Lunes por la mañana
LUNES 15 DE JULIO DE 2002
Belsize Park
El radiodespertador suena a la hora de siempre, las 07.05. Afuera ya es de día, y no hay nubes, pero todavía no se mueve ninguno de los dos. Se quedan acostados, el brazo de él en la cintura de ella, los
tobillos enredados, en la cama doble de Seiya en Belsize Park, en lo que hace muchos años era un piso de soltero.
Seiya lleva un rato despierto, ensayando mentalmente un tono de voz y unas palabras que aúnen elocuencia y naturalidad. Al notar que Serena se mueve, habla.
–¿Puedo decir una cosa? –le dice en la nuca, sin abrir los ojos, con la boca pegada de sueño.
–Venga –dice ella con cierto recelo.
–Creo que es una locura que tengas tu propio piso.
Ella sonríe, dándole la espalda.
–bien.
–Total, duermes aquí casi todas las noches.
Abre los ojos.
–No tengo porqué.
–No, es que yo lo quiero.
Se gira en la cama, y ve que él aún tiene los ojos cerrados.
–Seiya, ¿me estás...?
–¿Qué?
–¿Me estás pidiendo que seamos compañeros de piso?
Él sonríe. Sin abrir los ojos, coge su mano por debajo de la sábana y se la aprieta.
–Serena, ¿quieres ser mi compañera de piso?
–¡Por fin! –masculla ella–. Seiya, llevo toda la vida esperándolo.
–Entonces, ¿qué? ¿Sí?
–Déjame pensarlo.
–Pero me dirás algo, ¿no? Porque si no te interesa, igual se lo ofrezco a otra persona.
–Te he dicho que me lo pensaré.
Él abre los ojos. Se esperaba un sí.
–¿Qué hay que pensar?
–Bueno, no sé... Vivir juntos.
–En París vivíamos juntos.
–Ya lo sé, pero era París.
–Ahora vivimos más o menos juntos.
–Ya lo sé, pero es que...
–Además, es una tontería que vivas de alquiler; tal como está el mercado inmobiliario, alquilar es tirar el dinero.
–Hablas como si fueras mi asesor financiero. Es muy romántico. –Serena frunce los labios y le da un beso, un cauto beso matinal–. ¡No lo dirás sólo por planificación financiera!
–Bueno, eso sería lo principal, pero también creo que estaría... bien.
–Bien.
–Que vivieras tú aquí.
–¿Y Luz?
–Ya se acostumbrará. Además, sólo tiene dos años y medio. No depende de ella, ¿verdad? Ni de su madre.
–¿Y no estaríamos un poco...?
–¿Qué?
–Estrechos. Los tres aquí, los fines de semana.
–Ya nos las arreglaremos.
–¿Dónde trabajaré?
–Aquí, si quieres, cuando yo estoy fuera.
–¿Y tú dónde te llevarás a tus amantes?
Seiya suspira, un poco aburrido del chiste después de un año de fidelidad casi maniaca.
–Iremos a hoteles, por la tarde.
Vuelven a enmudecer, mientras la radio sigue dando la matraca. Serena cierra otra vez los ojos, intentando verse abriendo cajas de cartón y buscando sitio para su ropa y sus libros. A decir verdad, prefiere el ambiente de su piso, un ático acogedor y vagamente bohemio al lado de Hornsey Road.
Belsize Park es demasiado mono, demasiado pijo, y a pesar de los esfuerzos de ella, y de la colonización gradual por parte de sus libros y su ropa, el piso de Seiya conserva el aire de los años de soltero: la videoconsola, el televisor gigante, la ostentosa cama...
–Siempre pienso que abriré un armario y me quedaré enterrada debajo de... no sé, un alud de bragas, o algo así.
Pero, ya que Seiya ha hecho la propuesta, se siente en la obligación de ofrecer algo a cambio.
–Igual deberíamos plantearnos comprar algo en otro sitio –dice–. Algo más grande.
Ya han vuelto a topar con el gran tema del que no se habla. Sigue un largo silencio, en el que Serena se pregunta si Seiya se habrá vuelto a dormir, hasta que él dice:
–Bien, pues lo hablamos esta noche.
Y así empieza otra semana, como la anterior, como las que vendrán. Se levantan y se visten. Serena recurre a las limitadas reservas de ropa que a duras penas caben en su porción de armario.
Seiya se ducha primero, y Serena, después. Él, mientras tanto, va a comprar el periódico, y leche, si hace falta. Lee las páginas de deportes, y ella, las noticias. Luego, después del desayuno (el cual transcurre en su mayor parte en un silencio cómodo), Serena recoge su bicicleta del pasillo y la empuja con Seiya hacia el metro. Cada día se despiden con un beso a las ocho y veinticinco, aproximadamente.
–Michiru pasará a dejar a Luz a las cuatro –dice él–. Yo volveré a las seis. ¿Seguro que no te importa estar aquí?
–Pues claro que no.
–¿Y estarás bien con Luz?
–Perfecto. Igual vamos al zoo. Ya veremos.
Se dan otro beso, y ella se va a trabajar, y él se va a trabajar, y así pasan los días, más rápidos que nunca.
Trabajo. Seiya vuelve a tener su propia empresa, aunque de momento «empresa» parece una palabra un poco fuerte para este pequeño café-delicatessen de una calle residencial entre Highgate y Archway.
La idea se fraguó en París, durante el largo y extraño verano en que desmantelaron la vida de él entre los dos y la volvieron a montar. Fue idea de Serena, en la terraza de un café cerca del Parc des Buttes Chaumont, en el noreste.
–Te gusta la comida –dijo–. Sabes de vinos. Podrías vender café del bueno a granel, quesos importados y todas esas cosas lujosas que le gustan a la gente de hoy en día. Nada pretencioso ni pijo;
una tiendecita chula, con mesas fuera en verano.
A Seiya, al principio, le molestaba la palabra «tienda»; no acababa de verse de «tendero», ni, peor aún, al frente de un colmado. Lo que ya sonaba mejor, en cambio, era «especialista en alimentos
importados». Mejor verlo como un bar-restaurante que también vendía comida. De ese modo sería un empresario.
Y así, a finales de septiembre, en el momento en que París empezaba, finalmente, a perder algo de lustre, volvieron juntos en tren. Algo morenos, con ropa nueva, caminaban del brazo en el andén con la impresión de llegar a Londres por primera vez, llenos de planes y proyectos, resoluciones y ambiciones.
Sus amigos asentían sabia y sentimentalmente, como si lo supieran desde siempre. Serena volvió a ser
presentada al padre de Seiya («pues claro que me acuerdo; me llamaste fascista»), a quien explicaron la idea del nuevo negocio con la esperanza de que estuviera dispuesto a ayudarlos con la financiación.
Desde la muerte de Setsuna, existía el acuerdo tácito de que, a su debido tiempo, Seiya recibiría algo de dinero. Parecía un buen momento. Interiormente, Darien Kou seguía pensando que su hijo perdería hasta el último céntimo, pero todo era poco a cambio de estar seguro de que nunca jamás volvería a salir en la televisión.
También ayudaba la presencia de Serena. Al padre de Seiya le gustaba Serena, y por
primera vez en varios años, sintió que le gustaba su hijo a causa de ella.
El local lo encontraron juntos. Un videoclub, que con sus estanterías de VHS polvorientos ya era una anomalía, había acabado por rendir el alma. Tras un último empujón de Serena, Seiya presentó una
oferta, y lo alquiló por un año. Durante un largo y húmedo enero arrancaron las estanterías de metal y repartieron los vídeos de Steven Seagal por las tiendas de beneficencia de la zona. Rascaron las paredes, las pintaron de un blanco roto, las revistieron de madera oscura y se pasearon por otros restaurantes y bares en quiebra en busca de una cafetera industrial decente, cámaras y neveras con puerta de cristal.
Cada negocio fracasado le recordaba a Seiya lo que se jugaba, y lo fácil que era fracasar.
Pero siempre estaba Serena con él, impulsándole a seguir, alimentando su convicción de ir por buen camino. Era un barrio con futuro, decían las inmobiliarias; un barrio que se iba poblando lentamente de jóvenes profesionales, conocedores del valor de la palabra «artesano», y deseosos de tarros de confit de pato; clientes a quienes no les importaba pagar dos libras por una barra de pan irregular, o por un trozo de queso de cabra del tamaño de una pelota de squash. Sería el tipo de establecimiento al que iría la gente para que se notara que estaban escribiendo una novela.
El primer día de primavera, en plenas reformas, se sentaron en la acera de enfrente de la tienda y redactaron una lista de posibles nombres (combinaciones cursis de palabras como magasin, vin, pain y París, pronunciado «Paguí»), hasta que se decidieron por Belleville Café, que aportaba algo del sabor del 19e arrondissement justo al sur de la A1. Dexter constituyó una sociedad limitada, la segunda después de Bomkou Tv, con Serena como secretaria de la empresa, y también coinversora, gracias a una
aportación pequeña pero importante. Los primeros dos libros de Julie Criscoll empezaban a dar dinero.
Ya estaba en proyecto la segunda serie de dibujos animados, y se empezaba a hablar de merchandising: cajas de lápices, tarjetas de felicitación e incluso una revista mensual. Incuestionablemente, estaba «bien situada», como habría dicho su madre. Tras cierta cantidad de carraspeos, se vio en la extraña (y
levemente turbadora) circunstancia de poder ofrecer ayuda económica a Seiya; y él, tras cierta cantidad de cambios de postura, aceptó.
Abrieron en abril. Seiya se pasó los seis primeros meses detrás del mostrador de madera oscura, viendo entrar a gente, echar un vistazo, resoplar y salir. Luego, sin embargo, se empezó a correr la voz, la
cosa se fue animando, y él estuvo en situación de coger dependientes. Empezó a tener clientes habituales, e incluso a disfrutar.
Ahora es un sitio de moda, aunque en un sentido más manso y sosegado de lo que él estaba acostumbrado. La nueva fama de Seiya se limita al barrio, y no se debe a nada más que a su selección de tés, pero algo queda del viejo rompecorazones que ruboriza las futuras mamás que entran a comerse unas pastas después de la clase de gimnasia preparto. Casi vuelve a tener éxito, casi, aunque a pequeña escala.
Abre el grueso candado que sujeta la persiana metálica, caliente al tacto en esta radiante mañana de verano. La sube, abre la puerta con llave y se siente... ¿qué? ¿Satisfecho? ¿Tirando a feliz? No, feliz.
Secretamente, y por primera vez en muchos años, está orgulloso de sí mismo.
Claro que hay martes largos y tediosos en que le apetecería bajar la persiana y beberse metódicamente todo el vino tinto, pero no es el caso de hoy. Hoy es un día de calor, por la noche verá a su hija, y se
pasará con ella gran parte de los ocho días siguientes, mientras Michiru y el cabrón de Taiki se van a otra de sus constantes vacaciones. Por algún extraño misterio, ahora Luz tiene dos años y medio, y es una niña serena, guapa como su madre.
Puede entrar en el café, jugar a tiendas y ser objeto de las monerías de los empleados. Y por la noche, cuando Seiya vuelva a casa, estará Serena. Por primera vez en muchos años, está más o menos donde quiere estar. Tiene una pareja por quien siente amor y deseo, y que también es su mejor amiga. Tiene una hija guapa e inteligente. Le va bien. Todo irá bien a condición de que nada cambie.
A tres kilómetros, justo al lado de Hornsey Road, Serena sube el tramo de escaleras, abre con llave la puerta principal y respira el aire frío y enrarecido de un piso donde hace cuatro días que no vive nadie.
Se prepara un té, se sienta en su escritorio, enciende el ordenador y se queda mirándolo casi una hora.
Hay mucho que hacer: leer y dar el visto bueno a guiones para la segunda serie de Julie Criscoll, escribir quinientas palabras del tercer volumen y trabajar en las ilustraciones. Tiene cartas y e-mails de jóvenes lectores, notas personales serias, desconcertantes en bastantes casos, que requieren cierta atención, sobre la soledad y el acoso, y este chico que me gusta tanto, pero tanto.
Pero no se le va de la cabeza la propuesta de Seiya. Hace un año, durante el largo y extraño verano en París, tomaron una serie de decisiones sobre su futuro en común –si realmente llegaban a tener un futuro en común–, y uno de los grandes ejes del plan era no vivir juntos: vidas separadas, pisos separados y amigos separados. Se esforzarían por estar juntos, y ser fieles, por supuesto, pero no de una manera convencional. Nada de pasarse los fines de semana de inmobiliaria en inmobiliaria, ni de ir juntos a cenar a casa de nadie, ni de regalarse flores el día de San Valentín; nada de la parafernalia de las parejas y de lo doméstico. Ya lo habían intentado, y a ninguno de los dos le había salido bien.
Serena se lo imaginaba como una solución sofisticada y moderna, un nuevo tipo de vida, pero hay que esforzarse tanto por disimular que quieren estar juntos, que últimamente parecía inevitable que se
derrumbase alguno de los dos. Lo que no se esperaba era que fuese Seiya. Hay un tema del que casi no han hablado, y ahora parece imposible eludirlo. Tendrá que respirar hondo y decir la palabra: hijos. No,
«hijos» no; mejor no asustarle; mejor usar el singular. Quiere tener un hijo.
Ya lo han hablado alguna vez, con circunloquios humorísticos, y él se ha pronunciado vagamente en el sentido de que tal vez, en un futuro, cuando se haya asentado todo un poco... Pero ¿se puede asentar mucho más? Allá está el tema, en medio de la sala, y chocan constantemente con él. Está presente cada vez que llaman por teléfono los padres de Serena, y está presente cada vez que ella y Seiya hacen el amor –con bastante frecuencia, aunque menor que en la depravación del piso de París–. Le impide conciliar el sueño. A veces ve posible hacer un mapa de su vida a partir de lo que le preocupa a las tres de la madrugada: primero los chicos, luego –durante demasiado tiempo– el dinero, luego el trabajo, luego su relación con Alan, y luego su infidelidad. Ahora, esto. Tiene treinta y seis años, lo que quiere es
un hijo, y si él no lo quiere, tal vez sea mejor...
¿Qué? ¿Dejarlo? Dar ese tipo de ultimátums parece algo melodramático y degradante. Por otra parte, la idea de cumplir la amenaza le resulta inconcebible, al menos de momento. Aun así, decide sacar el tema por la noche. No, esta noche no, que se queda Luz a dormir, pero pronto.
Tras perder el tiempo toda la mañana, a la hora de comer va a la piscina, cuyas calles recorre laboriosamente sin que se le despeje la cabeza. Luego vuelve en bicicleta al piso de Seiya, con el pelo
mojado, y al llegar se encuentra un cuatro por cuatro negro, enorme, vagamente siniestro. Es un coche de gánsteres, con dos siluetas visibles por el parabrisas: una de ellas, ancha y baja, y la otra, alta y delgada.
Son Michiru y Taiki, que gesticulan como locos en otra de sus discusiones. Serena los oye desde el otro lado de la calle. Al acercarse con la bici, ve el rostro crispado de Taiki, y a Luz en el asiento trasero, con la mirada fija en un libro ilustrado, que le sirve de pantalla contra el ruido. Serena da unos golpecitos en la ventanilla más próxima a Luz, y la ve alzar la mirada, sonreír –diminutos dientes blancos en una boca ancha– y presionar el cinturón de seguridad para salir.
A través del parabrisas, Serena y Taiki se saludan con la cabeza. La etiqueta de la infidelidad, la separación y el divorcio resulta un poco infantil. El caso es que hay lealtades declaradas y enemistades
juradas, y aunque Serena conozca a Taiki desde hace veinte años, ya no puede hablar directamente con él. En cuanto a la ex mujer, Michiru y Serena ya han encontrado un tono, de alegría forzada, sin rencores.
Aun así, la antipatía hace temblar el aire entre las dos, como el calor.
–¡Perdona! –dice Michiru al desplegar sus largas piernas y sacarlas del coche–. ¡Es que no nos ponemos de acuerdo sobre la cantidad de equipaje!
–A veces las vacaciones estresan un poco –dice Serena, por decir algo.
Una vez desabrochada la sillita, Luz trepa a los brazos de Serena, le hunde la cara en el cuello y le abraza en las caderas con unas piernas flacas. Serena sonríe, un poco incómoda, como diciendo: «¿Qué le
voy a hacer?»; también Michiru, con una sonrisa tan rígida y forzada que lo sorprendente es que no tenga que usar los dedos.
–¿Dónde está papá? –dice Luz en el cuello de Serena.
–Trabajando. Llegará muy pronto.
Serena y Michiru sonríen un poco más.
–¿Qué, cómo le va? –consigue decir Michiru–. El café.
–La verdad es que muy bien.
–Bueno, siento no verle. Dale un beso de mi parte.
Más silencio. Taiki arranca, como una manera de meter prisa.
–¿Quieres entrar? –pregunta Serena, sabiendo la respuesta.
–No, tenemos que irnos.
–¿Adónde van, que no me acuerdo?
–A México.
–México. Qué bonito.
–¿Has estado?
–No, pero una vez trabajé en un restaurante mexicano.
Michiru chasquea la lengua. Se oye el vozarrón de Taiki en el asiento delantero.
–¡Venga, que no quiero encontrar tráfico!
Luz es devuelta al coche para las despedidas, los pórtate bien y los no veas demasiado la tele.
Serena mete discretamente en casa el equipaje de la niña: una maleta de vinilo rosa chuche, con ruedas, y una mochila en forma de oso panda. Al salir, se encuentra a Luz en la acera, esperando muy formal, con un montón de libros ilustrados contra el pecho. Está guapa, chic, inmaculada, un poco triste: la viva
imagen de su madre, y en absoluto la de Serena.
–Nos tenemos que ir. Últimamente la facturación es una pesadilla.
Michiru vuelve a encajar sus largas piernas en el coche, como una especie de navaja plegable. Taiki mira fijamente hacia delante.
–Bueno, que lo pasén muy bien en México. Que se diviertan con el snorkel.
–No, snorkel no, submarinismo. El snorkel es para los niños –dice Michiru, con una dureza involuntaria.
Serena se molesta.
–Perdona. ¡Submarinismo! ¡No se ahoguen!
Michiru arquea las cejas, formando una pequeña O con los labios. ¿Qué quiere que le diga? ¿«Lo he dicho en serio, Michiru; no te ahogues, por favor, no quiero que se ahoguen»? Demasiado tarde. Lo hecho, hecho está. Se ha roto la ilusión de fraternidad. Michieu estampa un beso en la coronilla de Luz, da un portazo y se va.
Serena y Luz se quedan saludando con la mano.
–Bueno, Lu, tu papi no vuelve hasta las seis. ¿Qué quieres hacer?
–No lo sé.
–Es temprano. ¿Y si vamos al zoo?
Luz asiente vigorosamente. Serena tiene un pase familiar para el zoo. Entra, dispuesta a prepararse para una tarde más con la hija de otro.
Dentro del coche grande y negro, la ex señora Kou tiene los brazos cruzados, la cabeza apoyada en el cristal tintado y los pies en el asiento, mientras Taiki suelta palabrotas a causa del tráfico de Euston
Road. Últimamente casi no se hablan; sólo se gritan y se enseñan los dientes. Estas vacaciones, como las demás, son una tentativa de arreglar las cosas.
El último año de su vida no ha sido ningún éxito. Taiki ha resultado ser un bruto y un mezquino. Lo que a Michiru le parecía ímpetu y ambición ha demostrado ser poca disposición a pasar las noches en
casa. Ella sospecha que la engaña. Parece que a Taiki le moleste la presencia de Michiru en «su» casa, y también la de Luz.
Le grita por el mero hecho de que se comporta como una niña; eso cuando no evita por completo su presencia. Le suelta máximas absurdas: «Luz, quid pro quo». ¡Pero si tiene dos años y medio, por amor de Dios! Aunque Seiya fuera un inepto y un irresponsable, al menos le ponía ganas (a veces demasiadas).
En cambio Taiki trata a Luz como a un trabajador que no está dando buenos
resultados. En cuanto a la familia de Michiru, si recelaba de Seiya, a Taiki le desprecia sin rodeos.
Ahora, cada vez que ve a su ex marido se lo encuentra sonriente, siempre sonriente, publicitando su felicidad como si fuera de alguna secta. Seiya lanza a Luz por los aires, le hace cosquillas y aprovecha cualquier ocasión para enseñar lo estupendo que se ha vuelto como padre. Sólo faltaba la tal Serena.
De lo único que habla Luz es de que si Serena esto, que si Serena lo otro, y de que su mejor amiga, la mejor de todas, es Serena. Trae a casa trozos de pasta pegados en cartulinas de colores, y cuando Michiru le pregunta qué es, contesta que Serena. Luego habla sin parar de que se han ido juntas al zoo. Se ve que tienen un pase familiar. ¡Pero qué pagados de sí mismos, por Dios! Es insufrible.
Seiy y Bombon, Bombon y Seiy, él con su colmadito cutre de la esquina –por cierto, Taiki ya tiene cuarenta y ocho sucursales de Natural Stuff–, y ella con su bici, su cintura que engorda, sus maneras de estudiante y su actitud jodidamente irónica. A su modo de ver, tiene algo de siniestro y de calculador el que Serena se
haya visto ascendida de madrina a madrastra, como si hubiera estado al acecho desde siempre, dando vueltas en espera del momento justo. ¡No se ahoguen! Bruja descarada...
A su lado, Taiki suelta palabrotas a causa del tráfico de Marylebone Road. Michiru siente un gran resentimiento por la felicidad ajena, sumada a la tristeza de verse por una vez en el equipo perdedor;
pena, también, por lo desagradables, descorteses y rencorosos que son todos estos pensamientos. A fin de cuentas, fue ella quien dejó a Seiya, y le partió el corazón.
Ahora Taiki está soltando palabrotas a causa del tráfico en la Westway. A Michiru le gustaría tener pronto otro hijo, pero ¿cómo? Le espera una semana de submarinismo en un hotel de lujo mexicano, y ya sabe que no bastará.
