Capítulo 14
Cuando Naruto volvió cabalgando de patrullar, Asuma se reunió con él con una expresión angustiada.
— Kakashi y Kotetsu no han vuelto de cazar —le informó.
Naruto miró como el cielo se oscurecía. El corto día invernal se marchitaba rápidamente y las amenazadoras nubes grises prometían más nieve. El viento revolvió su cabello haciendo que volara sobre su rostro, con impaciencia lo echó hacia atrás mientras saltaba del caballo.
—Traed a Cinnteach —pidió. El caballo castrado era estable, y tenía la resistencia de dos caballos.
—Hecho — Asuma señaló con la cabeza a un muchacho que se acercaba con un bayo—. Tengo a otros dos muchachos disponibles, por si vos los queréis.
—Sólo tú e Inojin —dijo Naruto.
Los dos hombres eran los mejores arqueros de Creag Dhu, sin contarle a él. Quizás era temerario llevar sólo dos hombres con él, pero siempre cuidaba de dejar el castillo bien protegido. El invierno había enfriado el ansia de sangre de Hay contra Creag Dhu; había pasado un mes sin que fueran atacados. Kakashi y Kotetsu eran cazadoras experimentados, silenciosos, sabían leer bien el tiempo, si nada se lo hubiera impedido, ya habrían vuelto.
Kakashi y Kotetsu habían salido al alba, intentando cazar un ciervo cuyas pisadas en la nieve habían visto ya dos veces, pero la taimada bestia había logrado escapar a tiempo. Aunque Kotetsu ya no era joven, continuaba siendo el mejor rastreador del castillo. Kakashi tenía un don para el silencio, Kotetsu uno para la paciencia; trabajaban bien juntos. Naruto sospechaba que a Kakashi le gustaba cazar en invierno porque las salvajes y vacías montañas le recordaban de algún modo a una catedral, abovedada y santa. Creag Dhu tenía una capilla pero no sacerdote, porque los santos varones buscaban deberes más seguros que confesar a salvajes renegados, y por eso la capilla había estado vacía durante mucho tiempo.
Naruto prefería no tener ningún recordatorio de la Iglesia o de Dios, Kakashi sentía profundamente su ausencia y buscaba un refugio sagrado en la naturaleza. Había pensado que salir para reabastecer las cocinas del castillo era bastante seguro.
Naruto volvió a marcharse tras cinco minutos, después de haber tenido tiempo sólo de tragarse un trozo de pan y carne, y beber una taza caliente de cerveza.
Aunque debido a la lana y las pieles se mantenía caliente, notó como el aire frío golpeaba su cara.
Trazaron un lento círculo alrededor del castillo, buscando las huellas de Kakashi y Kotetsu donde ellos entraron al bosque. Las huellas eran bastante claras en la nieve y fáciles de seguir.
Naruto alzó la cabeza, sus fosas nasales se abrieron y su dibujó un gesto sombrío mientras inspeccionaba el lúgubre bosque blanco y negro. La nieve amortiguaba el sonido, haciendo que estuvieran rodeados por un silencio que sólo se rompía por el ruido de sus propios pasos, e incluso éste era bastante amortiguado. Él presentía problemas, y tenía una extraña sensación en la nuca.
—Cuidado —dijo suavemente él, y Asuma e Inojin se movieron apartándose de él, desplegándose para que fuera menos probable atraparlos a los tres en una emboscada y para ponerse más fácilmente a cubierto.
Las patrullas diarias no habían revelado huellas de hombres o de caballos que se dirigieran hacía Creag Dhu; pero si Hay estuviera lo bastante resuelto y fuera lo bastante artero, habría mandado a sus hombres un día o más antes de que comenzara a nevar y les habría hecho esperar a que se presentara la mejor oportunidad. En una cueva pequeña, los montañeses podrían sobrevivir al frío y a la nieve con facilidad. Esconder sus monturas sería mas difícil y Hay no era tan tonto como para mandar a sus hombres a pie. También necesitarían agua potable.
—Si hay algún Hay cerca, estarán cansados de no hacer nada —mantuvo un tono de voz bajo, pero lo suficientemente alto como para que Asuma e Inojin le oyeran.
Los dos asintieron con la cabeza, moviendo inquietos los ojos y sin detenerse en ningún lugar durante más de un segundo.
Pero Naruto no notó ninguna presencia en el bosque a pesar de la sensación de peligro. Él sabía que lo estaban observando ya que lo había sentido con bastante frecuencia durante los últimos meses.
A veces esos ojos pertenecían a un Hay; pero otras veces él sabía que era ella, la mujer, el espíritu. No sabía por qué lo observaba o qué deseaba, pero podía sentir su mirada cuando luchaba, su ansiedad debido al peligro que él corría y el alivio cuando salía victorioso e indemne. Era desquiciante darse cuenta de su cercanía cuando estaba acostado con —la mayoría de las veces encima— de una mujer, ardiente y deseosa. La irritación que sentía hacia ella iba en aumento, si alguna vez lograba ponerle las manos encima, estaría tentado de estrangularla.
Lo observaba en los momentos más inoportunos, pero ahora él cabalgaba sólo por bosque sombrío. Los copos de nieve que se arremolinaban mientras caían, rozando su cara con su beso helado. Apenas se podía divisar las huellas en la nieve.
Las orejas de Cinnteach se inclinaron hacia delante, y Naruto tiró de las riendas acercándose más lentamente. Nada se movía delante de ellos, pero el viento traía un olor, débil pero inconfundible. La montura de Asuma se movió inquieta, levantando la cabeza.
Naruto se apeó, con la mano derecha cerrada alrededor de la empuñadura de su espada. Sus agudos sentidos sintieron una mirada fija en él, tan clara como si le tocasen, y giró hacia un lado mientras oía el canto de una flecha y el afilado metal se clavaba en su hombro izquierdo con fuerza.
Se arrodilló poniéndose a cubierto detrás de un árbol grande, viendo cómo Asuma e Inojin también se protegían tras un árbol, sus caras estaban sombrías cuando le miraron. Les indicó que se encontraba bien e hizo señas para que cambiaran sus posiciones con el fin de acorralar a los intrusos.
Había tomado la precaución de llevar una camisa de seda bajo la túnica, algo que insistía en que todos sus hombres hicieran, pero aun así el hombro le ardía como siete infiernos. Algo que todos los templarios sabían era que una flecha no podía agujerear la seda. La mayoría de las veces el daño causado por una flecha no se notaba al ser alcanzado por ella, sino cuando se intentaba quitarla. Si se era herido por una flecha, la seda penetraría en la carne envolviendo la punta de la flecha, esto evitaría las infecciones y también permitiría quitar la fecha con seguridad cubriendo los bordes afilados.
Metiendo la mano dentro de su camisa, tomo la seda que envolvía la flecha y tiró. El arma salió de la carne de golpe, pero no sin esfuerzo. Apretó los dientes contra el dolor; si bien la seda podía disminuir la gravedad de una herida de flecha, éstas seguían sin ser agradables. La sangre se deslizó por su hombro, manchando su camisa.
El dolor siempre lo había hecho enfadar. Sus ojos se entrecerraron hasta que no fueron más que pequeñas aberturas de cielo mientras resbalaba hasta la tierra y se arrastraba hasta quedar tras un leño caído. Cada movimiento, hacía que le doliera más el hombro, por lo que se enfadaba aún más. La nieve caía cada vez más rápido, haciendo que casi no hubiera luz.
Asuma e Inojin estaban ahora en posición, esperando que apareciera un blanco, pero no se movía nada. Naruto excavó la nieve con los dedos buscando una piedra o un palo. Bastaría con un guijarro, ya que un ruido sutil sería más efectivo que un gran estruendo. Allí estaba; un palo pegajoso, mojado y putrefacto debido al agua. Sin salir de su escondite, lanzó el palo en la dirección en la que había venido la flecha, aterrizando éste con un ruido similar al que haría un hombro chocando contra una rama cargada de nieve y haciendo que la nieve de ésta cayera al suelo.
Un arquero se levantó rápidamente detrás de una roca, con el arco preparado, mientras sus ojos de cazador barrían el área del blanco. El canto de una flecha volvió a sonar cuando la flecha de Inojin atravesó el cuello del arquero. Los dedos del arquero se debilitaron soltando el arco y haciendo que la flecha se hundiera en el suelo ante él.
Mientras se balanceaba sobre las puntas de los pies, sus ojos se dilataron e intentó arañar su garganta para quitar la flecha. Un murmullo ahogado salió de su boca, seguido por un borbotón de sangre y se derrumbó en la nieve.
Asuma hizo volar otra flecha. No tenía ningún blanco definido pero la envió volando hasta un espeso arbusto que podía proporcionar un buen escondite. Su suposición era correcta, ya que un lamento de dolor lleno el frío aire.
Naruto aprovechó la distracción para moverse nuevamente, hasta otro árbol que estaba más cerca de donde había sido herido. Sus dientes blancos brillaron cuando inclinó la cabeza hacia atrás y soltó un rugido espeluznante. Salió de su refugio como un león saltando sobre su presa. Cuatro hombres salieron sus escondites, sobresaltados por la ensangrentada aparición que de repente estaba ante ellos con una enorme espada relampagueante. Un hombre intentó levantar su propia espada, y se oyó el sonido del choque de metal contra metal, pero él cayó al suelo bajo el peso mayor de Naruto.
Asuma e Inojin soltaron cada uno una flecha más, y luego salieron gritando de sus escondites.
Naruto empujó su daga bajo las costillas de un hombre y la movió lateralmente hasta llegar al hueso.
El hombre se arqueó convulsionándose y Naruto giró separándose de él, cuando volvieron a atacarlo, dejó caer una rodilla a tierra y clavó la daga ensangrentada hacia arriba. El afilado metal cortó el vientre suave y Naruto sostuvo la daga mientras el hombre se destripaba a sí mismo por la velocidad adquirida por su propio movimiento.
Naruto se puso de pie, pero Asuma e Inojin habían desarmado a los hombres con los que se habían enfrentado, y sólo quedaban tres de pie, jadeando suavemente y con vapor elevándose sobre sus cabezas.
—¿Y tu hombro? —preguntó Inojin, señalando la herida con la cabeza.
—No es grave —era verdad, pero quemaba como el infierno.
Naruto se dirigió furioso hacia su caballo. Estaba ahora seguro de que no encontrarían con vida a Kakashi y Kotetsu. Los miembros del clan Hay lo habían planeado bien, se habían movido furtivamente, escondiéndose hasta que pudieron tender una emboscada a menos hombres que los que eran ellos, malditos cobardes hijos de puta.
Encontró a sus hombres un minuto después. Kakashi estaba echado de espaldas, sus ojos grises abiertos y vacíos miraban ciegamente el cielo. Naruto se apeó del caballo y se arrodilló al lado de su viejo amigo, tocando su cara, alzando su mano. Ya estaba frío, sus miembros rígidos. La flecha le había dado el corazón.
No había sufrido, pensó Naruto, tirando del tartán de Kakashi para cubrir su cara.
Su expresión era casi pacífica, como si por fin dejara atrás una vida en la que no había tenido lugar.
—Adieu, mon ami —susurró.
El francés era la lengua en la que había sido adiestrado como un templario, y en ella le ofrecería el último adiós a su amigo.
Todos se habían ido ahora, todos los caballeros que habían tomado esposa tenían hijos ahora, algunos mantenían sus votos. Pero ya no eran Caballeros; sólo él permanecía al servicio de la Orden. Había sido así durante catorce años, y todavía mientras Kakashi había estado con él había sentido la afinidad.
Ahora no quedaba nadie en Creag Dhu que pudiera siquiera empezar a comprenderle.
— Kotetsu vive —dijo Asuma, apretando profundamente los dedos contra la herida que el hombre tenía en el cuello. Examinando la cantidad de sangre en la tierra nevada, sacudió su desgreñada cabeza.
—Sin embargo, se desangrara aquí fuera. No sobrevivirá hasta mañana.
Naruto estaba de pie y alzó el cuerpo de Kakashi hasta su hombro.
—Quizás —dijo—. Pero si él se muere, lo hará estando entre amigos.
Esa noche él estaba sentado solo en su cámara, sin poder dormir, bebiendo licor fuerte que quemaba su garganta. Estaba borracho, pero la cerveza no había hecho nada para mejorar su humor. El hombro le latía; se había limitado a limpiar la herida con la misma cerveza que había bebido y a poner un cataplasma para evitar cualquier infección.
Aunque tenía calor por la fiebre, no la temía; siempre que había recibido una herida, poco después había comenzado la fiebre, y había notado que parecía sanar más rápido que aquellos a los que la fiebre tardaba más en aparecer. La herida estaba limpia tras aplicar la fuerte cerveza inglesa; en dos días sólo sentiría una leve punzada en el hombro. El calor de la chimenea entibió su espalada y sus hombros desnudos. Salvo por su tartán enrollado en las caderas, estaba desnudo.
Su expresión era sombría cuando contempló la cámara vacía. Malditos Hay; si pudiera exterminar al clan entero, librar a las regiones montañosas de su presencia hedionda, lograría venganza para Kakashi. El momento llegaría pronto, cuando el invierno alzara su helada mano de las montañas.
Pero ahora estaba borracho, febril y solo con sus pensamientos. No había nadie vigilándolo, nadie cerca, cuando él la necesitaba a su lado.
Mientras sentía el dolor de la soledad, cerró los ojos. Durante toda su vida se había visto obligado a esconder partes de sí mismo al mundo. Su parentesco con los Namikaze siempre había estado oculto, incluso antes de que él fuera nombrado rey.
Después, con los Caballeros se había visto obligado a negar su propia naturaleza, aunque había ido a dormir todas las noches con los brazos y el cuerpo doliéndole de necesidad. Ahora podía dar rienda suelta su lujuria, pero debía mantener en secreto sus años como caballero, aunque esos ocho años lo habían transformado en el hombre que era.
Incluso con Menma, que sabía todo esto, debía mantener en secreto el hecho de que era el Guardián y el maldito voto que gobernaba su vida.
Sólo con ella no tenía nada que esconder. Fuera quien fuese, o lo que fuese, sentía que lo conocía mejor que nadie, su cuerpo hasta la médula e incluso su mente mientras dormía. Cuando la tomó en sus brazos, cuando llegó a él en el silencio de la oscura noche, sabía que clase de hombre era y aun así se aferró a él mientras le ofrecía su cuerpo y a si misma.
Naruto inspiró a través de sus dientes cuando la lujuria lo golpeó duramente. La quería pero no en un sueño. La quería real y caliente bajo sus manos, oler su aroma fresco y dulce al tomarla. Su anhelo era tan fuerte que casi podía sentirla.
Sus manos se cerraron en puños, mientras intentaba atrapar la sensación de su piel sedosa bajo sus manos.
La fiebre, la cerveza y el anhelo combinados hicieron que de repente ella apareciera ante él, las manos de la joven se deslizaron con ligereza por sus hombros desnudos. Sintió su preocupación cuando ella tocó la venda sobre la herida, pero no era su preocupación lo que ansiaba de ella. Ferozmente la acercó a él y la sentó en su regazo mientras le quitaba los pocos retazos de tela que llevaba encima.
Realmente no podía verle la cara, pero ella estaba aquí y eso era todo lo que importaba. Él puso su mano sobre su estómago frío, calentándola con su contacto, sintiendo cómo sus músculos se contraían mientras ella contenía la respiración. Sus pequeños pezones eran perlados, como él había sabido que lo serían. Ella respondía a su más ligero toque; Naruto sabía que si deslizaba la mano entre sus piernas, hacia la delicada apertura escondida allí, sus dedos la encontrarían húmeda, preparada para él.
En cambio cerró la mano sobre sus pechos, ahuecándola sobre ellos, frotando su dedo pulgar encima de sus pezones, entonces inclinó su cabeza para tomarlos en su boca y succionar suavemente. Ella se estremeció en sus brazos, intentando apretarse más contra él. Sus pechos eran encantadores, redondos, delicados y tan sensibles que él sabía que a ella le dolería si la tocaba toscamente como a otras mujeres les gustaba.
Ella era más delicada que cualquier otra mujer que él había conocido, frágil y fuerte, su piel era como seda translúcida.
Él no podía esperar ya. La necesitaba demasiado. Le dio la vuelta, acostándola sobre el banco. Apartó su tartán a un lado, y mientras subía al banco mantuvo abiertos los muslos de ella y se movió entre ellos. Él miró mientras entraba en ella, demasiado grande, demasiado brutal para la carne suave que se estiraba bajo su presión, pero ella lo tomó, arqueándose mientras gritaba de placer. Él rechinó los dientes cuando la estrechez de su funda lo envolvió y mientras empujaba lenta y profundamente dentro de ella, se inclinó sobre ella; estaba casi delirante por la fiebre, la bebida y las sensaciones que hervían en él, pero la necesitaba tanto que no se podría detener.
Los brazos de ella se cerraron alrededor de su cuello y sintió su pasión que igualaba la de él, su necesidad tan grande como la suya, su aceptación de todo lo que él era; y él supo que ya no estaba solo.
Pero lo estaba.
Sus ojos se abrieron y la fantasía se hizo pedazos. Se sentó allí, respirando con dificultad mientras la maldecía en silencio.
Maldita por burlarse de esa manera, tentándolo con su presencia y luego desapareciendo cuando más la necesitaba.
La soledad cayó sobre él, y sus hombros se hundieron por la carga. Su cabeza se inclinó sobre su pecho, y cerró los ojos, mientras intentaba recobrar su presencia, pero ella se había ido y era como si nunca hubiera estado allí.
—¿Dónde estás ahora, muchacha? —murmuró.
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Hinata se levantó de la cama, mientras agarraba la pistola.
Alguien había hablado a su lado, casi en su oído. Se apoyó contra la pared, con la pistola firmemente cogida con las dos manos y la movió de un lado a otro buscando un blanco, pero allí no había nada.
El cuarto estaba vacío, oscuro, iluminado solamente por la luz de las farolas que se filtraba a través de las cortinas. Se echó hacia atrás, jadeando. Un sueño. Sólo un sueño, y por una vez no de Naruto, ¿o sí?
La voz que la había despertado era profunda, ronca, y ella había oído la palabra "muchacha".
Sí. Naruto.
Cerró los ojos mientras respiraba profunda y lentamente, intentando calmar los latidos de su corazón. Estaba más tranquila unos momentos después, pero lejos del sueño y mentalmente repasó lo que había oído.
Profunda, gutural, ronca por el whisky. No era la voz suave de un experto seductor, sino la de un hombre acostumbrado a mandar: completamente seguro de si mismo, decidido. Y aún así él había preguntado calladamente "¿Dónde estás ahora, muchacha?", como si verdaderamente la necesitara.
Los ojos de Hinata se abrieron nuevamente ensanchándose. Después de todo había estado soñando; ahora recordó un trozo del sueño, en el cual se veía a Naruto el Negro sentado en silencio ante el fuego. Pero algo era distinto, como si no fuera en absoluto un sueño suyo, algo fuera de ella que la había atraído.
Cada vez recordaba más partes del sueño. Lo vio solo, medio desnudo, solo con el tartán sobre sus caderas. Evidentemente lo habían herido, pues una venda áspera envolvía su hombro izquierdo, el pálido lino contra su piel aceitunada. El miedo la envolvió, y quiso acercarse a él y asegurarse por si misma de que estaba bien.
Tenía una copa de metal en su mano. Estaba bebiendo, mirando al vacío y su expresión era sombría.
Su soledad, su absoluto aislamiento le hicieron daño en su interior. Entonces él cerró sus ojos y abruptamente ella se encontró allí, entre sus brazos, tendida desnuda en su regazo mientras él acariciaba y chupaba sus pechos.
Hinata tembló ante el recuerdo que no era un recuerdo real, era más que un recuerdo.
De algún modo ella estaba acostada sobre el banco mientras él se agachaba sobre ella, viendo su cara tensa mientras empujaba una y otra vez. Mientras lo sentía en su interior el placer aumentó, hasta que ella envolvió fuertemente sus brazos contra su fuerte cuello, llorando casi de alegría.
Y entonces, nada. Él se había ido, el sueño había terminado con solo un murmullo: "¿Dónde estás ahora, muchacha?", resonando en su mente, como si ella hubiera debido estar allí, cuidando su herida y ofreciendo el consuelo que las mujeres siempre han ofrecido a los guerreros.
Sentía pesar por no estar allí. Su imagen era aguda y cristalina en su mente.
Estaba sentado de espaldas ante un fuego y la luz dorada hacía brillar sus hombros desnudos, sus anchos y poderosos músculos, y un halo se dibujaba sobre pelo largo rubio.
El mismo pelo rubio se extendía por su pecho, y una delgada línea de seda bajaba por su estómago duro como una tabla hasta el pequeño y tenso círculo de su ombligo. Sus piernas largas eran musculosas, eran las piernas más fuertes que había visto en un ser humano, la delineación de sus músculos fuertes como roca sólida evidenciaban una vida de luchas con espada, batallas, de controlar un gran semental con la fuerza en sus muslos, de llevar una armadura que pesaba más de 45 kilos y luchar con ella. Era el cuerpo de un guerrero, afilado como un arma, una herramienta.
Pero él era sólo un hombre, pensó con dolorosa ternura. Sangraba, sentía dolor, se sentaba solo emborrachándose y se preguntaba gruñonamente por qué no había ninguna mujer atendiéndolo. Era su imaginación la que la hizo pensar en el sueño que él le estaba hablando solamente a ella.
Si él hubiera estado... si ella realmente hubiera estado a su lado... Hubiera conseguido que él se acostara en la cama, ponerlo más cómodo. Seguramente estaba febril, una tela fría en la frente le hubiera hecho sentirse mejor. Sin embargo, no dudaba de que sería un paciente terrible.
En lugar de descansar, insistiría en que ella se acostara debajo suyo y pronto sus manos vagarían por dentro de su camisa.
—¡Maldición! —gimió Hinata, mientras se apretaba los ojos con las manos.
Su respiración era suave y rápida, y se sentía húmeda y caliente. Sus pezones estaban duros y erguidos, empujando el delgado tejido de su camiseta. Ya era bastante malo que a veces tuviera sueños eróticos con él, pero era una traición aún mayor hacía Toneri que también despierta soñara con Naruto el Negro.
La pistola todavía estaba en su mano, fría de repente contra su sien.
Cuidadosamente la dejó y pensó en regresar a la cama, pero estaba completamente despierta. Miró fijamente su reloj.
Ni siquiera eran las once todavía; había dormido menos de una hora. Sin embargo, tiempo suficiente para que Naruto se adueñase de su subconsciente.
Durante ocho meses había estado muerta por dentro, y quería continuar así. No había habido risas, ni brillo del sol, ni el reconocimiento de un cielo azul profundo o del drama de una tormenta. Era más seguro de esa manera, era más fácil; no quería ningún signo de que regresaba a la vida, porque sólo la debilitarían. Volver a sentir solo la debilitaría. Durante ocho meses no había sido capaz de derramar ninguna lágrima, las contenía una barrera de hielo que la rodeaba. Naruto era una grieta en esa pared de hielo; el día que se derrumbase esa barrera, también lo haría ella.
No podía permitirse el lujo de la debilidad que él representaba. Tenía que terminar rápidamente con esos condenados escritos gaélicos, para poder sacar de su mente a Naruto. Si pudiera conseguir vengarse de Obito, quizás así su mente se aliviaría, comenzaría a cicatrizar, y entonces su subconsciente no necesitaría aferrarse a la imagen de un sueño.
Bien, el sueño estaba definitivamente fuera de consideración. Gimió, pensando que necesitaba descansar pues mañana ella y Udon planeaban entrar en el sistema de ordenadores de la Fundación; pero en vez de acostarse encendió una luz. Su mente corría a toda prisa; hasta que se calmara podía dedicarse a trabajar.
No se molestó en coger su ordenador portátil, sólo tomó su cuaderno y los papeles que quedaban en gaélico, y se sentó en un sillón del cuarto, uno de vinilo resquebrajado que había hecho más cómodo poniendo una sábana encima de él.
Todavía podía oír el crujir del vinilo, pero por lo menos ahora no se quedaba pegada al sillón.
Cogió una página y gimió. Más fórmulas matemáticas, sin embargo, gracias a Dios, estaban en latín. Sus cejas se arquearon por la sorpresa. Esta era la primera vez que los dos idiomas habían sido mezclados en un capítulo. También la letra era diferente, más pesada, más simple. Garabateó las fórmulas en su cuaderno, traduciéndolas al inglés.
—Para veinte años la proporción de agua será…— sin parar iba dando las fracciones precisas para, supuestamente, viajar al año elegido.
También estaba incluido el voltaje de energía necesario, o por lo menos creía que era eso; no habían tenido conocimientos sobre electricidad a parte de observar los relámpagos, así que ¿qué estaban midiendo exactamente? Energía, sí, ¿pero de qué tipo?
Mientras bostezaba, fue copiándolo todo. Era como anotar una receta complicada, aunque no la mitad de interesante. Si algo lograría dormirla, sería esto.
Empezó a leer en voz alta, canturreando las palabras.
—Para DCLXXV años —veamos, D son quinientos años, la C agrega otros cien, L cincuenta años, las dos X siguientes agregan cada una diez años, y una V, que eran cinco. Seiscientos setenta y cinco años—. Te estás poniendo bastante preciso, ¿no es así? —le murmuró al escritor de hacía tanto tiempo.
Distraídamente, restó seiscientos setenta y cinco de 1997, sólo para saber en que año acabaría un viajero del tiempo actual usando esta fórmula exacta: 1322.
—Un año maravilloso —dijo mientras bostezaba—. Lo recuerdo bien —qué coincidencia; 1322 era el tiempo de Naruto el Negro.
Volvió la página, preparada para más matemáticas. Pestañeó al ver las palabras, mientras se preguntaba si tendría más sueño del que había pensado, o quizás de algún modo había metido una hoja que de ningún modo pertenecía a los papeles gaélicos. Leyó las palabras de nuevo y un escalofrío recorrió su cuerpo.
—No —dijo suavemente—. Es imposible.
Pero allí estaba, escrito en gaélico y por la misma mano pesada que había escrito las fórmulas matemáticas.
"¿Requerís vos una prueba? En el Año de Nuestro Señor de 1945, el Guardián mató a la bestia alemana, y así llegó Hinata a Creag Dhu."
Naruto MacRobert, año 1322.
Ella se dio cuenta de que estaba jadeando, y un temblor la recorrió. La página flotó ante sus ojos, las palabras se desenfocaron.
El término alemán no existía en esa época.
¿Cómo podía alguien del siglo catorce saber algo que pasaría en el vigésimo?
Era imposible, a menos que la fórmula funcionase. A menos que ellos hubieran sabido viajar a través del tiempo.
Continuará...
