je, no imaginé que estarías tan concentrada.
—Bueno, no lo estoy en verdad.
—¿No? ¿En qué piensas?
—Nada importante…
—No te creo.
—Eres molesto.
—Eso lo creo, pero no ahora. ¿Qué te molesta?
—Tú…
—¿De verdad?
Con evidente insistencia, toma asiento a su lado, dejando sus piernas al aire, en contraste con la colibrí, pues las mantiene juntas a su pecho, abrazándolas.
—No tienes que estar aquí…
—Quiero estarlo.
—No solo tú, todos ellos.
—¿Oh?
Basta con dar un rápido vistazo. Hay un enorme entusiasmo en los chicos, en especial Qkidna. Para Blue es diferente, pues puede sentir las demás emociones que no asoman por el rostro de ninguno. Todos cargan con un poco de miedo, incluso frustración, pero, al igual que el erizo, ninguno se da por vencido aún. ¿Por qué?
—¿Qué pasa con ellos? Me haces creer que no quieres que peleemos.
—Tengo que ser honesta: esperaba que pelearan y esa chica ganara.
—¿Marisa?
—Sí. De verdad quería que los derrotara y llevara lo más lejos posible de Begin.
—¿Por qué?
—No quiero que nadie más pelee por mí. No —oculta su rostro entre los brazos, mas no su sollozo—… no lo soportaría.
—Qkarii…
—Blue, por favor… Si puedes, has que a retiren, aunque sea aquellos a los que más aprecias.
—No lo harán.
—¡Deben hacerlo! Por favor, ¡no quiero que alguien más muera por mí!
Silencio, uno solo perceptible por ellos. Las voces de agentes, sonido del viento e incluso animales cercanos parecen haber bajado su volumen hasta ensordecer.
—Ojalá Igusu no fuera tan permisivo, incluso con su propio hijo. ¿Cómo es que no tiene miedo?
—Lo tiene.
—¿Qué?
—Todos lo tienen. Igusu, los chicos, el resto de agentes, incluso Genevil y las chicas. Todos tenemos algo de miedo. Este es nuestro hogar, comenzando con eso, es abrumador saber todo lo que podría ocurrir si perdemos. No solo eso, nuestras vidas, las de cada amigo que hemos formado, algunos son familia, incluso. ¿Sabes qué es lo que creo? Es por eso que debemos pelear. Tenemos el poder para evitar esa derrota, debemos dar lo mejor para…
—Cállate.
—Eh… ¿Qkarii?
—Es muy fácil para ti decirlo, ¡¿cómo podrías saber del verdadero temor de perder a alguien?!
Todo intento por sonreír termina. Blue aprieta sus puños un momento, dejando salir un breve destello no intencional, sus ojos parecen perder brillo por un instante, pero, solo toma un poco de aire y…
—Qkarii, ¿qué fue lo que sucedió?
—Mi familia…
—Hay algo más, ¿no es así?
Se toma un momento en responder.
—Sí…
—¿Quieres contármelo?
—No…
—Pero, ¿necesitas hablar de eso?
—Tal vez…
—Bueno —se levanta—, cuando quieras, estaré ahí para escucharte.
Se dispone a marcharse. Al sentirse seguro que nadie puede ver su rostro, muestra un semblante apagado, sin alguna emoción positiva, pero…
—¡Espera!
—¿Sí?
—Es que yo… Debes saberlo. Así sabrás por qué debes evitar que peleen.
Tras asentir con la cabeza, vuelve a sentarse a su lado.
—No prometo que intentaré detenerlos, pero, puedo prometer que intentaré entenderte, je, je.
—Si tú lo dices… Fue hace más de un año…
La desventura del colibrí (parte 1)
Una nueva vida costera
Esta historia comienza una noche estrellada. Con el cielo despejado, la luz de una luna llena abraza el océano hasta llegar a un muelle. Decenas de barcos pequeros descansan a la orilla, meciéndose con la marea.
A veces, algunas personas se escabullen para disfrutar de este clima, pues la brisa oceánica ofrece una frescura imperdible, sin mencionar el tranquilo silencio del agua danzando a la orilla. Es el caso de una pequeña ave.
Viste con pantalones cortos para disfrutar de la brisa hasta sus descalzos pies. Con el mismo propósito, una delgada blusa de tirantes. El brillo lunar permite distinguir su plumaje, de un verde y texturas que lo hacen parecer un diminuto pastizal como para recostarse en él. Sus alas no pueden extenderse, pero las lleva al descubierto de cualquier forma. Su mayor distintivo son un par de ojos, pequeños, pero abiertos con una atención asombrosa.
Sentada a la orilla del muelle, mueve con suavidad sus pies para sentir el agua al levantarse. Observa las estrellas y constelaciones que consiguen dibujarse, pero, algo más consigue su atención. Abre un poco el pico en emoción…
—¡Una estrella fugaz! —sonó una tierna y energética voz, para nada aguda, como se podría esperar por su aspecto.
El objeto no desaparece al instante, como ella suponía, sigue avanzando.
—¿Un cometa pasando por la atmósfera?
Con cada segundo, el brillo se intensifica hasta lucir como una esfera con una cola de luz a su rastro.
—Espera un momento… ¡¿Ah?!
Pronto, se da cuenta que el objeto está mucho más cerca de lo que pensó. En realidad, se encuentra cayendo. Le sigue con la mirada hasta que llega a la ciudad, entonces, el impacto libera un enorme brillo plateado que ilumina hasta el muelle.
Llena de curiosidad, la chica corre en su búsqueda. Por suerte, no se trata de una ciudad grande, se describiría mejor como un pueblo costero. Por si quedaban dudas, es un enorme faro el que da luz a mayor parte de la población, pues consigue una altura de al menos el triple que uno promedio.
Ante tal evento, la policía de la ciudad comienza a moverse. En mayoría, los agentes son aves. Aquellos que pueden volar olvidan sus obligatorios vehículos con tal de actuar más rápido.
El impactó fue en la playa. Cuando la curiosidad emplumada llega, hay un grupo de agentes rodeando la zona. Para el infortunio de aquella pequeña ave, lo único llamativo es un enorme agujero en la arena, tan extenso como para que un grupo de 10 oficiales exploren sin chocar unos con otros.
¿Qué era ese objeto? ¿Un simple meteoro que se volvería parte de la arena como consecuencia al aterrizar? Por supuesto que no, había algo especial en el brillo de esa estrella fugaz, una sensación de vida.
Dejando atrás la decepción, se percata que un pequeño grupo de agentes siguen un rastro en la arena. Pequeñas huellas que parecen arrastrarse, huyendo de la escena, pero, desaparecen metros antes de salir de la playa.
—¡Lo sabía! —habló con emoción en voz baja mientras se disponía a seguir por su cuenta el rastro imaginario.
Mientras la policía busca con paciencia utilizando pequeños aparatos para detectar energía, la chica corre con prisa, pero sin rumbo, buscando cualquier anomalía.
Las calles están hechas con pavimento tradicional, una mescla de distintos materiales derivados de la tierra, de un dominante color negro mientras rayas blancas separan los carriles. Alrededor, las casas lucen sencillas, algunas construidas con madera, mientras otras aprovechan el concreto y otros materiales naturales. Se pueden observan iluminadas vecindades que comparten patio y tendederos llenos de ropa.
Tras algunos minutos de búsqueda, comienza a agotarse, sin embargo, consigue escuchar algo caer en un callejón, golpeando con fuerza los contenedores de basura imposibles de sellar por la sobre carga. Falta de algo similar al miedo natural, no duda en echar un vistazo. Su curiosidad, a la par del ritmo cardiaco, aumenta al escuchar una respiración agitada, acompañada de quejidos y una pequeña silueta que parece intentar levantarse, solo para caer de vuelta sin freno.
—¡Cielos! ¡¿Estás bien?! ¿Ah?…
—Ñh…
La instantánea empatía, el instinto de ayudar a alguien en problemas, la llevaron a conocer a la pequeña colibrí. Con su delgado plumaje casi dorado con blanco, sus ojos color miel y un dulce rostro adolorido, consigue cautivar de inmediato a la chica.
Esta pequeña ave la ve acercarse, su rostro muestra un poco de terror de inicio, pero, su energía se agota, pierde el conocimiento.
Al verla en ese estado, con sus alas gastadas y las heridas visibles a través de la dañada ropa, siente una extraña pero indudable obligación por ayudarla. Sin mucho esfuerzo, la levanta para apoyarla en su espalda.
—No sé si seas esa la estrella que busco, pero, estarás bien. Cuando despiertes, podrás decírmelo tú misma.
Una noche que sería recordada por muchos, pues no es común que un asteroide caiga sin ser detectado horas antes. La noticia correría sin tardanza por toda la ciudad hasta cubrir el continente en tan solo unas horas, poniendo a la población en el mapa.
Con las estrellas desapareciendo con los primeros asomos del sol, las aves marinas se escuchan cantando al vuelo por todos lados. Una leve brisa, el astro de luz acariciando su plumaje y el sonido de un televisor lejano consiguen abrir los cansados ojos de la colibrí.
La borrosa visión se aclara poco a poco hasta distinguir las sábanas blancas cubriéndola. La ventana abierta con las cortinas danzando a la guía de la brisa marina, cuyo origen consigue verse tan pronto la pequeña hace la obligatoria abdominal para levantarse.
Confundida, observa a su alrededor para reconocer la habitación. Cajoneras, un closet y un alto librero, todo de madera. Algunos cuadros con fotos de diversas aves, acompañados también de ciertos cuadros con un arte que busca imitar gemas coloridas de algún tipo. Las paredes, con excepción del blanco techo, de un anaranjado claro y vivo, adornado con un par de posters de Seres Especiales sobre la cama.
Alrededor del ventilador que se mueve un poco por la brisa, adornan pequeñas estrellas y planetas de plástico, pegados al concreto, de un verde de apariencia fosforescente.
—¿Dónde…?
Hace a un lado las cobijas para darse cuenta de su ropa. Un par de pantalones muy cortos de una tela elástica, sin calzado y una blusa de un verde oscuro, gruesa, pero sin mangas, adornada con pequeñísimas piedras de fantasía alrededor del cuello y pecho.
—¿Qué…? ¡¿Dónde estoy?!
Alarmada, corre a la ventana. Se encuentra en un segundo piso, con una vista ideal para apreciar los muelles y cada barco que parte y regresa de la pesca. También consigue ver el gigantesco faro, con aquellos típicos colores rojo y blanco en espiral. No puede faltar la alegre gente que le da la verdadera vida al lugar. Aves de todas especies y colores caminan por las calles, algunos en vehículos muy sencillos, solo para transportar mercancía y comida. Nunca falta el grupo de niños ocasional que hace enfadar al anciano gruñón de turno por el hecho de estar jugando y ya.
El cielo está parcialmente despejado, algunas nubes blancas se mueven sin prisas, brindando una sombra ambulante que, acompañada de la brisa marina, ofrece una frescura inigualable.
Este sencillo, pero bello espectáculo es interrumpido por el sonido del cerrojo moviéndose. Tan pronto gira su rostro, la puerta se abre.
—Oh, veo que al fin despertaste —habló una bella y delgada ave, similar a la chica del muelle, pero de un plumaje rubio y solo un poco más largo en la cabeza, simulando un cabello corto y recogido con una liga. Su apariencia de la de una clásica ama de casa, pero, su mayor llamativo son sus ojos, tiernos, pero atentos, de una pupila algo dilatada sin razón—, Menori se pondrá contenta.
—Ahh…
—No te asustes, mi hija te encontró inconsciente y no dudó en traerte a casa. La ropa que traes puesta le pertenece, pero dejó de quedarle hace un año, ahora me alegro de no haberla desechado. Cuando te sientas un poco más tranquila, deberías bajar, pronto serviré la comida.
—C…Claro… G…Gracias…
—Te esperaremos —se despidió con una amable sonrisa.
Tan pronto la puerta se cierra, la mirada del colibrí se pierde en el suelo, su mente en un sinfín de pensamientos, pero, no tarda mucho en comprender su posición. Se vuelve hacia aquel paisaje de nuevo, solo para concluir:
—Debo irme de aquí rápido…
Pone sus manos en el marco de la ventana con la intención de volar, pero el abrumador rugido de su estómago la detiene.
—Mmm —emitió un lamentable gemido—, pero, ¿hasta dónde llegaré así?
Bajando las escaleras, un amplio recibidor divide sus caminos entre la cocina, una pequeña sala y un pasillo ancho que la colibrí no se da el tiempo de explorar ni con la mirada, pues el agradable aroma de la comida le llama.
La cocina, compartiendo espacio con el comedor, está repleta de cachivaches. Sobre la estufa, las altas repisas y demás muebles obligatorios, adornan cuadros y figuras de madera brillosos que recuerdan la ciudad costera donde viven. Pequeños barcos, timones, peces populares, entre cosillas más caricaturescas le dan alma al espacio, pero no tanto como la mamá pájaro al cuidar de lo que quiera que esté en ese par de hoyas.
—Bienvenida. Con confianza, toma asiento, te serviré un poco.
—G…Gracias…
Con nada de confianza, obedece. Observa con innecesaria atención a la alegre ave tomar un pequeño tazón para servir un tipo de caldo con una cuchara. Mientras lo hace:
—Dime, ¿cómo te llamas?
—Soy… Qkarii… Qkarii Weschenfeller.
—Mmm… Creo haber escuchado un nombre similar antes, ¿eres de por aquí?
—Eh… No lo creo.
—¿"No lo creo"? Es una respuesta interesante.
Plato en mesa, Qkarii abre bien sus ojos llenos de brillo al ver, quizá por primera vez en muchísimo tiempo, algo en efecto apetitoso, aunque no tiene idea de lo que pueda ser. Una especie de caldo rojizo, con algunas plantas y vegetales pequeños, pero, dominando la presencia de algún tipo de carne. Recordando los barcos pesqueros que vio antes, no tarda en averiguarlo.
—M… ¡Muchas gracias!
Cuchara en mano, se dispone a devorar. Solo tomó un par de minutos, el pequeño tazón está vacío, solo pequeñas gotas lo privan de mostrarse limpio. Qkarii suelta un largo suspiro de alivio, satisfecha.
—Cielos, de verdad estabas hambrienta. ¿Por cuántas cosas has pasado?
—Eh… Yo…
—¿Te gustaría otro plato?
—¡S…! ¿No sería un problema?
—Por supuesto que no, ¡come cuanto necesites!
La colibrí luce incrédula. ¿Dónde está? ¿Por qué alguien se portaría tan amable con ella? Una vez más, sus pensamientos son interrumpidos, pues, mientras el ave servía su segunda porción, la puerta principal se abre de golpe, alarmándola.
—¡Hemos llegado! —una ronca voz llena de energía hizo retumbar la casa.
—¡Bienvenidos de vuelta! ¡¿Qué tal la pesca de hoy?!
—¡Maravillosa, como siempre! Hay mucho de todo en esta temporada.
—Me alegra escuchar eso. Por cierto, querido, nuestra invitada está en la mesa.
—¡¿Ya despertó?! —otra voz volvió a retumbar muebles y paredes, esta vez, una mucho más joven.
Tan pronto la madre dice esto, la cría se asoma, aquella pequeña ave de plumaje verde.
—¡Qué bien que hayas despertado ya! Tus heridas sanaron en una sola noche, ¡eso es asombroso! ¿Mi ropa te queda bien? La usaba cuando era más o menos de tu tamaño, solo que yo no era tan delgada, espero te sientas cómoda con ella. Mi nombre es Menori, ¿tú eres?
—Ahh…
—Niña, no la atormentes, no hace mucho que despertó.
—¡Lo siento, lo siento! Es solo que… ¡nunca había visto un colibrí en persona! Creí ser la especie de ave más pequeña, ¡luego llegaste tú! Eres super bonita.
—Cielos, niña. Siéntate, te serviré un plato. Intenta no hablar tanto hoy.
—Obedece a tu madre, Menori, es descortés abrumar a la visita de esa manera.
Tras decirlo, entró a la habitación el último animal que alguien como Qkarii esperaría ver: un delfín. Su piel es gris, pero clara y con una textura suave a la vista, de brazos, sí, brazos fuertes y un par de gruesas manos, producto de su posible trabajo como pescador. Viste como lo haría un capitán, se quita el sombrero tan pronto hace acto de presencia. Su estatura es de un metro con 60, superando a la madre ave por 20 centímetros.
La expresión en extremo desconcertada de Qkarii hace gracia al mamífero.
—¡Ja, ja! Ese es rostro que esperaba ver de alguien foráneo. Siguen creyendo que nos extinguimos luego de la guerra universal, ¡pero no es así! ¡Aun somos muchos! ¡Ja, ja, ja!
El mismo semblante permanece en Qkarii hasta que toda la familia está en la mesa, momento en que despabila ante el aroma escapando de cada plato.
—¿Cuál es tu nombre, pequeña? —preguntó el falso pez.
—Eh… Qkarii… Weschenfeller.
—Oh, un nombre poco común, ¿de dónde vienes?
—Yo… no lo sé… Sozeniti.
—¡Ja, ja! ¿Padeces de amnesia? ¡Estamos en Sozeniti!
—¿Ah? Pero… ¿la ciudad es tan grande?
—¿Ciudad? No, no. Estás realmente perdida, pequeña. Sozeniti es todo un continente. ¡Cariño! Recuerda llevar a este ejemplar con un médico.
—Cielos, sabes que odio que uses ese término.
—No lo uso con despecho y lo sabes.
—Cielos. Qkarii, dinos, ¿recuerdas algo de tu pasado?
—¡No tengo amnesia! Solo… Toda mi vida… Creí que Sozeniti era una sola ciudad…
La familia observa con extrañez, es obvio que el interrogatorio seguirá. Al ver que Qkarii comienza a incomodarse…
—¡Si creías que Sozeniti era solo una ciudad, significa que no tienes la menor idea de lo grande que es el mundo! Tengo una idea, ¡te llevaré a conocer la ciudad, el muelle y las playas!
—Jovencita, no dejarás a tu padre solo en el trabajo hoy, en especial con lo abundante de esta temporada.
—Está bien, deja que se dé al menos un día libre de vez en cuando, pediré ayuda por hoy.
—¡Gracias, papá! ¿Qué dices, Qkarii? ¿Salimos terminando la comida?
—Eh… Yo… No puedo quedarme mucho tiempo, yo… Debo irme pron…
—¡Oh, vamos! ¡Debes decir que sí! ¡Puedo verlo en tus ojos! Te mueres de ganas por explorar un poco, ¡no pasará nada malo si te quedas un día!
—Ah, pero…
Se pierde un momento en la acosadora, pero brillante mirada de Menori. Al igual que su madre, sus pupilas se mantienen algo dilatadas, dando una impresión de ternura, pero eterno enfoque también. Con tal de no sentirse abrumada por esto, desvía su mirada para observar todas las figuras y platos decorativos colgando en las paredes. Es cierto, ¿qué conoce sobre el mundo? Toda una vida moviéndose de habitación en habitación, residencia en residencia, pero, sin la oportunidad de explorar afuera, hace que todo lo que ha visto hasta el momento sea nuevo para sus ojos, incluso aquello de lo que había aprendido de sus padres y falsos tutores.
—Supongo que… no pasará nada malo si me quedo solo un día…
—¡Genial! ¡¿Qué estamos esperando?! —expresó su emoción para devorar su plato, rompiendo el récord de Qkarii, quien debe acelerar el paso para no quedar mal.
La guía turística comienza de una manera inusual, pues Menori se muestra emocionada por mostrar casas, algunos comercios y ocasionales edificios. Qkarii se muestra confundida, pues nunca imagino que alguien pudiera verse tan emocionado solo por esto, en especial conociendo ciudades mucho más grandes. Es posible que sea otra persona quien no conoce lo grande que es el mundo, o, al menos eso cree la colibrí.
La siguiente parada es un pequeño mercado donde se encuentran diversos tipos de frutas, artículos de pesca y el fruto del trabajo de los marineros. El olor tiene a ponerse fuerte a estas horas, por lo que muchos se retiran para esperar mercancía fresca al día siguiente.
—Ay, me encanta venir a comprar aquí a primera hora, ¿hules eso? Pescado podrido, por eso debes madrugar, ¡ja, ja, ja!
—Ah… Claro…
—Oye, ¿sabes por qué te muestro la ciudad antes de ir al océano?
—No…
—¡Yo ayudé a construir muchas de las casas de esta ciudad! ¡Ja, ja, ja! —expresó con gran orgullo, sorprendiendo de gran manera a su invitada.
La reacción es volver a mirar cada construcción que sus ojos pueden encontrar. ¿Cómo un ave tan pequeña podría hacer todo eso?
—¡Te mostraré cómo! ¡Sígueme! —la tomó de la mano con enorme entusiasmo.
Tanta energía positiva no deja de abrumar a Qkarii. Después de todo, es la primera vez que recibe semejante trato.
Por fin se acercan a la playa, pero, Menori, sin parar de correr y apresurando el paso en cada segundo, no muestra intenciones de bajar siquiera a tocar la arena. En plena carrera, Qkarii da un vistazo, abriendo bien sus ojos por el asombro.
Desde las aves, la simpleza en la arena, hasta las bravas olas que azotan en la orilla, pero, lo que da a luz a ese brillo en sus ojos, es el fondo infinito pintado en dos azules que se unen donde la vista no consigue distinguir nada más. ¿Qué tan lejano es el océano? ¿Qué tal alto es el cielo? ¿Qué tan grande es el mundo?
Estas aguas están siempre ocupadas. La playa es visitada a diario por turistas y los mismos residentes, ya sea para pasar el día o aprovechar y vender comida o recuerdos. En el eterno azul, se pueden ver barcos y botes pesqueros a lo lejos.
Llegan a su destino, una sección no visitada por muchos, pues solo hay enormes rocas desde que termina la calle. Algunas planas, otras puntiagudas, todas golpeadas sin pausa por la marea.
—Sí, justo aquí, este es el sito donde suelo practicar en mi tiempo libre.
—¿Aquí…? ¿"Practicar"?
—Claro que sí. ¿Has escuchado hablar de los Seres Comunes?
—Sí…
—Bien, ¡yo soy uno de ellos!
Extiende sus manos hacia las rocas. Una rápida sacudida hace que algunos ejemplares grandes se eleven.
—Presta atención, estás por ver algo increíble.
Realizando elegantes y fluidos movimientos con manos y brazos, consigue hacer que las rocas dancen para ella, deslizándose en el aire como si la gravedad fuera un mito. Acompañando la coreografía, Menori mueve un poco las piernas y la cintura con tal de posicionarse y no perder de vista ninguna roca.
—¿Eres… una psíquica?
—¡Ja, ja! Ojalá, pero no. ¡Mira esto!
Al abrir bien sus manos, hace que todas las enormes y mortíferas formaciones se vuelvan en miles de finos fragmentos, como arena negra que danza como los gigantescos cardúmenes de peces al huir de sus depredadores.
—¿Qué…? ¿Cómo lo haces?
—Ese es mi poder, puedo controlar y manipular a mi gusto la tierra y sus derivados. Roca, arena, incluso concreto, ¡soy una super constructora!
A continuación, la nube negra se une para formar lo que parece una casa hecha solo de roca. Toma un poco de tiempo, no es instantáneo. Su siguiente figura es la estatua de una mantarraya.
—¡Es increíble! ¿Puedes hacer lo que sea?
—Eh, bueno… je, je.
La coreografía termina, el animal marino se desploma en grandes piezas de piedra negra.
—En realidad, no puedo mantener lo que creo por siempre. Además, resulta que no basta solo con imaginar y crear. Cuando comencé, nada me salía y cada construcción se desplomaba al instante. Tuve que estudiar y practicar mucho para poder ayudar a construir. Es combinar muchos tipos de tierra distinta y otros materiales que yo no puedo controlar.
—¿Cómo cuál?
—Eh, el agua, dah.
—Claro…
—Pero, mi mayor orgullo lo puedes ver desde aquí. ¿Ya viste nuestro faro?
—¡¿Qué?! —buscó al gigante con la mirada— No me digas que…
—¡Claro que sí! ¡Y quiero que lo veas por dentro! ¡Vamos! ¡Démonos prisa!
Otra carrera inicia. Conocer que existe un poder como esto abre los ojos de Qkarii en muchas formas. Los mobianos singulares son mucho más complejos de lo que alguna vez imaginó. Si existe un poder que te ayuda tanto a construir edificios, ¿qué otro tipo de habilidades hay alrededor de todo el mundo?
En el camino, divisan los muelles desde arriba. Un largo camino de madera donde embarcaciones grandes y pequeñas vienen y van. Enormes cargas de todo tipo son manipuladas por mobianos de gran tamaño y fuerza, pero, a Menori parece importarle otra cosa.
—Nuestro barco no está, mi padre siempre es super puntual, je, je. ¡Lo veremos desde la cima del faro, vamos!
—¡Ah! ¡Sí! —trata de seguir el ritmo.
Como toda buena linterna marina, se encuentra sobre la pendiente más alta de todas, donde ni la marea más alta pudiera siquiera acercarse. Es difícil para Qkarii ir cuesta arriba, en especial por el ritmo forzado por Menori.
Tan pronto llegan a la puerta, un guardia de seguridad reconoce a la joven ave, abriéndole el paso sin chistar. Por dentro, parece una casa más, solo que con mucho más espacio por en medio, donde comienza una larga escalera en espiral que arrebata el aliento de forma psicología a Qkarii. Alrededor, una sección para un comedor, otra para algún tipo de oficina, un apartado grande para numerosos estantes con fotografías y grabados con la historia de la ciudad y, por último, un escenario vacío.
Conforme suben, se hacen presentes más oficinas y bodegas a lo largo de la construcción. Un ligero mareo le ayuda al colibrí a darse cuenta que falta poco para llegar.
Ya en la cima, lo primero que hace es agachar su cabeza para recuperar el aliento, apoyándose de sus pequeñas rodillas. Mientras inhala y exhala, Menori deja salir su emoción sin darse cuenta.
—¿Qué te parece la vista? ¡Puedes ver toda la ciudad desde aquí! ¡Mira, ahí está el barco de mi padre!… ¿Estás bien?
—Solo —termina de recuperar el aire—… Un poco… Por favor… ¿Ah?
Tan pronto alza la vista, el cansancio se olvida. Aunque intentara encontrar el barco mencionado, le sería imposible ante la inmensidad del océano frente ella. No solo eso, nadie con poco tiempo se tomaría la molestia de contar cada embarcación visible en un espacio tan grande como la propia vista.
Pone su mano sobre el pequeño muro que la separa de una caída sin duda mortal, mientras camina despacio al perderse en sus pensamientos. En dirección contraria, puede ver la ciudad. Los edificios llegan hasta donde la vista alcanza, elevándose por lo que alguna vez fueron colinas. El color predominante es el rojo de la madera que sostiene la mayor cantidad de construcciones.
Cientos de aves y otro tipo de mobianos viven aquí, a la vista del mundo, siempre activos y con gran actitud, al menos, eso es lo que la colibrí percibe.
—Entonces, ¿qué te parece?
—Wow…
—¡Ja, ja! ¡Exacto! "Wow", y esto es solo una diminuta esquina de Sozeniti. ¿Te digo lo mejor? Sozeniti es solo una de siete regiones en todo el mundo, ¡¿no es fantástico?!
—¡¿Siete continentes?!
—¡Sí! Siete continentes llenos de cosas inimaginables, esperando a ser descubiertas. ¿Ya te das una mejor idea?
—¿De qué?
—De lo grande que es el mundo.
—Ah…
Una idea fácil de comprender, pero, difícil de procesar en su totalidad. La imaginación no alcanza para esto.
—¿Sabes? —de un pequeño salto, se sienta sobre ese pequeño muro, sin temor a caer, contrastando con la expresión y reacción de Qkarii— Ese es mi sueño. Algún día, podré salir de la ciudad y ver todo Mobius por mí misma, mi única preocupación es si la vida me alcanzará para eso, je, je, je.
—Explorar… todo Mobius…
Los pequeños ojos de Qkarii se abren tanto como pueden, reaccionando a una idea tan increíble. La misma pregunta surge, ¿una vida entera alcanza para eso? Pero, mientras ella se pierde en ese sueño empático, Menori se distrae al verla así.
Un rostro soñador, los ojos brillando como miel mientras disfrutan la vista, el delgado, pero largo pico entre abierto por la conciencia ausente de esta realidad. Además, su plumaje rubio, brillante como el oro, cubriendo desde la parte superior del cráneo hasta la cola, pasando también por las alas. Su torso, por otro lado, se cubre por un limpio plumaje blanco, notable, sobre todo, en el poco pronunciado pecho.
—Hmm… ¡Ay! ¡Cómo te envidio!
—¡¿Ah?! ¡¿Yo?! ¡¿Qué?!
—Je, je, je, tranquila, es solo que, ¿te has visto en un espejo?
—Ehh…
—¡Tienes un plumaje hermoso! ¡Hasta distraída te ves muy bonita! Mi especie no tiene tanta suerte, ¡mira mis plumas! Mamá tuvo suerte de ser rubia, al menos.
—Eh… ¿qué especie eres?
—Soy un… este… una Pipra filicauda.
—Una… ¿qué?
—O sea… amm —suspira—…un saltarín uirapuru.
—Saltarín… ¿qué?
—También es… amh… Por el caos… Soy un saltarín cola de alambre.
—Eso… ¿eso es una especie?
—¡Sí! ¡Es una especie! ¡Nos llaman así porque nuestra cola es muy delgada hasta parecer un "alambre"! ¡¿La ves?!
—¡La veo! ¡La veo! Solo que… ji, ji.
—¿Ah? ¿Qué es eso? ¿Será que, de hecho, puedes reír?
—Oye…
—¡Ja, ja, ja! Descuida, está bien, pero, de verdad envidio tu plumaje, aunque no te crezca mucho en la cabeza, pero, no lo envidio tanto como a los machos de mi especie, ¿alguna vez los has visto?
—Hasta ahora no sabía que existían.
—¡Son hermosos! ¡Se llevan el mejor plumaje y los mejores colores! Qué suerte tienen algunos.
—Je, je, je, supongo.
—Mmm… pero, ¿sabes? Lo que de verdad envidio mucho, es a las aves que pueden volar.
—¿Oh?
—Los que pueden extender sus alas y elevarse por los cielos, sentir una libertad como ninguna, no saben la suerte que tienen. Su pudiera volar —se levanta de un sorpresivo salto, alarmando de nuevo a Qkarii—, extendería mis brazos y, ¿sabes lo que haría?
—Ehh… ¿volar?
—Algo así —declaró para dejarse caer de espaldas.
—¡Espera! ¡Ahhh!
Sus pies no le dan la velocidad que necesita para detenerla. Inclinándose todo lo que puede, ve a Menori caer en picada con una gran sonrisa.
—¿Puede volar? No, no puede volar. ¿Va a volar? ¡No va a volar! ¡Ahh!
Sin tardanza, extiende sus alas, batiéndolas a una velocidad casi imperceptible. Haciendo justicia a su especie, despega en un parpadeo y en un par de segundos alcanza para sujetar con fuerza el descalzo pie de Menori, entrelazando las delgadas y pequeñas garras de ambas.
—¡¿Por qué hiciste eso?!
—¡Ja, ja! ¡Lo sabía! ¡Sabía que eres de las que vuelan!
—¡¿Por qué no solo lo preguntaste?!
—¡¿Qué habría de emocionante en eso?! ¡Ja, ja, ja!
—¿Qué…?
Al entender que no servirá de nada seguir cuestionando, desciende con lentitud mientras Menori se balancea de un lado a otro de cabeza, sin parar de reír, cosa que consigue contagiarse, al menos un poco.
Tras aterrizar, ambas caen de espaldas contra la pared para recuperarse.
—¿Sabes? Esta no es una ciudad grande, pero, pasan muchas cosas todo el tiempo, por eso, estoy enamorada de este lugar, no desearía haber nacido en ningún otro sitio, ji, ji.
Qkarii solo la observa, sin saber bien cómo responder a eso. ¿Cómo alguien puede estar "enamorado" de un lugar, una ciudad? ¿Qué significa?
—Ahora sé que puedes volar, entonces, tengo una pregunta para ti.
—¿Ah?
—¿Eres la estrella fugaz de anoche?
—¿Qué?
—Sé que es una pregunta extraña, pero, no creo que sea coincidencia. Anoche, vi cómo un objeto brillante caía del cielo. Poco después, te encontré. ¿Eres tú? ¿Eres la estrella fugaz que vi?
—Ahh…
—Si no lo eres, eventualmente tendrás que explicarme cómo fue que terminaste aquí. Ya nos dijiste que no tienes amnesia, entonces…
—Ah, este… yo… bueno… ¡Debo irme! —se levantó de golpe.
—¿Eh? Oye, oye, ¿a dónde crees que vas?
—Lo siento, yo… no puedo quedarme mucho tiempo.
—¿Por qué? ¿Cuál es la prisa? ¿A dónde irás?
—No lo sé, solo… debo seguir moviéndome.
—Entonces, ¡¿sí eras tú?!
—¿Qué…?
—¿"Seguir moviéndome"? Es decir que viajas, y ni siquiera llevas algo de dinero contigo, entonces, ¡llegaste aquí volando!
—Eso… ¡¿qué tendría que ver?!
—¡Vamos! Solo dímelo, por favor. ¿Eres mi estrella fugaz?
—Yo…
Ambas de pie, una frente la otra, Qkarii muestra intenciones de huir, pero, la mirada en Menori, llena de esperanza y una seriedad que no había demostrado hasta ahora. Por razones que escapan a su entendimiento, decide no hacerlo, al menos, por ahora. Agacha la mirada mientras lo piensa un momento, en silencio. El sonido del agua llama su atención, recordándole lo último que aprendió hoy. ¿De verdad se puede llamar afortunada solo por poder volar? Sea cual sea la respuesta, una cosa es cierta, si pudo llegar hasta aquí volando, tiene el poder para cumplir por ella misma el sueño que se le contó hace unos momentos: explorar el mundo por ella misma.
Como si el resto de cosas dejaran de importar, es imposible no sentirse más afortunada solo por ello. Con esto, un sentimiento nuevo, la extraña necesidad de, al menos, hacer realidad ese deseo por saber la verdad.
Sin despegar la mirada del lejano océano, deja que su cuerpo comience a brillar, impresionando a Menori. Poco a poco, la luz que irradia de su cuerpo tiñe su plumaje de plata en todo lo que antes era amarillo, incluyendo sus ojos. Se gira para volver la mirada a su nueva amiga.
—Yo… Soy un Ser Cósmico, entonces, sí, soy la estrella fugaz de anoche.
—¡Ahhh! ¡Qkarii! ¡Eres hermosa!
—¡¿Ah?! Yo, no… ¿Qué? —no era la reacción esperada. Otro sentimiento nuevo causa un poco de rubor en su rostro.
—¡Un Ser Cósmico! ¡Lo veía en tus ojos! ¡No podías ser solo un Ser de Mobius! Dime, ¿por qué?
—"¿Por qué?"
—¿Qué fue lo que te pasó? Anoche estabas llena de pequeñas heridas, pero, hoy estás bien. ¿Quién te hizo eso?
—Un… Un monstruo…
—Entonces, estabas huyendo —llevó una mano a su pico, sobre analizando las cosas.
—Sí… Es por eso que debo irme. No quiero que me encuentren. Si lo hacen, lo que podrían hacer…
—Pero, ¿qué tan probable es que te encuentren? ¡Volabas muy rápido!
—¿Qué quieres decir?
—Tuviste que haber atravesado un mar para llegar aquí. Si no dejaste rastro en tu vuelo, entonces, ¿cómo te encontrarán?
—Aunque sea así… No sabes lo que podrían hacerle a esta ciudad solo para hacerme salir. Si me quedo… ¡Debo seguir volando! ¡Ir hasta donde no puedan encontrarme! —se disponía a despegar.
—¡Espera!
—Hm…
—No sé por qué te persiguen, pero… No puedo imaginarme lo horrible que debe ser vivir huyendo.
No hay respuesta.
—Qkarii, ¿cuáles son las posibilidades de que te encuentren aquí? ¡No vivas huyendo! ¡Esa no es la manera de conocer el mundo!
—Pero… ¿qué puedo hacer? Debo huir…
—¡No! ¡No debes!
—¡Pero…!
—¡Una vida huyendo no es una vida! ¡Es solo sobrevivir! ¡Mereces mucho más que eso!
Las palabras hacen un eco tan fuerte en su mente, que consiguen sacar una gran lágrima.
—Papá… y mamá dijeron algo similar… antes de…
Al enterarse, Menori lleva ambas manos a su pico. La risa no es lo único que puede contagiarse. El lamento y las lágrimas son un opuesto con efectos similares.
—Menori… Yo… No he vivido desde que nací. No sé a qué te refieres cuando hablas de todo eso. Viví encerrada desde que tengo memoria. Yo… no quiero… No quiero seguir huyendo, pero… si no lo hago…
Es interrumpida de manera abrupta por un abrazo. Tan fuerte, que obliga a salir el resto de lágrimas que con tanto esfuerzo contenía.
—No tienes que explicarme todo, entiendo.
—Yo… Yo… ¡Ahhh!
Una sensación por completo nueva. Por primera vez, tiene la oportunidad para dejar salir todo el dolor acumulado, solo ella sabe por cuánto tiempo. El brillo de su plumaje se intensifica desde el primer grito y durante su llanto. Corresponde con fuerza el abrazo y, por primera vez, Menori guarda silencio.
Es imposible por ahora saber cuánto tiempo ha pasado. Qkarii volvió a su estado inactivo. Ambas sentadas, con la colibrí bajo los brazos de Menori. La paz ha comenzado a cubrirlas.
—Qkarii, si tienes que irte, no te detendré, pero, al menos, ¿podrías quedarte a cenar? A mis padres les encantaría. Luego, puedes despegar en la mañana.
—Yo… Supongo que… está bien —habló con gran calma en su voz, sonriendo de nuevo.
—Solo, prométeme una cosa, ¿sí?
—¿Oh?
—En algún momento, debes dejar de huir y comenzar a vivir de verdad. Tienes lo que siempre he soñado, el poder para explorar el mundo entero. Eres mi estrella fugaz, ¿no? ¡Debes cumplir mi deseo! Cuando seas libre, ¡ven por mí y exploremos el mundo juntas!
—Menori… Está bien, cumpliré tu deseo algún día.
—Más te vale, je, je.
Durante el resto del día, la saltarina aprovecha para mostrarle más de la ciudad, al menos, todo lo cercano a su casa y el muelle. Visitan algunas tiendas de ropa para ilusionarse con bellas prendas que no pueden comprar, pero, luego se desquitan probando algunos aperitivos, sobre todo, helados. También hay tiendas con mascotas exóticas que uno que otro protestante exige su cierre, restaurantes pensados para que los turistas prueben el auténtico sabor del océano, entre muchos otros sitios de entretenimiento no tan apegados a la temática marina.
Aunque fueron muchísimas horas, no se sintieron hasta que el sol comenzó a ocultarse, clara señal de que deben volver a casa. La madre recibe de vuelta a la invitada con enorme gusto, pidiendo solo un poco de paciencia para terminar la cena. Oportuno, el padre regresa temprano, terminando de juntar a toda la familia.
Durante la convivencia, Qkarii muestra los mismos problemas para entablar comunicación a menos que se le presione un poco con preguntas. Menori la ayuda a salir de algunos aprietos, lo mejor será ocultar la verdad, así que, para ambos padres, la colibrí es solo una viajera que sufrió un pequeño accidente.
Ha caído la noche. Todos acostumbran dormir un poco temprano, aunque, es Menori la única que, a veces, busca quedarse despierta un poco más de tiempo.
Es común recibir invitados, por lo que guarda un colchón extra que prepara en poco tiempo con una almohada y un par de cobijas mientras Qkarii observa de nuevo por la ventana. El cielo es estrellado, cubierto solo por algunas nubes ambulantes. La pequeña luna se asoma de vez en cuando, iluminando con fuerza la ciudad y el brillante plumaje del colibrí, el cual, Menori nunca dejaría de admirar.
—Está todo listo —declaró para dar un salto a su propia cama.
—Oh, gracias —decidió volver.
—Puedo prestarte algo para dormir si estás cansada de llevar eso.
—Lamento ser una molestia, je, je.
—¡Ja, ja, ja! Por favor, no recuerdo la última vez que pude prestarle ropa a alguien.
Por lo grande de la ventana, la brisa nocturna entra con total libertad, ahorrando la necesidad de ventilación. Otra sensación nueva para alguien que recién se recuesta también.
—Debo levantarme muy temprano para salir con mi padre a pescar, entonces, si despierto primero, está bien si te vas, solo recuerda buscarme para despedirte, con poder verte volar me basta, sabré que todo está bien.
—Claro… Eh, Menori.
—¿Sí?
—Tu padre… ¿Cómo es qué él y tu madre…? Si… se supone que un mamífero un ave no pueden…
—¡Por caos! ¡No es mi verdadero padre, Qkarii! ¡Ja, ja, ja! Se casó con mi madre cuando yo era muy pequeña, lo he llamado papá toda mi vida. Al otro sujeto nunca lo conocí.
—Oh, ya veo, perdón, perdón.
—Descuida, je, je —liberó un largo bostezo—. Oye, tengo muchísimas ganas de seguir conversando, pero, estoy agotada y debo desper…
Pequeños ronquidos revelan que no pudo más. Una última sonrisa refleja el humor de Qkarii al respecto, pero, pronto debe volver a pensar y sentirse atormentada. Este lugar, estas personas, todo es tan hermoso, nunca pudo imaginar algo así. Para llegar, tuvo que volar como nunca antes en su vida, pero, ¿qué le asegura que su cazador no la encontrará?
Deambulando alrededor de todos sus pensamientos, sus ojos se cierran.
Tal como la vez anterior, las sensaciones matutinas la traen de vuelta a la vida. Levanta con lentitud su torso para estirarse y bostezar. Lo primero en buscar con la mirada es a Menori, pero solo encuentra una cama vacía y destendida.
Tan pronto despabila, regresa a la ventana para contemplar de nuevo el paisaje. Toda esa belleza nunca antes vista, su primera amistad, es momento de abandonarlo todo. Como si la escena se repitiera, la puerta se abre.
—Oh, buenos días, Qkarii, pensé que habrías salido ya. Menori se veía un poco desanimada esta mañana, dijo que pasarías a despedirte de ella.
—En realidad, ¡creo que me quedaré unos días más! Ji, ji.
Próximo Capítulo
"La desventura del colibrí (parte 2)"
