17. El glaciar de la magia

Origan soltó un suspiro al entrar en la tipi de Elsa, ahora vacía, y comprendiendo a medida que salía de su dulce ensueño helado lo que acababa de ocurrir. No era el hecho en sí de haberse acostado con Elsa de Arendelle, sino lo que ello implicaba. Sus sentimientos por Elsa eran ya innegables, y se precipitaban como una cascada hacia el vacío de la incertidumbre y el descontrol. Se daba cuenta de que había cometido un grave error del que posiblemente no hubiese vuelta atrás, había ido demasiado lejos adentrándose en el incierto mundo de los sentimientos, algo que no tenía cabida en sus planes. No sabía lo que pasaría, pero sabía que había una maldición en juego.

Y el juego se precipitaba hacia un terrible final.

Miró el tronco de árbol cortado en forma de asiento en el que había estado apenas un rato antes con Elsa. La sentía tan cerca, y a la vez tan inalcanzable…¿qué sentido tenía involucrarse con alguien si eso le llevaba a la perdición? ¿En qué momento se había dejado llevar por sus sentimientos sabiendo que tendría un final fatídico? Aun siendo consciente de todo lo que implicaba lo que había hecho, era incapaz de lamentarse por ello. El dolor intermitente en su pecho le recordaba que no paraba de dar pasos erróneos, y que debía hacer frente a la maldición o sucumbir a ella para siempre.

Se quitó la manta Northuldra de encima y se desvistió, quedando en ropa interior, luego se tumbó en la cama de Elsa. Con el aroma de Elsa. Volvió a suspirar, esta vez con más fuerza y desazón. Se dio la vuelta, una y otra vez. Volvió a mirar el asiento hecho de tronco de árbol.

-Esto es insoportable – se dijo a sí misma, y de paso a Nigari que acababa de entrar también en la estancia.

Se levantó y volvió a plantarse la manta Northuldra encima, esta vez sin molestarse en vestirse, a pesar de que notaba la temperatura de su cuerpo muy baja. Volvió a salir al exterior, donde Ryder custodiaba la tipi de Elsa con un terrible disimulo. Pero Origan ya daba por hecho que Elsa no se fiaría de ella y habría puesto a alguien vigilando si entraba o salía. Seguramente era uno de los vestigios de reina que se le habían quedado grabados, estar en todo.

-Hace muy buena noche – dijo, para empezar una civilizada conversación con el joven Northuldra.

Ryder asintió, raspando todavía suavemente su instrumento aunque ya prácticamente toda la tribu dormía.

Origan encendió su pipa.

-¿Sabes algo del amor? – Preguntó, ya con la pipa en la boca.

-Uhm, bueno, sé como pedir matrimonio, pero…aparte de eso me temo que no tengo mucha experiencia… - dijo rascándose la nuca con torpeza.

Echó el humo con cuidado.

-Es complicado, ¿eh? No hay una manera de entenderlo, sino tantas maneras como personas. Como seres – añadió mirando de reojo a su pájaro con una sonrisa traviesa.

-Tú…¿conoces el amor?

Origan suspiró por tercera vez en pocos minutos.

-Creo que se ha presentado en mi vida sin avisar, y me está desgarrando el corazón y las entrañas. Me tiene harta.

Pudo oír la jocosa risa de Nigari revoloteando a unos metros de ellos.

-Ya…entiendo. Pero creo – dijo con cara de estar meditando algo serio -, creo que no es algo que debamos desperdiciar así como así, es valioso, ¿sabes? O al menos a mí me lo parece, ¡las historias así lo cuentan!

Origan se sonrió mientras alzaba la cabeza y soltaba el humo al cielo estrellado.

-Vamos, chaval, acompáñame, es en nombre del amor, es por causas románticas, seguro que lo entiendes.

Para sorpresa de Ryder, Origan se apoyó en su hombro y se dejó caer en él, dejándose guiar hasta la tienda de Honeymaren.

Fue esta misma la que corrió la entrada y la dejó pasar, no sin algo de recelo. Elsa se levantó de la cama de un salto.

-¡Origan! ¿No deberías estar descansando? – Preguntó a la vez que la repasaba de arriba abajo y observaba su atuendo, consistente en una manta de la tribu.

Pero no se detuvo y fue directa a sus labios. Le sostuvo la cara con profunda pasión y le dio un beso lento e intenso que ni Origan ni la propia Elsa querían soltar.

-Siento haber ocultado lo que significaba la maldición - susurró la Noble apoyando la frente en la de Elsa -. Espero que entiendas lo confuso que ha sido todo últimamente para mí. No se puede pasar fácilmente de querer destruir al quinto espíritu a enamorarte de él. Es agotador, ¿sabes?

Ambas rieron suavemente sin separarse. Elsa se relamió los labios y habló.

-Ha debido de ser un cambio apasionante.

-Ni te lo imaginas.

Posó su mano sobre la de Elsa, que todavía sujetaba su cara. La acarició despacio, y le dio un beso en el interior de la palma. A Elsa le sorprendió, pero no apartó la vista de ese gesto.

Justo en ese momento, Origan volvió a sentir los ya asiduos pinchazos en el pecho. Había pasado demasiado tiempo en la cercanía del objeto de la maldición, de su amor, de Elsa. La maldición respondía a sus sentimientos y le crujía desde dentro, a lo que Origan sólo pudo encorvarse lo mínimo posible para no parecer muy aparatosa.

-Te está ocurriendo de nuevo, ¿verdad?

Origan hizo una mueca con un ojo cerrado y asintió.

-Será mejor que me vaya a descansar. Por la mañana nos reunimos y llamamos a los Espíritus.

Dio un apretón fuerte en la mano a Elsa y se despidió.

Volvió a su tienda muy decidida con una firme idea en la cabeza: era el momento de actuar. Se vistió con su usual ropa negra y su capa negra inseparable. Nigari revoloteaba alrededor, nervioso, pero no dijo nada, pues sabía que aquello tenía que hacerse. Notaba a Galerna también alrededor, y aprovechó su presencia para encomendarle algo.

-Galerna, sabes adonde voy, debo ir, ya, y lo sabes perfectamente… - dijo con una voz débil que quería transmitirle lamento y pesar -. Necesito que distraigas a Ryder un momento, ¿de acuerdo? Y… - añadió mordiéndose nerviosamente el labio inferior – no nos acompañes, no vengas detrás de mí.

Galerna soltó un gruñido gutural, y dio un giro suave alrededor de ella, pero para sorpresa de Origan, lo sintió como una suave caricia. La castaña sonrió y esperó dentro de la tipi a que el Espíritu del Viento distrajese a Ryder para poder salir tranquilamente. Pero parecía que, pese a los esfuerzos de Galerna por atraerlo hasta otro sitio, el chico permanecía en la entrada de la tienda donde estaba Origan custodiándola firmemente, leal a la palabra que le había dado a Elsa.

"Está bien, yo me encargo". Pensó la Noble poniendo los ojos en blanco.

Salió de la tipi con decisión, cogió un tronco de árbol que encontró en el suelo y se lo estampó en la parte de atrás de la cabeza a Ryder, que ni siquiera lo vio venir. El cuerpo del chico cayó desplomado a sus pies, bajo el nervioso aleteo de Nigari.

-¿Qué pasa? – Preguntó Origan – No es la primera vez que me ves hacer esto.

-Grrrr. ¡Sí, pero se suponía que estabas cambiando!

-Nah, hay cosas que perduran. Además, sé donde le he dado, estará bien.

Origan miró atrás una última vez, hacia la tipi de Honeymaren, donde dormiría Elsa esa noche.

"Lo siento, copito de nieve, pero tengo que ir a deshacerme de esta maldición".

Y con ese pensamiento, giró el cuerpo y con su poder de viento se sumó a una invernal corriente de aire que la llevaría hacia el Mar Oscuro.

Según las infinitas y silenciosas cavilaciones que habían habitado los pensamientos de Origan en los últimos días, sólo la fuente de poder de todos los elementos le podía proporcionar respuestas para su redención, y podría ser su única salvación. Tenía muy claro que su única oportunidad era ir al Ahtohallan a descubrir la manera en la que deshacer la maldición, el origen de la magia. Si no era allí, no tenía ni idea de a donde ir, pero la expectativa estaba clara: tendría que alejarse de Elsa para siempre. Del amor en general. Y de repente, esa idea le atormentaba terriblemente.

Nigari carraspeó, volando muy cerca de ella.

-Me preguntaba…- comentó más dubitativo de lo normal, como si tuviese miedo de pronunciar la pregunta - ¿Te has parado a pensar en qué ocurriría si estuvieses demasiado tiempo junto a Elsa? ¿Podrías llegar a…morir?

Origan no dijo nada por un tiempo, pero al fin resopló.

-No es algo que me agrade preguntarme. Así que no, no me he parado a pensarlo – dijo en un tono más grave de lo que ella pretendía -. Pero ese es el objetivo de las maldiciones, ¿o no? Destrozarte la vida, y supongo que si es posible, quitártela.

Permanecieron el resto del camino sin hablar, en un silencio tan frío como la montaña de hielo que les esperaba al final del trayecto.

Al aterrizar frente al glaciar, tanto el pájaro como su dueña se tomaron un momento para contemplarlo. Origan dio el primer paso y atravesó la entrada decidida, quería acabar con esa maldición como fuese, y si no era allí no sería en ningún sitio.

La discreta entrada del río congelado que era el Ahtohallan no hacía justicia a la sobrecogedora magnificencia de su interior.

-Maldito frío helador… - gimió mientras progresaba en su avance hacia el interior de la gran cueva.

El interior helado era esplendoroso a la vez que imponente, parecía que los altos muros congelados te escuchaban y observaban desde las entrañas del mundo. Al avanzar, descubrió un camino de bajada hecho columnas descendientes. Supuso que eso debía de ser obra de Elsa, era su estilo de hielo elegante y algo ornamentado.

-¿Cómo puede darle tiempo a pensar en crear algo así y añadirle decoración?

Nigari aleteó.

-Quién sabe. Es Elsa.

Un reflejo de varios colores brilló como un suspiro a lo largo de la gran pared del fondo. Y aunque los colores eran bellos, pensó Origan, no dejaba de ser una señal inquietante. Se acercó despacio y tocó la pared. No parecía que se pudiese ir más allá, al menos por ese camino. Pero enseguida el contacto con la pared dio una respuesta.

-Oh, oh… - Nigari se escondió bajo la mata de pelo de Origan.

La pared estalló en multitud de imágenes como si estuviesen pasando allí en pequeñas pantallas. En todas pudo reconocerse a sí misma, a unas edades o a otras. Pudo verse de muy pequeña, en el balcón de su casa de Weselton a punto de caer calle abajo cuando conoció a Galerna por primera vez. Se pudo ver a sí misma algo más mayor atormentando a los hijos de otros Nobles vecinos con invisibles corrientes de aire. Y luego de adolescente deshaciéndose de sus competidores cuando quería una cita con alguien en concreto.

-Ouch… - dijo la castaña – este sitio sabe demasiado.

-Por ello es el río de los recuerdos. De aquí no te salvas – rio nerviosamente -. ¡Mira! Ahí conociste a Elsa.

A un lado del gran panel pudieron ver a una pequeña Elsa siendo observada por una pequeña Origan a través de la ventana cuando acababa de congelar a Anna.

Origan se sonrió con ternura.

-Pobre Elsa, ese debió de ser uno de los peores momentos de su vida.

-Sí. Y yo creo que fue uno de los que te marcó a ti, o te unió a ella de alguna forma.

Origan suspiró.

-Puede ser. Ya no tengo claro nada.

Aquellas estremecedoras paredes parecían reducir su orgullo y su arrogancia a la nada, a un mero sobresalto, como si ya no formasen parte de su carácter. Pero aun así trató de recomponerse y miró con decisión a su alrededor.

-¡Ahtohallan! Río de los Recuerdos. El centro de la magia, y origen de los Espíritus. Sólo aquí puedo encontrar ayuda.

No sabía exactamente qué esperaba al gritarle a un enorme bloque de hielo. Y no se sorprendió cuando vio que no pasaba nada.

Pero de repente, las imágenes del panel cambiaron y se concentraron en una sola, una mujer, una mujer a la que Origan no reconocía, pero era Northuldra por sus ropas, aunque eran ropas de otra época, siglos atrás, Origan no las podía ubicar en el tiempo.

Sus ojos eran redondos y marrones, y tenía una sonrisa afable.

-¿Por qué tengo la sensación de que la conozco de algo? – Cuestionó la Noble.

Esa mujer…tan elegante, risueña, ligera…no conseguía reconocerla, pero había algo en su aura que le resultaba extremadamente familiar. Por suerte, la mujer que se presentó en el enorme panel de hielo habló primero.

-No hará falta que te diga mi nombre, puedes dirigirte a mí como Galerna.

¡Era Galerna! Galerna en su forma humana, cuando aún vivía, probablemente, antes de pasar a ser un Espíritu de la Naturaleza. Antes de morir de forma terrenal. Se veía como una humana normal y corriente, pero su aura no dejaba de ser majestuosa e imponente de alguna manera. Al fin y al cabo, esa persona acabaría siendo el Espíritu del Aire.

-Vaya, no voy a negar que me alegro de ponerte cara – miró una y otra vez a la mujer rubia que la miraba fijamente -. ¿Qué haces aquí? Creo haberte pedido que te quedases en el campamento Northuldra.

-Y así lo he hecho, al menos en la forma que tengo ahora mismo, de Espíritu – asintió la mujer con tranquilidad -. Esto que ves es una mera proyección de un recuerdo del pasado, conectado a mi parte espiritual. Así que puedo tomar forma a través del Ahtohallan, y hablarte desde mi yo espiritual del presente.

Origan se dio cuenta de que observaba a ese ente casi con la boca abierta.

-Y, ¿cómo te convertiste en…Espíritu? ¿Lo elegiste?

-No es un deseo con el que naces, tus propios sacrificios y tu manera de entender la vida te acaban convirtiendo, sin quererlo, en un Espíritu de la Naturaleza. Fíjate en Elsa, tu querida Elsa. Ella no lo buscaba, y sin embargo, su destino era convertirse en el quinto Espíritu, uniendo el mundo espiritual y el humano – la imagen de Galerna suspiró -. Mi tiempo como Espíritu ha sido largo…demasiado, ya. Esperemos que el de Elsa también lo sea.

Origan sacudió la cabeza para despejar sus ideas. Le hubiese gustado seguir preguntando e indagar en su amistad con Elsa como quinto espíritu, pero en realidad no tenía tiempo.

- En fin, he venido a revertir esa estúpida maldición que me lanzasteis.

-Las maldiciones se lanzan por razones de peso, y en este caso, atentaste contra los mismos Espíritus de la Naturaleza – por un momento, su expresión pareció tornarse apenada -, no podíamos permitir que tal afrenta saliese impune.

-Eso puedo llegar a entenderlo – admitió la Noble -. Pero no entiendo por qué metisteis una cosa como el amor, que no tiene nada que ver conmigo, o bueno… - desvió ligeramente la mirada del panel – no tenía nada que ver conmigo en ese momento, y que fuese eso lo que tuviese que perjudicarme según la maldición.

-"Algo que rechazas como el amor, verdugo será de tu corazón". Te lo dice la misma maldición, querida. Te negabas a otra cosa que no fuese tu ambición por conquistar el mundo mágico convirtiéndote en el quinto espíritu, y te cerraste a la naturaleza misma del ser humano: los sentimientos. De alguna manera, los Espíritus éramos conscientes de eso, y más yo, que prácticamente te he visto crecer y ver cómo desarrollabas tu poder de viento, a la vez que tu ambición crecía y se malograba…

Origan notaba como la rabia crecía dentro de ella.

-El amor no puede ser una maldición... – lo susurró para sí misma, pero al mismo tiempo se lo estaba diciendo al helado río de las memorias que tenía delante – y vosotros, la encarnación de la magia pura, deberías saber que con algo tan delicado no se debe jugar, ¡y menos para usarlo como un castigo!

-La magia tiene formas extremas de solventar una penitencia.

Origan empezaba a sentir que en esa conversación no iba a llegar a ningún sitio.

-Al menos dime una cosa – ya no quería ni mirar a Galerna -, ¿sabías que sería Elsa la persona que sería mi perdición?

Galerna compuso una expresión compasiva.

-No. Al menos, no directamente. Aunque tu corazón ya palpitaba fuerte en su presencia.

-O sea, que lo intuíais. Malditos retorcidos…

-Lo siento, Origan, nunca quise que pasara esto.

A pesar de todo, Origan creía a Galerna, había pasado muchas horas de su vida con ese Espíritu y sabía que su intención colaborando en esa maldición era más educativa que dañina. Pero ese escarmiento estaba resultando una verdadera molestia.

-Ahora, joven Origan, creo que sabes lo que tienes que hacer, si no quieres enfrentarte a las consecuencias.

Pero esta vez Origan soltó una absurda risotada que rebotó como un eco resentido entre las enormes paredes heladas.

-Si creéis que me voy a alejar ahora de Elsa por vuestro ridículo sistema de justicia para castigar a la gente, creo que podéis ir preparando las consecuencias.

Galerna arrugó la frente con pesar.

-Aunque imaginaba que responderías así, te suplico que lo reconsideres, Origan, no vas a ganar esta batalla.

-Ya, últimamente no gano ninguna, así que no te preocupes.

Nigari alzó el vuelo de su hombro y revoloteó nervioso alrededor de su dueña.

-Creo que no es momento de ponerse heroica y testaruda, las consecuencias tienen pinta de no ser buenas, cabezahueca.

-A lo mejor así se dan cuenta de que este castigo o como quieran llamarlo es desmesurado, y además, dañino. No pueden jugar así con los sentimientos de las personas.

El pájaro se volvió a posar en ella, más tranquilo.

-Tengo que decir que me sorprende oírte decir eso. Para empezar, asumes que tienes sentimientos, y para seguir, admites que eres un ser humano como otro cualquiera. Esto sí que es evolucionar.

Origan le dio un manotazo al aire para cortar ese discurso sensiblero.

-Galerna, dime como puedo revertir esa maldición, o quitármela de encima.

-No se puede – respondió con una voz pesada -. Te pido que te alejes de Elsa de Arendelle, el quinto espíritu, ya que es el objeto de tu amor. Es la única forma en la que sobrevivirás. Ya no hay otra.

Origan asintió y cogió aire. Miró alrededor, las espeluznantes paredes parecían querer caer sobre ella para callar su voz.

-Estoy enamorada de Elsa de Arendelle, el Quinto Espíritu, la unión entre los humanos y el mundo espiritual – dijo, como queriendo desafiar al inmenso glaciar.

Lo dejó caer entra la frialdad de aquellas paredes como si fuese una gran losa que hubiese estado cargando mucho tiempo encima.

Una punzada aguda se clavó en su pecho desde dentro. Al parecer, exteriorizar sus sentimientos hacía que la maldición se avivase. La proyección de Galerna asintió con solemnidad ante la rotunda afirmación.

-Así será eternamente.

Origan la miró con extrañeza.

-¿Qué quieres decir?

Pero Galerna cambió su expresión a una más vigilante.

-Elsa de Arendelle se acerca.

-¿Cómo? ¿Viene hacia aquí?

La voz de Origan sonó más alarmada de lo que le hubiese gustado, pero Galerna prosiguió con urgencia como si no le hubiera escuchado.

-No sólo existen los Espíritus de la Naturaleza, Origan, hay otros…y hay uno que viene a por ti.

La tensión y las dudas se empezaban a acumular en la garganta de la chica de Weselton, impidiendo que pudiese pensar con claridad y tomar una decisión respecto a lo que hacer, aunque no tenía la menor idea de qué.

De repente, un pequeño punto de luz apareció de la nada y se posó justo delante de los ojos de Origan. Era bello. Era increíblemente hermoso y transmitía una calma poderosa que Origan no podría describir con palabras. Era un sentimiento positivo, pero asombrosamente potente que irradiaba pasión. No había tenido una sensación parecida nunca en su vida, lo que más se acercaba, era el rato que había pasado con Elsa en el campamento el Bosque Encantado. El punto de luz simplemente tintineaba frente a ella.

-¿Qué eres? – Preguntó desconcertada.

Pero la luz sólo refulgía suavemente frente a ella, ahora, justo delante de su pecho.

-Es el Espíritu del Amor, Origan – dijo la voz profunda y digna de Galerna desde el panel helado -. Es momento de que os encontréis. Lo siento mucho…

-¿Cómo?

Todo le estaba empezando a resultar muy confuso, y empezaba a sentir que allí no encontraría la solución que buscaba, no de esa forma. Lo que acababa de decir Galerna le hizo estremecerse abruptamente, algo en sus palabras le hizo temblar. Se dio la vuelta y dio la espalda al punto de luz. Pero los pinchazos en su pecho se acrecentaron, tanto que tropezó y casi cae al suelo. Se sentía débil, como si aquellas paredes le estuviesen drenando la energía progresivamente. A pesar de ser toda la situación tan sutil, todo parecía conducirle a un mismo sitio. A la resolución implacable de la maldición.

-Nigari, salgamos de aquí.

Intentó avanzar, pero el Ahtohallan la había metido demasiado adentro...lo conocía bien, sabía la salida, pero lo que no conseguía era reunir las fuerzas necesarias para salir de aquella masa de energía y memorias. Demasiado peso de vida y tiempo juntos y concentrados en un pequeño lugar en la tierra. El vigor y la contundencia de aquel lugar eran tan abrumadores que se sentía como una enorme losa en la espalda de la que no se pudiese desprender. Se apoyó en su rodilla, intentando impulsarse con el otro pie. Se levantó durante dos segundos y volvió a caer.

-No puede ser que no pueda salir de aquí – se maldijo por lo bajo una y otra vez -. Vamos, esto podría haber sido tu reino, podría haber sido el quinto elemento…

Sus antiguos deseos la asaltaron de improviso. Y se dio cuenta súbitamente de que no tenían sentido. No lo era y nunca lo sería. Era otra persona. Era Elsa. Alguien que de verdad lo merecía, que de verdad representaba una conexión pura entre dos mundos.

Su propia realización le arrancó una irónica risotada.

Y como si aquellos pensamientos la hubiesen invocado, apareció Elsa, como una auténtica Diosa, ataviada con un esplendoroso vestido blanco volándole por detrás. Origan percibió su cara de angustia mientras corría hacia ella desde la entrada a esa sala, y sólo pudo sonreír con resignación.

-Elsa, vete – dijo sacando fuerzas de donde pudo -. Es mejor que estemos...separadas – un dolor punzante le atornilló el pecho y lo soportó sin darse la vuelta para mirar a Elsa.

-¡Origan! Origan, ¿qué ocurre? - Elsa corrió hacia ella y se agachó a unos metros de distancia, sin acercarse del todo.

La Noble echó un último vistazo al pequeño punto de luz que resplandecía todavía a su lado, y luego se dirigió a Elsa, esta vez mirándola de frente.

-Tú eres quien debe unir a la naturaleza y los humanos, y a los pueblos, y al mundo terrenal y el mundo de los espíritus...sólo tú, Elsa, que eres compasiva, increíblemente poderosa y fuerte, y entiendes perfectamente qué significa el amor. El amor de verdad. Nadie podría ocupar tu lugar, porque nadie tiene lo que tienes tú.

-Origan…- Elsa se llevó una mano a la boca - ¿Qué ocurre? ¿Qué ha sido de la maldición?

Elsa luchaba por no acercarse más a la chica, sabiendo que estar cerca avivaría esa maldición que ya estaba cobrando fuerza. Pero quería acercarse, lo quería con fuerza. Extendió la mano para rozar la de la otra chica. Origan alzó la cabeza ligeramente, con miedo de mirar a la rubia a los ojos.

De repente, el suelo helado bajo Origan empezó a resquebrajarse, formando un círculo casi perfecto a su alrededor. Ni ella ni Elsa tuvieron tiempo de reaccionar, pero en su interior, entendía que eso estuviese pasando. El Ahtohallan se la estaba llevando al fondo, y se dejó caer sin poner demasiada resistencia. Porque, por un lado le dolía el pecho, y por otro, sabía que lo merecía. Lo último que vio en su repentina caída por el agujero en el hielo fue la cara aterrorizada de Elsa alejándose mientras ella caía a los hondos y oscuros abismos del enorme glaciar de la magia.