Capítulo 16

Bora se puso furioso al ver los moretones en la cara de Natsu, y tampoco le hizo ninguna gracia volver a verme. Noté un breve destello de sus dientes de tiburón antes de que me desplazaran a un rincón, lejos de su camino. Los de seguridad hacían guardia fuera, dejando entrar al santuario solamente a los invitados.

El espectáculo iba a tener lugar en una sala de fiestas de uno de los hoteles más grandes y modernos de la ciudad. Estaba todo lleno de candelabros resplandecientes y satén rojo, grandes mesas ovaladas llenas de famosos y de la gente guapa que les acompañaba.

Por suerte, yo llevaba un vestido azul, el único que cubría en condiciones un mínimo del cuerpo, y unos zapatos de tacón de vértigo que Lissana pidió para mí. Kaetrin, la Mujer Bikini, la amiguita de Natsu, estaba en la otra punta de la sala, con un vestido rojo y el ceño fruncido. Le iban a salir arrugas si seguía con esa expresión. Afortunadamente se aburrió de echarme miraditas y se fue. No la culpo por perder los nervios, a mí me pasaría lo mismo si me quitaran a un hombre como Natsu. Las mujeres pululaban en torno a él, llamando desesperadamente su atención. Y me daban ganas de saltar de alegría por la forma que él tenía de no hacerles caso.

No había ni rastro de Jerall. Gray se presentó con una impresionante asiática en una rodilla, y una rubia de pecho generoso en la otra, y estaba demasiado ocupado como para hablarme. Aún no había conocido al cuarto miembro de la banda, Gajeel.

-¡Lu! – me dijo Natsu, cambiando la botella de Crystal intacta por una de agua -. He pensado que quizá preferirías esto. ¿Va todo bien?

-Gracias. Sí, estupendamente.

Era un encanto. Él sabía que aún no me había recuperado de Las Vegas como para volver a probar el alcohol. Llamó a un camarero y dejó en la bandeja la copa de champán. Después se quitó la cazadora de cuero. Cualquier otra persona se habría puesto un esmoquin, pero él se había embutido los jeans y unas botas. Su única concesión para la ocasión fue una camisa negra.

-Hazme el favor y ponte esto – me pidió.

-¿No te gusta mi vestido?

-Sí, pero hace frío con el aire acondicionado – dijo, y me echó la cazadora por los hombros.

-No hace falta, estoy bien.

Me dirigió una sonrisa torcida que habría derretido hasta un corazón de hierro. El mío no se pudo resistir. Se apoyó en mí con un brazo a cada lado de la cabeza, bloqueando al resto de la habitación y a todo el mundo.

-Confía en mí, tendrás frío.

Dirigió la mirada hacia mi escote y lo comprendí todo. El vestido estaba hecho de un tejido ligero, muy bonito pero no muy recatado en ciertos aspectos, y mi sujetador lo realzaba más.

-Oh – contesté.

-Sí. Y yo estoy por allí, intentando hablar de negocios con Bora, pero no puedo. Estoy absolutamente distraído porque me pierde tu escote.

-Fabuloso.

Me tapé con un brazo de la forma más disimulada posible.

-Tus pechos son preciosos y se ajustan a mis manos perfectamente. Estamos hechos el uno para el otro, ¿sabes? – me susurró.

-Natsu…

Sonreí como la enamorada cachonda idiota que era.

-A veces cuando sonríes un poco me pregunto en qué piensas, de pie, desde aquí observando todo – dijo.

-En nada en particular. Tan sólo espero mientras espero impaciente por verte tocar.

-¿Ahora, sí?

-Por supuesto. Estoy deseándolo.

Me besó ligeramente en los labios.

-Cuando termine nos vamos de aquí, ¿te parece? Tú y yo solos, haremos lo que quieras. Dar un paseo en automóvil o ir a por algo de comer, no sé.

-¿Solos, los dos?

-Por supuesto. Y haremos lo que te apetezca.

-Suena estupendo.

Volvió a dirigir la atención hacia mi pecho.

-Parece que tienes un poco de frío, yo te calentaré. ¿Y si te meto mano en público?

-¡No!

Tragué un sorbo de agua. Con aire ártico o sin él, necesitaba enfriarme. De repente estaba acalorada.

-Sí, eso pensaba. Venga. Tener unos pechos así requiere una gran responsabilidad.

Me tomó la mano y se abrió paso entre la multitud mientras me reía. No se detuvo a saludar a nadie.

Había una habitación pequeña con una hilera de vestidos y utensilios de maquillaje por todas partes, espejos en las paredes, un gran ramo de flores y un sofá. Era una especie de camerino.

Jerall estaba repantingado en un sillón, vestido con un traje muy elegante. La cabeza de una mujer, agachada entre sus piernas, subía y bajaba acompasadamente. No hacía falta ser muy listo para adivinar qué pasaba ahí. Ese vestido rojo me dio una pista sobre su identidad, aunque podría haber vivido más feliz sin saberlo. Jerall sostenía con fuerza el pelo de Kaetrin, y en la otra mano llevaba una botella de whisky. Había dos líneas de polvo blanco en la mesita del café, junto a una cucharilla plateada.

Dios mío. Así que esta era la vida del rock and roll. De repente noté cómo me sudaban las manos, pero seguro que Natsu no estaba metido en esto. Él no era así, lo sabía-

-Lu – me saludó Jerall con una voz ronca y una sonrisa lente y malvada en la cara -. Que bien te veo, cariño.

Preferí mantener la boca cerrada.

-Ven. – Natsu me tomó por los hombros y me dio la vuelta para que no viera la escena. Estaba pálido, con la boca apretada en una línea.

-¿Qué pasa, Nats? ¿No vas a saludar a Kaetrin? Es muy feo por tu parte. Pensaba que eráis buenos amigos.

-Que te den, Jerall.

Jerall gemía cada vez más y más fuerte. Era evidente que el espectáculo llegaba a su fin. Natsu cerró de un portazo.

Fuera la fiesta continuaba, con la música retumbando en los altavoces, el sonido de los vasos brindando y muchísima conversación ruidosa. Él tenía la mirada perdida, ajeno a todo, con mucha tensión.

-Natsu… - le llamé.

-¡Cinco minutos! – gritó Bora, dando sonoras palmadas al aire -. ¡Hora del espectáculo! ¡Vamos!

Natsu pestañeó rápido, como si despertara de un mal sueño.

La atmósfera de la sala se llenó de emoción. La multitud coreaba sus nombres y Jerall salió tambaleándose, con Kaetrin tras él. Se escucharon más vítores y gritos que pedían que el grupo saliera al escenario, así como algunas risas por la aparición de Jerall.

-¡Vamos allá! – gritó Jerall, estrechando las manos de los fans y dando palmaditas en la espalda a la gente a medida que avanzaba hacia el escenario -. Vamos, Nats.

-¡Lissanna! – exclamó mi marido, alzando un brazo hacia ella.

La mujer se dirigió hacia él tranquila, con una cara absolutamente impasible.

-¿En qué puedo ayudarte?

-Cuida de Lu mientras toco.

-Por supuesto.

-Oye, me tengo que ir, pero no tardaré. – Natsu se volvió hacia mí.

-Por supuesto. Vete – le dije.

Me besó en la frente y se adentró entre el público con los hombros encogidos, en un gesto de defensa. Evité seguir el impulso de salir tras él, de detenerle, de hacer algo. Gray se unió a él y le pasó un brazo por el cuello. Natsu no miró atrás. La masa les siguió.

Y me quedé sola, contemplando cómo se iban.

Tenía razón, la habitación estaba fría. Me arropé con su cazadora y dejé que su aroma me invadiera. Todo iba bien. Si me lo repetía lo suficiente, tarde o temprano se haría realidad. Incluso las piezas que no encajaban se solucionarían. Tan sólo debía tener fe. Y maldita sea, claro que la tenía, pero hacía tiempo que había perdido la sonrisa.

Lissanna me observó, sin alterar su inmaculada expresión.

Tras un momento, comenzó a hablar en cuanto acabó de retocarse el rojo de los labios frente al espejo.

-Conozco a Natsu desde hace muchos años.

-Qué bien – contesté, negándome a sentirme intimidada por su mirada de hielo.

-Sí. Tiene mucho talento y es muy resuelto, ¿no crees? Eso le convierte en un apasionado de todo lo que hace, lo vive todo con mucha intensidad.

No respondí.

-Solo que a veces pierde el rumbo, pero no importa – continuó, fijándose en mi anillo de boda. Se colocó el pelo blanco tras la oreja con un elegante movimiento. Entonces lo vi: cerca de un precioso conjunto de joyas color rojo oscuro, en su lóbulo distinguí un diamante pequeño y brillante. No le pegaba demasiado a Lissanna, era demasiado discreto -. Cuando estés lista, te llevaré a un buen sitio para ver el concierto.

La sensación se mareo que comencé a sentir cuando Natsu se alejó de mí se intensificó. Ella esperaba pacientemente a mi lado, y no dijo ni una sola palabra más, algo que agradecía. Ya había contado más que suficiente.

Odiaba el estado de paranoia, pero ¿lo que llevaba en una oreja era la otra pareja del pendiente de diamantes de Natsu? No, eso no tenía ningún sentido. Muchísimas personas llevaban un solo pendiente, sin el otro par. No tenía importancia.

Aparté el vaso de agua y forcé una sonrisa.

-¿Nos vamos? – le dije.

El espectáculo era impresionante. Lissanna me llevó hasta un punto en un lado del escenario, tras las cortinas, y fue como estar en medio de todo. Sonaba fuerte y emocionante. La música me invadía el pecho, hacía latir más rápido mi corazón. Me resultaba una gran evasión después de todo lo que imaginaba sobre el pendiente de Lissanna.

Sin duda, Natsu y yo teníamos que hablar. Había esperado a que se sintiera lo suficientemente cómodo como para contarme cosas, pero ya tenía demasiadas preguntas que hacerle. No quería tener que leer entre líneas. Necesitábamos sinceridad plena.

Natsu era un Dios con la guitarra en las manos. Pocas personas le igualaban. Sus manos se movían por las cuerdas con precisión absoluta y su concentración era total. Los músculos de su antebrazo le daban vida a sus tatuajes.

Estaba maravillada con él, con la boca abierta. Los demás eran buenos también, pero mi marido me tenía hechizada. Sólo había visto su faceta privada, la que compartía conmigo, y ahora parecía conformar otra entidad. Un extraño para mí. Le había cedido el paso al artista. A la estrella de rock. Era un poco aterrador, pero en aquel momento comprendía perfectamente su pasión: su talento era un don.

Tocaron cinco canciones y después anunciaron que saldría otro artista de renombre. Los cuatro miembros de la banda dejaron el escenario por la otra parte. Lissanna había desaparecido y me alegraba bastante, porque era un monstruo, aunque el backstage era un laberinto de pasillos y vestuarios. ¿Me perdería?

Busqué el camino de vuelta por mi cuenta, dando pasos cortos porque esos malditos zapatos me estaban matando. Tenía los talones llenos de tiritas, y por más zonas donde las tiras me rozaban. Pero no importaba, no iba a dejar que unos zapatos me estropearan la noche. El recuerdo de la música me seguía invadiendo, y verlo tan concentrado y emocionado al mismo tiempo. Así que no tenía ninguna prisa.

Sonreí y maldije en silencio, intentando olvidarme de mis pobres pies y abriéndome paso entre los roadies, los de sonido, los maquilladores y el equipo técnico en general.

-¡Hey, mujercita! – gritó Gray, y me dio un sonoro beso en la mejilla -. Me largo a tomar algo, ¿venís o regresáis a vuestro nidito de amor?

-No lo sé. Te lo diré cuando encuentre a Natsu. Ha sido fantástico, por cierto. Sois increíbles.

-Me alegro. No le digas a Natsu que yo he sido el mejor, no lo lleva muy bien.

-Me llevaré el secreto a la tumba. – Le guiñe un ojo.

Se rió.

-Está mejor contigo, ¿sabes? Los artistas tienen la mala costumbre de perderse en su propio ego. Le he visto sonreír más veces en los últimos días que en los últimos cinco años juntos. Eres una buena influencia para él.

-¿Tú crees?

-Absolutamente – dijo Gray, sonriendo -. Bueno, dile que voy al Charlotte. Os veo más tarde, si os apetece.

-Muy bien.

Gray se fue y yo busqué el camerino entre ríos de gente que iban en aumento. Jerall y Bora se habían quedado apiñados en el pasillo, discutiendo acaloradamente. Sting y un segundo guardaespaldas me hicieron un gesto al verme y me dejaron pasar.

La puerta de la habitación trasera en la que Jerall había estado ocupado estaba entornada. Me llegó la voz de Natsu tan clara como el cielo, a pesar del ruido exterior. Parecía que me sincronizaba con él a nivel cósmico, algo aterrador pero hilarante al mismo tiempo. Me moría de ganas de verle y marcharnos los dos solos a hacer cualquier cosa, con Gray o por nuestra cuenta. Daba igual, siempre y cuando estuviéramos juntos. Solo deseaba estar con él.

Pero la voz de Lissanna provenía de la misma habitación.

-Será mejor que no entres – dijo alguien detrás de mí.

Era Gajeel.

Le recordaba de algún espectáculo al que había ido con Mirajane años atrás. Él tocaba el bajo y, en comparación, Sting parecía un cachorro gordito y bonito. Tenía el pelo largo y oscuro, y el cuello de un toro. Era atractivo a su manera, pero parecía un asesino en serie, aunque quizá solo se tratara de la forma en que me miró, con el semblante muy serio y las mandíbulas en tensión. Otro que va colocado, seguro.

-Deja que ellos lo arreglen – dijo en voz baja. Miró discretamente por la ranura de la puerta -. No tienes ni idea de lo que puede pasar cuando están juntos.

-¿Cómo? – Estiré el cullo para intentar ver algo y él se dio cuenta, así que se acercó a la puerta y me apartó.

Me miró y puso su fuerte brazo en medio.

-Gray dice que eres muy agradable, y estoy seguro de que tiene razón, pero Lissanna es mi hermana. Natsu y ella se adoran desde que eran niños.

-No lo entiendo – contesté, con la cabeza dándome vueltas.

-Lo sé.

-Apártate, Gajeel – dije, firmemente.

-Lo siento, pero no puedo hacerlo.

La cosa es que no hacía falta. Tenía una idea: le mantuve la mirada, asegurándome de que él e miraba también, y sin que se diera cuenta empujé un poco la puerta con el tacón. No fue muy difícil. Entonces lo vi: Lissanna tenía las manos en el pelo de Natsu, y sus bocas se unieron en un beso duro y salvaje, carente de afecto.

No sentí nada.

Presenciar eso debería haber significado mucho para mí, pero no lo fue. Por fin había unido las piezas del puzle. ¿Cómo había sido tan estúpida de negarme a ver la realidad, por convencerme de que todo iría bien…?

Se me escapó un ruido y Natsu se separó de ella. Me miró por encima del hombro.

-¡Lu! – exclamó, con el rostro descompuesto -. ¡Joder!

El corazón se me detuvo, la sangre no fluía por mis venas. Qué extraño. Sentía las extremidades frías como el hielo. Negué con la cabeza. Ya no tenía nada. Retrocedí y se acercó a mí.

-Ni se te ocurra. – Le rechacé.

-¡Natsu! – Le llamó Lissanna, que vino corriendo. Le pasó la mano por el brazo como si pudiera hincarle las uñas en cualquier momento. Supuse que sería capaz.

Natsu vino hacia mí. Yo di varios pasos atrás, tropezándome con los tacones. Se detuvo y me miró como si fuera una extraña.

-Cariño, esto no significa nada.

Intentó acercarse más. Crucé los brazos en un vano intento de defenderme, pero era demasiado tarde.

-¿Es ella? ¿Era ella tu amor del instituto?

-Eso pasó hace mucho tiempo. Ya no importa.

-Por Dios, Natsu.

-No tiene nada que ver con nosotros.

Cuanto más hablaba, más frío sentía. Hice todo lo posible por ignorar a Gajeel y a Lissanna merodeando por allí.

Natsu maldijo.

-Vámonos de aquí.

Negué lentamente con la cabeza. Me tomó de los brazos y me impidió seguir retrocediendo.

-¿Qué demonios haces, Lucy?

-¿Y tú? ¿Qué haces tú, Natsu? ¿Qué has hecho?

-Nada – contestó, apretando los dientes -. Absolutamente nada. Dijiste que confiabas en mí.

-¿Por qué lleváis los dos el mismo pendiente, si no significa nada para ti?

Se llevó la mano a la oreja y se lo tapó.

-No es lo que piensas.

-¿Y por qué sigue trabajando para ti?

-Dijiste que confiabas en mí – repitió.

-¿Por qué has conservado la casa de Monterrey durante todos estos años?

-No – sentenció, y se detuvo.

Le miré con incredulidad.

-¿No? ¿Eso es todo? Me temo que no es suficiente. ¿Se supone que debo hacer que no ha pasado nada? ¿Ignorarlo?

-No lo comprendes.

-Pues explícamelo. – Ante su silencio, continué -: No puedes, ¿verdad?

Retrocedí un paso y su cara ardió de furia. Apretó los puños.

-Ni se te ocurra irte – dijo -. ¡Lo prometiste!

Me quedé mirándole, con la mirada perdida, dejando que su ira me purificara. No podía esperar más.

-Si sales de aquí, se acabó. Ni se te ocurra pensar en volver – me amenazó.

-Perfecto.

-Hablo en serio. No serás nada para mí.

Gajeel abrió la boca, pero no dijo nada. Mejor.

-¡Lucy! – gritó Natsu.

0o0o0

Me quité los estúpidos zapatos y corrí descalza por la salida principal. Mejor ir cómoda. Nunca llevo tacones así, no había nada malo en ser como yo era, llevaba mucho tiempo sin experimentarlo. Me vestiría con ropa normal, con lana o algodón, me protegería de todo. Regresaría a mi trabajo de camarera, tenía que pensar en la universidad. Mi vida me esperaba.

Escuché un portazo detrás de mí.

Fuera del vestuario, Jerall y Bora seguían con su conversación, que consistía en Bora hablando y Jerall mirando al cielo y sonriendo

-Perdón – dijo, interrumpiéndoles.

Bora se giró y frunció el ceño, luciendo el brillo de sus dientes con retraso.

-Lucy, cariño, estoy en mitad de una…

-Quiero regresar a Portland ahora mismo.

-¿Ah, sí? Muy bien.

Se frotó las manos. Así que le había hecho feliz. Por fin sonreía de verdad, exultante. Las luces de neón no tenían nada que ver con ello. Llevaba mucho tiempo esperándolo.

-¡Sting! – gritó.

El guardaespaldas se abrió paso entre la multitud con facilidad.

-Señora Dragneel.

-Señora Heartfillia – le corrigió Bora, satisfecho -. Sting, podrías llevarla sana y salva a su casa? Gracias.

La expresión educadamente profesional no le falló ni un solo segundo.

-Claro, señor. Ahora mismo.

-Excelente.

Jerall comenzó a reírse y su cuerpo entero se tambaleó. Después cacareó, con un sonido que me recordaba al de la malvada bruja del Mago de Oz. Muy surrealista. Estas personas no se guiaban por ninguna lógica. Y yo no pertenecía a ese mundo, nunca lo hice.

-Sígame. – Sting presionó una mano contra la mía, lo suficiente como para que me moviera.

Hora de regresar a casa, de despertar del sueño demasiado-bonito-como-para-ser-verdad que se había convertido en una horrible pesadilla.

La risa de Jerall se escuchaba más y más fuerte, me taladraba los oídos hasta que de repente se detuvo. Cayó al suelo, con el traje hecho un desastre. Una mujer ahogó un grito, otra chilló y puso los ojos en blanco.

-¡Mierda! – gritó Bora, arrodillándose junto a su amigo inconsciente. Le abofeteó la cara -. ¡Jerall! ¡Jerall!

Aparecieron más guardaespaldas que hicieron un corro alrededor del cantante desfallecido para ocultarlo de los curiosos.

-Joder. Otra vez no – dijo Bora -. Llamad a un médico. ¡Maldita sea, Jerall!

-¿Señora Dragneel? – me llamó Sting.

-¿Está bien? – dije, volviéndome hacia la escena.

-Probablemente se haya desmayado. Le ocurre mucho últimamente. ¿Nos vamos?-

Sí. Sácame de aquí, Sting, por favor.

0o0o0

Llegué a Portland antes de que el sor se pusiera. No lloré en todo el viaje. Fue como si mi cerebro hubiera detectado la emergencia, anestesiando mis emociones. Estaba en completo shock.

Nos dirigimos hacia la mansión para que Sting recogiera mis cosas antes de llevarme al aeropuerto. Después entramos en el jet y volamos hasta Portland.

Ya estaba en casa de nuevo.

Sting insistió en llevar mi bolsa, al igual que en llamarme por mi nombre de casada. El rellano olía intensamente a ajo, cortesía de la señora Lucía, la vecina de abajo, que se pasaba el día cocinando. Una pared verde con un papel rascado y el suelo de madera desgastado, lleno de manchas y rasguños. Por suerte me había puesto las Converse. El suelo no tenía nada que ver con el esplendor de la casa de Natsu, desde luego. Mierda. No quería pensar en ello. Todos esos recuerdos pertenecían a una caja enterrada en el fondo de mi mente. Jamás volverían a ver el sol.

La llave seguía entrando en la cerradura. Eso me reconfortaba. Parecía que llevaba años fuera, en lugar de días. Era una locura. Todo me resultaba extraño.

Abrí la puerta con cuidado porque era muy temprano y Mirajane estaría durmiendo, o a lo mejor ni estaba en casa. Escuché risas.

De hecho, estaba en nuestra mesita del desayuno, hablando sin parar mientras un tipo le acariciaba a través de una vieja camiseta grande que utilizaba como pijama. Él enterró la cara en su escote y le hizo cosquillas. Mirajane se retorció haciendo todo tipo de ruiditos. Por suerte él llevaba los calzoncillos, fuera quién fuese. Estaban en pleno proceso y ni se dieron cuenta de nuestra presencia.

Sting se quedó mirando a la pared para evitarlos. Pobre hombre, la de cosas que habría tenido que ver durante tantos años.

-Eh… Hola, Mirajane – dije en voz baja.

Mirajane gritó, retorciendo al tipo con su camiseta mientras intentaba liberarse. Si le estrangulaba accidentalmente, al menos moriría feliz.

-¡Lu! ¡Lu, has vuelto!

El tipo consiguió liberar su cara.

-¿Laxus? – exclamé, estupefacta, mientras me fijaba bien para asegurarme de lo que veía.

-Hola – contestó mi hermano, levantando una mano mientras bajaba la camiseta de Mirajane con la otra -. ¿Qué tal?

-Bien – dije -. Sting, te presento a mi amiga Mirajane y a mi hermano, Laxus. Muchachos, este es Sting.

Sting hizo un gesto discreto con la cabeza y dejó cuidadosamente mi bolsa en el suelo.

-¿Hay algo más que pueda hacer por usted, señora Dragneel?

-No, Sting. Muchas gracias por acompañarme a casa.

-Ha sido un placer, señora.

Miró hacia la puerta y luego hacia mí, con una arruguita entre las cejas. Se acercó a mi y me dio una palmadita en la espalda antes de marcharse. Me ardieron los ojos y las lágrimas amenazaron con salir. Parpadeé como una loca para contenerlas. Su calidez casi atraviesa mi coraza, maldita sea. No podía permitirme eso.

Se machó discretamente, y enseguida forcé una sonrisa.

-Bueno, entonces, ¿vosotros dos…? – dije, intentando olvidarme del tema.

-Estamos juntos, sí – afirmó Mirajane.

Laxus le tomó la mano y se la apretó. Hacían buena pareja, aunque las cosas no podían ser más extrañas. Mi mundo de antes había cambiado por completo. Todo parecía diferente, aunque el apartamento era el mismo.

Sí, las cosas estaban donde las dejé: la colección de gatos de porcelana de Mirajane seguía en la estantería acumulando polvo, nuestros muebles baratos de segunda mano y las paredes de azul turquesa no habían cambiado, aunque probablemente no volviera a utilizar la mesa nunca después de lo que había visto. Dios sabe lo que habrían hecho sobre ella.

Flexioné los dedos de las manos para devolver la vida física a mis extremidades.

-Pensaba que os odiabais – les dije.

-Antes sí – confesó Mirajane -. Pero… bueno, ya no. Es una historia bastante sencilla, la verdad. Todo sucedió en tu ausencia.

-Guau.

-Bonito vestido.

-Gracias.

-¿Valentino?

Acaricié la tela azul por encima del estómago.

-No lo sé.

-Qué clase tienes, Lu, mira que combinarlo con zapatillas de deporte… - dijo Mirajane, y le lanzó una mirada a Lax.

Parece que ya habían desarrollado la comunicación sin palabras, porque él regresó a su habitación. Interesante. Mi mejor amiga con mi hermano, y nunca me dijeron ni una sola palabra. No podía culparles, yo tampoco contaba muchas cosas. Quizá ya pasamos la edad de compartir cada detalle de nuestras vidas. Qué triste.

La soledad y una saludable dosis de autocompasión me invadieron y de repente tuve escalofríos.

Mirajane vino y me tomó de la mano.

-¿Qué ha pasado, cariño?

Sacudí la cabeza, evitando las preguntas.

-No puedo, todavía no.

Se apoyó en la pared conmigo.

-Tengo helado – me animó, sonriendo.

-¿De qué sabor?

-Triple chocolate. Pensaba torturar a tu hermano con él, sexualmente hablando, claro.

Pero sorprendentemente tampoco tenía ganas de helado. Me froté la cara con las manos.

-Mirajane, si me aprecias, no vuelvas a decir algo así en la vida.

-Lo siento.

Casi sonreí, la boca estuvo cerca pero fallé al final.

-Lax te hace feliz, ¿no?

-Sí, la verdad es que sí. Me siento como si…, no sé, como si estuviéramos en sintonía o algo así. Desde la noche en que me recogió en casa de tus padres hemos pasado mucho tiempo juntos. Me siento bien. No tiene esa ira como cuando iba al instituto, y ha dejado atrás su época de mujeriego. Se ha calmado y ha madurado. Ya ves, de los dos, el sensible es él. Pero bueno, supongo que se acabaron los días de contarnos todos los detalles sobre nuestras vidas, ¿verdad?

-Eso parece.

-Bueno, siempre nos quedará el instituto.

-Claro – contesté con una sonrisa.

-Cariño, siento que las cosas se hayan torcido, porque doy por hecho que por eso has vuelto hecha una mierda vestida con ese traje tan exquisito.

-Te lo puedes quedar, si quieres.

A la mierda. Podía quedarse con todo si le apetecía. No quería volver a tocar nada de aquello jamás. Le di la cazadora de Natsu a Sting, con el anillo metido en un bolsillo. Él se encargaría de todo, se lo devolvería. Notaba la mano desnuda sin él, más ligera. Ligera y libre, dos palabras que deberían ir siempre juntas, pero no era asó. Llevaba un gran peso encima, llevaba arrastrando mi trasero durante horas: en el avión, en el automóvil, por las escaleras… Nunca la distancia ni el tiempo habían ayudado tanto.

-Quiero abrazarte, pero desprendes ese aura de n me toques… - dijo, con las manos sobre sus caderas -. Dime, ¿qué te apetece hacer?

-Lo siento – le dije con una sonrisa torcida y espantosa. Lo notaba -. Quizá más tarde…

-¿Cómo de tarde? Porque creo que lo necesitas ya, la verdad.

Esta vez no pude contenerme, y una vez comencé a llorar no hubo quién me parara. Me secaba las mejillas en vano y después dejaba que las lágrimas lo cubrieran todo de nuevo.

-Mierda.

Mirajane me abrazó con fuerza.

-Déjalo salir. Así, muy bien… - susurró.

Y lo hice.

Pues parece que se ha destapado el pastel de la peor manera y Natsu va a ter que currarselo mucho si quiere que Lucy le perdone ¿qué creeis que pasará? Dejádmelo en un review :)